En la niebla

#acciÓn, #drama, #suspenso

SINOPSIS:

Cuando su mejor amiga desaparece en un pequeño pueblo rural lleno de secretos, Ela llega decidida a descubrir la verdad. Pero cuanto más se acerca a la realidad, más se enreda en una red de mentiras, miedo y traiciones. A su lado, Caleb, el enigmático detective local marcado por su propio pasado, se convierte en su único aliado… y en alguien por quien empieza a sentir algo inesperado. Sin embargo, la verdad que buscan podría destruirlo todo, y el mayor peligro no está fuera, sino dentro del pueblo. En un enfrentamiento final que desafía su confianza y coraje, Ela deberá luchar por su vida y por justicia, enfrentando una verdad que cambiará todo para siempre.

Capítulo 1 — Llegada

Ela bajó del autobús con la mochila al hombro y la mirada fija en el cartel gastado que daba la bienvenida al pueblo. El sol de la tarde caía lento, dibujando sombras largas sobre las calles de tierra y las casas bajas de madera. El aire olía a tierra mojada y humo, un aroma que, por un instante, la transportó a recuerdos lejanos, a días más simples. Pero no había tiempo para nostalgias. Venía por una sola razón: Lía.

Era imposible no haber oído hablar de la desaparición. El nombre de su amiga había sido noticia en todas partes. Fotos en los carteles de la estación, mensajes en redes sociales, reportajes en la televisión. Toda la ciudad parecía hablar de ella, como si la ausencia de Lía hubiera dejado un vacío palpable en cada rincón del pueblo.

Ela caminó por las calles con la cabeza baja, tratando de no llamar la atención. Sabía que era una forastera, y que la gente de allí no recibía visitas con los brazos abiertos, menos si venían a remover asuntos delicados. En la tienda del pueblo, una mujer mayor la observó fijamente, con los labios apretados, antes de volver a sus quehaceres sin una palabra.

La casa que había alquilado estaba al final de una calle lateral, una construcción modesta y algo descuidada, con las ventanas cubiertas por cortinas gastadas que apenas dejaban pasar la luz. La dueña, una mujer de voz áspera y mirada desconfiada, le había advertido con un suspiro que no hiciera muchas preguntas, que en aquel pueblo las respuestas solían venir con un precio.

—Aquí la gente cuida sus secretos, señorita —le había dicho—. Mejor no hurgar donde no le llaman.

Ela había asintido, pero por dentro sabía que no podía detenerse. No después de todo lo que habían pasado. Lía se había ido hacía un año buscando una nueva vida, pero hacía un mes que nadie sabía nada de ella. La policía local había hecho lo que pudo, pero la investigación parecía haberse estancado, y las preguntas crecían sin respuestas.

Al día siguiente se presentó en la estación de policía. El edificio era pequeño, con paredes agrietadas y un cartel que parecía sostenerse por pura voluntad. Al entrar, el aire olía a café rancio y papeles viejos. Allí la esperaba Caleb, el detective del pueblo, con una expresión que mezclaba cansancio y cautela.

—No solemos tener visitas —dijo con voz baja pero firme—. ¿Vienes por Lía?

Ela asintió, tratando de controlar el nudo que se formaba en su garganta.

—Sí. Ella es mi mejor amiga. Se fue hace un año y desapareció hace un mes. Sé que aquí todos la conocen. No puedo quedarme sin saber qué le pasó.

Caleb la estudió por un momento, como sopesando cuánto contarle. Luego se apoyó contra el escritorio con los brazos cruzados.

—Lía... era parte de este pueblo. Todo el mundo la veía, la quería, pero también había cosas que nadie decía en voz alta. Cuando desapareció, el pueblo se cerró aún más. Es difícil decir qué pasó, porque aquí el silencio pesa más que las palabras.

Ela sintió un escalofrío, pero mantuvo la mirada fija en sus ojos claros.

—Quiero ayudar a encontrarla —dijo—. No solo para mí, sino para todos los que la recuerdan.

Caleb la miró de nuevo, y por primera vez una sombra de algo parecido a comprensión cruzó su rostro.

—Entonces prepárate. Aquí nada es lo que parece, y cuanto más te acerques a la verdad, más lejos querrán que estés.

Ela salió de la estación con una mezcla de incertidumbre y determinación. El pueblo era un lugar pequeño y cerrado, con secretos enterrados bajo su tierra y en las miradas esquivas de sus habitantes. Pero no estaba dispuesta a rendirse.

Mientras caminaba de regreso a la casa, la luz del atardecer le dibujaba sombras largas y distorsionadas, como si la misma tierra intentara contarle historias que aún no estaba lista para escuchar.

Capítulo 2 — Primeras grietas

Ela despertó con el sonido lejano de un gallo y el aroma a café que se colaba por la ventana mal cerrada de la casa que había alquilado. Afuera, el pueblo comenzaba a desperezarse, con sus calles llenándose lentamente de vida y murmullos apagados. Desde la cama podía escuchar los pasos de alguien cruzando el patio, el crujir de las tablas viejas, la voz ronca de un hombre que daba órdenes a alguien más. Todo parecía fuera de tiempo, detenido en una rutina que no había cambiado en décadas.

Bajó las escaleras con cautela, sin prisa. En la cocina, la dueña la esperaba con un vaso de agua y una expresión que no revelaba nada.

—El desayuno no está incluido —dijo sin mirarla—, pero si quieres salir, la plaza es un buen lugar para empezar a conocer al pueblo.

Ela asintió y tomó el vaso, agradeciendo en silencio. Afuera, el sol comenzaba a calentar el aire frío de la mañana, y el pueblo cobraba color bajo una luz que parecía más bien una tenue esperanza.

Caminó hacia la plaza, con la mochila cruzada al frente y la vista baja, como si pudiera evitar las miradas curiosas que se posaban sobre ella. El mercado estaba montado en unas pocas mesas bajo toldos gastados, con puestos de verduras, pan casero y un par de artesanías que parecían más para los turistas que para los locales.

Una mujer de cabello gris y rostro marcado por los años la observó desde un puesto de flores. Se acercó con paso firme y voz firme.

—Eres la amiga de Lía, ¿verdad?

Ela se detuvo, sorprendida por la pregunta directa.

—Sí —respondió con voz medida—. Vine a buscarla.

La mujer asintió lentamente.

—No hay un solo rincón de este pueblo que no haya sentido su ausencia. Fue más que una vecina, fue una luz para muchos. Pero también hay cosas que prefieren no contar. Aquí, la verdad se guarda bajo llave, y no todos están dispuestos a abrir la puerta.

Ela sintió cómo una sombra se posaba sobre su corazón, pero también una extraña conexión con aquella mujer que hablaba con tanto dolor contenido.

