El escudo de seda

#comedia, #drama, #romance

SINOPSIS:

Un ídolo de cristal de 20 años. Un escudo de acero de 40. Ji-hoon tiene el mundo a sus pies, pero solo desea al hombre que vigila su espalda. Entre flashes, amenazas de muerte y una brecha de dos décadas, la devoción profesional se convierte en un incendio de piel y rebelión. En esta gira, el “Fénix” de Corea no busca el aplauso, sino la rendición del único hombre que juró no tocarlo jamás.

Capítulo 1: El peso de la corona (y de su espalda)

El confeti dorado todavía se me quedaba pegado al pelo, mezclado con el sudor y la laca. Mis oídos pitaban con el eco de diez mil personas gritando mi nombre al unísono: “¡Lee Ji-hoon! ¡Lee Ji-hoon!”. Acababa de ganar mi décimo trofeo consecutivo. Mi canción, “Mirage”, era un "All-Kill" en las listas. Debería estar en la cima del mundo, pero lo único que sentía era el ardor en mis pies y un vacío punzante en el estómago que ninguna cantidad de premios podía llenar.

La fiesta de celebración en la empresa había sido un borrón de copas de champagne que no quería beber y directivos dándome palmaditas en la espalda, recordándome cuánto dinero les estaba haciendo ganar ahora que era legalmente un adulto. Me emborraché. No de esa manera divertida en la que cuentas chistes, sino de esa forma melancólica en la que el mundo empieza a verse como una película borrosa.

—Ji-hoon-ah, es hora de irse.

Esa voz.

Incluso a través de la neblina del alcohol, su voz era el único sonido que mi cerebro procesaba con nitidez. Grave, seca, sin adornos. Me giré y ahí estaba él: Kang-dae.

Llevaba su traje negro de siempre, ese que parecía a punto de reventar en los hombros cada vez que cruzaba los brazos. Su rostro, una máscara de granito tallada por veinte años más de vida que los míos, no mostraba ni una gota de cansancio, a pesar de que llevaba dieciséis horas de pie vigilando mi seguridad.

—Ahjussi… —susurré, arrastrando las palabras.

Él no respondió con palabras. Simplemente me puso su chaqueta sobre los hombros para ocultar mi camisa de seda blanca —que estaba medio desabrochada— y me sujetó del brazo con una firmeza que me hizo estremecer. Sus manos eran grandes, cálidas y ásperas; eran manos que sabían pelear, pero que conmigo siempre eran infinitamente cuidadosas.

Para salir del edificio sin que las sasaengs que acampaban fuera nos vieran en mi estado, Kang-dae tomó una decisión ejecutiva. Me cargó.

Me subió a su espalda con una facilidad insultante, como si yo no pesara nada. Apoyé mi mejilla contra su nuca, inhalando su aroma. Kang-dae no olía a los perfumes caros de los otros idols; olía a jabón neutro, a café negro y a esa nota metálica que solo tiene la lluvia sobre el asfalto. Era el olor de mi seguridad. El olor de mi hogar desde que tenía quince años.


Tenía quince años cuando lo vi por primera vez. Era un trainee asustado, con las rodillas raspadas de tanto ensayar y los ojos rojos de llorar porque el coreógrafo me había dicho que no tenía talento. Kang-dae acababa de entrar a la empresa como jefe de seguridad. Él tenía treinta y cinco años, era un ex-oficial de fuerzas especiales con una mirada que podía detener un corazón.

Recuerdo que me quedé paralizado en el pasillo. Él pasó a mi lado, se detuvo, me miró y me extendió un pañuelo de algodón blanco perfectamente doblado.

—Si vas a ser una estrella, no dejes que vean que sangras —me dijo con voz plana. Luego, sin esperar un gracias, siguió caminando.

Ese día, dejé de querer ser un idol por la fama. Quise ser una estrella para que él nunca dejara de mirarme.


Ahora, a mis veinte años, la espalda de Kang-dae se sentía más ancha que nunca. Salimos por la puerta trasera hacia la furgoneta negra. El aire frío de Seúl me golpeó la cara, pero yo estaba envuelto en su calor.

Me depositó en el asiento trasero de la van con una delicadeza que me rompió el corazón. Cerró la puerta corredera, aislándonos del mundo. Él se sentó a mi lado, revisando su teléfono para coordinar la ruta con el conductor, su perfil iluminado por las luces de neón de la ciudad que pasaban veloces por la ventana.

—Has trabajado duro hoy, Ji-hoon. Duerme un poco —dijo, sin mirarme.

El alcohol me dio la valentía que cinco años de silencio me habían robado. Me incliné hacia él, invadiendo ese espacio personal que él siempre protegía como una frontera sagrada.

—¿No vas a felicitarme de verdad, Ahjussi? —mi voz salió más quebrada de lo que esperaba—. Soy el número uno. Soy un hombre adulto ahora. ¿No hay un premio para mí?

Kang-dae guardó su teléfono y finalmente me miró. Sus ojos eran oscuros, insondables. Me sentía como un pequeño satélite orbitando alrededor de un planeta masivo.

—Mi trabajo es que sigas siendo el número uno, no darte premios —respondió, su voz bajando de tono. Intentó apartarse, pero yo lo agarré de la solapa.

—Mírame —le pedí, mi respiración mezclándose con la suya—. Deja de mirar al idol. Mira a Ji-hoon. ¿Alguna vez me has visto de verdad?

Él tensó la mandíbula. Vi cómo sus músculos se apretaban bajo la tela del traje.

—Ji-hoon-ah, estás borracho. Mañana no recordarás esto.

—Lo recordaré cada segundo —afirmé.

Y entonces, lo hice. Cerré la distancia. Mis labios, suaves y torpes por el alcohol, chocaron contra los suyos. Fue un beso desesperado, cargado de cinco años de anhelo, de cartas nunca enviadas y de miradas robadas en los espejos de los camerinos. Sus labios eran firmes, sabían a café y a una sorpresa que lo dejó paralizado durante un latido eterno.

Por un segundo, juré que sentí que sus manos subían para agarrar mi cintura, que iba a responder con la misma fuerza que yo estaba aplicando. Pero la ilusión duró lo que un flash de cámara.

Kang-dae me apartó. No fue brusco, pero la firmeza con la que puso sus manos sobre mis hombros para crear distancia dolió más que cualquier golpe. Sus ojos ya no eran insondables; eran de acero.

—Esto no ha pasado —dijo, su voz recuperando esa frialdad profesional que tanto odiaba—. Te llevaré a casa. Te ducharás y olvidarás esta estupidez. Mañana tienes una sesión de fotos a las seis de la mañana.

—No es una estupidez —sollocé, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a quemar mis ojos—. Te amo, Kang-dae. Te amo desde que me diste ese pañuelo.

Él no parpadeó. Se enderezó el traje y miró hacia adelante, al tráfico de Seúl.

—Soy tu guardaespaldas, Ji-hoon. Tengo cuarenta años y tú eres un niño con el mundo a sus pies. Mi único deber es protegerte, incluso de ti mismo.

El silencio que siguió fue el sonido más ruidoso de mi vida. Me acurruqué contra la ventana, sintiendo cómo el confeti dorado se burlaba de mi miseria. Había ganado el número uno en Corea, pero acababa de perder la única batalla que me importaba.

Pero lo que Kang-dae no sabía es que Lee Ji-hoon nunca se rendía después de un primer rechazo. Si él quería ser solo un guardaespaldas, yo le daría tantas razones para protegerme que no tendría más remedio que admitir que me amaba.

Si el amor dulce no funcionaba, probaría con el caos.

Capítulo 2: El arte del caos (y los celos de un hombre de piedra)

A las seis de la mañana, frente al espejo del camerino, yo era el producto perfecto. La maquilladora aplicaba corrector sobre mis ojeras —esas que Kang-dae me había provocado— mientras mi estilista ajustaba una chaqueta de cuero que me hacía ver más "peligroso" de lo que mi rostro angelical sugería.

Kang-dae estaba en la puerta, como siempre. Un poste de luz negro, impasible, con el auricular puesto y la mirada perdida en el horizonte. No me había mirado a los ojos ni una vez desde que me dejó en mi puerta anoche. Ni una mención al beso. Ni una mención a mi confesión. Para él, yo seguía siendo el "niño" que debía cuidar.


Tenía diecisiete años cuando empecé a entender que lo que sentía por él no era gratitud. Fue durante mi primera gira por Asia. Estaba exhausto, enfermo de gripe y con una presión mediática que me asfixiaba. Me encerré en el baño del hotel a llorar.

Él entró sin preguntar. No me dijo que me levantara, ni que fuera fuerte. Se sentó en el suelo del baño conmigo, con sus piernas largas dobladas de forma incómoda, y me entregó una leche de fresa fría.

—El mundo es una mierda, Ji-hoon-ah —dijo, mirando a la pared—. Pero yo estoy aquí. Nadie va a tocarte mientras yo respire.

En ese momento, entre el olor a desinfectante de hotel y el sabor a fresa, decidí que si Kang-dae era mi muro, yo quería vivir siempre a su sombra.


—Ji-hoon, ¿estás listo? —la voz de mi manager me sacó de mis pensamientos.

—Sí —dije, poniéndome en pie. Miré a Kang-dae a través del espejo. Él ni siquiera parpadeó—. Pero después de la sesión, no quiero ir a casa. Quiero ir a Itaewon.

Vi cómo su mandíbula se tensaba ligeramente. Una pequeña victoria para mí.

—¿Itaewon? Tienes agenda mañana temprano —intervino mi manager.

—Soy un adulto, ¿no? —sonreí con esa dulzura que mis fans llaman "letal"—. Quiero bailar. Quiero conocer gente. Quiero saber qué se siente ser alguien de veinte años que no solo vive para ensayar.

Kang-dae dio un paso adelante, su sombra cubriéndome por completo.

—Es un riesgo de seguridad innecesario, Ji-hoon-ssi —su voz era formal, profesional, exasperante.

—Para eso te pago, Kang-dae-ssi —le respondí, usando el sufijo formal para marcar la distancia—. Para que me protejas mientras me divierto. Prepárate. Esta noche no seré un chico bueno.


Medianoche en Itaewon

El club estaba saturado de luces rojas y un bajo que me retumbaba en los dientes. Me había puesto una camisa transparente bajo la chaqueta y me había despeinado el pelo. Sabía que me veía bien; las miradas de los desconocidos me seguían como focos.

Kang-dae era una presencia constante a dos metros de mí. En ese entorno hedonista, él se veía fuera de lugar: demasiado serio, demasiado masculino, demasiado... mío. Cada vez que alguien intentaba acercarse, él ponía su mano en el pecho del intruso con una fuerza silenciosa que los hacía retroceder de inmediato.

Pero yo quería más.

Vi a un chico rubio, bastante guapo, apoyado en la barra. Me acerqué a él, ignorando la presión de la mirada de Kang-dae en mi nuca.

—Hola —le dije, gritando sobre la música. Le sonreí con esa timidez ensayada que siempre funcionaba.

El chico se iluminó. Me reconoció al instante, pero el alcohol lo hizo valiente.

—¿Eres... Ji-hoon? No puedo creerlo. Estás increíble —sus manos bajaron hacia mi cintura.

En mi periferia, vi a Kang-dae moverse. Su rostro era una máscara de furia contenida. El aire alrededor de nosotros pareció bajar diez grados.

—¿Quieres bailar? —le pregunté al chico, inclinándome para susurrarle al oído, asegurándome de que Kang-dae viera el roce de mi cuerpo contra el del extraño.

—Me encantaría —el chico empezó a guiarme a la pista.

No llegamos a dar dos pasos. Una mano grande y pesada se cerró sobre el hombro del chico rubio. No fue un toque amable. El chico hizo una mueca de dolor y se giró, encontrándose con la mirada de muerte de Kang-dae.

—El artista no está disponible para bailar —dijo Kang-dae. Su voz no era profesional ahora; era una amenaza pura—. Aléjate. Ahora.

—¡Oye! Solo estamos... —el chico intentó protestar, pero Kang-dae se inclinó hacia él, susurrándole algo que lo hizo palidecer y salir huyendo hacia la salida sin mirar atrás.

Me giré hacia Kang-dae, fingiendo indignación.

—¿Qué crees que haces? Estaba divirtiéndome.

—Era un sospechoso —mintió Kang-dae, aunque sus ojos me decían que sabía exactamente lo que yo estaba intentando hacer—. No dejaré que cualquiera te toque, Ji-hoon.

—¿"Cualquiera"? —me reí, una risa amarga—. Si tú no quieres tocarme, Kang-dae, alguien tendrá que hacerlo. No pienso morir virgen solo porque mi guardaespaldas es un puritano de cuarenta años.

Vi un destello de algo parecido al dolor en sus ojos, pero desapareció tan rápido como llegó. Me tomó del brazo, su agarre era más fuerte de lo habitual.

—Nos vamos. Ahora.

—¡No! —me solté de un tirón—. Hay un tipo allá en la esquina que me lleva mirando toda la noche. Voy a ir a hablar con él.

Caminé hacia un grupo de extranjeros, pero Kang-dae se interpusió en mi camino. Su cuerpo era un muro infranqueable.

—Ji-hoon, para —su voz era un ruego bajo—. Estás llamando la atención. Esto va a salir en las noticias.

—¡Que salga! —grité, atrayendo miradas—. ¡"Lee Ji-hoon es gay y quiere que alguien lo bese"! ¿Eso es lo que temes? ¿O temes que me guste más el beso de un extraño que el rechazo del hombre al que amo?

Kang-dae me rodeó con sus brazos, no para abrazarme, sino para inmovilizarme y sacarme del club mientras yo pataleaba y le gritaba cosas horribles. Me metió en la furgoneta y cerró la puerta con un estruendo. El silencio que siguió fue asfixiante.

Él estaba apoyado contra la puerta, respirando con dificultad. Su frente estaba perlada de sudor y sus manos temblaban ligeramente.

