El Influencer y la Chica del Excel

#comedia, #romance

SINOPSIS:

Martina Vallejo, experta en datos, debe “humanizar” la marca de Mateo Soler, un influencer tan encantador como caótico. Lo que empieza como una estrategia de agencia se convierte en un desafío emocional cuando entre ambos surge una química imposible de medir. Entre ascensores bloqueados, cafés incómodos y besos inesperados, deberán averiguar si lo suyo es solo contenido viral… o el único algoritmo que realmente importa.

Capítulo 1: Filtros y Falsas Sonrisas

Dicen que el café es el motor del mundo, pero en Pixel Media, nuestra gasolina es el engagement y el drama. Yo, Martina Vallejo, llevaba tres años siendo la reina indiscutible de la estrategia digital. Mi escritorio era un santuario de cables, tres monitores y una taza que decía "No me hables hasta que el algoritmo sea favorable". Estaba en mi zona, analizando métricas de una marca de detergente orgánico que, francamente, limpiaba menos que una servilleta usada, cuando el aire de la oficina cambió.

No fue un cambio sutil. Fue como si alguien hubiera rociado un perfume carísimo y una dosis industrial de "atención, por favor" en los conductos de ventilación.

—¡Martina! —la voz de mi jefa, Beatriz, sonó con esa nota aguda que solo usa cuando cree que ha descubierto la pólvora—. Deja ese detergente. Tenemos una adquisición de alto nivel.

Me giré, preparando mi mejor sonrisa de "estoy muy ocupada siendo eficiente", y lo vi.

Allí, de pie junto a la máquina de agua, estaba él. Si el concepto "perfección de Instagram" tuviera un hijo con "confianza irritante", se llamaría como sea que se llamara este tipo. Llevaba una chaqueta de cuero que probablemente costaba más que mi coche y un peinado que gritaba: "Me desperté así de perfecto, pero en realidad tardé cuarenta minutos frente al espejo".

—Él es Mateo Soler —presentó Beatriz, radiante—. El nuevo fichaje estrella de la empresa. Ya sabes, sus cinco millones de seguidores en TikTok nos van a abrir puertas que ni soñábamos.

—Ah —dije yo, mi voz subiendo un octavo—. Mateo. El... el del video del perrito que baila salsa. Qué... profundo.

Mateo me dedicó una sonrisa. No fue una sonrisa normal; fue un despliegue de dientes blancos y hoyuelos estratégicamente ubicados que, estoy segura, estaban diseñados para derretir glaciares. O para hacerme querer lanzarle mi engrapadora.

—En realidad, el perro bailaba reguetón, pero aprecio que sigas mi contenido, Martina —dijo él, extendiendo una mano—. Es un placer trabajar con alguien que... bueno, que está detrás de las cámaras, haciendo el trabajo sucio.

¿Trabajo sucio? Mis ojos se crisparon. ¿Este Ken de vitrina acababa de llamar "trabajo sucio" a mi maestría en análisis de datos y SEO?

—¡Oh, por favor! —exclamé, forzando una carcajada que sonó más como un graznido de gaviota—. El placer es mío. Me encanta ayudar a la gente que... ya sabes, vive de las luces de colores. Beatriz me ha pedido que te dé el "recorrido de supervivencia".

—Exacto —intervino Beatriz, ajena a la tensión que podría haber cortado un diamante—. Martina te enseñará cómo funcionamos internamente. Mateo es un genio creativo, pero necesita entender nuestra estructura corporativa.

—Será un honor —dije, entrecerrando los ojos mientras sonreía tanto que me dolían las mejillas—. Soy una experta en explicar cosas complejas de forma sencilla. Seguro que lo pillas rápido, Mateo.

—No te preocupes, nena —respondió él, dándome un toquecito condescendiente en el hombro—. Tengo una gran capacidad de retención. Especialmente cuando el profesor es tan... entusiasta.

Traducción de Martina: "Te odio con la fuerza de mil servidores caídos".

Traducción de Mateo (según mi interpretación): "Soy lo mejor que le ha pasado a este edificio y tú eres la bibliotecaria que me va a dar las llaves".

Caminamos hacia la sala de juntas. Yo iba delante, echando chispas internas, mientras oía el clic-clic de sus botas caras contra el suelo y cómo saludaba a todo el mundo con un guiño o una palabra amable. La oficina entera parecía haber olvidado cómo teclear; las chicas de diseño estaban prácticamente haciendo la ola a su paso.

—Y aquí —dije, abriendo la puerta de la sala de reuniones con un poco más de fuerza de la necesaria— es donde hacemos la planificación real. Sin filtros de belleza, Mateo. Solo datos duros. ¿Crees que puedas manejarlo o necesitas que te lo ponga en un carrusel de fotos con música de tendencia?

Él se apoyó en la mesa, cruzando los brazos y mirándome con una diversión que me ponía enferma.

—Me encantan los retos, Martina. Especialmente los que vienen con un poco de... actitud. ¿Siempre eres así de acogedora o es que mi número de seguidores te intimida un poquito?

Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal. Olía a sándalo y a éxito inmerecido.

—Mira, "Estrella" —susurré, manteniendo la sonrisa falsa para cualquiera que mirara a través del cristal—. Aquí el contenido no nace por arte de magia. Yo soy la que hace que la gente haga clic. Tú solo eres el que pone la cara. Así que, vamos a llevarnos bien: tú finges que me escuchas, y yo finjo que no quiero borrar tu cuenta de la existencia. ¿Trato?

Mateo se inclinó un poco más, sus ojos brillando con una chispa de maldad encantadora.

—Trato hecho, jefa. Estoy deseando ver qué más tienes bajo esa capa de profesionalismo amargado.

Salimos de la sala y el "tour del horror" continuó. Lo llevé por el departamento de IT, donde los chicos ni siquiera levantaron la vista de sus códigos (mis héroes), y luego por el área de "Creatividad Disruptiva", que básicamente es un grupo de gente en pufs discutiendo si el color del año es el "melocotón ácido" o el "naranja frustración".

—¡Chicos! —exclamé con una voz tan dulce que me dio diabetes instantánea—. Les presento a Mateo. Va a estar aportando su... "visión" a nuestros proyectos.

—¡Hola a todos! —Mateo levantó una mano, casual—. No se asusten por las cámaras, sigan siendo naturales. A la audiencia le encanta lo auténtico, aunque sea... —miró mis monitores con los gráficos de Excel— ...bueno, cuadriculado.

Apreté los puños. Cuadriculado. Me ha llamado cuadriculada en mi propia cara.

—¡Qué modesto! —dije, dándole una palmadita en la espalda que dolió más de lo que pareció—. Mateo es tan auténtico que incluso su humildad parece real. ¿A que sí?

Justo en ese momento, Beatriz apareció de nuevo, sosteniendo su iPhone con un brazo extendido.

—¡Ay, qué imagen! ¡Mis dos pilares! Martina, Mateo, pónganse juntos. ¡Foto para el LinkedIn de la empresa! "Nuevos horizontes, mismo compromiso".

Mateo me pasó el brazo por los hombros con una naturalidad que me dio escalofríos. Me pegó a su costado y yo sentí el calor de su chaqueta. Por un segundo, mi cerebro traidor pensó: "Huele realmente bien". Pero mi cerebro lógico respondió: "Es el olor de la mentira".

—¡Sonrían! —gritó Beatriz.

Mateo puso su mejor cara de "estoy salvando el marketing digital", una mirada profunda y segura. Yo forcé los músculos de mi cara hasta que sentí que algo iba a romperse. El flash saltó.

—¡Perfectos! —Beatriz miró la pantalla—. Parecen mejores amigos.

—Lo somos —dijo Mateo, apretándome el hombro—. Martina me está enseñando que debajo de todo ese rigor estadístico hay un corazón que late a ritmo de algoritmo.

—Y Mateo me está enseñando —añadí, zafándome de su brazo con elegancia— que se puede llegar muy lejos con una buena iluminación y absolutamente ninguna vergüenza.

Beatriz se alejó tarareando, feliz de su mundo de fantasía. Mateo se quedó mirándome, recuperando su expresión de superioridad juguetona.

—Bueno, Martina. ¿Cuál es la siguiente parada? ¿Me vas a enseñar cómo archivas tus sueños por orden alfabético?

—La siguiente parada es tu escritorio, Mateo. Está justo al lado de la fotocopiadora que siempre se atasca y frente al baño de hombres. Disfruta de la "autenticidad" del ambiente.

Me di la vuelta y caminé hacia mi sitio, sintiendo su mirada en mi espalda. Sabía dos cosas con certeza: primero, que este iba a ser el trimestre más largo de mi vida. Y segundo, que aunque ambos fingíamos ser civilizados, la guerra acababa de empezar. Y yo no pensaba perder contra un tipo que usaba más crema hidratante que yo.

Capítulo 2: Detrás del Filtro

Si hay algo que aprendes trabajando en marketing digital es que la realidad es opcional. Pero lo de Mateo Soler era otro nivel.

