Atrapada en la Mansión de Daemon Racchio / Jules Liz

#acciÓn, #drama, #romance

SINOPSIS:

Atrapada en una red de mentiras y peligros, Teresa debe infiltrarse en la mansión de Daemon Racchio, un hombre cuya reputación precede su llegada. Mientras busca pistas sobre el asesinato de su hermana, se ve envuelta en un juego de seducción y poder. ¿Podrá Teresa mantener su fachada y descubrir la verdad antes de que sea demasiado tarde? ¿O se perderá en el abismo de la pasión y el deseo?

El trato

Teresa

Observé mi entorno. El lugar antes me había parecido tan cómodo. Mi estación de control, me decía a mí misma. Mi oficina. Ahora, las cosas se habían complicado. Tenía que tomar una seria decisión antes de continuar con esta locura.

—Te traje la ropa adecuada. Sabrás que el lugar al que debes asistir es un sitio muy distinguido. —me dijo Carl, con su tono de voz amable de siempre.

Me miró con preocupación, cualquiera estaría así de preocupado por mí. Mi hermana mayor había muerto hacía un mes, todavía estaba de duelo. Tenía que hacer esto, era la única forma de encontrar la justicia que Marie se merecía.

—Gracias. He tomado ya la decisión. —dije, tratando de creerme mis propias palabras.

Carl tragó saliva, mirándome, con los nervios de punta. Supongo que hasta el último minuto había pensado que yo no seguiría adelante con el plan.

—Bien. Repasemos la información. Tienes tres sospechosos que estaban cerca de Marie. El último mes, ella estuvo en contacto cercano con Eduard Soth, Collin Smith y Daemon Racchio.

Recordaría esos nombres, aunque él no me los dijera. Porque eran los tres sospechosos por el asesinato de mi hermana. Yo lo sabía, la policía los identificó sólo por sus nombres, la investigación había quedado en la nada.

Trabajaba hace cinco años en este programa de televisión de noticias. Era una periodista novata cuando Carl me recibió, dándome la oportunidad de trabajar haciendo entrevistas y reportajes pequeños. Con el tiempo, me fue dando la confianza de ir a las escenas más fuertes, que era lo que yo más buscaba. Ansiaba ver los detalles en los crímenes y conflictos, realizar las entrevistas adecuadas para que los problemas fueran resueltos.

Pero jamás creí que me pasaría a mí. Que yo sería la protagonista silenciosa de un crimen terrible. Mi hermana, Marie, había sido encontrada asesinada en un predio descampado en las afueras de la ciudad. En una zona cercana a un hotel residencial, donde los miembros eran selectos y adinerados.

No pude seguir pensando, Carl volvió a hablarme.

—Esto es delicado, Teresa. Solo nosotros dos sabemos de esta investigación paralela. La policía resolvió que no había culpables en el crimen por falta de pruebas. Por lo que lo que estamos haciendo no es legal. Una periodista no puede infiltrarse para sacar información en un lugar como este.

Lo miré fijamente, había confiado en mí cuando le pedí el trabajo hace tantos años, cuando yo no tenía experiencia. Ahora, se estaba arriesgando, ayudándome a desentrañar la injusticia de Marie. La información que Carl había conseguido era valiosa, era algo que ni siquiera la policía conocía.

—Los tres sujetos pertenecen a grupos adinerados del país. El hotel es su segunda casa. Son buenos amigos, hemos recibido información de que pasan allí una gran parte de tiempo.

Hice una mueca de desagrado.

—Porque es su guarida. Los mafiosos tienen hoteles donde el sexo es lo que pasa a cada minuto. No soy una tonta, sé que iré a un sitio lleno de lujuria. Tendré que soportarlo para lograr llegar al fondo de la verdad. —me mostré decidida, no era el momento de dudar.

Si no tuviera la convicción de seguir, me devoraría. Yo soy una periodista, me repetí a mí misma, mi trabajo es encontrar la verdad, es meterme en lugares terribles porque nadie más quiere hacerlo. Yo debo ser fuerte.

—Allí olfatean el miedo. —la voz de Carl se tornó severa, él se estaba preocupando por mí.

—Lo sé. Maldita sea, sé que si actúo como una muchacha tonta se darán cuenta. Sé que deberé cambiar toda mi jodida personalidad para encajar. Es la mafia, Carl, sé que tendré que meterme en la boca del lobo.

Estaba gritando, porque el miedo también latía en mi corazón. Marie estaba en un asunto turbio, peligroso, necesitaba saber porque la habían asesinado. Habíamos hablado un mes atrás, antes de su muerte, ella estaba tan llena de esperanzas. No podía comprender porque la vida había sido así de cruel con ella.

—Eres la mejor periodista que he conocido, Ter. Quiero que lo sepas. Y si algo malo parece que está por suceder, prométeme que vendrás corriendo, que escaparás, que dejarás todo este asunto atrás. —Carl me tomó de la mano, era como un hermano mayor para mí.

Él tenía una mirada sincera, sabía que sólo quería asegurarse de que no pondría mi vida en peligro si la muerte era inminente. Lo miré a los ojos y le mentí.

—Te lo prometo.

No, era una mentira. Yo haría cualquier cosa por vengarme del maldito que haya asesinado a mi hermana. Habíamos sido siempre unidas, desde pequeñas. No habíamos tenido padres que nos cuidaran. Siempre nos habíamos cuidado la una a la otra. Nadie nos conocía, habíamos sido criadas en un orfanato sin recursos ni amor. Las dos habíamos tenido que luchar por nuestra supervivencia.

Abrí la caja que me trajo Carl, que estaba sobre mi escritorio. El paquete estaba envuelto en papel tissue de color crema. En el interior, había una falda de color azul oscuro. Mis caderas eran bastante prominentes, estaba segura de que esta falda no iba a llegarme a las rodillas como las que yo acostumbraba a usar.

El corsé que combinaba era de color blanco, como la nieve, con pequeños detalles brillantes en plateado. Me ajustaría demasiado. Toda esta ropa era totalmente nueva para mí. Siempre fui tan pudorosa que rozaba lo mojigata. No por elección, era porque así pude sobrevivir muchos años en el orfanato.

Mi secreto mejor guardado era que seguía siendo virgen, con veintiocho años. Nunca me había dejado llevar por los deseos. Es más, trataba de suprimir eso para siempre mostrarme fuerte e implacable.

Era la mejor manera de sobrevivir. Carl me observó mientras yo me vestía, eso no me daba vergüenza. Él no se sentía atraído por las mujeres y yo lo sabía desde hacía mucho tiempo. Era como un hermano para mí.

Me coloqué el corsé, el blanco contrastaba con el color verde oliváceo de mis ojos. Era tan apretado que mis senos se quedaban solo arriba, se veían redondeados y grandes. No quería mirarme al espejo, me ruborizaba de solo mirarme. La falda marcaba la curvatura de mi cadera y resaltaba lo estrecho de mi cintura.

Arreglé mi cabello, cepillándolo hasta que se vio negro y brillante. Me caía casi por la cintura, lacio en su totalidad. El maquillaje era sutil, pero mis labios tenían un color resaltante y provocador. Habíamos investigado cuál sería la mejor apariencia para que yo imitaba y logra encajar.

El taxi llegaría pronto, tendría la entrevista con Stella en tan solo unas horas. La mujer me citó en el mismo hotel, después de enviarle mi currículum con un nombre falso e información falsa. Sabía que tendría que mentir y mucho, fingir que era una persona totalmente diferente a la real.

La entrevista

El taxi pasó por mí cuando faltaban tan solo dos horas para mi encuentro. El viaje era largo, el hotel no estaba precisamente cerca de la ciudad. Era una mansión más que un hotel, desde afuera se veía como un enorme castillo de cinco pisos al menos, o quizás fueran más.

Sentí un cosquilleo que recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Me sentía disfrazada con toda esta ropa, incluso el taxista me miró asombrado y yo, me avergoncé. Tenía que hacerme fuerte, no podía ruborizarme por cualquier tontería.

Estaba a punto de entrar a una entrevista de trabajo para estar dentro del hotel de tres mafiosos lujuriosos. Todo allí sería así, tendría que acostumbrarme y dejar de sentirme como una ratoncita asustada. Recordé las palabras de Carl, yo era la mejor en mi trabajo, hacer las preguntas correctas para acorralar a las personas y que estas me dijeran solo la verdad.

Recordé a Marie, la última vez que la vi. Me dijo que estaba comenzando una vida nueva, que había hallado un modo de poder viajar al extranjero como era su sueño. Fuimos a un bar donde me platicó sobre un nuevo trabajo que pintaba ser maravilloso. Por todo lo que me dijo, jamás pensé que sería algo turbulento, porque no daba indicios siquiera de ser algo ilegal. Ella estaba recién recibida de enfermera, amaba su profesión.

En la entrada, un hombre de unos treinta años controlaba el portón eléctrico. El taxi me dejó allí, sin hacer preguntas. Cualquiera sabía que en ese lugar no se podía hacer preguntas. Me había esforzado tanto porque mi currículum fuera impecable, mintiendo meticulosamente junto con Carl para engañar a la reclutadora.

El tipo de la entrada me saludó con una seña cortes.

—Buenos días, señorita. ¿A qué debo el honor de su presencia? —preguntó, como si nos encontráramos en un castillo de verdad, en otra época.

Noté que me inspeccionó con la mirada. Me sentí jodidamente ridícula de nuevo, esta ropa no debía favorecerse. Él no dejaba de mirarme. Eso me hizo avergonzarme. Otra vez, traté de controlarme. Recién estaba en la entrada y ya estaba perdiendo la cabeza.

Finge, finge, me dije a mi misma. Me pellizque el brazo disimuladamente para estabilizarme.

—Tengo una entrevista con Stella. Me llamo Cady. —dije, apretando los labios levemente.

Escuchó mis palabras con atención, siguiendo con su inspección con la mirada. Me sonrió.

—Bueno Cady, acompáñame. —su voz se tornó aterciopelada, amable.

Me indicó que podía tomarlo del brazo. Obedecí, sabía que era una cortesía. Al parecer en ese lugar tenían los modos de época, como si vivieran en un castillo real. Sonreí, recordé todo lo que habíamos hablado con Carl. Sonreír siempre hacía que los demás confiaran, que se sintieran bien.

—Tienes una bonita sonrisa. Dime ¿Por qué quieres trabajar aquí? —preguntó él.

Entonces traté de fijarme en su rostro, para que notara mi interés. Debía mostrarme como una mujer segura de sí misma. Y una persona segura mira directamente a los ojos. Él tenía los ojos de color miel, con el cabello castaño y rizado. Tenía una mirada suspicaz, nada se le escapaba. Su trabajo debía ser vigilar bien quién entraba y salía de allí. No tendría un pelo de tonto.

Tenía que tener sumo cuidado en esta conversación.

—Porque este es el lugar más hermoso en el que he estado. Vivir aquí debe ser un sueño hecho realidad. —contesté, sonriendo, mirándolo directamente. Señalé el entorno. —Cuando supe que los que trabajan aquí viven también en el castillo, oh, casi me desmayo. Este sitio parece salido de un cuento.

Al escucharme hablar con tanta elocuencia, el brillo de sus ojos cambió. Pareció interesarse, como si mi entusiasmo le hubiera parecido inocente y tierno. Me condujo hacia el interior del castillo. Los jardines eran impresionantes. Los arbustos estaban podados de una forma prolija, con formas de animales. También había un laberinto hecho de rosales, con flores tan hermosas que me dejaron sin palabras.

Había parte de verdad en mis palabras, aquel lugar si era de ensueño. Si tan solo no fuera un nido de monstruos mafiosos. Era una fachada, la belleza del hotel, que era un castillo soñado, era solo el exterior. Pronto conocería la malicia del interior.

—Entonces te deseo suerte, Cady. —el chico se inclinó para saludarme, estábamos llegando a la puerta.

Besó mi mejilla, lo cual me resultó algo demasiado atrevido de su parte. Santo dios, me dije a mi misma, me escandalizaba por cualquier cosa. Es que el contacto físico no era lo mío, quería alejarme de todo esto lo antes posible.

Sonreí, besándolo también en la mejilla, pero muy cerca de su boca, para que viera que no tenía miedo. Estaba a unos pocos centímetros.

El me miró, abriendo más sus ojos, aquello le había gustado. Sonrió y dejó que entrara al lugar, abriendo la puerta con cordialidad. La entrada era igual de imponente, las puertas eran enormes, con vidrios de colores, que aportan una gran elegancia a la madera de cedro oscura.

El chico me indicó que debía entrar por la otra entrada. La puerta abierta era mucho más pequeña, estaba al lado de la gran puerta que me dejó maravillada. Ingresé a un pequeño vestíbulo, que era igual de lujoso. Debía ser una sala de espera, en la que esperaría que la mujer se desocupara para realizar la entrevista de trabajo. La alfombra era de un color vino exquisito y el sofá poseía un diseño único. Estaba a punto de sentarme cuando una voz me indicó que podía pasar.

La mujer me llamó desde la habitación contigua. En ese momento, todo mi cuerpo comenzó a temblar. Dios mío, estaba tan nerviosa. La ansiedad me poseyó por completo. Era el momento de actuar, tenía que seguir caminando y entrar allí a enfrentar mi destino.

—Caddy. Es tu turno en la entrevista. —dijo la mujer, desde adentro de la habitación.

La puerta se abrió, otra muchacha salió de allí con la cara pálida como una hoja de papel. El miedo estaba tocándome con fuerza. Me preguntaba qué demonios había sucedido allí dentro, la otra chica debía ser otra de las candidatas al trabajo. La situación me estaba superando.

Marie, piensa en Marie. Me repetí. Debía fingir, debía encajar allí. Tenían que darme el jodido empleo.

¿Qué podía ser lo peor? Respiré profundo. No te escandalices, me dije, no te ruborices Teresa, eres una mujer adulta.

Caminé hacia la habitación, abriendo la puerta y mirando al suelo, mis ojos clavados en las baldosas brillantes. Levanté la cabeza, dispuesta a ser lo que tuviera que ser, a ser otra persona. Sonreí, con cortesía e hice una reverencia refinada. Quería que vieran que tenía modales.

Entonces mis ojos se posaron en la famosa Stella. En mi cabeza, había imaginado que sería una mujer anciana que tendría un cuaderno entre sus manos, que estaría sentada en el escritorio para hacerme preguntas como cualquier entrevista laboral. Me juzgaría con el ceño fruncido y tendría un abrigo de lana que la haría ver más severa.

Me sentí completamente ingenua.

—Toma asiento Cady, es un placer conocerte.

Me ruborizo en el acto, maldita sea, no pude evitarlo. Al encontrarla con la mirada, viéndola directamente, la contemplé entera. Stella era una mujer joven, de unos treinta, de cabello castaño rizado, largo pasándole los hombros. Su piel era pálida, con lunares esparcidos por todas partes. Y podía ver absolutamente todo en ella, porque no llevaba ropa puesta.

No, ni siquiera ropa interior. La mujer estaba tal y como vino al mundo. Sin nada más que una gargantilla de oro en su cuello.

En lo único en lo que había acertado en mi idea de entrevista, es en que llevaba un cuaderno en las manos.

Calor letal

Stella me miraba fijamente, buscando un error, buscando que me ruborizaba o me horroriza. Mente limpia, me repetí. Entonces la miré directamente, sin sentirme sobrepasada.

—Es usted una dama muy hermosa. —dije, con la voz aterciopelada, mordiéndose levemente el labio.

Eso la contentó, sonrió y me tendió la mano para que la estrechara.

—Entonces te daré la información del empleo. Sabes, la otra muchacha salió corriendo apenas me vio así, apenas me acerqué. Supe que no era la indicada. —comenzó a acercarse cada vez más.

Estaba tan cerca que su piel rozó lentamente la mía. Mi respiración se aceleró. Entendí que trataba de hacer, buscaba escandalizarme, ponerme a prueba para ver de cuanto era mi pudor e inocencia. Yo ni siquiera había visto películas para adultos antes, por lo que esta situación era completamente nueva para mí. Pero tenía que hacerlo, la justicia dependía solo de mí, tenía que investigar el crimen desde adentro. Y eso solo significaba una cosa, debía adaptarme a ese maldito castillo.

—No le temo a los deseos. —murmuré, con la voz suave.

Ella hablaba con un tono de voz musical, mirándome fijamente, acercándose. Empezó a anotar en su libreta un par de cosas que no podía leer. Seguramente anotaba lo que observaba en mí.

—Eso veo, eres una chica muy hermosa. —dijo, acariciando mi cabello. —En este lugar tu belleza será de lo más apreciada. Hacemos distintas clases de espectáculos. ¿Me sigues?

Asentí con la cabeza, el elogio hizo que no me sintiera tan avergonzada de estar vestida de esta manera tan provocativa. El calor empezó a emerger de mi cuerpo, dios mío, esto era tan nuevo para mí.

—Sí, comprendo. —respondí, convencida.

Debía transmitir seguridad. Ella sonrió.

—Te daremos todo lo que pidas, comida, lujos, tendrás acceso a todo el castillo. Pero deberás cumplir con el trabajo, mira, aquí no tenemos límites. Deberás ser una actriz profesional, dejarte llevar por el calor, las olas de la pasión azotan nuestros cuerpos aquí. Obedecerás a Daemon, primero serás su sumisa. Él es un caballero, te garantizo que para empezar será divertido. —guiñó un ojo.

No comprendí a lo que se refería, ya estaba comenzando a preocuparme. Al ver mi expresión de confusión, ella soltó una risita. Me acarició el cabello y luego el rostro, como si eso me tranquilizara.

—Uno de los tres jefes debe elegirte, esa es la prueba para ver si puedes quedarte. Será divertido, como me has caído bien, comenzarás con Daemon. Si él te elige, entonces serás solo suya.

Sentí que mi cuerpo se tensiona, ella me miró fijamente para ver si estaba dispuesta a aceptar el trato. Mencionó espectáculos, tareas, cosas que yo tendría que hacer para adaptarme allí. Este era el momento en el que tendría que irme para siempre corriendo o aceptar y descubrir la verdad sobre el culpable de la muerte de mi hermana.

Stella esperaba mi respuesta.

—Estoy ansiosa por comenzar. —dije, sonriendo.

La valentía ardiente latía en mi corazón. Había tomado mi decisión, esperaba no arrepentirme de ello. Miré a Stella, que se veía conforme con mi respuesta.

—Aquí no hay teléfonos, ni comunicación con el triste mundo exterior. Recuerda que aquí, Cady, estarás en el mundo del placer. No contaminamos el ambiente con la comunicación. —Stella me condujo por la habitación, mientras me mostraba que debíamos ir hacia el pasillo estrecho. Dejé todos los celulares en una caja, eran falsos, por supuesto que no me arriesgaría a que descubrieran mi identidad. Mi plan había sido meticulosamente ordenado. Mi hermana no era físicamente parecida a mí, no se darían cuenta de nuestro parentesco.

Dios mío, íbamos a entrar en la mansión, en la verdadera. Ahora, tendría que aceptar la decisión que tomé.

—¿Eres virgen? —preguntó, pasos antes de que entráramos, a los pies de la puerta.

No pude mentir, mis ojos me delataron. Ella condujo su mano cerca de mi seno, viendo que mi pezón estaba asomándose. Sus dedos suaves recorrieron lentamente mi clavícula.

—Lo suponía. Eso hace más interesante tu llegada. —sonrió, con los ojos chispeantes.

Caminé hacia adelante, mis ojos lo inspeccionaba todo. Tenía que grabarse todas las imágenes para que así pudiera escribirlo todo cuando estuviera a solas. Mi investigación debía ser detallada, no podía perderme un solo detalle.

Stella abrió la puerta y me indicó que podía pasar. La enorme entrada se abrió y de adentro comenzó a sentirse un aire fresco gratificante. Era un ambiente climatizado en una temperatura agradable, fresca. Ella me tomó del brazo, caminando junto a mí.

Allí, los aromas eran de lo más diverso. El aroma de las avellanas, chocolate y vainilla eran fuertes. Una dama estaba en un sofá, con un traje de tul, que dejaba ver cada parte de su cuerpo. Sonrió al vernos y caminó hacia Stella. Las dos se saludaron con cortesía, como si fueran dos damas de la realeza.

—Te presento a Cady. —me miró, con amabilidad. —Ella es Sam, es propiedad de Eduard.

Sam me abrazó, sintiendo el latido agitado de mi corazón. Me estrechó para demostrarme confianza. Ella era propiedad de Eduard, eso era información valiosa. Cualquiera de esos tres cretinos podía ser el asesino de mi hermana.

—Aquí nos divertimos mucho. —dijo Sam, soltando una risita. —Veo que Stella no te ha dicho una de las reglas principales del castillo.

Sam me inspeccionó con la mirada. Al parecer, mi ropa no era adecuada para el momento.

—Pero mejor si eso lo dejamos para mañana. No quiero que te estreses, cariño. —Sam volvió a sentarse sobre el sofá.

Traté de no caer en la cuenta de que esas dos chicas estaban desnudas allí, como si fuera algo totalmente normal. Me temblaban las piernas. Debía controlarme, ahora, no podía flaquear.

—Te mostraré tu cuarto. Es el de las nuevas. —dijo ella, con los ojos puestos en mí.

Empujó mi cadera hacia adelante, en un gesto que la divirtió. Subimos las escaleras y sentí que cada escalón me llevaba a mi perdición. Me sentía como una mojigata total, la vergüenza volvía a invadirme. Iba y volvía, me pregunté si podría acostumbrarme algún día.

Traté de no mirar a mi alrededor, porque los gemidos me lo decían todo. A pesar de que tenía que mirar, traté de concentrarme solo en los lugares físicos y recordar cada detalle. Era engañarme a mí misma, lo que tenía que ver eran a las personas, todos allí eran sospechosos. Incluso Stella y Sam.

Enfoqué, enfoqué. Miré hacia los costados. En una pequeña isla en la sala, había un jacuzzi en el que un hombre de veintitantos aproximadamente estaba completamente desnudo, con una enorme hombría y unos ojos negros como la noche. Allí todos parecían tener una libertad total de la desnudez. Estaba con una joven que leía una historia, con un libro entre las manos.

No era tan terrible, me dije a mi misma. Solo que ver su miembro hizo que estuviera a punto de sonrojarse. Era una locura, una completa locura.

Sam se detuvo en una puerta de color rojiza, que tenía grabado el número tres en un número de estructura de oro. Era brillante, hermoso. Abrió la puerta y lo que pensé que sería la habitación más modesta del hotel, era un palacio entero solo para mí.

Eso me deslumbró, era un lugar tan lujoso que hubiera dejado a cualquiera sin palabras. Era una habitación con azulejos blancos impecables. Las cortinas eran de color crema, con hilos dorados que las decoraban delicadamente. Sam y Stella se retiraron, la noche comenzaba a caer y por la ventana, observé como la luna iluminaba el extenso jardín.

Daemon

Me dejaron a solas allí, tenía un nudo en el estómago por los nervios. Me senté sobre la cama, que era tan mullida que era como estar sobre una suave nube. Me acurruque, sintiéndome superada por todo aquel sitio.

—No debo retroceder. Estoy cerca, cada vez más cerca. —susurré, casi para mis adentros.

Recordé a Marie, ella merecía que yo hiciera lo que fuera porque el asesino fue encarcelado. Necesitaba justicia. Recordé lo último que conversamos… Esto cada vez se tornaba más extraño ¿Por qué mi hermana estaría relacionada con estas personas?

La lujuria se veía aquí por todas partes. Era un lugar tan erótico que haría que cualquiera se sonrojara de solo pensar en él. Traté de memorizar todo lo que había visto. Stella estaba en el proceso de selección de personal. Sam, era la sumisa del mafioso llamado Eduard. Había más nombres en mi lista de sospechosos ahora. Las dos chicas no parecían ser asesinas, pero… No podía confiar en nadie allí.

Observé todo a mi alrededor, parecía el cuarto de una reina. En el espejo, contemplé mi imagen. Por primera vez en mucho tiempo, quedé perpleja al verme. Me observé y me noté bonita, sentí que estaba viéndome bien. Incluso me gustó mi apariencia.

Me quité ese pensamiento de la cabeza. Esto era una vulgar tontería, esta ropa era todo lo que estaba mal.

El ropero ocupaba una pared entera. Era automático, el control estaba en la mesa de noche de al lado de la cama. Apreté el botón para que se abriera. Era tanta tecnología para un simple ropero. Observé con atención como se abría, desplegando las puertas. Dentro había tantas prendas que no me alcanzaría la vida para utilizarlas.

Comencé a examinar que había allí. Faldas transparentes, faldas cortas, shorts holgados, pantalones de todas las clases. En ese sentido, había una amplia variedad de prendas de todos los estilos. Había algunos más formales con los que yo me hubiera sentido más cómoda.

Algo tenía que estar mal, esto era demasiado normal como para creerlo. Revisé los cajones de arriba, que eran amplios y estaban perfectamente organizados. Había un compartimento específico con listones, hebillas para el cabello, antifaces, cosas como para un disfraz. La parte de abajo estaba colmada enteramente de zapatos y sandalias.

—Joder. —dije, poniendo los ojos en blanco.

Por supuesto, como no me había dado cuenta. Busqué por todas partes en el inmenso ropero, había incluso prendas de invierno, sacos, bufandas, camisas. Todo como para vestir a una centena de personas. Pero había algo que no había por ninguna parte.

