El último verano

#drama, #juvenil, #romance

SINOPSIS:

Valle Sereno, 1986. En un mundo de cartas escritas a mano, cassettes grabados de la radio y veranos que parecen eternos, cinco amigos se enfrentan a la frontera de la vida adulta. A través de sus propias voces, descubrimos un entramado de amores no correspondidos y miedos compartidos. Julián, Tomás, Elena, Clara y Santi caminan por la cuerda floja de su último año de instituto, sabiendo que el tren que los sacará del pueblo podría ser el mismo que rompa su amistad para siempre.

Capítulo 1: El eco de la campana

El aire en Valle Sereno siempre olía a pino húmedo y a ese polvo antiguo que levantan los neumáticos sobre la grava cuando el verano empieza a rendirse. Era septiembre de 1986, y el sol de la tarde todavía castigaba las fachadas de piedra de la plaza mayor con una luz amarillenta y densa. Sentados en el muro de la vieja estación de tren, cinco amigos observaban las vías, ese límite de acero que marcaba el final de su mundo conocido.

Santi, con el ceño fruncido, ajustaba la cinta de su Walkman con un bolígrafo, tratando de rescatar una grabación de The Cure que el aparato se había empeñado en devorar. Sus dedos se movían con la agilidad de quien pasa horas frente al dial de la radio, esperando el momento exacto para pulsar Record y capturar la canción perfecta sin la interrupción del locutor. Él era el encargado de la música, el que llenaba los silencios con melodías para evitar que el grupo se diera cuenta de que el tiempo se les escapaba.

—¿Creen que el tren de las cinco venga con retraso hoy también? —preguntó Julián sin dejar de balancear las piernas. Tenía las manos manchadas de carboncillo; se había pasado la mañana dibujando en los márgenes de su cuaderno de espiral.

A pesar de su apariencia distraída, Julián era el centro de todas las miradas los domingos en el campo municipal. Era el "as" del C.D. Valle Sereno, el jugador que no necesitaba esforzarse para que el balón pareciera una extensión de su pie. Mientras otros sudaban sangre para mantener el puesto, Julián se deslizaba por la banda con una elegancia que a Tomás, su mejor amigo y capitán del equipo, le resultaba tan admirable como irritante.

—El tren siempre llega tarde en este pueblo, Julián —respondió Tomás, pasando un brazo por los hombros a Elena de esa forma posesiva que él consideraba protectora—. Es la única regla de este lugar: nada llega a tiempo, y nada se va lo suficientemente rápido.

Tomás apretó el hombro de Elena. Él vivía para el fútbol y para ella, pero sabía que sus notas nunca lo sacarían de Valle Sereno. Su único camino para ser "alguien" era el césped, mientras que Julián era el único del grupo con posibilidades reales de entrar en la Universidad en la capital. Esa brecha intelectual, sumada al talento innato de Julián en el campo, era una astilla clavada en el orgullo de Tomás.

Elena sonrió de lado, ajustándose las gafas de sol. Era una sonrisa hermosa, pero cargada de una distancia que Tomás nunca llegaba a descifrar. Él la miraba como si fuera un trofeo que temía perder, ignorando que los ojos de Elena siempre terminaban buscando, casi por instinto, los dedos manchados de Julián.

Cerca de ellos, Clara fingía leer un ejemplar manoseado de la revista Bravo, pero sus ojos no se movían por las líneas. Observaba a Julián con una melancolía que le apretaba la mandíbula. Ella sabía que su destino estaba escrito entre sacos de harina en la panadería de sus padres; el calor del horno era la única perspectiva de futuro que tenía, a menos que Julián decidiera quedarse. Santi, que notaba hasta el más mínimo cambio en la respiración de Clara, se acercó un poco a ella, dejando que sus hombros se rozaran en un gesto de apoyo silencioso.

El silbato del tren sonó a lo lejos, un lamento largo y metálico. El último año del colegio no era solo un curso más; era el borde de un precipicio. Julián propuso un pacto de lealtad eterna, pero mientras el tren pasaba frente a ellos, Tomás no podía dejar de pensar que el "as" del equipo ya tenía un pie fuera del pueblo.

Capítulo 2: La noche de las hogueras

El humo de la leña de encina llenaba la plaza, mezclándose con el olor a sardinas asadas y el perfume barato de la verbena de San Juan. La orquesta atacaba un pasodoble mientras los farolillos de papel oscilaban sobre las cabezas de los vecinos.

Julián se sentía un náufrago entre la multitud. Tenía su cuaderno escondido bajo la chaqueta. Quería dibujar a Elena bajo la luz de las ascuas, pero Tomás parecía haber decidido que esa noche ella no daría un solo paso sin su sombra.

—¡Bebe un poco más, artista! —exclamó Tomás, golpeando la espalda de Julián mientras le ofrecía un vaso de plástico lleno de ponche—. Mañana no hay entrenamiento, mañana solo hay resaca y futuro.

Tomás reía con fuerza, pero sus ojos estaban inquietos. Sabía que Elena estaba allí físicamente, pero su mente parecía estar en otra parte. Le envidiaba a Julián esa calma misteriosa. Tomás se esforzaba el doble en cada práctica, gritaba instrucciones, era el líder; y sin embargo, el seleccionador regional que vino la semana pasada solo preguntó por Julián.

—He oído que tu padre ya ha ido a preguntar por los formularios de la Complutense —soltó Tomás de repente, su voz perdiendo el tono festivo—. Vas a dejar el equipo tirado justo cuando podemos subir de categoría, ¿verdad?

Julián no respondió. Miró a Elena, que sostenía su mirada un segundo más de lo debido a través del humo de la hoguera. Fue un instante eléctrico que quedó sepultado cuando Tomás la atrajo hacia sí para bailar.

Desde la mesa de las bebidas, Clara observaba la escena con el corazón encogido. El vestido nuevo le apretaba en la cintura, pero el dolor real estaba en ver cómo Julián buscaba siempre la misma órbita. Santi, al notar la tristeza de Clara, le extendió la mano para bailar.