Pasé toda la mañana siguiente tratando de ignorar el hecho de que su nuevo escritorio —sí, el que está al lado de la fotocopiadora ruidosa— se había convertido en un centro de peregrinación. Media oficina había pasado por allí con excusas baratas: "se me acabó el tóner", "¿sabes dónde están los clips?", "¿podrías bendecirme con tu luz?".

Yo me mantenía firme en mi trinchera de datos, ignorando el brillo de sus hoyuelos, hasta que Beatriz lo llamó a su oficina para una "sesión de lluvia de ideas estratégica" (probablemente para elegir el color de su próximo emoji).

En su prisa por impresionar a la jefa, Mateo cometió el pecado capital del siglo XXI: dejó su teléfono sobre la mesa. Y no solo eso. Lo dejó desbloqueado.

Fue como ver el Santo Grial tirado en una cuneta.

Miré a mi alrededor. La oficina estaba en ese limbo de la hora del almuerzo. Mis dedos picaban. Mi ética profesional luchaba contra mi curiosidad de estratega herida. Ganó la curiosidad, por goleada.

Me acerqué a su escritorio con la agilidad de un ninja que necesita una grapadora. Deslicé el dedo por la pantalla. Lo primero que vi no fue una aplicación de edición de fotos de lujo, sino su galería.

—A ver, "Estrella"... vamos a ver qué hay bajo el capó —susurré.

Lo que encontré no fue una colección de yates y fiestas privadas. Eran ráfagas de cincuenta fotos casi idénticas de él mismo sosteniendo un vaso de café. En las primeras diez, salía con una cara de dormido que daba miedo. En las siguientes veinte, intentaba poner cara de "intelectual interesante", pero parecía que tenía un problema de gases. Solo en la número cuarenta y ocho aparecía el Mateo que todos conocían.

—Dios mío —murmuré, pasando a la siguiente carpeta—. ¿"Gastos de Representación"?

Abrí una nota guardada. No era un plan de ahorros. Era una lista de deudas. "Debo tres meses del alquiler del Tesla para la sesión de fotos", "Pagar a mi primo por fingir que es mi asistente", "Devolver el traje de la gala antes de que se den cuenta de que no le quité la etiqueta".

Sentí un escalofrío de placer malvado recorriéndome la espalda. El gran Mateo Soler, el hombre de los cinco millones de seguidores, estaba a un post fallido de vivir debajo de un puente.

Pero lo mejor vino al final. Un video guardado en "borradores". Le di al play con el volumen al mínimo.

Era él, en su baño, practicando su "mirada de impacto" frente al espejo. Pero algo salió mal. En medio de un guiño ensayado, se resbaló con una alfombrilla, sus brazos se agitaron como un pato intentando despegar y terminó de cabeza dentro de la bañera (que, por cierto, estaba llena de patitos de goma).

—¡Ja! —se me escapó una carcajada que resonó en toda la planta.

—¿Te parece divertido el análisis de mercado, Martina?

La voz de Mateo sonó justo detrás de mi oreja. El sándalo me golpeó los sentidos antes de que pudiera bloquear la pantalla.

Me giré con la velocidad de una centrífuga, dejando el teléfono sobre la mesa de un golpe seco. Mateo estaba allí, con una carpeta bajo el brazo y una ceja levantada. Su expresión ya no era la de "chico de portada", sino algo más parecido a un gato que acaba de pillar a un ratón con las manos en el queso.

—Yo... solo estaba... comprobando si la fotocopiadora hacía interferencias con tu dispositivo —dije, recuperando mi sonrisa de hipocresía nivel experto—. Es una cuestión de seguridad técnica. Muy compleja.

Mateo dio un paso hacia mí, acortando el espacio. Cogió su teléfono y vio que la pantalla aún mostraba el video en pausa: su trasero asomando por el borde de la bañera rodeado de patitos.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía haber cortado con un cuchillo de plástico. El color subió por su cuello, un rojo intenso que no se podía quitar con ningún filtro de Instagram.

—Has visto los borradores —dijo, su voz perdiendo ese tono aterciopelado y volviéndose extrañamente humana.

—He visto... la "magia" de la creación —respondí, cruzando los brazos y apoyándome en mi mesa con una superioridad renovada—. Interesantes los patitos de goma, Mateo. ¿Son parte de tu nueva identidad de marca o simplemente un hobby de inmersión?

Él suspiró, cerró los ojos un segundo y, por primera vez, dejó caer la máscara. Se frotó la frente con cansancio.

—Escucha, Vallejo. Si le cuentas esto a alguien...

—¿Qué? ¿Me vas a dejar de seguir? —me burlé—. ¿Vas a hacerme un video de crítica con música triste de fondo?

—No —respondió él, volviendo a acercarse, pero esta vez con una mirada de complicidad que me descolocó—. Te voy a pedir que me ayudes.

Me quedé helada. —¿Perdona?

—Beatriz quiere que hoy mismo lance una campaña para el cliente de los relojes de lujo —susurró, mirando a los lados para asegurarse de que nadie escuchaba—. Y la verdad es que... no tengo ni idea de cómo hacerlo sin que parezca que estoy intentando venderles mi alma. Tú sabes cómo funciona la parte aburrida de esto. Los datos, la psicología, todo eso.

Le sostuve la mirada. La tentación de humillarlo era enorme, pero la de tener al gran influencer bajo mi control era aún más dulce.

—Así que el "genio creativo" necesita a la "cuadriculada" —dije, saboreando cada palabra—. Esto te va a costar caro, Mateo.

—Dime tu precio —dijo él, recuperando un poco de su arrogancia, pero con un brillo de desesperación en los ojos.

—Primero: a partir de ahora, tú llevas el café. Segundo: vas a admitir en voz alta que mi Excel es más útil que tu anillo de luz. Y tercero... —me acerqué a su oído— ...quiero saber el nombre del primo al que le debes dinero. Solo por si necesito una referencia.

Mateo apretó los dientes, pero luego asintió lentamente.

—Trato hecho, jefa. Pero recuerda: ante la oficina, seguimos siendo rivales. Mi reputación es lo único que me queda antes de que el banco me quite hasta los calzoncillos de marca.

—No te preocupes —le guiñé un ojo, imitando su propio gesto—. Seré la mejor hipócrita que hayas conocido.

En ese momento, Beatriz salió de su oficina dando palmadas.

—¡Chicos! ¿Cómo va esa colaboración? ¡Se siente la electricidad desde aquí!

—¡Es inspirador, Beatriz! —exclamó Mateo, pasándome de nuevo el brazo por el hombro y regalándole una sonrisa de un millón de dólares (aunque en su cuenta solo quedaran diez)—. Martina tiene unas ideas que son... pura tendencia.

—Absolutamente —añadí, forzando mi mejor cara de compañerismo mientras le clavaba discretamente el codo en las costillas—. Estamos creando algo... inolvidable.

Él no se inmutó, pero noté cómo contenía la respiración. La guerra fría había terminado; acabábamos de entrar en la era de la alianza secreta. Y yo tenía el control remoto de su bañera de patitos.

Capítulo 3: La Cena de los Hipócritas

Hay tres niveles de infierno para alguien que trabaja en una oficina. El nivel uno es que se caiga el Wi-Fi el día de una entrega. El nivel dos es que te pongan en el "amigo invisible" con el de contabilidad que no sabe tu nombre. Y el nivel tres, el absoluto y definitivo, es ser invitado a una "cena íntima de equipo" en casa de tu jefa.

—Recuerden —nos dijo Beatriz mientras nos abría la puerta de su ático en la zona más cara de la ciudad—, nada de hablar de trabajo. ¡Hoy celebramos la sinergia y la amistad!

Yo llevaba un vestido que me apretaba lo justo para recordarme que no debía comer demasiado y una sonrisa que ya empezaba a darme calambres en los pómulos. A mi lado, Mateo parecía haber nacido para esto. Lucía un jersey de cuello alto color crema que gritaba "soy un intelectual sensible", aunque yo sabía que probablemente lo había sacado de una bolsa de devolución de una tienda de lujo esa misma tarde.

—Qué casa tan increíble, Beatriz —dijo Mateo, entregándole una botella de vino que, por el peso, sospeché que era de las de cinco euros con una etiqueta pegada encima—. Tiene una energía... muy orgánica.

Orgánica. Casi me ahogo con mi propia saliva.

—¡Oh, Mateo, eres un encanto! —Beatriz se deshizo en halagos—. Pasen, pasen. Martina, querida, qué alegría que tú y Mateo se lleven tan bien ahora. Al principio temía que hubiera... fricción.

—¿Fricción? ¡Para nada! —exclamé, dándole a Mateo un golpe amistoso en el brazo que le hizo tambalearse un poco—. Es solo que nos estábamos midiendo. Como dos grandes mentes, ¿verdad, Teo?

