El origen de un destino / M. Agus Onestini

#fantasÍa, #juvenil, #romance

SINOPSIS:

En el aislado pueblo de Cumbre de Lordwick, Arabella Pericles regresa para desenterrar secretos familiares y enfrentar un pasado que la persigue. Convertida en la portadora de paz en un mundo hostil, deberá lidiar con fuerzas misteriosas, amistades leales y un destino que no puede evitar.

El origen de un destino. 

 El camino está pactado. 

El origen de todo.

Aun cuando por años se mantenía en la misma ciudad, llevando a cabo una rutina que repetía día a día, no dejaba de sentirse a la deriva. Tiempo atrás, un propósito la impulsaba a caminar, a cambiar de rumbo, o alistarse con la gente equivocada. Buscaba hasta en los lugares más recónditos, una pista o una señal que la acercara a aquella persona que perdió en su juventud, y de la cual no tiene memorias claras de cómo sucedió. 

 Cuando llegó a los límites de su mente, y el cuerpo; cuando perdió a las personas que más amaba: cuando no encontró más salida que la muerte, abandonó lo que la movilizaba, para adentrarse en una vida ordinaria. 

 Lejos de las luces de las farolas que la hacían tan grande e inalcanzable, como una actriz de los años dorados de Hollywood.   

 Lejos de las calles más peligrosas de New York o Inglaterra. De los hombres que la quería de su lado, como un arma segura. 

 Lejos del despilfarro, las sustancias tóxicas, los amores venenosos. 

 Cerca de ser una universitaria que conocía la historia como si la hubiese vivido.

 Cerca de los parques repletos de familias, que nunca pudo tener.

 Cerca de una vida austera, y aburrida para quien adoraba la atención del mundo. 

 En otras palabras, sin rumbo. 

Hasta que oyó su voz entre sueños, o su energía en una biblioteca, o en la oscuridad manchando la joya mas preciada que colgaba de su cuello. La condujo por un camino del cual no prestaba atención, ella no dudo en seguirlo. Después de todo, Arabella era así. No se detenía a pensar en nada. 

I

Caminos cruzados. 

 Dejó de ver por la ventanilla, para llevar la vista al collar. Lo tomó, y lo observó con atención, como últimamente lo hacía, como si allí mismo, en ese pedazo de piedra verde brillante, pudiera encontrar la respuesta a una cuestión eterna. 

 Sin embargo, algo más le molestaba, y no aquello que por años no pudo resolver. 

—¿Qué ocurre contigo? —preguntó, moviendo la piedra entre sus dedos—. Estás hecho para no fallar. Dame una señal, dime que solo fue un mal sueño.

 No iba a obtener una respuesta, de eso estaba segura. Dejó el collar tranquilo, y continúo contemplando el aburrido viaje en colectivo. 

 Pronto serian diez horas de viaje, y faltaban un par más. Lo que veía por la ventanilla, dejó de ser llamativo. Cada sombra formada por los árboles, cada espacio con luz que estos dejaban pasar por sobre sus copas espesas, el oscuro final entre los troncos, las criaturas que nadie más veía y hasta esas perceptible para el resto del mundo, todo allí se volvió lo más aburrido y monótono. 

 Sumando, que el trasero le dolía, y quería estirar las piernas, comenzaba a dudar de la decisión que tomó, sabiendo que existían modos más fáciles de ir de un punto a otro. Por eso, cuando el colectivo se detuvo, llegando al fin a su destino, no dudo ni un segundo en bajar. 

 Saludó con entusiasmo al chofer, quien le devolvió el saludo casi tan emocionado como ella. Apenas puso los pies sobre tierra firme, respiró el aire rural, y este recorrió cada parte de su cuerpo en cuestión de segundos. Sonrió, y suspiró, como si estuviera en el lugar que más extrañaba en la tierra. 

 Cuando la realidad, era la primera vez que estaba allí. La cumbre de Lordwick, situado en el noroeste de la provincia de Córdoba, Argentina, tenía como particularidad el no uso de vehículos motorizados (a excepción de los colectivos que llegan a la pequeña terminal). Era un pueblo pequeño que no aspiraba a hacerse ciudad, por eso no encontró información sobre festivales, o algún monumento conocido. Ni siquiera un plato típico que lo hiciera especial por sobre otros nombres. Y las localidades vecinas estaban muy lejos, al menos para ir a pie, como ocurría en otras partes de la provincia cordobesa. 

No era con exactitud el tipo de lugares en donde pasaría una larga temporada, pero Arabella estaba segura de querer intentar algo nuevo, una vez más.

 Sin perder más tiempo, tomó su gran maleta rosa, puso el mapa en el celular, y se dispuso a buscar el único hostal del lugar. No leyó más que el nombre del pequeño edificio de departamentos (lo que ella creía, y su alma citadina esperaba que fuera así), pues no siempre buscaba más información que un par de direcciones. 

 Continúo caminando, tratando de entender los símbolos e iconos confusos del mapa electrónico, sin alzar la vista en ningún momento como la fiel creyente de que el mundo se abría paso frente a su presencia. Lo que en más de una ocasión era cierto. Algo en su belleza, que rozaba lo mundano y angelical, hacia que el público se frenara para verla pasar, dándole la vía libre de andar con la seguridad suficiente de que no tropezaría con nadie. 

 Quizás era su larga y dorada cabellera. O sus brillantes ojos marrones que destellaban dando lugar a una suave miel, cuando el sol se posaba sobre ella. O la tan deseada juventud que llevaba a todos lados con tal orgullo que se creía la única sobre la tierra. 

 O eran sus labios rosas, y tersos.

 O su delgada figura. 

 O esa sonrisa compradora. 

 Cual sea la razón, la gente no se interponía en su camino. O no todos en su mayoría.

 Arabella chocó contra alguien, y por el suave impacto se fue hacia atrás. Por suerte, no llevaba nada entre sus brazos, más que la maleta rosa, y el celular que aún seguía en su mano. 

—Lo siento —dijo Arabella. 

 Levantó la mirada, y se encontró con la última persona que pensó que vería en mucho tiempo. ¿Era él? Allí entre tantos desconocidos, un rostro por demás amigable, conocido, amado de manera poco lógica. 

—¿Casper? —preguntó con voz trémula. 

—¿Arabella?

 Ambos sonrieron a la par, como si la manera en que sus nombres fueron dichos, sea la más especial en el mundo. Una dulce melodía que acariciaba sus almas, y los llevaba a los viejos tiempos, donde no dolía la presencia del otro. 

 Quienes los veían, aunque sea un poco más lejos, sabrían casi de inmediato que ellos dos eran más que simples conocidos, que algo más que una amistad los ataba.

 Arabella estaba segura que debía reaccionar de alguna forma que no sea solo verlo como si fuera el hombre-muchacho más hermoso que sus ojos tuvieron la suerte de ver. Un privilegio por encima de otros.   

—Si, aunque no lo creas aquí estoy —respondió ella, con una sonrisa. 

 Brillante, que no trataba de ocultar para nada lo feliz que le hacía verlo como si fuera la coincidencia mejor puesta por el destino. Aunque por fuera se viera como si la sorpresa no la hubiese perturbado de más, por dentro saltaba de alegría. Quería festejar haberlo encontrado de manera tan poco predeterminada. Sin embargo, se contuvo. No quería llamar la atención de más, ni dejar al descubierto que a veces podía ser algo infantil frente a unas situaciones.  

—Es, es una locura verte aquí —exclamo Casper. 

 Arabella pensó exactamente lo mismo. Es una locura, o más bien “tú me vuelves loca, pero no lo demostrare de inmediato” No cuando, entre perder la razón, y tenerla, en su mente había flashes de la ultimas vez que se vieron, y no se parecía a nada de lo que antes vivieron juntos. Entonces no se le hacía justo, volver como si nada, y le parecía mejor actuar como si nada. 

—Lo sé, ¿Quién diría que una princesa como yo, terminaría en lugar que no usan autos como aquí?

—Es lo que me pregunto —dijo Casper, y sonrió con tranquilidad. 

 Aunque por dentro sentía un torbellino de emociones y sensaciones. Desde lo que le provocaba verla allí, tan brillante como las gotas de rocío bañadas por el sol, como las veces antes de la última oscura noche que tuvieron juntos. Lo embriagado que se sintió tan de repente al oler el perfume a vainilla que llevaba a todos lados, como si fuera la dueña de la flor aquella. 

 Tan confundido. 

 Tan crédulo. 

 Tan lleno de preguntas. Las cuales tenía las mismas ansias de hacerlas, como de hincarse frente a ella, y agradecerle a quien sea por haberla puesto en su camino. 

 Habían pasado tantos días alejados, cubiertos por lo desconocido de lo que el otro estaría haciendo, tan alejados de manera física, tan presentes en sus memorias. Tantos años sin hablarse, sin verse, que se le hacía ridículo sentir en tan poco tiempo demasiado, más aún en el comienzo de un nuevo día. 

 Inmerso en sus pensamientos, hasta que su voz lo sacó a flote. Volvió a la extraña realidad de tenerla allí mismo. 

—Ya que tengo la fortuna de chocar contigo, me pregunto si me ayudarías a llegar a …

—¿Al alojamiento? —preguntó Casper, con entusiasmo. 

—Si, al alojamiento —respondió Arabella—. No me llevo bien con los mapas, en ninguna forma. 

—Claro, entiendo, algunas costumbres son difíciles de sacar —dijo Casper—. Vamos, te muestro el camino. Y podré hablar con la dueña, para que te haga precio. 

—¿La conoces? —preguntó Arabella—. Aunque, obvio, puedo pagar lo que sea, y más si es por tiempo indefinido. 

 Arabella no lo creyó cierto, hasta que las mismas palabras salieron de su boca. ¿Estaba dispuesta a dejar la vida que conocía por tiempo indefinido? El frio toque del collar contra la piel de su pecho, así lo indicaba. Un recordatoria, de porque en un principio se subió a ese ómnibus. 

 Y Casper, que lejos de mostrarse alegre, la incredulidad invadió su rostro, casi en la misma velocidad que Arabella dijo lo que dijo. 

 ¿Qué era un tiempo indefinido para ella? Se preguntó. Alguna vez, supo decir algo parecido para desaparecer cuando la noche apenas se hacía sobre la claridad del día. ¿Qué podía creen en ese momento? Casper se encontraba entre lo que conocía de ella, y lo que estaba dispuesto a creer. 

 Una vez más.

—Creo que eso suena bien —dijo, y rascó su nuca. 

—Lo es en realidad —dijo Arabella—. Busco cambio de aires, algo nuevo que trato de hacer más seguido. 

—En ese caso, llegaste al lugar indicado. Este lugar hace magia sobre los turistas —dijo Casper, tan incrédulo de sus palabras—. Ven, el alojamiento queda por acá. 

 Él dio un paso, y Arabella fue por detrás. Con algo de culpa por haberse chocado con él, por haber, una vez más, llegado sin avisar. 

Pero, ¿A quién le diría? Juraba que el destino le indicó que camino tomar, ella lo siguió sin cuestionar. 

 Iban en silencio. No tenía comparación con el encuentro.

 Él tenía tantas preguntas por hacerle, sin embargo, se limitó a verla cada tanto, e indicarle por donde debían ir. Iba señalando algunos lugares, como el bar donde trabajaba, la nueva disquera, o la muy antigua biblioteca. Estaba lejos de la vista, al menos desde ese lado de la vereda.  

—Mmmmh, interesante, me agrada una biblioteca así —dijo con cierto asombro.

 Mientras ella seguía alabando los lugares que apenas alcanzaba ver, Casper tuvo una idea. La cual creyó brillante. 

—Hay una vacante en el bar donde trabajo, me preguntaba si te gustaría considerar tomarlo. 

 Arabella lo vio con cierta extrañeza.

—¿A todas las turistas les ofreces trabajo? —preguntó Arabella 

—¿Sí? Digo, no —respondió dudoso—. Ahora que lo digo en voz alta, si suena raro. Fuera de lugar. Seguro vienes a descansar, y no a trabajar. Aunque sea por un tiempo indefinido. 

 Casper no quería decirlo en voz alta, porque si no sería parte de una extraña realidad que no estaba seguro de cómo afrontarla.   

—En realidad, suena ideal —dijo Arabella, con un poco más de calma—. Aunque sea por tiempo indefinido mi estadía, un ingreso viene bien. Como esas películas ideales.   

—¿Tu, dices de verdad quedarte acá por un tiempo? Hablamos de instalarse, ¿Un tiempo largo? —insistió Casper. 

—Si. No suena tan raro a que te ofrezcan trabajo de la nada, pero sí. 

 Casper parpadeo un par de veces, sin creerlo. 

—Acepto que tienes razón, y que los dos seguimos teniendo ideas particulares —dijo Casper—. Suena bien, que pases un tiempo acá.  

 Arabella sonrió, y detuvo su andar. Antes que él pudiera dar otro paso, alejándose más de ella, lo tomó de la mano, provocando un leve escalofrió. Otra vez el silencio, esta vez era distinto. No tenían idea de nada del otro, aun así, era más agradable que momentos atrás. Casper se percató del brillo en su mirada café, y como esta se hacia el lugar más cálido. Asegurándose lo de siempre, se podría perder en esta sin problemas, y ahora más que nunca. 

—Esta vez si —afirmó. 

 “Esta vez sí”, pensó Casper. ¿Alguna vez lo escuchó, o tuvo la certeza, o la más mínima esperanza de que podría pasar? No recordaba cuando fue la última vez que algo así atravesó su mente, pero estaba seguro que si sucedió. 

 Y toda su inseguridad se vio reducido a un suspiro.

—Eso, eso suena genial —dijo él dando una sonrisa de lado. 

—Así es —exclamó Arabella—. Ahora muéstrame el camino. 

 Le soltó la mano, llevándose esa electrificante sensación, y continuó por donde iban, con un claro entusiasmo. Arabella no dejaba de ser ella, una persona brillante, alegre, que ponía en duda un nuevo día, y hacia temblar hasta los cimientos más fuertes.  

 Casper negó al verla tan enérgica, y suspiró un tanto agotado o poco ilusionado. De nuevo. 

—Es por el otro lado Arabella —indicó al verla girar en la esquina incorrecta. 

—Lo sé —se oyó decir tras dar la vuelta.  

 Llegaron al hospedaje, Ojos de Gato. La fachada era como la mayoría de las casas, solo que este era un poco más alto que el resto, al menos unos tres pisos. De ladrillos vistos, de un color un poco más oscuro, y con algunas partes con revoque, que se notaba que estaban puestas de manera azarosa. Con balcones en la parte de arriba. Había algo en la estructura que le hacía recordar a alguien. No terminaba de formar una imagen en su cabeza, y comenzaba a sospechar que ella también conocía a la dueña del lugar. 

 Al entrar, nadie los recibió.

 Mientras Casper buscaba a la dueña del lugar, Arabella dejó la maleta a un lado, y se puso a recorrer la sala. La luz de la tarde atravesaba las cortinas anaranjadas, y dotaban a lugar de una confortable calidad. Sonrió con cada mueble antiguo que vio. Desde un viejo librero de madera lacada, lleno de libros y revistas de varios tipos, hasta los sillones color verde musgo, que hacían juego con el tapizado de las paredes de un tono casi parecido al de los muebles. 

 Había una mesa de café rectangular, bastante larga, de vidrio y patas de hierro oscuro, lo que le trajo recuerdos. Viejos, tanto como cada mueble del lugar. Y atando cabos, tembló al pensar en la dueña ausente del alojamiento. 

—¿Cómo llegó esto acá? — se preguntó, pese a tener una posible respuesta para eso. 

 —Magia —respondió Casper a lo lejos.

 Arabella quería decir que no se le hacía graciosa una respuesta tan poco elaborada como esa, pero estaba segura que era la única que existía. No quiso saber más nada, y las ganas de huir se fueron diluyendo.  

 Casper volvió hasta donde estaba Arabella, y chasqueo la lengua al ver que no había nadie. 

—Quizás salió algún lado —dedujo. 

—En ese caso, puedo ir contigo al bar y volver más tarde —dijo Arabella—. Conocer mi próximo lugar de trabajo. 

—Bueno, y en el caso que la dueña no se haga presente, tengo un sillón muy cómodo …

—¿Estás dispuesto a dormir en tu sillón muy cómodo por mí? —interrumpió, aguantando la risa. 

Casper sonrió coqueto, y asintió. 

—Si, salvo que la estadía en mi casa dure más tiempo, podremos pensar en algo más cómodo —dijo Casper, y le guiñó un ojo. 

¿Se sintió tonto a los pocos segundos de haber dicho eso? Si, y no tuvo tiempo suficiente para retractarse. Aunque, muy en el fondo, no quería hacerlo.   

 Arabella, no supo si lo que decía era de verdad o estaba jugando con ella. Lo único que pudo responder a ese inesperado avance fue una risa nerviosa. Tan mala idea no se le hacía, pero sabiendo como eran cuando corrían, prefería ir un poco más lento, e imploraba porque la dueña se hiciera presente en ese preciso instante. 

 Era cierto que algunas pasiones eran difíciles borrar de la piel, y ellos dos, hasta donde Arabella era consciente, se encasillaba en esos casos. Mas bien, lo que tenían, lo que nacía, o volvía a surgir cada vez que sus caminos chocaban, iba más allá de una pasión. Lo comprobó al instante en que volvió a notar su mirada oscura, o cuando tomó su mano repleta de anillos, sintió esa electricidad. 

 Era magia. 

 Pero tampoco quería asegurarse si Casper sintió lo mismo. Realmente necesitaba que la dueña hiciera su aparición, o cualquiera otra persona. Quien sea, no le importaba. 

 Y como si la hubiese invocado, en cuanto abrieron la puerta para irse, ella estaba del otro lado, con una radiante gata blanca en brazos, y un conejo color canela colgando del hombro. 

—¿Arabella? —preguntó la mujer del otro lado. 

—Oh, Circe —exclamo la rubia, tratando de ocultar su terror—. Y mira a quien tenemos aquí. 

 Tomó a la felina, y esta maulló. 

—White ¿Dónde te habías metido?

 Circe llamó su atención de vuelta, y tanto Arabella como la gata la vieron. 

—Arabella, ¿Qué, que haces acá? —preguntó Circe, un tanto irritada. 

 Casper quiso hablar, pero la mirada de poco entusiasmo de Circe, le hizo callarse tan rápido, como en algún momento tuvo ganas de hablar. Y Arabella se encontraba en la misma situación que él. 

—Bueno, ¿Alguno va hablar o los deberé obligar? —insistió frente al silencio de ambos.  

II

El mal augurio.

“17 de marzo, 1732

Querido diario, o lo que sea: 

  Circe ya no es la jovencita que conocí alguna vez. Se ha hecho una fuerte creyente de las normas sociales. Algo explicito cuando casi le ordena al hombre de su vida que las opciones para estar con ella no eran muchas. Casarse o dejar de verse en secreto como si fueran dos ladrones. Bueno, estoy por completo segura, que él no iba a dejar que ella se case con alguien más, y ella no se casaría con ningún otro ser humano que no fuera él.  

 Circe usa como excusa todo eso de las normas sociales, o lo de “primero mi esposo, luego lo demás”. Le gusta retar, y mandonear a la gente, sobre todo a mí, quien no soy la mayor seguidora de las normas. Sigue esperando a que me case con su hermano. Mas aun después de descubrirnos en la mansión de su padre, mejor dicho, en el estudio. Que, por cierto, él lo heredó, ella debería tocar antes de entrar. 

 En nuestra defensa, festejábamos con Casper que le hayan otorgado nuevos méritos en la Academia. A él le disgusta la herbología, de verdad hizo mérito. Circe debe entenderlo, la pasión de esa noche interrumpida, estaba por completo justificada.   

 Me pregunto ¿Qué ocurrió con la linda niña de rizos anaranjados que conocí años atrás? Se convirtió en una mujer, la de la espalda más rígida, y quien siempre mantuvo oculta su identidad al mundo. Aunque, debes en cuando, hace algún talismán para la protección, y lo “obsequia”, y nadie es capaz de hacerte creer que va a funcionar como ella.

 No sé cómo Circe es capaz de vivir una doble vida así, más aún teniendo amigos de sus mismas raíces, y un esposo que nunca sería capaz de señalarla por lo que es”.

• • •

 Casper las dejó solas. 

 Estaba más que claro que Arabella aún tenía cuentas pendientes con Circe. La rubia esperaba impaciente en la sala donde la gente esperaba a ser atendida, o pasaban el tiempo, era una zona en común. Esta vez sin ninguna otra persona que pudiera ayudarla en caso de emergencia. Comenzó a jugar con el amuleto que colgaba de su cuello, mientras sentía la penetrante mirada verde de la gata sobre ella. 

—Ya, deja de verme así —murmuró—, estoy segura que Circe va a …

—No haré nada de eso —dijo Circe. 

 Apareció detrás suyo, y dejó sobre la antigua mesa una taza con café y la otra con té. Arabella tomó la suya, y observó el vaporoso brebaje oscuro. Pensó que, si era algo hecho por esa mujer, que poco cariño parecía guardarle, este no tenía ni una pizca de azúcar. Lo comprobó cuando dio el primer sorbo. Aunque fue algo que notó con el aroma fuerte. Y la cara que puso, fue suficiente para sacarle una sonrisa a la pelirroja. 

 A la fuerza tragó el café más amargo y espeso que alguna vez probó, y llevó sus ojos a Circe. Esta no dejaba de verla con la seriedad de siempre. Tenía la habilidad de echar la mirada encima con el ceño fruncido para lograr poner nervioso a cualquiera. Ese era su rasgo más notorio, un semblante duro, de cejas pobladas, y ojos de diferentes colores, que ponían a temblar hasta la persona más estoica. 

 La combinación de esos elementos, comenzaban a surtir efecto en Arabella. La sonrisa le tembló, y rezaba porque empezara a hablar.   

—¿Me dirás que haces por esta zona? —preguntó Circe—. O sea, dices que vienes a quedarte, quizás Cas te crea, pero yo no. 

 Antes que Arabella pudiera decir algo, Circe se puso de pie. Le entregó esa mirada de reproche, una vez más. Era una expresión que no se suavizaba con el tiempo, sino todo lo contrario. Y no era solo la extraña mirada dotada de heterocronía, sino todo lo que componía a esa mujer parecía hacerse más duro con el correr de los años, desde la postura, hasta cada palabra que salía de su mordaz boca.

  Lo único que parecía esponjarse eran sus rizos anaranjados, que dependiendo cuando la veías, los tenía muy largos o cortos hasta los hombros. Como en ese momento.

—Es que no puedes llegar así nada más —exclamó—, no después de como desapareciste. No puedes, simplemente, llegar con una sonrisa y pretender que todo está arreglado.

 Dio un quejido.

  —Por una maldita carta —exclamó alzando los brazos—. ¿Quién demonios abandona a sus amigos por carta? Te necesitábamos y tu solo huiste. 

 Arabella sintió la furia en sus palabras, y ante los nervios que crecían, volvió a tomar la piedra verde del collar. Circe comenzó a enumerar razón tras razón, por la cual no debía haberse aparecido de la nada misma. Y por primera vez en muchos años, la rubia, que irradiaba una envidiable alegría, al menos en los últimos años, se sintió una niña a punto de quebrar en llanto. 

 Otra vez el silencio. 

—Entonces ¿Me dirás que haces? —insistió. 

 Arabella sorbió su nariz, pasó un dedo por el borde de su ojo, evitando que cualquier lagrima se filtrara. No, no iba a dejar que Circe, la persona más dulce hasta esa tarde, la hiciera llorar de esa manera. Porque si, ella podía tener la mirada que causaba miedo, pero en realidad, era la mujer más buena que tuvo la suerte de conocer.     

—Tienes razón, debí avisar ¿A quién? —cuestionó Arabella—. Hace años que perdí el rastro de cualquiera, si por mi culpa. Es cierto, aquí solo vengo por un poco de calma. 

—No lo sé, existen formas —dijo Circe, exasperada. 

—¿Tú has sabido algo de mi en los últimos años? —preguntó Arabella—. Estoy segura que no. Es lo mismo. 

—No es lo mismo, porque luego que me obligaste a dejarte, decidí que no quería saber nada de ti —respondió Circe—. Te alejaste tanto que no supimos más nada, y ahora solo llegas pretendiendo que todo siga donde lo dejaste. 

—No es cierto —exclamo Arabella—. A mí también me dolió lo que hice, y ahora. 

 Se pausó sin saber que más decirle, ¿Qué le podía decir, que odiaba mucho lo bien que llevaron a cabo su pedido? Arabella no se sentía en el lugar adecuado para hacerse la enojada, y que no resulte en más enojo. 

—Tienes razón —dijo—. Debí investigar un poco más, pero no, no tuve tiempo. 

—¿Qué?

—Yo, no me pude detenerme a nada, me subí a ese colectivo, y llegué hasta aquí —continuo, viendo a un lado—. He actuado por impulso. Como siempre, ¿Cuál es la diferencia ahora?

—Se supone que debe haber una diferencia —dijo Circe. 

—¿Puedes una vez no buscarle la lógica a la situación? —dijo Arabella—. Hay cosas que no quiero cambiar. 

 Circe la vio por un momento. Arabella la observaba desde el sofá, con aquella mirada marrón dotada de una falsa inocencia. No podía creerle, pero en su voz quebradiza notó cansancio. Entonces, quizás, si al día siguiente el pueblo seguía de pie, le podría creer. 

—¿Quieres un cuarto? —preguntó—. Supongo que sí, soy la única con un hospedaje aquí. 

—Si, por favor. 

 Se puso de pie, y tomó sus manos. Le sonrió, de manera tan cálida, ahora sí, tan dulce e inocente, que Circe terminó por claudicar. Si los años a ella hacia un poco más dura y hasta ruda, a Arabella parecía hacerla aún más encantadora. Lo era antes, desde el inicio de su amistad, y era lo que hacía que todo el mundo terminara por caer rendidos a sus pies. 

No necesitaba más que una sonrisa rozagante para eso.   

—Tengo para pagar un año entero —dijo—. Espero que eso sirva de algo.  

 O un par de palabras bien elegidas. 

 En el cuarto, uno amplio y de paredes color crema, con la misma franja color verde musgo que había en la sala de recibimiento, se recostó en la cama de dos plazas. Según Arabella demasiado, pues no acostumbraba a tanto espacio. Le hacía recordar a su tan lejana y peculiar infancia. No es que le disgustara, de ahí podía sacar los más lindos recuerdos. Pero, aun así, prefería una plaza, e ir olvidándose un poco de aquellos tiempos.   

Se estiró, lanzando un quejido. El viaje comenzó a pasarle factura, así también como los sentimientos de volver a ver a quienes una vez supieron ser personajes recurrentes en su vida. 

—¿De verdad que no sabía nada? —se preguntó. 

 No se cuestionaba porque los hizo alejarse de ella. En cierto momento, se puso triste cuando siguieron al pie de la letra su petición, pero luego les agradeció la obediencia. Pues Arabella terminó siendo lo que decían los rumores, también los creyó cuando los comenzó a vivir en carne propia. Todo por cada decisión que tomaba, y que parecía no ver lo terrible que podían ser, hasta que lo fue haciendo. 

 Cuando los alejó, ella también terminó por alejarse. Así fue que, comenzando el nuevo siglo, se decidió por pasar desapercibida. Algo que le costó, le hizo doler, y tornó su vida un poco más aburrida. Pero con el transcurso de los años, y ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, se fue acostumbrando a ser una más del montón.  

Una joven universitaria con un par de amigos, la moza que le llevaba el café a la pareja de ancianos, la niñera que lograba que los niños durmieran tranquilos, la chica que paseaba a los perros y se dejaba llevar por estos. Volteaban a verla, pero ella ya no tenía intenciones de ver a más nadie. 

 Sin notarlo, navegando entre recuerdos, cayó dormida.

 No es como si nunca antes se hubiese rendido al sueño repentino, y estar en la más densa oscuridad. Muchas veces prefería eso, que los sueños sin sentidos que solían formarse tras vivir más de lo que un humano promedio lo hacía. O los que se formaban tras un largo y agotador día. Ella, quien leía sobre los significados, o tenía amistades que le hacían lecturas, sabía que hacerlo durante esos momentos era una pérdida de tiempo.   

 Pero este sueño era distinto, la oscuridad misma era diferente. Se encontraba allí despierta, flotando en la nada, consciente de que ese lugar lo tenía presente de algún lado, pero ¿De dónde? Flotó sin miedo, tratando de encontrarse con alguien ¿Con quién? 

 Pronto, la oscuridad fue contra ella. Dejó de ser un sitio calmado, ahora el aire le faltaba, y lento la fue aprisionado, empujándola contra algún suelo. Y cuando llego a tocarlo, cuando sus pulmones estuvieron a punto de colapsar y sus huesos romperse por la presión, despertó.  

 Agitada, sin saber dónde estaba, con el corazón latiendo como si hubiese corrido una maratón, Arabella se sentó de golpe. 

 —¿Cuánto dormí? —se preguntó viendo a su alrededor. 

 No había más que una tenue oscuridad, irrumpida por la pálida luz de luna que entraba por la ventana con la persiana abierta. También se colaba el frio y los mosquitos. Pese a la suavidad del ambiente, no podía ver con claridad, y en medio de su sondeo vio un bulto a cerca de la puerta. 

 Cuando la vio moverse en su dirección, creyó que le iba a dar un infarto, hasta que la figura habló. Su voz familiar, la confundió a la vez que le generó cierta alegría.  

—Detente —ordenó. 

 Arabella llevó la vista a sus manos, y esta brillaban con una tenue luz rosa. Cuando las alzo al frente, pudo dar un respiro de alivio. 

—¿Tamy?

—Si, así que baja tus manos —insistió—. ¿Quieres ir a tomar algo? Tu invitas. 

 La rubia sonrió, y Tamy prendió la luz.

—Esa frase es mía —dijo Arabella. 

—Me la robaste a mí —dio una sonrisa un tanto coqueta, extraña viniendo de ella—. Todo lo que sabes, me los has robado a mí, Arabella Pericles. 

 Tras decir su nombre, la luz del cuarto parpadeo, hasta que el foco se fundió, hundiendo a las muchachas en una poco pesada penumbra. 

—Bien, acepto pagar el trago, pero dile tu a Circe sobre la luz —dijo Arabella.   

III

Dímelo a mí.

“Diario:

 La he conocido a ella. Una jovencita que se hace llamar la sobrina de Circe. No tiene ni un cabello de parecido, pues no son familia de sangre, pero ella la adoptó de alguna forma, algunos meses después de conocerse. 

 Digo jovencita, solo tiene un par de años menos que yo, así que hablare sin culpa al decir algo que pocas personas me hacen sentir. Me confunde, me provoco una extrañeza tan poco común viniendo de una mujer. 

 Tamara es algo prohibido. Primero por ser mujer, y segundo porque hiciera lo que hiciera, Circe estaría encima de mí, en cuestión de segundos. 

 Esto es algo, que, en definitiva, Casper no debe saber. Aunque algo nos une, y no es una etiqueta de nuestra relación, no creo necesario hablarle sobre lo que una mujer provoca. Lo entienda o no, ni siquiera es algo que hablaría conmigo en una noche de insomnio”. 

• • •

 Con Tamy era todo un poco diferente. 

 Mientras que con Casper no hacía más que quedarse muda, y con Circe temblar de miedo, con ella lograba entablar con facilidad una conversación. Era con quien más se vio en los últimos tiempos, y con la que menos renegó entre corrida y corrida. 

 Tamara o Tamy, era mucho más joven que ella, al menos unos diez años, aunque no se notaba en absoluto. Pues en aspecto físico, ambas conservaban su juventud. No permitía que nadie dijera ningún improperio en la calle sin librarse de una respuesta por esto, y al igual que la llamada tía Circe, con quien compartían una historia de unión y familia, llevaba una mirada fuerte. Azul como el cielo a punto de oscurecer, y capaz de mandar a cualquiera al demonio con echarle los ojos encima. 

—¿Cuándo teñiste así tu cabello? —pregunto Arabella. 

—Mmmm, hace unos años que vengo entre el lila, rosa y violeta —respondió pensativa—. ¿Hace cuanto no cortas el tuyo? Si lo tuvieras por los hombros todo sería diferente. 

 Arabella pensó una posible respuesta, no lo recordaba con exactitud, pero lo que si tenía muy presente es que el cabello corto no era lo suyo. Lo prefería del largo en que lo tenía, aunque eso dificultaba muchas situaciones. Como tener que huir entre la maleza sin que este se enganche con lo que sea. 

—Se sienten como siglos desde la última vez —respondió—. Extrañaba las charlas de chicas contigo. 

—Casi nunca las tuvimos —rio Tamy. 

—Por eso las extraño, porque no hay nada más difícil que hacerte hablar de estos temas —dijo Arabella, dando una sonrisa. 

—Está bien, en ese caso, tengo un labial que te va a encantar —dijo Tamy, y ambas se rieron. 

 Continuaron el camino hasta el bar hablando de banalidades. Aunque Arabella percibió lo mismo que en los demás, algo le quería preguntar. Se le hacía extraño que no le haya hecho un interrogatorio más a fondo. Porque de la policía mala que podía ser entre Circe y ella, Tamy era la peor. Nunca tuvo temor a ir directo al grano, ahora más bien parecía no querer llegar nunca. 

 No se quejó por la falta de interés. Es más, hasta le gustaba pensar que eran dos jóvenes que iban un día cualquiera de la semana por la noche a algún lado a hablar de lo que sea. Una vida así fue algo que aprendió a querer. Pues antes de abandonar los faroles, y evitar que la atención de mundo cayera sobre ella, lo más normal era salir y no saber cómo es que iba a volver en la mañana. 

 Al llegar al bar, pudo sentir al instante la mirada de alguien más. Buscando, se encontró con Casper que le sonreía desde la barra.

—¿Aun te gusta? —pregunto Tamy. 

 Arabella se encogió de hombros, prefería no decir nada al respecto, al menos en ese momento. 

—Deberíamos comer también, lo único que tengo en el estómago es el amargo y venenoso café de Circe —respondió en su lugar Arabella—. He venido de un largo viaje, y me quiero adaptar a las delicias del lugar. 

—¿Quieres pizzas?

—Si, por favor. 

 Casper se acercó a ellas, con esa sonrisa coqueta, pero Arabella estaba segura que la usaba en toda la clientela, y ya no se la reservaba a ella. A veces extrañaba eso que tenían, como esas muecas que solo se daban entre ellos. 

—¿Pizza, cierto? —pregunto al verlas. 

—Mejor si es con mucho queso —dijo la rubia. 

—Si, dile a Jess que use el mejor queso, no ese barato de la otra vez —añadió Tamy.

—Está bien, y solo por el rostro nuevo, la casa invita los tragos.

 Ambas se vieron con alegría por eso, aun sabiendo que posiblemente fuera una mentira de él. 

 Cuando Casper se fue, Tamy estuvo a punto de decir algo, pero Arabella le hizo guardar silencio de inmediato. 

—No me preguntes sobre él —dijo—Esta noche, respetaremos es test de Bechdel. 

—¿Lo dice en serio?

 En su voz se notó cierta indignación, lo que produjo una risilla en la rubia. 

—Lo digo muy en serio ¿Qué te sorprendes? Hablar de hombres, cuando hace años que no nos vemos, es aburrido —dijo. 

 Tamy rodó los ojos, y terminó por darle la razón. 

—Muy bien, entonces hablemos de Jane Austen —dijo Tamy. 

—Tampoco la pavada —dijo, dándole una sonrisa burlona. 

—Veo que manejas el español de la zona —dijo Tamy—. Eres una buena europea, haces tu tarea. 

 Tras la primera pizza, con tanto queso como deseaba, y los tragos que corrían por parte de la casa, sus risas no se hicieron esperar. Pronto Arabella se volvió a sentir cómoda junto con una muy, ahora si lo podía creer con seguridad, antigua amiga. Y es que recordar los viejos tiempos al lado Tamy era lo mejor. Iban de huir de un extraño altercado con la policía en los años veinte hasta bailar entre la muchedumbre, música sin sentido en los ochentas en una Alemania bastante extraña. 

 Estaba segura que con ella podía hacer relucir su lado más divertido hasta tener las peores discusiones, las más ruidosas. Y cuando estas fueron mucho más recurrentes que los buenos momentos, fue cuando notó que la relación tanto con ella como con el resto podía empeorar. 

 Cuando no hubo más que decir, y solo quedaba la mitad de la segunda pizza, Tamy tomó una postura distinta. Y Arabella vio a la gran policía mala acercarse. 

—Entonces, ¿Me dirás que haces en La Cumbre de Lordvick? —pregunto Tamy. 

 Arabella sonrió. Con el brazo hizo a un lado lo que había sobre la mesa, con cuidado de no tirar nada al suelo. Vio en dirección a la barra y notó la mirada de Casper sobre ellas, poniéndose nervioso de inmediato. Giró un poco más, vio a Circe, pero esta no se veía tan agradable.

  Y otra vez vio a Tamy. 

—Siempre con dobles intensiones, Tamara —dijo. 

—Eso —dio una sonrisa socarrona—, lo aprendí de ti. 

—Si, y un par de técnicas más —dijo Arabella—. Te diré lo mismo que a los otros dos. 

 Se puso de pie, sacó la billetera de su cartera, y dejó algo de dinero en la mesa. Aun en silencio, tomó el abrigo de la silla, y lista para irse, le dedico una minúscula sonrisa. Una que Tamy había aprendido a odiar con el correr de los años. 

—Vengo porque quiero un descanso —se limitó a decir—. No hace falta que me acompañes, se cómo llegar al hospedaje. 

Estaba enfadada porque nadie le creía. Aunque no les culpaba, era cierto que iba allí porque el mundo agitado de las grandes ciudades ya la había agotado. Había llegado a un punto en su vida, que, pese a la monotonía de la misma en los últimos años, esta se había vuelto ruidosa. Tanto que el mismo silencio, a penas contaminado con los ruidos de una ciudad mediana, la aturdían. Los dolores de cabeza eran algo frecuente, y la poca concentración a la hora de leer un simple hechizo la tenía harta. 

 Quería tranquilidad y pensaba hallarla en Lordvick, aunque nadie le creyera. 

 Llegó al cuarto del hospedaje. Enojada, tiró lo que traía al suelo, y se echó sobre la cama. Se hundió en el colchón, y comenzó a patalear como si fuera una niña. Como cuando apenas se acostó horas atrás, su mente se llenó de viejos momentos. Junto a sus amigos, cuando aún eran amigos de verdad, y no solo algo que estaba entre lo cierto y falso. 

 Extrañaba esos viejos tiempos, donde hiciera lo que hiciera, se podía solucionar invitándolos a cenar, dándoles la razón, o irse, para volver cuando la tormenta se hubiese calmado. Bien cayó en cuenta, lo mala amiga que lograba ser en algunas ocasiones.  

 Pensando en su muy lejano pasado, giró sobre si y se quedó viendo al techo. No lo había notado, pero algunas lágrimas prófugas caían por las mejillas. No sabía bien porque lloraba.

 Quizás estaba cansada de que la cuestionaran. 

 Quizás solo quería retroceder en el tiempo y cambiar un par de decisiones para evitar que la confianza de las personas que amaba se volviera algo frágil e inestable. 

 Quizás era sueño, o dolor de panza. 

 O simplemente extrañaba a alguien tan ausente que seguía presente en sus memorias. Aquella figura que fue tan importante, y que luego le causo pesadilla tras pesadillas.    

—Yo si te creo —dijo alguien. 

 Arabella comenzó a creer que Circe le dio aquel cuarto porque era fácil infiltrarse en este. 

 Buscando la fuente de tan peculiar voz femenina, en la barandilla del balcón, encontró a su peculiar dueña. Salió de la cama y se acercó a ella. La tomó en brazos, y la vio fijo a esos grandes ojos color verde como esmeraldas. Porque de verdad, aquella mirada felina era igual a dos piedras preciosas. 

—Ah, White, vieja amiga —sonrió—, tú siempre de mi lado. 

—¿De qué lado sino? —ronroneó la felina—. Te creo, sí, pero está claro que llegaste aquí por algo más.

 Arabella le dio una sonrisa ladina, y la dejó una vez más en su lugar, en un equilibrio perfecto.  

—Está claro que eres a la única que no le puedo ocultar nada —dijo.

—¿Se trata de tu collar? Se ve diferente. 

 Arabella tomó la piedra, y la vio con extrañeza. El color era un poco más oscuro que en otros tiempos, y tenía algunas manchas recientes que le era difícil de quitar. 

—Si, creo que algo le pasa —murmuro. 

—Le debes decir a Circe. 

—Si le digo creerá que tengo alguna maldición o algo por el estilo —dijo—. No quiero que se preocupe. 

—Pero, ¿Sabes que mientras más ocultes algo así, peor se podría tornar todo?

 Ella asintió y no dijo más nada. Aun así, si tuviera la fuerza para seguir hablando sobre eso ¿Qué diría? A su familiar no le podía mentir. 

Casper terminó de cerrar el bar, y a la salida estaban las dos amigas. Cuando lo vieron acercarse, detuvieron su charla, y le dieron una extraña mirada. Las dos por igual, era como decir que le tocaba, pero este no sabía con exactitud que le tocaba. 

—¿Me dirán que traman? —pregunto cruzándose de brazos. 

—Ser policías malas no sirvió —habló Tamy—. Creemos que es horas que actives tus encantos. Es tu ex …

—Y siempre, de alguna forma vuelven —continuo Circe. 

 El muchacho dio una risa de indignación, y continúo caminado sin decirles nada. 

—Vamos Cas ¿De verdad le crees el cuento? —exclamó Circe. 

 Circe lo detuvo, y este la vio con reproche. 

—Casper. 

—No lo sé —respondió con clara irritación 

—¿No lo sabes, o no lo quieres admitir? —cuestionó Tamy acercándose a ellos

—¿De verdad creen que tiene dobles intensiones? No hemos sabido de ella por años, ni una sola mala noticia. 

—Es cierto —afirmo Tamy—. Y ella daba muchas malas noticias. 

 —¿Saben? —dijo Casper, dando una leve sonrisa. 

 Hizo una pausa, y vio la mano que ella le tomó horas atrás. No había dejado nada en esta, ni siquiera conservaba su aroma, aun así, podía sentir esa chispa de magia. La que nacía con el solo roce de sus pieles. Algo que creyó que no volvería a sentir, o quizás jamás volvería ver, su piel, su mirada o tan solo su sonrisa. 

Había perdido cualquier esperanza. Porque cuando Arabella se proponía algo, lo que sea, lo cumplía. Y era hasta ese día en que lleva al pie de la letra no volver a hacerse presente en su vida.

  En la de ninguno.  

—No sabía lo mucho que la extrañaba hasta que la volví a ver —dijo, y frunció la boca—. Es raro, que aun después de tantos años sea capaz de eso. Soy un idiota o tal vez estoy maldito.  

Ella fue un recuerdo, a veces dulce y otras amargo, pero ya no. Se hizo realidad como un deseo que temió alguna vez haberlo dicho en voz alta. 

—Creo que soy un idiota por creerle —añadió Casper— ¿No es que merecemos una segunda oportunidad?

—O tercera o cuarta —exclamo la de cabellos anaranjados.

—Circe —dijo Casper con suavidad.  

 Circe rodó los ojos al oírlo, y suspiró cansada. No le podía reprochar por sus sentimientos, ella no era el claro ejemplo de superar a los viejos amores de inmediato. Apoyó una mano en su hombro, y Casper la miró con su mirada negra brillante por alguna razón. 

—Bien, voy a seguir pensado que algo más trama, porque no deja de ser Arabella, pero —hizo una pausa y tomó aire—, le daré una oportunidad. 

 Casper vio a Tamy, y esta también asintió, sin decir más nada. 

—Me alegro que aun tenga un poco de humanidad —dijo alegre el muchacho. 

 Cuando quiso darle un abrazo a Circe, esta hizo resistencia, y cuando al fin pudo librarse de él se fue de inmediato.  

IV

Un nuevo día en la Cumbre de Lordvick.

 Lento fue saliendo del sueño.

 No recordaba en qué momento de la noche se durmió de aquella forma. Y prefirió creer que fue por el gran cansancio emocional y físico, que la empujó a hacerlo de vuelta. 

—Al menos no tuve ningún sueño raro —murmuro. 

 Antes de abrir los ojos por completo, cubrió su rostro con la fina sabana rosa. La luz de la mañana, entraba por la ventana con la persiana alta, sin culpa. Haberse quedado dormida también significo no molestarse en nada. Seguía con la misma ropa, con el cabello rubio atado en una coleta a medio desarmar, y estaba segura que todavía seguía con el maquillaje. 

 Alguien llamó a la puerta, y con un gran esfuerzo aviso que ya saldría. Sin embargo, del otro lado parecían ansiosos porque le abrieran de inmediato. Así fue que, de malas ganas, salió, y se apuró en ver quien molestaba. 

 Era una niña, de largo cabello blanco y ojos azules. Aquello, más las pobladas cejas grises, la hacían particular. Era la combinación de dos personas que parecía conocer. 

—Mi mamá dice que salgas de la cama —avisó la niña. 

—¿Quién demonios es tu mamá? —preguntó tan irritada como confundida. 

 Cuando alzo la vista, buscando al bromista, al final del pasillo encontró a Circe. Esa criatura tenía algo que la mujer también. 

—Bien Lucero, baja a desayunar —ordenó la de cabellos anaranjados, con una dulzura maternal. 

 Arabella salió detrás de Lucero, y se acercó a la mayor. Siguió a la niña con la mirada hasta que esta salió de su radar, y ahora se dirigió a Circe. Estaba segura que la cara de confusión que tenía en ese momento se podía notar hasta a kilómetros de ella. 

—Si, es mi hija — dijo antes que Arabella hablara. 

—Pero es tan pálida y tu …

—Es igual al padre —dijo Circe, y sonrió. 

 Por un instante y al ver los rasgos de Circe suavizarse al nombrar al padre de la niña, pensó en una única persona, capaz de hacerla sonreír sin estar ahí. Así que solo pudo asentir, hacían una hermosa pareja, y eran una pareja hermosa, se alegraba demasiado de saber que luego de tantos años, hayan logrado tener otra hija. 

—¿Es una larga historia, cierto?

 Circe sostuvo el aire, estirado hasta los límites de su rostro pecoso la boca pintada de violeta, y alzó las cejas abriendo bien grande los ojos. Era su manera de decir que si, sin decir una palabra.

—¿Quieres desayunar con nosotras? Te invito a mi cocina. 

—Después de ese café no se si quiera entra tan rápido a tu cocina.

—Si, lo siento por eso —dijo Circe con pena en su voz—. Toma este desayuno como una bandera blanca ¿Te parece?

 La rubia no pudo contener la emoción de oír aquello. Sabiendo lo que era una bandera blanca para la pelirroja, lo tomó como ese pequeño paso que siempre debía dar antes que vuelva a ser la persona cariñosa que supo ser en su pasado. 

Tras el desayuno, que pasó tan ameno como no se podía esperar, se fue a dar una ducha. Circe no le había dado tiempo a nada, ni siquiera a ir removerse el maquillaje. Lo que por un lado agradeció en silencio, y no tanto por cómo se vería su rostro sin este. 

 El problema de Arabella no radicaba en que no se creía hermosas, por el contrario, le encantaba hacer alarde de esto. Era lo que más usaba cuando debía cubrirse a causa de una mentira revelada. Sabía que encajaba a la perfeccione en los cánones de belleza a lo largo del tiempo, y disfrutaba lo que conseguía siendo bella, la atención que le brindaba, y como también podía desviarla de ser necesario. 

  Admitía que tenía días malo, donde no podía controlar su cabello, o verse al espejo era una desdicha. Su autoestima andaba por el suelo, y aun así no dejaba que nadie más la viera con los ojos como ella lo hacía. Noches, donde más que una deidad capaz de arrebatarle lo más complicado a los hombres poderosos sobre la tierra, se sentía como un pedazo de tela arrugada que nadie quería tocar

  Aun así, la razón por la cual no mostraba el rostro sin una gota de maquilla, iba más allá de su estado físico o lo que podía ver en el espejo. Aquello era algo imposible de quitar, y solo se podía ocultar. 

Y había que estar atenta a ella las veinticuatro horas para poder descubrirlo. 

 Así que fue rápida, entre el trayecto de salir del baño sin una gota de maquillaje, hasta el cuarto. Se vistió con algo cómodo, y evitó a toda costa ese vestido que colgaba de una percha desde el borde del espejo. Por un presentimiento, se decía que debía ser más fuerte, y usar un short de jean que aquella simple pieza rosa que tanto le gustaba.

—¿Crees que no resistirán el impacto visual del vestido rosa? —preguntó White.  

 Arabella la vio a través del espejo y le dio una sonrisa cargada con picardía.

—No, y lo que pasa es que quiero salir a conocer. Comodidad, ante todo —dijo—. El vestido servirá para algo en algún futuro. 

 La felina se acero, y sentó frente a la rubia que no dejaba de arreglar la base del maquillaje. Movía su esponjosa cola como un péndulo, y la mirada verde indicaba algo más. 

—Si vas a decir una tontería, hazlo ya —dijo Arabella, casi exigiéndolo. 

—¿Hablamos de él, cierto? Bueno tiene sentido, se me hace que no los has superado todavía. 

 Arabella volteó a verla y se cruzó de brazos. 

—White, con él cruce ¿Tres palabras? Lo he visto en su trabajo, y me invito a dormir donde vive —dijo sin cuidado, y notó la mirada punzante de la gata—. Me negué, estoy acá. No ha pasado nada. 

—¿Entonces si lo superaste? Vamos, te quiero oír decirlo. 

 Como la noche anterior, no le dijo nada. Tampoco sabía que decirle. De repente se había transformado en una persona sin respuestas claras, incapaz de mentir viendo a los ojos. Aunque sabía que eso era una tarea imposible siendo que se trataba de un ser que la conocía de memoria. 

 •

 Aún era de mañana. Las diez, casi para las once. No había una sola nube en el cielo, tan claro, que Arabella se sorprendió de ver aquel color tan nítido; así mismo el calor de la hora no era sofocante, ni el sol llegaba a quemar la piel, u obligar a buscar una sombra para refugiarse. No había autos que atormentaban con el ruido de los moteres, ni personas que fueran tan apuradas como para ir chocando sin ver al frente. Pero era la brisa, que mantenía todo en un movimiento armónico, lo que le hizo detenerse a respirar ese aire tan libre de todo lo que se podía encontrar en una ciudad promedio.  

—¿Te gusta este lugar? —preguntó alguien. 

 Fue el sonido de su voz, además de todo lo que le rodeaba, desde los árboles entre casa y casa, los pájaros cantando desde lo alto de algún poste, lo que le saco una sonrisa. Genuina, e inocente. 

—Si, fue bueno haberme subido a ese colectivo sin ver a donde iba —respondió. 

 Giró sobre si, y lo vio. Brillante pese a los escasos colores de su ropa. 

 Casper se acercó, y la saludo con un beso en la mejilla. Y como si fuera una niña que recién salía al mundo, que nunca antes tuvo contacto con nada ni nadie, se sorprendió. 

 No entendía bien la razón. Si aquel muchacho, que podía pasar como enigmático para cualquiera que no lo conociera; porque alguna vez lo vio actuar frente a desconocidos de esa manera, sabía que era alguien que se mantenía al margen, que prefería pasar desapercibido, pese a su cabello pintado de azul oscuro, y de la mirada negra, cuando la realidad era eso que Arabella tenía en frente. Alguien cálido, que le gustaba sonreír con lo que sea que mereciera una sonrisa. Entonces su sorpresa con aquel beso en la mejilla era infundada. O quizás, era que hacía mucho que no la besaba ni siquiera con la cortesía que lo podía hacer con cualquiera que no fuera cercano a él.

 O quizás se trataba, el estar desacostumbrada a que la gente le trataran con esa gentileza, o los besos en la mejilla al saludar. 

O desacostumbrada a él.

—Entonces es cierto —dijo Casper, llamando su atención. 

 Así como se vio sorprendida por un simple beso, pronto se vio aterrada por una escueta oración. 

—¿Qué? —pregunto nerviosa. 

—Que sigues haciendo lo de siempre —respondió Casper—. Tamy apostó a que te subiste en el primer coche que viste, yo tuve ilusión. 

—¿Ilusión?

—Si, a que esta vez fueras más organizada —dijo—. Estoy seguro que si buscabas alejarte de la ciudad, esa táctica tuya te iba a meter en otra ciudad. 

 Arabella largó un suspiro, cargado con ruido y tranquilidad de que fuera eso. 

—Bueno, algunas mañas no cambian, como por ejemplo vestir de negro pese al calor —señaló Arabella. 

—Cierto, pero ahora soy más consciente, y uso pantalones cortos y musculosas —dijo Casper—. Lo aprendí de mala forma. 

—Me imagino que sí. 

 Hubo silencio. Otra vez no se animaban a entablar una conversación. Tenían tanto por decir, aun así, no hacían más que mantenerse callados, haciendo un poco más incómodo el momento.  

—Escucha, ¿Me quieres ayudar en el bar? —preguntó—. En unos días va a ver un … 

—Me encantaría — respondió Arabella, con evidente alegría.

 Estaba claro. Casper quería seguir a su lado, y solo tuvo tiempo para idear una excusa. Arabella esperaba con ansias a que le diera un motivo para acompañarlo a donde sea. Estaban dispuestos a hacer cualquier labor en sus tiempos libres con tal de hacer menos incomodos esos silencios.  

 Se encontraban en la entrada del bar, viendo a su interior. No estaba tan desordenado como Arabella pensó al oír la tarea de Casper. Hasta podía decir que se encontraba decepcionada por eso. Esperaba ver más que la simpleza de un lugar ordenado como correspondía. 

—Bien —dijo Casper—. Manos a la obra. 

—¿Estás viendo algo que yo no? —preguntó Arabella—. Este lugar está bastante ordenado. 

 Él rio de manera sonora. Su risa retumbo como un eco, y Arabella llegó a sentirse ofendida. Le molestaba que hiciera eso, y era algo, que estaba segura, que se lo había dicho tiempo atrás, en más de una ocasión. 

 Se cruzó de brazos, y lo vio con una seriedad inalterable. 

—Lo pregustas en serio —dijo nervioso—. Bien, debemos mover las mesas y las sillas, en grupos de cuatro, frente a la tarima. Que no quede desparramado como ves. 

—Pues, no lo veo. 

—Oh, ¿Crees que esto esta ordenado? —preguntó de modo burlón—. Veamos, esa mesa de allá tiene seis sillas, y está alejado de la tarima. 

—Ya detente, no me trates como una tonta —dijo Arabella—. Porque una tonta no haría esto. 

 Dejó su lado, y se encaminó a donde le había señalado hacia un instante. Corrió las sillas extras, haciendo ruido a propósito al arrastrarlas. Toco el centro de la mesa con el dedo índice, y esta, más las sillas, se iluminaron con una luz rosa. 

—Esto le llamo yo, trabajar mejor, no más — sonrió. 

 Comenzó a caminar en dirección a la tarima, pasando al lado de otras mesas, y estas siendo atravesadas por las que traía levitando con esa luz rosa. 

 Casper la vio con asombro. No es como si nunca antes la hubiese visto usar algún hechizo, o algo por el estilo. Pero cada vez que lo hacía, sin importar la simpleza del mismo, quedaba boquiabierto. La iluminación la envolvía y la hacía ver como un ser de los libros que le leía a lucero. Un hada de aura rosa, que hacía que todo a su alrededor dejara de ser ordinario. 

  No podía imagina a Arabella sin usar su don mágico, que ella fuera como cualquier ser humano corriente, estaba fuera de los límites de su imaginación. Verla así, le hacía pensar que fue creada para eso. Para ser mágica y hermosa.  

 Sin embargo, que usara magia con la liviandad en que lo hacía, era algo que le preocupaba. Así que cuando la rubia dejó de hacer su truco, se acercó a ella. 

—Entiendo, eres buena en todo lo que haces —dijo y tomó ambas manos. 

 Apenas torció la boca al sentir la calidez de su piel, y como es que aun daba un leve resplandor rosa. 

—¿Te encuentras bien? —preguntó Casper. 

 Y Arabella, que para ese entonces no hacía más que guardar silencio por el inesperado toque de sus manos, trago aire ante la suavidad de su preocupación. 

 Se limitó a asentir, sin poder dejar de ver a su mirada negra, cálida, pese a lo oscuro del color. Entonces, no entendía aquellos que decían que tal color era algo tenebroso, si ella no hacía más que encontrar bondad y tranquilidad. Justo como él y su preocupación. Justo como él, y la forma en que la trataba desde el momento en que se volvieron a ver, pese a la cantidad inhumana de años que transcurrieron desde su último encuentro. 

—Si, estoy bien —respondió Arabella y retiró las manos de su agarre. 

 Aclaró la garganta, y le dio una pequeña sonrisa. 

—Ahora si entiendo el trabajo, pero un atajo está bien —añadió—. ¿Manos a la obra?  

 Casper asintió emocionado. Pero antes de ponerse a trabajar, se acercó a una de las ventanas apenas abiertas, para asegurarse de que nadie de afuera viera el próximo espectáculo de luces a una hora tan temprana del día. Lo último que necesitaba es que le llegara alguna multa por andar haciendo malabares mágicos en plena mañana. Aunque fuera un truco sencillo, el utilizar magia podía ser sancionado. 

—Creo que ahora podemos hacerlo un poco más tranquilos —dijo—. Ya sabes, a trabajar. 

—Claro, no pensaba en otra cosa —dijo ella—. ¿Qué más se puede hacer en un bar vació que no sea trabajar? 

—No te imaginas —respondió Casper. 

—Oh, cariño —dijo Arabella—, claro que lo imagino. Pero ahora trabajemos. 

 Casper se acercó a una mesa, le puso la silla que faltaba, y repitiendo lo mismo que Arabella, una luz azul cubrió todo para luego facilitar la movilidad entre el resto de muebles. 

 Entre los dos comenzaron a trabajar, poniendo en su lugar el resto de mesas y sillas.

 A veces reían porque a alguno el hechizo le fallaba y nada atravesaba algo y hacia el ruido más insoportable. Cada tanto se detenían para ver cómo iba quedando el orden propuesto, y notar que no iban tan sincronizados como creían. 

 Pero sobre todo se daba ese silencio, cuando ya no había alguna anécdota de algún trabajo similar, o preguntas tontas o quejas de lo tardado que se estaba haciendo, y solo quedaban miradas y sonrisas cómplices por alguna razón que ambos conocían de memoria, que no les incomodaba.

 Y cuando llegaron a ordenar desde las mesas y sillas, arreglar las tablas de la tarima, o reparar en lo que faltaba en la barra, o si Casper debía hacer algún pedido para el día siguiente, ambos suspiraron del cansancio. Después de todo eran dos para hacer un trabajo que requiera más que un par de manos mágicas. 

—Listo, la próxima me quedo con las propinas —dijo Arabella. 

—¿Solo la próxima? —preguntó Casper—. Hable con mi jefe, y después de lo de hoy te va a querer para el trabajo. 

—¿Tu jefe? Pensé que eras tu —dijo confundida. 

—Por eso, yo, mi jefe, te quiero en el trabajo —sonrió—. Es bueno una bruja entre nosotros.  

—Cas, ¿Lo dices en serio?

—Si, ¿Por qué no me gustaría tenerte acá? Eres buena en esto de, ya sabes, trabajar y hacer magia —respondió Casper. 

 Quería decir algo más, a la vez, guardar silencio con temor a hablar de más. Asustarla diciéndole que viviera con él no era una opción, o no en ese momento, con tan pocos días en el pueblo.   

 Arabella rodó los ojos, y termino por aceptar el trabajo. Aclarando que era una broma el tema de las propinas, que, si las quería, pero además de un sueldo competente. 

 Casper la invitó a comer un almuerzo merienda, o merienda cena. Pues luego de haber terminado de acomodar ahí, se quedaron charlando sobre algunas situaciones vividas en bares. Eran ocurrencia tras ocurrencia. Desde dejar caer una bebida fría sobre un cliente sin malas intenciones hasta hacerlo por completo a propósito, o hasta lo más simple y humano, sin un deje de perversión, según Arabella, que era equivocarse con los pedidos. 

—Esa persona, creo que era muy carnívora, y me vio con odio cuando le di esa ensalada —contó Arabella, y le dio un sorbo a la bebida—. Debo felicitar al chef por estas pastas al pesto. 

—Bien, ahora le hago llegar tu opinión —dijo Casper. 

 Agarró el celular, escribió algo, que luego leyó en voz alta, haciéndola reír por esa tonta ocurrencia. Casper sonrió, le encantaba escucharla tan alegre, tan risueña, tan colorida. Lo alejaba de la última que la vio, de la última vez que escucho su voz.  

—Me alegro que a la ¿Señorita Pericles? —dijo y la vio, esperando a que asintiera, y ella lo hizo—. Que a la señorita Pericles le haya gustado la pasta con pesto. 

 Terminó de escribir, y guardo el celular. 

—Dice que gracias por tu refrescante opinión. 

—Eres un tonto Casper —dijo, y ocultó la sonrisa que le provocaba tras el vaso. 

 A los minutos de silencio, vio la hora, y dio bostezo sin disimulo. 

—Bien, he pasado todo el día aquí dentro, y aun no trabajo oficialmente —dijo. 

—Si, lo siento por eso —dijo Casper con cierta pena—. Lo puedo compensar. 

—¿Cómo?

—Bueno, te puedo llevar a que conozcas lo que hay dentro del bosque Lordvick —dijo Casper—. El lunes no abro, y pue …

 Arabella se puso de pie, sin dejarlo terminar de hablar. Casper pudo notar que sus ojos cafés brillaban ante la idea inconclusa.

—Si, acepto —exclamo. 

—Genial, eso fue rápido —dijo Casper, alegre—. Por cierto, mañana en la noche hay una fiesta. Seguro voy con Tamy, estás invitada. 

—Eso también suena bien —respondió Arabella. 

 Casper la acompañó hasta el hospedaje, y así como la saludó con un suave beso en la mejilla, hizo lo mismo para despedirse. Arabella estaba atontada con esa atención, tan dulce, tan gentil. Sin embargo, cuando se marchó, sintió un gran cansancio, al cual se lo adjudico el haber estado todo el día en movimiento. Cada paso que daba se hacía lento, y sentía bajo su piel el flujo de magia moverse. 

 Aunque con varios años no terminaba de controlar aquello del intercambio mágico para no terminar consumida, todavía le seguía costando hacerlo. Mas cuando dejaba de hacer trucos, por más simple que sea, por tanto tiempo. Era como estar oxidada en la materia.  

 Fue directo al cuarto. Pasando por donde estaba Circe con Lucero y Tamy. Las saludó y siguió de largo. 

 Cuando la puerta de la habitación, se hubo cerrado a su espalda, y ella misma arrojarse con desgano sobre la cama, tomó la piedra del collar. Y allí, alejada de todos, con el cansancio creciendo sobre sus hombros, notó una mancha oscura en el pedazo de Avalon. 

—No he usado nada complicado, ¿Por qué pasa esto? —pregunto. 

 La gata blanca saltó a un lado, y la vio con cierta exasperación. Si fuera humana, hasta podría notar la preocupación invadir su mirada verde. 

—Debes hablar con alguien sobre eso —dijo White—. Puede ser problema con una solución sencilla. 

 Pero no recibió ninguna respuesta, y cuando se dio cuenta, Arabella estaba dormida. Otra vez con la ropa puesta, la persiana alzada, y una gran duda creciendo a su alrededor. 

V

Una noche para conocerte. 

 Tamy, como siempre que buscaba molestarla, no le dijo nada acerca de la fiesta que se llevaría a cabo esa noche. Cada vez que Arabella tocaba el tema, para al menos saber con qué se podía encontrar, la de cabellos rosas tan solo le daba un mordico a la factura que tenía, y pasaba la página de la revista que estaba leyendo.

 Un modismo poco común en ella, pero con el mismo fin particular que cualquier otra provocación que pudo hacer en otro momento.  

 Ni ella podía entender porque tantas ansias de sacar información. Era una fiesta, lo que usara estaría bien, sean zapatos de tacón, jean largo, o un vestido de lentejuelas. Pero Arabella no dejaba de pensar que aquello era una oportunidad para saber un poco más de sus vidas, en un ámbito diferente. 

 Sobre todo, la de Casper. 

 Con Casper como un guía, supo que el tiempo no le quitaba lo coqueto, sino todo lo contario. Que, en el lugar de trabajo, era capaz de hacer un ambiente familiar, y distanciarse de lo que estresaba en minutos y con un buen plato de pastas. 

¿En una fiesta, que podía esperar? Verlo con algún interés romántico, recordar cómo era con algunas copas de más, o si era capaz de seguir leyéndola tan bien que podía notar a lo lejos cuando era momento de irse.

¿Qué tanto pudo haber cambiado? Se cuestionó. 

—No me importa lo que tengas o no para decir —dijo Arabella, y se puso de pie—. Me arreglo sola. 

—Si, señorita madura —dijo Tamy sin verla—. Eres grande para preocuparte por eso. 

—Bien, deja, ahora me ocupo de mis asuntos —dijo—. Iré a comprar un labial. 

—Que tengas suertes, vas a encontrar mucha variedad —respondió Tamy. 

Arabella fue por su billetera, y lista salió a buscar donde comprar lo que le faltaba. La Cumbre no era un lugar tan amplio, y estaba segura que no le iba hacer falta ningún tipo de guía. Ella fue la nueva muchas veces, en diferentes tipos de pueblos. La mayoría en donde se hablaba inglés de manera fluida, o algún otro idioma que no era el español. 

—Tengo casi cuatrocientos años, este español no puede ser tan complicado —murmuro. 

 No había tantas personas caminando. Algunos vecinos estaban sobre las veredas bebiendo una infusión que a la rubia le costaba pasar por mucha azúcar que le pusiera. Y si algo de conocimiento tenía acerca de los argentinos, es que no debía interrumpirlos en lo que ella consideraba un ritual cerrado.

 Guiándose por sus instintos, que se asemejaban a un turista novato, comenzó a caminar en alguna dirección. Rodeó las asimétricas cuadras, unas más extensas, otras más cortas, tratando de no verse perdida. Viendo el celular, fingiendo que no estaba a punto de entrar en crisis por no tener idea de donde estaba parada. 

 Hasta que, como si todo tendiera a repetirse a causa de la gracia del destino, chocó contra Casper. Él si hablaba por celular, y se lo notaba alegre, conversando con la persona del otro lado. 

—Escucha amigo, más tarde te llamo —dijo y le sonrió a Arabella—. ¿Cómo? Ah, es que me encontré con una niña perdida. La llevare con su vieja. 

 En lo que el cortaba la llamada, Arabella lo esperaba de brazos cruzados y el ceño fruncido. 

—No creas que no entiendo tu español —dijo Arabella—. Salvo por lo de vieja, no estoy nada perdida. 

—Si, solo andabas dando vueltas —dijo Casper—. ¿Qué haces?

—Busco un lugar para comprarme un labial —respondió y le dio la espalda—. Planeo besar a muchas personas esta noche. 

 Casper rio, y se puso a su lado. Paso un brazo por sus hombros, y la hizo caminar. 

—Bien, te acompaño —dijo—. No quiero que andes sola en un lugar que no pasa nada. 

 Diez minutos después llegaron a una farmacia que recién abría. Había un par de personas esperando a ser atendidas, y las dos farmacéuticas del otro lado del mostrador. Una de ellas, amplió su sonrisa al ver a Casper entrar. Agitó una mano en el aire, y el muchacho le correspondió con la misma actitud. 

 Arabella se percató de aquellas sonrisas, y su interior se escandalizó de inmediato. Trató de fingir la misma mueca que ellos, pero le fue imposible cuando notó el brillo de emoción en los ojos verdes de la farmacéutica. Al instante pensó en lo mucho que le gustaba Casper. Y lo rápido que le podía caer mal sin siquiera conocerla. 

—Hola Mili —dijo, cuando llego su turno. 

—Hola bombón —saludó animada—. ¿Qué te trae por aquí? No lo digas, me extrañas, lo se. 

—Disculpa —interrumpió Arabella—. La del asunto soy yo, no él. 

—Es cierto, pero es bueno verte, perdida

 Arabella, quien no entendía por completo la jerga, si comprendió la sonrisa de la muchacha que estaba del otro lado. Lo que le produjo un peligroso cosquilleo en la boca del estómago. No debía hablar el mismo idioma, para darse cuenta que a la farmacéutica le gustaba Casper, y ella sentía celos instantáneos. 

—Busco un labial, rojo furioso —dijo Arabella.

 La farmacéutica asintió, sin percatarse del tono de voz de la rubia, y fue por lo que le pidió. Casper siguió con la vista a la muchacha, y cuando esta desapareció, notó el calor que emanaba quien tenía a su lado. 

—¿Qué es eso? —le preguntó Casper. 

—No se dé que hablas —respondió Arabella. 

—¿Rojo furioso? —insistió—. No te hacía de esa clase de colores. 

—Bueno, ahora quiero rojo —respondió sin verle.

—Apuesto a que te va a quedar hermoso —murmuro Casper. 

 Arabella continuo sin verlo, y trato de no inflar las mejillas ni que estas delataran el calor que sus palabras le provocaban. Casper era capaz de hacerla arder en llamas con tan poco. Confundirla como si fuera una colegiala. Desatara un caos interno, con gestos pequeños, como el beso en la mejilla del día anterior, o solo susurrando en su oído. 

Largó el aire cuando la de cabello rojizo se acercó con una canastita llena de labiales de diferentes tonos de rojos, y marcas. 