—Ahora no, Santi. Me duele un poco la cabeza —mintió ella.

Santi asintió con una sonrisa amable que ocultaba el pinchazo en su pecho. Él sabía exactamente dónde le dolía a Clara. Elena, mientras tanto, sentía el peso de la mano de Tomás en su cintura. Se sentía la villana de una historia que no había pedido escribir, atrapada entre el deber hacia Tomás, la lealtad a Clara y el olor a trementina de Julián, que era su único refugio mental.

Capítulo 3: Ceniza y trementina

La mañana siguiente comenzó con el sonido metálico de las persianas del taller de los padres de Santi. El ruido seco y pesado recordaba a Valle Sereno que el trabajo empezaba antes que el sol. Santi bajó a la cocina, pensando en las cintas TDK de su estantería, las que grababa con paciencia de la radio para regalárselas a Clara, intentando que las letras de las canciones dijeran lo que él no se atrevía.

En la casa de los García, la tensión estalló después del desayuno. Tomás limpiaba con saña sus botas de fútbol, las de tacos de aluminio que guardaba como un tesoro. Julián había pasado por allí para devolverle un balón, y la conversación sobre el futuro se volvió inevitable.

—Mi padre dice que el examen para la fábrica es en diciembre —dijo Julián, con los dedos manchados de carboncillo—. Pero mis padres quieren que haga el examen de acceso a la Universidad. Dicen que con mis notas...

Tomás soltó la bota y se puso de pie, su presencia física llenando el pequeño porche. Era más corpulento que Julián, un bloque de músculo forjado en el campo.

—¿La Universidad? ¿De verdad vas a irte a estudiar libros mientras nosotros nos quedamos aquí pudriéndonos? —Tomás soltó una carcajada amarga—. Eres el mejor del equipo, Julián. Podrías ser profesional si quisieras, si te lo tomaras en serio. Podrías llevarnos a todos a otro nivel.

—No sé si quiero que el fútbol sea mi vida, Tomás.

—¿Y qué pasa con Clara? —espetó Tomás, dando un paso hacia él—. ¿La vas a dejar sola aquí? Ella piensa que va a trabajar en la panadería de su familia toda la vida esperando a que tú te des cuenta de que existe. ¿De verdad te vas a marchar y la vas a dejar tirada?

Julián apretó los labios, desviando la mirada hacia las colinas. El nombre de Clara pesaba como una piedra.

—Yo no tengo nada que ver con ella en ese sentido... —murmuró Julián, escondiendo la verdad bajo una capa de frialdad—. Es mi amiga, Tomás. Nada más.

—Mientes —sentenció Tomás—. Pero vete si quieres. Vete a la ciudad a ser un número más. Yo me quedaré aquí siendo el capitán del equipo que tú desprecias.

Julián se dio la vuelta y se fue, sintiendo que los hilos invisibles que lo ataban a Valle Sereno empezaban a tensarse hasta doler.

En la farmacia, Elena colocaba frascos bajo la mirada atenta de su padre, quien ya hablaba de su carrera en la ciudad como un trámite para que ella regresara a hacerse cargo del negocio. Y en la panadería, Clara sacaba las primeras bandejas de pan, con el rostro enrojecido por el calor del horno y los ojos puestos en la puerta, esperando ver pasar la bicicleta de Julián, sin saber que el pacto de ayer ya se estaba desmoronando en el aire viciado de la mañana.

Capítulo 4: Hilos de harina y seda

El mediodía en Valle Sereno traía un silencio espeso, solo roto por el repicar de las campanas de la iglesia y el aroma a levadura que emanaba de la calle de la panadería. Elena cruzó el umbral con el paso ligero, sintiendo que la luz del sol resaltaba el blanco de su vestido de algodón. Al entrar, la campana sobre la puerta de madera anunció su llegada con un tintineo familiar.

Clara estaba de espaldas, limpiando el mostrador de mármol con una energía que rayaba en la desesperación. Al girarse y ver a Elena, sus facciones se suavizaron, pero un rastro de esa timidez recatada que la caracterizaba volvió a cerrarse sobre ella como un velo. Clara era, sin duda, la mente más brillante del instituto; sus cuadernos eran tratados de lógica y memoria, pero frente a la naturalidad desbordante de Elena, siempre se sentía como un borrador mal trazado.

—Traigo las notas de Biología que me pediste, Clara —dijo Elena con esa voz honesta y melosa que hacía que odiarla fuera una tarea imposible—. Aunque no sé para qué las quieres, si sacaste mejor nota que yo en el examen.

Elena dejó las hojas sobre el mostrador y le dedicó una sonrisa tierna. Ella apreciaba genuinamente a Clara; admiraba su disciplina, la forma en que sus dedos siempre olían a pan recién horneado y cómo podía recitar poemas enteros mientras pesaba la harina.

—Gracias, Elen —respondió Clara, bajando la mirada hacia las hojas—. Solo quería revisar un par de conceptos. Ya sabes que me gusta estar segura de todo antes de los finales.

—Eres la mejor de la clase, vas a entrar donde quieras —aseguró Elena, apoyando los codos en el mostrador—. Ojalá yo tuviera tu cabeza. A veces siento que solo floto por la vida mientras tú ya tienes el mapa trazado.

Clara sintió una punzada de envidia que le quemó la garganta. Envidiaba esa forma que tenía Elena de "flotar", de ser amable sin esfuerzo, de atraer a la gente como si fuera luz pura. Pero lo que más le dolía, lo que guardaba como una astilla infectada en el pecho, era el trato de Julián. Con ella, Julián era cómodo, fraternal, casi transparente; compartían silencios sobre libros y el peso de las expectativas familiares. Pero con Elena... con Elena, Julián se volvía un hombre habitado por el asombro. Su voz bajaba de tono, sus manos se volvían torpes y su mirada adquiría una profundidad reverencial que Clara nunca había logrado despertar en él.

