Fantasía o realidad / Cami Insoul

#drama, #juvenil, #romance

SINOPSIS:

Tras un trágico accidente de carretera, Melissa debe enfrentar la devastadora pérdida de su amado esposo. La tristeza que siente por su ausencia se intensifica cuando empieza a verlo sentado junto a su cama, llamándola. La línea entre la realidad y lo sobrenatural se desdibuja, y Melissa se encuentra atrapada en una lucha entre el dolor y la esperanza de un reencuentro.

El aire frío se colaba entre el tejido del suéter que abrigaba a la joven morena. Con manos temblorosas, Melissa intentó calentar sus palmas con el defectuoso aire acondicionado que poseía el pequeño auto en el que viajaban. Pero este solo parecía enfriarlas aún más.

Frotó ambas manos con frenesí, para después llevarlas a su boca. Exhaló un poco, tratando de generar algo de calor con su aliento, pero nada funcionaba. Resignada, soltó un bufido con molestia mientras se cruzaba de brazos.

Una risa burlona se escuchó a su lado y Melissa giró a verlo con el ceño fruncido.

—No sé qué te parece tan divertido. —murmuró ella con dientes temblorosos. Miró la mano descubierta de su esposo Matías sobre la palanca de cambios, y puso la suya sobre la de él—. Si sigo de esa manera voy a coger un resfriado.

Matías entrelazó su mano con la de ella, y continuó haciendo los cambios de velocidad.

—Estás como un hielo. —le dijo Matías mientras le daba masajes con su pulgar—. Toma mis guantes, deben de estar en el compartimento de tu puerta.

Melissa se liberó contenta de su agarre y comenzó a revisar entre las diversas cosas que había en ese lugar. Cuando finalmente los encontró, no tardó ni un segundo en colocárselos. Los guantes le parecieron extremadamente cálidos, ya que eran de piel en el exterior y mantenía el calor gracias a su interior hecho con lana. Los grandes dedos de estos, rebasan en sobre manera a los de ella, pero sin duda funcionan a la perfección para calmar su temblor.

—¡Ah, mucho mejor! Tenía un frío horrible. —Melissa miró a través de la ventana.

Casi no podía ver nada, a excepción de los pequeños reflectores que brillaban por las tenues luces del auto. Los pequeños faros del automóvil no eran lo suficientemente eficientes para alumbrar la carretera esa noche.

Llevaban algunos meses pensando en cambiar su pequeño y viejo Volkswagen del 86, pero para ello necesitaban invertir una buena cantidad de dinero que, en ese momento, no tenían. No eran pobres, pero tampoco podían permitirse derrochar grandes cantidades de dinero de un momento para otro.

Además, adoraban ese vejestorio, habían pasado tantas horas de viaje en él que era difícil cambiarlo por otro. Tenían el pequeño escarabajo desde que empezaron la universidad. Después de darse cuenta de que necesitaban un medio de transporte, ese vehículo fue lo único que pudieron permitirse con su salario de estudiantes.

Aunque era un completo desastre: tenía los espejos opacos, agujeros en el tapiz de los asientos, no tenía radio y el aire acondicionado era defectuoso. Aun así, ellos lo adoraban. Ese automóvil fue lo primero que compraron juntos y agradecían que todavía funcionara.

Eran solo unos niños cuando lo compraron. Matías acababa de cumplir los dieciocho años y ella tenía diecisiete. En esos años, les faltaban pocos meses para mudarse a otra ciudad para comenzar la universidad. La madre de Melissa había aceptado que viviera en el mismo complejo de apartamentos que Matías, confiando en que estaría más protegida junto a él; y para eso, estaban convencidos de que necesitaban un auto para moverse por toda la ciudad.

Ambos habían ahorrado un poco de dinero, juntando lo que ganaban en sus trabajos a medio tiempo. Aunque en realidad, habían comenzado a ahorrar ese dinero para un pequeño viaje de graduación, decidieron finalmente invertirlo en un auto.

Fueron a varias agencias, lotes de autos y se encontraron con vendedores que se promocionaban por internet, pero ninguno de ellos los convencía o les convenía. Los precios les parecían exorbitantes, tanto del vehículo como de la gasolina que probablemente consumirían.

Fue una semana antes de mudarse cuando un amigo del papá de Matías los contactó. Un familiar suyo quería vender su pequeño auto por una cantidad bastante accesible. El anciano propietario lo tenía más por el recuerdo que por conducirlo regularmente. La pintura de color vino tinto estaba casi en perfectas condiciones y el motor rugía sin ninguna irregularidad.

—Voy a irme a vivir con mi hijo —dijo el pequeño hombre—. No puedo llevarlo conmigo a esa casa. Será mejor que un par de jóvenes como ustedes lo disfruten —mencionó mientras le entregaba las llaves del auto a Matías.

