Elena
SINOPSIS:
La Dra. Sarah Jenkins es una eminencia en la reprogramación de recuerdos que desaparece sin dejar rastro. Dieciocho meses después, despierta en una vida perfecta junto a David, un hombre que asegura ser su marido. Atrapada en una red de sensualidad, sumisión y lagunas mentales, Sarah deberá descubrir si su amor es real o si es la víctima de su propio experimento más peligroso.
Capítulo 1
El cansancio tiene una forma de distorsionar los bordes de la realidad, convirtiendo el trayecto de vuelta a casa en una secuencia de imágenes borrosas y sonidos amortiguados. Eran las siete de la tarde y el tren de cercanías desde la estación de Waterloo hacia Richmond iba atestado de gente envuelta en abrigos húmedos y silencios de oficina. Me hundí en mi asiento, con la frente apoyada en el cristal frío, viendo cómo las luces de Londres se estiraban como hilos de oro sobre la lluvia. Mi propia imagen me devolvía el reflejo de una mujer de treinta y dos años que parecía haber perdido el rastro de sus propias metas entre informes de marketing y tazas de café frío.
Al llegar a mi parada, el movimiento fue brusco. El hombre sentado a mi lado, un tipo con una gabardina color grafito que no se había movido en veinte minutos, se levantó de golpe cuando las puertas sisearon. En la confusión de paraguas y maletines, nuestras manos chocaron sobre la mesa plegable. Fue un contacto breve, una disculpa murmurada que apenas llegó a mis oídos. Recogí mi teléfono —un modelo negro estándar, idéntico al de la mitad de los pasajeros del vagón— y salí al aire gélido del andén.
No fue hasta que cerré la puerta de mi departamento, con el alivio de la soledad pesando en mis hombros, cuando el mundo empezó a agrietarse.
Dejé las llaves en el cuenco de la entrada y saqué el teléfono del bolsillo del abrigo para pedir algo de cena. Al pulsar el botón lateral, la pantalla se iluminó, pero no vi el fondo de pantalla de los acantilados de Dover que yo misma había fotografiado el verano pasado. En su lugar, lo que vi me obligó a soltar el dispositivo como si estuviera al rojo vivo.
El teléfono rebotó sobre la alfombra del pasillo, quedando boca arriba.
En la pantalla, una fotografía de una nitidez aterradora me mostraba a mí. Estaba dormida, con el brazo derecho colgando fuera de la cama y el pelo revuelto sobre la almohada azul que solo yo uso. La luz era la de la madrugada, esa claridad grisácea que se filtra por las rendijas de mis persianas. La perspectiva era desde el pie de mi propia cama. Alguien había estado allí, de pie, en el rincón más íntimo de mi vida, capturando mi vulnerabilidad mientras yo soñaba con nada.
Me quedé inmóvil, con la espalda pegada a la puerta, escuchando el tictac del reloj de la cocina. El silencio del departamento, que siempre había sido mi refugio, se volvió de pronto una amenaza. Empecé a revisar mentalmente las cerraduras, las ventanas del segundo piso, la alarma que nunca conectaba porque "en este barrio nunca pasa nada".
Con las manos temblando, recogí el teléfono. No era el mío. Era el suyo. El hombre de la gabardina grafito.
Intenté desbloquearlo, pero no tenía código de seguridad. Al deslizar el dedo, entró directamente en la galería de imágenes. No había fotos de paisajes, ni de comida, ni de amigos. Solo había fotos mías. Cientos de ellas. Yo saliendo del metro, yo comprando manzanas en el mercado local, yo riendo con alguien en un pub hace tres años... fotos que yo ni siquiera recordaba que me hubieran tomado.
De repente, el teléfono vibró en mi mano. Una notificación de una aplicación de mensajería privada apareció en la parte superior.
"Cariño, he pasado por el súper. He comprado el vino que nos gusta para celebrar nuestro aniversario. Estaré en casa en diez minutos. Pon la mesa, por favor. Te quiero, Elena."
El nombre era el mío. Pero la vida descrita en ese mensaje no existía. Yo vivía sola desde hacía cuatro años. No había "vino que nos gusta", ni había ningún "nosotros" que celebrar. Mi último aniversario terminó en un proceso de divorcio que me había dejado seca por dentro.
Corrí hacia el dormitorio y abrí el armario de par en par. Mis vestidos, mis zapatos, mis cajas. Todo parecía estar en orden. Pero al mirar hacia la mesita de noche, vi algo que no había estado allí por la mañana. Un pequeño marco de plata que contenía una foto de estudio. En ella, yo sonreía a la cámara mientras un hombre —el hombre del tren— me rodeaba la cintura con una familiaridad posesiva. La foto parecía vieja, desgastada por los bordes, como si llevara años ocupando ese lugar.
Sentí una punzada de dolor en las sienes, una distorsión visual que me hizo tambalear. ¿Cómo era posible? ¿Había alguien viviendo en los huecos de mi memoria? ¿O era yo la que estaba perdiendo la cordura, borrando a una persona entera de mi existencia diaria?
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez era una llamada. En la pantalla no aparecía un número, solo una palabra que me hizo sollozar de puro terror:
"HOGAR"
No contesté. Me quedé mirando el aparato mientras el timbre llenaba el vacío del departamento, un sonido rítmico que parecía una cuenta atrás. El hombre del teléfono estaba llegando. Estaba convencido de que este era su hogar, de que yo era su mujer, y traía una botella de vino para celebrar una historia que yo no recordaba haber escrito.
Cerré el pestillo del dormitorio y me hundí en el suelo, con el teléfono del extraño brillando en la oscuridad como un faro maldito. Fuera, el sonido de un motor se detuvo frente a mi casa. El chirrido de una puerta de coche al cerrarse resonó en la calle desierta.
Estaba ahí. Y lo peor de todo no era que él estuviera loco, sino que, por un segundo, al mirar aquella foto en el marco de plata, mi mente me había devuelto un destello de una risa que no era mía, pero que sonaba exactamente igual a la mía.
El suspenso no estaba fuera de la puerta. Estaba empezando a filtrarse dentro de mi propia cabeza.
Capítulo 2
El sonido de la llave encajando en la cerradura principal fue como un disparo en medio de la noche. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. No podía quedarme allí, no podía permitir que ese hombre entrara y me encontrara con su teléfono en la mano, rodeada de las pruebas de una vida que yo no recordaba haber vivido. El pánico era una corriente eléctrica que me recorría la espina dorsal, pero bajo ese miedo, había una pulsión física extraña, una pesadez en el bajo vientre que no lograba entender.
Crucé el pasillo en silencio, descalza, sintiendo el frío del parqué bajo mis pies. Entré en la cocina y abrí la ventana que daba al pequeño callejón trasero. El aire de Richmond, cargado de lluvia y humedad, me golpeó el rostro. Me deslicé hacia afuera, aterrizando con torpeza sobre los arbustos de hiedra, justo cuando escuché la puerta principal abrirse y el eco de unos pasos pesados y seguros resonando en el recibidor.
—¿Elena? ¿Cariño? —su voz era profunda, una barítono que vibró en el aire frío del callejón.
Me quedé inmóvil, agazapada en la oscuridad, con el teléfono del extraño apretado contra mi pecho. Escuché cómo dejaba las llaves en el cuenco —mi cuenco— y el sonido del descorche de una botella. Me invadió un recuerdo súbito, una imagen borrosa que me hizo tambalear: el calor de una mano grande subiendo por mi muslo, la textura de una gabardina áspera contra mi piel desnuda, y un gemido que salía de mi propia garganta. No era una pesadilla; era un recuerdo carnal, una huella de placer grabada en mi memoria muscular que mi cerebro intentaba desesperadamente negar.
