Retrato de una obsesión

#drama, #romance, #suspenso

SINOPSIS:

Un encuentro fortuito une a Mía con Min-ho, el líder de Nova-X. Pero en el mundo del ídolo, las musas no son amadas: son coleccionadas. Atrapada en una jaula de lujo y vigilancia extrema, Mía descubre que ser la “obra maestra” de Min-ho tiene un precio: su propia identidad. Ahora, deberá elegir entre fundirse en su sombra o usar su arte como el arma definitiva para destruir el imperio del hombre que la reclama como suya.

Capítulo 1: La coincidencia de los 20 céntimos

El concierto en Madrid había sido una locura. Mis oídos aún pitaban y el corazón me iba a mil por hora después de haber visto a Ren a escasos metros durante el hi-touch. Pero ahora, a las dos de la mañana, solo era una fan más con los pies destrozados, intentando comprar una botella de agua en un pequeño 24 horas cerca del hotel del equipo.

La tienda estaba desierta, excepto por un chico con una capucha negra gigante y una mascarilla que le cubría media cara. Estaba frente a la caja, buscando algo en sus bolsillos con una frustración evidente.

—Lo siento, me faltan veinte céntimos —dijo el chico. Su voz era profunda, un rascado suave que me hizo congelarme en el sitio. Esa voz. La conocía mejor que la mía propia.

El cajero, que no parecía tener idea de quién era, suspiró con desgana. Sin pensarlo, saqué una moneda del bolsillo y la puse sobre el mostrador.

—Yo los pongo —susurré, sin atreverme a mirarlo a la cara.

El chico de la capucha se tensó. Se giró lentamente. Por un segundo, a través del espacio entre la gorra y la mascarilla, sus ojos se cruzaron con los míos. Eran felinos, intensos y estaban cargados de un cansancio que ninguna cámara de Music Bank mostraría jamás.

Era él. Ren.

—Gracias —dijo, su voz bajando un octavo. Se quedó observando mi muñeca, donde aún llevaba la pulsera luminosa del concierto de esa noche, ahora apagada—. Fuiste al show.

—Sí —logré decir, sintiendo que el aire se escapaba de mis pulmones—. Estuviste increíble. Especialmente en el solo de piano.

Ren bajó la guardia por un milisegundo. No era la reacción histérica que recibía siempre. Era solo una chica bajo luces de neón baratas ayudándole a comprar un café de lata.

—Esa parte... la mayoría solo grita cuando me quito la chaqueta —murmuró con una pizca de ironía—. Tú estabas escuchando.


“Escribo canciones para que la gente sepa quién soy, pero cuanto más famoso soy, más solo me siento en la habitación. Es como si el eco de los gritos fuera lo único que queda cuando se apagan las luces.” — Fragmento de la libreta personal de Ren.


Metió su café en el bolsillo de la sudadera y, en lugar de salir corriendo para evitar a los fans, se quedó parado frente a la puerta, mirando la lluvia que empezaba a caer.

—¿Vives cerca? —preguntó de repente.

—A unas diez calles. Pero voy a pedir un taxi, es tarde para caminar sola.

Ren asintió, pero no se movió. Se quitó la mascarilla un segundo para beber un sorbo de café, revelando una mandíbula afilada y unos labios que habían protagonizado miles de mis fanarts favoritos.

—El coche de mi seguridad está a la vuelta. Me escapé por la puerta de servicio porque necesitaba aire —confesó, mirándome de nuevo—. Si me prometes que no vas a subir esto a Twitter y causar un caos que me cueste el contrato... te puedo acercar a tu calle. Solo para devolverte el favor de los veinte céntimos.

Mi cerebro gritaba "PELIGRO", pero mi corazón de fan estaba dando saltos mortales. No era una sasaeng, no lo había perseguido. Fue el destino.

—Prometo que mi móvil se quedará en el bolsillo —dije, tratando de sonar valiente.

—Bien. Vamos, antes de que el manager se dé cuenta de que el "líder perfecto" ha desaparecido otra vez.

Caminamos bajo la lluvia, él con las manos en los bolsillos y yo tratando de asimilar que estaba compartiendo el aire con mi bias. Lo que no sabía en ese momento es que para Ren, yo no era solo una fan que le prestó dinero. Era la primera persona en meses que lo miraba como a un chico cansado, y no como a un producto de exportación.

Capítulo 2: El arte de las sombras

Ren se quitó la gorra, dejando que su cabello rubio platino, algo despeinado y húmedo, cayera sobre su frente. Se frotó la nuca y soltó un suspiro largo, de esos que solo sueltas cuando crees que nadie te está juzgando.

—Lo siento por el misterio —dijo, mirando por la ventana—. A veces olvido que para el resto del mundo es medianoche, pero para mí... para mí el día acaba de empezar.

—Entiendo —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. Después de un concierto así, debe ser imposible simplemente irse a dormir.

Él se giró un poco hacia mí. Su mirada bajó hacia mi mochila, de donde asomaba la esquina de una tableta gráfica y un cuaderno de bocetos lleno de pegatinas de arte urbano.

—¿Eres artista? —preguntó, señalando con la barbilla. No era una pregunta de cortesía; había una curiosidad genuina en sus ojos.

—Intento serlo. Hago ilustración digital y diseño conceptual. Es mi forma de procesar el mundo, supongo.

Ren estiró la mano, un gesto pausado.

—¿Puedo verlo? Prometo no ser un crítico feroz.

Con las manos temblorosas, saqué mi cuaderno. Le pasé el boceto que había estado terminando en la cola del concierto: una interpretación de él en el escenario, pero no bajo los focos brillantes, sino envuelto en sombras, con cables de neón que parecían venas conectándolo a los altavoces. Era oscuro, crudo y un poco melancólico.

Hubo un silencio que duró una eternidad. Ren pasó los dedos por el papel, justo sobre el trazo de su propia mirada dibujada.