—Por favor... —susurró, cerrando los ojos—. Por favor, para. No puedo protegerte si te expones así. No puedo pensar con claridad si te lanzas a los brazos de desconocidos.

—Entonces dame una razón para no hacerlo —le dije, acercándome a él en la penumbra de la van—. Dime que te importó el beso. Dime que me quieres.

Kang-dae me miró, y por primera vez en cinco años, vi que el muro se estaba agrietando.

—Mañana empezamos la gira mundial —dijo, su voz rota—. Tres meses solos, Ji-hoon. Hoteles, aviones, estadios... Si cruzo esa línea contigo, no habrá vuelta atrás. Y no soy el hombre que mereces. Soy un viejo soldado con las manos sucias, y tú... tú eres el sol.

—El sol se está muriendo de frío, Kang-dae —puse mi mano sobre su pecho, sintiendo su corazón galopar contra mi palma—. Caliéntame.

Él no me besó, pero tampoco se apartó. Apoyó su frente contra la mía y se quedó así durante un largo tiempo, respirando mi aire. La gira mundial estaba a punto de empezar, y yo sabía que, para cuando volviéramos a Seúl, Kang-dae ya no sería solo mi escudo. Sería mi amante, o mi destrucción total.

Capítulo 3: Vértigo en la Ciudad de los Ángeles

El hotel era el epítome del lujo de Beverly Hills, pero para mí era solo otra jaula dorada. El problema empezó cuando llegamos a la suite presidencial. Se suponía que mi equipo de seguridad se distribuiría en las habitaciones contiguas, pero apenas cruzamos el umbral, el jefe de seguridad local nos informó de una brecha: alguien había hackeado el sistema de cámaras del piso y se habían detectado "regalos" no autorizados en el pasillo.

—No es seguro que el equipo se separe —sentenció Kang-dae, con esa voz que no admite réplicas. Miró a mi manager—. Yo me quedaré dentro de la suite con Ji-hoon. El resto del equipo sellará el pasillo exterior.

Mi corazón dio un vuelco.

—Pero solo hay un dormitorio principal, Kang-dae-ssi —dijo mi manager, ajustándose las gafas—. El sofá no es... adecuado para alguien de tu tamaño.

—Dormiré en la alfombra, junto a la puerta del balcón si es necesario —respondió él, sin mirarme—. Mi prioridad es la integridad física de Ji-hoon.

Me mordí el labio para no sonreír. Mi "rebelión" en Seúl había funcionado: estaba en modo de alerta máxima, paranoico y, lo más importante, territorial.


Tenía dieciocho años cuando debuté. El día de mi primer showcase, estaba colapsando detrás del escenario. El traje me apretaba, el maquillaje me hacía sentir como una muñeca de porcelana y el miedo a fracasar me impedía respirar. Estaba escondido en un rincón oscuro del backstage cuando él me encontró.

—Respiración profunda, Ji-hoon-ah —dijo, poniéndome las manos en los hombros. Eran pesadas, sólidas—. No mires a la multitud. Mírame a mí. Yo estaré justo debajo del escenario, en el centro. Si te pierdes, búscame.

—¿Y si me caigo? —le pregunté con la voz temblorosa.

—Te atraparé antes de que toques el suelo. Siempre lo haré.

Esa noche, bailé como si mi vida dependiera de ello porque sabía que, entre miles de personas, sus ojos eran los únicos que me sostenían de verdad.


La noche en Los Ángeles era una sinfonía de sirenas y luces lejanas. Kang-dae se había quitado la chaqueta del traje y la corbata. Tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando sus antebrazos fuertes, cruzados por una pequeña cicatriz que siempre me había dado curiosidad.

Él estaba revisando las cerraduras de las ventanas por décima vez. Yo estaba sentado en el borde de la cama king-size, todavía con mi ropa de "idol", sintiéndome ridículamente pequeño.

—¿Vas a estar ahí toda la noche, de pie como una estatua? —le pregunté, dejando que mi voz sonara cansada, vulnerable.

—Es mi deber —respondió él, dándome la espalda.

—No eres una máquina, Kang-dae. Ven aquí.

Se giró lentamente. La luz tenue de la lámpara de noche marcaba las líneas de su rostro, esa madurez que me volvía loco. Había algo agotado en su expresión, una lucha interna que empezaba a salir a la superficie.

—Ji-hoon, no empieces.

—Me duele la espalda por el vuelo —mentí descaradamente—. ¿Podrías... ponerte un poco de crema? No alcanzo.

Me quité la chaqueta y empecé a desabotonar mi camisa, dejando que cayera sobre mis hombros. Sabía que era un golpe bajo. Sabía que mi piel pálida y joven era un contraste violento con sus manos curtidas.

Kang-dae se quedó inmóvil. El aire en la habitación se volvió tan espeso que costaba tragar. Escuché sus pasos pesados acercarse. Tomó el frasco de loción de la mesilla y se sentó en el borde de la cama, detrás de mí.

Sus manos estaban frías al principio, pero en cuanto tocaron mi piel, se calentaron. Empezó a masajear mis hombros con una presión firme. Yo solté un gemido involuntario, cerrando los ojos.

—Estás muy tenso —susurró. Su voz estaba un octavo más baja de lo normal.

—Es difícil estar relajado cuando la persona que más quiero me trata como si fuera un paquete que debe entregar sin daños —respondí, dejando que mi cabeza cayera hacia atrás, rozando su pecho.

Sentí cómo su respiración se entrecortaba. Sus manos se detuvieron en la base de mi cuello. Sus pulgares empezaron a acariciar la zona detrás de mis orejas, un movimiento que no tenía nada que ver con un masaje y todo que ver con la caricia de un hombre que está a punto de romperse.

—Tienes veinte años, Ji-hoon —dijo, y esta vez no era una advertencia, era un lamento—. Tienes a millones de personas que darían su vida por un segundo contigo. Podrías tener a cualquiera. Alguien joven, alguien que no esté roto por dentro, alguien que...

—No quiero a cualquiera —me giré sobre mis rodillas, quedando cara a cara con él sobre la cama. Mis manos subieron a su rostro, mis dedos delineando su mandíbula áspera—. Te quiero a ti. Te quiero cuando me regañas, te quiero cuando me proteges y te quiero incluso cuando intentas convencerme de que no te merezco.

Kang-dae me agarró las muñecas, pero no para apartarme. Sus ojos brillaban con una intensidad aterradora, una mezcla de deseo y desesperación.

—Si hago esto —dijo, su voz temblando por primera vez en cinco años—, perderé mi honor. Perderé mi trabajo. Y tú podrías perder tu carrera si nos descubren. ¿Entiendes el peso de lo que pides?

—Que el mundo se acabe, Kang-dae. Solo no me dejes solo en esta cama.

Él soltó un gruñido bajo, un sonido puramente animal, y me atrajo hacia él. Sus labios no fueron suaves esta vez; fueron un incendio. Me besó con el hambre de un hombre que ha estado muriendo de sed durante años. Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando ligeramente, mientras yo me aferraba a sus hombros, sintiendo por fin la solidez de su cuerpo contra el mío.

Me tumbó sobre las almohadas, cubriéndome con su peso. Era masivo, cálido y olía a esa seguridad que tanto había anhelado. Pero justo cuando mis manos bajaban hacia su cinturón, él se detuvo. Se separó apenas unos centímetros, su frente apoyada contra la mía, jadeando.

—Todavía no —susurró—. Mañana tienes el primer concierto de la gira. Necesitas descansar.

—Kang-dae...

—No —me puso un dedo en los labios—. Ahora mismo, mi deber es protegerte de mi propio egoísmo. Pero... no me iré al sofá.

Esa noche, por primera vez, dormí envuelto en sus brazos. Él no se quitó la ropa, y yo mantuve mi camisa puesta, pero nuestras piernas se entrelazaron bajo las sábanas de seda. Su corazón latía contra mi espalda, un ritmo constante que me decía que, aunque el mundo de los ídolos fuera una mentira, lo que sentía contra mi piel era la única verdad que necesitaba.

La gira mundial acababa de empezar, y por primera vez en mi vida, no tenía miedo de lo que vendría después.

Despertar con el peso del brazo de Kang-dae sobre mi cintura fue, sin duda, el momento más glorioso de mis veinte años de vida. El sol de California se filtraba por las cortinas del hotel, creando hilos de oro sobre la alfombra, pero yo solo tenía ojos para él. Su rostro, generalmente una máscara de piedra, se veía extrañamente joven mientras dormía. Tenía una pequeña arruga entre las cejas, como si incluso en sus sueños estuviera preocupado por mi seguridad.

Me acerqué un milímetro, respirando su aliento. Olía a sueño y a ese aroma a hombre maduro que me hacía querer ronronear. Pero, por supuesto, la paz duró poco. Sus ojos se abrieron de golpe —instinto de soldado, supongo— y antes de que pudiera decir "buenos días", él ya se había sentado, apartándose de mí como si las sábanas quemaran.

—Es tarde —dijo, su voz más ronca de lo habitual—. El coche para el soundcheck llega en treinta minutos.

Se levantó de la cama, abrochándose los botones de la camisa con una velocidad frustrante. Ni un beso, ni una caricia post-despertar. Volvía a ser el Capitán Kang-dae, el muro de acero de la empresa.

—Ahjussi —lo llamé, sentándome con el pelo revuelto y los labios todavía hinchados de anoche—. ¿De verdad vas a fingir que no dormimos abrazados?

Él se detuvo en la puerta del baño, dándome la espalda. Sus hombros se tensaron.

—No fingiré nada, Ji-hoon. Pero hoy tienes un estadio lleno esperándote. Mi trabajo es que llegues allí entero. El resto... —hizo una pausa— el resto lo discutiremos cuando no estemos en suelo extranjero.

Capítulo 4: Mil voltios y una mirada

El Forum de Los Ángeles rugía. El sonido de diez mil personas gritando mi nombre atravesaba las paredes del camerino, una vibración que se sentía en la boca del estómago. Mi estilista estaba dándome los últimos retoques: una sombra de ojos brillante y unos labios degradados que me hacían ver como el "Novio de la Nación".

Pero yo solo miraba a Kang-dae por el reflejo del espejo. Estaba de pie junto a la puerta, con el pinganillo puesto, verificando la lista de acceso por undécima vez.


Tenía dieciséis años cuando un fan obsesivo logró colarse en la sala de prácticas. Yo estaba solo, exhausto, y ese hombre mayor me acorraló contra los espejos, diciendo cosas asquerosas sobre mi piel y mi voz. El pánico me paralizó. Justo cuando sus manos iban a tocarme, la puerta voló de sus bisagras.

Kang-dae no gritó. No necesitó hacerlo. Lo levantó del suelo por el cuello de la camisa con una sola mano y lo lanzó fuera como si fuera basura.

—Si vuelves a mirar a este chico —dijo con una voz tan gélida que me hizo temblar incluso a mí—, me aseguraré de que no vuelvas a ver la luz del día.

Luego se volvió hacia mí. Sus ojos se suavizaron por un microsegundo.

—Estás a salvo, Ji-hoon-ah. Mientras yo esté aquí, nadie te tocará si tú no quieres.

En ese momento, lo supe: quería que él fuera el único hombre que me tocara.


—¡Ji-hoon, al escenario en cinco! —gritó el director de escena.

Salí del camerino, pasando junto a Kang-dae. Al cruzarme con él, rocé deliberadamente mi mano contra la suya. Fue un contacto fugaz, pero sentí su descarga eléctrica. Él me dirigió una mirada de advertencia, pero yo solo le guiñé un ojo.

El concierto fue pura adrenalina. Bailé, canté y sudé bajo los focos. Pero el momento cumbre llegó durante mi balada principal, "Gravity". Me senté en un taburete alto, justo en el borde del escenario. Debajo de mí, en el foso de seguridad, estaba él.

Kang-dae estaba de espaldas al público, mirando hacia la multitud para detectar amenazas. Estaba tan cerca que podía ver el brillo del sudor en su nuca. Empecé a cantar, pero esta vez no miré a las fans. Clavé mis ojos en su espalda, en la forma en que sus hombros llenaban la chaqueta.

“Tú eres mi gravedad, el único lugar donde quiero caer…” canté, bajando la voz hasta que sonó como un susurro íntimo.

Las fans gritaban, pensando que le cantaba a "alguien especial" en el público. Pero entonces, Kang-dae se giró. Por un segundo, nuestras miradas se cruzaron. Le dediqué la sonrisa más dulce y genuina de mi repertorio, una que no era para las cámaras. Vi cómo su expresión flaqueaba. Su mano subió instintivamente a su corbata, ajustándola, un signo claro de que lo estaba poniendo nervioso.

Punto para Ji-hoon, pensé, disfrutando de mi pequeña travesura.

Sin embargo, el destino tiene una forma graciosa de arruinar los momentos perfectos. Cuando terminó el show y regresé al backstage, eufórico y bañado en confeti, el ambiente cambió.

En mi camerino, sobre la mesa de maquillaje, había una caja de madera negra que no estaba allí antes. No tenía tarjeta.

—¿Quién trajo esto? —preguntó Kang-dae, interponiéndose entre la caja y yo antes de que pudiera acercarme. Su voz volvió a ese tono de "caza" que me ponía los pelos de punta.

—No lo sé, Ji-hoon-ssi —dijo una de las asistentes, pálida—. Pensamos que era un regalo de la marca de joyería.

Kang-dae se puso unos guantes de látex y abrió la caja con cuidado. Dentro no había joyas. Había una colección de fotos mías, pero en todas ellas, mi cara había sido tachada con un marcador rojo sangre. Y en el fondo, una nota en coreano: “No eres de nadie, Lee Ji-hoon. Menos de un perro faldero viejo”.

El silencio en la habitación fue gélido.

Kang-dae cerró la caja de un golpe. Su mandíbula estaba tan apretada que temí que se rompiera un diente. Se volvió hacia mi manager con una autoridad que hizo que todo el personal retrocediera tres pasos.