Escapé por el callejón, corriendo hasta la esquina de la calle principal. Necesitaba aire. Necesitaba ver a alguien que me devolviera la cordura. Me detuve frente a la pequeña tienda de conveniencia de la esquina, la de los Miller. El señor Miller estaba recogiendo los periódicos del exterior.
—¿Elena? ¿Qué haces fuera a estas horas y con ese frío? —preguntó el anciano, mirándome con genuina preocupación—. ¿Ha pasado algo con David?
—¿David? —balbuceé, sintiendo que el suelo se inclinaba—. Señor Miller, ¿quién es David?
El hombre se rió, una risa seca que me heló la sangre.
—Vaya bromas te gastas, hija. Tu marido. Lo vi pasar hace cinco minutos con una botella de vino. Me dijo que hoy celebrabais vuestro quinto aniversario. Menudo tipo con suerte es David, siempre te cuida como si fueras de cristal.
—¿Cinco años? —susurré. Mi divorcio fue hace cuatro. He vivido sola desde entonces. O eso creía.
Entré en un café cercano que estaba a punto de cerrar y me encerré en el baño. Encendí el teléfono que me había llevado por error. Esta vez, mis dedos se movieron con una urgencia febril. Fui directamente a la carpeta de vídeos.
Había grabaciones. Decenas de ellas. En la pantalla, me vi a mí misma en mi propio salón, sentada en el sofá. Pero no estaba sola. Él estaba allí. David. Era el hombre del tren, pero en el vídeo no vestía la gabardina grafito. Llevaba solo unos vaqueros oscuros, su torso ancho y musculoso moviéndose con una gracia animal. En el vídeo, él se acercaba a mí y yo… yo lo recibía con una voracidad que me avergonzó.
En la pantalla del teléfono, vi cómo David me levantaba del sofá, mis piernas rodeando su cintura, mientras su boca buscaba mi cuello con una urgencia que traspasaba la imagen. Sus manos, esas manos que yo pensaba que me habían tocado solo en sueños, se deslizaban bajo mi blusa de seda, desabrochando mi sujetador con una destreza que delataba años de práctica. Me vi arquear la espalda, mis ojos cerrados en un éxtasis absoluto, mientras él susurraba palabras en mi oído que el micrófono no llegaba a captar, pero que yo podía sentir vibrar en mi propia piel en ese momento.
La cámara no temblaba; estaba fija, como si fuera parte del mobiliario. Yo no solo era una participante; era su cómplice. En el vídeo, David me empujaba contra la pared y, con un movimiento brusco y sensual, bajaba la cremallera de mi falda. La forma en que sus dedos se enterraban en mis caderas, dejando marcas que yo solía confundir con simples rozaduras al despertar, era de una violencia erótica que me hizo respirar con dificultad.
Me toqué el cuello frente al espejo del baño del café. Allí, bajo la luz fluorescente, vi una pequeña marca violácea, un resto de un beso que mis sentidos recordaban perfectamente pero que mi conciencia había borrado.
¿Cómo era posible que mi cuerpo lo deseara mientras mi mente lo temía?
Un mensaje nuevo apareció en la pantalla del teléfono, interrumpiendo el vídeo:
"Sé que estás cerca, Elena. Puedo oler tu miedo, y ese perfume cítrico que tanto me gusta cuando te excitas. Deja de jugar a las escondidas. El vino se está calentando y yo tengo hambre de ti. Vuelve a casa antes de que pierda la paciencia."
El suspenso se mezcló con una oleada de calor prohibido. Me di cuenta de que David no era solo un acosador que había invadido mi casa; él había invadido mi biología. Me conocía mejor de lo que yo me conocía a mí misma. Había hackeado mi realidad y mi deseo, convirtiéndome en una extraña dentro de mi propia piel.
Salí del café y miré hacia mi calle. Las luces de mi departamento estaban encendidas. Podía ver su silueta a través del visillo, moviéndose con la calma de quien es dueño absoluto del territorio. Estaba esperándome. Y lo más aterrador de todo era que, a pesar del pánico, una parte de mí deseaba volver a esa habitación para descubrir si el placer que veía en esos vídeos era el único ancla que me quedaba en una realidad que se desmoronaba.
Él no era el extraño. El extraño era el vacío en mi memoria. Y David tenía la llave para llenarlo, un beso a la vez.
Capítulo 3
Caminé de regreso hacia el edificio con las piernas pesadas, como si avanzara a través de melaza. Cada paso era una traición a la lógica, pero mi cuerpo, ese traidor que latía con una cadencia ajena, me empujaba hacia la luz de mi ventana. Al llegar a la puerta, no necesité usar mi llave; estaba entreabierta, una invitación silenciosa y obscena.
El aire del departamento había cambiado. Ya no olía a mi soledad estéril; olía a él, a madera de cedro, a vino tinto y a una masculinidad densa que parecía ocupar cada centímetro cúbico del salón. La música —un jazz lento, casi viscoso— flotaba en el aire. David estaba de pie junto a la mesa, sirviendo dos copas. Se había quitado la gabardina; vestía una camisa negra con las mangas remangadas, revelando unos antebrazos potentes surcados de venas que se tensaban con cada movimiento.
—Llegas tarde, Elena —dijo, sin girarse. Su voz era un ronroneo que me hizo vibrar el pecho—. El Merlot necesita respirar, igual que tú. Estás agitada.
—¿Quién eres? —logré articular, aunque mi voz sonó pequeña, carente de la autoridad que pretendía—. ¿Qué le has hecho a mi vida? ¿Cómo has convencido a todo el mundo de que existes?
Él dejó la botella y se giró lentamente. Tenía una sonrisa lánguida, una expresión de paciencia infinita que me enfureció. Se acercó a mí con la parsimonia de un depredador que sabe que la presa no tiene a dónde ir.
—Estás teniendo otro de tus episodios, cariño —susurró, deteniéndose a escasos centímetros. El calor que emanaba de su cuerpo era como un radiador en pleno invierno—. El estrés de la agencia te está destrozando la memoria otra vez. ¿Recuerdas lo que dijo el médico? Las lagunas son normales bajo presión.
—¡Mientes! —le grité, estampando el teléfono contra su pecho—. ¡He visto las fotos! ¡He visto los vídeos! ¡No te conozco!
David no retrocedió. Con un movimiento rápido y fluido, me arrebató el teléfono y lo dejó sobre la mesa sin apartar sus ojos de los míos. Luego, me tomó por las muñecas. Sus manos eran enormes, cálidas, y me sujetaron con una firmeza que no llegaba a ser dolorosa, pero que me anulaba por completo.
—¿No me conoces? —preguntó, bajando el tono hasta convertirlo en un murmullo magnético—. Entonces, ¿por qué tu pulso se acelera cuando te toco así? ¿Por qué tu piel se eriza antes de que mis dedos te rocen?
Antes de que pudiera responder, me atrajo hacia él con un tirón brusco. Mi cuerpo colisionó contra su torso sólido y, en ese instante, la lógica de mi mente fue incinerada por la memoria de mi piel. El olor de su cuello, una mezcla de sudor limpio y colonia cara, desencadenó una cascada de imágenes en mi cabeza: nosotros, en esta misma alfombra, bajo la lluvia de Richmond, en el asiento trasero de un coche. No eran pensamientos; eran sensaciones físicas que regresaban a casa.
