La tienda de conveniencia al final del purgatorio

#suspenso

SINOPSIS:

Adrián despierta en una tienda de conveniencia infinita sin recuerdos de su vida pasada. En este purgatorio comercial, los recuerdos son la única moneda de cambio para comprar la libertad. Tras una huida desesperada y el sacrificio de una misteriosa aliada, Adrián logra regresar al mundo real, solo para descubrir que la libertad sin memoria es una forma diferente de prisión.

Capítulo 1: El pasillo de las ofertas eternas

Despiertas con el rostro pegado al cristal frío de una nevera de bebidas energéticas. El zumbido de los compresores es lo único que rompe un silencio tan absoluto que puedes escuchar el parpadeo de tus propios ojos. Intentas incorporarte, pero tus músculos se sienten como si hubieran sido masticados y luego escupidos.

Estás en un pasillo infinito de una tienda de conveniencia. El suelo de linóleo blanco brilla tanto que te hiere la vista, y las luces fluorescentes del techo emiten un chirrido eléctrico que se clava en tu nuca.

Miras a tu alrededor. A la izquierda, estanterías repletas de bolsas de snacks de marcas que no reconoces. A la derecha, una hilera interminable de refrescos de colores radioactivos. No hay ventanas. No hay puertas de emergencia. Solo pasillos que parecen converger en un punto de fuga imposible.

—No te recomendaría el té verde. Sabe a remordimiento —dice una voz monótona a tus espaldas.

Te das la vuelta con el corazón intentando saltar por tu garganta. Tras el mostrador de la caja, un chico con un uniforme rojo demasiado grande para su cuerpo esquelético te observa con ojos que parecen dos agujeros negros. Su placa de identificación dice simplemente: "Cajero".

—¿Dónde estoy? —preguntas. Tu voz suena pequeña, como si el aire de la tienda se estuviera tragando el sonido.

El Cajero bosteza y empieza a escanear una lata de sopa vacía, una y otra vez. Pi. Pi. Pi.

—En la sucursal 404 —responde sin mirarte—. Para algunos es el Purgatorio. Para otros, una parada técnica antes de la nada. Para mí, es el turno de noche más largo de la historia.

Caminas hacia él, pero por más que avanzas, el mostrador parece mantenerse a la misma distancia. Es una ilusión óptica física; el suelo se estira mientras tú intentas cruzarlo.

—Quiero salir —dices, tratando de que no se note que tus manos tiemblan—. ¿Dónde está la puerta?

El Cajero deja la lata de sopa y por fin clava su mirada en ti.

—La puerta solo aparece cuando pagas tu cuenta, cliente. Pero aquí no aceptamos tarjetas de crédito ni efectivo.

Señala un cartel escrito a mano sobre la cafetera. Dice: "Tasa de cambio: 1 recuerdo feliz = 1 salida. 1 recuerdo traumático = 1 bolsa de snacks".

Sientes un frío repentino en el pecho. Intentas recordar tu nombre. Nada. Intentas recordar el rostro de tu madre. Solo ves un borrón gris. Intentas recordar cómo llegaste aquí. El vacío es total.

—Me habéis robado la memoria —susurras, retrocediendo hacia el pasillo de los snacks.

—Nosotros no robamos nada —dice el Cajero, volviendo a su tarea—. Tú lo gastaste todo para llegar hasta aquí. Ahora mismo, tu saldo es cero. Eres un "Sin Rostro" en potencia.

Miras hacia el final del pasillo y, por primera vez, ves a otro cliente. Es una figura encorvada, vestida con harapos que alguna vez fueron ropa de oficina. No tiene cara; en su lugar hay una superficie lisa de piel pálida. Está desesperado, abriendo bolsas de patatas y metiéndose el aire de su interior en la boca, buscando desesperadamente el rastro de un recuerdo que lo haga sentir vivo otra vez.

El Sin Rostro se detiene. Se gira hacia ti. Aunque no tiene ojos, sientes su hambre. Huele que tú todavía tienes algo de "vida" en tus venas, algo de esencia que aún no ha sido procesada por la caja registradora.

—Si yo fuera tú, correría al pasillo de limpieza —sugiere el Cajero con desgana—. Los Sin Rostro odian el olor a amoníaco. Y date prisa, la limpieza de pasillos empieza en cinco minutos y no querrás que el robot mopa te confunda con basura.