La emoción los invadió tanto ese día que pasaron toda la tarde dando vueltas por la ciudad. Manejando por cada calle que conocían y aventurándose a lugares a los que nunca antes habían ido a pie.

Llegaron tarde a sus casas, recibiendo un gran regaño cada uno por su parte. Sin embargo, no podían evitar estar completamente felices.

Año tras año, realizaron muchos viajes en ese pequeño auto. Recorridos que pudieron haber realizado en avión, preferían hacerlos por la carretera, disfrutando de cada lugar turístico por recorrer. En ocasiones no podían encontrar dónde quedarse a dormir y, a pesar de ser incómodo, simplemente recargaban sus asientos, abrían las ventanas y se relajaban en las carreteras durante sus travesías.

Habían pasado poco más de diez años desde entonces.

Melissa, al recordar ese hecho, dejó de mirar por la ventana y observó a quien ahora era su esposo. Matías estaba próximo a cumplir los treinta. A pesar de ser aún joven, las marcas de expresión comenzaban a surcar sus ojos sonrientes y también podía notar con facilidad líneas blancas adornando su cabello negro.

En todos estos años habían ganado unos cuantos kilos. Ahora ninguno de los dos podía jactarse de tener un cuerpo fuerte y atlético como el que gozaban en su juventud, pero seguían pareciendo atractivos, incluso más que antes.

Melissa sonrió ante esto, echando un último vistazo a Matías antes de mirar al frente, hacia la carretera. Sintió un nudo en el estómago al ver una gran oscuridad en el exterior. Era luna nueva, por lo cual el paisaje nocturno era aún más tétrico de lo normal.

—¿Falta mucho para llegar a casa, verdad? —preguntó Melissa, tratando de ocultar la ansiedad que comenzaba a vibrar en su pecho.

—Así es —respondió Matías—. Mejor relájate y disfruta del paseo —agregó, mientras con su mano derecha acariciaba a ciegas la pierna de su esposa para tranquilizarla.

Melissa estaba adormilada cuando sintió que la velocidad del auto disminuía. Abrió los ojos para tratar de descubrir qué pasaba.

—No se distingue nada —dijo ella con preocupación.

—Lo sé, tal vez debimos dormir en el hotel —respondió Matías, mientras giraba a verla con el ceño un poco fruncido, notándose la preocupación en su ligero gesto.

Melissa le sonrió un poco y volvieron la vista al frente, tratando de tranquilizarse, pero lo único que podían observar eran unas tenues líneas amarillas en la carretera, las cuales usaban como guía. Pasaron unos pocos minutos tranquilos, hasta que de pronto dos faros rojos se encendieron de la nada, justo frente a ellos.

Era la parte trasera de otro auto.

—¡Matías! —gritó Melissa mientras lo sujetaba del brazo asustada.

—Mierda —masculló él, dando un volantazo para evitar estrellarse de lleno contra el otro automóvil.

Las uñas de Melissa estaban clavadas en el brazo de su amado. No podía ni siquiera gritar del miedo. Todo parecía estar en cámara lenta. La barrera de metal de la carretera no amortiguó el impacto, solo se abrió para ellos, expulsándolos del camino. El movimiento fue brusco, el choque fue aún peor. Solo pudieron observar cómo el exterior del auto comenzaba a ser borroso.

"Maldición", fue lo único que Melissa logró pensar. Sintió cómo unos brazos intentaban rodearla para abrazarla. Ella cerró los ojos, enterrando su rostro en el hombro de su esposo, mientras que sus manos temblorosas lo abrazaron con fuerza.

Melissa despertó por el ruido de las sirenas y el ligero brillo de las luces cambiantes. Le tomó un poco de tiempo abrir los ojos, todo le parecía horriblemente borroso.

Cuando finalmente logró enfocar la vista, notó el desastre a su alrededor: su auto estaba boca abajo.

El vidrio del parabrisas estaba totalmente astillado y la moldura del techo se doblaba desde el centro. La ventana junto a ella había desaparecido, esparciendo pequeños trozos de vidrio roto por todas partes.

Melissa sintió un dolor punzante en una de sus piernas, pero su mente estaba centrada en algo más, así que no le dio mucha importancia. Giró la vista para buscar a quien realmente le importaba: Matías.

"No está, ¡no está!".

En el asiento donde debería estar su esposo, pudo ver una gran mancha de sangre y no había rastro de la puerta del lado del conductor.

"No, por favor. Por favor, que esté bien", suplicaba Melissa entre lágrimas.