 En silencio, sacó un par, y los examinó, tratando de dar con el color adecuado. Fueron unos minutos en los que ella no participaba de la charla que los otros dos estaban teniendo. Hablaban con fluidez, y rapidez, donde no pudo entender del todo la conversación. Sonaban tan tranquilos, cómodos, como si ella no estuviera allí.

 Trato de restarle importancia, hasta que dijeron algo que casi la hace enloquecer. Mili y Casper se verían esa noche. Arabella tosió, ahogada con su propio aire.

—Lo siento —dijo y sonrió—. Me llevo este, rojo cereza, y este otro, rojo pasión. 

 La farmacéutica sonrió, y tomó los labiales que Arabella eligió. 

 Quería huir de allí, tomar lo que estaba por comprar, y salir corriendo como una adolescente. No estaba segura de sí Casper notó lo que estaba sufriendo. Solo esperaba que no, para no tener pensar que buscaba ponerla celosa apropósito. 

 Tomó el paquetito que la muchacha le ofreció, Arabella le pagó, y tras agradecerle, se apuró para salir. A los pocos minutos tenía a Casper caminado a la misma velocidad que ella.

—Lo siento, me debo ir a bañar —exclamo, cuando estuvo más lejos—. Nos vemos en la noche. 

 Casper la vio dar la vuelta en la esquina, y se quedó allí tratando de comprender porque huyó tan de repente. 

—Nos vemos —murmuro.

Tardó casi una hora en el baño, dentro de la bañera. Estaba tranquila entre las burbujas de jabón, y el aroma de los diferentes aceites que puso para perfumar el agua. No quería usar ese momento para pensar en Casper, mucho menos para pensarlo junto con otra muchacha. 

—También tuve otros novios, novias —murmuró—. Digo, tenemos derecho a seguir, ¿No?

 Nadie le respondió, ni ella lo hizo. Antes de ser iluminada de alguna manera, sumergió la cabeza en el agua jabonosa, y luego, cuando no quiso saber más nada con las voces de su cabeza, salió del baño. No quería pasar ni un minuto más en ese pequeño espacio capaz de hacer que su mente formulara ciento de problemas que no estaban fuera, en la realidad. 

 Se aseguró de no cruzarse con Circe ni con su hija, y se apuró para llegar a la habitación. No estaba segura de por cuanto tiempo iba a seguir corriendo del baño al cuarto, tratando de mantener oculto su secreto. 

En su nuevo refugio, que era esa habitación alquilada, buscó en su maleta la ropa que usaría en la noche. Ahora que tenía idea de lo que podía ver esa noche, supo lo que usaría. Quería hacerlo, quería brillar como hacia tanto tiempo no lo hacía. Quería llevarse las miradas de los extraños, y sobre todo la de Casper. Tener toda su atención, aunque cualquiera le diría que no estaba bien, no le importaba. Lo deseaba, una parte suya ardía por acaparar cada parte de él.  

 Secó su cabello, y lo ató en un peinado alto, con algunos rizos sueltos, dándole un aspecto angelical. Inocente al lado del amplio escote de la espalda, y el profundo deseo en su interior. El vestido de un rosa fucsia, brillaba no solo por el color, sino por las múltiples lentejuelas en diferentes tonos. 

—¿Qué puedo decir? —se preguntó viendo su reflejo—. Soy una obra de arte. 

 Y como tal, pretendía ser vista hasta el cansancio y evitar que pusieran las manos sobre ella. O al menos las equivocadas. Estaba dispuesta a romper su propia palabra de no acelerar nada, de no ir hasta el punto sin retorno. Arabella, no lo pensaba. En definitiva, lo racional dejaba de tener peso, cuando de celos se trataba. No negaba, nunca lo hizo que en un mal día llegaba a ser una persona posesiva. 

 Ese mal día, era esa noche. Y su prese, era la de siempre, Casper.  

 Lista, bajó a encontrarse con Tamy. Esta lucia más relajada, botas, short de jean, y una musculosa de tirante que dejaba ver su obligo perforado. Con su simpleza, estaba hermosa, y eso a Arabella le encantaba. Era su contraparte, a donde iban destacaban por ser tan diferentes y amigas a la vez. 

—Busco dar una buena impresión —dijo Arabella, ante la mirada de Tamy. 

—Tus ojos están rosa —señalo Tamy—. Lo bueno es que combina con tu vestido y actitud. 

—Si, no los puedo quitar, diré que son lentes fantasía —dijo Arabella—. Después de todo soy turista. 

—O puedes relajarte un poco —dijo Tamy—. Tú sabes porque sucede eso. 

—¿Quién es Mili? —preguntó Arabella. 

—No hagas esto —dijo Tamy, y sonrió—. Es penoso, me das pena. 

 Casper llegó a tiempo para hacer que la conversación termina. Las vio, a Tamy no tanto, porque lo hacía muy seguido. Pero cuando su visión sé posó en la belleza enfurecida de la rubia, hizo un gran esfuerzo para no negarse a ir con ella a algún otro lado que no fuera al cuarto. O para que sus gestos no delataran la repentina batalla interna. 

 Aplacó lo más que pudo los pensamientos salvajes. Pero estaban allí, llevándolos a la habitación, poniéndola contra el muro, para besar desde sus hombros hasta donde el profundo escote de la espalda se lo permitía. Mordiendo su cuello, como si fuera un vampiro sediento de su sangre carmesí. Enredando las manos entre sus cabellos dorados. 

El calor imaginario de sus cuerpos, le cortó el aliento, y lo obligó a mantenerse callado, solo sonriendo feliz porque fueran juntos a un lado. No quería tentar ningún tipo de suerte, ni entrar en el juego que Arabella le proponía. O el que su magia tentaba.

Porque Casper lo supo desde que fue por ese labial "rojo cereza" que ella deseaba hacerlo dar el paso en falso, “pisar la ramita” como muchos decían. Hacerlo sería darle la razón a Circe quien, siempre lo dijo, "Arabella es tu debilidad".    

Un par de horas después, llegaron a la fiesta. Arabella no entendía bien la dinámica de caer mucho más tarde que el horario estipulado. No era como si antes no hubiera llegado tarde a una reunión. Unos minutos por imprudente no se comparaba con hacerlo después de las doce, adrede. 

 Ocurrió lo que ella previo. No debía ser un genio para saber que todos allí se dieron cuenta que no era de la Cumbre de Lordwick. No solo, porque de verdad era una cara nueva, sino por la manera en que iba vestida. 

 Sentirse tonta, quedaba corta con la ola de emociones que azotaban su interior. ¿Por qué de repete la seguridad con la que iba a todos lado, la abandonó por haber elegido un mal outfit? No tenía una manera coherente de responderse. Concluyó que andar entre tantos humanos demasiado tiempo terminaba siendo una más de ellos. 

 Aunque la elogiaron, y muchos se acercaron a hablarle, se sentía fuera de lugar. Ahora temía que sus ojos se volvieran marrones de repente, y no saber que enfermedad inventar ante una pregunta por el repentino cambio. 

 Tamy la rescató de su naufragio. La llevó donde bailaban pegados pese al calor y la falta de aire. De todo lo que podía rescatar de Latinoamérica, los antros donde a nadie le parecía importa demasiado la cantidad de personas en un solo punto, apretados y sudoroso, era su parte favorita. Mas cuando debía deshacerse de alguien. Nadie notaria que una persona dejo de estar, cuando había otra tantas divirtiéndose. 

 La diferencia, es que, en ese lugar, donde ella bailaba con Tamy, se habían abierto. El resto bailaban alrededor de sus cuerpos. Arabella no lo había notado, pero las miradas atraídas estaban allí. La de cabellos rosas le ofreció algo para tomar, y lo aceptó. Tenía la garganta seca, y la mezcla de sabores entre lo dulce y amargo de la bebida oscura, provocaron algo. 

 Los hielos le rozaron los labios, y lo dulce y amargo se agolparon en su lengua. Le recorrió la garganta y sonrió satisfecha, para darle otro sorbo más. Hasta que el vaso desapareció de sus manos, al momento justo para soltarse entre tantos extraños. La música la envolvió, y se olvidó que quería saber más sobre cómo era Casper en ese ámbito. No tenía idea de él, y no le importaba. 

 Pero esa llama, pequeña, se mantuvo encendida, iluminando de más pese a la poca fuerza.  

 Algo se salió de control, y fue tarde para notarlo. Las voces en su oído, las respiraciones en su cuello, las manos sobre sus caderas, y la gente embriagada por su presencia mágica, la desbordaron en cuestión de minutos. Estaba segura que sus ojos no eran rosa, sino rojos como el labial que usaba. La impresión del mundo sobre ella, aumento ante la creciente llama que cocinaba su interior.

 Aquel mundo impresionado, se acercaba a ella, y giraban a su alrededor, como si fuera el astro más importante del universo. Estaba a punto de mandar todo al demonio, con tal de aplacar el fuego interno, que se extendía hasta ser la luz codiciada por las mariposas nocturnas.    

 Alguien la tomó de la mano, y tiró, sacándola de allí. Abrió los ojos, y notó que era Casper quien lo hacía. Llevó la vista detrás, para asegurarse de las caras consternadas, y confundidas que quedaban frente a la ruptura del hechizo.  

—Maldición —murmuro Arabella.

 Estaba un poco mareada, como si hubiese tomado de más, aunque sí tuvo que ver, la atracción mágica era el principal culpable del malestar, y sin mencionar los celos silenciosos.

 Salieron a la terraza, y Arabella se sacó los zapatos, para luego sentarse en el frio suelo. Tenía la edad suficiente para saber lo inmaduro que era de su parte el dejarse llevar hasta el punto que su propio encanto mágico se saliera de control.  

—¿Te sientes bien? —preguntó Casper—, supe que algo no andaba bien cuando comencé a ver demasiado rosa a mi alrededor.  

 Se sentó alejado de ella, y llevó la vista al cielo oscuro. Estaba seguro que no lo iba a poder ocultar, menos a quien era la fuente de tan impresionante don. Respiró el aire fresco, y guardó silencio. 

—Qué vergüenza, por lo general controlo mi magia de encanto —respondió y se abrazó a sus rodillas—. Es como la adolescencia mágica otra vez. 

 Aunque había algo más. El collar debía evitar que eso sucediera, más aún si se trataba de que el encanto no fuera algo que ella hiciera apropósito. Era una de las principales funciones que notaba que no funcionaban acorde, sino que hacía todo lo contario. Expandía, generaba más energía, y Arabella terminaba agotada. 

 Casper la vio, y ella a él. Entonces se sonrieron. 

—Creo que fue por culpa de los celos —dijo Arabella—. Estaba siendo odiosa. 

—Pero estas bien, ¿Cierto? —insistió—. No recordaba que tuvieras un rango de alcance tan amplio. Estoy seguro que hasta Circe lo sintió. 

—Lo voy a estar, más aún si no tocamos el tema de vuelta —respondió Arabella y llevó la vista al cielo. 

—Bien, no sucedió —dijo Casper. 

—Gracias —dijo Arabella—, y por haberme sacado de allí también.

—Quienes no me agradecen son Laura y Tomas. 

—Oh, bueno, deberían —dijo Arabella—. Tú sabes que nada bueno sale de un estado como ese. 

 Trató de ignorar lo que le acaba de decir, más aún por la manera en que la pensó horas atrás, y por lo mucho que le afecto su encantadora magia. No podía creer lo mucho que estaba disimulando el deseo que crecía desde los más oscuro de su cuerpo. 

—Bien, vamos, te acompañó hasta el hostal —dijo Casper, y se puso de pie. 

 Le extendió una mano a Arabella. Ella notó el sutil brillo de uno de los anillos, el cual era su elemento canalizador de magia, y supo del gran trabajo que estaba haciendo. Sin ayudarse, se puso de pie y le sonrió a un Casper algo confundido. 

—Pero te quedas afuera, nada de subir conmigo —dijo Arabella. 

—Bien, nada de ir rápido —le aseguró Casper—. Aunque ya sabes, trabajamos juntos, hicimos magia.   

 Arabella negó con la cabeza, y comenzó a caminar en dirección a la salida de emergencia. 

 En la mañana siguiente, despertó con mucho malestar. Le dolía demasiado la cabeza, y la acidez en la boca de su estómago le impidió tomarse una taza de café. Sin embargo, sin el collar, su magia parecía moverse diferente a la noche anterior, y cuando vio a Caspe llegar con un pedido de la panadería, solo pudo avergonzarse de como actuó. 

VI

Los acordes del recuerdo. 

1980, San Telmo, Buenos Aires. 

 El invierno pudo haber sido peor si no fuera por él. 

 Fue lo primero que corrió por la mente al despertar en la madrugada. Casper dormía apacible bajo ella, como si de verdad disfrutara ser la almohada. Su pecho subía y bajaba en un lento compás que le daba calma, tan diferente a horas atrás. Pero, por lo general, sus encuentros eran así. Era irresistible verse y no desear de inmediato la boca del otro, su piel, las respiraciones agitas, que entre jadeos se dijeran sus nombres como si fueran los únicos capaces de decirlo de una manera tan especial e irrepetible. Y cuando aquel deseo se hacía realidad, era desorbitante la pasión y el caos con que sus encuentros se daban. 

 Se marcaban sus pieles, sus memorias, como un acto para demostrarle al resto de personas capaces de verlos con otros ojos, que ellos se pertenecían a ellos, y a nadie más. 

 Sin embargo, aquel encuentro se sintió diferente. Al menos para ella. Tenía esa sensación que nada marchaba bien. Tan equivocada no estaba. No tenía planificado pasar más tiempo en Buenos Aires, y verse con Casper fue algo que no debió suceder. Y ya tenía una carta escrita para evitar que siga sucediendo.

 Salió con cuidado de la cama, y lo observó. ¿Cómo podía hacerle eso? Se cuestionó. Arabella podía abrir la boca sin decir nada que él la complacía con lo que fuera. Siempre supo que tenía ojos para ella y nadie más, que cantaba a su oído los versos más dulces, y las caricias que le daban escalofríos eran exclusivamente para su piel. Ella se adueñó de Casper en su totalidad, y él estaba más que de acuerdo con sea Arabella la dueña de todos sus sentimientos y movimientos. 

 Y le daba esa sonrisa. Una que aun dormido, o en la oscuridad más espesa, podía sentir la calidez y le dejaba ver que todo estaba bien, que allí podría encontrar la tranquilidad que perdía día tras día. 

 Verlo sonreír mitigaba cualquier malestar. 

 Pronto sintió que estaba haciendo fuerza para evitar llorar. Tomaba aire corto y frio por la nariz congestionada, y le dolía donde residía el corazón

¿Cómo le podía estar haciendo eso?

 ¿Cómo era capaz de jugar con la suerte, de tener la seguridad que él siempre le va a pertenecer? 

¿Y si un día deja de ser así?

 No se iba a quedar a averiguar si ese día era justamente esa madrugada. Se puso el abrigo, sin importarle que abajo no tenía nada, aquel tapado llegaba hasta los talones. Agarró sus pertenencias, y dejó una carta en la mesa de entrada. Sin embargo, a pasos de la libertad apresurada e involuntaria, que tanto le hacía doler, su voz le detuvo. 

—¿Qué haces? —preguntó Casper, algo somnoliento—. ¿No iras a salir a esta hora? Es peligroso estar allí afuera. 

 El pelinegro se enderezó en la cama, sin haber abierto los ojos por completo. Arabella lo veía desde la entrada, paralizada por los nervios. 

—Ayer oí sobre el secuestro de un abogado de izquierda que estaba llevando el caso de una abuela a quien le chuparon a la hija —continuó hablando Casper—. Se que te puedes librar, pero romper el toque de queda puede ser un peligro hasta para ti. 

 Ante el silencio de Arabella, se estiró en su lugar, con los brazos hacía arriba, y al abrir los ojos, los llevó al gran ventanal que daba la vista a una ciudad dormida. El cielo estaba gris, muy oscuro, apenas iluminado por unos relámpagos. Aun parecía que faltaban un par de horas para que amaneciera. 

 Entonces, algo confundido, volvió la vista a la rubia. La vio allí de pie y tiritando, a punto de soltar una carta sobre la mesita que estaba a la entrada del monoambiente. 

—¿Qué haces? —volvió a preguntar. 

 Se puso de pie, llevándose consigo la sabana, y se apuró para llegar hasta Arabella. 

—Lo siento, Casper —balbuceó Arabella—. Lo siento tanto. 

 Al soltar la carta, Casper la tomó de la muñeca con rapidez, y a sostuvo con fuerza cuando Arabella quiso soltarse. 

—¿Qué significa? —preguntó Casper confundido. 

 Silencio, un leve titubeó por parte de ella. 

—Háblame —exclamo Casper con enojo. 

 Arabella quiso zafarse de su agarre, pero Casper apretó con más fuerza, haciendo que ella lanzara un quejido. 

—Cas, haces daño —exclamo Arabella, entre lágrimas.

 No podía creer que esa oración haya salido de su propia boca. Aun sostenía con fuerza su muñeca, y por dentro Arabella seguía insistiendo que él sería incapaz de lastimarla. Pero lo hacía, de algún modo, como ella también se lo hacía, a su modo.  

—Mentira, a ti nadie te puede dañar. 

 Casper alzó la voz, y ante el miedo que le nació, Arabella lo abofeteó con la mano contraria. La soltó de inmediato, y se tocó la mejilla. Ardía, al igual que las lágrimas de bronca que nacía en ese preciso momento. Por la bofetada, por verla huir una vez más.  

—Ya deja de gritarme —exclamo Arabella, y se sujetó la muñeca contra el pecho—. Adiós, Casper. 

—Eres una maldita egoísta, Arabella —balbuceo Casper—. Si, vete. Al final, es la misma basura de siempre. Es lo que mejor te sale. 

 Con un nudo en la garganta, las lágrimas nublando su vista, y un dolor que iba más allá de la muñeca o el ardor en la palma de su mano, Arabella dio un paso adelante con la intensión de remediar el desastre que se alzaba a su alrededor. Pero no podía retroceder, cuando su vida se iba cayendo, desmoronando y no deseaba arrastras a sus amigos con ella. 

 Cuando se dio la vuelta para irse, Casper saltó sobre ella, y arrodillado a su espalda, abrazándola con fuerza a la cintura, la detuvo. 

—Espera, no te puedes ir —balbuceo Casper, entre lágrimas—. Por favor, Arabella, no te vayas. 

 Arabella negó, aguantando tanto como podía las lágrimas que no la dejaban ver, y las palabras clavadas por púas en la garganta no la dejaba respirara ni dejar escapar el aliento con normalidad. Tiró su cuerpo hacía adelante, en contra la fuerza que Casper ejercía para evitar que diera otro paso. Y tras un forcejeo, logró librarse de sus brazos. Continuó sin mirar atrás, llegó a la puerta, y se marchó. 

 Sin importarle el toque de queda, que la gente desaparecía sin dejar rastros solo por andar a altas horas, o la lluvia fría y fina que golpeaba como si fuera una cuchilla, y que debajo del tapado no tenía nada, caminó, hasta dejarlos atrás. 

A todos, a él.  

 El show que iban presentar en el bar, se trataba de un micrófono abierto. Arabella no estaba tan sorprendida por eso. A Casper le gustaba mucho la música, y que les diera a otros artistas la posibilidad de hacer visibles sus voces, no era algo por completo inesperado.

 Le agradaba la idea de que le diera más posibilidades a nuevos talentos.  

 Ahora se encontraba con Tamy, y Lucero en el bar Las Centellas de Júpiter. La niña de cabello blanco, le tomó cariño a la rubia casi de inmediato, y esta última también. Hasta el punto de jurarle a Circe que nunca nada le iba a pasar, que la protegería de todo hasta de los monstruos bajo su cama. 

 Circe creyó que era exagerado, pero Arabella dijo que nunca era suficiente. 

 Las tres tomaban jugo de fruta, y veían a Casper ir y venir entre personas y proveedores. Lo cual, tenía a Arabella bastante sorprendida. Era algo nuevo que se hiciera cargo de un lugar como un bar y que no fuera solamente el mozo. De cierta forma, había dejado de ser el aprendiz, y era quien daba las órdenes. 

 Se perdió por completo en su andar, en cómo le sonreía al personal, ponía cara de concentración cuando le alcanzaban algún papel. En sus manos decoradas con añillos y pulseras. En sus brazos, uno tatuado por completo y el otro siendo una hoja en blanco. 

 Y no notó el suspiro que largó cuando Casper las vio para saludarlas a lo lejos. Ella le devolvió una sonrisa limpia de cualquier malestar.  

—A Arabella le gusta el tío Casper —señaló la niña. 

 —Si, pero ella aun no lo sabe — dijo Tamy—Así que guarda silencio.

 Tratando de verse tranquila, se puso de pie, y comenzó a estirarse en el lugar.  

—Claro que me gusta, así como me gusta ver a Tamy o …— se detuvo y vio a la entrada esbozando una gran sonrisa— así como también me gusta ver a tu mamá. 

 Lucero también se puso de pie y corrió en dirección a Circe. Esta la recibió en brazos, y la cubrió de besos. Para Arabella ver a Circe siendo mamá era algo que nunca imagino. No tanto porque la pelirroja no quisiera, pues era su mayor deseo, sino por la historia que había detrás de ella.  

—¿Puedo preguntar algo? —dijo y Tamy asintió—¿Qué pasa con Baltimore? Me da miedo decir algo y …

—El falleció —respondió Tamy. 

 Arabella sintió que el corazón golpeo con fuerza contra sus costillas. La respiración no le alcanzo para poder volver en sí, para que todo su sistema volviera a funcionar con normalidad, para evitar que las lágrimas repentinas retrocedieran y no se acumularan más al límite de sus ojos. 

—Fue antes que naciera Lucero. Ella no es …

—¿Está hecha de arcilla, cierto?

 Tamy asintió. 

 Ahora Arabella entendía porque el gran aprecio a la niña, porque esas ganas de protegerla sin conocerla por completo. Aquella criatura era un último deseo, un grito a voces por mantener en vida el recuerdo del amor, y ella no hizo más que mantenerse alejada, sin oír el lamento de su amiga. Pero, ¿Qué tanto iba a poder soportar acompañar a Circe en otra perdida? No estaba segura de poder responder esa pregunta sin sonar egoísta.    

—Lo bueno es que Lucero ve luz en todas partes, —dijo y dio una sonrisa— ella no nació de la arcilla, le ha dado vida a la arcilla.

—Como es que paso, digo, él …

 Calló al ver a Circe acercarse mientras hablaba de algo con la niña.

—¿De que hablan? Lucero me dijo que te gusta Casper. 

 Arabella vio a la niña, y abrió la boca grande fingiendo estar ofendida. 

—Que niña tan chismosa —dijo, y se cruzó de brazos—. La verdad es que me gusta, me gusta ver que estén todos bien. 

 Se agacho, y alzo a la niña en brazos, para darle muchos besos, y hacerla reír.

—Chismosa —murmuro.  

Llegada la noche, se hizo presente un gran número de artistas. O al menos eso pensó Arabella. Pues, según ella, para ser un pueblo pequeño, que sean un poco más de cinco personas subiendo al escenario, era bastante. Por otra parte, el público no se quedaba atrás. Todas las mesas quedaron cubiertas, y hasta llegó a ver gente sentada alrededor de la tarima. 

 Como su primera noche de trabajo no se detuvo ni un instante. Yendo y viniendo, tratando de mantener el equilibrio, recordando pequeños pedidos, y manteniendo el ritmo en mesas que parecían ser muy numerosas. Se había olvidado lo difícil que era ser mesera, y notó lo oxidada que estaba en ese rubro. 

 Por suerte estaba Casper, y dos más que fueron de mucha ayuda en el momento donde más abarrotada se vio la noche. 

 Casi sobre el final, cuando solo quedaban algunos conocidos, y amigos que Arabella desconocía, alguien subió a la tarima. 

 Aclaró la garganta cerca del micrófono, llamando la atención de la rubia. Ella había tomado una bebida, y predispuesta a dar por finalizada su labor, buscando donde sentarse, quedo estática al verlo en el pequeño escenario.   

—Oh —escapó de su boca. 

 Se sentó sin quitar los ojos del frente, y en todo momento no hizo más que prestar atención al sonido de las cuerdas de la guitarra, de la luz sobre lo cálido de su piel trigueña, y la pequeña curvatura que daba comienzo a una tímida sonrisa. 

—Oh —volvió a suspirar.

 Casper comenzó a cantar, hechizándola de inmediato. Como cada vez que sucedía. No existía un momento en la historia en donde el entonara las más armónicas melodías con su voz, con los dedos sobre cualquier instrumento, que ella no sintiera la magia que este ponía sobre sí. Como era capaz de hacerle tiritar la piel, y llevarse toda la atención, de convertirlo en el único ser dentro de una sala con otras personas. 

 Le robaba el corazón, y ella era la mala. 

I still look at you with eyes that want you
When you move, you make my oceans move too

If I hear my name, I will run your way. 

 Por un momento no creyó que le estuviese cantado a ella. Pese a tener un ego muy inflado en muchas ocasiones, esta no era una de esas. Pasó tanto tiempo desde la última vez que lo hizo, y le había ocasionado tanto dolor en tan poco tiempo, que en ese presente no creía ser merecedora de su voz. 

 Hasta que alzó la vista, y la buscó. A ella. Entre tantas otras chicas a su al rededor, se enfocó en su persona. 

if I hear my name, I will run your way

It's my desire that you feed
You know just what I need

You got power, you got power
You got power over me

Y continúo cantando, con suavidad, sin alzar la voz donde la canción lo hacía. Iba a un ritmo más tranquilo aún. Sonaba triste, Arabella se sintió así. Y cuando bajó la vista a las cuerdas de la guitarra, también sintió cierta decepción. 

 No terminó de oír, que se puso de pie con cuidado, y salió. El aire le faltaba, justo donde reposaba la piedra verde del collar, le hacía dolor. La cadena se aferraba con fuerza del cuello, creyendo que pronto terminaría en el suelo por el mismo peso. Creyó sentir que el pasado la azotaba con cada nuevo pensamiento que tenía sobre él, y lo que vivieron, antes de desaparecer.  

 A los minutos llegó Casper. Agitado como si hubiese corrido metros, o por su vida. La tomó del hombro descubierto, y la hizo girar. Arabella lo vio con la mirada llena de lágrimas, y él con la mirada llena de desesperación. Una vez más, volvía a encontrarse con el hombre asustado de esa noche en San Telmo. 

 Otra vez se repetía la escena de aquella madrugada tan lejana. 

—¿Te iras? —preguntó él. 

 Arabella inhaló el aire la de la noche por la nariz, tembló por el frio del mismo, y lo largó por la boca de manera temblorosa. 

—No, lo juro —habló con voz trémula. 

 Se aferró a él y a su ingenua esperanza, sin importar la poca fuerza para mantenerse de pie, y Casper la abrazó por la cintura, envolviéndola con los brazos, a sabiendas de que no se iría, pero con el temor de que le estuviese mintiendo. 

 Apenas se rozaban sus manos. Iban hablando, casi en voz baja para evitar molestar a los vecinos que dormían. Las calles estaban desoladas, a excepción de ellos dos, que de un momento a otros sus pies los impulsaron a caminar. 

—No pierdes tus encantos musicales, Cas —dijo Arabella—. Lo sigues haciendo asombroso. 

—Lo dices porque eres mi fan desde siempre —respondió Casper—. Desde niña no hacías más que escucharme tocar el piano como si fuera el mejor en toda la mansión.

—¿No lo eras? —pregunto ella, divertida—. Digo, Circe canta bien, pero no se lleva con los instrumentos. 

—Hablando de ella —dijo Casper, y se detuvo—. Llegamos. Es agradable caminar contigo en medio de la noche, huyendo de mis responsabilidades. 

 Arabella suspiró. No entendía en qué momento todo sucedió tan rápido que no se dio cuenta de que estaba allí, a punto de decirle adiós. No quería hacerlo, pero también temía invitarlo a pasar. Que sus cuerpos se encontraran tan repentinamente, y no pudieran detenerse a pensar que tan bien resultaría que la noche terminara con ellos dos exhaustos. 

 También podía no suceder como en su cabeza se relataba. Dejando su broma coqueta del primer día que se volvieron a ver, Arabella no dejaba de pensar que algo tuvo que haber cambiado. Nada el igual, si ni siquiera se atrevía a tomarle la mano para caminar en la noche. 

—Debo volver, pero aún tenemos una salida pendiente —dijo Casper. 

 Arabella sonrió con cierta tranquilidad, y un poco decepcionada. No quería jugar con las fuerzas del destino, y dejarlo todo a su tiempo. Si es que este le tenía preparado algo. 

—Si, aun me debes un día fuera del trabajo —dijo Arabella—. Bien, entonces ¿Nos vemos en unos días?

 Casper se acercó, y sin tantas vueltas, besó su mejilla con delicadeza. Disfrutando en esos cortos segundos, el tacto de sus labios sobre su piel suave. 

—Nos vemos en unos días —murmuro, sin alejarse lo suficientes. 

 De pronto, ciento de aleteos de mariposas eufóricas invadían su estómago, obligándola a sonreír como una adolescente.   

VII

Un nuevo día en la Cumbre de Lordvick.

 El sol aquella mañana indico que sería un lindo día. 

 Circe salió a regar el pequeño jardín del patio trasero. Allí nadie más que los conocidos tenían acceso. Los huéspedes podían ir al parque o al bosque si querían estar en contacto con la naturaleza. 

 Echaba agua de manera medida, a la par que se iba deteniendo para observar el verde de algunas plantas, como sus hojas se hacían cada vez más grandes, y las flores se tornaban más coloridas. 

 Hasta que reparó en una. Los lirios rosas. Le había costado mucho trasladar aquella flor del bosque al patio del hospedaje, pero esta parecía haberse adaptado de inmediato. Supuso que era por el suelo lleno de piedras que se asemejaba a lo que podía encontrar al pie de la montaña. 

 Sin embargo, esa mañana, el lirio parecía más grande que en otras ocasiones, más perfumando y hasta más rosa. 

—Qué raro —dijo en voz baja—. Hace dos días no se veía de esta manera. 

 Por detrás de Circe se acercó Lucero, y se abrazó a ella por la espalda. 

—Que linda flor, mamá —dijo la niña. 

—Es cierto, es una flor muy linda —sonrió, y se puso de pie—. La encontré en el bosque hace unos años, y decidí que la quería en el jardín. 

 Con la niña pegada a su espalda, Circe continúo caminado por el patio, tirando agua con cuidado sobre todas las platas. 

—¿Hace cuánto? —pregunto Lucero. 

 Circe puso cara de concentración, mientras calculaba el tiempo que el lirio llevaba viviendo en el jardín. 

—Hace siete años —dijo al fin y sonrió. 

—Tiene la misma edad que yo —dedujo, y contuvo la alegría. 

—Exacto cariño, la traje unos meses antes que naciera, aunque iba por otras flores, pero no encontré nada de color azul. 

—El azul es mi color favorito. 

—Lo sé, lo supe desde el primer momento.  

 Tras darle agua a las plantas, hasta a las malas hierbas, solo a pedido de la niña, fueron a desayunar. Iban hablando de cómo es que salió de la cama sin la ayuda de nadie, y de porque iba tan bien vestida. Lucero era como cualquier criatura de su edad, quizás su visión del mundo podía diferir un poco, aun así, no dejaba de ser alguien de siete años, a quien le gustaría ponerse el ropero encima. 

—El tío me ayudó —dijo. 

—¿Casper?

Por un instante se sintió ridícula de hacer esa preguntar, porque Casper era el único humano que Lucero conocía y le decía de esa manera. Pero la sorpresa era que él estuviera en el hospedaje tan temprano, y eso la confundía en cuanto a los horarios de su hermano de la vida. 

 Pero esto fue resuelto en cuestión de unos minutos. Lo encontró a la vuelta del pasillo hablando muy cómodo con una residente que estaba a punto de marcharse, claro por las maletas a un costado, y por cómo le sostenía la mano a Casper. Compartían miradas empalagosas. Él pasaba con dulzura una mano por la mejilla de la muchacha, como si fueran novios de años.  

—Mira, ahí está el tío —señaló Lucero. 

Y Circe le tuvo que cubrir la cara a la niña, cuando los besos de despedida comenzaron. 

—Si, ya veo al tío —dijo Circe, a modo de reproche. 

 Continuaron hasta la cocina, y cuando la leche chocolatada estuvo lista, al igual que los biscochos con mermelada de fruta del supermercado, llegó Tamy junto con Casper. 

—¿Pasaste la noche acá? —pregunto Circe. 

 Él la vio de brazos cruzados, y como respuesta le dio una sonrisa socarrona. Se sentó al lado de Lucero, y le dio un beso al costado de la cabeza, haciendo que esta riera. 

—Buenos días, buenos días y buenos días —dijo, y tomó su taza—. Espera, pequeña ladrona de saludos, a ti te vi esta mañana. 

 Lucero le volvió a sonreír, y él se sintió el tío más afortunado de todos. Aquella niña era capaz de hacer que el sol saliera con solo hacer un pequeño gesto.   

—Dijo que esta era su última conquista —hablo Tamy, y tomó su taza de té—, pero dijo lo mismo de la chica Melodía hace una semana. 

—Fue la semana anterior a la pasada, y no son conquistas, ni que fuera un cazador —se defendió Casper—. Son chicas agradables, y a mí me gusta rodearme de gente agradable, por eso estoy con ustedes. 

 Circe negó con la cabeza, y le fue imposible seguir reprimiendo la sonrisa que esa frase le ocasionaba. Vivir en ese pueblo se había convertido en lo mejor que le sucedió en su vida, luego de haber tenido a Lucero. Pues las mañanas solían ser así de agradables, hasta cuando no estaban, no dejaban de ser buenas mañanas. Ni ella, ni sus amigos se escondía en las sombras, no tenían miedo a reprimir sus identidades.  

 No hacían magia a la vista de los vecinos, pero muchos tenían en claro que ellos eran especiales. Como Circe era bueno para curar el mal de ojos y los empachos, nadie decía nada de la excéntrica curandera de cabellera anaranjada. Que además era muy buena para trabajar la tierra, y muy amable con los turistas. 

—Bueno —dijo Casper, y se puso de pie—. Debo ir a revisar las reservas para esta noche. 

 —¿Te puedo decir algo? Solo no tengas miedo —habló Tamy. 

 Tanto Casper como Circe la vieron confundidos. Tamy no era de advertir nada, ni mucho menos de preguntar si podía hacer una pregunta. 

—Hoy algunos de mis cristales brillaron —dijo—. Pero fue el cuarzo rosa que brilló aún más. En un momento pensé que iba a estallar. 

 Tomó el bolso que tenía a un lado, y de este saco una piedra de un color lechoso, estaba decorado con algunas betas de tierra, y con la luz del sol, su aspecto daba un color diferente. Rosa bien claro. Pero no era solo el sol que hacía brillar al cristal, este lo hacía por su cuenta. 

—¿Qué tiene que ver un cuarzo rosa conmigo? —pregunto Casper. 

—No es el cuarzo rosa en sí, es que ni siquiera está la luna que le corresponde para brillar en la forma en que lo hace.  

—Si, hablando de rosa. Mis lirios rosados también estallaron esta mañana —contó Circe. 

—Quizás se deba a la luna llena —dijo Casper—. Digo, todo enloquece cuando se pone inmensa. 

—Pero aún falta para la luna llena —murmuro Tamy. 

 Lucero dejó parte del desayuno, y se acercó a la de cabellos teñidos, y se sentó en su regazo para poder estar más atenta a lo que se hablaba. Era algo que le encantaba oír, pues siempre se vio rodeada de la magia y la naturalidad con la que esta se hablaba. 

—Quizás son las hadas del bosque —dijo Lucero—. Vi una, ayer antes de ir a la cama, era rosa.  

—No, las hadas se extinguieron hace muchos siglos atrás. En la guerra por la liberación mágica —contó Tamy. 

—Pero si vi una —insistió Lucero. 

—Quizás fue una luciérnaga de otro color. 

 Circe le llamó la atención a la mayor, y ésta tragó saliva al notar que estaba de brazos cruzados, y alzando de manera marca una ceja. 

—A decir verdad, puede que aun vivan alguna en el bosque ¿No? —dijo Tamy, nerviosa. 

—Como sea —Casper se estiró con los brazos hacia arriba—. Flores, cristales y hadas, nada que no hayamos visto antes, y nada de qué preocuparse ¿Cierto? Iré al bar antes que se haga más tarde. 

 Se despidió de las tres con besos en las mejillas, y antes de irse, Circe lo detuvo una última vez. 

—Recuerda que debes contratar a alguien para el bar. 

—Lo se mamá —sonrió, y salió apurado. 

VIII

Un día en el bosque de la Cumbre.

“Querido diario: 

 Aun tiemblo, y tengo terribles ganas de llorar. No tanto por haber escapado como dije que haría sino porque me atraparon por eso. Ahora espero que padre no se entere que salí de la casona del señor Ambrosius sin permiso más que el de Casper. 

Cabe aclarar, que me marché sola, con él. Sin Circe, ni ninguna otra dama. Morrigan dijo que fue mi mayor tontería hasta el momento, yo lo creo como una aventura educativa.  

 Lo malo, es que cuando nos descubrieron nos castigaron casi por igual. A él mucho más por ser el mayor, y a mí, por no haberme opuesto en lo absoluto, y creer hasta el final que era una brillante idea.  

 Lo bueno, conocí un poco más del pasado de Casper. Él aun no me ha dicho mucho, pero si sobre que nació entre ellos. Su madre era parte de una caravana. 

 Lo mejor, aunque más confuso, un poco más cada día, es que mis sentimientos por él se han aclarado un poco más. Me explico. Ahora comprendo las sonrisas que nacen cuando lo evoco en mi cabeza, o como es que justo en centro de mi cuerpo siento cosquillas al verlo acercarse. Podría pasar horas a su lado, oyendo sus prosas, las melodías que suelta en el piano, o solo viéndolo. Él me inspira a querer leer poesía en voz alta, y a recitar fórmulas mágicas que dieran como resultado el color de su magia. 

¿Sera que Casper me gusta?”

• • •

 Era lunes, y como cualquier ser humano, se sintió cansada. 

 Parecía ser que era la única. Circe se veía un poco más alegre de lo normal, Arabella supuso que era una fachada para los nuevos visitantes. Hasta Tamy, que parecía reacia a dar una sonrisa en cualquier día de la semana, se veía bastante animada. 

 Terminó por concluir, de que no eran como supieron ser, o que les gustaba mucho los lunes. Sea cual sea la razón, ella no hacía más que bostezar desde el momento en que salió de la cama, hasta que bajó a desayunar, y también cuando recordó que ese día lo pasaría con Casper. 

—No puedo cancelar — dijo—. No después del viernes. 

—Pero si no pasó nada —dijo Tamy.

—Lo sé, pero hubo algo. 

—¿Pasó algo mientras te abrazaba? —preguntó Tamy con cierto tono burlón—. No espera, cuando llegaron acá, él después volvió, entró, subió hasta tu cuarto, y sucedió. Bien, porque lo necesitan. 

—Diosas, Tamara, ¿Desde cuando tienes tanta imaginación?

—No lo sé, con ustedes puede pasar lo que sea —respondió, encogiéndose de hombros. 

 Arabella rodó los ojos, y luego rio. Era algo que, dentro del momento tenso de aquel abrazo, daba cierta gracia de solo imaginarlo. 

—Iré, porque es algo que necesitamos —dijo Arabella—. Y yo necesito ver que más hay además de estos lugares. 

—No, tu necesitas estar muy a solas con él —dijo con picardía—. Y en vez de ir a su casa, prefieres la comodidad de un bosque. 

—No tendré esta conversación contigo —dijo Arabella. 

 Volvió al cuarto, preparó una mochila pequeña con algunas cosas, y salió despidiéndose hasta de los extraños, que no hacían más que sonreír hechizados tras su paso. 

 De camino a alguna despensa, terminó por chocar, otra vez con Casper. Este sonrió al verla, y ella igual. Por un momento se creyó estúpida por hacerlo cada vez que lo veía, fuera el ámbito que fuera. Pero le era inevitable hacerlo, a la distancia en que estaba su energía era contagiosa, llegando a quitarle ese sueño con el que cargaba. A demás verlo vestido como un explorador, con un gran nivel de estilo, desde la gorra negra, hasta la musculosa, y el pantalón pescador de cargo haciendo juego. Con sus adornos brillantes, que parecían ser indispensables para una caminada por el bosque, le provocaba demasiadas sensaciones, además de la sonrisa tonta.  

—Veo que vamos a recorrer las pasarelas de Lordvick —dijo ella, exagerando su acento inglés. 

—Bueno, el bosque, es como la pasarela de Milán o Paris —dijo y ladeó la cabeza—, pero más natural y sin todo ese glamour. 

 Pasaron por el pequeño mercado que allí había, y tras dar vueltas por los cortos pasillos, y comprar lo que les hacía falta, continuaron el camino al bosque. 

La entrada al bosque estaba limitada por unas finas estacas de madera. Parada frente a la inmensidad de aquel lugar tan verde, Arabella sintió un cosquilleo bajo la piel, y el calor de la estación sobre la misma. No recordaba cuando fue que estuvo ante tanta magia verde como esa, y se cuestionó si eso no le haría mal, si apenas sentía eso estando quieta a metros del interior. 

 Por experiencia, sabía que era una clase de magia llena de energía natural, que revitalizaba a cualquier mágico que necesitara seguir en movimiento. Y ella, supo ser tan enérgica como aquel flujo invisible a los ojos pero que acaparaba el aire libre. 

 Cual sea la respuesta, no se quedó estacada al suelo para averiguarlo. Tomando aire por la nariz, y soltándolo por la boca, dio el primer paso. Continuó un corto trecho hasta volver a detenerse, y a su lado se detuvo Casper.  

—Asombroso ¿No?

 Sentía la energía vibrar desde la punta de la nariz, hasta la planta de los pies.  

—Si, la magia aquí es una locura —dijo emocionada—. No recuerdo cuando fue que …

—¿Te sentiste tan viva?

 Ella lo vio, y confirmó que Casper podía encajar en cualquier escenario. Desde un castillo oscuro, en lo alto de una tarima iluminado con luz artificial, o allí en medio de la naturaleza, rodeado de verde, y el brillo del sol resaltado lo oscuro en sus ojos negros, y lo dorado en su piel trigueña. Reparo en como la luz dibujaba el perfil de su nariz con delicadeza, y marcaba con la misma esa mueca en sus labios.   

—Si —dijo apenas audible. 

Cuando creyó que no podía existir mejor momento para dejar de comportarse como una tonta enamorada, Casper la empujó con cuidado al frente, para que siguiera caminando. 

—Bien, si ahora te sientes vivas, más adentro vas a querer morir por lo viva que te sentirás —exclamo. 

 —Lo que acabas de decir no tuvo sentido —rio—, pero suena tentador. 

 El primer kilómetro que recorrieron, riendo y haciendo carreras para ver quien estaba en mejor forma, estaba rodeado de árboles delgados y muy verdes. Sus hojas eran vibrantes e iban entre verde anaranjado y un marrón muy claro, gracias a la luz de la mañana, y estaba decorado con flores largas y rosas. Estas se encontraban desperdigadas a lo largo del sendero marcado tanto por la guardia del bosque, como por las pisadas de quienes iban a visitar el sitio. 

 El calor los hizo detenerse un momento para beber agua, y recoger cosas. Entre estos algunos pétalos secos, semillas de algarrobo, otro árbol que dotaba de un poco más de sombras a las zonas a los costados del sendero. Allí, un poco más oscuro, se notaba cierta profundidad que no dejaba visualizar otras especies de árboles, y eso le daba provocaba escalofrío a Arabella. No era frio, ni temor a lo que no podía ver, tampoco era la magia verde que de ahí provenía. 

 Algo más en esa densa oscuridad le hacía temblar. Como cuando aún era joven, y veía aquella habitación que le daba tanta curiosidad como miedo. 

 —Vamos que aún falta camino —la llamó Casper. 

 Se había adelantado sin que ella lo notara. Y sin tampoco notarlo, se perdió en el turbulento océano en que se convirtió sus recuerdos. 

 Agitó la cabeza, y apuró el paso hasta llegar a su lado.

 El sendero dejó de existir. El chañar y manzano de campo, dejaron el camino metros atrás. Ahora el algarrobo, arboles muy jóvenes y no tan altos, poblaron la zona, y entre estos, otra especie que Arabella no reconoció, y Casper no pudo responder a su pregunta. 

 Y esa sensación que no la dejaba en paz, que ella disimulaba por cada paso que daba, fue creciendo alrededor. Esta parecía hacerse más intensa a medida que se adentraban al bosque, y el sonido del agua llegó a sus oídos.  

—¿Te sientes bien? —preguntó Casper. 

 La veía un poco más pálida, pese a lo rojo en sus mejillas. 

—Si, quizás el calor me hizo un poco mal —dijo, dando una pequeña sonrisa. 

—Bueno, si el calor es un problema, a unos pasos esta la solución ¿Lista?

 Ella asintió, tratando de verse más animada. Y eso se logró, pero no porque buscara disimularlo, sino gracias a Casper. Tomó su mano, y lo que resto del trayecto no la soltó. 

Volvió a ser esa niña solitaria otra vez, y él joven que no dejaba de verla con curiosidad.    

 Y esos metros en donde Arabella luchaba contra una fuerza interna para buscar soltar su mano, y besarlo en medio del bosque, la condujeron a una piscina natural. Ahora su atención la tenía algo más. 

 Frente a ella se alzaba un muro de piedra, cubierto de musgo, y plagado de alguna clase de enredadera fina. Los árboles no eran tan visibles como sucedía metros atrás; ahora estaban esparcidos, y eran mucho más verdes y frondosos. Sus copas se movían gracias a la caída de agua, un poco más fina en comparación con otras cascadas que supo ver.  

—¿Qué es este lugar? —pregunto sin salir del asombro. 

La danza del agua sobre el agua, sobre las piedras, la pequeña y extraña isla al centro, el brillo a causa del choque del sol con las gotas que salpicaban, el sonido, que daba la sensación de furia y calma a la vez, era lo que ahora tenía su atención por completo. La sonrisa, y la emoción no le alcanzaba para poder expresar lo que ese lugar le causaba. 

—Cuando llegamos con Tamy, nos dijeron de un lugar mágico, que casi nadie hallaba. Era como una leyenda, y solo nos bastó perdernos un día, como buenos turistas, para poder encontrar este tesoro —contó Casper—. Esta es la verdadera Centella de Júpiter.

—¿De verdad?

—Si, nadie más lo ha encontrado, hasta donde se. Es la ventaja de tener magia. 

—¿Cuál es?

—Que siempre que te pierdas puedes hallar una manera de volver, en este caso seguimos nuestras migajas mágicas —dijo— ¿Quieres meterte? El agua aquí es hermosa. 

 Asintió con una gran sonrisa, y dando un brinco en el lugar. Dio la vuelta para buscar donde dejar la mochila, y cuando otra vez se dirigió a Casper, a punto de decirle algo, este ya estaba en la orilla del pequeño estanque, sin su gorra y camiseta.  

 Quedó impactada frente a lo que vio. Era volver a ver su piel, y descubrir todo lo nuevo que se escondía bajo su ropa negra. Supo que el tatuaje del brazo continuaba hasta tapar la mitad de su pecho. Que estaba más delgado y definido que la última que lo vio, que los cálidos rayos de sol hacían resaltar aún más su color natural. Que, aun en la distancia, podía sentir el calor que esta emanaba, y la mandaba lejos en los recuerdos de cuando mayor era la necesidad de sentirla tan cerca, y desnuda. 

 Comenzaba a sentirse estúpida cada vez que el aliento se le cortaba por cada pequeño detalle que volvía a ver de él. Por cada recuerdo que la abordaba, y como es que deseaba saltarse la amistad para volver a experimentarlos.    

—Vamos Bella, ¿O me obligaras a ir por ti? —exclamo. 

 Arabella dio un soplido, y sonrió a la par que negaba. Casper sabía lo que provocaba, y se aprovechaba de eso. Era lo que ella creía, y estaba segura que era cierto. 

 Se sacó la ropa, y la dobló sobre su mochila. Entonces a medida que se iba acercando a la orilla, dando pasos seguros, que rosaba lo coqueto, se dio cuenta de la mirada del muchacho sobre ella. De la pequeña curva que se iba alzando en su boca, hasta de esa gota de sudor que resbalaba con gracia por su frente. De cómo sus ojos parecían iluminarse, y recorrer las curvas descubiertas de su cuerpo. 

 Solo estaba usando un traje de baño de una pieza, color rosa, sin ningún diseño en particular, pero no podía ignorar que Casper parecía ver más allá de la simpleza de la pieza.    

 Casper tenía el poder de hacerla perder todo en segundos, pero Arabella también era capaz de hacerlo temblar, y no necesitaba más que dar unos pasos hacia él. 

—¿Cómo está el agua? —preguntó detenida a la orilla. 

—¿Quieres saber por las buenas, o por las malas?

—Solo quiero saber —dijo. 

 Casper le extendió una mano, y Arabella la tomó sin dudarlo. Este jaló, haciendo que ella entrara dando un paso largo, y quedando frente a él. 

 Sus dedos estaban entrelazados, al igual que sus miradas. La cercanía de sus cuerpos era mínima, y la mano en la cintura de Arabella los unía de una manera que hacía arder sus mentes.  

 En el silencio, Arabella no dejaba de pensar en volver a besarlo, en dejarse llevar por el deseo que golpeaba con fuerza su pecho, y se expandía por su cuerpo. Una vez más saborear su piel, sentir su respiración agitada, el calor tan cerca que no quisiera alejarse jamás. Devorar cada parte, y hacerlo suyo hasta calmar lo que se producía al tenerlo tan cerca, y estar tan lejos del resto de personas.  

—Bien, esta hermosa el agua —murmuró y sonrió—. ¿Sabes dónde más el agua es así de hermosa?

 Arabella agitó cada pensamiento infernal, y negó con la cabeza. 

—¿Dirás alguna tontería, como sobre la arena que pisas, o donde te bañas?

—Son dos opciones, pero hay una tercera opción —dijo y señaló a la cascada—. Hay que llegar hasta allá ¿Recuerdas como nadar?

 Arabella soltó su mano, y pasó al lado, tratando de lucir calmada. Caminó hasta que el agua le llegó a la cintura y sin decir más nada se zambulló. Y por detrás fue Casper, tratando de no verse tan emocionado. 

 Llegaron casi a la media hora. En el camino a la cascada se detuvieron varias veces para jugar allí mismo, como si fueran dos niños. El lugar que solo era cubierto por el sonido de la naturaleza misma, pronto se vio invadido por sus risas, y gritos. 

 Arabella vio a Casper atravesar la corriente de la cascada con facilidad. Por otro lado, ella se quedó allí, flotando en la incertidumbre de lo que podría haber al atravesar esa cortina de agua. Aún seguía sintiendo ese pequeño malestar. El desconocimiento de no saber sobre algo no le ayuda a mantener la calma. 

 Hasta que se atrevió a hacerlo. Tomó aire varias veces, y se hizo las porras ella misma. Para que, por fin, en segundos haya atravesado esa cortina de agua y toparse con algo que la asombró, aún más de lo que ya estaba. 

 Una cueva. Pero esta era diferente a otras. No tanto por la profundidad que allí había, o el silencio sepulcral pese al agua que caía del otro lado. No era la humedad en sus muros, o la falta de claridad. Era la magia. Similar a la que existía en el bosque, pero más densa, oscura, hasta combativa. 

—¿Puede que sea magia verde oscuro? —preguntó Arabella. 

 Vio los vellos del brazo y estos estaban encrespados. 

—Exacto —dijo Casper por lo bajo. 

 Con la mano, iluminó uno de los muros, y allí, Arabella notó algunas marcas en la pared. Con cuidado, y respeto en cada paso que daba, se acercó para ver mejor. Aunque no entendía bien lo que algunos símbolos decían, supo que contaban una historia. Una muy antigua. 

—Es aquí donde nace la magia que protege este bosque —contó Casper—. Hace mucho tiempo, al principio de todo, existieron guardines, que luego se hicieron fuentes mágicas. O eso es lo que entendimos. 

 Arabella pasó la mano por la pared, sintió un cosquilleo que le hizo la apartar enseguida. Como si alguien la empujara con algo filoso. 

—Tamy, que sabes que ama la historia antigua de la magia, aun no puede resolver lo que esto significa con certeza, y Circe piensa que es mejor así. Que no debemos perturbar a nuestros ancestros. 

—¿Tu qué piensas?

—Que este lugar es mi lugar en el mundo —sonrió—. Es increíble lo bien que se siente la paz que aquí abunda. 

—Eso suena lindo. 

—¿Puedo hacerte una pregunta?

 Y antes que ella pudiera responderle, Casper tomó su antebrazo, y vio por el lado de adentro, allí donde residía una cicatriz de al menos unos cinco centímetros. Ambos la vieron, y luego alzaron sus vistas.

—Me imagino que quieres saber que sucedió ¿No?

—Yo, la vi hace un momento, pero no debes si no quieres —dijo algo nervioso—. De verdad, no sé qué …

 Arabella notó que de inmediato corrió la vista a otro lado, y que sus mejillas se teñían de un suave. Sonrío, algo tranquila de toda esa situación, y con cuidado se soltó de la suavidad de su agarre.  

—Descuida Cas, no es una historia que te pueda ocultar por tanto tiempo —dijo—. Ocurrió hace tanto. Estuve tan decidida a que sucediera. Estaba cansada de la vida que llevaba, de los años perdida. No tuve otra manera de afrontarlo.   

—¿Cómo?

¿Estaba seguro de querer oír que fue lo que pasó? No lo tenía bien en claro. Le era inevitable pensar que aquello sucedió cuando ella se marchó. Que estuvo tan alejado que no pudo hacer algo para que no llegara a esa instancia ¿Él lo iba a poder evitar? ¿O era algo de debía suceder? 

—Pasé la mitad de mi vida yendo detrás de una pista que casi … —se pausó, y tomó aire— Y la otra mitad pagando por cada tonta idea que tuve cuando me sentí libre de una tarea inútil. 

 Arabella llevó la vista al muro dibujado con símbolos que no entendía, y suspiró con el mismo cansancio que alguna vez tuvo. 

 —Mi vida se había tornado un ciclo sin fin de hacer todo una y otra vez. El problema nunca fue la rutina, sino aquello que sucede cuando todo está en silencio —continuó—. Me sentí tan abrumada que dejé de ver claro, y solo sucedió. 

—Pero, estas aquí —dijo Casper, apenas audible. 

—Desperté, y lo tomé como una segunda oportunidad —dijo, y sonrió—. Que yo esté aquí, puede ser parte una casualidad, o bueno una causalidad. 

—¿Causalidad? —preguntó con clara curiosidad. 

—Si, quizás el destino me condujo acá para poder hacer las paces con el pasado. Con las chicas, contigo —respondió—. Obviamente, antes debía pasar por todo lo otro que me tenía preparado. Aunque, no puedo dejar que él cargue que todo. Yo puse de mi parte para que el camino se hiciera de alguna forma.  

 Casper se acercó el poco trecho que los separaba, y tomó con suavidad el brazo que era decorado por una clase de manifestación del destino. Sonrió, en paz con la verdad, y seguro de cada palabra dicha. 

—En ese caso —alzó la vista—, sabes que puedes besarme cuando quieras. Creo que es algo que el destino tiene esperando a que suceda.  

 Le dio un suave beso en la mejilla, y se apartó de ella, yendo a la entrada de la cueva. Luego de avisar que iría por algo que comer saltó, Arabella quedó con una mano en donde él la besó. 

 Ahora ya no se sentía tan tonta por sonreír de la manera que lo hacía, por estar llena de ilusiones, o pensar que esa cueva era el lugar perfecto para besarlo, o lo que fuera. 

 Y cuando quiso ir tras él, para aprovechar sus palabras, algo la detuvo. Era una fuerza invisible. No podía ver nada, pero sentía como múltiples manos la detenía por los brazos, la cintura y las piernas. De pronto, el lugar dejó de ser silencioso. Voces se hicieron presentes, gritando en coro, desprolijo y ensordecedor, un rotundo no. 

—No lo hagas —decía una voz en su oído, con claridad—. Te lo suplico, no lo hagas. 

 Y presa del pánico, se hizo hacia adelante con fuerza, hasta que pudo al fin desprenderse de eso que la ataba a abandonar la cueva. A causa del impulso, saltó por la cascada, gritando. Terminó por zambullirse, y así como se hundió salió al flote.

 Sin tiempo para respirar, ni ver detrás suyo, nadó hasta la pequeña isla, que consistía en una gran roca rectangular, muy oscura. Al llegar, trepó, y se tendió, ahora sí, para poder respirar. Un haz de luz caía sobre ella, cubriéndola con su calidez, con una magia desconocida, y tan familiar a la vez.

 El bullicio que la agobiaba, se hizo silencio. Ni un solo ruido rondaba por el lugar. No escuchaba el agua caer, o el canto de los pájaros. Ni las ramas de los árboles que se cerraban encima suyo moverse. 

 Cuando quiso sentarse, comenzó a tensionarse, como si estuvieran sujetando sus muñecas y tobillos, pero esta vez, era una energía diferente. Aquello que se ocultaba en lo profundo del bosque, y le ocasionaba desconcierto, hizo presencia sobre su pecho, agitando el flujo de magia, dando lugar a una nueva.   

Pesada, que no le permitía levantarse. 

Asfixiante, que se enredaba en su garganta como una cadena gruesa. 

Quemaba la piel bajo su ojo derecho, allí donde ocultaba una terrible verdad. 

Agitaba su cuerpo sin la necesidad de moverlo de la piedra. 

 Pero no la calló. Logró gritar, tan fuerte que sintió que sus pulmones, y garganta colapsarían, que la sangre brotaría por su boca junto con el agudo sonido de su voz. Arqueó la espalda, tanto que el dolor era imposible de resistir, y con eso llegaron las lágrimas. Se despegó de la piedra, y cuando pudo alzar los brazos, zafarse a medias de esa energía, se puso de pie y cayó al agua. 

Su collar se hizo pesado, como un ancla que la arrastro hasta el fondo. Todo se tornó oscuro, vacío y frio. 

Casper saltó por la cascada, y nadó hasta la orilla. Esperaba que lo que le haya dicho a Arabella sirviera para por fin romper con esa timidez que tan poco los caracterizaba. Si hubo una época en que se comportaron así, sucedió cuando era apenas unos niños de quince años, y con el tiempo, dejaron de serlo. Niños y tímidos.

 También esperaba no haberla espantado, y que, si pasaba, buscar la manera de solucionarlo. Su mente comenzó a dar vuelta por cientos de maneras de pedirle perdón, o de justificar sus impulsivas ganas de vencer la barrera de la amistad. 

 Y que Arabella se tardara en aparecer, no hacía más que preocuparlo.  

—Un minuto más y voy por ella —se dijo así mismo.  

 Cuando el minuto transcurrió, con esa puntualidad, se preparó para ir a la cueva de nuevo. Hasta que la vio saltar por esta. Primero sonrió aliviado, pero al verla nadar en dirección a la isla, notando una clara desesperación, la sonrisa se le borró. 

 La vio trepar a la roca y quedar tendida encima; de pronto observó como esta se tensionaba, y luchaba contra algo que no podía ver. Ella logró ponerse de pie, tras un grito que lo obligó a cubrir los oídos, cayó al agua, y no salió. 

—¡Arabella!

 Corrió hasta donde el agua lo cubrió, y se zambulló para nadar a donde ella hundió. No la encontraba, todo estaba extrañamente oscuro. Desde el cielo, hasta los árboles. 

 Nadó hasta el fondo, y notó un leve resplandor rosa. Era Arabella. La agarró de la mano que se mantenía al flote con la misma delicadeza que una planta acuática, y al jalar, sintió que su peso se había triplicado, sino es que más. Lo intentó varias veces en vano, con temor arrancarle el brazo. 

 Ella no se lo iba a perdonar. 

 Tuvo que volver a la superficie, para tomar aire.  

—No, no dejare que te vayas así de fácil — exclamo con enojo. 

Se volvió a sumergir, y la encontró, entre algunas plantas que más parecían tentáculos oscuros. Una vez más, la agarró del brazo, y murmuro un hechizo para dormirla, a ella o lo que fuera que la estuviera frenando allí. 

 De pronto el cuerpo de Arabella se volvió liviano. Casper la abrazó, y se impulsó con las piernas para salir de ahí. Nadó hasta la orilla, llevándose con ella, algunas de esas enredaderas que parecían no querer soltarla. 

Con cuidado la recostó en la arena, y acercó el oído a su pecho. Apenas se podía oír una leve palpitación. Y cuando alzó la vista notó que su collar, de un color verde claro, estaba manchado. 

—Vamos Bella, no puedes morir —murmuro—. Recuerda, estas recorriendo tu segunda oportunidad. 

 Comenzó a hacerle RCP, con más de trecientos años, debía darles un buen uso a sus conocimientos en primeros auxilios. 

 Si en algún momento de su vida tuvo los peores minutos, ese instante en que soltaba sus labios para presionar su pecho con temor a quebrarle una costilla, superaba cualquier capítulo de su vida. Desde el haber ido a una guerra absurda, hasta cuando la vio marcharse esa madrugada de lluvia. 

 Arabella moría, una vez más lo dejaba, y ahora, más que antes, era para siempre. Tras la cuarta ronda, ella comenzó a toser. Su pecho se agitó, y de la boca escurría agua y una baba espesa y oscura.

 Tomó una gran bocanada de aire, a la par que abrió los ojos tanto como pudo, y volvió a caer desmayada.  

Parte dos.

I

Una prueba de magia 

11 de noviembre, 1700

 Morrigan miró por la ventana la oscura noche, y lanzó un suspiro. La luna estaba cubierta por gruesas nubes de lluvia. Cada tanto el cielo, falto de estrellas, se iluminaba por lejanos relámpagos. El tiempo no acompañaba los acontecimientos del día. Nada lo hacía. Ni el abrumador silencio, ni sus nervios a flor de piel.  

 Era más de medianoche, y no tenía noticias de ningún tipo. A esa altura, prefería hasta una mala a que no tener ninguna. Era la segunda ocasión en lo que iba de su vida que el silencio le causaba tanto terror. Se refugiaba en este para hallar la calma que llegaba a perder a causa del mundo en general. 

 Sin embargo, tras media hora de la recién comenzada noche del 11 de noviembre, una criada se acercó a ella con una gran sonrisa en su rostro. 

—Es una niña —exclamo con evidente alegría—. Es niña, esta sana. 

 El espíritu volvió al cuerpo de la mujer que esperaba algo por el estilo. Desde hacía nueve meses que decidió cambiar esa pequeña parte suya que mataba todo tipo de esperanza. Nunca las tuvo en nada, solo para evitar cualquier tipo de decepción. En algún momento, cuando era mucho más joven las dejaba anidar en su pecho, y crecer como cualquiera de su edad a la espera de buenas noticias. Además, guardaba altas expectativas no solo en un posible futuro académico, sino en los encargados de darle las noticas. Quizás ese fue el momento clave para olvidarse de tener un ápice de esperanza en lo que sea. 

 Exhaló con tranquilidad, y se puso de pie para ir detrás de la criada.

 Hasta estar a metros de la habitación de su cuñada, era invadida por la felicidad. Algo poco frecuente ella, era lo que su hermano le repetía a diario, más aún cuando pasaba días encerrada en la biblioteca, evitando a quien sea. Quizás algunas noticas relacionadas a la alta sociedad, o lo que pasaba fuera de Inglaterra no era algo que le importara demasiado como para tener que salir de su cuarto. Sin embargo, una sobrina en medio de una tormenta, tras años buscando, era para celebrarlo hasta con la mueca más expresiva en su rostro. 

 Algo la hizo detenerse a unos pasos de la gruesa puerta de roble. Atravesaba hasta los fuertes muros del castillo familiar. Una energía sombría, y espesa llegó a ella. Se colaba bajo el umbral, y tocaba sus zapatos traspasando el cuero y las medias, produciéndole una terrible cosquilla, que iba de la planta de sus pies hasta la base del cuello. 

 No podía moverse, algo la detenía, clavándola al suelo. El miedo se apoderó de ella. Reconocía aquella oscuridad. Pese a vivir en las lejanías de las grandes ciudades, que cada día crecían más, esa energía pesada llegaba, e incrementaba la que rondaba a las afuera del castillo. 

—¿Señorita Pericles? —llamó la criada—. ¿Se encuentra bien?

 Morrigan parpadeó un par de veces, y la miró. No, no lo estaba. Estaba aterrada, porque no podía reconocer de donde provenía esa energía.

 Con la intensión de ver qué pasaba del otro lado, se acercó aún más, y la puerta se abrió frente a ella. Otra mujer, la partera, salió. Cruzaron miradas por unos segundos, los necesarios para dejar crecer aún más la incertidumbre, y el miedo. 

 Morrigan no era una mujer de plegarias. No rendía culto a ningún dios cristiano, ni a aquellas diosas dadoras de magia de las que tanto leyó, pero en ese momento, en silencio, para ella, deseando que alguien más grande la oyera, rezó, e imploró estar equivocada. Que, por una vez, su sensible piel la estuviera traicionando. 

 De pronto, comenzó a escuchar la lluvia, y de fondo el desgarrador llanto de su hermano. La partera se hizo a un lado para que pudiera pasar y lo que vio partió su corazón, en aun más piezas, en cientos de pedazos. Se hacían astillas que la atravesaba, clavándose en su pecho, contagiando su sangre. El dolor recorrió cada parte de su cuerpo, y el aliento se detuvo. 

 Lo que dentro la hacía mantenerse de pie, la abandonó. El vació, uno que creía imposible otra vez tener, creció con la misma rapidez en que las lágrimas nublaban su visión. 

—Has algo —suplicó George. 

 Morrigan no sentía más que dolor y pena abundar en la habitación. Negó, y pronto comenzó a llorar. Como si algo apuñalara su alma, y esta fuera la misma carne de su cuerpo. 

—Lo siento George, no puedo —murmuró con voz temblorosa. 

—Vamos hermana, te he visto revivir plantas, y pequeños animales. 

 El dolor, se mezcló con la ira. El hueco en su pecho dejó de hacerse más grande, y lento se iba cargando con esa mezcolanza. Morrigan creía que no volvería a suceder. No cuando Stella alguna vez le dijo que el mundo dejaría de ser cruel con las de su clase. Esa pequeña esperanza transmitida por la mujer, terminó por apagarse. Murió junto a ella, y con las creencias de su hermano mayor. 

—Pero nunca un humano como ella —exclamo. 

—Eres una bruja, deberías poder —insistió. 

 Guardó silencio frente a las palabras de George. Lo sentía como un insulto, como si de alguna forma buscara hacerle doler con la identidad con la que cargaba. Una de la cual se encargó por hacerle notar que no era, pero este no dejaba de recordarle que si ella hacia magia, no había otra manera de considérala. 

 Morrigan era una hechicera, que no usara aquel cetro que pocos conocían, no la hacía más brujas, que el resto de brujas.  

—¡Te he dicho que no me llames de esa forma! —gritó con fuerza. 

Dio un fuerte golpe contra el suelo, y una pequeña onda hizo temblar lo que había sobre este. Ante su arrebato, la oscuridad se hizo aún más densa, por cada paso a ciegas que daba hacia su hermano, esta crecía aún más. 

 Sin Stella, sin esperanzas, no encontraba razones para seguir ocultando lo que era, y dejar en pie el castillo. Hasta que la oyó llorar. El sonido llegó hasta esa creciente oscuridad en su pecho, y como una dulce y necesaria caricia, la luz una vez más se hizo presente. 

 Apretó con fuerza el ceño, tratando de mitigar el dolor de cabeza. Tomó aire, soltándolo con cuidado, y abrió los ojos. Se acercó los pasos que la separaban de ellos, y miró con atención a la pequeña criatura que se acunaba en brazos de su hermano mayor. Roja por el llanto, emanando un leve, pero notorio hilo mágico. Aun roto en el pecho, el corazón palpitó, un pequeño latido de esperanza.

 Ya no sería la única bajo ese techo. 

—Acéptalo, Stella murió — murmuro, con dolor en su voz—. Pero aun te queda ella. 

 Sin decir más nada, y avergonzada por perder los estribos con facilidad pese a la edad, se marchó del cuarto. Con el llanto de la recién nacida a su espalda, y un fuerte dolor el pecho, que parecía no detenerse.

Desde la noche de su muerte y el entierro de Stella, Morrigan no salía de su habitación o la biblioteca. Las criadas dejaban el desayuno, almuerzo o cena en la entrada, y ella lo recogía cuando no había más nadie del otro lado.

 Sin embargo, cuando el castillo quedo casi desolado a causa del funeral que se llevaba, Morrigan abrió las puertas de su habitación. Con pesadez, muy lento se acercó donde la recién nacida dormía. 

 Su cuarto era de ensueño. Era el único con altos ventanales de arco, la luz del día atravesaba las cortinas rosa pastel repletas de florecillas blancas. Los muros no eran grises como el resto de habitaciones, estaban cubiertas por un papel tapiz verde igual de luminoso que cualquier rastro de césped en plena primavera. Un retrato de Stella, con los cerrados, y una placida sonrisa, custodiaba la cuna de su hija. 

 Allí, cobijada entre mantas de color rosa, despierta, observando todo con sus pequeños ojos marrones, la beba reposaba en silencio. Si alguna vez lloró, su sonido no llegaba hasta la habitación de Morrigan. 

 La mujer la observaba desde arriba, con temor a tocarla. Temía manchar de oscuridad la pureza que resguardaba su pequeño cuerpo. Aunque no estaba segura de si podía suceder, y pese a verse tentada de ponerla contra su pecho, solo se inclinó, recostándose contra los blancos bordes de la cuna.  