Corres. Tus pies golpean el linóleo mientras el Sin Rostro empieza a gatear por las estanterías con una velocidad inhumana. Estás atrapado en una tienda de 24 horas donde el tiempo no existe y tu única moneda de cambio es la persona que solías ser.

Capítulo 2: El almacén de las identidades olvidadas

El siseo del Sin Rostro se detiene justo cuando doblas la esquina del pasillo de productos de limpieza. Tus pulmones arden, no por el esfuerzo, sino por el aire cargado de un aroma a cloro tan intenso que te quema las fosas nasales. Encuentras una puerta de doble batiente con un letrero que dice: SOLO PERSONAL AUTORIZADO.

No lo piensas. Empujas con el hombro y te lanzas al interior.

El almacén no es como el resto de la tienda. Aquí no hay luces blancas cegadoras; el espacio está sumergido en una penumbra sepia, lleno de estanterías metálicas que suben hasta perderse en un techo que parece hecho de nubes grises. El olor a cartón húmedo y polvo antiguo es casi reconfortante después del olor a químico de afuera.

Caminas con cuidado, sorteando torres de cajas precintadas con una cinta que reza: "EXCESO DE EQUIPAJE EMOCIONAL". Al fondo, divisas una mesa de metal con una caja de plástico transparente. Un rótulo pegado con cinta adhesiva dice: "OBJETOS PERDIDOS - RECLAMAR ANTES DEL VENCIMIENTO".

Te acercas, con las manos temblando. Dentro de la caja hay chucherías sin valor aparente: un peine roto, un ticket de cine borroso, una horquilla de pelo. Pero en el fondo, ves algo que te detiene el pulso.

Es un llavero de cuero desgastado con una pequeña figura de un astronauta de plástico.

Al rozar el cuero con la punta de tus dedos, el almacén desaparece. No es un recuerdo visual, es una embestida sensorial. Sientes el viento frío de una tarde de octubre, el peso de una mochila escolar en tus hombros y el sonido de una risa infantil que sabes, con una certeza dolorosa, que es la tuya.

—¡No lo sueltes, o lo perderás en las alcantarillas! —dice una voz de hombre en tu mente.

Tu nombre. Tu nombre empieza por...

¡CRACK!

El sonido de una madera rompiéndose te devuelve al almacén. El llavero brilla ahora con una luz azulada y tenue entre tus manos. Al recuperar ese fragmento de identidad, has generado "valor". Y en este lugar, el valor tiene un aroma que los muertos pueden rastrear.

Desde las sombras de las estanterías superiores, escuchas un chasquido. No es uno, son varios. Los Sin Rostro que vagan por el almacén se han despertado. Para ellos, esa pequeña luz azul que emana de tu mano es como un banquete en medio de una hambruna eterna.

—¿Nombre? —susurra una voz múltiple, una amalgama de cuerdas vocales rotas que proviene de la oscuridad—. Danos... el nombre...

El llavero vibra. Sabes que si te concentras un poco más, recordarás quién eres. Pero la luz es cada vez más fuerte y los Sin Rostro están empezando a bajar de las estanterías como arañas humanas, rodeándote.

—¡El Cajero no te dijo que la memoria es inflamable aquí, novato! —una voz femenina susurra desde detrás de una pila de cajas de pañales.

Una chica con una sudadera con capucha y una máscara quirúrgica te hace señas desesperadas para que te ocultes con ella. En su mano sostiene un escáner de precios que emite una luz roja amenazante.

—Si no apagas esa luz ahora mismo, se comerán tu nombre antes de que termines de pronunciarlo.

Capítulo 3: El precio de la invisibilidad

Los chasquidos sobre tu cabeza se vuelven frenéticos. Puedes sentir el goteo de algo viscoso cayendo desde las estanterías superiores; es la saliva de los Sin Rostro, hambrientos por la luz azul que emana de tu mano. La chica de la máscara quirúrgica te extiende la palma, esperando. El escáner de precios en su otra mano emite un pitido impaciente.

—¡Dámelo ahora o seremos cena de sombras en diez segundos! —sisea ella.

Cierras los puños sobre el llavero de cuero. El calor del astronauta de plástico te infunde una calidez que no habías sentido en este lugar gélido. Es tu nombre. Es tu infancia. Pero el primer Sin Rostro ya ha aterrizado en el pasillo, a escasos metros, con sus extremidades alargadas y esa cara lisa y aterradora que parece una máscara de cera derretida.

Abres la mano y dejas caer el llavero en la palma de la chica.

