Lo que el mar esconde

#drama, #juvenil, #romance

SINOPSIS:

Cuando su mejor amiga desaparece misteriosamente en un pueblo costero cubierto de bruma, Isidora viaja decidida a descubrir la verdad. Pero el silencio del mar, las miradas esquivas de los lugareños y la presencia inquietante del médico del pueblo —el enigmático Samuel— la arrastrarán hacia un secreto mucho más antiguo que cualquier crimen. A medida que los recuerdos, los rituales y las visiones se entrelazan, Isidora deberá decidir entre romper un ciclo ancestral… o formar parte de él.

Capítulo 1

El tren serpenteaba lento por entre cerros anegados y campos desiertos, envuelto por una neblina espesa que parecía no ceder nunca. Era abril. El mes de las lluvias grandes y los silencios largos. Desde el asiento junto a la ventana, Isidora miraba sin pestañear la costa lejana, donde el mar se confundía con el cielo en una sola línea gris.

No había vuelto a Chaiquín en más de doce años. El último recuerdo que guardaba del pueblo era el olor a eucalipto mojado, la piedra húmeda del muelle, y la voz de su abuela Rosalía cantando sola al amanecer. Aquel sonido —más parecido a un rezo que a una canción— volvía ahora a su mente con una nitidez inquietante.

La abuela había muerto hacía dos semanas. En circunstancias confusas. Un infarto, dijeron. Pero también mencionaron que la encontraron en la playa, de pie, con los ojos abiertos, como si esperara a alguien que nunca llegó. Isidora no creyó nada. Su abuela no caminaba desde hacía casi un año.

El telegrama fue breve:
Rosalía M. fallecida. Sin testamento. Se requiere presencia en la propiedad para formalidades.

La casona en la loma —heredada por línea materna desde hacía cuatro generaciones— era ahora suya. Pero no había regresado por la casa, ni por los papeles. Había algo que no cerraba. Un murmullo que no callaba desde que cruzó la puerta del vagón en Valdivia. Un presentimiento que no tenía forma, pero que se pegaba a su nuca como el sudor frío.

El tren se detuvo con un quejido largo en la estación de madera. Dos hombres descargaban sacos bajo la lluvia. Nadie esperaba a Isidora. Bajó sola, con el abrigo húmedo, el sombrero torcido y una maleta de cuero oscuro que pesaba más por los recuerdos que por lo que llevaba dentro.

El pueblo seguía casi igual: casas de tejuelas viejas, ventanas cerradas, rostros que se escondían tras cortinas cuando el forastero era mujer. Chaiquín tenía esa manía: recordar con sospecha, recibir con silencio.

Un joven la reconoció desde el umbral de una botica. Se acercó despacio, con la expresión de quien no cree del todo lo que ve.

—¿Isidora Montes? —preguntó.

Ella asintió sin hablar.

—Mi nombre es Samuel Echeverría. Soy médico en la zona… fui quien firmó el certificado de defunción de su abuela.

La miró con una mezcla de respeto y curiosidad.

—Hay cosas… que quizás debería saber. Pero este no es lugar para hablarlas.

Ella sostuvo su mirada unos segundos. No era un rostro duro, pero tampoco ingenuo. Tenía ojeras, los dedos manchados de tinta, y una cicatriz apenas visible bajo el mentón. La clase de persona que había visto demasiado y aprendió a callar lo justo.

—¿Puede acompañarme hasta la casa? —preguntó ella.

—Claro —respondió sin dudar—. No conviene andar sola cuando cae la niebla de este lado.

Tomaron el sendero de barro que subía hacia el cerro. A cada paso, la bruma se cerraba más, como si quisiera evitar que alguien recordara el camino.

Y cuando la casona finalmente apareció —gris, húmeda, intacta en su decadencia—, Isidora supo, con un estremecimiento involuntario, que algo la había estado esperando.

Adentro, la puerta estaba abierta.
Y sobre la mesa del comedor, descansaba un cuaderno viejo, cubierto de sal.

El nombre en la tapa, escrito con letra firme, decía:
“Rosalía M. — 1891.”

Capítulo 2

La casa estaba helada, como si las paredes hubiesen olvidado cómo retener el calor humano. Cada habitación era una réplica exacta de la memoria de Isidora: los marcos dorados, el olor a alcanfor, la biblioteca desordenada, el reloj detenido sobre la repisa del salón. Todo estaba en su lugar. Y sin embargo, nada estaba igual.

Samuel dejó su sombrero junto a la puerta y la siguió en silencio por el pasillo principal. No preguntó por la familia, ni hizo comentarios sobre la casa. Sólo observaba. Como un médico que ya intuye el diagnóstico antes del examen.

—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí? —preguntó Isidora mientras se quitaba los guantes de cuero.

—Desde el verano pasado. Llegué por un reemplazo… y nunca me fui. El pueblo me aceptó rápido. O al menos, no me echaron. —Sonrió apenas—. Su abuela fue de las primeras en hablarme.

—¿Y la última en morir?

Samuel la miró, sin esquivar la dureza de la pregunta.

—No. No fue la última.

El silencio entre ambos se volvió espeso. Afuera, la lluvia caía con persistencia, golpeando las ventanas como si quisiera entrar. Isidora tomó el cuaderno que descansaba sobre la mesa del comedor. Tenía el lomo quebrado, las hojas amarillentas, y un olor a salitre que parecía venir de otro tiempo.

Lo abrió con cuidado.

“Hoy el mar habló de nuevo.”