—Cancelen la cena de celebración. Ji-hoon vuelve al hotel ahora mismo. Quiero un barrido completo de su habitación y dos hombres más en la puerta del ascensor.

—Kang-dae, estoy bien, es solo un fan loco... —intenté decir, acercándome a él.

Él me agarró del brazo, no con la suavidad de anoche, sino con una fuerza posesiva que me hizo jadear. Sus ojos eran puro fuego.

—No estás bien. Alguien ha vulnerado mi perímetro —siseó, acercando su rostro al mío, ignorando por completo a los presentes—. Alguien cree que puede amenazarte frente a mí. Nadie entra o sale de tu vista sin mi permiso a partir de este segundo. ¿Entendido?

Me quedé mudo. Verlo así, tan sobreprotector y dominante, me hizo sentir un calor prohibido en el vientre.

—Sí, señor —susurré, un poco travieso a pesar del susto.

El regreso al hotel fue tenso. Kang-dae no se sentó a mi lado en la van; se quedó mirando por la ventana trasera todo el camino, con la mano en su arma oculta. Cuando llegamos a la suite, me empujó dentro y cerró la puerta con llave.

—Dúchate. Yo revisaré el balcón —dijo, moviéndose por la habitación como un depredador.

—Ahjussi... —lo detuve, agarrando su mano—. ¿Es por las fotos o es porque la nota decía que "soy tuyo"?

Él se detuvo en seco. Se giró lentamente, acorralándome contra la pared cerca del baño. Sus manos se apoyaron a ambos lados de mi cabeza, atrapándome. Su aliento olía a café y a una rabia contenida que estaba mutando en otra cosa.

—Ambas cosas —admitió, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. La idea de que alguien te toque me enfurece. Pero la idea de que alguien se dé cuenta de cómo te miro... eso me aterra, Ji-hoon. Porque si se dan cuenta, tendré que matarlos o tendré que dejarte.

—No me dejes —le pedí, enredando mis dedos en su camisa—. Protégeme de ellos, pero no me protejas de ti.

Kang-dae soltó un gruñido, ocultando su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma a escenario y sudor dulce.

—Esta gira va a ser mi fin —susurró contra mi piel—. Y el tuyo también si no aprendes a comportarte en el escenario. ¿Qué fue eso de la canción? Casi haces que me dé un infarto.

Me reí bajito, victorioso, mientras sentía sus manos grandes bajar finalmente hacia mi cintura. El drama del acosador seguía ahí fuera, pero dentro de esta habitación, el ídolo y el guardaespaldas finalmente estaban empezando a hablar el mismo idioma.

Nueva York es una bestia de cristal y ruido que nunca duerme, y en este momento, yo tampoco podía hacerlo. Habíamos aterrizado en medio de una tormenta eléctrica que obligó a cancelar la alfombra roja, lo cual fue un alivio para mis nervios pero un infierno para el temperamento de Kang-dae. Desde lo ocurrido en Los Ángeles con la caja negra, él se había convertido en una extensión de mi propia piel; si yo daba un paso, él daba dos.

Nuestra suite en Manhattan era obscenamente lujosa, con ventanales que daban a un Central Park sumergido en la penumbra. Pero para Kang-dae, cada ventana era un punto de entrada para un francotirador y cada puerta una debilidad.

—No saldrás al balcón, Ji-hoon. Ni siquiera para una foto de Instagram —dijo, cerrando la cortina motorizada con un movimiento seco de su mano enguantada.

—Ahjussi, son cuarenta pisos. Nadie va a escalar hasta aquí —protesté, dejándome caer en el sofá de terciopelo.

Él se giró, y la luz de la lámpara de pie resaltó el cansancio en las comisuras de sus labios. Se había quitado la chaqueta, pero seguía llevando el chaleco de kevlar sobre la camisa. Verlo así, con esa armadura moderna que subrayaba la potencia de su pecho y hombros, me hacía sentir una mezcla de seguridad absoluta y un deseo que me quemaba la garganta.

—El equipo de limpieza de Los Ángeles encontró un rastreador en uno de tus estuches de maquillaje, Ji-hoon-ah —soltó él, su voz vibrando con una gravedad que me dejó helado—. No es un fan loco. Es alguien con acceso al backstage. Hasta que no sepa quién es, el mundo exterior no existe para ti. Solo esta habitación. Y yo.


Tenía diecinueve años, justo antes de mi primer comeback importante. Me había escapado del dormitorio una noche de lluvia solo para comer ramyun en una tienda de conveniencia, harto de la dieta y de las cámaras. Me sentía libre por diez minutos hasta que un grupo de tipos borrachos me reconoció y empezó a empujarme contra los refrigeradores.

Apareció de la nada. No sé cómo me encontró, pero ahí estaba. No usó los puños; solo su presencia hizo que los tipos se dispersaran. Me llevó de vuelta al coche en silencio. Yo esperaba un regaño épico, pero cuando llegamos al parking, él simplemente apagó el motor y suspiró.

—¿Tanto odias estar a salvo? —me preguntó sin mirarme.

—Odio ser un objeto, Kang-dae. Odio que nadie me toque como si fuera humano —respondí llorando.

Él se quedó callado un largo rato. Luego, extendió su mano y la puso sobre la mía. Fue la primera vez que sentí el calor de su palma sin el filtro de la protección. Solo una mano de hombre sobre la de un chico asustado.

—Yo te veo, Ji-hoon —susurró—. Eres humano para mí. Quizás demasiado.

Capítulo 5: La vulnerabilidad del protector

Regresé al presente. Kang-dae estaba frente al monitor de seguridad de la suite, de espaldas a mí. La tensión en su nuca era palpable. Me levanté del sofá y caminé hacia él, mis pasos hundiéndose en la alfombra cara. Me detuve justo detrás de él, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo.

—Kang-dae... —puse mis manos sobre sus hombros, intentando masajear la tensión del kevlar—. Deja de ser un soldado por cinco minutos. Estoy aquí. Estamos solos.

Él no se movió, pero escuché cómo su respiración se volvía pesada.

—No puedo dejar de serlo. Si lo hago, te pasará algo. Y si te pasa algo, yo... —se detuvo, su voz quebrándose apenas un milímetro.

—¿Tú qué? —me pegué a su espalda, rodeando su cintura con mis brazos, entrelazando mis dedos sobre su abdomen firme—. ¿Perderías tu trabajo? ¿Tu honor?

—Perdería mi razón para levantarme cada mañana —admitió en un susurro que me hizo estremecer.

Me giró entre sus brazos con una rapidez que me dejó sin aliento. Me acorraló contra la mesa de los monitores, sus manos grandes apretando mis caderas contra el borde. Su mirada era una tormenta de conflicto: el hombre de cuarenta años que sabía que esto estaba mal, luchando contra el hombre que me deseaba hasta la locura.

—Ji-hoon, para —dijo, aunque sus manos no me soltaban—. Tienes toda una vida por delante. Chicos de tu edad que pueden darte un futuro normal. Yo solo puedo darte sombras y una vida huyendo de los flashes. No puedo darte lo que necesitas.

—Dame lo que quiero —le supliqué, subiendo mis manos por su cuello, enredando mis dedos en el cabello corto de su nuca—. Quiero que me marques. Quiero que mañana, cuando esté bajo las luces del Madison Square Garden, sienta el dolor de tus besos en mi piel. Quiero saber que debajo de esta ropa de idol, soy tuyo.

Él soltó un gruñido, una mezcla de agonía y deseo, y me besó. Fue un beso que sabía a desesperación, a años de contención y a la amargura de la traición a su propio código. Sus manos bajaron de mis caderas a mis muslos, levantándome para que me sentara en la mesa. Mis piernas se envolvieron instintivamente alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, queriendo borrar el espacio entre nosotros.

Su mano subió por debajo de mi camiseta, y el contacto de su piel callosa contra mi vientre me hizo soltar un gemido que se perdió en su boca. Estábamos en el límite. Lo sentía en la forma en que su cuerpo reaccionaba contra el mío, en la urgencia de sus manos.

Pero entonces, el monitor de seguridad emitió un pitido agudo.

Kang-dae se separó de golpe, jadeando, sus ojos escaneando la pantalla. Una figura encapuchada estaba de pie frente a nuestra puerta, dejando un sobre rojo en el suelo antes de desaparecer por las escaleras de incendios.

La realidad volvió a golpearnos como un balde de agua helada. El muro volvió a levantarse en un segundo. Kang-dae me bajó de la mesa, su rostro recuperando esa frialdad profesional que me hacía querer gritar.

—Quédate aquí. No abras la puerta por nada del mundo —dijo, sacando su arma y revisando el cargador con una eficiencia mecánica que me hizo sentir náuseas—. Voy a por él.

—¡Kang-dae, no! —intenté agarrarlo, pero él ya estaba fuera, cerrando la puerta con doble llave desde el exterior.

Me quedé solo en la suite inmensa, temblando, con los labios hinchados y el corazón latiendo desbocado. Me senté en el suelo, abrazando mis rodillas. Minutos después, escuché el eco de una persecución en el pasillo, gritos lejanos y luego el silencio de Nueva York.

Cuando Kang-dae regresó media hora después, estaba cubierto de lluvia y tenía los nudillos sangrando. No traía al encapuchado, pero traía el sobre rojo.

—Se escapó —dijo, lanzando el sobre sobre la mesa. Su mirada evitaba la mía, como si tuviera vergüenza de lo que casi habíamos hecho—. Mañana redoblaremos la seguridad. No dormiré en esta habitación contigo, Ji-hoon. Me quedaré en el salón, junto a la puerta principal.

—¿Por qué? —le pregunté con la voz rota—. ¿Por el acosador o por lo que pasó en la mesa?

Él se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta del salón. Se giró a medias, y por un segundo vi al hombre que me amaba, no al que me protegía.

—Porque soy un peligro mayor para ti que ese hombre del sobre, Ji-hoon. Él quiere tu carrera. Yo... yo quiero tu alma. Y no tengo derecho a pedírtela.

Cerró la puerta, dejándome de nuevo en la oscuridad de la suite. La gira mundial seguía su curso, el peligro acechaba en cada esquina, y yo acababa de entender que la batalla más difícil no sería contra el acosador, sino contra el sentido del honor del hombre que me robaba el aire.

El Madison Square Garden bullía. El rugido de veinte mil personas se filtraba a través de las paredes del backstage como el latido de un monstruo hambriento. Mis oídos estaban bloqueados por los monitores intrauriculares, pero aún así podía sentir la vibración en mis huesos. Fuera, yo era la estrella; dentro, era un desastre de nervios y un corazón que goteaba veneno desde que Kang-dae cerró la puerta de la suite en Manhattan.

Él estaba allí, a tres metros, hablando por radio. No me había mirado en toda la tarde. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía hecha de hierro. Su distancia dolía más que cualquier amenaza de sobre rojo.

Capítulo 6: Luces, cámara y el abismo

—Treinta segundos, Ji-hoon-ah —dijo el director de escena, dándome un toque en el hombro.

Cerré los ojos y respiré hondo. Me puse mi máscara de "Novio de la Nación". Sonreí. Me arreglé la chaqueta bordada en cristales que pesaba casi tanto como mi tristeza. Justo antes de subir a la plataforma elevadora, pasé por el lado de Kang-dae.

Él se giró. Por un microsegundo, su mirada profesional flaqueó. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en mis labios, y vi el destello del recuerdo de anoche sobre la mesa de los monitores.

—No te alejes del centro del escenario —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. La plataforma cuatro tiene un pequeño retraso en el cierre. No te acerques al borde.

—¿Te preocupa mi seguridad o te preocupa que, si me caigo, tendrás que volver a tocarme? —le devolví el susurro, cargado de una amargura que no pude contener.

Él no respondió, pero su mano se cerró en un puño a su costado. La plataforma subió y el mundo estalló en luz blanca y gritos ensordecedores.


Tenía diecisiete años y estábamos en una firma de autógrafos masiva en Seúl. Una fan, desbordada por la emoción, se desmayó justo frente a mí. Me quedé paralizado, sin saber qué hacer mientras el personal corría. Kang-dae fue el primero en reaccionar. No solo ayudó a la chica, sino que cuando vio que yo estaba empezando a hiperventilar por el caos, se colocó detrás de mi silla.

No dijo nada. Solo puso una mano en el respaldo, pero su dedo meñique rozó mi hombro. Fue un ancla. Un código secreto que decía: "Respira, estoy aquí".

—Lo haces bien, Ji-hoon —murmuró sin que nadie lo notara.

Ese día aprendí que Kang-dae no era solo mi guardaespaldas; era el aire que me permitía seguir siendo Lee Ji-hoon cuando el ídolo se asfixiaba.


El concierto estaba siendo eléctrico, pero mi mente estaba en otra parte. Estábamos a mitad de "Black Out", mi canción más coreografiada. Había fuego, pirotecnia y plataformas moviéndose por todas partes. De repente, durante el segundo estribillo, escuché un chasquido metálico que no pertenecía a la base musical.

Miré hacia abajo. La plataforma cuatro, la que Kang-dae me había advertido, no se estaba cerrando. Un fallo técnico había dejado un hueco de tres metros justo detrás de mí.

Seguí bailando por puro instinto, pero entonces ocurrió el desastre. Un efecto de chispas explotó antes de tiempo, cegándome por un segundo. Perdí el equilibrio. El tacón de mi bota resbaló en el borde del hueco. El mundo se inclinó.

No tuve tiempo de gritar. Pero no necesité hacerlo.

Una sombra negra saltó desde el foso de seguridad con una agilidad que desafiaba sus cuarenta años. Kang-dae no esperó a que los técnicos detuvieran el show. Escaló el borde del escenario principal y me interceptó en el aire justo antes de que cayera al vacío de la maquinaria.