 Con delicadeza, acarició el aire que se formaba en la pequeña curva de su nariz. Sus ojos se encontraron por primera vez. El marrón y el azul se mezcló en una danza silenciosa. Ambas sonrieron al mismo tiempo, cuando la magia se conectó, haciendo más brillante la luz del cuarto, y más densas las sombras proyectadas. 

—Bienvenida a este mundo —dijo Morrigan con dulzura—. Algo muy grande nos depara el destino. 

II

Mañana primaveral. 

Marzo de 1706, Bibury

No todas las mañanas de sol tibio y cielo despejado, eran por completo desagradable para Morrigan. Desde el nacimiento de su única sobrina es que comenzó a agarrarle un buen gusto por estar en la galería a esas horas del día, el té y las masas finas que la señora de Gales hacia la noche anterior. 

 Así como también había dejado de sentir culpa por su nuevo gusto por las novelas de amor, pese a que la que estaba leyendo en ese preciso momento, La Princesses de Cleves, no era del amor puro que su madre por años le dijo que debía aspirar, sin importar la falta de pureza del mismo. 

 Morrigan no se había resignado a su soltería, la abrazaba con orgullo, y con ese mismo orgullo se negaba a cualquiera que quisiera desposarla. No estaba interesada en la vida matrimonial, ni en los diversos sentimientos que brotaban de esta. Y ahora leyendo esa novela, donde una protagonista se casaba solo porque sí, pero que amaba con locura a alguien más, menos le interesaba.  

—Qué mujer tan incrédula —murmuro sin alzar la vista.

 Mientras ella se perdía entre las páginas alguien más se acercaba. Dando pasos seguros, tratando de aguantar la risa y cualquier sonido, se acercó a ella, su sobrina. La única que causaba una oleada de amor imposible de poner en palabras. El único ser sobre el inmenso mundo capaz de hacerle nacer las sonrisas más puras, y hacerle llorar por haberse raspado las rodillas contra el suelo. Sentía el dolor que ella, y haría lo que fuera para evitar dicho sufrimiento.  

 Arabella logró lo que nadie más hizo. Sanar el corazón que parecía no tener arreglo. Unir las piezas, y pulir las esquinas astilladas para evitar cualquier otro tipo de malestar. Quizás la noche en que Stella murió, sintió que su propia vida terminó, pero el llanto de la beba la hizo regresar.

 Se prometió así misma protegerla de todo y todos. Educarla para evitar que el mundo de los hombres la devorada de una sola sentada, y evitar, como fuera, que le temiera a lo que nacía dentro de ella y no existía una teoría científica que le dijera con exactitud de lo que se tratar.

 Arabella era el mundo de Morrigan, y si algo le llegara a pasar, quemaría el resto de mundo de los demás. 

 Pero esa mañana no sucedería. Tampoco iba a levantar la vista de la lectura y así romper con el sigilo de la niña. La iba a dejar jugar, porque se lo merecía, porque la risa de la infanta era la mejor melodía, porque la noche anterior George le regañó por no comportarse como una dama, porque merecía la felicidad que una cálida mañana de primavera le podía entregar. 

 Dando un fuerte gruñido, como el de un cachorro furioso de un león, saltó al frente, sobre el libro que la mujer estaba leyendo, y que fingió sorpresa, a su repentino ataque. 

—Ah, no me comas, aun soy joven —exclamo Morrigan. 

—No, no te voy a comer. 

 Morrigan echó la cabeza hacia atrás, y fingiendo pena se tomó el pecho. 

—Oh, ¿Cuál será mi cruel destino? ¿Qué me depara el futuro?

—Me leerás cuentos todas las noches, y me darás galletas todos los días —dijo, y fingió una risa gruesa.

—Oh —suspiró Morrigan—. Acepto tal condena. 

 Arabella se trepó sobre ella, y la abrazó por el cuello, haciendo que la mayor riera. Pronto las risas se calmaron, y ambas quedaron abrazadas, meciéndose la una a la otra. Morrigan, sonreía bajo el abrazo de su sobrina, y tarareaba una nana, que lograba tranquilizaba. La luz de la mañana, la dulce brisa que arrastraba algunos pétalos blancos del árbol de ciruelas llenaba de perfume la galería de cristal, y el lugar se convirtió en un sueño. Cálido y lleno de amor. 

 Morrigan amaba demasiado lo que Arabella lograba, hasta con el juego más absurdo. Y es solo por ella que lograba sonreír como lo hacían las damas de sus novelas, y creía que las hadas aun seguían con vida, revoloteando por ahí. Que las flores se abrían con su risa, y los cristales brillaban con su energía.

 Con ella a su lado, ya no era esa mujer que George tildaba de amargada, ya no pasaba horas y horas en la biblioteca perfeccionado hasta el hechizo más fácil de llevar a cabo, ya no escapaba a lo colorido y fantasioso de los cuentos de hadas. Ahora le daba un significado. Morrigan volvía a ser feliz, como cuando conoció a Stella, como cuando supo que otra vez seria madre, y juro que esta vez lo lograría. 

 Arabella era la promesa que le hizo a Stella estando en vida, y que protegería con sus fuerzas estado muerta. 

 Pero esa felicidad, solo era algo de unos momentos. Porque se hizo presente George, y Arabella volteó al oír sus fuertes pisadas detenerse en la entrada de la galería. Dio un salto al suelo, y como si fuera una niña de más de cinco años, sacudió y plancho la falda del vestido rosa pastel con sus pequeñas manos. 

 Le sonrió. Siempre lo hacía, era su padre, y sentía la necesidad de ser la criatura más dulce que este pudo haber visto en su vida. Sin embargo, las sonrisas no eran devueltas. Y los únicos gestos de cariños que ella conocía, al menos por parte de ese hombre, era alguna suave palmada en lo alto de su cabeza.  

—Tu tía Gretchen vino por ti, ve —ordenó con severidad. 

 Arabella no emitió ni una sola palabra. No se despidió de Morrigan, y con paso apresurado se marchó, llevándose consigo la felicidad de una mañana de primavera. 

 —La consientes demasiado —habló George en cuanto se quedaron solos. 

—Es una niña, es lo que merece —Morrigan se puso de pie—. Amor y risas no es consentirla. 

Caminó en dirección a George, alzándose consigo una extraña oscuridad. Una que solo podía ser provocada por él. Que nacía cuando le hablaba, o se quejaba de lo ruidosa que podía llegar a ser Arabella.

—Es lo que Stella hubiese querido —dijo, y paso a su lado. 

 Cuando se marchó, el sol volvió a la iluminar la galería, y el hombre respiró con naturalidad.  

 Un par de día después se encontró con Arabella vagando por los pasillos. No era uno cualquiera, sino el que la conducía a la habitación de su difunta madre, por lo tanto, sus muros revestidos de un oscuro papel tapiz bordo, estaban decorados con extraños recuerdos, sobre todo para la niña, de aquella mujer. 

 Un cuadro en particular llamó la atención de Arabella, también se la llevó Morrigan. Allí, Stella lucia como un ángel. El retratista capto la claridad de su mirada marrón, como si fueran hermosas gemas. Y su largo y ondulado cabello rubio, era bañado por dorados rayos de un sol entrometido en la pintura en forma de aureola detrás de su cabeza.  

—Tu madre era una mujer asombrosa —habló Morrigan—. Eres igual a ella. 

—¿Por eso padre está enojado conmigo? —preguntó Arabella, por lo bajo. 

 Morrigan se acercó los pocos pasos que las separaban, y se agachó hasta quedara a la altura de sus luminosos ojos marrones. El fiel reflejo de Stella.

—No dejes que eso te amargue —respondió Morrigan. 

 No estaba segura si Arabella la entendiera. Pero si no era así, sería ella quien se encargaría que George no marchitara a la hermosa flor que era su sobrina. 

—Él no logró hacerlo con tu madre —añadió—, y tu no lo conoces como yo, es muy insistente en querer arruinarle la diversión a todos. 

 Arabella reprimió la risa que le causaba escucharla, hasta que no pudo más, y la dejó brotar como si hubiesen descorchado una botella de vino espumoso. Morrigan, el pasillo, hasta la aureola que decoraba la cabeza de Stella se iluminaron por lo melódica que sonaba. 

 Morrigan la abrazó, siendo correspondida por sus pechos brazos, y la magia vibrante que emanaba su sobrina. En ese silencio, tan cómodo, que le daba paz, juró que el mundo sería suyo, y nadie le haría daño o apagaría su sonido.   

III

Una pequeña bruja.

Abril de 1712

Narra Arabella.

 “Querido diario:

  No voy a negar la gran emoción que siento. Pues en unos minutos saldré junto con mi tía de viaje. Ella me contó que a donde iremos, un pequeño pueblo en Francia, abunda la magia. No sé bien en qué sentido lo dirá. Porque acá en la mansión también abunda la magia, solo que no le veo eso que dice. Es algo corriente, creo que esa es la palabra, pese a que solo Morrigan y yo la poseemos. 

  Le pregunte que me quiso decir con eso de un lugar mágico. Note cierto brillo en su mirada azul. La tía suele ser algo fría cuando hablamos de magia. Las clases con ella son más exigentes que las que tengo con los tutores que mi papá me manda. Pero esta vez fue diferente.

  Me habló sobre el lugar, nombró un bosque, y un pequeño estanque. Además, que también dijo algo sobre un castillo encantado. No puedo imaginar ese lugar, en mi cabeza no cabe tal imagen. Y no es poque tenga solo once años, sino porque lo único que conozco es este lugar. Que es algo parecido a lo que ella dice. Creo. 

  Bueno, diario, cuando vuelva de Francia te diré mejor como luce el castillo del magnífico Marlon. Así lo nombró mi tía, pero me advirtió de no llamarlo así, según ella se le sube los humos a la cabeza. No sé qué quiere decir, lo que me dan ganas de llamarle así para saber que de que se trata”.

 Cerré con cuidado el diario, y lo guardé donde siempre. Se que nadie sería capaz de leerlo, imagino que eso está mal, aun así, prefiero dejarlo bajo el grueso colchón de la cama. 

 Cuando estuvo a salvo de mundo que era el castillo, largue un poco aire, y otra vez lo tome. Es que la emoción del viaje era tal, que respirar con normalidad no estaba dentro de lo planeado. Si mi padre me viera, me diría que me comporte, pero en este cuarto, tengo la libertad de respirar de la manera que quiera. 

 Me asomo al espejo, y acomodo mejor la falda del vestido. Luego arreglo el listón que sujeta parte del cabello rubio. Jess me hizo un lindo peinado, y escogió un vestido igual de lindo. Ella que conoció a mi madre, dijo que le hubiese encantado verme así, como una muñeca.    

—¿Muñeca? —digo. 

 A veces los adultos dicen cosas que no termino de comprender, y me da algo de miedo que siga sucediendo a lo largo del tiempo. Es que padre me suele ver mal cuando dice “compórtate como una dama” ¿Qué quiere decir como una dama? La tía es una dama, y suelo comportarme como ella cuando esta alegre. Jess también es una dama y se comporta diferente a Morrigan o la señora de Gales. 

 Entonces suspiro. Creo que eso también hacen las damas, suspiran. 

 Aun frente al espejo, viendo como baila la falda del vestido rosa, oigo a alguien llamarme. “Ya es hora” pienso al instante. Con la misma emoción de cuando escribí el diario, voy por mi maleta, y lista, salgo corriendo. Al abrir la puerta, choco contra mi padre, y noto esa mirada. 

“Compórtate como una dama”, suena en mi cabeza. 

—Ten más cuidado, Bella —me dice.

 Se agacha y me ve a los ojos. Mi atención primero se la lleva su barba. Él tiene mucha, es prolija, al menos en comparación con el hombre que trae la leña. Entonces noto en sus ojos celestes, un poco más claros que los de mi tía, algo que no veo muy seguido. ¿Ternura? ¿Calidez? ¿Miedo? No sé porque esto último, pero sé que él siente eso cuando paso mucho tiempo con Morrigan. Se lo oí decir hace unos meses, no sé a quién, creo que a mi madre.

 Me toma de los brazos, y sonríe, también lo hago. Cuando esta de buen humor, me contagia con facilidad sus sonrisas. 

—Pórtate bien —me pide con suavidad. 

 Y de pronto, sin esperarlo, me abraza. Es cálido, y me hace pensar, más bien desear, que todos los días sean así, como si estuviera a punto de irme. 

—Si, padre —digo contra su pecho.  

Voy de la mano de Morrigan. Ella luce tan elegante en su vestido rojo y negro, que me hace sentir mariposas en el estómago de solo verla. Ah, de grande quiero lucir tan dama como ella, aunque sé que padre no está de acuerdo con eso. Es que se lleva las miradas, y ella no hace más que ver el camino, devuelve algunas sonrisas, y cuando se detiene hablar con alguien indeseado, lo espanta con solo fruncir el ceño. 

 Si quiero ser como ella. Cuando este de vuelta en la mansión escribiré en mi diario como me gustaría lucir de mayor. Estoy segura de que nunca me atare el cabello, me gusta tenerlo suelto, me da cierta libertad y no me hace doler. Ahora que lo pienso mejor, ¿Me poder cambiar el color? El rubio es muy lindo, y me hace ver igual a mi madre, pero tenerlo negro como

—¿En qué piensas? —me pregunta. 

 Entonces oculto mi risa tras la mano. 

—Está bien, no me digas —sonríe—. Ahora quiero que te enfoques en el camino. 

 Asiento. Cuando usa esa palabra, enfoque, significa que me va a mostrar algo de magia. 

 Apura el paso, y nos metemos en un pequeño callejón. Los muros que nos rodean huelen a agua sucia, y no se ven para nada pulcros. Hago mi mayor esfuerzo para evitar tocaros con las mangas, o algún vuelo de la falda. Este lugar está lejos de la elegancia que mi tía derrocha. ¿Qué clase de lugar es este para una dama, para dos damas? Me da un poco de miedo preguntar, estando segura que alguna vez me dijo de que se trataba y no lo entendí. No quiero que me vea como lo hace papá. 

—Ya que no sientes curiosidad —dice—, te contare a donde vamos. 

—No, si siento curiosidad —digo, estirando las palabras. 

 Ella sonríe en que no es cierto, y luego de unos minutos me doy cuenta que está jugando conmigo. 

—Iremos por una mensajera —me cuenta.

—¿Para que necesitamos una mensajera? 

—Ya lo veras pequeña Bella. 

 Apura el paso, y rodeamos uno de los edificios que forman el callejón. Ahora no me parece un lugar vulgar para dos damas. Tiene esa elegancia, que mi tía dice que no se suele ver a simple vista. Los carteles rasgados, y los charcos en el suelo, no se ven tan mal. Uh, y mucho menos, la humedad que resbala a los costados. Supongo que también se aplica a la belleza de lugares pocos cotidianos para mí. 

 Tras hacer unos metros, y escucharla quejarse de lo estorboso del vestido (que me hace pensar que de grande no pienso usar vestido) llegamos hasta una entrada. La puerta es de madera, parecida al cobertizo que hay en el fondo del jardín; y esta puesta sobre un muro de ladrillos negros. 

 Me suelta la mano, y lo primero que siento es miedo. Se que no me va a dejar, pero … 

*Morrigan atraviesa la puerta sin abrirla*

 El aire se me corta. Nunca en once años pensé que fuera posible quedarme sin aire tan rápido. Los segundos seguían corriendo, y no solo me quedo sin aire, sino que también siento mi corazón correr enloquecido, y las lágrimas a punto de brotar sin control. Veo a todos lados, buscando alguna respuesta y no hay nada más que terror. No me he dado cuenta de mis pasos en reversa, hasta que siento el frio muro contra mi espalda, y termina por arrebatarme lo que me quedaba de tranquilidad.  

 Hasta que vuelve a salir por la puerta. Corrí hasta ella, y la abrazo, entonces lloro. Lloro mucho, hasta no poder respirar con normalidad, ni tampoco ver. Solo por un momento creí que me dejaría para siempre. Nunca más volvería a ver su rostro, ni saber de magia, y quedaría para siempre junto con mi padre. 

 Sola, por completo sola.  

—Lo siento cariño —me dice. 

 Se inclina hacia mí, y me abraza con fuerza. 

—Lo siento, no volverá a suceder —susurra. 

 Me aparto para verla a los ojos, y cuando quiero tocar su rostro para ver qué tan real es ella, noto mis manos de un color diferente. Eran más rosas que mi vestido, y estaban cubiertas de algo, se enroscaban en mis muñecas, y se mezclan con mi piel. No es sangre, no se desprende. Son hilos, que me aprietan con fuerza.  

 Y el miedo aumento. 

 Morrigan toma mis manos, y hay un choque de temperaturas, porque yo siento arder hasta mis uñas, y ella esta helada.  

—¿Qué me pasa? —logro preguntar. 

 Pero estaba segura que no se entendió ni una sola palabra de la que dije, como si mi lengua y boca se movieran de maneras diferentes, y no hicieran lo que les ordeno. Ella me ve sin saber que decir, y cuando no sabe que decir, yo solo puedo tener miedo. 

 Mucho más miedo. 

—Debes tranquilizarte —me ordena. 

 Y trato de hacerlo, pero creo que todo empeora. Comienzo a sentir una extraña sensación bajo mi piel, sé que es magia, pero no como cuando hago un conjuro sencillo. Algo crece, es como un cosquilleo, hormigas bajo mi piel. De pronto mis manos comienzan a iluminarse, una luz rosa brota de mis palmas, y escurre como baba. 

—No puedo —digo—. No puedo detenerlo. 

 Entonces Morrigan apoya su pulgar en mi frente, y a la par que mueve sus labios, fui viendo todo oscuro a mi alrededor. Hasta que lo deje de sentir.   

IV

Dormida en sus brazos.

Abril de 1721

Belcastel, Francia. 

Arabella cayó entre sus brazos, y con rapidez la llevó contra su pecho, con miedo a que se fuera a romper. Era la primera vez, desde la noche de su nacimiento, en que sentía la magia de aquella niña con tanta intensidad. No había imaginado antes que las emociones o sentimientos llegaran a afectarle de manera tan brusca. 

—Debo solucionar eso —se dijo así misma.  

 No iba a negar que tenía miedo por haberla dormido, y que luego no recuerde nada de lo que le sucedió. Pero, tan terrible idea no se le hacía que se olvidara de ese fragmento de la mañana. 

 Suspiró agotada por los sucesos, y se enderezó con la niña dormida entre sus brazos. No se detuvo a nada, y a travesó la puerta sin pensarlo dos veces. 

Agradecía el nuevo sistema que las mensajeras habían instalado, en casi toda Inglaterra. Ahora ya no debía atravesar pueblos en busca de alguna de esas mujeres que abrían portales para mandarte a cualquier parte del mundo. Aunque debía admitir que le costó bastante convencer a la líder de la región para que por fin pusiera una de esas puertas en su villa. Mas aun cuando el causante de dicho malestar era el señor Pericles. George hacia todo lo posible para que cualquier asunto mágico se alejara de la villa en donde estaban. 

 Lo malo, es que la puerta del otro lado, estaba puesta en un árbol macizo casi en medio del bosque que se encontraba antes de llegar al pueblo. Y con su sobrina dormida en brazos, y las maletas, se le dificultaba un poco la movilización. 

 Dejó a Arabella recostada, con cuidado, en el suelo, y recorrió un poco el lugar. Se alejó lo suficiente para salir y ver que no haya personas cerca. No tardó tanto, pues por dentro no podía dejar de pensar en que, si George supiera que había dejado a su hija dormida en el bosque, este la mataría de inmediato o le prohibiría seguir viéndola, que para ella era un castigo peor que la muerte. 

 Al volver, notó a alguien inclinado sobre la niña dormida, y el corazón comenzó a latir con desesperación. Podía oír los latidos, y el dolor crecer al mismo tiempo. 

—Tranquila, querida —dijo el hombre que le daba la espalda. 

 Morrigan dio un paso más, y este tomó a la niña, y giró para verla. Entonces en ese momento, donde no lograba tranquilizar los desenfrenados latidos de su corazón, si lo hizo con la magia que cubría sus manos. Estaba dispuesta a dejar al descubierto su identidad mágica con tal de volver a tener a su sobrina cerca. 

—¿Podrías no hacer eso? —preguntó con indignación. 

—Escucha mujer, lo último que debes hacer en tu vida es dejar a una niña dormida en medio de la nada —dijo este. 

 Se acercó a ella, y antes de entregarle a Arabella, tomó una de sus manos envuelta en delicados guantes de encaje negro, y deposito un suave beso en el dorso, dando una sonrisa. Esa sonrisa que Morrigan había aprendido tanto a apreciar, como a odiar.

—Estoy segura que tu hiciste lo mismo con algunos de tus niños —dijo, y quitó la mano de inmediato—. Dame a mi sobrina, si no es mucha molestia. 

—Ah, mi querida Morrigan, te extrañaba —dijo sonriente, y le entregó a la niña. 

 En cuanto la volvió a tener entre sus brazos, la hechicera respiró aliviada, y pronto Arabella comenzó a largar algunos quejidos. 

—¿Molestó mucho y por eso la dormiste? Por suerte no eres madre —dijo burlón en hombre. 

—Comienzo a creer que tus suposiciones, son algo que tú ya hiciste Mar —dijo, y le dio una sonrisa más suave. 

 Por ese breve momento Marlon pudo admirar a la joven que supo conocer hacía ya muchísimos años. Y es que le era inevitable no extrañar a su mejor amiga, antigua aprendiz y, por algún tiempo, su amor secreto, y nada correspondido. Morrigan lo rechazaba tantas veces como lograba aceptar la invitación a dormir a su lado alguna noche. Ella desaparecía en las mañanas, y él analizaba las maneras de hacer que su corazón deje de emitir algún sentimiento.   

—Cierto, no te voy a mentir. Se que no puedo —le dio la razón, y guiño un ojo—. No tengo madera de buen padre, pero lo intento. 

—Si ya admites que son tus hijos, de verdad creo que lo intentas —dijo—. Ahora dame una mano y lleva mis maletas. 

Se aseguró que Arabella estuviese cómoda en cuanto siguiera dormida. El hecho de que se haya quejado entre sueños, solo significaba que no estaba desmayada, y que era una niña inquieta hasta cuando descansaba. 

 Luego de una última revisión, salió del cuarto, evitando hacer hasta el más mínimo ruido. Cerró la puerta con cuidado, y cuanto volteó, se encontró con Marlon, y su gran sonrisa llena de burla. 

 Él era alguien a quien le tenía mucho aprecio. Habiéndolo conocido con apenas unos años más que Arabella. Fue la primera persona que la acercó al mundo de la magia, y que no le tuvo miedo cuando expresó el potencial de la misma. Siempre estuvo al tanto de sus sentimientos, y la forma en como la admirada. Morrigan también lo admirada, pero sus sentimientos no le eran correspondido, al menos no la mayor parte del tiempo. Y era hasta el día de la fecha en que agradecía que este respetara aquello. 

 Ahora solo era su mejor amigo, y única persona a la cual acudía cuando tenía la sensación de que algo estaba mal.   

—Aun sigo sorprendido de que tu hermano te haya dejado traerla acá —habló Marlon—. Digo, nunca le caí del todo bien. Celoso y resentido.

—Arabella hizo algo —dijo, ignorando lo que Marlon tenía para decir—. Y hoy casi vuelve a suceder. 

—¿Por eso la desmayaste?

—La dormí, Marlon —le corrigió—. Hay algo en su magia que me da curiosidad. 

 Otra vez sonrió. Y no era una sonrisa cualquiera. Era más bien una que tenía cierta malicia acumulada. Pues si algo sabía Marlon con certeza de su antigua aprendiz, es que cuando un tema le causaba curiosidad, nada la detenía hasta zacearla. Y esperaba que el amor hacia su pequeña y única sobrina, sea tan inmenso para evitar cualquier inconveniente.  

—¿Quieres té? Escuche que a los ingleses les gusta ¿Cierto?

—¿Qué intentas Marlon? —Morrigan se cruzó de brazos. 

—Por tus cartas sé de qué se trata la magia de tu pequeña y muy amada sobrina —dijo, y dio un paso hacia ella—. Quiero que lo que estes planeando, lo que sea, se aleje de ella, y de ti. 

 Se acercó un poco más, y le tomó de los brazos. Y se deslizo con delicadeza por el largo hasta llegar a las enguantadas manos de la hechicera. Le quitó los guates, con sumo cuidado, y con la expectante mirada de Morrigan, sobre cada movimiento que hacía. 

—Tienes todo lo que necesitas —dijo, sin levantar la mirada de aquellas delicadas manos—. Y es momento que seas lo que Arabella necesita. No una madre, o una tía, una mentora. Una mejor mentora. 

 Hubo un silencio prolongado. Marlon no soltó sus manos, ni ella tuvo la intensión de obligarlo a hacerlo. Suspiró ante lo cálido que se le hacía que alguien más que no fuera su sobrina le tomara las manos sin temor. 

—Acepto el té —hablo al fin—. Quiero dispersar mi mente de todo. Magia, niños, hermanos malhumorados y celosos. 

—Qué bueno que lo haces, porque hoy me ha llegado un té de la India que te va a encantar —sonrió—. Ya tendremos tiempo para entender la magia de una bruja como tu sobrina. 

 Así de la mano se alejaron de la puerta, y siguieron el camino hasta la sala, por el largo y silencioso pasillo. Aun sin haberle dado una respuesta certera acerca de lo que Arabella necesitaba, Morrigan no podía dejar de pensar en eso que sintió por parte de ella. Su sobrina, una pequeña bruja. Una bruja con el tipo de magia que se creía extinta. Magia que le ayudaría a llegar a eso que tanto deseaba. Para sí misma, para Arabella, para cualquiera que tuviera, por más débil que sea, un hilo de magia.  

V

Buenos niños. 

Un mes atrás. 

«Querido diario:

 No tengo muchos amigos. A decir verdad, no tengo a ninguno. No hablo con gente de mi edad, ni dejan que hablen conmigo. Es algo que no termino de entender. Los adultos que me rodena, dicen, y muy seguros, que soy una persona agradable. 

¿Por qué no puedo tener amigos?»

 Acabo de desperdiciar una hoja. Un diario es para eso, para escribir lo que siento, aunque esto no sea agradable, o alegre. O no muestre lo que más deseo, pero en cierta forma si lo hace. Quiero amigos, de mi edad. Que rían, con los que pueda reír. Tengo once años, y no me parece justo no hacerlo. Pero padre siempre me dice que desconozco lo que es justo y lo que no es. Creo que todo el tiempo está molesto conmigo. 

 Al dejar el diario donde siempre, salgo del cuarto. Paseo por los pasillos silenciosos de la mansión, buscando algo que me haga alucinar. Debe estar bien utilizada esa palabra, porque los otros días oí a Clarita decir que alguien le hacía alucinar, y se la sentía contenta con eso. 

 Mientras voy viendo los cuadros pintados que decoran los muros, me detengo en uno. Es mi madre. Mas bien parece una santa, con ese gran circulo dorado detrás de su cabeza, y esa expresión de paz.

 Es hermosa. Suspiro ante su belleza fuera de lo humano.  

Morrigan, cuando se digna a hablar de ella, me cuenta de lo hermosa que era. Y no solo porque si lo era por fuera, sino que también lo era en todo lo que hacía. Trataba bien a quienes la rodeaba, andaba con una sonrisa, mucho más grande que la del cuadro, y que brillaba, de alguna forma que no logro entender. Mi tía, cada vez que logro que hable de ella, también veo que brilla.

 A punto de poner mis manos encima del cuadro, oigo algo inusual. Voces y risas. No eran de adultos. Corro siguiendo el sonido. Están en algún lado del inmenso jardín, pero no muy lejos porque los oigo. Llego a la cocina, que estaba atravesando el pasillo. En esta parte no hay cuadros, ni madera que cubra los muros. 

—Hola señorita Pericles —saluda Clarita cuando entro. 

—¿Dónde están los niños? —cuestiono apurada. 

 El aliento me faltaba, y estoy segura que luzco como una pequeña salvaje. Y es que algunos cabellos rubios caen sobre mi visión, obligándome a correrlos, pero vuelven a caer.

—Mis sobrinos —dice, y da una sonrisa. 

 Deja sus tareas, y sale por la puerta que da a una parte del jardín al que nunca he ido. La oigo que grita sus nombres, y me ilusiono. De verdad, es la primera vez que hay gente de mi edad aquí, y alucino. 

—Niños, ella es Arabella, la hija del señor Pericles —dice, y pasa por la puerta—. Arabella, él es Matheo. 

 Lo señalo tocando la cabeza del niño colorado. Su cara está repleta de puntos, que Morrigan me ha dicho que son pecas, y es mala educación señalarlas. Pero estoy asombrada por la cantidad de estas que invaden su rostro. Y sus ojos verdes brillan como las hojas de los árboles en primavera. 

 Luego, se acerca una niña y Clara le sonríe. Debe ser su sobrina favorita. 

—Ella es Eloise —dice. 

Ella da un paso al frente, sin soltar su gruesa trenza negra. Creo que es más hermosa que su hermano, salvo que no tiene pecas, y sus ojos verdes no brillan de la misma forma. Aun así, su tímida sonrisa es cálida y amable. 

—¿Puedo jugar con ellos? —le pregunto. 

—Claro que pueden —me dice con una sonrisa—. Solo tengan cuidado. 

 Eloise me extiende la mano, y no dudo en tomarla. Salimos al patio trasero. Allí hay un huerto de verduras muy coloridos. También algunas gallinas coloridas, y uno que otro gallo blanco de cresta roja. El pasto aquí es diferente al del otro jardín. Es largo, un poco descuidado, aun así, se siente bien andar por aquí.    

—¿Por qué no te vimos antes? —me pregunta Matheo. 

 —Bueno, no se —digo—. No tengo amigos, casi siempre estoy con mi tía.

—Qué raro —dice Eloise—. Eres muy linda. 

—Gracias —digo, y siento que las mejillas me arden. 

 Quizás es el sol. Aquí se siente diferente, más cálido y abrazador. O es que nunca alguien de mi edad me dijo algo por el estilo. 

—Juguemos entonces —exclama Matheo—. Tú las traes—dice al tocar mi hombro. 

 Sale corriendo, y Eloise también. Al principio no entendí bien de que se trataba el juego, hasta que me di cuenta. Fui tras de ellos, riendo y gritando. 

Al abrir los ojos, no reconocí donde estaba. Era la primera vez que me encontraba en este cuarto. Sus paredes eran de color crema, y los muebles iban a juego, quizás un poco más oscuro. Tenía frio en las piernas por estar sobre el cubrecama, tan suave y de color rojizo. 

 Con algo de miedo me pongo de pie, y veo mejor a mi alrededor. Era más sobrio que mi cuarto, le faltaba algunos peluches y los jarrones con flores, así que no estaba en ninguna parte de mi casa. Esta sensación de que algo sucedió, pero sin saber qué con exactitud no era nada nuevo. Muchas veces me ha sucedido que de repente todo se ha puesto negro. Que segundos antes de eso, mi cuerpo se electrificaba, haciendo que mi respiración se entorpezca, y un extraño calor me cubriera. Abrazaba mi piel, hasta hacerla arder. Y despertar, después de eso, era verme como si no hubiese dormido por días. Con el cuerpo agotado y con grandes machas bajo los ojos. Unos ojos raros, rosas y sin brillo. 

 Así es, ya lo he vivido antes. Nadie me ha dicho de que se trata. 

 Tratando de no entrar en pánico por lo desconocido decido salir. Me acerco a la puerta, y abro con cuidado, a penas, para poder ver del otro lado. Me encuentro con un pasillo, vacío, sin cuadros, ni tantas decoraciones. 

—¿Dónde estás tía Morrigan?

 Comienzo a caminar, y veo, nada. Este lugar, si era del que tanto me habló Morrigan, no tiene nada mágico. ¿Por qué Marlon seria magnifico, si su casa se ve así de aburrida? ¿Cómo puede ser mágico si hasta las gruesas cortinas que cubren las ventanas no dejan entrar nada de luz? Me provoca bostezos. 

 Continúo caminando con una mano en la pared, y suspirando, hasta que alguien me habla. Giro de inmediato y me encuentro con un hombre alto y delgado, de cabellera gris, y una sonrisa agradable. Sus ojos son como dos gemas turquesas que se mezclan con celeste. Resaltan aún más gracias a su barba cobriza. Aun así, me da miedo por haber salido de la nada, y ser tan silencioso. Cuando da un paso hacía mí, voy hacía atrás. 

 Regla número uno, no hablar con desconocidos. 

—No tengas miedo Bella, soy el amigo de tu tía gruñona —dijo. 

¿Cómo le dijo? Reprimo la risa que me da esa palabra, y solo doy una simple mueca. 

—¿Morrigan, gruñona?

—Ah, cierto que tu no has visto aun —dice, y se rasca la barba—. Me presento, Marlon Ambrosia, pero tú puedes decirme. 

—¿El magnífico?

 Me ve, y da una risa muy sonora y divertida que termina por contagiarme. 

—Exacto —dice, y me extiende una mano, la cual tomó sin problemas—. Tú y yo nos vamos a llevar muy bien. Ven, iremos por tu tía. 

—La gruñona —digo dando una sonrisa. 

—Aprendes rápido Bella —dice. 

 Comenzamos a caminar, y da un chasquido, el pasillo se ilumina, las cortinas se hacen más finas, y dejan, ahora sí, pasar una cálida luz anaranjada. Los muros se cubren con un estampado de rombos, y por encima se cuelgan cuadros, que supongo son de su familia. Aparecen algunos mubles con pequeñas estatuillas, y algunos candelabros cuelgan del techo.

 No me deja detenerme a ver mejor los cuadros, pues en un hay un ¿Caballo en dos patas junto con el señor Fantástico? 

—Ah sí, es el profesor Jones —dice, al notar mi atención en la pintura—. Experto en zoo morfología.  

Continuamos caminando, yo sin poder de dejar ver asombrada la magia que crece nuestro al alrededor. Hasta un pequeño conejo pasa entre mis pies. 

—Y ese es Cáliz —señala Marlon. 

—¿Profesor de qué? 

—De nada, solo es un conejo. 

 Cuando me detengo para alzarlo, escucho el grito de una niña detrás nuestro. Se escuchaba desesperado, y decía papá. Al voltear, veo que se acerca corriendo una muchacha de cabellera esponjosa, y piel morena. 

—Papá, papá, papá —repetía. 

Se detuvo a unos pasos de nosotros, y salto para abrazar a Marlon por la cintura. 

—¿Qué hizo ahora? —pregunto Marlon, quejumbroso—. Juro que ese muchacho me quiere matar. 

 Ella se separó de él, y lo vio con sus ojos llenos de lágrimas. Hasta a mi logro dar lastima. Quería abrazarla y decirle que todo iba a pasar. Quizás es unos años más joven que yo, por esa manera de actuar. Debo reconocer, que nunca trate así a mi padre, porque él nunca me hubiese correspondido tan afectuoso como lo hizo Marlon. 

 A punto de responderle, otro muchacho se acercó. Apurado y agitado. 

—Nada de lo que diga es cierto —exclamo—. Es una mentirosa, no hice nada. 

—Casper, guarda silencio.

—Pero padre. 

—Pero padre nada —dijo, y dio un golpe contra el suelo con el zapato—. Si tu hermana dice que le hiciste algo, le creo. 

—Claro, porque es tu favorita —dijo el joven Casper, y se cruzó de brazos—. Circe siempre fue tu favorita. 

 La recién nombrada, gira, y se le fue encima al otro muchacho. Y todo fue muy confuso para mí. Porque Marlon trataba de separarlos y no podía. 

—Hay una invitada —dice Marlon, en voz alta—. ¿Pueden comportarse como gente civilizada? 

 Se enderezo, y señalo al pelinegro bajo la joven de cabellos anaranjados. 

—O a ti te devolveré a Inglaterra y a ti a España —dijo. 

 Ambos se pusieron de pie, y sacudieron sus ropajes. Acodaron sus peinados, y pusieron las manos tras la espalda. 

—No es cierto —habló la tal Circe—. Siempre lo dices, y nunca lo haces. Me amas mucho para hacerlo. 

—No tientes a tu suerte jovencita —dijo Marlon, y se aclaró la garganta—. Par de monstruosidades, les debo presentar a la señorita Pericles. 

 Puso una mano detrás de mi cabeza, y con un empujoncito me hizo caminar. Estaba nerviosa, porque no podía imaginar como reaccionarían ante mí. Mucho menos luego de lo que paso la última vez. 

—Por favor sean amables con Arabella —dijo. 

—¿Es la niña que traías hoy en brazos? —pregunto Circe—. ¿La vas acoger como a nosotros?

—Espero que no —murmuro Casper.

 Aun así, logre oírlo, y creo que Marlon también, porque le gruñe. Los dos nos quedamos viéndonos. Sus ojos oscuros como la noche me llaman la atención. Cargan con cierto misterio, que no me da miedo. 

—Si es ella, pero ya tiene padre —dio una sonrisa—. Es, como dije, invitada de honor junto con la señorita Morrigan. Sean amables, y no tan bestias. Háganme el favor, criaturas del Averno. 

—Puedo ser amable, porque lo soy por naturaleza —dijo Circe. 

—Ay cállate, que hace un rato hechizaste las plantas del jardín para que me atraparan. 

—Fue un accidente Casper —exclamo Circe, apretando los puños. 

 Mientras ellos seguían discutiendo, Brandon me indico seguir el camino, y susurro que eran buenos niños. Volteé a verlo, y aunque seguían peleando, de verdad le creí al señor magnifico. 

—Ellos sí lo son —pensé, y sonreí sin darme cuenta.  

VI

Una piedra, algunos secretos. 

Momentos antes de la cena, Morrigan detuvo a su sobrina. La inspeccionó de pie a cabeza. Desde el cabello rubio atado en un moño simple, hasta las botitas de color rosa que hacían juego con el vestido de princesa. 

—Soy una muñeca —dijo Arabella.

Morrigan sonrió al oírla, y suspiró. 

—La más hermosa de todas —respondió Morrigan. 

 Se puso a su altura, y la tomó de los hombros. 

—Debo pedirte algo —dijo. 

Arabella la vio con sorpresa, y abrió la boca y ojos expectante. 

—Es una tarea —susurró Arabella. 

—Exacto, gatita —dijo, y le guiño un ojo—. Pasaremos por la oficina de Marlon, y necesito que me traigas algo de ahí, una piedra color verde. 

—Tía Morrigan, no creo…

—No tienes por qué preocuparte, lo voy a distraer, él no lo notara —le interrumpió. 

 Morrigan le acarició la cabeza, y se enderezó. Tomó la mano de Arabella y salieron del cuarto. Iban por el pasillo hablando de lo que sea que se les ocurría, hasta que se toparon con Marlon, quien las recibió con una gran sonrisa.

—Señoritas, ¿Me permiten acompañarlas hasta el comedor? —pregunto con elegancia, y le ofreció una mano a Arabella. 

—Si eso te hace mejor anfitrión —dijo Morrigan. 

—Ya era el mejor antes, pero nunca está de más ser un poco más —contesto coqueto. 

 Los tres siguieron el camino continuando con la conversación. Morrigan se detuvo a unos pasos de la entrada, y giró en dirección de donde venían.

—Me ha dado algo de frio —dijo y se frotó los brazos—. Bella, querida ve por mi abrigo, por favor. 

 Se inclinó para darle un beso, y algo le murmuro en el oído. Arabella asintió, y se marchó. 

—Se que va a tardar, ¿Me invitas una copa?

—Todas las que quieras, querida. 

 Morrigan esbozó una sonrisa coqueta y tomó la mano de Marlon. 

—Si que sabes cómo tratar a una dama —dijo. 

 El comedor estaba dividido en una zona, que a Marlon le gustaba decir, de charlas. Estaba al fondo, con una chimenea, un par de sillones frente a esta, y a los lados dos pares de ventanas altas, que dejaban ver el gran jardín de la mansión. Una vista que Morrigan atesoraba desde el primer momento que paso allí. Porque atrás de todo, cuando no había más fuentes de agua, o macetas repletas de flores, se abría un inmenso bosque. Tan oscuro a cualquier hora de día, y repleto de magia. La cual parecía no pasar desapercibida, se sentía aun en la distancia. 

—Morrigan —habló Marlon. 

 Está parpadeó un par de veces, y llevó la vista a su compañero. Aceptó la copa que este le ofrecía, y respiró su fragancia antes de un pequeño brindis. 

—Por un futuro encantador, y lleno de magia, para todos —expresó Marlon. 

—A tu salud —dijo ella dando una ligera sonrisa. 

 Le dio un sorbo al vino, y lo disfrutó como uno de esos placeres que no se daba tan a menudo. 

—Creo que tu niña está tardando —señaló Marlon.

 Morrigan lo vio un instante, y pestañó con cierto encanto. Uno que él amaba cada vez que sucedía, y hacía todo lo que estaba a su alcance para que fuera más seguido. No iba negar que la belleza, y el porte de la hechicera era una delicia, y se hacía más deseable con el tiempo. Desde su delgado cuello, que apenas dejaba ver una porción de su piel pálida, hasta las sutiles curvas de su cuerpo. 

 La hechicera, como se veía cada que la volvía a encontrar, le dificultaba un poco llevar al pie de la letra aquello que le dijo años atrás. Una supuesta promesa inquebrantable surgida de otro amor prohibido.  

—Quizás le he dicho que se perdiera por los pasillos, al menos unos minutos —dijo, y se acercó a él—. O que tarde a propósito. 

 Con esas palabras, Marlon se olvidó por completo que Morrigan alguna vez le dijo que lo suyo era solo amistad, porque le había entregado el corazón en todas sus formas a Stella de Pericles. Pero él estaba seguro, que para pasar una noche con ella, no debía entregar su corazón, ni mucho menos que debía esperar el suyo a cambio. 

—¿A que juegas Morrigan? —indagó Marlon, y tomó la copa de ella. 

 Las dejó a un lado, y en segundos, la distancia que pudo haber entre sus cuerpos, quedo por completo ocupada. Marlon pasó con delicadeza sus manos por su espalda cubierta en un vestido bordó, y las llevó hasta sus delgadas caderas. Morrigan sintió el calor de piel a través de las capas de telas, y suspiro con gusto cuando se apretó aún más contra él. 

—Al juego que tú quieras —susurro, entes de besarlo. 

 Un juego peligroso que pocas veces tenía la osadía de cederle algo de tiempo. Del cual siempre terminaba con ganas de otra partida, si las fichas las movía a su gusto. 

Narra Arabella.

La puerta verde, era en lo único que podía pensar. No debía ser tan difícil de hallar, pues todas las demás entradas son de color rojo oscuro. Di vueltas por los pasillos, pasando nuestra habitación al menos dos veces. 

—No puede estar tan lejos. 

 En la búsqueda de la oficina, no veo más que las puertas, y al no ver ninguna otra, giro para volver al comedor. Choco contra alguien, y termino en el suelo. Fue un golpe fuerte, porque no solo yo me queje sino la otra persona. 

—Lo siento —digo. 

—No, yo lo siento —dice Circe. 

El dolor se me pasa de inmediato cuando la veo. Otra vez la vuelvo a cruzar, y me llena de alegría. Su cabello esponjoso, su mirada colorida que me veía con sorpresa, y esa sonrisa. Aquella niña me hacía sonreír con su sola presencia. 

—¿Te encuentras bien? —le pregunto. 

—Si —me dice apenas audible—. ¿Estás perdida?

—Si, estoy … 

 A punto de decirle la verdad, recordé que Morrigan me dijo que era una tarea secreta, sin embargo, no la iba a poder llevar a cabo sino encontraba el cuarto de la puerta verde. 

—Morrigan olvidó algo en la oficina de tu padre —fue lo primero que se me ocurre—. Esta con frio, y se dejó allí su chal. Ella dijo una puerta verde, pero no la encuentro en ningún lado. 

—No hay ninguna puerta verde, pero si quieres te puedo llevar a la oficina—dijo ella. 

 Me sentí tonta por haber confundido todo. Mi estómago gruñía del hambre, y solo quería volver lo ante posible para poder cenar. Circe me toma la mano, y jala para hacerme caminar. No podía creer que en ningún momento me vio con disgusto o me hizo alguna pregunta incómoda.

  Mientras íbamos caminado, sentían una leve cosquilla donde nuestras manos se unían. Algo que sucede cuando estoy cerca de personas mágicas. Cada tanto, Circe voltea a verme, y sonríe. Una pequeña mueca, dulce, que me tranquiliza. 

 Sin pensar en otra cosa que no sea, lo bien que me siento con Circe, estamos frenadas frente a una puerta. Si, del mismo color que todas las demás. 

 Con cuidado, Circe abre la puerta, y antes de entrar, ella ve a todos lados en su interior. 

—Muy bien, entremos —me dice. 

 Miré detrás mío, y tras unos segundos fui con ella. Allí dentro, el mundo era un lugar diferente.

 Dentro, todo allí llamo mi atención. Esa habitación le hacía honor al apodo de Marlon. Había frascos de vidrio transparente, y otros oscuros. Algunos tenían polvos de diferentes colores, ramas, flores, hojas secas, y otros estaban vacíos. 

 Sus muros cubiertos de madera, con varias estanterías que cargaba con libros y más frascos, se espacian por todo el cuarto sin un orden. Mi padre perdería la cabeza si estuviese viendo todo esto.  

 En la mesa del centro, redonda, con los bordes de metal, como una gran rueda, había más objetos. Desde chapas brillantes, varas de madera, y uno que otro libro abierto. Me detuve para ver uno de estos, tenía unos dibujos, era una mujer muy linda, con el cabello muy largo, al lado de esta una vasija. Tenía escrito algo en una lengua que no entendía, pero si pude reconocer. 

—Son runas —digo.

—Si, a él le gusta. Hay dice bruja de vasija —leyó Circe—. Me enseñó, y aprendí más rápido que mi hermano. 

 Circe sonrió, y no me pude sentir más encantada. Era tan pequeña, y dulce, que solo deseaba ser su amiga por siempre. 

—¿Dónde está el chal?

—¿Qué? Ah sí. 

 Me puse a buscar la piedra, simulando. Pase los ojos por todos lados, y no podía hallar nada que se le pareciera a lo que Morrigan me pidió. Circe no dejaba de ver a la entrada, para luego a mí, de forma sucesiva, produciéndome más nervios. 

—Quizás tampoco es de color verde —murmuro. 

 O lo estaba pensado. No estaba segura de lo que salía de mi boca, o se quedaba en mi cabeza. Lo ocurrido con la puerta verde me dejó por completo confundida, ahora no se si de verdad estoy buscando el chal de Morrigan.

 Siguiendo los estantes con la vista, logro ver un resplandor. Era verde, debía serlo. Sin dudarlo más, me acerco, con la suerte de que estuviera a mi alcance. 

—Eureka —digo en voz alta. 

 Esto está mal, Circe me ve confundida, mientras en mi mano una piedra brilla dejando en evidencia que no voy por un chal. 

—¿Qué tienes ahí? —una voz pregunta detrás de mí. 

Giro con rapidez, el vestido se enreda entre las piernas, y caigo encima de Casper. 

—Lo siento —murmuro. 

 Debo tener las mejillas enrojecidas, más aún que cuando papá me regaña. Y siento más vergüenza que esos momentos. Estoy sobre un muchacho, y le estoy robando a su padre, el hombre que es muy gentil conmigo. 

—Puedes quitarte —lo oigo decir—, por favor. 

 Con rapidez me pongo de rodilla, sin darme cuenta que termine sentada entre sus piernas, y él aún sigue recostado en el suelo. 

—¿Necesitas ayuda? —le pregunto. 

—Puedo solo —responde. 

 Oigo un chirrido detrás nuestros, y cuando giro, es Circe que cubría su rostro. Creo que se ríe de lo que nos pasó. 

—Eres un tonto Casper, vas a romper a la niña nueva— dice, y él se pone de pie rápido. 

—Tu eres, eres —dice, con la voz trabada—. Papá te va a regañar si sabe que estuviste acá, te devolverá a los españoles. 

—No haría eso, soy su favorita —dice ella con evidente enojo. 

 Aprovecho la pelea de hermanos, para ocultar la piedra en un bolsillo que tengo entre los pliegues del vestido. Me pongo de pie y voy hasta ellos para detener su disputa, aunque se me haga divertida. 

 Ellos se me hacen divertidos. 

—¿Vamos a cenar? —pregunto, y ambos me ven. 

 Son tan lindos, que logro quedarme sin palabras. 

—Tengo hambre, y estoy segura que le pueden preguntar a su papá si es cierto que tiene un favorito. 

 Los tomó de las manos, y las acerco para que ellos hicieran las paces con un apretón. 

—Es una tregua —digo, y sonrió. 

 Casper se me queda viendo, y no me siento incomoda como creía alguna vez que lo haría. Hasta me da algo de calma que lo hiciera, y una parte de mi esperaba verlo luego que lo hice la primera vez. 

—Pero no hemos encontrado el chal —dice Circe. 

—Quizás no está acá —digo tratando que no me tiemble la voz. 

—Seguro está en la biblioteca —dice Casper. 

—Si, no recuerdo bien lo que mi tía me dijo —continuo—, vamos al comedor, y le explico. 

Cuando los niños llegaron, fueron recibidos por la mucama, y nadie más. Cada uno tomó un lugar en la mesa, y esperando unos minutos hasta que algún otro adulto llegara. 

—Lo siento niños —dijo la mujer—, pero el señor Ambrosia y la señora Pericles han tenido un asunto urgente que tratar. 

 Los tres se vieron sin entender del todo. Pues la cena parecía ser más importante, era un tema que se trató a lo largo del día, y que ambos mayores estaban ansiosos por llevar a cabo. Morrigan le había asegurado a Arabella que allí iba, por fin, conocer en detalle a los hijos de Marlon. 

—¿Qué es tan urgente? —pregunto Casper—, padre me insistió en venir, y ahora no está. 

—Casper, quizás es algo de suma necesidad —dijo Circe. 

—Así es —dijo la mujer—. Han dicho que disfruten la cena sin ellos, y que su mutua compañía será necesaria para que sea una velada encantadora. 

 Con agilidad los platos fueron servidos, y cenaron en un tranquilo silencio. Cada tanto era interrumpido por el ruido de los cubiertos chocando contra la porcelana, y una que otra risilla. 

—No tengo amigos —interrumpió Arabella—, los que hice hace un tiempo se asustaron de mí, y nadie quiere hablar conmigo. 

 Los dos hermanos se vieron, y luego a ella. 

—También somos raros —dijo Circe—, y no hablamos con mucha gente de nuestra edad. 

—No tenemos tantos amigos como nuestro padre, el parece conocer a todo el mundo —continuo Casper. 

 Circe se puso de pie de inmediato, con una gran sonrisa en su rostro. Sus ojos brillaban con emoción, al igual que la mueca que se le dibujaba. 

—Podemos ser amigos ahora —contó—, no estaríamos más solos, ni seriamos raros. 

Arabella se acercó a ella, y le tomó una mano. Ambas se vieron en complicidad, y sonrieron a la par, para luego ver al mayor. 

—Podemos ser amigos raros —dijo Arabella—, me gusta ser quien soy. ¿Qué les parece?

Casper sonrió, y asintió con la cabeza. Se acercó a las niñas, y puso una mano sobre las de ellas. 

—Creo que podemos comenzar a conocer el mundo por nosotros —dijo. 

—Eso suena lindo —dijo Arabella. 

—Eso suena increíble —exclamo Circe, y festejó soltándose las manos. 

VII

Algo peligrosa.

Circe no está. Se ha marchado con una mujer que le enseña un tipo de magia distinta, y de la cual Morrigan no está interesada en enseñarme. Ella tampoco esta, se marchó a Inglaterra, pero no al castillo. Marlon me contó que tenía algunos asuntos en Londres, en una secretaria. Algo que no entendí, y que me pareció aburrido. 

 En ausencia de ellas dos, quienes son las que más saben sobre plantas para rituales, filtros, y pócimas, no me queda otra opción que recurrir a Casper. No quiero, verlo me pone nerviosa. No de la manera escandalosa, sino más bien de una manera confusa. 

 Siento que me cosquillea entre el estómago y el pecho; los pulmones se inflan con un aire diferente; las mejillas se colorean por un calor que no es ocasionado por correr mucho. El corazón, cada palpitación rápida que da, una tras otra, parece decir su nombre.

 Este desbarajuste físico, es una porquería. Mas aun por no saber la causa de todo este mal mecanismo. Aun así, contra mi voluntad, no me queda más alternativa que ir por él. 

 Fui a su alcoba, y no estaba. Tampoco en la biblioteca o en el piano. La mansión es grande, pero Casper no ocupa tantos espacios, y sin otra idea, voy a donde está el señor Ambrosius. A él lo halle con facilidad, pues casi siempre está en su estudio. Ambos comparten ese modo de ser. Son personas que ocupan siempre los mismos espacios, no sé si por comodidad, o más bien por una costumbre. Según yo, es un poco de ambos. Por mi parte, me cuesta esta cómoda o acostumbrarme a los espacios. Ni siquiera en mi cuarto encuentro la comodidad cotidiana. Si puedo estar en varios sitios, es mejor.     

 Llamo a la puerta, y me permite entrar a los segundos.

 Veo con más atención el estudio. No siempre vengo, porque las clases impartidas son en el taller. Allí está todo desordenado, y Marlon nos hace limpiarlo después de los estudios. Aquí, la luz es más oscura, y persiste una tranquilidad, que me da escalofríos. Detrás de él, hay una inmensa biblioteca, completa del suelo hasta el techo, de impecables dorsos de libros. Velas a los costados del escritorio, y sobre este no hay casi nada. Hojas, un tintero y su pluma, algunas piedras. Este lugar no se compara con la otra habitación. Ni siquiera con él, y esa cálida sonrisa con la que siempre me recibe. 

—Buen día Bella, que se te ofrece —dice con impavidez.  

—Buen día, me preguntaba dónde se encuentra su hijo. 

 Me ve por debajo de las gafas, y me sonríe. Tengo quince años, y sé que no debo decirlo, mucho menos que un pensamiento vague así por mí cabeza, pero me parece un hombre atractivo. Sus serenos ojos turquesa, y el cabello gris peinado hacia atrás, que deja escapar algunos cabellos rebeldes, que problemático. Quizás es la razón por la cual, Morrigan sonríe debes en cuando al verlo. 

 Despejo cualquier idea inapropiada para alguien de mi edad, y le presto la atención que se merece. 

—Debe estar en el vivero —responde—. ¿Para qué lo buscas?

—Nada en especial, señor —digo—. Gracias, me retiro al vivero. 

—¿Quieres que la ama de llaves te acompañe? No soy bueno en esto de la normas sociales y etiqueta, pero estoy seguro que algo no cuadra. 

 —Oh no se preocupe, solo es para preguntar algo de nuestras lecturas —digo. 

 Juro que no hay forma de ocultar el rojo y el calor que me tiñe las mejillas. 

—Ve, pequeña, y ten cuidado. No quiero problemas con tu tía.

 Hago una reverencia, y sin apurarme, salgo del estudio. Estando lejos de su vigilancia, y la de cualquier otra persona, me dirijo al vivero. Esta en una zona apartada de la casona, no tanto como el estanque o el bosque, pero si lo suficiente para evitar ser una atracción para las visitas fisgonas. Pues las plantas que allí se pueden encontrar estaban lejos de ser las más comunes. 

 Si las hay, una de las mujeres de la cocina va todo el tiempo por las especias más típicas. Orégano, albaca, algunos ajíes, entre otras. 

 Y las que se salían del común hasta yo desconocía sus usos. Morrigan me ha dejado en claro que todavía no puedo manipular algunas que allí están, como el estramonio, y otras, que de solo pensarlas me causan escalofríos. 

 Cuando menos me doy cuenta, estoy allí, frente a la puerta de cristal del vivero. A través de esta puedo ver la borrosa silueta de Casper, y casi sin pensarlo, estoy sonriendo como una tonta.

—Maldición —murmuro. 

 No es más gracioso perder el control de esta manera, sentir que me despego del suelo, y floto. Es como estar bajo los perversos efectos de la mandrágora. Tonta planta que te adormece. 

¿Es normal que una persona causara los mismos efectos que una planta mágica? Si hay una respuesta bien fundada, no quiero estar segura de saberlo. Tomó tanto valor como aire, y me meto sin llamar. 

 Con el rechinido de la puerta, Casper voltea. Se ve tan tranquilo. Ya ha dicho que las plantas no son lo suyo, aun así, afirmó que encontraba paz entre la tierra y raíces. 

—Bella, que bueno verte —dice y sonríe. 

 Se ve más hermoso que en mi imaginación. La realidad le sienta bien, igual que las manchas de tierra en la cara, o la camisa blanca (no tanto) algo desprolija, la faja que marca su cintura. Se ajusta a su figura como un suave abrazo. De repente me veo envuelta en pensamientos que no debo tener. Me da calor, y me entra cierto apuro, que no me deja decir ni una sola palabra. 

 Yo tengo quince años, y él diecisiete. Inapropiado por donde se lo piense. Me siento desgraciada. 

—Ho hola —digo, y sonrió—. Qué bueno verte, te buscaba. 

—¿Qué necesitas? Siempre que estás aquí es por algo de esto —dice, y señala las macetas en las que estaba trabajando.

—Busco algo de beleño —digo con cierta timidez. 

 Él me mira con intriga, y una mueca se dibuja de un lado. Noto en sus ojos negros cierto brillo, que me da a entender que le causa curiosidad mi pedido. 

—Mmmm de eso nada, pero tengo belladona —dice—. No lo recomiendo para alguien de tu edad, y tamaño, pero veo que …

—No, detente —exclamo—. No quiero usar ni belladona ni beleño. Necesito unos granos para poder dibujarlo en mi cuaderno, y Morrigan no tiene por ningún lado. Solo será de vista, y nada más.

 Hace una extraña mueca con los labios, y me decepciono al darme cuenta que mi tarea quedara inconclusa. Casper se acerca, llevándose la mano al mentón, y viendo a los costados. En comparación con su padre, el trae los cabellos casi sobre todo su rostro manchado. 

—No, lo lamento —dice—. Nos quedamos sin eso el año pasado. Mi padre no lo creyó prudente cuando Circe se hizo recurrente. 

—Pero ella sabe de esto, ¿Cierto?

—Si, parece tener una conexión casi ancestral con las plantas, sus raíces, la tierra —responde—. Aun así, a padre no le convencía la idea. Pero …  

 —¿Sabes de un lugar? —indago.

 Hace silencio, uno que tiñe el aire de juego y complicidad. Mas aun cuando da un paso más, y se inclina para hablarme al oído. No puedo evitarlo, sentir el calor de su cuerpo tan cerca, y el perfume que lleva mezclado con la tierra. Me trasporta a los días de lluvia y té. 

¿Casper se dará cuenta de lo hace en mí? No lo sé, ni yo sé lo que hace en mí. Solo estoy segura que estaré prendida fuego sin que haya una sola llama envolviéndome. 

—¿Qué dices? —susurra. 

—¿Disculpa? —pregunto consternada. 

—Se de unas personas que deben tener —dice, repitiendo lo que no escuche—. Entre estas, hay brujas. No como tú, o tu tía, que nos pueden dar una mano.

 Morrigan alguna vez me hablo de las mujeres que hacían un tipo de magia que ella cree un poco básica. Aun así, siempre mostro su respeto por ellas, pues solo mostraban lo básico a los crédulos ojos humanos. Nunca me dejo ir las veces que marcho a esas zonas en el bosque, casi a los límites del pueblo. La razón era la luna llena. El pueblo de los Roma, las mujeres, sobre todo, la adoran de una forma que no llego a comprender. 

 Como muchas otras cosas. Por ejemplo, los rezos de Circe a la noche, y las desapariciones de mi tía durante algunos ciclos. 

—Vamos, pareces conocerlos —digo con entusiasmo. 

 Entonces me ve, y me da una sonrisa que derrite mi corazón. Sus ojos negros se iluminan, al igual que mi alma. No sé qué dije, pero por lo visto le fue agradable. 

—Bien, quizás te pueda contar un poco más de mi cuando estemos allí —dice, y pasa una mano por mi cabeza. 

 No sé qué tipo de gesto es, pero he visto que se lo hace a Circe también, y eso desacelera un poco mi corazón. ¿Casper me vera como su hermana menor? Rezare esta noche, a cualquier deidad para que eso no suceda. 

 Para llegar a la gente de las carpas, cruzamos el bosque. Lo bueno es que ir de día nos deja ver el sendero marcado. Porque por lo visto soy la única que no lo has visitado nunca. Casper conto que Malena, una de las criadas, va seguido por algunos ingredientes, y él la acompaña a pedido de Marlon. Circe lo suele acompañar. Otras veces, es Marlon quien va con alguno de ellos dos, a hacer estudios mágicos al aire libre. Él está muy agradecido con que le permitan dejarlo entrar de esa manera, y Morrigan no se queda atrás. Pese a que ella nunca me dice a qué va específicamente. 

 Ahora iré yo. Por primera vez, sin ningún adulto, y sin haberle dicho a nadie, ¿Qué tan mala idea puede ser? No pienso reflexionar al respecto. Pues si lo llego hacer, sabre la respuesta correcta. Mientras tanto ir con Casper me parece lo más asertivo. 

—Muy bien, antes de seguir avanzando debo hacer algo —dice Casper y se detiene—. Se que tu cabello no es igual al de Circe, pero mi padre se lo cubrió la primera vez que la llevo. 

 Busca en su bolso, y saca de allí una pañoleta de un rosa muy claro. Esta algo desgastado, por lo que estoy segura que lo saco de alguna de las mujeres de la cocina. Lo veo con cierto disgusto sin entender lo que quiere decir. ¿Qué tiene mi cabello? Es rubio, ¿Qué problema podría causar?

—Es dorado —dice—. ¿Puedes atarlo? Así será más fácil envolverlo.

—¿Por qué? —pregunto mientras hago lo que me pide. 

—Bueno, si queremos ir y volver antes que se ponga el sol, es mejor no ir queriendo llamar la atención. Estoy seguro que lo harás de cualquier forma. 

 ¿Qué quiso decir? Sonrió, aunque no comprendo la finalidad de su frase. Termino con mi cabello, y prefiero envolverlo. Pensar que me podría tocar tan solo un pelo, hace que cientos de mariposas revoloteen en mi interior, y me provoquen cosquillas. 

—¿Qué piensas?

 Me ve de manera analítica, y oculta un rizo que se escapa de la pañoleta. 

—Bien, creo que esto va a servir —responde—. Ahora, quédate conmigo en todo momento. 

 No pensaba separarme de él. Lo que dijo me hizo replantearme que tan mala idea es haber venido hasta aquí sin decirle a nadie. Casper es grande, lo ha hecho antes, y creo que soy tan madura como para tomar una decisión así. Después de todo, Morrigan me ha confiado varias tareas importantes. Esto no es nada.  

Al fin llegamos. Este lugar no se compara con las imágenes en los libros. Es un campamento, con niños jugando, con mujeres hablando, con más personas yendo y viniendo entre ellos, como si fueran una porción de pueblo más. No tengo tan presente la historia de quienes viven de lo que la tierra les da, y andan de pueblo en pueblo, repartiendo sus saberes a quienes buscan una solución mágica. 

—Ven, vamos por Laida —dice, y toma mi mano. 

 Que lo haya hecho se roba por completo mi atención de mi alrededor. Ya no oigo más los canticos, ni las risas de los niños jugando, ahora solo escucho como mi corazón palpita con fervor, como si quisiera decirme el hechizo correcto para que Casper oiga lo mismo. 

 Podría estar viendo las niñas que nos siguen, o sonriendo para dejar en claro que no es un problema que lo hagan a las madres que las llaman. Solo no puedo hacerlo. No hago más que estar concentrada en la tibieza de la mano de Casper, y lo sueva que me sostiene. 

 Hasta que me suelta, y lento vuelvo a donde estoy parada. Sola, frente a la entrada de una carpa. ¿En qué momento me quede sola? Y todo se vuelve más rápido cuando jalan del frágil pañuelo que me envuelve el cabello, dejándolo libre en cuestión de segundos. 

—Es dorado —dice una niña. 

—Pero es cabello de la niña de fuego es más lindo —dice otra. 

—Este es como el sol —añade un niño. 

 Tan rápido como me di cuenta que me quede sola, estoy rodeada de niños. Ninguno es tan alto como yo, y estoy segura que no tienen más de diez años. 

—¿Eres hija del sol? —pregunta una niña. 

—¿Si te toco me quemo? —pregunta un niño. 

—No, es hija del maíz —exclama otra niña. 

 Entre tantas preguntas sobre mi cabello, lejos de sentirme decepcionada porque no se hayan dado cuenta que soy una bruja, me doy cuenta que no sé qué decir al respecto. Ni lo es tanto sobre mi cabello. 

 Siendo un peso sobre mis hombros, veo a un costado y allí esta Casper. Les sonríe a los niños como si le causara gracia la inocencia de sus palabras. Mientras que yo no recuerdo como respirar por primera vez en quince años. Siento su cuerpo contra el mío, y solo pienso en que me quiero envolver a su lado, y estar así por siempre. 

—Solo es rubia —dice Casper. 

 Y sin decir más nada, me mete en la carpa. Allí hay dos mujeres. Una apenas unos años más grande que yo. Es preciosa. Sus ojos azules resaltan por sobre su piel tostada y cabello negro. Hay algo en ella, que puedo ver en Casper también. 

—Laida, ella es Arabella —dice, y sonríe. 

 La tal Laida también hace una mueca de felicidad, y la mujer que esta al otro lado de la carpa, se ve más analítica que alegre. Debe ser porque está claro que soy una intrusa, o algo parecido.

—Solo quiero dibujar unas semillas —digo—. Si Casper dijo otra cosa, es una broma.  

—¿Solo eso? —pregunta la otra mujer. 

 Ella se ve hasta mayor que Morrigan. Sus ojos son oscuros, al igual que su cabello. Lo único que resplandece en ella, son los gruesos aretes. Por la marca que surca su entrecejo, no puedo saber si esta enojada o curiosa. 

—Sounya —murmura Laida—. Déjala, ella no es como la tía. 

 Con avidez me toma la mano, poniendo la palma hacia arriba, y pasa por esta un delgado dedo huesudo. Me quedo paralizada, impactada, miedosa por lo que está ocurriendo. 

—Abuela —exclama Casper. 

 Lo veo, tan atemorizado como yo, con las mejillas sonrojadas, y sus ojos rodeados de un aura azul. Es magia, tan azul como los ojos de Laida. 

—Peligrosa —murmura Sounya. 

—¿Cómo? 

—Tía, deja a la niña —ordena Laida—. No es peligrosa, es una niña. 

 Laida desprende la mano de la mujer de mi muñeca, y pone en la palma, una servilleta con las semillas. Hay una gran diferencia entre ellas. Casper se parece mucho, y lo que me tenía que contar, ahora lo sé sin que me lo dijeran.

—Esto es muy peligroso para una niña —dice y sonríe—. Por eso mande una lechuza a lo del señor Ambrosius. Niños —mira a Casper—, esto estuvo mal. Es hora que vuelvan. 

“Querido diario: 

 De vuelta a la mansión, Casper me conto un poco más sobre su vida. O quien fue antes de ser adoptado por el señor Ambrosius. Me dijo que no lo recuerda tanto porque era un niño pequeño, pero según lo que su padre le dijo, su madre moribunda lo entrego. Laida y Sounya son familia lejana que la conocieron en vida, y son ellas quienes mantienen con vida Drina, su mamá.

 El señor Ambrosius nunca lo alejo del todo de las raíces de su cultura. Y es por esto que esta agradecido porque dejaran volver a Casper. 

 Me preocupa lo que me dijo Sounya, mucho más que el castigo de Morrigan. Porque al volver ella estaba de regreso, leyendo la nota de Laida. Me hizo todo un interrogativo, y le echó la culpa a Casper por no haberme detenido. No me dejo asumirla, cuando en parte también la tuve. 

¿Peligrosa? ¿Qué no soy como mi tía? No sé bien lo que quiso decir, pero no podré obtener una respuesta de nadie más que no sea de ella. Y no creo que lo haga nunca, porque Morrigan esta furiosa, que no me dejara hacer nada sola hasta el día de mi boda. 

 Pero, ¿Soy peligrosa? Es algo que me va a molestar por un tiempo”.  

VIII

Las sombras de Casper. 

Por primera vez, Marlon se equivocó. Siempre, o al menos desde que comenzamos a frecuentar los salones de arte, nos llevaba en temporada baja. Se trataba de una semana en donde las exposiciones estaban casi vacías, en los salones estaban los dueños de las mansiones que prestaban el lugar. Con Circe podíamos apreciar las obras tan de cerca que notábamos las pinceladas, hasta quizás llegábamos a encontrarnos con quien lo pintó. 

 En esta ocasión, llegamos a una casona en Paris, y esta tenía cada sala llena de gente. 

 Marlon aseguró que le jugaron una broma, yo pienso que los últimos días anduvo distraído a causa de la presencia enojada de Morrigan. Quien esta desencantada conmigo. Supongo que fui inmaduro al llevarme a Arabella semanas atrás. La verdad, es que dudo que ella sintiera un ápice de cariño hacia mí. 

 De vuelta en la mansión, ni Marlon ni Circe se han callado. Quejándose todo el camino por haber estado en una casona repleta de personas, humo de cigarros atestando el aire con su toxicidad, y las voces que perturbaban el trabajo final de una obra de arte. Pararse frente a una, contemplarla, y dejarse abordar por las pinceladas de quien la produjo, era una tarea imposible. 