Ropa interior. Por supuesto, por mucho que tuviera encima no tendría ropa interior debajo. Sentí un cosquilleo que me recorrió por completo el cuerpo. Solté un suspiro. Esa debía ser la regla de la que hablaba Sam.

Noté que había una campanilla en una mesa específica. La campanilla era simbólica, era un dispositivo que actuaba como una especie de alarma. Tenía grabada una hamburguesa, entonces intuí que era el servicio a domicilio al cuarto. No tenía hambre, joder, los nervios me calaban tan profundo que apenas si podía mantenerme en pie.

Sostuve uno de los antifaces repletos de plumas entre mis manos. Supongo que esto le parecía a alguien atractivo.

Oh, Teresa, dónde has venido a meterse.

No salí en toda la noche del cuarto. Sentí que era como una especie de guarida. Tampoco dormí, no pegué ni un solo ojo durante la noche porque debía entrenar. Me repetí muchas veces frente al espejo que iba a adaptarme, que iba a ser una de ellas. Sonreí, practiqué caminar sin pudor sin la ropa interior y traté de elegir el mejor atuendo.

Escogí una falda tableada, de color negro, con una blusa escotada pegada al cuerpo. Los zapatos fueron lo más complicado. Quería dar una buena impresión, por lo que utilicé tacones, no estaba acostumbrada a caminar con ellos. Practiqué toda la noche y no parecía estar todavía preparada.

No importa, lo haría. Yo podía con todo.

El sol hizo que me diera cuenta que era hora de salir del cuarto. Incluso sentí hambre, había pasado demasiadas horas sin comer. Me miré en el espejo, mi atuendo no era tan revelador como el de Sam, pero era todo lo que pude lograr. Mi pudor iba obstaculizando mi capacidad para fingir a cada momento que pasaba.

Me puse seria, obligándome a no ruborizarme ni horrorizarse. Información, tenía que centrarme solo en lo que pudiera investigar.

Abrí la puerta y caminé por el pasillo. Allí no había nadie, lo cual me tranquilizó. Seguí, mis tacones se escuchaban como un eco. Traté de mantenerme derecha y caminar bien.

Estaba trastabillando. Sentí que alguien se acercaba y quise apurar el paso.

Grave error.

Teresa, muchacha, tú no puedes correr con tacones. Me dije, maldiciendome.

Se me dobló ligeramente el pie y por poco voy a parar al suelo. Alguien me sujetó por detrás. Sentí su mano sujetándome por el muslo. Solo el cielo sabe la sensación que me inundó en esos momentos, al no llevar bragas ni nada allí debajo. Él parecía acostumbrado a eso, porque solo me sonrió y me ayudó a enderezarse.

—¿Problemas con los tacones? —preguntó, pude ver su rostro.

Era un chico de unos veintitantos, de mí misma edad aproximadamente. Tenía la mirada amable, era rubio y tenía los ojos color miel. No me dio la sensación de que fuera una amenaza para mí. Me pregunté quién sería.

Lo miré directamente, sonriendo.

—Sí, supongo que estoy nerviosa. Trabajar aquí es grandioso. —dije, amablemente, haciendo una reverencia.

El hizo una mueca de suspicacia. Sus ojos se entrecierran. Me dio la mano para que se la estrechara. Lo hice, agachando la cabeza.

—Mi nombre es Scott, soy hermano menor de Daemon Racchio. —sonrió, su despreocupación era admirable.

Joder, este tipo era el hermano menor del hombre que pronto sería mi dueño. No sabía qué decir.

—Oh…—empecé a decir, tartamudeando.

Él soltó una risa, relajado. Estaba vestido con una sudadera grande de color gris y unos pantalones cortos. No parecía pertenecer allí, donde todos vestían con suma elegancia. Sin embargo, su rostro era tan fino que también parecía una especie de príncipe.

—No te dije que era el diablo. —sonrió, tomándome de la mano. —Te ayudaré a llegar a la guarida de mi hermano. Tu debes ser su nueva adquisición.

—Lo siento. —me disculpé, aceptando su brazo para caminar a mi lado.

De solo pensar que me había sujetado tan cerca de… Subiendo por mis muslos, me hacía estremecer. Mi corazón latía rápido. Y recién había comenzado el día.

Me llevaría directamente con mi comprador. Rogaba que no fuera un completo psicópata. Tenía las esperanzas de que no fuera lo que imaginaba. No esperaba que lo primero que hiciera en el día fuera ir a verlo a él. Las cosas se estaban acelerando demasiado.

Scott me tomó de la mano y la besó, como si fuera una especie de príncipe.

—Que tengas buena suerte. —dijo, haciendo una reverencia.

A pesar de que su vestimenta era más actual, también tenía los mismos modos que el resto de las personas allí, como si estuvieran en otra época. Los zapatos estaban haciendo que me dolieran los pies. Me maldije por escogerlos. Yo y mis ideas.

Entré a la habitación más grande que había visto en mi vida. Solo ese lugar ya parecía una mansión. La puerta estaba abierta, me estaban esperando dentro. Caminé, el frío allí era más notable. Sentí como se iba erizando cada parte de mi piel. Caminé con dificultad.

Debía ir hasta el final de la habitación y era tan grande, parecía que no iba a llegar nunca. De afuera, venían los aromas de avellanas, perfumes mezclados con la fragancia del sudor del contacto físico. Noté que, dentro de esta habitación, el aroma era de café, diferente al del resto del lugar.

De pie, al lado de un escritorio que tenía encima una computadora de lo más moderna, estaba el hombre más imponente que hubiera visto en toda mi vida. Ni siquiera se asemejaba a los protagonistas de las películas que veía. No, era alto, con tatuajes cubriéndose los antebrazos. El rostro duro, con la mandíbula marcada y la nariz suavemente respingada. Tenía las cejas gruesas, que le daban una impresión severa. Sus ojos azules parecían estar pintados del mismo color que el océano. Su cabello era castaño oscuro, con suaves rizos. Tenía rapado a los costados, más corto, lo cual le daba un estilo que le quedaba a la perfección.

Llevaba un traje elegante, negro, con una camisa entallada que resaltaba su musculatura. Incluso su corbata combinaba con sus ojos. Su edad debía rondar los treinta y tres, porque refleja madurez y severidad, a la vez de provocación.

Me quedé sin palabras al verlo. Era como un dios griego, algo que no podía explicar.

Contrólate, Teresa. Volví a repetirme. Apreté los dientes y caminé hacia adelante. Tenía que recordar que este tipo podía ser un asesino. No me dejaría llevar por su imponente apariencia. No, yo debía tener la mente fría.

—Quiero que te pongas a cuatro patas. Necesito inspeccionarse. —ordenó, antes siquiera de que yo pudiera decir nada.

Aquello fue como si una cubeta de agua helada cayera sobre mí. Abrí los ojos como platos, no me había esperado que fuera tan directo. Sentí como la temperatura subía en mi cuerpo, el calor estaba dominando. Los nervios me estaban por hacer empezar a temblar de pies a cabeza.

Apreté los puños. Volví a controlarme. Qué demonios iba a hacer ahora…

En un abrir y cerrar de ojos

Casi poético, con los ojos entrecerrados, dijo estas palabras tan directas, que rozaban la vulgaridad. O quizás entraban en lo profundo de la vulgaridad, de no ser porque su apariencia era tan exclusivamente formal, imponente y seria que era imposible que algo que saliera de su boca fuera indiscreto.

Por lo que pensé, que había escuchado mal. A lo mejor era algo producto de mis nervios y lo había imaginado. Porque estaba tan nerviosa que cualquier cosa podría haber pasado por mi cabeza.

—¿Puede repetirlo? —pregunté, haciendo una reverencia.

En ese lugar abundaban las formalidades. Copié el estilo de caminar de las damas que había observado afuera. Elegancia, ante todo, a pesar de que no llevaba siquiera una prenda de ropa interior. Sentí ese cosquilleo que me recorría de pies a cabeza, me hacía estremecer. Aquella sensación de que la lujuria estaba bañándome.

Control, todo se trataba de control. Esto era necesario, tengo que apegarme al plan. El plan lo era todo para descubrir la verdad.

Daemon me miró fijamente sin sonreír, ni mostrar amabilidad. Su dureza me hizo notar que había hablado muy en serio. Su silencio, era mi sentencia.

Me observó, apurándose a hacer lo requerido.

“Aquí, debes hacer todo lo que él te diga, eres suya ahora.”

Repitió la voz de mi consciencia en mi cabeza. Para que no lo olvidará, para que no se me ocurriera hacer ninguna tontería.

—Si. Comprendo. —dije, mientras sonreía.

Me obligué a mantener la compostura. Esto era solo el comienzo, no podía acobardarse. Para llegar a la verdad, tenía que transitar este camino sea cual fuera, por mucha histeria que estuviera provocándome en el interior.

Mis mejillas estaban enrojecidas, lo noté al verme en el espejo.

Me arrodillé, sin pensarlo más. Él quería verme, eso tendría.

Me acomodé a cuatro patas allí, tratando de omitir el hecho de que mi falda era lo único que me cubría y en esta posición, no quería siquiera pensar en todo lo que se veía de mí. Mi femineidad estaría expuesta si él se acercaba a mirarme.

—Buena chica. —dijo.

Su voz rugosa, dura, fue tan seductora que mi piel se erizó al instante. Estar en esta posición me hacía multiplicar el calor que crecía dentro de mí. Sentí que se acercaba, escuché los pasos. Los nervios volvieron. Mi corazón latía galopante como una fiera.

—Quieta. —ordenó, con voz de mando.

Así debía ser la relación que tenía con las sumisas. Él ordenaba y ellas obedecían. Ninguna se oponía a sus órdenes. Teresa, en que te has metido. Pensé mil veces. Tensé mi cuerpo para no temblar por la ansiedad.

No decía mucho, sus órdenes eran directas, frías. Su carácter era severo, su temple parecía implacable.

No veía nada, traté de cerrar los ojos. Por supuesto, eso fue peor, porque mis sentidos se agudizan si no veía nada.

Sentí el tacto sobre mi cintura.

Dios mío.

Cállate Teresa, silencio como una roca. No importa que haya apoyado su mano en ti.

Sentí un estremecimiento y el calor, estaba poseyendo por completo cada parte de mi cuerpo. Su mano estaba palpando mi camisa, con suavidad, casi acariciándome.

Deslizó su mano por mi cadera, llegando a mis muslos. Allí, arqueé la espalda por la mezcla de sensaciones, no comprendía que me estaba ocurriendo.

Estaba tan cerca, su mano iba recorriendo lentamente mis muslos. Y más en el interior, bajo la falda, no había nada que me cubriera, no tenía bragas que taparan mi feminidad. Estaba llegando, sus dedos estaban tan cerca.

—Ah… —solté.

Maldita sea, Teresa. ¿En qué estás pensando?

El gemido salió de mis labios sin que pudiera contenerlo, sentir sus dedos tan cerca. Estaba humedeciendo. A pesar de que había pensado que estaría fría, helada, que no dejaría que nada me controlara.

Apretó mi muslo derecho con fuerza, casi clavándome las uñas. Luego, deslizó su dedo en el interior de mi vagina, llegando lentamente hasta donde estaba mi clítoris. Eso me hizo perder todos los estribos, solté otro gemido sin poder evitarlo.

Él hundió allí su dedo, yendo arriba y abajo y palpando mi humedad. Porque yo estaba empapada, sentía la humedad entre mis piernas. Masajeó mi clítoris sin piedad alguna, haciendo que empezara a temblar por el placer creciente. Debajo de mi falda, con tanta destreza que podía desarmarse entera con solo sus dedos.

Tenía un tacto tan hábil. Enterró su dedo más profundo, haciendo que me moviera y mi espalda volviera a arquearse por las sensaciones. Su aroma era tan exquisito que parecía hipnotizar. Iba cada vez más adentro, algo totalmente desconocido para mí. Era todo nuevo para mí, jamás había siquiera intentado masturbarme antes. No sabía que esa parte de mi pudiera estar tan enteramente mojada.

No. No. No. Teresa, debes controlarte. La mente fría, tus instintos fríos.

Pero mi cuerpo, estaba en llamas.

Quitó su dedo de mi interior abruptamente. Luego, se alejó de mí.

—Puedes ponerte de pie, Cady. —dijo, al tiempo en que me miraba fijamente.

Sus ojos parecían desvestirme, hacerme cualquier clase de cosas. Sentí el corazón latiendo a mil por hora. No quería levantarme, no quería ponerme de pie. ¿Por qué? Sí…

Yo quería más.

Quise abofetearme a mí misma. Daemon me observó con severidad. Era tan atractivo que me perdía en sus rasgos perfectos. Su traje, su elegancia y rudeza colisionan. Su cabello rizado, que contrastaba con sus ojos penetrantes. Quería dejar de mirarlo de una buena vez.

—Largo de aquí. —soltó, parecía que estaba perdiendo la paciencia. Sus ojos chispeaban, con ese atrevimiento y suspicacia que los caracterizaba.

Aquello me asustó, me enderecé de golpe. Caminé hacia la entrada, estaba vestida, pero yo sentía que había estado desnuda frente a él. Él había estado jugando entre mis piernas, había sido el primer hombre al que dejaba entrar allí, aunque solo hubiera sido el tacto.

—Cuando te quiera aquí, te llamo. Eres mía ahora, harás lo que yo te pida, harás todo lo que yo quiera.

Su voz resonó en mis oídos. Su mirada, reflejaba que era el hombre más dominante y atractivo que había visto en toda mi vida.

Pretensiones

Salí al pasillo, prácticamente corriendo. Huyendo, huyendo de mí misma y de él. Porque mi pulso estaba acelerado y mi cuerpo, seguía en llamas.

Quería volver a mi cuarto, entrar y ponerme la ropa más severa, sobria y que me cubriera cada parte de mi cuerpo.

Para que nadie allí se diera cuenta de que lo había disfrutado.

Una mano me tocó el hombro.

—Caddy. ¿Ya tuviste tu entrevista? —preguntó una voz a mis espaldas.

Me di la vuelta para ver a Sam, reconocí su voz. Ella estaba cambiada, tenía un corset que hacía que sus senos se vieran más grandes. Y debajo, tenía una falda de tul con brillantes. Llevaba el cabello atado en una coleta alta. Estaba vestida de una manera elegante, sofisticada y erótica a la vez.

Me tendió su brazo para que caminamos juntas.

—Bueno, parece que te han comido la lengua los ratones. —dijo, sonriendo y soltando una risita.

—Lo siento. —me excusé, balbuceando.

En realidad, ni siquiera sabía que excusa poner. Ella me miró detenidamente y sonrió.

—Ya sé que ha pasado allí dentro. Te he visto Daemon y por lo que veo, te ha gustado.

Sam guiñó un ojo, con suspicacia.

Negué con la cabeza, como un reflejo instantáneo que no controlé. No quería que nadie supiera que había disfrutado de ese encuentro.

—¿No? —preguntó Sam, deteniéndose.

Se acercó a mí, con elegancia. Acarició mi cabello.

—Entonces no te molestará que me fije. —dijo, con una sonrisa amable. —Oh Candy, puedo sentir tu corazón latiendo rápido. Sé que estarás empapada aquí abajo…

Ella comenzó a pasar la yema de sus dedos por mi camisa, palpando mis pezones endurecidos. Tenía razón, yo estaba tan excitada que no podía ocultarlo, era tonto creerlo. Al pasar sus dedos por mi pezón, volví a sentir el cosquilleo.

—¿Estás molestando a la chica nueva, Sam? —preguntó otra voz femenina.

Una chica de ojos verdes y cabello oscuro, se acercó, con una elegancia marcada. Llevaba un vestido blanco corto, casi transparente. Tenía un collar de perlas azules que parecía hecho de diamantes. Su maquillaje era sutil, su cabello estaba enteramente suelto.

—Sophie, no vengas con regaños. Déjame jugar con la chica nueva. —Sam hizo un gesto quejumbroso y se aferró a mí, abrazándome.

Era evidente que todas tenían mucha confianza allí, que todas jugaban y tenían una libertad amplia en lo que respectaba al placer. Como todo allí. Para una muchacha virgen como yo, esto era una locura. Mi parte decente y seria quería irse corriendo de allí antes de que fuera tarde.

Por mi hermana. Tenía que quedarme. La verdad era lo único que salvaría ese crimen. El culpable debía caer. Yo debía investigar, cuando tuviera la suficiente confianza, podría encontrar las pistas que necesitaba. Pero antes, necesitaba que confiaran en mí.

—No me ha molestado. —sonreí, con los ojos entrecerrados. —Estaba tratando de negar lo innegable.

Tomé la mano de Sophie, que estaba cerca de la mía. La conduje hacia mi falda, para que sintiera ese calor que emanaba de allí. Ella me miró con suspicacia, sus ojos chispearon. Introdujo lentamente su mano en mi interior, su piel suave y delicada acarició mi interior, palpando la humedad. Sonrió, mirándome con aprobación.

—Estás radiante. —dijo ella, acariciando lentamente, tan lento que me hizo agitar la respiración.

La lentitud con la que deslizaba su dedo dentro de mi vagina era algo que nunca había experimentado. Después de aquel encuentro con Daemon, algo había cambiado en lo profundo de mi ser. Incluso, no quería que la chica se detuviera.

Sam nos miraba expectante, con el brillo en sus ojos, sin perderse ningún detalle.

—Tendremos una fiesta. —dijo ella, riendo. —Es hora de beber champaña.

Sophie siguió mirándome mientras seguía, viendo como yo me dejaba llevar. Ella se apartó, abrazándome como si fuéramos viejas amigas.

—Claro que sí. Nos divertimos mucho. Esta chica tiene futuro aquí. —guiñó un ojo, mirando a Sam. —Podemos mostrarle todas las diversiones que tiene este castillo.

Asentí con la cabeza. Estaba sintiéndome tan diferente. Las seguí sin siquiera pensarlo. Una parte de mis pensamientos, deseaba que Daemon fuera a la fiesta, que entrara a pedirme mis servicios y empezáramos a…

¡Teresa!

Me grité, dentro de mí. Estaba transformándose en algo que yo no era. ¿En qué estaba pensando? Estaba mimetizándose con esas personas lujuriosas. Miré hacia el techo para pensar en otra cosa y dejar de sentir esa excitación que no podía controlar. No estaba pensando con claridad.

Caminé detrás de ellas. Estaban yendo hacia las escaleras, con un caminar elegante, grácil y pausado. Hice lo mismo que ellas, para ir adquiriendo poco a poco los mismos modos. Ellas se tenían confianza entre sí, en todos los sentidos. Caminamos hacia una habitación en uno de los últimos pisos. Tenía la puerta con incrustaciones de oro. Sam abrió la puerta y dentro, había una isla entera. O al menos eso vieron mis ojos. Un paraíso rodeado de lujo, de armonía, de todo lo que hacía que mis ojos se deslumbraron.

Porque aquel sitio era un lugar paradisiaco, con piscinas y arrecifes de colores. Burbujas, había burbujas por todas partes. Las flores estaban a lo largo de los costados de todos los techos, bajando delicadamente por las paredes. Había una enorme barra de tragos.

Noté que había más personas allí dentro.

—Oh, Collin. —dijo Sophie, lanzándose al agua, entrando en la piscina.

Ella besó al hombre que estaba allí. Debía tener la misma edad de Daemon, pero tenía el rostro más amable. Su rostro era más anguloso, atractivo, su mandíbula estaba marcada. Era más morena, con los ojos verdes oliva intensos.

Sophie debía ser la sumisa de Collin.

—Encantado de conocerte, Cady. —saludó él, poniéndose de pie para salir de la piscina, para saludarme.

Cerré los ojos por instinto, porque no llevaba ninguna clase de traje de baño y estaba acercándose a mí. Me ruborizo a pesar de mis intentos de mantenerme fría. Esto era mucho más complicado de lo que pensé. Al minuto en el que entré en este castillo, todo había cambiado drásticamente.

Collin y Sophie

El burbujeo del jacuzzi llegaba a mis oídos. Jamás había visto un lugar tan increíble, tenía que admitir que la decoración era excelente. Mis ojos estaban maravillados ante tanto esplendor.

Por ello bajé la guardia. Me había sonrojado, me había cubierto los ojos para no ver a ese imponente hombre frente a mí.

Él soltó una risita, disimulada. Luego, Sophie me dio un apretón de hombros.

—Tranquila, Candy. —dijo, bromeando, relajado

Había esperado una reacción peor. Esperé que me echaran de inmediato por mostrarme así de mojigata y seria. Pero ellos estaban relajados. Sam me trajo una copa de champaña. Mi regla era no beber, sin embargo, si no tomaba nada, sería contraproducente, ellos sospecharan todavía más. Tenía que dar gracias con que todavía estaba aquí y no me echaran.

—Lo siento, que tonta. —solté, sonriendo, disimulando mis mejillas sonrojadas

—Es una virgen. —dijo Sam. —Oh, por eso le ha gustado tanto a Daemon.

Que dijera eso en público hizo que me sonrojara todavía más. Los dos me miraron con curiosidad, como si fuera lo más extraño del mundo. Tomé aire. Lo que más hizo que me agitara fue que dijo que le gusté a Daemon, eso movió cosas en mí.

—Sí. Quiero experimentarlo todo. —mi voz se escuchó más segura.

Miré a los ojos a Collin, enfrentándolo, sin importar que estuviera sin nada. Él sonrió y me tendió su mano para estrecharla. Lo hice. En unos minutos, estuvo completamente vestido, se colocó una camisa blanca y unos pantalones.

—No voy a incomodarte. —hizo una mueca graciosa. —Eres nueva, debes adaptarte.

Sophie me indicó que fuéramos a la barra de bebidas.

—Soy la sumisa de Collin. —explicó. —Soy toda suya.

—Él es amable. —contesté, tomando de mi copa lentamente.

No quería que me sirviera de nuevo muy rápido. Ella llenó la copa.

—Sí, lo es, es el más simpático de los tres. —guiñó un ojo, con su mirada pícara característica, parecía que tenía todo resuelto.

Bebí otro trago.

—Qué suerte. —sonreí. —A mí me han puesto cuatro patas.

Comencé a sentir más confianza.

—Oh, cariño, eso es un comienzo. La primera vez que vine aquí, Collin me hizo nadar desnuda en una piscina, para luego empezar con los juegos. —se mostró más interesada en mí, me miraba fijamente, me estaba analizando. —Le demostré a Stella que había salido directo del infierno, estuvimos tan prendidas que Collin vino a follarme antes siquiera de que pasara media hora.

Escuché con atención. Ellos habían tenido relaciones la primera vez, en su primer encuentro. Pero Daemon no había hecho lo mismo conmigo. No sabía si sentirme agradecida.

—¿A que jugaron? —quise saber.

—Stella tenía un uniforme sexy. Oh, eso hizo que el juego fuera interesante. Hicimos una puesta en escena. Como una película de lo más vaporosa. —sonrió.

Nunca había visto esa clase de películas. Me planteé que las cosas hubieran sido más fáciles para mí si hubiera visto un par antes de venir al castillo. Pero no imaginé que las situaciones fueran así, no, yo había esperado lo peor… Esto rompía mis esquemas, no podía utilizar estrategias planeadas previamente.

—Puedo enseñarte a jugar si quieres. —Sophie bebió de su copa de una manera sofisticada.

—Me encantaría. —sonreí, bebiendo también de la mía, imitando su manera de sostener la copa.

Parecía una estrella de cine, una princesa, porque tenía esa gracia para hablar y la elegancia de moverse. No parecía en absoluto que fuera una sumisa de un magnate. Collin se acercó a nosotros.

—Ella ha dicho que le gustaría. Ahora en una hora empezaremos con el juego. Llama a Daemon. —dijo Sophie, tomándome de la mano. —Verás que se volverá loco.

Ella sacó de un enorme armario un atuendo para mí. Era un traje, parecido a uno formal de secretaria. Ella tenía uno igual. Me ayudó a colocarlo. Y alistó mi cabello. Me observé en uno de los enormes espejos.

Entonces me di cuenta que no me había importado cambiarme allí, cuando antes, había sufrido horrores. Estaba aclimatando. Antes, el solo hecho de que otras personas estuvieran cerca de mí en los vestíbulos me ponía pálida. Tenía muchos complejos, me había odiado tanto cuando era más joven, que esas marcas habían dejado secuelas en mí. No me consideraba hermosa, ni sensual, ni nada. Solo había querido ocultarme siempre.

Cuánto había cambiado mi vida.

—Eres buena conmigo. —dije, tratando de ser amable.

—Tranquila, entre nosotras nos cuidamos. O al menos eso quiero pensar. —se mostró un poco más seria, el brillo en sus ojos disminuyó.

—¿A qué te refieres? —pregunté, estaba ganando confianza.

—A que no siempre ocurre eso, a veces las chicas son competitivas. Te diré algo Cady, yo te ayudaré a ganarse un lugar aquí, a que seas una de las reinas. Por qué, de lo contrario, no es brillante ese futuro.

Al decir esto, su rostro develó preocupación. Yo había visto esa expresión muchas veces, este era mi campo, ella ocultaba algo. Sabía algo y mi intuición me decía, que podía tener información sobre el crimen. La miré con atención y noté que sus labios temblaban y los estaba apretando, eso quería decir que había cosas que ocultaba. Su mirada me decía que no estaba a gusto con el secreto.

Sophie reflejaba fortaleza, elegancia y belleza y ahora, su mirada había transmutado a un color apagado.