Ella lo atrapa al vuelo y, con una agilidad asombrosa, apunta el escáner de precios directamente a tu pecho. Sientes un disparo de luz roja que te atraviesa el esternón. No duele, pero la sensación es un vacío repentino, como si te hubieran succionado el aire de los pulmones y el peso de la conciencia.

Pi.

El valor de tu existencia cae a cero. El brillo azul del llavero se apaga al instante, engullido por el dispositivo de la chica. Te vuelves invisible para los sentidos de los monstruos porque, técnicamente, dejas de "valer" algo para la tienda.

Los Sin Rostro se detienen en seco. Sus cabezas sin facciones giran de un lado a otro, confundidas. El rastro de tu memoria se ha evaporado. Pasan junto a ti, rozando tu sudadera con sus dedos fríos y largos, pero no te ven. Eres una estantería más, un producto sin etiquetar.

—Sígueme. No respires fuerte, el escáner solo camufla el alma, no el aliento —te ordena la chica en un susurro.

Te guía por un laberinto de palés de madera hasta un pequeño rincón oculto tras una montaña de cajas de detergente. Allí tiene una especie de campamento: una manta térmica y una pila de manuales de usuario de electrodomésticos que usa como almohada.

Ella se sienta y guarda tu llavero en un bolsillo interno de su sudadera. Luego se quita la máscara. Es más joven de lo que pensabas, con unas ojeras profundas que parecen tatuadas en su piel pálida.

—Me llamo Mia —dice, revisando el nivel de batería del escáner—. Y acabas de pagar tu primer día de alquiler en el almacén. Considérate afortunado; la mayoría intenta luchar por sus recuerdos y termina siendo procesado por el robot de limpieza.

—Me has quitado lo único que tenía —dices, sintiendo un hueco doloroso en el pecho donde antes estaba el recuerdo del astronauta—. ¿Quién eres tú? ¿Una empleada?

Mia suelta una risa amarga que suena como cristales rotos.

—Soy una "recolectora de saldos". Llevo aquí lo que parecen años, aunque en este sitio el tiempo se mide en cuántas veces parpadean los fluorescentes. Me dedico a rescatar a novatos como tú antes de que los Sin Rostro los vacíen del todo. Pero nada es gratis. Ese llavero me servirá para sobornar al Cajero y conseguir una batería nueva para este trasto.

Miras tus manos. Se ven un poco más translúcidas que antes. Te das cuenta de que usar el escáner tiene un efecto secundario: te estás desvaneciendo.

—Si sigo así, me convertiré en uno de ellos, ¿verdad? —preguntas, señalando hacia la oscuridad del almacén.

—Solo si te rindes —responde Mia, sacando un pequeño objeto de su bolsillo. Es un ticket de compra arrugado—. El Cajero no te lo dijo, pero hay una forma de recuperar lo que perdiste sin pagar el precio completo. En la sección de "Lácteos y Derivados", al fondo de la tienda, hay una nevera que no contiene leche. Contiene los restos de los recuerdos que los Sin Rostro no pudieron digerir. Si llegamos allí, podrías recuperar tu nombre.

De repente, un estruendo metálico resuena en todo el almacén. Es un sonido rítmico, pesado. Clang. Clang. Clang.

—Mierda —susurra Mia, poniéndose la máscara de nuevo—. Es el turno del Robot Mopa. Y no está aquí para limpiar el suelo; está aquí para reciclar cualquier producto que no esté en su estantería. Incluyéndonos.

Capítulo 4: El precio de la fricción

El sonido del Robot Mopa es un lamento hidráulico que hace que tus dientes vibren. A través de la rendija de las cajas de detergente, ves una luz estroboscópica de color naranja girando frenéticamente. No es un robot pequeño y simpático; es una masa de acero industrial de dos metros de ancho, con cepillos rotatorios que parecen cuchillas y un sensor óptico que barre el suelo buscando cualquier "irregularidad".

—Por aquí, antes de que detecte tu rastro térmico —susurra Mia, señalando una rejilla de ventilación situada a ras de suelo, detrás de una torre de latas de conserva caducadas.

Ella retira la rejilla con una palanca metálica. El interior del conducto es una garganta de metal oscuro de la que emana un aire gélido con olor a ozono. Mia entra primero, deslizándose con una facilidad que te hace sospechar que sus huesos ya no son del todo sólidos.

—Escúchame bien —te advierte Mia desde la oscuridad del túnel—. Este conducto es el "sistema circulatorio" de la tienda. El espacio es angosto. Si tocas las paredes con demasiada fuerza, la estática de la tienda absorberá tu masa. No es solo que te duela; es que saldrás por el otro lado siendo menos de lo que eres ahora. Intenta no ocupar espacio.