Ignorando el dolor que sentía en el cuerpo, intentó moverse, pero fue imposible. Solo podía mirar a su alrededor y esperar a que alguien la sacara de allí. Pasaron unos pocos minutos que se le hicieron eternos, hasta que escuchó algunos gritos y pasos cerca de ella. Un ruido fuerte estalló antes de que algo arrancara la puerta de su lado.

—¿Cómo se encuentra? —Un hombre gritó a lo lejos.

Cuando miró hacia afuera, un joven paramédico la miraba angustiado mientras apuntaba su rostro con una pequeña linterna.

—Tiene los ojos abiertos, pero no reacciona a la luz —el joven torció un poco la boca y en sus ojos marrones se notaba la preocupación—. Intentaré sacarla. ¡Necesito una camilla! —gritó a una de las tantas personas que se encontraban en el lugar.

Con una pequeña navaja, el paramédico cortó el cinturón que aún la mantenía sujeta al asiento. Colocó un brazo sobre su torso, evitando que cayera de golpe. Melissa podía ver todo, pero no sintió las manos que la sujetaron. Fue arrastrada poco a poco hacia el exterior y observó el resto de lo que antes fue su automóvil: un completo desastre.

Intentó encontrar a Matías, pero no pudo verlo en ningún lado. Desde su posición, observó las patrullas y la ambulancia que estaban a pocos metros. Las personas corrían de un lado a otro, gritándose entre sí para conseguir ayuda.

Colocaron a Melissa en una pequeña camilla en el suelo y comenzaron a hacer cosas a su alrededor. Pero ella no prestó atención. En ese momento no le importaba lo que sucediera con ella, ya que logró encontrar un grupo de personas a su derecha.

"Matías...", pensó afligida.

Él estaba en el suelo con los ojos cerrados. Su camisa estaba hecha jirones alrededor. Tenía un respirador en su rostro y los médicos colocaban el desfibrilador una y otra vez sobre su pecho.

—¡Carguen nuevamente! —escuchó el grito desesperado a lo lejos.

"Vamos, amor", quiso gritar.

—¡Otra vez! —el grito del paramédico y la voz interior de Melissa eran casi la misma.

—Parece que lo han perdido —le susurró el joven a su compañero, pensando que ella no podía escucharlo debido a su estado de shock.

Melissa quería gritar, pero no salía su voz. Solo veía cómo el cuerpo de Matías se convulsionaba cada vez que recibía una descarga. Quiso llorar y rezar a todos los dioses posibles para que no se lo llevaran. Si había un ser divino que la escuchara, ese era el momento perfecto para hacerse notar.

Pero sus súplicas no fueron escuchadas.

—Lo perdimos —escuchó cómo dijo el hombre—. Hora de muerte: 2:35 a.m.

"No... ¡NO!"

Melissa observó cómo cubrían con una manta el cuerpo inerte de su esposo, y fue lo último que sus ojos enfocaron con claridad. En un instante, todo se volvió borroso y perdió el conocimiento.

Melissa se encontraba recostada en la cama de su ahora desanimada habitación. No sabía cómo había llegado ahí. Las gruesas cortinas impedían el paso de la luz, así que le era imposible saber si era de noche o de día. Recordó cuando Matías no quería comprarlas, él le aseguraba que ver el amanecer era algo por lo cual estar alegres, sin duda, ahora se arrepentía un poco de no haberle hecho caso. Hubiera deseado poder disfrutar de los amaneceres con él, ahora que no podía.

Dio vueltas en su cama. Había llorado incontables veces, tal vez nunca dejó de hacerlo. De vez en cuando también escuchaba el llanto de su suegra a través de las delgadas paredes de la casa.

Se preguntó si su suegra se había ofrecido a cuidar de ella tras la pérdida de su único hijo. Abigail era una mujer que rondaba entre los cincuenta y cinco y los sesenta; Melissa tenía mucho cariño a su suegra, ya que desde que se conocieron, ella la trató siempre con gran cariño y calidez. Entre bromas, la mujer mayor le confesaba su deseo de tener una hija y cómo el pasar tiempo con ella le cumplía ese sueño.

Por eso, Melissa se planteó la idea de salir de la habitación y darle el pésame a Abigail. Ahora podía moverse, pero no tenía las fuerzas o las ganas.

Sentía que todo habría sido más sencillo si ella hubiera muerto en lugar de Matías, seguramente él tendría más fortaleza mental y psicológica para salir adelante. Él habría podido sobrellevar su pérdida de una mejor manera, o al menos eso era lo que pensaba.

Observó su habitación. Las cosas que antes le parecían tan agradables ahora la molestaban. La oscuridad, el tapiz del cuarto o aquel sillón junto a la cama.