Sophie era una llave para entrar a este mundo, a poder inmiscuirse dentro de la verdad. Ella bebió un trago largo de su copa y volvió a llenarla a tope. La alzó para brindar.

—Por que sea brillante. —dijo, haciendo referencia a mi futuro.

Choqué la copa con la suya y bebí animadamente. Debía mostrarme cordial con ella, debía querer parecer ser su amiga. Al verme disfrazada, con ese traje demasiado provocador, me di cuenta que la tendría bastante compleja. El juego comenzaría pronto y Daemon, él estaría presente. De solo pensar en él ya me sentía acalorada y nerviosa. Sentí un hormigueo fuerte en el estómago.

Era como actuar, me dije a mi misma. Pero yo no era buena en las clases de teatro.

Puesta en Escena

El traje consistía en una camisa abotonada hasta el cuello, ceñida, muy ajustada, se transparentan los pezones en la tela. La falda, era corta y tipo tubo, de color azul oscuro. Tenía una corbata puesta, que parecía adornar mis senos a la perfección. Cuando me contemplé, algo dentro de mí me dijo que me veía bien.

Que ridícula eres, Teresa. Me dije yo, esta vez más fuerte. Para silenciar esa voz lujuriosa dentro de mí que jugaba como si fuera una de las chicas de la mansión.

El juego iba a comenzar pronto. Sophie y yo hablamos sobre nuestro guión, Collin, Sam y Eduard ya estaban allí para vernos. Había otros, que yo no conocía, pero estaban más lejos.

Esta sería una dura prueba, para la chica virgen que apenas hacía unos segundos había tenido su primer orgasmo. Daemon, él faltaba que viniera. No quería hacerlo, pero miraba a todas partes buscándolo con los ojos.

—Va a venir, tranquila. —dijo Sophie, haciendo una mueca divertida.

Se acercó a mí y me indicó que el juego comenzaría. Quería recordarlo todo. Ella había dicho que improvisaba, que saliera natural. Pero lo natural para mí sería salir corriendo de allí y meterme a mi cuarto para no volver a verme en el espejo nunca.

—Nuestro jefe es tan severo. Sabes, estoy harta de él. —dijo Sophie, con una mueca de molestia.

Se sentó con las piernas cruzadas en una silla de ejecutivo. Ella tampoco llevaba ropa interior, por lo cual, si descruzar las piernas, todos podían ver su femineidad. Se quedó con las piernas cruzadas, apoyando los codos en la mesa.

—Es un fastidio. Siempre con su blah blah blah, queriendo que todo sea muy aburrido. —dije, tratando de entrar en el papel.

Me senté, como por instinto. Entonces vi que todos me estaban mirando. Carajo, yo estaba con las piernas cruzadas. No estaba acostumbrada a esto. Cuando me di cuenta, ya todos habían visto mi coño, eso hizo que mi corazón se acelerara. Sophie vino cerca de mí, agachándome para arreglar mi zapato.

—Está roto. —dijo ella, agachándose de tal modo en que su falda se levantara.

Me sentí más segura, no pregunten el porqué. En ese ambiente, la seguridad era diferente a todo lo que yo conocí alguna vez en el mundo. Ella comenzó a desanudar mi zapato de tacón, disimulando para murmurar algo.

—Tranquila. —soltó, en voz tan baja que solo yo pude oírla.

Me estaba ayudando. Uno de sus zapatos se movió y tuvo que hacer equilibrio, flaquea y por poco se va a el suelo. La sujeté, tal como habíamos planeado. Mis manos se deslizaron por sus muslos, dejando al descubierto su trasero y levantando la falda por completo.

—Mira si alguien nos ve. —dijo ella, soltando una risita de complicidad.

Se cayó encima de mí y dejé que desprende algunos botones de mi camisa. Mis senos estaban casi al descubierto. Entonces, miré al frente, para ver que estaban haciendo todos allí ante la obra. Y Collin, ya se acercó tanto que estaba a punto de saltar sobre Sophie.

Y lo vi a él. Daemon estaba prestando suma atención. Estaba igual de impecable que la última vez que nos vimos. Tenía los ojos fijos solo en mí, como si yo sola existiera en el mundo.

—Ven. —ordenó, haciendo que Sophie se fuera a un lado.

Ella corrió a los brazos de Collin, que estaba frenético por tenerla. Los dos empezaron a fundirse el uno con el otro allí, en el jacuzzi que estaba cerca. Observé la escena, era una auténtica pasión viviente. Nunca había visto algo semejante…

No podía seguir viendo, tenía que obedecer a mi dueño.

Caminé hasta Daemon y el me hizo arrodillarme ante él. Lo hice sin chistar. Me acarició el cabello lentamente.

—Eres virgen. —dijo.

Santo cielo ¿Acaso todo el mundo tenía que recordármelo?

Asentí con la cabeza.

—Nadie la penetrará. —esta vez habló en voz alta para todos. —Si lo hacen, los mataré.

Sophie sonrió, era evidente que esto era favorable para mí. Ella me comentó que la lujuria podía ser en roces, juegos y demás, pero que, si eras privada de uno de ellos, solo podías tener sexo con uno. Eso me dio cierta tranquilidad, no quería tener que…

No quise ni pensarlo. El juego no me había resultado tan terrible. Pero otra cosa, eso sí que no podía permitirme pensar.

Estaba marcando su territorio. Diciéndole a todos que yo era suya y solo suya. Eso me hizo sentir confundida, una parte de mí ansiaba saber que había en él que me interesaba tanto. volví a mi enfoque habitual. Solo tenía una misión allí.

Observé a mi alrededor, tenía que tenerlo todo vigilado para buscar pistas. Había avanzado con Sophie, ella estaba confiando en mí, logré ver que escondía un secreto. En cuanto a Sam, ella parecía más fría, más competitiva. Me costaría ganar la confianza de todos allí, que me trataran como a uno de ellos.

Daemon hizo una seña para que me levantara y lo siguiera.

—¿Te ha gustado el show? —pregunté, con suspicacia.

No podía creer que se lo había preguntado.

El no respondió. Sino que me ordenó que me quedara de pie allí. Estábamos cerca de uno de los arrecifes de colores violetas. Era un sueño ver como el agua caía. Me tendió un objeto para que lo sujetara. Cuando me di cuenta que era, me quedé sin palabras.

Era como un arnés, en el cual estaría completamente desnuda solo con tiras de cuero. Él podía jalar un extremo para obligarme a arrodillarme o pararme.

—Póntelo. —dijo, olvidando que allí había otros.

Pero claro, allí todo mundo estaba acostumbrado a esta clase de cosas. Debía hacerlo, él me estaba mirando con sus ojos severos y penetrantes. Sentir la desnudez así de plena me hizo erizar la piel. Era un calor tan frecuente que pensé que me terminaría de prender fuego. Mi coño estaba al descubierto total. Él podía verlo totalmente. Se acercó, lo sentí.

Podía sentirlo tan bien.

Su nariz estaba pegada a mi cuello, estaba percibiendo mi perfume mientras bajaba lentamente. Cuando sentí su lengua tan pegada a mis muslos, entonces solté un gemido incontenible. No me dio tregua.

Su lengua se introdujo en mi coño y me hizo arquear del placer. Nunca había sentido algo así.

Misión

Su lengua se introdujo y empezó a recorrer mi interior de una manera que me hizo gritar del placer. Oh, era tan…

—Ah… —solté, ya no podía pensar en nada más.

El calor, las sensaciones, los aromas, todo se fundía en ese instante. Y solo quería más.

Quería que siguiera así por siempre.

Concéntrate, concéntrate. Era inútil. Allí todos eran sospechosos y yo… Estaba teniendo otro orgasmo. Ya perdí la cuenta de cuantos tuve. Él me ordenó que caminara en el suelo, mientras azotaba mi nalga con la palma de su mano.

Quería más.

Él se acercó, sentí su miembro erecto y enorme en mis muslos, rozando lentamente.

¿Cuándo terminaría esto?

Yo me eché para atrás para que se introdujera en mi coño, que me llenara por completo. Él se apartó. Me miró sonriente.

—Eres hermosa, me gusta que seas virgen. —dijo, al tiempo en que sonreía con un modo triunfal y cínico.

No, estaba bromeando.

—Te voy a volver loca, Cady.

Entonces jaló de la tira de cuero para atraerme hacia su cuerpo. Me pegó al suyo, haciendo que sintiera su pene erecto y lo dejó al descubierto para que lo viera. Era de un tamaño tan grande que quise tenerlo dentro en ese mismo instante. No pensaba con claridad, no, estaba hipnotizada por su vigor.

Subí a su pene, tratando de que se introdujera, me trepé a sus hombros para sujetarme. Él me apartaba cada vez que estaba a punto de entrar. Entonces sumergía sus dedos en mi clítoris y me hacía gritar. Tenía una habilidad precisa para tocar donde más me hacía sentir placer.

Se concentró en mis senos al desnudo, besando y pasando su lengua hasta que mis pezones estuvieron duros como piedras. Solté otro grito, había comenzado a tener otro orgasmo con su tacto mientras succionaba mis senos.

El pudor había quedado muy atrás.

Él rozó su pene nuevamente, diciéndome al oído.

—No, no. —murmuró, mordiéndome la oreja y luego, fundiendo nuestros labios.

Mordió mi labio inferior haciendo que me volviera enteramente loca. Solté un gemido que se escuchó en todo el castillo.

—Sí. —dije, tratando de convencerlo.

—No. —volvió a decir, al tiempo en que se alejaba para hacerme desear todavía más.

El comenzó a caminar, tirando de la tira de cuero para que yo lo siguiera. Me estaba haciendo caminar a su lado como si fuera su sumisa. Me había convertido en su sumisa.

Solo que todavía no follabamos, estaba haciendo que perdiera la cabeza por completo.

El ambiente expedía un aroma de placer, mezclado con coco, café, chocolate, todos los aromas que hacían que el encuentro se tornara más provocativo. Miré a mi alrededor, Sophie y Collin estaban fundidos en completo placer, con un acto frenético.

Sam y Eduard también, estaban afuera del jacuzzi, él estaba haciéndole masajes mientras ella arqueaba cada vez más su espalda. Era una fiesta de lujuria, de placer. Y yo estaba allí metida.

Fue entonces cuando contemplé la verdad.

Sam estaba desnuda en su totalidad, con las curvas al descubierto, y noté su tobillera. Allí, tenía una pequeña tobillera de plata con engarces delicados. Era única en el mundo, la reconocería donde fuera. Esa era la tobillera de Marie. Yo se la había obsequiado hacía muchos años ya.

Eso hizo que todo el calor que sentía se extinguiera. Eso apuntaba a que ella y Eduard habían sido los responsables del crimen. Tenía el presentimiento de que así era. Porque Daemon no parecía un asesino, no, tampoco Collin. La apariencia dura y estricta de Eduard revelaban que ocultaba demasiados secretos.

Me quedé paralizada.

—Ahora puedo invitarte a cenar. —dijo Damon, sonriendo, tenía una rosa entre las manos.

Extendió su mano para que la tomará, luego, besó mis labios con delicadeza.

Todo lo que había pasado en tan solo unos segundos hizo que me replanteará si no tenía que reaccionar ahora y actuar. Me pregunté qué pasaría si ahora mismo los acusaba, los llevaba a la justicia, exponía las pruebas de su crimen.

Pero me di cuenta a tiempo de que una maldita pulsera no probaba nada. Además, por mi mente pasaron toda clase de desenlaces caóticos. ¿Qué haría si los acusaba? Podían matarme y hacer que mi cadáver desapareciera.

—Te has quedado sin palabras. —observó Daemon, todavía sostenía mi mano.

Todo aquello que había pasado en mis pensamientos no salió de allí. No dije ni una sola palabra.

Me concentré en su mirada. Había cambiado drásticamente, un brillo malicioso se hizo notar en sus ojos. Era tan guapo, podría quedarme perdida en su boca, en su perfecto rostro. Era duro, se notaba que no permitía nada que no le gustara. Solo se hacía su voluntad.

Respiré profundo.

—Por supuesto que acepto la cena. —dije, con los ojos bien abiertos. Traté de actuar con normalidad.

Él sonrió, conforme con mi respuesta. Desvié mi mirada hacia donde se hallaban Sam y Eduard. Ella gritaba tanto de placer que parecía que iba a desarmarse. Él la estaba penetrando sin piedad, la euforia y el placer estaban en el aire. Era una atmósfera de otro mundo.

Ella tenía algo… Algo en la mirada que no me cuadraba. Quizás fuera una intuición. Si ella era culpable, haría que pagará su crimen.

Daemon me llevó hasta el pasillo, de la mano, me sentí como una princesa que caminaba por un castillo elegante y bello.

—Tu ropa está aquí. —dijo, señalando con suavidad un cofre labrado en una madera preciosa.

Me quedé observando aquel objeto, casi maravillada por su belleza. Al abrirlo, descubrí un vestido largo de color violeta. No exageraba si decía que era el vestido más bello que había en la tierra. Ni siquiera en la televisión había visto algo así.

Al colocarlo, pude ver en mi a una dama refinada, a una princesa.

Quizás me hubiera sentido así por más tiempo si llevara ropa interior. Pero como no lo hacía, seguía sintiendo ese calor que poseía mi cuerpo todo el tiempo desde que llegué aquí.

Me indicó que entrara a una de las grandes habitaciones que poseía una puerta de dos hojas, imponente y de madera de lujo.

Al abrirla, noté que el lugar era una sala comedor. La mesa estaba servida, un despliegue total de abundancia y lujos. El aroma de la comida era tan exquisito que me abrió el apetito de inmediato. La diversidad de platillos era increíble. La mesa, tan elegante que pensé que pertenecía a alguna especie de rey.

Me senté delicadamente en una de las sillas, que tenía un asiento de terciopelo tan suave que me relajó cada parte de los muslos. Solté un suspiro. Daemon me miró fijamente, como si quisiera devorarme, como si la comida solo fuera simbólica y ahora, iba a devorarme solo a mí.

—Muchas gracias por la cena. —sonreí, busqué una mirada amable.

—¿Qué es lo que quieres que te sirva? —preguntó él, mirándome fijamente otra vez.

Dios mío, este hombre haría que yo me derritiera lentamente. Recordé cuando quise que… No. Teresa, debes controlarte para averiguar la verdad.

—Me gustaría probar los camarones. —respondí, agachando la cabeza.

A él le gustaba que me mostrara sumisa, podía empezar a ver la chispa de lujuria en sus ojos que iba perdiendo el control. Le gustaba verme en este elegante vestido de reina.

Él me sirvió, dándome un poco de todos los platos además de los camarones.

—Debes probarlo todo. Te gustará. —dijo, con una voz rugosa tan seductora que mi corazón se aceleró.

No podía ser que cualquier cosa que viniera de él me volviera loca. Me concentré en comenzar a comer. La comida era ciertamente deliciosa. Eso no podía negarse. Me hizo olvidar de todo por unos momentos. Mi copa estaba llena cada vez que la vaciaba.

—Debo hablarte sobre algo. —murmuró él, con un gesto severo. Sus ojos cambiaron, ahora se veía más duro, más implacable.

—Dime lo que sea. —respondí, con sumisión.

—Estás aquí ahora. ¿Sabes qué es lo que ocurre aquí? —preguntó, inquiriendo con más presión, me hizo sentir un poco asustada.

—Esta es la mansión del placer. Aquí solo nos divertimos. —respondí, sonriendo, era eso lo que yo había averiguado, lo que Stella y todas las chicas me habían confirmado.

Él arqueó las cejas.

—Sé que sabes un poco más, no finjas conmigo. Eres mi sumisa, te protegeré solo si me dices la verdad. —él se acercó a mí, quedando delante de mí mirándome fijamente.

Me sujetó por la cintura, haciendo que me sentara sobre él, levantándome de la silla. Apretó levemente mi muslo y me habló en el oído, tan cerca que me provocó un erizamiento en la piel.

No comprendía a que estaba refiriéndose.

—Puedo encontrar maneras de hacer que me digas la verdad. Puede doler o puede que te guste. Depende de lo que digas. —Daemon mordió suavemente mi oreja.

Uno de sus dedos subió por mi pierna derecha, quería meterse de nuevo allí, donde yo parecía no tener control y estar siempre húmeda.

Luego, con su otra mano apretó suavemente mi cuello. Era una advertencia. Me sentí acorralada. En realidad, no comprendía sobre que me estaba hablando. Esto era una locura. Miré a Daemon, tratando de pensar en qué le diría ahora. Yo creí que este sitio era un lugar donde solo tenían sexo y hacían esta clase de cosas. No entendía que había algo más, nadie me lo había dicho. Esto solo complicaba las cosas. Comenzaba a darme cuenta de que corría un gran peligro.

—Si, lo siento. No debí fingir. Lo sé muy bien. —murmuré, comenzando a sujetar su miembro entre mis manos, la erección no tardó en llegar.

Necesitaba que me creyera, que me dijera información para poder seguirle el juego.

Sentir su miembro erecto como piedra en mis manos me hizo humedecer más.

—¿Por qué fingiste que no? —preguntó él, sonriendo con malicia. Esa era la sonrisa más seductora del mundo.

—No quería romper el ambiente de relajación y placer. —solté, fue lo mejor que se me ocurrió.

Entonces él se inclinó lentamente hacia mí, nuestros labios se rozaron un segundo, como un beso que no era, que todavía no podía ser. Era una atracción tan fuerte.

—Bueno, me gusta que sea así. —acarició mi rostro, con una dulzura que me volvió loca. —Porque sería malo arruinar esto. Puedes tener una semana de entrenamiento con Sophie, ella te mostrará cómo deben actuar cuando llegue la primera misión.

¿De qué estaba hablando? Acaso… No lo sé, ellos eran mafiosos, esto podía significar cualquier cosa. Quería largarme corriendo de aquí. Pero él. Él me estaba mirando, quería que siguiera tocándome. A la vez, quería escapar de este gran problema en el que me estaba metiendo.

Sorpresa

Volver a mi cuarto había sido de las mejores sensaciones que había tenido en toda mi vida. El alivio que fue cerrar la puerta y echar sobre la cama, cubriéndome hasta la cabeza con las mantas era indescriptible.

Aunque fuera una ilusión, porque ellos podían abrir la puerta en cualquier momento. De igual modo, estar un poco a solas me daba estabilidad.

Piensa Teresa, ¿Qué haremos ahora? Estoy en problemas… Pensé, en silencio, con las mantas sobre mi cabeza, como si así me protegiera de los males del mundo.

Quería gritar y salir por la ventana. Huir de allí, volver a mi vida normal, a mi trabajo. Maldita sea, lo que estaba sintiendo siempre.

No engañaba a nadie diciendo que tenía el coraje para huir. Pero necesitaba más coraje y valentía para quedarme allí.

¿No será en realidad que te quedas porque estás loca por ese mafioso? Una voz me dijo esto dentro de mi cabeza.

Negué, apretando los puños. No iba a enamorarme del primer hombre que tuviera contacto físico conmigo. Sería una tonta si lo hiciera. Y yo no era ninguna tonta.

Vine aquí por una razón.

Descubrir la verdad sobre un crimen. Y ahora, quizás descubriera incluso otro crimen. Porque esto de lo que Daemon me habló era algo particular, secreto, que nadie sabía. Cuando investigué este sitio, no hablaba sobre nada de misiones. Por ello, tenía que investigar y también podría sacarlo a la luz.

Metería en prisión a todos estos lunáticos lujuriosos.

Alguien tocó mi puerta al día siguiente. Me dormí pensando en mi objetivo, en tener la mente clara para lograr lo que me proponía. Tenía que ser fuerte, solo yo podría pelear para que esto fuera desenmascarado.

—Pase. —dije, con una voz amable.

Llegó la hora de fingir de nuevo. Me coloqué un vestido de coctel, con cuadros estampados de color celeste y blanco, en tonos pastel. El escote era notable, mis pezones se traslucen en la tela tan delgada en la parte del busto.

Caminé con más seguridad.

No era nadie de los que pensé que sería. Allí, de pie, estaba Scott, con una bandeja en la mano. Me estaba trayendo el desayuno.

—Pensé que tendrías hambre. —dijo él, sonriendo.

Llevaba una vestimenta normal. Me había olvidado de su existencia por completo. Él era la única persona allí que parecía ser normal. No me miraba con lujuria, ni con esos ojos como los demás allí. Parecía tener una personalidad diferente. Llevaba una chaqueta de jeans y una camiseta blanca, con el cabello rubio algo despeinado.

—Gracias. No sabía que te quedarías… —empecé a decir.

—Sí, por unos días más. Luego me iré. —se sintió algo incómodo. —Bueno, espero que comiences bien este día.

Me miró con los ojos algo brillantes, sonriente. Luego, se marchó sin decir más. Le agradecí con una sonrisa. No sabía que decir en realidad, porque esto era extraño. Su actitud conmigo era muy atenta. Él era el hermano de Daemon, quizás él lo mandó a que viera cómo estaba yo después de lo que ocurrió anoche.

Escuché que los pasos no se alejaban de allí. Sino que se quedó cerca de mi puerta. Eso me pareció muy extraño.

Caminé de puntillas hacía allí, como para ver qué es lo que ocurría. Él estaba en un rincón, agazapado, haciéndome señas de que me acercara. Señaló hacia una de las lámparas del techo.

Maldita sea, ya sabía que era. Era una cámara, allí me estaban vigilando sin que me diera cuenta. Él me estaba diciendo que fuera con él.

La tensión crecía en la habitación.

Me pegué a él para que la cámara no pudiera captarse.

—Ten cuidado, Cady, si ese es tu nombre verdadero. —dijo él, susurrando en mi oído.

—¿Qué? ¿A qué te refieres? —pregunté, murmurando en voz baja.

—Este no es tu hogar. Deberías irte antes de que se den cuenta de que eres una farsante. ¿Mi hermano te habló de las misiones? Porque ahí, si te equivocas, estarás muerta.

Su tono de voz era severo a pesar de que estaba susurrando. Sentí su respiración muy cerca de mi cuello. Se me erizó cada parte de la piel. Él estaba advirtiéndole sobre algo. Tuve una punzada de temor.

—No… —tartamudeó, tratando de que se me ocurriera algo.

Esto me había dejado sin palabras.

—No me mientas a mí. Pude oler que no eras una de las chicas de la mansión. No sé cómo hiciste para venir aquí ni porqué. Pero te diré que pronto, las cosas se pondrán feas. ¿Has matado a alguien, Cady? Porque tendrás que hacerlo.

Su mano sujetó mi rostro, como para examinarme. Él sonrió, sabiendo que la respuesta era un rotundo No. Por supuesto que no había matado a nadie nunca. Esto se estaba saliendo de control. Él me miró fijamente, su cuerpo pegado al mío hacía que sintiera que mi corazón palpitaba demasiado rápido.

—Huye. —dijo él, con una mirada severa. —Vete antes de que sea muy tarde.

—No puedo hacerlo… —sentí que las lágrimas se me iban a escapar. —No…

¿Por qué vine aquí? Me pregunté mil veces, mal diciéndome a mí misma por tener esta idea.

—Quiero hacer lo correcto. —dije, hundiendo mi mentón en su hombro, porque estábamos tan cerca que no me costó nada. Era como si sintiera que era la única persona allí que no me iba a matar.

Mi hermana, ella merecía que yo atrapara al culpable. Y estaba cerca, ese hombre y su sumisa, el tal Eduard. Tenía el presentimiento de que él había matado a mi hermana. Sam tenía puesta la tobillera.

Lloré, no pude evitarlo. Los nervios me estaban volviendo loca. Me sentía superada por toda la situación. La sensación de asfixia y ahogo a la vez presionaban mi cuerpo.

—Pronto vendrá Sophie, trata de fingir. Si de verdad debes quedarte, trataré de ayudarte. —Scott me miró con desaprobación, como si estuviera viendo a alguien que pronto estaría muerto.

No dije gracias, no pude hacerlo. Él me apartó con brusquedad y se marchó, para que la cámara no lo captará. Me dejó a solas allí, me observé en el espejo. Retoqué mi maquillaje rápidamente para que no se notara que había estado llorando.

Sophie llegó unos minutos después.

Instrucción

—Estás acalorada. —dijo ella, mirándome fijamente.

Parecía que estaba leyendo mi alma con sus ojos. O quizás yo estaba demasiado aterrada.

—Has venido a entrenarme. —me adelanté a decir, me di cuenta que de verdad me hallaba sonrojada.

—Sí cariño, no te apures. —Sophie caminó por toda mi habitación.

Ella llevaba un vestido de color rojo, con tela delgada, al igual que mi vestido. Tenía el pelo suelto.

—Lo lamento. —me senté, estaba tensa.

—De igual modo debes saber cosas o no estarías aquí. Me ahorrará tiempo. —sonrió, acostándose sobre la cama y echando su cabeza hacia atrás.

Miró el techo, como si esto fuera un juego.

—Sí, puedo derramar sangre cuando sea necesario. —dije, con los ojos puestos en ella, para leer sus gestos y tratar de adivinar lo que vendría.

Las advertencias de Scott habían sido más que claras. Allí no estaba a salvo.

—No creo que haga falta, mientras hagamos nuestro trabajo nada saldrá mal. Sabes, es extraño. Creí que Daemon no querría que hagas la misión, porque parece muy celoso de ti. —dijo ella, arqueando las cejas. Luego suspiró. —Supongo que no le molesta que otros hombres poderosos te vean.