Le llamé "Teo" solo para ver cómo se le tensaba la mandíbula. Le encantó.

—Exacto, "Marti" —respondió él, devolviéndome el golpe con una caricia en el hombro que duró dos segundos más de lo necesario—. Es fascinante ver cómo una mente tan... analítica como la de ella puede ser también tan apasionada.

Nos sentamos a la mesa. Beatriz había preparado algo que parecía un cruce entre cocina molecular y arte abstracto. Eran tres espárragos envueltos en algo transparente y una espuma que olía a mar.

—Y bien —dijo nuestra jefa, mirándonos con ojos brillantes mientras servía el vino—, cuéntenme. ¿Cómo surgió esta química tan especial? Se nota que hay algo más que simple compañerismo.

Mateo me miró. Yo lo miré a él. Debajo de la mesa, sentí la punta de su bota de cuero rozar mi zapato. Me estaba pidiendo ayuda.

—Bueno —empecé yo, lanzándome al vacío—, creo que fue cuando Mateo me confesó que su proceso creativo es mucho más... vulnerable de lo que parece. Me di cuenta de que detrás de todos esos seguidores, hay un hombre que realmente se preocupa por la estética... hasta en el baño.

Mateo se atragantó con el vino. Le di unas palmaditas en la espalda, quizás con un poco más de fuerza de la cuenta.

—Es verdad —dijo él cuando recuperó el aliento, sus ojos echando chispas—. Y yo me di cuenta de que Martina no es solo números. El otro día, cuando me estaba ayudando con el plan de los relojes, vi cómo se le iluminaba la cara al hablar de las gráficas de impacto. Es casi... tierno.

—¡Ay, por favor! —Beatriz dio una palmadita de felicidad—. ¡Sabía que harían una pareja profesional perfecta! ¿O tal vez algo más?

El silencio que siguió fue tan incómodo que casi podía oír al espárrago marchitándose en el plato.

—Estamos enfocados en los objetivos de la empresa, Beatriz —dijo Mateo con su voz más seductora, inclinándose hacia delante—. Aunque trabajar con alguien tan... intensa como Martina, hace que uno se replantee muchas cosas.

En ese momento, el gato persa de Beatriz, una bola de pelo blanca llamada "Engagement" (sí, así de mal estamos), saltó sobre la mesa. Mateo, en un reflejo de puro pánico, se echó hacia atrás, pero al hacerlo su pierna golpeó la mía y, en un intento de no caernos, terminamos los dos agarrados de las manos por encima de la ensalada de quinoa.

—¡Miren eso! —chilló Beatriz, sacando su teléfono—. ¡Qué espontáneo! ¡Tengo que subirlo a las historias de la oficina!

Nos quedamos congelados. La mano de Mateo estaba caliente y era más grande que la mía. Sus dedos se cerraron sobre los míos con una firmeza que no parecía parte de la actuación. Por un segundo, el sándalo de su perfume y la luz de las velas me hicieron olvidar que hacía diez minutos quería lanzarle un tenedor.

—Digan "Sinergia" —ordenó Beatriz.

—Sinergia —dijimos al unísono, con las sonrisas más falsas y brillantes de la historia de la humanidad.

Cuando Beatriz se alejó para editar la foto con música de Coldplay, Mateo me soltó la mano como si quemara.

—Tienes las manos frías —susurró, recuperando su tono de suficiencia.

—Y tú tienes un patito de goma esperando en tu bañera, así que no te pongas digno —le devolví el susurro mientras pinchaba mi solitario espárrago.

La cena continuó entre risas forzadas y anécdotas inventadas. Al salir del edificio, el aire frío de la noche nos golpeó la cara. Caminamos unos metros en silencio hasta su coche (el Tesla alquilado que estaba a punto de ser embargado).

—No estuvo tan mal —dijo él, apoyándose en la puerta del coche—. Casi logras que parezca que no me odias.

—Soy muy buena en mi trabajo, Mateo. Deberías saberlo ya.

Él me miró de una forma diferente. No era la mirada del influencer, ni la del chico asustado por sus deudas. Era algo... real.

—Gracias por lo de la cena. Por no dejar que Beatriz sospechara lo de... bueno, lo de mis finanzas.

—No lo hice por ti —mentí descaradamente—. Lo hice por mi bonus de fin de año. Si tú te hundes, el proyecto se hunde conmigo.

Mateo sonrió, y esta vez no hubo hoyuelos estratégicos. Fue una sonrisa pequeña y cansada.

—Claro. Por el bonus. Buenas noches, Martina.

Se subió al coche y se fue. Me quedé en la acera, mirando las luces rojas de sus faros alejarse, y por primera vez en mi vida, me pregunté si el algoritmo de mi corazón no estaría empezando a fallar.

Capítulo 4: El Factor Ex

Llegué a la oficina el lunes con la esperanza de que el fin de semana hubiera borrado la imagen de Mateo y yo agarrados de la mano de la memoria colectiva de Pixel Media. Error de novata. El algoritmo de la oficina es más persistente que el de TikTok.

—¡Ahí viene la coprotagonista del romance del año! —gritó Javi, de diseño, mientras yo intentaba escabullirme hacia la cafetera.

—No hay romance, Javi —respondí, frotándome las sienes—. Solo hubo una cena, un gato psicópata y una foto mal encuadrada por Beatriz. Sigan con sus vidas.

Pero antes de que pudiera servirme mi dosis de cafeína, la puerta de cristal de la oficina se abrió con una fuerza que solo puede tener alguien que sabe que su entrada está siendo grabada en cámara lenta.

Entró una mujer que parecía haber sido esculpida por los mismos ángeles de la edición digital. Era alta, llevaba un conjunto de lino blanco inmaculado que desafiaba cualquier mancha de café en un radio de cinco kilómetros y su cabello tenía ese brillo que solo se consigue con filtros caros o pactos con el diablo.

—¿Mateo? —su voz era como miel tibia vertida sobre seda.

Mateo, que estaba en su escritorio intentando que la fotocopiadora no se tragara su último informe (el que yo le había dictado, obviamente), se quedó rígido como una estatua.

—¿Sofía? —susurró él.

—¡Hola, cariño! —la mujer se lanzó a sus brazos y le plantó dos besos sonoros en las mejillas, dejando una marca de labial color "nude perfecto" que me produjo una irritación instantánea en la retina.

Me acerqué a ellos con mi mejor cara de "estoy trabajando, no miren mi curiosidad".

—¿Interrumpo algo? —pregunté, con una voz que sonó un poco más aguda de lo que pretendía.

Mateo se separó de ella, luciendo genuinamente abrumado.

—Martina, ella es Sofía Rinaldi. Sofía, ella es Martina Vallejo, la... —dudó un segundo— ...la jefa de estrategia.

—¡Ah, la chica del Excel! —Sofía me escaneó de arriba abajo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos perfectamente delineados—. Mateo me ha hablado de ti. Dice que eres... muy eficiente. Casi robótica. Qué maravilla.

—Y tú debes ser la... —busqué la palabra adecuada en mi diccionario de insultos pasivo-agresivos— ...ex. He visto tus videos de "rutina de mañana". Fascinante cómo tardas quince minutos en elegir un aguacate.

El aire entre nosotras se volvió gélido. Mateo parecía querer fundirse con la alfombra.

—Sofía es la cara de la nueva línea de cosméticos "Pure Glow" —explicó Mateo rápidamente—. Ha venido para proponer una colaboración.

—En realidad —Sofía le puso una mano en el pecho, justo donde yo había sentido su corazón latir la otra noche—, he venido porque te extraño, Mateo. Y porque creo que tu talento se está desperdiciando en esta... oficinita. Necesitas volver a las ligas mayores. Conmigo.

Sentí una punzada en el estómago. No era hambre. Tampoco era el café quemado. Era algo que mi cerebro analítico se negaba a etiquetar, pero que se sentía como si alguien estuviera borrando mis datos más valiosos.

—Estamos en medio de una campaña muy importante aquí, Sofía —dije, dando un paso adelante e invadiendo su nube de perfume de rosas—. Mateo tiene compromisos contractuales. Y un bonus que depende de mi "eficiencia robótica".

—Oh, ¿de verdad? —Sofía me miró con una mezcla de lástima y diversión—. Mateo siempre ha tenido debilidad por las causas perdidas. Pero el negocio es el negocio.

Mateo nos miraba a las dos como quien ve un partido de tenis donde la pelota es una granada de mano.

—Tal vez podamos discutirlo todos en una reunión —sugirió él, intentando ser el mediador—. Martina tiene una visión muy clara de hacia dónde vamos.

—Claro —asintió Sofía, sin soltarle el brazo—. Me encantaría escuchar los "datos duros" de tu pequeña asistente, Mateo. Pero después, tú y yo tenemos una cena pendiente. Para recordar los viejos tiempos.

Se dio la vuelta y se alejó hacia la oficina de Beatriz, dejando una estela de superioridad y elegancia. Yo me quedé allí, con mi taza de cerámica barata y un sentimiento de revuelta interna.