Mientras se alejaba, notó que algunas miradas se volvieron más duras, más cerradas. No era bienvenida en todas partes. Eso lo tenía claro.

Más tarde, volvió a la estación de policía. Caleb estaba revisando unos papeles cuando la vio entrar. Esta vez, su rostro mostró una leve sorpresa, como si no esperara verla tan pronto.

—Pensé que te tomarías un tiempo para acostumbrarte —dijo con un tono que no era ni amable ni frío—. Pero si estás lista para empezar, hay algo que debes saber.

Ela dejó caer la mochila y lo miró fijamente.

—Dime.

Caleb cerró los ojos un instante, respiró hondo, y comenzó.

—Lía no desapareció por accidente. Aquí hay gente que no quiere que se sepa qué pasó. La policía local hizo lo que pudo, pero algunos dejaron que el caso se enfríe. Por miedo, por conveniencia, o por algo más. Si vas a seguir esto, debes estar preparada para lo que puedas encontrar.

Ela sintió que un escalofrío recorría su espalda, pero no retrocedió.

—Estoy lista.

Caleb la miró por un largo momento, y luego asintió, como dando permiso para que ella se adentrara en ese mundo cerrado y peligroso.

Mientras salía, Ela pensó en todo lo que tenía por delante: interrogatorios, secretos, alianzas inciertas, y quizás, lo más difícil, saber en quién confiar.

Pero no había marcha atrás.

El pueblo la esperaba con sus sombras.

Capítulo 3 — Voces y susurros

Ela comenzó a recorrer las calles con la determinación de quien sabe que cada paso puede acercarla o alejarla de la verdad. El pueblo no parecía cambiar mucho a simple vista: las fachadas desgastadas, las ventanas cerradas, los perros que ladraban desde lejos. Pero había algo en el aire que se sentía diferente, como si bajo esa calma superficial todo estuviera a punto de estallar.

Se detuvo frente a la cafetería, un lugar pequeño con mesas de madera gastada, donde un par de hombres mayores discutían en voz baja mientras sorbían sus cafés. Al entrar, el silencio se hizo más pesado. Los ojos de los presentes se clavaron en ella, algunos curiosos, otros fríos. Ela pidió un café y se sentó en un rincón, sacando de su bolso una libreta y un bolígrafo.

No tardó en escuchar fragmentos de conversación: murmullos sobre la desaparición de Lía, rumores de noches sin dormir, y palabras que sugerían miedo y precaución. Nadie quería hablar de frente, pero todos sabían algo.

Mientras tomaba notas, Caleb apareció en la puerta. Su presencia rompió el silencio con naturalidad, como si fuera parte del mobiliario.

—¿Quieres que hablemos? —le preguntó en voz baja mientras se sentaba frente a ella.

Ela asintió, sin apartar la mirada de la libreta.

—Hay más en este caso de lo que parece. La gente del pueblo guarda secretos. Algunos están relacionados con Lía, otros con cosas más oscuras. Y no todos quieren que escarbemos.

Caleb la observaba con una mezcla de advertencia y algo más que Ela no logró descifrar. Un destello de vulnerabilidad que apenas dejó asomar.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó en un susurro, sin juzgar.

Ela respiró hondo.

—Porque no es solo una amiga que desapareció. Lía confiaba en mí, y yo no puedo fallarle. Porque si alguien puede hacer que esto salga a la luz, soy yo.

Caleb la miró largo rato, y luego, con un movimiento casi imperceptible, le entregó una fotografía arrugada: era una imagen de Lía sonriendo, con el pelo al viento y un brillo en los ojos que parecía desafiar a todo el pueblo.

—Esto es todo lo que queda —dijo—. Lo único que la gente quiere recordar.

Ela tomó la foto, sintiendo un nudo en la garganta.

Mientras Caleb se levantaba para irse, Ela supo que lo que estaba comenzando no solo pondría a prueba su coraje, sino que también haría tambalear sus certezas sobre quiénes eran los aliados y quiénes los enemigos.

Capítulo 4 — Pistas entre susurros

Ela se despertó con el peso de la fotografía en su bolso, esa imagen de Lía que parecía contener todo un mundo que aún no comprendía. La casa donde se hospedaba era silenciosa, pero en su mente resonaban las voces y miradas del pueblo, cargadas de recelo.

Decidió salir temprano, antes de que el sol calentara demasiado. Su plan era visitar la pequeña biblioteca municipal, un lugar casi olvidado pero que, según Caleb, guardaba registros y archivos que podían ser útiles.

Al llegar, la bibliotecaria, una mujer menuda y nerviosa, la observó con cierta reserva, pero sin abrirse del todo.

—¿Buscas algo en particular? —preguntó con voz baja.

Ela explicó lo de Lía, mencionando la desaparición y la necesidad de entender mejor el contexto. La mujer suspiró y, después de unos segundos de duda, accedió a mostrarle algunos recortes de periódico y documentos archivados.

Mientras hojeaba las páginas amarillentas, Ela encontró un patrón inquietante: pequeños incidentes no aclarados, denuncias que nunca prosperaron, y un nombre que aparecía en varias notas: Calder, el apellido de Caleb.

Un escalofrío la recorrió, pero decidió guardar la impresión para sí misma. No podía dejar que su desconfianza la consumiera tan pronto.

Más tarde, en la plaza, Caleb la esperaba. Esta vez su mirada era menos severa, pero igual de reservada.

—La gente habla —dijo—. Pero solo cuando creen que nadie escucha.

Ela frunció el ceño, sintiendo el peso de sus palabras.

—¿Hay algo que no me estás diciendo?

Caleb permaneció en silencio un momento, luego respondió con voz baja.

—El pueblo tiene cicatrices que no quieren abrirse. Lía se metió donde no debía. Eso le costó caro.

Ela sintió una mezcla de rabia y tristeza. Pero también algo más, una conexión extraña que la mantenía atada a Caleb, incluso cuando cada instinto le decía que debía alejarse.

Mientras se alejaba, pensó en todo lo que había descubierto y en lo que aún quedaba por descubrir. El pueblo ocultaba mucho más que la desaparición de su amiga. Y ella estaba justo en medio de esa maraña.

Capítulo 5 — Sombras en la niebla

La niebla descendió temprano esa tarde, envolviendo las calles y haciendo que las luces de las farolas se volvieran tenues y difusas. Ela caminaba despacio, sintiendo que cada paso la acercaba a algo que no podía nombrar, una verdad oculta bajo capas de silencio y miedo.

En el pequeño café donde solía ir, las conversaciones se apagaron cuando entró. La gente se miraba entre sí, intercambiando miradas que hablaban de sospechas y secretos no dichos. Ela pidió un café, pero nadie se atrevió a hablar más allá de un saludo cortés.