¿¿Qué?? Me pregunté, con total temor. Esto debía ser una maldita broma. Ya no sé cuántas veces pensé eso. Eres una tonta Teresa, por supuesto que tendrás que seducir a un grupo de gangsters para sacarles dinero o algo así. Era lo que debí imaginar desde un principio.

—Ah. —dije, fue lo único que atiné a decir. —¿Cuándo…?

—Oh, en dos semanas tenemos una velada. Allí, las chicas comenzaremos el show. Es simple, las bebidas están modificadas para que tengan un efecto somnífero. Debemos bailar, hacer un show para distraerlos y luego, bueno comienza la operación. Una de nosotras, siempre Sam, es la encargada de las cuentas.

No quise preguntar, seguramente era algo intrincado. Si cuestionaba todo, levantaría sospechas. Haría como si supiera todo.

—Ellos nos aman, somos las bailarinas más codiciadas, tenemos shows que dejan a todos sin palabras. Al día siguiente, todos creen que se han acostado con nosotras. Porque se han divertido mucho.

A juzgar por su expresión, no nos acostamos con ellos. Solo era un show. Pero cómo harían para que eso no tuviera consecuencias… Si eran otros jefes de la mafia, alguien alguna vez sospecharía que algo sucedía ¿Qué es lo que hacía Sam? Esto era muy complicado y extraño. No podía seguir preguntando.

—Los shows me divierten mucho. ¿Acaso no han tenido a una enfermera? Me gustaría disfrazarme de una. —pregunté, esperando dar en el clavo.

Su mirada cambió. Así supe que sí, era cierto. Mi mal presentimiento era cierto.

—Era hermosa, la más desinhibida de nosotras. Se tuvo que marchar, por desgracia.

“Está muerta” quise decirle, que alguno de ellos, seguramente Eduard o Sam, la habían matado sin ninguna clase de piedad.

Mi hermana no podía ser una de estas chicas. No… Ella me hubiera contado esto. Ya no sabía en qué creer.

Debieron obligarla. Alguien debió obligarla. Y ese alguien me las pagaría. Haría que encerraran a todos los de aquí en la cárcel. Esto no iba a quedarse así, yo era una periodista, haría que el mundo entero conociera la verdad sobre este sitio lujurioso.

Se me formó un nudo en el estómago.

—Tenemos distintos shows. Lo más importante es mantener la distancia. Sabes, porque cualquiera puede sospechar. Es como ser una actriz. Siempre sonríe. Quiero ver tu sonrisa.

Ella me observó. Sonreí lo mejor que pude, para ser perfecta.

—Debe ser una sonrisa seductora…

El día entero recibí instrucciones de teatro, algo que jamás pensé que tendría que hacer. Sophie enfatiza en mis habilidades para bailar. Me estaba haciendo practicar. Allí si teníamos ropa interior, muy delgada y casi transparente, pero era algo. Teníamos que bailar de una manera elegante, sofisticada, sugerente pero no vulgar.

—Sutileza. Eso los vuelve locos. —repetía ella, mientras me enseñaba los pasos a seguir para la coreografía.

Yo era torpe, cada movimiento que daba parecía hacerme caer al suelo. Al principio le resultó divertido. Luego, comenzó a preocuparse.

—Deberás practicar más de lo que pensé. —Sophie me ayudó a ponerme de pie.

Quedé bastante agotada de las clases de baile. Era demasiado difícil tener que moverme lento y a la vez sonreír, y también saltar de manera provocativa. No, esto no podría hacerlo nunca.

Me obligué a seguir. Ya tenía una pista, mi hermana trabajaba aquí de la misma manera que yo lo hacía ahora.

Las prácticas eran eternas para mí, cada vez se hacía más fastidioso. No me gustaba esa clase de ejercicio. Y Sophie era tan buena que no comprendía mis dificultades. Era muy talentosa bailando, demasiado. Parecía hecha para ello, cualquiera se enamoraría con solo verla unos segundos bailando. Yo debía ser así para que no me descubrieran. Ahora mismo, rogaba porque Sophie no sospechara de mi falta de talento. Santo cielo, todo el tiempo sentía una soga en mi cuello. El lugar era todavía más peligroso de lo que me hubiera imaginado.

—Al cuarto. —Escuché la voz de Daemon, que me interceptó cuando bajé a beber agua.

No esperaba que quisiera verme ahora, después de hablar con Scott. Ahora estaba aterrada… Sin embargo, me obligué a caminar, a obedecerlo. Yo era su sumisa, yo iba con él cada vez que él lo deseaba. Las palabras de Sophie resonaron, sobre que él era celoso conmigo. Quizás sentía algo por mí… No, negué con la cabeza. Eso no era importante, el maldito Daemon Racchio no era importante. Lo que él sintiera por mí no era importante. Además, solo me veía como a una de sus miles de sumisas.

Estaba esperándome, con su mirada furtiva, observando fijamente. Todo el tiempo parecía que quería matarme.

—Acércate ya. —ordenó, al tiempo en que sujetaba mi cuello haciendo que me pegara a él.

Su respiración estaba pegada a la mía, sus dedos fuertes me sostenían. Lo miré, tenía esa mirada despiadada y fría. El temor se mezclaba con un cosquilleo entre mis piernas.

Némesis

—No comprendo porque pones esa cara de rebelde. —Racchio me miró con severidad, tomándome con fuerza para que me acercara.

Apretó un poco más mi cuello. Sentí un temor que se hacía más y más grande.

—Lo siento… —dije, gimoteando para que me soltara.

Lo hizo, me soltó y cayó al suelo. El disfrutaba esto, me miraba con una malicia superior. Su porte indomable me hacía sentir diminuta, era tan fuerte.

—Eres mi sumisa. Soy tu dueño y haces lo que yo te ordeno. Al parecer estás confundiendo tu lugar aquí. —Su voz era hostil, me daba temor escucharlo.

No comprendía porque me trataba de esa manera. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me sentí tonta. ¿Qué demonios hacía llorando por esto? Él era un cretino, lo sabía desde antes de llegar aquí. Pero recordaba su maldita sonrisa, como me había hecho sentir tanto placer.

—No te vi en la cámara hoy, parece que estás haciendo algo indebido. —dijo él, su tono era amenazante.

Volvió a sujetarme, tirando de mi cabello, amenazante, su tono me hacía estremecer. Tuve miedo, mucho miedo.

Las lágrimas rodaban por mis mejillas.

—No estaba haciendo nada… Por favor… —rogué, no quería suplicar por mi vida, pero no me quedaban más opciones.

Tener que rogar por piedad como si fuera suya en realidad. La impotencia se mezclaba con el temor.

—Eres insignificante, puedo aplastarte en cualquier momento. NO ME GUSTA QUE ME DESOBEDEZCAN. —su voz penetró mis oídos.

Temblé, estaba temblando de miedo. Me estaba presionando, me trataba como si pudiera matarme en cualquier momento. Apretó mi cintura y me atrajo hacia él, mordiendo mi cuello. Era un dolor extraño, hizo que mi temperatura corporal subiera abismalmente.

—No hice nada… No… —tartamudeó. —No sé de lo que hablas… Yo no lo hice…

Traté de mentir, aunque sabía que él lo notaría.

—No tienes talento para el baile, me lo han dicho. Comienzo a creer que no me sirves de NADA. —Daemon me jaló nuevamente el cabello para tirarme hacia atrás.

Entonces una ira repentina encarnó mi cuerpo. No, claro que no iba a seguir tolerando aquellas palabras.

Actué sin pensar.

Le asestó una bofetada que se escuchó en toda la habitación. Me arrepentí en ese mismo instante. Él iba a matarme, cerré los ojos pensando lo peor, temblaba de pies a cabeza.

Yo, Teresa, había abofeteado a un magnate mafioso como si nada. Era una idiota, estaba loca, había echado todos mis planes a perder. Ahora, en pocos segundos estaría muerta.

Sentí humedad en mis labios. Luego, el sabor de la sangre. Me besó con tanta fuerza que no me di cuenta que me había mordido un poco. Metió su lengua dentro de mi boca sin piedad alguna. Lo disfruté.

Me dije a mi misma que era una maldita demente. ¿Cómo podía estar gustándome esto?

El me empujó contra el sofá de color negro, de terciopelo suave. Arrancó mi ropa con una ferocidad inhumana y comenzó a besarme en el cuello. Sentí su miembro erecto pegado a mí, tan cerca de entrar. Él se veía irresistible, sin camisa dejando al descubierto la perfección de cada parte de su cuerpo, completamente enloquecido por la ira queriendo hacerme suya ahora mismo. Sus ojos chispeaban, sedientos de deseo.

Quise acomodarme para que entrara, para que por fin ingresa con toda su fuerza y me penetrara. Él estaba frenético.

—¿Acaso quieres que te mate?

Daemon se dio la vuelta, interrumpiendo el acto, con un tono de amenaza que hizo que yo volviera a temblar de miedo.

—Acabo de revisar la cámara que me dijiste. —Scott estaba allí, había entrado al cuarto sin tocar la puerta.

Yo estaba completamente desnuda, traté de cubrirme un poco, pero fue inútil. El me miró disimuladamente, al tiempo en que seguía hablando con Daemon.

Daemon lo sujetó por el cuello.

—No es el momento. —amenazó él, gritándole y parecía que iba a matarlo también.

—Creí que ibas a matarla. La cámara falló por unas horas, no hubo problemas con la chica. —miró fijamente a su hermano, enfrentándolo.

Suspiré de alivio. Dios mío, él me estaba protegiendo como dijo que lo haría. Aunque en este momento, no sabía si quería ser protegida o no.

Me grité a mí misma internamente. ¡Teresa! ¡Por supuesto que deben protegernos! Quedó demostrado que Daemon era un monstruo al igual que los otros.

Los ruidos se oyeron en el pasillo. Sam ingresó con una botella de champaña para brindar y le dio una copa a Scott.

—Tu hermano ha decidido posponer su viaje. ¡Hay que festejar! —dijo ella, con una sonrisa notable.

Sam llevaba el cabello revuelto, una falda con tablas y un top diminuto. Scott aceptó la copa y brindó con ella. Daemon ni siquiera la miró, estaba furioso, podía verlo.

—TODOS LARGO DE AQUÍ.

Ordenó. Sam me tomó del brazo para que nos fuéramos. Mi corazón estaba demasiado acelerado. Tenía miedo, mucho miedo. Habían sucedido demasiadas cosas. Daemon era como una fiera despiadada que solo buscaba tener lo que él quisiera. Iba a someterme, y luego… Quién sabe cuál hubiera sido mi destino si pensaba que era una traidora o algo así. Me habría follado… O, me encontré teniendo ese pensamiento. Y el calor subió, aunque también pensaba en la posibilidad de que me hubiera matado. Era tan caótico, los sentimientos que tenía en mi cuerpo eran un caos.

No, yo no sentía nada por él. Traté de grabarlo a fuego en la cabeza. Solo que no dejaba de pensar en él ni por un momento. Ni por un segundo. La escena de lo que no pudimos hacer, de lo que haríamos antes de ser interrumpidos, estaba repitiéndose en mi mente sin parar.

Sam nos condujo al lugar donde había una piscina, cerca del jardín. Ella bebió una copa de champaña. Scott me miró y me guiñó un ojo, me había salvado.

Fue en ese instante en el que me percaté de que yo seguía enteramente desnuda. Por instinto, para cubrirme, me arrojé al agua de inmediato para que no siguiera viéndome. Sam hizo lo mismo, pensando que estaba jugando.

Maestra del disimulo

El agua suavizó cada parte de mi piel, haciendo que me relajara y no quisiera salir de allí. Otro chapoteo se hizo notar, Sam habría saltado cerca de mí. Ella estaba nadando, divertida, como una sirena cantaba por momentos.

¡Salta Scott! —gritó ella, soltando una risita.

Saqué mi cabeza del agua para respirar, completamente mojada. Miré a Scott, que se quitó la camiseta para entrar al agua. Me sentí abrumada. Me quedé cerca de Sam para no seguir actuando como una mojigata nuevamente. Allí todo era normal, que yo estuviera desnuda no hacía la diferencia.

No te pongas nerviosa, Cady. Solo nos divertimos. —ella sonrió, dándome la mano para que ganáramos juntas.

—Lo sé. —respondí, con algo de hostilidad.

—Ella no se divierte. Es una chica severa, aunque no lo creas. —Scott habló esta vez, sonriendo.

El también actuaba, lo podía leer en él. Cuando estuvo conmigo fuera de los ojos de las cámaras, actuaba muy diferente. Ahora se veía despreocupado, alocado, divertido. Antes, estaba taciturno. Al escucharlo decir estas palabras me estremecí. ¿A qué se refería? ¿Quería ayudarme? Yo creía que sí, él dejó en claro que me iba a ayudar a sobrevivir.

—Oh, entonces será una perfecta bailarina. Pero por lo que escuché, no eres muy buena ¿No? —preguntó ella, con los ojos en blanco.

Estaba siendo sarcástica conmigo. No comprendí porque estaba comportándose así conmigo. La miré con sorpresa, esto me provocó confusión.

—No… La verdad es que no… —respondí, con las mejillas sonrojadas.

Tranquila, Teresa, debes mantener la compostura. Ella me miró de arriba abajo, tratando de rebajarme.

—¿No tienes ritmo? Porque es lo principal para ser severa, ser buena bailarina. No pareces ser una. Si no quieres trabajar, entonces trata de agradarte. Te la pasas creyéndote la reina porque Daemon te escogió. —noté la hostilidad creciendo.

Sus ojos estaban fijos en mí. Estaba enojada conmigo. Pero yo no le había hecho ningún daño.

—Debo tomar más lecciones. Sophie se esfuerza en enseñarme. —murmuré, con los ojos en el suelo de la piscina. —Me haré buena con más prácticas.

Traté de aislarme del mundo, de no escuchar más. Como si así pudiera escapar de esta situación tan tensionada. No lo logré. Ella me tomó de la mano y me empujó hacia Scott. Él me sujetó para que no me golpeara contra el borde de la piscina. Sentí mi cuerpo pegado al suyo. Me sujetó por la cintura y me atrajo hacia sí.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté a Sam, tratando de no sonar grosera.

Ante todo, debía mantenerme serena. Ella no debía sospechar nada de mí.

Baila para Scott. Quiero que lo seduzcas. —dijo ella, con un tono amenazante.

La expresión de sus ojos se volvió tiránica. Su sonrisa era torcida, apretada, como si esto la divirtieron muchísimo. Se mordió el labio inferior.

—No… Yo soy la sumisa de Daemon. —respondí, alejándome de Scott.

Él se veía confiado, me miró detenidamente y eso me provocó un cosquilleo.

—¿Y? No te querrá si no sabes bailar. Si no quieres, podemos probar llamar a Daemon ahora. —Sam sonrió. —Además no van a follar, solo tienes que bailar.

El agua parecía estar más tibia, como si la tensión la calentara. No sabía qué hacer ni que decir, me sentí tan acorralada que mi mente estaba en blanco. Mi baile era terrible, no lograría hacer nada, solo se burlaran de mí.

—O puedo pensar un poco mal de ti. ¿O porque alguien tan poco talentoso para el baile estaría aquí? Donde es la misión principal. —su voz se hizo más ronca.

Scott no decía una palabra. El no me defendería para nada, solo estaba cumpliendo su papel. Quien sabe que cosas tendría que ocultar él también aquí. Daemon, si él venía… no, no quería que me viera haciendo el ridículo con mi baile. Eso lo enoja todavía más y… No ansiaba que se burlara tampoco.

Quería ser mejor en esto antes de que él me viera.

—No soy exigente. —Scott soltó una risita.

Tener que seducirlo sería complicado. Porque él era guapo, sí, pero no sentía una atracción con él como si con Daemon, que parecía salido del mismo olimpo.

Cerré los ojos y rogué que Sam se mostró convencida con mi esfuerzo. Bailar dentro del agua era cien veces más complicado que hacerlo fuera de la superficie.

Mi primer movimiento fue estirando la pierna para realizar un paso de los me enseñó Sophie. Tenía que estar cerca de él. Scott me ayudó, sosteniéndome para que pudiera saltar cerca de él. Luego, subí en un salto, para que me sostuviera con ambas manos y entonces bailé.

De un tropezón, estuve a punto de caer. Tenía el interior de mi cuerpo en llamas. Todo esto me hacía sentir extraña, como si en parte, estuviera disfrutándolo. Daemon había estado a punto de penetrarme y quería volver el tiempo atrás para que lo hiciera.

Al caer, Sam soltó una risa. No me lastimé, Scott me sostuvo. Él tenía pantalones de traje de baño, pero de igual manera su miembro erecto estuvo cerca de introducirse en mi coño, por el contacto al estar tan cerca y al chocar contra él.

Me sonrojé. Estaba ardiendo.

—Estás sonriendo. Oh, querías follar ahora. —Sam pareció olvidar mi accidente de baile. —Te entiendo, debe ser difícil que no lleguen al acto final. Estarás desesperada en unas semanas… Daemon te volverá loca. Él te probará, jugará contigo para que folles con otro por la abstinencia y luego, bueno…

Soltó otra risita.

Ya sabía que quería decir. “Estarás muerta.”

Oh, era una maldita cínica. Quiso que esto sucediera para que tuviera algo con él y así Daemon me matara.

Me aparté de inmediato de Scott. Él me observó con una mirada protectora.

—Aprobaste. Me ha gustado mucho. —dijo, sonriendo, con los ojos brillantes.

Tuve que hacer un enorme esfuerzo para sonreír, para fingir que este mundo me encantaba. Todavía está hirviendo por dentro, con esa mezcla de sensaciones. Sam me miró con algo menos de desprecio y llenó más copas para seguir con el festejo.

Investigación

Por un regalo divino, pude cenar sola en mi cuarto sin que nadie requiriera mi presencia. Busqué una bandeja con sándwiches de atún y la llevé, cerrando la puerta y quedándome a un costado de la habitación, en el suelo.

Ni siquiera quería subirme a la cama. Quería hablar con alguien que no fuera todas las malditas personas que vivían aquí. Me sentía acorralada con cada paso que daba. Solo Scott había hablado con sinceridad y él no podía hablarme o nos descubrirán. Así que estaba sola, completamente sola a merced de ese demonio cuyo nombre era Daemon.

Lo odiaba, lo odiaba tanto. Lo peor era que también lo deseaba, no podía borrarlo de mis pensamientos. Me regañé por ser tan lujuriosa, me dije a mi misma que me estaba convirtiendo en una mujer totalmente diferente. Estaba volviéndome loca.

Alguien llamó a la puerta.

—¿QUE QUIEREN MALDITA SEA? NO PUEDO ESTAR NI UN SEGUNDO A SOLAS. ¡Lárguense!

Eso solo sonó dentro de mi cabeza. Tuve que hacer silencio, ponerme de pie y sonreír. Mi teatro sin fin, una actriz fingiendo que no le gustaba vivir en una fantasía llena de placer.

—Pasa. —dije, asintiendo con un gesto cordial.

Sophie entró al cuarto con una copa de helado para ofrecerme.

—No tengo hambre. —solté, aunque se veía bien, no quería comer nada ni hacer nada que viniera de ellos.

—Se que pasó algo con Sam. —Sophie se sentó en uno de los sofás.

Llevaba puesta una túnica blanca y delicada, que dejaba al descubierto todo su pecho y una falda diminuta debajo. Llevaba el cabello recogido en una cola alta. Me miró con algo de tristeza.

—No es bueno que te trate así, hablaré con ella. —puso una mano sobre mi hombro como para consolarme.

Quise quitarla, pero me sentí bien, que me estuviera consolando me hizo sentir un poco menos amenazada. Tomé aire, respirando profundo para estabilizar mis ideas. Quizás pudiera sacar información de todo eso, quería ser fría, como un agente encubierto.

—No, no hace falta. Es así su carácter. —respondí, con una sonrisa, acercándome a ella.

Apoyé mi cabeza sobre su hombro para descansar. Ella acarició mi cabello.

—Sam no confía mucho en nadie nuevo, no hasta que ganes su confianza. Pero estas yendo bien, sabes, la otra vez que hicimos el show ella estaba entusiasmada contigo. Has sufrido mucho, debes perdonarla.

Sophie acarició mis hombros, masajeandolos para que pudiera estirar la espalda. Al hacerlo, sentí que me relajaba de golpe. Ella tenía las manos hábiles para hacer masajes.

—Túmbate. —dijo ella, sonriendo. —Te relajarás un poco ahora.

Comenzó a realizar un masaje intenso en mi espalda. Estaba subida y presionaba los puntos específicos donde tenía contracturas. Me di cuenta que nunca había relajado así mi espalda en años. Ella descontracturo cada parte con una habilidad que me dejó sin palabras.

—No debes preocuparte por las cámaras. No hay una conexión a internet tan buena a las 19:00, es cuando se hace el mantenimiento. Allí puedes tener un espacio a solas en tu habitación o donde lo desees.

Sophie me estaba haciendo un enorme favor. ¿Pero cómo podría creerle? Si esto fuera cierto, incluso podría hablar con Scott. No sabía qué hora era de todos modos.

—Es cuando el sol está saliendo, lo verás por la ventana, te darás cuando la cámara no emita movimientos para moverse ni seguirte. —habló con una voz suave, al tiempo en que sus manos bajaban para masajear mis muslos.

Corrió mi falda para tener al descubierto mis glúteos y comenzó también a realizar otro masaje. Me sentí intimidada, el calor me invadió. Oh no, no otra vez. Pensé. De igual manera, esto era lo que los chicos de esta mansión amaban, vernos así de acaloradas. Pero Sophie se mostraba amable conmigo, como si quisiera ayudarme a sobrevivir.

Hundió su dedo índice cerca de mi clítoris y esperó, suavemente, a tocarme con lentitud. La humedad creció de manera bestial.

—Has dicho que Sam ha sufrido mucho… —Era el momento para seguir hablando, cuando el clímax de seducción empezaba.

—Sí, ella es una chica ruda. Por ello, cuando aprecia a alguien lo hace con todo su corazón. Ella era especial para nosotras, tanto que…

Se detuvo en seco, parando de hablar. Fue cuando me di cuenta que estaba hablando de mi hermana. Todo indicaba que mi hermana tenía el mismo trabajo que yo aquí. Esto no tenía sentido.

—¿Qué le sucedió? —pregunté, en voz baja, siguiéndole el juego, acariciando su seno y endureciendo su pezón.

Los pasos se oyeron por el pasillo. Sophie me miró con suspicacia, estaba eufórica, le gustaba mucho que yo participara en sus juegos.

—Tuvimos una pérdida terrible. Sam se comportó extraño desde ese entonces. —murmuró, casi entre susurros, cerca de mi oreja. —Pero podemos hablar más si tomamos un trago y nos divertimos, Collin viene para aquí.

Me guiñó un ojo. Ella quería montar un show para su amo, era evidente. Mi cabeza estaba llena de preguntas. Mi hermana… Sam era el principal culpable igual que su amo. Ambos eran taciturnos y extraños. Yo debía llegar al fondo de este asunto. Iba a embriagarme si era necesario.

Collin entró por la puerta invitándonos a la sala, él llevaba un traje elegante que le sentaba bien. Tomó a Sophie de la mano como si fuera su príncipe azul y ella una princesa.

—Vamos a divertirnos. —declaró ella, tomándome de la mano.

Cada minuto allí parecía haber una fiesta de lujuria y no sabía cuánto podría resistir esto. Sophie comenzó a beber con mucha rapidez. Eso revelaba que estaba ocultando algo que deseaba salir. Y yo le interrogará a mi manera para sacar toda la información necesaria.

Sophie me subió la falda para que jugábamos y ella, me cubrió la desnudez. Collin nos miraba fijamente con una mirada intrigante. El no parecía un mal sujeto, era atractivo y tenía los ojos luminosos y vivaces. Ninguno de ellos era tan atractivo como Daemon, por muy guapos que fueran los demás me costaba tanto quitármelo de la cabeza.

Veneno

Sophie me llevó hacia el lugar, donde los tres iniciaremos el juego. Estaba nerviosa, demasiado nerviosa por lo que iba a pasar.

Collin me miró, más que mirarme me atravesó con la mirada. Yo estaba desnuda, sentí un calor intenso entre mis piernas. Me sonrojé, otra vez me sonrojé.

—¿Quieres sentir la humedad de Cady? Es increíble. —dijo ella, con un tono de voz suspicaz.

Él me miró, esperando que me negara o que dijera algo. Es que yo tenía mis propias preguntas. Sophie introdujo su dedo índice y me acarició, haciendo que soltara un gemido sin que pudiera contenerlo.

Ella cubrió mi cuerpo con una de las mantas que había allí. Me guiñó un ojo, porque esto no era correcto. Daemon podía enterarse, de que Collin estaba demasiado cerca de mí. Aunque, si no pasaba a mayores… ¿Qué estás pensando, Teresa? Oh, cada día estaba peor.

Solo el sexo no estaba permitido, pero todo lo demás sí.

Collin se acercó a mí, con una mirada tan seductora que me dio un cosquilleo fuerte. Era una chica incontrolable, me dije.

—Solo siente un poco su calor… —murmuró Sophie, acariciándome los hombros lentamente.

Collin se acercaba, cada vez más. Lo peor era que yo no quería rechazar que lo hiciera. Era como si quisiera romper un poco las reglas, las reglas de mi propia vida. Tanto tiempo estuve sin sentir nada, nada de calor. Ahora, era algo de cada hora, de cada minuto. Quería tratar de mostrarme fría, pero siempre estaba en llamas.