El impacto fue brutal. Su pecho sólido chocó contra mi espalda, sus brazos me rodearon con una fuerza que me dejó sin aliento. Rodamos por el suelo del escenario mientras las chispas seguían lloviendo a nuestro alrededor. La música se detuvo de golpe. El silencio en el Garden fue sepulcral por tres segundos, seguidos de un grito colectivo de horror.

Kang-dae no se levantó de inmediato. Me mantuvo apretado contra él, protegiendo mi cabeza con su palma. Podía sentir su corazón galopando como un caballo desbocado contra mis costillas.

—¿Estás herido? ¡Ji-hoon! ¡Mírame! —rugió, ignorando por completo las veinte mil cámaras que nos apuntaban.

—Estoy... estoy bien, Ahjussi —susurré, enterrando mi rostro en su hombro, temblando por el choque de adrenalina.

Él me levantó en vilo, cargándome al estilo nupcial frente a todo el estadio. Su rostro era una máscara de furia asesina dirigida hacia el staff técnico. No me soltó. Me llevó fuera del escenario, atravesando las cortinas del backstage mientras mi manager y los productores corrían tras nosotros gritando.

—¡Bájalo, Kang-dae! ¡Hay cámaras por todas partes! —chillaba mi manager.

—¡A la mierda las cámaras! —le gritó Kang-dae, y juro que nunca lo había visto perder el control así—. Casi lo matan por su negligencia. No pienso soltarlo hasta que estemos en un lugar seguro.

Me llevó directamente a mi camerino privado y cerró la puerta con llave, dejando a todo el mundo fuera. Me depositó en el sofá, pero sus manos seguían temblando. Se arrodilló frente a mí, revisando mis tobillos, mis brazos, su respiración todavía agitada.

—Casi te pierdo —susurró, y esta vez no era el guardaespaldas. Era el hombre. Sus ojos estaban llenos de un terror tan puro que me dolió verlo.

—Me atrapaste, Kang-dae. Siempre me atrapas —puse mis manos sobre las suyas, intentando calmar su temblor.

Pero el momento se rompió. Los golpes en la puerta eran incesantes. Mi manager estaba histérico.

—¡Ji-hoon! ¡Kang-dae! Abran ahora mismo. ¡Twitter está explotando! Las fans están diciendo que el guardaespaldas fue "demasiado íntimo". ¡Hay fotos de él abrazándote en el suelo que parecen sacadas de un drama! La empresa está llamando. ¡Esto es un escándalo!

Kang-dae se congeló. Retiró sus manos de las mías como si mi piel le hubiera quemado. Se puso en pie, recuperando su máscara de piedra, pero sus ojos estaban llenos de una tristeza infinita.

—Tienen razón —dijo, su voz volviendo a ser esa pared de hielo—. Crucé la línea. Frente a todo el mundo.

—¡Me salvaste la vida! —grité, poniéndome en pie a pesar del dolor en mi tobillo—. ¿Qué querían? ¿Que me dejaras morir para mantener las apariencias?

—Querrán un culpable, Ji-hoon. Y ese seré yo.

Diez minutos después, el personal de la empresa entró. El ambiente era tóxico. Mi manager me miraba con lástima, pero a Kang-dae lo miraban como si fuera un criminal.

—Kang-dae-ssi —dijo el director de la gira, un hombre frío que solo veía números—. Tu reacción fue... excesiva. Has creado una narrativa que no podemos controlar. El contacto físico fue demasiado prolongado para los estándares de nuestra imagen. La empresa ha decidido que te retires de la gira inmediatamente. Regresarás a Seúl en el próximo vuelo para una investigación interna.

Sentí que el suelo volvía a abrirse bajo mis pies.

—¡No pueden hacer eso! —me interpuse entre ellos, mis ojos ardiendo—. ¡Él es el único que me protege de verdad! ¿Qué pasa con el acosador? ¿Qué pasa con el sobre rojo?

—Contrataremos un equipo nuevo, Ji-hoon-ah —dijo mi manager suavemente—. Es por el bien de tu carrera. Las fans están empezando a hacer teorías... ships... No podemos permitirlo.

Miré a Kang-dae, esperando que peleara, que gritara, que dijera que no me dejaría. Pero él simplemente hizo una reverencia perfecta de noventa grados.

—Entendido —dijo con voz plana—. Prepararé mi informe y entregaré mis credenciales al finalizar la noche.

—¿Kang-dae? —le susurré, sintiendo que el aire se me escapaba.

Él me miró por última vez. No hubo frialdad esta vez, solo una renuncia devastadora.

—Haz un buen show en la próxima ciudad, Ji-hoon-ah. Mantente en el centro del escenario. Donde yo no pueda alcanzarte.

Salió del camerino sin mirar atrás, dejándome rodeado de gente que me amaba por mi marca, pero completamente solo en el mundo. La gira mundial continuaba, pero mi escudo se había roto, y por primera vez en cinco años, tenía miedo de verdad de lo que la oscuridad me tenía preparado.

Chicago es conocida como la "Ciudad de los Vientos", pero lo que yo sentía al bajar del jet privado no era una brisa, sino un vendaval de soledad que amenazaba con arrancarme la piel. Sin Kang-dae un paso por delante de mí, el mundo se veía extrañamente brillante, demasiado expuesto. Mi nuevo guardaespaldas, un chico llamado Min-ho, era joven, guapo y sonreía demasiado. Tenía cinturón negro en tres artes marciales, pero cuando me miraba, solo veía un cheque con patas.

Kang-dae, en cambio, siempre me miraba como si fuera un cristal a punto de romperse y, al mismo tiempo, la única cosa por la que valía la pena sangrar.

Capítulo 7: El eco del silencio y el vacío del escudo

El hotel en Chicago era frío, moderno y carecía de alma. Mi suite era idéntica a la de Nueva York, pero el silencio que habitaba en ella era ensordecedor. Min-ho se quedó fuera, en el pasillo, siguiendo el "protocolo estándar" de la empresa. No entró a revisar las ventanas. No comprobó el balcón. No se quedó de pie junto a la puerta del salón asegurándose de que mi respiración fuera tranquila antes de dormir.

Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la cama, y saqué mi teléfono. No tenía mensajes de él. Su número aparecía como "fuera de servicio". La empresa le había confiscado todo mientras durara la investigación interna por "conducta inapropiada".

Me reí amargamente. Inapropiada. Salvarle la vida a la persona que amas frente a veinte mil personas era inapropiado para una industria que prefiere que mueras antes de que rompas la fantasía de que "le perteneces a las fans".


Tenía dieciocho años, justo después de mi debut, y recibí mi primera amenaza de muerte seria. Era una carta escrita con recortes de revista que decía que mis piernas eran demasiado bonitas para seguir caminando. Esa noche, colapsé en mi habitación. Kang-dae, que todavía no dormía en mi suite en ese entonces, forzó la cerradura cuando escuchó mis sollozos.

No me dio un discurso. Simplemente se sentó en el borde de mi cama y sacó un pequeño amuleto de madera de su bolsillo. Me lo puso en la mano.

—Es un amuleto de protección de un templo en las montañas donde crecí —dijo, su voz siendo el único ancla en mi tormenta—. Mientras lo tengas, mis ojos estarán sobre ti, incluso cuando no me veas.

—¿Me protegerás siempre, Ahjussi? —le pregunté, aferrándome a su mano.

—Hasta que mi corazón deje de latir, Ji-hoon-ah. Esa es mi única misión.


Apreté el amuleto que todavía llevaba colgado del cuello, oculto bajo mi ropa de idol. Me sentía desprotegido. Min-ho era eficiente, pero no tenía instinto. No sabía que cuando me muerdo el labio inferior es porque estoy a punto de tener un ataque de pánico. No sabía que odio el olor a lirios porque me recuerdan a los funerales.

Durante el ensayo en el United Center, todo se sintió mal. El escenario era enorme y cada vez que miraba hacia el foso de seguridad, veía a Min-ho hablando por su radio, distraído. El vacío donde solía estar la figura imponente de Kang-dae era como un agujero negro que devoraba mi energía.

Al terminar el ensayo, regresé al camerino. Al abrir la puerta, sentí un escalofrío. El aire estaba viciado. Sobre mi silla de maquillaje, había algo que me hizo retroceder hasta chocar con la pared.

Un ramo de lirios blancos.

Y en el centro del ramo, un sobre rojo. El mismo sobre que Kang-dae había intentado interceptar en Nueva York.

—¡Min-ho! —grité, pero mi voz salió como un chillido ahogado.

Min-ho entró un segundo después, confundido.

—¿Qué pasa, Ji-hoon-ssi?

—¿Quién trajo esto? ¿Quién entró aquí? —señalé las flores con manos temblorosas.

Min-ho se acercó, despreocupado.

—Ah, debe ser de una fan con pase VIP. El personal dijo que eran seguras. No se preocupe, las tiraré si no le gustan.

—¿Seguras? ¡Kang-dae nunca habría dejado que un objeto no identificado entrara en mi camerino! —le grité, la frustración y el miedo explotando—. ¡Revisa el sobre! ¡Llama a seguridad!

Min-ho pareció ofendido por la comparación, pero abrió el sobre. Dentro había una sola foto. Era una imagen tomada hace apenas diez minutos: yo, ensayando en el escenario, vista desde un ángulo cenital, con una cruz roja pintada sobre mi pecho. Y una frase escrita en la parte de atrás: "Ahora que el perro se ha ido, es más fácil cazar al fénix".

Me caí de rodillas. El acosador estaba aquí. Estaba en el staff, o entre los técnicos, o en algún lugar donde Min-ho no estaba mirando. Sin Kang-dae, yo era una presa fácil.

Mientras tanto, en Seúl, a miles de kilómetros de distancia, Kang-dae estaba sentado en una sala de interrogatorios gris en el sótano de la empresa. Sus nudillos estaban vendados y su rostro no mostraba emoción alguna frente a los ejecutivos que le gritaban sobre "procedimientos" y "distancia profesional".

—Solo hice mi trabajo —repetía él, una y otra vez, con su voz de acero.

Pero cuando los ejecutivos salieron para deliberar y él se quedó solo, Kang-dae sacó un teléfono prepago que había logrado ocultar. Sus dedos, gruesos y marcados, temblaron ligeramente mientras abría la transmisión en vivo ilegal de una fan que estaba grabando el ensayo de Chicago.

Vio a Ji-hoon en la pantalla. Lo vio pálido, moviéndose sin su brillo habitual. Vio a Min-ho distraído. Y entonces, vio a Ji-hoon salir corriendo del escenario con una expresión de terror puro.

Kang-dae se puso en pie, volcando la silla. El instinto que había cultivado durante veinte años gritó en su cabeza. Sabía que algo estaba mal. Sabía que su fénix estaba en peligro.

—Maldita sea —siseó, golpeando la pared con el puño—. ¡Ji-hoon-ah!

En Chicago, yo estaba encerrado en el baño del camerino, llorando en silencio. Min-ho estaba fuera, hablando por teléfono con la empresa, minimizando el incidente. No me sentía a salvo. Tenía la sensación de que alguien me observaba desde las rejillas de ventilación, desde las sombras del techo.

Mi teléfono vibró en mi bolsillo. Un número desconocido.

Lo acepté con el corazón en la garganta.

—¿Diga?

Ji-hoon-ah.

Me quedé sin aire. Era su voz. Esa voz grave, sólida, que olía a jabón neutro y a seguridad.

—¿Ahjussi? —sollocé, apretando el teléfono contra mi oreja como si fuera un salvavidas—. Kang-dae, ayúdame. Está aquí. El sobre rojo... él está aquí.

Hubo un silencio del otro lado, seguido por el sonido de un motor arrancando y el clic de un arma siendo cargada. Kang-dae ya no estaba en la sala de interrogatorios. Estaba en movimiento.

Escúchame bien, Ji-hoon. No confíes en nadie. Dile a Min-ho que te lleve al hotel ahora mismo y bloquea la puerta. No salgas para el concierto mañana hasta que yo te lo diga.

—Pero estás en Seúl... la empresa...

Al diablo con la empresa y al diablo con Seúl —su voz era una promesa de muerte para cualquiera que intentara tocarme—. Voy para allá. Nadie va a ponerte una mano encima mientras yo siga respirando. ¿Me oyes? Mantente en el centro de la habitación. No te acerques a las ventanas.

—Vuelve —le supliqué, cerrando los ojos—. Por favor, vuelve. Te amo.

Lo sé, Ji-hoon-ah —susurró él, y por primera vez, no hubo rechazo en su voz, solo una protección feroz—. Y por eso voy a quemar el mundo entero si es necesario para llegar a ti. Resiste.

Colgó. Me quedé allí, en el suelo frío del baño de Chicago, con el amuleto de madera apretado en mi puño. Seguía teniendo miedo, pero ahora era un miedo diferente. El escudo se había roto, sí, pero el hombre detrás del escudo estaba regresando. Y esta vez, no venía a protegerme por contrato. Venía por mí.

El miedo tiene un sabor metálico, como si estuvieras masticando papel de aluminio bajo la lengua. En los camerinos del United Center, ese sabor era lo único que llenaba mi boca mientras las maquilladoras intentaban, en vano, ocultar mi palidez con capas de rubor. Min-ho estaba fuera, pavoneándose con su traje nuevo, creyendo que el silencio del pasillo significaba seguridad.

Pero yo lo sabía. Sentía esa mirada lasciva y enferma en la nuca cada vez que las luces se apagaban. El acosador no estaba fuera; estaba dentro del mecanismo que me hacía brillar.

Capítulo 8: Sombras en el Proscenio

—Ji-hoon-ssi, es hora de los auriculares —dijo el técnico de sonido, acercándose con el receptor.

Me estremecí. Sus manos estaban enguantadas, pero de repente, cada desconocido se sentía como una amenaza. Miré hacia la esquina donde solía estar Kang-dae, esperando ver su figura sólida y reconfortante. Solo vi una pared gris y vacía. Mi pecho dolió tanto que por un momento olvidé cómo respirar.