"¿Para qué rayos lo compramos?" se preguntó. Recordó lo mucho que lo adoraba hace algún tiempo. Siempre que alguno de los dos se enfermaba o tenían visitas, podían acomodar ahí a su familia. Ahora solo le estaba creando un gran dolor de cabeza.

No era sencillo estar acostada sola. Tampoco era fácil saber que él estaba muerto. Y lo peor, era su mente enloqueciendo, por qué no podía explicar el por qué podía ver a Matías sentado en el sillón junto a ella... llamándola.

Le dio la espalda a aquella alucinación, tomó con fuerza las cobijas y se acurrucó consolándose a sí misma.

"No es real", se repetía en su mente.

—Melissa.

—No es real. —murmuró ella, cerrando los ojos y cubriéndose los oídos. Quería acallar la voz utilizando la suya. Pero no funcionó.

—¡Melissa! —ahora la voz que la llamaba lo hacía con un tono juguetón pero amenazador. Era la típica manera que tenía su esposo de hablarle antes de regañarla.

—No es real, no es real, no es real. —se repetía la joven una y otra vez, como si se tratase del coro de una canción.

—Ya basta —dijo Matías poniendo los ojos en blanco, pero con un tono de voz aún suave—. ¿Así quieres jugar? Puedo hacerlo. Melissa, Melissa, Melissa ¡MELISSA!

—¡CÁLLATE! —le gritó desesperada girando a verlo. Inmediatamente tapó su boca con ambas manos. Seguramente Abigail la había escuchado y ahora pensaría que estaba loca. Aunque poniéndose en perspectiva, no estaría tan equivocada.

—Puedo estar así toda la vida —dijo Matías. Se cruzó de piernas y recargó uno de sus codos sobre el apoyabrazos de manera arrogante, pero después hizo una mueca disconforme—. Bueno, una vida no. Pero tú me entiendes —sonrió arrogante.

"Maldito", pensó Melissa.

Si su cerebro quería hacer una recreación de él, no tenía por qué hacerla tan perfecta. El Matías que se encontraba frente a ella tenía la misma personalidad que el hombre sarcástico con el que había vivido tantos años, que conocía a la perfección y que tanto amaba.

—Si voy a alucinarte, al menos deberías ser el Matías romántico —le retó Melissa. Se levantó hasta sentarse sobre su cama y se apoyó en el respaldo—. No deberías ser el molesto y testarudo.

—Sería aburrido —dijo él en respuesta. —Te conozco, Melissa. Ese ceño fruncido y la mirada furiosa que me lanzas me dice que estás harta. Eso es bueno, tal vez ahora dejes de ignorarme y hables conmigo.

Matías observó a su alrededor y frunció el ceño.

—No puedes quedarte todo el tiempo encerrada en esta deprimente habitación —comentó molesto—. ¡Qué lugar tan tétrico! —exclamó antes de agregar—. Eso debe encantarte, ¿no?

Melissa no le respondió. Se deslizó hacia el otro lado de la cama, bajando los pies para sentarse en el borde y dejando que él continuara hablando solo.

"Esto no puede estar pasando", pensó ella, abriendo el primer cajón de su mesita de noche. Comenzó a mover las cosas, buscando un medicamento en específico que había dejado abandonado desde hace algunos años.

—Vuelves a ignorarme —dijo Matías molesto.

Melissa continuó su búsqueda, sin tener mucho éxito en ello, cuando el silencio casi la hizo cantar victoria, pensando que la alucinación se había ido. Se giró hacia el sillón esperanzada, pero todo cayó de nuevo al verlo sentado, mirándola fijamente.

Melissa dio un grito ahogado, antes de seguir buscando desesperadamente en el cajón que seguramente ya había analizado todo su contenido.

—¿Qué buscas? —le preguntó Matías al ver su desesperación.

—Cállate —respondió desesperada.

—Podría ayudarte si me dices qué es lo que buscas.

—¡SILENCIO! —gritó Melissa, sacando el cajón deslizable de la mesa y tirando todo su contenido sobre el colchón. Separó cada uno de sus medicamentos con cuidado: vitaminas, antibióticos, antiinflamatorios y algunas cápsulas de dudosa procedencia, pero no estaban las que buscaba.

Quiso llorar.

—¿Qué buscas? —repitió Matías al verla a punto de un colapso.

—Mis pastillas, las blancas que me recetó el psiquiatra el año pasado —contestó Melissa, rindiéndose ante su inminente pérdida de la cordura—. En ese cajón tengo todos mis medicamentos. Supongo que, al ser una alucinación de mi mente, no sabes dónde están, ¿verdad? —preguntó sarcástica.

—Tu trastorno no causa alucinaciones —le regañó—. Solo sientes... —se contuvo de las palabras que iba a usar, antes de agregar—: sientes todo con mucha fuerza.