—¿"Pequeña asistente"? —le solté a Mateo en cuanto ella estuvo fuera de alcance—. ¿En serio? ¿Esa es la mujer por la que casi te arruinas comprando Teslas?

—Martina, no es lo que parece —dijo él, frotándose la nuca, visiblemente nervioso—. Ella es... intensa. Pero es una oportunidad increíble para la empresa.

—Ah, claro. "Para la empresa". No tiene nada que ver con el hecho de que te mira como si fueras el último filtro de belleza del planeta.

—¿Eso que escucho son celos, Vallejo? —Mateo recuperó de repente un poco de su arrogancia, una chispa burlona volvió a sus ojos.

—¿Celos? —solté una carcajada seca—. El único sentimiento que tengo ahora mismo es una preocupación profesional por la integridad de nuestra estrategia de marca. Tu ex es un caos de relaciones públicas andante.

—Ya —dijo él, acercándose un poco más, bajando la voz—. Pues tu "preocupación profesional" tiene las mejillas muy rojas ahora mismo.

Me di la vuelta indignada, volviendo a mi escritorio. Sabía que Sofía Rinaldi no había venido solo por un contrato. Había venido a reclamar lo que creía suyo. Y lo peor de todo es que yo no estaba segura de si quería dejar que se lo llevara.

El algoritmo de mi vida acababa de detectar una anomalía gigante. Y se llamaba Sofía.

Capítulo 5: La Reunión de Guerra

La sala de juntas de Pixel Media nunca me había parecido tan pequeña. O tal vez era que el ego de Sofía Rinaldi y su perfume de rosas importadas ocupaban todo el oxígeno disponible.

Beatriz estaba sentada a la cabecera, luciendo una sonrisa que decía "voy a ganar mucho dinero con esto", mientras Sofía repasaba sus uñas perfectamente manicuradas. Mateo estaba a mi lado, pero se sentía a kilómetros de distancia. Estaba inusualmente callado, jugueteando con un bolígrafo, evitando mirar tanto a su ex como a mis gráficos de conversión.

—Bien —comencé, aclarando mi garganta y encendiendo el proyector—. Para el lanzamiento de "Pure Glow", hemos diseñado una estrategia basada en la autenticidad. Los datos muestran que el público de Mateo responde mejor cuando él muestra vulnerabilidad. Queremos menos "posado en yate" y más "Mateo aprendiendo a cocinar" o "Mateo lidiando con un lunes".

Sofía soltó una risita que sonó como cristales rotos.

—¿Vulnerabilidad? —me miró como si hubiera sugerido que Mateo se rapara la cabeza—. Cariño, la gente sigue a Mateo porque es una aspiración, no porque quieran verlo quemando tostadas. Mi marca es lujo, es perfección. No voy a permitir que lo ensucies con tus... "datos de la gente común".

—Los datos de la gente común son los que compran tu crema, Sofía —respondí, manteniendo la calma por un pelo.

—Beatriz —Sofía ignoró mi comentario por completo—, creo que tu "chica del Excel" no entiende la esencia de una estrella. Mateo necesita brillar. Yo he traído mi propia propuesta.

Sacó una tablet y proyectó una serie de imágenes: Mateo rodeado de modelos, Mateo en un jet privado, Mateo siendo... inalcanzable. El viejo Mateo. El Mateo que yo odiaba antes de conocer los patitos de goma.

Miré a Mateo, esperando que dijera algo. Él miraba la pantalla de Sofía con una expresión extraña. Sus hombros estaban tensos y, por primera vez, noté una pequeña arruga de cansancio entre sus cejas que ningún filtro podría ocultar. Se veía... agotado de ser perfecto.

—Es una propuesta muy... clásica —dijo Beatriz, dudando—. Pero Martina tiene razón en que la tendencia ahora es lo humano.

—Lo humano es aburrido —sentenció Sofía, lanzándome una mirada letal—. Mateo, dile tú. Explícale a Martina cómo funcionan las ligas mayores. Dile que prefieres mi plan.

El silencio que siguió fue eterno. Sentí un vacío en el estómago. Estaba segura de que Mateo elegiría el camino fácil, el camino de Sofía, el camino que le devolvía su estatus de semidiós sin esfuerzo.

Mateo dejó el bolígrafo sobre la mesa. No miró a Sofía. Me miró a mí.

—En realidad —dijo con una voz suave, pero firme—, creo que Martina tiene razón.

Sofía parpadeó, incrédula. —¿Perdona?

—He pasado los últimos tres años pretendiendo que mi vida es un anuncio de perfumes, Sofía —continuó Mateo, y esta vez se giró hacia ella—. Y Martina es la primera persona que se ha tomado la molestia de mirar lo que hay detrás de eso. Sus "datos duros" no son aburridos; son reales. Por primera vez en mucho tiempo, siento que no tengo que fingir que no me caigo en la bañera para que la gente me respete.

Me quedé de piedra. ¿Acababa de admitir su vulnerabilidad delante de Beatriz y de la mujer que más lo intimidaba?

—Mateo, te estás dejando influenciar por una empleada que solo ve números —siseó Sofía, su fachada de perfección empezando a agrietarse.

—Esta "empleada" me ha salvado el pellejo más veces en una semana que tú en dos años —respondió Mateo. Se inclinó hacia mí y, por debajo de la mesa, sentí cómo su mano buscaba la mía. No fue un agarre de "falsa sinergia" para una foto. Fue un apretón rápido, cálido y nervioso. Un "gracias por estar aquí".

En ese momento, vi al verdadero Mateo. No al influencer, no al chico de los hoyuelos estratégicos. Vi a un hombre que estaba muerto de miedo de perder su carrera, pero que estaba dispuesto a defender mi trabajo porque, de alguna manera, también era su tabla de salvación.

Tenía un lado lindo. Un lado honesto, valiente y... condenadamente humano.

—Bueno —intervino Beatriz, rompiendo la tensión—, parece que tenemos una decisión. Martina, procedemos con tu plan de "Autenticidad". Sofía, si quieres la colaboración, será bajo las condiciones de nuestra jefa de estrategia.

Sofía se puso de pie, recogiendo sus cosas con una furia silenciosa que prometía venganza.

—Te vas a arrepentir de esto, Mateo —dijo antes de salir de la sala, dejando tras de sí un silencio sepulcral.

Cuando la puerta se cerró, Mateo soltó un suspiro largo y se hundió en su silla. Beatriz se fue tras Sofía para intentar calmar las aguas, dejándonos solos.

—Eso ha sido... intenso —dije, tratando de que no se notara que mi corazón estaba haciendo un maratón.

—Ha sido un suicidio profesional —respondió él, pero me dedicó una sonrisa pequeña, una de esas que no practicaba frente al espejo—. Pero me siento extrañamente bien. Gracias por no dejar que me convirtiera en un anuncio de jet privado otra vez, Martina.

—No hay de qué, "Teo" —le devolví la sonrisa, y esta vez, no había ni una pizca de hipocresía en ella—. Aunque ahora vas a tener que aprender a cocinar de verdad para la campaña. No pienso dejar que quemes la oficina.

Él se rió, una risa limpia y real. Y mientras lo miraba, me di cuenta de que el algoritmo de mi vida no solo había detectado una anomalía. Había encontrado algo que no sabía cómo procesar: me estaba empezando a gustar el chico del perro que bailaba reguetón.

Capítulo 6: Picando Cebollas y otras Formas de Tortura

Si el ático de Beatriz era lujoso, el apartamento de Mateo era... un catálogo de muebles que nadie se atreve a usar. Todo era gris, blanco y sospechosamente impecable. Había más espacio dedicado a los espejos que a los libros, lo cual no me sorprendió, pero lo que sí me dejó helada fue su cocina.

—Mateo, esto no es una cocina. Es un laboratorio de la NASA que nunca ha visto un carbohidrato —dije, dejando la bolsa del supermercado sobre la encimera de mármol negro.

—Oye, el mármol es muy fotogénico —se defendió él, quitándose la chaqueta de cuero y subiéndose las mangas de su camisa blanca—. Además, tengo de todo. Mira.

Abrió un cajón. Estaba lleno de abridores de vino de diseño y pinzas para hielo. Ni un solo cuchillo de chef a la vista.

—Hoy vamos a grabar el primer video de "Mateo Humano" —anuncié, sacando una cebolla, un manojo de albahaca y tomates—. Vamos a hacer una pasta boloñesa desde cero. Nada de botes, nada de filtros. Solo tú, el fuego y el peligro de perder un dedo.

—Suena... sangriento. ¿Seguro que no podemos fingir con una pizza de entrega y decir que la hice yo?

—Autenticidad, ¿recuerdas? —Le tendí un delantal rosa con flores que había traído de mi casa a propósito para humillarlo un poco—. Póntelo.