Su mano comenzó a caminar cerca de mis muslos, entre mis piernas, con delicadeza, jugando. Al introducir su dedo, mi humedad creció. Oh, cuando vi su miembro erecto, fue peor. No quería ser así, en ese instante me planteé regresar a casa, aunque fuera corriendo por mi vida. Era demasiado, estaba rompiendo los límites.

—¿Quieres que él te folle? —preguntó Sophie, con la voz dulce, endureciendo mis pezones con sus dedos.

Collin bajó con su dedo, acariciándose, haciendo que estremeciera. Luego me aparté de golpe, quedando enteramente desnuda frente a él también. Me miró con una lujuria que derrochaba seducción.

—Quiero jugar contigo. —le dije a Sophie, para que cambiáramos el tema.

Si continuaba cerca… Era un peligro constante. Si Daemon quería volverme loca por ser virgen todavía no iba a darle el gusto. No iba a perder.

Un grito se escuchó en cada parte de la mansión, un grito desgarrador y femenino. De inmediato, todos se cambiaron, poniéndose la ropa nuevamente. Subimos las escaleras para ver de dónde provenía el grito.

—Es Eduard… —comenzó a decir Sam, que lloraba y estaba descontrolada.

Ella tenía puesta una bata de baño, ambos estaban tomando un baño en la tina de agua caliente. Pensé que quizás podría haberse descompensado por la alta temperatura.

Al levantar la vista y ver a Eduard, contemplé que también tenía una bata de baño, estaba en el suelo, convulsionando.

—Hay que llamar a emergencias. —dijo Sophie, mirando a Daemon con severidad.

—Cuando el jefe lo permita, iré al carrusel a buscar el contacto. —Stella estaba allí, mirando horrorizada la escena.

—No tiene mucho tiempo. Deben actuar ya. —dije yo, tartamudeando, no sabía cómo reaccionar.

Esto era una maldita locura, la imagen era terrible. Daemon asintió con la cabeza, demostrando que él era el jefe allí, el superior. Stella salió corriendo y comenzó a bajar las escaleras.

Quise seguirla, porque quería ver cuál era ese sitio al cual solo se podía acceder si se tenía el permiso de Daemon. Pero él me sujetó de la mano. Me atrajo y me apartó de la multitud.

—¿Le hiciste algo? —preguntó él, con los ojos fijos en mí.

Yo estaba pálida. El temor comenzó a aflorar en mí. Pensaba que yo lo había envenenado.

—No sé de qué hablas… —respondí, con la voz temblorosa.

No quería volver a pasar por lo mismo. Pensé que iba a interrogarme, pero, por el contrario, Stella anunció que vendrían a la entrada de la mansión a llevarse a Eduard. Daemon lo cargó para llevarlo, apartándose a mí y al resto de las chicas.

Sophie apretó mi mano.

—Esto es horrible. —me dijo. —Hace unos minutos estábamos divirtiéndonos y ahora…

—¿Qué pudo sucederle? —pregunté, tenía miedo, mucho miedo, porque cuando Daemon regresara todo iba a empeorar para mí.

Sam me miró con seriedad, viniendo hacia mí. Parecía a punto de abofetearme.

—¿Qué crees? ¿Eres tonta? Alguien le hizo daño, estaba de lo más bien, habíamos terminado de bañarse, el me dio un masaje y nos divertíamos. Platicábamos, estaba todo en orden. Algo le sucedió. Y nada de esto ocurría mientras tú no estabas aquí. —Ella me empujó hacia atrás.

—No los sabemos, Sam. No te desesperes. Sé que esto es horrible. —Sophie apartó a Sam, cubriéndome. —Además sabes que esto ya ocurrió una vez y sin Cady.

Esto último, lo susurró, con complicidad con Sam. Claro que sabía a qué se estaban refiriendo. Tragué mis palabras y me quedé allí, de pie, esperando que el tiempo transcurre y se llevarán a Eduard.

Solo Collin regresó, luego de unas horas, pero Daemon no.

—Daemon se quedará hasta que Eduard se recupere. Es un día, ya lo estabilizaron. Dice que fue una intoxicación por alimentos y ya está fuera de peligro. —Collin sonrió, con tranquilidad.

Las cosas habían sucedido demasiado rápido.

Sam me observó, como si quisiera matarme. Cuando dijo intoxicación alimenticia, sabía que iba a señalarme como culpable. Porque ella pensaría que yo traté de hacerle daño. Aunque no lo había hecho, yo no era culpable.

Debía tratarse solo de una mala coincidencia. Considerando que allí era un lugar peligroso, podía tratarse también de un ataque.

—¿Escuchaste? —Sophie me tomó de la mano. —Daemon no está esta noche, eres libre gatita. —guiñó un ojo.

Scott también estaba allí, vino apenas Collin regresó. Todos estaban al pendiente de lo sucedido. Pero yo, ahora tenía peores problemas…

Ella está sospechando

—¿No estás saltando de alegría? —preguntó Sophie, su mirada se iluminó.

Oh, sí, era genial ser acusada de envenenar al jefe de la mafia más peligroso y estar rodeada de potenciales enemigos. Sentí que me desvanecerá si seguía pasando por estos nervios tan frecuentes.

—Sí, por supuesto. —fingí, era la reina de la mentira.

—Yo la acompañaré a buscar un disfraz perfecto. Tengo una idea. —Sam me empujó levemente a un costado.

Eso me hizo sentir atacada. No quería ir con ella. Maldita sea, me estaba tratando de leer la mente.

—¿Un disfraz? —pregunté, con la duda plasmada en mis ojos.

Esta libertad no era buena, no para mí, porque todo era peligroso aquí. Ahora, podrían estar sospechando de mí. Sam era la peor de las compañías para mí, deseaba estar en cualquier parte menos con ella.

—Sí, se me ocurre algo. Podemos hacer una fiesta de máscaras. Allí, podría pasar cualquier cosa … No podremos saber quién es quién… —ella sonrió, con suspicacia. —Tendremos que adivinar.

—Lo permito. Será divertido. —Collin sonrió, era el más relajado de los tres mafiosos, él solo parecía querer divertirse y nada más.

Sophie sonrió.

—Es una idea excelente. —asintió, al tiempo en que Sam me tomaba del brazo para ir con ella.

Arrastré los pies al salir de esa habitación. Sam no dijo ni una sola palabra hasta que llegamos a uno de los pisos de arriba, donde estaba el enorme armario de disfraces.

—Me sienta bien el color café, podría tener un disfraz de ese color. —murmuró ella, indicándose que entrara rápidamente.

—Si, te quedaría… —empecé a decir, con nervios, mirando hacia todas partes para estar en alerta.

Miedo, sentía demasiado miedo a ser descubierta. O a que ella quisiera hacerme algún daño.

Ella soltó una risa.

—Estás hecha un manojo de nervios, Cady. —dijo, divertida por mi manera de comportarme, mi hostilidad era notoria…

Me sentía como una presa siendo acechada por un terrible depredador.

Ella sacó de uno de los cajones una máscara con plumas de color dorado y verde esmeralda. Tuve que reconocer que contempla maravillada esa belleza. Era un antifaz de media cara, totalmente cubierto de pedrería, tan bonito que dejaría sin palabras a cualquiera que lo observara.

Solté un suspiro al verlo. Quizás estaba exagerando todo, este lugar era diferente del mundo real. Tenía que dejar de comportarme como Teresa, ahora era Cady.

—Esto me encanta de verdad. —dije, sonriendo y sin dejar de sostenerlo.

Frente al gran espejo con luces, me coloqué el antifaz, contemplando mi imagen. Al colocarlo sobre mi piel, sentí un pequeño sonido, como si algo se accionara. Ella sonrió.

—Son especiales, no solo son hermosos, Cady, sino que tienen muchos usos… —Sam tocó mi hombro, masajeandome, para luego apretar levemente mi cuello. —¿Sientes el calor?

Ella palpó mi piel, que estaba hirviendo. La temperatura corporal de mi cuerpo se disparó. Sentía una sensación nueva, frenética, algo estaba dominando. ¿Qué era esto? Dios mío, cada día descubre que era menos Teresa, que Teresa desaparecía de mí. Esa joven virgen y pudorosa estaba siendo pisoteada por Cady.

—El antifaz tiene una sustancia que se libera al entrar en contacto con la piel. Estimula todos tus sentidos, es decir… Te excitaras el triple. No podrás controlar ninguno de tus instintos… —ella comenzó a colocarme uno de los vestidos casi transparentes que había allí.

Luego, me colocó una tiara, ese era el disfraz.

—Vamos. —me empujó levemente hacia adelante, dándome un ligero golpecito en los muslos. —Quiero verte caer en la tentación… Querida, no debiste venir aquí.

El calor se multiplicaba abismalmente. Ella me miraba como si estuviera por devorarme, como si yo fuera una indefensa presa que estaba por cazar sin piedad.

Me ordenó bajar las escaleras.

—Los muchachos estarán deseosos de verte así… Y tú también querrás más, cada minuto querrás más… —Sam me llevaba de la mano.

Todo mi cuerpo cosquillear. Desde mis pies, mi coño enteramente, mis pezones, todo se sentía tan intenso. Como si estuviera envuelta solo en pasión.

—Cuando Daemon regrese, tú ya no serás virgen. Oh, cariño, te arrepentirás de haber venido cuando esto ocurra… Ninguno de nosotros podrá salvarte de su ira… Y lo peor será que no podrás detenerte. —guiñó un ojo. —No debiste venir aquí a husmear, sé que hay tramas.

Me sujetó por el cuello, para amenazarme. Apretó la piel.

—Te veré morir hoy, Cady o cualquiera que sea tu nombre. —sonrió, acariciando mi mejilla ardiente.

Juntas, regresamos con la pila de disfraces junto con los demás. No podía describir con palabras lo que me estaba ocurriendo. Era una montaña rusa de sensaciones, el calor que estallaba un sinfín de veces.

Ella quería demostrar que era mejor, que era más fuerte. Sin embargo, aunque me sentía como una presa, las sensaciones me hacían cambiar. Un atisbo de fuerza se elevó en mi corazón.

Yo podía tener el control, aunque fuera solo un poco, para no dejar que ella dominara esto. Tenía que sobrevivir, debía hacerlo por mi hermana, por su justicia.

La sangre derramada debía ser vengada. Yo tenía que ser fuerte. Me dije a mi misma que tenía que soportar lo que fuera.

—No. Hoy no me verás morir. —levanté la cabeza, sin dejar que siguiera ahorcándose.

La aparté de mí.

—Tú serás quien hoy reciba un castigo. —sonreí, con los ojos fijos en ella.

Oh no, no iba a vencerme así de fácil. Esta cosa que me hizo no sólo elevó mi nivel de excitación, sino que elevó mi valentía. Porque no estaba dispuesta a perder, así como si nada.

Sam pagaría por meterse conmigo. Bajamos con los demás, yo llevaba puesto todavía el antifaz. Miré a Scott, que estaba observando fijamente.

Esta velada sería larga. Cada minuto, mis instintos se aceleraban, el calor trepaba por mi cuerpo y las sensaciones eran plenas. Mi objetivo, no debía alejarme de mi objetivo.

La fiesta estaba comenzando. Scott murmuró unas palabras en mi oído, acercándose a mí y haciendo que se me eriza la piel.

“Deben apegarse al plan”

Lo que siento

Objetivo. Pensé, sin parar. Un sinfín de sensaciones que se multiplicaban por mi cuerpo.

Jamás, en toda mi vida, creí que mi vida estaría tan colmada de placer.

Sophie colocó unas hojuelas especiales en cada una de las máscaras. Me acerqué para ver de qué se trataba. Yo ya había sido prácticamente envenenada con esta cosa que Sam se atrevió a usar. Debía cerciorarme de que no me daría otra cosa extraña que podría matarme.

—¿Qué es eso? —pregunté, al tiempo en que acariciaba lentamente su cabello.

Ella arrugó la nariz en una mueca divertida, relajada. Luego, soltó una risita.

—Son para los ojos, para colocar en el centro del antifaz. Es un velo oscuro para que la diversión sea mayor. Esta noche se romperán todas las reglas. —guiñó un ojo y apretó los labios, con suspicacia.

—Debo saber… ¿Daemon no se dará cuenta si yo pierdo…? Ya sabes. —me encogí de hombros, tratando de disimular un poco mi virginidad entre toda esa gente allí.

La verdad, me preocupaba demasiado que él regresara y me asesinara si algo llegaba a pasar.

Por supuesto que yo no iba a follar con nadie por muchas ganas o lo que fuera que tuviera en mi sangre ahora. Pero si esto era una prueba, les demostraría que era leal. O al menos era una sumisa leal, si eso existía.

—No lo hará, no podría darse cuenta porque cuando lo hagan, estará demasiado extasiado. Ellos siempre creen que somos vírgenes porque se lo hacemos creer. —Sophie sonrió, conduciéndome de la mano por el lugar, entregándome varias de las hojuelas para que las repartiera.

Me dio la mitad. Ella colocó las hojuelas en el antifaz de Collin y en el de Sam. Sabía que a mí me tocaría colocárselas a Scott. Ellas todo el tiempo querían que estuviera con él y lo sabía.

Más muchachos comenzaron a acercarse a la fiesta, muchos de los que vi en el jardín. Que apenas recordaba. También Stella, que llevaba un vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación.

Scott me estrechó contra su cuerpo para hablarme más de cerca.

—Trata de disimular, ellas quieren hacerte perder el juego, aunque no lo parezca. —me dijo, mientras su boca casi rozaba la mía de lo cerca que estábamos hablando con tal de que nadie nos escuchara.

—Lo sé. —repetí, en este momento, era la única persona en la que podía confiar.

¿Y si él también solo se burlaba de mí? ¿Si luego de hablar conmigo iba con los demás a mofarse y a preparar mi muerte? Los pensamientos se disparaban junto con el calor.

¡Eso era demasiado! Sentía la piel completamente ardiente, los sentidos se me agudizaron. Sentí el perfume de Scott impregnado en mi nariz, un aroma tentador, que me acercaba a él.

—¿Qué debo hacer? —pregunté, con los ojos entrecerrados, sentí que me humedece con su tacto en mi cintura.

Coloqué las hojuelas en su antifaz, pero tiré las mías al suelo para poder ver todo con claridad. Eso me daría una considerable ventaja. Además, podía vigilar un poco las actividades de los demás.

La música comenzó a sonar, el baile empezó y cada uno buscó una pareja. La pasión se podía olfatear y percibir por absolutamente todo el aire. Cada minuto mis sentidos perdían el control, como si yo no dominara mi propio cuerpo. Era algo que no se podía explicar con palabras.

Scott me pegó a su cuerpo para comenzar con el baile. Él me observaba con severidad, apegándose a un plan. Pero su miembro erecto rozaba mis muslos cuando me pegaba a él estando de espaldas. Eso me hacía sentir demasiadas cosas.

Quizás… No le haría daño a nadie que yo probara…

¡Ya basta! Me grité, estaba volviéndome loca. Quería ir más allá con él y eso sería mi condena de muerte segura. Él me levantó en los aires para bailar y me alzó. Me colocó en tal posición que su boca estaba demasiado cerca de mi femineidad.

Al mirar a mi alrededor, vi que todos hacían lo mismo, era como una coreografía. El besó lentamente mis piernas llegando hacia el punto que me haría gemir. Y antes de hacerlo, dejándome en llamas, volvió a bajarme al suelo.

Agradecí que lo hiciera, porque de lo contrario, controlarme hubiera sido enormemente difícil.

Al bajarme al suelo, me condujo, bailando, hacia donde se hallaba Sam. Noté que ella sí tenía las hojuelas y estaba cercana a Collin. Scott quería que hiciéramos algo, que yo hiciera algo para dominar este momento.

Las luces de la fiesta confunden mi vista, por lo cual, los que tenían hojuelas tapando los ojos verían todavía menos.

—Vendrán pronto, mi hermano mandó un mensaje… Nadie sabe todavía —Scott me guiñó un ojo, comenzaba a comprender a qué se refería.

Tenía que pensar en algo para vengarme de ella. Esa perra me las pagaría por tener esa clase de actitud conmigo. Además, estaba sospechando de mí. Podía hacer que mi plan quedará arruinado.

Una idea brillante pasó por mi mente.

Comencé a bailar cerca de ellos dos, coqueteando con ambos, sin que supieran que era yo quien estaba entre ambos. Sentí el tacto de Collin, que se divertía todo el tiempo. Entonces, quité una de las plumas de mi antifaz y la froté sobre Sam, sobre cada parte de su desnudez como si fuera un juego, como si fuera parte del baile.

Ella estaba tan extasiada bailando con Collin que no sospecho nada. Tal parecía que siempre había estado deseando estar con él.

La sustancia de la pluma que estaba en mi piel e inundaba mis sentidos de placer también comenzó a afectar a Sam. Parecía como si estuviera en celo, comenzó a frotarse contra Collin sin ninguna clase de sensualidad, solo como una desesperación. El la sujetó con fuerza empujándola contra la pared y comenzando el acto de una manera desenfrenada. Todo fue muy rápido.

Scott me dio la mano para que me apartara y les diera espacio. Me quité lentamente el antifaz, observando aquella escena frenética.

Sam estaba a cuatro patas, se le había caído la máscara y apenas si se había dado cuenta.

Cuando Eduard entró, no notó su presencia, sus gritos incluso competían con la música que sonaba en los parlantes a todo volumen.

Sentencia

El mundo de la seducción era un terreno peligroso de explorar. Aunque aquí, las libertades eran amplias, las sumisas tenían una orden clara, en la mansión debían obedecer a sus dueños.

Por ello, me quedé helada al ver que Eduard caminó hacia Sam, cuando la música cesó.

El tiempo pareció detenerse. La música se cortó dejando un silencio devastador y penetrante. Miré a Eduard, estaba un poco pálido y se notaba que había tenido una descompensación. Eso no lo hacía ver menos molesto.

El infierno ardía en sus pupilas.

Al detenerse el ruido, Sam contempló como Eduard la estaba mirando.

—Al suelo. —Fueron sus palabras, repitiéndolas para que ella obedeciera.

Sam comenzó a llorar. El sollozo que soltó me hizo sentir mal, una punzada de culpa que se fue transformando en dolor de estómago.

Me sentí desnuda, en medio de todo este caos. No sé porqué, pero volví a sentirme como un ratoncito en medio de las bestias. Supongo que era porque por fin estaba viendo la verdadera naturaleza de un mafioso.

Collin se apartó a un lado. Miró a Eduard con severidad. Si esto fuera algo justo, tanto Sam como Collin deberían pagar por sus actos. Comenzaba a sentir que solamente Sam sería castigada y eso me apenaba demasiado.

—Por favor…—comenzó a suplicar ella.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Estaba despeinada, completamente mojada, pero ahora lloraba desconsoladamente.

—No sé qué me pasó… No comprendo… Yo no lo haría… Se cual es mi lugar aquí y solo seré tuya. —Suplicó, tratando de que él la mirara a los ojos.

Mi vestido transparente era tan delgado que me sentí desnuda y desprotegida. Volví a sentirme pequeña y vulnerable.

—Stella. —Eduard ordenó con severidad que ella viniera de inmediato.

Parecía tan enfadado, como si la fuera a matar allí mismo. Me arrepentí de todo lo que hice para vengarme. Ella estaba en el suelo, desnuda y llorando con una desesperación que me hacía sentir mal.

—Busca mi látigo. —ordenó él, esta vez, un atisbo de sonrisa se dibujó en su rostro.

Eso me espantó. Tuve miedo. A pesar de que el látigo era un arma utilizada en los juegos, ella se veía igual de aterrada.

—Por favor… Haré lo que quieras… No me mates. —se arrastró. —No me mates por favor….

¿Matarla? Tragué saliva, nerviosa. Stella trajo el látigo, sin decir ni una sola palabra de piedad ni tampoco mostrarse apenada. Ella le entregó el látigo y murmuró unas palabras en su oído.

—Conseguiré otra chica. —dijo, alcancé a oírla.

Allí, Sam volvió a llorar en llanto y suplicó.

Empecé a temblar, el sudor frío recorrió mi cuerpo. Fue cuando sentí una capa sobre mi piel. Una capa de tela gruesa y suave que me cubrió.

Me volteé para ver quien la puso en mis hombros. Al ver a Daemon, con su traje impecable y su apariencia imponente, no sé por qué, me tranquilicé.

Me cubrió con la capa y me sujetó entre sus brazos, impidiéndole que viera.

—No… —quise decirle, porque ahora no quería dejarla.

Él me cubrió la boca con las manos y me cargó para llevarme a su estudio. Los gritos de dolor de Sam inundaban los pasillos, no pude dejar de escucharlos. Quería volver a tratar de ayudarla.

Y todo aquello era mi culpa.

Me llevó sin que pudiera hacer nada y me depositó en uno de los sofás.

Sentí que las lágrimas rodaban por mejillas.

—Ella habría hecho lo mismo contigo. —Daemon me miró fijamente.

Su mirada penetrante me hizo sentir abrumada. Sentí que me cosquillea el cuerpo entero.

—¿Qué? —no comprendí a qué se refería.

Él me ordenó que hiciera silencio.

No pude contenerme.

—¿Ella morirá? —pregunté, sin poder controlar mis lágrimas.

—No lo sé. Quizás el dolor le baste. Si Eduard siente que ha aprendido la lección, entonces la soltará. —dijo, con los ojos entrecerrados, como si examinara mi reacción.

No podía seguir soportando esta maldita farsa. Quería irme ahora, avisar a la policía y que todos fueran tras las rejas. Era un sueño tonto, eso no iba a pasar. Mi hermana, a mi querida hermana pudo haberle sucedido algo así. Ella merecía la verdad. Si Eduard era el sospechoso principal y Sam su cómplice quería verlos tras las rejas.

—¿Puedo preguntarte algo? —quise saber, con la voz temblorosa, tenía miedo, mucho miedo.

Sin embargo, había algo que mi corazón no podía ocultar. Era como una especie de frágil seguridad. Cuando él me cubrió con la capa sentí que me protegía. Además de que quería cuidar mi virginidad. Era una duda que daba vueltas por mi mente y el efecto de la sustancia del antifaz hizo que no pudiera callarme.

Asintió con un gesto en su cabeza. No dijo palabras. No las necesitaba. El verse así de severo solo lo hacía mucho más atractivo.

—Tú… ¿Me harías lo mismo? Lo que Eduard le está haciendo a Sam. —pregunté, con un temblor que me inundaba de pies a cabeza.

Incluso mi voz temblaba. Él se puso de pie. Volvió a cubrirme para darme calor y me encerró en sus brazos, haciéndome sentir en un ambiente cálido y protegido.

—No, princesa. —murmuró en mi oído, con una suavidad que me estremeció. —Te haría algo peor.

Color rojo

Al escuchar sus palabras me sobresalté de inmediato. Una amarga decepción fue calando mis huesos. Y otra parte de mí se sintió como una completa idiota. Por supuesto que haría lo mismo o algo peor, si fuera un mafioso sin escrúpulos igual que todos allí. La única persona sensata allí era Scott. No podía confiar en nadie más que en él.

La ira fue dominandome. Al tener la sustancia corriendo por mi sangre, fue sintiendo una falta de control muy grande.

Fruncí el ceño.

—¿Crees que yo suplicaba y lloraba como ella? —mi mirada fue desafiante, mis ojos sulfuraba el enojo.

No podía controlarme. Al tener todo en mi interior potenciado mis sentimientos también se iban tornando caóticos e incontrolables.

Su mirada de confusión fue como un elixir para mí.

—¿Quieres que probemos? —preguntó, más desafiante todavía.

Sonrió. Parecía como si para él solo fuera un juego. Me levanté del sofá. La capa cayó al suelo y no me importó en absoluto llevar solo ese vestido translúcido.

—No lloraré. —dije, mirándolo directamente a los ojos. —No te tengo miedo.

Eso no le agradó. Me tomó del cuello para empujarme de vuelta al sofá. Impide que pueda moverme.

Estaba echando a perder todo mi teatro, todo mi esfuerzo en parecer una sumisa como todas las demás. Pero no podía controlarlo. Quería enfrentarme a él con todo mi corazón y cada parte de mis instintos.

—Eso lo veremos… —él comenzó a buscar con su mano algo en la mesa que estaba junto al sofá.

Escuché el sonido del látigo en el aire, silbando. Eso no me detuvo. De un movimiento rápido, sujeté a Daemon también por el cuello y me pegué a él, besándolo con fuerza. Un hilo de sangre corrió por su mentón. Él hizo lo mismo conmigo, mordiéndose levemente.

El calor se multiplicó.

—No actúas. Te ves diferente. —él me observó como si fuera a asesinarme ahora mismo.

Apretó más mi cuello. Sus ojos azules brillaron con claridad. El azul intenso lo hacía ver más cruel e implacable. Mi corazón latía con una rapidez impresionante.

Agudice mi mirada y besé su cuello con fuerza, mordiendo y haciendo que él me apretara el cuello todavía más.

Como si la pasión fuera dura, implacable. Sentí su corazón acelerándose junto con el mío.

Una pelea por el control. Ambos estábamos despedazandose para ver quien controlaba al otro. Su fuerza chocaba contra la mía. Sentí su miembro erecto tan fuerte que pensé que penetrara la tela de mi vestido sin problemas.