La frase estaba escrita en la primera página, con tinta azul ya deslavada. No había fecha, pero la letra era firme, clara. La letra de Rosalía. Isidora pasó la hoja, y encontró un párrafo más largo:

“Soñé con ellas. Con las que vienen con la marea. Mi madre decía que cuando la luna se parte en dos, y el viento cambia de dirección, hay que cerrar las ventanas y dejar pan en la puerta. No para las ánimas, sino para las que caminan con los pies mojados y no tocan el suelo. Esta noche siento que vendrán. Y no vendrán por mí.”

Isidora sintió un escalofrío que no era solo por el frío. Cerró el cuaderno.

—¿Sabía que mi abuela escribía estas cosas?

—No —respondió Samuel, en tono bajo—. Pero hay algo que debería ver.

Fue hasta su chaqueta, sacó un sobre plegado varias veces y lo puso sobre la mesa.

—Lo encontré en la playa. A cincuenta metros de donde apareció el cuerpo. No se lo entregué al comisario. Ni a la familia. Esperé por usted.

Isidora lo miró sin moverse. Luego abrió el sobre. Dentro, una hoja arrancada de otro cuaderno. El mismo tipo de letra.

“Cuando ella regrese, no le digan todo. El mar no olvida. Y los nombres pueden despertar cosas que dormían.”

—¿Quién es “ella”? —preguntó Isidora, aunque sabía la respuesta.

Samuel no dijo nada. Solo la miró, con la gravedad que tienen las personas que saben que una historia acaba de comenzar, y que ya nadie puede detenerla.

Esa noche, la casa volvió a crujir con sonidos que no venían del viento.
Y el mar rugió más cerca.

Capítulo 3

La lluvia no cesó en toda la noche. Caía como una advertencia antigua, como si la tierra y el mar se hablaran entre ellos en un idioma que los humanos solo podían intuir. En la casona, el reloj seguía detenido a las 3:19, y ningún sonido acompañaba a Isidora salvo el crujido del piso y la respiración pausada de la casa, que parecía dormida… o fingirlo.

Encendió la chimenea del salón principal sin mucha esperanza. El fuego, tímido, apenas logró calentar el aire húmedo. Llevaba el cuaderno de su abuela entre las manos, envuelto en un pañuelo para evitar que el salitre terminara por deshacer las hojas.

“Las primeras veces llegan por sueños. Pero no todas saben escuchar.”

La frase ocupaba toda una página. No había firma. Ni fecha. Pero algo en ella le encendió un recuerdo, uno enterrado muy hondo, que se desplegó sin permiso.

Tenía siete años cuando escuchó por primera vez aquella melodía en medio de la madrugada. Una voz, delgada como un hilo, que se colaba por la rendija de la ventana del cuarto. Su abuela decía que era el viento en la bahía, pero Isidora sabía distinguir entre un soplo y una voz. Aquella noche se levantó en silencio y bajó las escaleras descalza. Al llegar al zaguán, vio a Rosalía sentada en el suelo, con una vela encendida y el cabello suelto, repitiendo una oración en un idioma que no entendía.

No se atrevió a entrar. Ni a hablar. Solo la observó.

Después de eso, nunca volvió a escuchar la canción. Pero su abuela, al día siguiente, le preparó una taza de leche caliente con miel sin decir una palabra.

Isidora había olvidado esa noche. O al menos eso creía.

Ahora, al volver a caminar por la misma escalera, con la misma humedad pegada en las paredes, entendió que no era olvido. Era defensa.

Abrió una ventana para ventilar, y la bruma entró con una lentitud sobrenatural, como si conociera el camino. Afuera, el jardín se extendía lleno de helechos, hortensias moradas y la vieja parra que su madre cuidaba cuando aún vivían juntas las tres. Se acercó a la terraza. La niebla cubría el mar, pero entre las piedras del patio reconoció algo brillante, enterrado a medias en la tierra mojada.

Se agachó.

Era una pulsera. Suya. De cuando era niña.

Una trenza de hilos azules, con un pequeño dije de metal oxidado. La había perdido el día que su madre se fue de la casa, sin despedirse. Una parte de ella siempre creyó que la abuela la había escondido, como castigo. Pero ahora, verla allí, semioculta en la tierra, le provocó un escalofrío distinto.

No estaba escondida. Estaba devuelta.

Volvió adentro con la pulsera entre los dedos. No le dijo nada a Samuel, que seguía dormido en la habitación contigua. En cambio, tomó una libreta nueva de la biblioteca y anotó una sola línea:

“Algo está tratando de hablarme. Esta vez, voy a escuchar.”

Esa noche volvió a soñar con la voz.

Pero ahora no estaba sola.

Había pasos en el agua.

Capítulo 4

La lluvia cedió al amanecer, pero la niebla no. Seguía cubriendo la costa como una piel, espesa, inmóvil, persistente. El pueblo despertaba despacio, con ventanas entornadas y chimeneas encendidas como suspiros. Desde lo alto de la casona, Isidora miraba el mar sin verlo, absorta en la caligrafía de su abuela.

El diario se abría en una página escrita con rabia. La tinta era más oscura, los trazos menos elegantes.

“Mi madre me lo dijo una vez: las mujeres de esta casa no enferman como otras, no envejecen como otras, y no mueren cuando deben. Somos las que no deben recordar, pero recordamos igual. Somos la línea quebrada, la que aún escucha.”

Isidora dejó de leer. Esa voz —seca, afilada, casi amarga— no era la misma de los fragmentos anteriores. Era otra Rosalía. Una que no conocía.

Volvió a leer el párrafo. Luego otro.

“Cuando cumplí diecisiete, me llevaron al acantilado. Mi abuela y dos mujeres del pueblo. No llevábamos zapatos. El suelo estaba helado. La bruma lo cubría todo. Me dieron un cuenco con agua de mar y me obligaron a mirar dentro. Vi a alguien. A una mujer. No era yo, pero tenía mis ojos. Grité. Ellas no. Me dijeron que ya estaba hecha.”