"La gente siempre me dibuja como un príncipe de cuento, brillante y perfecto. Pero tú... tú has dibujado el ruido que tengo en la cabeza." — Ren, en voz baja.

—Es increíble —murmuró, devolviéndome el cuaderno. Sus ojos ahora tenían un brillo diferente, más cálido—. Tienes un ojo para lo que la gente intenta esconder. Ese dibujo dice más de mí que cualquier entrevista que haya dado este año.

—Es lo que veo cuando te escucho rapear —admití, sintiendo un calor repentino en las mejillas—. No es solo música, es como si estuvieras tratando de escapar de algo.

Ren se quedó callado, procesando mis palabras. El coche se detuvo suavemente frente a mi calle. El conductor, un hombre serio que no había dicho una palabra, nos miró por el retrovisor.

—Hemos llegado —dije, sintiendo que el hechizo estaba a punto de romperse.

—Espera —Ren sacó un pequeño marcador permanente de su chaqueta. Tomó mi cuaderno y escribió una serie de números en la contraportada, seguidos de un nombre de usuario de una app de mensajería privada que no era pública—. Estoy trabajando en mi próximo mixtape personal. Fuera de Nova-X. Necesito una portada que no parezca un anuncio de perfume. Necesito algo real.

Me quedé mirando los números, procesando la información. Me estaba dando su contacto privado.

—No me escribas como una fan —dijo con una sonrisa ladeada, la primera sonrisa real que veía en su rostro esa noche—. Escríbeme como la artista que me prestó 20 céntimos. Enséñame más de tus sombras y quizás... quizás podamos crear algo que valga la pena.

—Lo haré —prometí, bajando del coche.

—Por cierto —gritó antes de cerrar la puerta—, me llamo Min-ho. Ren es solo el que lleva el maquillaje. No lo olvides.

El SUV arrancó, perdiéndose en la oscuridad de la calle. Me quedé allí, bajo la lluvia, apretando el cuaderno contra mi corazón, sabiendo que mi vida de fan acababa de terminar y algo mucho más complicado, y emocionante, acababa de empezar.

Capítulo 3: El estudio de los insomnes

No le escribí un "hola". Tampoco le di las gracias. Pasé toda la noche frente a la tableta gráfica, con el café enfriándose a mi lado y la voz de Min-ho grabada a fuego en mi memoria. A las siete de la mañana, cuando la luz gris de Madrid empezaba a filtrarse por mi ventana, le envié un archivo. Era un boceto rápido: un micrófono envuelto en alambre de espino que florecía en rosas negras, goteando tinta en lugar de sangre.

La respuesta llegó tres minutos después. Un solo mensaje de texto desde aquel número privado:

"Ven a esta dirección a las 23:00. No traigas a nadie. No digas nada."

La dirección era un complejo de estudios de grabación escondido en una zona industrial a las afueras. Pasé el día en un estado de paranoia eléctrica. Cuando llegué, el lugar parecía abandonado, pero una puerta metálica se abrió antes de que pudiera llamar. Un asistente de Nova-X, con cara de no haber dormido en tres días, me hizo una seña para que entrara.

—Está en la sala 4. No lo distraigas si tiene los auriculares puestos —me advirtió.

El estudio estaba en penumbra, iluminado solo por las pantallas de la mesa de mezclas y unas tiras de LED rojo que le daban a la sala el aspecto de un corazón latiendo. Min-ho estaba allí, hundido en una silla de cuero, con el pelo alborotado y una sudadera gris tres tallas más grande. Tenía un cigarrillo apagado entre los labios y la mirada perdida en las ondas de sonido de la pantalla.

Se giró cuando entré. No sonrió. Su mirada era fría, profesional, casi cortante.

—El boceto del alambre de espino —dijo, sin preámbulos—. ¿Por qué rosas negras?

—Porque es lo que pasa cuando intentas convertir el dolor en algo hermoso para venderlo —respondí, dejando mi mochila en el suelo—. Se marchita antes de que alguien pueda olerlo.

Min-ho se levantó y caminó hacia mí. En el espacio cerrado del estudio, su presencia era abrumadora. Ya no era el chico vulnerable de la tienda; era el productor que controlaba cada nota de su imperio. Se detuvo a escasos centímetros, obligándome a levantar la vista.

—Tienes una lengua muy afilada para ser una fan —susurró, y noté un matiz de peligro en su voz—. Otros estarían temblando de emoción. Tú me estás desafiando.

—Dijiste que querías algo real. Lo real no siempre es amable, Min-ho.

Él soltó una carcajada seca y me tomó del brazo, guiándome hacia la mesa de mezclas. Me puso unos auriculares profesionales que me aislaron del mundo.

—Escucha esto. Es el demo principal. Si tu arte no puede estar a la altura de esta rabia, habré perdido mi tiempo y mis 20 céntimos.

Le dio al play. Lo que escuché no era K-pop. Era un rap agresivo, lleno de distorsión, con letras que hablaban de la asfixia de la fama y la soledad de estar en la cima. Era oscuro, tóxico y desesperado. Mientras la música llenaba mis oídos, Min-ho no me quitaba los ojos de encima, analizando cada una de mis reacciones.

Cuando terminó, se hizo el silencio. Me quité los auriculares y me di cuenta de que él me estaba sujetando por los hombros, inclinado sobre mí.

—¿Y bien? —preguntó, su rostro a milímetros del mío. Podía oler el café y el tabaco—. ¿Puedes dibujarlo o te da miedo lo que hay aquí dentro?

—Puedo hacerlo —dije, sintiendo que mi pulso se aceleraba no por miedo, sino por la adrenalina de la creación—. Pero voy a necesitar que dejes de actuar como si fueras el único que tiene oscuridad aquí dentro.

Min-ho entrecerró los ojos. Sus dedos apretaron un poco más mis hombros antes de soltarme bruscamente.