Cuando Caleb apareció, la atmósfera se volvió aún más densa. Se sentó frente a ella sin pedir permiso, y sus ojos claros se clavaron en los suyos.

—Sabes que esto no es solo sobre Lía, ¿verdad? —dijo, con un tono que mezclaba advertencia y cansancio.

Ela asintió lentamente.

—Lo sé. Y no voy a darme por vencida.

Caleb suspiró y bajó la voz.

—Hay gente en este pueblo que haría cualquier cosa para que ciertos secretos permanezcan enterrados. Lía lo aprendió de la peor manera.

Ela tragó saliva, consciente del peligro que la rodeaba, pero también de que estaba demasiado involucrada para dar marcha atrás.

Esa noche, mientras la niebla se espesaba, Ela se encontró mirando por la ventana de la casa alquilada, pensando en Caleb, en Lía, en todo lo que estaba en juego. En un rincón oscuro de su mente, una pregunta persistía: ¿podía realmente confiar en el detective?

El pueblo guardaba muchas sombras, y Ela estaba decidida a enfrentarlas, aunque eso significara caminar sola entre ellas.

Capítulo 6 — Ecos y distancias

Ela despertó con la luz tenue que se colaba a través de las cortinas raídas. Afuera, el pueblo comenzaba a respirar con lentitud, pero en su interior, la incertidumbre seguía latiendo con fuerza. Sentía el peso de cada mirada, el silencio detrás de cada palabra no dicha.

En la cocina, la dueña de la casa le había dejado un vaso de agua y un pan duro sobre la mesa, gesto sencillo pero cargado de una amabilidad contenida. Ela tomó asiento y permitió que el silencio fuera compañía mientras repasaba mentalmente las piezas dispersas de la investigación. El rostro de Lía se le aparecía en fragmentos, sus risas y secretos, pero también el misterio que ahora envolvía su destino.

Decidió salir temprano hacia la plaza. Allí, bajo el toldo de un mercado improvisado, encontró a Mara, una mujer de mediana edad que tenía la mirada áspera pero los ojos cálidos. Mara había sido amiga de Lía y, sin embargo, su bienvenida fue fría, sus palabras cuidadosas.

—No deberías estar aquí, Ela —dijo Mara, mientras sus manos se movían nerviosas sobre un ramo de flores marchitas—. La gente del pueblo no olvida fácil, y menos cuando algo así pasa.

Ela se sentó junto a ella, intentando transmitirle confianza.

—Sé que es difícil. Pero necesito saber qué pasó. Lía no desapareció sola, y no podemos dejar que se pierda en el olvido.

Mara asintió, sus labios temblorosos.

—Hay cosas que no puedo decir en voz alta. Pero si quieres pistas, empieza por el bosque al norte. Lía solía ir allí cuando necesitaba escapar.

Ela tomó nota, sintiendo que ese consejo era una luz en medio de la oscuridad.

Más tarde, caminando hacia el bosque, el peso del día la alcanzó. El silencio entre los árboles era denso, apenas roto por el crujido de las hojas secas bajo sus botas. Las sombras parecían susurrar secretos, y el viento, un lamento lejano.

Mientras exploraba, el teléfono vibró en su bolsillo. Era un mensaje de Caleb: “Cuidado. No todo lo que ves es lo que parece.” Ela miró a su alrededor, sin entender bien a qué se refería, pero con la certeza de que no estaba sola en esa búsqueda.

Esa noche, volvió a la estación de policía. Caleb la esperaba, esta vez con menos distancia, pero sin dejar de ser cauteloso.

—El bosque no es seguro —dijo—. Hay cosas que el pueblo no quiere que encuentres.

Ela le devolvió la mirada, firme.

—No puedo quedarme de brazos cruzados.

Caleb suspiró, y por un momento, bajó la guardia.

—Entonces prepárate. Esto apenas comienza.

Ela salió, con la cabeza llena de preguntas y la determinación intacta. En ese pueblo donde cada esquina guardaba una historia, sabía que no podía confiar plenamente en nadie. Pero había algo en Caleb, algo que no terminaba de entender.

Mientras la luna iluminaba las ruinas de un pueblo que parecía vivir entre sombras y silencios, Ela se preguntaba qué precio tendría la verdad.

Capítulo 7 — Confesiones y recelos

El sol apenas asomaba cuando Ela llegó a la estación de policía. Había pasado la noche dando vueltas en la casa alquilada, con el recuerdo de las palabras de Caleb resonando en su cabeza. “No todo lo que ves es lo que parece.” Esa frase no la dejaba en paz.

Caleb estaba sentado detrás de su escritorio, repasando documentos, pero levantó la vista cuando Ela entró. Sin decir palabra, hizo un gesto para que se sentara.

—Ayer me enviaste un mensaje —comenzó él, con voz grave—. Dijiste que quería que tuviera cuidado. ¿Qué es exactamente lo que debo temer?

Ela dudó un instante, luego decidió ser honesta.

—Siento que alguien nos observa. Que no todos quieren que siga investigando.

Caleb asintió, casi como si confirmara un pensamiento propio.

—Este pueblo está lleno de ojos y oídos. No es solo la policía local. Hay gente que controla todo desde las sombras.

Ela lo miró fijamente, intentando captar cada matiz en sus palabras.

—¿Y tú? ¿Hasta dónde estás metido en esto?

Caleb frunció el ceño, apartando la mirada por un momento.

—Estoy aquí para proteger, no para perjudicar. Pero no todo es blanco y negro, Ela.

La conversación quedó suspendida en el aire, cargada de una tensión difícil de ignorar. Ela sintió que, a pesar de las dudas, algo la unía a Caleb. Pero también sabía que esa cercanía podía ser una trampa.

Al salir de la estación, el viento frío le golpeó la cara y, por primera vez en días, sintió un escalofrío que no venía del clima.

Sabía que estaba adentrándose en un terreno peligroso, donde cada verdad tenía su sombra, y cada aliado, su secreto.

Capítulo 8 — La frontera invisible

Los días en el pueblo transcurrían lentos, pero la tensión en el aire se volvía casi palpable. Ela sentía cómo cada paso que daba la acercaba a un límite invisible, una línea que los habitantes se negaban a cruzar y que, por algún motivo, Caleb parecía conocer demasiado bien. La relación entre ellos se enredaba en una mezcla compleja de desconfianza y una atracción contenida que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

Aquella mañana, al llegar a la estación, Caleb la esperaba en la entrada con el ceño fruncido, pero no dijo nada hasta que estuvieron dentro, lejos de las miradas curiosas. La oficina que le mostró era pequeña y modesta, casi un rincón olvidado dentro del edificio, con cajas llenas de documentos y archivos amontonados sobre una mesa.

—Esto no aparece en los informes oficiales —dijo Caleb, mientras abría un viejo expediente—. Son casos que quedaron sin resolver, desaparecidos como Lía, que la gente prefiere olvidar.