Tenía diecinueve años y estábamos en una pequeña casa de campo que la empresa alquiló para que yo "descansara" antes del lanzamiento de mi álbum. Una noche, hubo un apagón total durante una tormenta. Me quedé paralizado en medio del salón, rodeado por una oscuridad que parecía tener garras.

Escuché sus pasos. No encendió una linterna para no asustarme con la luz repentina. Solo se acercó y puso su mano en mi espalda.

—Escucha el silencio, Ji-hoon-ah —susurró su voz profunda cerca de mi oído—. En la oscuridad, tus otros sentidos son más fuertes. Si cierras los ojos, puedes sentir mi pulso. Mientras escuches mi pulso, el mundo no puede tocarte.

Apoyé mi espalda contra su pecho y, efectivamente, sentí el latido constante y poderoso de su corazón. Esa noche, el miedo a la oscuridad murió para siempre, reemplazado por la necesidad de vivir en su sombra.


—¡Ji-hoon, al escenario! —gritó el coordinador.

Caminé hacia la plataforma como un condenado a muerte. El concierto empezó con un estruendo de pirotecnia que casi me hace saltar de la piel. El público gritaba, pero yo me sentía como un animal bajo los focos de un cazador.

Llegamos a la mitad del show, a la canción "Last Breath". Las luces del estadio se tiñeron de un rojo oscuro y denso. El humo artificial cubría el suelo del escenario hasta mis rodillas. Min-ho estaba en el flanco derecho, distraído por una fan que intentaba saltar la valla.

Fue entonces cuando lo vi.

En la pasarela superior, justo encima del sistema de poleas que sostenía las luces de fondo, una sombra se movía de forma errática. No era un técnico. El destello de algo metálico —un cuchillo o una herramienta de corte— brilló bajo un foco. El hombre encapuchado del sobre rojo estaba cortando los cables de seguridad de la estructura de tres toneladas que colgaba sobre mi cabeza.

El pánico me atenazó la garganta. Mis piernas se sintieron como plomo mientras seguía la coreografía de forma mecánica. Iba a morir frente a veinte mil personas y no podía hacer nada.

De repente, una figura irrumpió en las sombras laterales del escenario. No llevaba traje, ni auricular, ni la placa de la empresa. Vestía una chaqueta de cuero negra y unos vaqueros gastados, con el rostro cubierto parcialmente por una gorra. Pero reconocería esa forma de caminar, esa urgencia felina, en cualquier rincón del universo.

Kang-dae.

No esperó a pedir permiso. Se lanzó hacia la escalera de incendios que subía a las pasarelas con una velocidad que cortaba el aliento. Min-ho intentó detenerlo, sin reconocerlo en la oscuridad, pero Kang-dae lo apartó de un solo golpe seco en el hombro, un movimiento de desprecio absoluto hacia el chico que había fallado en protegerme.

Arriba, en las alturas del estadio, comenzó una pelea brutal.

Yo seguía cantando, mis ojos fijos en las sombras que forcejeaban sobre mí. Podía escuchar el eco de los golpes por encima del bajo de la música. Kang-dae estaba luchando como un demonio. Vio cómo el acosador soltaba el último gancho. La estructura de luces crujió, inclinándose peligrosamente.

Kang-dae soltó un rugido que no escuchó nadie más que yo y, con una fuerza inhumana, agarró el cable de acero con sus manos desnudas, frenando la caída de la estructura antes de que me aplastara. El metal le desgarraba la piel, podía verlo incluso desde abajo. Su rostro estaba congestionado por el esfuerzo, las venas de su cuello a punto de estallar.

El acosador intentó apuñalarlo, pero Kang-dae, sin soltar el cable con una mano, usó la otra para agarrar la muñeca del tipo y romperla con un chasquido que juré escuchar por encima de los gritos de las fans. El encapuchado cayó hacia atrás, quedando inconsciente entre las vigas.

—¡Ji-hoon! ¡MUÉVETE! —gritó Kang-dae desde las alturas.

Me lancé hacia adelante, rompiendo la formación de baile, justo cuando él soltó el cable. La estructura de luces se estrelló contra el suelo del escenario con un ruido ensordecedor de cristales rotos y chispas. El estadio se sumergió en el caos. Las luces de emergencia se encendieron.

Kang-dae bajó por la estructura colapsada con la agilidad de un fantasma. Antes de que Min-ho o el equipo de seguridad pudieran reaccionar, él ya estaba a mi lado. Me agarró por los hombros, revisándome con una mirada frenética, sus manos empapadas en sangre por el roce del cable de acero.

—¿Estás bien? ¡Dime que estás bien! —su voz era una mezcla de alivio y una furia devastadora.

—Estás aquí... viniste —sollocé, agarrándome a su chaqueta de cuero, ignorando las cámaras, ignorando al manager que corría hacia nosotros—. Viniste a por mí.

—Te dije que no te dejaría —susurró, pegando su frente a la mía por un segundo antes de que la seguridad del estadio nos rodeara.

Esta vez no fue un "incidente inapropiado". Fue un intento de asesinato frustrado. Pero a la empresa no le importó. El jefe de seguridad de la gira llegó hecho una furia, intentando apartar a Kang-dae.

—¡Thorne! Estás despedido, estás bajo investigación, ¡no puedes estar aquí! —gritó, llamando a la policía.

Kang-dae se interpuso entre ellos y yo, como un león herido protegiendo a su cachorro. Su mirada era tan letal que los guardias retrocedieron tres pasos.

—Intentaron matarlo bajo vuestra vigilancia —dijo Kang-dae, y su voz era el sonido del hielo rompiéndose—. He traído al tipo que lo hizo. Está arriba, con una muñeca rota y una confesión lista. Si alguno de ustedes intenta ponerme una mano encima antes de que yo ponga a Ji-hoon a salvo, se arrepentirá de haber nacido.

Me tomó de la mano —sus dedos ensangrentados entrelazados con los míos— y me sacó del escenario a través de la multitud de personal atónito. Me llevó directamente a la furgoneta negra que lo esperaba fuera con el motor en marcha. No era la van de la empresa. Era un coche alquilado.

—Sube —ordenó.

—¿A dónde vamos? —pregunté, jadeando por la adrenalina.

—A un lugar donde la empresa no pueda encontrarte durante las próximas veinticuatro horas —me miró, y por primera vez, vi al hombre que había dejado de luchar contra sus propios sentimientos—. No más contratos, Ji-hoon. No más "ahjussi". Solo tú y yo.

Arrancó el coche, quemando rueda sobre el asfalto de Chicago. Detrás de nosotros, las luces del United Center se alejaban, y con ellas, la vida de ídolo perfecta que tanto me había asfixiado. Por primera vez en cinco años, no había un escudo entre nosotros. Solo había el camino abierto y el calor de su mano, que a pesar de la sangre, nunca me había soltado.

El rugido del United Center se convirtió en un pitido sordo en mis oídos mientras el coche alquilado devoraba la autopista hacia el sur. Chicago se desvanecía en el espejo retrovisor, una jungla de luces que ya no significaba nada para mí. Dentro del pequeño habitáculo, el aire estaba saturado del olor a caucho quemado, adrenalina y algo más espeso: la sangre de Kang-dae.

Él conducía con una mano, mientras la otra descansaba sobre el cambio de marchas, envuelta en un trozo de su propia camiseta que se teñía de rojo rápidamente. No decía nada. Su perfil era una montaña de sombras contra las luces de los camiones que pasaban.

—Para el coche —susurré, mi voz temblando.

—Estamos cerca de un lugar seguro, Ji-hoon-ah. Aguanta.

—He dicho que pares —grité, y mi voz se quebró—. Estás sangrando por todo el asiento. Si no te limpio esas manos ahora mismo, voy a tener un ataque de pánico y no habrá ningún guardaespaldas que me salve.

Él apretó la mandíbula, pero finalmente cedió. Giró hacia un motel de carretera de esos que solo aparecen en las películas de serie B. El letrero de neón parpadeaba, anunciando "Vacantes" con un zumbido eléctrico.

Capítulo 9: El mapa de las cicatrices

La habitación olía a desinfectante barato y a lluvia vieja, pero para mí, era el palacio más hermoso del mundo porque las puertas estaban cerradas y las cámaras no existían. Kang-dae se sentó en el borde de la cama, soltando un suspiro que pareció arrancar un trozo de su alma. Se veía agotado, el guerrero finalmente mostrando sus grietas.

Fui al baño, busqué el kit de primeros auxilios que él siempre me obligaba a llevar en la maleta de mano y regresé. Me arrodillé en el suelo, entre sus piernas, y tomé sus manos.

Estaban destrozadas. El cable de acero le había arrancado la piel de las palmas y los dedos. Era una carnicería. Al verlas de cerca, las lágrimas que había estado conteniendo durante toda la noche finalmente cayeron, goteando sobre su piel herida.

—No llores —susurró él, intentando retirar las manos, pero yo las sostuve con firmeza—. No duele tanto como parece.

—Mientes —dije, limpiando la sangre con antiséptico. Él ni siquiera parpadeó, aunque vi cómo sus músculos se tensaban—. Hiciste esto por mí. Otra vez. ¿Por qué, Kang-dae? ¿Por qué llegas tan lejos? Podrías haberme empujado, podrías haber llamado a los técnicos...

—No había tiempo para nada que no fuera mi propia fuerza contra ese cable —dijo, mirándome a los ojos por fin—. Si ese panel te tocaba, Ji-hoon, mi vida se terminaba en ese mismo segundo. No fue una decisión. Fue un instinto.


Tenía dieciséis años y me obligaron a grabar un programa de variedades en el que tenía que saltar desde una plataforma alta al agua. Yo le tengo pavor a las alturas, algo que la empresa ignoró por el "rating". Estaba en la cima, temblando, casi vomitando de terror.

Kang-dae no tenía permitido subir, pero lo hizo. Se acercó a mí, bloqueando la vista de las cámaras con su cuerpo.

—Si saltas, yo estaré abajo. Si no saltas, yo te bajaré en mis brazos y que le den al programa —me dijo al oído—. Tú eliges, pero yo soy tu red de seguridad. Pase lo que pase, no tocarás el suelo con dolor.

Bajamos por las escaleras, él llevándome de la mano frente a los productores furiosos. Ese día entendí que Kang-dae no obedecía a la empresa; solo obedecía a mi bienestar.


Terminé de vendarle las manos con cuidado. Mis dedos rozaron las cicatrices más viejas de sus antebrazos. Había una marca de bala cerca de su codo y varias líneas blancas de cortes antiguos.

—Cuéntame —pedí, subiendo mi mano hacia su hombro, desabotonando lentamente su camisa—. Cuéntame de dónde vienen estas marcas. Quiero conocer al hombre, no al escudo.

Kang-dae dudó, pero el cansancio y la intimidad de la noche le habían robado las defensas. Se quitó la camisa, revelando un cuerpo que era un mapa de sacrificio. Cada cicatriz era una historia de guerra, de servicio, de dolor. Pero había una mancha de nacimiento, una pequeña marca cerca de su corazón, que me pareció la cosa más humana y vulnerable del mundo.

—Esta es de una misión en la frontera hace quince años —dijo, señalando un surco en su costado—. Esta otra, de cuando intenté proteger a un compañero que no lo logró. Y estas... —sus dedos rozaron las marcas en su abdomen— estas son el recordatorio de que soy un hombre que solo sabe destruir. Por eso te alejaba, Ji-hoon.

Se inclinó hacia mí, su rostro a centímetros del mío. El olor a jabón y sangre era embriagador.

—He pasado cinco años convenciéndome de que eres un niño al que debo cuidar. Me decía que mi deseo por ti era una falta de honor, una enfermedad —su voz bajó a un susurro que me quemó la piel—. Pero cuando te vi caer en ese escenario, cuando sentí que el mundo te arrancaba de mis manos... me di cuenta de que mi honor no vale nada si tú no estás para verlo.

—No soy un niño, Kang-dae —puse mi mano sobre su corazón, sintiendo su latido frenético—. Soy un hombre que te ha amado en silencio mientras el resto del mundo gritaba mi nombre. Solo te quiero a ti.

Kang-dae soltó un gruñido bajo y me rodeó con sus brazos vendados, atrayéndome hacia su regazo. Me sentí pequeño y, al mismo tiempo, inmensamente poderoso. Me besó, y esta vez no hubo duda, no hubo "mañana nos arrepentiremos". Fue un beso profundo, posesivo, el beso de un hombre que finalmente ha reclamado lo que más ama.

Sus manos, a pesar de las vendas, se movieron con una urgencia que me hizo soltar un gemio. Sus labios bajaron por mi cuello, marcando mi piel con una devoción que me hizo temblar.

—Eres mi fénix —susurró contra mi piel—. Y yo soy tu perro faldero, tu soldado, lo que quieras que sea. Pero esta noche, Ji-hoon-ah... esta noche solo somos dos hombres en una habitación barata, y voy a amarte como si el sol no fuera a salir nunca más.

Me tumbó sobre las sábanas ásperas del motel, su peso sólido y cálido convirtiéndose en mi único mundo. En la oscuridad de Chicago, lejos de los ídolos y las fans, Lee Ji-hoon finalmente dejó de actuar. En los brazos de Kang-dae, por fin pude ser simplemente yo.

La luz de la mañana en un motel de carretera no tiene nada de poético. Es cruda, resalta las manchas de humedad en el techo y el polvo que flota en el aire estancado. Pero para mí, esa luz era sagrada porque iluminaba el rostro de Kang-dae, dormido a mi lado. Sus manos vendadas descansaban sobre su pecho, y por primera vez en cinco años, su expresión no era la de un soldado en guardia, sino la de un hombre que finalmente había encontrado la paz en medio de la guerra.

Me quedé allí, observando el rastro de mi propio paso por su piel: las marcas leves de mis dedos en sus hombros, el desorden de las sábanas. Habíamos cruzado el punto de no retorno. Ya no era Lee Ji-hoon y su sombra; éramos dos hombres que habían decidido que el mundo podía arder mientras estuviéramos juntos.