—Bien. Tienes hasta el amanecer. Hay una tableta conectada a ese monitor. Si me gusta lo que veo a las seis de la mañana, hablaremos de la portada. Si no, te enviaré a casa en un taxi y nos olvidaremos de que nos conocimos.

Se sentó de nuevo frente a su equipo, dándome la espalda, pero sabía que me estaba observando a través del reflejo del cristal de la cabina. Trabajamos en un silencio tenso, roto solo por los fragmentos de bases rítmicas que él repetía una y otra vez. A las tres de la mañana, la cafeína y la intensidad empezaron a pasar factura.

Me levanté para buscar agua y lo vi: Min-ho se había quedado dormido sobre la mesa de mezclas, con la cabeza apoyada en sus brazos. Parecía tan pequeño, tan roto. Me acerqué y, sin pensar, estiré la mano para apartarle un mechón de pelo rubio de la cara.

Sus ojos se abrieron de golpe. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró la muñeca con una fuerza sorprendente y me atrajo hacia él, haciéndome perder el equilibrio. Terminé sentada en sus rodillas, atrapada entre su cuerpo y la mesa de mezclas.

—Te dije que no me distrajeras —susurró, su voz ronca por el sueño—. ¿Qué estabas intentando hacer?

—Solo quería... —mi voz falló. Estaba demasiado cerca. Podía ver el piercing de su ceja y la pequeña cicatriz cerca de su labio.

—Eres peligrosa —dijo él, su mirada bajando hacia mis labios—. No me miras como a un ídolo, pero me tocas como si quisieras salvarme. Y no sé qué me asusta más.

Min-ho no me soltó. Al contrario, enterró su rostro en mi cuello, suspirando profundamente. El líder de Nova-X, el chico que el mundo entero adoraba, estaba temblando en mis brazos en medio de un estudio industrial.

—Quédate así —murmuró—. Solo cinco minutos. Hazme creer que no soy un producto.

Me quedé helada, rodeándolo con mis brazos, consciente de que habíamos cruzado una línea de la que no habría retorno. Ya no era un encargo profesional; era una colisión de soledades.

Capítulo 4: El precio del secreto

El silencio del estudio fue devorado por un golpe seco en la puerta metálica. No era un toque educado; era la llamada de alguien que se sentía dueño del lugar. Min-ho se tensó sobre mí, su cuerpo volviéndose puro instinto. Sus ojos, antes nublados por el sueño, ahora brillaban con una alerta gélida.

—Es Kang. El mánager —susurró contra mi oído, su aliento enviando una descarga eléctrica por mi columna—. No debería estar aquí hasta las ocho.

Antes de que pudiera reaccionar, me levantó en vilo y me arrastró hacia la cabina de grabación, un espacio diminuto forrado de espuma acústica negra que olía a encierro y a su perfume. Me empujó contra la pared del fondo y cerró la puerta de cristal, dejándonos en una penumbra casi absoluta.

—No respires —ordenó, su mano cubriendo mi boca con una firmeza que bordeaba lo posesivo.

Escuché la puerta principal abrirse. Los pasos de Kang resonaban en el suelo de linóleo como martillazos.

—¿Min-ho? Sé que estás aquí, las luces de la mesa están encendidas —la voz de Kang era profunda, autoritaria, la voz de alguien que gestiona activos, no personas—. No me digas que sigues con ese proyecto personal. La compañía ya te dijo que el álbum de Nova-X es la prioridad.

Desde la cabina, a través del cristal oscuro, vi a Min-ho salir al encuentro del mánager. Su postura cambió por completo: hombros caídos, mirada desinteresada, la máscara perfecta del ídolo rebelde pero controlado.

—No podía dormir, Kang. Solo estaba ajustando unas bases. No es un crimen trabajar —respondió Min-ho con una frialdad que me dejó helada.

—Hueles a algo diferente. ¿Has estado solo? —Kang empezó a caminar por el estudio, acercándose peligrosamente a la cabina.

Dentro de la cabina, el aire se estaba agotando. Min-ho regresó a la puerta de cristal, pero en lugar de alejarse, se apoyó contra ella, bloqueando la vista del mánager. Sentía su espalda presionando el cristal justo donde yo estaba apoyada. Estábamos separados por apenas unos centímetros de vidrio, y podía sentir el calor que emanaba de él.

"Si Kang te ve aquí, tu vida se acaba. Pero si te ve aquí, también significa que dejas de ser solo mía. Y no sé qué me daría más rabia." — El pensamiento que Min-ho me confesaría mucho después.

—Vete, Kang. Estoy cansado y tu voz me está dando dolor de cabeza. Nos vemos en el ensayo de las diez —dijo Min-ho, su tono volviéndose peligrosamente cortante.

Hubo un silencio tenso. Kang suspiró, murmuró algo sobre "artistas temperamentales" y finalmente escuchamos la puerta principal cerrarse y el eco de sus pasos alejarse por el pasillo industrial.

Min-ho no abrió la puerta de inmediato. Se quedó apoyado contra el cristal, jadeando ligeramente. Cuando finalmente entró en la cabina conmigo, no encendió la luz. Me atrapó entre sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello con una fuerza que casi me hizo perder el equilibrio.

—Se ha ido —susurré, intentando calmar los latidos de mi corazón.

—Me da igual si se ha ido —gruñó él, y sentí sus labios rozando mi piel—. Me ha molestado la forma en la que ha buscado rastro de ti. Como si tuviera derecho a saber qué escondo aquí dentro.

Se separó un poco, tomándome del rostro con ambas manos. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una intensidad que me hizo temblar.

—Escúchame bien. Kang, la empresa, las fans... todos creen que saben dónde empiezo y dónde termino. Pero esto —señaló el espacio entre nosotros—, esto no les pertenece. Eres mi único secreto, y voy a encargarme de que sigas siéndolo, aunque tenga que quemar este estudio entero.

—Min-ho, esto es una locura. Si te pillan, tu carrera...