Estábamos cerca, muy cerca. Mi vientre chocaba con el suyo, mi respiración en su cuello. Su boca recorría mis hombros y bajaba por mis senos. Estaba frenético.

—No te dejaré hacerlo. —le dije, mirándolo con un odio creciente.

Me aparté un poco, haciendo que dejara de rozarme. Mi humedad corría por mis piernas y él lo notaba, pero eso no me importaba.

—¿En serio? —preguntó, acercándome lentamente y abofeteando el glúteo.

—Sí. —respondí, apartándose con una sonrisa, para luego volver a acercarme. —No te dejaré que me folles hoy.

En sus ojos pude ver la chispa de la rabia por la desobediencia. Y lo que más veía en sus pupilas, brillando, era el deseo de hacerme suya porque lo estaba desafiando. Eso me hizo arder por mi interior.

Sus dedos frotaron mi clítoris haciéndome soltar un gemido intenso. Yo hice lo mismo, tomando su miembro entre mis manos para que perdiera el control.

Me abofeteó nuevamente el muslo y me hizo gemir.

Me coloqué sobre él para que quisiera penetrarme, porque lo veía en sus ojos. Cada vez quería más, deseaba más de mí. Sujetaba con fuerza mis senos haciendo que subieran de arriba abajo con habilidad. Yo rozaba su miembro, haciendo que se humedeciera conmigo, haciendo que quisiera estar cada vez más adentro.

Y lo deseaba, por supuesto que deseaba que fuera metiéndose lentamente. Que me hiciera suya, aunque también lo despreciara.

—¿Quieres que sea tuya? —pregunté, viendo como el sudor corría por su frente mientras se esforzaba en querer controlarse, en querer dominar sus impulsos.

Entrecerró los ojos con enojo. Él quería ganar este juego, no deseaba caer en la tentación primero. Quería hacer que yo le suplicara, que fuera insoportable para mí.

—Entonces debes esperar. —respondí con una sonrisa, acariciando su gruesa espalda mientras me apartaba un poco para que no pudiera concretar el acto.

Le dije lo mismo que él me insinuó la primera vez. Eso me hizo sentir un poder dentro de mí que no creí tener. La lujuria se iba fundiendo con el rencor, con la necesidad que tenía de someterme y que siguiera sus órdenes.

Estaba estupefacto, con la pasión en los ojos.

Besó mis labios con fuerza. Me sonrió, pude verlo, no pude evitar sonreír. Nuestro beso se hizo apasionado en la furia, en la competencia de quien sucumbía primero ante esa tentación.

Estaba desnuda para él, enteramente. Sus dedos buscaron tentarlo, hacerme ver las estrellas en un orgasmo constante para que me rindiera y se lo pidiera.

Fue cuando golpearon la puerta interrumpiendo nuestro juego, nuestra competencia de tentaciones. Siempre me preguntaría quién hubiera ganado, quien hubiera resistido más el hecho de hacer el amor allí, fundidos por el deseo inconmensurable de estar juntos.

Esfumarse

—¿Qué demonios quieres? —preguntó Daemon, gritando hacia la puerta sin abrirla.

Yo estaba encima de él, toda mi desnudez brillaba y él seguía acariciándome por muy molesto que estuviera de la interrupción.

Sus ojos brillaron cuando me miró. Vi algo en ellos, algo indescriptible. Sentí que mi estómago cosquillear y la sensación de calor se transformó en emoción.

No, no era amor. Teresa, deja de pensar en esas tonterías. Un mafioso no puede sentir amor. El solo me ve como a una esclava con la cual puede entretenerse y yo solo lo estoy engañando para descubrir la verdad sobre mi hermana.

—Eduard pide la presencia de todos en la sala. —La voz era de Stella. —De los tres.

Valga la aclaración. Obviamente no pediría que las sumisas estuvieran allí.

Aquello me hizo volver de nuevo a la realidad. Daemon era un monstruo cruel. Él me miró con complicidad, como si pudiera leer mis pensamientos.

Luego, se volvió hacia la puerta, sin abrirla.

—En media hora estaré allí, eso le dirás. —ordenó, con una severidad que me estremeció de pies a cabeza.

Tal parece que todos debían acatar sus órdenes, incluso sus semejantes. No sabía si alguna vez podría comprender las jerarquías establecidas aquí.

—¿Podría pasar? —preguntó Stella. —Es que… No quisiera estar sola.

La voz de Stella me hizo generar una punzada de celos y él se dio cuenta de eso.

—¿Qué pasa, hermosa? —preguntó, sujetándome contra su pecho. —¿No quieres compañía?

Me guiñó un ojo. Lo besé con fuerza, mordiéndole el labio. No quería que Stella viniera, no quería que él estuviera con ella. Me lo imaginé follándosela y no quería verla.

—No. —repliqué, con una sinceridad que me sorprendió de mí misma.

No supe porqué dije eso. Si él no me importaba para nada. Podía hacer lo que quisiera con su vida. El me miró con provocación.

—Entonces sientes algo por mí, estás rompiendo las reglas de una prostituta. —sonrió, con una sonrisa burlona y a la vez, lo hacía ver más atractivo.

Me daban ganas de golpearlo y besarlo de nuevo a la vez.

Iba a decirle de inmediato que no era ninguna prostituta. Pero luego recordé de nuevo mi papel. Mi trabajo aquí era otro. Cuando tuviera que dar un show de baile y pasarán los eventos, me valdría creerme este papel o estaría en problemas.

Respiré hondo, tratando de dominar mis instintos.

—Quiero que sigamos jugando. ¿Quieres que Stella entre? —pregunté, entrecerrando los ojos con suspicacia, siguiéndole el juego.

—Podría llamar a Colin también. —dijo la voz de Stella, que usaba su tono más seductor para convencerlo.

—NO. —La voz de Daemon resonó en la habitación como un terrible eco.

Me hizo sentir incluso temor. Stella se oyó apenada y se marchó de inmediato.

Cuando se me pasó el susto por su “no” tan rotundo y estridente, no pude evitar sonreír.

—¿Qué? —preguntó él, ordenándose que volviera a mi posición original para seguir acariciándome lentamente.

—Nada. Nada. —respondí, sin poder evitar seguir sonriendo.

Estaba celoso al igual que yo. Podía verlo en sus ojos. El me imaginó con Colin al igual que yo lo imaginé con Stella. Y ninguno pudo soportar la idea. Se sentía diferente ahora.

—No pienses en nada. —ordenó, mientras sujetaba con fuerza mis senos. —No te lo permito.

Agaché la cabeza, sintiendo como se endurecen mis pezones. Sus ojos volvieron a brillar cuando el sol de la ventana bañó mi piel. Me miraba, me miraba fijamente. Yo también lo miraba a él, admiraba todo lo que era, era perfecto en todos los sentidos y su malicia me hacía querer contemplarlo más a detalle. Un misterio, algo que no comprendía.

Sentí de nuevo su miembro debajo de mí queriendo meterse y se apartó de golpe, con un enojo notable en el rostro.

—Vete. —ordenó, mirándome con un odio creciente.

Me cubrí nuevamente con la capa. Obedecí al instante su orden. Todo lo que había sucedido era una maldita locura.

Quería enojarme. Pero tenía que recordar mi lugar aquí. Yo era una sumisa, no era su novia, ni nada parecido.

Tenía otras cosas en las cuales pensar y preocuparme. Como Sam. ¿Qué sería de ella ahora? Quizás estaba muerta. Y eso podía ser por mi culpa.

Las palabras de Daemon habían sido terribles para mí.

Sophie me interceptó cuando salí. Estaba en el pasillo, con un abrigo, también quería descansar un poco de la sensualidad al parecer. Me sujetó de la mano.

—¿Estás bien? —pregunté, sabía que esto la afectaba, conocía a Sam desde antes que yo.

Asintió con la cabeza. Pero vi las lágrimas en sus ojos, estaba asustada.

—¿Ella sufrió…? —pregunté, con la voz sumamente baja para que no me oyera.

—Está viva. Pero prisionera. La han llevado al sótano. No puede morir todavía, eso ha dicho Eduard. —su voz también era un susurro.

Estábamos cerca del estudio de Daemon todavía. Sentí unos pasos acercarse y una parte de mi quiso que fuera Scott.

Miré a Stella, que estaba vestida con un vestido de color azul tan diminuto que sus muslos se veían por completo. Llevaba una copa y una botella.

Me puse en su camino.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, notablemente molesta, sin poder disimular.

—Daemon necesitará de mi compañía para distraerse. Ya termino contigo ¿O no? —noté el tono desafiante de Stella.

Me empujó con delicadeza hacia atrás. Los celos estaban callándome en lo profundo de mi ser. Hice un paso hacia atrás.

Daemon y yo no éramos nada, me repetí. Él no me importaba. Y, sin embargo, sentía la sangre ardiendo dentro de mí.

Buscar

Tuve que hacer una gran fuerza mental para controlar mi impulso de decirle algo más. Sonreí, mientras caminaba hacia atrás, buscando verme lo más natural que era posible.

No quería que Sophie o alguien más notara que estaba siendo celosa de Daemon.

Escuché el sonido de la puerta cerrándose estrepitosamente. Miré hacia atrás.

Stella estaba pálida, con un rostro estupefacto, visiblemente molesta.

—¿Qué pasó, Stella? —preguntó Sophie, sonriendo, yendo a buscarla.

—Nada. Daemon no parece estar de buen humor. —se encogió de hombros, con los ojos fijos en mí.

Quise sonreír por mi triunfo. Me ahorré las explicaciones y reprimí mi sonrisa.

Actriz, ante todo, era una buena actriz. De todas maneras, Daemon no quiso estar con otra que no fuera yo y eso me hizo sentir de un modo extraño. ¿Por qué estaba teniendo estos sentimientos? Quería que solo estuviera conmigo y eso no tenía sentido.

—Estoy segura que tendrá mejor humor más tarde. Oh, cuánto lo extraño. —Stella se mordió el labio de una manera provocativa. —Oh, ¿Sigues aquí, Cady?

Me miró con algo de desdén. Busqué pararme erguida y enfrentarla.

—Claro. Estaba hablando con Soph. —dije, sonriendo con amabilidad. —Si deseas que me vaya lo haré.

—Quiero continuar nuestra conversación. —se adelantó a decir Sophie.

Me tomó del brazo como si fuéramos viejas amigas y me llevó a otra parte del pasillo. Seguía con una actitud asustada y eso era bastante preocupante. Ella debía haber visto aquí muchas cosas. Sin embargo, ahora lucía aterrada.

Murmuró, hablaba en voz tan baja que apenas si podía escucharla.

—Ellos se reunirán ahora. —dijo, entre susurros.

—Sí, eso oí. ¿Decidirán el destino de Sam? —pregunté, con una ansiedad que comenzaba a dominarme.

—Sí. Es lo que harán. —respondió. —Y algo más importante. Anunciarán la fecha del baile. Collin me lo ha dicho, dice que allí venderán a Sam a otro, a un mafioso sin escrúpulos, su nombre es Simón. El baile, joder. Ni siquiera hemos podido practicar. —se cubrió el rostro con las manos.

Sentí que se me helaba la sangre. Ese era el destino de Sam por obra mía. Yo la manipulé e hice que Eduard la atrapara. Sentí una punzada de culpa intensa en el estómago otra vez. No estaba preparada para esta clase de mundo.

—¿Es un hombre… Bueno? —pregunté, como toda una ingenua.

No sé ni por qué dije eso. Sophie no respondió, no tenía que hacerlo. Solo me miró haciendo una mueca de tristeza.

Entonces era casi como una sentencia de muerte.

—¿No podemos hacer nada para que se quede? —pregunté.

Me dije a mi misma que me había convertido en alguien despreciable como todos aquí. Apenas había transcurrido un tiempo corto y ya me comportaba como una mafiosa. Hice que condenan a una persona a un destino fatal. Cada vez que miraba a Sophie a los ojos me daba cuenta de su temor y de que sabía, que las cosas que iba a vivir Sam eran terribles.

Pensé en Scott. Tal vez él podría intervenir. Si encontraba alguna manera de hablarle…

—Scott podría ayudar. —sugerí, al ver que Sophie no tenía ninguna idea en la mente.

Ella abrió los ojos como platos al oír mis palabras. Primero debió parecerle una tontería y luego, pareció hallar una sutil esperanza.

—Podría ser. De todos los que están aquí, él es el más amable. Quizás… No lo sé. Podríamos montar un show. —sugirió.

Quise poner los ojos en blanco. Un show no, era de lo que menos tenía ganas en el mundo. Y estaba harta de tener que actuar como si fuera de aquí.

—Hablaré con él. Solo que… Hay un pequeño problema. —me encogí de hombros. —Las cámaras.

Asintió, con una decepción amarga de digerir. Esas malditas cámaras.

—Podría anular la luz por unos momentos. —los ojos de Sophie brillaron con esperanza. —Además, eso te daría la oportunidad de conocer mejor a Scott.

—¿Qué? —eso no tenía ningún sentido.

Ella arrugó la frente como si estuviera diciendo algo obvio.

—Se nota que le gustas mucho. Lo veo en sus ojos, brillan cuando te mira. ¿A ti no te gusta él? —preguntó, interesada, acercándose a mí.

Tragué saliva, nerviosa. Claro que no, nadie allí me gustaba. Pero no esperaba que él mostrara interés en mí. Era todo un teatro desde mi perspectiva.

—Hablaré con él. Deberíamos actuar ahora, cuando ellos tres se reúnan. Buscaré a Scott. —dije, entre susurros todavía, para que nadie nos oyera.

Tenía que pensar en qué le diría y qué cosa sería de ayuda para poder sacar a Sam de allí. No quería que la maltrataran o algo por el estilo.

Sophie me estrechó la mano, como cerrando el trato. Comenzó a alejarse. Me quedé en mi rincón y pude ver también como Daemon caminaba por los pasillos con su elegante traje y su porte impresionante para dirigirse a la reunión en la sala.

Empecé a temblar por los nervios.

¿Por qué estaba haciendo esto? No me importaba Sam. Incluso podía ser una asesina por lo que había averiguado.

Supongo que siempre querría hacerme la heroína frente a cualquier situación. Era periodista, pero me creía una policía y una detective también. Quisiera que alguien me diera un buen sermón por estas locuras que estaba cometiendo.

Divisé a Scott. En realidad, escuché su voz. Estaba cantando, junto al piano de una de las habitaciones de arriba.

Esperé a que Sophie hiciera su parte del trabajo. Aunque era una completa locura y estábamos arriesgándose. Tenía miedo, pero si Sophie estaba dispuesta a esto quería decir que aquello que le ocurriría a Sam debía ser terrible.

—¿Quién está ahí afuera? —La voz de Scott me erizó la piel de pies a cabeza.

La luz se apagó de golpe. Sophie debió hallar el interruptor de este piso, que, por fortuna, no era el mismo que el de la sala de reuniones. Si la conexión se apagaba tenía una oportunidad.

Entré casi corriendo. Al verme, Scott se desconcertó.

—¿Caddy? —preguntó.

Yo llevaba la capa, pero mi piel se dejaba ver en algunas zonas.

—Necesito tu ayuda. —murmuré, acercándome a él para que pudiera escucharme. —Tenemos que hacer algo para salvar a Sam…

—Ella no es buena. —Scott me acercó a él para que mi voz no se elevará. —Ella te habría hecho lo mismo a ti. Ella te habría dejado morir sin problema alguno.

Respiré con dificultad. Él estaba muy cerca.

—Lo sé. Pero igual deseo ayudarla…

Inocente

—No creo que sepas en lo que estás metiéndote. —Scott hablaba en un tono pausado, estaba tan cerca de mí que podía entenderlo perfectamente.

Me pareció extraño que me pegara a su cuerpo para hablar. Si no hubiera escuchado las palabras de Sophie, seguramente creería que era solamente para que nadie escuchara nuestra conversación.

Lo miré a los ojos, como para comprobar que eso que dijo Sophie era una tontería. 

Su mirada resplandecía cuando me hablaba, sus ojos brillaban de un modo que era imposible de ignorar. 

Antes no me había dado cuenta. Me sonrojé, dando un paso hacia atrás.

Él se desconcertó. Llevaba una chaqueta de jeans y una camiseta de color negro. Entrecerró los ojos con severidad.

—Lo digo por tu bien. Deja que Sam se las arregle sola aquí. —Scott utilizó un tono duro para hablar. —No quiero que te mueras con ella.

—¿Ella morirá? —me apresuro a preguntar.

Él se calló. El silencio me dio todo lo que yo necesitaba, todas las respuestas que buscaba. El mafioso que sería su nuevo dueño le haría daño. Lo veía en su mirada.

—Ayúdame. —dije, insistiendo, con lágrimas en los ojos que se asomaban.

No podía controlarlo. Tenía miedo, arrepentimiento, una mezcla de emociones negativas que colisionaban dentro de mí. Porque yo no era así, no era una dama de la mafia que hacía lo que fuera por venganza. Quería que los responsables de mi hermana fueran a juicio y hallados culpables. No iba a tomar justicia por mano propia. No, ni siquiera estaba segura, no tenía pruebas de que Sam era culpable.

Por lo cual, podría estar enviando a la muerte a una persona inocente. 

Scott trató de alejarse. Lo sujeté del brazo.

—Por favor. —rogué, con la mirada húmeda por las lágrimas. —Sé que puedes intervenir.

—Pero no quiero hacerlo. No haría nada por Sam. —replicó, con una frialdad que me sorprendió. 

Pensé que él sería mucho más empático y tendría mucho más corazón con esta situación. Empezaba a decepcionarme. Quizás solo fuera igual que Daemon.

Solté un sollozo que no pude ahogar y me sentí vulnerable. Nunca me gustó que otros presenciaron mi tristeza.

Quedaban unos segundos. Me tendría que marchar de allí antes de que todo estuviera arreglado con la electricidad y las sospechas se levantarán. El nudo en mi estómago se hizo notar, un dolor punzante. Un dolor tan espantoso que me hacía sufrir todavía más que mi consciencia.

—La salvaré. —declaró Scott, cuando yo estaba arrastrando los pies para marcharme de allí.

—¿Qué? —mis ojos brillaron de esperanza. —Gracias… Ella estará agradecida… Es un destino cruel…

Empecé a decir, pero él me interrumpió.

—No lo hago por ella. —Su mirada era severa, dura, parecía molesto. —Lo haré por ti.

Se marchó sin decirme una sola palabra más. Estaba dirigiéndose al salón de reuniones. Me apresuró a seguirlo a una distancia razonable.

Esperé a que caminara por las escaleras para seguirlo y tratar de escuchar que sucedía. Sophie regresó a mi lado, temblaba como una hoja, débil y quebradiza.

La miré con una sonrisa de victoria y ella comprendió que habíamos tenido éxito en la misión.

—Sí. ¡Lo hemos conseguido! —casi grita, pero le cubrí la boca a tiempo.

Ella me sonrió, con la esperanza dibujada en sus ojos. No podíamos acercarnos demasiado para ver ni escuchar. Solo nos quedó tener que esperar una respuesta cuando salieran de allí.

Eduard fue el primero en salir. No miró a Sophie, sus ojos estuvieron fijos en mí, como si pudiera leer mis pensamientos.

Hice una reverencia estúpida para mostrar mi respeto hacia él. Intuí que sería eso lo que quería. Estaba frente a mí, tenía un porte imponente y una mirada severa, fría, sin expresión casi. 

Ladeó la cabeza para mostrarme que podía dejar de hacer la reverencia. 

—¿Podremos contar con la presencia de Sam para la cena? Es que… Yo he organizado un show… —Sophie trataba de inventar una mentira para conseguir la información que necesitábamos.

Era una pésima mentirosa. Se notaba que solo quería investigar. 

Eduard frunció el ceño, visiblemente fastidiado por la intromisión. Luego, caminó hacia nosotras y nos hizo mirarlo fijamente. Sostuvo a nuestros mentores con sus manos con firmeza, obligándose a mantener la mirada.

Como en un interrogatorio. Algo sospechaba, sabía que algo estaba mal. 

Maldita sea, íbamos a morir las tres ahora. Las tres sumisas de los mafiosos morirían en la mansión por atreverse a conspirar.

Los nervios se tensaban la piel. Él pasó su dorso de la mano por mi hombro, bajando hacia mi pezón, que estaba duro por los nervios. Luego, volvió a mirarme. Como si quisiera leer la verdad en mí.

Mi corazón latía tan rápido. Mi respiración estaba agitada y apenas podía controlarla. Como si el corazón se me fuera a salir del pecho.

Era un mafioso, tenía una presencia de mafioso despiadado y cruel. 

Se daría cuenta de la verdad. Podía imaginar cómo nos mataría a todas y conseguiría sumisas nuevas para reemplazarnos.

Desprendió la capa que yo llevaba puesta para que estuviera expuesta. Mi cuerpo temblaba. Estaba en alerta.

Él me miraba con ojos de depredador que busca una presa para hacerla sufrir.

Sophie me tomó de la mano, estaba helada, también temblaba.

Eduard sonrió. Soltándose de golpe, por poco y caigo al piso.

—Sí, contarás con la presencia de esa esclava para la cena. —Eduard usó un tono cínico, sin dejar de lado su expresión severa. 

Sophie suspiró aliviada. Yo también. Entonces no la dejarían encerrada hasta que viniera su nuevo dueño. Estaba a salvo, mi conciencia estaba limpia.

—Tal parece que Scott la eligió como su nueva sumisa. Su primer sumisa. —Eduard me miró tan penetrantemente que pareció leer mi alma.

Abrí los ojos con sorpresa, no pude evitarlo. Él logró hacer que la salvaran solo comparándola él mismo. Era el hermano de Daemon, nada se le podía negar después de todo. 

Mi respiración comenzó a normalizarse. Sophie me abrazó cuando Eduard se marchó después de hacerme vivir la situación más desesperante de mi vida.

Cuando pensé, no volvería a ver la luz del sol salir jamás. La imagen de Eduard descubriendo mi plan, mi infiltración aquí y mi identidad falsa no salía de mi mente. 

Había estado al borde de mi sentencia de muerte.

Mi nombre

—¿Podrías hablarme sobre la velada? —pregunté, mirando a Collin con atención.

Este era un día atípico en la mansión. Pasaron dos días desde que sucedió lo de Eduard y tuve que aclimatarse rápidamente. Todos actuaban como si nada, incluso Sophie y la mismísima Sam. Ella era la que actuaba con más falsedad, estaba todo el día persiguiendo a Scott. Y él se notaba visiblemente molesto.

Collin se dio vuelta para mirarme. Llevaba puesto un delantal de cocina y estaba sirviendo el desayuno para Sophie y para mí. Al parecer le gustaba cocinar. Además de todo lo demás que parecía interesarle. Era una pizca de normalidad.

—Ha habido cambios. —Colli sirvió mi plato con hotcakes y jarabe de maple. 

Sonreí, comenzando a desayunar con ánimo. Fue bueno poder hablar con ellos. Comenzaba a sentir más confianza y eso me llevaría más cerca de las pistas que tenía que descubrir. Hasta ahora, no tenía mucho.

—¿Qué clase de cambios? —pregunté, no quería que se olvidara, porque siguió exprimiendo el jugo de naranja para los vasos.

—Vendrán otros invitados. Será una fiesta de disfraces muy distinguida. —Collin me hizo una mueca, burlona, para que yo me pudiera reír.

—Oh... —empecé a decir, con la esperanza de que no tuviera que bailar ante el cambio de planes.

—Entonces será un baile con disfraces. —dijo Sophie, poniendo una mano sobre mi hombro. 

No me había zafado del baile. Suspiré.

Terminé el desayuno y me preparé para ver a Daemon. Me había citado en una de las piscinas y quería asistir allí. Sophie me siguió, tomándome del brazo. Con este tiempo, las lecciones no habían mejorado. Traté de adivinar sus pensamientos.

—No, no he mejorado, si eso quieres preguntar. —sonreí, con algo de vergüenza.

Parecía como si hubiera nacido con dos pies izquierdos. Apuré el paso, a Daemon no le agradaría que lo hiciera esperar. Siempre me ponía nerviosa cuando tenía que ir a verlo. Era como si todos mis sentidos enloquecieron.

—No es eso. —Sophie me miró con complicidad. —Quería acompañarte.

Su mano pasó por la mía, encontrándome. Quería jugar. Lo que solía pasar aquí, entre las paredes de esta gran mansión.

Otra vez, sentí una punzada de sentimientos encontrados. Ella quería jugar conmigo y con Daemon. No iba a querer nada más, eso era evidente. Pero empecé a no querer siquiera que ella estuviera cerca, mucho menos desnuda.

—Él me pidió solo a mí… Oh… Cuánto lo siento… —empecé a decir, sonriendo para que no pensara que era hostil.

Sophie hizo una mueca de frustración. 

Tenía que pensar en algo. Pasé el dorso de mi mano por su vestido y acaricié sus senos para que no sintiera el rechazo. El calor subió de golpe. Luego, bajé lentamente entre sus piernas para que sintiera mi tacto. 

Ella se estremeció. Su piel se erizó.

—Entonces te veo luego. Si quieres, puedes venir conmigo y a Collin. —guiñó un ojo, comenzando a marcharse. —Sabes, Candy, me alegro de que estés aquí. 

—Gracias. —entrecerró los ojos, amistosamente.