Isidora cerró el diario y se apoyó contra el respaldo del sillón. Afuera, el mar seguía mudo. Samuel apareció en la puerta del salón, despeinado, con una taza de té caliente en la mano.

—Estás leyendo desde que amaneció —dijo con tono suave.

—No puedo parar —respondió ella sin mirar—. Es como si cada página me hablara directamente.

Samuel se sentó frente a ella. La miró un momento, en silencio, antes de hablar:

—¿Crees en esas cosas?

—No lo sé —dijo Isidora, sincera—. Pero si no son reales… ¿cómo explicas todo lo demás?

Samuel asintió. Luego sacó de su chaqueta un sobre pequeño. Lo dejó sobre la mesa, sin decir nada. Isidora lo tomó con cuidado.

Dentro había una foto. Antigua. Borrosa.

Cuatro mujeres de espaldas, en la costa. Una de ellas era, sin duda, Rosalía. Las otras… no podía asegurarlo, pero una se parecía a su madre. Y la figura más delgada, al extremo, tenía una silueta familiar que le heló el cuerpo.

—¿Dónde conseguiste esto?

—La encontré entre los archivos del consultorio. Nadie sabe quién la tomó. Pero por la fecha, tiene al menos treinta años.

—Esa mujer —dijo Isidora, con la garganta apretada—. Esa… podría ser yo.

Samuel no respondió. No lo necesitaba.

Algo estaba repitiéndose. Un ciclo que parecía más antiguo que el pueblo. Más antiguo incluso que la casona.

Y por primera vez, Isidora comenzó a preguntarse si el regreso a Chaiquín fue realmente una decisión suya… o si alguien —o algo— la había estado llamando desde mucho antes.

Capítulo 5

El sol apenas rompía la niebla cuando Isidora tocó la puerta de la pequeña casa en el extremo norte del pueblo. La madera estaba gastada por el tiempo y la sal, y el aire olía a hierbas secas y humo de leña. Un gato negro la observaba desde el dintel, inmóvil como una sombra.

La puerta se abrió con lentitud y apareció una mujer de cabello blanco, recogido en un moño descuidado, y ojos tan profundos que parecían haber visto siglos. No dijo palabra, solo la invitó a pasar con un gesto suave, como si esperara esa visita desde siempre.

Adentro, el ambiente era cálido y oscuro, lleno de estantes repletos de frascos, amuletos y libros antiguos. El aroma a eucalipto y salitre envolvía el lugar, mezclándose con una extraña sensación de calma y peligro.

—Has vuelto —dijo la mujer con voz firme, pero sin hostilidad.

—Sí —respondió Isidora—. Necesito entender. Lo que pasó con mi abuela. Con mi familia.

La anciana asintió, pero no se apresuró a hablar.

—Tu sangre lleva una historia que no todos están listos para escuchar. No es solo un legado, es una carga.

Sacó un pequeño relicario de plata de un cajón y se lo entregó.

—Esto perteneció a tu bisabuela. Cuando lo tengas contigo, escucharás las voces que el viento trae del mar. Pero cuidado, porque no todas quieren ser escuchadas.

Isidora tomó el relicario con manos temblorosas.

—¿Por qué mi abuela murió? ¿Por qué la encontré en la playa?

—Ella intentó detener algo que tú apenas comienzas a comprender —respondió la anciana—. Hay fuerzas que cruzan el tiempo, y ellas siempre regresan. Cada generación tiene su prueba. Algunas no sobreviven.

Un golpe suave en la ventana hizo que ambas miraran al exterior. La niebla había crecido, ahora casi cubría la casa entera.

—El mar no perdona —susurró la mujer—. Ni siquiera a quienes se creen sus dueñas.

Isidora sintió cómo el peso de esas palabras se clavaba en su pecho, y supo que su vida ya no sería la misma.

Capítulo 6

El relicario colgaba pesado en su cuello, una promesa fría contra la piel. Isidora pasó la mañana entre los rincones polvorientos de la casona, intentando distraerse con los objetos familiares que aún conservaban la esencia de su abuela. Pero en cada sombra, en cada reflejo quebrado, sentía la presencia de algo más antiguo, más profundo.

Cuando el sol comenzó a bajar, un viento helado se coló por las ventanas entreabiertas, arrastrando consigo un olor salino y a algas muertas. Se sentó en el sillón del salón principal, con el relicario entre las manos, observando cómo su superficie de plata opaca reflejaba la luz moribunda del día.

De pronto, un susurro casi inaudible rozó sus oídos. No pudo distinguir palabras, solo una melodía. Cerró los ojos, y al hacerlo, la habitación se transformó en un escenario intangible donde las olas rompían con furia, y figuras borrosas emergían y se desvanecían entre la espuma.

Un rostro, juvenil y serio, apareció entre la neblina: una mujer de ojos intensos y cabellos oscuros, que la miraba con una mezcla de tristeza y advertencia. Isidora sintió que el pecho se le apretaba, como si la visión absorbiera todo su aire.

Volvió a abrir los ojos, jadeando, y la melodía se desvaneció. El relicario seguía en su mano, pero ahora parecía vibrar con un calor extraño, casi vivo.

Pasaron los días y las visiones se hicieron más frecuentes. No siempre eran la misma mujer, pero siempre traían mensajes fragmentados, imágenes de una época en la que el mar era tanto un aliado como un enemigo. Un tiempo donde las mujeres de su linaje custodiaban secretos que podían salvar o condenar.

Mientras tanto, Samuel se convirtió en su único confidente. En las largas tardes de lluvia, hablaban sobre mitos, sobre la historia del pueblo, y sobre esas desapariciones inexplicables que él investigaba con una mezcla de escepticismo y fascinación.