—Mi carrera es una jaula de oro —me interrumpió, su mirada fija en la mía—. Tú eres la única que ha mirado a través de los barrotes. No voy a dejar que te saquen de aquí.

Me besó. No fue el beso de un ídolo de drama coreano; fue un beso desesperado, hambriento y posesivo. Sabía a café frío y a la urgencia de alguien que siente que el mundo le está robando el tiempo. En ese momento, comprendí que Min-ho no buscaba un romance normal; buscaba un refugio, y me había elegido a mí para ser la guardiana de sus sombras, sin importarle el precio que ambos tendríamos que pagar.

Cuando nos separamos, él me puso su sudadera de Nova-X, cubriéndome casi por completo.

—Ahora —dijo, con una sonrisa oscura que me erizó la piel—, termina ese dibujo. Quiero que el mundo vea lo que sientes cuando me miras, aunque nunca sepan que estabas aquí, sentada en mis rodillas, mientras lo hacías.

Capítulo 5: Bajo otra piel

Tres días después, mi nombre ya no era el mío. En el pase laminado que colgaba de mi cuello rezaba "Mía, Consultora Visual". Min-ho lo había movido todo: llamadas a altas horas de la madrugada, amenazas veladas a los de logística y una cantidad indecente de dinero para asegurar que yo estuviera en el vuelo privado hacia Tokio.

Para el resto del staff, yo era un talento joven que Min-ho había "descubierto". Para el resto de Nova-X, yo era una intrusa.

El hotel en Shinjuku era un laberinto de cristal y luces de neón. El equipo ocupaba tres plantas completas, pero Min-ho se había asegurado de que mi habitación estuviera en su misma planta, apenas a tres puertas de la suya. Una "conveniencia técnica", según él.

—No hables con los otros miembros más de lo necesario —me había dicho en el avión, sin mirarme, mientras fingía leer un contrato—. Especialmente con Haru. Es demasiado observador y le gusta demasiado caer bien.


El encuentro en el pasillo

Eran las dos de la mañana. Salí de mi habitación buscando la máquina de hielo, todavía procesando el jet lag. El pasillo estaba en silencio, alfombrado y lujoso, hasta que una puerta se abrió de golpe.

No fue Min-ho. Fue Haru, el visual del grupo, conocido por su sonrisa angelical que vendía millones de cosméticos. Llevaba una camiseta blanca holgada y parecía mucho más joven sin el maquillaje de escena.

—¿Mía, verdad? —me sonrió, deteniéndose frente a mí—. No sabía que las consultoras visuales también tenían insomnio.

—Es el cambio de hora —respondí, intentando sonar profesional.

—Min-ho está muy intenso con este nuevo concepto. Nunca lo había visto proteger tanto un proyecto... o a una persona. ¿De dónde te sacó realmente?

Haru dio un paso hacia mí, con una curiosidad juguetona que me puso alerta. Pero antes de que pudiera responder, la puerta de la suite de al lado se abrió.

Min-ho estaba allí. No llevaba camiseta, solo unos pantalones de chándal negros, y su piel bajo las luces del pasillo se veía pálida y tensa. Su mirada no fue hacia mí, sino directamente a los ojos de Haru. La temperatura del pasillo pareció bajar diez grados.

—Haru. Mañana tenemos ensayo a las siete. Vuelve a tu habitación —dijo Min-ho. Su voz no era una sugerencia; era un látigo.

—Solo estaba saludando a la nueva, líder. No seas tan posesivo —bromeó Haru, aunque dio un paso atrás, captando la vibración violenta que emanaba de Min-ho.

Vete.

Haru levantó las manos en señal de rendición y se retiró, lanzándome una última mirada de advertencia. En cuanto se cerró su puerta, Min-ho me agarró del brazo y me empujó dentro de su suite, cerrando con doble llave.


La marca de propiedad

—Te dije que no hablaras con ellos —siseó, acorralándome contra la puerta. Sus ojos estaban inyectados en sangre, una mezcla de falta de sueño y una rabia posesiva que me cortó la respiración.

—Solo me preguntó por el insomnio, Min-ho. No puedes controlar con quién me cruzo en un pasillo.

—Puedo y lo haré —se acercó tanto que su pecho rozaba el mío. Estaba hirviendo—. No te traje a Japón para que fueras la amiga de todos. Te traje porque eres mía. Mi artista, mi secreto. Si Haru vuelve a mirarte así, lo sacaré del set de fotos mañana. Me da igual el escándalo.

—Estás loco. Vas a arruinarlo todo por un ataque de celos —le puse las manos en el pecho para intentar alejarlo, pero él ni se inmutó.

—No son celos, es orden —tomó mi pase de "Mía" y lo arrancó de mi cuello con un movimiento seco—. Mañana no irás al set. Te quedarás aquí, en esta habitación. Trabajarás en los diseños desde el portátil. Vendré a verte en el descanso de la tarde.

—¡No soy un mueble que puedas guardar bajo llave! —le grité, pero él me tapó la boca con un beso que sabía a posesión pura.

Me mordió el labio inferior, lo suficiente para que el dolor se mezclara con la adrenalina. Cuando se separó, me miró con una devoción oscura, casi religiosa.

—Eres el único lugar donde puedo ser yo mismo, Mía. Si permito que el resto del mundo te toque, o incluso que te miren demasiado tiempo, empezaré a desaparecer. No me obligues a encerrarte de verdad.

Me soltó y caminó hacia el ventanal que daba a toda la ciudad de Tokio. Parecía un rey vigilando su imperio, pero un imperio que solo le importaba si yo estaba allí para verlo.

—Duerme conmigo —ordenó, señalando la cama inmensa—. Y no vuelvas a salir de esta habitación sin que yo te dé el código de la puerta.

Capítulo 6: El eco del vacío

La suite del piso 42 era un mausoleo de mármol y tecnología punta. Habían pasado diez horas desde que Min-ho se marchó al ensayo, y el silencio empezaba a tener garras. Intenté trabajar en los diseños del mixtape, pero cada vez que movía el lápiz óptico, sentía que las paredes se cerraban un poco más.