 A unos pasos de la entrada, llegando de alguna parte, casi como una aparición divina; llevándose por completo mi atención, tanto como una obra de arte, de pinceladas llamativas, de varios colores en un muro gris, en un salón repleto de personas fumando y bebiendo, viciando el aire con su mundana humanidad, Arabella en un vestido rosa se convirtió en lo único que quería ver. Todo a su alrededor perdía magia, porque ella la tomaba. 

 Voltea a vernos, y sonríe, iluminado aún más su presencia. Nunca imaginé que una persona podía ser capaz de eso, ser más de lo que es. O hacer que solo quiere volcar mi atención en ella, y en nadie más. 

 Su sonrisa se borra, cuando Morrigan aparece detrás de ella, y ambas continúan su paseo. 

—Le escribiré al idiota de Griffiths por haberme pasado mal las fechas —dice Marlon. 

 Prefiere echarle la culpa a alguien más. 

—Padre —se oye a Circe. 

—Y tu aprenderás a mandar al demonio a estos idiotas —responde Marlon. 

—No creo que sea correcto —digo—. Circe necesita más costumbres femeninas, que aprender a escribir cartas llenas de insulto. 

—A mí me gustaría aprender a quejarme por cartas —dice Circe—. Digo, es una manera de decirle a otro que se ha equivocado, de una forma en que sepa cuál es su lugar. Tiene cierta elegancia mandar a alguien al demonio por escrito.

 Marlon le sonríe, porque es obvio que todo lo que ella diga, será de su gusto. Lo entiendo, también pensaría que todo lo que diga mi hermana es correcto. No podría llevarle la contra, más que solo molestarla por ser una mimada. 

—No, tu hermano tiene razón —dice Marlon, y quita su sonrisa de padre amoroso—. Si la señora Miller se entera que te ando enseñando a escribir cartas poniendo en su lugar a señores de barbas frondosas, me obligara a casarme con alguna de sus hijas, para que una mujer te eduque en todo momento. 

 Circe rueda los ojos, y se cruza de brazos. Mas tarde, padre va a ceder ante sus caprichos, y será un secreto a voces de ellos dos. 

—Tengo tarea que hacer —digo—. El tutor que me has dado es una porquería. 

—Casper —dice Marlon—, no tendremos esta discusión de vuelta. Es hasta que el señor Laurent vuelva de su viaje. 

—¿Quién en su sano juicio, pone a uno apenas unos años mayor a nosotros, bajo su tutela? Solo tú, padre. 

 Marlon guarda silencio, y le indica a Circe que camine. Ella pasa a mi lado, y me ve con reproche, aunque suaviza la mirada al instante. Estoy segura que desea quedarse para evitar que la reprimenda sea severa. Sin embargo, lo único que sucede, es que él continúa caminado. Guarda ese silencio profundo, tan ruidoso a la vez, que me pone en un lugar de conflicto. Quizás fui yo quien habló de más, y hace que me quiera arrepentir de inmediato.  

—No encontré por ningún lado esa estúpida hierba —habla Collín. 

 El rubio se sienta a mi lado. Espera a que le diga algo. Estoy seguro que quiere que le facilite la búsqueda, pero no seré yo quien haga sus deberes. 

—Casper, creo que te habla —señala Michael. 

—Vamos amigo, estoy seguro que tienes esa estúpida flor en el vivero —dice Collín. 

—El vivero es de mi padre, habla con él —le respondo—. No pienso ser tu vocero, te advierto. 

 Comienzan a hablar entre ellos, y estoy seguro que hoy no será un día silencioso. Aunque de un momento a otro, dejo de oír sus voces, como discuten sobre quien va a ir a hablar con Marlon, queda muy alejado, cuando Arabella aparece sola por el parque de la mansión. Sin compañía de nadie, estoy seguro que no tiene idea de que esta tarde vinimos con mis compañeros de pócimas a hacer los deberes. 

 Ella brilla como una flor del jardín. Pero, está por encima de cualquiera. No necesita del sol, lo hace a su modo. Deja, de un segundo a otro, cuando nota mi mirada, de ser terrenal. Es más que una obra de arte, más que una composición llena de belleza. Arabella se transforma en un concepto, en la imagen que uno evoca cuando habla de lo que es bello, celestial, religioso. Me hace pensar que, en alguna enciclopedia, de esas antiguas bibliotecas de la humanidad, se la nombra a la vez que se quedan sin palabras para decir todo lo que puede llegar a ser. 

 Arabella es, lo que no puedo explicar. Me quita el habla, se roba todas mis sonrisas. No debe hacer más que existir. 

—Debes ser ella para darte lo que buscas —dice Michael. 

 Diría que sí, pero guardo silencio. 

—No he visto a nadie, hasta ahora, gustar de una dama con ese silencio —dice Collín—. No me imagino que podría salir de tu boca, si decides hablar sobre lo que sientes al verla de la forma en que lo haces. 

 Me gustaría poder fundamentar lo que Arabella me hace sentir, pero estoy seguro que no encontraría las palabras adecuadas para hacerlo. Desde que la conozco, no hago más que buscar una razón de todo este desconcierto. No soy el más fiel creyente del alma, y de lo que le cuerpo encierra, sin embargo, cuando la veo, comienzo a creer en esa energía que no se puede tocar. Porque ella es capaz de despertarla en mí, porque estoy seguro que si pudiera tener eso intangible entre mis manos, se lo daría. 

 Alguien golpea mi cabeza, y me saca de mis pensamientos. No debo ver de quien se trata, lo se. Solo alguien palurdo es capaz de quitarme con tal brusquedad del interior en el que estoy sumergido. 

—Una única tarea tienes, y pierdes el tiempo ¿Haciendo qué?

 Deseo responder que él me hace perder el tiempo, pero luego iría con Marlon, y Marlon le hablaría a mi primer tutor, e intensificarían mis clases para en algún momento intentar el ingreso a la academia. Solo callo, y bajo la vista. Tampoco podría permitir que viera lo que yo. Sería una desgracia aún mayor.        

—Es que Casper está enamorado, señor Primero —dice Collín. 

 Maldito embustero, todo por una lavanda que tiene frente a sus narices y no hace el mínimo esfuerzo para buscarla. 

—Awww, que dulce. Nunca imagine que tuvieras sentimientos —dice el tutor—. Tan callado, que no te hacia ni humano ¿Quién es la afortunada?

 Imploro, rezo, me arrodillo ante cualquier deidad pasaje para que Galaga Primero, el tutor suplente de unos veinticinco años, que trae a todas las féminas a sus pies, como si fueran seres incapaces de pensar por sí mismas, no vea lo que yo veo. Sin embargo, lejos de oírme, se burlan en mi cara, y en su rostro veo lo que temo que otra persona comparta conmigo.  

 Se ilumina. Sus ojos brillan más de lo habitual, y esa sonrisa socarrona que lo acompaña a todos lados, que me molesta de solo presenciarla unos segundos, se transforma en algo diferente. Se llena de una extraña pureza, y solo por un instante, percibo que siente lo que siento. 

 ¿Cómo es que alguien como Arabella es capaz de tal hazaña? No he visto a nadie, transformar a una persona en cuestión de segundos. Menos si esa persona es incapaz de mostrar algo que no sea admiración por sí mismo. Porque Galaga ama su reflejo, ama que amen lo que él ve en espejo. Ama que lo admiren mientras es capaz de hablar por horas, porque su voz es la mejor melodía que sus oídos pueden oír. Y yo, debo ser el tolerante, porque va a estar siguiendo cada actividad curricular por unos meses. 

—Wuau —dice, y sostiene su sonrisa. 

—Tiene quince años, señor —digo, trato que mi voz no salga apurada. 

 Galaga me ve, y otra vez, esa mueca vuelve a ser la de siempre. 

—Un par de años y está en sociedad —dice—. Por si no lo has notado, soy paciente. Después de todo, soy tu tutor. 

—Es la sobrina de Morrigan Pericles —insisto en que algo de lo que diga vaya a funcionar.

 Sin embargo, lo veo avanzando hacia ella. Arabella nos da la espalda. Los arbustos repletos de flores rosas y rojas, la rodean, transformando el jardín en una pintura. Las mariposas aletean a su alrededor, y el sol la acaricia con delicadeza. No teme hacerla brillar más que a él mismo, más que cualquier otra diosa. Podría estar colgada en cualquier mansión, y el mundo en general se detendría a admirarla, se quedarían sin palabras al abrir la boca para hablar sobre ella. Sus miradas, sus sonrisas, hablarían por ellos.  

 Cuando menos me doy cuenta, voy detrás de Galaga, como su propia sombra. Se que no puedo impedir nada, pero puedo estar cerca de ella para evitar lo que sea. 

 Me gustaría evitar que Arabella volteara, pero a unos pasos, se da vuelta, con toda la gracia sobre la falda rosa de su vestido.  

 Me gustaría evitar que Galaga sonriera de la misma forma en que lo hago yo, pero allí esta. Tontamente hechizado por lo que veía. 

 Me gustaría evitar todo este encuentro, pero no soy nadie para ocultar a alguien como ella, ni tan poderoso para alzar mi voz y que me obedezcan. 

—Señorita Pericles —dice Galaga—. Encantado de conocerla al fin. 

 Ella sonríe, y sus mejillas se tiñen de rosa. No la puedo culpar, Galaga tiene atractivo, tiene porte, no es por completo adulto, y por más que me cueste admitirlo, es un idiota audaz. 

—Lamento decirle que no sé quién es usted —responde Arabella. 

 Galaga toma su mano, y la besa. No lo puedo creer, quiere estar por encima de cualquiera de su edad. Hasta ahora no ha dejado de ser caballeroso, cuando puede ser un bárbaro. Aunque estoy seguro que Morrigan sería incapaz de permitir que cualquier patán este cerca de su sobrina. 

—Me presento —dice él—. Galaga Primero, mago superior, y tutor de este pequeño brujo. 

—¿Pequeño brujo? —Arabella sonríe, viéndome fijo. 

—Si, aun es pequeño, y hago todo lo que está a mi alcance como educador para que crezca —responde, con un nivel de cinismo increíble—. Es mi meta de todos los días, me llena el espíritu saber que serán tan buenos como yo. 

 Verborragia pura. 

—Eso suena increíble —responde ella—. Espero con ansias el día en que el joven brujo, supere las expectativas, y sea un excelente hechicero. 

—Gracias, señorita Pericles —digo. 

 Me aterra un poco lo que dice, sin embargo, me da cierto valor ¿Me está defendiendo de Galaga? Esto me dará problemas más tarde. El futuro no me importa en este momento, no cuando Arabella sonríe con dulzura. 

—Sera un buen día —responde Galaga. 

—El mejor de todos, diría yo —insiste ella. 

 No sé porque habla de esa manera, pero me agrada su compostura, que no está acorde con sus mejillas sonrosadas. No sé qué está tramando, tratando de verse como las mujeres mayores. 

—Casper, tu hermana tarda mucho, ¿Me acompañas a buscarla? —pregunta. 

—Si —respondo, y me quedo sin palabras. 

—Señor Primero, un gusto conocerlo —sonríe—. Espero volver a vernos, con más tiempo. 

 Él queda un poco, no sé qué palabras usar. Diría que quedo en blanco, porque su mirada esta incrustada en mí, con su ceño apenas fruncido, y esa sonrisa dura. Esto si me traerá problemas. 

—Espero ese día —sonríe más—. Por favor, mándele mis respetos a su tía. 

—Lo hare con todo gusto —responde Arabella. 

 Le ofrezco mi brazo, pero ella empieza caminar. De un momento a otro, sentí el error que cometí al abrir la boca. Esto lo pude haber evitado, y ahora voy detrás en silencio, esperando que pronto me pidiera que me alejara, o me muestre su descontento. 

—¿Es un problema que mi tía sea Morrigan? —pregunta. 

—No, para nada —respondo—. Si le dije solo fue para que no se meta contigo. 

—¿Por qué ella causa terror, cierto?

 Continua, cada vez dando pasos más veloces, alejándose rápido. La detengo, sostengo su muñeca, y ella gira hasta que vuelvo a encontrarme con su mirada. La suelto de inmediato al darme cuenta que toque su piel, fría y suave, capaz de electrificarme en cuestión de segundos. Entonces mi mano se vuelve la parte de mi cuerpo con mayor fortuna, por haber tenido la osadía de tomarla sin pedir permiso. 

—Lo siento —murmuro—. No debí …

—Está bien, Casper —dice ella—. Debo irme, y tu debes continuar con tus tareas. 

 Se marcha, dando tropezones, los de siempre, los que la hacen tan ella, y se lleva la magia que invadía el jardín, haciéndolo el lugar más ordinario de todos. Cuando su figura desaparece, oscureciendo con su falta de brillo, vuelvo con mis compañeros.

Marlon seguía gruñendo por haber sido engañado, o por haber caído en una broma sin notarlo hasta que llegó a la exposición. Hasta ese momento, desecho seis cartas despotricando contra su amigo por haberle cambiando las fechas, y dejarlo rodeado de personas que no quería ver. Mientras más lo pensaba, más se daba cuenta que Griffiths le tendió una trampa para que al fin tuviera una tediosa conversación con Roy. Otro mago que hacía meses que pedía una reunión con él. El tema giraba en torno a la relación que mantenía con Morrigan, y porque ella aún se hacía recurrente en la mansión. No le debía ninguna explicación, pero el hombre, parte de un aquelarre, y editor del periódico, estaba muy interesado en lo que había más allá de lo que la sociedad mágica veía. 

—Viejo chismoso —murmura. 

 Alguien llamó a la puerta, y sin ganas de recibir a nadie, ignoró el alegre repiqueteo, sabiendo que no es Circe, ni ninguna otra mujer. Ante la falta de una respuesta, la persona del otro lado, entró. Marlon sintió un leve dolor de cabeza, porque sin verlo, sabe quién era. Su energía le causa malestar, aun así, no lo sacaría de la tutoría. 

—¿Qué quieres? —preguntó Marlon—. Si vienes con quejas, no tengo ni tiempo, ni ganas de oírte. 

—Uh, ahora se dé donde Casper sacó lo amargado —dijo Galaga—. Pero no vengo a hablar de tu hijo, sino de la sobrina de Morrigan. Quien diría que Stella Pericles iba a ser capaz de dar a luz otro hijo. 

—Ella murió —murmuro Marlon. 

 Alzó la vista, y se encontró con Galaga sentado en el sillón. Sus largas piernas, estiradas se apoyaban en la mesa de café, y entre sus delgados dedos, estaban las páginas arrugadas de las cartas desechadas. A Marlon le llamaba la atención aquella luz que lo seguía, casi siempre era el fulgor del cigarro que llevaba encendido, e iluminaba sus ojos miel de una manera tentadora. Como si fuera un ser divino, de los que se veían en los cuadros más importante en una sala de exposición. 

—No puedes ir hablando de algo que no sabes, eres muy joven Galaga, y la familia Pericles es más profunda de lo que crees —añade Marlon—. Sugiero que conozcas tu lugar. 

 Galaga dejó de leer las páginas arrugadas, y miró a Marlon. Le sonríe con sorna, y sus ojos se iluminan con cierta perversión. Ya no era el cigarro lo que lo alumbraba, sino una energía más interna, y que se exteriorizaba, cuando oía algo que le gustaba o llamaba la atención. 

—Oh, ¿Cuál es mi lugar ahora, señor Ambrosius? —preguntó con varias intenciones en su voz.

—Tutor de hora completa de Casper —respondió con seriedad Marlon—. El señor Laurent está de acuerdo con que seas tu quien lleve ahora las tutorías. 

—Casper lo va a odiar —dijo Galaga, y sonrió—. Bien, acepto. Aunque no me lo han preguntado. 

 Marlon se puso de pie, y caminó hasta quedar a un lado del sillón en donde estaba Galaga sentado. Tomó el cigarro que le ofreció, y se inclinó para que lo encendiera con la pequeña flama que surgía de su dedo índice. Sus ojos se encontraron entre el suave y nítido fulgor del fuego mágico. Ambas miradas se oscurecieron, y en ello se vio reflejado algunos recuerdos, que ninguno diría en voz alta. 

—No importa —murmuro Marlon—. Un sucesor no se forma con profesores gentiles.  

IX

Una piedra de regalo. 

«Querido diario: Hace un mes cumplí dieciséis años. Los festeje en Belcastel. Era allí o sola en Inglaterra. Padre se ha marchado por una expedición, creo que se ha olvidado que pronto estaba la fecha de mi nacimiento, porque no me ha dicho nada con respecto a volver a tiempo. Por suerte, ese día Circe y Casper estuvieron desocupados. Marlon y Morrigan han armado una linda decoración, para una merienda en el parque.»

 Si fue una linda tarde, sin embargo, ya me bastaba pasarla sin mi madre, como para que mi padre se ausente. No era algo que pensé que sucedería. Él a veces me ve como si fuera lo más importante, y estas clases de ausencias solo me hace dudar de su amor. Un poco más. 

 Como no he tenido noticias, con Morrigan nos hemos quedado en Francia. Aquí mis clases de magia son con Casper y Circe, e impartidas por Marlon. Algunas veces. Cuando termino con ellos, continuo con mi tía. Ella insiste en que debo perfeccionar mi lectura de runas, y la composición de pócimas. Las cuales me salen pésimas. 

Casper es mi conejillo de indias por excelencia. 

 No es que no lo quiera, mi corazón enloquece cada vez que lo veo, pero él no es tan sensible a los cambios bruscos como lo puede ser Circe. Pienso que es capaz de hacer hasta de blanco para mis clases de arquería, con tal de estar conmigo. O es que tengo una gran imaginación, y soy yo quien desea que él pase todas las tardes a mi lado.   

 Cierro el libro de poesía que me dio Morrigan para estudiar literatura, y solo pienso en lo mucho que deseo estar acostada. La felicidad de una pequeña fiesta de té, se acabó en el momento en que tuve que seguir con pócimas, y usar algo de magia para activar unos frutos.

 A decir verdad, extraño las tarde donde solo hacíamos talismanes. Aprovechaba para ir con Circe al pequeño huerto de especias. Allí encontrábamos desde lo más básico como romero, para la protección y espantar las malas energías, hasta algunos yuyos excéntricos. Según yo. ¿Quién diría que algo tan delicioso como el azafrán, serviría para hacer filtros de amor? No lo sabía, y mi intensión al servir aquel arroz esa tarde, no era ni envenenar a nadie, ni mucho menos que se enamoren de mí. 

 Aún recuerdo como la cuchara cayó de la mano de Casper, no sé si le dio un bocado o no, pero lucia espantado. Y aun, después de unos años, no sé cómo sentirme al respecto.  

 Ahora en las clases con Morrigan la historia es otra. Las pócimas y filtros de lo que sea quedaron atrás, porque “es algo básico de la gente que vive en las carpas, y nosotras iremos un poco más allá de eso”. No lo dice de mala forma, pero quizás algo de razón tienen, hasta donde sus brujas me han mostrado, no hacían más que talismanes, o limpiezas. El poder del deseo. 

 Algo que Morrigan quiere superar, y alguna vez le oír decir a la matriarca de los gitanos, que eso le traería problemas. Ella no respondió nada, pero creo que estaba muy segura de lo que quería hacer, y hasta donde quería llegar con la magia.  

 Sin embargo, durante las clases no nos enfocamos mucho en esa parte de la magia de los deseos, ni de que te arrebata algo cuando quieres llevar a cabo un procedimiento. Aunque si me gustaría saber porque quedo tan exhausta en ocasiones, su respuesta a esta duda es la misma “Con el tiempo lo dejaras de notas”. Espero que tenga razón, porque hasta activar unos frutos, en medio de un apuro, me puede sacar largos bostezos. 

 Padre alguna vez me dijo, cuando tenía tal vez trece años, que demostrar cansancio es sinónimo de debilidad. Puede ser cierto, a él nunca lo vi parpadear lento, o bostezando en medio de alguna reunión.   

—Esto no puede dejar de ser complicado —digo, mientras veo el libro en mis manos.   

 Al fijarme por la ventana, noto que el sol ya cayo. Aun podía ver una suave estela anaranjada por el horizonte. No creo encontrar una respuesta allí, ni tampoco con la gente que vive en las carpas. Ya lo intenté, y por ir sola a donde no debo estar sin permiso, me han dado una buena reprimenda.  

—Es hora de ir a la cama —pienso. 

 No quiero hacer más que eso, ni cena, ni ninguna otra lectura. Lo siento si es un signo de debilidad. Salgo, y me apuro por los pasillos. No deseo más que estar entre los acolchados, y cerrar los ojos por un buen rato. 

 Hasta que de tanto andar sin pensar en otra cosa que no sea estar acostada, choco contra Casper. No lo veía desde la fiesta de té, por alguna razón sonrió. No puedo negar que siento que se me acelera la sangre, y me arde las mejillas. Las rodillas me tiemblan, como cuando me esfuerzo por hacer un simple hechizo. 

 Espero que no se me note. Verme débil frente a él. 

—¿Te encuentras bien? —pregunta. 

 A veces me dan ganas de decirle que verlo hace que pierda todas mis facultades bien aprendidas, y que mis rodillas tiemblan. Que soy, sin miedo, débil ante su tranquila presencia, sin embargo, a riesgo de quedar como esas chiquilinas de las que él habla, que dice que le provocan dolor de cabeza, respondo con simpleza.  

—Si, solo un poco cansada, es la hora de ir a la cama —respondo, e insisto con mi sonrisa. 

—Falta una hora para cena —dice, dando una leve sonrisa. 

—No me hace falta la cena —digo, y agito el poemario—, si tengo mis lecturas diarias. 

—¿Poemas de jardinería?

 Trato de notar algo de burla en su voz, pero no. De verdad pregunta, ¿Para qué me esfuerzo tanto? Morrigan me ha dicho varias veces lo mal de cambiar cuando estas con alguien, que debería ser genuina siempre. Ella tiene razón, y yo no sé porque quiero lucir diferente. Casper me ha visto de diversas maneras, llorando hasta no poder respirar, o riendo haciendo un extraño ruido con la nariz. 

 Como respuesta solo asiento. Se que si hablo mi voz temblaría como la llama de una vela, y dejaría al descubierto lo que provoca en mi infantil interior. 

—Debo darte tu obsequio —dice, con esa peculiar suavidad. 

 No puedo evitar sonreír.

—No hace falta, la fiesta fue suficiente, sé que a ti no te gustan —digo, tratando de controlar la emoción en la voz. 

—Es cierto —dijo—, aun así, la pase bien.

 Por un momento desee, e implore que dijera que lo pasaba bien por mí. ¿Por qué? Es mi mejor amigo, el primer mejor amigo que alguna vez tuve en la vida, ¿Por qué debería estar deseando que sea yo quien ronde por su cabeza? ¿Qué hay de malo conmigo?

No dejo de imaginar que pronto perderé la cabeza, y será por su culpa. Me doy cuenta que tiene un paquete, bien forrado para ser de él, entre sus manos. Sus manos, ¿Si suspiro se notará mucho que él es la causa? 

—Aquí tienes —dice, y me lo entrega—. Feliz cumpleaños Bella. 

 Me sorprende, aun mas, con un beso en la mejilla, tan suave que me roba el aliento. 

—Gracias Cas —digo, casi murmurando. 

 Hace una reverencia, elegante porque Marlon le obliga a practicar modales, y se retira. Lo sigo con la mirada, deseando poder mover mis piernas en su dirección, sin embargo, suspiro. Otra vez, por tercera vez en el día, y Casper era quienes los causaba. 

En la cama, y con el regalo de Casper en mis manos, no dejo de dudar. No quiero abrirlo porque admiro la delicadeza con la que está bien envuelto, pero ansió ver que hay dentro. 

 A punto de hacerlo, Morrigan entra en la habitación. Me sonríe, y se siente a un lado. 

—Casper me lo ha dado —le cuento. 

 Puedo notar cierto disgusto reflejado. A de admitir que a ella no le cae tan bien Casper, me ha dicho que estando a su lado me distraigo con facilidad. Puede que tenga razón. La tiene, si en más de una ocasión él ha sido quien abalo alguna estúpida idea. Se que su deber no es ser mi guardián, pero detenerme para evitar que nos regañen sí.  

 Distracción y un mal hábito. 

—También tengo algo para ti —dice, y sonríe. 

 Me quita el obsequio de Casper, y pone el suyo en su lugar. No pienso decirle, pero se me hace grosero. 

—Bien —digo, y trato de no sonar molesta. 

 Aun sonriendo agradecida por no darme espacio, lo desenvuelvo con cuidado, y me encuentro con una cajita rectangular en color dorado. ¿Qué puede ser? Morrigan hace regalos, nunca tan pequeños. Desde alguna tiara, medias, hasta vestidos, por lejos esto es lo más sencillo que alguna vez me obsequio. 

—Ábrelo —alienta emocionada. 

 Al hacerlo me encuentro con un collar. Una cadena delgada de ¿Oro? No importa, porque es bellísima. La saco con cuidado, y veo aquel trozo de piedra verde que alguna vez tome por en su nombre. Parecía una lagrima color verde, brillante y bien trabajada. No recordaba que fuera una pieza tan delicada. 

—Tiene un encanto —dice—, te protegerá de otras magias.

 Me toma las manos, y da esa mirada en la que es fácil verme reflejada. Tan transparente, y carente de la maldad que alguna vez oí de parte de mi padre. Recuerdo la tarde en que a alguien le decía que no había que fiarse de ella, porque era capaz de llevarse la luz de una habitación 

—El día que te falte, el collar seguirá con mi trabajo de cuidarte —continua—. El mundo puede ser un lugar muy cruel con quienes poseemos este don, con quienes tenemos la conexión más directa con la naturaleza. Nadie que no tenga lo que nosotras, podrá entender la belleza detrás de cada hechizo, por eso temen. 

 No dejo de ver aquella piedra, y pienso en lo que dice. Se que habla de mi padre, o de la mujer que dice espantada que vio un ritual en el bosque. O del señor que trae la correspondencia y cuenta que la vecina a unas casas de la nuestra, quien cosecha sus propias verduras, hace pócimas para las jóvenes desesperadas por un esposo. Es la misma gente que desprecia a quienes viven ocultos entre los árboles, prenden fogatas en las frías noches, y no están interesados en insertarse en nuestra sociedad, porque tienen la propia. 

 Habla de esas personas que la ven mal por no tener esposo e hijos propios. De quienes se refieren a ella como la mujer solitaria que vendió su alma. Se refiere a aquellos que me ven con lastimas por ir detrás, emocionada de ser como ella. 

 Y de ellos que se atreven a ir más allá de algunas miradas, y arrastran a las mujeres a su perdición. Las prenden fuego, creyendo que así su espíritu será liberado, como si fueran locas de un manicomio. Solo las machacan hasta que no queda nada por lo que llorar. 

 No puedo dejar de pensar en que tiene razón, el mundo es un lugar cruel con nosotras, y algunas tienen menos oportunidades y sus caminos se detienen cuando deberían empezar.     

X

Un jardín francés.

 Morrigan se marchó luego del desayuno, dijo que tenía que hacer o buscar algo en el castillo en Inglaterra y que pronto volvería. En lo que pienso que está haciendo allá, tengo las manos en la tierra húmeda. Hay un hechizo que no me sale, y trato de practicarlo con Circe. 

 Ella tiene una facilidad para hacer que las hojas sean más verdes, y las flores más perfumadas. Cada vez que los da por finalizados, se ve tan reluciente. Su piel morena parece brillar aún más, y su cabello luce tan suave. Parece renovada, como si estuviera en plena primavera. Es raro, porque una vez escuche a Marlon decir que su magia se relacionaba con la muerte, tan lejano a lo que logra hacer en el jardín. 

—Concéntrate —oigo su voz. 

—Eso hago —murmuro. 

—Recuerda respirar —dice—. Siente el flujo, desde los hombros, hasta las palmas de tus manos. 

—Eso hago —repito, aunque no siento eso que dice ella.

 De repente hubo una explosión y estoy segura que tengo barro hasta en las orejas. Cuando logro abrir los ojos, veo un poco rosa, y el cielo se va volviendo celeste de nuevo. 

—Eso es por no estar concentrada —dice Circe. 

Me siento en mi pequeña porción de tierra explotada, y la veo con las manos, casi hasta los codos, dentro del suelo lodoso, moviendo lo labios con ligereza, como si estuviera meditando. Entonces las raíces se enredan, subiendo por sus brazos, y llenándose de flores blancas. 

—Eres increíble —digo, y sonrió impresionada.

Abre los ojos y se encuentra con su propio espectáculo de flores, y esboza esa gran sonrisa que tiene, que hace sus pecas y ojos brillar. 

—Cuando logres concentrarte, podrás hacer eso —dice, y saca los brazos de la pequeña fosa.  

—O puedo seguir haciendo hoyos para que los rellenes —respondo. 

 Nos echamos a reír, porque no parecía una mala idea. Puedo jurar que cuando reímos por tonterías así, las flores del jardín se vuelven más vibrantes de lo que son. 

—¿Estas cansada? —le pregunto. 

—Un poco, pero es normal —responde, y agita las manos. Luego las mueve en forma de círculos, dibujando en el aire—. Quizás Morrigan ya te lo ha dicho, pero cuando haces magia debes dar un poco de ti a cambio. 

 No, nunca me dijo eso. 

—Si eres paciente, y te concentras, no se nota mucho —continua.

—Ah, sí, si —digo, y agito una mano en el aire—. En teoría mágica me ha dicho. Solo debo ponerlo un poco más en práctica. 

Mientras seguimos hablando de un posible buen negocio de jardinería, escuchamos un par de voces masculinas acercarse. Una es Marlon, y la otra la desconozco, pero viendo a Circe, creo que ella sabe de quien se trata. 

 Se calla de repente, y cuando el dueño de la voz desconocida se acerca, junto con Marlon, hay una explosión de flores de todos tipos de colores y aromas en el jardín. Esto si sería malo para el negocio. 

—¿Qué ocurre? ¿Te sientes bien? —pregunto. 

 Ella se queda viendo en dirección a su padre, y al hacer lo mismo me topo con el otro desconocido. Era la primera vez que lo veía, o lo hubiese reconocido por aquel cabello blanco tan bien peinado. Era más alto que Marlon, y no se bien como catalogar su anatomía. Tan fuerte, segura de que puede cargar lo que sea. He de admitir que, aunque no esté cerca de nosotras puedo notar su elegancia y buen porte. Hasta una mueca que lo hace ver guapo, viéndolo de perfil.  

—Debemos irnos —murmura. 

Sacude sus manos, y toma la mía, para ponernos de pie de inmediato y huir de allí. Pasamos al lado de los hombres, y ella se frena. Puedo ver como sus mejillas toman color, más color, y un brillo en sus ojos de diferentes colores, delata el uso de magia.   

—Buenas tardes caballeros —dice, y hace una reverencia. 

Entonces continuamos el camino. Supongo que estaba asustada por el incidente del barro, y porque hablamos de negocios, cuando debíamos estar haciendo algo más. 

—Es tan —dice, y cubre su rostro. 

—¿Él te gusta?

Da un chirrido a través de sus manos, y creo que es una respuesta positiva. 

—Creo que él es mayor que tu —señalo. 

Entonces me ve, y su rostro está rojo. Sufre, lo puedo notar. 

—Lo sé, es un brujo —murmura—. Trabajo con mi padre en la colección de objetos mágicos. Tiene tantos años como caminos recorridos, y mi corazón late enloquecido cada vez que lo veo. 

—No creo que sea algo que a tu padre o hermano le guste oír —digo, aunque no lo sé muy bien—, apenas tienes diez años. Creo que es algo problemático. 

—Cállate, el año que viene cumpliré los dieciséis —dice—. Aún sigue siendo problemático. 

 Vuelve a cubrir su rostro con la almohada, y yo no puedo brindarle demasiado consuelo. Tampoco entiendo mucho esto de los sentimientos, si pierdo la compostura igual de rápido cada vez que Casper se hace presente. Lo cual es problemático, el parece estar intacto, mientras que trato de no volar por los aires. A demás de ser mi mejor amigo, el hermano de mi mejor amiga. 

 Cuando logra calmarse, y volver al estado de antes, se sienta en la cama, y observa todo a su alrededor. 

—Aun no has abierto el obsequio de Casper —dice, posando su mirada en mi mesa de luz—. ¿Quieres que te diga que es?

—No, gracias —digo y le sonrió. 

 Se sienta a mi lado, y me toma las manos. A veces, actúa de manera espontánea, tanto que no me deja saber porque lo hace. Me ve fijo a los ojos, busca algo, lejos de ponerme nerviosa, solo me da intriga. Ella tiene clases de lectura futura, con una mujer que desconozco.

—¿Qué haces? —le pregunto. El silencio me da intriga, porque esto se ha extendido por varios minutos. 

—¿Te gusta mi hermano, cierto? —pregunta. 

 Niego, pero siento el calor en mis mejillas. Que rápido que me delata la sangre. Una vez le dije a Morrigan, le afirmé que gustaba de Marlon, para quitar una idea ridícula de mi cabeza, y ella solo sonrió, dejándome más confundida. 

—En teoría mágica, los sentimientos, al igual que las emociones, pueden afectar al flujo de magia —dice—, no es como cuando no te concentras. 

—¿Es como cuando hiciste florecer todo el jardín? —pregunto por lo bajo. 

 Ella asiente, dando una sonrisa cargada de pena. Siento que le duele el tema de las emociones y la magia. Lo que me hace entenderla un poco más, siendo tan joven es tan diferente a mí, o a cualquier otra joven de nuestra edad. Reservara, y taciturna, y rápida para huir de la escena floreciente provocada por un estallido de sentimientos. 

—No solo se trata del amor, o la felicidad —sigue, y su mirada se hace a un lado—, el temor, enojo, el descontento también lo pueden provocar, algo un poco más dañino. 

—¿Por qué me dices esto? —pregunto, con cierto temor. 

—Creo que es algo que debes saber. Mas tú que eres tan —hace una pausa—, expresiva y tratas de ser como yo. 

—No es cierto —murmuro apenada. 

 Circe sonríe, y me deja un beso en la mejilla para irse con esa inalterable paz de siempre.

—Quizás si es un poco cierto —me digo a mí misma. 

 En realidad, tiene razón. En los últimos tiempos he estado buscando la forma de no actuar como la niña de doce años. Ser un poco más la dama recatada que padre desea. Es algo complicado de hacer cuando todo a mi alrededor no hace más que provocarme diferentes sensaciones. Se que cada día que pasa estoy más cerca de entrar en sociedad, y no aquella de la que tanto hablan las mujeres en Inglaterra. 

 He leído sobre otras brujas, cada una un poco más seria que la anterior. Y luego está Morrigan, tan elegante. Hasta Casper luce como los magos o hechiceros que estudie alguna vez. Desde que lo conozco ha ganado ese porte, tan parecido al de su padre. 

 Marlon. Creo que es excepción a las reglas. Si es un mago serio cuando se lo dispone, pero tan alegre y expresivo. Comienzo a creer que necesito alguna clase de control con él, porque estoy segura que Morrigan no me la va dar. Mucho menos si sigue insistiendo que el flujo de magia se va a ir asentando con el tiempo. 

 Un poco agobiada, salgo del cuarto. Aun es la tarde, y no falta tanto para que el sol caiga. Debo aprovechar para despejar mi cabeza, y evitar que más dudas me sigan atosigando.

 Al llegar al parque, pasando la explosión de flores que dejamos con Circe, veo el pequeño estanque que hay. Debo admitir que la casona del señor fantástico sigue teniendo zonas que no termino de conocer por completo. Como esta parte, con algunos botes de madera, o el bosque. 

 El silencio hace que todo en mi se asiente. Ahora no siento la magia fluir, solo mis respiraciones, y los sonidos del aire. Algunos pájaros, y el zumbido de unos insectos. Estoy segura que debo venir más seguido a esta parte. 

 Del morral tejido por Jess, saco el regalo que no me atreví a abrir. Ha pasado una semana desde entonces, y no me atreví a rasgar ni un centímetro del papel. Debo hacer algo de inmediato, no quiero que Casper crea que no me importa cuando es todo lo contrario. Y es que desde que me lo entrego, las veces que lo he vuelto a ver, como la tarde en que volvió de la galería con Marlon y Circe, él se queda quieto, y camina en otra dirección. 

—Oh no, debe pensar que solo lo acepte por compromiso, que no me ha importado en lo absoluto su gesto —pienso. 

 Mas bien lo digo en voz alta y temblorosa, porque alguien detrás mío habla, logrando desestabilizarme, aún más. No quiero dar la vuelta y verlo. Ni ver la clara decepción en su rostro tan bello. Porque si algo tiene Casper es lo fácil de leer sus expresiones. 

—No —dice—. Bella. 

 Oh, cuando me llama de esa manera, logra que mi cuerpo cosquilleé, y que broten las sonrisas más ridículas que alguna vez pude haber dado. 

  Mientras finjo que lo ignoro, que no lo he escuchado, que solo es un susurro del aire, Casper se acerca un poco más. Es obvio que no logre mi cometido. 

—¿Puedes verme? —dice, y me toma del hombro. 

 Su agarre es tan suave, que siento las rodillas temblar. Como si fuera magia, mi cuerpo siente que todo fluye de manera tan notoria y diferente. Niego ante su pregunta, y me alejo unos pasos. No veo más que su regalo en mis manos, y como se desprende de mi hombro. 

—¡Detente! 

 Entonces caigo, no solo en cuenta de porque dicen que debo prestar más atención al frente, sino que también dentro del estanque. El agua fría hace que tome aire muy de repente, que entra helado. 

—Arabella. 

 En segundos Casper está a mi lado, envolviéndome con los brazos. Siento lo cálido de su abrazo, y dejo de patalear, porque aquí no es tan profundo, pronto comienzo a creer que he actuado muy dramática. Me ridiculice frente a quien me gusta, y ya dudo si alguna vez me pueda superar. 

—Estas brillando —murmura—. Creo que es tu magia. 

 Perfecto, si puedo hacerlo. Ahora es más evidente que me dejo dominar por mis emociones. 

—Son mis sentimientos —logro articular—. Cuando algo me sobresalta, la magia se activa de inmediato. 

—Bueno, creo que eso le suma belleza a tu belleza —dice, alzo la mirada, y noto esa sonrisa—. Luces como un hada

 Es capaz de desarmarme en cuestión de segundos, con algo tan simple como una mueca, o una frase.

—Arruine el regalo que me has hecho —digo con pena. 

 Pena por eso, por no haberlo abierto antes, por la falda del vestido que flota a mi espalda, por pensar en que mi padre me regañaría por cómo me encuentro. Por sentir tan de cerca la respiración de Casper, y notar que el color de sus ojos es tan único en el mundo, que nunca hallaría algo tan similar. 

—Puedo darte otro —dice, siento el consuelo en su voz. 

—Pero quiero este —murmuro. 

—Es un diario, de verdad puedo darte otro —sonríe. 

 Doy un suspiro, el primero en el día, porque es la primera vez que lo veo en el día. No me importa que la magia sea tan sensible a los cambios de emociones, o que yo sea capaz de expresarlo tan repentino que esta corra libre por ahí. Le doy la razón a Morrigan una vez más, no que debo pasar menos tiempo con él porque me distrae de mis lecturas, sino a dejar de actuar como alguien que no soy. Dejar de desear ser alguien más. 

—Puedo darte otro obsequio si gustas —dice, trayéndome a la realidad del momento. 

 Y en ese preciso momento, solo quiero un obsequio. En silencio, sin decirle una sola palabra, me acerco a sus labios, y justo cuando nuestras respiraciones chocan, un leve chispazo nos separa. 

—¿Qué fue eso? —pregunto consternada. 

 Veo a Casper, frotando sus labios, y pronto rompe en risa. Una que me contagia, entonces todo me causa gracia. Nosotros en el estanque, que nos vayan a regañar porque nos podemos enfermar, el casi beso, y mis antiguas ganas de ocultar que todo me provoca algo.    

XI

Las sombras de Morrigan. 

 Por un tiempo logró olvidar aquel cometido suyo. No tanto por causa propia, sino con algo de ayuda de Marlon. La convenció de que algún día, quizás en la lejanía, la magia sea bien vista, y ninguna otra mujer o ser mágico, como los trolls ocultos, o las hadas de los bosques, se deban seguir escondiendo temiendo el peor de los destinos. Morrigan lograba admirar lo convincente que llegaba a ser su amigo y compañero. O lo bien que ella tomaba cada una de sus palabras. 

 Paciencia.

 Le pedía paciencia a ella, que, teniendo varias décadas encima, casi un siglo, no hizo más que guardarla sin demostrar lo mucho que le molestaba el maltrato hacía los suyos. Que no hacía más que soportar a George, quien renuncio a la magia, pero se quedó con la larga vida, decirle una y otra vez que ella llevaría a la ruina el apellido por lo que hacía con las sombras, en las noches sin luna, en los largos días de frio tortuoso. Por las charlas que tenía con aquel ser oculto.  

 Pero, él no era el único que la veía con desprecio o temor. A ellos, los otros mágicos, no estaba tan segura de echarles la culpa por como huían al oír que era capaz de hacer magia de sombras, y aumentaba su potencial cuando la luz no existía, aun si aquello significara que solo existía una masa amorfa y oscura, donde nada se viera proyectado.  

—Los viejos le han metido en la cabeza que hay un tipo de magia al cual debían temer —le dijo alguna vez a Marlon, cuando aún era una joven de veinte años—. Se dejan llevar por rumores …

—¿Son ciertos? —pregunto Marlon.

No era seguidor de los rumores, pero algunos se le hacían muy creíbles, más aún cuando entre ellos resonaban el nombre de otra antigua hechicera de magia similar a la de Morrigan. Porque estaba seguro que de él no aprendió todo lo que se relacionaba a las sombras, el ocultismo, y la magia oscura. Marlon era todo lo opuesto a su aprendiz. Manejaba la luz, y las emociones, haciendo magia blanca. Pero temía que ella se haga demasiado opuesta a él. 

—¿Tu lo crees? —pregunto Morrigan.  

 Morrigan no quería creer en los rumores esparcidos, porque les tenía cierta admiración a los magos sabios. Era un lugar que ella también quería alcanzar, ser de las primeras. Sin embargo, con el tiempo, su pensamiento se fue reforzando. Cuando leía algún comunicado, o se encontraba con los nuevos escritos que les daban a los estudiantes. 

 Fue la tarde en que la rechazaron en el aquelarre de los sabios, donde la paciencia llego a un punto de quiebre importante. La tacharon de prohibida, y le exigieron que deje de practicar con las sombras. Dejar de hacer lo que más amaba, con lo que mejor se sentía. 

—Pones en juego todo lo que hemos construido —le dijo un viejo sabio. 

—¿Qué? ¿Temen que pueda revelar el mundo detrás de los humanos? —pregunto enojada—. He sido muy cuidadosa todos estos años, ¿De verdad creen que mi magia podría afectar el secreto? Soy la última persona que levantaría sospechas. 

—Morrigan, se acabó la conversación —dijo el hombre—. Acéptalo, de igual manera, el lugar de los aquelarres no es para ti. Has potenciado tus conocimientos con la maestra equivocada.  

 —No —exclamo enojada. 

 La oficina del viejo mago se tornó un poco más oscura, y fría. Cada sombra que anidaba en alguna esquina, por más pequeña que fuera, se hizo más espesa, se expandió hasta llegar a ella, y hacer aún más inmensa su proyección negra. El hombre observo a su alrededor, y dio un paso atrás, pese a que había un grueso escritorio entre ambos. 

—Exijo saber la verdad —dijo, y frunció el ceño—. Me rechazan y prohíben, pero por las razones equivocadas, ¿Cierto? No temen que los humanos sepan de nosotros, ellos ya lo saben. Ustedes solo le temen a lo desconocido, porque nunca antes hubo alguien capaz de dominar la oscuridad, las sombras como lo hago yo.

—Hablas como ella —murmuro el mago. 

Morrigan sonrió siniestra. 

—Soy mejor que ella —respondió.  

 Dio un fuerte golpe al escritorio, y todo lo que había encima tembló, cubriéndose de una luz roja muy oscura. Hizo un paso hacia atrás, y rio con cansancio. Pronto lo denso del momento se ocultó a su espalda, dando paso a la luz una vez más. 

—Al final, tanto se esconde de los humanos, cuando son iguales a ellos —dijo—, y estoy segura que para hacer alguna clase de tratado de paz, ustedes entregan a nuestras brujas. No es algo nuevo, desde la era artúrica o antes que lo hacen. 

 Sin dejarlo responder, se marchó de la oficina, asegurándose de cerra con fuerza la puerta para evitar que la siguieran.  Entonces comenzó a ser paciente, otra vez. A maquinar un plan, una idea, algo que le ayudara a demostrar la grandeza de su magia. Y aun cuando a Marlon le decía que dejó atrás el querer llevar a cabo su acto final, esto no dejaba de rondar por su mente. Menos cuando veía a su sobrina hacerse cada día un poco más fuerte, llenando el collar de Avalon con la energía de cada hechizo o conjuro, de cada pócima o ritual. De cada vez que lanzaba una fecha a los espíritus del bosque, y tomaba su energía mágica. 

 Arabella era la razón por la que aún seguía teniendo paciencia. 

15 de enero, 1717

 Se levanto con sumo cuidado de no despertar a Marlon. Antes de salir de la cama lo observó, una extraña costumbre, dirigida a un hombre extraño. Le gustaba como el cabello gris caía sobre el rostro apacible, y aun sonrojado. Lo que más le llamaba la atención es que siendo mucho mayor que ella, no se le notaba, en un mal día lograba verse de cincuenta años. No lo podía imaginar como pareja, y si algún día le propusiera matrimonio, ella estaba segura de rechazarlo. Lo quería lo suficiente como para no arrastrarlo a las complicaciones de sus magias y personalidades incompatibles. 

 Cuando dejó de reflexionar en torno a Marlon, buscó la bata, y salió del cuarto. Caminó por los pasillos, llevándose con ella la poca luz de luna, y el suave calor de una noche de verano. 

 Una sombra la envolvió de pie a cabeza, y la bata se transformó en una larga capa negra, el traje de cama, se ciñó sobre su cuerpo, entallándolo, siendo ahora un lujoso vestido de cuello alto, con un tajo por delante que les daba libertad a las piernas. Su larga sombra se fundió con su oscuro cabello. Una corona de obsidiana se colocó sobre lo alto de cabeza, dándole el último detalle. 

 Se evaporó en la oscuridad del pasillo, y volvió a materializarse en la habitación de Arabella. La observó con cuidado. Tenía marcada una mueca de tristeza, y los ojos aun hinchados. Abrazada a un antiguo peluche, que George tuve el lindo gesto de regalarle.

—Mi dulce niña —murmuro, y pasó una mano por la mejilla—. Lo lamento, de verdad, también lo amaba. 

 Notó como los ojos bajo los parpados se detuvieron, y hacían fuerza para abrirse. 

—Bella —murmuro Morrigan—, necesito que vengas conmigo. 

—¿Me llevaras con mi padre? —pregunto, y logro abrir apenas los ojos—, quiero decirle adiós. 

—Y lo harás cariño, ahora necesito que vengas conmigo —dijo con dulzura. 

Se puso de pie, y le extendió una mano a Arabella. Lento, fue despertando, sin sorprenderse por cómo se veía. La admiraba, aun con el sueño y el dolor en su cuerpo, no dejaba de hacerlo, usara lo que usara. 

 Sin vacilar un solo segundo, la siguió por detrás. No entendía nada, ni siquiera como es que tenía fuerzas para poder caminar, o como es que, de un momento para el otro, estaban fuera del castillo de Marlon, dentro del bosque, rodeadas de oscuridad, y finas columnas de luz de luna. Los gruesos arboles se veían mucho más grandes, y parecían más vivos que nunca. Respiraban, palpitaba, observaban cada paso que daba y seguían estáticos encerrándolas en el corazón del lugar. 

—¿Qué hacemos acá? —preguntó, cuando estuvo menos somnolienta. 

—Nunca te he dicho porque te enseño magia, ¿O sí?

 Arabella se detuvo un momento, tratando de encontrar una respuesta. Tras unos minutos, llegó a la conclusión de que no lo sabía. Ahora que lo pensaba mejor, creyó que lo hacía por amor a la enseñanza, pero algo así, no traía consigo una pregunta como esa. 

 Negó con la cabeza, y se encontró con el ceño fruncido. 

—No debes tener miedo —dijo Morrigan, dando una sonrisa. 

 No estaba cargada de dulzura, o calidez. No era una mueca de orgullo, ni mucho menos de esas que trataba de contener cuando Marlon hacia una mala broma. Era una sonrisa oscura, llena de malicia, que nunca antes vio. 

 —No lo tengo —dijo, y le tembló la voz. 

 —Está bien si lo tienes —dijo Morrigan—, pero de verdad que no debes. Porque lo que vamos hacer acá, marcara un antes y un después en la historia, nuestra historia con la magia. 

 Se acercó, y tomó el collar. Dio un resplandor verde, que sorprendió a Arabella. Cuando la luz cesó, parpadeó un par de veces, sin poder dejar de ver la joya que volvía a su estado normal. Tras aquel inusual brote, comenzó a sentir el flujo de la magia bajo la piel. Justo como cuando algo lograba exaltarla y hacía que los objetos a su alrededor brillen de color rosa, o el mundo propio se ralentice por la profunda tristeza como la noticia de su padre fallecido le podía ocasionar. 

—¿Qué sucede?

—Eso que sientes, mi niña, es la magia que pide salir —respondió con una extraña emoción—, sin embargo, esto es solo un paso.

—Morrigan, no entiendo nada de esto —dijo enojada Arabella—. ¿Cómo te puedo ayudar? ¿En qué quieres que te ayude?

—A liberar la magia, a que el mundo nos pertenezca —exclamo exacerbada—. Eres una bruja de vasija, capaz de contener y potenciar los demás tipos de magia. 

 La tomó de las manos, y la vio fijo a los ojos. Pudo notar un brillo rojizo envolver el azul de estos.

—Tendrás mi magia, el tiempo necesario para formular el hechizo necesario, que cubrirá al mundo dándole poder a quienes siempre lo debieron tener —se soltó, y alejo dándole la espalda, continuando con el discurso—. Brujas, magos, trolls, hadas, elfos, libres al fin, sin temor a la violencia humana.

 Pasó una mano por la mejilla de Arabella, y creyó verse reflejada en ella. Tan joven, con la energía suficiente para hacer el cambio que su maestra oculta alguna vez le propuso. 

—Una vez, cuando tenía tu edad, tuve alguien que me enseño que la magia es parte de nuestra naturaleza —contó—. Es un crimen temer a lo que somos capaces, a ocultarla solo porque el resto de normales no ven lo que somos. 

—¿Y ella?

—Oh, encerrada en algún lado —respondió Morrigan despreocupada—. Como muchos otros. Por eso esta tarea. Entonces, ¿Qué dices pequeña bruja? 

 Arabella sonrió, contagiándose el entusiasmo de Morrigan. Comenzó a dar saltitos en el lugar, haciendo que los bucles rubios danzaran con el movimiento. 

—Si quiero —exclamo divertida—. Quiero ayudarte. 

 Morrigan giró, y le sonrió, aún más. Dio un soplido, tratando de buscar algo de calma en toda la revolución que se desataba en el interior del bosque.     

—Me alegro tanto que este de mi lado —dijo con dulzura. 

XII

Las sombras de Arabella. 

 Una vez más me acerque con las intenciones de besarlo. Debía hacerlo, y quería que ese fuera el momento, pero alguien viendo el espectáculo que éramos, nos llamó la atención. Marlon no se veía muy feliz por vernos chapotear en el estanque. Me imagino que en su cabeza estaba Morrigan gritando por descubrir que la sobrina, tan delicada como una flor en la mañana, estaba bajo las frías aguas a punto de besar a un muchacho. Y estoy segura, de que el señor fantástico no quiere pasar por ese momento. 

 Sin embargo, Circe lo festeja en silencio a espaladas de él. Se la ve contenta por vernos a punto de desatar un romance. 

—Padre —dice Casper. 

—Guarda silencio muchacho —dice Marlon. 

 Uso esa voz autoritaria que lejos de repelerme, me dan aún más ganas de oírla. Porque Marlon, por muy anciano que pueda ser, no se le nota, y existían momentos, como este, en que se hacía un hombre atractivo. No un pensamiento que deba tener, he llegado a reprocharme por eso, pero es inevitable con la edad que tengo. 

—Fue mi culpa —logro decir, entre nervios, frio, chispas de magia, y el calor del momento—. Tropecé, y Casper me ayudaba a salir. 

—¿Con la boca? 

—Padre, de seguro le daba respiración boca a boca —dijo Circe, acercándose. 

 Marlon giro para verla, y no podía imaginar la cara que está poniendo en ese momento. Pero si podía ver como Casper se hundía cada vez más en el agua, ocultando el rojo de sus mejillas. 

 Nos ayudaron a salir, y fuimos de inmediato dentro de la casona. Casper no tardo en desaparecer en su cuarto, mientras que con Circe esperamos a que nos trajeran algo caliente para tomar. 

—Señor Ambrosius, ¿Sabe algo de la señorita Pericles? —pregunto en lo que me envolvía con una frazada gruesa. 

—Aun nada —me responde, mientras tira un leño al pequeño fuego de la chimenea—. No se preocupe Bella, en cuanto sepa algo de su tía, le diré de inmediato. 

 No es la respuesta que esperaba. Asiento, tratando de no dejar expuesto mi malestar. 

 Tras haberme cambiado, y cenado con la familia Ambrosius, fui directo a mi cuarto. Debía escribir lo que sucedió en el día, pues era algo que quería que se quedara plasmado. 

 Estaba en proceso de ponerme la ropa de cama, cuando llaman a la puerta. Sin pensarlo, fui a ver de quien se trataba, segura de que podía ser Circe, viniendo por algunos detalles de lo ocurrido en el estanque. 

—Llegas a tiempo —digo emocionada al abrir la puerta. 

—No sabía que me esperabas —dice Casper del otro lado. 

 Doy un pequeño chirrido al verlo del otro lado, con esa sonrisa tan amable, y el cabello negro bien peinado hacia atrás. Sin oler a estanque, vistiendo pantalón y camisa. En segundos, se convirtió en un deleite para mis ojos.

—Oh, hola —digo, y cierro mi bata—. No me disgusta, a decir verdad, que estes acá. 

—Menos mal, lo último que deseo es seguir avergonzándome —dice. 

 Pone sus manos al frente, entre una de estas hay un pequeño libro, en un color rosa muy suave, y con una plaquita y candado pequeño dorado.

—Es para ti —dice, casi como un susurro—, dije que te podía dar otro obsequio. 

 Me lo ofrece y no dudo ni un segundo tomarlo. Ver cada detalle, y sonreír ante el gesto de aquel obsequio. 

—Oh, Cas — dejo escapar—, no hacía falta. 

—Dije que no tenía problema en darte otro —dice, y da media sonrisa—. Marlon le encanta acumular libretas, cuaderno, y esto. 

—Bueno, en ese caso, gracias —lo tomó, nuestros dedos a penas se rozan. 

 Nos quedamos allí, sin soltar lo que nos une, con algo de magia naciendo por ese leve contacto. Cosquillas, una vez más. Bajo la piel, sobre esta, revoloteando en mi estómago, en la punta de mi lengua, acumulándose en cada rincón de mi cuerpo. 

—¿Puedo besarte? —murmuro. 

 Como me atrevo a tan solo decirlo, no importa que tan bajo este el volumen de mi voz, no debería. Sin embargo, tan rápido, siento sus labios sobre los míos, solo unos segundos.  

—Si puedes —responde.

 Cierro los ojos, y me doy un leve impulso, haciendo el espacio entre nosotros nulo. Ya no hay una corriente eléctrica capaz de apartarnos, ahora es la magia fluyendo con el suave movimiento de nuestros labios. Me convenzo a mí misma que no estoy siendo torpe, que parece que estuviera besando al ser más delicado del mundo. 

 O quizás Casper lo es. Confirmo lo que alguna vez imagina, lo que tantas veces pensé, que es dulce, tierno, perfecto, en el sentido más amplio de palabra tan pequeña.

—Te adoro —murmuro cuando se aparta. 

 No puedo creer lo que acabo de decir, ¿En algún momento será más rápida pensando que hablando? Espero que sí, pues esto sería algo que me traería problemas. Entonces me encuentro con la mirada negra y brillante. Carente de cualquier otro color, pero iluminada con un aro azul que lo hace ver más mágico de lo que es. 

 Dos besos más. Uno suabe en los labios, y otro por encima de donde se juntan las cejas, y siempre se arruga cuando no entiendo algo. Y sonríe. 

¿Me ridiculice diciéndole mi más oculto secreto? ¿No me cree? ¿Alguien más se lo dijo, que ya no tiene ni un sentido que se lo sigan diciendo?

—También te adoro —dice, sin dejar esa mueca—, desde la noche en que chocamos en la oficina de mi padre. 

—Oh —se me escapa, como aquellas damas de los libros—. Eso es mucho tiempo. 

—Si, y solo me quería asegurar que no haya sido una mala jugada de mi corazón —dice. 

 Deja el diario a un lado, y toma mis manos, sin dejar de sonreír, siendo el reflejo perfecto de mi sonrisa, de lo que siento, de lo mucho que mi corazón enloquece.

—Pero ¿Sabes? Nunca me equivoco, y siempre supe que estaba en lo correcto —dice, y me besa las manos.

—Uh, espero que esto no se te suba —digo, y doy una risilla—. Es bueno saber que no te equivocas. Espero que sepas que no sé qué decirte, y aunque anhelo que no sueltes mis manos jamás, debemos hacerlo. 

—Lo sé, y siempre tendremos un momento para tomarnos las manos —dice—. Por ahora, mantengamos las apariencias, al menos hasta que tu padre vuelva del viaje, y pueda pedir permiso para estar cerca de ti.

 Mantengo silencio, con el calor abrazando mi rostro, imaginando todo lo que se pueda imaginar, y él se despide con un beso en la mejilla. Lo veo irse, y doy un suspiro, otro más, y otro hasta que salto en la cama, y grito con la cara cubierta para evitar que alguien venga corriendo a socórrame. 

 Cuando estoy un poco más tranquila, tomo mi nuevo diario, impregnado con su perfume, y escribo en la segunda página. 

Querido Diario: Adoro a Casper con cada latido de mi corazón.   

15 de diciembre, 1716.

 Querido Diario: Aun no tengo noticias de Morrigan. En mis antiguos escritos he puesto algo de ella. Nunca dije que se tardara tanto en volver. Así como no sé nada de mi tía, tampoco lo sé de mi padre. 

 Lo extraño pese a la falta de cariño que me ha brindado toda mi vida. A veces tiene esos gestos que lo hacen un padre. Con su sonrisa agradable, su voz tranquila cuando le pedía que me leyera algo. Sus abrazos cálidos, llenos de temor cada vez que me iba de Inglaterra. 

 Espero tener novedades para las fiestas. Pienso hacerle un regalo, una pipa. Le pediré a alguien que me enseñe a tallar, y hacerla con mis manos, sin magia.   

20 de diciembre, 1716:

Querido Diario: Viajaremos a Inglaterra. Marlon ha recibido una carta de Morrigan pidiendo que vayamos al castillo.

 No sabes lo mucho que extraño estar allí. Amo la mansión del señor fantástico, pero mi cama, mis vestidos, los peluches, la gente de la cocina, la señora de Gales, todo lo que es mi vida está allí. 

 Hace unos días me instruyeron para tallar la pipa para padre. Aunque me han dicho que lo podían hacer por mí, la idea es que sea un gran detalle que lo haga con mis manos. Marlon acepto que así fuera, y que llegado el momento de hacer la parte de adentro él me ayudará. Según sus palabras es experto en pipas, y no dudo de eso.

 Casi es de noche. En una hora saldremos al bosque para ir por la mensajera. Se que Inglaterra queda muy lejos, pero no me molestaría hacer un par de días de viaje. 

 Viajar con Casper y Circe debe ser divertido. O quizás no tanto. Cuando pasan mucho tiempo juntos sus humores suelen ser incompatibles. Creo que tienen esa conexión de hermanos, en donde oyen cosas que otros nos, y se molestan por eso. 

 Hace una tarde escuche de Circe decirle a Casper que respire más bajo. Yo no oí nada, pero al parecer él escucho hasta como ella pasaba las páginas del libro que leía. 

22 de diciembre, 1716

Diario: Padre no está en el castillo. Se ha ido, y aún no ha vuelto, justo como Morrigan me dijo la última vez. 

 El resto de personas si están, y eso me hace no pensar que algo malo está pasando y no me quieren decir. 

 Ahora que es de noche, debo contarte lo que paso durante el día. Llegamos ayer en la madrugada, y hemos dormido hasta el mediodía. Almorzamos junto con Morrigan, Marlon, Circe y Casper, y también la señora de Gales con su esposo. Fue agradable, no siempre se sientan tantas personas en esta mesa.

La realidad es que en el castillo nunca hay tantas personas que no sean parte de la servidumbre. Se siente tan cálido y familiar. Un sentimiento que mi pequeña yo siempre añoro.  

 Luego, salí al jardín trasero, donde no me dejar ir, pero lo hago igual. Es un secreto. Es que allí hay buenas especias para pócimas, una tierra increíble para unos hechizos, y al fondo un gran árbol con la mejor sombra para leer. 

 No te lo voy a ocultar, pero allí estaba Matheo. No me acuerdo cuando fue la última que lo vi, pero cada vez que lo cruzo, en mi interior crece un sentimiento desagradable. Me sonrió de una manera que me revolvió el estómago. No lo hace como lo haría Casper. Se que oculta algo malo detrás de sus pecas.

Se presento como si fuera un caballero, y nunca antes me haya tratado mal. Le sonreí con disgusto, y aparte la mano de inmediato.  

 Y eso no fue lo peor del día. Sino que cuando volví, me encuentro a medio camino a Louis con Casper. Fuego, en ese momento sentí fuego. Uno capaz de quemar hasta la ceniza que quedarían de mi si me incendiara. Ella tampoco es buena persona, y no lo vería de la forma en que lo hizo si supiera que Cas es un asombro aprendiz de magia.  

 No quiero dejar plasmado hasta el final de los tiempos, que Casper fue capaz de sofocar aquel sentimiento con solo verme, sonreír como pocas veces hace. El fuego se hizo aire, y se alejó de mi enseguida. La piel de sus manos, es capaz de aminorar el calor que se oculta bajo la mía. 

Bueno, y ya que esto es un sitio privado, también diré lo que paso luego. Primero lo descabellado, me hubiese gustado llevarlo a mi cuarto para que lo veo, para nada más. O haber llegado, porque tuve una idea aún más descabellada. Nos debíamos, y fuimos a la biblioteca. Una un poco más pequeña, y en la cual podía entrar sin permiso. 

Ojeamos los libros viejos, le di un que tuve la osadía de pintar de pequeña, y luego. Me pongo roja de pensar otra vez en eso. Nos besamos. Debo admitir que fue muy divertido, y excitante. Casper es todo un caballero, solo sostuvo mi cintura, y dejo allí mismo las manos. 

Enloquece mi magia por completo.  

 Arabella de Ambrosius, ¿Suena lindo? Estoy segura que a Circe le va a encantar que seamos hermanas. Que emoción saber que en cuanto padre llegue Casper vaya hablar con él. 

5 de enero, 1717

Hace una semana han traído el cuerpo de mi padre. No me quieren decir que sucedió, pues creen que así van a mantener mi integridad o no sé qué. 

¿Cómo pueden decir eso? El mundo se me cae a pedazo. Solo oigo lo mucho que me ha amado pese a ser un hombre frio. Me hacen preguntas que no se contestar. No sé cuál es su comida favorita, o que vino bebía.

  Estuvimos tan lejos el uno del otro que siento que voy a enterrar a un desconocido que amaba con profundidad. Porque si lo hacía, lo amaba pese a la distancia, por eso tengo esta maldita pipa envuelta lista para que alguien la abra. 

 Nunca vera el sol. Nunca más, ni mi padre, ni este tonto e infantil regalo. 

 Ahora me quiero hacer agua, como mis lágrimas, y se absorbida por algo más grande como los pañuelos de seda que he usado desde que me han dado la noticia. 

 Se que me queda Morrigan, Marlon, Casper y Circe, pero siento un gran vacío. Viendo el cuadro de una mujer nunca conocí, sepultando a un hombre que siempre me alejo. 

¿Qué me queda ahora? ¿Por qué este vacío? ¿Por qué siento la soledad crecer sobre mí? ¿Cómo es que me quedo sin aire? 

 Mis manos siguen manchadas con el barro del cementerio. Enterramos a George junto a mi madre, en el panteón de la familia. Me lave ciento de veces estas manchas oscuras, y aun las sigo viendo. Con los ojos cerrados, o en la habitación más oscura. Nada quita el dolor de tener que verlas en todas partes, recordándome que soy huérfana, que quienes me han traído al mundo, se marcharon sin decirme sus sentimientos. 

25 de enero, 1717

 No fue un sueño, estoy segura de eso.

  Ahora cada vez que llevo a cabo un conjuro o hago una pócima pongo más atención al brillo de la piedra del collar. 

 Con algunos hechizos, como los que uso para rejuvenecer el color de las plantas, o mover de lugar algo sin tocarlo, la piedra brilla mucho. Tiene una luz verde intensa, que deja algunas partículas a su alrededor hasta después de volver en su estado normal. 

 También ocurre cuando, más pasaba, cuando me emocionaba mucho. Ahora entiendo porque sucede eso. Según Morrigan es porque así mi magia se intensifica, y eso activa el collar. 

 Estoy más tranquila ahora que se cómo hacerlo brillar sin que dependa de cómo me siento o expreso. Con la perdida de George no he dejado de llorar por las noches, y la piedra no ha vuelto a brillar o tener su color normal. Es tan oscuro como el musgo, como las algas bajo el agua.

 Las pócimas dan como resultado un brillo más sutil. Como la tela de un vestido, donde apenas se refleja el sol. 

 Lo que mejor me funciona ahora son las flechas, además que estas toman la magia que hay en donde tocan. No he probado usarlas contra alguien. Tengo al de curiosidad, más aún porque Marlon me ha dicho que podría ser peligroso. 

 Nadie más lo sabe, imagino, pero las he usado en el bosque. Donde se presentan las animas, o las luces salvajes. No era mi intención, sin embargo, le di a una con una de las flechas. Esta se evaporo, y luego, esa energía electrificante bajo mi piel. Me sentí viva, como si pudiera hacer diez hechizos más. Como si no tuviera límites para seguir lanzando flechas. Nunca más lo he hecho.

XIII

Solo un momento.

1 de diciembre, 1717

 Una mañana desperté, me dolía el cuerpo, pero el dolor de cabeza era mucho peor. Como si la noche anterior me hubiese atiborrado de licor. Es una experiencia que me han contado que pasa, y creo que esto es lo mismo. 

 Tengo cierta nebulosa en la cabeza. No recuerdo bien porque estoy en una habitación que no es mía. Sus paredes son más oscuras, y las cortinas que cubren los ventanales, mucho más altos, son más gruesas. No dejan pasar luz de afuera, y me cuesta distinguir en qué momento del día estamos. 

 Me siento con mucho cuidado, y cuando acerco la mano a la cara, la veo vendada. Ambas lo están. El vendaje limpio me llega hasta los codos, y sigo sin saber porque los uso ¿Qué hice? ¿Qué ocurrió? 

 Con cuidado salgo de la cama, el doble de grande que la mía. Al poner los pies en el suelo, me da un leve mareo. Pero es mínimo con la confusión que llevo dentro. Trato de no apurarme, de hacer suave cada movimiento. Justo cuando llego a la puerta, esta se abre. 

 Marlon, pienso y me alegro. Lejos de sonreír, de sentir alivio, lo abrazó, y lloro. Dejo que la pesada pena brote con las lágrimas, que me arrebate el aire, y mi mente lento se vaya despejando. 

—¿Dónde está? —pregunto, aunque no sé si se entiende. 

 El silencio es solo por parte de él, porque no me guardo ninguna vergüenza. Lloro en voz alta, con un consuelo que no me sirve de nada. Porque, aunque el señor fantástico no me esté diciendo nada, lo hace. Algo malo ha sucedido. Y si Morrigan no está aquí para ser quien me aliente a verle un poco de luz al futuro, entonces eso que está mal, la relaciona a ella. 

1 de marzo, 1718

Diario: Este es el segundo año consecutivo que lo empiezo y me falta alguien. Morrigan ha desaparecido. Nadie sabe nada, nadie dice nada. Marlon dijo que en cuanto tuviera alguna novedad me lo haría saber. También que no debo volver a Inglaterra, y que él podría hacerse cargo de los bienes que quedarían a mi nombre por ser la única Pericles con vida. 

 La única Pericles con vida. Soltera y con una gran fortuna. Con la edad de ser casada, y ser eso que se espera de mí. Yo solo quería ser como Morrigan y ahora no se.

 He estado tanto tiempo siguiendo un camino que me indicaron, con una meta, lleno de objetivos, que ahora que no tengo quien me dirija, me siento a la deriva. Sin propósitos, a decir verdad. Sin Morrigan es como si todo por lo que vivía cada día hubiese llagado a su fin. 

 Me siento ridícula, buscando que me digan que hacer. ¿Acaso nadie tenía idea de los deberes que llevaba a cabo todos los días con Morrigan? Marlon ni siquiera sabe lo que desayunábamos.   

3 de marzo.

No sé cómo hare cuando Circe se vaya. Suelo dormir con ella de noche, cuando tengo esta sensación de estar cayendo en un pozo oscuro, que me hace despertar de un sobre salto. Ella sabe cómo hablarme para decirme que solo fue un mal sueño. 

 Se ira a una escuela, de brujas y señoritas, porque Marlon no piensa dejar entrar a otra mujer para que la eduque. No es que Morrigan lo hiciera, pero si era una buena figura femenina para ambas. Por mi parte me negué a ir, no le veo sentido. Cuando cumpla los dieciocho años me iré. Quizás un año después, pero no pienso quedarme aquí. 