—No ha sido lo mismo sin… —empezó a decir, luego se detuvo en seco. —Nada, nada.

Abrí los ojos, no pude evitarlo. Me torné hostil ante su comentario. Podía ver en su mirada que se refería a mi hermana. Por supuesto que ella no sabía que era mi hermana.

—Somos buenas amigas. —Sophie hizo un gesto con la mano para despedirse.

Me dirigí de inmediato a la piscina. Allí, Daemon estaba esperándome.

Su mirada severa me hizo sentir que estaba en peligro a su lado. Como siempre, me dije a mi misma. Siempre parecía como si estuviera a punto de matarme.

—Han pasado muchas cosas. ¿No, Cady? —preguntó, con una voz tan masculina y dura que me estremecí de solo oírlo.

Y su mirada, era tan penetrante, parecía que miraba mi alma. Sus ojos claros lo hacían ver más cruel. Más implacable.

—Voy a someterte a un interrogatorio. —Daemon sonrió, su mandíbula perfecta encuadrar una maliciosa sonrisa.

Me tomó por la cintura y luego, apretó levemente mi cuello. Le gustaba que me sintiera vulnerable a su lado, que le tuviera miedo. El calor se encendió dentro de mí. Mi corazón latía rápido, desenfrenado.

—¿Qué? —no comprendía qué estaba haciendo.

El miedo se mezclaba con lo inminente de la seducción. El me quitó la blusa y luego, la falda, haciendo que mis pezones se endurecieron como rocas. Luego, me empujó rápidamente sin que pudiera hacer nada.

Quedé sumergida en la piscina sin prendas algunas y él se zambulló junto a mí.

Me sujetó entre sus brazos.

—¿Creíste que no me daría cuenta que algo andaba mal? —Su sonrisa me hacía helar la sangre.

Era tan atractivo y a la vez, parecía que iba a matarme.

—No sé de qué estás hablando… —tartamudeó. 

Ni siquiera podía hablar, expresarme para no generar ninguna sospecha. No podía ser cierto, él no podía haber descubierto nada… Porque yo fui cuidadosa. A menos que Scott dijera algo. Traté de anular mis miedos.

—Oh, claro que lo sabes, Teresa… —sus labios se situaron en mi cuello, estaba detrás de mí, hundiendo su dedo para masajear mi clítoris. —Ese es tu nombre… ¿Verdad?

Frío

Me aparté de golpe. Mi corazón pasó de latir rápidamente a casi estallar por los nervios. Sentía miedo, muchísimo miedo. Esas palabras que creí, serían lejanas, estaban llegando a mis oídos.

Él se había dado cuenta de la verdad.

Estaba tan pálida como una hoja de papel.

—No sé… —balbuceé, sin mirarlo, tratando de apartarme.

No lo esperé, estaba confiada de que mi plan estaba estructurado y firme gracias a Scott. Ahora todo iba derrumbándose de una manera trágica y sin aviso previo.

Tragué saliva, nerviosa. Estaba alterada, tanto que no sabía siquiera qué hacer. Si salir del agua huyendo y correr lo más rápido que mis piernas me dejaran, o tratar de convencerlo.

Oh, maldita sea, en sus ojos podía leer que sabía todo. Me descubrió.

Me sentí como un ratón asustado.

—Teresa. Es un bonito nombre… —sonrió, al tiempo en que, con un movimiento rápido, me atrapó entre sus fuertes brazos y me estrechó contra su pecho para inmovilizarme.

—No es así… No es lo que crees. —busqué tratar de zafarme, pero él tenía más fuerza que yo.

—¿Sí? —preguntó, pasando su mano por mi cuello, palpando mis clavículas lentamente. —¿Vas a negarme que no estás de infiltrada? Yo lo sé todo, gatita, no puedes engañarme.

Agaché la cabeza. Estaba asustada, me maldije a mí misma mil veces por haber aceptado esto. Por haber pensado que era una buena idea infiltrarse aquí. Ahora mis mentiras se estaban derrumbando estrepitosamente y no importaba que hiciera o no.

—Sé que lo sabes todo. —lo enfrenté, mirándolo directamente, no tenía caso fingir ya, no tenía caso fingir que era una sumisa. —¿Por qué estoy aquí?

Mi pregunta lo sorprendió. Lo vi en sus ojos, en su sonrisa maliciosa, busco uno de mis senos y palpó mi pezón, que seguía endurecido por la excitación.

—No lo sé. Eso es un misterio para mí. Supongo que eres un policía. —dijo él, olfateando mi cuello, provocándome, quería mostrarme que aún me dominaba.

—No soy policía. —aseguré, mientras mi piel se erizaba.

—¿Entonces qué haces aquí, en mis dominios? —preguntó, con la voz tan severa que me hizo erizar la sangre.

Pero sus dedos en mi clítoris me hicieron gemir. Maldición, no podía controlar nada. Estaba excitada y molesta a la vez. El agua en mi cuerpo estaba provocándome distintas sensaciones. Estar metidos en el agua hacía que me sintiera más excitada todavía.

Sentí su miembro erecto en mi espalda, estaba tan duro que me dejaría marcas. Hice un movimiento para agacharme y así sentirlo más cerca.

—Vine a averiguar la verdad. —murmuré, con los ojos entrecerrados, sintiendo que el calor subía por mi cuerpo.

—¿Y luego me encarcelan? —preguntó, acomodándose y dándome vuelta para que sintiera su miembro entre mis piernas.

—Sé que tú no eres un asesino. —confesé, al tiempo en que dejaba escapar otro gemido.

Es que era tanta mi necesidad de sentirlo más cerca. Dominaba todos mis sentidos y mi mente enteramente.

—¿Cómo lo sabes? —besó mis senos con determinación, al tiempo en que su pene me rozaba, solo la punta, haciendo que lo deseara todavía más.

—Porque lo sé. —insistí.

No era Daemon. Sentía en lo profundo de mi corazón que no era Daemon quien mató a mi hermana. Lo podía ver en sus ojos. Eduard, estaba segura que Eduard fue quien hizo algo. Tenía ese presentimiento.

—Si yo fuera ese asesino que buscas… Te asesinaría a ti ahora. —sonrió, esa maldita sonrisa perfecta que me hacía estremecer de pies a cabeza. —Podría hacerlo en cualquier momento…

Daemon no sería el asesino. No podía serlo porque… A quién quería engañar, me estaba volviendo loca. Estaba colapsando mi mente, haciendo que solo pensara en una sola cosa.

Y ahora podía matarme si quería. No podría evitarlo si deseaba matarme, no tenía escapatoria.

Sentí como su miembro iba penetrándola lentamente.

Mi boca se abrió para dejar salir un gemido desde lo más profundo de mi alma.

—Oh… —solté, aferrándome a su espalda.

El me sostenía con fuerza, dejando que todo entra dentro de mí.

Jamás había sentido una situación igual. Daemon podía matarme ahora, podía asesinarme sin dejar rastros de mí.

No me importaba. Tenerlo dentro de mí hacía que mi mente se quedara en blanco. Mis gritos comenzaron a inundar toda la mansión. Todo el mundo debió escucharme.

Estaba extasiada, una sensación indescriptible. Su tamaño en mi interior, su vigor, como si pudiera desarmarme enteramente.

Me embestía con una fuerza arrolladora que me hacía querer más y más.

La pelea entre la espada y la pared

Quedé enteramente exhausta, sumergida en la piscina y flotando, tan relajada que pareció como si absolutamente todos mis problemas estuvieran resueltos.

O al menos eso transcurrió por unos minutos antes de volver a ponerme a la defensiva.

—¿Qué harás ahora? —pregunté, en alerta, con la mirada severa, aunque estaba desnuda y húmeda.

Maldita sea, había perdido mi virginidad con él. Con un mafioso al cual en mi ingenuidad pensaba que yo intentaba manipular. Era una tonta, una completa tonta que para colmo de males disfrutó enteramente ser follada por un villano.

—Eres impaciente. —dijo él, mirándome con esa sonrisa maliciosa y atrevida a la vez.

Uf, esa sonrisa que tenía me volvía jodidamente loca. Tenía su apariencia severa de siempre.

—Dime. —me crucé de brazos. —Si moriré ahora, al menos quiero que lo hagas rápido.

Si era realista eso ocurriría. Solo habíamos hecho el amor porque ahora se deshacía de mí. Y yo, cayendo en su jodida trampa, obedecí todo.

Él me miró con suspicacia y me hizo sonrojar.

—Te ayudaré en tu investigación. 

Sus palabras hicieron que se me eriza cada parte de la piel.

¿Qué? Debía estar alucinando. O él debía estar burlándose de mí. Era una completa tontería. Daemon era uno de los tres mafiosos y era un villano. 

—Pero. —interrumpió mis pensamientos para acercarse a mí y hablarme más de cerca, lo que me provocó más sentimientos y nervios fundiéndose dentro de mí.

Había vivido algo increíble. Perder mi virginidad con Daemon fue alucinante, aunque ahora me arrepiento. Él era increíble.

—Deberás decirme todo, sin ocultar nada más. —él me apretó el muslo con sus manos haciéndome estremecer otra vez. Parecía que le encantaba ponerme como loca. —Podemos ayudarnos mutuamente.

—¿Tú qué ganarías? —pregunté, con una lujuria creciente. 

—Eso es asunto mío, digamos que quiero arreglar unas cuentas pendientes. Quisiera que Eduard y Collin no fueran un problema. Tengo desacuerdos con ellos desde hace años. —puso los ojos en blanco. —No te diré nada, gatita, no hasta que confíes en mí.

Esto era totalmente nuevo. Él me abrazó por detrás y sentí su calor pegado a mi cuerpo. Ni en mis sueños hubiera fantaseado con que él me ayudaría a mí en mi investigación.

Podía ser una trampa, por supuesto.

No conocía a Daemon. No sabía si era una persona de confianza. Aquí, ni siquiera su hermano parecía quererlo. Era un mafioso, su apariencia atractiva e irresistible no cambiaba lo que en realidad era.

Sin embargo, mis opciones eran limitadas. Por no decir, inexistentes.

—Para que comprendas que voy en serio, te ofrezco otra alternativa. —sus labios se fundieron con los míos, en una constante pasión que era desenfrenada.

El calor dominó mi cuerpo. Era tan fuerte, me estrechó con sus brazos contra él y su lengua rozaba la mía todo el tiempo.

—Puedes marcharte si quieres. —continuó.

Abrí los ojos con una gran confusión.

—¿Qué? —pregunté, incrédula, casi tartamudeando por los nervios.

—Lo que escuchaste. —su severidad se hizo rotunda. —Si quieres irte ahora y olvidar que todo esto pasó, te dejaré marchar. Aseguraré tu salida para que estés a salvo y te olvidarás de mi mansión.

Sonrió.

No le creía ni una sola palabra. Me resistí a creerlo o a tratar. Él debía estar engañándome.

Aunque sus ojos parecían sinceros. Tenía unos ojos tan bonitos…

¡Basta!

El solo quiere que caiga en su trampa. Me dije a mi misma eso mil veces.

—Teresa, puedes volver a tu hogar. Yo mismo te soltaré. —susurró en mi oído, estaba ardiendo por dentro por todo su juego de seducción.

Quería pensar rápido. Quizás podría ser cierto, podría salir de ahí y reiniciar mi vida. 

Mi vieja vida…

En donde no había mucho placer. En realidad, ni siquiera había. Recordé el tenerlo dentro de mí, ese disfrute, ese calor. Estar cerca de Daemon era como una maldita adicción para mí, una maldición.

No podía dejar de querer que lo que hicimos se repitiera. Aunque mi conciencia me decía un millar de veces que teníamos que actuar con lógica y olvidarnos de Daemon para siempre.

Hice un paso hacia atrás, el agua me cubría casi hasta los hombros,

—Me quedaré. —dije, sin pensarlo, el instinto me obligó.

Maldita sea. Me grité por dentro que era la más estúpida de todas las personas que existían. Estaba confiando en un mafioso. Era lo más patético que hubiera imaginado.

Él me miró con una sonrisa triunfal que me encantó.

—Muy bien, entonces supongo, que es hora de decir toda la verdad. —dijo, volviendo a atraerme contra él.

Sus ojos revelaban una chispa siniestra y seductora, como siempre. Esa mirada que me penetraba sin tener que tocarme. Era tan adictivo verlo, estar entre sus brazos. Y ahora, había perdido la última oportunidad que tenía para irme de aquí y volver a mi vida normal.

Solo el tiempo podía decir si era una buena decisión.

Conspiración

Escucharme a mí misma revelando absolutamente todo lo que había ocultado por tanto tiempo era un completo shock.

Sentía que me había vuelto completamente loca. Y eso me hacía sentir también como una tonta. Porque acababa de perder mi virginidad con este hombre mafioso sin escrúpulos. En cuerpo y alma me abrí a él. Ahora le estaba contando todos mis secretos.

—Eres la hermana de Sissi. —dijo él, abriendo los ojos con sorpresa. —Nuestra antigua sumisa.

—Ese no es su nombre. —repliqué, mi hermana no podía ser una sumisa, no quería creerlo.

El nombre de mi hermana era Marie. 

—Era su nombre aquí. Al igual que el tuyo es Cady. —sonrió, con esa malicia que me volvía loca.

Era tan jodidamente guapo.

—Yo no la maté, sí eso es lo que alguna vez pensaste. Ella no era de mi propiedad. —dijo, mirándome fijamente. —Era de Eduard.

—¿Qué? —pregunté, eso no tenía sentido.

Sophie no dijo nada de eso. Supongo que toda la información que acumulé hasta el momento era solo mentira, porque aquí nadie confiaba verdaderamente en mí. Quizás todos tenían diferentes clases de coartadas para cubrirse. La existencia de mi hermana parecía haber sido borrada de esta mansión. La tobillera, recordé la pulsera en el tobillo de Sam. 

—Era de Eduard. Sam y ella eran sumisas. Esa es la verdad, si confías en que pueda decirte. —guiñó un ojo, acercándome más a él. —Ella volvía loco a Eduard, llegué a pensar que se amaban.

—Pero Sam también era su sumisa. Puede que se haya puesto celosa de él. —dije, tratando de adivinar lo que sucedió. 

Era nueva información. Estaba cerca de la verdad y lo sentía en cada parte de mí.

Nos interrumpieron. Scott y Sam se acercaban a la piscina. Salí del agua enteramente desnuda y no me importó. Estaba acostumbrándome a estar así.

Scott me miró, nervioso. 

—Caddy. —dijo, al verme, casi tartamudeando.

—¿Qué miras, hermano? —preguntó Daemon, empujándolo hacia atrás al ver que no me quitaba los ojos de encima.

Podía ver sus celos sulfurando. Eso me gustó. Significaba que yo de verdad le importaba aquí. 

—Vine a decirte que llegó una carta. —anunció Scott, nervioso todavía. —El evento se ha adelantado.

—Comprendo. —dijo él, sonriente. —Supongo que no habrá problemas. Después de todo, es para lo que sirve esto. ¿No?

Daemon comenzó a alejarse y yo lo seguí. Estaba volviendo a su estudio. Allí, Stella lo esperaba enteramente desnuda y en lugar de acercarse a él, se acercó a mí.

—¿No deseas que juguemos un poco? —preguntó, esta vez con más respeto hacia mí.

—Lo siento, Stella, ahora tengo hambre y me gustaría cenar. —respondí, sonriendo.

—Mi señorita desea cenar. —dijo Daemon, mirándome con esa suspicacia que me volvía loca.

Stella se retiró. Era muy insistente y eso me estaba poniendo nerviosa. Incluso llegaba a pensar que era tan insistente porque tenía otras intenciones y no quería que hablara o estuviera en privado con Daemon. Porque parecía no querer dejarme a solas con él.

—¿Estás loco? —pregunté. —Yo no tengo habilidad todavía para el baile. 

Me sujeté la cabeza, molesta. Esto me supera. Todavía ni siquiera asimilaba todo lo que ocurrió y ahora debía asistir a un evento terriblemente peligroso.

—No bailarás. No quiero que ninguno de esos idiotas te toque ni te mire. —su mirada era fría y severa. —Lo prohibiré. Yo te quiero solo para mí.

—Olvidas que ya sabes que no soy tu sumisa. No soy tuya. —dije, contrariando, tenía que estar loco si creía que seguiría con este juego ahora que él sabía mi secreto. —Somos solo socios ahora, aliados por así decirlo.

—¿Entonces porque tienes celos cuando hay otra mujer aquí? —preguntó él, sonriendo y entrecerrando los ojos de una manera atrevida.

Me encogí de hombros y fingí ofensa. Ahora no tenía que fingir que era una de sus sumisas y eso era un enorme alivio. Ya estaba cansada de temer, de siempre estar siguiendo sus órdenes.

Lo miré algo desafiante.

—¿Y quién bailará en mi lugar? —pregunté, porque sabía que una de nosotras ausente no sería algo normal.

—Stella. Yo mismo la llevaré. —dijo, como si fuera algo de poca importancia. —No te sonrojes, dijiste que solo éramos aliados. Bueno, tengo que decirte que tu presencia aquí me ayuda. He querido desplazar a Collin y a Eduard desde hace mucho tiempo. Si descubrimos el asesinato, quizás eso me favorezca.

Se me hervía la sangre de solo pensar cómo sería ese baile sin mí. Porque no quería que Daemon llevará a Stella. No comprendía siquiera que pasaría, pero imaginaba que terminarían juntos.

Se que dije que éramos solo aliados, pero no soportaba esa idea.

—En la cena discutiré con Collin y Eduard sobre el evento. Mi hermano también deberá saber. El evento debe salir perfecto para que nadie sospeche que tú y yo trabajamos juntos para desestabilizar esta mafia. —guiñó un ojo, al tiempo en que pasaba su mano por mi pezón, endureciendo. —Descansa, Teresa.

—¿Qué? —pregunté, sin comprender. 

—Ve a tu cuarto a dormir. Quiero un tiempo a solas. —dijo Daemon, al tiempo en que se recostaba sobre su silla. —Necesito pensar bien en todo lo que haré.

—Claro, yo también quiero estar a solas. —respondí, aunque me estaba prendiendo fuego por dentro.

Intercambio de Celos

Pensar en Daemon como un socio, como un aliado y no como mi jefe era diferente en su totalidad. Como si un enorme muro se interpusiera entre nosotros. Porque él era el hombre con el cual yo había perdido mi virginidad, y yo misma ahora lo hice alejarse.

En realidad, no sabía bien lo que quería. No quería verlo con otra mujer y tampoco quería mostrarle que él tenía la razón. El muy engreído imaginaba que todavía era mi dueño. Yo no era una sumisa, todo esto fue una farsa para encontrar al asesino de Marie y nada más.

Daemon solo buscaba dominarme como a una de sus tantas sumisas y yo no lo era. Era una mujer respetable que tenía una misión aquí. 

Y desempeñé tan bien mi papel que incluso yo me lo creía. Cené sola en mi cuarto y esperé que lo mejor sucediera en la cena que planeó mi socio. 

Al despertarme, me coloqué una falda hasta las rodillas y una camisa blanca. Quería verme formal para marcar una diferencia en Daemon. 

En el salón de desayuno no había nadie y eso me desconcertó. Escuché el sonido de unas risas en el pasillo. 

Caminé hacia allí para ver que estaba sucediendo. Reconocí la risa de Daemon. Pensé lo peor, que estaba riéndose junto con Colin de mi plan y que planeaban como matarme.

Mis pensamientos se desvanecen a medida que me acerqué al pasillo.

—Estaré encantada de bailar en el evento, Daemon. —dijo Stella, casi ronroneando, podía imaginarla incluso sin mirarla.

—Estoy agradecido contigo. La verdad es que Cady no se siente muy bien. —Daemon tenía su voz tan seductora que me volvía loca.

Mi corazón se aceleró. No me agradaba en lo absoluto que estuviera hablando con ella y mucho menos de mí.

YA BASTA. Me repetí, yo no era nada de él. No éramos nada. Tener celos era una completa tontería.

Sentí que alguien me tomaba de la mano y me asusté. Al ver a Sam detrás de mí, me puse roja como un tomate.

—¿Espiando? —preguntó ella, sonriente. 

Me pregunté si sospecharía que por mi culpa casi la habían matado. Traté de disimular para que no se diera cuenta de mi actitud. Tenía que fingir estabilidad.

—No. Solo pasaba. —sonreí, mostrándome más amable y fría a la vez.

Ella me miró fijamente.

—Ella se acostó con Daemon tantas veces que lo conoce muy bien. —me dijo, con tono de voz que rozaba el cinismo.

Se echó el cabello hacia atrás y levantó levemente una ceja.

—Stella conoce bien lo que le gusta. —me guiñó un ojo. —Pero, por otro lado, es mejor para ti, al menos podrás descansar un poco de las provocaciones tan intensas. 

—Debo ir a buscar mi desayuno. —me apresuré a decir, fría y distante, estaba harta de escuchar a Sam relatar esas cosas que no eran de mi incumbencia.

La empujé hacia un lado y busqué meterme en la cocina. Allí, el aroma de los waffles cocinándose me hizo olvidar de esa molesta charla que tuve con ella.

—Buen día. —dijo Scott, mirándome sonriente. —Parecer de mal humor.

—Ya cállate. —le dije, sentándome y bebiendo mi vaso de zumo de naranja. 

Él caminó hacia donde yo estaba con un plato con waffles. Lo puso cerca de mí.

—Podemos compartir si quieres. Acabo de aprender a hacerlos. —dijo, entrecerrando los ojos con esa simpatía que lo caracterizaba.

Era muy dulce.

Acepté de buena gana porque se veían muy bien. Él se sentó cerca de mí y ambos comenzamos a desayunar. 

—¿Cómo va todo lo que…? —empezó a preguntar Scott y yo, me sonrojé en el acto.

Porque todo lo que ocurrió con Daemon y mi secreto me hizo un revuelo en mi mente. Ahora no sabía qué podía decirle a Scott y que no. Busqué solamente quedarme callada y cambiar el tema.

—¿Cómo estás tú? —pregunté, sonriendo e interrumpiéndolo.

La puerta de la cocina se abrió y Stella entró con el cabello despeinado y una expresión de cansancio placentero. Uf, esto parecía ser a propósito para dominar mis celos que no tenían ni que existir.

Scott me miró con incredulidad.

—¿Qué sucede? —preguntó, mirándome fijamente.

—Necesito tu ayuda. —le dije, con casi brusquedad, poniéndome de pie.

—Está bien. —sonrió, con bastante seguridad, casi una sonrisa burlona.

Scott me acompañó por el pasillo a una de las salas que se hallaban vacías. Me senté sobre el sofá, casi arrojándose, me costaba manejar mis emociones.

—Estoy harta de ver a Stella. —le dije, totalmente molesta y enfadada. 

—¿Ah sí? —preguntó, con un tono igual de burlón.

—Sí. —me crucé de brazos, estaba actuando por impulso y yo lo sabía bien. —Estoy harta de Sam también.

—¿Por qué estás harta de Sam? —preguntó, mirándome fijamente.

Suspiré. Estaba hablando de más. Traté de respirar profundo para estabilizarme y volví a mirar a Scott. Tenía sus ojos brillantes enfocándose.

Entonces, se inclinó para hablarme más de cerca.

—¿Es que estás celosa? —preguntó, con los ojos chispeantes.

Pensé que se refería a Daemon. O al menos eso pensé hasta que él se inclinó todavía más y me sujetó por la cintura suavemente.

Sus labios me alcanzaron antes de que pudiera reaccionar. El beso me hizo latir muy fuerte el corazón, se me aceleró la respiración abruptamente.

Subir

Mi respiración se entrecorta, se me erizó cada parte de la piel. Su tacto en mi cintura iba tornándose más firme. Estaba pegándome a su cuerpo para que sintiera su fuerza, la valentía que tuvo para hacer semejante cosa.

Mordió levemente mis labios en un beso que me pareció sumamente diferente. Mi corazón palpitó rápido y sentí una sensación rara. Me gustó, porque me hizo sentir eufórica, pero no fue lo mismo que sentí con Daemon.

Lo aparté.

—¿Te volviste loco? —pregunté, haciendo una mueca de enfado.

Él me miró con los ojos brillantes. Era apuesto, muy apuesto. En una forma diferente a Daemon. Era más relajado, parecía más amable. Su expresión no era la de un mafioso malvado como la de su hermano. Se veía mucho más humano.

—Lo siento. —dijo, sin dejar de sonreír, parecía hipnotizado.

—Ya deja de sonreír. Podrían matarnos. —solté, con furia, levantándome para irme de inmediato de la habitación. —Ni se te ocurra seguirme.

Caminé de una manera apresurada, por los pasillos, alejándome y tratando de pensar que aquello nunca pasó. Scott era amable conmigo, pero se tomó un gran atrevimiento de su parte.

Los celos que sentí por Stella y Daemon me hicieron disfrutar el beso. Estaba segura de eso. Era como una venganza personal por saber que él quería hacerme poner infinitamente celosa.

Vi una puerta y entré sin pensarlo. La habitación era una de las del segundo piso, quien sabe que habría aquí dentro. Tomé aire para despejar mi mente de lo que sucedió y me apoyé contra la puerta, cerrándola para que no hubiera nadie aquí dentro.

El lugar parecía vacío, o al menos eso hubiera creído si el olor penetrante del alcohol no hubiese penetrado mis fosas nasales como lo hizo.

Me cubrí la nariz. Era un aroma a ron de los más fuertes.