Te introduces en el conducto. El metal está tan frío que sientes que te quema la piel. Avanzas a gatas, siguiendo el eco de los movimientos de Mia. Es una pesadilla claustrofóbica. Las paredes parecen estrecharse a medida que avanzas, como si el conducto estuviera intentando digerirte.

En un giro particularmente cerrado, tu hombro derecho roza el metal. No sientes dolor, sino una sensación de vacío absoluto, como si un borrador invisible hubiera pasado sobre tu brazo. Miras hacia abajo y, en la penumbra, ves que tu hombro se ha vuelto translúcido. Puedes ver las texturas del metal a través de tu propia carne. Estás perdiendo densidad. Te estás convirtiendo en una idea borrosa de ti mismo.

—¡No te detengas! —sisea Mia—. Si te quedas quieto, te integrarás en la estructura. ¡Muévete!

El pánico acelera tu pulso. Gateas con una agilidad desesperada, tratando de mantener tus extremidades pegadas al centro de tu cuerpo. Sientes que tu peso disminuye; cada vez te cuesta menos moverte, pero también sientes que tus manos tienen menos fuerza para agarrarse al metal. Estás dejando pedazos de tu existencia en las paredes del conducto.

Finalmente, ves una luz blanca al final del túnel. Mia patea una rejilla y sale disparada hacia afuera. Tú la sigues, cayendo pesadamente sobre un suelo de baldosas blancas y azules.

Estás en la sección de Lácteos.

El frío aquí es diferente; es un frío que huele a fermentación y a olvido. Frente a ti se extienden hileras de neveras con puertas de cristal empañadas. Pero dentro no hay cartones de leche ni yogures. A través del vaho, ves formas flotantes, jirones de algo que parece algodón de azúcar gris sumergido en un líquido espeso y transparente.

—Aquí están —dice Mia, limpiando el sudor de su frente con su manga—. Los residuos. Recuerdos que los Sin Rostro intentaron devorar pero que resultaron ser demasiado amargos o complejos para sus estómagos.

Te acercas a una de las neveras. Tu reflejo en el cristal es aterrador: tu lado derecho está medio desvanecido, como una fotografía vieja expuesta demasiado tiempo al sol. Si no recuperas algo de "sustancia" pronto, simplemente dejarás de ser.

—Busca el que vibre con tu frecuencia —te urge Mia, vigilando el pasillo—. Si te equivocas y absorbes el recuerdo de otro, tu mente se fragmentará. Tienes que reconocer tu propia esencia entre los restos de los demás.

Pones la mano sobre el tirador de la nevera. Sientes mil voces susurrando desde el otro lado del cristal, una cacofonía de momentos perdidos que reclaman un cuerpo.

Capítulo 5: La viscosidad del olvido

Abres la puerta de la nevera. El sello de goma cede con un suspiro de aire gélido que te golpea el rostro, portando un aroma metálico y dulce, como sangre mezclada con azúcar. El líquido transparente que llena los estantes no se derrama; es denso, casi como gelatina líquida, y mantiene los fragmentos de memoria suspendidos en un equilibrio antinatural.

—Rápido —susurra Mia, mirando nerviosa hacia el pasillo de panadería—. Los Sin Rostro pueden oler una nevera abierta a kilómetros de aquí. Es como abrir un buffet libre para ellos.

Sumerges tu mano izquierda —la que aún es sólida— en el líquido. La sensación es espantosa. No está frío, está vacío. Es como meter la mano en un agujero negro que intenta succionar el calor de tu sangre. Empiezas a palpar los jirones grises.

Al tocar el primero, una descarga eléctrica te recorre el brazo. Ves un par de zapatos rojos bajo la lluvia. Una decepción amorosa en una estación de tren que no conoces. Retiras la mano de un tirón. No es tuyo. Es la tristeza de un extraño, y se siente como ceniza en tu boca.

Vuelves a intentarlo. Tienes que ignorar el ruido de los recuerdos ajenos. Te concentras en la textura del llavero de cuero, en el peso del astronauta de plástico que Mia te quitó. Buscas esa frecuencia específica: la de una tarde de octubre y el olor a maderas viejas.

Entonces, tus dedos rozan algo pequeño y vibrante al fondo del segundo estante.

