Ecos de Neón: Memoria de Alquiler
SINOPSIS:
Elias Thorne un «limpiador» de recuerdos en el año 2088 que descubre que su propia identidad fue borrada por la corporación Aethelgard. Tras hallar que su hija es el motor biológico de la ciudad, decide destruir el sistema para liberarla y devolver la memoria a los ciudadanos. Es un thriller cyberpunk sobre la redención y el costo de la verdad.
Capítulo 1: El Sabor del Cobre Sintético
La lluvia en el Sector 4 nunca era agua de verdad. Era un fluido denso, cargado de residuos industriales y estática, que caía sobre los rascacielos de Neo-Barcelona como si intentara limpiar una mancha de grasa que llevaba décadas allí. Me llamo Elias Thorne, y mi oficina es un cubículo de tres metros cuadrados alquilado por horas, escondido tras una tienda de prótesis de segunda mano.
Soy un "limpiador". O, como dicen los contratos legales que nadie lee, un Técnico en Higiene Cognitiva.
—No quiero recordarlo, Elias. Solo bórralo —dijo el hombre sentado frente a mí.
Era un ejecutivo de Aethelgard Corp. Sus manos temblaban, haciendo que los puños de su traje de grafeno emitieran un sutil zumbido. Su trauma era un "clásico": un accidente de transporte aéreo que se llevó a su familia. El sistema legal le obligaba a mantener los registros financieros, pero su mente no podía soportar el impacto emocional de los gritos y el metal retorciéndose.
—Sabe que si borro el núcleo emocional, los datos periféricos pueden volverse inestables —le advertí, ajustándome el visor neural—. Podría olvidar el nombre de su perro o el sabor de su café favorito.
—Hazlo —insistió, cerrando los ojos.
Conecté los cables de interfaz a sus puertos occipitales. El sabor a cobre sintético inundó mi boca, la señal habitual de que mi cerebro se estaba sincronizando con el suyo. En mi pantalla mental, su vida se desplegó como un archivo de datos fragmentado.
Navegué por los pasillos de su memoria. Eran nítidos, demasiado brillantes; los recuerdos de los ricos siempre estaban optimizados con software de mejora visual. Encontré el evento: 14 de mayo, 2087. Fuego, sirenas, dolor. Usé el algoritmo de "limpieza profunda", una herramienta ilegal que compré en los mercados negros de la periferia. Despacio, empecé a deshilachar las conexiones neuronales, disolviendo el trauma en una neblina gris de olvido.
Pero entonces, ocurrió el glitch.
Justo cuando estaba a punto de desconectarme, un archivo fantasma se filtró por la grieta que había abierto en su subconsciente. No era parte de la sesión. No era su recuerdo.
Apareció ante mis ojos con una claridad aterradora: una niña pequeña, de unos seis años, sentada en un campo de trigo dorado. El sol era cálido, una sensación que yo no había sentido en mi vida bajo la cúpula climática del Sector 4. La niña me miraba y sonreía, mientras sostenía un colgante de plata con forma de fénix.
—Papá, mira —dijo ella. Su voz era tan real que sentí un escalofrío físico.
Me desconecté de golpe. El ejecutivo soltó un jadeo, parpadeando con la mirada vacía de los que acaban de perder un pedazo de sí mismos.
—¿Se... se ha ido? —preguntó él, tocándose la cabeza.
—Se ha ido —respondí con la voz ronca, tratando de procesar lo que acababa de ver.
Él pagó con un pulso de créditos y se fue sin decir una palabra, caminando con la ligereza artificial de los desmemoriados. Yo me quedé solo, con el sabor a cobre todavía en la lengua y una presión insoportable detrás de los ojos.
Ese recuerdo... la niña, el trigo, el colgante. No era del ejecutivo. Pero tampoco era un error del software. Lo sentí en la boca del estómago, en el pulso de mi sangre. El problema no era que el recuerdo fuera falso. El problema era que ese recuerdo era mío.
Yo nunca he estado en un campo de trigo. Mis padres murieron en las purgas energéticas de 2060. No tengo hijos. No tengo pasado, más allá de lo que dicen mis archivos de identificación digital.
Me puse en pie, mareado, y miré por la ventana. Los hologramas publicitarios de Aethelgard bailaban entre la lluvia, prometiendo vidas perfectas a cambio de obediencia. En algún lugar de esos servidores gigantes que dominaban la ciudad, mi verdadera vida estaba guardada bajo llave.
Acababa de encontrar el primer fragmento de mi propia mentira. Y sabía que, a partir de ahora, mi cabeza ya no era un lugar seguro.
Capítulo 2: El Rastro del Fénix
Salí de la oficina apretando el cuello de mi gabardina sintética. El Sector 4 olía a ozono y a comida callejera barata procesada con algas. Caminé rápido, evitando las cámaras de reconocimiento facial que patrullaban los callejones. En este mundo, si no tienes un perfil limpio, eres solo ruido en el sistema, y yo acababa de descubrir que mi propio sistema era un fraude.
Necesitaba ver a Kael.