Ela observó las fotos y las hojas con detenimiento. Una en particular le llamó la atención: era una imagen de Lía, pero en la muñeca, casi invisible a primera vista, había una pequeña marca, un símbolo extraño que parecía un dibujo tribal.

—¿Qué significa esto? —preguntó Ela, levantando la mirada hacia Caleb.

Él suspiró, apartando la mirada un instante.

—Es un símbolo que ha aparecido en varios casos aquí, en la región. No es solo un pueblo con problemas de desapariciones, sino que hay un patrón. Algo que la gente evita mencionar.

Ela sintió un nudo en el estómago. Aquello superaba con mucho lo que esperaba encontrar.

Durante un rato quedaron en silencio, sumidos en la pesada atmósfera de secretos no dichos. Finalmente, Caleb habló con voz más baja, como si confesara algo que le costaba.

—Yo también tengo un pasado oscuro, Ela. Pérdidas que me marcaron de formas que aún trato de entender. Por eso tal vez soy tan cauteloso con este lugar.

Ela lo miró, sorprendida por la honestidad inesperada. Aquello la hizo sentir más cerca de él, pero también más vulnerable.

Cuando salió de la estación, el aire frío del atardecer la golpeó con fuerza. Caminó por las calles desiertas, repasando cada palabra, cada mirada. El pueblo parecía observarla, y ella sentía el peso de las historias que no querían ser contadas.

Al llegar a la casa, se sentó frente a la ventana, dejando que la luz tenue de la luna iluminara su rostro. Pensó en Caleb, en Lía, en el símbolo en la muñeca. En la línea cada vez más delgada entre la verdad y la mentira.

Lo que no sabía era que esa misma noche alguien los estaba observando desde la oscuridad, y que el peligro que enfrentaban estaba más cerca de lo que podían imaginar.

Capítulo 9 — Voces en la oscuridad

La noche en el pueblo era un manto pesado, casi tangible. Ela apenas podía oír el susurro del viento colándose por las rendijas de la vieja casa que alquilaba, pero el silencio estaba lejos de ser tranquilidad. Había algo en ese aire, en la manera en que la oscuridad parecía cerrar las paredes alrededor, que la ponía en alerta constante.

Sentada en la mesa de la cocina, con la fotografía de Lía extendida frente a ella, Ela repasaba mentalmente cada detalle, cada palabra escuchada durante el día. La marca en la muñeca, los archivos ocultos, los secretos que Caleb le había dejado entrever. Todo formaba una telaraña complicada, y ella era apenas una mosca intentando escapar.

El teléfono vibró en su bolsillo, interrumpiendo sus pensamientos. Era un mensaje de Caleb: “Ven a la estación. Hay algo que debes saber.” Sin dudarlo, Ela se levantó y salió, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.

Al llegar, Caleb la esperaba en la pequeña oficina. Su rostro estaba más tenso de lo habitual, y sus ojos claros reflejaban preocupación.

—Encontré algo —dijo sin rodeos—. Algo que puede cambiar todo.

Ela se acercó, y Caleb desplegó una serie de documentos y fotos que mostraban un patrón inquietante: varias desapariciones con la misma marca en la muñeca, todas relacionadas con personas que habían intentado descubrir demasiado.

—No es casualidad —continuó Caleb—. Alguien está detrás de esto. Alguien que no quiere que la verdad salga a la luz.

Ela sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Sabía que estaba metida en algo mucho más grande y peligroso de lo que había imaginado.

Pasaron horas hablando, compartiendo teorías y detalles, pero el reloj avanzaba y el peso de la noche se hacía sentir en cada sombra que se movía fuera de las ventanas.

Cuando Ela decidió irse, Caleb la detuvo.

—Ela, sé que esto te afecta más de lo que quieres admitir. Pero debes cuidarte. No todos aquí son quienes dicen ser.

Ela lo miró, sintiendo una mezcla de gratitud y recelo.

—Lo sé —respondió con voz firme—. Pero no puedo parar ahora.

Mientras caminaba hacia su casa, el viento la envolvía con una fuerza que parecía susurrarle advertencias. Sin embargo, Ela sabía que la única forma de encontrar la verdad era seguir adelante, aunque el camino estuviera lleno de sombras y peligros invisibles.

Capítulo 10 — La verdad oculta

La tormenta llegó sin aviso. El cielo se oscureció en cuestión de minutos y las primeras gotas golpearon con fuerza el techo de la casa. Ela estaba terminando de revisar unos documentos cuando un fuerte golpe resonó en la puerta. El corazón le dio un vuelco. No esperaba visitas a esa hora, menos con el clima así.

Abrió con cautela y encontró a Caleb, empapado y con la mirada intensa.

—Tenemos que irnos —dijo sin rodeos—. No están lejos.

Ela apenas tuvo tiempo de recoger algunas cosas cuando un estruendo sacudió la casa. Afuera, luces intermitentes y sombras que se movían rápido. Gritos lejanos que se mezclaban con el rugido del viento.

Salieron corriendo hacia la camioneta de Caleb, esquivando los charcos y los escombros que el temporal había traído. La tensión era palpable; no solo era la tormenta, sino la certeza de que estaban siendo perseguidos.

En el camino, Caleb explicó entre jadeos que habían descubierto un grupo que protegía esos secretos a cualquier costo. Que Lía había llegado demasiado cerca y por eso la habían hecho desaparecer.

Ela sentía la adrenalina mezclarse con un miedo profundo, pero también con algo nuevo: la certeza de que no estaba sola. Que, a pesar de todo, Caleb era un aliado.

Cuando creyeron estar a salvo, un destello cegador apareció detrás de ellos. Un disparo, el choque violento, y el mundo se volvió caos.

Ela abrió los ojos en el suelo, con el cuerpo dolorido y la respiración entrecortada. Caleb estaba a su lado, inconsciente pero vivo. El peligro era real, cercano, mortal.

En ese momento, mientras la lluvia golpeaba su rostro, Ela comprendió que la verdad tenía un precio muy alto. Pero también que estaba dispuesta a pagarlo.

El juego había cambiado.

Capítulo 11 — Entre heridas y certezas

Ela despertó lentamente, sintiendo un dolor punzante en el costado y la cabeza pesada. La lluvia seguía cayendo, golpeando rítmicamente el techo de la camioneta en la que estaba recostada. Caleb yacía a su lado, con un vendaje improvisado en la frente y respirando con dificultad.

La adrenalina del ataque comenzaba a ceder, dejando espacio para la realidad: estaban atrapados, sin saber en quién confiar, y con el enemigo más cerca que nunca.

Ela movió la mano lentamente, buscando en su bolso algo con qué limpiar las heridas. El silencio entre ellos era denso, cargado de palabras no dichas y miradas que hablaban más que cualquier frase.