La confirmación de mi paranoia llegó de la forma más estúpida: mi portátil se vinculó automáticamente a la red privada de la suite. Al abrir el panel de control, vi un icono que no debería estar ahí: "Monitor de Dispositivo - Enlace Mía".

Sentí un escalofrío que me recorrió la nuca. Min-ho no solo estaba revisando mis mensajes; estaba rastreando cada pulsación, cada búsqueda, cada palabra que enviaba a mi madre o a mis amigos en Madrid. Para él, mi privacidad era un activo más que debía ser auditado.

—No soy un cuadro, Min-ho —susurré para nadie, cerrando el portátil de golpe.

La rabia fue más fuerte que el miedo. Me puse una sudadera negra con capucha, me colgué el pase de "Mía" que él había tirado (y que yo había rescatado de la papelera) y salí de la habitación. Sabía el código de la puerta porque lo había visto teclearlo por el reflejo del espejo: su fecha de debut. Un recordatorio constante de que su carrera era su religión.


El laberinto del Tokyo Dome

Llegar al backstage del Tokyo Dome fue como entrar en una zona de guerra organizada. El sonido de cincuenta mil personas gritando fuera era una vibración física que te golpeaba el pecho. Luces, cables, gritos en japonés y coreano, y el aroma a laca y sudor.

Me oculté tras unas cajas de equipo de sonido cerca del lateral del escenario. Desde allí, vi a Nova-X en plena acción. Min-ho estaba en el centro, bajo un foco carmesí, rapeando con una ferocidad que parecía querer quemar el estadio entero. Era hipnótico, era un dios de metal y tinta. Pero ahora, sabiendo que tenía mi vida bajo un microscopio en su bolsillo, su imagen me producía una mezcla de fascinación y náuseas.

—Sabía que no aguantarías mucho tiempo encerrada en esa jaula de oro.

Me sobresalté. Haru estaba de pie en las sombras, justo detrás de mí. Acababa de bajar del escenario para un cambio de vestuario rápido. Los estilistas revoloteaban a su alrededor, pero su mirada estaba fija en mí.

—¿Min-ho sabe que estás aquí? —preguntó, dejándose poner una chaqueta llena de cristales.

—No. Y no me importa. ¿Por qué me mira como si fuera su propiedad, Haru? Es asfixiante.

Haru hizo una seña a los estilistas para que se alejaran. Se acercó a mí, y por primera vez, su sonrisa de ídolo desapareció, dejando paso a una expresión de advertencia genuina.


El secreto de las "obras maestras"

"Min-ho no busca una novia, Mía. Busca una musa que no pueda escapar. Antes de ti, hubo una estilista en Seúl. Era brillante, como tú. Él se obsesionó. La convenció de que el mundo era peligroso y que solo él podía protegerla. Terminó vigilando hasta sus respiraciones." — Haru, en un susurro apenas audible sobre la música.

—¿Qué pasó con ella? —pregunté, con el corazón en la garganta.

—Ella intentó irse. Min-ho usó sus influencias para que ninguna otra agencia la contratara. La borró de la industria para que su única opción fuera volver a él. No lo hizo. Ella desapareció... simplemente dejó de ser artista. Min-ho no acepta que la belleza tenga voluntad propia. Para él, si algo es hermoso, debe estar en una vitrina. O bajo llave.

El sonido de los fuegos artificiales anunció el final de la canción. Haru tenía que volver a subir. Me puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.

—Ten cuidado. No dejes que te convierta en otra de sus 'obras terminadas'. Si ve que empiezas a pensar por ti misma, el amor se convertirá en un asedio.

Haru corrió hacia la plataforma elevadora y desapareció bajo los focos. Me quedé allí, temblando, mientras la voz de Min-ho resonaba por todo el estadio, agradeciendo a las fans con un tono dulce que ahora me sonaba a pura estática.


El encuentro en la oscuridad

Intenté volver al hotel antes de que terminara el concierto, pero al girarme en el pasillo del backstage, choqué contra un pecho sólido. Unas manos fuertes me sujetaron por los hombros, impidiéndome caer.

—¿Buscabas algo, Mía?

Era él. Min-ho aún llevaba el micrófono de diadema y estaba empapado en sudor. Sus ojos estaban dilatados por la adrenalina del show, pero al verme, su expresión se transformó en una furia fría y cortante. Me arrastró hacia un camerino vacío y cerró la puerta con un golpe que silenció los gritos del estadio.

—Te di una orden —siseó, acorralándome contra los espejos iluminados—. Te dije que te quedaras en la suite.

—Sé lo del rastreador en mi portátil, Min-ho. Sé que me vigilas. No soy una de tus fans a las que puedes controlar con un contrato.

Min-ho soltó una risa amarga y se acercó tanto que nuestras narices se rozaron. Su mano subió a mi cuello, no para apretar, sino para delinear la mandíbula con una posesión que me erizó la piel.

—Te vigilo porque el mundo es un vertedero, Mía. Y tú eres lo único limpio que tengo. ¿Crees que Haru te va a ayudar? Él solo quiere ver cómo me rompo.

—Me estás rompiendo tú a mí —le grité—. Me estás convirtiendo en una sombra.

—Entonces sé mi sombra —respondió él, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. Prefiero tenerte rota y a mi lado que brillante y lejos de mí. Mañana volamos a Osaka. Y esta vez, no habrá pases, ni consultorías. Te quedarás donde yo pueda verte cada segundo, o juro que haré que este dibujo sea el último que hagas en tu vida.

Me besó con una mezcla de desesperación y castigo, una marca de fuego que me recordó que, para Min-ho, el amor y la destrucción eran exactamente la misma cosa.