—No eres la primera en ver esas cosas —le dijo una tarde, mientras revisaban unos archivos en su consultorio—. Otras mujeres aquí las llaman ‘las voces del mar’. Algunos piensan que es locura, otros que es un don.

—¿Y tú qué crees? —preguntó Isidora, mirando hacia la ventana empañada.

—Que en este pueblo, entre la niebla y la sal, hay verdades que nadie está listo para enfrentar. Pero si quieres descubrirlas, tendrás que estar preparada para lo que puedas encontrar.

La noche se volvió su aliada y su enemiga. Entre sueños y despertares, la línea entre la realidad y la visión se desdibujaba. A veces el viento parecía cantar en lenguas olvidadas. Otras, un extraño silencio la envolvía, como si el mar hubiera guardado la respiración.

Y una pregunta, clara y persistente, se instaló en su mente: ¿qué secreto estaba dispuesta a proteger su familia? Y, más importante aún, ¿a qué precio?

El relicario, colgando sobre su pecho, parecía latir con un pulso propio, marcando el tiempo de una historia que apenas comenzaba.

Perfecto. Mantendré una coherencia narrativa y emocional con los capítulos anteriores: atmósfera densa, introspección, mitología del sur de Chile, misterio familiar, una relación de confianza aún frágil con Samuel, y un avance gradual hacia el centro del enigma.

Capítulo 7

Las visiones no paraban.

Eran más nítidas ahora, más exigentes. Ya no bastaba cerrar los ojos para verlas: aparecían entre parpadeos, superpuestas a la realidad. El rostro de la mujer del mar, los cuencos de barro, la ceremonia en el acantilado, siempre bajo luna nueva. Todo volvía. Como un eco que no encuentra pared donde morir.

Isidora apenas dormía. Leía por las noches, caminaba por la casa como si buscar algo que no recordaba haber perdido. Samuel la visitaba a diario, con libros, comida o simples palabras. No decía mucho, pero su presencia le daba ancla, como si lo tangible pudiera resistir por momentos lo intangible.

Esa tarde, la niebla se abrió un poco, y ella decidió bajar al pueblo. Necesitaba moverse, pisar tierra. Necesitaba ver rostros que no le hablaran desde el mar.

Entró en la vieja biblioteca municipal. Apenas iluminada, apenas atendida. Un hombre de barba gris y anteojos torcidos la saludó con un gesto vago y se perdió tras un estante. Isidora caminó hasta la sección de archivos históricos. Casi todo estaba en cajas húmedas, con etiquetas descoloridas.

Revisó nombres, fechas, desapariciones. Todas antiguas. Pero algo se repetía: mujeres jóvenes, siempre entre los dieciséis y los treinta, desaparecidas sin explicación. Algunos casos cerrados con causas absurdas. Otros, simplemente archivados.

Un patrón.

Una cada treinta y tres años.

La más reciente, el caso de su amiga Lucía. La que se había mudado al pueblo hacía un año, y había desaparecido hacía apenas uno. A la misma edad que Rosalía había escrito su entrada más enigmática.

A Isidora le temblaron las manos.

Sacó su cuaderno y comenzó a tomar notas. Cada nombre. Cada año. Cada luna llena.

Volvió a la casona entrada la noche. Samuel la esperaba, sentado en la galería, con una taza de café tibio en las manos.

—¿Fuiste a la biblioteca?

Ella asintió.

—Hay un patrón —dijo—. Cada treinta y tres años. Una mujer desaparece. Siempre entre marzo y junio. Siempre bajo una niebla densa como esta.

Samuel no respondió de inmediato. Tomó un trago de café, como quien necesita tiempo para elegir bien sus palabras.

—Hay cosas que no están en los archivos —dijo por fin—. Cosas que se murmuran. Que se evitan. Algunas personas creen que las mujeres elegidas son parte de una deuda con el mar. Que la familia Montes fue la guardiana de ese pacto durante generaciones.

Isidora se quedó en silencio. El relicario parecía pesar más que nunca.

—¿Y si no es una deuda? —preguntó—. ¿Y si era una defensa?

Samuel la miró con atención.

—¿Contra qué?

Ella lo miró a los ojos.

—Contra algo que aún no se ha despertado del todo.

Un trueno lejano rompió el silencio. La niebla volvió a cerrar el cielo.

Y en el interior de la casa, el relicario brilló por primera vez.

Solo un segundo. Pero suficiente para saber que algo había cambiado.

Capítulo 8

La noche llegó sin transición, como si alguien hubiera apagado la tarde desde adentro. La niebla seguía pegada a las paredes como un animal enfermo, y la brisa marina, inusualmente cálida, olía a alga podrida.

Isidora no encendió luces. Caminó por la casa a oscuras, guiada solo por el rumor del mar y un impulso inexplicable de bajar al sótano. La trampa de madera crujió al abrirse. La linterna temblaba entre sus dedos mientras bajaba los peldaños húmedos. El aire era más denso ahí abajo, cargado de polvo y algo más: sal y tiempo.

Entre viejos baúles y marcos carcomidos por la humedad, encontró una manta de lana cubriendo algo rectangular. Lo destapó con lentitud. Era un espejo de cuerpo entero, con el vidrio levemente empañado y bordes de cobre ennegrecido.

No sabía por qué, pero no pudo evitar mirarse.

El relicario en su cuello vibró con un calor repentino, y la oscuridad se fue retirando de su visión como una cortina pesada.

Ya no estaba en el sótano.

Estaba en la playa.