—He estado hablando con Julián —soltó Clara de repente, sus dedos jugueteando con un cordel de embalar—. Le he dicho que tiene que irse a la ciudad. Que no puede desperdiciar su talento aquí, en la fábrica o en el taller.

Elena se tensó imperceptiblemente, pero mantuvo su expresión amable.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que tiene miedo de dejar el equipo. De dejar a Tomás... y de dejarnos a nosotras —Clara levantó la vista, y por un momento, su inteligencia analítica brilló detrás de su timidez—. Pero le he insistido. Le he dicho que yo también voy a presentarme a las becas de la capital. Que si él va, yo estaré allí. Que podemos estudiar juntos en la biblioteca de la Universidad, lejos de este polvo y de las miradas de todos.

Clara no lo dijo, pero lo pensaba: en la ciudad, bajo las luces de neón y entre miles de personas, la distinción que Julián hacía entre ellas podría borrarse. Allí, su inteligencia y su apoyo constante valdrían más que la belleza bucólica que Elena representaba en el pueblo.

Elena sintió un nudo en el estómago. Sabía que Clara estaba trazando un puente hacia un futuro donde ella no figuraba, o al menos no de la forma en que Tomás planeaba. La ternura de Elena luchaba con una verdad que no se atrevía a pronunciar: que Julián no estaba mirando los formularios de la capital por las bibliotecas, sino porque allí, lejos de la sombra posesiva de Tomás, finalmente podría invitar a Elena a salir.

—Es una buena idea, Clara —murmuró Elena, estirando la mano para rozar los dedos harinosos de su amiga—. Si Julián se va, se sentirá mejor sabiendo que estás con él. Tú siempre has sido su brújula.

Clara forzó una sonrisa, ocultando el amargor. Ser la brújula era útil, pero ella quería ser el destino. Mientras Elena se despedía con un beso en la mejilla y salía a la luz brillante de la tarde, Clara se quedó mirando cómo el polvo bailaba en los rayos de sol, preguntándose si algún día Julián la miraría con la misma honestidad con la que Elena acababa de mentirle.

Capítulo 5: El as y la sombra

El domingo por la tarde, el campo municipal de Valle Sereno era el único lugar donde el tiempo parecía palpitar. El olor a césped recién cortado y el polvo seco de las gradas de cemento creaban una atmósfera cargada de una épica doméstica. El C.D. Valle Sereno se jugaba un partido amistoso contra el equipo del pueblo vecino, una rivalidad que se heredaba de padres a hijos como una mala deuda.

Desde la banda, Santi sostenía su radiocassette, que escupía una melodía animada para animar a los pocos asistentes. Sus ojos, sin embargo, se desviaban constantemente hacia Elena y Clara, sentadas en el primer escalón de la grada. Elena lucía impecable, saludando a los vecinos con esa amabilidad que parecía no tener fin. A su lado, Clara mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo, con la mirada fija en el calentamiento, analizando cada movimiento de Julián con una precisión matemática.

En el campo, la diferencia entre los dos mejores amigos era abismal. Tomás corría cada balón como si de ello dependiera la salvación del pueblo. Sus gritos daban órdenes, su sudor era un testimonio de su esfuerzo y su capitanía era una armadura pesada. Pero Julián... Julián jugaba en otra frecuencia. Cuando recibía el balón, el ruido de las gradas parecía desvanecerse. Con un movimiento sutil de cadera, dejaba atrás a dos defensas; sus pases tenían la precisión de un cirujano y su visión del campo era algo que no se podía entrenar. Era el "as", el talento puro que despertaba aplausos incluso entre los rivales.

—¡Pásala, Julián! ¡Estoy solo! —gritó Tomás, frustrado tras una carrera de treinta metros.

Julián, en lugar de pasar, vio un hueco imposible y disparó desde fuera del área. El balón dibujó una parábola perfecta antes de besar la red. El campo estalló en gritos, pero Tomás no corrió a abrazarlo. Se quedó en el medio del campo, con las manos en las caderas, respirando con dificultad y sintiendo cómo el éxito de su amigo le recordaba su propia mediocridad.

Tras el partido, en el vestuario que olía a linimento y humedad, la tensión que se venía gestando desde la mañana del sábado terminó por desbordarse.

—Buen gol, Julián —dijo Tomás mientras se quitaba las botas con movimientos bruscos—. Lástima que pronto esos goles los verán desconocidos en la capital y no nosotros.

Julián se secaba el pelo con una toalla, sin mirarlo.

—Ya te lo he dicho, Tomás. Aún no he decidido nada. Mi padre insiste con la Universidad, pero...

—Tus notas deciden por ti, Julián. Y tu talento también —Tomás se acercó, bajando la voz para que el resto del equipo no oyera—. No sé por qué te empeñas en decir que no quieres irte. Tienes la oportunidad que ninguno de nosotros tendrá. Yo me quedaré aquí, siendo el rey de este patatal, mientras tú te olvidas de Valle Sereno.

—No me voy a olvidar de nadie —respondió Julián, su voz volviéndose fría—. Pero no puedo quedarme solo para que tú te sientas mejor.

Tomás soltó una carcajada amarga y señaló hacia la puerta, donde sabían que las chicas los esperaban.

—¿Y ella? ¿Vas a decirle a Elena que te vas? ¿O vas a dejar que se entere cuando vea tu maleta en la estación? Porque si te vas, Julián, no esperes que ella te espere. Elena necesita a alguien que esté aquí, no a un fantasma que envía cartas desde la ciudad.

Julián apretó los puños. Sabía que Tomás estaba usando a Elena como un ancla, pero lo que más le dolió fue la mención implícita a Clara, que estaba afuera esperando una señal que él no se atrevía a dar.