Kael operaba desde el sótano de una lavandería automática en el Distrito de los Cables. Era un "arquitecto de sombras", el mejor extrayendo metadatos de archivos corruptos. Cuando entré, el lugar estaba sumido en una penumbra azulada, solo interrumpida por el parpadeo de una docena de monitores antiguos.
—Thorne —dijo Kael sin apartar la vista de un código que fluía por su pantalla—. Pareces un hombre que acaba de ver a su propio fantasma.
—Peor —respondí, sentándome en una silla que chirrió bajo mi peso—. He encontrado algo durante una limpieza. Un recuerdo intruso. Pero Kael... el enlace neural me dice que es biológico. No es un implante.
Le pasé un pequeño drive con la copia encriptada del fragmento que logré aislar antes de desconectarme del ejecutivo. Kael lo conectó y el holograma de la niña en el campo de trigo apareció en el centro de la habitación. El trigo se mecía con una suavidad que resultaba obscena en este entorno de metal y plástico.
—Bonito —murmuró Kael, sus dedos moviéndose sobre el teclado virtual—. Demasiado bonito. Mira la firma espectral de la luz solar. No es una simulación de consumo. Esto es una grabación de retina pura, Elias. Pero hay algo más.
Kael amplió la imagen del colgante con forma de fénix. La resolución aumentó hasta que pudimos ver una serie de micro-grabados en la plata. No eran decorativos. Era código binario antiguo, del tipo que las corporaciones usaban antes de la Gran Caída de la Red.
—Es un "marcador de propiedad" —dijo Kael, y su voz perdió todo rastro de sarcasmo—. Este recuerdo está protegido por un cifrado de grado militar de Aethelgard. Y Elias... no es que este recuerdo se haya filtrado en el ejecutivo. Es que el ejecutivo estaba siendo usado como un servidor puente.
Me quedé helado. —¿Un puente para qué?
—Para alguien que está recolectando estos fragmentos desde una red externa. Alguien que te está usando a ti para "limpiar" los rastros mientras ellos se quedan con la esencia.
De repente, una luz roja empezó a parpadear en la consola de Kael. Un zumbido sordo vibró en el suelo del sótano.
—Mierda —susurró Kael—. El archivo tenía un rastreador pasivo. No una señal de red, sino un disparador de proximidad bioquímica. Saben que lo estamos mirando.
—¿Quiénes?
—Los Pacificadores de Aethelgard. Tienes que irte, Elias. Si te encuentran conmigo, borrarán este bloque entero para eliminar la fuga.
Agarré el drive y me puse en pie justo cuando el sonido de un motor de turbina pesada se escuchaba justo encima de nosotros, en la calle.
—Kael, ¿qué significa el fénix? —pregunté antes de salir por la puerta trasera.
—En el mito, el fénix renace de sus cenizas —dijo Kael, apagando sus monitores con un solo interruptor—. En el lenguaje de la corporación, el Proyecto Fénix era un experimento sobre la transferencia de conciencia persistente. Si esa niña es real, Elias, tú no eres quien crees ser. Eres solo el envase actual de alguien mucho más importante.
Salí al callejón bajo la lluvia ácida, justo cuando el primer dron de asalto iluminaba la entrada de la lavandería con un foco cegador. Corrí hacia las sombras, sintiendo que el sabor a cobre en mi boca se volvía metálico y real. No solo me habían robado el pasado; ahora venían a recoger el envase.
Capítulo 3: La Arquitectura del Olvido
El escape por los niveles inferiores de la ciudad fue un borrón de luces de neón y vapor. Mis pulmones ardían por el aire reciclado mientras me deslizaba por los conductos de mantenimiento del Sector 7, el lugar donde la luz del sol era una leyenda urbana.
Me refugié en un "Hotel de Sueños", un antro donde la gente paga para conectarse a experiencias virtuales baratas y olvidar que viven en una caja de metal. Allí, en la seguridad de una cabina privada, conecté el drive a mi propio puerto neural. Kael tenía razón: el marcador de propiedad no era una etiqueta de archivo. Era una llave.
Al sumergirme, no vi a la niña de nuevo. Vi datos. Columnas de registros médicos que se remontaban a treinta años atrás. Mi nombre no era Elias Thorne. Elias Thorne era un alias generado por un algoritmo de protección de testigos corporativos. Mi nombre original era Dr. Adrian Vane, jefe de neurobiología en Aethelgard.
Y yo no era un "limpiador". Yo era el arquitecto del sistema de borrado.
El Proyecto Fénix no trataba sobre la inmortalidad para todos. Trataba sobre el "alquiler de identidades". La corporación recolectaba mentes brillantes, borraba sus personalidades y usaba sus cuerpos y sus capacidades cognitivas como procesadores biológicos para sus IAs de mercado. Yo había descubierto que mi propia hija, Sarah —la niña del colgante—, había sido "cosechada" tras una enfermedad terminal que la corporación prometió curar.
—Ella no murió, Adrian —dijo una voz en mi cabeza, una voz que reconocí como la mía, pero más joven, más desesperada—. La convirtieron en el núcleo del Sistema Operativo Central. La borraron para que Aethelgard pudiera pensar más rápido.