Él miró el delantal con horror, pero luego suspiró y se acercó. Intentó atárselo, pero las cuerdas se le enredaron detrás de la espalda. Gruñó, forcejeando como si estuviera peleando con un pulpo.

—Ay, por favor, qué inútil eres —bufé, aunque sentí que mi cara empezaba a calentarse. Me acerqué y me puse detrás de él para ayudarlo—. Quédate quieto.

Al estar detrás de él, mi pecho quedó casi pegado a su espalda. Olía a ese sándalo de siempre, pero mezclado con algo más limpio, más personal. Mis dedos rozaron su cintura mientras buscaba las tiras del delantal y sentí cómo se ponía rígido.

—Tienes las manos calientes hoy, Vallejo —susurró él. Su voz retumbó en mi pecho por la cercanía.

—Es el estrés de que no quemes el edificio —mentí, apretando el nudo con un poco más de fuerza de la necesaria.

Me puse a su lado y encendí la cámara del teléfono.

—¡Acción!

Mateo empezó a hablarle a la cámara con esa facilidad que me ponía enferma, pero en cuanto tuvo que enfrentarse a la cebolla, la "magia" desapareció. Sostenía el cuchillo como si fuera a apuñalar a alguien en una película de terror.

—Te vas a cortar, idiota —dije, cortando la grabación—. Pon la mano en forma de garra. Así.

Me puse a su lado, invadiendo su espacio personal. Como él no lo hacía bien, no tuve más remedio que rodearlo con mis brazos para colocar sus manos en la posición correcta. Mi brazo derecho quedó sobre el suyo, guiando el movimiento del cuchillo. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo y el ritmo de su respiración, que se había vuelto un poco más rápida.

—Vaya —murmuró él, y esta vez no miraba a la cebolla, sino a mi perfil—. No sabía que la jefa de estrategia era tan... práctica.

—Es una cuestión de seguridad laboral —respondí, intentando ignorar que mi corazón estaba golpeando mis costillas como un tambor.

Él giró la cabeza ligeramente. Sus labios quedaron a escasos centímetros de mi frente. El mundo se detuvo. El ruido de la nevera, el tráfico de fuera... todo se desvaneció, dejando solo el sonido de nuestras respiraciones entremezcladas. Sus ojos, que siempre parecían estar buscando una cámara, ahora me miraban a mí con una intensidad que me hizo flaquear las piernas.

—Martina... —su voz era apenas un aliento.

Me solté de repente, casi tirando el bote de aceite de oliva.

—¡El aceite! —exclamé, con la voz demasiado alta—. Hay que calentar el aceite. ¡Muévete, "Estrella"!

Él parpadeó, volviendo a la realidad, y me dedicó una sonrisa que no tenía nada de falsa. Era una sonrisa de derrota, de alguien que sabe que lo han pillado en un momento de debilidad.

Seguimos cocinando, o intentándolo. En un momento dado, mientras él intentaba picar el ajo, se manchó la mejilla con un poco de harina (no me preguntes cómo llegó la harina a una receta de pasta, Mateo es un caos).

—Tienes algo ahí —dije, señalando mi propia cara.

—¿Dónde? —él se pasó la mano, pero solo consiguió extender la mancha blanca por su mandíbula.

—Aquí, déjame...

Sin pensarlo, acerqué mi mano y usé mi pulgar para limpiarle la harina. Mi piel rozó la suya, y el contacto fue eléctrico. Mateo cerró los ojos un segundo, inclinándose casi imperceptiblemente hacia mi mano. Fue un gesto tan vulnerable, tan... lindo, que sentí un nudo en la garganta.

—Gracias —dijo, abriendo los ojos. Ya no había rastro del influencer arrogante. Solo estaba el chico que debía dinero al banco y que, por alguna razón, me estaba mirando como si yo fuera el descubrimiento más importante de su vida.

—De nada —susurré, retirando la mano como si me hubiera quemado.

En ese preciso instante, su teléfono, que estaba sobre la encimera, empezó a vibrar con una intensidad frenética. Una foto de Sofía Rinaldi iluminó la pantalla con el mensaje: "¿Todavía estás con la empleada? Te espero en el sitio de siempre a las 11. No me hagas esperar".

El hechizo se rompió con el estruendo de un cristal cayendo al suelo. Mateo miró el teléfono, luego me miró a mí, y la máscara de perfección volvió a subir a su sitio, aunque esta vez parecía un poco más pesada que antes.

—Tengo que... tengo que atender esto luego —dijo, recuperando su tono casual, pero sus ojos decían otra cosa.

—Claro —respondí, recogiendo mis cosas con movimientos mecánicos—. Ya tenemos suficiente material para el video. La "autenticidad" está servida, Mateo.

Me fui de allí antes de que pudiera ver que mis manos estaban temblando. Había habido skinship, había habido tensión, pero también había habido un recordatorio de que en el mundo de los filtros, la realidad siempre termina teniendo un sabor amargo.

Capítulo 7: Bajo el Agua y sin Filtros

Pasé los siguientes dos días aplicando la técnica de "La Estratega Invisible". Respondía a los correos de Mateo con monosílabos, evitaba la máquina de café si escuchaba su risa y me sumergía en mis hojas de cálculo como si fueran el único refugio seguro contra el sándalo y los hoyuelos.

Pero el trabajo es un dios cruel. Teníamos que grabar la secuencia de cierre para el video de "Pure Glow" en el Parque del Retiro. Beatriz quería "naturaleza, libertad y un hombre que parece que no tiene deudas".

El rodaje fue una tortura. Mateo intentaba buscar mi mirada cada vez que la cámara se apagaba, pero yo estaba demasiado ocupada revisando el enfoque de mi orgullo herido.

—Martina, ¿podemos hablar? —preguntó él mientras recogíamos el trípode.

—No hay nada de qué hablar, Soler. El video ha quedado genial. Mañana lo edito y...

No pude terminar. El cielo de Madrid, que había estado amenazando con un gris Instagram toda la tarde, decidió que ya era hora de soltar todo el drama acumulado. En tres segundos, pasamos de una tarde nublada a un diluvio bíblico.

—¡Corre! —gritó Mateo, agarrándome de la mano.

No fue un roce accidental. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una fuerza desesperada mientras corríamos hacia el primer refugio que vimos: el pequeño portal de una antigua librería cerrada.

El espacio era ridículamente estrecho. Apenas un hueco de un metro de ancho protegido por un saliente que goteaba. Tuvimos que pegarnos tanto que sentí el agua fría de su camisa empapada traspasando mi propia blusa.

—Genial —rezongué, intentando secar la lente de la cámara con el borde de mi camiseta—. Simplemente genial. Mi pelo parece un nido de cigüeñas y la cámara se va a arruinar.

—A la mierda la cámara —dijo Mateo.

Me quedé helada. Su voz no tenía ese tono de locutor de TikTok. Estaba ronca, baja, vibrando justo contra mi cuello debido a la falta de espacio. Sus manos se apoyaron en la pared, a ambos lados de mi cabeza, encerrándome en un círculo de calor y humedad.

Estábamos tan cerca que nuestras narices se rozaban. Podía ver las gotas de lluvia resbalando por sus pestañas y el temblor casi imperceptible de su mandíbula. El skinship era inevitable; mi pecho subía y bajaba chocando contra el suyo con cada respiración agitada.

—¿A la mierda la cámara? —repetí, tratando de recuperar mi tono mordaz—. ¿Esa es tu gran estrategia, "Estrella"? ¿Qué vas a hacer ahora, irte al "sitio de siempre" con Sofía para que ella te compre una nueva?

Mateo cerró los ojos y apoyó su frente contra la mía. El gesto fue tan íntimo, tan cargado de una rendición absoluta, que mi corazón dio un vuelco que dolió.

—No fui —susurró—. No fui a verla, Martina.

—Me da igual si fuiste o no. No soy tu asistente personal, ni tu novia, ni...

—Fui a ver al banco —me interrumpió, abriendo los ojos. Estaban oscuros, nublados por algo más que la tormenta—. Fui a intentar renegociar el préstamo del coche porque quiero dejar de depender de lo que Sofía piense de mí. Porque quiero que la gente vea lo que tú ves.

Me quedé sin palabras. El ruido de la lluvia contra el pavimento era ensordecedor, pero el silencio entre nosotros era aún más ruidoso. Mis manos, que estaban agarrando la cámara, se relajaron.

—¿Por qué me cuentas esto? —pregunté, mi voz apenas un hilo.

—Porque no puedo seguir fingiendo que solo me importa el engagement —respondió él, acortando los últimos milímetros que nos separaban. Su aliento sabía a café y a una verdad desesperada—. Me importa lo que tú pienses. Me importa que me mires como si fuera una persona real y no un anuncio. Me importa que... que me vuelvas loco cada vez que corriges mi forma de picar cebolla.

Sus manos bajaron de la pared y me rodearon la cintura, atrayéndome aún más hacia él. Mis manos, movidas por un algoritmo que ya no podía controlar, subieron hasta su cuello, enredándose en su pelo mojado.