—Tu mente miente, Elena —murmuró contra mi oreja, y sentí su lengua rozar el lóbulo, enviando una descarga eléctrica directamente a mi entrepierna—. Pero tu cuerpo es honesto. Tu cuerpo me pertenece.
Sus manos bajaron de mis muñecas a mis caderas, apretando con una fuerza posesiva que me arrancó un gemido que no reconocí. Me empujó contra la pared del pasillo, la misma del vídeo, y su boca se estrelló contra la mía en un beso que sabía a vino y a una urgencia ancestral. Fue una invasión. Sus dedos se enterraron en mi pelo, obligándome a inclinar la cabeza mientras su otra mano subía por el dobladillo de mi falda de oficina.
Intenté resistirme, puse mis manos sobre sus hombros para empujarlo, pero al sentir la dureza de sus músculos bajo la camisa, mis dedos se cerraron sobre la tela, aferrándose a él. Mi cuerpo lo recordaba. Recordaba la forma en que sus dedos encontraban el punto exacto de fricción, la manera en que su peso me anclaba a la realidad.
Él rompió el beso y bajó hacia mi cuello, succionando la piel justo sobre la marca que yo había visto en el espejo del café, profundizándola, reclamándola.
—Dime que no me conoces mientras te hago esto —jadeó él, desabrochando mi falda con una mano mientras la otra se deslizaba dentro de mi ropa interior.
Cuando sus dedos, calientes y expertos, me tocaron, mi espalda se arqueó violentamente contra la pared. Estaba empapada, una respuesta biológica humillante que gritaba su nombre. David soltó una risa baja, triunfal, y me levantó en vilo. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura por puro instinto, encajando mi intimidad contra la dureza de sus vaqueros.
Me llevó al dormitorio, tropezando con los muebles en una danza ciega de necesidad. Me arrojó sobre la cama —mi cama, nuestra cama— y se deshizo de su ropa con una velocidad animal. En la penumbra, su cuerpo era un mapa de fuerza: hombros anchos, cicatrices tenues en los costados, y una mirada que no pedía permiso.
Cuando entró en mí, seco y profundo, el grito que escapó de mis labios no fue de miedo, sino de un alivio devastador. Fue como si una pieza del rompecabezas que me faltaba hubiera vuelto a su sitio por la fuerza. Cada embestida borraba una duda; cada caricia suya, ruda y dominante, reescribía mi pasado. Me perdí en el ritmo, en la forma en que sus manos me sujetaban las muñecas contra el cabecero de la cama, convirtiéndome en su prisionera y en su reina al mismo tiempo.
El placer era tan intenso que resultaba turbio, una neblina que nublaba mi capacidad de razonar. En el clímax, mientras él se enterraba en mí y yo gritaba su nombre —David, David, David—, comprendí la magnitud de su manipulación. No necesitaba trucar fotos ni sobornar vecinos. Solo necesitaba hacerme sentir así, porque mientras mi cuerpo estuviera bajo su hechizo, yo aceptaría cualquier mentira que él quisiera contarme.
Horas más tarde, con la respiración aún entrecortada, él me rodeó con sus brazos desde atrás, pegando su pecho sudado a mi espalda.
—¿Ves, cariño? —susurró, besando mi hombro—. Ya estás de vuelta con tu David. Mañana será un día mejor. Mañana recordarás que siempre hemos sido nosotros dos.
Me quedé mirando la oscuridad, atrapada en el calor de su abrazo. El miedo seguía allí, una pequeña llama en el fondo de mi mente que me decía que algo estaba muy mal, que este placer era una cadena. Pero mientras él pasaba su mano por mi vientre con esa suavidad propietaria, supe que no me iría. Estaba perdida en la cartografía de su deseo, y lo peor de todo es que, por primera vez en años, me sentía completa.
Incluso si esa plenitud era una construcción hecha de humo, espejos y un sexo que se sentía como una droga.
Capítulo 4
La luz de la mañana en Richmond se filtraba a través de las cortinas de lino, tamizada por una bruma que convertía la habitación en un santuario de tonos dorados y quietud. Despertar con el peso del brazo de David sobre mi cintura se había convertido en la única certeza de mi día, un ancla física que me recordaba que, finalmente, el caos de mi mente había encontrado un puerto seguro. Me quedé inmóvil, escuchando su respiración profunda contra mi nuca, sintiendo el calor de su pecho pegado a mi espalda. Ya no recordaba el sabor amargo de la soledad; David lo había sustituido por el sabor del café recién hecho y el roce constante de sus labios sobre mis hombros.
—Buenos días, pequeña —murmuró él, su voz era un rumor cálido que me erizó la piel.
Sentí sus manos, grandes y seguras, deslizándose por mi vientre, reclamando el territorio de mi cuerpo con una naturalidad que me hacía sentir protegida, casi sagrada. Ya no sentía la necesidad de cuestionar el pasado; cada vez que una duda intentaba asomar, David la disolvía con una caricia o con esa mirada de paciencia infinita con la que uno observa a alguien que se está recuperando de una larga enfermedad. Él era mi memoria ahora. Si él decía que llevábamos cinco años juntos, si él recordaba el color de las flores de nuestra boda, ¿quién era yo para confiar en los fragmentos rotos de mi cabeza?
Esa tarde, el aire de la casa estaba cargado con el aroma del cedro y el vino que David había descorchado temprano. Me ayudó a vestirme para la cena, deslizando la cremallera del vestido de seda roja con una lentitud deliberada. Sus dedos rozaron la piel de mi espalda y un escalofrío me recorrió la columna, una mezcla de anticipación y entrega.
—Este color te pertenece —dijo, mirándome a través del espejo. Me sujetó por la nuca, obligándome a sostenerle la mirada—. Prométeme que no volverás a dejar que esos pensamientos te alejen de mí. Prométeme que confiarás en lo que sientes cuando te toco.
—Te lo prometo —susurré, y mis palabras eran una entrega absoluta.
Me sentía ligera, como si hubiera soltado un lastre que no sabía que cargaba. Era tan fácil dejar que él tomara las riendas, que él decidiera el ritmo de nuestras horas. David no era un extraño; era la mitad que mi alma había olvidado. Sus manos, que a veces me sujetaban con una fuerza que dejaba sombras en mis muñecas, eran las mismas que me sostenían cuando el mareo de mis "lagunas" amenazaba con hacerme caer. No era control, era un cuidado extremo, una pasión tan desbordante que necesitaba límites físicos para no incinerarnos.
Esa noche, la cena fue un preludio silencioso. Sus ojos no se apartaron de mí, analizándome con una intensidad que me hacía sentir vibrar. Después, en la penumbra del salón, me condujo hacia el gran sillón de cuero. La música —un violonchelo melancólico— llenaba los huecos del aire. David se desabrochó los botones superiores de la camisa y se sentó, indicándome que me acercara. Me arrodillé entre sus piernas, apoyando la barbilla en sus muslos, mirando hacia arriba como quien busca la guía de un sol privado.
—Eres tan dócil hoy —dijo, pasando sus dedos por mi cabello, tirando ligeramente hacia atrás para que mi cuello quedara expuesto—. Me gusta cuando dejas que sea yo quien lleve el peso de todo.
Su boca se encontró con la mía en un beso que sabía a posesión. Sus manos bajaron por mis hombros, desprendiendo los tirantes del vestido con una brusquedad que me arrancó un gemido de pura necesidad. El placer entre nosotros era un ritual de mando y obediencia, una danza donde mi cuerpo encontraba su propósito al rendirse al suyo. Cuando me levantó en vilo para llevarme al dormitorio, me sentí una extensión de su voluntad, una parte de él que finalmente había vuelto a su sitio.