 Circe me ha confesado, creo que, sin pensarlo, que luego de unos meses pedirá un traslado. No quiere estar relacionada con la brujería. Me lo decía, y de repente se quedó callada. Sus mejillas se pusieron rojas de inmediato. 

 No la puedo culpar. Las brujas tienen mala fama. Ella quiere ser hechicera, tener un cetro de poder. Las mágicas como yo no necesitamos elementos, aunque si más maestría para evitar ser dominadas por la oscuridad. 

 Como sea, ambas, brujas, hechiceras, hasta magos, pactamos con el demonio para obtener estos dones. Nadie se salva de ser acusado de tal barbaridad.  

7 de marzo. 

Hay algo en mi magia que no está funcionando. Creo que la piedra no funciona, esta tan opaca. Cada vez que hago un hechizo, no solo me quemo, sino no pasa nada. 

 Marlon dice que pronto todo volverá a la normalidad. Por eso se llevó el collar, aun no me lo ha devuelto. 

9 de marzo.

 Creo que este comienzo amerita un Querido diario: Circe no ha pasado la noche acá. Esta con la mujer que le enseña sobre las visiones. Por un momento me creí fuerte, que iba a librarme de esos sueños llenos de oscuridad. Sin embargo, no fue así. Grite, nunca grito. 

 Pude ver con claridad a Morrigan, como sacaba algo de mi pecho, rosa y brillante, y lo intercambiaba por una bola roja, más ardiente que el fuego. Sus ojos eran oscuros, no existía nada de ella en estos. No recuerdo lo que dijo, pero, me hizo doler. Sentí mi cuerpo doblarse, y a punto de quebrarse, desperté a los gritos. 

 No paso mucho tiempo que Casper entro de golpe, no llamo, tan solo abrió la puerta. Sus ojos negros brillaban en azul, y vi en su rostro la representación del miedo. 

 En resumen, dormimos juntos. No me avergüenzo al decir que lo necesitaba. Al menos por esa noche, en donde pensé en morirme. Me abrazó, su calor me envolvió, y no tuve miedo a llorar. No lo había hecho frente a él antes. Por alguna razón que desconozco. 

 Fue tan lindo verlo en la mañana. Con el suave sol sobre nosotros, sus ojos cerrados con suavidad, el cabello despeinado, y su boca que me tentaba a besarlo. 

 Besarlo de nuevo y sentirme bien. No creo que sea la manera correcta de buscar curar este dolor. No sé cuál es la manera correcta. 

 Circe se ha ido, y la mansión está mucho más silenciosa. En realidad, ya lo era, porque la pelirroja no era de quienes hablaban mucho. Pero su persona se notaba, era imposible no verla. Menos después del estirón que pegó. Creo que me he quedado pequeña al lado de todos en esta casa. Lo que más extraño de ella, son sus ojos. Sin decir nada, con estos expresaba todo, y te daba un consuelo.  

 Veo a Casper a un lado, concentrado en su lectura. No sé qué hace aquí, él debió irse antes que su hermana. Había logrado una banca en la Academia de magia en Inglaterra, algo que no ha vuelto a decir. Es tan lindo que este, sin embargo, algo no se siente bien. No al menos desde esa pesadilla hace unas semanas. Todo marchó como siempre, con las clases de magia, y clases generales. Algunas tardes vamos a las galerías de arte. Ahora en la temporada baja, es una dicha ir y que no esté atestado de gente. Podemos ver con tranquilidad hasta los cuadros de arriba de todos. No se notan los detalles, ni la pincelada más notoria, aun así, se disfruta de la calma. 

—Casper —lo llamo. 

 Alza la vista, y sonríe. Creo que le gusta mi voz, es mi ilusión. 

—¿Quieres ir a pasear? —le pregunto—. Necesito aire. 

 Asiente, y se pone de pie. Me ofrece la mano, y la tomo sin dudar, ni importar que Marlon está viéndonos como si fuéramos el mayor espectáculo romántico. Por un momento pienso que sería capaz de llamar a una de las mujeres de la mansión para ser nuestra acompañante, pero solo se queda callado, y vuelve a su lectura.  

 Salimos al jardín, vamos entre lento y apresurados, como tratando de que nadie nos detenga. Nos alejamos de la mansión, y cuando él se quiere detener en el estanque, yo insisto en seguir. No pone ninguna objeción. Un par de metros más, estamos dentro del bosque, no tanto, pero si lo suficiente para que nadie más nos vea (aunque podemos levantar sospechas)

—¿Ocurre algo? —pregunta Casper. 

 Les estoy dando la espalda, conteniendo mis ganas de preguntar algo, o colgarme de sus hombros para besarlo. Decido hablar, buscar la verdad, aunque me duela. 

—¿Por qué sigues acá? —pregunto. Trato de controlar lo más que puedo el temblor de mi voz—. Es por mí, ¿Cierto?

 Me rodea, y nos volvemos a ver. Sus ojos negros me dan paz, me causan intriga, y me hacen notar que no brillan como antes. Esta triste. Casper, quien siendo alguien serio, te demuestra que es feliz leyendo algo que le ha parecido interesante, y toca en el piano las melodías más alegres. 

 Nunca lo vi triste, o no lo quería notar. ¿Por qué no lo quería notar? 

 Toma mis manos, y las ve con atención. Besa una con cuidado, y luego me besa a mí. Con la misma delicadeza que lo hizo la primera vez. No pide más, pero yo lo deseo todo. Y él fiel como no me ha sido ninguna otra persona hasta este día, me lo otorga. Lento, damos unos pasos, ¿A dónde? A un abismo, que nunca pensé que conocería a esta edad. 

  Deja de ser gentil cuando siento a mi espalda la brusca textura rugosa de un árbol, y como los labios de Casper buscan más, y puedo ofrecerle los míos sin que fuera capaz de controlarlos. Deseo adentrarme en su cabeza, y su susurrar en su interior que confiese su mayor deseo. Que mis manos enredadas entre sus cabellos negros sean capaces de hacer hablar de los más profundo, y que sea yo quien se encuentre ahí.  

 Me roba el aire, lo hace, y lo dejo que lo haga. No me parece malvado la manera en que hace que mi corazón palpite, y mi piel se erice. Se que solo hay una pizca de malicia por la forma en que sostiene mi cintura, y se detiene para volver a tomar mis labios, con voracidad, presionando su cuerpo contra el mío. Y sé que lo muerdo con la intensión de que note mi malicia en el acto, que puedo estar a la misma altura que su hambre. 

—Bella, Arabella —dice mi nombre. 

 Me respondió. No lo dije en voz alta, pero quería que me dijera cuál era su mayor anhelo, su mayor deseo, y Casper dijo mi nombre como si hubiese leído mi mente, o como si yo me hubiese instalado en la suya, moviendo sus hilos, su lengua mordaz. Es capaz de hacer realidad cada pensamiento que desemboca en él. Lo que fuera, y sé que solo debo pedírselo. 

 Solo debo abrir mi boca y dejar que todo salga, porque Casper no se opondría. Quiero ser egoísta por una vez en mi da, y ordenarle las ideas, manoseas sus pensamientos, curar su tristeza. Hacer que sonría en una jaula de oro que.       

 Lo aparto, y bajo la mirada. Se que tengo hasta las orejas rojas, y que mi pecho no se mueve con sutileza. Aun así, no le puedo mostrar mi rostro, mis lágrimas. 

 Se que desea algo más. Y no soy capaz de dárselo, ni tampoco de prohibírselo. No, no pudo ser así. No quiero ser así, egoísta.   

—No te puedes quedar por mi —murmuro—. Cas, por favor no me veas como alguien frágil que necesitas cuidar. 

—Bella, yo no… 

 Levanto la cabeza y lo veo. Con la boca enrojecida, y su mirada brillante, amenazando con romperse frente a mí. Se que lo detengo, y no quiero eso para nosotros. No lo quiero para él, no cuando desea ser más que un aprendiz, y cuidándome lo seguirá siendo. 

 Porque él no lo dice, pero tampoco debo ser tan inteligente para darme cuenta que por dentro se debate entre quedarse, o irse. En seguir a mi lado, y hacer lo que el mundo espera que hagamos, o marcharse a la Academia de magia para seguir creciendo.  

—Yo me marcharé, buscaré a Morrigan —confieso—. Marlon me dará una mano, no me detendré, haré mi camino, y seguiré cada pista que se presente. Tú tienes que hacer lo mismo. 

 Al fin suelta mi cintura, y se aleja. Se abre un abismo entre nosotros, tan peligroso, que me da miedo. Me acerco, y tomo su mano. 

—Siempre encontraremos un momento para ser —le digo, aunque sé que no sirve de consuelo.

—¿Cómo estas seguras? —pregunta, y aprieta mi mano. 

 Me corresponde, y eso se me hace esperanzador. 

—Tú y yo estamos destinados a ser —digo, dándole una sonrisa—. Nuestros caminos siempre se van a unir, vamos a chocar cuando menos no demos cuenta. ¿Tú no crees?

 Abro la jaula de oro, pero no tiro la llave. No puedo hacer eso, no me perdonaría jamás.  

 El suave beso en los labios fue la forma más amable de decirme que era una locura pero que estaba de acuerdo. Volvimos a la mansión, rogándole a una deidad porque nadie notara que hicimos algo más que pasear. 

20 de abril. 

 Casper se marchó a la Academia de Magia y principios de los aquelarres, esta mañana. Esta dispuesto a ser un hechicero de renombre, y que lo dejen de ver como el hijo y aprendiz del señor fantástico. Entiendo lo que se siente, estuve en su lugar, de cierta forma. 

 Me alegro mucho por él, y deseo que su camino este iluminado. 

 Yo estaré con el señor Ambrosius hasta que llegue a mi mayoría de edad, y luego me iré. No pretendo seguir desperdiciando mi tiempo en un lugar, cuando puedo ir a buscar a Morrigan en cualquier otro sitio. Se que está en algún lado, tengo todo Europa para averiguarlo.

 No me detendré hasta saber qué fue lo que ocurrió.  

XIV

The magicians, magical news

¿Arrebato mágico?

La noche más oscura se hizo al fin. 

 Roy Charpentier 

 En menos de una hora se han recibido cientos de lechuzas exhaustas con las mismas afirmaciones: “la magia esta enloquecida”. 

 No es sorpresa que en los últimos meses los sabios del Aquelarre de la Sabiduría se han mostrado preocupados por una extraña amenaza rondando cuando la luz no toca cada rincón. Ellos declararon: “los saberes que alguna vez la mayor hechicera de magia negra utilizaba para propósitos personales y obscuros, siguen siendo perpetuados por simples mágicos”. 

 Estos hombres no pueden estar más equivocados. Lejos de defender a “la simple mágica” de la cual se refieren, quiero ratificar que de simple no tiene nada. Morrigan Pericles, hermana menor del difunto George Pericles, es la principal acusada de los sucesos de horas atrás. Aunque se desconoce su paradero actual, no cabe ninguna duda que la magia oscura que se sintió en la mayoría de nuestras entrañas, provenía de ella. 

 Tenía un ideal. Lo defendió aun después de ser rechazada en los Aquelarres, y las constantes notificaciones que le llegaban por dispersar sus saberes a diferentes jovencitas, entre estas, Arabella Pericles, su única sobrina. 

 No comparto la radical manera de pensar, sin embargo, debo darle la razón sobre las injusticias que los mágicos vivimos dentro del mundo humano. 

 He tratado de averiguar si tuvo algún cómplice que le ayudara a expandir y minimizar nuestros flujos mágicos, sin embargo, cercanos a ella, como el lord Marlon Ambrosius II no han querido hablar al respecto. Al igual sobre el estado de la sobrina, la única Pericles que ha quedado. 

 El reconocido mago decidió guardar silencio. Aunque es algo muy típico de él. Es un hombre mágico, padre de dos “parias”, soltero y acaudalado, que no da entrevistas, ni siquiera para aclarar el estatus de su vida sentimental ¿Existirá alguna persona capaz de atravesar las barreras que él mismo impone? No es que me guste guiarme de rumores, pero se hablaba de la desaparecida señorita Pericles, su ex estudiante, como la mujer que fue capaz de derribarlas. 

 Opinión personal, de la que muchos estarán de acuerdo, el Lord logró hacer lo mismo. Otorgándole calidez a la frialdad de la hechicera Pericles. 

 No tuve el placer de hablar con la niña Pericles, pero ahora que es la única con el apellido, no seré solo yo quien busque una charla con ella. En un año, como dice un mandato de la difunta familia, ella será puesta en sociedad. ¿Quién se hará cargo de esto? Con la falta de cualquier familiar, la responsabilidad cae en hombros del Lord. Se rumoreaba que su hijo, Casper Ambrosius, era un grato candidato para un matrimonio histórico, pues uniría a dos familias de magias opuestas. Sin embargo, mis fuentes confirman que el mayor de los niños Ambrosius tuvo un excelente ingreso a la Academia de Magia y Aquelarres, lo que los pone en distancia. 

 No es histórico que el aclamado apellido Pericles siga conservando a sus mujeres solteras, y poderosas. Y mientras se siga desconociendo el paradero de la hechicera, haya más que rumores de su sobrina, el legado de la familia quedara en suspenso.     

Parte tres.

I

No pienses en ella. 

Cuando al fin la tranquilidad alcanzó sus cuerpos agitados, se buscaron en la oscuridad para poder sentir sus calmadas respiraciones. Casper sonrió al sentir como recostaba la cabeza en su pecho, e iba dejando algunos besos, justo donde su corazón volvía a latir con normalidad.

 Lejos de dormir, como sucedería en otra ocasión, comenzó a cuestionarse lo que sucedió una semana atrás. Sin darse cuenta, su mano se paseaba por lo largo de la cabellera de quien dormitaba a su costado. 

¿Qué tan cierto era lo que estaba ocurriendo? Que aun estuviera allí, luego de una semana, luego de aquel incidente en la cascada ¿Qué era lo que ocurría, y que no estaba viendo? ¿Estaba ignorando algo? Justo como décadas atrás, él solo ignoraba que algo pasaba con tal de mantenerse a su lado. 

—Casper —oyó que lo llamarón

 Volvió al momento exacto en que un par de ojos color miel lo veían en su distracción. 

—Lo siento Becca, ¿Te desperté? 

 Ella sonrió, y volvió la cabeza sobre su pecho. 

—Piensas en voz muy alta —dijo ella. 

—¿Entonces notaste que te llamaba? 

 Rebecca sonrió contra su pecho, y largó un suave suspiro. 

—No mientas, sé que cuando piensas en mi sonríes —respondió.

 Se reincorporó en su lugar, y antes de encender la luz, se cubrió con las sábanas. Cuando la tenue claridad la alcanzó, Casper se sintió apenado por estar pensando en alguien más cuando ella estaba ahí. Al notar esa lejanía, se acercó y la tomó de la mejilla, deslizando la mano hasta su nuca, con una suavidad que a Rebecca le hacía temblar. 

—Tienes razón, cuando pienso en ti sonrió en todo momento —susurró a unos centímetros de sus labios. 

 Rebecca se mordió el labio inferior, y deseó por primera vez haber mantenido la boca cerrada, o que la tuviera tan ocupada con sus labios, que le fuera imposible pensar con claridad. 

—No trates de distraerme —dijo ella, y se apartó contra su voluntad. 

 Le encantaba que Casper le dijera todas esas palabras empalagosas, y ese calor que emanaba su piel cuando estaba tan cerca. 

—No lo hago, solo te digo la verdad —Casper sonrió, y le dio un fugaz beso—. ¿Por qué no intentamos dormir? Vamos, que has hecho un largo viaje ¿Debes estar agotada? Y no me refiero al viaje. 

—Cas. 

Rebecca se cruzó de brazos, y apenas frunció el ceño. 

—Dime que ocurre. No creas que no noté que has estado extraño —dijo Rebecca—. Que siempre estas alegre de verme, y te he notado distraído.

Tomó aire, y relajó su postura. Echó la vista a un lado, y ladeó la cabeza para volver a verlo. En ese momento, Casper supo que ella ya sabía. 

—Circe me dijo que ella esta acá —habló—. De verdad esperaba que tú también me lo dijeras, y no solo enterarme por tu hermana. 

—No te dije, porque no pensé que fuera importante —dijo Casper, con cierta pena en su voz—. Digo, no sé muy bien cuáles son sus términos de . . .

—Prefiero evitarla a toda costa —le interrumpió—. ¿Sabes? Sigue sin caerme bien, y aunque superé su intromisión en lo nuestro, no puedo ser su amiga. 

 Casper se acercó lo suficiente para poder tomarla de los brazos, y hacer que Rebecca se relajara. Estaba claro, que seguir hablando de Arabella no era algo que ella disfrutara.  

—Becca, estoy contigo, ahora —dijo, y sonrió.

—Casper, no es cierto. Estas, pero realmente no es así —respondió, e hizo una mueca de pena—. Siempre fue así, cuando ella está cerca, tú te encuentras ahí, aunque este aquí. 

 Aquello fue como una cacheta de realidad que no quería recibir, o al menos no por parte de alguien como Rebecca. Porque sabía que a él mismo le lastimaba tener que oír eso, pero ella tener que decirlo no era algo que le agradara. 

—Lo siento —murmuro. 

 Rebecca negó, y lo agarró del mentón con una suavidad típica de ella, para poder verlo a los ojos. Casper vio su sonrisa, tan dulce y compresiva como siempre. No se veía afligida, como lo haría cualquier otra persona al hablar sobre esa ex novia imposible de sacarse de la cabeza, sino que tranquila. 

 Cualquier otra persona no se vería como se ve ella. Ya se hubiese llevado alguna cachetada por confesar, de alguna forma, el estar pensado en su ex. Pero Rebecca parecía ser la chica incapaz de reaccionar de esa manera. O, al menos es lo que Casper creía.  

—No lo sientas Cas, es algo en su naturaleza. Y yo nunca podré cambiar eso — murmuro—, mucho menos en ti.  

 Le dio un último beso, y salió de la cama. En todo momento era seguida por la entristecida mirada del pelinegro. 

—Iré al hospedaje de tu hermana, ella tiene un cuarto para mi —contó—. Y mañana en la tarde seguiré mi camino. 

 Alertado, creyendo que era el causante de su desdichada corta visita, Casper salió de la cama, y fue tras ella. 

—No te puedes ir, menos, menos por esto —habló apresurado—. Vamos Becca, no seas . . .  

 —Casper, no me voy por ella, o por ti — dijo Rebecca sonriente—. Me voy porque debo continuar con mi camino. Era una corta visita. Porque te extrañaba, a tu hermana y a Lucero, y a Tamy también. 

—¿Lo dices en serio? ¿No es solo para no hacerme quedar como el peor de los egoístas?

 Ella lo vio con atención, y guardó silencio por un instante, hasta que la risa comenzó a brotar de su boca como una extraña y dulce melodía. Rompía con el silencio del cuarto, hacia un poco más potente la tenue luz de la lampara, y el lugar se volvía un lugar cálido. 

—Eres egoísta, pero no el peor de todos —dijo, un poco más tranquila—. En todo caso, también lo soy queriéndote solo para mí. No quiero compartirte con nadie, menos con, ya sabes, 

 Casper dio un soplido, con una mueca que se asemejaba a una sonrisa llena de confusión, o quizás, con cierto orgullo por oírla decir eso. 

—No eres una egoísta, más bien, tienes sentido común Becca —dijo.

—Adiós Cas, nos veremos en otro momento —saludó.   

 No era que Circe fuera una mala persona por lo ocurrido en la madrugada, pero justo cuando Rebecca buscaba las llaves de su cuarto, Arabella salía somnolienta del suyo. Por un instante el silencio que se generó cuando ambas brujas se vieron fue tan aterrador como desolador, lo previo a la peor escena de terror de una película. Aunque hubo mucho que decir el silencio se mantuvo intacto hasta que las dos entraron en sus respectivas habitaciones. 

—Maldición —murmuro Arabella. 

 Arabella no estaba al tanto de Rebecca, y eso le sumaba malestar a su malestar. Le hacía surgir cientos de preguntas, y se iban acumulando en la gran lista de dudas sin resolver. Aunque de todas las problemáticas desenvueltas hasta el momento, la ex de su ex, quien le pudo haber dicho de su llegada, se ubicaba debajo de todo. Y por un momento, por una fracción de segundo, deseo que su vida se redujera a esa clase de dramas, y no de los mágicos. 

—Maldición —repitió. 

 Con más de trecientos años, un problema adolescente se veía muy lejos.  

 Otra vez volvió sobre sus pasos, y quedó frente a la puerta. En un intento de abrirla, alguien llamó del otro lado. Dio un brinco a causa del suave sonido. Y es que no podía creer, que Rebecca aun estando enojada o indiferente, no perdía esa delicadeza y gracia que tanto la hacía diferente de ella. 

—Quizás deba hacer yoga o meditación, y logre un mínimo de lo que ella es —pensó. 

—Vamos Arabella, abre la puerta —dijo Rebecca del otro lado, interrumpiendo su pensamiento. 

 Arabella tragó saliva, y largó cortas cantidades de aire, como si se estuviera enfrentando al peor de los jefes finales de algún video juego, o a la Morrigan misma. Que era, en pocas palabras, lo más aterrados del mundo. Desafiar a su tía, en su lista de problemas, estaba por encima de todo.  

 Entonces lo hizo, y le dio una sonrisa que pocas veces cualquiera tenía la dicha de ver. Una cargada con miedo, y pena. Abrió la puerta, y se encontró con la irracional belleza de Rebecca. Era un combo de personalidad tierna y compresiva, en un empaque similar a una princesa de los cuentos. 

—Relájate, no te voy hacer nada —dijo Rebecca—. Como le dije a Casper, superé lo que hiciste. 

 Y por dentro, Arabella se aguantaba las ganas de jalar del hermoso cabello que oscilaba entre el cobrizo y el castaño. Como no tenía idea de su estadía, tampoco había imaginado que estuvo con Casper. De solo pensarlo, le hervía la sangre, y mucho no podía hacer. Menos si trataba de generar una diferencia. 

—¿Gracias? Supongo. Entonces ¿Qué quieres? —preguntó Arabella, tratando de no sonar cortante. 

 Rebecca dio un paso más cerca de Arabella, y esta pudo comprobar el particular color de su mirada. Era tan clara y brillante, que le hacía recordar cualquier tarde en una playa. 

—Solo vine para decirte que —habló, y corrió la vista a un lado. 

 Se vio reflejada cierta pena en esta, y Arabella supo hacia donde iba esa conversación. Nunca dejaba de serle incomodo cuando le decían . . .

—Espero que dejes de lastimar su corazón, y el de todos —habló, con voz trémula—. No sé qué estarás haciendo en un pueblo como este. No, no me importa saber. Solo pido, y espero, que no tengas dobles intensiones con ellos. 

 El silencio del momento, lejos de ser como cuando rio en la casa de Casper, torno el ambiente frio y cortante. La tristeza de sus palabras rozó a Arabella, dejando un camino de pena sobre su piel, en la parte más sintiente del corazón. Aun sabiendo que aquel órgano tenía como función mantenerla con vida, con las palabras de Rebecca, comenzó a creer que de allí nacían las emociones, más allá de las diferentes palpitaciones. 

 Se preguntó, ¿Cuál era la verdad de estar allí en Lordwick? Arabella esperaba no terminar dañando a nadie, cuando supiera la respuesta.    

II

Un conjuro de curación. 

  Casper llegó desesperado a la entrada del bosque, tratando de mantener la fuerza. Y esta poco a poco dejaba de corresponderle a medida que el cuerpo de Arabella se iba haciendo más pesado. Para sorpresa suya no había ni una sola persona, y el cielo se puso gris. 

—Casper, estoy bien —murmuro Arabella. 

 Llevó la vista a la rubia que colgaba de su hombro, y lo que observó le hizo estar aún más preocupado. La dejó en suelo, y pasó una mano por la mejilla, cerca de una marca que se dibujaba bajo su ojo. 

—¿Qué es esto? 

 Se cuestionó más a él que ella. Era primera vez que notaba esa cicatriz, que casi llegaba hasta la mitad de su pómulo. Y la primera vez que veía una cicatriz de ese tipo. Parecía una clase de grieta que se dibujaba en la piel, y su color estaba lejos de ser uno común para cualquiera ser humano. Palpitaba como si fuera reciente, rojo como la carne viva.   

 Cuando quiso pasar su mano para comprobar que estuviera cicatrizada, esta se desvaneció, y Arabella abrió los ojos. Otra vez teñidos de rosa. 

—Estoy bien —repitió. 

 Y cerró los ojos una vez más. 

—¿Arabella? —la llamó. 

 Ella no dijo nada. Casper otra vez la llamó por su nombre, y a medida que lo iba repitiendo, en su voz se podía notar la desesperación que crecía al no recibir ninguna respuesta. 

—Vamos Arabella, debes despertar —habló Casper entre dientes. 

 Se comenzaron a escuchar truenos, lejanos, aun así, el cielo amenazaba con quebrarse sobre ellos pronto, y empeorar aún más la situación. Sin poder pensar en nada que la pudiera despertar, buscó el celular y llamó a Circe.

 La hechicera del otro lado no tardó en responder.   

—Estamos en problemas —fue lo primero que dijo.

 Decirlo en voz alta hizo que la realidad le doliera aún más. Tener a Arabella desmayada en el suelo, y en cielo tronando enojado encima de ellos, eran los elementos necesarios para entrar a una crisis con rapidez.  

—¿Qué hizo ahora?

 Pregunta que se hacía él, y no tenía ni idea de cómo responderse. ¿Todo esto lo causo ella? O ¿Existía algo que no vio en la cascada que ocasionó todo?

—No, ella —balbuceo—. Esta desmayada, algo sucedió. No logró. 

 Se detuvo, y tomó aire. Sentía las lágrimas agolparse contra el límite de su mirada. Se tomó el puente de la nariz, y suspiró de forma entorpecida. 

—Casi muere —murmuro—. No la podía sacar del agua, y vi, vi algo. 

—Casper, debes tranquilizarte —habló Circe un poco más suave—. ¿Cómo esta ella ahora?

—Desmayada —respondió—. Y vi algo . . . 

—¿Qué? Debes ser claro, sino no podré ayudarte. 

—Esta desmayada, despertó y se volvió a dormir. 

 Circe le contó lo que debía hacer. Era un hechizo muy simple, uno que no usaba de ser necesario. Porque recurría a este cuando los heridos en combate tenían muy poca esperanza de pasar la noche. Y debía de ser suficiente para que despertara.

 —Hazlo —dijo—. Mientras tanto iré hasta donde están. No cuelgues Casper.

 Dejó el celular a un lado. Se acercó un poco más, y reclinó para poder oír su respiración. Era tan suave y apenas audible, que le provocó más miedo. Se irguió, y puso las manos sobre el pecho, una encima de la otra, enlazando los dedos, para que los diez, y una palma toquen algo de su piel. 

—Recuerda que debe ser sobre el corazón —escuchó la vocecita de Circe. 

 Movió a penas las manos para que quedara justo encima del corazón, y un poco inseguro comenzó a recitar un hechizo. 

—Verde de vuelta, verde al fin —murmuró, y presionó contra su pecho—. Electrizante de vuelta, y cálido al fin.

 Lo repitió, y a la tercera vez, las manos se iluminaron con una tenue luz amarilla, y algunas partículas azules. De los dedos, brotaron unas raíces vibrantes que fueron envolviendo a la muchacha, hasta que un minuto después se hicieron luz, cubriéndola desde el centro hasta los extremos, y unos segundos después, se apagó. 

 Casper alzó las manos, esperado que algo pasara. Respiró relajado al verla abrir los ojos, con una lentitud digna de la bella durmiente. 

—¿Arabella?

—Mi pecho —dijo con voz ronca—. ¿Me morí y estoy en cielo? Nunca pensé que llegaría tan lejos.

 Casper rio al escucharla, y le ayudó a sentarse, con sumo cuidado, y temor de que se rompiera por lo frágil que la veía. Verla colorida una vez más, le devolvía a él mismo los colores. 

—¿Cómo te sientes?

—Bien, pero ¿Qué ocurrió? —preguntó Arabella. 

—Eso quiero saber —dijo Casper, y tomó sus manos. 

 Poco a poco, iba recuperando no solo el color en sus mejillas, sino también el calor de su piel. De pronto, supo el momento exacto en que la vida volvía a ella, y llenaba el vacío que ocupó su cuerpo minuto atrás. 

 Sin embargo, estando tranquilo de tenerla despabilada, que ella no tuviera presente lo ocurrido, comenzaba a picar en su lado más curioso. Una vez más tuvo que callar las preguntas de más, y no tentar a la suerte, como la tuvo en la cueva cuando le habló de la cicatriz en el interior su brazo.  

 —¿Qué ocurrió en la cueva? —preguntó Casper, casi como un susurro. 

Arabella lo vio con cierta intriga, y algo de confusión se reflejó en el rostro. 

—¿De qué hablas? ¿Qué cueva? —insistió en saber Arabella. 

 Se hizo un extraño silencio entre ambos. No había trueno alguno que pudiera interrumpirlo, ni la más torrencial lluvia que los obligará a salir huyendo. Cuando Casper le quiso contar lo que vio bajo el agua, o preguntar si recordaba que casi se ahogaba, llegó Circe en el auto. La única capaz de provocar que ellos guardaran secreto.  

 Esta bajó de inmediato y se apuró en llegar a ellos. Se la notaba afligida por lo que pasaba, aunque tampoco sabía bien lo que pasaba. Estando frente a Arabella, la tomó del rostro con cuidado y la examino para ver si el conjuro había funcionado. Buscó más allá de sus ojos para encontrar rastros de tragedia, o la oscuridad que llegaba encontrar en los revividos.   

—¿Puede ser que hayas usado un conjuro de jardín para lo que sea que me paso? —pregunto con intriga Arabella. 

—Algo por el estilo —dijo sin soltarla—. Lo modifique para evitar convertir a humanos en plantas carnívoras. 

—¿Eso sucedió? —preguntó Casper. 

—Si, padre me dejó probar con alguien que no estaba, ya sabes —hizo una pausa y lo miro. 

—Si él te dio permiso, esta perfecto —bufó Casper. 

  Circe la soltó, y se puso de pie, para luego ayudar a Arabella levantarse de suelo. Y lo hizo ayudada por Casper, quien en ningún momento tuvo la intensión de estar lejos de ella.   

—Me dirán lo que ocurrió, ¿O se los te los tendré que sacar a la fuerza? —preguntó Circe. 

—Hubo un accidente —habló Casper—. Ella se tropezó, y cayó al agua. 

—¿Casi mueres ahogada? —pregunto la pelirroja. 

 Se veía sorprendida porque no esperaba que fuera algo tan sencillo como morir bajo el agua. 

—Si, puede que me haya golpeado la cabeza —siguió Arabella—. Pero ya estoy bien, y no soy una planta carnívora. 

 Dio un paso y trastabillo por un leve mareo repentino. 

—Bueno, quizás debe descansar un par de días —dijo. 

—Si, harás eso — dijo a modo de orden Circe—. Y me encargare de que lo cumplas. 

 Arabella sonrió, y se colgó del hombro de Circe. 

—Justo lo que me faltaba, una figura materna que me ame de verdad —dijo con gracia. 

 Mientras ellas se encaminaban al auto, Casper se quedó un momento en su lugar. No podía dejar de verlas, y pensar que algo no marchaba bien. Y no era tanto que Arabella no recordara lo sucedido, sino más bien lo que ocurrió luego del accidente. Desde lo que vio bajo el agua, la magia oscura en la profundidad del pequeño estanque, hasta esa marca rosa y brillante en el rostro de la rubia. 

—Vamos Casper, que está por llover —exclamo Circe. 

 Casper agitó la cabeza, tratando de despejar las dudas, y tomó las pertenencias de ambos para ir hasta el auto. 

Circe salió del cuarto de Arabella, tras revisar que no le haya quedado secuelas de ningún tipo, más que los signos vitales recuperados gracias a la magia. Casper la esperaba del otro lado. Apoyado contra el muro, revisando el celular, aunque era claro que lo hacía para disimular. 

—Está bien, no debes hacer guardia —dijo Circe. 

 Casper alzó la vista, y negó con la cabeza. 

—Yo no —dijo, y se mordió el labio inferior—. Bien, estoy preocupado. 

—¿Fue algo más que un simple ahogamiento? Te escuchabas muy preocupado cuando me llamaste —indagó. 

—Bueno, casi muere por una tontería de ese tipo ¿No debería sonar preocupado?

—Cuida tu tono —dijo Circe y le señaló con el dedo.

Casper bufó y rodó los ojos a la par. Hasta estaba dispuesto a burlarse de ella por actuar como si fuera la mayor, pero desistió al recordar la llave que le hizo la última vez que se atrevió a reírse de sus comentarios.  

—Lo siento, mamá —dijo y sonrió. 

 Cuando estuvo a punto de irse, se detuvo. Recordó algo más que sucedió, y no estaba tan seguro de decírselo. Menos de cómo podría reaccionar su hermana. 

—¿Sucede algo? —pregunto ella. 

—Solo tuve un deja va —respondió, y se encogió de hombros—. Quizás no es nada. Tal vez fue mi imaginación al pensar que ella . . .

—Cas —puso una mano en el hombro, y lo vio preocupada. 

—De verdad, pensé que iba a morir —murmuro—. En mis brazos.

 Circe lo abrazó con fuerza, y algo susurró en su oído que logró relajarlo. 

—Ella está bien —añadió en un murmuro.  

Unos días después. 

Las noticias sobre la condición eran cortas, aunque bastante contundente. Arabella mandaba algunos textos poniendo a Casper al día, y él esperaba más que “Hoy me siento mejor, al menos no tengo la necesidad de enterrar mis pies en la tierra”.

 Se reía, y estaba tranquilo de que el hechizo haya sido efectivo de la manera correcta. Pero no dejaba de pensar en lo ocurrido en la cueva. De lo que vio cuando se sumergió en el estanque al momento de salvar a Arabella, de aquel detalle que desapareció frente a sus ojos, y ahora se quedaba sin pruebas de nada. 

—¿Qué crees que hay la Centella de Júpiter? —preguntó Casper. 

 Tamy lo observó. Ella supo del incidente en la cueva, habló con Arabella, y más que la misma historia que sabía Circe, que les contó Casper, no tenía otra información. 

—No más de lo que pude encontrar en algunos libros —respondió Tamy—. El año pasado, un amigo me dijo que tenía algo más profundo, pero la verdad, es lo mismo de siempre. 

 Casper se echó así atrás, reclinándose sobre las patas traseras de la silla en la que estaba sentado. Se reprochó por no haberle preguntado en aquella ocasión sobre sus hallazgos, y comenzaba a creer que la sed de saber solo surgía cuando el misterio envolví a Arabella. 

—¿Tu padre no sabe nada? —preguntó Tamy—. Él es muy viejo, debe saber algo. 

—No lo sé, trato de no hacerle demasiadas preguntas relacionadas a la magia —respondió Casper—. Fue mi mentor, y me ha dejado en claro que no pretende seguir educándome 

—Hermosa relación —murmuro Tamy—. Arabella no te ha dicho nada nuevo, algún detalle que se despertó. 

 Ambos conocían la naturaleza de Arabella. Ella tendía a ocultar la verdad, o mantener demasiados secretos, lo cual a la larga producía cierta desconfianza en quienes estuvieron desde un principio a su lado. Pero Tamy, lejos de hostigarla para que hablara, creyó que la falta de claridad, la memoria difusa, era por el accidente mismo. Estar bajo el agua, no haya llegado oxigeno por unos minutos, y el hechizo de Circe, debían tener algún efecto adverso.

—No, ella dice que solo recuerda oscuridad —respondió Casper—. Que resbaló, y al caer al agua no vio más nada. 

—Es un hecho, ella nunca fue la mejor en el agua —dijo Tamy.

—Si, puede que tengas razón —dijo Casper, no tan seguro. 

 De lo que si estaba seguro era de lo que vio, en el agua, en su rostro. Que Arabella no lo dejara ir a verlo, le daba cierta desconfianza en una parte del todo el relato. Pero él sabía que a ella no le gustaba que estuviera encima, al menos de esa manera. Debía reprimir las ganas de estar a su lado, y verla recuperarse. 

—Solo queda hacer distancia —dijo. 

 Sonó su celular, y leyó de inmediato el mensaje que le llegó. La sonrisa fue instantánea, tanto que hasta Tamy la notó. 

—Conozco esa sonrisa —dijo. 

—No sabes de lo que hablas —dijo Casper, mientras respondía el mensaje. 

 Tamy guardó silencio, y a los minutos Casper se marchó de allí.    

III

En busca de algo, esquivando a todos. 

Rebecca se fue, y Arabella tardó en procesar lo que le dijo. Aquella mujer, pese a lo bondadosa y dulce que podía llegara a ser, tenía con que ser cruel sin que se le notara. Lograba lo que pocas personas hacían, que ella se sintiera mal en cuestión de unos segundos.  

 Aun debía ir al baño, pero no estaba tan segura de querer salir. En un instante el cuarto alquilado se convirtió en su sitio seguro. Y afuera estaba el cruel mundo queriéndola tirar al suelo. No sabía con quién más se podría cruzar, ni tampoco quería averiguarlo. 

—Ve al baño —ordenó White—. La peor parte ya pasó, no querrás pasar otra vergüenza. 

—Si, tienes razón. No está en mi lista de cosas por hacer, ya sabes, orinarme del miedo —dijo Arabella.

—¿Si lo está ser enfrentada por la ex de tu ex? 

 Arabella la vio por encima del hombro, y frunció la boca en total indiferencia.

—Todas y todos los ex de mi ex tiene algo que decirme, y muy pocos tienen las agallas de Rebecca —dijo Arabella—. Iré al baño antes que diga alguna estupidez, y ella pueda oírme. 

 Lo que resto de la noche, Arabella durmió intranquila. Como venía sucediendo desde el incidente del bosque. Ella recordaba a la perfección lo sucedido. Las voces advirtiendo algo, el intenso dolor de su cuerpo doblándose como un arco, a punto de quebrarse como una frágil rama, y esos lazos que la sostuvieron bajo el agua sin la intensión de soltarla. 

 No tenía idea de lo que podía llegar a ser, sin embargo, a punto de ahogarse, reconoció cierto vestigio mágico, que se mezclaba con las fuerzas del bosque, y terminaba por confundirla, más de lo que estaba. 

 Cuando lograba cerrar los ojos, y la oscuridad se hacía densa, un grito atravesaba sus oídos, y despertaba con rapidez para encontrarse en donde siempre. Lejos del peligro, pero cerca de lo desconocido.  

Tenía una ventaja de su lado. Casper mintió, y ella igual, pero estaba claro que nadie sospechaba de eso. Al menos Circe la seguía tratando como siempre, solo un poco más suave por casi haber muerto. 

—Puedo fingir demencia —murmuro. 

—O podrías hablar con Circe para que te de una mano —respondió la gata—. No quiero repetirte que esto de ocultar secretos no le agrada a ella. Mucho menos a tus amigos. 

—White, eres la peor voz de mi conciencia. 

 La gata saltó a la cama, y caminó encima de su familiar. Arabella podía jurar que se hacía más pesada por cada paso que daba, a propósito. White también poseía magia, y entre sus trucos favoritos estaba aumentar su peso y verse igual.   

—Eso depende —dijo—. Soy tu familiar, y fui tu única familia hasta que me echaste.

 Arabella la veía desde abajo, y notó que sus ojos verdes centellaron. 

—Lo siento —dijo y se sentó—. Y fui mi peor voz de la conciencia. 

—Lo se. La verdad es que no existe nadie como yo, por lo tanto, mi trabajo es increíble —dijo la gata tomándose le pecho con orgullo. 

—Si, es cuestionable que tan increíble fue. Hiciste lo mínimo para que me mantuviera viva. 

—Y lo estas, gracias a mi —exclamo—. A lo que voy es que, todos creen que has cambiado. No estás sola, te pueden dar una mano en tu búsqueda de lo que sea. Deberías contar lo que sabes antes que sea mucho más grande. Los días pasan, y lo que viste puede ser más que los guardianes del bosque enojados. 

Arabella guardo silencio, y vio a un costado. Se perdió en la pequeña fracción de cielo que le daba la ventana abierta a un lado. Estaba a punto de salir el sol, los colores aclarándose con lentitud le daba paz, y tranquilizaba, aun mas cuando todo parecía marchar bien. Justo como en ese momento. Al menos eso pensaba, creía, y decidió que así fuera. 

—No, lo hare sola —dijo y dio una sonrisa. 

—¿Conoces las consecuencias de esto?

Ella asintió. 

—Siempre, vieja amiga. 

Durmió, al menos un par de horas antes de ponerse a buscar algunas respuestas, o hasta más dudas. Debía ser rápida y organizada a la vez, porque esa noche le tocaba atender el bar. 

 Tras un desayuno fugaz salió a la calle. Y se quedó parada en la entrada del hospedaje. No recordaba donde estaba esa biblioteca. Porque Casper le dijo, y nunca le enseñó. 

 Justo cuando estaba por sacar el celular para poder buscar en el mapa, Lucero salió detrás de ella. La niña destacaba por ser silenciosa, hasta ese punto el punto en que cada movimiento que daba no emitía ni un solo sonido, si ella así quería.

  Arabella seguía buscando, tratando de ubicase, concentrada en los signos de la pantalla. No se había dado cuenta que la puerta se abrió, o que los pasos venían desde atrás.  

—¿Qué haces? —pregunto la niña. 

 Arabella dio un brinco en el lugar, y evitó gritar para no demostrar el susto que le provocó. 

—¿Tu no vas a la escuela? —le pregunto al voltear. 

—Estoy de vacaciones, es enero —dijo Lucero y dio una sonrisa. 

—Ah, ¿Entonces si vas a la escuela? —pregunto y ella asintió—. En ese caso, me podrías dar una mano. 

 Lucero dejó de sonreír al momento de oír eso, y se hizo hacía atrás. 

—Mamá dice . . . 

—Tu mamá dice muchas cosas —dijo poniendo a su altura—. Y créeme que no soy la única que lo piensa. Solo te pido que me lleves a la biblioteca. No es nada de otro mundo. 

—No suena tan malo —dijo Lucero. 

—No es malo, es más, hasta te lo voy a deber. 

 Arabella extendió la mano al frente y esperó a que Lucero la estrechara. Y esta lo hizo tras una corta meditación. Sin soltarla, comenzó a caminar.

 Hicieron un par de cuadras. Cada tanto, Arabella echaba la mirada a todos lados para fijarse de no cruzarse con nadie. Cuando llegaron, dio un respiro de alivio, pues estaba a la vuelta del bar. Solo que bastante escondida para ser una biblioteca. 

 Por fuera le hacía recordar alguna casa de la comarca de Señor de los Anillos, sin ser exclusivamente para gente de baja estatura. Pero los árboles enredados alrededor de unos muros blancos que sostenían una puerta redonda no era algo que solía ver o imaginarse de una biblioteca. 

 Por dentro era por completo diferente.

 Arabella comenzaba a creer que ese pequeño pueblo era un mundo aparte del que ya conocía. Todos los lugares que visitó hasta el momento tenían una estética bastante cuidadosa dependiendo del dueño. El bar Casper era oscuro y no dejaba de ser cálido, y el hospedaje de Circe era acogedor y familiar. Lleno de colore verdes y anaranjados. Ahora ansiaba saber quién era la bibliotecaria para saber que tan similar era al edificio. 

 La sala de recibimiento era bastante iluminada por las ventanas a los costados. Había sillones de cuerina marrón, un poco avejentados, a un lado. Del otro, mesas incrustadas en la pared. Algunas con lámparas de sal rosa, y otras con veladores antiguos que la remontaba a las bibliotecas de ciudad.   

  Y muchos libros. 

 Arabella estaba sorprendida por la cantidad de libros. Tanto en los muebles de lecturas, como también en algunas repisas. Estos variaban en colores de tapas, y grosores. Impregnaban la sala con el aroma de las tintas, como si recién se hubiese impreso. Pero Arabella estaba segura que muchos de los que veía tenían más años que ella.   

 Lucero jaló de la mano y la obligó a seguir caminando. Pasaron por un corto pasillo con las paredes cubiertas de madera, y algunos faros pegados a estas. Entonces la boca se le desencajó cuando notó la inmensidad que se abría frente a ella. 

—Asombroso —murmuro. 

 Al ver el espacio en general, Arabella comenzó a creer que ese lugar estaba hecho con magia, una que se camuflaba bien porque no había una corriente que lo indicara. Pues había cuatro pasillos, conformado por doble libreros entre ellos. No solo había libros en estos, sino encima; en el suelo, y en los rincones que llegaba a ver. También divisó al menos dos pares de tres ventanas a cada lado que le daba luz natural, un candelabro de cristales color rosa colgando del techo alto, con otras luces a su alrededor. Y estaba segura, que cabía la posibilidad de un segundo piso, y uno subterráneo al fondo.

—Este lugar es gigante —dijo Arabella. 

—Si, a mamá no le gusta mucho venir aquí, y Tamy casi no tiene tiempo de acompañarme —dijo Lucero con cierta pena—, y el tío Casper . . . 

—Si, él no es muy fan de los libros —dijo Arabella—. Lo peor que le puedes hacer es regalarle algo para leer. O al menos es así ahora. De más joven, era igual a ti. 

 Lucero sonrío al escucharla, y verla sonreír cuando mencionaba al pelinegro. 

—A ti te gusta mucho —dijo y cubrió la risa con las manos. 

—Eres muy pequeña para ser tan observadora —dijo Arabella—. Bien, vamos por la bibliotecaria. 

—Oh, espero que este —suspiró Lucero.  

 Justo cuando dieron la vuelta, vieron a una mujer de gafas gruesa, sentada en el mostrador, y viéndolas con atención. Lucero la vio con sorpresa, y corrió hasta ella. 

—Baba, estas aquí —exclamo. 

—¿Baba? ¿Eres la bibliotecaria? —pregunto con cierta ingenuidad Arabella. 

 Aquella mujer, que se veía muy joven, estaba lejos de parecerse a una de bibliotecaria que haya conocido antes. Llevaba el cabello castaño atado en una trenza que cruzaba sobre su pecho, y sus ojos, ocultos detrás de unos gruesos armazones rojos, eran de un intenso verde. Que resaltaban aún más por sobre su piel trigueña. 

—Y tu debes ser Arabella Pericles, y déjame decirte, no luces como la bruja que dicen que eras —respondió Baba. 

 De un salto se puso de pie, y saludó a Lucero que la veía muy ilusionada. 

—¿Qué tipo de bruja es, Baba? —pregunto la niña. 

 Arabella la vio, y frunció el ceño. Solo esperaba que no le dijera algo que la pudiera espantar. Porque era hasta el momento que veía a Lucero como la única aliada honesta. Baba la observó de reojo, y dio una pequeña sonrisa. 

—Me llamo Basilisa en realidad —dijo—. Baba, es más fácil y amistoso. 

—Baba es divertido —dijo Lucero—. Y es raro verla, casi siempre esta Harmonía. 

—Justo hoy tuve la sensación de que debía estar aquí —dijo Baba—¿Quieren té, o limonada?

 —Quiero respuestas en realidad —respondió Arabella—. Porque últimamente solo tengo muchas dudas. 

 Baba se acercó a ella, y la tomó de los hombros, dándole una sonrisa más amplia, y ahora sí, más amistosa. 

—Has llegado al lugar indicado —exclamo, y abrió los brazos—. Vengan, iremos al interior. 

—¿Aun queda más? —pregunto con evidente sorpresa. 

—Queda mucho más —respondió, y le guiñó un ojo. 

IV

En la biblioteca de Baba. 

  Siguieron a la mujer por los pasillos.

  Arabella tomaba la mano de Lucero, más con miedo de perderse ella, que a la niña. La magia que usaba era bastante intensa, porque el pasillo por donde andaban le pareció inmenso, y aquel camuflaje desapareció tras cruzar la puerta que separaba el centro de la biblioteca de ese trayecto. Supuso que era una manera de mantener a los demás mágicos problemáticos lejos de los libros.  

—Este lugar no me deja de sorprender —dijo Arabella. 

Tamborileaba los dedos de la mano libre sobre su cadera, sintiendo con mayor intensidad el sonido de los pasos y las suaves respiraciones. El silencio le estaba incomodando un poco, y no iba deja pasar una oportunidad para seguir repitiendo lo mismo. 

—Es magia de ilusión, más o menos —respondió Baba—. Que es real, y que no lo es, a esta altura ya no lo se. Tantos años, tantos libros, historias y personas. Muchos, y muchas han pasado por aquí, te sorprenderías. 

—¿Habrá respuestas? —preguntó Arabella. 

—Puede ser —respondió Baba, viéndola por encima del hombro.  

 Llegaron hasta una sala, está en particular era más hogareña en comparación al resto de la biblioteca. Un par de ventanas redondas de marcos de madera, dejaban entrar la luz clara del día. Por un lado, estaba la cocina con un gran ventanal ovalado que iluminaba aún más la habitación, en el centro una mesa de café, y un par de sillones, todo aquello en suaves colores tierras. También había dos puertas, y una daba a un jardín. Al cual Lucero salió corriendo, y Arabella supuso que a jugar con algo más que estaba lejos de su vista. 

—Estará bien —le aclaró Baba—. Mis plantas carnívoras la conocen. 

 Arabella dio un paso al frente y se detuvo, asomándose a penas. 

—¿Por qué no puedes tener un cachorro, como alguien normal?

—Lo tengo, Griff en un grifo bebe que eclosiono hace unos años —respondió Baba, con soltura—. Oh, Lucero lo ama. Hare limonada. 

 Mientras Baba estaba en la pequeña cocina, Arabella inspeccionó la pequeña biblioteca que allí había. Un mueble bastante modesto en comparación con los otros que ya había visto. De altura le llegaba hasta la cintura, y solo su interior estaba lleno de lecturas, arriba pequeñas estatuillas de todo tipo, desde unos búhos pálidos de porcelana hasta un pequeño guerrero con la armadura sin pulir. Tenía libros de magia, y una que otra novela de romance, también revistas.

Se agachó para ver que había, y no era algo que no haya visto antes. Romance de época, ciencia ficción, y biografías. Pero un título en específico llamó su atención. 

—La magia de las vasijas —leyó. 

—Interesante lectura ¿No? —dijo Baba. 

 Arabella tomó el libro, y fue hasta la cocina. 

—Habla sobre mi tipo de magia ¿Cierto?

—Si, no hay muchos que explican la función de las brujas de vasija —dijo Baba—. Todos creen que solo absorben magia, y la depositan en algún lado. 

—Y es más que eso —murmuro Arabella—. En 1920 literalmente me quisieron usar de vasija ¿Sabes lo traumático que fue eso?

 Baba giró y la observó con atención. Arabella notó que esa mujer sabía mucho más de lo que aparentaba. Y dudaba que fuera con exactitud una simple humana, o una mágica más. Frente a ella tenía la necesidad de hablar, de hacerle cientos de preguntas, y pasar la tarde entera dispuesta a oír el contenido de cada libro, o si era capaz de decirle que le deparaba el destino. 

—Hace una semana paso lo mismo —habló—, allí en la Centella de Júpiter. En realidad, la sensación fue similar, pero no había nadie para, ya sabes, querer una lagrima de sangre. 

 Baba rio al escuchar eso último, y notó que Arabella ya no la veía. Mas bien, leyó un poco de pena en su rostro, un leve brillo semejante a una lagrima en su mirada. 

—Oh, ya veo —dijo. 

 La tomó del rostro, y pasó una mano por la mejilla derecha, una leve luz la ilumino, y dejó al descubierto una cicatriz, como un arañazo, bajo el ojo. 

—Eran fanáticos —murmuro Arabella—. Creían ser capaces de traerla de vuelta, obvio que con una condición. 

—Arabella, conozco la historia —dijo Baba—. Lo que te han hecho es imperdonable —hizo una pausa—. Pero no vienes a hablar de algo que las dos sabemos ¿Cierto?

—Quiero saber que me quisieron advertir las voces de la cueva, lo que paso allí bajo el agua —respondió apresurada—. Casper me dijo lo de los guardianes ¿Qué hice ahora, y que tiene que ver con esto? 

 Le mostró el collar, y Baba lo vio con atención. La piedra verde dio un leve resplandor, y luego una mancha oscura acaparó parte de la superficie lustrada. 

—No deja de hacer esto, y ya no sé qué hacer —continuó con cierta desesperación en su voz—. Venia mal, pero se puso peor desde que llegué acá. 

—Oh, ya veo —dijo curiosa Baba. 

 Baba dio un paso al frente, acortando el espacio entre ellas. Tomó el collar, y jaló de este, haciendo que Arabella se inclinara. Verla tan de cerca le intimido. Ya no podía ver en su mirada la dulce joven que las recibió momento atrás. Hasta podía jurar haber visto un reflejo de magia, uno poderoso que se mantenía bien ocultos detrás del vibrante verde.  

—¿Cómo llegaste hasta acá? —le preguntó. 

—¿En colectivo? —respondió nerviosa—. Casualidad, juro que no se nada. Ni de los guardianes, ni de Casper y las chicas. 

 Por un momento, Arabella dudo de si ella le creyó, o la respuesta le fue suficiente. 

—Pero sabes algo más, ¿Cierto?

 Tomó aire, que pasó tembloroso por su boca, y pronto sus ojos se llenaron de lágrimas. Otra vez esa presión en el pecho; otra vez los sentimientos haciendo que todo a su alrededor le quitara el aire de manera violenta. 

 Otra vez se sentía indefensa frente a los recuerdos. Pequeña ante un pasado que se hacía inmenso y aplastante. 

 La piedra vibró en la palma de la mano de Baba, y esta la soltó de inmediato al sentir el calor crecer. Brilló, haciendo que la mujer retrocediera, y diera una sonrisa de satisfacción. 

—Bueno, ahora sé que Avalon te protege, y eso activo a los guardianes del bosque —dijo, un tanto dudosa—. Pero está fallando, al menos esa función.

 Sin quitar los ojos de la joya, se tomó la barbilla, y puso cara pensativa, guardando silencio por unos segundos.

 —Esto lo hizo Marlon Ambrosius, ¿Cierto? —preguntó, y alzó la vista. 

 Arabella torció la cabeza, sin saber que responder. 

—Bueno, lo que importa, es que lo que está haciendo está fallando —continuó Baba.

 Arabella secó las mejillas húmedas por sus lágrimas, y la vio con confusión. 

—¿Cómo?

—Bueno, algo te trajo aquí —dijo Baba—. Y no me refiero a mi biblioteca.  

 Tomó la bandeja con los vasos, y la jarra de limonada, y comenzó a caminar en dirección al jardín. Trataba de formar alguna respuesta que le sirviera, tanto a ella como a la bruja que no la dejaba de ver tan ansiosa como paciente por algunas palabras coherentes. 

—Lucero ven —exclamo Baba. 

 La niña se acercó a ellas, con una gran sonrisa, y el cabello repleto de flores. Le ofreció que beber y esta accedió de inmediato. 

—Ve, y cuidado con Griff —dijo Baba, cuando le dio la espalda. 

—¿Qué sabes de Baltimore? —preguntó Arabella—. No quiero cambiar de tema, pero quiero saber. 

—Buen hombre, un brujo como ningún otro —respondió Baba—. Una maldición lo alcanzó, y es así como fallecen algunos brujos. Se fue en paz, al menos eso noté. 

 Saludó a Lucero antes que esta se perdiera entre las plantas coloridas que vivían en ese jardín. 

—Lucero lo hubiese amado como a ninguna otra persona en el mundo —dijo Baba—. Y él hubiese…

—Dado hasta su vida para que ella no dejara de sonreír —continuó Arabella—. La manera en que se amaban con Circe me hizo pensar que era la forma más pura del amor. Al menos así se sentía al lado de mi forma de hacerlo. 

—Si, tu y el muchacho de Marlon tienen una particular forma de atraerse. 

—Veo que estas informada —dijo Arabella y sonrió. 

—Si, no es como que lo suyo fuera el secreto mejor guardado —dijo Baba.

 Se sentaron en unas sillas coloridas que allí había, y guardaron silencio mientras bebían la fresca limonada. Arabella le sintió un sabor bastante familiar, algo que no probaba hacía mucho tiempo. Era acido, aun así, le dejaba un suave rastro dulce en la lengua, que no se sentía para nada artificial. 

—Así lo hacía Morrigan —dijo Arabella, con cierta nostalgia—. Tantos años, y el sabor de su limonada sigue intacto en mi memoria. 

—Veo que funciona bien —dijo Baba. 

—Si, hay algunas cosas que prefiero dejar como están. 

—¿Me dirás de verdad que te trajo aquí, o te lo tendré que sacar por las malas?

 Arabella le dio un sorbo más a la limonada, y vio a la niña que jugaba a lo lejos con algunas plantas. La brisa era suave, al igual que el sol de la mañana. El cantó de algunas aves y Lucero olfateando las flores de colores pasteles, hacia que la paz sea palpable. Nada más que la incógnita de días atrás lograba perturbarla, y no existía algún otro factor que llegara empeorar la situación.

—Suena tonto, pero comienzo a creer que una clase de destino me trajo a la Cumbre —habló—. Una energía más fuerte e incompresible, me empujó a subir a ese colectivo. 

—¿Por qué estas confiada de que es algo bueno?

—No, no lo sé, pero ¿Qué tan malo podría ser? Aun sigo viva, y estoy forjando las relaciones que quedaron rotas por mi culpa —dijo, y dio un soplido—. Pretendo seguir viva, y solucionar esto de algún modo. 

 Baba se inclinó hacia adelante, y puso la mano sobre la de ella, llevándose su atención. La vio con cierta preocupación, y le dio una sonrisa torcida. 

—¿Tu sola?

—Es la única manera que conozco de solucionar los problemas —respondió. 

 Baba volvió la vista al frente, y de un chasquido, hizo aparecer otro libro. Cayó sobre el regazo de Arabella, y esta al ver el libro, solo un nombre, sintió un escalofrío recorrer el largo de la espalda. 

 No lo tomó, solo observó, tratando de juntar fuerzas, para gritar espantada, u hojear sus páginas. Tantos años sin verlo, que lo pensó destruido, u oculto en alguna zona lejana, donde estaría lejos de las manos peligrosas.

 Ahora el antiguo diario de Morrigan reposaba en su regazo, esperando a que la curiosidad otra vez lo abriera. Ardía donde la tapa tocaba su piel. Le pesaba, quitándole las fuerzas de las piernas. 

—Lo leí —dijo Baba—. Morrigan tenía una visión muy clara con respecto a la magia y su liberación. 

 Arabella recuperó la respiración, y volvió a parpadear con normalidad. 

—No me digas, no quiero spoilers —dijo sarcástica Arabella—. Se lo que ella pensaba, me educó así luego de que mi padre me culpara por haber asesinado a mi madre al nacer.

—¿Lo hizo?

—No realmente, pero su manera de demostrarme cariño, me hizo creer que si —respondió Arabella con cierta tranquilidad.   

 Hizo una pausa, y se encontró viajando hacia los últimos recuerdos con su tía. Arabella siempre caratulo esa parte de su vida como una muy oscura. No tanto por la época, sino por el rumbo que habían tomados las clases con la hechicera. Las que se podía mostrar al resto de los integrantes de la mansión, y las secretas que se llevaban a cabo en el bosque, cuando la luna estaba en lo más alto, y entre los árboles brotaban los espíritus mágicos. 

 Haber pasado las últimas noches con Morrigan le despertó un debate interno, el cual termino por tomar un bando, dando como resultado una mente que no recordaba nada, y un episodio de su vida lleno de confusión. Cada que quería poner en imagen y palabras aquel suceso, no hacía más que terminar al borde del llanto por no poder hacerlo, y por el dolor ocasionado en cada intento. 

 Dolores de cabeza, el flujo descontrolado de la magia, las pesadillas al cerrar los ojos, las lágrimas rosas.  

—Fue muy ambiciosa, más de lo que un humano pudo haber sido —continuo Arabella—. Pero no estuve ahí cuando todo sucedió. Ella no me dejo ni una carta, tan solo desapareció, y el señor fantástico nunca me dijo que fue lo que sucedió. Si ha muerto, o me abandonó, no lo se. 

—Bueno —dijo Baba, y señaló el libro con la mirada—, allí tienes tu fuente de respuestas, ¿Por qué no lo ves?  

V

El precio. 

 La brisa veraniega acarició su rostro, y solo pudo suspirar. 

 Arabella salió con un terrible dolor de cabeza. No solo recibió un viaje inesperado a su pasado lejano, una que otra respuesta, sino también más incógnitas. Aun sabiendo la clase de persona que fue Morrigan, le costaba creer lo que había detrás de ella. Tantos años siguiendo una pista, un ápice de esperanza que la devolviera a su lado, para ahora no saber que hacer, que pensar. 

—Arabella —la llamó Lucero. 

 Esta agito la cabeza, y se inclinó para estar a su altura, dándole una pequeña sonrisa. 

—¿Puedes no decirle esto a nadie? 

—¿A mamá tampoco? 

—Sobre todo a ella —dijo, y la tomó de los hombros—. Esta mal, lo sé, pero es un favor. Un gran favor. 

—El segundo favor —le recordó.

—Ya juegas mi juego, pequeño diablillo de cabello blanco —dijo y le guiño un ojo.

 Se enderezó y tomó su mano, para continuar caminando. Se marcharon de la misma forma en que llegaron, viendo que no hubiese nadie en el camino. Al llegar a la calle principal, Arabella creyó que su suerte no podía ser mejor. 

—¿Qué hacen? —preguntó Circe. 

—Mamá —exclamó Lucero. 

 La niña vio a la rubia, creyendo que se iba a desvanecer en cualquier momento frente a la presencia de la pelirroja. 

—Fuimos a la plaza —dijo sonriente—. Le mostraba el arroyo de las sirenas.

—Es un nombre engañoso, no vimos ni una sola aleta —dijo Arabella tratando de ocultar sus nervios. 

 Solo esperaba que Circe no la observara a profundidad y notara como es que temblaba frente a su presencia, y la descarada manera en que su hija mentía. O, pero aun, que lo hacía por ella.  

—Bien —dijo—. No tardes en volver, pronto voy hacer el almuerzo. Vino Leti, así que haré de más.

 Continuó el camino, no sin antes detenerse a darle un beso en la frente a Lucero, y decirle algo al oído. En cuanto salió del radar, Arabella respiró aliviada, sin dejar de sentir culpa por lo que la niña, la luz de ojos de Circe, Casper y Tamy, hizo en su nombre. 

—Tu madre me va arrancar la cabeza si se entera de esto —murmuro—. Mentiste, y lo hiciste bien.

—Entonces me debes tres favores —dijo risueña Lucero. 

—Eres imparable. Cuando seas así de mayor —dijo señalando su hombro—. Te enseñare lo que debas saber. Por momentos, hemos tenido suficiente. 

—Fue divertido —dijo. 

Arabella la notó un poco triste. Cayó en cuenta de que era una niña, rodeada de magia, y solo eso. Verla le hacía recordar a lo que una vez fue, al menos antes de conocer a Casper y Circe. 

—Creo que puedo hablar con tu mamá para que te deje divertir más seguido —dijo. 

—¿De verdad? —preguntó ilusionada. 

—Si, quizás no salga viva por interferir en su método de crianza, pero te estaría devolviendo un favor ¿No crees? Ahora ve con ella, no vaya a ser que se ponga celosa porque te gusta pasar tiempo con la tía divertida. 

Lucero saltó sobre ella, y la abrazo por la cintura. Arabella contuvo las ganas de llorar porque alguien confió en ella sin temor alguno. Se atrevía a verla y tomar su mano, sin la creencia de que lo podría conducir por el peor camino.

—Ya, vete —murmuro.

 Lucero corrió, agitando una mano en el aire, alejándose rápido. Cuando estuvo sola, giró en dirección al bar, y allí, a menos de unas cuadras, sin pasar desapercibido, pese a estar de espalda, lo vio. 

 En todo ese tiempo, tras el accidente, no se vieron, más solo hablaron por mensajes. Le gustaba que respetara el espacio para poder recuperase, pero en alguna ocasión tuvo el deseo de pedirle que estuviera a su lado, al menos una noche, tarde, o tan solo alguna hora. 

 A ambos parecía faltarle valor. Arabella no hablaba, y Casper no rompía las reglas. 

 Cuando menos se dio cuenta, estaba caminado hacía él. Siendo atraída por esa energía que emanaba, y de la que ella no podía resistirse. Menos, tras lo dicho en la cueva, y mucho menos al saber que por ahí anduvo rondado alguien más. 

—Debo hacer terapia —murmuro, y sonrió cuando este volteó—. Luego. 

 Casper, caminó hasta encontrarse con ella. Frenó cuando no pudo dar más de unos pasos, y la tomó de los brazos. 

 —Estas bien —dijo Casper con cierto alivio. 

 En su rostro no había marcas raras, ni a su alrededor un aura mágica oscura. No tenía las raíces que la hacías similar a una planta, ni parecía un zombi. Estaba aliviado que todo fuera más que una mala tarde, y que la curiosidad no lo haya llevado hasta el punto de estar sobre ella para saber más que un simple cuento. 

 Calló esa voz, como siempre hacía, cuando de alguna manera sentía que la situación, o Arabella lo ameritaba.  

—Gracias a ti —contestó Arabella—. Y a tiempo para esta noche. Seré la empleada del mes, te lo aseguro. 

—Si, que ha faltado a varios turnos —dijo Casper, y se cruzó de brazos. 

—En ese caso, el mes comienza esta noche —sonrió—. Lo sé, tu bar tus reglas, aun así, puedo hacer que suceda. 

—Sera por esta vez, única vez —dijo Casper—. Solo por tu carpeta médica.  

—Es un trato —dijo Arabella, y alzó la mano al frente.

 Casper la tomó sin dudar, y la estrecho a la par que una sonrisa cómplice se dibujaba en su rostro. 

Faltaba una hora para ir al bar, y todavía estaba frente al espejo tratando de hacer algo con el cabello. De cualquier forma, que lo atara este no se mantenía firme como quería. 

—Que pérdida de tiempo —dijo.

—Usa magia —dijo White desde la cama. 

—Podría, pero tampoco lo vale —dijo Arabella—. Pienso usarla en otra ocasión si mi belleza no da resultado. 

 A punto de decir algo más, alguien llamó a la puerta, y Arabella dejó que entrara. 

—Tamara —dijo sin verla. 

—Bruja —dijo la otra muchacha. 

 Arabella volteó a verla, y le dio una gran sonrisa socarrona. Una que Tamy aprendió a odiar, o que nunca le simpatizo ver. 

—Debes decirme que ocurrió en el bosque —dijo al fin. 

—Al grano como siempre —Arabella se cruzó de brazos—. Ocurrió lo que sabes, ni yo lo recuerdo bien. 

 Otra vez giró en dirección a su reflejo, y tomó el labial rosa que allí estaba. 

—¿Por qué no creo nada de eso? —preguntó Tamy. 

 Ante el silencio de Arabella, Tamy se puso a inspeccionar el cuarto con la mirada. Le había hecho algunos retoques, de eso estaba segura. Como la pintura de un rosa muy claro, hasta las cortinas a juego. Tras mirar, empalaga cada cosa pintada del color del algodón de azúcar, se detuvo en aquella prenda rosa que colgaba a un lado del espejo. 

—Ugh, ¿Aun conservas esa cosa? —pregunto Tamy, torciendo la boca.

—¿Cómo que esa cosa? ¿Qué eres, policía de la moda?

 Tamy se acercó, y la hizo girar para que la viera. Arabella era un poco más alta que ella, aun así, lograba intimidarla, con sus ojos azules eléctricos tan potentes como un rayo. Dio un suspiro y suavizo su mirada azul, relajándose, sin dejar de emanar preocupación, haciendo que la tormenta se calmara. 

—Siempre has podido contar conmigo —habló—. Si algo sucede, dime, y te ayudare. 

—Tamy, lo juro —dijo, y ladeo la cabeza—, estoy bien, mejor que nunca. Y de verdad, si algo me sucedería, serías la primera en saber. 

Tamy eligió creerle, y se lo demostró dándole un abrazo que la sorprendió, teniendo una reacción tardía al momento de corresponderle. Ella siempre elegía creer cada palabra que salía de su boca, porque estaba segura que si se daba cuenta de algo iba a ser la más dura al momento de juzgarla. Tenía esa jugada que la dejaba arrinconada. 

—¿Crees que me haga falta más labial? Hoy quiero más propina. 

—Como si el labial fuera capaz de modificar eso —dijo Tamy, y se apartó—. Puedes ir hasta en pijama que vas a lograr cualquier propina alta. 

—Lo sé, solo lo confirmaba —sonrió—. El precio de ser hermosa. 

—Si, creo que los precios que has pagados han sido muy altos, ¿No crees? —cuestiono Tamy. 

 Arabella se encogió de hombros, y continúo trabajando en el reflejo que le daba el espejo. 

  Lejos de usar cualquier hechizo de encanto, solo fue amable y simpática. Y como dijo Tamy, era en parte gracias a su belleza física, la que le ayudó a mejorar la propina. Nadie le decía lo bien que lucía vestida como mesera, o que el cabello atado en una coleta de caballo le iba mejor que tenerlo suelto. No. Nadie le recalcaba que aquella sombra azul resaltaba su mirada marrón, y que el brillo en sus labios la hacía más tentadora ante los ojos de cualquiera. Los comensales solo la veían con adoración, y disfrutaban ser atendidos por ella. Con una voz suave, y sonrisas contagiosas, lograba que ellos comieran de su mano. Así con todas las mesas.

  Y Arabella se sentía a gusto siendo el centro, cuando solo era la mesera. 