Con un esfuerzo, Caleb abrió los ojos y la miró. No hubo necesidad de palabras. Ambos sabían que aquello era solo el comienzo de un camino peligroso, donde cada paso sería una batalla.

Cuando la tormenta amainó, Ela salió de la camioneta y miró hacia el pueblo que apenas se veía a lo lejos, envuelto en niebla y sombras. La búsqueda de la verdad ya no era solo una necesidad, era una cuestión de vida o muerte.

Capítulo 12 — La red se estrecha

El amanecer se filtraba con dificultad entre las nubes bajas cuando Ela y Caleb regresaron al pueblo. El ataque de la noche anterior había dejado una marca invisible en sus cuerpos y en sus mentes; la certeza de que ya no podían confiar en nadie, ni siquiera en aquellos que decían protegerlos.

Caminaban en silencio, el crujir de sus botas sobre la grava era lo único que rompía la quietud. Caleb finalmente rompió el silencio, con voz baja y cautelosa.

—Esto es más grande de lo que pensábamos. No solo desaparecieron personas, sino que alguien controla cada movimiento en este pueblo.

Ela asintió, apretando los puños. Sentía la furia crecer, pero también un cansancio profundo.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó.

—Tenemos que encontrar a Lía —respondió Caleb—. Y rápido. Pero para eso, necesitamos aliados.

Ela sabía que no podía confiar en cualquiera. Pero tampoco podía caminar sola.

Juntos fueron a visitar a Mara, la mujer del mercado que les había dado la pista del bosque. Su mirada se suavizó al verlos, y después de una larga conversación, accedió a ayudarles.

—Sé dónde buscar —dijo finalmente—. Hay un viejo granero al borde del bosque donde a veces se reúne gente que no quiere ser vista.

La noche siguiente, armados con linternas y precaución, Ela y Caleb se adentraron en el bosque. Cada crujido y sombra hacía que sus corazones latieran con fuerza. Cuando llegaron al granero, encontraron señales de vida reciente: huellas, restos de comida, y voces apagadas al interior.

Lo que vieron dentro les heló la sangre: un grupo de personas que hablaban en susurros, entre ellas una mujer que parecía conocer a Lía, y que les lanzó una mirada llena de miedo y advertencia.

Ela y Caleb se dieron cuenta que estaban entrando en una red mucho más compleja y peligrosa de lo que imaginaban. Y que la verdad estaba más cerca, pero también más mortal.

Capítulo 13 — La verdad en la penumbra

La noche había caído con toda su intensidad, envolviendo al pequeño pueblo en un manto de oscuridad que parecía tragarse cada sonido, cada movimiento. Ela y Caleb avanzaban con sigilo por el sendero que bordeaba el viejo bosque, la tensión entre ellos era palpable, como una cuerda tensa a punto de romperse. El granero se alzaba al final del camino, un monstruo dormido cubierto de polvo y telarañas, testigo mudo de secretos que nunca debieron ser descubiertos.

Cada paso era una mezcla de ansiedad y determinación. Ela sentía su corazón acelerado, no solo por el miedo, sino porque sabía que estaba a punto de descubrir algo que cambiaría para siempre la historia de su amiga y de aquel pueblo entero. Caleb caminaba a su lado, vigilante, con la mano apoyada ligeramente sobre el arma, sus ojos escaneando la oscuridad en busca de cualquier amenaza.

Al llegar al granero, se agazaparon detrás de un arbusto, observando a través de una ventana rota la escena en el interior. Un grupo reducido de personas, alrededor de siete u ocho, estaban sentados en círculo, sus rostros marcados por la fatiga y el miedo. Las voces eran bajas, pero Ela pudo distinguir fragmentos que le helaron la sangre: “Los que vigilan no perdonan... tenemos que mantenernos ocultos... el plan debe seguir...”

En el centro del grupo, una mujer llamó su atención. Era Clara, una vecina desaparecida meses atrás, alguien que Ela había conocido de vista, pero que ahora veía pálida, demacrada, con los ojos llenos de desesperanza y determinación a la vez. Ela sintió un nudo en el estómago. ¿Cómo había llegado Clara hasta allí? ¿Y qué hacía entre aquellos desconocidos?

Caleb apretó suavemente el brazo de Ela para llamar su atención, señalando que debían permanecer ocultos. Sus miradas se cruzaron, cargadas de complicidad y miedo. Aquella noche no solo desenterrarían secretos, sino que también pondrían a prueba la frágil confianza que se había ido construyendo entre ellos.

Los murmullos dentro del granero hablaban de un enemigo invisible y despiadado. "Ellos" eran mencionados con un temor reverencial, un grupo que controlaba cada aspecto del pueblo desde las sombras, asegurándose de que nadie cuestionara demasiado ni se acercara demasiado a la verdad. Hablaron de desapariciones, de amenazas veladas, y de la necesidad urgente de protegerse unos a otros.

Ela sintió que cada palabra pesaba como una losa sobre su pecho. La desaparición de Lía no era un hecho aislado; formaba parte de una red mucho más amplia y oscura. Y la verdad que buscaba estaba enredada en esa red, más profunda y peligrosa de lo que había imaginado.

Al salir de su escondite, Ela y Caleb sintieron la fresca brisa nocturna rozar sus rostros, un respiro en medio de la tensión. Caleb tomó la palabra, su voz baja pero firme.

—No podemos confiar en nadie aquí, Ela. Pero esto es lo que necesitábamos. Ya no estamos ciegos ante lo que enfrentamos.

Ela asintió, sintiendo una mezcla de miedo y resolución. Sabía que el camino que tenían por delante era peligroso, lleno de traiciones y secretos enterrados, pero también sabía que no podía dar marcha atrás. Por Lía, por ellos, por ella misma.

Mientras caminaban de regreso, una sensación inquietante los acompañaba: alguien los había estado observando. En la penumbra, una figura permanecía oculta, siguiendo cada uno de sus movimientos, esperando el momento justo para actuar.

Capítulo 14 — Ecos del pasado y la trampa oculta

La mañana siguiente amaneció con un cielo gris y pesado, presagiando tormenta. Ela se despertó con el recuerdo vívido de la noche anterior, las palabras susurradas en el granero aún resonaban en su mente como ecos que no podía silenciar. Cada detalle, cada rostro, cada sombra era una pieza que encajaba en un rompecabezas que crecía en complejidad y oscuridad.

Caleb ya estaba despierto cuando ella salió de la habitación que le habían prestado en la casa antigua del pueblo. Él la esperaba en la cocina con dos tazas de café humeante. La fragancia fuerte y amarga parecía ofrecer un poco de consuelo en medio del caos. Sin embargo, sus ojos reflejaban la misma preocupación que Ela sentía.