—No lo sé, Matías —dijo Melissa, viéndolo furiosa—. Quizá estoy tan deprimida que comienzo a crear alucinaciones. Tal vez estoy tan ansiosa de vivir sin ti que mi mente te creó para protegerme y sobrevivir. O aún mejor, estoy en un brote psicótico y el accidente no ocurrió y ¡no moriste!

Las palabras comenzaron a escapar de su boca. Sus manos temblaban y pasaban repetidamente por su cabello. Quería aferrarse a algo, algo que le permitiera tener los pies sobre la tierra.

—Así que dime, "cariño" —exclamó con burla—. ¿Qué es lo que mi subconsciente tiene que decirme? —preguntó molesta. Tal vez una charla con su enloquecida mente la ayudaría a terminar con ello, dejar de verlo.

—¿Crees que me estás alucinando? —preguntó Matías. Recargó los codos sobre sus piernas y ladeó la cabeza.

—¿Qué otra cosa podría ser? —respondió ella con una risa nerviosa.

No había querido mirarlo detenidamente. Parecía tan real, llevaba un pijama sencillo de pantalón negro de algodón y una camiseta interior blanca; justo lo que él siempre utilizaba para dormir. Melissa nuevamente evitó mirarlo antes de agregar: —Me estoy volviendo loca.

—¿Prefieres estar loca a que sea un... no sé, un fantasma? —preguntó él. Al no recibir una respuesta, agregó—: Ok, si así lo quieres —dijo mientras recorría el techo con la mirada—. Me quedaré aquí y seré tu sombra todo el tiempo. Tal vez, en ocasiones, me ponga a gritar para darle un poco de sonido a este terrorífico lugar. Iría con la ambientación.

Matías bromeaba e intentaba ver alguna reacción diferente en ella.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó ella, cansada.

—Mira, dame una oportunidad —dijo Matías, un poco más serio—. Si realmente soy un espíritu, sabrás que existe algo más allá de la muerte —Matías miró sus manos, como si el contemplarse también fuera extraño para él—. Y si no lo soy, pues… ¡Felicidades! Tienes razón y estás loca.

Melissa rodó los ojos.

—Para poner esto a tu favor —agregó Matías, poniéndose de pie—. Tu medicamento está en tu bolso, no en tu buró.

Melissa lo miró con duda. Se acercó a un pequeño perchero montado en la pared y tomó su bolso que colgaba de él. No batalló mucho para encontrar la pequeña ristra de pastillas. Melissa dio un suspiro aliviada, sacando una de ellas y tomándola inmediatamente, esperando que surtiera efecto lo más pronto posible. Se volvió a acomodar en su cama, cerrando los ojos. Esperó unos cuantos minutos para ver si la alucinación había desaparecido, pero al abrir los ojos él seguía ahí, ahora frente a ella.

—De acuerdo —dijo ella, rindiéndose. Se volvió a colocar con cansancio en el borde de su cama y lo miró antes de agregar—: ¿Por qué estás aquí? ¿Tienes algún asunto pendiente, me imagino?

Él sonrió, pero no respondió a eso.

—¿Planeas dejarme con la duda hasta que lo descubra por mi cuenta? —preguntó con desesperación. Melissa agachó su cabeza y hundió los dedos entre el cabello que le caía en cascada sobre el rostro.

—No tendría sentido si no lo haces sola —le replicó él—. No puedes quedarte estancada en este lugar. Me aseguraré de ello.

Matías se agachó frente a Melissa, quien aún tenía el rostro escondido entre sus manos.

—Mírame —le dijo suplicante—. ¿Por qué no salimos, aunque sea al resto de la casa? Parece que en este momento no hay nadie.

Matías se puso de pie y caminó hacia la puerta de la habitación y sin ningún problema la abrió. La brillante luz del pasillo entró por ella.

—¿C-cómo hiciste eso? —preguntó Melissa alarmada, al pensar que tal vez sus alucinaciones eran peores de lo que ella creía.

—Tal vez soy un espíritu con mucho poder —dijo él, aligerando el ambiente—. Acompáñame, ¿quieres?

Melissa lo miró desde la cama, aún sintiendo el impulso de acostarse nuevamente y taparse con todos los cobertores hasta asfixiarse. Pero fuera lo que fuera ese Matías que ahora la esperaba en la puerta, no la dejaría en paz hasta que hiciera lo que él quería.

La luz que entraba desde la puerta era cegadora para Melissa, quien se había acostumbrado a la oscuridad. Matías se encontraba recargado en la pared junto a la puerta, esperando que lo acompañara. Melissa no había querido verlo con tanto detalle, pues toda esta situación le parecía muy irreal. Verlo así, con su ropa para dormir y su cabello despeinado, la estaba destrozando.