  Pero los clientes no eran los únicos incapaces de quitarle los ojos de encima. Casper estaba en la misma situación, siendo hechizado por cada paso que daba. Aun teniendo dudas por el estado en que ella estaba, era más fuerte el seguirla con la mirada. Descubrió que era capaz de convertir en majestuoso de ver algo tan simple como tomar órdenes. Ella sonreía con dulzura a los comensales mientras, ellos se decidían. Se movía con los pedidos en un entrañable equilibrio. Segura, con la espalda erguida, sin dejar que los nervios se reflejaran. Lo que más lo volvía loco, era cuando se llevaba el lápiz a la comisura de sus labios, y los oía con atención.   

  Al final de la noche fueron ellos dos, otra vez. 

 Arabella, terminó de acomodar un par de mesas, mientras que Casper de revisar los suministros. La música suave, las luces bajas, el tibio calor que se había instalado. Era una sensación agradable la que los rodeaba, como si fuera algo que venían haciendo hace tiempo. Cada tanto se veían, y compartían alguna sonrisa, o hacían gestos que le arrancaban risas, e interrumpían la música de fondo. 

 Cuando no quedo más nada que hacer, se acercaron al centro del bar. Arabella dio un paso más, hasta estar tan cerca que le podía sentir el perfume amaderado, que la remontaba a lo profundo del bosque, donde solo la luz de luna tenía el privilegio de alumbrar. Tomó su mano, un leve chispazo le recorrió la piel. Como cuando eran muy jóvenes y la magia parecía flotar en el aire con tan solo verse. 

—Aun tienes el toque —dijo Arabella. 

—Puede que contigo nunca lo haya perdido.  

Sin soltarla, Arabella observó la mano que sostenía con atención. Eran un poco más grande que las suyas, y delgadas; sus dedos largos y huesudos, tan lejos de lo una vez conoció. Tenía algunos anillos tatuados, otros de plata, y uno muy antiguo con una piedra azul. Unas pequeñas marcas que reconocía de hacía tiempo, y otras nuevas. Sus uñas eran impecables, y estaban pintadas de negro. Su piel tan suave como cualquier caricia que le pudo haber brindado algún tiempo atrás. 

—Tus manos siempre me han parecido poesía —dijo—. También sé qué haces poesía con ellas.

—Y estoy seguro que conoces cada verso que he escrito —dijo Casper. 

 Con la mano libre, Casper la tomó de la cintura, y la atrajo, hasta hacer nulo el espacio que había entre ellos. Tan cerca que se sentía capaz de recibir cada palpitación de su corazón como propio. Pudiendo ser consciente del calor que atravesaba la camisa rosa, hasta llegar a recorrerle la piel, como la caricia más anhelada.  

 Entrelazaron sus manos sintiendo esa magia recorrerles, y comenzaron a moverse con lentitud, como si de fondo sonara el vals más tranquilo e ideal para bailar. Sin poder quitarse las miradas de encima, y sin borrar esas sonrisas llenas de deseo compartido. 

—Creo que las propinas de esta noche son bien merecidas ¿No crees?

 Casper la hizo girar, sintiendo el frio cuando se alejó de ella, y recuperando el calor otra vez cuando su cuerpo volvió a donde estuvo.

—Bien, haces un excelente trabajo —dijo Casper. 

—Y sin haber usado una gota de magia —sonrió—. Solo mi radiante presencia. 

—¿Tu belleza no es parte de tu magia?

—Si, pero naturalmente soy lo más bello que tus ojos o los de cualquiera puedan ver —insistió. 

 Casper dejo de moverse, y soltó su mano para poder tomar con cuidado su mejilla. Comprobando que, pese a las horas de trabajo, y el casi morir, su piel se mantenía suave como la primera vez que la toco. Observó el brillo de sus labios, jugosos como cerezas, contrastando con lo claro de su tez. Siendo un punto que le prendía fuego el interior, y solo una probada de aquella azúcar sería capaz de apaciguarlo. 

O no. Aun así, hablo con tranquilidad, guardando lo que debía guardar.  

—Es cierto —murmuro—, eres la mujer más hermosa que mis ojos vieron, y mis manos tuvieron el placer de sentir. 

 La cercanía entre sus bocas era hechizante, y sus palabras tan tentadoras. Entre sus labios crecía la gran insana necesidad de tocarse, de beberse como si fueran el vino más apetecible, el ultimo que pudieran saborear. De acaparar los espacios vacíos que se formaron por los años de no verse, de no sentirse cerca, de solo extrañarse en las noches más frías, y los interminables y mundanos días.

—¿Y tu boca? —murmuro Arabella, viendo sus labios. 

—Te extraña —respondió con voz rasposa. 

 El deseo florecía como las estrellas que acaparaban la noche oscura, y ellos agonizaban ante tan brillante aparición. Queriendo que pronto los alcanzara a la par que insistían en seguir estirando, perpetuando esa corta, a la vez, distante lejanía de sus cuerpos, de sus almas. 

 Arabella juraba que la mano que se aferraba a la cintura, le quemaba a través de la camisa, y la que tomaba con delicadeza la mejilla, le hacía delirar. La cercanía, el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel, la manera en que sus ojos la veían con devoción y ella se perdía en aquel deseo de arrancarle hasta el último suspiro. 

 Era un juego peligroso, en cual se veían tentado de seguir estirando la entrada a este.  

—Puedes besarme cuando quieras —murmuro Casper. 

 Y cuando su aliento chocó contra el de ella, y perdía cualquier facultad para controlar su mente, Circe entró apurada al bar, armando un escalando con la puerta, llevándose por delante todo lo que hubiera en su camino. 

 Se apartaron de un brinco, y juraban que podían oír la fuerza con la que sus corazones latían espantados, y deseosos, arrepintiéndose por el haber jugado tanto con la tensión de la cercanía. 

—Perdón la interrupción, pero es urgente —exclamo. 

 Acomodo algunos cabellos que caían sobre los ojos, y los vio con atención. 

—Estaba todo muy silencio, y no creí que . . . —trato de aclarar—. Como sea, debo ir a la ciudad, y no se con quién dejar a Lucero. 

—¿Y Tamara? ¿Dónde demonio esta? —pregunto irritada Arabella. 

—Acá no, sino no estaría interrumpiendo lo que sea que estaba pasando.

 Casper paso las manos por el rostro, tratando de quitarse vestigios de cualquier deseo, o las ganas de mandar todo al demonio. 

—Bien, que se quede conmigo —dijo, y aclaró la voz. 

—¿Seguro? —preguntó Circe, tratando de contener la risa. 

—Hermana, no hagas que me arrepienta.  

VI

Todo tiembla. 

  Se mordió el labio para no reír por la riña entre los hermanos. 

  Arabella se marchó junto con Circe y Casper, pero no volvió con él cuando este se fue con Lucero. Pero si les prometió ir a verlos al día siguiente. 

 En la cama, no dejó de pensar en lo sucedido. Nada, pero aun así no dejaba pasar esa sensación en sus labios, como ardía su piel, y su mente volaba entre recuerdos y la imaginación que no dejaba de fluir como un arroyo hasta llegar al mar. 

Y White saltó sobre su estómago, haciendo que escupiera el aire que iba reteniendo. 

—Veo que hoy estas emocionada —dijo la gata. 

—¿Me quieres matar o qué? —pregunto a regañadientes.

—Te hace falta más que un golpe en el estómago para eso —respondió.  

 La gata se acostó a un lado de ella, y comenzó a ronronear cuando las manos de la bruja comenzaron a recorrer su suave pelaje. 

—Esto es hermoso, lastimas que . . . —murmuro White, hasta que comenzó a roncar. 

 Arabella la ignoro, aun sabiendo lo que le quería decir. Estaba segura que no se lo dejaría pasar hasta que decidiera hablar. 

 Con cuidado salió de la cama, y fue hasta el ropero. Sacó de allí el libro que venía ocultando desde que salió de la biblioteca, y se acercó al pequeño balcón. Allí había una silla bastante rustica de hierro con una pequeña almohada, y nada más, el lugar reducido no alcanzaba para una mesita. Aun así, Arabella disfrutaba sentarse, y ver por largos minutos la vista que la Cumbre de Lordvick le entregaba del frondoso bosque, y los picos redondeados de las montañas a lo lejos.  

 Encendió una luz pequeña, y abrió el libro. En el hogar de Baba, no leyó más que las primeras páginas, las cuales estaban dedicadas a ella. Se sintió honrada de volver a leer la pulcra letra de Morrigan recitar su nombre en algo tan intimo como ese diario. 

 Se salteó un par de páginas, y fue leyendo por encima, sin prestar tanta atención, al contenido. 

—Bla, bla, bla —murmuro—. Lo sé, estabas enamorada de mi madre, odiabas a tu hermano, te acostaste con Marlon en algún momento que fuimos a visitarlo, y nunca te cayó bien Casper. 

 Cuando estaba a punto de pasar una página, a otra que parecía ser mucho más gruesa, un temblor la hizo dar un brinco en el lugar. Lo que comenzó siendo un suave movimiento de la tierra, duró unos minutos, alzando la intensidad, de tal forma que logró despertar a la gata. 

 Arabella guardó el libro bajo ella, y respiró agitada por lo sucedido. 

—Bien, eso fue, fue espantoso —exclamo. 

—Mas bien, nuevo, diría yo —dijo White. 

 Salió de la cama, y se dirigió a donde estaba ella, aun sin soltarse de la silla. 

—¿Qué hiciste? —pregunto. 

—¿Crees que tuve algo que ver? Lo sé, soy genial, pero mi magia sería incapaz de algo como esto. No soy tan poderosa como te hice creer, lo descubriste.    

 Se puso de pie sin miedo a caerse por la falta de equilibrio, y fue por su celular. 

—Llamare a Cas, esta con Lucero, y quiero saber cómo están —dijo antes que White le preguntara—. Relájate un poco. 

Volvió a abrir los ojos. El temblor lo hizo salir de la cama apurado para ir por su sobrina al cuarto contiguo. La niña, parada en medio de la habitación, parecía no entender que sucedía. 

—¿Te encuentras bien Luce? —pregunto, y esta corrió para abrazarlo.

 Lucero se despegó de la cintura de Casper, y vio a su alrededor. Estaban bajo el marco de la puerta de la habitación, cubierto por un domo azul, que resplandecía producto de la magia.

—Estás haciendo magia —dijo sorprendida. 

 Los anillos de plata le brillaban, y de las manos brotaban la misma luz que los cubría. 

—Si, magia —dijo un poco nervioso—. Ahora saldremos de aquí, iremos al patio, y haremos un campamento. Si, eso haremos. 

 Lucero festejó, y él deshizo el domo mágico. Ambos salieron agarrados de las manos al jardín trasero, y a un paso de estar afuera, el celular sonó haciendo que Casper gritara espantado. 

—Tío —rio Lucero. 

—Lo siento por ser tan sensible —dijo Casper. 

 Sacó el celular del bolsillo, y sonrió frente a la pantalla. 

—¿Es ella? —murmuro Lucero—. Mamá dijo que les interrumpió un beso.

—No hagas caso a lo que diga tu mamá —dijo Casper, y atendió la llamada—. Buenas noches ma’am, espero que hayas sentido lo fuerte que late mi corazón por usted. 

 Escuchar la risa de Arabella del otro lado le daba cierta calma. Había pasado tanto tiempo en que la oyó tan divertida pese al momento en que se sacudió la tierra. Oírla le daba color a la oscura noche, y hacia aún más verano el verano. 

Quería saber cómo estaban, y si necesitaban ayuda o algo —dijo Arabella.

—Con Lucero vamos a acampar, por si se cae la casa, no sea con nosotros dentro —dijo Casper—. ¿Tu como estas? ¿Dormías?

Trataba de hacerlo, me alegro que estén bien —dijo, y dio un suspiro—. Bien, debo llamar a Tamy, no sé nada de ella, y… 

 Casper no quería que otra vez todo quedara en un veremos, o en la nada misma. Deseaba continuara. 

—¿Quieres cenar con nosotros? —pregunto apurado—. Digo, Circe vendrá con mucha hambre de la ciudad, y con Lucero pensamos en unas pizzas, ¿Si el mundo sigue de pie quieres venir?

Espero que el mundo siga en pie, porque unas pizzas suenan tentadoras —dijo Arabella—. Nos vemos en la noche.

—Nos vemos —dijo Casper. 

 Sonrió antes de cortar, como si Arabella pudiera verlo a la distancia, y corto. 

—Eso salió mejor de lo pensado —dijo dando un soplido. 

—Estas colorado —señalo Lucero. 

 A punto de defenderse de la niña que parecía encantarle verlo sufrir así, otra vez tembló. Con más violencia. La copa del delgaducho árbol en medio del patio se sacudió, a la par que Lucero gritaba y se aferraba a Casper. La tierra tronaba, como si las montañas pelearan entre ellas. Por un momento creyó que el suelo se partiría si el movimiento continuaba. Que no tendrían escapatoria, pese a estar fuera de la casa. 

 Lucero se abrazó a él, y Casper trato de hacer otro domo. La magia pareció clavarse en la palma de sus manos, y no querer desprenderse del interior. Fueron segundos, en dónde el flujo mágico quedó estático, casi neutralizado, haciendo que los nervios se dispararan.

  Tras unos agónicos segundos, logró concretar el domo, al momento en que el suelo dejó de temblar. 

—¿Te encuentras bien? —pregunto preocupado. 

 Lucero se asomó, y vio a su alrededor. Las luces titilaban, de fondo las alarmas sonaban, y creyó haber visto el cielo mucho más oscuro, sin una sola estrella que hiciera estar más tranquila. Se oculto entre los brazos de Casper, y negó con la cabeza. 

Arabella quedó abrazada al marco de la puerta del balcón, con White agarrada del hombro. El ruido del movimiento sísmico, las aturdió, y les puso los nervios de punta. 

—Esto no es normal —murmuro White—. Algo, algo está sucediendo. 

—White, paso algo en el lago, y creo que esto se relaciona. 

 La gata salto al suelo, y desde allí la vio con reproche. El silencio no era profundo, pero si incomodo. 

—¿Qué ocurrió? —pregunto con cierto enojo. 

 Arabella aclaró la garganta, y comenzó a jugar con las manos. Guiadas por los mismos nervios, empezó a ir de una punta a la otra, hasta volver donde estuvo sentada, y tomó el libro. 

—Creo que Morrigan quiere …

—No —dijo White—. Ella, ella está muerta. 

—No, esta desaparecida —dijo—. Morrigan quería apoderarse de la magia. 

—Si, y sus intenciones con esta, no eran las más lindas.

 Arabella revoloteo los ojos al oírla, y se cruzó de brazos. 

—No lo sabemos —dijo. 

—Quien quiere apoderarse de la magia nunca tiene buenas intenciones — dijo White—. Ella quería usar tu magia para eso.

—No lo sabemos —repitió. 

—Y no, si desapareció o murió, o lo que sea antes de que sucediera —dijo enojada—. Por suerte, porque no hubiesen podido detenerla. 

 Alguien llamó a la puerta, interrumpiéndolas. Se vieron por un momento, guardando silencio, pues aquello les hacía recordar mucho cuando vivían en la ciudad de Nueva York, cerca de los años veinte. 

—No abras —murmuro la gata. 

 Una tenue luz blanca la cubrió, y su cuerpo peludo tomó la forma de una larga y delgada serpiente blanca. Algunas escamas más oscuras, dibujan aros alrededor del cuerpo, y los ojos carecían de aquel verde tan brillante. No parecía tener alma. Se deslizo con cuidado, y como un lazo de seda, fue cruzando el cuarto. Mientras que Arabella alzaba una mano, y esta comenzó a brillar a la par que sus ojos se iban tiñendo de rosa. 

 La puerta se abrió de repente, y del otro lado se encontraron con Tamy y Baba, que gritaron espantadas al ver a la serpiente con las fauces abierta hacía ella. 

—¿Qué creen que hacen? —exclamo Arabella alterada—. ¿Están locas? 

—Nosotras, ¿Por qué no responden? —pregunto Tamy. 

 White lamió el aire con la su fina lengua, y volvió a la cama, para ser una gata de nuevo. 

—Son unas miedosas —dijo la gata. 

 Baba pasó, seguida de Tamy, y se sentaron una a cada lado de la felina. 

—Qué bueno que están despiertas, porque es hora de hablar —dijo la bibliotecaria—. Hablar sobre Morrigan. 

 Tamy se cruzó de brazos, y le tiró una mirada de reproche a la rubia. 

—Y de lo que sucedió en el bosque —dijo.  

VII

¿Qué más traes ahí?

“No lo tengo muy claro, pero hay un detalle que si lo fue. Esa sensación de múltiples manos escarbando en mi pecho, buscando algo, arrancarlo, y reemplazarlo. De pronto el silencio del bosque se volvió un constante ruido lleno de caos, que me hacía arder la sien. 

 Aun así, aturdida, a punto de perder la cabeza, me fue inevitable comparar lo que estaba pasando con lo que viví un siglo atrás. Lo que buscaban era mi fuente de magia, sacarla de allí para dejarme vacía. Ser esa muñeca incapaz de dar un paso por mi cuenta”.  

 —Hubo algo que lo desato, pero también que lo detuvo —continuo. 

 Baba la vio, esperando a que se diera cuenta sola que era eso que aun frenaba todo el proceso.

 Arabella suspiró cansada, y se refregó la cara. No quería seguir pensado en eso, pero tampoco podía evitarlo cuando cada nuevo suceso extraño parecía indicar que se relacionaba con su presencia. 

—Se sintió como aquella vez en —hizo una pausa y vio a Tamy—. Tú lo no lo sabes. 

—¿Lo que sucedió en 1920? Creo que tu no lo recuerdas —dijo Tamy—. White fue por mí, y yo te encontré con la cara llena de sangre, las manos, los brazos, rojos por la magia, y con ese olor a —hizo una mueca de disgusto—, té de hadas. 

—Si, no recuerdo nada de lo sucedido días después —dijo Arabella—. Entonces sabes de la marca bajo mi ojo ¿No? Resulta que cuando ocurrió lo del bosque, sentí que me ardía, justo como esa noche. 

—Fueron las memorias mágicas —dijo Baba, y ambas la vieron—. Ya saben, algunos recuerdos mágicos se vuelven activar cuando están en circunstancia de energías similares, ¿No lo sabían?

—Resulta que con Arabella no fuimos las alumnas más aplicadas en la teoría —respondió Tamy. 

—Si, más bien no fui la mejor alumna en nada —añadió Arabella. 

 Se puso de pie y fue a buscar algo en la maleta. Sacó todo de allí. Las blusas, shorts, camisas, y algunos vestidos, volaban frente a las visitantes. Collares de perlas, neceseres, algunos pañuelos, hasta libros de bolsillos. 

—¿Qué más traes ahí? —pregunto Tamy—. Mejor dicho, ¿Qué estas buscando?

—Mi diario. 

—¿Un diario? —preguntó Baba. 

—Si, cuando eres yo, vives demasiados años, y juegas con tus recuerdos, los diarios son los mejores aliados —respondió Arabella—. El té de hada lo usaba antes de esa noche, y uno que otro truco también. Conocí un par de brujas que tenían conocimientos. 

—¿Cómo puede ser posible? Borrar la mente es algo que no cualquiera puede —dijo Baba, un tanto preocupada. 

—Bueno, busqué hasta que me topé con —hizo una pausa—, con alguien que también conoció a Morrigan. Pero es encantadora, les juro.  

 Al grito de Eureka, Arabella se acercó a ella, festejando con un cuaderno de tapa rosa en las manos. 

—Quiero saber, si lo del collar fue antes o después de esa noche —contó—. Porque si es así, debe haber alguna relación

 Ojeó las páginas amarillentas por el tiempo con rapidez, que eran resguardadas con un hechizo de conservación, como la mayoría de escritos muy antiguos. Trataba de no detenerse a leer el contenido, o sonreír cada vez que el nombre de Casper se hacía presente en su pasado. 

—Bien, no sucedió antes de esa noche —dijo—. Y por lo visto, el diario no es más un aliado si no escribo en este. La última fecha data del veinte de junio, un mes atrás. Funcionaba bien, nada de manchas, ni oscurecerse o … 

—¿Volverse pesado? —pregunto Baba, a lo que Arabella asintió—. Puede que la piedra este fatigada. Aunque bueno, creer eso sería ser incrédula.  

 Arabella dio un soplido de cansancio, y se sentó en la cama, entre Tamy y Baba. Se quitó el collar y lo vio. El recuerdo lejano de cuando se lo regalaron, o aún más lejano de cuando consiguió esa piedra, se hicieron presentes en la memoria, como algo que nunca se atrevería a borrar de esta. Estaba segura que esas vivencias fueron cruciales, al igual que especiales, en su vida. Que nada así se volvería repetir, para que luego ella sonriera con añoranza. 

 Deseando una vez más volver a las ultimas tardes en que su vida no parecía por completo una locura. 

—Y esa noche, creo que tuvo más de lo pudo soportar por años —continuo Arabella—. ¿Qué tal si lo ocurrido en el bosque fue porque consideraron una amenaza la piedra? Hace un par de décadas que no le hago una limpieza.

 Baba chasqueó los dedos, y el diario de Morrigan se hizo presente en su mano. Abrió la página donde Arabella se quedó, y se la enseñó. No quería ser ella quien le abriera los ojos, pero estaba segura que la bruja no iba admitirlo por su cuenta. 

—El collar se ha convertido en una llave, de nuevo —dijo, en un tono sombrío. 

—No, el collar nunca —hizo una pausa. 

 Leyó con cuidado el diario, y lento su respiración se fue alterando a la par que el rostro se le iba desfigurando. Repasando una y otra vez esas líneas escritas con la perfecta cursiva de Morrigan, sin que la tinta fuese corrida por el paso del tiempo, y escuchando su voz en la cabeza. 

“"El truco es algo antiguo. En siglos anteriores se usaban para neutralizar a brujos nigromantes capaces de levantar un ejército de muertos. Marlon movió algunas runas en el escrito principal de las piedras de poder para evitar que quien lo use quede por completo inhabilitado. Lo convirtió en una ayuda para los mágicos incapaces de estabilizar sus niveles energía. Un canalizador con más potencia, diría yo. Que, en este caso, hace un poco que eso. 

 Marlon hizo la primera jugada. Y mientras leía los viejos escritos de una antigua mentora, encontré la conjugación rúnica ideal para esto. Una bruja de vasija, llevando a otra colgada del cuello. Arabella me ha demostrado que con sus flechas es capaz de encerrar la energía mágica de cualquiera. Esta en ella quedarse, y transformarla o soltarla o devolverla. Esta piedra, de una manera muy sutil, hace lo mismo. 

 Por suerte, desde que le he dado la piedra, esta no ha hecho cambios muy notorios. La ayudó a estabilizar la magia de las emociones, y así evita perder la consciencia cuando más abrumada esta.   

 La otra noche, la vi jugando con Circe, sonriendo y distraída de la vida en general, sentí cierta culpa. Le estoy haciendo esto a mi sobrina, es más una hija para mí que lo que es para su padre. Ella no lo nota, y me da terror que sea tan crédula después de todo lo que ha pasado con los simples humanos. 

¿Estaré cometiendo un error? ¿La estaré haciendo más débil? 

 Bueno, no puedo dudar ahora, dar marcha atrás no es opción cuando pronto llegaría el gran día. No cuando la clave para que nosotros los mágicos podamos andar libre sobre la tierra que nos pertenece esta justo frente a mí. 

Será la última bruja de vasija, pero también nuestra salvadora". 

 El diario cayó al suelo, dando un sonido en seco contra este. Arabella mantenía la boca abierta, tratando de generar alguna palabra, una oración que dejara al descubierto su desconcierto. Pero de su boca solo salía un sonido agudo y ahogado. 

—Creo que lo está procesando —dijo Tamy, mirando a Baba. 

—Se suponía que me protegía, ella lo hizo para eso —exclamo alterada. 

—¿Qué me amaba como a una hija? —exclamo—. Una madre no hace eso.  

—Lo hizo para tomar control de tu magia, le hacía falta para poder llevar a cabo su plan —dijo Baba.

 Arabella se puso de pie con brusquedad, y giró para verla. Los ojos rosas, y las lágrimas cayendo sin control, impedían que esta pudiera encontrar algo de calma. Otra vez volvía a ser la niña asustada a causa de alguien que volvía a aparecer y desaparecer frente a ella. 

—¿Cómo sabes eso? No estuviste ese día —pregunto irritada—. ¿Quién demonios eres?

—¿Tu que recuerdas de ese día? —pregunto Baba, ignorándola—. Se que sabes lo que hizo Morrigan, recuerdas ese rostro que te causo pavor, y que te arrepentiste de colaborar. 

 Se puso de pie, y tomó sus manos. Buscando darle algo de calma. 

—Y ésta bien, eras una niña después de todo.

—Ella me engaño —murmuro, con voz trémula—. Todo ese tiempo que creí que me amaba solo fue un engaño. 

 Tamy también se acercó a ella, y la abrazo por el costado, para poder apoyar la mejilla en su brazo. 

—Ella te amaba, estoy segura que fue así —dijo—. No la conocí, pero sé que Morrigan tuvo, al menos en un principio, buenas intenciones.

—Y estas se pueden corromper, cuando el miedo por lo desconocido se convierte en odio, y afecta en cómo se ve, se percibe algo tan bello como lo es la magia —añadió Baba con pesar. 

—¿Lo dices por mi padre? 

—Lo digo por todos aquellos que les dieron a las brujas el peor de los destinos —respondió Baba—. Morrigan quería liberar la magia en un mundo que no hacía más que temerle. 

 Mientras Baba le seguía hablando sobre los propósitos de Morrigan, que Arabella los conocía, y ningún hechizo podía ayudar a quitarlos de su mente; esta se perdió otra vez en el mar de recuerdos. La fría mirada azul de la mujer en el momento exacto de cuando cambio de parecer con respecto al ritual, y como no tembló cuando Arabella lo hacía del miedo, y suplicaba que se detuviera. 

 No estaba lista para volver a vivir algo así por tercera vez en su vida. 

—Si Morrigan fue la que me atacó en La centella de Júpiter, significa que está libre, y aun me necesita ¿Por qué? —se cuestionó—. El mundo cambio desde que ella desapareció. No corremos ningún peligro, y ...  

 Baba la vio por un instante, esperando a que Arabella siguiera hablando. Y esta solo se quedó callada, dando por finalizado todos sus argumentos. 

—Bueno, en el caso que quiera seguir donde se quedó, creo que aún hay motivos —dijo Baba algo insegura—. Ella no sabe que ahora no se pueden quemar a las brujas, pero aquí todas sabemos que no podemos hacer magia libremente. 

—No, mucho menos desde que lo reglamentaron hace un siglo —añadió Tamy—. Hacer magia en público nos traería problemas. Por eso tu —señalo a la rubia—, los tuviste. Te pudiste haber guardado un poco ¿Sabes la cantidad de cargos que tienes?

 Arabella rodo los ojos, a la par que negaba con la cabeza. 

 —Y todos expiraron, ya pasó mucho tiempo de nuestro último delito mágico —se defendió—. No estamos hablando de mí, sino de como detenerla —dijo—. No voy a permitir que siga jugando conmigo, o que le haga daño a alguien más. Menos cuando ahora es tan diferente.  

 Tamy la vio fijo. No tuvo que preguntar que sabía lo que Arabella quería decir al respecto. 

—No harás esto sola —exclamo, como si le estuviera reprochando. 

—¿Qué? Tamara, no pienso dejar que alguien más se involucre —dijo apresurada. 

 No quería hacerlo sola. No quería ni siquiera pensar que otra vez vería a la mujer que la amó y la educó como si fuera su propia hija. Mucho menos podía imaginar tener que enfrentarla para ponerle fin a su ideal sobre la magia en la tierra. Le causaba escalofríos el solo hecho de estar en contra de Morrigan por lo que sea. 

 Tamara no dijo más nada, guardó un profundo silencio. Así fue que se marchó, dando un fuerte portazo, y haciendo que Arabella diera un soplido de agotamiento. 

—Los temblores son solo el principio —habló Baba—. Cuando veamos a la primera sombra sin cuerpo, ahí sabremos qué tan tarde es. No me voy a involucrar, no lo tengo permitido. Ya es suficiente con ser una bibliotecaria, y estar casi resolviéndote el juego.  

—¿Quién eres? —pregunto Arabella irritada. 

—Eso no importa —dio una sonrisa socarrona—. Pero porque me caes bien, veré cómo hacer para que Morrigan al fin encuentre la paz que merece. 

  Caminó hasta la entrada, y giró de forma brusca, para señalar a Arabella. 

—No hagas nada, ¿Entendido?

—Claro ¿Qué podría hacer? Quiero vivir en paz un rato más —contestó Arabella. 

 Baba se marchó, y Arabella sintió la soledad del momento como algo abrumador. No terminaba de procesar nada. Ni los viejos recuerdos, ni las páginas del diario de Morrigan. Los temblores que amenazaban con partir la tierra por la mitad, o la entidad maligna de la mujer que la crio, y protegió de un mundo cruel hacía los seres de su especie. 

 Se recostó en la cama, y cayó dormida de inmediato. 

Otra vez la oscuridad en un sueño. La sensación de flotar en medio de lo desconocido, y el vacío creciendo a su alrededor. La piedra que decoraba su pecho, y que parecía que cada momento que pasaba se volvía el objeto más desconocido que tuvo, se hizo pesada, empujándola a lo más frio. 

 Cuando tocó el suelo, no despertó. Abrió los ojos, encontrándose una vez más en un escenario tan familiar como desconocido. No veía nada, ni a nadie, pero si, oía una respiración, que iba coordinada con la suya. En su oído, tan cerca que le provoca un escalofrío. Se cuestiono en qué momento se acercó tanto como hasta para imaginar el tipo de sonrisa perversa que se dibujaba en sus delgados labios rojos. 

—Oh, mi dulce Arabella —murmuro en su oído—. No te eduque para que te opongas a mí. 

—Por favor Morrigan —balbuceo. 

 Las lágrimas caían, y la respiración se entorpeció a causa de las mismas. 

—Eres inteligente —continuó Morrigan. 

 No podía verla, aun así, su presencia era palpable. La oscuridad que se hacía más densa con su magia, el frio que iba en aumento. El terror que le ocasionaba que le hablara después de décadas, siglos sin poder dar con ella. 

—Sabrás lo que de verdad te conviene. 

 Despertó agitada, y sudando frio. Las lágrimas le bañaban el rostro, y no podía evitar que estas siguieran cayendo. Se acurrucó hasta tocar sus rodillas, y así abrasarse. White se acostó cerca de su rostro, olfateando la humedad de sus mejillas pálidas.  

—Estamos más allá del principio —murmuro viendo a la gata a los ojos—. Y no sé cómo va a terminar esto. 

VIII

Los resultados de la noche. 

   En la mañana siguiente, con apenas unas horas de sueño, trató de poner su mejor cara. 

 Al bajar para tomar el desayuno, se encontró con Casper. Su cara no tenía precedente, o al menos no lograba recordarlo. Ojeroso, sin terminar de abrir por completo los ojos, y una mueca torcida en los labios. Tenía la vista perdida en algún punto del piso gris.  

—Veo que la noche no te ha tratado bien —dijo Arabella. 

 Se acercó a él, y le dio un suave beso en la mejilla que lo hizo sonreír. Arabella deseaba hacer eso todas las mañanas si esa era la forma de sacarle una mueca, o hacer brillar de algún modo su día. 

—Si, no fue la mejor noche de chicas que tuve con Luce —dijo con pesadumbre. 

—Pobres, ¿Cómo esta ella? Me hubieras dicho e iba. Les hacía compañía, y nos quedábamos temblando los tres juntos. 

—Lo pensé, pero no te iba hacer salir. ¿Si una réplica te sorprendía? Una locura —dijo, y apartó la mirada a un costado—. Ella está bien, desayunó algo y volvió a la cama. Es una niña fuerte. 

 Antes de pensar en tomar una taza de café, Arabella lo abrazó con fuerza. Quería compartirle la energía que ella tenía, pese a tampoco haber dormido nada, ni sentirse mejor con toda esa información ganada en poco tiempo. Alejarlo de la preocupación de una noche temblorosa, mostrarle que todo estaba bien.

 Casper le correspondió, y tuvo una gran necesidad de llorar. Como si lo vivido con su sobrina hubiese sido la peor pesadilla de todas, pese a que estaban bien. Pasó por varios momentos de la oscura historia de la humanidad, y parecían quedarse como simples páginas en su cabeza, al lado de los temblores de la noche de chicas junto con Lucero. 

 Él no podía dejar de sentirse mal.  

—No sé porque, pero pensé que lo iba a perder todo —murmuro—. Una locura —repitió. 

 Una locura, pensó Arabella. Y la culpa de que eso sea, posiblemente a causa de ella, le atravesó. Aún peor, porque era algo que no buscaba. Estaba convencida de que esta vez, todo iba a ser diferente. Que su nombre, su presencia ya no causaba males como en el pasado. Que se había alejado de eso.

 Se apartó, y le sonrió, tratando de ocultar la pena que le nacía de tan solo pensar que estaba arruinado un lugar como ese.   

—No lo es —dijo—. Está bien que te sientas mal, y no es una locura si la tierra tiembla como lo hizo. Es aterrador. 

—A decir verdad, es la primera vez que vivo algo por el estilo —dijo Casper—. No tanto por el sismo, sino por cómo se sintió. 

 Arabella tragó saliva al oírlo. 

—¿De qué hablas?

—No lo sé —Casper se rascó nervioso la nuca—, solo que no pude hacer magia de inmediato. Como si otra energía tomara la mía. Estaba pesado.  

—Quizás solo fueron los nervios del momento, digo, debías cuidar que Lucero estuviera bien —dijo Arabella, y esperaba sonar convincente. 

—Puede ser, pero no fue normal —insistió—. Como sea, ¿Las pizzas siguen de pie? 

—Si, hoy más que nunca me hace falta —sonrió—. Iré más temprano y los ayudare.  

—¿Serás mi sous-chef?

—Nunca pierdes la oportunidad para que te responda que seré lo que tú quieras —dijo, y le guiño el ojo. 

—Y tú nunca pierdes la oportunidad para que te diga lo tentador que suenan tus palabras. 

 Otra vez la magia viciaba el aire. La cocina se convirtió, de repente cuando con un juego de palabras se dijeron todo, en un laboratorio de química mágica. Llenándose de rosa y azul, haciendo flotar cada objeto, y provocando vigorizantes sonrisas. Arabella no dudó en tomar su mano, y disfrutar la descarga de su piel sobre la suya. Dio un paso más, y de puntillas de pies se acercó con cautela a la dulce mueca que se dibujaba en el rostro de Casper.

 Pocas veces se daba la ventaja de tenerlo acorralado, y debía aprovechar. Arabella tenía muchas maneras de sentirse poderosa, entre esas que sea Casper quien esperara tenerla encima. Un juego de ellos, y que preferían que sea solo de ellos.  

 Urgidos por probar sus labios, por saborear el interior de sus bocas, no hicieron más que desatar la calma previa al tormento de darse un beso. Tener la respiración tan cerca que les erizada la piel como si fuera el hechizo más efectivo. Poder sentir el temblor de su corazón tan cerca al suyo. Arabella pensó que si se arrancaba el collar se envolvería en magia caliente, y derretiría el suelo a sus pies.  

 Y cuando sus labios apenas se rozaron, con la más casta de las intenciones, alguien habló a sus espaldas. 

—Ay dioses, dije que mi cocina no es para esto —exclamo Circe. 

 El espacio entre ello se abrió contra el deseo de ignorar a la pelirroja, y al fin culminar aquello tan buscado. Pero como ambos temían a la ira de la hechicera, lo hicieron sin hacer objeción. 

—Llegaste —exclamo alegre Casper—. En el momento más adecuado, como siempre —murmuro aquello ultimo. 

 Arabella se mordió la sonrisa, y en silencio, con las mejillas enrojecidas, le dio la razón a Casper. La historia los respaldaba, Circe llegaba en los momentos más tensos.  

 Mientras Casper la ponía al tanto con los temblores del pueblo, Arabella se hizo un té, asegurando que el café le caería pésimo tras lo vivido hacía unos minutos. Los vio hablar, tratando que la cabeza volviera a estar como antes. Un poco más fresca, y sin todas esas imágenes mentales que se le dibujaron en tan solo unos segundos que rozó sus labios.

 ¿Contaba como beso? Si era así, quería más que solo rozar sus labios, y dejar que la magia tuviera más acción que ellos. 

Pasó el resto del día en el cuarto. Leyendo las antiguas memorias de Morrigan. Otra vez desde el principio, y detenida en todo tipo de detalles. Descubrió que de verdad le gustaba Marlon, pero no de la misma forma en que amaba a Stella. Que el odio hacia su hermano, era ese sentimiento, y no solo disgusto porque él veía mal la magia. Y que ella era la sobrina que ocupaba cada buena memoria. No había nada escrito que dijera todo lo contrario a lo que Arabella recordaba. 

—Aun así, me educaste como a tu conveniencia —murmuro—. Y este estúpido collar solo …

—Te salvó en más de una ocasión —interrumpió White. 

—Hablando de memorias parlantes. 

—No seas chiquilina —dijo la gata—. Quizás es un arma, pero no siempre fue así ¿Recuerdas?

Arabella dejó el diario a un lado, y se asomó por el balcón. Respiró con profundidad el aire de la tarde, y cerró los ojos.

—Lo es —dijo dando un suspiro—. Aun así, no fue un arma antes porque no lo sabían, y creían que una estúpida gota de sangre era lo que traería de vuelta a Morrigan. 

 Dio un soplido. Hacía tres años que lo sucedido esa extraña noche, cumplió cien años. Por más que lo intentara, le era difícil de olvidar; porque algunos días, tormentas, personas, aromas, le hacían recordar lo sucedido. Cuando no existía magia, ni maquillaje capaz de aliviar la pesadumbre de esa fecha en el calendario.   

 Las calles de Paris dejaron de ser disfrutables cuando le era imposible no voltear por creer que alguien le seguía. 

  En Londres no hacía más que sentir tristeza a mitad de noche, y su piel parecía no ser digna del radiante sol de Brasil cuando dejó de salir a plena luz del día. 

 Dejó de ver en New York un hogar cuando cada persona le hacía cuestionarse hasta donde fue capaz de llegar con tal de librarse de un posible destino final. Cuáles eran los límites de la magia. Sus límites por no recordar nada, al menos no nítido. 

 Y el espejo dejo de ser la ventana a la belleza propia cuando el daño en su piel no se pudo reparar. 

—Solo hicieron más daño del que deseaban —añadió. 

—Aun así, lograste continuar. 

—¿A qué costo? —cuestiono—. Eso solo fue la gota que derramo el vaso, para no decir que era una represa aguantando más de lo que podía. Casi me cuesta la vida ser mi propia salvadora. 

 De esa noche, no tenía imágenes claras. No podía hacer memoria de lo ocurrido después de que cortaron la piel de su rostro, lo que pasó cuando logró liberarse. No estaba en blanco, estaba en rosa. La magia se había librado de alguna manera que no entendía, y de la cual trataba de alejarse. El té de hadas hizo un buen trabajo neutralizándola, y haciendo que su cabeza fuera una gran laguna.

—Es el precio por no querer ser salvada por nadie —contestó White—. Y mira donde estas. Vamos Arabella, lo intentaste, no pudiste, y eso, bueno, te trajo hasta aquí. 

—¿Sabes? Estoy segura que existen mejores métodos para iluminarme —dijo, y dio una sonrisa—. Es un capítulo que no pienso repetir en la vida. 

—Eso espero, porque la próxima la ambulancia no llegara a tiempo —dijo White—. No sabes lo difícil que es hacer un llamado cuando no tienes pulgares.

 Decidió que seguir leyendo lo que Morrigan sentía era una clase de tortura autoinfligida, y la dejó. Sabía que esa mujer nunca fue una santa, y no cuestionaba para nada que una tarde, trescientos años atrás, casi la sacrificaba para algún bien que parecía no incluirla. Al menos no viva. 

 Lo dejó, y tomó los artículos de baño para ir a darse una ducha. Pensaba en trasformar el baño de Circe en un spa. Porque más que nada, deseaba hundirse en una tina llena hasta el tope de agua tibia, jabonosa y perfumada. 

 Así, bajo el agua, con música suave de fondo, se dedicó a pensar en la noche que pasaría. Que tan tonta iba a actuar, y cuanto iba a seguir fingiendo para solo ver la cara de Casper frente a cada movimiento. Pronto, se encontró deseando verlo de inmediato, tomar sus manos, probar sus labios, sentir la electrificante magia que le producía solo él. 

 Al salir, tras media hora de meditación y pensamientos perversos sobre quien una vez fue su ex novio, se apuró en llegar al cuarto. El espejo empañado no le permitía verse bien para poder ocultar la cicatriz. En el trayecto, por alguna especie de mala suerte, se cruzó con Circe. Quiso apurar el paso, pero la pelirroja la tomó de la cintura con un lazo hecho de magia. 

 Se quedo quieta, dándole la espalda, rezándole a Selene para que Circe no le hiciera dar la vuelta. Y como si la diosa se riera en su cara, la pelirroja la hizo girar. 

—¿Qué necesitas? —pregunto Arabella, con claros nervios. 

 Circe tardó en decir alguna palabra. No podía dejar de verla, de manera analítica, solo como ella era capaz de hacer. 

—¿Por qué nunca me hablaste de esto? —pregunto con pena. 

 La tomó del rostro, con sumo cuidado, y pasó el pulgar sin llegar a tocar la cicatriz bajo el ojo. La mirada de Circe se llenó de lágrimas de tan solo imaginar cual fue la causa que le hizo eso. Habiendo tantas, desde mutilar la belleza de una mujer por ser considera una bruja del infierno, hasta algún ajuste de cuenta, por estar con el amante equivocado. 

—Trato de olvidarme que existe —habló Arabella. 

—¿Ocultándolo todo el tiempo, lo has logrado?

 Arabella negó, mientras se mordía el labio inferior para evitar gritar y llorar al mismo tiempo. 

—Solo hago de cuenta que no existe —respondió Arabella, con voz trémula.  

 Circe le dio una sonrisa compresiva. Una capaz de sanar el alma más rota, y hacer brillar el carbón más oscuro. Sonrió como lo hacía una madre cuando una hija confesaba algo que ya sabía, y que solo le causaba males disfrazados de silencio. Porque ella era capaz de hacer eso con una simple mueca, y esa mirada de colores diferentes. Podía ser muy dura cuando la tomaban desprevenida, pero también era un sol cuando los monstruos incomprendidos no dejaban de llorar.

—Eso es un poco difícil cuando tu imagen favorita es la que te da el espejo —dijo Circe—. No sé qué hay detrás de eso, pero estoy segura que una manera de hacer que sane es dejar que disfrute de la luz del día, de los rayos de la luna, de los besos de amor, y las caricias amistosas.

—¿Tú crees?

—Bueno, es un proceso largo. Pero estoy segura que llegará el momento en que no la notarás más —respondió con suavidad—. Por cierto, iremos juntas a lo de Casper, quiero ver los resultados del sismo. 

IX

El vestido rosa. 

   No era nada nuevo que el color favorito de Arabella estuviese conectado a la magia.

  Con esto demostró que el rosa no solo era delicado, sino que también podía ser poderoso y peligroso. Además de seductor. Ella era capaz de hacer sentir cualquier sensación dependiendo de cómo lo llevara o que tan intensa era la luz de la magia. Podía encarnar la inocencia llevando una simple camisa rosa bien clara, o ser alguien divertida llevando un traje color chicle. Ser una joven corriente usando cualquier atuendo color salmón. Y hacer temblar hasta el gánster más temible de la ciudad cuando se lucia con un vestido rojo. 

 Esa noche no quería provocar más que sonrisas. Allí, colgado con elegancia como si fuera una pieza de diseño única y exquisita, sin ninguna arruga, y con el suave aroma a limpio, estaba aquel vestido rosa y de lunares blancos. De escote corazón, y que marcaba la cintura gracias a unas largas pinzas. Largo hasta por encima de las rodillas, y con magas de princesa. Del tono exacto con el que podía ser ella misma. Dulce y sin complicaciones, la joven que alguna vez no tuvo la necesidad de dejar al descubierto una coraza para evitar que se acercaran, y se metieran dentro. No tenía que andar con las garras fuera, ni mucho menos exponiéndose para acercarse a quien sea.  

—Una muñeca —dijo al verse en espejo—. Y que muñeca. 

  Arabella le tenía un especial aprecio, pese a que aquel vestido no tenía nada de otro mundo y podía servir para cualquier ocasión, desde de un día de campo hasta una cena tranquila por la noche. Tenía varios años, y cientos de modificaciones mágicas. Sin embargo, la hacía sentir como una florecilla rosa de pétalos redondos abriéndose en plena mañana de primavera. Vulnerable, a la espera a que cualquiera quisiera acercarse, para observarla, y hablar de su radiante, y tranquila belleza.     

—El rosa es lo tuyo —dijo la gata desde el balcón. 

—¿Ves en colores? —preguntó, mientras se maquillaba.

—Solo cuando me conviene —contestó, y saltó hasta la cama—. Te queda bien, no se nota que eres una anciana, sino más bien una joven adulta con problemas de joven adulta. 

—Ah sí, es como se supone que me debo ver con esta belleza —dijo—. Es hora de conquistar corazones. 

 Bajó a encontrarse con Circe y Lucero. La niña la vio, y su mirada azul se iluminó, tanto como la sonrisa que se dibujó en sus labios. Cuando quiso ir hasta donde estaba la rubia se detuvo, hasta que esta le hizo un gesto con la cabeza que la obligó a ir corriendo a donde estaba. 

—Mamá, te dije que las hadas si existían —exclamo con alegría. 

—Bueno, solo por ser tú no te voy negar que me llames así —dijo Arabella. 

Llegaron a lo de Casper un poco más tarde de lo esperado. Antes pasaron por la plaza, que daba cerca del arroyo de las sirenas. Arabella quería saber porque se llamaba de esa manera, y la razón eran unos peces coloridos que no parecían del mundo en general. Se alejaban de lo que conocían como esos seres hermosos que nadaban en el océano y encantaban a los tripulantes de los navíos con sus voces angelicales. Eran muy bellos, con escamas rosas y turquesas que brillaban bajo cualquier tipo de luz, y que transformaba esos colores en mucho más.  

Cuando Casper las escuchó llegar, detuvo su conversación con Tamy, y fue atenderlas, no quiso apurar el paso y evidenciar algo, pero llegó allí en cuestione de unos segundos. Las recibió como siempre, y contuvo una gran sonrisa al ver a Arabella aparecer detrás de su hermana y sobrina. 

 Aunque antes la vio con una blusa rosa que le daba aire de princesa, o la camisa del trabajo que también era de ese color, y la hacía ver más formal con ayuda del mandil y el cabello atado, aquel vestido lo transporto en el tiempo. A cuando tenían apenas quince y diecisiete años, y ella llegaba a vacacionar y estudiar en la mansión de Francia. Cualquier pieza de ropa que usaba era digna de su admiración, hasta el punto de verla como lo hacía cuando iba a los salones de exposiciones de arte con Marlon y Circe.

—Luces hermosa —dijo y extendió la mano. 

 Arabella la tomó, dio un paso dentro. Sonrió con delicadeza, y se acercó para darle un beso en la mejilla. 

—Siempre es bueno que me lo digas —murmuro en su oído. 

—Creo que es necesario decirlo cada vez que tengo la oportunidad —contesto él. 

 Ambos giraron en dirección a las otras mujeres, quienes lo veía, un poco embelesadas por la situación, y otro poco apurándolos por el hambre. 

—Las pizzas las quiero hoy —dijo Tamy—. Si no es mucho problema, obvio. 

 Casper se apartó, no sin antes darle un beso en el dorso de la mano. La soltó y se fue a la cocina, seguido por Lucero, y por detrás Circe. Cuando Arabella quiso ir con ellos, Tamy la detuvo. Fue cuestión de un instante, que pudo notar en su mirada azul, que algo no andaba bien.  

—¿Podemos hablar? —preguntó Tamy. 

 Arabella asintió, y salieron. Se alejaron un poco. Hubo silencio por un momento, apenas interrumpido por el sonido de los grillos, o el de alguna pequeña lechuza que andaba de un lado a otro. 

 De alguna forma, estaban enojadas, como alguna vez sucedió. Pero aquel silencio solo era el inicio de todo enfado.  

—Fui hasta la Centella de Júpiter —dijo Tamy—. Debía ver que estaba sucediendo, y no sé qué pasó. La cascada se detuvo, y … 

 —¿Qué más? —preguntó por lo bajo Arabella. 

—Vi algo, moverse entre los árboles —murmuro Tamy—. Aquí las criaturas mágicas son inofensivas, pero estas no se sentían así. 

 Arabella tragó saliva, y le dio la espalda. De pronto su pecho cosquilleo, obligándola a pensar bien como respirar. Lo que nació como una electrificante sensación en el centro de su cuerpo, se espacio hasta sentirlo en las puntas de los dedos. No, si algo se relacionaba con Morrigan, no tenía nada de inofensivo.  

—Baba hizo un sondeo, y lo que haya visto no salió del bosque, aun —continuó Tamy—. Podemos detener lo que sea fuera eso, pero no solas. La magia es débil, recién despierta.  

—Ni lo pienses —murmuro Arabella. 

 Tamy se acercó a ella, y la hizo girar para verla. 

—¿De qué hablas? —le cuestiono y frunció el ceño—. Si algo está sucediendo, tienen derecho a saberlo. No les puedes ocultar esto por más tiempo. Es una locura, es un gran problema. Lo sabes mejor que nadie.  

 Arabella la apartó, y su rostro cambio por completo. Su mirada marrón se ensombreció, tornándose rojiza. Dejó de verse luminosa, y dulce. Frunció el ceño, y sus labios pintados de rosa, se tensionaron.   

—Tienes razón, Tamara —dijo, y dio un paso al frente. 

 La miró desde arriba, con desdén, apenas alzado el labio superior. Largó aire caliente por la nariz, y pasó un dedo por el hombro descubierto de Tamy.  

—Deberías ir y decirles. Bueno, no entiendo como no lo hiciste antes —dijo Arabella, con voz glacial. 

—Pienso que tú tienes que saberlo antes que ellos —dijo Tamy, tratando que su voz no temblara. 

Arabella sonrió con sorna, y la tomó del mentón. Alzó su rostro con delicadeza, y una vez más se encontró con su mirada azul. Un leve temblor, y sus cejas a penas fruncidas delato lo que sucedía en su interior. Quiso apartarse, pero el agarré la hizo quedarse en su lugar. 

 Con facilidad, Arabella leyó el miedo de su amiga. No hizo nada para evitar que este se disipara, y así darle algo de alivio. Todo lo contrario, la bruja deseaba tenerla así en la palma de su mano. Tan frágil y pequeña. 

 Entonces dio una sonrisa apenas marcada.  

—No, lo que yo pienso es que aún me proteges —dijo Arabella, y pasó el pulgar por sus labios—. Aun conservas ese complejo de salvadora, de heroína, que tanto nos hace diferente.

 Se acercó a su oído, y respiró sobre este. Su cálido aliento la recorrió, con cierta añoranza. Quería darle un empujón, apartarla, pero también, quería conservar su calor cerca.  

—No pasa un día en que no me quieras proteger, pese a todo —murmuro. 

 No corrió nada del labial fucsia que estaba usando. Tamy sintió una leve energía recorrer la fragilidad de su piel. Sus labios se tensaron por unos segundos, haciendo presión uno contra otro, hasta que otra vez pudo abrir la boca, soltando un suspiro cargado de vapor y brillos rosas. 

—¿Qué has hecho? —preguntó con la voz trémula.

—Sabes perfectamente lo que hice, es tu hechizo después de todo —murmuro Arabella—. No hablaras de esto, aunque lo desees, sabes cómo funciona. Tamara este asunto no es de tu incumbencia. No te metas, y no metas a los demás.  

 Tamy se apartó, y negó varias veces con la cabeza. Pestañeó, y dio una sonrisa torcida, estaba a punto de llorar. De volver a hacer eso que se prometió que no haría frente y a causa de ella. 

—¿Quieres hacerlo sola? —preguntó Tamy, enojada—. Hazlo sola. Tienes razón Arabella, me preocupo demasiado por ti. Todos lo hacemos, y a ti no te importa.

 Tamy dio un paso al frente, y la vio fijo a los ojos. La oscuridad de momentos atrás no estaba más, y podía ver el temor que trataba de ocultar tras esa fachada de bruja malvada y sin corazón. 

—Circe nunca se equivoca cuando dice que tú eres de mal augurio —murmuro, y sonrió con tristeza—. Nada de esto hubiese pasado, tú eres la llave al caos, Arabella Pericles. 

 Se marchó, y Arabella dio un soplido. 

—Lo sé —murmuro. 

Mientras Tamy la ignoraba por completo, Arabella ayudaba a Casper en la cocina. Para ella era agradable pasar así sus noches, con la gente que quería, y a las cuales le ocultaba los hechos de la realidad. Deseaba seguir jugando a que no pasaba nada, y él parecía querer lo mismo. No le volvió a preguntar sobre lo ocurrido en la cascada ni nada por el estilo. Era un pacto que sellaron en silencio, y con la esperanza que no volviera a ocurrir. 

 Al sacar la primera pizza del horno, festejaron como si hubieran hecho la gran obra de sus vidas. 

—Sin mí esto no sería posible —dijo Arabella—, de nada. 

 Casper rio al oírla, por alguna razón que desconocía, sentía la necesidad de hacerlo. De reírse por cada palabra, de estar cómodo a su lado, de ser una familia de nuevo. Y con aquello en mente, y sin tantas vueltas, la tomó con cuidado y decidido de las mejillas, y la beso. Sin rodeos, sin juegos, con paz, como si besarla fuera algo tan típico de los últimos tiempos. Como si no se hubiese ausentado por tantos años, o nunca le hubiera roto el corazón en medio de una noche de lluvia en alguna ciudad de Buenos Aires. 

 El tiempo pareció detenerse por un instante, aun con el calor de su cuerpo tan cerca del suyo, de sus latidos mezclándose con los propios, no hizo nada por apurar, o hacer crecer la necesidad de ser más que un beso. 

—Te extrañaba demasiado —murmuro Arabella, haciendo un pequeño espacio para tomar aire. 

 Cuando volvió a unir sus labios a los suyos, sin importarle nada, aquella necesidad de que todas se fueran, se hizo evidente. En la rapidez de sus movimientos, en como lo mordía queriendo devorar su boca de forma animal, en como su aliento se iba acabando, pero no deseaba que sea alejara ni medio centímetro, sino todo lo contrario. Anhelaba más, deseaba más que un simple beso. 

 Sin embargo, se separó de sus más voraces deseos, al sentir las miradas sobre ellos. 

—Si quieren nos vamos —dijo Circe. 

 Se apartaron por la risa que les broto al oírla. Pues esa frase fue la que dijo cuando los descubrió besándose siendo unos jóvenes veinteañeros, y parecía no perder la gracia con el tiempo. 

—No, las pizzas están listas —dijo Arabella, y pasó una mano por las mejillas sonrojadas—, pero no las culpo si quieren comer más rápido de lo normal. 

—Que, considerada, pero a Lucero le hace doler la panza comer apurada —dijo Circe con una sonrisa socarrona. 

La nombrada apareció por detrás, con una gran sonrisa en su rostro, y sus ojos azules brillantes como nunca antes. 

—¿Esto significa que tendré un primo? —preguntó, y Casper tosió nervioso. 

—Vamos a la mesa, el hambre te está afectando pequeña —contesto. 

 La noche pasaba amena, entre la conversación sobre el presente, y los recuerdos compartidos. Circe rio hasta las lágrimas por primera vez en mucho tiempo, ahogándose en algún momento especifico del pasado. 

—Niña, tu madre te dice que no seas como yo, pero ella tenía quince años cuando vio a tu papá por primera vez y … 

—Arabella no, no debe saber todo —la detuvo tratando de no sonreír. 

—¿Cómo qué? ¿Qué Baltimore ya tenía más de cien años cuando te vio esa tarde? ¿O que papá casi se infarta cuando le dijiste que estabas enamorada de él? —indago Casper. 

 Circe giro en dirección de Lucero, quien la veía expectante por más historias sobre su difunto padre. 

—Tu papá espero a que tuviera treinta años para hablarme sin que sintiera que cometía un delito —le conto—. Era un hombre avanzado para la época. 

—Le tenía miedo a lo que diría el señor fantástico de que se metiera con su niña pequeña —dijo Casper—. Es lo que hace tu abuelo.  

—Él hubiese esperado mucho más tiempo, solo que tú lo apuraste, diciéndole que te estabas haciendo vieja de tanto esperarlo —añadió Arabella.

—Alguien debía hacerlo —dijo Circe.

 Mientras la charla continuaba, Tamy se puso de pie, y tomó sus pertenencias. 

—Me voy, algo me hizo doler el estómago —anunció. 

 Se apartó con rapidez de la mesa, y Circe fue detrás de ella. La detuvo antes de cruzar el umbral de la casa, y algo le dijo que el resto no escuchó. Pronto los nervios de Arabella comenzaron a florecer. Mas aun al ver como Tamy les echó una mirada, y la pelirroja igual. 

 —Bien, vamos a acompañar a Tamy a su casa —dijo Circe a medida que se acercaban a la mesa—. No quiero seguir oyendo como fue que me enamore de Balti de tan joven. 

—¿Puedo ir más tarde? —preguntó Lucero—, quiero más pizza. 

—No, mañana Cas te alcanza un poco para que vayas al campamento. 

—Mamá —se quejó de nuevo. 

—Lucero Hestigio, no hagas un berrinche. Nos vamos —insistió Circe. 

—Hazle caso a tu mamá, mañana vamos a verte —dijo Arabella con una sonrisa. 

—¿Dormirás acá? —preguntó Lucero. 

 Arabella tosió nerviosa ante la pregunta y cómo fue que ella se metió sola en aquel problema. 

—Le va ayudar a limpiar —se apuró a decir Circe—, nos vamos. 

 No se dijo más nada, y tras despedirse, se marcharon. Quedaron ellos dos, y un extraño silencio. 

—Fue una linda velada —hablo Arabella. 

 Casper sonrió, y fue rápido en dejar sobre la mesa el anillo de plata que era decorado con la piedra azul. Arabella notó cierta picardía en la mirada oscura del mago, y no tardó en aclararse la garganta a causa de los nervios. 

—¿Estás seguro de eso? ¿Después de tantos años? —preguntó Arabella—. Yo no lo he vuelto hacer sin el collar desde esa noche. 

—Bien, porque yo igual —respondió Casper—, y si debo hacerlo con alguien, quiero hacerlo contigo. Con el resto, parece no tener sentido. 

—Tienes razón, la vez que lo hice con alguien más sin el collar, fue —hizo una pausa y puso cara de disgusto—, creo que la química no era lo misma. 

—¿Hablas de Gal? Él no tiene química con nadie. 

—Casper —le reprochó con cariño. 

 Dio un soplido, y se puso de pie para ir hasta su lugar. Lo tomó con delicadeza del mentón, y dejó un suave beso en sus labios. Aun con el collar, sintió esa leve electricidad de cuando sus magias parecías rozarse de lo cerca que estaban. El deseo por explorarlo de nuevo, y besar cada parte de su piel, contar los tatuajes y lunares, morderlo hasta dejar una marca imborrable, eran fuertes. 

 Casper sonrió bajos sus labios, y de un suave tirón la hizo sentarse en su regazo. Arabella no dudó ni un segundo más en seguir aquel juego. Se apretó contra su pecho, sintiendo los latidos de su corazón contra el suyo; el calor escalar desde los más profundo de su interior hasta ser parte de su piel; las manos de Casper presionando su cadera, queriendo hundir los dedos en su carne. 

 Cuando el aire comenzaba a faltar, y la reparación se transformaba en jadeos uniformes, Casper soltó sus labios, pero no su piel. Bajando por su cuello, hasta alcanzar sus marcadas clavículas, Arabella poco a poco iba perdiendo la cordura.

  La joya que pendía de su cuello se transformó en un collar, y Casper era quien jalaba la correa. 

 Sin embargo, lejos de ceder ante el ardiente deseo que había entre sus cuerpos, cuando el cierre de su vestido bajaba lentamente, Arabella fue más fuerte, y se apartó. Los pocos centímetros entre ellos, se transformó en un abismo, y el calor en un calvario, en el mismo infierno a punto de congelarse.

—Lo siento, Cas —murmuro, y ocultó el rostro en su hombro. 

 Casper no dijo anda, y la abrazó, volviendo todo tan tierno y suave. El calor fue otro, y sus corazones no tuvieron la necesidad de desatar el caos. El aire una vez más se envolvió con la dulzura de su perfume, y la delicadeza en que era envuelta.

—Aun así —dijo Arabella—, quiero dormir contigo. Quiero que me abraces mientras descanso. 

—Podemos hacer eso —murmuro Casper.  

Parte cuatro.

I

Sombras sin cuerpos. 

 Dentro del bosque, la brisa que corría era diferente. Un poco más fresca que fuera de los árboles, parecía tener cuerpo, y moverse llevando cada pequeño objeto que se encontraba tirado en el suelo, se enroscaba sobre las flores, y hacía bailar sus pétalos. Era lo que lo hacía un poco más mágico, y alentaba a los familiares entrar después de las doce. 

 Un conejo color canela, iba corriendo junto con un cuervo negro que volaba a una corta distancia de él. El ave aterrizó, siendo cubierta por una luz violeta, de puntas de pie, sobre los pétalos de una flor nocturna. Siendo un poco más alta que lucero, se mantenía en perfecto equilibrio sin hacerle daño a la planta. 

—Maravilloso —murmuro viéndose los pies descalzos. 

 El conejo continuó corriendo, pasando a un lado de ella, hasta brincar dentro de unos arbustos, asustando a los insectos que allí vivían. 

—Cáliz debes ser más delicado —dijo, y se bajó del pétalo—. Recuerda que no hay que perturbar la paz. 

 Se fue detrás de él, y lo saco del arbusto. Cáliz, brilló como ella hizo, obligándola a cerrar los ojos. Al abrirlo, se encontró abrazando a un muchacho rubio, y trigueño, similar a su forma animal. 

—Y tu debes aprender a respetar los espacios personales —dijo, y se safo del abrazo.

 Comenzó a caminar, atravesando los arbustos, sin el cuidado que debía tener. Ravena fue detrás de él, dando gruñidos. No terminaba de entender como alguien que era familiar de una hechicera amante de la jardinería, no tenía la misma visión.   

—Es cierto —dijo Ravena—, pensé que al ser un conejo que le gusta estar en los brazos de su hechicera, te gustaban los abrazos. 

—Tu eres un cuervo, y no andas sacando ojos por ahí cuando usas tu forma humana —contesto. 

—Ni siendo un cuervo le he sacado los ojos a alguien —dijo, y se detuvo. 

 Cuando Cáliz notó que nadie iba detrás de él, volteó para verla a unos metros, se dejó hipnotizar por su piel morena, y el cabello tan oscuro como la noche. Su delgada figura no hacía más que generarle preguntas que no diría en voz alta. Aun en la distancia notaba el enojo en su mirada negra. 

—Lo siento —exclamo—, tienes razón, nunca le sacaste los ojos a alguien contra tu voluntad. 

 Ravena negó de inmediato, y reprimo la risa que le causaba escucharlo. Con rapidez se acercó, y estando tan cerca que podía notar las pecas en el puente de su nariz, le dio un rápido beso en los labios. Rio frente al rojo que escalo en su rostro, y corrió lejos de él, antes de que gritara. 

 Continuaron jugado, como cada vez que salían al bosque, llenando de gritos y risas el silencio entre los árboles. No les preocupaba que la brisa sea cada vez más fría, o que alguien los veía desde lo alto de una copa. 

 White les dejó en claro la primera vez que se metieron allí, que no debían molestar con sus juegos. Al principio lo entendieron, sin embargo, con el tiempo, volvían a ser tan ruidosos como la primera vez.

  Ahora los veía, siendo niños pese a la edad que tenían, y no quería detenerlos. Debes en cuando le divertía verlos disfrutar esa extraña juventud que conservaban. Ser almas libres, y familiares a la vez, era contradictorio hasta para ellos. 

 Los veía ir y venir, haciendo pequeños encantos de luz, que iluminaba cada cosa alrededor. Provocando sus sombras correspondientes, hasta que algo noto. 

—¿Qué …? —se inclinó hacia delante, y vio con más atención. 

 Al ver que otra vez se replicaba, podía notar más y más sombras sin un cuerpo que las provoque. Saltó de la rama del árbol en la que estaba, cayendo entre ellos.  

—Arwen —exclamaron los dos. 

—¡Corran! —ordeno, y tomó sus manos. 

 Fueron detrás de ella, sin entender lo que estaba sucediendo, y seguros que los regañarían en cuanto salieran del bosque. Algo los hizo frenarse. No lo podían ver, aun así, eran sujetados, impidiendo que siguieran el camino. 

—Maldición —gruño Arwen. 

 Ravena se escondió detrás de ella, ocultándose entre sus cabellos blancos. 

—¿Qué está sucediendo? —preguntó por lo bajo. 

—¿Lo hicimos nosotros? —preguntó Cáliz. 

—No, esto lo hizo algo más —murmuro Arwen. 

—Pero, ¿Qué es? 

—¿Tamara no te lo ha dicho?

 Ravena salió de su escondite, y vio al frente, notando las sombras proyectadas. 

—No, ella no me ha dicho nada —respondió—. ¿Sabe lo que está sucediendo?

 Con cuidado los hizo ir un poco más adelante que ella. Sabía que ellos no iban a poder contra lo que sea que allí había, aun eran muy jóvenes, y no practicaban tanto como la mayor deseaba. 

—Los distraeré —murmuro—, y ustedes …

  Los empujó hacia adelanta, mientras ella corrió al interior de nuevo, iluminando el camino con una luz blanca. Las sombras pasaron a los costados de los familiares, siguiendo el sendero luminoso. 

—Hay que ir por ella —exclamo Ravena. 

 Cuando tomó impulso, Cáliz la detuvo. 

—No, debemos decirles a nuestros familiares de esto —habló con seriedad—. Ella, White, Arwen, podrá contra ellos, pero nosotros vamos a entorpecerla.

 La joven familiar dio un gruñido, sin poder dejar de ver el interior, y como las luces se iban desvaneciendo cada vez más. Terminó por aceptar la orden de Arwen, y con apuro se marchó junto con Cáliz.

Llegaron exhaustos, y entraron al hospedaje dando un fuerte golpe en la puerta. No pasó ni un minuto que Circe ya estaba allí, espantada, y haciendo que sus manos brillaran con una luz violeta. 

—Somos nosotros —exclamo el conejo. 

 La hechicera bajó la vista y se encontró con su familiar color canela. Conocía las travesuras en el bosque, y la única condición para que fueran era volver temprano y no hacer un escándalo.

—Son las dos de la mañana —dijo, y se cruzó de brazos—, y casi tumban la puerta, ¿Qué les ocurre?

—Es el bosque, están pasando cosas —contó Ravena. 

 Había un deje de desesperación en su voz, y la hechicera notó un brillo en lo oscuro de su mirada. A Circe no le gustaba mucho los familiares que tomaban la forma de cuervos o gatos negros, sin embargo, en Ravena encontró la excepción. Tenía una naturaleza infantil que la dejaba tranquila, y no era capaz de absorber la oscuridad de Tamy. 

—Se trata de White —dijo Cáliz—, o Arwen, ¿Por qué se llama de dos formas?

—Cáliz, concéntrate, ¿Qué ocurrió con ella? —preguntó Circe.  

 Tamara se odiaba por seguir cubriendo a Arabella. Aunque nunca llegó a conocer a Morrigan, si tenía muy presente quien fue, no solo en la vida su amiga, sino en la del resto. Incluyendo a los mágicos más antiguos. Cuando vio por primera vez a la rubia, ya habían pasado un par de años de la desaparición de la hechicera. Aun así, el rumor, o lo que se contaba de ella, seguía tan fresco como aquella noche donde la magia se descontroló para todos. 

 Dio un par de vueltas en la cama, tratando de no pensar en lo que vio, y como Arabella la trató. Estaba molesta por seguir sintiéndose su lacaya, o quedarse sin palabras cuando su mirada dejaba de verse cariñosa. 

 Cuando al fin, el sueño comenzó a ceder, el celular sonó. La opción de arrojarlo lejos, se le hizo tentadora, hasta que Ravena entró por la ventana abierta, cargando con desesperación mágica. 

—Algo pasa —dijo agitada. 

 El ave negra, volvió a tomar la forma humana, y comenzó a caminar de una punta a la otra.  

—Dime que ocurre —ordenó Tamy, y salió de la cama. 

 Frente al silencio, se acercó y la detuvo. 

—Ravena, habla —dijo viéndola a los ojos. 

—En el bosque, vimos, vimos algo —murmuro—, y tienen a Arwen. 

 Llamaron a la puerta, interrumpiendo la conversación. Tamy le hizo una seña con el dedo al familiar, y fue a ver de quien se trataba. Se encontró con Circe del otro lado, y no se la veía muy agradable. La imagen de una joven hotelera se disipaba de inmediato cuando fruncia el ceño, y parecía echar humo por la nariz. 

—Estoy segura que sabes algo —exclamo con un claro enojo. 

—No sé de qué hablas —dijo Tamy, un poco más tranquila. 

—No me tomes el pelo Tamara —dijo en voz alta—. ¿De verdad crees que voy a creer que no sabes nada? ¿Qué es eso de las sombras sin cuerpo en bosque?

—Circe, espera —ahora si le tembló la voz. 