Capítulo 7: La marca pública

Osaka nos recibió con un calor pegajoso y una seguridad redoblada. Min-ho ya no fingía que yo era una consultora externa; en el trayecto del aeropuerto al hotel, me obligó a sentarme en su regazo en la furgoneta de cristales blindados, ignorando las miradas incómodas del resto de la banda. Sus dedos no dejaban de trazar el contorno de mi muñeca, como si estuviera midiendo el grosor de mis cadenas invisibles.

—Mañana el mundo conocerá tu nombre, Mía —me susurró al oído, ignorando que Haru nos observaba desde el asiento delantero con una expresión de pura náusea—. O al menos, conocerán la versión de ti que yo he decidido mostrar.


La búsqueda del rastro

Min-ho tuvo que marcharse a una entrevista de radio exclusiva a medianoche. Aproveché esos sesenta minutos de "libertad" vigilada para hacer lo que Haru me había sugerido. Usando un túnel VPN que logré configurar antes de que su software de rastreo se reiniciara, busqué el nombre de la estilista: Ji-soo Park.

No fue fácil. Había sido borrada de los créditos oficiales de Nova-X. Pero en un foro de fans antiguo, encontré una foto borrosa de ella ajustando la chaqueta de Min-ho. En los comentarios, las fans la llamaban "la sombra del líder". Lo que me detuvo el corazón fue una entrada de blog anónima de hace dos años:

"Ji-soo no se fue para estudiar en París. Se fue porque Min-ho compró el contrato de arrendamiento de su estudio y lo demolió para que ella no tuviera a dónde ir si no era su casa. No busquen su arte, ella ya no dibuja. Él dice que ella era su obra maestra, pero las obras maestras no necesitan manos para crear, solo ojos para ser admiradas."

Cerré el portátil con un golpe seco. La bilis me subió a la garganta. Min-ho no quería una novia, quería un busto en un pedestal.


El anuncio en el Kyocera Dome

Llegó la noche del primer concierto en Osaka. Min-ho no me permitió quedarme en el hotel; me hizo vestir un vestido de seda negro, costoso y restrictivo, y me sentó en un área VIP vallada, justo al lado del escenario, donde las cámaras de las fans no podían evitar captarme.

A mitad del concierto, las luces se apagaron por completo. Un latido rítmico empezó a sonar por los altavoces, haciendo vibrar el suelo bajo mis pies.

—Esta noche es especial —la voz de Min-ho retumbó en el estadio, profunda y cargada de una emoción que el público interpretó como amor, pero que yo sentí como una soga—. Durante mucho tiempo, he buscado una imagen que pudiera capturar mi verdadera esencia. Y la encontré en las manos de alguien que me ve... incluso cuando estoy en la oscuridad.

En la pantalla gigante de cincuenta metros apareció mi dibujo. El micrófono envuelto en espinas y rosas negras. Pero Min-ho había añadido algo: en una esquina, en una caligrafía dorada y elegante, rezaba: "Propiedad Artística de Min-ho & Mía".

Cincuenta mil personas gritaron al unísono. Millones de teléfonos empezaron a fotografiar el diseño y, por extensión, a la chica que estaba sentada en el palco VIP. Min-ho me miró desde el escenario, señalándome con un gesto posesivo mientras empezaba a rapear la canción más cruda de su repertorio.

Me había marcado. Había vinculado mi carrera y mi identidad a la suya de forma irreversible. A partir de mañana, ninguna agencia me contrataría sin pasar por él. Para el mundo, yo era la "musa protegida"; para mí, era el final de mi anonimato.


La habitación de los trofeos

Después del show, de vuelta en la suite, Min-ho entró radiante. La adrenalina de la exposición pública lo hacía parecer casi divino. Se desabrochó la camisa y me lanzó contra la cama, cubriendo mi cuerpo con el suyo.

—¿Lo has visto, Mía? —susurró, besándome con una urgencia violenta—. Ahora ya no hay vuelta atrás. Las fans saben quién eres. La prensa sabe quién eres. Estás vinculada a mí para siempre. Si intentas irte, no habrá lugar en este planeta donde no te reconozcan como 'la chica de Min-ho'.

—Me has destruido —dije, las lágrimas rodando por mis sienes—. Has hecho exactamente lo mismo que le hiciste a Ji-soo.

Min-ho se tensó. Su expresión se volvió gélida, sus ojos grises perdiendo cualquier rastro de calidez. Me sujetó las muñecas sobre la cabeza con una sola mano, apretando hasta que sentí el hueso.

—Haru tiene la boca demasiado grande —siseó—. Ji-soo no entendía el sacrificio. Ella quería su propia luz, pero no comprendía que su luz solo existía porque yo la reflejaba. Tú eres diferente. Tú eres más inteligente.

Se levantó y caminó hacia su maleta de cuero, extrayendo una pequeña caja de terciopelo. Dentro había un brazalete de platino, grueso y sólido, con un cierre que requería una herramienta especial para abrirse. Me lo puso en la muñeca izquierda con una lentitud tortuosa.

—Ji-soo tenía un estudio. Tú tienes el mundo entero a través de mis pantallas. Pero este brazalete... este brazalete es para recordarte que, aunque el mundo vea tu arte, tus manos siguen siendo mías.

—¿Qué vas a hacer conmigo, Min-ho? —pregunté, mi voz apenas un hilo.

—Darte todo lo que desees —respondió él, volviendo a la cama y rodeándome con sus brazos en un abrazo que se sentía como una celda—. Siempre y cuando aceptes que tu único pincel soy yo. Mañana volamos a Seúl. Tengo una habitación preparada en mi casa. No tiene ventanas, pero te prometo que nunca te faltará pintura... ni mi mirada.

Me quedé allí, atrapada bajo el peso del ídolo más amado de Asia, dándome cuenta de que mi arte me había salvado de la mediocridad solo para entregarme a una forma de amor que era indistinguible de la esclavitud.