—Me voy a la ciudad porque es lo que debo hacer —sentenció Julián, poniéndose la camisa—. Y lo que pase con Elena o con Clara no es asunto tuyo, Tomás. Tú ocúpate de tu fútbol.

Salió del vestuario con el corazón martilleando. Al ver a Clara, que le dedicó una mirada llena de orgullo e inteligencia, Julián sintió una oleada de culpa. Sabía que ella veía en la ciudad una salvación para ambos, un lugar donde estudiar juntos y ser libres. Pero Julián, mientras caminaba hacia ellas, solo podía buscar la mirada de Elena, preguntándose si el precio de su futuro sería perder a su mejor amigo y romper el corazón de la chica que creía ser su brújula.

Capítulo 6: El susurro de la corriente

El calor de finales de septiembre era una losa que ni siquiera la sombra de los pinos lograba aliviar. Como si fuera una procesión silenciosa, el grupo se dirigió hacia "El Remanso", un recodo del río oculto tras un denso cañaveral donde el agua corría más lenta y cristalina. Era su santuario, el único lugar de Valle Sereno donde los apellidos y los destinos familiares no parecían tener jurisdicción.

Santi, fiel a su papel de guardián de la alegría, colocó el radiocassette sobre una roca plana. La voz melancólica de Spandau Ballet empezó a flotar sobre el sonido del agua, una banda sonora de seda para una tarde que se sentía como papel de lija.

—¡El último que entre paga los helados en la plaza! —gritó Santi, lanzándose al agua con ropa y todo, provocando una explosión de gotas que hizo reír a Elena.

Elena se quitó las sandalias y entró con cuidado, su risa honesta actuando como un bálsamo momentáneo. Clara, sin embargo, se quedó en la orilla, sentada sobre una toalla desgastada, con un libro de poemas abierto que no leía. Observaba a Julián, que se había alejado nadando hacia la parte más profunda, donde la corriente era un murmullo constante.

Tomás no se lanzó. Se quedó de pie en una roca alta, con los brazos cruzados, observando cómo Julián emergía del agua con el pelo pegado a la cara. La envidia de la mañana no se había disuelto con el sudor del partido; al contrario, se había cristalizado en una rabia sorda.

—¿Te gusta mucho el agua, no, Julián? —soltó Tomás desde su pedestal de piedra—. Supongo que en la ciudad no habrá ríos así. Tendrás que conformarte con fuentes de cemento.

Julián se dio la vuelta, flotando de espaldas. Sus ojos buscaron a Elena, que estaba a pocos metros sumergiendo los brazos, y luego regresaron a Tomás.

—No sé por qué sigues con eso, Tomás. Disfruta de la tarde.

—Es difícil disfrutar cuando el tipo que se supone que es tu mejor amigo tiene un pie fuera y ni siquiera tiene el valor de admitir que nos va a dejar a todos por un puñado de libros —Tomás saltó de la roca, aterrizando pesadamente en el agua baja, cerca de donde Elena y Julián podían oírlo—. ¿Qué le has dicho a Clara? Porque ella está ahí sentada haciendo planes de bibliotecas y facultades mientras tú solo piensas en cómo escapar de nosotros.

Elena se detuvo, el agua goteando de sus dedos. Miró a Clara en la orilla, que ahora escondía la cara tras el libro, con los hombros tensos.

—Tomás, basta —pidió Elena con esa voz tierna que siempre intentaba mediar—. Estamos aquí para descansar.

—No, Elena. Basta de mentiras —Tomás avanzó hacia Julián, el agua subiéndole por los muslos—. Él no es honesto contigo, ni con Clara, ni conmigo. ¿Por qué no les dices la verdad, Julián? ¿Por qué no admites que ya has firmado los formularios de la capital y que no piensas volver ni para las fiestas del pueblo?

Julián se puso de pie. El agua le llegaba por la cintura. Sus ojos, habitualmente tranquilos, se encendieron con una chispa de furia que nadie en el grupo había visto nunca.

—¿Y qué si me voy, Tomás? ¿Qué es lo que te duele tanto? ¿Que yo tenga una salida o que tú no tengas el valor de buscar la tuya? —Julián dio un paso hacia él—. Deja de usar a Clara como escudo. Lo que te pasa es que tienes miedo de quedarte solo en este pueblo siendo el único que aún cree que ser capitán del equipo significa algo.

El golpe fue seco. Tomás no esperó. Empujó a Julián con ambas manos, haciéndolo trastabillar contra una roca sumergida. Julián no se quedó atrás; se lanzó contra Tomás y ambos rodaron por el agua, en una lucha torpe y desesperada que nada tenía que ver con el fútbol. Eran años de lealtad chocando contra el miedo al futuro.

Santi corrió hacia ellos, intentando separarlos mientras el radiocassette seguía escupiendo pop romántico en una ironía cruel. Elena gritaba sus nombres, con lágrimas de pura decepción en los ojos, viendo cómo el pacto de la estación se disolvía entre salpicaduras de agua y barro.

Clara se levantó de la orilla, con el libro cayendo al suelo. No corrió a ayudarlos. Se quedó paralizada, viendo cómo Julián, al separarse de Tomás, buscaba primero la mirada de Elena, pidiéndole perdón con los ojos, mientras ignoraba por completo la figura de Clara, que permanecía en la orilla como un recordatorio constante de todo lo que él quería dejar atrás.

El silencio que siguió a la pelea fue más violento que los golpes. El río seguía fluyendo, indiferente a la amistad que acababa de romperse en pedazos sobre sus piedras.

Capítulo 7: El peso de la luz

La noche cayó sobre Valle Sereno como una sábana pesada y sin estrellas. El eco de la pelea en el río todavía vibraba en los oídos de Elena mientras pedaleaba hacia la calle de la panadería. Sus manos, generalmente firmes, temblaban ligeramente sobre el manubrio. La imagen de Julián y Tomás rodando por el barro, destrozando años de hermandad por un futuro que todavía no existía, se le había quedado grabada a fuego. Pero lo que más le dolía, lo que le oprimía el pecho con la fuerza de una culpa antigua, era la mirada de Julián: ese perdón silencioso que le había pedido solo a ella, ignorando el resto del mundo.