Me amó con una voracidad que me dejó sin aliento, una coreografía de piel contra piel donde mis protestas —si es que alguna vez existieron— se habían convertido en súplicas de más. En el clímax, mientras sus dedos se enterraban en mis caderas y su peso me aplastaba contra el colchón, me convencí de que no existía nada más allá de esas cuatro paredes. El mundo exterior era una ficción ruidosa; la realidad era el calor de su aliento y la forma en que su cuerpo dictaba el pulso del mío.
Horas más tarde, el silencio en el dormitorio era absoluto, solo interrumpido por el goteo rítmico de la lluvia contra el cristal. David dormía profundamente a mi lado, con la mano aún descansando posesivamente sobre mi cadera. Me sentía en paz, envuelta en esa neblina de satisfacción que él me proporcionaba.
Sin embargo, un ruido sutil rompió el encanto. No fue un estruendo, sino un sonido metálico y seco que provino del armario: un clic que resonó en la penumbra. Parecía que el pestillo de la puerta interna, la que él siempre mantenía cerrada bajo llave, no había encajado bien después de que él sacara la botella de vino.
Me quedé inmóvil, pero una curiosidad residual, un instinto que David no había logrado adormecer del todo, me obligó a deslizarme fuera de la cama. Mis pies descalzos no hicieron ruido sobre la alfombra. Al acercarme al armario, vi que una rendija de oscuridad se abría allí donde siempre había habido un límite. En el suelo, justo bajo la puerta entreabierta, brillaba un objeto pequeño y rectangular, de un metal plateado que reflejaba la escasa luz de la luna.
Lo recogí. Era una pequeña memoria USB. Tenía una etiqueta adhesiva pegada, escrita con la caligrafía angulosa y precisa de David. Solo había dos palabras, pero bastaron para que el calor del vino y el sexo se evaporara de mis venas:
"ELENA: CAPTURA"
El objeto pesaba en mi mano como si fuera de plomo. Miré hacia la cama, hacia la silueta oscura del hombre que me había prometido que yo era su vida entera, y por primera vez en semanas, el aire del dormitorio me pareció insuficiente. El susurro de la paz se convirtió en un grito de alerta que mi cuerpo, a pesar de todas las promesas, empezó a reconocer.
Capítulo 4
El metal frío del USB desapareció bajo el forro de seda de mi joyero, sepultado por collares que no recordaba haber comprado y pendientes que David decía que eran mis favoritos. Cerré el cajón justo cuando escuché el primer crujido de las sábanas en la habitación contigua. El pánico, una marea helada que amenazaba con deshacer la neblina de mi paz, fue sofocado por la urgencia de volver a ser la mujer que él esperaba. Cuando David entró en el vestidor, yo ya estaba sentada frente al tocador, cepillando mi cabello con una rítmica sumisión.
Él no dijo nada. Se limitó a pararse detrás de mí, colocando sus manos sobre mis hombros. A través del espejo, sus ojos oscuros buscaron los míos, analizando cada milímetro de mi expresión con la precisión de un tasador de diamantes.
—Estás pálida, Elena —comentó. Sus dedos se hundieron ligeramente en mi piel, un recordatorio silencioso de su fuerza—. ¿Has dormido bien o los fantasmas han vuelto a visitarte?
—He dormido bien, David. Contigo siempre duermo bien —mentí, y mi voz sonó tan convincente que casi me lo creí yo misma.
El evento era una recepción en una galería de arte en Chelsea. David pasó la tarde supervisando mi transformación. No era solo el vestido rojo; era el tono del labial, la altura de los tacones, la forma en que el collar de oro descansaba sobre mis clavículas. Me sentía como una obra inacabada que solo bajo su mirada cobraba forma. Antes de salir, me obligó a beber una copa de vino.
—Para los nervios, cariño. Sabes que la gente puede ser... abrumadora.
El trayecto en el coche fue un ejercicio de control absoluto. David no soltó mi mano ni un segundo, pero no era un agarre tierno; sus dedos se entrelazaban con los míos con una firmeza que me impedía cualquier movimiento independiente. Me hablaba al oído sobre los invitados, dándome instrucciones sutiles sobre con quién hablar y qué decir, dibujando el mapa de mi comportamiento social.
Al llegar a la galería, el contraste entre la frescura de la noche londinense y el calor sofocante del interior me mareó. Había demasiada gente, demasiadas luces, demasiadas voces que se alzaban sobre la música de cámara. Pero David estaba allí, pegado a mi espalda, su mano firme en el pequeño de mi espalda, empujándome suavemente hacia el centro de la sala.
—David, qué placer verte —dijo un hombre de mediana edad, acercándose con una copa de champán—. Y esta debe de ser la famosa Elena. Es incluso más impresionante de lo que describiste.
David sonrió, una expresión de orgullo radiante que iluminó su rostro. Me atrajo más hacia él, rodeando mi cintura con su brazo, su pulgar presionando rítmicamente contra mi cadera, justo sobre la marca que me había dejado la noche anterior.
—Es mi tesoro más preciado —respondió David, y su voz destilaba una miel espesa que parecía adormecer a los que lo escuchaban—. Ha estado un poco indispuesta, así que les pido que sean amables con ella. Su memoria a veces le juega malas pasadas, pero yo estoy aquí para recordarle quién es.
Sentí las miradas de los presentes: admiración, envidia, una pizca de lástima que confundí con respeto. Me convertí en una extensión de su brazo. Cada vez que alguien me hacía una pregunta, David apretaba ligeramente mi cintura, una señal privada. Si la presión era suave, yo hablaba; si era firme, él respondía por mí, traduciendo mis pensamientos antes de que yo misma pudiera articularlos.
—Elena es un alma sensible —decía él a una mujer enjoyada—. Prefiere la tranquilidad de nuestro jardín en Richmond a este ruido, ¿verdad, cielo?
Yo asentía, con una sonrisa grabada en el rostro que empezaba a dolerme. Me sentía protegida, envuelta en su sombra, pero también sentía una asfixia creciente. Era como estar bajo el agua: veía las bocas moverse, escuchaba los sonidos, pero todo llegaba a mí a través de él.
En un momento de la noche, mientras David discutía sobre una escultura de bronce con un coleccionista, una mujer joven se acercó a mí bajo el pretexto de admirar mi collar.
—Es precioso —susurró, acercándose demasiado—. Te ves... muy diferente a la última vez que te vi en la agencia, Elena. Te perdimos el rastro hace meses. ¿Estás bien?
El corazón me dio un vuelco. Agencia. Meses. Las palabras chocaron contra el muro de mi autoconvencimiento. Abrí la boca para responder, para preguntar qué agencia, pero antes de que saliera un sonido, sentí la mano de David cerrarse sobre mi nuca, oculto por mi cabello. Sus dedos se enterraron con una fuerza que me hizo jadear imperceptiblemente.
—Mi esposa siempre ha sido una mujer de cambios, ¿no es así, querida? —la voz de David apareció sobre mi hombro, fría como un bisturí—. Siento interrumpir, pero Elena necesita un poco de aire. El cansancio está empezando a notarse.
—Solo estábamos hablando de... —comenzó la mujer, pero la mirada de David la cortó en seco. Era una mirada de una hostilidad absoluta, envuelta en la cortesía más refinada.
—Fue un placer. Vamos, Elena.