Capítulo 8: La galería del silencio

La mansión de Min-ho en el barrio de Hannam-dong era un monumento al éxito y al aislamiento. Paredes de hormigón pulido, cristales blindados que daban al río Han y un sistema de seguridad que requería mi huella dactilar solo para moverme de la cocina al salón. Para el mundo, era el hogar de una leyenda; para mí, era una caja de resonancia donde mi propia identidad empezaba a agrietarse.

—Bienvenida a casa, Mía —dijo Min-ho al entrar, dejando las llaves sobre una mesa de mármol que parecía un altar. Su voz tenía una satisfacción tranquila, la de quien ha guardado finalmente su posesión más preciada en la vitrina correcta.

Me llevó de la mano hacia el sótano. No era un sótano húmedo ni oscuro; era un estudio de diseño que dejaría en ridículo a cualquier agencia de Seúl. Tabletas de última generación, proyectores de 360 grados y paredes blancas que esperaban ser manchadas. Pero no había ventanas. Ni una sola rendija por la que ver el cielo de Seúl.

—Aquí nadie te distraerá —susurró, abrazándome por la espalda y apoyando su barbilla en mi hombro—. Aquí el mundo no existe. Solo existimos nosotros y lo que tú crees para mí.


El rincón de los fantasmas

Esa noche, Min-ho tuvo que acudir a una grabación de emergencia para Inkigayo. Me dejó con la advertencia de que las cámaras de la casa estaban conectadas a su teléfono. "Es por tu seguridad", me dijo con un beso en la frente que se sintió como una sentencia.

Esperé a que el sonido de su coche se perdiera en la distancia. Gracias a lo que Haru me había contado, sabía que en esta casa el orden era una fachada. Busqué en su despacho personal, un lugar donde el aire olía intensamente a su colonia y a papel viejo. Detrás de una estantería de premios de platino, encontré una puerta con un teclado numérico.

Probé la fecha de su debut. Error. Probé la fecha del lanzamiento de su primer solo. Error. Probé la fecha de la "desaparición" de Ji-soo que encontré en el blog. Click.

La habitación era pequeña y fría. No había muebles, solo cajas de archivo etiquetadas con nombres. En una esquina, vi un maniquí vestido con la ropa que Ji-soo usó en su último día. Y en una estantería, los cuadernos de bocetos de la estilista.

Al abrirlos, no vi moda. Vi una caída libre. En las últimas páginas, Ji-soo no dibujaba ropa; dibujaba ojos. Miles de ojos que la observaban desde las paredes. Y una frase escrita una y otra vez: "Él no quiere mi arte, quiere ser mi único espectador hasta que yo no pueda ver a nadie más".

Comprendí el plan de Min-ho. Él no coleccionaba mujeres; coleccionaba el proceso de su aniquilación creativa para alimentar su propia mística de "artista atormentado". Yo no era su musa; era su combustible.


La obra envenenada

Regresé al estudio antes de que él volviera. Mi corazón martilleaba contra el brazalete de platino, que ahora pesaba como plomo. Sabía que no podía escapar por la puerta; los guardias de la entrada me detendrían antes de llegar a la calle. Mi única salida era la misma arma que él usaba contra mí: la imagen pública.

Me senté frente a la tableta. Min-ho quería una serie de ilustraciones para el contenido visual de su gira mundial. "Algo que muestre nuestra conexión", me había pedido.

Empecé a dibujar. Pinté a Min-ho como un ángel de mármol, hermoso y eterno. Pero dentro de las pupilas de ese ángel, en un nivel de detalle que solo se vería si se ampliaba la imagen al máximo (algo que las fans de Nova-X harían en cuestión de segundos tras el lanzamiento), escondí los bocetos de Ji-soo. Escondí los códigos de las cámaras de la casa. Escondí el rastro de la verdad.

"Si quieres que sea tu sombra, Min-ho, aprenderás que las sombras son las únicas que conocen dónde se esconden los cadáveres." — Mi pensamiento mientras el lápiz digital volaba sobre la pantalla.


El regreso del dueño

Min-ho entró en el estudio a las cuatro de la mañana. Se veía exhausto, con el pelo húmedo por la lluvia y la mirada vidriosa. Se acercó a mí y me rodeó el cuello con sus manos, una caricia que siempre amenazaba con volverse algo más.

—¿Has trabajado, mi pequeña Mía? —preguntó, mirando la pantalla.

Le mostré el dibujo principal. El ángel de mármol. La belleza absoluta. Él se quedó sin aliento, sus ojos brillando con una devoción que me dio náuseas.

—Es perfecto —susurró, besando mi muñeca, justo sobre el metal del brazalete—. Es lo más hermoso que has hecho nunca. Sabía que este aislamiento te sentaría bien. Mañana lo enviaremos a la discográfica. Será la imagen de nuestra victoria.

—Sí, Min-ho —dije, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Mañana el mundo entero verá lo que realmente hay dentro de ti.

Él me llevó hacia el piso de arriba, hacia su cama, creyendo que finalmente me había domesticado. Pero mientras sentía el peso de su cuerpo sobre el mío, solo podía pensar en el momento en que esas ilustraciones se hicieran públicas. Min-ho me había marcado frente a millones para que no pudiera huir; ahora, yo lo usaría a él como altavoz para contarle al mundo que su paraíso era, en realidad, un cementerio de musas.

La guerra no se ganaría con gritos, sino con píxeles.

Capítulo 9: El colapso del ídolo

El lanzamiento fue un terremoto digital. A las diez de la mañana, las cuentas oficiales de Nova-X publicaron la ilustración del "Ángel de Mármol". En menos de una hora, tenía tres millones de compartidos. Min-ho, sentado en el sofá de cuero de la planta de arriba, observaba las métricas en su iPad con una sonrisa de depredador satisfecho.

—Te lo dije, Mía —dijo sin apartar la vista de la pantalla—. Ahora eres parte del canon. Ya no eres una persona; eres un mito vinculado a mí.