Elena aparcó la bicicleta contra el muro de piedra y subió la escalera lateral que llevaba a la vivienda de la familia de Clara. El aire olía a leña apagada y a la primera masa de pan que empezaba a fermentar en el piso de abajo.

Clara estaba sentada en el pequeño balcón de hierro, con las piernas recogidas contra el pecho y la mirada perdida en los tejados oscuros del pueblo. No se movió cuando Elena se acercó.

—Clara... —susurró Elena, con una ternura que intentaba reparar lo irreparable—. ¿Estás bien?

Clara tardó un largo rato en responder. Su perfil, iluminado por la débil luz amarillenta de la farola de la calle, parecía tallado en cristal frío.

—¿A qué has venido, Elena? —preguntó con una voz que no tenía nada de la timidez habitual. Era una voz seca, afilada por la lucidez de la inteligencia que siempre había ocultado tras su recato.

—Quería saber cómo estabas. Lo del río... fue horrible. Tomás no debió decir esas cosas.

—Tomás dijo la verdad —Clara se giró finalmente. Sus ojos, habitualmente bajos, se clavaron en los de Elena con una intensidad que la hizo retroceder un paso—. Julián se va a ir. Y se va a ir por ti. No por las bibliotecas, ni por la carrera. Se va porque este pueblo es demasiado pequeño para que él te mire sin que Tomás le parta la cara.

—Eso no es cierto, Clara —Elena se sentó en el suelo, cerca de ella, tratando de recuperar su tono amable—. Julián tiene un talento enorme. Tú misma le dijiste que debía estudiar fuera.

—Se lo dije porque pensé que así estaríamos juntos. Porque pensé que yo era la única que entendía lo que él necesitaba —Clara soltó una risa amarga que sonó como algo rompiéndose—. Pero hoy, en el río, cuando todo se volvió real... él no me buscó a mí. Me dio la espalda. Te buscó a ti, Elena. Siempre te busca a ti.

Elena sintió que el nudo en su garganta se apretaba hasta el dolor. Intentó ser honesta, con esa amabilidad natural que era su mayor virtud y, al mismo tiempo, su pecado más involuntario.

—Yo no he hecho nada para que él me mire así, Clara. Te lo juro. Julián es mi amigo. Tú eres mi mejor amiga.

—Ese es el problema —espetó Clara, poniéndose de pie de un salto. Su sombra se proyectaba larga y amenazadora sobre la pared del balcón—. Eres tan buena, tan tierna, tan... perfecta, que ni siquiera te das cuenta del daño que haces. Crees que tu amabilidad lo cura todo, pero lo único que hace es alimentar una esperanza que me está matando.

—Clara, por favor...

—No, Elena. Basta —Clara se abrazó a sí misma, con la mandíbula tensa—. Estás enamorada de él. Lo veo en cómo le miras cuando crees que Tomás no observa. Lo veo en cómo guardas sus notas. Y lo peor de todo es que él también te ama. Y Tomás lo sabe. Y yo lo sé. Y tú sigues aquí, fingiendo que solo quieres que todos seamos felices, mientras el grupo se desmorona por tu culpa.

Elena se quedó en silencio, con las lágrimas resbalando por sus mejillas. Quería negarlo, quería decir que solo eran confusiones de adolescentes, pero la inteligencia de Clara había despojado a la realidad de todos sus adornos. La verdad estaba allí, desnuda y cruel: ella era el epicentro de la tormenta.

—Vete, Elena —dijo Clara, dándole la espalda de nuevo—. Vete a tu farmacia perfecta y a tus sueños de ciudad. Déjame sola con mi panadería y mis libros. Ya he tenido suficiente "ternura" por hoy.

Elena bajó las escaleras en silencio, sintiendo que el aire de Valle Sereno se volvía irrespirable. Por primera vez en su vida, su bondad no había servido para nada. Mientras pedaleaba de vuelta a casa, se dio cuenta de que el último año de instituto no solo traería exámenes y mudanzas; traería la destrucción total de la única familia que había elegido. Y lo más aterrador de todo era que Clara tenía razón: ella amaba a Julián, y ese amor era el arma que estaba terminando con todo lo demás.

Capítulo 8: La tiranía de la verdad

El lunes amaneció bajo un manto de nubes bajas y el persistente olor a aceite de motor que siempre emanaba del taller de los Santiago. Santi no se había puesto su radio al despertar. No había silbado, ni había bromeado con su madre sobre la tostada quemada. Se había pasado la noche mirando sus cintas de cassette, sintiendo que cada una de ellas era una reliquia de un tiempo que ya no existía.

Hacia las seis de la tarde, cuando el pueblo se sumía en esa calma artificial de las horas previas a la cena, Santi cerró el taller de su padre con llave. Había enviado notas individuales esa mañana. Notas cortas, directas, sin adornos. "En el taller. 18:00. No falten."

Los cuatro llegaron casi al mismo tiempo, evitando mirarse, arrastrando los pies sobre la grava como si fueran al patíbulo. Tomás tenía un hematoma amoratado bajo el ojo izquierdo; Julián, un corte en el labio superior y una mirada que evitaba cualquier superficie sólida. Elena y Clara se situaron en extremos opuestos de la estancia, separadas por una fila de neumáticos viejos y un muro invisible de resentimiento.

Santi no estaba sentado en su banco habitual. Estaba de pie frente a ellos, con las manos manchadas de grasa y la mirada inusualmente dura.

—He pasado toda mi vida intentando que todos riamos —empezó Santi, y su voz, despojada de su habitual ligereza, sonó extraña en el taller—. He grabado cintas, he inventado juegos, he mediado en cada discusión estúpida porque pensaba que si seguíamos riendo, el futuro no nos atraparía. Pero el futuro ya está aquí, y nos está destrozando porque somos unos cobardes.