Pero el mundo, por desgracia, ya estaba ardiendo.

Mi teléfono, que Kang-dae había silenciado y escondido en un cajón, empezó a vibrar con una insistencia frenética. El sonido metálico sobre la madera rompió el hechizo. Kang-dae se sentó de golpe, sus ojos de acero recuperando su brillo letal en un microsegundo.

Capítulo 10: La jaula de cristal y el pacto de sangre

Kang-dae tomó el teléfono. Sus cejas se juntaron mientras deslizaba la pantalla.

—Han localizado el coche —dijo, su voz volviendo a ser esa pared de piedra—. Estamos en todas las noticias, Ji-hoon-ah. "Idol nacional secuestrado por su guardaespaldas inestable". La empresa ha emitido un comunicado diciendo que yo tuve un brote psicótico tras el incidente en el escenario y que te tengo retenido contra tu voluntad.

Me senté, sintiendo un frío gélido recorrerme la espalda. La manipulación de la empresa era perfecta. Si me "rescataban", yo seguiría siendo la víctima pura y Kang-dae iría a prisión por secuestro, agresión y Dios sabe qué más. Su carrera, su honor y su libertad estaban a punto de ser sacrificados para salvar mis números en las listas de ventas.


Tenía diecinueve años cuando ocurrió aquel escándalo de corrupción interna en la agencia. Todos los managers mentían para proteger al CEO, y a mí me obligaron a leer un guion frente a la prensa. Estaba a punto de salir, con el corazón en la garganta, cuando Kang-dae me detuvo en el pasillo.

—Si dices esas mentiras, Ji-hoon-ah, el cristal de tu jaula se volverá tan grueso que nunca volverás a escuchar tu propia voz —me dijo, sujetándome del brazo—. El mundo te ama por la luz que proyectas, pero yo te amo por la verdad que escondes. No dejes que te la quiten.

Ese día, tiré el guion y dije la verdad. La empresa casi me destruye, pero Kang-dae se quedó a mi lado, recibiendo los golpes por mí.


—Vístete —dijo Kang-dae, levantándose y buscando su arma—. Voy a llamar a mi antiguo contacto en la policía. Me entregaré pacíficamente antes de que lleguen los equipos tácticos de la agencia. Diré que te encontré vagando por la carretera y que te traje aquí para protegerte. Si miento bien, tú saldrás limpio.

—¿Y tú? —le pregunté, poniéndome en pie, sintiendo una furia que nunca había experimentado—. ¿Tú irás a la cárcel por salvarme la vida? ¿Vas a dejar que te destruyan otra vez por mí?

—Es mi deber, Ji-hoon. Protegerte es lo único que sé hacer.

—¡Basta de deberes! —le grité, caminando hacia él y poniendo mis manos sobre su pecho, ignorando sus protestas—. Soy un adulto. Soy Lee Ji-hoon. Soy la marca que sostiene a esa maldita empresa. Si ellos quieren jugar sucio, yo voy a jugar de forma letal.

Él me miró, confundido por la nueva chispa de oscuridad en mis ojos.

—¿Qué tienes en mente?

—Ellos creen que soy un niño asustado. Creen que pueden controlar la narrativa porque yo "necesito" ser el idol perfecto —sonreí, una sonrisa que no tenía nada de tierno—. Pero se olvidan de que tengo cuarenta millones de seguidores en vivo. Se olvidan de que si yo caigo, ellos caen conmigo. No vas a entregarte, Kang-dae. Vamos a darles lo que más temen: la verdad absoluta.

Tomé mi teléfono y abrí la aplicación de transmisión en vivo. Mi mano temblaba, pero mi voz era firme.

—¿Qué haces? —susurró Kang-dae, intentando cubrir la cámara.

—Hago que el mundo sea nuestro escudo —le dije, quitando su mano de la lente—. Confía en mí, Ahjussi. Tú me enseñaste a no dejar que me quiten la voz. Pues bien... escúchame rugir.

Presioné el botón de "Iniciar Transmisión". En menos de diez segundos, cien mil personas estaban conectadas. Veinte mil más cada segundo. Los comentarios volaban: "¿Estás bien?", "¿Dónde estás?", "¿Es cierto lo del secuestro?".

—Hola a todos —dije, mirando directamente a la cámara, con Kang-dae visible detrás de mí, con sus vendas ensangrentadas y su mirada protectora—. Estoy en un motel en las afueras de Chicago. Y no estoy secuestrado.

El chat se volvió loco. Kang-dae se quedó rígido como una estatua, pero no se apartó.

—Estoy con el hombre que me ha salvado la vida tres veces en la última semana mientras mi propia agencia ignoraba las amenazas de muerte. La empresa les ha mentido. Han intentado incriminar a Kang-dae porque él es el único que sabe la verdad sobre lo que pasó en el escenario. Él no es un secuestrador. Es mi guardaespaldas. Es mi vida. Y... —hice una pausa, tomando la mano vendada de Kang-dae y entrelazándola con la mía frente a la cámara— es el hombre que amo.

Escuché a Kang-dae soltar un jadeo ahogado. Sabía que esto era el fin de mi carrera tal como la conocíamos. El fin del "Novio de la Nación". Pero la libertad sabía mucho mejor que el éxito.

—Si algo le pasa a Kang-dae, si la policía o la agencia intentan tocarlo, todas las pruebas de la negligencia de la empresa y del acosador saldrán a la luz. Tengo los sobres rojos. Tengo las grabaciones. No voy a volver a ser un producto silencioso. O nos dejan en paz, o quemaré este imperio de cristal hasta los cimientos.

Cerré la transmisión. El silencio en la habitación del motel era ensordecedor. Kang-dae me miraba como si me viera por primera vez.

—Has destruido todo por lo que has trabajado —susurró, con una mezcla de horror y una admiración devastadora.

—No, Ahjussi —me acerqué a él, rodeando su cuello con mis brazos—. He comprado nuestro futuro. Ahora ellos no pueden tocarte sin que el mundo entero los señale. No soy un fénix que necesita que lo salven. Soy un fénix que ha decidido incendiar el bosque para que nadie pueda volver a cazarnos.

Kang-dae soltó el arma sobre la mesa y me abrazó con una fuerza que me dejó sin aliento. Enterró su rostro en mi cuello, y por primera vez, sentí que sus hombros se relajaban por completo.

—Eres increíble —susurró—. Peligroso, impulsivo y completamente increíble.

—Y soy tuyo —le recordé—. Ahora, tenemos diez minutos antes de que el manager llegue aquí intentando negociar. ¿Qué tal si les pedimos un avión privado a una isla donde no haya cámaras?

Kang-dae se rió, una risa de verdad, profunda y masculina, que me hizo vibrar el pecho. El escándalo estaba servido, la gira mundial estaba en el aire y nuestra vida en Corea sería un campo de batalla, pero mientras caminábamos hacia la puerta para enfrentar al mundo, yo sabía que no había nada que temer.

Porque Lee Ji-hoon finalmente había crecido, y su escudo ya no era solo un guardaespaldas. Era el amor de un hombre que caminaría a mi lado, incluso a través del fuego.

La "tregua" de la empresa fue un movimiento magistral de relaciones públicas: “Lee Ji-hoon se retira temporalmente para recuperarse del trauma del acoso y el agotamiento físico”. Me quitaron el pasaporte, me prohibieron las redes sociales y me enviaron a una villa privada en la costa de Jeju, aislada por acantilados de basalto y un mar que rugía con la misma intensidad que mi pulso.

Pero cometieron un error de cálculo: dejaron que Kang-dae fuera mi carcelero. O quizás no fue un error, sino la única forma que tenían de mantenerlo vigilado sin que él hablara con la prensa. Ahora, estábamos solos en una casa de cristal y piedra, con el olor a salitre impregnándolo todo y un silencio que ya no era profesional, sino peligrosamente doméstico.

Capítulo 11: Salitre y pecado

La villa era hermosa, minimalista y fría, pero se calentaba cada vez que Kang-dae entraba en una habitación. Habían pasado tres días desde el incidente de Chicago. La empresa creía que estábamos "descansando", pero en realidad estábamos aprendiendo a existir sin el guion de la fama.

Esa tarde, lo encontré en la terraza, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a teñir el agua de un naranja violento. Llevaba una camiseta negra que se ajustaba a su espalda y unos pantalones de lino. Sus manos todavía estaban vendadas, pero se movían con más soltura.

Me acerqué por detrás y apoyé mi frente contra su omóplato.

—Sigues vigilando, Ahjussi —susurré—. El horizonte no va a atacarme.

—Es un hábito difícil de romper, Ji-hoon-ah —respondió, su voz mezclándose con el sonido de las olas—. Especialmente cuando sé que el equipo de seguridad de la entrada son ojos de la agencia, no mis hombres.


Tenía quince años y acababa de ver una película romántica en la sala de trainees. Me escabullí al gimnasio, donde Kang-dae estaba entrenando solo con un saco de boxeo. Estaba empapado en sudor, sus músculos brillando bajo la luz fluorescente.

—Ahjussi —le pregunté, sentándome en el suelo—, ¿alguna vez has tenido novio o novia? ¿Cómo se siente cuando alguien te gusta tanto que te duele el pecho?

Él dejó de golpear el saco y me miró con una seriedad que me hizo sentir pequeño. Se secó el rostro con una toalla.

—Tienes quince años, Ji-hoon. Tu pecho debería doler por el entrenamiento de baile, no por tonterías —me dijo, pero luego su voz se suavizó—. Cuando ese dolor llega, no es como en las películas. Es como tener un arma apuntándote todo el tiempo. Te vuelve débil. Te vuelve vulnerable. No busques ese dolor.

—Pues yo quiero ser vulnerable —le respondí con la rebeldía de la adolescencia—. Quiero saber qué se siente cuando alguien me mira como si yo fuera lo único en el mundo.

Él se quedó callado, y por un segundo, juré que me miró exactamente así antes de volver a golpear el saco con una fuerza brutal.


Regresé al presente. Rodeé su cintura con mis brazos, disfrutando de la solidez de su cuerpo.

—Quiero celebrar —dije, apartándome para mirarlo a los ojos—. Estamos vivos. Estamos juntos. Y tengo veinte años y nunca he ido a una fiesta de verdad, nunca he bebido hasta perder el sentido con alguien que me guste, nunca he... experimentado.

Kang-dae arqueó una ceja, su mirada de "protector" activándose de inmediato.

—Estamos en arresto domiciliario, Ji-hoon. No vas a ir a ningún club.

—No necesito un club. He encontrado el mueble bar de la villa. Y tengo música —le sonreí con malicia—. Quiero que me enseñes a beber. Quiero que me enseñes lo que los chicos de mi edad hacen cuando sus guardaespaldas no están mirando.

—Ji-hoon...

—Por favor. Solo por hoy. Olvida que eres mi escudo. Sé mi compañero de pecado.

Fue difícil convencerlo, pero después de una hora de ruegos y un par de besos estratégicos en el cuello, Kang-dae cedió. Preparamos una mesa pequeña frente al ventanal. Abrí una botella de whisky caro y puse una lista de reproducción de jazz oscuro, nada de K-pop, nada que me recordara al "ídolo".

Bebimos. O mejor dicho, yo bebí mientras él me observaba con una intensidad que me hacía sentir más ebrio que el alcohol. Tras el tercer vaso, mi cabeza empezó a flotar. Me levanté y empecé a bailar solo, moviéndome con la fluidez que años de entrenamiento me habían dado, pero esta vez de una forma más lenta, más... provocadora.

—¿Así es como bailan en los clubs? —preguntó Kang-dae, su voz volviéndose más profunda. Su vaso de whisky estaba a medio terminar, pero sus ojos estaban fijos en el movimiento de mis caderas.

—No lo sé, nunca me dejaste ir —me acerqué a él, dejando que mi cuerpo rozara sus rodillas—. Pero he visto videos. Dicen que en los clubs, los desconocidos se acercan tanto que puedes sentir su aliento. Dicen que a veces se besan sin saber sus nombres.

Vi cómo la mandíbula de Kang-dae se tensaba. Sus celos, ese monstruo silencioso que él intentaba domesticar, asomaron la cabeza.

—Esos lugares son nidos de vicio, Ji-hoon. No te perdiste nada bueno.

—¿Ah sí? —me incliné, poniendo mis manos sobre sus hombros, mis labios a centímetros de los suyos—. Pues yo quiero saber qué se siente. Quizás cuando volvamos a Seúl, debería probarlo. Buscar a alguien de mi edad, alguien que no tenga miedo de romper las reglas conmigo...

Antes de que pudiera terminar la frase, Kang-dae me agarró de la cintura y me sentó de golpe sobre su regazo. Sus manos vendadas apretaron mis muslos con una posesividad que me hizo soltar un jadeo.

—No vas a ir a ningún lado —siseó, su rostro iluminado por la luna y la rabia—. No vas a dejar que ningún desconocido te toque. ¿Entendido? Eres demasiado ingenuo, demasiado valioso...

—¿Valioso para la empresa o valioso para ti? —le desafié, enredando mis dedos en su cabello.

—Para mí —admitió, y el peso de su confesión llenó la habitación—. Me vuelve loco pensar en ti en esos lugares. Me vuelve loco pensar que otros ojos te vean como yo te veo ahora.

—¿Y cómo me ves, Kang-dae?

Él no respondió con palabras. Me besó con una urgencia que sabía a whisky y a años de represión. Sus manos bajaron por mi espalda, reclamando cada centímetro de mi piel, mientras yo me fundía contra él, sintiendo la dureza de su cuerpo y la vulnerabilidad que él tanto temía.

En medio del beso, el teléfono de seguridad de la villa, el que estaba conectado a la puerta principal, emitió un pitido. Kang-dae se separó de golpe, su instinto de soldado regresando como un resorte. Se puso en pie, dejándome en el sofá, y caminó hacia el monitor.