“No quiero ir”, pensó ella al verlo esperándola. No quería saber qué era lo que la esperaba ahí afuera, pero entendía que tenía que hacerlo.

Se armó de valor y se levantó de aquella cama en la que había estado durante tanto tiempo. Casi cae al piso debido a los temblores que el terror al que se estaba enfrentando ocasionaba en ella.

Matías estaba tranquilo. Sus ojos brillantes la miraban con ternura y sonreía satisfecho al verla acercarse. Melissa se armó de valor para llegar junto a él, sus manos le cosquilleaban y quería extenderlas para tocar el rostro de su amado.

"¿Realmente está aquí?", se preguntó al estar casi llegando a él.

Melissa tenía miedo, miedo de que sus caricias no pudieran alcanzarlo y saber que eso era realmente una pesadilla. Pero, si lograba tocarlo, ¿qué le impediría soñar que estaba ahí con ella? Creer que realmente existía una vida después de la muerte y que, por alguna razón, ella aún podía compartir más tiempo con él.

Melissa pasó por el marco de la puerta, esquivando a Matías. Hizo todo lo posible para que sus cuerpos no se tocaran en absoluto. Aún no se sentía lista para afrontar si esto que estaba pasando era real o no lo era.

—¿Y bien? —preguntó Melissa una vez que se sintió en un lugar seguro, fuera del estrecho marco de la puerta y lejos de la cercanía de aquel espejismo que la miraba divertido.

Matías observó el extraño comportamiento de su esposa y creyó saber lo que pasaba por su mente. Con decisión, alargó su mano para tomar la muñeca de Melissa y la arrastró unos pasos hacia atrás, junto a él. Melissa dio un pequeño giro para mantener el equilibrio, causando que quedara frente a él. Antes de que la joven pudiera reaccionar, Matías abrazó su cintura con uno de sus brazos, sosteniéndola, mientras con la otra mano la tomó del mentón para que lo viera a los ojos.

"¡Maldita sea!", pensó Melissa. "Es real, ¡ES REAL!"

Melissa podía sentirlo; la estaban tocando. Se sentía sofocada; el llanto comenzó a acumularse en su garganta y quiso gritar de mil maneras ante lo que estaba sintiendo.

Matías limpió una lágrima escurridiza que pasaba por el rostro de su amada y le sonrió con ternura. Melissa parecía estar en shock; sus ojos estaban abiertos y sus pupilas temblaban al observar el rostro de Matías. Ella parecía no querer parpadear; tal vez si cerraba sus ojos por sólo un segundo, aquella imagen frente a ella se desvanecería. Matías quiso mover la mano de su mejilla para calmarla, pero las manos de ella se aferraron con fuerza a sus brazos, sosteniéndolo para que no se escapara de su lado.

—¿Ahora sí quieres tocarme? —preguntó burlón Matías, mientras limpiaba inútilmente las lágrimas de Melissa.

Era él, tan él. Así lo sintió ella. Era su voz, su calor, sus grandes manos que la acariciaban con ternura, sus tontos y burlones chistes que siempre aligeraban el ambiente. Era él y estaba ahí.

Melissa podía sentir la respiración de Matías sobre su rostro, a pocos centímetros de ella. Lo miró a los ojos y simplemente no pudo contenerlo: estalló en llanto. La presión en su pecho salió de su cuerpo en forma de pequeños quejidos de dolor y tristeza contenida. Sus manos pasaron de sujetar sus manos a tomarlo firmemente de su rostro, acariciando cada una de sus facciones, comprobando que fuera él.

—¿C-cómo? —logró articular Melissa con dificultad—. ¿Cómo es posible? —preguntó mientras acariciaba su barbilla. Los crecientes vellos de su barba le hacían cosquillas en los dedos, pero no quería soltarlo.

—Estoy aquí, cariño —respondió él mientras tomaba una de las manos que lo sujetaba entre las suyas—. Estoy aquí, amor. Acéptalo.

Matías se quedó quieto, esperando la reacción de su esposa, quien, al contrario de lo que él esperaba, lo tomó nuevamente de ambas mejillas y lo besó.

Sabía a desesperación. No fue un beso intenso, de aquellos que ves en películas románticas, sino uno lento del que no se quería separar. Las lágrimas le generaban un ligero escozor que comenzaba a irritarle la piel y creó un sabor salado en aquel beso tan añorado. Pero esas imperfecciones eran las que lo hacían perfecto, lo volvieron real.

No le importaba si todo era un sueño, para ella ahora todo se sentía real y eso era suficiente. No podía soportar la idea de tener que vivir sin él. Quería quedarse para siempre de esa manera, entre sus manos y entre sus labios. Melissa sonrió ante la idea de quedarse encerrada en aquella casa, pero ahora junto con él.