Me arrastró hacia la salida, su mano nunca abandonando mi nuca, guiándome con una determinación que no admitía réplica. Fuera, el aire frío me devolvió un poco de lucidez, pero él no me soltó. Me empujó contra la puerta del coche antes de que el chófer pudiera abrirla. Su cuerpo me aplastó contra el metal, su rostro a milímetros del mío.
—Te dije que la gente era peligrosa, Elena —susurró, y su aliento olía a vino y a una furia contenida—. Te distraes. Te dejas influenciar por extraños que no saben nada de nosotros. ¿Acaso no soy suficiente para ti? ¿Acaso necesitas que otros te digan quién eres?
—No, David. Lo siento —balbuceé, mis manos buscando su pecho, mi cuerpo respondiendo a su cercanía con esa sumisión eléctrica que él tan bien conocía.
—Tendremos que trabajar en tu concentración cuando lleguemos a casa —dijo, y su voz recuperó ese tono oscuro y sensual que me prometía tanto dolor como placer—. Parece que necesitas que te recuerde a quién perteneces de una forma más... permanente.
Subí al coche, sintiendo el peso del USB en mi mente y la marca de sus dedos en mi cuello. El mundo exterior se desvanecía de nuevo mientras el Jaguar se alejaba de las luces de Chelsea. David me rodeó con su brazo, obligándome a apoyar la cabeza en su hombro. En la oscuridad del vehículo, me sentí pequeña, dependiente y aterrada, pero también terriblemente ansiosa por llegar a casa y perderme de nuevo en la única realidad que él me permitía habitar.
Él era el dueño de las calles, de la gente y de mis recuerdos. Y yo, mientras el coche avanzaba hacia Richmond, comprendí que fuera de su control, yo no era más que un mapa en blanco que el viento se llevaría.
Capítulo 5
El silencio dentro del Jaguar era un muro sólido, interrumpido solo por el siseo de los neumáticos sobre el pavimento mojado. David no me miraba; mantenía la vista fija en la carretera, con las manos apretadas sobre el volante de cuero con una fuerza que hacía que sus nudillos destacaran blancos en la penumbra. Yo me sentía pequeña en el asiento del copiloto, envuelta en mi propia seda roja, sintiendo que el aire se volvía más pesado a medida que nos acercábamos a Richmond.
No me sentía secuestrada. Me sentía culpable. La voz de la mujer en la galería —aquella mención a la "agencia"— resonaba en mi cabeza como una interferencia estática en una canción perfecta. Había fallado. Había permitido que el mundo exterior filtrara sus dudas en nuestro santuario, y ver la mandíbula tensa de David me provocaba un dolor agudo en el pecho. Solo quería que me perdonara. Solo quería que volviera a mirarme con esa adoración posesiva que me hacía sentir real.
Al llegar a casa, David no esperó. Rodeó el coche, abrió mi puerta y me tomó del brazo para ayudarme a bajar. Su agarre era firme, una guía necesaria para mis piernas que temblaban bajo los tacones. Entramos en el departamento y él cerró la puerta con un doble giro de llave que reverberó en todo el pasillo.
—Quítate el vestido —ordenó. Su voz no era un grito; era una instrucción monótona, desprovista de emoción, lo cual era mucho peor.
—David, yo no quería hablar con ella, ella se acercó y...
—El vestido, Elena. Ahora.
Lo obedecí con dedos torpes. La seda roja resbaló por mi cuerpo hasta quedar amontonada en mis pies como una mancha de sangre en el suelo. Me quedé frente a él en ropa interior de encaje negro, sintiendo el frío de la casa erizarme la piel, pero sus ojos no se suavizaron. Se acercó a mí, obligándome a retroceder hasta que mis hombros chocaron contra el frío espejo del recibidor.
—Mírate —susurró, colocándose tan cerca que podía sentir el calor de su aliento—. Mírate y dime qué ves.
—Te veo a ti —respondí, mi voz apenas un susurro.
—Ves lo que yo he creado. Cada centímetro de esta piel me pertenece porque yo soy el único que sabe cómo cuidarla. Y sin embargo, en cuanto te dejo sola un segundo, permites que cualquier desconocida ensucie tu mente con mentiras sobre "agencias" y vidas pasadas que no existen.
Me tomó de la nuca, sus dedos enredándose en mi peinado perfecto, deshaciéndolo sin cuidado. Me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. No sentí miedo, sentí una oleada de alivio: el castigo significaba que todavía le importaba, que todavía era suya. Sus manos bajaron por mi cuello, apretando ligeramente, marcando el territorio.
—Necesitas que te recuerde quién eres, Elena. Necesitas que te limpie de todas esas voces.
Me llevó al dormitorio de un tirón, pero esta vez no hubo música de violonchelo ni caricias lentas. Me arrojó sobre la cama y se deshizo de su ropa con una urgencia violenta. Cuando se posicionó sobre mí, su peso fue un ancla que me devolvió a la tierra. No pidió permiso; sus manos sujetaron mis muñecas por encima de mi cabeza, anclándolas contra el cabecero de madera, y sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad depredadora.
—Dime de quién eres —gruñó, su boca bajando hacia mi pecho, mordiendo la piel sensible con una ferocidad que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido de puro dolor y placer.
—Tuya. Soy tuya, David. Por favor...
—No te oigo —dijo, y entró en mí con una embestida seca y profunda que me dejó sin aire.
El sexo fue una batalla de voluntades donde yo ya había capitulado antes del primer golpe. David me reclamaba con cada movimiento, con cada vez que sus manos se hundían en mis caderas dejando marcas que durarían días. Era una invasión necesaria, una purga sensorial que borraba el recuerdo de la mujer de la galería y de cualquier USB oculto. Bajo su cuerpo, mi mente se apagaba; solo existía la fricción, el sudor, y esa sensación de ser poseída hasta la médula.
Me hizo darme la vuelta, presionando mi rostro contra las sábanas de hilo, sujetándome con una fuerza que me hacía sentir pequeña e insignificante, pero absolutamente segura. En ese estado de sumisión total, el mundo era simple. No había misterios, no había dudas sobre el pasado; solo estaba el ritmo de David, su voz ronca dándome órdenes al oído y la forma en que mi cuerpo se fragmentaba bajo su control.
Cuando terminó, se quedó sobre mí unos instantes, su respiración pesada calentándome la espalda. Sentí cómo me besaba la nuca, una caricia ahora suave, casi misericordiosa.
—Ya está, pequeña —susurró—. Ya estás limpia otra vez. No vuelvas a dejar que entren, ¿me has oído? Nadie te conoce como yo. Nadie te amará como el hombre que te salvó de ti misma.
Se levantó y se fue al baño, dejándome allí, temblando y exhausta. Me sentía vacía de pensamientos, flotando en esa neblina de bienestar que sigue a una tormenta. Estaba convencida de que David tenía razón: yo era frágil, mi mente era un lugar peligroso y solo su mano firme podía mantenerme a salvo.
Pero entonces, mientras intentaba acomodarme entre las sábanas revueltas, mi mano rozó el borde del colchón. Allí, en la hendidura entre la madera y el tejido, algo duro tropezó con mis dedos.
Lo saqué con curiosidad perezosa, esperando encontrar un clip de pelo o una moneda. Era una tarjeta de plástico. Una identificación profesional. Tenía una foto mía, pero el nombre no era Elena. El nombre que figuraba allí era "Dra. Sarah Jenkins - Neurobiología Cognitiva". Y en la parte superior, el logo de una institución que no era ninguna agencia de marketing, sino un laboratorio de investigación privada.