—No podemos quedarnos quietos —dijo Caleb sin rodeos—. Ahora que sabemos que Clara está viva y que el grupo en el granero existe, es solo cuestión de tiempo antes de que ellos actúen.

Ela tomó un sorbo lento, dejando que el calor recorriera su cuerpo. Luego habló con voz firme, aunque el cansancio asomaba en su mirada.

—Necesitamos aliados, Caleb. Gente en la que podamos confiar. Pero… ¿quién en este pueblo no tiene algo que ocultar?

Caleb frunció el ceño, entendiendo el dilema.

—Mara es una opción, pero no es suficiente. Tendremos que acercarnos a otros, y eso implica riesgos. —Hizo una pausa, evaluando las palabras—. Y debemos protegerte. No solo por lo que tú sabes, sino porque si algo te pasa, la verdad morirá con nosotros.

Ela asintió, consciente de la carga que llevaba encima. Estaba cansada, sí, pero la desesperación y la rabia la mantenían en pie. No podía abandonar a Lía, ni a todas las personas desaparecidas que ahora sabía estaban atrapadas en una red de mentiras y violencia.

Pasaron la mañana planeando y repasando cada pista, cada conversación, cada gesto. Caleb le mostró un mapa del pueblo y sus alrededores, señalando puntos estratégicos donde podrían encontrar apoyo o, al contrario, encontrarse con trampas.

Al caer la tarde, decidieron visitar a Mara para convencerla de que los ayudara a contactar a otros posibles aliados. La mujer los recibió en su pequeña tienda con una mezcla de recelo y preocupación.

—No todos aquí quieren ver la verdad —dijo Mara con voz baja—. Muchos prefieren vivir con la mentira, por miedo o por conveniencia. Pero si estás dispuesta a arriesgarlo todo, yo te ayudaré.

La conversación se prolongó, revelando secretos, nombres y lugares que Ela anotaba con detalle. Mientras escuchaba, Caleb la observaba en silencio, como midiendo cada palabra y cada reacción.

Cuando salieron de la tienda, la lluvia comenzó a caer, primero en gotas suaves, luego en un aguacero constante. Ela miró hacia el cielo oscuro y luego a Caleb, con quien compartía una mirada que hablaba más que cualquier palabra.

Sabían que estaban en el filo de la navaja, que el próximo movimiento podía ser el último. Y aunque el peligro se acercaba, la determinación de Ela no flaqueaba.

En la distancia, entre la lluvia y la oscuridad, una figura observaba. Esta vez, sin esconderse.

Capítulo 15 — Bajo la lluvia y la sombra

La lluvia no daba tregua. Cada gota golpeaba con fuerza el techo de la vieja casa donde Ela y Caleb se refugiaban, como un tamborileo insistente que marcaba el pulso acelerado de sus pensamientos. Afuera, el pueblo parecía desdibujarse bajo la cortina de agua, y en esa atmósfera gris y opresiva, las sombras parecían moverse con vida propia.

Ela se sentó junto a la ventana, mirando cómo el agua corría en finos riachuelos por el cristal. Sentía el cansancio calando hasta los huesos, pero también una inquietud que la mantenía alerta. Sabía que lo que habían descubierto la noche anterior los había puesto en la mira de alguien que no dudaría en eliminar cualquier amenaza.

Caleb, sentado en un rincón con los brazos cruzados, la observaba en silencio. En sus ojos había una mezcla de preocupación y algo más difícil de definir, una mezcla extraña que Ela no terminaba de entender.

Sin levantar la mirada, Caleb habló.

—Tenemos que movernos pronto. Este pueblo no nos protegerá mucho más tiempo.

Ela respiró hondo y se levantó, dejando la ventana atrás.

—¿A dónde? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—A un lugar seguro, fuera del alcance de “ellos”. Pero no será fácil.

Se miraron largo rato, como si en ese silencio intentaran decirse cosas que las palabras no alcanzaban a expresar.

Entonces, Caleb se acercó y, por primera vez, rozó suavemente su mano. Fue un gesto pequeño, pero para Ela significó mucho más: una promesa silenciosa de que, a pesar del peligro, no estaba sola.

En ese momento, un ruido seco resonó en la puerta principal. Ambos se tensaron al instante. Caleb se acercó sigilosamente, cogió su arma y se dirigió hacia la entrada, mientras Ela se escondía detrás de un mueble.

La puerta crujió, y una figura apareció en el umbral, empapada y cubierta de barro. Era Mara. Sus ojos eran una mezcla de miedo y urgencia.

—No tenemos tiempo —dijo jadeando—. Vienen por nosotros. Ya saben dónde estamos.

La tensión explotó en la habitación. Caleb asintió y en un instante comenzaron a recoger lo imprescindible para salir. La lluvia continuaba su sinfonía implacable, mientras los tres se preparaban para una huida que podía ser definitiva.

Ela sintió, por primera vez en semanas, el frío verdadero de la incertidumbre. Pero también la fuerza de saber que, aunque el camino fuera oscuro, caminaba acompañada.

Capítulo 16 — Huida en la tormenta

La tormenta arreciaba con una furia casi sobrenatural, como si el cielo quisiera castigar al pueblo por los secretos que ocultaba. La lluvia caía en cortinas densas, empapándolo todo, mientras Ela, Caleb y Mara avanzaban a tientas por el sendero embarrado que bordeaba el bosque. La tierra mojada se pegaba a sus botas, dificultando cada paso y ralentizando su avance, pero la urgencia era más fuerte que el cansancio que pesaba en sus cuerpos.

El aire estaba frío y húmedo, y cada aliento formaba una pequeña nube que desaparecía rápido en la noche. Ela sentía el agua filtrarse por las costuras de su chaqueta, pegándose a su piel y erizándola. Sin embargo, nada de eso importaba. Solo había un pensamiento fijo en su mente: escapar, sobrevivir, encontrar respuestas.

Caleb iba delante, con el rostro tenso y los ojos abiertos de par en par, como un cazador que no se permite distraerse ni un instante. En su mano, apretaba el arma que habían logrado conservar, preparado para disparar si era necesario. Su cuerpo firme y musculoso se movía con precisión entre los arbustos y raíces, guiando a las dos mujeres sin dejar rastro evidente.

Mara, aunque débil por la tos que la aquejaba, hacía lo posible por mantenerse al ritmo. Sus pasos eran inseguros, y cada respiración parecía un esfuerzo sobrehumano. De vez en cuando, lanzaba miradas hacia atrás, como si el miedo quisiera asfixiarla desde lejos. Ela sentía un apretón en el pecho al verla así, pero no había espacio para la compasión en ese momento; debían seguir adelante.