Al separarse de él, aún tenía una sonrisa en su rostro, ante el futuro que su mente estaba desarrollando. Pero al verlo, su sonrisa se borró. La mirada seria que él le dedicó hizo que su corazón se contrajera.

"¿Qué pasa?", se preguntó ella.

—No, Melissa —dijo Matías con determinación—. Necesitas seguir adelante.

La poca sonrisa que hubiera quedado en el rostro de Melissa desapareció y una mirada de completa agonía comenzaba a surgir. Su mandíbula se tensó antes de poder preguntar de manera inocente: —¿A q-qué te refieres?

—No puedo irme si no sigues adelante —respondió él—. Tienes que dejar de aferrarte —Matías la tomó de los hombros al ver que ella soltaba su rostro y se alejaba a pasos pequeños de él—. No lo hagas. No te hagas esto.

—No.

Melissa intentó inútilmente escapar de las manos que la sujetaban por los hombros. Ahora, su llanto de alivio comenzaba a pesar nuevamente en su pecho.

—Melissa, no puedes estar aquí. Tienes que aceptar lo que pasó —la regañó su esposo—. ¿Crees que esto es una vida? Estar encerrada en este cuarto oscuro, llenándote de polvo junto al resto de las cosas. ¡No puedes seguir así!

—¿¡Y qué esperas que haga!? —gritó con furia ella—. ¡Estás muerto, Matías! —agregó con dolor. No sabía, no tenía ni idea de cómo podía estar hablando en ese momento con él, pero ahora que había encontrado un modo de seguir adelante, de ser feliz, él quería arrebatárselo.

—¡Ya lo sé! —respondió entre gritos, frustrado.

Matías suspiró y al mismo tiempo soltó los hombros de Melissa. La dejó de pie en aquel estrecho pasillo. Continuó caminando por su hogar sin prestar atención a los suaves pasos que lo seguían en silencio.

Entró a la habitación que correspondía a su estancia. A los ojos de Melissa, todo seguía igual y como lo habían dejado antes de irse de viaje. Se extrañó un poco de que su suegra hubiera dejado los papeles y platos sucios que se les habían olvidado antes de salir.

Ese cuarto parecía más vivo. Las cortinas de la sala estaban cerradas, pero su blanco –casi transparente– permitía que los rayos solares ingresaran a través de ellas. Las pocas lámparas que tenían estaban encendidas, haciendo que el lugar estuviera completamente iluminado, como si fuera un día normal.

La estancia era acogedora. Dos largos sofás cafés enmarcaban la mesa de centro. Las ventanas se posaban en cada una de las paredes que conformaban la esquina de la habitación. Estas, pintadas de un tenue amarillo, iban acorde a los colores cálidos del mobiliario.

Matías se sentó en uno de los sillones. Apoyó sus codos en sus rodillas y miró fijamente el librero que estaba frente a él. El gran mueble podía considerarse una pared de madera. Cada repisa tenía cientos de recuerdos de la pareja: marcos de fotografías familiares, de ellos y álbumes llenos de cartas. Su mayor colección podrían ser los discos de música o películas que llenaban la mayoría de las repisas.

Había un antiguo tocadiscos en la parte central, recuerdo del padre de Matías. Y sobre esa repisa, se encontraba una pantalla de televisión en la que se perdían durante horas los fines de semana.

Pero la mirada de Matías estaba puesta en otra cosa: una fotografía.

Era un portarretratos normal, podría pasar desapercibido si cualquier otra persona intentara buscarlo entre todos los demás, pero no para ellos. En la foto, ambos posaban frente al pequeño escarabajo que era su auto. La foto fue tomada el mismo día que lo compraron, por lo que la pintura del automóvil brillaba con fuerza ante el flash de la cámara y relucía más que nunca en los últimos años.

Ambos sonreían felices, completamente diferentes a la mirada inalterable que Matías le ofrecía al portarretrato. No hizo falta mucho para que Melissa supiera lo que pasaba por su mente.

—No culpes a nuestro carro —le dijo ella de manera desafiante mientras se sentaba en la mesa de centro frente a él.

—Esa chatarra —respondió él dando un bufido de molestia—. Debimos deshacernos de él hace años. —se quedaron en silencio unos segundos, antes de que él despegara la vista del retrato para mirarla y agregar: —Teníamos el dinero para comprar uno nuevo, ¿por qué no lo hicimos?

—Teníamos otras prioridades —aseguró Melissa—. El carro funcionaba bien, solo fue cuestión de la niebla, viajar de noche y ¡del maldito auto detenido en medio de la carretera! —exclamó desesperada.