Miré la tarjeta, y luego miré la puerta del baño, donde escuchaba el sonido del agua de la ducha caer sobre el cuerpo de David. El calor del sexo desapareció de golpe, dejando un frío glacial que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.
Mi cuerpo todavía vibraba por su toque, pero mi mirada se quedó fija en esa foto de una mujer llamada Sarah que se parecía demasiado a mí, y que vestía una bata blanca que yo nunca había tenido en mi armario. El susurro de la duda volvió, pero esta vez no era una interferencia; era un grito que el placer de David ya no podía acallar.
Capítulo 6
El sonido del agua cesó. En el silencio súbito del dormitorio, el roce de mi propia respiración me pareció ensordecedor. Escondí la tarjeta de la Dra. Sarah Jenkins en la grieta profunda del colchón, hundiendo los dedos hasta que el plástico desapareció de la vista. Me deslicé de nuevo bajo las sábanas, cerrando los ojos y tratando de invocar la neblina de sumisión que, hacía apenas unos minutos, me hacía sentir tan segura.
Escuché la puerta del baño abrirse. Un vaho tibio y con olor a jabón de sándalo inundó la habitación. David salió secándose el cabello con una toalla, su cuerpo todavía goteando, una silueta de músculos definidos y sombras bajo la luz tenue de la lamparilla. Se acercó a la cama y se sentó al borde. Sentí el colchón ceder bajo su peso, una inclinación que siempre me arrastraba hacia él.
—¿Sigues despierta, pequeña? —su voz era un susurro aterciopelado.
No respondí de inmediato. Mantuve los ojos cerrados, concentrándome en relajar los músculos de mi rostro. Sentí su mano, húmeda y cálida, posarse sobre mi mejilla. Sus dedos trazaron la línea de mi mandíbula con una lentitud que antes me habría hecho suspirar, pero que ahora me hacía pensar en el tacto de un examinador comprobando la calidad de una pieza.
—Sé que no estás dormida, Elena. Tu pulso está demasiado alto.
Me vi obligada a abrir los ojos. Él estaba inclinado sobre mí, su cabello mojado dejando caer pequeñas gotas sobre mi pecho. Su mirada era escrutadora, intensa, como si buscara una grieta en el barniz de la mujer que él mismo había pintado sobre mí.
—Solo estoy cansada, David —murmuré, forzando una sonrisa lánguida—. Todavía me da vueltas la cabeza por el vino de la galería.
Él se quedó mirándome un segundo de más. Luego, sonrió de esa forma protectora que me hacía sentir tan pequeña. Se acostó a mi lado y me atrajo hacia su pecho, rodeándome con sus brazos en un abrazo que se sentía como una armadura... o como una celda.
—Es normal. Mañana nos quedaremos en casa. Nada de gente, nada de ruidos. Solo nosotros dos. Necesitas que te cuide más de cerca.
A la mañana siguiente, David se encerró en su despacho para una "llamada importante". Era el momento que necesitaba. Aproveché que él estaba ocupado para usar la tableta que solíamos compartir para ver películas, pero que él siempre mantenía cerca de su lado de la cama.
Mis dedos temblaban mientras tecleaba en el buscador: Dra. Sarah Jenkins.
Los resultados aparecieron en una fracción de segundo, golpeándome como una ráfaga de aire helado. No había una Elena en las noticias de hace dieciocho meses. Había una Sarah. “Desaparece eminente neurobióloga en Londres”, rezaba el titular del Standard. Las fotos mostraban a una mujer con el pelo recogido, gafas de montura fina y una mirada aguda, inteligente, llena de una determinación que yo no reconocía en mi propio reflejo.
Leí con avidez, conteniendo el aliento. Sarah Jenkins no era una experta en marketing. Era una de las mentes más brillantes en el estudio de la reprogramación de la memoria traumática. Su trabajo consistía en desarrollar protocolos químicos y sensoriales para ayudar a víctimas de violencia a "editar" sus recuerdos, sustituyendo el dolor por una paz artificial.
La última noticia era de hace un año y medio: el caso se había enfriado. La policía no encontró signos de lucha en su laboratorio. Simplemente se había desvanecido.
Un ruido en el pasillo me hizo cerrar la pestaña y dejar la tableta en su sitio justo antes de que la puerta se abriera.
David entró con paso tranquilo. Se había quitado la camisa y vestía solo unos pantalones cómodos. Se acercó a mí con esa seguridad animal que siempre me desarmaba. Se sentó en el sofá donde yo estaba intentando leer un libro y me obligó a sentarme a horcajadas sobre él.
—Estás muy callada hoy, Elena —dijo, rodeando mi cintura con sus manos, apretando la carne con una firmeza que me recordó el poder absoluto que ejercía sobre mi cuerpo—. ¿En qué piensas?
—En nada, David. Solo... intentaba recordar algo de lo que me dijo esa mujer anoche —mentí, buscando su mirada, intentando que mis ojos reflejaran la adoración de siempre.
—Olvídalo —ordenó, y su tono bajó una octava, volviéndose oscuro, dominante—. Te he dicho que no escuches esas voces. Yo soy tu única fuente de verdad.
Me sujetó la nuca y me obligó a bajar la cabeza hasta que nuestras frentes se tocaron. Podía oler el café en su aliento y el calor que emanaba de su piel. Era una presencia física que me devoraba, que exigía mi rendición total.
—Me parece que estás volviendo a distraerte —continuó él, y su mano se deslizó bajo mi camiseta, su pulgar rozando el borde de mi lencería con una intención clara—. Quizás he sido demasiado suave contigo estos días. Quizás necesitas una sesión más intensiva para que tu mente deje de divagar.
Me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento, un beso que no pedía, sino que reclamaba. Mis manos, de forma reflexiva, se aferraron a sus hombros. Mi cuerpo, traidor y entrenado, respondió a su mando con una oleada de calor que nubló mis pensamientos. Él lo notó y soltó una risa baja contra mis labios.
—Eso es. Olvida las palabras, Elena. Tu cuerpo sabe perfectamente quién es el dueño aquí.
Me llevó de vuelta al dormitorio, pero esta vez el ambiente era diferente. Ya no era el romance de las semanas anteriores; había una urgencia más turbia en sus movimientos. Me hizo arrodillarme en la cama, sujetando mis manos a la espalda con una de sus corbatas de seda. El contacto del tejido contra mis muñecas me provocó un escalofrío de excitación que me hizo odiarme a mí misma.
Él se posicionó detrás de mí, su cuerpo una presencia masiva y abrasadora.
—Dime quién eres —susurró al oído, mientras sus manos recorrían mis caderas, dejando marcas que él mismo se encargaría de besar después.
—Soy Elena —respondí, con la voz quebrada.
—No te oigo —dijo, y su entrada fue profunda, una estocada que me hizo arquear la espalda y soltar un grito que se perdió en las almohadas.
Me obligó a repetir su verdad una y otra vez, usando el placer y el rigor físico como un cincel para esculpir mi identidad. En ese momento, mientras mi piel se encendía bajo su dominio y mis sentidos se desmoronaban, el nombre de "Sarah" parecía una idea lejana, un sueño de otra persona. David no solo me amaba; él me estaba reprogramando, usando mis propios descubrimientos neurobiológicos para convertirme en su creación perfecta.
Cuando todo terminó, me dejó allí, atada y exhausta, mientras él iba a buscar una copa de vino. Miré hacia la rendija del colchón donde estaba escondida la tarjeta. Estaba a solo unos centímetros, pero mis manos estaban ligadas por la seda de David.