 Tamara tenía al menos quince años menos que Circe, y ambas se conocieron en medio de un camino plagado de tristeza. La hechicera aún tenía presente la noche en que le abrió la puerta y su corazón. Era una niña que huía de un pueblo gris y violento contra aquellos que mostraban una mínima diferencia. Estaba casi en los huesos, a punto de caer congelada. Fue cuestión de tiempo para recuperar quien fue, y muy rápido se hicieron familia

 Sin embargo, ahora, Circe se sentía algo defraudada porque Tamy le estuviera ocultando algo tan peligroso relacionado con el bosque de la Cumbre de Lordwick. Mas por ambas trabajaban juntas para mantener cierto orden mágico en la zona. Transformaron el bosque en un santuario, y cuidaban que los no poseían magia no se metieran en problemas.  

—No sé lo que es —siguió hablando Tamy—, pero Baba, ella nos puede ayudar. Se lo mismo que los familiares, sombras sin cuerpos, magia pesada. No salen del bosque, pero no sé por cuánto tiempo seguirá así. 

—¿Qué sabes de la fuente? ¿De dónde vienen?

—No lo sé —respondió, tratando de que su voz no tiemble. 

 Sabía de quien se trataba, pero no quería corroborar que aquello estuviera en el centro del bosque. Siendo tan poderoso que provocaba magia amenazante que los guardianes dejaban pasar con facilidad. 

 Circe decidió ir por la bibliotecaria, aun cuando el sol no se había asomado. Deseaba tener respuestas ya, y prepararse para lo que tuviera que pasar, o evitar que pase. Al salir a la calle, se toparon con una mujer de piel morena, y el cabello blanco desparramado, desmayada en la calle. 

—Arwen — exclamo Circe. 

 Se apuró para llegar a ella, y apoyó su cabeza en las piernas. Corrió algunos cabellos que caían sobre su rostro, y frente a la caricia de la hechicera, la mujer abrió los ojos. 

—¿Qué ocurrió? —preguntó con preocupación. 

—Morrigan —murmuro—, ella nunca se ha ido. 

 Otra vez se desmayó, y Circe contuvo la respiración. Aquel nombre, llegando de un lugar sagrado, solo significaban problemas.   

II

La calma antes del caos. 

 Verlo dormir le daba paz.

 Sus suaves ronquidos, la manera tan sincronizada en que se movía su pecho por cada respiración, hasta ese hilo de saliva, le daban calma. No lo quería admitir ni para ella misma, que poco a poco se iba olvidando de lo que era pasar una noche tranquila con Casper. Era tibio, y no se volvía un calvario en pleno verano estar pegada a su costado. Después de tantos años, le seguía siendo raro que no se moviera tanto, que, si usaba su pecho como almohada, seguiría siendo así en la mañana. 

 Casper era el espectáculo que solo ella quería apreciar, y que no deseaba que nadie más lo hiciera. 

 —Me vas a ojear —murmuro el muchacho, y le sonrió. 

—No me importa —le contestó—, te podría ver todo el día. 

 Casper abrió los ojos, y parpadeo un par de veces, antes de enfocarse en ella. En la suave luz que caía sobre su rostro adormilado, y el brillo de los cabellos frizados. Le abrumaba tenerla allí, con esa aura que la hacía ver tan etérea. Alzó una mano, y la pasó sobre su mejilla, debía cerciorarse de que fuera tan real, aun sabiendo que así era. Que lo que presencio en la noche, antes de meterse en la cama no fue una mala jugada de su cabeza. Que la vio desvestirse frente a sus ojos, y que la remera que usaba en ese momento, arrepentido, fue él quien se la ofreció. 

 Cuando la imagen de su cuerpo semidesnudo se hizo presente en su mente, agitó la cabeza, y se forzó a sonreír. 

—Bueno, te dejo verme todo el día —dijo Casper, con la voz algo rasposa—, pero …

—¿Pero?

—Me gustaría ir comer algo —dijo, y se sentó. 

 Se estiró, con los brazos hacia arriba, dando un gran bostezo. Y en esa corta vulnerabilidad, Arabella aprovechó para abrazarlo. Esa mañana, en ese preciso momento, elegia ser cursi, adorable, estar tan cerca de él, que los latidos de sus corazones se volvieran un solo sonido. Y fuera una pieza musical capaz de calmar cualquier cualquiera bestia.  

—Te dejó comerme a besos —murmuro Arabella—. No salimos de cama en todo el día.  

—Eso suena tan tentador —dijo Casper, y buscó rostro. 

 Lo tomó con cuidado, sintiendo la tibieza sobre sus manos, y que crecía lento dentro de su pecho, extendiéndose a lo largo del cuerpo. Una frase como “te dejó comerme a besos” se le hacía delicado en contraste con lo que más deseaba hacer. Devorarla, saborearla. Volver a morder su piel, y hundir los dedos en sus zonas más blandas, y escuchar su voz cansada suplicando por más. Tener para sí mismo hasta la última porción de ella. 

 Y todo aquel pensamiento hambriento, se expresó con la suavidad de un par de besos en sus labios a penas resecos.

—Pero los prefiero de postre —dijo, y le dio una sonrisa. 

 Arabella le sonrió, y tras un corto beso, salió de la cama. Llevaba una remera de Casper, que le llegaba hasta por debajo de la cadera, y se ató el cabello con una liga que también le quito. No quería verse apurada, y fingir que no escuchaba el deseo en ese silencio que hizo. No era tonta, y sabia a lo que se arriesgaba diciendo que se dejaba comer. Mas aun, cuando no quería tan solo una mordida en sus labios, o una caricia furtiva sobre la cintura. Ahora debía luchar contra el deseo más salvaje, y la razón de porque no quería meterse con él.

¿Por cuánto tiempo la razón sería más fuerte que el deseo? Arabella solo esperaba que lo fuera lo suficiente como para salir de esa casa, dejando en claro que pronto volvería. 

 En el baño, se lavó la cara, sin pensar en nada que no sea volver a sentir la piel de Casper. Hasta que se dio cuenta lo que estaba haciendo en realidad. Debajo del ojo, cuando el agua termino de deslizarse, se mostró, como si tuviera orgullo propio, la marca que llegaba hasta por debajo del pómulo. Un poco más clara que el color de su piel, y más ancha que el rasguño de un gato. 

 Brillaba como un trofeo, el peor que pudo haber obtenido en la vida. Se mostraba en toda su gloria, lista para dar que hablar, para que al fin el pequeño mundo de la bruja supiera del secreto que guardaba con tanto cuidado y temor. 

 Una piedra que tomaba magia cuando debía canalizarla y protegerla.

 Una cicatriz producto de un ritual lleno de malas intenciones. 

 Las sombras sin cuerpos en bosque. 

 Los guardines gritando en su oído.

 Morrigan y su obsesión, sus engaños, sus secretos. 

  Alguna vez, un ex, uno que la acompaño por un largo tiempo, y causó un gran impacto en ella, le dijo que seguir guardando a la larga le iba a ocasionar problemas. Él hablaba de la cantidad de vestidos y joyas que se iban acumulando en el armario del lugar en donde vivía. Ahora comenzaba a creer que lo decía por algo, además de que su relación fue un secreto por años, hasta que se hizo insostenible. 

—¿Arabella? —llamó Casper del otro lado. 

 Dio un pequeño salto en el lugar, y los nervios se dispararon de un segundo para el otro. Allí no tenía la pócima que usaba con el maquillaje, ni el maquillaje. En su cartera tan solo llevaba lo simple. No tenía ni idea, mucho menos planificado, pasar la noche con Casper o que se lavaría la cara sin antes reforzar la base que cubría la verdad con un hechizo. 

—Enseguida salgo —exclamo. 

—¿Esta todo bien?

 “—Claro que no lo está” quería gritarle. No podía estar toda la mañana encerrada, o huir por la ventana del baño, ¿Qué excusa usaría? No dejaba de pensar en no le quedaban alternativas. 

 Casper era el único que no lo sabía. Circe solo conocía la cicatriz, y Tamy tenía toda la historia entera. Por un momento analizo el panorama entero. Si esos eran los últimos días con él, debía al menos decirle que le ocultaba lo que menos daño le causaría. 

Tomó aire, inflando hasta el límite el pecho, y lo largó con mucha fuerza, hasta quedar vacía. Se acercó a la puerta, y a la cuenta de tres la abrió. Casper estaba del otro lado, apoyado contra el muro de ladrillos barnizados, que hacían tan rustica la casa, y bañado con la luz que entraba por la ventana al final del pasillo. 

—Creo que hay algo que debes saber —murmuro. 

 ¿Por qué de repente se sentía avergonzada de mostrar la cara impecable? Quizás porque era Casper quien la veía, una vez más, como si ella debiera ser cuidada de no romperse. La había visto en peores situaciones, con el cuerpo en un peor estado. Porque alguna vez se mostró frente a él con el cabello marchito y en los huesos; casi sin uñas de tanto morderlas, y manchas que cubrían su piel; pálida como una hoja de papel, y perdida como un barco a la deriva que se iba adentrando cada vez más el océano. 

 Si, a Casper siempre le mostro lo hermosa que se veía en un vestido rosa, y con corse que hacían resaltar su figura. Pero también le mostro la peor sombra. Y en cada momento él estuvo a su lado hasta que ella volviera a ser la flor con los pétalos más radiantes. 

 Arabella no dependía de los cuidados del mago. Ella dependía de la forma en que él la miraba. 

—No, no me veas así —dijo, y dio un paso atrás. 

—¿Cómo lo hago? —cuestionó. 

 No era una pregunta que no hizo antes. Perdió la cuenta de las veces que la hizo, y las pocas veces que obtuvo una respuesta que le fue satisfactoria.

—Ah, no hagas como sino supieras Casper Ambrosius —respondió entornado los ojos. 

—¿Con preocupación? ¿Miedo? —preguntó Casper, e hizo una breve pausa—. ¿Con lastima? 

—Si, si a todo, sobre todo con lastima —exclamo—. Lo haces y crees que no lo noto. Sucedió en el bar, y desde la situación en el bosque. 

—No te veo con lastima —dijo Casper, tratando de sonar tranquilo—. Me ha quedado claro que es la única forma en la que no debo verte. Solo estoy sin palabras. 

—Esto paso hace muchos años, un siglo…

 Casper se acercó a ella, y la tomó rápido de una mano, evitando se fuera hacia atrás. Vio con atención la cicatriz, resaltaba sobre el pómulo. No infería en su belleza natural, ni la hacía ver más ruda, o más rota. Seguía viendo a la misma bruja rubia que le gusta vestir de rosa de siempre. No a una persona diferente, sino a quien conoció en la mansión de Francia, a quien enterró a un padre en Inglaterra, a quien le llegaba a dar hasta el último aliento de ser necesario, a quien lo dejó roto en una noche de lluvia helada en Argentina. 

—No me lo cuentes si no quieres —le interrumpió—, no soy mi hermana. 

—¿Qué tal si te lo quiero decir? Como la vez que hablamos en la cueva. 

—¿Qué te gustaría en el desayuno? —pregunto, y le sonrió.

En la cocina, mientras Casper preparaba unas tostadas de pan casero que le compró a un vecino, Arabella no dejaba de verlo con atención. Siempre imagino una vida hogareña a su lado. Despertar todas las mañanas en la misma cama, y estar así, en paz, sin la previa a contar algo que no debía, hasta el momento de irse a trabajar. Pasar lo que restaba del día pensando en que cenar, y como dormiría abrazada a él. Sin embargo, estaba la angustiante sensación de tener que abrir la boca por no haberse maquillado adecuadamente. 

 Decidida a que pasara rápido, comenzó a relatar, mientras Casper le daba la espalda. 

—Es un momento de mi vida, de esos malos, que trato de olvidar, pero antes de eso, hay algo más que tienes que saber —dijo, y Casper volteó. 

—Soy todo oídos —dijo Casper, y le sonrió. 

 Arabella también lo hizo, pero cambió la mueca en segundos, y comenzó a hablar. 

 “A mis veinticinco años conocí a Florence. Una joven bruja, un poco más joven que yo. Ella también conoció a mi tía. Nos educó en paralelo, algo que se notaba a simple vista. Fue una de las pocas verdades que no me molestó al saber. En ella encontré a una prima, o hermana. Las dos compartíamos saberes, aunque lo suyo era un poco más oscuro que lo mío.  

 Florence era enigmática. Andaba por las sombras y hacia magia de la cual a mí se me mantuvo alejada. Esto le dio acceso a hechizos intransigentes, que no debían usarse a la ligera, ni mucho menos pasarse de boca en boca. Ella me advirtió, yo, no hice más que usarlo una y otra vez.

No fue lo único. No por ella, pero si a través un mago sin escrúpulos, llegué al té de hada. Hecho de las alas de hadas, brillante y de un sabor asqueroso”.

 Casper la veía atento. Aunque recién comenzaba a hablar, cada palabra que salía de su boca, con tanta ligereza, le provocaba cierta picazón en el pecho. Sabía que Arabella no era la mujer más inocente de todas, esa sonrisa, era solo compradora para los ingenuos que no escuchaban más allá de “Es más que solo una cara bonita” No era una ladrona de bancos, ni tenía manos agiles para tomar las joyas sin cuidado. No, ella tenía encanto físico, una lengua convincente, capaz de hacerle creer a cualquiera que la manzana roja que estaba al frente era morada. Y tenía un hechizo, magia atractiva. Que podía ser una maldición si no se rompía a tiempo. 

 —No tengo de eso, por si se te apetece —bromeó Casper, aunque más sonaba a una verdadera aclaración. 

—No, hace años que estoy limpia, cariño —dijo, y le dio un sorbo al jugo de naranja—. ¿Seguro que quieres oír esto? Nombre a Florence y te has puesto pálido. 

—Si, si quiero —dijo apurado—. No siempre tengo el honor de entrevistar a Arabella Pericles. 

 Ella sonrió, y continuó con la historia. 

“¿Para qué sirve esto? Sencillo, para lento ir dejando de ver la realidad tal cual es.

  En 1895, estuve encerrada en un calabozo de Londres. Había pasado tiempo de la caza de brujas, aun así, mi nombre estaba en una lista de las más buscadas por hacer más que brujería. Lo que me hicieron estando encerrada no me lo olvido, ni he buscado olvidarlo, porque es mi segundo castigo. Primero el ser una bruja, segundo por haberme dejado atrapar. Busque a quien me entregó, y eso tampoco lo olvide. Para recordar que mis maldiciones, vistas como sencillas, a la larga son una tortura.

 Borraba de mi mente errores idiotas, noches con tipos que luego me dieron asco, fechas, lugares, maldiciones echadas. Si un día amanecí llorando, no lo recuerdo. Borré haber visto algo que me desilusiono, porque, claro, a mí nadie me engaña, nadie me deja, nadie me traiciona. No lloro por nadie.  

 Lo que me llegaba a convertir en una pesadilla, en una bruja vengativa, se quedaba en mi cabeza para recordarme que solo había un camino. Lo que me lastimaba, o dejaba entrever un lado más humano, no era digno de quedarse conmigo. Ser buena me hacía débil, y me volvía un blanco fácil. 

 De cualquier forma, siempre lo fui. No lo notaba. 

 Luego de un tiempo, todo se iba haciendo confuso, y nadie que no fuera yo, lo notaba. Sonreía, hablaba, tomaba el té, hacia negocios, brillaba, tocaba mi mente. Las pesadillas eran silenciosas, despertaba sin hacer ruido, derramando lagrimas que se evaporaban antes de tocar la piel sobre el pecho de quien descansaba. 

 Sin embargo, que no lo notaran, era algo que solo yo creía. En 1920, luego de una noche de fiesta, no llegue a mi departamento. A cierta hora de la madrugada, la ciudad de New York, suele ser un desierto. Fui una presa fácil, me dieron algo que no noté, y cuando estuve lucida, supe que no saldría de ese lugar en una pieza”.

 Se hizo una pausa, interrumpida por el ruido de algunas aves. Arabella ya no veía a Casper, sino a esa fracción del jardín que se asomaba por la ventana de la cocina. Tenía una sonrisa a penas marcada, y los ojos brillantes. 

—Para ese entonces ya no buscaba más a Morrigan, la daba por muerta —contó—, pero estas personas sabían algo que yo no. 

—¿Qué? —pregunto por lo bajo. 

 Arabella volvió la vista a Casper, y secó con rapidez la lágrima que aún no caía. 

—Que estaba con vida, encerrada en alguna parte que desconocían —respondió. 

“Cortaron mi rostro para sacar una lagrima de sangre. Inconsciente de lo que ocurría, lo único que podía sentir era que abrían mi pecho, escarbaban para hallar algo, y tomarlo. Una vasija vacía, lista para ser llenada con algo más. Estaba a punto de morir, no me despedí de nadie, y fue eso lo que más dolió”

—El collar reacciono a la magia …—se pauso sin estar segura de seguir hablando— e hizo lo que debía hacer. Protegerme. 

—Siempre fue así ¿No?

 Arabella dio un suspiro, y se quitó el collar para dejarlo sobre la mesada. Ante sus ojos, el verde brillante de la piedra, hacia un lindo contraste con el marrón suave de la madera. Por unos segundos se perdió en aquel punto, hasta que Casper tocó su mano. 

—No, no siempre fue así —respondió Arabella.    

III

¿Quién aguanta la verdad?

 A punto de llamar a la puerta, Baba la abrió. 

 La bibliotecaria las recibió con una sonrisa, mientras que Circe se mostró indiferente a ella. No le caía mal como para odiarla, pero tampoco bien como para llegar a ser una conocida. Algo en aquella mujer no le cerraba. Parecía conocer los secretos del mundo, y hablar con sabiduría, y a la vez nunca lo decía todo por completo. Cuando Baltimore murió, apareció en el entierro, dejo flores blancas, y se fue. Nunca supo porque estuvo allí, si su esposo no la nombró en ningún momento. 

 El día que fue por respuestas, porque la imagen de ella en el funeral le daba vueltas por la mente, Baba le dio su pésame y dijo “Es algo que sucede, tarde o temprano” No entendió, y no obtuvo más palabras que esa. 

  No la odió por eso, ni la buscó otra vez. 

 Ahora le tocaba sacarle respuestas más contundentes, y estaba dispuesta a lo que sea para obtenerlas. 

—Llegas a tiempo para el té —dijo Baba. 

—No quiero té, quiero que me digas que son esas sombras que atacaron a Arwen —dijo, sonando más a orden. 

 Con el transcurso de los años, la hechicera había logrado dominar las emociones y la magia, para poder expresar las primeras sin que nada explote a causa de la segunda. Quería, abiertamente, demostrar lo que ocurría en su interior, no solo una fracción. Estaba dispuesta a pasar horas de meditación con tal de que los nervios, los gritos de alegría, la excitación por las buenas noticias, las pesadas lágrimas de tristeza, no hicieran estragos mágicos y dejaran al descubierto su identidad. Además de evitar que la habitación, durante las horas que pasaba con su esposo, se llenara de una energía inestable.  

 Ahora podía expresar enojo, y que los demás sientan temor por verla fruncir el ceño, y arrugar los labios, y no ternura por apenas percibirla. 

—Se lo mismo que ustedes —dijo Baba. 

 Circe rodo los ojos y se cruzó de brazos. 

—No es cierto, tú nunca sabes lo mismo que el resto —dijo. 

—No es mi deber decirles que ocurre en su mundo —dijo Baba, y tomó la misma postura que Circe—. Lo que sí puedo hacer es confirmar lo que Arwen dijo, y desmentir lo que muchos creen. 

—Deja de hablar en clave —exclamo la pelirroja—. Si Morrigan está aquí, de la forma que sea, solo dilo.

 —Ella siempre estuvo aquí —dijo Baba—. Desde 1717, no ha desaparecido, la han encerrado. Marlon Ambrosius se encargó de eso. 

 Un balde de agua helada le hubiese causado menos escalofríos que escuchar el nombre de su padre salir de la boca de Baba. Pero ese no era el problema, sino el no saber de qué hablaba. Desde muy joven tenía entendido que su padre era un hombre repleto de secretos, y que ella creía solo conocer algunos. Nunca se puso a buscar más de lo que quería saber, y ahora comenzaba a creer que lo único certero acerca de él, es que fue su padre adoptivo, y que la ama como si fuera su propia sangre. Y no es que en ese preciso momento también tenía cierta seguridad sobre eso.  

 ¿Qué había hecho Marlon? No con Morrigan, sino con ella, y con Casper. No había sentido genuino interés por saber la historia detrás de la desaparición de la hechicera, hasta que Baba se lo mencionó. 

 Un leve dolor de cabeza, repentino, la hizo fruncir el ceño. Vio seria a la mujer que tenía al frente, y se atrevió a querer saber un poco más. 

—¿Alguien más lo sabía? —preguntó—. No me mientas que me daré cuenta. 

—Oh Circe —Baba puso una mano en su hombro. 

 Circe la quito del hombro, y se alejó un paso, no entendía si se burlaba o de verdad sentía pena por ella, y por el desconocimiento que crecía con cada segundo. Contuvo las lágrimas, endureciendo por completo la mirada. 

 “Oh, Circe” Basto para saber quién más le oculto la verdad.  

—Baltimore, ¿Él también sabía, cierto? 

—Quien lo sabía o desconocía es lo que menos importa —continuo Baba—. Que las sombras estén dentro del bosque es señal de que esta débil, y que hay tiempo para dormirla de nuevo.

—¿Cómo? —pregunto. 

—A ti no te diré —dijo graciosa—. No es tu deber, no es algo que debas hacer, porque no eres la clave.

—¿Se trata de Arabella? —preguntó. 

 Quizás sabia la respuesta, pero necesitaba que alguien más se lo dijera. O que lo negara. Para así dejar de sentirse tonta por seguir creyendo en ella, o que era capaz de distinguir las verdades de las mentiras que salían de su boca. Sin embargo, cuando Baba asintió, fingió que por dentro no se estaba derrumbado. 

 Su interior se debatía entre la culpa por haberle creído, y el haber bajado tan pronto los brazos. Por días se mantuvo a la espera de un golpe por parte de Arabella, y cuando nada malo pasó, ella decidió abrirle el corazón. 

 —Si quieres saber más, deberás hablar con ella —dijo Baba—. No puedo hacer más por ti. 

 A punto de irse, Baba la detuvo una vez más. 

—Aunque, cuando destapes tus propios secretos bien ocultos —sonrió con saña—, puedes venir a verme. Hablaremos de lo que tú quieras. 

 En silencio se marchó, no le iba a dar el lujo de dejarse atraer con tanta facilidad. Llegó hasta el hospedaje, ignorando a Tamy que estaba allí lista para una reprimenda. Siguió de largo hasta la habitación y se metió en la cama. No tenía fuerza para pelear. Abrazó a Cáliz, y las lágrimas que pudo haber derramaron no cayeron en ningún momento. Se quedó dormida con rapidez, esperando despertar y que todo haya sido un mal sueño. Deseaba con alma que así fuera.  

 Cuando Lucero estuvo lista para irse al campamento más tarde ese mismo día, no hizo caso al berrinche por querer esperar a Casper. Le aseguró que él estaría cuando ella volviera, y harían las pizzas que no terminó de comer. No estaba segura de sí le decía la verdad. 

—Escucha —la tomó del rostro. 

 La observó con atención. Tenía los mismos ojos que Madeleine, su madre, o lo poco que recordaba de ella. De un azul cristalino, carente de maldad. Las cejas gruesas y grises como Baltimore, y los labios rosados de ella. Siempre bromeaba que era eso lo único que era suyo, porque el cabello blanco y lacio, la piel pálida sin un solo lunar, la delgadez y ser más alta que un niño de su edad, no era algo de su parte. Que sea calmada, y soñadora, que ame la magia, y aprecie los aspectos de la vida llena de esta pese a no ser como los libros que alguna vez leyó, era algo de los dos. 

—Leti ira por ti, pasarás unos días con ella, y luego volverás —contó—, ella te traerá, vendrán en auto. ¿Te parece bien?

 Lucero asintió, y de un brinco la abrazó por el cuello. Circe tomó aire muy profundo y se aferró a su pequeña, a su creación más preciada, a quien le juro una noche a la luna que si se la concedía la protegería de la maldad. Porque si, una noche, tras la muerte de Baltimore, le clamó a Selene, o cualquier otra deidad que la oyera, que la hiciera realidad, para que una parte de su difunto esposo siga con ella.

—Te extrañare mucho —murmuró Circe. 

—También lo voy hacer —respondió Lucero. 

Se separaron cuando la bocina del transporte anunció que era momento de irse. Le dio un beso en la frente, y cuando soltó sus manos, Lucero corrió con mucho entusiasmo. La vio subirse a la combi, a los minutos se asomó por la ventanilla, y agitó la mano hasta que el auto se alejó por completo. 

 La sonrisa con la que se despidió de su pequeña hija se desvaneció en segundos, dando paso a una linea torcida por mueca. Sorbió la nariz, y fue directo a lo de Casper. 

IV

Cuéntame un secreto. 

 Decidida a contar la verdad, porque Casper no hacía más que verla esperando a que lo hiciera, llamaron a la puerta. Arabella dio un suspiro de alivio, aunque este se acabó casi al momento en que abarcó una parte de su cuerpo. A la cocina, cargando una energía avasallante, entró Circe, con su hermano por detrás. 

 Él esperaba que ella dijera porque la forma salvaje en que llegó a la casa.

 Ella buscando respuestas, a preguntas que estaba segura que no debía hacer para obtenerlas.

 Ambos viendo a la rubia, quien pareció palidecer frente a sus miradas llenas de desconcierto, enojo, preguntas, dudas. 

—Habla —exigió Circe—. ¿Qué demonios ocurrió en el bosque? ¿Qué no has dicho?

—Espera Cir, ¿Puedes …? —trató de calmarla Casper.  

—No, Cas, no puedo esperar, no me puedo tranquilizar —gruño—. Estoy aquí porque me vengo a enterar que nuestro padre nos ha ocultado algo sobre la tía de ella. 

—No sé qué les ha ocultado su padre. Lo que sea, yo no lo es —respondió Arabella. 

 Circe meneo la cabeza, con la vista al suelo, mordiendo su labio inferior. Trataba de ocultar la risa sarcástica o los gritos de enojo que la situación le estaba causando. 

—Pero si puedo decirles lo que se —se adelantó Arabella—. Le estaba por decir a Cas sobre el collar. No es lo que alguna vez me han dicho. Recoge, o recogía mi energía mágica. En 1920 quisieron usarme para que Morrigan tomara mi cuerpo, como ella alguna vez planeo. El collar ayudaba al intercambio, a que alguien más pudiera tomarme y potenciar lo que sea.

—¿Siempre lo supiste? —le preguntó Circe. 

—No, me entere hace unos días —respondió Arabella—. Y lo que sucedió en el bosque, no fue un accidente. Fue el mismo proceso que el ritual, pero algo cambio … 

 Circe se acercó a ella, y la vio fijo, tanto que Arabella se hizo hacia atrás por la intensa manera en que lo hacía. Notó como sus ojos, uno azul y el otro verde, se pusieron violetas y brillantes. Era esa mirada llena de rabia por no haber hablado a tiempo, por haberle mentido sobre lo que ocurrido en bosque

—No sabía lo que estaba pasando, lo juro —murmuro—. Llegue acá porque algo me atrajo al momento de tomar una decisión. 

—Si, fue el collar ¿Cierto? —cuestiono. 

—No lo sé —insistió con la voz temblorosa. 

—Cuando te pregunte que te trajo hasta aquí, tu dijiste que vacaciones, calma o lo que sea, pero ya sabias que algo no andaba bien ¿O me equivoco? —continuó preguntando, con un tono de voz amenazante y sereno a la vez. 

 Arabella sabía que lo que le saliera de su boca no le iba ayudar en nada. Si le mentía o le daba razón; que la noche anterior al viaje notó que la piedra verde estaba negra, o que semanas antes de eso, soñó con Morrigan susurrando un lugar muy específico. No cambiaria en nada la reacción de la hechicera. 

—No, no lo sabía —dijo viéndola a los ojos. 

 Circe se hizo hacia atrás y frunció el ceño, Arabella la vio desafiante como pocas veces en la vida se atrevió a hacerlo. 

—Sigue así, Arabella —dijo dándole una sonrisa socarrona—. Mintiéndonos en la cara. 

 Se marchó antes que cualquiera de los dos pudiera detenerla. No tenía idea de que hacer, pero no podía seguir allí con la bruja. 

 Casper se acercó a Arabella, y la hizo girar para que lo viera. Traía los ojos brillantes por las lágrimas, y las comisuras de la boca tiraban hacia abajo con fuerza, temblando como si estuviera congelándose. 

—Lo siento —murmuro. 

 También se fue, sin importarle dejar allí el vestido rosa, o que solo llevaba una remera. Se alejó tan rápido como pudo, y no se detuvo ante el llamado de Casper. No estaba segura de como llego al cuarto que alquilaba, tenía la vista borrosa por las lágrimas, y la respiración descontrolada por los nervios. 

 Nadie la recibió. El cuarto estaba vacío. White, que siempre dormía en el centro de la cama, no había dejado ni la huella de su cuerpo. Cuando quiso ir por ella, abrió la puerta, y del otro lado estaba Casper. Con el rostro enrojecido, la respiración agitada, el cabello desprolijo. 

 Se recompuso, y dio un paso dentro del cuarto

—No puedes huir de nuevo —dijo, y cerró la puerta detrás de él—. Deja de hacerlo 

 Arabella se hizo hacia atrás, y bajo la vista de inmediato. 

—No huyó, trato de resolver esto —murmuro al borde del llanto, una vez más. 

—¿Cómo? ¿Cómo quieres hacerlo? —preguntó Casper.

 Se acercó hasta que Arabella levantó la cabeza para verlo. En aquel silencio que se formó entre los dos, entre sus miradas llenas de dudas, miedos, preguntas, Casper logró entender lo que ella trataba de decirle. 

—No, Arabella —gruño, y la tomó de las mejillas con cuidado—. No me puedes alejar una vez más. Te he dejado ir varias veces, porque me los has pedido, porque más que nadie quería respetar tus decisiones, porque me duela que creas que siempre quiero protegerte, cuando quiero estar a tu lado. 

—Yo, yo provoque esto —logró hablar cierta claridad. 

—No es cierto, no hiciste esto —dijo él, y le dio una sonrisa cargada de pena—. Tu quedaste en el medio, te involucraron. 

—No Casper, Morrigan me lo propuso, y lo acepte. 

—Eras una niña, ¿Qué más podías hacer? —preguntó, y pasó un pulgar por la mejilla húmeda—. Arabella, en aquel momento no fue tu culpa, lo que esté pasando ahora tampoco lo es. 

 Arabella le apartó sus manos, y se estiro para besarlo, aun entre las lágrimas, y el dolor. Porque al final lo que White dijo se estaba haciendo realidad. Porque aun sabiéndolo, no dejaba de dolerle. 

—¿Por qué? ¿Por qué aun sigues creyendo en mí? —preguntó, apartándose de sus labios.  

 Casper abrió un poco más el espacio, sin alejarse de ella del todo de su aliento, o soltar su cintura. No estaba seguro, nunca lo estuvo, o no se preguntaba para tener una respuesta clara. 

—Quizás soy idiota. O estoy maldito, hechizado por ti que hago lo que sea sin pensarlo dos veces —dijo con emoción en la voz—. Quizás es que te amo tanto, que no quiero hagas una locura sola.    

 Arabella trató de reprimir una sonrisa, pero le fue inevitable hacerlo, Casper lo lograba por muy ridículo o sin sentido que se oyera su razón. Con cuidado se quitó el collar, dejándolo a un lado. Agarró la mano de Casper, observó con atención aquella joya que emanaba un leve brillo azul, y la retiró, con delicadeza, como si se tratara del mayor acto de amor hasta ese día.

—¿Estás segura? —preguntó Casper, por lo bajo.

 En respuesta lo besó con la mayor necesidad que podía tener. Saboreó sus labios con premura, se dejó embriagar por el calor de su boca, el movimiento de su lengua, por sus manos sosteniéndole con fuerza las caderas, por la presión de su pelvis contra la suya. Como buscaba que sus cuerpos se fundieran tan rápido.

—Toda mi vida —jadeó en sus labios—. Casper, contigo siempre he estado segura de hacer lo sea.

Cuando Casper abandonó su boca, para seguir con su cuello, besar sus clavículas, deleitarse en su pecho, supo que ya no había vuelta atrás. No quería que se detuviera, deseaba con todas sus fuerzas, con cada parte de su cuerpo, que Casper calamara la necesidad que tenía por él. Por su piel, por su cuerpo, por el calor que tanto anhelaba. 

—Con toda mi vida —repitió Arabella, y se apartó. 

 Se quitó la remera, y dejó expuesta su piel, y su lado más vulnerable. Casper quiso rendirse de inmediato ante su cuerpo desnudo, y rezarle todas las oraciones que tenía guardadas desde la noche en que se marchó bajo la lluvia. 

 La besó con la misma voracidad con la que la deseaba desde la noche anterior, y el momento en que sus miradas se volvieron a encontrar. La tumbó en la cama, con la misma delicadez que trataría una obra de arte, y arrancó a besar desde sus labios, hasta que la necesidad lo obligó a ir por más. 

  Arabella se estremeció cuando sus labios al fin se desataron sin límites por su cuerpo, desde los pechos, hasta el ombligo. El nombre de Casper brotaba como el agua de su boca, cuando cada parte centímetro de su pie, cada lunar y pequeña marca, era acaricida por su aliento, por su lengua. Siendo Mordida como en los viejos tiempos, segura que nada ni nadie sería capaz de marcarla como él lo hacía.

Casper la besó con hambre, haciendo suyo su aliento cálido. La recorrió con las yemas de sus dedos, la acaricio como ella se lo imploraba, desde el cuello hasta la zona más oculta entre sus piernas fervientes. Rogó por más como si fuera un siervo a la espera de nuevas instrucciones, como si fuera el más fiel creyente, y ella una diosa de melena dorada capaz de hacer realidad sus más profundos pensamientos. 

 Arabella enredó las piernas en la cintura angosta de Casper, y le clavó las uñas en la espalda, deleitándose con sus gemidos, agitándose bajo sus palpitaciones. Fue brutal, casi agónico cuando creyó que pronto caería rendida a sus pies, sobre su pecho, entre los latidos de su corazón desesperado.

 No hubo palabras de por medio, solo sus respiraciones agitadas, sus miradas indicativas, sus bocas sedientas de más, sus mentes entrelazadas, al igual que sus almas cansadas. 

 Sus cuerpos se electrificaron, y sus vellos se erizaron, ante la estática de la magia.

De sus bocas extasiadas brotaron sus nombres, como si solo ellos fueran los únicos capaces de decirlo de esa manera. Tan caliente, húmedo, doloroso, como un ruego atrevido. Pecaminoso.

Sus miradas deseosas, lujuriosas, agotadas, cristalinas por las lágrimas, se tiñeron con el color de la magia que brotaba de sus poros. 


La habitación se llenó de luz púrpura, azul y rosa mezclado. La magia de ambos en una sola. El cuerpo de ambos en un solo movimiento, en un solo estado, en un solo deseo.

La cama se transformó el refugio que, por años, en la más pesada y fría soledad, fue la herramienta que los ayudo a escapar de realidad.

Se perdieron en ellos, y en un recuerdo hecho realidad. Se rindieron ante el placer de pertenecerse. De ser tan poderosos como débiles, el uno frente al otro. Con las máscaras caídas, y los cuerpos fuera de sí, en un estado mágico que pocas veces lograban alcanzar. 

Casper ocupó un lugar en su pecho, y Arabella sonrió cuando sus manos se tomaron como el gesto más dulce del momento. Porque al final, entre las garras de pertenecerse, y las mordidas a puntos de devorarse, la dulzura era parte de ellos. Con miradas cómplices, sonrisas agotadas, el murmullo como una sonata que buscaba atraer la calma.

No, no estaban perdidos, se encontraron después de tantos años a la deriva.

—Te he extrañado todo este tiempo —murmuro Arabella, enredando la mano libre en sus cabellos negros.

 Sonrió al sentir un suave beso en uno de sus senos, donde bajo este palpitaba un corazón agotado. Tan infantil y dulce a la vez.

—Te he extrañado todo este tiempo —repitió Casper con suavidad. 

 Hubo un silencio cautivador, Arabella esperaba pronto caer rendida ante el agotamiento del cuerpo, sin embargo, la risa surgió a la par en que los dedos de Casper caminaban por su piel cansada. No había notado que, hasta ese momento, no ocupaba un lugar en su pecho, sino por debajo de su ombligo.  

—¿Qué haces? —preguntó Arabella, tratando de contener la risa.

—Exploro un poco —respondió Casper—. Solo quiero ver que no haya hecho algo de lo que me pueda arrepentir más tarde si lo vuelvo a ver. 

—Oh, ¿Buscas efectos colaterales? —pregunto, y se apoyó sobre los codos—. No te preocupes, estoy bien.  

 Él sonrió, y deposito un beso en su bajo vientre, y fue besándola hasta continuar bajando. Arabella se tiró sobre el colchón, creyendo que en cualquier momento perdería la cabeza, ante el nuevo calor que nacía.

—Cas, ¿Me quieres matas? —hablo con la voz trabada. 

—Solo trato de ser gentil —respondió Casper. 

Arabella lanzó un gemido, y se arqueó ante su muestra de gentileza. No hacía más que besarla, y rozar una zona que pronto la haría estallar en llamas, sin demasiado esfuerzo. 

—Casper, tu gentileza me abruma —exclamo agobiada. 

—Lo siento, ma’am —dijo Casper—, mi lengua impertinente. 

—Si, tu lengua impertinente —jadeo Arabella.  

 Suspiró agotada cuando los besos ascendieron, y una vez más Casper volvía sobre sus pasos, hasta quedar sobre los pechos, y un corazón agitado. Una vez más sus manos se encontraron, y la calma de sus cuerpos termino por hacerlos caer en el sueño. 

 En la oscuridad de sus sueños, oyó a lo lejos, pero con claridad, el llanto de un bebe. Era la primera vez que un elemento tan desgarrador como ese se hacía presente allí dentro. Siguiendo el sonido, caminó en su dirección sobre el frio suelo, percatándose de que estaba descalza. Traía un vestido rosa muy pálido, largo hasta por debajo de las rodillas, y de tirantes finos. Era lo único que brillaba, rodeada de un aura blanquecina, casi espiritual.

 Se topó con un muro, una puerta gruesa, y del otro lado llegaba el llanto que perseguía, ahora acompañada con una voz, una mujer, una que no conocía, al menos, no escuchó en su vida. 

 Con desconocimiento, o cierta certeza de algo, con temor, y algo de valor por ver lo que se escondía del otro lado, abrió la puerta, abrió los ojos. La mirada fija al techo, las lágrimas cayendo sin haberlo notado, la piel ardida por los escalofríos. Espantada, buscaba tranquilizar su respiración, casi en vano. Hasta que Casper habló. 

—Solo fue un mal sueño —susurro, y Arabella sintió una leve presión en la mano—. Aquí estas bien. 

 Mentira, pensó. No estaba bien, al menos no fuera de esa habitación. Arabella buscó armonizar la respiración, y cuando logró cerrar los ojos una vez más, medito unos segundos. 

—Háblame de algo, cuéntame un secreto —pidió, y giró la cabeza para verlo—. No algo básico, sobre tu banda de los noventas, o que estudiaste a finales de 1800. Dime algo que no sepa. 

—¿Cómo sabes lo de la banda? —preguntó Casper, intrigado. 

—Tengo mis fuentes —respondió Arabella, y le sonrió—. Ahora, dime algo que no sepa.

 Casper le soltó la mano, y se sentó. Hizo memoria, no tuvo que irse muy lejos, ni explorar un pasado lejano. Bajó la vista, y Arabella lo observaba atenta. Por un lado, sabía que decirle eso sería un error, por el otro, tampoco se lo podía ocultar por más tiempo. 

—Bien, pero debes guardar silencio hasta el final —le pidió, y sonrió—, porque quiero hablarte de mi hija. 

 Arabella se sentó de golpe. Los ojos abiertos como una lechuza, y la boca en forma de O, demostraba el impacto de la confesión en ella. La palabra hija se hizo eco, sin perderse en la mente. Intrigada y asustada, no tenía más palabras que describieran como se sentía en ese momento. 

—Antes de decir algo, escucha esto —dijo Casper. 

“Conocí a la mamá en los noventas, y nos hicimos muy buenos amigos. Era tan fácil tratar con Blanca. Era la clase de joven que no tenía miedo a ir de frente a abrir las puertas si estas no lo hacían por ella. No pasaba desapercibida, aunque su belleza fuera clásica, quien la viera se enamoraría de ella al instante. Tenía una sonrisa encantadora, una mirada brillante que siempre buscaba la respuesta de todo, y su voz era angelical, capaz de calmar y convencer a cualquier bestia.

 Fue así que conoció al novio, que lo único bueno que tenía era a Blanca por completo agradecida de tenerlo a él. Nunca me cayó bien, pero si ella aceptaba mis amoríos, yo podría aceptar a su prometido.  

 Hasta que la dejó, la abandonó cuando supo que esperaba un bebe. Hizo lo que nadie sería capaz de hacer, le partió el corazón. Por suerte en pedazos que se me hicieron fáciles volver a unir. Ella continúo siendo ella, aun en la peor tempestad. Mantenía la sonrisa, aunque cansada, al igual que su mirada brillante, casi a punto de apagarse, y su voz. No decía nada, la garganta la tenía bloqueada por el dolor, aun así, abría la boca, y dejaba escapar la palabra necesaria, dulce y angelical.  

 Nunca le dije nada, y siempre tomé su mano, hasta el primer día de Olivia Julia, y el ultimo de Blanca Mercedes”.

—Ella falleció a los meses del nacimiento, fue un embarazo complicado —contó, y bajo la mirada—. Y dejó, escrito y a viva voz, que la cuidara yo. Lo acepté, porque Olivia fue la primera persona que amé desde antes de verla. 

 Escucharlo hizo que aquello que sintió en un momento se disipara, y se regañaba a sí misma por la posición en que se puso. Le tomó la mano, y notó un tatuaje de un pequeño insecto. 

—Si, eso fue por ella. Nadie entiende como, es capaz de hacer magia. Puede, más bien, suele tener visiones, que suelen ser pesadillas —dijo Casper—. Olivia tiende a brillar cuando algo la altera. A Circe no le gustaba que de niña le llamara luciérnaga, pero Livi pareció adorarlo. 

—Debe ser una joven encantadora —dijo Arabella—. Gracias por hablarme de ella. 

—Bien, ahora dime algo tu —dijo con emoción en su voz—. También quiero reprimir mis ganas de preguntar “¿Por qué no me lo dijiste antes?”

—No es cierto —exclamo eufórica—. Bien, bien. Si así lo quieres, Galaga me pidió matrimonio a principio del siglo pasado. 

 Casper se ahogó de repente, y comenzó a toser. Cuando al fin se pudo controlar, se sostuvo el pecho, y dio una sonrisa difícil de leer. 

—Le dije, que no eras tú, lo rechacé y desde ese día te odia —continúo dando una sonrisa—. Si alguna vez fui tan tonta como para decirte que no, entonces también fui inteligente para decirle que no a él. 

 El pelinegro rio, y se acostó sobre ella, para besarla, y quitarle risas de por medio. Cuando hubo silencio, y él no pretendía salir de encima, se quedaron allí, viéndose a los ojos, sonriendo, dejando de lado las pesadillas, lo que no se dijeron antes de ese día, y el futuro poco claro. 

—Te amo Casper, te amo mucho —dijo, como si le estuviera confesando un secreto. 

 Lo tomó de las mejillas, y lo besó con suavidad, con esa ternura que prefería ciento de veces tras haber abierto el corazón, un poco más. En unos segundos, el mago cayó derrotado a un costado, y ella se quedó viendo el techo una vez más. 

—Por eso no puedo dejar que vengas conmigo —murmuro.  

V

Con todo el tiempo.

 No tenía apuró para ir en busca de su destino final. Se quedó por unos minutos sentada al borde de la cama, mientras oía la suave respiración de Casper. Llevó la vista a él, y sonrió con pena. Estaba decidida, no lo quería involucrar, ni tampoco que alguien más lo hiciera, por eso se tomaba el tiempo de apreciarlo una ultimas vez. 

 Con cuidado de que nadie más la viera, salió de la habitación para ir hasta el baño. Se duchó, disfrutando del agua resbalando sobre su piel, de los nítidos recuerdos, y el refrescante aroma del champo. Sería su última vez en aquel ritual que buscaba calmar hasta su fibra más retorcida. 

 Otra vez en el cuarto, buscó que ponerse. No sé detuvo tanto en aquello, aunque la idea de terminar con estilo no se le hacía desagradable. Un vestido rosa, unas zapatillas blancas, y el cabello rubio suelto, eran suficiente para demostrar que estaba lista para lo que sea.

 A punto de irse, miró sobre su hombro, y una vez más, reparó en Casper. En suave manera en que respiraba, y como su pecho daba movimientos apenas visibles. Su mirada cerrada, sin tensiones, más que el rápido movimientos de sus ojos. Y la pequeña curvatura de sus labios. Esa mueca, llena de paz.

—Espero que sepas —murmuro y se acercó. 

 Se inclinó sobre él, tomándose el cabello para evitar que lo tocara, y apenas rozó sus labios con los suyos. 

—Que deseo que el mundo siga en paz para ti —susurró. 

 Ahora sí, se marchó sin volver a ver atrás.  

  Antes de salir a la calle, durmió al hospedaje completo. No quería a más personas involucradas, mucho menos no mágicos que podían ser simples víctimas de Morrigan. Aquello le tomó un poco más de energía que un simple truco disfrazado de beso. Era tener que repartir el hechizo para un edificio completo, cuando hacía mucho tiempo que no llevaba a cabo un truco tan grande.  

—Debo decirle a Baba que haga algo para proteger a la gente del lugar —murmuro Arabella de camino a la biblioteca. 

 Durante ese trayecto, no se tomó el tiempo para ver el paisaje. No quería seguir encariñándose con aquel lugar libre de los ruidos de los autos, y con el cielo despejado la mayoría de las mañanas. No quería hacerse a la idea, de que La Cumbre de Lordwick era ideal para vivir el resto de sus días, amar con intensidad, soñar hasta dormirse, y llevarse a la cama, todas las noches, algo de paz en brazos de Casper. 

 Cuando menos se dio cuenta, estaba frente a la biblioteca.  

 Baba la esperaba, con White a un lado. La gata blanca no se veía muy convencida de nada. Su deber siempre fue evitar que Arabella hiciera tonterías, o aconsejarla para que tomara otro camino. Sin embargo, la felina se percibía diferente a otros familiares de mágicos, que dejaba que la rubia hiciera lo que fuera. 

“Siempre hay consecuencias”. 

 Era la frase que usaba, cuando Arabella le salía con alguna tontería, y como la amaba tanto como le era leal, nunca dejo su lado. La acompañaba, y aunque al final terminaba tan mal como predicó, con la bruja desarmada, desalineada, desdibujada, pero viva, era lo que le importaba. 

 Arabella la vio, y supo que de tanto romperse la cabeza contra el suelo, el muro, o bajo el agua, llegó hasta los límites de la felina.  

—Qué raro tu del otro lado —dijo Arabella. 

—Siempre hay una primera vez para decirte que la consecuencia final es la muerte, y la puedes evitar —dijo White. 

—Baba, dime ¿Cómo finalizamos esto? —pregunto Arabella, ignorando al familiar—. Debe haber una forma, ¿Cierto?

—La hay, la hay —dijo la bibliotecaria—. Siempre hay una forma. Aunque, coincido con Arwen, su consecuencia no es algo de lo que te puedas librar. 

—Suenas a esa estúpida rusa —dijo graciosa—. No importa, esto es algo que debo hacer. Dime, y nos pongamos en marcha. 

 Baba se hizo a un lado, y la invitó a pasar a la biblioteca. 

—Vamos, antes debo enseñarte paso a paso cómo funciona la magia —dijo Baba, con cierta burla en voz. 

 Iba por la acera, con la gata al lado. Estaba analizando en silencio lo que Baba le dijo. Era algo sencillo de hacer, o al menos trataba de verlo de esa manera. Convencerse de que así era, para evitar que le doliera si se detenía pensarlo lo suficiente. 

 No, de ninguna forma quería pensarlo mucho. Ni analizarlo, o meditarlo. Quería que tan solo fuera un salto al vacío.  

—Creo que podemos buscar otra alternativa —dijo White—. Vamos por Marlon, él debe conocer otra manera. Se que la hay, soy muy vieja, y sé que hay otras salidas.

 Arabella se detuvo, y alzó a la gata. La vio a sus grandes ojos verdes, llenos de brillo, a punto de desbordar en lágrimas. Era la primera vez que la veía tan vulnerable. Desde la oscura y lluviosa noche en que se conocieron, pasaron por muchos acontecimientos, y este era uno de esos que les hacía doler demasiado, a las dos por igual.

 Era separarse para siempre.  

—Bien, lo sé, no la hay —dijo la gata, gimoteando—. Mi lealtad está contigo, aunque seas una odiosa incurable, abandónica y teñiste tu cabello de ese espantoso rubio en los ochenta, no podría dejar tu lado nunca. Hicimos nuestra promesa. 

—Veneno y sangre, hasta el final de los tiempos, White —dijo Arabella, dando una sonrisa temblorosa. 

—Veneno y sangre, hasta el final de los tiempos, brujita —repitió White.

—Promete algo —dijo antes de dejarla en el suelo. 

 White la miró con atención, y no tuvo que leer sus pensamientos para saber lo que saldría de su boca, de su corazón. 

—Lo hare —dijo—. Los cuidare, no importa nada. Estaré a su lado.   

 Arabella asintió, y continuaron el camino. Llegaron al inicio del bosque, donde los árboles se alzaban delgados hacia el cielo, con las copas repletas de verde brillante bajo los suaves rayos del sol. Sintió un leve cosquilleo en el pecho, uno que antes lo percibió cuando estaba más adentro, y la oscuridad le hacía poner los nervios de punta. 

—Arabella —Tamy la llamó. 

 Volteó en seguida, y se topó con su mirada azul envuelta en un aura fucsia que solo le indicaba lo enojada que aún seguía estando. 

—¿Qué haces? —pregunto Arabella. 

—Te acompaño, y no me puedes decir que no —dijo, y se paró a su lado—. Nada me detendrá, ni tu voz de mala, ni la mirada teñida de rosa. 

—Es algo que debo hacer sola —se quejó Arabella. 

—¿Recuerdas cómo llegar a la fuente de agua? —sonrió victoriosa frente al silencio—. Vamos, no querrás perderte. 

 Tamy comenzó a caminar, y Arabella la siguió, quejándose en silencio. 

 Alguien llamó a la puerta, dando fuerte golpes, que lo sacaron del sueño de un susto. Se reincorporo, vio a su alrededor. Le dolía la cabeza, como su hubiese tomado toda la noche. Además, sentía un suave cosquilleo sobre sus labios, y la nariz impregnada con suave y dulce aroma. 

—Casper —llamaron del otro lado.

 Con pesades, arrastrando los pies, y tratando de enfocar mejor la vista, salió de la cama, llevándose con él las sábanas, cubriendo de la cadera hacia el suelo. Abrió, y del otro lado se encontró con Circe, pálida, y ojerosa. 

—¿Qué te pasó? —le preguntó. 

—¿No lo notas? —pregunto enojada—. Nos hechizaron, tonto. 

—¿Qué? —insistió en saber. 

—Vamos Cas, despierta —exclamo Circe—. Arabella durmió a todo el hospedaje. 

 Abrió los ojos con espanto, y se cerró la puerta. Se apuró en vestirse, y volver a salir. 

—Creo que —se frenó, ante la falta de palabras—. Podemos detenerla.

 Comenzó a caminar, pasando apurado al lado de su hermana, si detenerse ante su llamado. 

 Circe lo alcanzó, y lo agarró del brazo para frenarlo. Cuando le vio la cara, sus ojos estaban cristalinos por las lágrimas. Arabella se preguntaba cómo es que él la seguía amando, y Circe también trataba de entenderlo. Por un tiempo lo creyó hechizado por los encantos de la bruja rosa, sin embargo, corroboró que su sentimiento era puro, lejos de estar manchado con magia. 

—Si, si, podemos detenerla —afirmó Circe, aunque lo dudaba.

 No le creyó, ella tampoco lo creía tan posible. Mucho menos si no entendía a lo que se estaba enfrentando. Que Marlon les haya hecho algo en sus mentes jóvenes, le hacía enfurecer, pues no podía enfocarse en esos días de su vida sin ver todo oscuro, como si hubiera sido arrancando del calendario, de raíz de sus cabezas. 

 Junto con los familiares, y sin perder más tiempo tratando de recordar algo, corrieron al bosque. En la entrada, detenidos para tomar algo de a aire, y secar el sudor producto de un día caluroso, sintieron la pesades de la magia. No era verde, ni verde oscuro, no se relacionaba en nada con la diosa Natura, o sus ninfas que iban repartiendo color a los espacios abiertos.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunto Casper. 

 Se dio cuenta que había mucho silencio, a excepción del silbido lejano de algunas aves. Circe paso a su lado, caminado como si flotara sobre el suelo. 

—¿Hermana? 

 Ella no se detuvo, y lento se fue alejando. Casper la alcanza, y la hizo girar. Se encontró con su mirada teñida de violeta, perdida, y llena de lágrimas negras que caían espesas hasta tocar el suelo. Y donde estas tocaban, brotaban pequeñas raíces color negro, de un olor fétido. 

—Circe —exclamo, y la agitó—. Despierta. 

 Hasta donde recordaba era la primera vez que la veía así, sin embargo, tenía presente que su tipo de magia, aquella relacionada a la muerte, la que nunca quiso que viera la luz del día, podía desatarse con el estímulo mágico indicado. Viendo como a su alrededor se volvía un escenario espeluznante, lleno de zombis y olor putrefacto, comenzaba a creer que ese estimulo iba más allá de una simple esencia mágica.    

—Vamos hermana, no es hora de levantar los muertos —insistió agitando con más rudeza su cuerpo. 

 A punto de darle una cacheta, los ojos de la hechicera volvieron a ser del color de siempre. Verde y azul, brillantes como el pasto en la madrugada, y el cielo que se refleja en el agua. 

 Asustado, por casi golpearla y verla hacer algo desconocido, Casper la abrazó con fuerza. Circe no entendió lo que estaba sucediendo, y le correspondió el gesto cargado con terror. 

—Cir, no creo que te debas meter aquí —murmuro Casper. 

—¿Qué sucedió? —preguntó Circe, con un deje de miedo.

—No lo sé, hermana, pero se trata de tu magia —respondió y se apartó. 

—¿Qué? ¿Cuál magia? —pregunto casi aturdida.

—No lo sé, nunca te había visto con lágrimas negras, levantando raíces muertas del suelo —explico Casper—. Puede que la magia del bosque te influya. 

 Ella rio sin entender de que hablaba, y un fuerte dolor de cabeza, la hizo alejarse de Casper. Él se acercó a ayudarla, y otra vez vio sus ojos violetas, pero a ella la notó lucida. 

—No, no puedo dejarla atrás —carraspeo Circe—. Iré, y la traeré de los cabellos para regañarla.  

 Casper sonrió al oírla, y la tomó de la mano para adentrarse juntos al bosque. En el interior, a unos metros, la magia se hacía más oscura, impidiendo el paso del sol por sobre las copas altas. Aun así, y con algunos ruidos de pisadas que no era de ellos, el sitio se mantenía tranquilo. Las sombras que se formaban era gracias a los agujeros que aún se mantenía descubiertos y dejaban pasar la claridad del cielo despejado.  

 Hasta que una explosión purpura, los hizo detenerse. Espantados vieron hacia la nube brillante que se expandía a la lejanía, y el grito de unas mujeres terminó por arrebatarles la tranquilidad.   

—Son las chicas —dijeron al unisonó, y corrieron en esa dirección. 

 Hicieron unos metros, los gritos de batalla se iban intensificando, al igual que la magia del lugar. De entre los árboles, tomándolos por sorpresa, una sombra robusta se abalanzo sobre ellos. Casper logró esquivarlas, pero Circe no. La pelirroja rodó lejos de su hermano, quedando bajo un de las tantas masas oscuras.  

 La hechicera vio la lengua que brotaba de la única cavidad de aquel ser. El olor podrido, a muerte, se impregno en su recta nariz cubierta de pecas. La frunció, tratando de que las arcadas no fueran evidentes. Concentró energía en la mano, y tomando algo, lo que sea que estuviera a su alcance, lo golpeó con fuerza. 

 Aquel ser amorfo cayó a un lado, expidiendo aire de su interior.

—Maldito bicho —exclamó Circe, en un perfecto español. 

 Se sentó, y miró a su alrededor. Casper estaba del otro lado, forcejeando con otros cuerpos oscuros, y el que derribó, se volvía a poner de pie. No tenía idea de que hacer, nunca luchó contra nadie, y junto con Baltimore, no se molestó en pedirle que le enseñara como defenderse. Su mundo comenzaba y terminaba en una herbolaria, en el vivero que tenían juntos, en el hospedaje para gente común y corriente, en su pequeña hija. Era el brujo quien siguió inserto en el mundo de la magia, cuando ella se encargaba de hacer florecer las plantas, o preparaba algún mejunje.   

—¿Qué hago aquí? Este no es mi lugar —musitó, y vio sus manos manchadas. 

 El grito de Casper, la alertó, y pronto dejó caer las lágrimas negras, dejando que tocaran el suelo. Le hacía dolor la cabeza ver aquello, y le daba claridad de algún momento borroso de su vida.  

—¿Qué? —pregunto, y se agachó. 

 Tomó la raíz que brotó de suelo. Esta se enredó en su brazo, y se ilumino de violeta. Era como en su jardín. 

—Pero carece de vida —murmuro. 

 Se hincó sobre el suelo oscuro y húmedo, pasó las manos sobre la superficie fría, y lento las fue hundiendo, hasta que no hizo más que sentir las piedras bajo la piel. Con un pensamiento doloroso, sus ojos se llenaron de lágrimas negras. 

 El suelo brilló con una luz violeta, y tembló. Las raíces negras brotaron como una planta llena de vida, pese a que estas carecían por completo de esta. 

—Cas, Casper —exclamo. 

 El pelinegro tiró una sombra, y vio en dirección de la pelirroja. 

—Ve por ella —ordenó Circe cuando sintió la vista de él—. Corre. 

VI 

Una decisión tomada. 

 Los primeros metros, Arabella no parecía estar incomoda frente al silencio de su amiga, si es que ella aun la seguía considerando así. Hasta que no aguató más solo oír las pisadas. Sentía que los pensamientos, de ella y de Tamy, eran muy ruidosos en comparación con lo que pasaba fuera de sus cabezas. 

 Tragó aire, y lo largó con suavidad para decir lo primero que se le cruzó por la mente, y así mitigar esa incómoda sensación.  

 —Me acosté con Casper, y luego dormí a todo el hospedaje —habló Arabella—. Quizás eso ultimo ayude a que olviden el caos que armamos en el cuarto. 

Tamy la vio, y de inmediato puso cara de disgusto. 

—No quiero saber lo que hacen —dijo—. Ya los he oído antes, y es escalofriante. 

 Arabella rio por eso, y otra vez guardó silencio. 

—Fui una tonta —dijo Arabella—. Bueno, un poco más de lo que he sido antes. No debí hacerte a un lado. 

—Eres una tonta —dijo Tamy—, mucho más de lo que fuiste antes. 

—¿Vas a repetir lo que yo, o dirás algo como “te perdono por serlo, así eres tú”? —indagó Arabella. 

 Tamy la detuvo, y la rubia la vio fijo. La mirada azul de su amiga brilló de manera en que supo que no iba a decir nada de lo que esperaba. Lo había dicho tantas veces en la época en que fueron compañeras, que estaba segura de que no quería volver a repetirla. Odiaba tener que conocerla tanto, que un simple silencio le ofrecía un repertorio de argumentos de porque si era una tonta, y que ser así no era una excusa de nada. 

—¿Sabes que me molesta de que tu creas que no tienes arreglo? —pregunto Tamy—. Que no te lo crees, y aun así no haces nada para cambiarlo. Te es cómodo quedarse como la chica mala, la que debe hacer todo sola. 

—Vamos Tamara, es una broma —dijo Arabella, algo insegura. 

 Porque sabía que no lo era, y esperaba que le dijera que la perdonaba por ser como era.

—Eres egoísta, creyendo que nos debes salvar —continuo Tamy, y siguió caminando—. Entonces no, no te perdono. Y cuando mueras, dejes de existir por completo le diré a quien pregunte por ti, que eras una tonta egoísta que dio la vida por los que ama. 

—No, no entiendo —murmuro Arabella—. Los metí en esto, ya no queda nada para mí, y sé que, si lo hago, quedara todo para ustedes. Me conformo con eso, estoy cómoda. 

—Me alegro, porque al final siempre buscas lo que es cómodo para ti —dijo, y le dio una sonrisa sin mostrar los dientes. 

 Cuando se dieron cuenta, estaban muy adentro en el bosque. Donde la luz del sol apenas pasaba por sobre las altas copas de los árboles, y el ambiente estaba más fresco. Una vez más se detuvieron, y sintieron a su alrededor una extraña presencia. Pisadas que no les pertenecía, que indicaban que eran muchos más que ellas.  

 White saltó al frente, y observó más allá de la oscuridad que crecía sobre ellas. 

—Son ellas —murmuro. 

—¿Qué? —pregunto Arabella en el mismo volumen de voz.

—Las sombras sin cuerpo. 

 Terminó de hablar, y algo se enlazó a sus patas delanteras, arrastrándola lejos de las brujas. Arabella corrió detrás de ella, iluminando el camino con una luz rosa, hasta que chocó contra aquello que alejó a la gata. Cayó de bruces al suelo, lanzando un quejido producto del fuerte golpe. 

 Para ser una sombra sin cuerpo era bastante tangible, y oloroso. La tenue luz rosa llegaba a rozar sobre las protuberancias. Arabella tuvo la necesidad de huir, alejarse del olor, y el ardor que le ocasionaba en los ojos al estar tan cerca de esa masa sin forma. Pero ver a White luchar para zafarse del agarre despertó algo en ella. 

 No quería huir, quería combatir, recuperar lo que le arrebataron. Como si una energía bélica corriera por sus venas, formó un arco con flechas brillantes de color rosa. No uno suave como las flores, o gracioso como el chicle. Era un rosa furioso, metálico, flameante. Uno que se reflejaba en su mirada enojada, y ardía con las lágrimas que caían.  

 Se puso de pie sin perder la elegancia que dejó al entrar al bosque, y tensó la cuerda del arma mágica, con tal velocidad, que ni White o la criatura oscura vieron cuando lanzó la flecha, produciendo el sonido de un objeto delgado cortando el aire. Esta se incrusto en el centro del cuerpo, siendo atravesado e iluminado hasta hacerlo desaparecer. 

 Cuando la flecha se rompió en el aire, Arabella se vio cubierta por una luz rosa. La magia de aquella sombra se metió bajo su piel, provocándole un leve escalofrío. Había olvidado la sensación de tomar la magia ajena, como esta se apoderaba de sus facultades por unos segundos hasta ser parte de ella. 

 Dio un soplido de cansancio, buscó a su familiar. 

—White —llamo a la gata—. White. 

 La luz se disipó, y otra vez todo se tornó oscuro, impidiéndole ver el panorama. No lo iba a negar, la visión era de sus mejores sentidos. La noche le daba miedo, porque no percibía con claridad el mundo. Sus mordaces ataques dependían mucho no solo de la concentración, sino también de la vista. Desde que hizo el primer servicio como una bruja cazarrecompensas, alardeaba tener una puntería mucho mejor que el clásico Robin Hood, o cualquier otro hombre. Nadie estaba a su altura, salvo que el trabajo sea de noche. 

 El sonido de unos pasos irrumpió el silencio, y temió que fuera otra vez aquella cosa extraña. 

—Tranquila brujita, soy yo —ronroneó White. 

 Arabella ilumino el caminó, y se encontró con la felina delante de ella. La luz rosa rebotaba contra la mirada verde, y el pelaje blanco lleno de manchas que se iban disipando como un vapor, negro y espeso.  

 Se agachó, y la tomó en los brazos. 

—¿Te encuentras bien? —le preguntó en un susurro. 

 Los gritos de Tamy no le dejaron contestar. Ambas salieron corriendo a encontrarse con la otra bruja, que hacía todo lo que estaba a su alcance con unos látigos violetas brillantes y electrificados, que parecían ser alargues de sus delgados dedos. 

 Los rayos y las flechas iban, pero las sombras sin cuerpos parecían duplicarse con las descargas mágicas. Las brujas tampoco estaban seguras de si les estaban ocasionando algún daño, o si sus artefactos mágicos tenían efectos sobre ellos, además de estar drenando sus propias energías. 

—Maldición, cada vez son más —observo Tamy. 

 Ambas se juntaron por las espaldas, viendo como las sombras, parecían unirse en una sola, rodeándolas, encerrándolas en el centro. 

—White, ¿Tú sabes cómo salir de esta? —pregunto Arabella. 

 La gata saltó a su hombro, y vio lo mismo que ellas. 

—No, escape de ellos porque se detuvieron —respondió. 

—Genial, al parecer también piensan —dijo Arabella—. Si esto está relacionado a Morrigan, creo que hay algo que podemos hacer. 

 Tamy se puso a su lado, y Arabella sintió su mirada azul preocupada. 

—Hay que hacer luz —continuo. 

—Ninguna hace eso —murmuro Tamy. 

—Lo sé, pero podemos hacer lo más cercano a la luz ¿No crees?

—¿Tú hablas de fuego mágico? Es, es peligroso —murmuro Tamy—. Podríamos quemar todo. 

—Bueno, esa es la idea —dijo Arabella—. No puedo pensar en una mejor, antes de ser devorada por esta monstruosidad. 

—Bien, hagamos lo que tu digas —murmuro—. Odio hacer lo que tú dices.

—Debo recordarte que no siempre fue así —dijo con cierta gracias Arabella. 

—Ay, ya cierra la boca, y terminemos con esto.

 Arabella se puso frente a ella, y la tomó de la mano, entrelazando sus dedos. Le dio una sonrisa, que Tamy leyó intranquila. Dio un soplido, y con la mano libre, se abrazó a su cintura, cruzando con el brazo de la rubia, y ambas alzaron las manos sujetas al frente. 

—Te conviene salir viva de esta, porque me vas a deber una manicura —murmuro Tamy. 

 En simultaneo contaron hasta tres, sus manos comenzaron a brillar, luces rosas y violetas se iban apoderando del lugar. 

—Ignis papiliones —murmuraron las dos. 

 Pronto comenzaron a sentir el calor entre sus cuerpos, y como la luz que brotaba de sus manos se hacía cada vez más intensa, expidiendo partículas aún más brillantes, que caían pesadas al suelo. Se unieron, formando un círculo bajo sus pies, e iluminándolas aún más.    

—¡Ignis papiliones! —cantaron al unisonó, casi como si fuera un grito de guerra. 

 El calor escapó de sus cuerpos, y el brillo de un fuego intenso las obligó a cerrar los ojos. Quizás una de las dos no dijo el hechizo como debía, o pensaba en algo más que algunas mariposas cubiertas de fuego azul, pues una onda expansiva, las empujó lejos de circulo mágico. 

 Arabella alcanzó a abrir los ojos, para ver la explosión de colores y brillos, y como está iba consumiendo cada rincón oscuro del bosque, cubriendo cada árbol sumido en las tinieblas con una especie de purpurina titilante. Estaba sorprendida por haber logrado modificar algo tan lindo y etéreo, para que fuera mortal y extravagante.  

 Sin embargo, la gran cantidad de energía mágica utilizada, no solo con el hechizo, sino con sus flechas, comenzaba a hacerle efecto dentro suyo. Era tomar y dar al mismo tiempo, confundiendo el flujo, y provocando mareos. La piedra del collar se tornó pesada, y la visión de la bruja, se fue haciendo más borrosa. 

 Terminó acostada en el suelo, con la presión sobre el pecho, y el corazón latiendo muy rápido. Tenía la mirada clavada en una pequeña porción del cielo celeste, la única que no era cubierta por la neblina brillante o las sombras artificiales. Trataba de encontrar la manera adecuada de respirar, y llevar la mente lejos de la sensación de estar rompiéndose bajo la piel. 

 Por un momento viajó al pasado, en esa mesada de piedra fría. Viendo la luna, mientras esperaba que un puñal mágico cayera sobre su corazón. Las lágrimas comenzaron a correr caliente. Ardiéndole la cicatriz bajo el ojo, y oyendo el ruido de sus grietas internas desquebrajarse aún más. Generando nuevas fisuras que dejaban escapar su magia descontrolada. 

—Arabella —escuchó que alguien la llamaba. Era lejana la voz, tan intranquila. 

 Otra vez repitieron su nombre, como un eco que cada vez se hacía más cercano y desesperado. 

—Arabella —llamó Casper—. Vamos Bella, reacciona. 

 Sintió las manos de Casper tomándola de los hombros, y como la ayudaba a sentarse en el lugar. Parpadeó un par de veces, y otra vez vio con claridad. El corazón se tranquilizó ante su tacto, y no pudo disimular la sonrisa que se le dibujaba al tenerlo allí. 

—Estoy bien —logró decir—. No ha pasado nada.

—¿Estás segura? —pregunto Casper. 

 No lo estaba. Para nada. Con suerte, y sin explicación, aún seguía consciente, aunque por un momento de verdad creyó que había llegado hasta su límite. Hasta el fin, sin haber cumplido su cometido.

—Si —se limitó a decirle con una sonrisa.   

