El jardín de las memorias

#fantasÍa

SINOPSIS:

Un niño huérfano, Mateo, llega al orfanato Casa del Sol y descubre un jardín mágico donde las plantas contienen los recuerdos perdidos de otros niños. Al tocar las flores, Mateo revive emociones ajenas y, finalmente, descubre fragmentos de su propio pasado olvidado, encontrando consuelo y esperanza.

Mateo llegó al orfanato "Casa del Sol" con el corazón tan vacío como su pequeña maleta. No recordaba nada de su vida anterior, ni siquiera el rostro de sus padres. La Casa del Sol era un edificio grande y un poco triste, pero la señora Elena, la directora, tenía una sonrisa cálida que lo hizo sentir un poquito menos solo.

Un día, explorando los terrenos del orfanato, Mateo descubrió una puerta de madera cubierta de hiedra al final del jardín trasero. La empujó con cuidado y se encontró en un lugar mágico. Era un jardín exuberante, lleno de plantas que nunca había visto antes. Algunas brillaban con una luz suave, otras tenían hojas de colores imposibles y otras más parecían susurrar secretos.

"¡Qué maravilla!", exclamó Mateo, maravillado.

Una niña, Luna, que vivía en el orfanato desde hacía mucho tiempo, se acercó a él con una sonrisa melancólica. "Este es el Jardín de las Memorias", le dijo. "Aquí crecen las emociones y los recuerdos perdidos de los niños que han vivido en la Casa del Sol."

Mateo la miró con incredulidad. "¿Recuerdos? ¿Cómo es eso posible?"

Luna señaló una flor de un color azul intenso. "Esta es la Flor del Primer Amor. Si la tocas, sentirás la alegría y la ilusión del primer amor de alguien que estuvo aquí."

Con curiosidad, Mateo extendió la mano y rozó suavemente los pétalos de la flor azul. Al instante, una oleada de felicidad lo inundó. Sintió el cosquilleo en el estómago, la timidez y la emoción de un primer encuentro. Aunque no era su propio recuerdo, la emoción era tan fuerte que lo hizo sonreír.

"¡Es increíble!", dijo Mateo, con los ojos brillantes.

Luna lo guio por el jardín, mostrándole otras plantas. Tocó la Hoja de la Travesura, y sintió la picardía y la risa de una broma infantil. Abrazó el Tronco del Consuelo, y una sensación de paz y seguridad lo envolvió. Cada planta, cada flor, cada hoja, contenía una emoción, un recuerdo, una parte de la vida de alguien que había pasado por la Casa del Sol.

Un día, Mateo encontró una planta muy peculiar. Era un arbusto pequeño y retorcido, con flores blancas y marchitas que parecían llorar. Luna le advirtió: "Esa es la Planta de la Pérdida. Es muy triste, Mateo. Muchos niños han tenido experiencias dolorosas aquí."

A pesar de la advertencia, Mateo sintió una extraña conexión con esa planta. Con cuidado, tocó una de las flores blancas. Una tristeza profunda e inmensa lo invadió. Sintió la soledad, el miedo y el dolor de la pérdida. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin que pudiera controlarlo.

Pero en medio de esa tristeza, también sintió algo más. Un pequeño destello de esperanza. Un recuerdo vago de una canción de cuna, del olor a galletas recién horneadas, del calor de un abrazo. Era un recuerdo fragmentado, pero era suyo.

Mientras lloraba, Mateo abrazó la Planta de la Pérdida. Sintió que la planta absorbía su tristeza y, a cambio, le devolvía pequeños fragmentos de su pasado. Vio imágenes borrosas de una mujer con el pelo oscuro y una sonrisa dulce, de un hombre que lo alzaba en brazos y lo hacía volar por el aire.

Desde ese día, Mateo visitó el Jardín de las Memorias todos los días. Exploró cada rincón, tocó cada planta, sintió cada emoción. Poco a poco, los fragmentos de su pasado comenzaron a unirse. Recordó el nombre de su madre, Sofía, y el de su padre, Daniel. Recordó que vivían en una pequeña casa con un jardín lleno de rosas. Recordó que amaba pintar y que su padre le contaba historias de dragones antes de dormir.

El Jardín de las Memorias no solo le devolvió sus recuerdos, sino que también le enseñó a conectar con los demás. Aprendió a sentir empatía, a comprender el dolor y la alegría de los demás. Y, lo más importante, aprendió que no estaba solo. Que aunque su pasado estuviera lleno de tristeza, también estaba lleno de amor y esperanza.

Un día, mientras cuidaba el Jardín de las Memorias junto a Luna, Mateo encontró una pequeña rosa roja que acababa de florecer. La tocó con cuidado y sintió una inmensa alegría y gratitud. Era el recuerdo de un nuevo comienzo, de una nueva familia, de un nuevo hogar en la Casa del Sol. El Jardín de las Memorias le había mostrado que, incluso en los lugares más inesperados, siempre hay espacio para que florezcan nuevos recuerdos y nuevas esperanzas.


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