Él volvió, se sentó a mi lado y me desató con una ternura casi religiosa, besando las marcas rojas en mis muñecas.
—¿Ves? —susurró, dándome a beber un sorbo de vino—. Ahora estás aquí conmigo. Sin dudas. Sin pasado. Solo nosotros.
Bebí, sintiendo el alcohol quemar en mi garganta, y apoyé la cabeza en su hombro. Mi cuerpo estaba en paz, colmado por él, pero en la oscuridad de mi mente, la Dra. Sarah Jenkins me observaba desde el fondo de un pozo, gritando en un silencio que David todavía no podía controlar del todo.
Él no me había salvado de mis lagunas mentales. Él era el arquitecto de mi vacío. Y yo, mientras sentía sus dedos acariciar mi cabello, comprendí que mi "terapia" no había hecho más que empezar.
Capítulo 7
El despertar no fue gradual. No hubo el roce lento de los dedos de David ni el aroma del café matutino. Fue un tirón brusco, el sonido de una maleta cerrándose y la luz fría de una madrugada sin sol. David me obligó a levantarme, envolviéndome en un abrigo grueso que no era el mío. Sus movimientos eran eficientes, despojados de la ternura ritualista de los días anteriores.
—Nos vamos, Elena. Richmond se ha vuelto ruidoso. Demasiada gente metiendo las narices donde no debe —dijo, sin mirarme. Su voz tenía un filo metálico que me hizo estremecer.
No me permitió preguntar. Me guio hacia el coche con una mano firme en mi nuca, una presión que ya no sentía como protección, sino como el yugo de un animal de carga. Durante el viaje, el paisaje de Londres fue sustituido por el verde monótono y brumoso del Distrito de los Lagos. El aislamiento se sentía en el aire, que se volvía más ralo y gélido a medida que ascendíamos por carreteras serpenteantes.
Llegamos a una cabaña de piedra gris, encajonada entre colinas de pizarra y bosques de abetos negros. No había postes de luz, ni rastro de otras casas en kilómetros a la redonda. Era el escenario perfecto para el acto final de su creación.
—Aquí no habrá interferencias —susurró David al oído mientras me empujaba hacia el interior de la casa. El olor a humedad y a leña vieja me golpeó el rostro—. Aquí solo existimos nosotros.
La cabaña era una trampa de lujo. David había traído todo lo necesario: comida, vino y, lo más importante, su equipo. En una habitación del piso superior, vi maletas metálicas que no encajaban con el mobiliario rústico. El pánico empezó a erosionar la fachada de sumisión que yo intentaba mantener. Mi cuerpo, condicionado por semanas de placer y rigor, todavía buscaba su cercanía, pero mi mente, la mente de la Dra. Sarah Jenkins, estaba gritando bajo el sedimento de la reprogramación.
Esa noche, David decidió que era el momento de la "fase final".
—Estás dispersa, Elena. Puedo sentirlo en la forma en que me miras —dijo, obligándome a sentarme frente a él en un pesado sillón de cuero frente a la chimenea—. Necesitas un anclaje definitivo.
Me obligó a beber un licor amargo que me nubló la vista. Luego, con una parsimonia aterradora, usó cintas de cuero para sujetar mis tobillos y muñecas al sillón. La dominación ya no tenía ese matiz de juego erótico; era quirúrgica. Se desnudó lentamente, pero no para amarme, sino para imponer su presencia física como la única realidad posible.
—Voy a borrar el último rastro de Sarah —murmuró, su boca recorriendo mi cuello mientras sus manos, calientes y expertas, buscaban los puntos de presión que me hacían perder el control—. Cuando termine contigo esta noche, no quedará nada de esa mujer fría que creía que podía jugar con la mente humana. Solo quedará mi Elena. Mi sumisa. Mi vida.
Me poseyó con una violencia técnica, usando cada centímetro de su cuerpo para sobrecargar mis sentidos. El placer era una herramienta de tortura, una ola que me arrastraba lejos de mis pensamientos. Cada embestida, cada palabra susurrada al oído ("Eres mía", "No existes sin mí"), buscaba sellar las grietas de mi memoria. Me sentí desvanecer, mi voluntad disolviéndose en el calor de su piel y la ruda cadencia de su dominio.
Pero en el clímax de su esfuerzo, cuando David estaba más vulnerable, entregado a su propio triunfo carnal, su guardia bajó. Al terminar, se quedó dormido sobre mí, agotado por su propia intensidad depredadora.
Fue entonces cuando lo vi.
En la mesa auxiliar, junto al equipo médico, había una grabadora de voz profesional. Con un esfuerzo sobrehumano, logré estirar un dedo y rozar el botón de reproducción. Una voz llenó el silencio de la cabaña. No era la voz de David. Era la mía. Mi propia voz, la de Sarah Jenkins, grabada hace dieciocho meses.
"...el sujeto David Miller muestra una respuesta obsesiva al protocolo. He decidido suspender el experimento. Su incapacidad para distinguir la simulación de la realidad lo vuelve peligroso. Mañana informaré a la junta para su ingreso en un centro psiquiátrico..."
La verdad me golpeó como un impacto físico. No era un marido amoroso, ni siquiera un secuestrador común. David era un paciente, un sujeto de mis propias pruebas de reprogramación que se había rebelado. Él no me estaba "salvando" de mis lagunas; él había usado mi propio protocolo contra mí para vengarse, convirtiendo a su doctora en su juguete amnésico.
El choque de adrenalina quemó el efecto del licor. La neblina se disipó. Yo no era Elena. Yo era la mujer que lo había intentado encerrar, y él me había condenado a una prisión de carne y falsos recuerdos.
Logré zafar una de mis manos, que David no había apretado lo suficiente en su fatiga. Con el corazón martilleando contra mis costillas, me deshice de las correas. Me puse de pie, tambaleándome, mientras el hombre que me había tenido bajo su hechizo seguía roncando, con una expresión de paz absoluta en su rostro de psicópata.
Agarré la identificación de la Dra. Jenkins y un escalpelo del kit médico. No tenía llaves de coche, ni teléfono, ni idea de dónde estaba exactamente. Solo tenía el bosque y la niebla.
Salí de la cabaña descalza, con el frío de la noche de Cumbria cortándome la piel. Corrí hacia la oscuridad de los abetos, sintiendo que los pulmones me estallaban. Detrás de mí, a lo lejos, escuché un grito que me heló la sangre. No era un grito de dolor. Era un grito de decepción.
—¡ELENA! ¡Vuelve aquí! ¡Todavía no hemos terminado!
El sonido de sus pasos pesados sobre la grava me indicó que la caza había comenzado. Él conocía este terreno; yo solo conocía el miedo. La persecución se volvió un laberinto de sombras y ramas que me desgarraban la cara. Me hundí en la maleza, tratando de ahogar mi respiración.
A través de la bruma, vi la silueta de David. Llevaba una linterna potente cuyo haz cortaba la noche como un sable. Se movía con la seguridad de quien sabe que su creación no puede llegar muy lejos.
—¡Sarah! —esta vez usó mi nombre real, y su voz destilaba un odio sensual que me hizo temblar—. ¡No puedes huir de lo que tú misma diseñaste! ¡Yo soy tu obra maestra! ¡Tú me hiciste así!
Me acurruqué bajo el saliente de una roca, con el escalpelo apretado en la mano. La Dra. Sarah Jenkins estaba de vuelta, pero estaba atrapada en el clímax de su propio experimento fallido. El suspenso ya no era psicológico; era una lucha por la supervivencia en un mundo donde el cazador amaba a su presa con una intensidad que solo la locura podía explicar.