Tomás intentó abrir la boca para soltar una bravuconada, pero Santi levantó una mano, silenciándolo.

—Cállate, Tomás. Esto no es el campo de fútbol. No eres el capitán aquí. Estás muerto de miedo porque sabes que no eres lo suficientemente bueno para salir de este agujero y crees que si rompes a los demás, te sentirás menos solo. Es patético.

Tomás bajó la cabeza, apretando los puños, pero no replicó.

—Y tú, Julián —continuó Santi, girándose hacia él—. Eres el "as". El genio. Pero eres tan egoísta que dejas que todos se quemen a tu alrededor con tal de no decir una sola palabra clara. Quieres irte, quieres a Elena, y dejas que Clara se consuma esperando una señal que nunca vas a dar. Sé honesto de una vez, aunque te duela.

El silencio en el taller era tan denso que se podía oír el goteo de aceite de un motor viejo. Julián levantó la mirada, su labio temblando ligeramente. Miró a Tomás, luego a Clara, y finalmente sus ojos se anclaron en Elena.

—Me voy —dijo Julián, y la palabra sonó como un disparo—. Ya he entregado los papeles. Me voy a la capital en septiembre. Y no me voy solo por la carrera. Me voy porque no soporto ver cómo este pueblo nos devora vivos uno a uno.

Santi asintió, incitándolo a seguir.

—¿Y Elena? —preguntó Santi con una voz que ocultaba su propio dolor.

Julián respiró hondo. El mundo pareció detenerse.

—La amo —soltó Julián. Clara cerró los ojos y se abrazó a sí misma, como si hubiera recibido un golpe físico—. La amo desde que tenemos diez años. Y sé que Tomás lo sabe, y por eso me odia. Y sé que Clara lo sabe, y por eso se rompe. Pero ya no puedo fingir que somos "solo amigos" para que nadie se ofenda.

Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Miró a Santi, buscando un refugio, pero Santi estaba mirando a Clara. En sus ojos había una compasión tan profunda que Elena comprendió, en ese instante, que Santi también tenía su propia verdad guardada, una que era mucho más generosa que la de todos ellos.

—Elena —dijo Santi, su voz suavizándose—. Tu amabilidad es hermosa, pero es una jaula. Has intentado ser buena con todos y al final no has sido honesta con nadie. Es hora de que digas qué quieres tú, no qué esperan tu padre o Tomás.

Elena miró a Tomás, que ahora la observaba con una súplica silenciosa en los ojos, y luego a Julián, que le ofrecía un abismo de incertidumbre.

—Yo... yo también quiero irme —susurró Elena—. No quiero la farmacia. No quiero el destino que han escrito para mí. Y quiero estar con Julián.

Clara se dio la vuelta, ocultando su rostro. Tomás se dejó caer en un taburete, enterrando la cara en sus manos. Santi, con el corazón hecho pedazos pero la conciencia tranquila, caminó hacia la radio vieja del taller y pulsó el botón de encendido. No puso música. Solo dejó que el siseo de la estática llenara el espacio.

—Ahora ya lo sabemos todo —concluyó Santi—. Ahora el pacto de la estación se ha terminado de verdad. Ya no somos los niños que jugaban en las vías. Somos adultos, y los adultos hieren y se van. Al menos ahora lo haremos con la verdad por delante.

Nadie se movió. El olor a grasa y a honestidad cruda impregnaba el aire. Santi miró a Clara, deseando poder acercarse y decirle que él se quedaría, que él siempre estaría allí, pero sabía que ese no era el momento. El "moodmaker" había muerto esa tarde, y en su lugar, solo quedaba un chico que, por primera vez, se sentía tan real y tan solo como los demás.

Capítulo 9: La grieta del silencio

El martes amaneció con un sol pálido que no lograba calentar el asfalto de la plaza mayor. Valle Sereno seguía girando, ajeno a que el núcleo de su pequeña galaxia adolescente se había fracturado de forma irreversible en el taller de los Santiago. Las palabras, una vez pronunciadas, se habían convertido en objetos sólidos que no se podían esquivar.

Santi fue el primero en salir a la calle, pero no llevaba su radiocassette. El silencio que había invocado la tarde anterior parecía haberse instalado en sus oídos. Al pasar frente a la farmacia, vio a Elena a través del cristal. Llevaba su bata blanca y movía cajas de medicinas con una lentitud mecánica. No se saludaron. Ya no había nada que decir que no fuera un reproche o una confesión demasiado pesada.

En el instituto, la atmósfera era eléctrica. Los cinco, que siempre ocupaban el mismo rincón en el patio durante el recreo, se dispersaron como hojas al viento. Tomás se sentó solo en las gradas del campo de fútbol, mirando sus botas de cuero como si fueran los restos de un naufragio. Ya no gritaba, ya no alardeaba. El silencio de Tomás era más aterrador que su rabia; era el silencio de un hombre que ha descubierto que su castillo está hecho de arena.

Julián intentó acercarse a Clara en la biblioteca, donde ella se había refugiado entre tratados de física y latín.

—Clara —susurró él, apoyando una mano en el borde de la mesa de madera.

Clara no levantó la vista. Su bolígrafo se detuvo sobre el papel, pero no lo miró.

—No tienes nada que decirme, Julián —respondió ella con una voz gélida—. Ya lo dijiste todo ayer. Te vas. La amas. Yo soy "tu amiga". El resto es ruido.

—Yo no quería hacerte daño.

—Esa es la mentira más egoísta de todas —Clara finalmente lo miró, y Julián vio una inteligencia herida pero inquebrantable—. El daño está hecho desde el momento en que aceptaste que yo fuera tu confidente mientras pintabas sus ojos en cada página de tu cuaderno. Ahora vete. Tienes un examen que aprobar y una vida que empezar lejos de aquí.