No la de ahora, sino una más joven, más viva. Las olas eran más claras. El cielo abierto. Y sobre la arena, cuatro figuras encapuchadas formaban un círculo en torno a una quinta mujer, desnuda hasta la cintura, de cabello oscuro y mojado, con los ojos cerrados.

Isidora la reconoció al instante. Rosalía. Más joven que nunca la había visto, con una expresión serena y decidida.

Una de las figuras levantó un cuenco y pronunció palabras en un idioma que Isidora no entendía, pero que resonaban como un eco dentro de su cuerpo.

Entonces, otra figura se quitó la capucha. El rostro era claro, con rasgos delicados, piel pálida, labios apretados. Lucía.

—No… —susurró Isidora, aunque no tenía voz en esa visión.

Lucía caminó hacia el mar. El agua cubría lentamente sus pies, sus tobillos, sus rodillas. Se detuvo cuando el agua le llegó al pecho.

Rosalía la observaba con una mezcla de tristeza y respeto.

Un trueno sonó, igual al de la noche anterior, y la imagen se fracturó.

Pero antes de desaparecer, una sombra al fondo del acantilado apareció. De pie, lejos del círculo, oculto en la niebla. No llevaba capucha. No rezaba.

Miraba.

Isidora forzó la vista. Y aunque la figura se volvió borrosa al instante, juraría que la conocía.

El rostro era más viejo ahora. Más marcado. Pero era él.

Samuel.

El golpe en el pecho la hizo retroceder. Cayó sobre el suelo del sótano. Sudaba, temblaba, pero el espejo seguía allí, sin reflejar nada.

Corrió escaleras arriba. Salió al jardín. Necesitaba aire. Necesitaba certeza.

Samuel estaba en la galería, fumando. Tranquilo. Como siempre.

—¿Estás bien? —preguntó al verla tan pálida.

Ella asintió con un gesto seco. Pero por dentro, todo se quebraba.

Ahora sabía que Lucía había estado allí. Que Rosalía no la había abandonado. Que hubo un ritual. Una entrega. Y que alguien más había sido testigo.

Samuel había estado en ese acantilado.

La pregunta era cuándo.

Y por qué lo había ocultado.

Capítulo 9

El desayuno fue más lento que de costumbre.

Isidora se sentó frente a Samuel en la cocina, con el cabello húmedo y la vista fija en el vapor que se alzaba desde su taza. Él preparaba el café con movimientos tranquilos, casi automáticos, como si no notara la forma en que ella lo observaba. Pero lo hacía. Ambos lo sabían.

—¿Dormiste algo? —preguntó, sin girarse.

—Un poco —respondió ella, sin mentir del todo.

No mencionó el espejo. Ni el sótano. Ni la visión. Solo bebió en silencio, estudiando el ritmo de su respiración, los giros de sus frases. Buscaba una grieta. Una fisura en el relato.

—¿Tú conociste a Lucía? —preguntó de pronto, sin levantar la vista.

Samuel se detuvo un segundo, apenas perceptible. Luego siguió.

—De vista. Llegó al pueblo un año antes de… desaparecer. Era reservada. Educada. Tu abuela hablaba mucho con ella.

Isidora asintió con lentitud.

—¿Sabes si formó parte de algún grupo… más bien… tradicional? —fingió una sonrisa—. Dicen que algunas mujeres aquí se reúnen para hacer rituales antiguos.

Samuel rió con suavidad, casi con nostalgia.

—He oído rumores. Pero este pueblo está lleno de eso. Historias que nadie confirma. Mitos que se reciclan. ¿Por qué lo preguntas?

Ella clavó los ojos en los suyos.

—Porque creo que mi abuela no murió sola.

Samuel no respondió de inmediato. La miró, serio, pero sin sorpresa.

—No estás diciendo que la mataron, ¿verdad?

—No exactamente. Pero hay cosas que no cuadran. Y tú estabas aquí. La firmaste tú. Fuiste el primero en verla.

El silencio se instaló entre ambos, pero no era agresivo. Era el silencio del que mide cada palabra.

—Tu abuela murió de pie, mirando el mar —dijo finalmente—. Cuando la encontré, tenía los pies sumergidos en la espuma y las manos abiertas, como si ofreciera algo que ya no tenía. No parecía asustada. Parecía… lista.

Isidora tragó saliva. La voz de Samuel era calma. Sincera. Y sin embargo, algo la inquietaba.

Recordó el rostro en la visión. El del hombre parado en el acantilado. Era él. Más joven, sí. Pero con esa misma postura. Esa misma forma de mirar desde lejos, como si supiera todo y decidiera qué revelar.

Terminó su café y se levantó.

—Voy al pueblo. Necesito pasar por la biblioteca otra vez.

Samuel asintió.

—¿Quieres que te acompañe?

—Prefiero ir sola esta vez —respondió, sonriendo con suavidad.

Él no insistió.

Cuando salió de la casa, se detuvo en la galería por un momento, respirando hondo. El relicario latía contra su pecho. No era una alucinación: había algo debajo de todo esto. Algo viejo. Algo que involucraba no solo a las mujeres de su linaje, sino también a quienes las rodeaban. Los que observaban. Los que callaban.

Esa tarde, en la biblioteca, encontró algo más.

Un registro. Polvoriento. No del pueblo, sino del hospital rural, archivado con fecha de 1990. Una hoja médica. Caso clínico.

Nombre del paciente: Rosalía Montes.
Motivo de consulta: alucinaciones auditivas, insomnio crónico, períodos disociativos.
Tratante a cargo: Dr. Samuel Echeverría.

Isidora sintió cómo se le helaban los dedos.

Samuel no había llegado el año pasado.

Había estado aquí antes.

Mucho antes.