—Eres un idiota, Mateo Soler —murmuré, cerrando los ojos.

—El mayor de todos —confirmó él.

Y entonces, entre el olor a tierra mojada, el sonido de los truenos y la ausencia total de filtros, Mateo me besó. No fue un beso de película de tarde, fue un choque de realidad. Tenía el sabor de la lluvia, la urgencia de dos años de fingir odio y la calidez de un secreto compartido.

En ese momento, bajo el refugio de un portal olvidado, me di cuenta de una cosa: la "autenticidad" no era un plan de marketing. Era esto. Y por primera vez en mi vida, no necesitaba analizar los datos para saber que el resultado era perfecto.

Capítulo 8: Ruido de Fondo y Silencios Compartidos

La oficina de Pixel Media a las siete de la tarde tiene un aura de cementerio tecnológico: luces fluorescentes parpadeando, el zumbido de los servidores y el olor a café recalentado. Pero para nosotros, entrar por esa puerta de cristal fue como cruzar un campo de minas.

Entramos chorreando agua, dejando un rastro de "autenticidad" líquida por toda la alfombra gris. Yo intentaba mantener mi cara de "soy una profesional a la que le importa un bledo su peinado", mientras que Mateo caminaba a mi lado con la barbilla alta, aunque su camisa blanca se le pegaba al cuerpo de una forma que debería estar prohibida en contratos laborales.

—¡Por los clavos de Steve Jobs! —exclamó Beatriz, levantándose de su silla ergonómica como si hubiera visto un fantasma—. ¿Pero qué les ha pasado? ¿Se han caído al Manzanares?

—La tormenta, Beatriz —dije, tratando de que mi voz no temblara. El sabor de la lluvia (y de Mateo) todavía estaba fresco en mis labios—. Nos pilló terminando la última toma. El equipo está a salvo, lo protegimos con... con nuestros cuerpos.

Mateo soltó una risita seca, una que solo yo pude identificar como nerviosa.

—Fue un rodaje... intenso —añadió él, lanzándome una mirada fugaz. No fue la mirada de "estrella", fue la mirada del portal. Oscura, pesada, llena de promesas que no cabían en un correo electrónico—. Martina me enseñó cómo manejar situaciones críticas bajo presión.

—¡Eso es compromiso! —Beatriz dio una palmada, ajena por completo a la electricidad estática que nos rodeaba—. Vayan a secarse. Javi, tráeles unas toallas de la sala de fitness. ¡Rápido!

Javi apareció con un par de toallas blancas con el logo de la empresa. Al entregárnoslas, sus ojos pequeños y analíticos saltaron de Mateo a mí, y luego de vuelta a Mateo. Javi es diseñador; vive de detectar anomalías visuales, y nosotros éramos una anomalía del tamaño de un píxel muerto en una pantalla 4K.

—Tienen la misma cara que puso mi gato cuando descubrió que el puntero láser no era real —comentó Javi, entrecerrando los ojos—. Entre decepción y epifanía.

—Es el frío, Javi —respondí tajante, envolviéndome en la toalla—. El frío atonta los sentidos.

Me fui a mi escritorio, dándole la espalda a Mateo. Necesitaba mis hojas de cálculo. Necesitaba mis números, mis celdas de Excel, algo que tuviera una estructura lógica porque mis sentimientos ahora mismo parecían un código de error 404.

Sin embargo, a través del reflejo de mi monitor apagado, lo vi. Mateo se estaba secando el pelo con una mano mientras con la otra intentaba desbloquear su teléfono. Se detuvo un segundo y, creyendo que nadie lo veía, rozó sus propios labios con las puntas de los dedos, con la mirada perdida en algún punto del pasillo.

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la ropa mojada.

De repente, mi bandeja de entrada hizo clic. Un mensaje interno de la oficina. De Mateo.

Asunto: Error en el sistema De: M. Soler Para: M. Vallejo

"Creo que hemos roto el algoritmo, jefa. El ruido de fondo de la oficina es demasiado alto ahora mismo. ¿Tú también lo oyes?"

Miré por encima del monitor. Él estaba inclinado sobre su teclado, fingiendo que revisaba métricas, pero sus hombros estaban tensos. Tecleé con una rapidez furiosa.

Re: Error en el sistema "El ruido de fondo es solo eso, ruido. Concéntrate en la campaña. Y deja de tocarte los labios, Javi te está mirando."

Vi cómo Mateo leía el mensaje y, por primera vez en toda la noche, una sonrisa real, pequeña y genuina, iluminó su cara. No la compartió con la cámara, ni con Beatriz, ni con sus millones de seguidores. Se la guardó para el teclado.

—¡Bueno! —Beatriz volvió a irrumpir, esta vez con su iPad en alto—. Sofía ha estado llamando. Dice que el contenido de hoy tiene que ser "perfecto". Mateo, ella quiere que subas algo teaser ahora mismo.

El nombre de Sofía cayó como un balde de hielo extra sobre nosotros. Mateo se puso rígido. La burbuja del secreto se agrietó.

—Dile que estamos en ello —dijo Mateo, su voz recuperando ese tono profesional y distante que tanto me irritaba al principio—. Martina y yo tenemos que... terminar de procesar el material.

—Perfecto. Me encanta verlos tan sincronizados —concluyó Beatriz, alejándose.

Nos quedamos solos en el área de trabajo. El silencio era tan pesado que casi se podía tocar. Me puse de pie para recoger mi bolso, decidida a huir de allí antes de que el secreto nos explotara en la cara. Al pasar por su lado, Mateo estiró la mano y, por un segundo que pareció una eternidad, su dedo rozó el dobladillo de mi manga.

Fue un contacto mínimo, sutil, pero cargado de todo lo que no podíamos decir en voz alta bajo las luces fluorescentes.

—Mañana —susurró sin mirarme—. Mañana a primera hora. Sin cámaras.

—Mañana —repetí, sintiendo que mi algoritmo interno se rendía definitivamente.

Salí de la oficina con el corazón martilleando contra mis costillas. Sabía que la hipocresía de nuestro "odio" profesional iba a ser cada vez más difícil de sostener. Porque ahora, el verdadero ruido no estaba en la oficina, sino en el silencio que compartíamos.

Capítulo 9: Marcaje de Territorio y Café Amargo

No dormí. Pasé la noche analizando el techo de mi habitación como si fuera un gráfico de métricas desastroso. Mi cerebro, ese traidor que suele ser tan lógico, se dedicó a reproducir el beso del portal en bucle, aumentando la resolución y el zoom en cada repetición. "Mañana", había dicho él. Y el "mañana" ya estaba aquí, entrando por la ventana en forma de un sol madrileño demasiado brillante para mi estado de ánimo.

Llegué a Pixel Media veinte minutos antes de lo habitual. Quería ese momento "sin cámaras" que Mateo había prometido. Quería saber si lo que sentía era un algoritmo real o simplemente un fallo técnico provocado por la humedad.

Pero al cruzar la puerta, me di cuenta de que el destino no solo es cruel, sino que tiene un sentido del humor pésimo.

El olor a rosas y lujo industrial ya estaba allí, flotando en el aire como una advertencia. Y en el centro de la oficina, justo sobre el escritorio de Mateo, había una caja de madera blanca tan grande que podría haber contenido un poni.

—¡Buenos días, "Marti"! —la voz de Sofía Rinaldi sonó como una notificación de mensaje que quieres borrar—. Llegas temprano. Qué eficiente, casi das miedo.

Sofía estaba sentada en el borde de la mesa de Mateo, luciendo un vestido de seda verde que la hacía parecer una sirena de Beverly Hills. Mateo estaba de pie frente a ella, sosteniendo un café con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y el pánico absoluto.

—¿Qué es esto? —pregunté, señalando la caja y tratando de que mi voz no sonara como si me acabaran de dar un puñetazo en el estómago.

—Es un "kit de supervivencia para estrellas" —explicó Sofía, acariciando la tapa de la caja con una uña perfecta—. Mateo me contó que ayer tuvo un rodaje... difícil. Así que le he traído su café favorito de esa cafetería secreta de París que nos encanta, sus vitaminas personalizadas y —abrió la caja para mostrar un reloj que brillaba más que mi futuro— el nuevo prototipo de Pure Glow. Para que no olvide quién es su verdadera prioridad.

Miré a Mateo. Él me miró a mí, y por un segundo busqué al chico del portal, al que me había confesado sus deudas y sus miedos. Pero delante de Sofía, sus ojos se habían vuelto a poner en modo "privado".

—Sofía ha venido a... a asegurarse de que el lanzamiento sea perfecto —dijo Mateo, y su voz me sonó a decepción pura.

—Claro —añadió Sofía, levantándose y acercándose a él para arreglarle el cuello de la camisa—. Mateo y yo tenemos una historia que los datos no pueden explicar, ¿verdad, cariño? Por cierto, gracias por responder mi mensaje anoche después de que llegaras a casa. Me quedé mucho más tranquila sabiendo que estabas... bien.