Julián se retiró, sintiendo el peso de su propia "genialidad" como una condena.

Por la tarde, Elena salió de la farmacia y se dirigió a la estación. No esperaba ningún tren. Solo necesitaba mirar las vías, esas líneas paralelas que Santi decía que nunca se juntaban. Se sorprendió al ver a Santi allí, sentado en el mismo muro donde todo empezó.

—Lo siento —dijo Elena, sentándose a su lado.

Santi soltó una carcajada triste y miró el horizonte donde el cielo se volvía de un color violeta sucio.

—¿Sientes el qué, Elen? ¿Que seamos honestos? No lo sientas. La verdad es un asco, pero al menos no engaña.

—Clara no me habla. Tomás parece un fantasma. Siento que he roto la única familia que tenía.

—No la has roto tú sola —Santi la miró, y por un momento, la máscara del chico alegre cayó por completo—. La rompimos todos el día que dejamos de decirnos lo que sentíamos por miedo a cambiar. Yo también he callado, Elen. He callado para proteger a Clara, y al final solo he conseguido que se estrelle más fuerte.

Elena le puso una mano en el brazo. La piel de Santi estaba fría.

—Tú eres el mejor de nosotros, Santi. El único que ha intentado salvarnos.

—A veces salvar a alguien significa dejar que se ahogue en la verdad —Santi se puso de pie, sacando un cassette de su bolsillo y lanzándolo a las vías. El plástico se rompió con un sonido seco—. Ese tren que oyes a lo lejos... es el último aviso. Julián se va. Tú te vas. Yo me quedaré a arreglar los motores de este pueblo y a ver cómo Clara se vuelve una extraña en la panadería.

Elena miró el cassette roto. Era una cinta grabada de la radio, una de esas que Santi preparaba con tanto mimo.

—¿Por qué has hecho eso?

—Porque ya no hay banda sonora para nosotros, Elena —respondió él, caminando hacia su bicicleta—. La música se ha terminado. Ahora solo queda el ruido de las vías.

Esa noche, en la panadería, Clara se quedó hasta tarde mirando cómo la masa crecía en el calor del horno. Se dio cuenta de que su inteligencia era su única salida, pero también su mayor carga. Sabía que Julián y Elena estarían juntos en la capital, y sabía que ella recordaría cada palabra de Julián como si fuera un verso sagrado. Cogió el formulario de la beca para la Universidad de la capital, el que había escondido bajo el mostrador, y lo rompió en pedazos milimétricos. Si Julián se iba por Elena, ella no sería el recordatorio de lo que él dejaba atrás. Se quedaría. Se volvería de piedra. Sería el paisaje que Julián olvidaría más rápido.

En Valle Sereno, la grieta del silencio se había ensanchado tanto que ya nadie podía cruzar al otro lado. El último verano estaba muriendo, y con él, la infancia de cinco amigos que descubrieron que la verdad no siempre nos hace libres; a veces, simplemente nos deja más solos.

Capítulo 10: Vías paralelas

La mañana de la partida de Julián llegó envuelta en una niebla baja que borraba los contornos de Valle Sereno. La estación de tren, el lugar que durante años había sido su refugio contra el aburrimiento, se sentía ahora como un escenario gélido. El reloj de la fachada, con sus agujas de hierro pesado, marcaba las nueve y cuarto. El tren hacia la capital llegaría en quince minutos.

Julián estaba de pie junto a dos maletas de cuero desgastado que pertenecieron a su abuelo. Llevaba su cuaderno de bocetos asomando por el bolsillo exterior de la chaqueta. Su madre lloraba en silencio, secándose los ojos con un pañuelo bordado, mientras su padre le daba palmadas mecánicas en el hombro, una mezcla de orgullo y resentimiento por el hijo que no trabajaría en la fábrica.

Elena llegó primero. Caminaba con una determinación que ocultaba el hecho de que ella también partiría en apenas tres días. Se detuvo frente a Julián. No hubo besos robados ni promesas de película. La realidad de Valle Sereno todavía pesaba demasiado sobre ellos.

—Vas a ser el mejor de la clase —susurró Elena, apretándole las manos. Sus dedos estaban helados.

—Te esperaré en la estación el viernes —respondió Julián—. No voy a moverme de allí hasta que vea bajar tu maleta.

A pocos metros, apoyado en una columna de hierro oxidado, estaba Tomás. No llevaba su chándal habitual, sino una chaqueta oscura que le quedaba un poco grande. Tenía la mirada perdida en las vías. Cuando Julián se acercó a él, Tomás no se movió.

—Tomás —dijo Julián, extendiendo la mano.

Tomás tardó una eternidad en reaccionar. Miró la mano de su mejor amigo, el "as" que se llevaba sus sueños y a su chica, y luego miró a Julián a los ojos. No había rastro de la furia del río, solo una tristeza profunda, la de un capitán que sabe que su equipo ya no existe.

—Si no llegas a profesional en lo tuyo, Julián, te mataré —dijo Tomás con una voz quebrada. No aceptó la mano; en su lugar, le dio un abrazo breve y torpe, un golpe en la espalda que sabía a despedida para siempre.

Santi apareció silbando, pero su silbido era un ruido hueco. Traía una bolsa de papel con un par de bocadillos y una cinta de cassette nueva.

—Para el viaje, artista —Santi se la entregó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. No la escuches hasta que pases el túnel de la colina. Es la banda sonora de lo que fuimos.

—Gracias, Santi. Cuida de... ya sabes.

—Siempre lo hago —respondió Santi, echando un vistazo hacia la entrada de la estación.

Clara fue la última en llegar. No se acercó al grupo. Se quedó en el borde del andén, con su abrigo abrochado hasta el cuello y las manos hundidas en los bolsillos. Julián caminó hacia ella, dejando a los demás atrás.

—Pensé que no vendrías —dijo él.