A lo lejos, entre la penumbra y el estruendo de la tormenta, Ela creyó escuchar voces apagadas y pisadas apresuradas. El sonido se mezclaba con el retumbar de la lluvia y los truenos, pero el instinto no la engañaba. Alzó la mano para hacer una señal de silencio, y Caleb frenó en seco, girando la cabeza hacia ella.

—Nos siguen —susurró Ela, con voz tensa—. No estamos solos.

Los tres se detuvieron por un momento, escuchando en la oscuridad. Un murmullo más fuerte llegó hasta ellos, fragmentos de palabras y órdenes susurradas, pero sin poder distinguirse con claridad. El corazón de Ela latía a toda velocidad, mientras la adrenalina empezaba a apoderarse de su cuerpo.

—Tenemos que movernos, rápido —ordenó Caleb—. Hay un claro no muy lejos de aquí. Podemos escondernos allí hasta que pase lo peor.

Ela asintió, sabiendo que no había alternativa. Reanudaron la marcha con pasos más cautelosos, atentos a cada sombra y ruido que se cruzaba en su camino. El barro dificultaba el avance, y la lluvia se había intensificado, cayendo en cascadas que golpeaban sus rostros y empañaban sus gafas.

De repente, un disparo rompió la noche, un sonido seco y violento que retumbó entre los árboles. Mara gritó y cayó al suelo, llevándose una mano al costado, la sangre manchando la tierra oscura. Caleb reaccionó al instante, cubriéndola con su cuerpo y disparando hacia la dirección del ataque sin mirar.

Ela sintió el miedo apoderarse de ella por un instante, pero rápidamente lo transformó en rabia y determinación. Sacó su propia arma, una pistola que Caleb le había entregado hacía unos días, y apuntó hacia donde creyó ver movimiento.

—¡No podemos quedarnos aquí! —gritó Caleb—. Si paramos, estamos muertos.

Ela ayudó a Mara a levantarse con cuidado. La mujer estaba débil, pero se aferraba a la vida con una fuerza sorprendente. Los tres comenzaron a correr, esquivando troncos caídos y saltando sobre charcos de agua lodosa.

El sonido de pasos apresurados detrás de ellos se hacía cada vez más fuerte, y las voces se acercaban, mezcladas con órdenes que indicaban que sus perseguidores no estaban dispuestos a dejarlos escapar.

Ela sentía cada latido de su corazón como un tambor, cada respiración era un esfuerzo, pero el miedo no podía vencerla. Recordó la cara de Lía, la urgencia de encontrar respuestas y la necesidad de exponer la verdad. No podía fallar ahora.

Cuando llegaron al claro, una zona abierta cubierta de hierba alta y rodeada por árboles gruesos, Caleb ordenó que se escondieran. Las ramas y arbustos eran su única protección, pero la esperanza era poca.

—Quédense bajas —susurró Caleb—. Intentaré distraerlos.

Ela quería protestar, pero sabía que esa era su mejor oportunidad. Caleb salió del escondite, caminando hacia la dirección de las voces con pasos firmes, dispuesto a atraer la atención hacia sí mismo.

Ela y Mara permanecieron inmóviles, con el corazón en la garganta, viendo cómo Caleb se alejaba bajo la lluvia torrencial.

Pasaron minutos que parecieron horas. Ela mantenía la vista fija en la silueta de Caleb, que se movía con seguridad a través del bosque, disparando tiros al aire para mantener a los perseguidores ocupados.

Pero entonces, de repente, un sonido diferente, un grito desesperado cortó el aire, seguido de un disparo. Ela contuvo la respiración. Algo había cambiado.

Sin pensarlo, salió de su escondite y corrió hacia el lugar del grito, con Mara tambaleándose a su lado.

Allí, entre la maleza y la oscuridad, encontraron a Caleb en el suelo, apoyado en un árbol, con una herida profunda en el brazo y el rostro pálido. Su respiración era dificultosa, pero sus ojos seguían fijos en Ela con determinación.

—Tienes que seguir —le dijo con voz áspera—. No dejes que ellos ganen.

Ela sintió las lágrimas quemando sus ojos, pero negó con la cabeza. No iba a perderlo, no ahora. Con esfuerzo, ayudó a Caleb a levantarse y lo sostuvo contra su cuerpo, mientras la tormenta seguía golpeándolos sin clemencia.

Sabía que esa huida apenas comenzaba, y que las próximas horas decidirían si sobrevivían para contar la historia o si serían tragados por las sombras que acechaban en aquel pueblo maldito.

Capítulo 17 — Confesiones en la tormenta

La lluvia no había dado tregua desde la madrugada, y aún así, Ela y Caleb avanzaban con dificultad entre los senderos fangosos que serpenteaban al borde del bosque. Caleb cojeaba ligeramente, la herida en su brazo le dolía con cada movimiento, pero su determinación parecía más fuerte que el dolor. Mara caminaba tras ellos, agotada, sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y esperanza.

Ela sentía el peso del silencio entre ellos, no un silencio cómodo, sino uno cargado de pensamientos que nadie se atrevía a compartir. Finalmente, Caleb rompió la quietud con una voz ronca.

—Nunca te conté cómo empezó todo esto —dijo, mirando hacia adelante, sin apartar la vista del camino—. Mi esposa… ella desapareció durante el primer gran ataque en el pueblo. Fue la misma noche en que tus padres murieron.

Ela tragó saliva, sintiendo cómo un nudo se formaba en su garganta. No sabía si estaba preparada para escuchar más, pero necesitaba entender quién era el hombre que ahora luchaba a su lado.

—Lo busqué por meses —continuó Caleb—. Pero nunca lo encontré. Y cuando empecé a ver que había más personas desaparecidas, que el pueblo ocultaba cosas… supe que había algo peor que la guerra.

Ela miró a Caleb de reojo. Por primera vez, vio más que un detective endurecido; vio a un hombre marcado por la pérdida, por la culpa, pero también por la esperanza.

—¿Y crees que la desaparición de Lía está conectada con eso? —preguntó Ela, tratando de mantener la voz firme.

Caleb asintió lentamente.

—Más de lo que imaginas. Pero hay algo que no sabes. Algo que descubrí hace poco y que me ha dejado sin palabras. Algo que… podría destruirlo todo.

Ela sintió cómo la tormenta parecía intensificarse a su alrededor, como si la naturaleza misma respondiera a la gravedad de sus palabras.

—¿Qué es? —susurró.

Caleb se detuvo, respiró hondo y la miró con ojos cansados pero sinceros.

—El asesino no está afuera, Ela. Está aquí, entre nosotros. Y me temo que pronto tendrás que enfrentarlo cara a cara.

Ela sintió un escalofrío recorrer su espalda. La verdad que tanto había buscado estaba más cerca que nunca, pero también más peligrosa.

—No puedo dejar que se salga con la suya —dijo con determinación—. Lía merece justicia. Y yo también.