El mundo se detuvo. ¿Le había respondido anoche? Después de nuestro beso, después de su "Mañana", ¿había estado mensajeándose con ella?

Sentí cómo las dudas, esas pequeñas pirañas emocionales, empezaban a devorar mi confianza. Quizás el beso solo había sido adrenalina. Quizás yo solo era la "chica del Excel" que lo ayudaba a no hundirse, mientras ella era el mundo al que él realmente pertenecía.

—Martina, yo... —empezó Mateo, dando un paso hacia mí.

—No te preocupes —le interrumpí con mi sonrisa de hipocresía nivel experto, la que reservo para los clientes que piden milagros sin presupuesto—. Me alegra que estés bien equipado para el éxito. Tenemos una reunión con Beatriz en diez minutos para revisar el "ruido de fondo" de la campaña. No lleguen tarde.

Me di la vuelta y caminé hacia mi sitio con la espalda tan recta que temí que se me rompiera la columna. Javi ya estaba allí, oculto tras su monitor, mirándome con una mezcla de lástima y "te lo dije".

—El algoritmo está dando error, ¿verdad? —susurró Javi sin apartar la vista de su diseño.

—El algoritmo ha muerto, Javi —respondí, abriendo mi Excel y sintiendo cómo los números se emborronaban ante mis ojos—. Borra la caché. Reinicia el sistema. Volvemos al plan original.

Desde mi escritorio, podía oír la risa melodiosa de Sofía y ver cómo Mateo se dejaba guiar por ella hacia la oficina de Beatriz. Él no volvió a mirarme. O quizás sí lo hizo, pero yo estaba demasiado ocupada fingiendo que mi corazón no era más que una celda de datos vacía.

La guerra no había terminado. Solo que ahora, las armas de Sofía eran de diamantes y las mías eran solo de papel y amargura.

Capítulo 10: Atrapados en el Error 502

Mi plan de retirada era impecable. Iba a salir del edificio, caminar tres manzanas hasta que mis pulmones olvidaran el olor a rosas de Sofía y comprarme un donut del tamaño de mi frustración. Pulsé el botón del ascensor con la misma saña con la que se borra un historial de navegación vergonzoso.

Las puertas se abrieron. Entré. Pero justo antes de que se cerraran, una mano se interpuso. Una mano con un reloj demasiado brillante.

—Martina, espera.

Mateo entró de un salto, jadeando ligeramente. El espacio, que ya era pequeño, se comprimió hasta volverse una lata de sardinas de alta gama. Me pegué a la pared del fondo, cruzando los brazos como si fueran un escudo antibalas.

—La reunión es arriba, Mateo. Te has equivocado de dirección —dije, mirando fijamente los números que bajaban.

—Me importa un bledo la reunión. Tenemos que hablar de lo de Sofía.

—No hay nada que hablar. Ella tiene un kit de supervivencia, un reloj de diamantes y un historial contigo que "los datos no pueden explicar". Yo solo tengo un Excel que está a punto de colapsar.

En ese preciso instante, el universo decidió que mi vida necesitaba más drama. El ascensor dio un tirón violento, se escuchó un crujido metálico digno de una película de terror de bajo presupuesto y, tras un par de parpadeos de la luz, nos quedamos a oscuras. O mejor dicho, bajo una luz roja de emergencia que hacía que Mateo pareciera el protagonista de un vídeo musical de baladas prohibidas.

—Genial —murmuré, golpeando la pared con la nuca—. Simplemente genial. Atrapada en una caja de metal con el hombre que me besa bajo la lluvia y luego se mensajea con su ex. Mi algoritmo de supervivencia es oficialmente una basura.

—No le respondí como ella dijo, Martina —dijo él. Estaba tan cerca que sentía su calor irradiando hacia mí.

Monólogo interno: "No lo mires. No mires sus ojos en la penumbra. No pienses en que el espacio es tan estrecho que si inspiro demasiado profundo voy a terminar contando los botones de su camisa con la punta de la nariz".

—Ah, ¿no? —ironicé—. Pues parecía muy segura de su "historia".

—Ella me escribió un testamento de veinte párrafos sobre 'destinos cruzados' y yo le respondí: 'Ok, gracias por el feedback'. Eso fue todo. Ella solo está marcando territorio porque sabe que la estoy borrando de mi sistema.

—¿'Ok, gracias por el feedback'? —me giré para mirarlo, olvidando mi distancia de seguridad. Error. Estaba a centímetros—. ¿Le respondiste a tu ex como si fuera un cliente quejándose del servicio técnico?

—Es lo que aprendí de ti, ¿no? —Mateo apoyó ambas manos en la pared, a cada lado de mis hombros, encerrándome de nuevo. Esta vez no había lluvia, solo el zumbido del ascensor averiado y una tensión que hacía que el aire pesara diez kilos—. Me dijiste que fuera profesional. Que me centrara en los datos. Y el dato es que ella es el pasado y tú eres... tú eres el fallo en el sistema que no quiero arreglar.

Mi cerebro intentó buscar una réplica mordaz, pero el "error 502" era total. Mateo se inclinó, su frente rozando la mía. En este espacio tan reducido, el skinship era inevitable. Su rodilla se coló entre las mías para mantener el equilibrio y yo sentí que mis circuitos se freían por completo.

—Martina —susurró, y esta vez su voz no tenía ni un ápice de esa confianza de influencer. Sonaba vulnerable, casi asustado—. No dejes que ella gane. No vuelvas al 'plan original' de odiarme. Porque yo ya no sé cómo fingir que no te quiero en cada uno de mis fotogramas.

Monólogo interno: "Alerta de sistema. El ritmo cardíaco ha superado los límites permitidos. El modo sarcasmo está desactivado. Procediendo a la fase de 'caída libre emocional'".

Le puse las manos en el pecho, pero no para empujarlo. Mis dedos se enredaron en la tela de su camisa, atrayéndolo más.

—Si vuelves a responderle a Sofía, aunque sea con un emoji de pulgar arriba, juro que borro tu cuenta de TikTok —amenacé, aunque mi voz me traicionó sonando más como una caricia que como una advertencia.

—Borra lo que quieras —respondió él, su boca a milímetros de la mía—. Mientras no me borres a mí.

El beso fue mucho más intenso que el del portal. Quizás era la falta de oxígeno, o el hecho de que estábamos suspendidos entre dos pisos, pero se sintió como si estuviéramos borrando todas las mentiras y las fotos posadas de las últimas semanas. Sus manos bajaron hasta mi cintura, levantándome un poco, y yo me aferré a él como si fuera lo único sólido en un mundo lleno de filtros.

De repente, el ascensor dio otro tirón. Las luces blancas se encendieron de golpe y una voz chirriante salió por el altavoz.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Soy Paco, de mantenimiento. Ya los tengo, voy a moverlos manualmente al piso cuatro.

Nos separamos de golpe, jadeando, intentando recomponernos. Mateo se pasó la mano por el pelo, que ahora estaba gloriosamente desordenado, y yo intenté alisar mi falda con manos temblorosas.

—Piso cuatro —susurré, mirando al techo—. Justo donde está el departamento de Contabilidad.

—Va a ser un paseo muy largo hasta mi escritorio —dijo Mateo, mirándome con una chispa de malicia recuperada mientras se limpiaba un resto de mi brillo de labios con el pulgar—. Especialmente con Sofía esperándonos arriba.

—Que espere —dije, recuperando mi sonrisa de estratega—. Ahora que tengo los datos completos, sé exactamente cómo hackear su pequeña fiesta.

El ascensor se abrió y salimos de allí. Mateo me guiñó un ojo antes de caminar hacia las escaleras, y yo me quedé un segundo más, sabiendo que el algoritmo del amor no tiene lógica, pero es el único que realmente vale la pena ejecutar.

Capítulo 11: Fuera de Cobertura y Sin Guion

El éxito de la campaña "Pure Glow: Sin Filtros" fue tan masivo que incluso Beatriz empezó a hablar de nosotros como "el dúo dinámico del siglo XXI". Los datos no mentían: el video de Mateo quemando la boloñesa y nuestro momento "atrapados en la lluvia" (convenientemente editado para que pareciera un accidente profesional y no un preludio de beso) habían disparado el engagement a niveles estratosféricos.

Sofía, por su parte, se había marchado de la oficina tras la reunión en la que Mateo la dejó claro que la estrategia la dirigía yo. Su "kit de supervivencia" seguía en el escritorio de Mateo, pero él lo usaba ahora para guardar clips y tickets del parking.

—Vallejo —dijo Mateo, apoyándose en el marco de mi cubículo un viernes por la tarde—. He pagado la primera cuota del Tesla. Mi primo ya no me persigue por los pasillos de su casa. Y el algoritmo dice que hoy es una noche excelente para celebrar.