A diferencia de los otros fragmentos, que se sienten fofos y fríos, este tiene un pulso. Al rodearlo con tus dedos, el líquido de la nevera empieza a brillar con un azul eléctrico.

—¡Ese es! —exclama Mia, retrocediendo ante el fulgor—. ¡Sácalo antes de que la tienda lo reabsorba!

Cierras el puño y tiras hacia fuera. El fragmento se pega a tu piel como una sanguijuela de luz. De repente, el mundo se distorsiona. El suelo de la tienda se inclina y las luces parpadean al ritmo de tu corazón. Sientes una presión insoportable en tu hombro translúcido. Es como si alguien estuviera inyectando cemento caliente en tus venas.

Gritas, pero de tu garganta sale un nombre. Tu nombre: Adrián.

La masa física regresa de golpe. Tu hombro recupera su densidad, pero el proceso es tan violento que caes de rodillas, jadeando. El fragmento de memoria se ha fundido con tu antebrazo, dejando una marca brillante, una especie de código de barras luminoso bajo la piel que late con suavidad.

Te miras las manos. Ya no eres un fantasma. Eres Adrián de nuevo, al menos en un setenta por ciento. Pero el precio es que ahora brillas en la oscuridad de la sección de lácteos como un faro.

—Felicidades, Adrián —dice Mia, aunque su voz suena tensa—. Has recuperado tu peso. El problema es que ahora el sistema te ha "re-etiquetado". Ya no eres un producto perdido. Eres un artículo de lujo.

Mia señala hacia el final del pasillo. Allí, bajo la luz parpadeante, tres Sin Rostro han dejado de gatear. Se han puesto de pie, estirando sus extremidades hasta que sus dedos rozan el techo. Sus rostros lisos están orientados hacia ti, y por primera vez, emiten un sonido: un coro de suspiros que forman una sola palabra.

Dueño...

—Tenemos que irnos —Mia te agarra de la sudadera—. La puerta de salida acaba de aparecer al final del pasillo de cajas, pero con ese brillo, vas a atraer a todo lo que no tiene nombre en este edificio.

Miras hacia la salida. A lo lejos, ves el resplandor de una puerta de cristal que da a una calle normal, con coches y farolas. Está tan cerca que podrías correr hacia ella en treinta segundos. Pero entre tú y la libertad, los Sin Rostro están empezando a correr, y el Cajero ha salido de detrás de su mostrador con una bolsa de plástico negra y una sonrisa que no augura nada bueno.

Capítulo 6: El código de la libertad

No hay tiempo para pensar. Si te detienes a calcular las probabilidades, el frío de la tienda te absorberá antes de que des el primer paso. Miras a Mia, que sostiene el escáner como si fuera un arma cargada, y luego fijas la vista en la puerta de cristal al final del pasillo.

—¡Ahora! —gritas.

Te lanzas hacia adelante. Tus pies golpean el linóleo con una fuerza que antes no tenías; la densidad recuperada se traduce en una inercia arrolladora. El brillo azul de tu antebrazo estalla con cada latido de tu corazón, proyectando sombras largas y distorsionadas contra las estanterías de cereales.

Los Sin Rostro se abalanzan sobre ti desde los costados. Son rápidos, pero la luz que emanas es demasiado pura para sus ojos inexistentes. Al acercarse a tu radio de brillo, retroceden chillando, cubriéndose el rostro liso con sus manos esqueléticas. Es como si la verdad de tu nombre fuera un ácido para su vacío.

—¡No dejes de correr, Adrián! —escuchas a Mia a tus espaldas.

Escuchas el pi-pi-pi frenético del escáner. Mia está disparando ráfagas de luz roja a los Sin Rostro que intentan flanquearte, bajando sus "precios" a cero para que el sistema de la tienda los ignore por un segundo, confundiéndolos con el suelo.

Llegas al pasillo central, justo frente al mostrador. El Cajero te espera con la bolsa de plástico negra abierta. Su rostro ya no es el de un adolescente aburrido; su mandíbula se ha desencajado, revelando una hilera de dientes que parecen códigos de barras afilados.

—El total de su compra es... su existencia completa —dice el Cajero, extendiendo una mano grisácea hacia tu garganta.

No te frenas. Usas tu hombro sólido para embestirlo. El impacto es como chocar contra una estatua de sal. El Cajero se desmorona en un montón de tickets de compra y polvo blanco, pero su risa sigue resonando en los altavoces de la tienda.

—¡La puerta, Adrián! ¡Está perdiendo frecuencia! —grita Mia.