David estaba a diez metros. Podía oler su perfume de cedro mezclado con el aroma de la lluvia. La trampa final se había cerrado, y yo no sabía si el escalpelo en mi mano sería suficiente para cortar el vínculo que él había cosido en mi alma.
Capítulo 8
La niebla en Cumbria no es aire; es una mortaja húmeda que se pega a los pulmones y borra los puntos cardinales. Correr descalza por el sotobosque de abetos era como intentar escapar sobre cristales rotos. Cada rama que me azotaba la cara, cada piedra que me cortaba la planta del pie, servía para una sola cosa: mantenerme despierta. El dolor era el único antídoto contra la seducción química que David todavía ejercía sobre mi sistema nervioso.
—¡Sarah! —su voz llegó desde la derecha, filtrada por el eco de las rocas—. Estás perdiendo el tiempo. Tu cuerpo está programado para buscarme. ¡Siente tu pulso! Estás segregando cortisol, y sabes perfectamente quién es el único que puede calmar esa tormenta.
Tenía razón. Esa era la parte más turbia de su trampa. Incluso sabiendo que era mi captor, incluso sabiendo que era un paciente psicópata, mi biología me traicionaba. Mi corazón no latía de miedo puro; latía con la arritmia de una adicta que busca su dosis. David no solo me había secuestrado; había reconfigurado mis receptores de placer y dolor.
Me agazapé detrás de un tronco caído, cubierto de musgo resbaladizo. A través de la bruma, el haz de su linterna barrió el bosque como el ojo de un cíclope. Escuché sus pasos. No corría. Caminaba con la seguridad de quien sabe que el laberinto tiene una sola salida.
—¿Recuerdas el protocolo, doctora? —su voz estaba ahora a menos de quince metros—. "El sujeto debe ser inducido a un estado de vulnerabilidad extrema para que la nueva narrativa sea aceptada sin filtros". Eso escribiste tú. Yo solo he sido un alumno aplicado. Te he dado la paz que tus teorías prometían. ¿Por qué prefieres esta oscuridad fría a mis brazos?
Apreté el escalpelo en mi mano derecha. El metal estaba helado, pero se sentía real.
—¡Porque tú no eres real, David! —grité, incapaz de contenerme más. Mi voz sonó rasgada, extraña en mis propios oídos—. ¡Eres un error en mi laboratorio! ¡Eres una obsesión que se escapó de una probeta!
El haz de luz se detuvo en seco. Hubo un silencio denso, cargado de una furia eléctrica.
—Yo soy lo único real que has tenido en tu vida de batas blancas y ratones —respondió él, y esta vez su tono no era seductor. Era letal—. Yo te hice sentir mujer mientras tú intentabas convertirme en un expediente.
Escuché el crujido de la maleza. David se lanzó hacia mi posición con una velocidad aterradora. Me puse en pie y corrí hacia lo que parecía un claro, pero el suelo desapareció bajo mis pies. Resbalé por una pendiente de pizarra, rodando entre piedras filosas hasta que mi cuerpo se detuvo contra el borde de un arroyo congelado.
El impacto me dejó sin aire. Intenté levantarme, pero una mano fuerte se cerró sobre mi cuello, estampándome contra el suelo húmedo. David estaba encima de mí, su peso aplastándome, su rostro a milímetros del mío bajo la luz roja de una bengala de emergencia que había encendido.
—Mírame —gruñó, sus ojos oscuros brillando con una locura lúcida—. Mírame y dime que no me amas. Dime que este calor que sientes ahora mismo no es lo único que te hace sentir viva.
Su mano bajó por mi garganta, buscando la piel sensible de mi pecho, un gesto que en otra vida me habría hecho gemir de entrega. Pero esta vez, usé la otra mano. El escalpelo cortó el aire en un movimiento desesperado.
No fue un tajo profundo, pero alcanzó su hombro. David soltó un rugido de sorpresa y dolor, retrocediendo lo suficiente para que yo pudiera zafarme. Se tocó la herida, mirando la sangre en sus dedos con una mezcla de fascinación y horror.
—Me has marcado —susurró, y una sonrisa torcida cruzó sus labios—. Ahora sí que nunca podrás olvidarme, Sarah. El dolor es el ancla definitiva.
—No volveré a ser tu Elena —dije, poniéndome de pie, temblando pero firme—. Prefiero morir en este bosque siendo Sarah que vivir un siglo en tu cama siendo nada.
David se lanzó de nuevo, pero el terreno le jugó una mala pasada. El barro de la orilla cedió y su peso lo arrastró hacia la corriente del arroyo, que caía con fuerza hacia un desfiladero metros más abajo. Logró agarrarse a una raíz, sus ojos clavados en los míos, una última súplica de dominio en su mirada.
—¡Ayúdame, Elena! ¡Tú me creaste! ¡No puedes dejar que tu obra maestra se destruya!
Me acerqué al borde. Por un segundo, la programación de David tiró de mis fibras. Quise extender la mano. Quise volver a la cabaña y dejar que él me curara las heridas. Pero saqué la identificación de la Dra. Jenkins de mi bolsillo y la dejé caer sobre él, en el agua.
—El experimento ha terminado, David —dije.
La raíz se rompió. David no gritó al caer. Se sumergió en la oscuridad del desfiladero con la calma de quien sabe que ya ha ganado, porque sabía que, aunque él desapareciera, su sombra viviría en cada rincón de mi mente.
Capítulo 9
Seis meses después.
Londres seguía igual de gris, pero mi vida era una cartografía nueva y extraña. Había vuelto a mi puesto en la facultad, pero ya no investigaba la reprogramación de la memoria. Ahora me dedicaba a la ética médica, a los límites de lo que un ser humano puede hacerle a otro en nombre de la ciencia.
Vivía en un departamento nuevo, con tres cerraduras y un sistema de alarma que revisaba cinco veces antes de dormir. La policía nunca encontró el cuerpo de David en los ríos de Cumbria; dijeron que las corrientes eran demasiado fuertes, que era probable que hubiera terminado en el mar de Irlanda.
A veces, cuando el silencio es demasiado denso en mi salón, me descubro sentada frente al espejo, tocando la cicatriz casi invisible en mi cuello. Mi cuerpo sigue teniendo memoria. Hay noches en las que despierto empapada en sudor, sintiendo el calor de su brazo sobre mi cintura, y por un microsegundo, anhelo la sumisión de Elena. Anhelo la paz de no tener que recordar.
Luego, enciendo la luz. Miro mis libros, mi título, mi nombre real grabado en la placa de la puerta.
David Miller no me mató, pero se llevó a la Sarah Jenkins que yo solía ser. La mujer que soy ahora es un mapa de cicatrices, una construcción de voluntad pura que lucha cada día contra sus propios nervios. Él fue mi obra maestra, y yo fui la suya.
Caminé hacia la ventana y miré hacia la calle. Un hombre con una gabardina grafito caminaba por la acera de enfrente. Se detuvo un segundo bajo la farola y miró hacia mi ventana. Mi corazón dio un vuelco, el viejo pulso de la dependencia amagando con regresar.
Cerré las cortinas.
La libertad, descubrí, no es la ausencia de miedo. Es la capacidad de seguir caminando aunque el miedo te susurre al oído con la voz del hombre que más has amado.
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Comentarios
Anonimo:
Me la leí de inicio a finnn
Anonimo:
muy buena novela, me dejó atrapada