Capítulo 10

Volvió a casa bajo una llovizna débil, con los papeles doblados dentro de su chaqueta y las ideas aún más torcidas que las calles del pueblo. A cada paso sentía el suelo más blando, como si caminara sobre un terreno que ya había sido abierto antes.

Samuel había mentido.

O al menos, no había dicho toda la verdad. Estuvo allí cuando Rosalía aún era joven. La atendió. Diagnosticó. Archivó. Y luego, desapareció.

Isidora pasó toda la tarde sin hablar con él. Fingió cansancio, fingió hambre, fingió sueño. Esperó a que se encerrara en su cuarto y bajó al salón, con el diario de su abuela abierto sobre la mesa. Buscaba patrones. Símbolos. Frases repetidas.

Fue entonces cuando escuchó los golpes en la puerta principal.

Uno.
Dos.
Tres.

Firmes, secos. No como quien pide entrar, sino como quien llama la atención.

Se acercó, dudando. Abrió apenas. Afuera, una mujer se cubría con un impermeable oscuro, los ojos hundidos, la boca tensa. Su piel parecía no haber tocado el sol en años.

—¿Eres la nieta de Rosalía? —preguntó, sin rodeos.

Isidora asintió.

—Soy Carmen. Yo cuidé de tu abuela… hasta que ya no me dejaron verla. —Hizo una pausa—. Sé cosas que no están en los libros.

Isidora la dejó pasar. Carmen no olía a flores ni a sal. Olía a encierro, a guardado, a tiempo estancado.

Se sentaron junto al fuego bajo. Carmen sacó de su bolso una caja de madera pequeña. Dentro, recortes de periódicos, fotos antiguas, trozos de tela con símbolos dibujados a mano.

—Tu abuela me hablaba cuando ya nadie más le creía —dijo—. Yo la escuchaba. Ella decía que una vez, hace muchos años, en una noche como esta, algo se rompió en el pacto.

Isidora la miró sin parpadear.

—¿Qué pacto?

—El de las mujeres del agua. Las que ofrecían, las que veían. —Apuntó al relicario con el mentón—. Ese símbolo no es decorativo. Es una llave. Una marca. Una advertencia.

Sacó una foto de la caja. Rosalía, más joven, en una especie de ceremonia. A su lado… Samuel. Más joven también. Sosteniendo el mismo cuenco que aparecía en las visiones.

—Él no solo observó. Fue parte. El médico no cura a todas. Solo a las elegidas. Las que ven. Las que regresan.

—¿Y Lucía? —preguntó Isidora, sintiendo cómo su estómago se cerraba—. ¿Ella también fue elegida?

Carmen bajó la mirada.

—No era parte del linaje. Pero se acercó demasiado. Tu abuela quiso protegerla. Fue la última vez que se enfrentó al mar… y a Samuel.

El fuego crepitó en la chimenea como si respondiera.

Isidora volvió a ver el rostro de su amiga. La forma en que sonreía por la pantalla del teléfono, un año atrás, diciéndole que por fin se sentía en paz en ese pueblo nuevo, tan distinto, tan lleno de historias.

—¿Dónde está? —preguntó en un susurro—. ¿Está viva?

Carmen levantó la vista.

—Si preguntas eso, es porque ya sabes la respuesta.

El golpe en la puerta los hizo saltar. Esta vez fue más fuerte. Tres golpes, seguidos de un cuarto más leve.

Isidora se acercó a la ventana.

Era Samuel.

Quieto bajo la lluvia, sin moverse, con la mirada fija en la puerta cerrada.

Y en su mano, algo oscuro y brillante colgaba de una cadena.

No era su relicario.
Era otro.

Idéntico.

Capítulo 11

Samuel no tocó la puerta. Solo esperó, de pie, como si supiera que ella abriría.

Y lo hizo.

Carmen se escondió en la cocina sin que nadie se lo pidiera. Había algo en los ojos de Samuel que no era violencia ni urgencia, sino certeza. Como si llevara años practicando esta conversación.

—¿Puedo pasar?

Isidora no respondió. Se hizo a un lado. Lo dejó entrar.

El relicario que colgaba de su mano —idéntico al suyo— oscilaba suavemente mientras caminaba hacia el salón. No lo ocultaba. Tampoco lo ofrecía. Simplemente lo tenía.

Se sentó frente al fuego. Ella se mantuvo de pie.

—¿Desde cuándo estuviste aquí?

—Desde antes que tú nacieras —dijo él, sin rodeos—. Me fui. Luego volví. Como todos.

—¿Qué es esto? —preguntó, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. ¿Una secta? ¿Un rito? ¿Una maldición?

Samuel sonrió con tristeza.

—No es nada de eso. Ni siquiera tiene nombre. Es más antiguo que todo eso. No hay dogmas. Solo ciclos. A veces, alguien recuerda más de la cuenta. A veces, alguien escucha cuando no debería.

—Como Lucía.

Samuel bajó la mirada. Asintió.

—Ella no sabía lo que buscaba. Pero tu abuela sí. Por eso intentó esconderla. Sacarla del patrón. Romper la línea. Pero ya era tarde. El mar ya había cobrado su atención.

—¿Y tú? —susurró Isidora—. ¿Tú qué hiciste?

Él levantó la mirada. Y por un instante, en sus ojos, no había rastro de ironía ni de culpa. Solo agotamiento.

—Yo traté de salvarla.

Las palabras golpearon a Isidora con más fuerza que cualquier confesión. Porque sonaban verdaderas. Terriblemente verdaderas. Y eso lo volvía peor.

—Entonces… ¿por qué está muerta?

Samuel no contestó.

El silencio se alargó. En la cocina, Carmen contenía la respiración. La casa parecía sostenerse en un hilo invisible.

—Porque algunas cosas no quieren ser salvadas —murmuró él al fin—. Y otras… ya no pueden.