 Notó a Tamy a un lado, con la mirada cargada de preocupación. 

—Ahora voy a poder pagar tu manicura —dijo, y le sonrió—. ¿Sabes que ocurrió?

—No, o si —respondió nerviosa Tamy—. Solo quería acabar con esa monstruosidad, no matarnos en el intento. 

—Bueno, también pensé lo mismo —dijo Arabella—. Creo que lo hemos potenciado. 

 Casper la ayudó a ponerse de pie, y Arabella se aseguró de que las manchas en sus manos sean solo producto de la explosión mágica. 

—Yo iré por Circe —avisó Tamy. 

 Antes de irse, se acercó a Arabella. La tomó de las manos, y guardó silencio por un momento. Se podía oír su respiración intranquila, y como quería decir algo. Las fosas de la nariz se abrían y cerraban por el aire, y la manera en que deseaba que las lágrimas no cayeran, y arruinaran la fachada de chica dura, era evidente. 

—Si eres una tonta —habló, suave—, por seguir pensando que mereces esto. 

 Arabella la quiso abrazar, y Tamara se alejó de ella. Se marchó por donde Casper llegó. Buscó a su familiar con la vista, y con un movimiento de cabeza, la felina se fue detrás de la bruja. Obediente y en silencio. 

—White —llamó Casper. 

 Pero la gata lo ignoró por completo. Él vio a Arabella dándole un último vistazo a su familiar. 

—No digas nada —murmuro. 

—Tamy tiene razón —dijo Casper—. Debes dejar de hacerte cargo de esto. 

 Arabella rodó los ojos, y siguió el camino que imaginaba la llevaría a la cascada. 

—No hace falta que vengas —exclamó. 

 Casper ignoró por completo lo que dijo, y fue detrás de ella. La tomó del brazo, tratando de detenerla, pero Arabella forcejeó, continuando con sus pasos, lentos y dificultosos. Se oían sus bramidos, y lo quejidos monosílabos. Visto desde afuera, no parecían los antiguos mágicos que eran, ni jóvenes adultos, o adolescentes. 

—Deja de ser tan niña —exclamo Casper. 

—Eres tú quien no me deja en paz —gruño Arabella. 

 Hizo fuerza una vez más, y logró soltarse del agarre de Casper. Este se fue hacia atrás, hasta darse con el árbol más cercano. 

—No quiero dejarte —exclamo Casper, con dolor. 

 Por el golpe, por los recuerdos de aquella fría noche en San Telmo. Cuando ella se marchó, el no volvió al barrio de Buenos Aires. No podía andar por las calles adoquinadas, sin pensar en lo mucho que a ella le hubiera gustado estar allí, en un café en la esquina, corriendo de la lluvia, entrando en la galería de arte, o buscando donde nadie más los viera para besarlo, hasta robarle el aliento. 

 Arabella se marchó y se llevó todo el encanto, y ahora tenía miedo que le sucediera igual.

 Qué al ver las flores, los cristales, las hadas, las mesas en el bar, o los sillones en la sala de espera del hospedaje, solo pudiera pensar en ella, hasta dolerle y no soportar estar allí. Esta vez, sin Arabella para siempre. 

—Debes hacerlo —murmuro Arabella. 

 Se acercó a Casper, con el dolor más allá del cuerpo. Con la pesades que no la dejaba moverse, y las lágrimas que le empañaban la vista hasta hacer desaparecer la figura de quien más amaba. 

—Es mi culpa que esto sucediera. Les mentí, te volví a mentir —murmuro, y agarró sus manos—. Todo el tiempo supe la verdad, y si no fue así, si lo descubrí después, aun así, lo oculté. Quería tener más tiempo a tu lado, y lo termine acabando por no saber enfrentarme a nada. 

—Si es tu culpa, si me has mentido, engañado, entonces déjame ayudarte —dijo Casper, y la tomó con cuidado del mentón—. Hagamos esto juntos, para después discutir de porque eres tan maldita, y yo un idiota por no verlo. 

 Ella le sonrió. Se imaginó la falsa discusión, y como un acto así terminaría. A ninguno le salía discutir, y la seriedad del momento se acababa con la risa de uno de los dos. 

 Lo besó, porque deseaba que todo fuera tan sencillo como el planteaba. Lo aprisionó contra el árbol, como alguna vez él hizo siendo adolescentes, y lo recorrió con las manos, grabándose lo cálido de su piel contra la suya. Lo suave que llegaba a ser, y lo mucho que le provocaba tener un poco más de poder. 

 Imploraba que la realidad fuera tan sencilla como fingir una discusión, para que luego, terminara entre besos y risas. Arabella sabía que esa no era una posibilidad, y de lo único que tenía control, era de la nueva pasión desatada en un bosque que amenazaba sus vidas. 

 Casper la sostenía de la cadera con fuerza, devorando su boca como si fuera más que la manzana prohibida, capaz de llevarlo a la locura. Arrancarle el vestido, que sus delgadas piernas se enreden en la cintura, y apoderarse de ella, era la opción más lógica que le surgía en el momento. Hasta que Arabella le despegó las manos. Sin soltar sus labios, ni notar lo que estaba sucediendo, las ató detrás del árbol, y se apartó de su boca.

 El mago no tardó en entender, que esa insania era poco particular, cuando lo único que quería hacer era alejarla del bosque y el peligro.  

—Lo siento amor. 

—¿Qué haces? —pregunto jadeante. 

—No puedo dejar que te arriesgues a mi lado —murmuro, y le dio un último beso—. Esto es entre Morrigan y yo.   

VII

Interminable oscuridad. 

 Se aseguró que las manos de Casper estuvieran bien sujetas, y le amordazó la boca, para evitar que gritara de más. Podía ver la desesperación en su mirada negra, y la fuerza que hacía para poder librarse de la magia que puso sobre él. No iba hacer de cuenta que no le dolía verlo de esa manera, o que deseaba lo mismo que él. 

 Pero Arabella tenía una sola idea en mente. No lo incluía a él, y a nadie más. Quizás era tan egoísta como Tamy le decía. Quizás no pensaba en el resto, y como los afectaría con su partida. Después de todo, se marchó muchas veces de sus vidas ¿Qué tanto les afectaría, esta vez irse para siempre? 

 Cayó en cuanta que sí, era egoísta por no importarles, si ellos estarían seguros. Ser más o menos cruel por tener ese pensamiento, ya no le afectaba.      

—¿Qué? ¿Ahora no te gusta que te ate las manos? —preguntó, dando una sonrisa picarona—. Vamos cariño, cuando leímos al Marqués de Sade no te veías tan despavorido.   

 Casper le respondió con gruñidos, y agitando el cuerpo de manera convulsa, en vano intentando soltarse. Estaba seguro que de hacerlo, se la llevaría de allí a las rastras, y si tenía la oportunidad de encerrarla, lo haría. No por amor, sino para evitar que siguiera haciendo tonterías, una detrás de la otra.

—Ah, y si llegan a encontrar restos de mí, quiero una tumba lujosa —explicó, dándole la espalda—. Ya sabes, que hable bien de quien soy. Con brillos, rosas y cristales.  

 Arabella buscaba algo en su bolso, estaba sedienta. Eran los nervios que poco a poco le iban abriendo de más el apetito, y le secaba la boca. Cuando volvió a llevar la vista a Casper, notó un movimiento sospechoso. 

—No, no, no, cariño —exclamo y se acercó. 

 Le tomó la mano que llevaba el anillo que le ayudaba a mantener la magia a raya. El amuleto estaba a punto de caer. 

—Esto es hacer trampa —le sonrió, y volvió a ponerle el anillo—. No puedes contra mi si te liberas. Aunque no lo creas, no solo hago trucos baratos. 

 Le hechizo la mano, para dejarla inmovilizada, y le dio un suave toque en la cabeza, haciendo que Casper se mueva errático de nuevos. 

—Agradece que te deje en el árbol, y no te quite nada. En estos casos tienes que ser más rápido de qué crees —dijo, amenazante—. Adiós, dulzura, y no olvides mi tumba. Rosas y cristales.  

 Antes de continuar el camino, se detuvo. 

—Si tienes la oportunidad, pídele a Rebecca salir con ella —dijo con pena—. Continua, no te detengas, no por mí. 

 Casper frunció el ceño, y comenzó a negar con la cabeza. Arabella notó el brillo en sus ojos, y como las lágrimas se iban agolpando. Le dio una última sonrisa, y sin decir más nada, se marchó, oyendo como los quejidos del mago iban quedando atrás, como un eco que perdía el volumen.  

A medida que se adentraba, la luz se iba quedado a su espalda. No por lo frondoso de los árboles, o porque el día se estaba acabando, sino porque la claridad poco a poco era consumida, por algo que no podía ver. Lento Arabella se iba metiendo en una zona oscura, desconocida, y rodeada de magia igual de intensa. Le hacía cosquillear en el centro de su cuerpo, y se expandía hasta tocar las plantas de sus pies, las palmas de sus manos, y lo alto de su cabeza. Se iba acumulado, erizando los bellos del brazo, recorriéndola como un escalofrío. 

 Escuchaba un murmullo, varias voces que hablaban por lo bajo. Solo llegaba a entender “no”. El resto de palabras era como un ruido de lluvia. Se iba haciendo más intenso, y con ellos, detenía su paso. Intentaba ir rápido, para encontrarse con algo al final, pero múltiples manos invisibles la tomaban de todas partes, inmovilizándola.  

—Déjenme —exclamo—. Es mi decisión. Yo elegí esto, lo estuve buscando por años, quiero darle un fin. 

 Las manos la soltaron, y cayó de rodillas al suelo. La extraña y fría superficie no amortiguo el golpe, corroborando que no era la tierra del bosque. El dolor por el impacto, y por sus propias palabras, le arrebataron algunas lágrimas, primero una, luego varias que corrían libres, mojando sus mejillas, e impidiéndole que respire con normalidad. 

—Lo tengo que hacer —murmuro. 

—¿Qué debes hacer? —pregunto alguien. 

 Levantó la vista del suelo, y buscó en la oscuridad de donde venia esa voz. Desconocida y dulce a la vez. 

—¿Quién está allí? —pregunto dudosa. 

 Por unos segundos hubo un silencio tan profundo como la oscuridad a su alrededor. Pensó que podían ser las voces en su cabeza, por algún maleficio que no se quitó de manera correcta. Volverse loca no era algo que deseaba que le sucediera en ese lugar, en ese momento. 

 Hasta que múltiples luces pequeñas se reunieron en el centro, frente a ella, hasta que se formó un cuerpo brillante. De una masa amorfa, salió una mujer de larga cabellera brillante, y piel clara. Eran sus ojos marrones que llamaron su atención, cálidos, familiares, como verse en un espejo. Al igual que su voz, la desconocida emanaba calma, un lugar seguro en medio de lo desconocido.  

—¿Qué es lo debes hacer? —pregunto aquella figura. 

 Arabella, quien no dejaba de verla con asombro, agitó la cabeza, tratando de formular alguna respuesta. 

—Yo, yo —murmuro—, debo terminar con esto. 

—¿Crees que este es tu destino, bruja? —pregunto la figura desconocida. 

Negó, y se mordió la sonrisa. 

—Ya no sé cuál es mi destino —dijo, y cerró los ojos con fuerza—. Ni siquiera se a que me voy a enfrentar, solo como terminarlo. Soy la única que lo puede hacer. Esta magia que llevo, es un don maldito, a la vez que es la salvación para el resto. Tan contradictorio, tan estúpido. 

 Hizo una pausa. Creyó cada una de sus palabras, era la única manera que tenía para no correr al lado opuesto, y que la lleven a la fuerza a cumplir su destino. 

—Solo sé que debo hacer, ¿No es suficiente? —pregunto—. ¿Por qué deben saber más de lo que se? 

 Dejó de sentir la presencia, y comenzó a escuchar su propia respiración, tan intranquila, que no recordaba como que hacer para estar tranquila. No quería abrir los ojos, y enfrentarse al vació. 

 No sabía lo que quería. Así que se mantuvo, en la oscuridad de sus ojos cerrados, por unos largos minutos.  

 Cuando los volvió a abrir, no había nada de luz cerca suyo. Se puso de pie con rapidez, buscando algo en la oscuridad que le indicara que no solo fue su imaginación, las voces en su cabeza. 

—Tu destino es la grandeza —murmuró en su oído. 

 La empujaron por la espalda, y volvió a caer. Esta vez, no toco el frio suelo, continuó cayendo. Gritaba con fuerza, con el viento contra su cara, arrancándole las lágrimas. Pese a no haber nada a su alrededor, agitaba las manos, buscando de que agarrarse. Arabella estaba segura, qué de caer sobre algo, se rompería contra lo que sea. Pensó en algún hechizo, o formar algo con magia, y solo pudo pensar en una red. 

 De sus manos salieron disparadas un par de tejidos mágicos, que poco a poco, iban disminuyendo la velocidad de la caída, hasta que llego al final. Aquel truco no fue suficiente. Toco el suelo, dándose un fuerte golpe, y perdiendo la conciencia. 

 Oscuro por fuera, oscuro por dentro. Rodea de un vació interminable, frio, y nada más.  

Tamy llegó a tiempo para darle una mano a la hechicera. Junto con White combinaron sus magias para terminar de derribar a las sombras que aún quedaban de pie. No tardaron mucho, Circe se había encargado de la mayoría, y los que aún quedaban, fueron derribados por un par de golpes. 

 Circe terminó de rodilla en el suelo, con la respiración intranquila, y sudando del calor. Le ardía la piel de las manos, y le picaba los ojos. Aquellas lagrimas espesas le causaron un escozor que nunca antes experimento. 

—Circe —Tamy se acercó a ella—. ¿Cómo te sientes? 

—Mal —gruño—, me duele todo. Tengo un olor asqueroso en la nariz, y … 

 Tamy la abrazó, ayudando a la hechicera a ocultar sus lágrimas cristalinas en su pecho. La conocía lo suficiente para saber que no le gustaba que la gente, quien sea la viera llorar. 

—¿Qué fue lo que sucedió? —pregunto la pelirroja —. Nunca antes hice algo así. 

—Creo que al fin has revelado tu magia —murmuro Tamy—. No te preocupes, no creo que la tengas que volver a usar. 

 Circe se apartó de su pecho, esta vez sin importarle que las lágrimas cayeran, y observó a su sobrina de la vida, con angustia. Tenía una mezcla de emociones y sentimientos arremolinándose en el centro de su cuerpo, como algo que no se iba a calmar pronto. Tan solo se haría mucho peor. 

 Pero Circe, como nunca antes, decidió hacer a un costado ese malestar.   

—Hay que ir por ellos —murmuro—. No, no puedo dejar que Arabella haga algo así. Estuve enojada con ella por mentirme y ocultar algo tan grave como esto. No puedo dejar que se salga con la suya. 

 Se puso de pie, y sacudió las rodillas manchadas de tierras. 

—¿De qué hablas? —pregunto Tamy, sin levantarse. 

—No la pienso perdonar, menos si muere —dijo Circe—. Si ella quiere ser parte de mi vida de nuevo, deberá rogar porque la perdone. 

—¿Circe lo dices en serio?

 —Claro que lo digo en serio —dijo, y empezó a caminar—. Creo que se me permite ser una niña tonta una vez en la vida. 

 Tamy se puso de pie, y no dijo más nada al respecto. Le daba la razón, porque de todas las personas que conoció en su vida, Circe era la única que se mantenía con la mente fría hasta en los peores momentos. No daba ultimátum tan solo quitaba aquello que les hacía mal, y no era creyente de segundas oportunidades. Hasta esa tarde. 

—Vamos White —le dijo a la felina. 

 Pero esta se quedó en su lugar. 

—Vamos —insistió—, quizás aún estamos a tiempo de llegar a la cascada. 

 White negó con la cabeza, y se marchó por donde ingreso. Tamy, guardó silencio, e hizo fuerza para no gritar. Entonces, tratando de ser como Circe en el pasado, buscó ser fría y seguir el camino, sabiendo que podría ser en vano. 

 Llegó a tiempo para ver como Circe desataba a Casper. La pelirroja lo examinó, buscando alguna lesión, y cuando lo encontró sano, al menos por fuera, lo abrazó con fuerza.  

—Creo que podemos llegar. Todavía la podemos alcanzar —dijo Circe, apartándose—. Hay, hay un atajo. Una vez, hace años, con Baltimore encontramos unos. No esta tan lejos. 

 Casper asintió, y luego llevó la vista a Tamy, quien no se acercaba a ellos. 

—Vamos, aun podemos hacer algo —dijo, dando una sonrisa de cansancio. 

 Tamy le respondió con una mueca de pena, y negó con la cabeza. 

—Lo siento —balbuceo—. Yo llego hasta aquí. Se lo que Arabella quería y …

—Bien, vete —gruño Casper.

 No quería enojarse, menos con ella. Pero tampoco tenía las fuerzas necesarias para ponerse a discutir o implorarle porque vayan juntos. Tamy guardó silencio, y se tragó el orgullo. Nunca antes le permitió a Casper que la trate mal, o le alzara la voz. Al final, estaba como él, y comprendía a White. 

 Sin decir más nada, se marchó. Circe la vio irse. Casper tomó su mano, y la obligo a caminar. Ahora era ella quien comenzaba a dudar de la decisión tomada, de la esperanza que tenía.

 Lo condujo por un camino que los llevaba a donde comenzaba el atajo. Mas bien un paso mágico que provocaba que los senderistas se perdieran si se topaban con este. Años atrás, cuando el número de personas perdidas fue en aumento, Baltimore se encargó de hacer un reparo para que solo pueda ser utilizado por poseedores de un don mágico, o que no fueran humanos. El resto de mortales, lo atravesaban, sintiendo un leve mareo, y los devolvía al sendero. 

 Antes de avanzar, Circe se detuvo. Hacía muchos años que no estaba en ese sitio, pues allí fueron las ultimas tardes antes que su esposo se enfermara. Sonrió nostálgica, y comenzó a creer que, pese a los años que vivió junto a él, no lo termino de conocer. Ni quisiera sabía que tanto llegaba a conocer a su padre. 

 Dio un paso atrás.  

—No puedo —dijo. 

Casper volteó, y un deje de preocupación se reflejó en su rostro. 

—¿De qué hablas? —pregunto. 

—No puedo ir allí, no sin saber que va haber del otro lado —dijo, y se acercó para tomar su mano—. Cas, esta no es mi cruzada, y ahora sé que hay mucho que desconozco sobre mí.   

 Tomó aire, y lo soltó lento, aun así, las lágrimas cayeron, dejando al descubierto lo sencillo que era para ella llorar. 

—Aunque no sepa cómo va a continuar luego de lo de hoy, no quiero seguir haciendo la vista gorda acerca de los secretos que me guardaba Baltimore y mi padre sobre lo que soy capaz de hacer —continuó, con voz temblorosa—. No con una hija que podría tener lo mismo. Casper, si llegas a ella, dile que la perdono. 

 Sin dejarlo decir nada, soltó su mano, y se fue. Casper no se opuso, tan solo se calló, y continuó el camino que su hermana le indicó. 

VIII

Un salto en el vacío. 

 Alguna vez, siendo niña, tuve en esta misma situación. Sabes donde, sumergida en la oscuridad, en lo desconocido. No, no fue en esa ocasión cuando creí que Morrigan me dejo en un baldío, pensando que me había abandonado, ni tampoco la noche en que casi doy mi vida en sacrificio. No, esto sucedió la tarde en que conocí a esos pequeños diablos que abusaron de mi inocencia. 

 Porque a veces, los momentos más oscuros ocurren cuando hay mucha luz, cuando la inocencia es clave en todo, cuando nadie cree que nada malo puede pasar. Esa pequeña de largo cabello rubio, y grandes ansias por ser amiga de alguien peco demasiado al pensar que todos los de su edad sería como ella. Por un tiempo le eche la culpa de lo sucedido. Hoy la abrazo.  

 Pero, nunca está de más recordar un hecho que marco mi vida como pequeña bruja. En pocas palabras, supieron que, hacia magia, y crédula, pensé que las personas de mi edad estarían tan interesadas como yo en los trucos brillantes. Era una niña, claro que estaba equivocada. Durante esa época me canse de equivocarme, era algo innato en mí. No se asustaron, pero me vieron con repulsión, y me atacaron por ello. 

 Me rodearon como si fuera una presa lastimada, y sonrieron gustoso como si de alguna cortara brotara la sangre que me hacía igual a ellos. Las desventajas del cabello largo, es que jalen de el con fuerza, y después, frente al espejo verlo como el peor enemigo. La historia de como quise rasurar mi cabeza por eso, es para otro día.  

 Sus risas, los golpes, las palabras de odio, activaron algo dentro.  

 Repito, era una niña incapaz de controlar mis sentires, y de un momento para el otro, el jardín se volvió oscuro, y yo me llene de lágrimas. Hirviendo, lo recuerdo, porque pregunte que me paso al ver las marcas de su recorrido por mis mejillas. Surcos enrojecidos como si me hubiesen abofeteado con fuerza. Mi padre alguna vez lo hizo, y es algo con lo que lo puedo comparar.  

 Cada ápice de energía, que me rodeaba, lo tome para hacerla mía. Recorriendo mis entrañas como un acaudalo rio que buscaba desembocar en algún sitio.   

 Lo que hice con ellos, o lo que Morrigan y padre les hicieron en sus mentes retorcidas, no viene al caso, sino lo que sentí al momento de estar sumergida en la oscuridad. Fue el vacío, lo desconocido, frio, como absorbí la energía de las plantas, la tierra viviente bajo mis pies, los bichos, desde el más pequeño e insignificante, hasta hacer una fosa de nada; la magia corriendo intensa por dentro, y saliendo en forma de lágrimas, rosas, rojas como fuego. Terror, uno que me hizo temblar, uno que me dejo sin habla. 

 No sé si en ese momento pensé en algo, pero temí lo peor, que no saldría de allí. Siempre imagine que iba a ser la única vez que estuviera así, tan indefensa y grande a la vez. Por desgracia, como el peor juego al que siempre vuelvo, se volvió a repetir. Bueno, ahora, luego de darme la cabeza contra una superficie dura, pienso lo mismo. Que me va a suceder lo que, en esa ocasión, y esta vez no va haber nadie más que yo, para salir del apuro. 

 Al abrir los ojos, no supo cuánto tiempo pasó. Parpadeó un par de veces, y el dolor de cabeza la obligó a cerrarlos con presión, empeorando aún más el malestar. Volteó, hasta quedar boca arriba, con el mismo cuadro de cuando estuvo en posición fetal. 

 No había nada. 

 Oscuridad densa. No como en una habitación en medio de la noche, o en una mazmorra en lo profundo de algún castillo. 

 No había nada. 

 Salvo por el frio suelo, y una suave brisa. Estaba en el vació. No le era abrumador, ni le provocaba miedo de lo que no podía ver. Le daba calma, como si supiera que lo que allí se escondía no le haría nada malo. Era la primera vez, en tantos años, que no se sentía ahogada al estar en plena oscuridad. 

 O quizás era su cuerpo cansado, la mente agotada de tanto andar, que le suplicaba por algo de calma, aun en la peor de las circunstancias. 

 Con cuidado, se puso de pie, y comenzó a caminar. No estaba segura de que tan buena idea era hacer eso. Pero dejó de pensar en que era una máquina para meterse en problemas. Ya estaba allí, se refugiaba en eso. En que no existía una vuelta atrás. Baba se lo vaticinó, aunque Arabella no estaba segura de como llegaría.  

—Oscuridad por donde vea, voy por buen camino —murmuro—. Y yo aun sigo aquí, eso es bueno.  

 Aunque de eso no estaba del todo segura. Podía sentir el cuerpo como tal. Pasó las manos por los brazos, cerciorándose de estar completa. Si caminaba, tenía las dos piernas funcionales, y si escuchaba sus pensamientos, el golpe no le fue tan severo.     

 Arabella se resignó a no ver nada, e ir caminando sin un rumbo fijo, hasta que en algún momento se diera contra algo, o viera a quien sea. Con seguridad si aquello se iba a sentir como en uno de sus sueños, no le quedaba más que seguir los mismos pasos. Sus esperanzas eran casi nulas, pero ella ya estuvo así en algún punto de su vida, creyendo que ya nada tenía sentido, y yendo como un sonámbulo en plena luz del día.

—No son drogas, no alucino, esto si es real —murmuro, tanteando el aire.  

 Esa caminata ciega, no se alejaba de esa época de su vida. Y el sacrificio que quería hacer, tampoco lo hacía de la decisión que tomó en su momento. La diferencia, es que ella antes no quería dar su vida para salvar la del resto. Arabella quería acabar con su existencia porque le pesaba tanto, que ser una sonámbula despierta se convirtió en una tortura que, sin dejar marcas en la piel, le hacía doler.  

 Se había vuelto frágil, y vulnerable. Como una hoja descolorida, llevada hasta por la más suave brisa. La piel se le había vuelto transparente, sin poder ocultar los secretos que la encaminaban a un precipicio. Una falsa universitaria que de noche lloraba del dolor, y buscaba hasta en el químico más peligroso la manera de hacer que se detenga. Las voces, esas que momentos atrás la asustaron, eran sus compañeras en las largas tardes de soledad. Y al principio del día, no pensaba en otra cosa que no sea dar fin a una larga vida. 

 Pero, todo lo que pudiera pasar por su cuerpo se limpia como acto de magia. Dejándole un mal sabor de boca, dolor de cabeza, y la insistencia con que en algún momento algo de lo que ingería sería mucho más fuerte que aquella maldición de la vida eterna.  

 Ahora, en esa caminata a ningún lado, pensaba en la vez que lo hacía estando muerta en vida.  

—No, esta vez es diferente —murmuro—. Me aman, y es por eso lo hago. No me odio más, no es lo mismo.

 Lo oscuro se volvió rojo, tanto como la sangre alguna vez brotó de su brazo. El aire se llenó con el oloroso recuerdo de aquel liquido viscoso mezclándose con el agua de la bañera. Vainilla y sangre, la peor mezcla que alguna vez se le ocurrió, y de solo remontarse a ese momento le revolvía el estómago.   

 El sonido de sus pasos se detuvo, dando lugar al ruido de su respiración agitada. Sus piernas flaquearon frente a un nuevo pensamiento, un viejo pensamiento. Uno que relacionaba lo que alguna vez hizo, con su nuevo cometido. En minutos, buscaba convencerse de que no estaba tratando de suicidarse una vez más. Que enfrentarse a lo desconocido, a un pasado inconcluso, no era lo mismo a no querer seguir la misma vida siempre.

 No podía, ni quería relacionar, esa encrucijada a ciegas con tomar las tijeras más filosas y pasarlas a lo largo del brazo.  

 Lloraba tratado de pensar que nada de lo que estaba haciendo era en realidad una manera encubierta de darle fin a su vida, solo que disfrazada de un propósito. Pero allí, en la oscuridad densa, en el silencio abrumador, en el vació infinito, no pudo imaginar algo diferente. 

—No —dijo algo alguien—. No estás muerta.

 Alzó la vista, en dirección a la voz. Una voz que, conocida, que le era imposible de quitar de su mente. Una que antes, siendo una jovencita le hubiera causado felicidad de oír. Le hacía sentir segura, y la guiaba cuando menos idea tenía. 

—¿Dónde estás? —pregunto Arabella. 

—Detrás de ti —susurro en su oído. 

 Giró con rapidez, y cegada por una luz blanca. La oscuridad se extinguió, y ahora solo quedaba hacer lo que tenía planeado hacer. 

Casper cruzó por el portal que se abría. Dio un paso, y cerró los ojos frente al choque mágico. Pudo sentir la magia del brujo, una que se mantenía fuerte pese a los años trascurrido de la creación del atajo. 

 O quizás no estaba acostumbrado a esos viajes mágicos. 

 Cayó al suelo, aun con los ojos cerrados, creyendo que iba a vomitar todo lo que comió en el día. No fue mucho, no tuvo tanto tiempo desde que se despertó al lado de Arabella, y se dedicó a saborear sus labios, en vez de tomar su café con facturas de la panadería de la esquina.  

 Cuando el suelo dejó de girar bajo las palmas de sus manos, abrió los ojos, y se dio cuenta en donde estaba. Donde todo comenzó, sin darse cuenta. Con algo de esfuerzo se puso de pie, y unas voces susurraron algo en su oído. 

—Ella lo va hacer. 

—¿Cómo hago para detenerla? —preguntó. 

 No tenía idea de con quien hablaba, pero sí de que hablaban. 

—Debe haber una forma, ¿No?

—No, su destino es este —respondieron—. Lo que está escrito es imposible de borrar. 

 Giró la cabeza en dirección a las voces y se encontró con nada, solo el paisaje que la Centella de Júpiter le podía ofrecer. Se veía tal cual lo recordaba. La cascada imponente que movía la delgadez de los árboles con el viento y el agua que caía. Y esa roca en el centro del estanque. Oscura y poderosa. Ahora, con una presencia mágica imposible de ignorar. 

—Resulta que no creo en lo que el destino tiene escrito —dijo, y frunció el ceño. 

—No prometemos resultados positivos —murmuro una voz en su oído—. Solo danos tu cuerpo, y te llevaremos allí. 

 Casper asintió, y extendió las manos al frente. El anillo de plata brilló con intensidad, y se cubrió por la luz azul de su magia, y escaló por sus brazos. Cerró los ojos con mucha presión, y se dejó llevar por la presencia oculta en el bosque. 

 Todo se tornó oscuro, y silencioso. Fueron unos minutos flotando en la nada, hasta oyó unos pasos. Luego percibió más magia, otro par de presencias. Una rosa, capaz de hacer que su corazón palpitara enloquecido, y otra roja. Poderosa, y llena de ira. Antigua, y que la creyó muerta por muchos años. Marlon le dijo que así fue, muchos años después de lo sucedido, y prefirió creer en la palabra de su padre y mentor. 

—Morrigan —murmuro, cuando la imagen de la hechicera se hizo más clara.     

IX

Lo hago por tu bien. 

 La veía con enojo. 

 Frente a ella, como si nada hubiera pasado en todos los años de ausencia, Morrigan iba de un lado a otro, preparando una merienda inglesa. Una delicada tetera con té negro, con unas magdalenas bañadas en azúcar cristalizada. Una actividad extraña, siendo que estaban en un bosque, de un pueblo sin casa de té, en medio de Latinoamérica.

 La mujer, que ahora llevaba el cabello negro suelto, que se confundía con la capa del vestido a tono, no parecía perturbada como las últimas horas que aún seguían presentes en su memoria. Hasta juraba verla más joven, siendo que el primer recuerdo de ella no se acercaba a esa nueva figura. Morrigan siempre fue hermosa, con la edad que sea, y ahora entendía lo que Marlon vio en su momento. 

 Brillaba, pese a ese aire de realeza.

 Sonreía jovial, pese al plan que tramaba.

 Se observaba tan amable, pese al aura oscura que la rodeaba.   

—¿Cuánto de azúcar? —pregunto Morrigan. 

—¿Dos?

—Le pondré una, para cuidar tu sonrisa —dijo la mujer. 

—Qué raro, siempre haciendo lo que crees que es mejor para mi —Arabella se cruzó de brazos—. Deja de jugar y dime que estás haciendo. 

 —La hora del té no es un juego, querida —dijo Morrigan—. Es un momento del día para reflexionar. 

 Cuando estuvo listo, una mesa se hizo frente a Arabella, y Morrigan puso las tazas, con las masas dulces. 

—Vamos, bebe antes que se enfrié —le alentó. 

 Arabella, quien mantenía la espalda pegada al respaldo de la silla, tomó la delicada taza de porcelana, azul con detalles florales, y derramó todo su contenido vaporoso y aromatizado al suelo. Como inglesa de sangre iba a fingir que no le importaba desperdiciar una buena taza de té, o que no tenía ni sed y hambre. Por dentro, se retorcía por probar una sola gota de aquello.  

—Es una pena, esto ésta una delicia —dijo Morrigan y le dio un sorbo a su taza. 

—¿Por qué estuviste molestando todo este tiempo? —interrogo—. Tú me hiciste llegar hasta la cumbre de Lordwick. ¿Por qué ahora, y no luego de haber desaparecido? ¿Por qué me dejaste sola, o no viniste cuando te llame?

 Morrigan termino de beber el té y comer una magdalena con parsimonia. Parecía que nada la podía perturbar, o hacer que derramara una sola gota de su bebida favorita. Y mientras ella llevaba a cabo una costumbre como si fuera el máximo ritual de magia, Arabella se llevaba una mano a la boca, para morderse las uñas. Ni la exquisita manicura color verde le iba impedir hacerlo. 

—¿Nerviosa? —pregunto Morrigan. 

 Arabella se sacó el dedo de la boca, y vio lo que hizo. 

—Malos hábitos —murmuro—. Creo que te vi a ti alguna vez hacerlo, y yo aprendo por imitación. 

—Siempre tan graciosa Bella —dijo Morrigan, y dejó la taza en la mesa.  

 Con elegancia, se puso de pie, y le extendió la mano, esperando a que su sobrina la tomara. Sin embargo, Arabella la apartó. En simultaneo se paró, y camino a un lado de la hechicera.  

—Tratar de hablar contigo no es molestarte —dijo Morrigan, y le indicó que caminara—. Lo demás son detalles azarosos, cosa del destino, supongo yo. Hasta hace un tiempo, no pensé que volvería a tener conciencia.

 Dio un soplido, y revoleó los ojos. 

—Cuando mi destino llegó a su fin, gracias a mi tan querido Marlon, de verdad pensé que no volvería a estar presente —dijo Morrigan—. Creo entiendes de lo que hablo. Digo, después de todo, ambas nos topamos con la idea del fin de nuestra existencia. 

—No, no entiendo —dijo fastidiada—. Nada de esto entiendo. Y cuando leí que solo importé para una parte de todo tu plan, mucho menos lo hice. Trata de no compararte conmigo.

—No, solo digo que somo mucho más parecidas de lo que crees.  

 Arabella se detuvo en la orilla del estanque, en cuyo centro descansaba aquella extraña roca rectangular y oscura. Recordó lo ocurrido la primera vez que estuvo allí, lo que sintió su cuerpo

—¿Qué ocurre? Vamos Bella, no tienes nada que temer —dijo Morrigan. 

—¿Cómo qué no? La última vez que cruce este lugar, casi muero —dijo con voz temblorosa. 

 Morrigan dio la vuelta con gracia, haciendo que el agua temblara, apenas se perturbara por su movimiento. Mantenía la elegancia de siempre, mientras que la magia oscura se hacía mucho más palpable a su alrededor. 

—Oh, morir. Tú ves todo blanco o negro. Como se nota que luego de mi fue Marlon Ambrosia quien te crio —dijo, entre burlona y molesta. 

—Si, estar con él me hizo diferenciar el blanco del negro, y la cantidad de grises que hay —contesto Arabella—. Y tú claro, en un extremo de todo esto.

—¿No deseas lo mismo? Estar por completo segura de algo —pregunto, dando una sonrisa de calma—. Si, quizás están bien los grises nos dan más perspectiva, lo entiendo. Pero estar en un extremo te hace poderosa, y el mundo le teme a quienes están en lo más alto. Aún más si se trata de nosotras. 

 Extendió una mano, y Arabella la observó con atención. Oscura por la misma magia que emanaba. Tan delicada como peligrosa. Aun sin haberla visto antes hacer un hechizo potente, podía creer de todo lo que era capaz de hacer con la punta de su dedo índice. 

—El mundo podría odiarnos por hacer esto —dijo Arabella, y llevo la vista a Morrigan—. No creo estar lista para estar de ese lado, una vez más. 

—No estarás sola —respondió Morrigan—. Hay tantas otras que ansían que este día llegase. 

—El mundo nos tendrá miedo —murmuro Arabella. 

—¿Y qué? —Morrigan sonrió con malicia—. Es mejor ser temida que amada, nadie se atrevería dar un paso contra nosotras, cuando el miedo es nuestro mejor aliado. 

 Aun dudosa, tomó la mano que Morrigan le ofrecía. Dio un paso, y otro más hasta quedar cerca de ella. La abrazó con fuerza, y lloró contra su pecho, como alguna vez siendo niña o adolescente hizo. 

—Prometo que nunca más te sentirás sola y sin propósito —murmuró Morrigan—. No más noches de soledad, ni pensar que la muerte es la única escapatoria. 

 Arabella se apartó, y le sonrió como hacia tantos años no hacía, y extrañaba tanto hacerlo. Asintió, y con esa misma seguridad siguió a Morrigan hasta la roca en el centro del estanque. 

 Como cuando era niña, la miró, idolatrándola en silencio, deseando ser como ella. Tan segura, poderosa y hermosa. Pocas mujeres en la vida le habían transmitido lo mismo que Morrigan. Nunca antes deseo ser nadie más que la bruja de vasija que era, pero al lado de su tía, no quería ser como ninguna otra que no sea ella. 

 Hipnotizada, sin hacer ni decir más nada, la siguió obediente. Sin cuestionarse, ni pensar cómo es que llegó hasta allí.  Era seguir la corriente con los ojos cerrados, sin temor a chocarse con nada, dándole su seguridad a alguien mucho más grande que ella. 

 Pero los pasos comenzaron a dificultarse. Algo jalaba sus extremidades, y sostuvo con fuerza su cintura. Hasta que no pudo dar otro paso. Llevó la vista a un costado. Por primera vez, notó lo que le habló en la cueva. Unos tentáculos delgados, verdes y azules como algas, la envolvía. Miró detrás de ella, y se encontró con la figura de un ser desconocido. Magia débil en comparación a la de Morrigan. 

—Déjala en paz —dijo aquella desconocida.

 Su cabello verde acariciaba el suelo, y el color de su piel se confundía con la arena. Su figura curvilínea estaba envuelta en una toga que le llegaba rasgada hasta las rodillas. Sus ojos le llamaron la atención. Uno amarillo, y el otro negro, ambos envueltos por una cálida luz ámbar. Sin embargo. Hubo algo más, otra mezcla mágica que pudo reconocer en el acto. 

 Era azul, que lejos de ser frio y triste, la hizo sentir en calma, entre los brazos de alguien que ahora no podía darle forma en su mente. 

—No dejare que hagas esto Morrigan —exclamo. 

—Tu y los guardianes siempre del lado que les conviene —respondió Morrigan. 

—Cometes un error —dijo la guardiana, e hizo más fuerza—. El mundo podría colapsar si la magia se libera como deseas. El equilibrio se perdería. 

 Morrigan rio de manera sonora. La risa revotó contra todos los lados, hasta que terminó de ser un eco dentro del pecho de Arabella. Llevó la vista a la hechicera, y esta mantenía una sonrisa malévola, y una mano en el aire. Por primera vez, vio aquello que la hacia una hechicera y no una bruja. Un elemento cargado con la misma magia oscura que poseía, y que, hacia la diferencia, que nunca terminó de entender hasta ese momento. 

 Al igual que la corona que decoraba y llevaba con orgullo en la cabeza, un bastón se formó en su mano. Alguna vez supo ver a otros hechiceros llevar un báculo, pero nunca con la elegancia y la potencia que lo hacía Morrigan. No era un objeto complicado. Delgado y austero, con una gema roja oscura en un extremo. 

 Con rapidez, se deslizó sobre el agua, pasando al lado de Arabella, y llegando hasta la guardiana. 

—No, el equilibrio estaría del lado que siempre debió estar —dijo Morrigan—. Ustedes dejarían de ocupar un lugar. No sirven, nunca lo hicieron, y ahora es momento que los siguiente en la linea tomen su lugar. 

 La gema roja brilló con una luz potente, y Morrigan le dio un fuerte golpe con el bastón a la guardiana. Los tentáculos soltaron a Arabella, y la figura que parecía brotar de la arena, cayó sobre esta. En segundos se desvaneció, dejando en su lugar una suave estela verde. 

• • •

Aquel golpe fuerte contra su cabeza lo devolvió a la orilla del estanque. Casper parpadeó un par de veces antes de volver en sí. Alzó las manos para poder verlas, sin entender nada de lo que acababa de ocurrir. Sentía la corriente magia correr por su interior, tratando de hallar un lugar donde instalarse. 

 Su cuerpo dejó de ser suyo por un instante, al igual que la magia. Solo no podía recordar cómo fue que llegó a estar del otro lado, a tan solo unos pasos de Arabella. Verla allí, hizo que todo a su alrededor temblara, hasta el punto de sentirse débil.  

—Morrigan tiene más fuerza de lo que creíamos —dijo una de las guardianas. 

—No, nosotras nos debilitamos —respondió otra. 

 Casper notó a las dos niñas discutiendo frente suyo. Una morena, y la otra pálida. Nunca creyó que los feroces seres, como Marlon alguna vez le enseñó, se vieran tan pequeñas, aun mas que Lucero. La primera, quien se veía más ruda y brusca, de cabello rojizo se llamaba Iría. La otra, suave y de mirada llena de inocencia, tan blanca como la nieve, la llamaban Eira. 

—¿Qué les sucedió a ustedes? —preguntó.

—Pasa que el mundo mágico está muy roto, y nosotras no hemos debilitado —respondió Iria—. No podemos hacer mucho si la anergia de la cual nos alimentamos esta peor que nosotras. 

 Casper, con las ilusiones por el suelo, con el temor a flor de piel, dejó ir el ultimo ápice de esperanza que albergaba en alguna parte del cuerpo. Parpadeó, y no temió dejar que las lágrimas cayeran por su rostro, removiendo lo que sentía, sacando lo que oprima su pecho. 

—Lo siento —murmuro Eira. 

 Se acerco a él, y se sentó a su lado, viendo lo que él. Apoyó la cabeza en su hombro, y lloró junto a él. 

—Al menos ella ha despertado —dijo Iria, y también se sentó a su lado. 

• • •

 El agua de la cascada se detuvo, y al igual que cada pequeña partícula en el aire. El tiempo se congeló en ese instante. Arabella comenzó a sentir frio, y miedo. Entró en conciencia, dándose cuenta de lo que acaba de ver, y lo que estaba por hacer.

—¿Lista? —preguntó Morrigan. 

 Se veía como si no hubiese hecho nada. Sonreía con calma, segura de sus acciones. Pero Arabella, ya no supo cómo seguir actuando. Salió de aquel trance al momento en que percibió la magia de Casper a su alrededor. Despertó para encontrase de nuevo en una interminable pesadilla.

—No —murmuro—. Esto, esto está mal. ¿Por qué lo haces? 

 Morrigan se acercó, con cautela y elegancia, sin sonrisas de ningún tipo. Sus ojos ardían como un par de brasas furiosas, y la magia oscura tomaba la poca luz del lugar. Arabella quedó inmóvil, débil ante su presencia, queriendo huir, y paralizada por lo que la hechicera le mostraba. 

—Eres la única capaz de soportarlo —dijo, y la tomó del mentón—. Tu aun no ves el potencial que fluye en tus venas. Mi querida Bella, deja caer la venda que te impide ver lo grandiosa que eres, la clase de bruja poderosa en la que te convertí.

 —¿Tu? —pregunto indignada Arabella—. Fui yo, en soledad, quien se forjó el camino que me trajo hasta acá, tu solo me abandonaste, igual que mi padre. De todas las personas que buscaron beneficiarse a costa mía, eres la única con el descaro de llevarse los créditos, aun después de tantos años. 

  Morrigan sonrió, y tomó la piedra del collar. 

—Nunca estuviste sola, mi pequeña Bella.

 Apretó la piedra, y brilló con intensidad cegando a Arabella. La energía se filtró a través de la joya, y la bruja se desmayó en brazos de la hechicera. 

• • •

Volvió a abrir los ojos, y se encontró con un pedazo de cielo oscuro. La luna llena brillaba en lo más alto, rodeada de pequeñas y titilantes estrellas. Hacia tanto tiempo que no veía la noche tan clara, y con tanta calma. Nada perturba aquello, ni siquiera la imagen de Morrigan al frente, sonriente y tranquila. O las cadenas gruesas y brillantes, que la sujetaban a la roca de los sacrificios.  

—¿Es así como quieres lograr la liberación de la magia? —pregunto Arabella—. ¿A costa de mi vida?

—Para algo tan importante como romper las cadenas que nos sujetan bajo los pies del mundo, hace falta alguien que se quiera sacrificar por eso —respondió Morrigan. 

—¿Era lo que tu maestra quería? 

 Morrigan entornó los ojos, y estos se cubrieron de un brillo rojo, contaminado con dorado. La sonrisa que se dibujó en su rostro, le causó más escalofríos que el siniestro reflejo de su mirada. 

—¿Qué hiciste Morrigan? —preguntó asustada por lo que presencio. 

—Morgana, mi antigua mentora —dijo, y le dio la espalda—. Ella si era extremista. No quería liberar nada, solo torcí un poco sus dichos. Era como el resto, solo quería poder, para sus propósitos. 

 Se detuvo a unos pasos, y la miró por encima del hombro. 

—Básica, dominar el mundo cualquiera lo puede hacer. Pero muy pocos son capaces de darle a las víctimas de los humanos lo que le corresponde —añadió. 

—¿Cómo lo lograste? —preguntó Arabella—. ¿No se supone que solo las de mis clases podemos tomar la magia de los demás? 

 Morrigan giró, y le sonrió siniestra. 

—Oh, hija —dijo con sorna—. No tomé su magia. 

 Arabella al oírla, se agitó en el lugar, buscando liberarse de las cadenas. En vano, se detuvo, tratando de calmar su respiración. 

—Hay otras maneras —dijo Arabella. 

Necesitaba usar todas las cartas, aunque están sean de la lastima, la pena, o la vergüenza. Ablandar de alguna manera a la mujer que alguna vez la vio con amor, y no solo como la ficha de un juego. 

—No, Arabella, no la hay —dijo Morrigan—. Se agotaron todas las maneras, use hasta el dialogo, lo racional. Aun así, ni la palabra más poderosa hizo algo por este propósito. 

Arabella negó, y cuando la vio acercarse, sus ojos se llenaron de lágrimas. 

—¿No queda algo de amor hacia mí? —pregunto, con la voz temblorosa—. Soy tu sobrina, me viste crecer y me acompañaste en la vida, secaste mis lágrimas, y juraste que sería la mejor bruja de todas, que me protegerías del mundo. 

 Morrigan le dio un suave beso en la frente, y otra vez la vio, sonriendo con dulzura como alguna vez lo hizo. Arabella por años lloró su ausencia, aun cuando dijo que superó la falta de su presencia. Nunca pudo llenar ese vacío que se formó la noche en que desapareció. 

—Esto es el mayor acto de amor que hago por ti —respondió.

 Tomó la piedra verde del collar, y la envolvió con ambas manos, escondiéndola de los ojos de Arabella. La bruja notó que la hechicera movía los labios con lentitud. No podía leer ni entender que clase de hechizo estaba usando. Pero poco a poco, comenzó a sentirse cansada, a medida que la luz verde atravesaba los delgados dedos de Morrigan. 

—No, no lo hagas —murmuro. 

 La imagen de la hechicera se hizo cada vez más borrosa, hasta que frente a ella solo quedó el collar flotando y brillando, temblando y chispeando. El silencio del lugar se hizo ensordecedor, y los latidos de su corazón se aceleraron al sentir la magia quemarle bajo la piel. 

 Tembló junto a la piedra, y cada grieta en su interior se llenó con la extraña magia de Morrigan. El rojo iba tomando cada parte rosa existente, apagando la presencia de la bruja ofrecida como vasija ante la expectante mirada de la luna y las estrella.

 Rio con fuerzas, siendo un eco siniestro golpeando contra cada rincón oscuro de aquel bosque. La sangre corría bajo su piel, alzando la temperatura, mezclando la magia, hasta que una se apoderó de la más débil. 

—Observen —gruñó, y sonrió—. Hagan lo que hacen siempre, vean lo que los terrenales mágicos somos capaces de lograr sin su ayuda. 

 La cabeza cayó al frente, y las cadenas desaparecieron. Las lágrimas transparentes se hicieron rojas, y luego rosa otra vez. Quemó la piel de su rostro, abrió la herida bajo su ojo. 

—Morrigan —murmuro la bruja. 

 Alzó la vista, y se vio las manos, el color de su piel vacilaba entre el rosa y el rojo, al igual la magia que corría enloquecida bajo la piel, y se fundía con su sangre. Se puso de pie, e hizo unos pasos erráticos sobre el agua templada. 

 La imagen se volvía convulsa. El rojo quería escapar, y volvía una vez más al centro, hasta quedar atrapado en las palmas, y no ser más que una mancha temblorosa. 

—Admiro tu capacidad de no soltar el pasado —dijo, viendo a su alrededor—. No te deja ver lo que sucede en el presente, frente a tu arrogante nariz. Quizás aun nos seguimos escondiendo, nos multen por mostrarnos como somos, pero los humanos. 

 Secó las lágrimas que caía, y las observó con atención en la palma de su mano. 

—Quieren ser como nosotros —continuo—. Nadie teme a la naturaleza de nuestra magia, solo los idiotas de la Comisión de Magia, esos aquelarres que tanto admirabas. Debiste hacer como yo, y no buscar encajar en alguno. 

 Cayó de rodilla sobre la húmeda superficie en la que estaba parada, sintiendo que las grietas en su interior se volvían a abrir, aun mas, tomando espacios que creía sanos. La magia escurría de su boca como una baba brillante de color rosa.

—Baba, ella, ella me dijo que seguirías débil —murmuro. 

 Se vio en el reflejo del agua, y las machas de la magia ocupaban parte de su rostro, lento se iban expandiendo, llenando cada vez más piel. El color de sus ojos vacilaba entre el azul enrojecido, y el marrón opaco. Un monstruo, fue lo único que pudo pensar.

—No por mucho, pero de verdad tengo ganas de hablarte —continuo—. No te diste cuenta del sello que me puso. Eres tan tú, que no hace falta estar atada al pasado para no ver más allá de tu nariz. En realidad, te convertiste en mí, o yo en ti. Somos iguales. Manipuladoras, egoístas, mentirosas.   

 Guardó silencio, y una vez más contempló la gran luna que brillaba en la inmensidad oscura sobre su cabeza. No lo pensó más, no se detuvo a decir ninguna otra palabra, y formó una flecha, dorada y delgada, de magia pesada, y abrazadora. Ardió en la palma de su mano, y se fundió entre sus dedos. 

—Esto también es un acto de amor —dijo, y sonrió—. Ambas merecemos descansar en paz.

Sin perder más tiempo, bajó tan rápido como pudo la flecha contra su pecho. Una fuerza opuesta, hacia todo lo posible para evitar ser apuñalada, pero Arabella continuo, forcejeando. Se cubrió de un aura brillante, que borró aquellos lazos que impedían que la pica de oro tocara la piedra de Avalon. 

 Rojo contra rosa, un propósito contra la paz para ambas. 

 En cuanto tocó la piedra, su mente se nubló. Se atravesó hasta llegar a su pecho, y así se incrusto en su piel. No sucedió nada, por unos segundos, Arabella quedó estática, viendo el brillante astro plateado que la bañaba con su luz. Tan pura, llena de paz.   

 Las lágrimas continuaron cayendo, limpias sin rastros de magia. Cristalinas como el agua pura de un manantial. Bañó su rostro, su pecho pinchado por la flecha, y llegó hasta el estanque en donde se mantenía arrodillada. 

La flecha dorada comenzó a brillar, y muy lento se fundió en su pecho, hasta que fue parte de ella, de su misma carne y alma. No hubo otra voz gritando el grave error que estaba cometiendo, o suplicándole por detenerse. La piedra se rompió, se convirtió en cientos de partículas similares al polvo que dejaban las hadas, y el collar dejó de pesar, dejó de sentirse una condena que ralentizaba su andar. 

 El silencio dejó de ser el de un cementerio con su tumba abierta, y fue parte de una tan deseada paz. Algo que hacía tantos años no vivía, y comenzaba a creer que no era lo que merecía. No la muerte, sino una vida tranquila, lejos de los peligros que su nombre arrastraba, y la herencia de un familiar maldito. 

 El fin, tan deseado en algún momento, acarició su frente, y Arabella sonrió agradecida.

La tumba de cristal rosa.

Lento se fue hundiendo en las tranquilas aguas de la Centella de Júpiter, se creyó bendecida por volverse parte de un paisaje lúgubre y encantador a la vez. La luna brillaba de manera siniestra, provocando figuras oscuras, que danzaban. Pero, la magia de la misma la cobijaba, haciéndola creer que nada malo seguiría sucediendo.  

 La luz se apagó, y lo último que observó, fue aquella diosa lunar brindándole una sonrisa pura, que no tuvo tiempo de entender. ¿Por qué aquel astro de plata sonreía de esa manera?

 La misma sonrisa que a Arwen le causo disgusto, y le hizo doler donde la magia se producía. 

 La misma luna que Circe y Tamara estaban viendo, en la terraza del hospedaje. 

 El mismo astro que Lucero y sus compañeras del campamento presenciaron nacer de entre las montañas más altas. 

 El mismo cuerpo celestial y mágico, que Marlon y su nieta Olivia contemplaban en un cielo celeste, como una profecía a punto de cumplirse. 

 La misma figura blanca y distante que Casper ignoraba, por no dejar de ver el lugar donde alguna vez Arabella murió bajo el agua. No dejaba de pensar en lo inútil que era seguir estando allí, y no hundido buscándola en lo más oscuro y frio. 

—Ocurrió algo —murmuro Iria—. Selene brilla mucho. 

—Oh, ella está triste —dijo Eira—, pero complacida. De verdad que las diosas suelen ser perversas. 

—Por eso prefiero ser guardiana —comento Iria. 

—¿De qué hablas? No podemos salir de nuestro lugar asignado —dijo Eira, algo confundida. 

 Y mientras las guardianas discutían acerca de ser o no diosas, Casper notaba algo en el agua.  

—¿Qué es eso? —pregunto Casper. 

 Se puso de pie sin quitar los ojos de una zona burbujeante. Entonces, observó como poco a poco el agua del estanque iba tomando un color diferente. Se teñía de un rosa grisáceo, hasta volverse una luz intensa. No dudo ni un segundo más, y se zambulló. Nadó rápido hasta aquella zona que rompía con la oscuridad del bosque.  

 Pese a la extraña claridad producida bajo el agua, no notaba nada más. Se hundió, y sin cerrar los ojos, iluminando aún más con una sus manos, buscó sin detenerse a pensar en el aire que pronto le iba faltar. Nunca imaginó que fuera tan profundo allí. 

 Cuando su caja torácica comenzó a presionar de más sus pulmones, obligándolo a soltar el aire, observó una mano surgir de lo más profundo. La tomó, y comenzó a jalar con fuerza y desesperación, esperando que no fuera tan complicado como la primera vez que se ahogó allí. 

 Esta vez, algo estuvo a su favor, luego de un largo día lleno de miserias, con facilidad, salieron a flote. Casper tomó una gran cantidad de aire, haciendo un esfuerzo para evitar hundirse. Se trepó, arrastrando el cuerpo de Arabella, en la roca en medio del estanque. 

 Agitado, vio al cielo, donde las copas de los árboles no se llegaban a tocar, pero formaban un círculo perfecto que encerraba la figura de la luna cuando esta se encontraba en su punto más alto. Cayó en cuenta, que estaba en el centro de algo. Si Tamy estuviera a su lado, le daría la información faltante, y le obligaría a seguir leyendo libros para que dejara de ser tan ignorante, pese a la edad.

 Se quedó viendo la luna, brillar y sonreír como las guardianas dijeron. No quería verla a ella, tan fría entre sus manos, alejada por completo pese a estar allí mismo. Lloró casi sin darse cuenta, y luego dejó caer la cabeza contra el inerte, y lastimado pecho de Arabella. 

 No hizo más que llorar sin consuelo, con la luna observando, mientras lento iba dejando su lugar en el cielo nocturno. Nunca antes se sintió tan observado y abandonado, cuando había tanto a su alrededor. 

 Luego de un rato, alzo la vista. Observó a Arabella en detalles, buscando algo que le indicara, que era un sueño, una pesadilla, que él pronto iba a despertar, o que ella lo haría. Que otra vez, sentiría el calor de su piel, sus manos contra sus mejillas, su voz tranquila diciéndole que ya nada le dolía, y que cumplió su parte del destino. 

 Anhelaba que le dijera, que quería comenzar un nuevo destino, lleno de tranquilidad.

 Pero no pasó nada de eso. Arabella seguía rodeada de esa aura fúnebre. Piel pálida, labios morados, el cabello rubio casi gris. En el centro de su pecho, como el único color que resaltaba, un hueco. Como una quemadura, donde antes descasaba una joya, ahora había una cicatriz rojiza, con pequeñas incrustaciones verdes a su alrededor. 

—No mereces nada de esto —dijo, y acarició su mejilla fría—. Arabella, nada de esto debió pasarte. El mundo tendría que ser tuyo, y vivirlo feliz. 

 Las dos guardianas nadaron, hasta quedar a los costados de la roca. Llamaron la atención de Casper, quien no dejaba de ver el inerte cuerpo de la última bruja de vasija. 

—Debes despedirte de ella —dijeron—. Su tumba se está formando. 

—¿De que hablan?

Señalaron los pies de Arabella, y allí mismo un cristal rosa y trasparente crecía en torno a ella. Lo hacía rápido. Nunca había visto algo así, aunque alguna vez leyó porque eso ocurría, al menos con hechiceros.  

—Está sucediendo igual que … 

—Si, lo raro es que siendo bruja este pasándole lo mismo que al hechicero Merlín —dijo Eira con asombro. 

—Quizás es un acto de gentileza de Selene —añadió Iria—. Como sea, debes alejarte de ella. 

 Debía soltarla, o morir a su lado. Una idea trágica y romántica que alguna vez pensó que nunca lo haría en su vida. Pero alejarse de Arabella por siempre, se le hacía tan malvado como la muerte que ella tuvo.   

—Debes irte —insistió Iria. 

—No, moriré con ella —murmuro Casper.

—Esto es ridículo —murmuro Eira.  

 Ambas guardianas se vieron, y no supieron cómo actuar al respecto. No conocían lo suficiente a la bruja como para decirle algunas palabras de aliento para evitar que su vida terminara allí misma. Ni tampoco conocían tanto a Casper como para saber que tan precipitada era su decisión tan shakespeariana. 

 Subieron a la roca, y se pusieron a los lados de Arabella, apoyando sus manos sobre la cicatriz en su pecho. Dibujaron círculos a su alrededor, y cantaron un antiguo hechizo, en una lengua que Casper reconoció como muerta, y nada más.

—Aun en la muerte, algunas memorias brillan en la oscuridad —cantó Eira, con voz suave, y baja. 

—Las memorias que brillan —murmuro Iria.

—Serán las luces que nos guían, que nos ilumina —continuo Eira. 

 Las guardianas se tomaron las manos, y comenzaron a moverse con la misma suavidad con la que cantaban. Del agujero, brotó una luz verde. y vaporosa, como las pequeñas almas de hadas de los bosques antiguos. 

—No lo hagas —murmuro alguien. 

 Era una voz dulce, como la de una niña. Casper vio la aparición con asombro, y pudo reconocer la voz sin que le dijera algo más. 

—Por favor, no lo hagas —repitió—. No quieres esto, y ella tampoco.

—No podré vivir sin ella —respondió con voz trémula.

—Lo hiciste una vez, lo volverás hacer —dijo la luz—. En tu memoria, con palabras, ella no ha muerto. No lo hará jamás, salvo que mueras con ella. 

Hizo una pausa, y se tomó la molestia de danzar alrededor de Casper, envolviéndolo con su cálida presencia.

—No lo hagas, Casper —repitió—. No dejes que sus memorias se apaguen, que sus memorias se disuelvan.      

 Se hizo un eco lleno de lamento. La luz ascendió sin callarse y se perdió en cielo, a punto de aclarase. Casper volvió la vista hacia Arabella, hallando paz en su prematura muerte. Su piel pálida no parecía lúgubre, y su cabello parecía una suave manta amarilla. No tenía ojeras bajo sus ojos cerrados, y sus labios tenía un leve tono rosa.

 Antes de todo, una noche se imaginó una vida nueva a su lado. Que estarían en la Cumbre de Lordwick por unos meses más, quizás unos años, que conocería a Olivia, y las dos se llevarían bien. Que algún día, aburridos de hacer siempre lo mismo, se marcharían para viajar por el mundo, ser tan mundanos como mágicos. Estudiar nuevas magias, y hacer uso de sus polvorientos títulos. Aunque solo él sea el consagrado hechicero Ambrosius.

 Imaginó más noches a su lado, besar su piel, y ayudarla sanar la extraña relación con su familia. Quería acompañarla en el camino que ella eligiera, y tomar su mano bajo el ritual de los mágicos. Casarse ante la mirada vigilante de Selene, y ser bendecidos por los trolls más antiguos que alguna vez conocieron. 

 Imaginó la vida que ella alguna vez a los treinta años tuvo la astucia de confesarle, y que, por azares de un destino burlón y cruel, nunca pudieron llevar. 

—Alguna vez, me creí estar maldito por tu amor, por horas eras el único objeto de mis pensamientos, de mis deseos. Que fuiste capaz de hacerte con mi alma de la manera más cruel —dijo, y se inclinó sobre sus labios—. Te pensé tan sádica, por ser la dueña de mi corazón y haberte metido en mi vida cuando no debías, y yo solo te perdoné y agradecí a la vez, como un esclavo de tu amor. Te sigo pensado de la misma forma por alejarte de esta manera. Aun así, si el infinito se acabara pronto, mi amor por ti seguiría siendo parte de lo que siga en pie, y si eso es la nada misma, lo nuestro perduraría. 

 Besos sus labios, tan fríos, tan faltos de vida. 

—Hasta siempre, mi amada Arabella Pericles.    

 Las guardianas saltaron sobre él, y los tres cayeron al agua fría. Al salir a la superficie, una brillante luz color rosa, los obligó a cerrar los ojos, cubrirse con los antebrazos. 

 Cuando creyeron que la luz cesó, con cuidado se fueron descubriendo los rostros. Viendo al frente, se encontraron con un gran trozo de cristal rosa. El polvillo de hada bailaba a su alrededor, tiñéndose con la luz, que poco a poco iba dejando de ser color plata.  

—Oh, se ha formado la tumba —señaló Eira. 

—Si, y tiene mucha clase —dijo Iria—. Es mejor que hacerse cenizas. 

—Uhg, eso es un asco —exclamó Eira—. Muchos eligen una extraña y poética forma de dejar el mundo. 

 Mientras ellas seguían hablando sobre el cristal, Casper nadó hasta la orilla, sin ver detrás. Tratando de arrancarse por completo aquello que estaba viviendo, que quedase atrás lo más rápido posible. 

 Las pequeñas guardianas lograron alcanzarlo, y antes que diera el siguiente paso fuera de la arena de la orilla, lo detuvieron, cada una de una mano. 

—¿Solo te iras? —dijo Eira. 

 Casper apenas movió la cabeza a un lado, no del todo para evitar alcanzar cualquier porción de una cruel realidad. 

—Si, por hoy, solo me iré —respondió, y se soltó del suave agarre de las guardianas—. Lo siento. 

 Las pequeñas guardianas compartieron miradas cargadas de duda. 

—Bien, nosotras nos quedaremos aquí —dijo Iria—. Te estaremos esperando. 

 Casper no dijo más nada, y continuó su camino. No tomó el atajo, sino que fue por el sendero más largo, esperando ser recibido por los cálidos rayos del sol. Estaba agotado de la oscuridad del bosque, de la falta de calor, de la burlona sonrisa de la luna, de los sonidos que no venían de ningún lado o las sombras sin cuerpo. Quería meterse en la cama, y dormir, que el tiempo pasara, y que así de simple, la herida de su corazón roto, otra vez estuviera sana. 

•••

Una nueva mañana comenzaba. Los árboles seguían tan verdes como a principio del mes. Las aves entonaban divertías melodías, que hacían el moviendo de las hojas sueltas se movieran en una divertida danza de verano. Los vecinos charlaban entre ellos en las aceras, sobre el cálido tiempo, y que alguna nube gris anunciaría una próxima lluvia que haría más cristalina el agua del arroyo. Todo parecía tan común y corriente, que nadie sospechaba que allí mismo, en el corazón de un bosque concurrido por los pueblerinos, una bruja atravesó su corazón con una flecha mágica, y así detuvo la idea radical de una hechicera dormida en el tiempo, en ese mismo lugar. 

 Salvo por aquellos que, si lo conocía, para el resto de personas, el mundo continuo como si nada. 

 Dentro del hospedaje, Casper mantenía la cabeza oculta entre sus brazos, sobre la mesa de entrada. Ahora que Circe estaba de viaje, visitando a su padre, él con ayuda de Tamy y Olivia, tenían que hacerse cargo del lugar. 

—¿Te mantuvieron despierto toda la noche? —preguntó Tamy pasando a su lado. 

 Casper alzó la cabeza, y la observó con atención. Traía el cabello por completo fucsia, y largo hasta los hombros. En el cual ahora traía un nuevo tatuaje, una pequeña flecha rosa. Sonrió, a la vez que dio un soplido de cansancio. 

 Se enderezó, estirándose en el lugar, y lento se fue acercando a Tamy. Cuando ella dio cuenta lo tenía a unos pasos, dándole una sonrisa divertida, similar a cuando bebía de más, y llegaba a tener una idea estúpida. 

—Llegas a decir, lo que sea, y juro que te arranco la lengua con mis propias manos —dijo Tamy, apartándose—. Estas llevando muy mal tu duelo. 

—¿Tu lo haces bien? —preguntó Caspe, cruzándose de brazos. 

—Al lado tuyo, lo hago, al menos —respondió Tamy. 

 Casper rodó los ojos, y volvió detrás del mostrador, una vez más, se puso en la misma posición de antes, sin ocultar el rostro entre los brazos. Se quedo viendo a un lado, algo pensativo. Por su mente pasaba lo que ocurrió que lo tenía tan cansado, y de solo evocarlo, tenía ganas de llorar. Las lágrimas se agolpaban, y el hacía tanta fuerza como podía para evitar que cayeran. 

—En realidad —dijo Casper, y llevó la vista a su amiga. 

 Tamy leía una revista, mientras bebía un jugo de fruta. Hasta que oyó el leve temblor en la voz de Casper, y captó su atención. 

—No he podido dormir, soñé con ella —dijo, en un leve murmuro—. Anoche descubrí que hay algo peor que verla muerta —largó un soplido, y se enderezó en su lugar, volviéndose a estirar—. Es verla morir lento en tus brazos. Verla irse, apagarse. 

 Cuando Tamy le quiso decir algo, de las escaleras, alegre como siempre se la podía encontrar, llegó Lucero. Con su vestido pálido, haciendo que luciera como una muñeca de porcelana. Y por detrás, dando pasos tranquilos, impregnando la sala con su perfume a flores y té, se acercó Olivia. 

 La presencia de ambas, los hizo callar, y sonreír. Verlas era como presenciar a las flores en plena primavera, llenando cualquier lugar de colores y aromas dulces. Sobre todo, Olivia, que con solo hacer una mueca, mostrar sus dientes, iluminaba cualquier lugar. 

—Iremos con Luce al bosque —anunció Olivia—. Buscaremos donde hacer un picnic. 

 Casper suspiró, y se acercó a ella. La tomó de los hombros, y le dio un suave beso en su frente, que la hizo reír. 

—Papá —exclamo Olivia—. Ya me disté un beso esta mañana.

—Si, y cuando vuelvas te daré otro —dijo Casper con tranquilidad. 

 Luego se inclinó, y le dio un beso igual de suave a su sobrina, quien lo festejó más alegre que Olivia. Salió corriendo en dirección a la puerta, y la mayor fue por detrás, con mucha más calma.

—Solo no se vayan tan lejos —exclamo Casper—. Por favor, no lo hagan. 

 Olivia volteó a verlo, y con solo echarle una miradita a sus ojos cansados le aseguró que no lo haría. La puerta se abrió antes que ella lo hiciera. Quedó impactada por lo rápido que pasó, como se metió alguien más, llevándose por completo su atención. Y sintiéndose flechada casi de inmediato por sus claros ojos grises. 

—Oh, mademoiselle, des excuses —dijo el muchacho y se hizo a un lado—. S'il te plaît, après toi. 

 Olivia sonrió, sintiendo sus mejillas arder con un suave calor. Era una estudiante de letras enamoradiza, por lo cual se dejaba engatusar con rapidez por una mirada brillantes, y palabras en francés. 

—Merci, gentil Monsieur —respondió. 

 Ella salió siendo seguía por la mirada iluminada del muchacho, y Lucero fue por detrás, viéndola con asombro. Sus ojos brillaban de la emoción, y no podía contener la sonrisa que le causaba ver a Olivia ser toda una dama. Quien no sentía lo mismo era Casper, quien tenía la mirada atenta en el joven de risos oscuros que se mostró abiertamente cortes con su hija. 

—¿Qué quiere? —preguntó, dejando en claro su disgusto. 

Tamy le dio un codazo como respuesta. Sin embargo, fue alguien más que habló por el muchacho desconocido. 

—Buscamos una habitación, y la tumba de una bruja —dijo una mujer detrás de él. 

 Su voz resonó en Casper como un helado bloque de hielo. Su marcado acento ingles lo podía reconocer donde fuera. Y esa energía mágica que consumía la luz del lugar, era algo que pocas brujas eras capaces de lograr con solo poner un pie en cualquier sitio. 

—Casper, Tamara, un gusto volver a vernos —dijo la mujer, dando un paso adelante. 

 Una sonrisa roja y brillante se dibujó en su rostro pálido, y cuando se quitó los lentes, dejó al descubierto unos oscuros ojos verdes. Que a Casper le recordaba el último lugar en que vio a Arabella. 

—Florence —murmuró Casper. 

—¿Dónde está mi amiga? —cuestiono Florence. 


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