Su rostro se volvió pálido.

—¿Qué pasa? —pregunté, el efecto del alcohol desapareciendo de golpe.

En la pantalla, no había guardias de la agencia. Había un repartidor de flores. En sus manos, un ramo inmenso de lirios blancos. Y sobre ellos, un sobre rojo brillante.

El acosador no estaba en Chicago ni en Nueva York. Estaba en la isla. Había burlado la seguridad de la empresa y la vigilancia de Kang-dae.

Kang-dae se volvió hacia mí, y vi en sus ojos un odio tan puro que me estremecí. No era odio hacia el acosador; era el odio de un hombre que sentía que había fallado en su única misión por dejarse llevar por el deseo.

—Vete a la habitación de arriba. Cierra con llave. No salgas por nada —ordenó, sacando su arma oculta bajo la mesa.

—¡Kang-dae, no me dejes solo!

—¡Hazlo, Ji-hoon! —rugió—. Se acabó el juego. La realidad ha vuelto a llamar a la puerta.

Subí las escaleras temblando, mientras escuchaba a Kang-dae salir a la noche de Jeju, un cazador buscando a su presa entre los acantilados. La paz de la villa se había roto, y con ella, la ilusión de que podíamos ser simplemente dos hombres amándose. Fuera, la tormenta estaba empezando, y dentro de mí, el miedo volvía a ser el único sentimiento que no podía silenciar.

El sonido de la lluvia golpeando los ventanales de la villa no era relajante; era como miles de dedos frenéticos intentando entrar. Me quedé en el centro de la habitación de arriba, apretando mis rodillas contra el pecho, escuchando cómo el viento aullaba entre los acantilados de basalto. La oscuridad de la casa, rota solo por los relámpagos intermitentes, me hacía sentir de nuevo como aquel niño de quince años que temía a las sombras.

Pero esta vez, el miedo era diferente. No temía por mi vida. Temía por la de Kang-dae. Sabía que estaba ahí fuera, en medio de la tormenta, transformado de nuevo en esa máquina de guerra que se culpaba por haberme besado mientras el peligro acechaba.

Capítulo 12: El fuego de la traición

No podía quedarme encerrado. El silencio de la casa era demasiado pesado, cargado con el aroma del whisky que habíamos compartido y el rastro de su perfume en mis manos. Forcé la cerradura de la habitación con un clip —una de las pocas cosas útiles que aprendí viendo a Kang-dae durante años— y bajé las escaleras descalzo.

Necesitaba respuestas. ¿Cómo nos habían encontrado? Esta villa era un secreto de Estado para la agencia. Caminé hacia el despacho de seguridad donde Kang-dae guardaba los monitores. Al entrar, vi un teléfono de la empresa vibrando sobre la mesa. No era el de Kang-dae; era el que la agencia había dejado "para emergencias".

Lo tomé con manos temblorosas. Había un mensaje abierto de un número encriptado: “El objetivo está distraído. Procede con el aviso. Que parezca un error de seguridad del guardaespaldas. Necesitamos que Ji-hoon vuelva a Seúl rogando por protección.”

El aire se escapó de mis pulmones. No era solo un acosador. Era una puesta en escena. La empresa estaba usando a un fanático inestable para aterrorizarme, para que yo sintiera que sin ellos no era nada, para destruir la credibilidad de Kang-dae y encadenarme de nuevo a su jaula de cristal.


Tenía dieciséis años y me obligaron a firmar un contrato adicional de "exclusividad de imagen". No entendía los términos legales, solo veía páginas y páginas de restricciones. Kang-dae estaba de pie detrás de mí, como una sombra silenciosa.

—No lo firmes todavía, Ji-hoon-ah —susurró cuando el abogado salió de la habitación—. Estos hombres no ven tu talento, ven una mina de oro que quieren explotar hasta que te quedes seco. Si firmas esto, les pertenecerás en cuerpo y alma.

—Pero si no firmo, me echarán —le dije, al borde de las lágrimas.

—Entonces te irás con la cabeza alta. Yo te llevaré a casa. Pero no vendas tu libertad por una promesa de luces brillantes.

Ese día firmé, porque tenía miedo. Y desde entonces, Kang-dae pasó cada día intentando protegerme de las consecuencias de mi propia debilidad.


Un trueno ensordecedor sacudió la villa, y de repente, un resplandor naranja iluminó el jardín. Un olor acre a gasolina y ozono empezó a filtrarse por los conductos de ventilación.

—¡Kang-dae! —grité, corriendo hacia la terraza.

Fuera, bajo la lluvia torrencial, la escena era dantesca. Cerca del borde del acantilado, bajo un foco de luz roto que parpadeaba, Kang-dae tenía a un hombre acorralado. Era el mismo tipo del United Center, con el rostro desfigurado por una obsesión que no le pertenecía solo a él. Kang-dae lo sostenía por el cuello de la camisa, su arma presionando la sien del atacante. El viento agitaba su ropa empapada, haciéndolo parecer un ángel de la muerte surgiendo del mar.

Pero en la planta baja de la villa, una llamarada estalló. El acosador había lanzado un artefacto incendiario antes de ser interceptado. El fuego, alimentado por el viento de la costa, empezó a devorar las cortinas de seda del salón.

Kang-dae se giró. Vio el humo. Me vio a mí, de pie en el balcón del segundo piso, rodeado por las primeras lenguas de fuego que subían por la fachada.

Vi el conflicto desgarrar su rostro en un segundo. Tenía al culpable. Tenía la prueba viviente de la conspiración de la agencia. Si lo entregaba, su honor quedaría limpio y la empresa caería. Pero si lo hacía, el tiempo que tardaría en asegurar al prisionero sería el tiempo en que yo me asfixiaría.

—¡Ji-hoon! —su grito fue un rugido de pura agonía que superó el sonido del mar.

Soltó al hombre. Lo lanzó al suelo con un desprecio absoluto y, sin mirar atrás, corrió hacia la casa en llamas. El acosador aprovechó el segundo para saltar hacia la maleza y desaparecer en la oscuridad del acantilado, perdiéndose quizás para siempre.

Kang-dae entró en la villa atravesando una pared de fuego. Subió las escaleras de dos en dos, ignorando el calor que derretía su piel y el humo que nublaba sus ojos de acero. Me encontró en el rellano, tosiendo, con el mundo volviéndose negro a mi alrededor.

—Te tengo. Te tengo, pequeño —susurró, cargándome en sus brazos con esa fuerza que siempre había sido mi único santuario.

Me cubrió con su propio cuerpo, usando su chaqueta mojada para protegerme de las brasas. Saltó por la ventana del primer piso justo antes de que el techo colapsara con un estruendo de cristal roto.

Caímos sobre la hierba empapada. El frío de la lluvia fue un alivio violento. Kang-dae me depositó en el suelo y se dejó caer a mi lado, jadeando, con las manos quemadas y el rostro cubierto de hollín. La villa, nuestro pequeño paraíso de tres días, ardía a nuestras espaldas como una pira funeraria.

—Se ha ido... —logré decir, señalando hacia el acantilado—. Lo tenías, Kang-dae. Tenías la prueba. ¿Por qué me elegiste a mí?

Él se giró, ignorando el dolor de sus propias quemaduras. Me tomó del rostro con sus manos grandes y ásperas, y por primera vez, no hubo rastro del guardaespaldas en sus ojos. Solo estaba el hombre que me amaba por encima de su propia vida.

—¿De qué me sirve un nombre limpio en un mundo donde tú no respiras, Ji-hoon? —dijo, su voz rota por el humo—. Que me llamen secuestrador. Que me llamen loco. Pero mientras estés aquí, conmigo... que el mundo entero se reduzca a cenizas.

Me atrajo hacia sí y me besó bajo la tormenta, un beso que sabía a ceniza, a lluvia y a una entrega total. En ese momento, rodeados por el fuego y el mar, supe que ya no podíamos volver atrás. La agencia vendría por nosotros en minutos, la policía estaría en camino, y ya no teníamos un hogar al que regresar.

—No voy a dejar que te culpen —le dije, agarrándome a su camisa—. Tengo el teléfono, Kang-dae. Tengo los mensajes. Sé que ellos lo planearon todo.

Kang-dae miró el teléfono que yo aún apretaba en mi mano. Una chispa de esperanza y una furia renovada brillaron en sus ojos. Se puso en pie, levantándome con él, y miró hacia las luces de los coches que empezaban a serpentear por la carretera de la costa.

—Entonces la guerra no ha terminado —dijo, rodeándome con su brazo, convirtiéndose de nuevo en mi escudo inamovible—. Pero esta vez, Ji-hoon-ah, no vamos a luchar para que tú sigas siendo un ídolo. Vamos a luchar para que seas libre.

Caminamos hacia la oscuridad, lejos de las llamas, mientras el eco de las sirenas se acercaba. Éramos fugitivos, éramos un escándalo, éramos un pecado para la industria... pero por primera vez en mi vida, sentí que el aire que respiraba era mío.

El olor a salitre y pescado seco era tan fuerte en este rincón de la costa que lograba camuflar incluso el rastro de humo que aún se aferraba a nuestras ropas. Estábamos en una aldea de pescadores que no aparecía en los folletos turísticos, ocultos en una casa de madera podrida que pertenecía a la abuela de la única persona en quien podía confiar fuera del círculo de la agencia: Min-seok.

Min-seok fue un trainee conmigo; tenía el talento de un ángel, pero no el rostro que la empresa quería. Ahora, era un genio de la informática que vivía de hackear bases de datos corporativas. Era el "fantasma" que necesitaba para lanzar mi golpe final.

Capítulo 13: El silencio de las redes

Kang-dae estaba sentado en un rincón de la pequeña habitación, limpiando su arma con movimientos mecánicos. La luz de una única bombilla desnuda hacía que las sombras de sus músculos bailaran contra la pared. Se veía demacrado, con el rostro marcado por el hollín y el cansancio, pero sus ojos no dejaban de vigilar la puerta.

—Deberías dormir, Ahjussi —le dije, acercándome con una toalla húmeda para limpiar una herida que tenía en el cuello.

—Dormiré cuando estemos en aguas internacionales, Ji-hoon-ah —respondió sin mirarme. Su voz era un roce de lija—. He corrompido tu vida. He dejado que una empresa te use como cebo y ahora eres un fugitivo en un agujero de mala muerte. Mi protección ha sido un fracaso absoluto.

Me arrodillé frente a él, obligándolo a detener sus manos.

—No me protejas de la realidad, Kang-dae. Por primera vez en mi vida, sé exactamente quién soy y dónde estoy. Estoy en el suelo de una cabaña de pescadores con el hombre que amo. Eso es más de lo que cualquier contrato de "ídolo" me dio jamás.


Tenía dieciséis años y Min-seok y yo nos escapamos al techo de la empresa para ver las estrellas que el smog de Seúl apenas dejaba ver. Él me mostró cómo podía entrar en el servidor de la agencia usando solo su teléfono.

—Algún día, Ji-hoon, estos tipos intentarán borrarnos —me dijo Min-seok mientras sus dedos volaban por la pantalla—. Pero la información es como el agua: siempre encuentra una grieta por donde salir. Si alguna vez necesitas quemar este lugar, llámame.

—No lo haré —le dije entonces, lleno de esperanza—. La empresa es mi familia.

—Las familias no te ponen cámaras en el baño, Ji-hoon —sentenció él con una amargura que tardé cuatro años en comprender.


Min-seok llegó a medianoche, cubierto con un impermeable amarillo y cargando un portátil que parecía haber sobrevivido a varias guerras. Se quedó paralizado al ver a Kang-dae. La masculinidad de mi guardaespaldas, incluso en su estado más precario, era intimidante.

—Vaya... el "Perro de Hierro" de la agencia —murmuró Min-seok, dejando el equipo sobre la mesa de madera—. No sabía que el fénix se había escapado con el guardián de la jaula.

—Menos bromas, Min-seok —dije, entregándole el teléfono de la agencia que había rescatado del fuego—. Necesito que entres aquí. Hay correos, registros de GPS y órdenes directas del CEO. Querían usar al acosador para asustarme y hundir a Kang-dae.

Min-seok conectó unos cables y sus ojos empezaron a brillar con la excitación del hacker. Mientras él trabajaba, el silencio volvió a caer sobre nosotros. Kang-dae se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la lluvia.

—Ji-hoon —me llamó, sin girarse—. Si filtramos esto, no habrá marcha atrás. Tu imagen quedará ligada a un escándalo de conspiración, violencia y... nosotros. La industria te cerrará todas las puertas. ¿Estás seguro de que quieres que este sea tu legado?

Caminé hacia él y lo abracé por la cintura, pegando mi rostro a su espalda.

—Mi legado será que fui el primer ídolo que no se dejó romper —susurré—. Y que el hombre más valiente que conocí decidió que valía la pena amarme a pesar de todo.

Él se giró entre mis brazos y me tomó el rostro con sus manos vendadas. Sus labios buscaron los míos con una desesperación que me hizo temblar. No era un beso dulce; era el beso de dos náufragos que saben que la balsa se está hundiendo pero deciden hundirse juntos. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra la dureza de su cuerpo, reclamando mi piel en medio de la sal y el frío.

—¡Lo tengo! —el grito de Min-seok nos obligó a separarnos, jadeando.

Min-seok giró la pantalla. Había un audio grabado. Era la voz de mi manager principal hablando con el acosador.

“...el Capitán Kang-dae es el problema. Necesitamos que Ji-hoon lo vea fallar. Cuando las luces caigan en Chicago, asegúrate de que él no llegue a tiempo. Que Ji-hoon sienta el miedo. Que entienda que solo nosotros podemos mantenerlo vivo. Si el Capitán estorba, elimínalo también.”

Kang-dae soltó un gruñido sordo, una vibración de puro odio que llenó la habitación. Sus nudillos se pusieron blancos sobre el borde de la mesa.