—¿Celebrar? ¿Con otra cena de "sinergia" en casa de Beatriz? —pregunté, aunque mi corazón ya estaba haciendo un baile de victoria.

—No. Una cena de verdad. Sin iPhones sobre la mesa, sin grabaciones y, definitivamente, sin patitos de goma. Solo tú y yo. En un sitio donde nadie sepa quién soy.

Acepté, por supuesto. Mi algoritmo interno ya no tenía defensas contra esa mirada.

Mateo me llevó a una pequeña taberna en una calle olvidada de Malasaña. El sitio olía a madera vieja y a vino tinto, y la iluminación era tan baja que no servía ni para un video en 240p. Era perfecto. Por primera vez, Mateo no se sentó de espaldas a la pared para vigilar quién entraba. Se sentó frente a mí y me miró como si yo fuera el único contenido que valiera la pena consumir.

—Te ves... real —dijo él, quitándome un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozaron mi mejilla y sentí esa descarga eléctrica que ya se estaba volviendo mi estado predeterminado.

—Tú también. Sin esa chaqueta de cuero pareces casi un ser humano normal, Soler.

Cenamos sin pretensiones. Hablamos de cosas que no tenían que ver con el SEO: de sus miedos a ser olvidado por un algoritmo caprichoso y de mi obsesión por controlar todo mediante hojas de cálculo porque la realidad me parecía demasiado caótica.

—Sabes que esto es peligroso, ¿no? —susurró él, rodeando mi mano con la suya sobre el mantel de cuadros—. Si la gente se entera de que la "reina de los datos" y el "rey del postureo" son... bueno, lo que somos ahora mismo, internet va a explotar.

—Que explote —respondí, apretando su mano—. Me gusta el caos si es contigo.

La tensión romántica era tan espesa que se podía cortar con el cuchillo del pan. Mateo se inclinó hacia delante, su rostro iluminado solo por una vela pequeña. Sus labios estaban a punto de encontrar los míos en lo que iba a ser el primer beso "oficial" fuera de un ascensor averiado o un portal goteante.

Y entonces, vi el destello.

No fue un rayo, ni un fallo eléctrico. Fue el flash inconfundible de un smartphone.

Me separé de golpe, mi instinto de estratega digital activándose al cien por cien. A tres mesas de distancia, una chica con un flequillo moderno y cara de "acabo de ganar la lotería" bajaba su teléfono rápidamente, fingiendo que miraba su ensalada.

—Nos han cazado —susurré, sintiendo un nudo de pánico en el estómago—. Mateo, esa chica acaba de hacernos una foto. Y por la forma en que está tecleando, esa foto ya está en camino a algún grupo de cotilleos o, peor aún, a Sofía.

Mateo suspiró, pero esta vez no hubo rastro de la antigua estrella preocupada por su imagen. Se limitó a apretar mi mano con más fuerza y miró directamente a la chica, que ahora estaba roja como un tomate.

—Bueno —dijo él, volviendo a mirarme con una sonrisa traviesa—. Supongo que esto va a arruinar tu plan de "mantener el perfil bajo".

—Va a ser el mayor incendio de relaciones públicas de mi carrera —dije, aunque no pude evitar sonreír también—. Mi jefa va a querer una boda patrocinada y tu ex va a querer mi cabeza en una bandeja de plata.

—Vale la pena —respondió él, y sin importarle el flash, se inclinó de nuevo y me besó, esta vez dejando claro que, para nosotros, la única opinión que contaba no se medía en likes.

Salimos de la taberna de la mano, sabiendo que mañana el mundo sería un lugar muy diferente. Pero mientras caminábamos por las calles de Madrid, bajo la luz de las farolas, me di cuenta de que mi vida ya no era una hoja de cálculo perfecta. Era algo mucho mejor: era una historia sin filtros.

Capítulo 12: El Algoritmo del Corazón

Mi teléfono no se despertó el sábado por la mañana; entró en una crisis nerviosa. Las notificaciones de menciones en Twitter y etiquetas en Instagram vibraban con tanta frecuencia que mi mesilla de noche parecía estar sufriendo un terremoto de magnitud 7.5.

Abrí un ojo, todavía con el sabor del vino de Malasaña y el recuerdo del beso en los labios, y desbloqueé la pantalla.

#MateoYLaChicaDelExcel era la tendencia número uno en España.

—Oh, no —gemí, hundiendo la cara en la almohada—. Soy un hashtag. He pasado de ser una estratega invisible a ser un "trending topic" con una foto donde salgo de perfil y con el pelo encrespado por la lluvia. Mi carrera está oficialmente muerta.

Un segundo después, entró una llamada de Mateo.

—¿Has visto el incendio? —su voz sonaba extrañamente animada, casi divertida.

—¡Mateo, me llaman "La Chica del Excel"! Hay hilos de gente analizando si mi blusa es de rebajas y teorías conspirativas sobre si soy una IA creada para humanizarte. ¡Es un desastre de proporciones bíblicas!

—Beatriz me ha llamado cinco veces —dijo él—. Quiere que hagamos un directo en Instagram ahora mismo. Dice que si lo hacemos oficial bajo el patrocinio de Pure Glow, las acciones de la empresa subirán hasta la estratosfera.

—Es una buitre —gruñí—. ¿Y Sofía?

—Ha publicado una historia con una frase de Paulo Coelho sobre "dejar ir lo que nunca fue tuyo" y una foto de ella llorando con un filtro de lágrimas de purpurina. Es muy estético, pero me ha bloqueado en todas partes.

Me senté en la cama, suspirando. Este era el momento. El punto de decisión. Podíamos convertir nuestro amor en el mayor lanzamiento comercial del año, o podíamos protegerlo.

—¿Qué quieres hacer tú, Mateo? —pregunté, bajando la voz—. Ya no hay deudas con el Tesla, ni con tu primo. Eres libre.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio de los que no se encuentran en los borradores de TikTok.

—Quiero que el algoritmo se vaya a dar una vuelta, Martina. Quiero que lo nuestro sea lo único que no tenga que medir en clics.

Dos horas después, estábamos en la oficina. Beatriz nos esperaba con un anillo de luz, tres cámaras y un guion que incluía frases como "nuestras almas se sincronizaron en la nube".

—¡Es perfecto! —exclamaba Beatriz, retocándome el maquillaje con una urgencia maníaca—. Empezamos el directo en tres, dos, uno... ¡Dentro!

Mateo y yo estábamos sentados frente al iPhone. En la pantalla, los espectadores subían por miles: 10k, 50k, 100k... Los comentarios pasaban tan rápido que eran ilegibles.

—Hola a todos —dijo Mateo, mirando a la cámara con esa seguridad que solía irritarme, pero que ahora me hacía sentir segura—. Sé que habéis visto la foto. Y sé que esperáis que os vendamos una historia de amor perfecta con música de fondo y códigos de descuento.

Me miró y me apretó la mano por debajo de la mesa. Yo tomé la palabra, ignorando el guion de Beatriz que decía "llorar sutilmente".

—Pero la verdad es que esto no es una campaña —dije, mirando fijamente al objetivo—. Él es un desastre en la cocina, yo soy una maniática del control que sueña con hojas de cálculo, y nos hemos odiado profundamente durante la mitad de esta historia.

—Y vamos a dejar de publicar sobre nosotros —añadió Mateo, sorprendiendo incluso a Beatriz, que abrió la boca como un pez fuera del agua—. Porque hemos descubierto que lo mejor de lo que tenemos ocurre cuando la cámara está apagada. Así que, gracias por el engagement, pero nos vamos a vivir la vida real.

Mateo alargó la mano y, con un movimiento rápido y definitivo, pulsó el botón de "Finalizar directo".

El silencio que siguió en la oficina fue glorioso. Beatriz parecía a punto de sufrir un síncope, pero Javi, desde su sitio, nos levantó el pulgar con una sonrisa de victoria.

—¿Te das cuenta de que acabamos de perder millones de seguidores potenciales? —le pregunté a Mateo mientras salíamos del edificio, dejando atrás el caos digital.

—He perdido seguidores, pero he ganado a la única persona que sabe que uso patitos de goma en la bañera —respondió él, rodeándome con el brazo—. Es una transacción muy rentable, si me preguntas a mí.

Caminamos por la calle, y aunque un par de personas nos señalaron y sacaron sus teléfonos, no nos importó. Por primera vez, no estábamos analizando el impacto, ni buscando el ángulo correcto, ni preocupados por el filtro.

Mi vida ya no era una hoja de cálculo perfecta, y la suya ya no era un catálogo de apariencias. Éramos Martina y Mateo: una historia llena de errores de sistema, anomalías y fallos de conexión, pero con un algoritmo que finalmente funcionaba.

El algoritmo del corazón no necesita actualizaciones. Solo necesitaba que alguien se atreviera a darle al "play" sin miedo a lo que dijeran los comentarios.


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Comentarios

user

Anonimo:

ME ENCANTÓOOO

Hace 11 horas

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