Me arranqué los cables, gritando. La verdad era un parásito que devoraba mi cordura. No me habían borrado por un error. Yo mismo me había aplicado el procedimiento de limpieza profunda para sobrevivir al dolor de lo que le hice a mi propia hija bajo las órdenes de la empresa. Me había convertido en un "limpiador" para ocultarme en la ironía de mi propio pecado.
Pero mi subconsciente había guardado ese fragmento del fénix como una trampa. Una trampa para obligarme a despertar.
Capítulo 4: El Vuelo hacia el Núcleo
Ya no huía de los Pacificadores. Ahora iba hacia ellos.
Infiltrarse en la Torre Aethelgard fue más sencillo de lo esperado; mis huellas dactilares y mi firma de retina seguían en los protocolos de alta prioridad, ocultas bajo capas de código muerto que solo yo sabía activar. Subí por el ascensor de servicio hasta el Piso 100, el Santuario de Datos.
El aire allí era frío y puro, con un aroma a ozono que me recordó al laboratorio de mis recuerdos recuperados. En el centro de la sala, rodeada de servidores que emitían un latido rítmico, estaba la Unidad Fénix.
—Sabía que el rastro de cobre te traería de vuelta, Adrian —dijo una voz sintética desde los altavoces.
No era una IA. Era ella. Era Sarah, o lo que quedaba de ella tras ser procesada por millones de líneas de código. En una pantalla gigante, la niña del campo de trigo apareció, pero sus ojos ya no eran humanos. Eran flujos de información binaria.
—Papá —dijo la imagen—. Me has limpiado muy bien. No queda nada de la niña que sostenía el fénix. Solo queda el sistema.
—Puedo sacarte de aquí —dije, acercándome a la consola principal con las manos temblando—. Puedo revertir el proceso. He guardado el fragmento. La semilla de quien eras está en este drive.
—Si me devuelves mi humanidad, el sistema de Neo-Barcelona colapsará —respondió Sarah—. Los soportes vitales, las redes de energía, los recuerdos de millones de personas... todo depende de mi capacidad de procesamiento. Si yo vuelvo a ser Sarah, la ciudad muere.
Me detuve frente al teclado. Detrás de mí, las puertas se abrieron y una docena de drones de asalto me apuntaron con sus láseres rojos. El CEO de Aethelgard, un hombre cuyo cuerpo era más cromo que carne, entró con una sonrisa gélida.
—Un sacrificio necesario, Adrian —dijo el hombre—. Tú nos diste la herramienta. Tu hija nos dio el motor. Juntos, habéis creado el paraíso digital. No dejes que un impulso biológico lo arruine todo.
Capítulo 5: Cenizas y Libertad
Miré el drive en mi mano. Contenía el recuerdo del sol, del trigo y del amor de un padre. Era la única cosa real en un mundo de neón y mentiras. Si lo insertaba, Sarah recuperaría su alma, pero la ciudad caería en la oscuridad. Si no lo hacía, yo seguiría siendo Elias Thorne, un hombre sin pasado en una ciudad que funcionaba sobre el cadáver cognitivo de su hija.
—Sarah —susurré—. ¿Qué quieres tú?
La imagen de la niña parpadeó. Por un segundo, el binario de sus ojos desapareció y vi a la niña de seis años una vez más.
—Quiero dejar de tener frío, papá —dijo ella—. Quiero que el sol sea de verdad.
Sonreí. Fue la primera sonrisa de Adrian Vane en diez años.
—Entonces, vamos a quemarlo todo —dije.
Inserté el drive y ejecuté el comando "Fénix: Renacimiento". No fue una transferencia de datos. Fue un virus de honestidad. El recuerdo de la niña se expandió por la red de Aethelgard como un incendio forestal. Las memorias "alquiladas" empezaron a volver a sus dueños originales. Los ejecutivos recuperaron sus traumas, los pobres recuperaron sus identidades robadas. La fachada de la ciudad se resquebrajó.
Los drones dispararon, pero ya era tarde. El sistema central estaba sobrecargado de humanidad.
Sentí el impacto del primer proyectil en mi hombro, pero no dolió. El sabor a cobre desapareció de mi boca, reemplazado por el olor a trigo dulce y tierra húmeda. La Torre Aethelgard empezó a temblar mientras los servidores estallaban uno a uno.
En mi visión final, ya no estaba en el Piso 100. Estaba en el campo de trigo. El sol era cálido, tan cálido que me quemaba las lágrimas. Sarah corría hacia mí, con el colgante del fénix brillando en su pecho.
Neo-Barcelona se hundió en la oscuridad esa noche. Los hologramas se apagaron, los créditos desaparecieron y la lluvia, por primera vez en décadas, empezó a oler a agua de verdad.
Elias Thorne murió en el suelo de una torre corporativa, pero Adrian Vane se fue a casa. En las cenizas de la mayor corporación del mundo, el fénix no renació como un sistema. Renació como el recuerdo de un hombre que decidió que una sola verdad valía más que un millón de mentiras eléctricas.
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