—¿Cuándo lo lanzamos? —preguntó Min-seok, con el dedo sobre la tecla de "Enter".

—Ahora —dije, sintiendo cómo mi corazón latía con una fuerza nueva—. Lánzalo a cada portal de noticias, a cada club de fans, a cada red social. Que el mundo vea los hilos de sus marionetas.

Min-seok presionó la tecla. Por un segundo, el tiempo pareció detenerse. Sabía que en algún lugar de Seúl, en las oficinas de cristal de la agencia, las alarmas estarían empezando a sonar. El imperio estaba a punto de colapsar.

Minutos después, mi teléfono empezó a explotar con notificaciones. El audio se había vuelto viral en segundos. El hashtag #JusticiaParaJiHoon y #DondeEstaKangDae eran tendencia mundial.

Pero Kang-dae no miraba la pantalla. Me miraba a mí. Se acercó y me tomó en brazos, levantándome del suelo. Me llevó hacia la pequeña cama en el rincón, lejos de la luz del portátil de Min-seok.

—Ahora el mundo sabe la verdad, Ji-hoon-ah —susurró, su aliento cálido contra mi oreja—. Pero lo que más me importa es que ahora, por fin, estás bajo mi protección de verdad. Sin contratos. Sin mentiras.

—Ámame, Kang-dae —le pedí, desabotonando su camisa, queriendo sentir cada cicatriz, cada marca de su vida sobre la mía—. Que la última noticia que el mundo tenga de mí sea que, por fin, soy libre en tus brazos.

En esa cabaña perdida, mientras el escándalo del siglo sacudía los cimientos de Corea, el ídolo desapareció para dar paso al hombre. Y el guardaespaldas, por primera vez, dejó de vigilar la puerta para concentrarse únicamente en el fuego que ardía entre nosotros.

Capítulo 14: El peso del alma (y el regreso del Fénix)

Me desperté con el calor del cuerpo de Kang-dae envolviéndome. Estábamos en ese colchón fino sobre el suelo de madera, pero se sentía más cómodo que cualquier hotel de cinco estrellas en Nueva York. Sus brazos, marcados por el esfuerzo y las vendas, eran las únicas fronteras que me importaban ahora.

Me quedé observándolo. Sin la máscara del guardaespaldas imperturbable, Kang-dae se veía... humano. Sus pestañas eran largas, y la línea de su mandíbula, aunque todavía tensa incluso en sueños, invitaba a ser recorrida con los dedos. Tenía cuarenta años, el doble de mi edad, y sin embargo, era yo quien sentía que debía proteger su paz ahora que el mundo finalmente conocía su nombre.

—Sé que estás despierto, Ji-hoon-ah —murmuró su voz grave, vibrando contra mi pecho antes de que abriera los ojos.

—¿Cómo lo sabes? —sonreí, ocultando mi rostro en su cuello.

—Tu ritmo cardíaco cambia cuando planeas algo travieso —abrió un ojo de acero y me dedicó una media sonrisa que me hizo derretir—. ¿En qué piensas?

—En que el mundo está ardiendo ahí fuera y yo solo quiero quedarme aquí, oliendo a salitre y a ti, para siempre.


Tenía dieciocho años, el día de mi graduación de la secundaria. La prensa estaba fuera, los fans bloqueaban las calles, y yo me sentía como un animal en exhibición. Me puse el uniforme por última vez y me miré al espejo, odiando la idea de ser un "adulto" bajo el control de la agencia.

Kang-dae entró para decirme que el coche estaba listo. Se detuvo y, por primera vez, me arregló la corbata del uniforme.

—Hoy dejas de ser un niño para el mundo, Ji-hoon —dijo, su mirada fija en el nudo de mi corbata—. Pero para mí, siempre serás el chico que necesita que alguien vigile su espalda. No dejes que la adultez te robe esa chispa de rebeldía. La vas a necesitar.

—¿Me verás como a un hombre ahora, Ahjussi? —le pregunté, buscando desesperadamente una validación que no fuera profesional.

Él me miró a los ojos, y por un segundo, vi un deseo tan profundo que me asustó. Dio un paso atrás, recuperando su compostura.

—Te veo como a un hombre que tiene el poder de destruirme si se lo propone. Vámonos.


Regresé al presente. Kang-dae se incorporó, su espalda ancha bloqueando la luz de la mañana. Se puso su camiseta negra, y vi cómo sus movimientos eran más fluidos. Las heridas físicas estaban sanando, pero la tormenta mediática estaba en su punto de ebullición.

Min-seok entró en la habitación con un fajo de periódicos y su portátil bajo el brazo. Su expresión era una mezcla de triunfo y pavor.

  • Los titulares eran unánimes: "El escándalo del siglo: La Agencia Star-Gate bajo investigación por conspiración y negligencia".
  • Las fans: Millones de personas en Seúl estaban protestando frente al edificio de la empresa, exigiendo mi libertad y la disolución de mi contrato.
  • La policía: Habían emitido una orden de búsqueda, pero esta vez no para arrestarnos, sino para "asegurar nuestra declaración" contra el CEO.

—Es el momento —dijo Min-seok, dejando el portátil sobre la mesa—. Si volvemos ahora, lo haremos como reyes, no como fugitivos. Pero tienen que estar listos. El CEO no se rendirá sin intentar hundirlos con ellos.

Kang-dae se levantó y caminó hacia su equipo. Revisó su arma, pero esta vez la guardó en una funda oculta. Se volvió hacia mí, y su rostro recuperó esa verticalidad de granito que me decía que el Capitán Thorne había regresado para su misión final.

—No vamos a entrar por la puerta de atrás —dijo Kang-dae, su voz siendo un trueno bajo—. Vamos a entrar por la puerta principal de la agencia. Frente a toda la prensa internacional.

—Ahjussi... —me acerqué a él, tomando sus manos—. ¿Estás listo para que el mundo sepa que eres mi amante y no solo mi sombra?

Él me tomó por la nuca, atrayéndome hacia un beso que sabía a promesa de sangre y lealtad.

—Ji-hoon-ah, el mundo ya lo sabe. Ahora solo vamos a darles el espectáculo que tanto han estado pagando por ver. Pero esta vez, el guion lo escribimos nosotros.

Preparamos el regreso. No usaríamos ropa de ídolo. No usaríamos maquillaje. Íbamos a aparecer tal como éramos: un hombre que había sobrevivido al fuego y un soldado que lo había rescatado.

El viaje de regreso a Seúl fue un borrón de adrenalina. Min-seok coordinó con los clubes de fans más grandes para asegurar que, cuando llegáramos al edificio de la agencia, hubiera un muro humano de protección que ni siquiera la policía pudiera romper.

Cuando el coche se detuvo frente al imponente edificio de cristal de Star-Gate, el rugido de la multitud fue más fuerte que cualquier concierto que hubiera dado en mi vida. Los flashes de las cámaras eran como una tormenta eléctrica constante.

Kang-dae bajó primero. No abrió mi puerta como un empleado; la abrió como un compañero. Me tomó de la mano frente a miles de cámaras y me ayudó a bajar.

Caminamos juntos, hombro con hombro, hacia la entrada donde el CEO y los abogados nos esperaban con rostros pálidos y sudorosos. Kang-dae no se detuvo ante la seguridad de la puerta. Los miró con tal ferocidad que los guardias, sus antiguos compañeros, simplemente se hicieron a un lado.

Llegamos frente al CEO. El hombre que me había tratado como una mercancía durante cinco años intentó sonreír, intentó poner su mano en mi hombro para la prensa.

Kang-dae le interceptó la mano en el aire con un chasquido metálico de sus dedos.

—No vuelvas a tocarlo —siseó Kang-dae, su voz proyectándose por todos los micrófonos de la prensa—. A partir de este segundo, Lee Ji-hoon ya no le pertenece a esta empresa. Le pertenece a su propia voz. Y yo soy el que se asegurará de que nadie vuelva a intentar silenciarla.

Me adelanté, saqué el contrato de mi bolsillo y lo rompí en mil pedazos frente a su cara, dejando que los fragmentos cayeran como confeti sobre sus zapatos caros.

—Se acabó el show —dije, mirando a la cámara principal—. Gracias por las luces, pero prefiero la verdad de la sombra.

Capítulo 15: El Escudo y el Fénix (Final)

Seis meses después de que el último contrato fuera triturado y el CEO de Star-Gate fuera escoltado a una celda de Seúl, mi vida se redujo a lo esencial. Ya no soy "El Novio de la Nación". Ahora, en las listas de reproducción, simplemente aparece mi nombre: Ji-hoon. Sin conceptos coreografiados, sin canciones sobre amores adolescentes que nunca viví.

Ahora escribo sobre cicatrices, sobre la diferencia de edad que nos separa y el amor que nos une. Y, para sorpresa de la industria, el mundo sigue escuchando.

Estamos en nuestra casa en la costa de la isla de Jeju. No es la villa de cristal de la agencia, sino una construcción de madera y piedra que Kang-dae eligió personalmente. El mar ya no es una frontera para escapar, sino el jardín donde cada mañana veo a la única persona que conoce al verdadero Ji-hoon.


El hombre detrás del muro

Kang-dae estaba en el porche, trabajando en una mesa de madera que él mismo estaba construyendo. Llevaba una camiseta blanca de algodón, desgastada, que se pegaba a su espalda ancha por el esfuerzo. Sus manos, ya sin vendas pero marcadas por las cicatrices de aquel cable de acero en Chicago, se movían con una precisión que me seguía hipnotizando.

Me acerqué en silencio, descalzo, y rodeé su cuello con mis brazos. Apoyé mi mejilla contra su espalda, inhalando ese aroma que se había convertido en mi único hogar: café, madera y ese olor a hombre maduro que siempre me hacía sentir a salvo.

—Estás muy callado hoy, Kang-dae-ah —susurré, usando su nombre sin títulos, sin jerarquías.

Sentí que sus hombros se relajaban bajo mi toque. Dejó las herramientas y se giró, rodeando mi cintura con sus brazos masivos. Su mirada de acero se había suavizado con el tiempo, pero la intensidad con la que me observaba seguía siendo suficiente para hacerme temblar.

—Estaba recordando el primer día que te vi —dijo, su voz siendo ese ronquido profundo que me vibraba en el pecho—. Eras tan pequeño, Ji-hoon-ah. Tan asustado. Y ahora... ahora eres tú quien sostiene este lugar.


Tenía quince años, mi primer mes como trainee. Estaba sentado en las escaleras de emergencia de la empresa, mirando mis manos temblorosas después de una evaluación fallida. Kang-dae pasó por allí, se detuvo y, por primera vez, no me dio un pañuelo. Se sentó a mi lado, dejando que su hombro rozara el mío.

—El mundo te va a pedir que seas perfecto, Ji-hoon-ah —me dijo aquel día—. Pero la perfección es una mentira. Lo único que importa es que, cuando el show termine, tengas a alguien a quien mirar y saber que no tienes que fingir.

—¿Estarás tú cuando el show termine, Ahjussi? —le pregunté con la ingenuidad de un niño.

Él no respondió con palabras, pero puso su mano grande sobre la mía y apretó suavemente. Fue el primer pacto que firmé en mi vida, y el único que realmente importaba.


La noche cayó sobre la isla como un manto de terciopelo azul. Dentro de la casa, la chimenea crepitaba, proyectando sombras largas contra las paredes de piedra. No había cámaras. No había directores gritando órdenes.

Kang-dae me sirvió una copa de vino, pero esta vez se sentó a mi lado en el sofá, dejando que mi cabeza descansara en su hombro. Sus manos, esas manos que habían peleado por mi vida, ahora acariciaban mi cabello con una delicadeza que me hacía querer llorar de felicidad.

—¿Extrañas el escenario? —me preguntó, su pulgar recorriendo mi mandíbula.

—Extraño la música, pero no la máscara —le respondí, girándome para quedar frente a él—. Ahora, cuando canto, sé que me escuchas tú. Eso es todo el público que necesito.

Me besó. Un beso lento, profundo, cargado de la madurez de sus cuarenta años y la devoción de los míos. Sus manos bajaron por mi espalda, quitando mi camiseta con una urgencia que ya no estaba teñida de culpa. En la intimidad de nuestra habitación, el guardaespaldas finalmente había dejado su arma fuera.

Me tomó en brazos y me llevó a la cama, su peso sólido y cálido convirtiéndose en mi único mundo. Ya no había "perros faldas", ni "fénix", ni "ídolos". Solo había dos hombres cuyas cicatrices encajaban perfectamente. Sus besos marcaron cada rastro de mi piel, reclamándome no como una propiedad, sino como una parte de su propia alma.

—Te amo, Ji-hoon-ah —susurró contra mi cuello, su aliento quemándome—. Más allá del deber. Más allá de la vida.

—Lo sé —le respondí, enredando mis piernas con las suyas—. Y yo te amo porque nunca me dejaste caer, incluso cuando yo quería hacerlo.

Epílogo: La canción eterna

A la mañana siguiente, me senté al piano frente al gran ventanal que daba al mar. Empecé a tocar una melodía nueva, una que no tenía coreografía, solo alma. Kang-dae estaba fuera, paseando por la arena, vigilando el horizonte por costumbre, pero con una sonrisa que solo yo podía ver.

El mundo seguía girando. La industria del K-pop había encontrado nuevos "ídolos" para reemplazar mi vacío. Los periódicos hablaban de otros escándalos. Pero aquí, en nuestro refugio de sal y piedra, el tiempo se había detenido.

Ya no soy el "Novio de la Nación". Soy el hombre que despertó a un soldado. Soy el chico que encontró su voz en el silencio de un guardaespaldas. Y mientras Kang-dae esté un paso por delante de mí, abriendo camino, sé que no importa cuán fuerte sople el viento de la fama o de la crítica...

Mi escudo nunca se romperá.

FIN


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Comentarios

user

Anonimo:

buenísima. Necesito que lo hagan Kdrama

Hace 16 horas

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