Yo estaba sentada al otro lado de la habitación, con el brazalete de platino pesando en mi muñeca, viendo cómo el mundo devoraba la trampa que yo misma había tendido. No dije nada. Sabía que las "detectives" de internet, las fans que analizan hasta el reflejo en las gafas de sol de un ídolo, no tardarían en encontrar lo que había escondido.


El estallido de la red

El primer hilo de Twitter apareció a las 11:15. "¿Alguien más ha hecho zoom al ojo izquierdo de Min-ho en el nuevo dibujo?"

A las 12:00, el hashtag #MinHoEyes era tendencia mundial. Las imágenes ampliadas mostraban, con una claridad aterradora, los bocetos de Ji-soo y las capturas de pantalla del software de vigilancia que Min-ho usaba conmigo. Lo que él creía que era una oda a su belleza, resultó ser el expediente de su crimen.

El teléfono de Min-ho empezó a arder. Llamadas de la empresa, de Kang, de los otros miembros. Él frunció el ceño, su sonrisa desapareciendo lentamente.

—¿Qué demonios...? —susurró, abriendo las tendencias.

Vi cómo su rostro pasaba de la confusión a una palidez mortal. Sus manos empezaron a temblar, no de miedo, sino de una rabia volcánica. Se giró hacia mí, y por primera vez, vi al monstruo sin ningún tipo de maquillaje.


La rueda de prensa del juicio

Min-ho no pudo ocultarse. Tenía una rueda de prensa programada a las 14:00 para la presentación oficial de la gira. La discográfica, en un intento desesperado por controlar los daños, decidió seguir adelante, creyendo que Min-ho podría "explicar" las imágenes como un concepto artístico malinterpretado.

Me obligó a ir. Me puso un vestido que ocultaba el brazalete y me sentó en la primera fila, bajo la vigilancia de dos guardias de seguridad disfrazados de asistentes.

El flash de las cámaras era cegador. Cientos de periodistas gritaban preguntas. Min-ho subió al escenario, luciendo impecable pero con una mirada que prometía sangre.

—Min-ho, ¿puedes explicar los mensajes ocultos en la pupila del dibujo? ¿Son reales las capturas de vigilancia de Mía? —gritó un periodista de Dispatch.

Min-ho se acercó al micrófono. Su voz, siempre controlada, sonó como un cristal rompiéndose.

—El arte es subjetivo —dijo, intentando mantener la compostura—. Lo que ven son representaciones de la ansiedad de la fama...

—¡Mentiroso! —gritó una fan desde el fondo, sosteniendo una tablet con la imagen ampliada de Ji-soo—. ¡Esa es Ji-soo Park! ¡Sabemos lo que le hiciste!


La máscara se rompe

El caos estalló. Min-ho perdió el control. En lugar de negar las acusaciones, su instinto posesivo tomó el mando. Saltó del escenario hacia donde yo estaba sentada, apartando a los periodistas con una violencia que nadie había visto nunca en un ídolo. Me agarró del brazo, tirando de mí frente a todas las cámaras.

—¡Ella es mía! —rugió Min-ho hacia la prensa, su rostro transformado por la locura—. ¡Yo la saqué de la nada! ¡Yo le di este nombre! ¡Todo lo que ven en ese dibujo es porque yo permití que existiera!

Me levantó la manga, revelando el brazalete de platino ante los flashes incesantes.

—¿Quieren ver la verdad? —gritó, fuera de sí—. ¡La verdad es que ella no puede vivir sin mí! ¡Nadie la entenderá como yo! ¡Nadie podrá amarla si no es a través de mi sombra!

El silencio que siguió fue sepulcral. El ídolo perfecto de Corea acababa de confesar su propia obsesión posesiva en televisión nacional. Kang y los guardias intentaron sacarlo del escenario, pero Min-ho se aferraba a mi brazo con una fuerza que me dejó marcas rojas. Sus ojos estaban fijos en los míos, suplicantes y aterradores al mismo tiempo.

—Diles que me amas, Mía —susurró, ignorando las cámaras—. Diles que esto es parte del show. Si lo haces, te perdonaré la traición. Te llevaré a casa y quemaremos ese dibujo. Solo diles...


La caída final

Miré a la lente de la cámara principal, la que estaba transmitiendo en vivo para millones de personas. Luego miré a Min-ho. Estaba acabado. Su carrera, su imagen de "Príncipe de Asia", se estaba desintegrando en ese mismo instante.

—Min-ho —dije, mi voz clara y cortante a través de los micrófonos—. No soy tu obra maestra. Y el dibujo no era sobre ti. Era sobre el momento en que decidí destruirte.

Le solté la mano con un desprecio que lo dejó paralizado. Los guardias finalmente lo redujeron mientras él gritaba mi nombre, una y otra vez, un sonido desgarrador que ya no inspiraba adoración, sino lástima.

Me sacaron por la puerta trasera. Afuera, miles de fans gritaban #FreeMia. Pero mientras me subían a un coche de la policía para llevarme a declarar, miré el brazalete de platino en mi muñeca. No tenía la llave.

Min-ho estaba destruido, pero yo seguía llevando su marca. La toxicidad de su amor nos había hundido a ambos; él en el olvido, y yo en una fama que siempre estaría manchada por su sombra. Había ganado la guerra, pero mientras veía el edificio de la discográfica alejarse, comprendí que el precio de mi libertad sería ser recordada, para siempre, como la chica que mató a un dios.

FIN


+ Agregar Votar

Comentar:

Campo Requerido

Sobre nosotros

Soñamos con una biblioteca digital que reúna los clásicos de siempre con voces contemporáneas y autores emergentes de todo el mundo. Así nació Indream, una plataforma premium que combina tradición y modernidad en un catálogo diverso y en constante evolución. Hoy también incorporamos Indream Originals, obras únicas desarrolladas con inteligencia artificial y cuidadosamente editadas por nuestro equipo, manteniendo la esencia del escritor detrás de cada página.

Imagen