Isidora sintió cómo el relicario en su pecho se calentaba, igual que la noche de la visión. Pero ahora, el de Samuel también brillaba. En sincronía. Como si respondieran a una fuerza común. O a un llamado.

—Tú me cuidaste —dijo ella, dando un paso hacia él—. Me preparaste. Como a las otras.

Samuel no negó. Pero tampoco afirmó.

—¿Qué soy, Samuel?

Él la miró. La miró con una ternura tan honda que dolía.

—La que aún puede decidir.

Y entonces, algo se quebró.

El fuego en la chimenea estalló con un chasquido violento. Una ráfaga de viento cruzó la casa, aunque ninguna ventana estuviera abierta. El relicario de Isidora ardió contra su piel. El de Samuel cayó al suelo, y al tocar la madera, emitió un sonido metálico, casi orgánico. Como una campana antigua, pero más hueca. Más viva.

Carmen salió de la cocina, empalidecida.

—Ya viene —susurró—. Lo despertaron.

Samuel se levantó.

—Tienes que correr.

—¿Qué cosa?

Él no respondió. Le sostuvo la mirada.

—Tú ya lo conociste. En los sueños. En las olas. En los ojos de tu abuela. Pero ahora… viene por ti despierta.

Isidora retrocedió. El piso vibraba. No con fuerza. Con ritmo.

Como un tambor en lo profundo de la tierra. Un llamado.

—¿Y tú? —preguntó, temblando—. ¿Qué harás tú?

Samuel recogió el relicario del suelo.

—Lo que haga falta.

La miró por última vez. No con amenaza. Con una tristeza antigua. Y luego salió de la casa sin cerrar la puerta.

La niebla lo tragó sin esfuerzo.

Y ella supo, sin saber por qué, que esa sería la última vez que lo vería como humano.

Capítulo 12

La casa parecía respirar.

Cada madera, cada viga, crujía como si se estirara desde adentro. La lámpara del comedor parpadeaba con una frecuencia irregular, y el aire se espesaba con olor a mar, a sal, a algas fermentadas. Isidora se quedó quieta, en el centro del salón, con los dedos cerrados sobre el relicario que ardía contra su pecho como una brasa.

Carmen estaba sentada en la escalera, los ojos cerrados, murmurando palabras antiguas que no tenían traducción. No era rezo ni canto. Era un ritmo. Un intento de sostener el mundo mientras se doblaba.

—¿Qué está pasando? —preguntó Isidora, apenas capaz de sostener la voz.

—Él se fue para protegerte —dijo Carmen, sin mirarla—. Pero no puede detenerlo. No esta vez.

—¿Protegerme de qué?

Carmen la miró por fin, los ojos hundidos como pozos vacíos.

—De lo que han despertado. De lo que tú estás destinada a cerrar o a completar.

La casa vibró.

No como cuando un tren pasa cerca, ni como los temblores que a veces estremecían la costa. Esta vibración era interna. Como si algo se arrastrara por debajo de la tierra. Como si una criatura inmensa hubiera abierto los ojos y buscara su camino a la superficie.

El suelo se inclinó. No más de un centímetro. Pero lo suficiente para que el agua en un vaso cercano se desbordara hacia un solo lado.

Isidora corrió a la puerta. Afuera, la niebla era total. No podía ver ni un metro más allá del umbral. El mar rugía, pero no como una tormenta. Era un murmullo uniforme, rítmico. Como un lenguaje sin vocales.

—¿Dónde está? —susurró.

—Donde ha estado siempre —respondió Carmen—. En el agua. En los sueños. En ti.

La palabra la golpeó.

—¿En mí?

—Tú no eres la primera. Pero podrías ser la última. Si eliges.

Isidora tragó saliva. Los recuerdos se agolpaban en su mente como una marea sucia: el cuerpo frío de su abuela en la playa, las visiones del ritual, el rostro de Lucía en el agua. La figura de Samuel observando desde la niebla.

Y una certeza nueva, dolorosa: todo esto había pasado antes.

El relicario tembló. Y esta vez no solo brilló, sino que se abrió.

Dentro no había una fotografía ni una joya. Había un fragmento de obsidiana con una grieta vertical en su centro. Y al tocarla, sintió un pulso.

No suyo.

No humano.

Miró a Carmen.

—¿Qué es esto?

La mujer negó con la cabeza.

—La llave. Pero solo tú puedes saber qué abre.

Isidora se puso de pie, firme, aunque las rodillas le temblaban.

—Entonces tengo que ir. Al mar.

—No irás sola.

Carmen sacó de su bolso una tela vieja, la desenrolló y reveló una daga de cobre ennegrecido. Grabada con el mismo símbolo del relicario.

—Esto ha cruzado generaciones —dijo—. Solo se usa una vez.

—¿Para qué?

Carmen no respondió. Solo le sostuvo la mirada.

Isidora tomó la daga. Pesaba más de lo que parecía.

Abrió la puerta. La niebla retrocedió un metro. Y más allá, se distinguía un sendero invisible entre los árboles, hecho no de tierra, sino de agua detenida sobre la hierba. Un camino imposible.

Y ella lo siguió.

A cada paso, el relicario latía. El viento se volvió cálido. La noche dejó de ser noche. Era otra cosa. Un lugar entre los tiempos.

Y en lo alto, por primera vez desde su llegada, la luna se mostró entera. Roja. Inmóvil. Como un ojo antiguo que por fin volvía a mirar.

Isidora supo que había llegado.

A la orilla.

Y que al otro lado del agua, algo la esperaba.

Capítulo 13

El agua no se movía.