Caleb asintió, un destello de orgullo y tristeza cruzó su rostro.

—Entonces prepárate. Lo que viene no tendrá marcha atrás.

Mientras continuaban caminando, la lluvia comenzó a amainar, dejando paso a una niebla densa que cubría el paisaje, envolviéndolos en un silencio ominoso.

Ela sabía que estaba a punto de entrar en la parte más oscura del camino. Pero por primera vez, no lo hacía sola.

Capítulo 18 — La trampa se cierra

El amanecer llegó sin anunciarse. El pueblo estaba cubierto por una neblina espesa, que hacía que las calles parecieran desiertas y extrañamente silenciosas. Ela y Caleb se movían con precaución, conscientes de que cada paso podía ser observado, cada sombra un posible enemigo.

Sus cuerpos cargaban el cansancio acumulado, pero la urgencia por encontrar respuestas los impulsaba a avanzar. Habían decidido dividirse por momentos, buscar pistas entre las casas abandonadas y los rincones olvidados del pueblo.

Ela caminó lentamente por una callejuela angosta, su mirada atenta a cualquier detalle fuera de lugar. Recordaba las historias que había escuchado, los susurros de miedo, y la mirada huidiza de algunos vecinos. Algo no encajaba, y esa intuición la guiaba.

Mientras revisaba una puerta entreabierta, un ruido seco la hizo girar. Allí, en la penumbra, apareció el detective Henderson, con su expresión habitual impenetrable, pero con un brillo extraño en los ojos.

—No esperaba verte tan temprano —dijo, con una voz que no escondía la ironía—. ¿Buscando problemas, Ela?

Ela sintió un escalofrío. Algo en él la hacía desconfiar, pero ella estaba demasiado cerca de la verdad para detenerse.

—Solo buscando respuestas —respondió—. Sobre Lía. Sobre este pueblo.

Henderson se acercó un paso, y su sonrisa se volvió más fría.

—Ten cuidado con lo que buscas. Algunas verdades pueden ser peligrosas.

Ela retrocedió, consciente de que aquella conversación era solo el principio. No sabía que ese encuentro marcaría un antes y un después en todo.

Capítulo 19 — La verdad al filo de la noche

El aire estaba cargado de una quietud peligrosa, como si el pueblo entero contuviera la respiración ante lo que estaba por suceder. Ela avanzaba con pasos silenciosos por el sendero que conducía a la antigua estación de tren, el último lugar donde se había visto a Lía antes de desaparecer. La oscuridad la envolvía, pero ella no sentía miedo, sino una mezcla ardiente de rabia y determinación.

Caleb la seguía a unos metros, vigilante, su rostro una máscara impenetrable. Sabía que esa noche podrían enfrentarse a todo lo que habían estado evitando, y que la verdad podía ser más dolorosa de lo que podían soportar.

Mientras se acercaban a la estación, un destello metálico brilló en la oscuridad: una cámara oculta, observándolos. Alguien los había estado vigilando.

Ela se detuvo, sus sentidos en alerta máxima. En ese momento, una voz resonó a través de un altavoz oculto, una voz conocida, fría y calculadora.

—Bienvenidos, Ela y Caleb. Los estaba esperando.

Delante de ellos, emergió una figura de las sombras: el detective Henderson. Su sonrisa era cruel, su mirada penetrante.

—Creyeron que podrían descubrir la verdad sin consecuencias. Pero esta noche, todo termina.

Ela sintió cómo el aire se comprimía a su alrededor, como si el tiempo se detuviera. Henderson avanzó lentamente, sacando un arma.

—Fui yo quien desapareció a Lía —confesó con una frialdad helada—. Ella sabía demasiado. Y no podía permitir que alguien más se acercara a la verdad.

Caleb dio un paso adelante, levantando la voz con rabia contenida.

—¿Por qué? ¿Qué quieres proteger?

—Protejo el secreto que mantiene este pueblo en pie —respondió Henderson—. Pero ustedes están a punto de destruirlo todo.

Ela sintió que la adrenalina la inundaba. Era ahora o nunca.

De repente, Henderson apuntó el arma hacia ella. En un instante que pareció eterno, Ela reaccionó con rapidez, desviando el disparo y enfrentándolo cuerpo a cuerpo.

La lucha fue feroz, cada movimiento cargado de desesperación y coraje. Finalmente, Ela logró arrebatarle el arma y, con manos temblorosas pero firmes, apretó el gatillo.

El cuerpo de Henderson cayó al suelo, inmóvil.

Ela y Caleb se miraron, el peso de lo que acababa de ocurrir grabado en sus ojos. Habían sobrevivido, pero la batalla apenas comenzaba.

Porque la verdad, por fin, estaba al descubierto. Y con ella, la esperanza de justicia para Lía y todos los desaparecidos.

Capítulo 20 — Después de la tormenta

El sol comenzaba a asomar tímidamente en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja pálido. El pueblo, por primera vez en semanas, parecía respirar un poco más tranquilo. La muerte de Henderson había sacudido los cimientos, pero también había abierto una ventana de verdad y posibilidad.

Ela y Caleb caminaban por las calles vacías, con la sensación agridulce de quienes han perdido mucho, pero aún mantienen algo por lo que luchar. El silencio entre ellos ya no era tenso, sino cargado de complicidad y entendimiento.

—No fue un final fácil —murmuró Caleb, mirando el lugar donde Henderson cayó.

Ela asintió, con la mirada fija en el cielo despejado.

—Nada de esto lo fue. Pero por primera vez, siento que Lía y todos los demás podrían descansar.

Caleb la observó, el brillo de sus ojos mezclando tristeza y esperanza.

—¿Y ahora qué? —preguntó en voz baja.

Ela respiró profundo, sintiendo el peso de la responsabilidad que quedaba sobre sus hombros.

—Ahora... reconstruir. Hacer que este pueblo deje de ser un lugar de sombras. Que nadie más desaparezca sin ser encontrado.

Caminaron juntos hacia la salida del pueblo, conscientes de que su vínculo había cambiado, fortalecido por la lucha compartida.

Aunque la paz era frágil y el camino incierto, sabían que, al menos, no estaban solos.

Y que, a veces, la verdad duele, pero es el único camino para sanar.


+ Agregar Votar

Comentar:

Campo Requerido

Sobre nosotros

Soñamos con una biblioteca digital que reúna los clásicos de siempre con voces contemporáneas y autores emergentes de todo el mundo. Así nació Indream, una plataforma premium que combina tradición y modernidad en un catálogo diverso y en constante evolución. Hoy también incorporamos Indream Originals, obras únicas desarrolladas con inteligencia artificial y cuidadosamente editadas por nuestro equipo, manteniendo la esencia del escritor detrás de cada página.

Imagen