Se levantó de la mesa molesta al ver el cambio de humor de Matías, que ahora se mostraba más pesimista. ¿Dónde había ido el joven juguetón y cariñoso con el que había estado hablando hace apenas unos minutos?

Melissa miró la fotografía con nostalgia. Amaban ese pequeño automóvil. Tenían muchos recuerdos hermosos en él; no podían permitir que se arruinaran por la terrible situación por la que habían pasado. Manchar esos recuerdos sería como borrar años de su vida.

—No debimos viajar de noche —suspiró resignada, volviéndose a sentar frente a él.

Melissa reflexionó. Al principio, ella también estuvo muy molesta con su automóvil, llegando a odiar algo que le había traído tanta felicidad. Pero siendo honesta, con ese u otro auto, el accidente habría ocurrido. No era algo que estuviera en sus manos.

Era el destino.

Cuando Melissa comprendió esto, no pudo evitar llorar un poco más. Lo entendía, realmente lo hacía, pero aun así dolía como el demonio. Ella bajó la mirada y trató de protegerse rodeándose en un abrazo. No podía ver a Matías, ya no sabía si todo eso era real. Sentía una terrible opresión en el pecho y solo quería escapar.

—Melissa, amor —la voz de Matías la obligó a levantar la mirada hacia él—. Piensa un poco, cariño. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo? ¿Con quién has hablado en todo este tiempo?

Melissa lo miró confundida.

—¿A qué te...?

Pero la pregunta quedó atrapada en su garganta.

Fue como un gran golpe de realidad. Todas las cosas a su alrededor habían cambiado en un instante. Aquel librero frente a ella estaba vacío. El polvo parecía tener meses acumulándose en la superficie. Las ventanas, que pocos minutos antes habían estado cubiertas por una hermosa tela, ahora se encontraban desprotegidas y los vidrios opacos le impedían ver bien lo que había en el exterior.

Una carcajada involuntaria escapó de su boca. Se estaba volviendo loca. Sentía el corazón golpeando con tanta fuerza en su pecho que le estaba causando dolor.

"¿Qué está pasando?" se preguntó angustiada.

—Ven conmigo —le dijo él, extendiendo su mano e invitándola a tomarla—. Tenemos que continuar.

No había palabras en la boca de Melissa. Temerosa, tomó la mano de su amado. En el camino, miles de preguntas llegaban a su mente, la principal: ¿Cómo llegó a su habitación?

Lo último que podía recordar era el accidente. Después, solo podía recordar una cama desolada y un llanto interminable. Pero no había memorias de todo lo demás: sus padres preocupados por ella, visitándola, visitas al hospital, llamadas del trabajo disculpándose y... el funeral de Matías.

Cualquiera de las cosas normales por las que pasaría una persona tras perder a un ser amado.

Alguna de las cosas normales por las que pasaría una persona tras perder a un ser amado.

Melissa miró a su alrededor y, con pasos apresurados, se dirigió a su habitación, aquella en la que había estado hacía pocos minutos. Todo estaba diferente. Había una montaña de cajas de distintos tamaños apiladas en la orilla de la alcoba. Melissa se acercó a ellas dudando y con temor. Vio cómo cada una de las cajas estaba acomodada y etiquetada: Ropa de Matías, Accesorios de Melissa, Sábanas, Zapatos, Libros, etc.

—Nuestros padres han estado muy ocupados —dijo Matías a sus espaldas—. Pobres, no puedo ni imaginarme lo devastados que deben de estar en estos meses —Melissa escuchaba las palabras, pero no quería entenderlas—. Han logrado apoyarse juntos. No están solos —agregó.

Melissa se giró para verlo. Su amado también había cambiado, ahora llevaba la misma ropa que tenía la noche del accidente. Sus pantalones de mezclilla oscuros, un suéter verde que se podía ver entre el abrigo desabrochado que llevaba y, entre sus manos nerviosas, jugaba con aquellos guantes que ella se había puesto por el frío.

Al verlo, no pudo evitar mirarse a sí misma. Llevaba sus pantalones favoritos y un suéter ligero... que le daba frío.

Ya no pudo ignorar más lo que estaba pasando. Fue como si la hubieran dejado caer en agua helada.

—¿Y-yo? —preguntó ella a medias, conociendo la respuesta.

Matías asintió. La realidad la había golpeado de frente. Tenía miedo, mucho, pero nuevamente una mano conocida se extendió hacia ella.

—¿Nos vamos, cariño? —preguntó Matías.

Melissa tomó un gran suspiro y, alzando su mano temblorosa, sujetó con fuerza la de Matías. Una calma la invadió en ese instante. Tenía miedo, sí. Pero sabía que a dondequiera que fuese, estaría junto a su amado. 


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