—He venido a ver cómo se va el tren, Julián. No a despedirte a ti —Clara lo miró con una lucidez que le heló la sangre—. Valle Sereno se va a volver muy silencioso sin tus balones y tus dibujos.

—Podrías haber venido conmigo, Clara. La beca era tuya.

—Tú vas a buscar a Elena. Yo no quiero ser el público de vuestra función —Clara le dedicó una pequeña inclinación de cabeza, solemne—. Suerte con tus lienzos. Espero que encuentres lo que buscas.

El silbato del tren desgarró la niebla. El monstruo de hierro entró en la estación con un estruendo de frenos y vapor. La despedida fue rápida, desordenada, llena de palabras que se perdían en el ruido. Julián subió al vagón, se asomó por la ventanilla y buscó las cuatro caras que habían sido su mundo entero.

Vio a Tomás dándole la espalda, caminando ya hacia la salida. Vio a Elena agitando la mano con una mezcla de amor y miedo. Vio a Santi, el eterno guardián, apoyado en su bicicleta. Y vio a Clara, inmóvil como una estatua de sal, siendo ya parte del paisaje que él estaba abandonando.

Cuando el tren arrancó, Julián sintió un tirón en el pecho. Las vías, esas líneas paralelas que Santi decía que nunca se juntaban, empezaron a devorar la distancia. Mientras el tren se alejaba hacia la ciudad, los cuatro amigos que quedaban en el andén se dieron cuenta de que el pacto de la infancia se había desvanecido con el vapor.

Julián abrió el cassette que le había dado Santi. En la etiqueta, escrita con la letra desordenada de su amigo, ponía: "Relojes de Arena". Al otro lado de la ventanilla, Valle Sereno desapareció tras la curva, y con él, la certeza de que alguna vez volverían a ser cinco.

Epílogo: Un año después

Septiembre de 1987. El sol de la tarde volvía a castigar las fachadas de Valle Sereno con la misma luz dorada y polvorienta, pero la plaza mayor ya no era la misma. El tiempo, ese arquitecto invisible, había remodelado las vidas de los cinco amigos, dejando solo los cimientos de lo que una vez fue una hermandad inquebrantable.

En la capital, Julián ajustó el lienzo sobre el caballete en su pequeño estudio de alquiler. Sus manos ya no estaban manchadas de carboncillo de instituto, sino de pintura al óleo profesional. Había conseguido una plaza en la Escuela de Bellas Artes y sus profesores hablaban de él como de una promesa real. La ciudad era ruidosa, caótica y a veces asfixiante, pero era el lienzo en blanco que siempre había necesitado.

La puerta se abrió y Elena entró con un montón de libros bajo el brazo. Ya no llevaba su bata blanca de la farmacia, sino la ropa práctica de una estudiante de Psicología. Vivir juntos en la ciudad había sido más difícil de lo que imaginaron bajo el roble; la libertad traía facturas que pagar y discusiones sobre quién fregaba los platos, pero cuando se miraban en el silencio de su cuarto, sabían que el precio de estar allí había valido la pena. Sin embargo, cuando llegaba una carta con el sello de correos de Valle Sereno, ambos se quedaban un momento en silencio, sintiendo la punzada de la traición que nunca terminaba de sanar.

En el pueblo, Tomás se había convertido en el capitán del primer equipo, pero sus goles ya no sabían a gloria. Trabajaba en la fábrica, como su padre predijo, y sus fines de semana se repartían entre el campo de fútbol y el bar de la plaza. A veces, cuando se quedaba mirando las vías del tren después de un entrenamiento, se preguntaba si Elena seguía riendo de la misma forma honesta. Había empezado a salir con una chica de un pueblo vecino, pero en su habitación, el trofeo de máximo goleador de 1986 seguía brillando, recordándole la noche en que el mundo era lo suficientemente pequeño como para creer que él era el rey.

Clara, por su parte, se había convertido en el alma de la panadería. Su inteligencia se había volcado en las cuentas, en la logística y en mejorar las recetas que su abuelo le dejó. Se había vuelto más reservada, una figura respetada pero distante en Valle Sereno. No había vuelto a abrir el libro de poemas ni a mirar hacia la casa de Julián. Había cumplido su promesa interna: se había vuelto de piedra, una estatua de sal que sostenía la rutina del pueblo mientras los demás volaban lejos. A veces, al ver a Santi pasar con su bicicleta, sentía una leve calidez en el pecho, pero la puerta de su corazón se había cerrado con llave el día que el tren de las cinco se llevó sus esperanzas.

Santi seguía siendo el que guardaba la memoria. Se había hecho cargo del taller de su padre y el lugar se había convertido en una especie de museo personal. Todavía tenía el radiocassette, aunque ahora escuchaba más noticias que música. Recibía postales de Julián y Elena, y a veces compartía un café en silencio con Tomás, intentando llenar los huecos que los otros dos dejaron.

Un domingo de finales de septiembre, Santi fue a la estación. Se sentó en el muro de piedra, el lugar donde el pacto se selló y se rompió. Sacó un Walkman viejo de su mochila, uno que había reparado mil veces, y pulsó Play.

La cinta "Relojes de Arena" empezó a girar. No había canciones de moda. Era una grabación ambiental que él mismo había hecho aquel último verano: el sonido de las chicharras en el río, la risa de Elena, la voz de Julián quejándose del calor, el rebote de un balón de Tomás contra la pared y el suspiro de Clara al cerrar un libro.

—Seguimos siendo cinco —susurró Santi, mirando las vías paralelas que se perdían en el horizonte—. Solo que ahora el tiempo nos mide en distancias diferentes.

Valle Sereno seguía oliendo a pino y a polvo. El tren de las cinco pasó con su habitual retraso, levantando ráfagas de viento sobre el andén vacío. El último verano había terminado hacía mucho tiempo, pero en el siseo de la cinta de Santi, los cinco amigos seguían sentados en aquel muro, eternamente jóvenes, ignorando que los relojes de arena ya habían dictado su sentencia.


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