Ves la salida. El cristal está empezando a volverse opaco, transformándose de nuevo en una pared de ladrillo. El mundo real —los coches, la lluvia, el ruido de la ciudad— se desvanece por segundos.

Estás a diez metros. Cinco metros.

Sientes una mano fría cerrándose alrededor de tu tobillo. Uno de los Sin Rostro ha logrado engancharse a ti, arrastrándose por el suelo. Su peso es inmenso, como si cargara con todos los años que pasó atrapado en la tienda. Sientes que tu brillo flaquea; te está robando la inercia, intentando igualar tu saldo al suyo.

Miras hacia atrás. Mia está rodeada. Ha agotado la batería del escáner y los Sin Rostro la están cubriendo como una marea de trapos sucios. Ella te mira y, por primera vez, sonríe.

—Vete, Adrián. Alguien tiene que recordar que este lugar existe para que otros no entren.

Te das cuenta de que el llavero de astronauta sigue en su bolsillo. Ella tiene tu memoria física, pero tú tienes el nombre. Sin el llavero, no eres una "cuenta pagada" completa. La puerta solo se abrirá para uno.

Das un tirón desesperado, soltándote del Sin Rostro, y te lanzas hacia la puerta de cristal en el último segundo.

Capítulo 7: El recibo de una vida incompleta

El tiempo se ralentiza. Ves la mano de Mia desaparecer bajo una montaña de harapos grises y rostros lisos. Escuchas su risa amarga una última vez antes de que el sonido sea engullido por el estruendo de los fluorescentes explotando. El brillo azul en tu antebrazo late con una fuerza agónica, como si tu propia alma intentara desprenderse de ti para quedarse con ella.

Pero el instinto de supervivencia es una fuerza más primaria que la lealtad.

Te lanzas de cabeza. Tus dedos rozan el cristal frío justo cuando la puerta se convierte en una línea de luz sólida. Sientes una presión insoportable en los talones, como si la tienda intentara arrancarte los pies para quedarse con algo de ti como fianza. Hay un crujido seco, un destello blanco que te quema las retinas y, de repente, el silencio.

No es el silencio denso y metálico de la sucursal 404. Es un silencio vivo, lleno de humedad y el lejano rumor de la civilización.

Abres los ojos. Estás tumbado boca arriba en un callejón estrecho, detrás de unos contenedores de basura que huelen a desperdicios reales y lluvia ácida. El agua cae sobre tu rostro, limpiando el rastro de la tienda. Te incorporas tiritando, con el corazón martilleando contra tus costillas. Estás vivo. Estás fuera.

Te miras el antebrazo. El brillo azul ha desaparecido. En su lugar, hay una cicatriz fina y blanca que imita la forma de un código de barras, un recordatorio permanente de que una vez fuiste mercancía.

Buscas en tus bolsillos. Están vacíos. No hay llaves, no hay cartera, no hay rastro del astronauta de plástico. Intentas recordar el rostro de la chica que te salvó. Sabes que se llamaba Mia, pero sus rasgos se deshacen en tu mente como un dibujo en la arena. Intentas recordar la tarde de octubre, el olor a madera, el nombre de tu padre... pero solo queda un hueco negro y frío.

Has recuperado tu nombre, Adrián, pero el contexto de ese nombre se quedó en el inventario de la tienda. Eres un libro con el título intacto, pero con la mitad de las páginas en blanco.

Caminas hacia la salida del callejón. La ciudad se extiende ante ti, extraña y ruidosa. La gente pasa a tu lado, absorta en sus propios mundos, sin saber que acaban de cruzarse con alguien que fue liquidado por el purgatorio. Te detienes frente al escaparate de una tienda de conveniencia real, una abierta las 24 horas con luces amarillentas y un cajero aburrido frente a la pantalla.

Sientes un escalofrío. Por un segundo, te parece ver una figura sin rostro reflejada en el cristal, justo detrás de ti. Te giras rápidamente, pero no hay nada. Solo el viento y la lluvia.

Has escapado de la sucursal 404, pero sabes que tu ticket de compra nunca se cerró del todo. Mia tiene tu pasado, y la tienda siempre guarda una copia de seguridad de lo que alguna vez fuiste. Algún día, cuando vuelvas a sentirte vacío, cuando el ruido del mundo sea demasiado fuerte, tus pies te llevarán de nuevo a buscar ese pasillo infinito. Porque en el fondo, Adrián, ahora sabes que no eres más que un producto esperando a ser reclamado.


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