A sus pies, la orilla parecía suspendida, como si el tiempo hubiera olvidado avanzar. La luna roja la iluminaba desde un ángulo imposible, sin sombra, sin dirección. Cada grano de arena brillaba como vidrio molido.

Isidora avanzó.

Con cada paso, la superficie líquida no se rompía. No chapoteaba. Aceptaba su presencia con una quietud que resultaba más perturbadora que cualquier tormenta. La daga colgaba de su cinturón, y el relicario palpitaba contra su pecho con un pulso que no era humano, pero tampoco ajeno.

La bruma se apartó.

Y allí estaba.

En el centro de la bahía, una figura emergía del agua. No caminaba. Flotaba. No tenía rostro, pero sí ojos: dos grietas verticales que parecían mirar a través de todos los tiempos a la vez. Su silueta era alta, curva, de sal y de piel, con huesos que no correspondían a especie alguna.

Pero lo más extraño era que no era aterradora. No del todo.

Era hermosa. Antiguamente hermosa. Como una pesadilla que uno no quiere soltar.

La figura extendió un brazo.

Y habló.

No con voz. Con imágenes. Con pulsos en la sangre. Con recuerdos prestados.

Isidora vio a Rosalía, de niña, siendo llevada por su madre al acantilado.

Vio a Samuel, joven, aceptando un pacto que no entendía del todo.

Vio a Lucía, cayendo al mar sin gritar, pero con los ojos llenos de verdad.

Y luego… se vio a sí misma.

No como era ahora. Como había sido antes. En otros cuerpos. En otros tiempos.

Siempre allí. Siempre al final.

El ente del mar le ofrecía algo.

No salvación. No castigo.

Sino elección.

Un ciclo podía continuar. Una ofrenda podía repetirse. O podía romperse el pacto. Y con ello, las consecuencias.

Isidora sintió que la arena comenzaba a hundirse bajo sus pies. Que el agua la reclamaba.

Y entonces, una voz distinta la sacó del trance.

—Isidora.

Samuel.

Estaba de pie a la distancia, en la orilla, mojado, sangrando de la frente, los ojos abiertos como si no pudiera creer que ella hubiera llegado tan lejos.

—No lo hagas —dijo—. No te entregues. Aún puedes volver.

Pero la criatura ya estaba dentro de ella. No poseyéndola, sino resonando. Era un eco de algo que siempre había llevado adentro.

Isidora llevó la mano al relicario.

El fragmento de obsidiana brillaba como lava detenida.

Carmen le había dicho: solo se usa una vez.

La daga seguía colgando de su cinturón.

Podía clavársela al pecho. Podía arrojársela a la criatura. Podía enterrarla en la arena. Cada acción significaba algo. Y ninguna tenía retorno.

—¿Qué eliges? —susurró Samuel.

Y por primera vez, ella supo que él también había estado aquí una vez.

Había elegido mal.

El agua le llegó a la cintura.

El ente seguía esperando, sin ira, sin presión.

Solo paciente.

Ella levantó la daga.

Y la lanzó al cielo.

No al mar. No a su cuerpo.

Al cielo.

La hoja giró una, dos, tres veces… y desapareció.

La luna tembló.

El agua se quebró.

Y todo volvió a moverse.

Las olas se agitaron. El viento rugió. El ente retrocedió, sin gritar, sin sufrir. Solo perdiendo forma. Fragmentándose.

Como si nunca hubiera estado allí.

Isidora cayó de rodillas. El relicario se partió en dos.

Y en la orilla, Samuel lloraba. No por miedo. Por alivio.

Por fin, alguien había roto el ciclo.

Capítulo 14

Habían pasado nueve días desde la noche del agua inmóvil.

El mar volvió a su ritmo. Las mareas siguieron su curso. La luna cambió de fase. El pueblo, con su neblina y sus calles de tierra húmeda, continuó como si nada hubiera ocurrido. Pero algo había cambiado. Algo profundo. Algo que nadie decía en voz alta.

Rosalía, en sus últimos escritos, hablaba de un silencio nuevo. Isidora al fin entendía a qué se refería.

Ya no escuchaba voces en las olas.

No soñaba con Lucía.

Y el relicario roto, ahora guardado en una caja de madera sobre su escritorio, ya no vibraba ni brillaba. Pero tampoco pesaba. Era solo eso: una caja. Un símbolo vacío.

Samuel desapareció esa misma noche. No volvió a casa. No volvió al pueblo. Carmen dijo que lo vio por última vez caminando hacia los cerros, desarmado, sin abrigo, con los hombros rectos y el rostro en paz.

—Cumplió su parte —dijo ella—. Ahora le toca olvidar. O disolverse.

Isidora no preguntó más.

Pasó los días limpiando la casona. Pintó la fachada. Tiró los espejos viejos al vertedero. Regaló los libros que no servían y guardó solo los que hablaban de raíces, de plantas, de herencia. También volvió a escribir, como lo hacía de niña. No diarios ni reportes, sino fragmentos. Voces que merecían quedar. Historias de mujeres que desaparecieron para que otras pudieran quedarse.

Una tarde, bajó a la playa.

La marea estaba baja, y la bruma se alzaba como un velo fino. Se sentó sobre una roca, con los pies en el agua helada, y cerró los ojos.

No vio a Lucía.

Pero recordó su risa.

Tampoco vio a Samuel.

Pero recordó sus manos, siempre firmes, siempre temblando por dentro.

El mar seguía allí. No como enemigo, ni como guardián. Como lo que era: un cuerpo que respira. Que devora. Que da y quita.

Ella se levantó.

Volvió caminando sin mirar atrás.

La historia se había cerrado.

Pero su vida, por fin, comenzaba.


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Comentarios

user

Anonimo:

Muuuy bueno

Hace 10 horas

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