Alguien más estaba usando este sitio de escondite.

El sonido de un extraño llanto me hizo dudar de quién era. Un llanto débil y masculino. Me acerqué como por instinto casi, sin poder controlarme, aunque era un acto de lo más peligroso y estúpido.

Caminé unos pasos en la habitación y contemplé como Eduard estaba tirado en el suelo, con la botella en la mano.

Me miró con sus ojos grandes y enrojecidos.

—¿Marie? —preguntó, con la voz que caracterizaba a una persona cuando estabas completamente ebrio.

Su mirada desenfocada mostraba que había estado bebiendo de más.

—No… Soy Cady. —dije, sentándome terriblemente.

Mi pulso se aceleró al escuchar el verdadero nombre de mi hermana. Daemon me dijo que aquí la conocían por otro nombre. Si mal no recuerdo era Sissy. Esto no tenía ninguna clase de sentido y me asustaba mucho.

Quise salir de aquí de inmediato. Eduard se levantó y me tomó de la mano.

—¿Podrías perdonarme algún día? Yo juré protegerte…

Su voz no era iracunda, no, estaba cargada de dolor. Y su mirada, transmitía tanto dolor que las lágrimas se asomaron también en mis ojos.

—Eduard, has bebido mucho. —murmuré, con un hilo de voz, estaba sintiéndome bastante mal de tener que hacer esto.

Lo mejor era que pidiera ayuda. Eduard estaba melancólico, algo que no veía en esta mansión desde que llegué. Todos aquí parecían siempre estar bien, despreocupados.

Me sujetó de la mano.

—Yo debí proteger a nuestra familia. —él me miró con los ojos rojos de dolor y me abrazó, con mucha fuerza, como si realmente pensara que era aquella persona.

—No es lo que piensas. Soy Cady. —tartamudeó, los nervios me hacían temblar.

Cada parte de mi cuerpo estaba temblando por no saber qué demonios sucedía con este hombre. Él parecía saber el nombre verdadero de mi hermana. También mencionó una familia y nada de eso tenía sentido.

Acepté el abrazo, sería contraproducente apartarlo.

—Está bien… —dije, dando una palmada en su espalda. —Está bien, Eduard.

Era lo único que se me ocurría decir para calmar un poco su pena. Él respiró con dificultad por el llanto acumulado y buscó limpiar sus lágrimas.

El abrazo se prolongaba y comencé a pensar como me libraría de esto.

Él se apartó luego de unos segundos, arrodillándose en el suelo.

—Merecías una hermosa boda. —dijo, al tiempo en que apoyaba su cabeza contra el suelo, mientras se arrodillaba y volvía a sollozar de la tristeza.

Aproveché ese segundo para alejarme. Eran las diez de la mañana y este tipo estaba bebiendo un ron, por lo que vi a mi alrededor, ni siquiera era lo único que bebió.

Esto era una situación preocupante.

Tendría que ir a comentarle a Daemon lo sucedido ahora que éramos socios. Me pregunté cuál era la verdad.

Siempre en una encrucijada, me dije a mi misma. Parecía que la información jamás sería clara para mí. No en esta mansión, aquí nada es lo que parece.

Mis ojos no podían ver la verdad cuando estaba tan cubierta de mentiras y tinieblas.

Busqué dirigirme al estudio de Daemon. Sophie me interrumpió en el camino.

—Es día de práctica para el gran baile. ¿Ya te has enterado? —preguntó, sonriente. —Acompáñanos, te divertirás viendo, aunque te hayas librado de hacer tu presentación. Es una lástima que te hayas lastimado el pie.

Suspiré. 

El juego

La práctica para el baile sería algo que me pondría notablemente nerviosa. Daemon estaba allí, de pie, tan imponente como siempre. Stella practicaba el baile de forma hábil. Era una joven talentosa. No pude evitar sentir una punzada de celos y me di vuelta para disimular, me concentré en la barra de tragos y en los bocadillos que había.

Tomé un trago, bebí rápidamente. Luego, comí unos sándwiches. Estaba hambrienta. En este lugar siempre se te abría el apetito.

Miré la barra de tragos para no concentrarme en nada más. Tenía que darle la información a Daemon en cuanto terminara esta estupidez de baile.

Alguien se sentó a mi lado. Noté que era Collin por su aroma, tenía un perfume que me hacía acordar al café.

—¿No miras la práctica? —preguntó, con la voz amable. Sonreía como siempre, parecía que siempre estaba de buen humor.

—Oh, no tengo muchas ganas hoy. —dije, sin poder fingir demasiado. Sonreí.

—Bueno, esto no es lo más interesante del mundo hoy tampoco para mí. No me agradaban demasiado los bailes. —suspiró, con los ojos puestos en el techo.

—¿En serio? Pensé que eras el tipo que los adoraba. —dije, sin poder contener el comentario, aunque estaba enteramente fuera de lugar.

Me sonrojé. No tenía la habilidad todavía para dejar de sonrojarme. Eso me hacía poner nerviosa. Estaba aquí desde hacía bastante tiempo y todavía no dejaba de sonrojarme cuando algo me superaba.

—Eres linda cuando te sonrojas. Siempre te estás sonrojando. —Collin sonrió, entrecerrando los ojos con suspicacia.

—Gracias… —tartamudeó, tratando de aferrarme a la silla y cerrar las piernas con fuerza, eso me hacía sentir más severa.

—Bueno, respondiendote, es cierto, antes me gustaban. Ahora, me generan cierto rechazo. Uno puede divertirse mejor si luego no hay una batalla. ¿No? —preguntó, como si yo supiera de lo que estaba hablando.

Sonreí, haciendo ademán de servirme otro trago. Él sirvió mi copa para mostrarse amable. Yo estaba temblando de las caderas para abajo. Dijo la palabra batalla y eso me desconcertó. Era información sensible. Supongo que Collin no sospechaba de mí de ninguna manera.

Pasó su mano por mi mejilla.

—Estás sonrojada todavía, te noto algo nerviosa. —dijo, con los ojos fijos en mí.

Parecía que iba a leerme el alma. Se acercó a mí, su tacto en mi mejilla me hizo estremecer. Una mezcla de miedo y vaya a saber que más.

—Sí, perdón… No sé qué me pasa… —me excusé.

—Entiendo. Es por el baile, te molesta que Daemon baile con Stella. —observó, con una mirada tan suspicaz que me hizo sonrojar de nuevo.

Estaba tan roja que no sabía qué hacer para disimular. Él se acercó más, hablándome casi al oído.

—Él también se pondrá celoso ahora, me está viendo hablarte. —dijo, sonriendo, tenía esa forma de ser que era despreocupada y libre.

Collin pasó su mano por mi hombro. Mi piel se erizó enteramente. Miré hacia donde se encontraba Daemon volteando disimuladamente.

Allí estaba, tan guapo y severo, Stella lo esperaba para que él la recibiera. Y tenía los ojos fijos en mí, no le estaba dando importancia a nada más que no fuera a mí. Tenía esos ojos iracundos, quería venir a matar a Collin ahora mismo.

Me resistí a sonreír. Tomé mi trago y bebí con elegancia, volviendo a platicar con él, sin necesidad de nada más. Sabía que el solo hecho de hablar lo volvería loco. No miré la escena del baile, no me interesaba. Stella podía estar detrás de Daemon todo lo que ella quisiera.

—Sabes, he leído un libro muy interesante en los últimos días. —mentí, para poder crear una conversación. —Se llama “El tiempo de la marea”.

—¿De qué trata? —preguntó Collin, que parecía más interesado en mí que en Sophie ahora.

Sophie se acercó a nosotros, tenía una expresión notablemente fastidiada. Me rodeó con sus brazos a modo de juego.

—¿Quieres jugar un poco, Cady? —preguntó, sonriente.

Pasó las yemas de sus dedos por mis piernas. Respiró profundo, había estado peleando con Sam y lo podía notar. Parecía que no se estaban poniendo de acuerdo con nada últimamente. Escuché a Sophie pelear incluso con Stella. Ella no era así, debía estar irritada por el estrés del baile.

Le sonreí. Su tacto era suave. Sentí que me cosquillean las piernas y la humedad comenzaba a hacerse presente.

—Puede que sí. —sonreí. Mirando a Collin con complicidad también.

Noté los ojos de Daemon fijos en mí. No podía venir a apartarme como quisiera, nuestra relación estaba establecida. Teníamos que disimular, obviamente. Y esto era parte del disimulo y la puesta en escena.

Sophie se situó cerca de mí para comenzar con un juego. Collin me miró con atención.

Aquí

El calor podía apoderarse de mí con una facilidad que me parecía sorprendente. Supongo que este lugar provocaba esos cambios. Porque antes, en mi pasado, me negué a cualquier sensación de placer. Estaba fría, como una roca, no quería que nada ni nadie me dañara. Ahora, sentía como si fluyera con placer. Como si fuera parte de mis venas.

El latido de mi corazón iba constante y conectado a todas esas sensaciones. Sophie me tomó de la mano.

Cerré los ojos, mientras comenzábamos a jugar lentamente. Quería entregarme un poco a esa relajación. La activación de ese clima, de este calor que podía dominarme a la perfección.

Como si bailara al son de la música lenta, suave, húmeda. Sophie pasó las yemas de sus dedos en mis hombros, masajeando para quitarme toda la tensión. Apretó suavemente mis pezones y los hizo endurecerse.

Su tacto comenzó a centrarse entre mis piernas, para que la humedad floreciera. Sentí ese cosquilleo. Fue cuando sentí otro tacto en mi piel. Diferente al de Sophie.

No quise abrir los ojos tampoco. Sabía que era Collin. Su tacto no era suave, sino firme. Él tenía curiosidad en sentir lo que había en mi interior. Y deslizó su dedo índice para sentir mi humedad. Actuó con firmeza presionando donde me hizo gemir. Sophie me sostuvo los brazos, como si me estuviera inmovilizando. De eso iba el juego entonces.

Sentí que el cosquilleo me recorría de pies a cabeza. Collin presionó más, su dedo iba masajeando tan fuerte mi clítoris que la humedad corrió entre mis piernas.

—Oh… —Sophie hacía que mis senos subieran y bajaran hacia arriba, lo cual me estaba estimulando todavía más.

Abrí los ojos. Daemon estaba dado vuelta esta vez, estaba junto a Stella. Quería darme todavía más celos. No me iba a concentrar en él. No éramos nada. ¿Por qué insistía tanto en darle celos? 

Collin me miró fijamente, yo le daba curiosidad, lo podía ver en su mirada. Me tomó por la cintura, mientras Sophie se colocaba detrás de mí. Las dos estábamos desnudas. Las prendas habían caído al suelo.

Él miró mis senos y pasó sus dedos por ellos, recogiéndose. Luego, comenzó a agacharse. Sentí su respiración entre mis piernas.

—Oh, quiero que la pruebes. —dijo Sophie, palpando mi humedad, haciendo que se multiplicará.

Collin estaba tan cerca, su lengua estaba casi a punto de entrar dentro de mí. Si Daemon se daba vuelta y veía esta escena, seguramente se pondría furioso. Stella estaba junto a él, distrayéndose como ella sabía.

Estaba envuelta en furia y placer. Nunca había sentido algo así. Este lugar me hacía sentir cosas que antes pensé, eran desconocidas en su totalidad.

El placer se cortó cuando la puerta se abrió. Escuché el sonido de la voz de Eduard.

—Hola. —dijo, saludando en voz alta. Nos miró a todos y se sentó en uno de los sofás.

Me paralice. Recordé lo que había sucedido. Tuve miedo de que volviera a decir esas palabras y todos sospecharan de mí. 

Eduard no me miró. Sino que se concentró en los demás. En Sophie, en específico. Luego, se sirvió un trago y comenzó a cantar una canción triste. No tenía una buena voz para cantar, por lo que resultó irritante.

Todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Me vestí, regresando al pasillo, quería alejarme de Eduard para que no dijera ninguna cosa que me comprometa.

—Me gustaba cuando eras solo mía. —dijo la voz de Daemon, como un demonio a mis espaldas.

Se colocó detrás de mí y me habló al oído, susurrando. Aferró mi cuerpo al suyo.

—Ha sucedido algo. Eduard, el me habló de mi hermana. —le dije, susurrando también, olvidando mis celos tontos.

Él me miró con severidad y me ordenó que pasara a su estudio. Teníamos que hablar.

—¿Te mencionó su nombre? ¿Qué más? —preguntó, sentándose en su silla de oficina.

Se veía tan atractivo cuando se sentaba de esa manera tan despreocupada. Era imponente. Le relató todo lo sucedido. Él me miró con complicidad. 

—Los pasos a seguir son simples ahora. Sabemos que él la amaba, en cierta manera. Solo hay una persona que se pondría celosa de eso. —dijo Daemon, con los ojos en blanco, su sarcasmo me volvía loca.

Una parte de mi quería seguir negándose a la idea de que mi hermana estaba en un lugar como este. Mucho menos que iba a casarse con Eduard.

—Sam. —respondí, acercándome a Daemon, comprendiendo. —¿Cómo me acercaré a ella si me odia?

—Mi hermano no te odia. ¿No? —preguntó, con una mirada asesina que me hizo sentir en peligro de muerte.

—No… ¿Por qué me odiaría? —traté de actuar con normalidad, él no podía saber que me había besado, eso no sería correcto.

Incluso con Collin, Sophie, cualquiera de ellos, solo había juegos, no besos, no amor. El romance era algo más. No quería tenerlo con nadie por ahora. Solo cuando estuve con Daemon, cuando nos fundimos el uno con el otro, había logrado sentir que mi corazón se liberaba de todas las ataduras.

No se lo diría, obviamente. Porque estaba molesta con él.

—Es evidente que no te odia, se pone como un idiota cuando estás cerca. —dijo, sonriendo con malicia, de manera burlona. 

Él me invitó un trago. Me sirvió la copa. Cada vez que estábamos cerca sentía como mi interior ardía. Traté de dominarme.

—Gánate a mi hermano y trata de acercarse así a Sam. Ella será como Sophie si logras ganarte su amistad. Es hora de que sigas de encubierto, Cady. —dijo él, con los ojos entrecerrados. 

Luego, sus ojos chispearon. Quería hacerme suya, lo veía en su mirada. Se estaba contentando porque estaba orgulloso. Y yo, quería ser suya ahora mismo, pero también estaba orgullosa.

Amable

—¿No tienes hambre? —preguntó él, cortando el momento de tensión.

Me enderecé. Estaba saliéndome de control. Estar con él, tan cerca, en la misma habitación y los dos solos a veces hacía que mi mente dejara de ser por completo racional.

—Sí. —respondí, aliviada, eso era algo de normalidad en esta locura que llevaba de vida.

—Nos traerán la cena aquí. —dijo, arqueando una ceja, era tan atractivo cuando hacía eso, me miraba con malicia, esa mirada burlona que me volvía loca.

—Suena bien. —traté de sonar indiferente.

Pensé un poco en lo que dijo. Tener que fingir con Scott y Sam no era lo que hubiera escogido. Estaba tan cerca de la verdad que no lo abandonaría. Me resultaría difícil ser con Sam como era con Sophie. Ella no me agradaba nada. Impedir que la mataran, porque no era una cínica cruel sin escrúpulos, pero de ahí a jugar con ella… Sería complicado.

Relató con detalle lo sucedido con Eduard. Íbamos hilando juntos la conversación, buscando las pistas. Era un compañero de investigación bastante bueno. Estaba listo, muy listo. Su mente era aguda y perspicaz.

—Eduard es frío para los negocios. Cuando eres tan frío y aparentas esa imagen al mundo, siempre tienes algo que esconder. Marie debe ser su talón de Aquiles. O al menos, lo fue. —entrecerró los ojos, al tiempo en que bebía de su copa con una brutal elegancia.

Me encantaba escucharlo hablar. Trajeron toda nuestra cena y el lugar, a pesar de no ser un salón enorme y lujoso, me pareció de lo más cómodo para comer y relajarse. Estaba hambrienta. Siempre estaba hambrienta en esta mansión porque me hallaba sumamente relajada.

—¿Tú tienes algo que esconder? —pregunté, bebiendo de mi copa.

Él sonrió. Los hoyuelos se marcaron en sus mejillas.

—Por supuesto. —respondió, su sonrisa era perfecta y maliciosa a la vez.

—¿Qué es? —pregunté, un tanto molesta, no pude disimular mi expresión.

—A ti. —hizo una mueca burlona y soltó una risa de complicidad.

Solté también una risa, quebrando mi gruesa armadura que me impedía divertirme. Me sentí más relajada ahora que estábamos cenando. Era una situación diferente.

—El baile de esta ocasión será diferente. Nosotros estaremos presentes también. A veces solo están las chicas, a veces nosotros, depende cuán importante sea la gente a la que le queremos vaciar los bolsillos. —Daemon me observó fijamente. —Esta vez es gente bastante importante. Son de una mafia muy adinerada. Estaremos todos. Y no será aquí, porque planeo que tú te quedes.

—Me quedaré sola entonces. —dije, encogiendome de hombros, antes la idea me hubiera resultado de lo mejor.

Ahora, sentía un poco de ansiedad por no saber qué ocurriría allí. Porque sería algo importante.

—Sí, será bueno para que busques algo relevante en los cuartos. Dejaré apagadas las cámaras. Estarás sola y con la libertad de hacer lo que te plazca. Estoy seguro de que habrá algo. —él bajó un poco la voz, se oían pasos afuera.

Asentí con la cabeza. Reconocí la voz de Sophie, que se hallaba con Collin afuera, estarían a punto de ir a acostarse a alguna parte. Porque se los escuchaba sumamente emocionados.

—No te ves feliz. —dijo él, notando mi incomodidad.

—Estar sola… Bueno, supongo que me acostumbré a… —me interrumpí, quería decirle que me había acostumbrado a estar con él, pero no le daría el gusto.

—Es entendible. Estabas hecha un cubo de hielo al llegar. —dijo él, sonriendo otra vez con ese matiz burlón y sutil.

—Era una mujer decente. —objeto, molesta, se estaba propasando con sus palabras.

—Una chica que no conocía su propio cuerpo. —respondió, observando fijamente. —Ahora lo conoces bien. Lo disfrutas, lo amas.

Amar mi cuerpo y disfrutarlo no era un concepto que interioriza antes. Eso ni siquiera entraba en mi mente. Siempre me cuestioné delante de un espejo, me decía toda clase de cosas ofensivas. Me parecía que vestirme con, aunque fuera solo algo ajustado me hacía ver ridícula.

—Eres muy bonita. Y además lista. No deberías pensar nada malo sobre ti. —dijo él, estirando los brazos hacia arriba, esta vez, mostrándose más relajado. —Tu compañía me es placentera.

Sonreí. Me estaba hablando como a su socia, no como a su sumisa. Eso me gustó. Levanté la copa para brindar. El sonido de los cristales chocando lentamente me estremeció la piel.

Sus ojos puestos sólo en mí me provocaron una sensación de tranquilidad.

Comencé a analizar toda la situación. Daemon respondía mis preguntas para lograr tener en papel toda la información posible. Quería hacer un trabajo fino para que toda cosa fuera de lugar estuviera en mi poder.

Escribía en un anotador todo lo que sabía. Él me iba ayudando con bastante predisposición. Luego de unos minutos de información casi trivial, Daemon fue soltando poco a poco la información de los negocios de Eduard. También, de Collin, y, por último, los de él.

—¿Entonces tú no eres…? —empecé a preguntar, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—No soy yo el que forjó esta mafia. Fue mi padre, yo solo la heredé. No es lo que quiero. No tuve elección. —hizo una pausa, miraba el anotador. Estaba afectado, enfadado.

Todos los demás estaban focalizados en sus negocios, abriendo y multiplicando sus ganancias compitiendo con otras mafias. Daemon estaba haciendo las cosas diferentes, parecía como si estuviera disminuyendo a propósito las alianzas para asegurarse su puesto, pero no crecer más.

Comienzo de la carrera

—No es lo que quieres, sin embargo, aquí todo el mundo te respeta. —dije, no pude evitarlo.

—Sí, así es. Porque me he ganado el miedo de todos. De Collin, de Eduard. Todos ellos me temen. —sonrió con malicia.

—Entonces has utilizado la misma violencia para llegar a la cima. Pero ahora, quieres retirarte. ¿Es algo así? —pregunté, con osadía, porque ahora que éramos socios, comenzaba a tomarme más libertades.

—Te oyes astuta. Te tomas demasiadas libertades ahora. —él volvió a mirarme como si fuera un asesino despiadado.

Dios mío, esa mirada podía hacerme temblar de temor sin que pudiera evitarlo.

—El baile será sangriento. —Daemon cambió de tema, me di cuenta rápidamente que mi pregunta lo había incomodado. —Stella deberá tomar tu lugar y estarás agradecida por ello. Es de un conocimiento privado que muchas veces, se debe tomar alguna vida.

Palidecí. Eso me dijo Scott en mis primeros días aquí. El comentó que me harían matar a alguien. Lo olvidé, supongo, o quería creer que era una exageración. En mi mente, volví a recordar el beso con Scott. Me atormenté.

—Ellos… Bueno, debo preguntar porque esta duda me va calando en lo profundo… —solté, esta vez con más timidez, no quería volver a jugar con fuego. —¿Ellos no notarán que no soy tu sumisa?

—Ellos no tienen la autoridad para desafiar mis órdenes. Nadie te preguntará nada. Pensarán que me cansé de ti, que tengo a Stella conmigo porque la creo más capaz y a ti solo te uso para que estés entre teniéndome a mí y a los demás de vez en cuando. —arqueó una ceja, con malicia. —¿No es eso un alivio?

—Por supuesto. Es un enorme alivio. —dije, casi apretando los dientes.

No sabía bien qué estaba sintiendo y experimentando. Una parte de mi se aliviaba de no tener que asistir a ese evento fuera de esta mansión, donde seguramente habría personas terribles. Otra parte de mí, no le agradaba ser considerada aburrida y solo una distracción.

Me observé los pies, bajando la vista.

—Es hora de que me vaya a dormir. —empecé a levantarme poco a poco de mi asiento.

Él me miró directamente. Luego, se levantó para tenderme la mano de un modo elegante. Me estaba escoltando hacia afuera.

—Hasta mañana, bonita, tendrás mucho en que pensar. —dijo él, inclinándose lentamente hacia mí.

Sentí que un cosquilleo me invadía de pies a cabeza. Me puse roja, lo noté en el acto, creí que me iba a besar. Pero su beso se localizó en mi mejilla. Era una despedida sin romance.

El notó mi decepción y aquello lo hizo sonreír con su malicia correspondiente. Uf, era un idiota. Salí de allí para volver a mi cuarto.

Deseaba tomar un baño de agua caliente, quitarme los malos recuerdos y meterme en la cama tapada hasta la cabeza.

Una vez estuve sumergida en la bañera, cerré los ojos. El agua estaba caliente, estaba disfrutando mucho el baño.

Respiré profundo, liberando todas las tensiones. Estaba tan relajada que no escuché la puerta abrirse.

—¿Sophie? —pregunté, abriendo los ojos de golpe, este era mi cuarto de baño privado.

Ella sonrió, estaba con un abrigo grueso negro. Me pareció que no era su estilo. Algo en su mirada, no lo sé… Parecía incluso casi molesta.

—Lo siento. Quería hablarte. —dijo ella, mirándome con los ojos brillantes.

La tensión empezó a llenar el ambiente por completo. No esperaba en absoluto su visita.

Tenía el presentimiento de que estaba desconfiando de mí, de mi identidad. Esa chispa en sus ojos lo decía todo.

—¿De qué querías hablarme? —pregunté, mirándola desde la bañera.

Ella se acercó. Se sentó al lado de la bañera y sumergió su mano en el agua para sentir la confortabilidad del agua caliente.

—Antes teníamos más confianza. —ella hizo una mueca de desilusión. —Cuando ocurrió lo de Sam. Ya sabes…

—Sí, comprendo. —Yo seguía con todo mi cuerpo zambullido en el agua, no quería mostrar ningún rasgo de debilidad porque eso generaría más sospechas. —No hemos hablado mucho.

—Sí, no me has dicho él porque Daemon te está dejando de lago. No pareces triste tampoco. —ella sumergió su mano más profundo en el agua, pasó su dedo índice por mis muslos.

La sensación era una mezcla de cosquillas y de placer. Su dedo comenzó a acercarse a mi femineidad. Cada vez estaba más cerca, generando una oleada de calor en mi cuerpo.

—No estoy triste. Daemon no me dejó de lado. —busqué actuar lo más natural que pudiera, mentir de una manera precisa.

De igual manera, que ella estuviera rozando su dedo entre mis piernas hacía que me distrajera de que, en realidad, estaba sospechando de mí. Quería averiguar cosas, quería sacarme la verdad.

—Daemon solo está divirtiéndose con Stella y luego volverá a mí. Lo sé. —sonreí. —Mientras tanto, puedo explorar nuevas alternativas. Me ha dejado quedarme aquí porque… Este lugar ya es parte de mí.

Ella sonrió. Deslicé mi mano con suavidad debajo de su abrigo tan grueso. Debajo no tenía nada. Hundí mi dedo para hacerla gemir lentamente.

—No me han llamado al baile porque esta ocasión es importante. Alguien como yo, así de inexperta… Podría arruinarlo todo. —continué, mintiendo, pero ella casi no prestaba atención a mis palabras.

—Oh, sé que aprenderás todo. Estoy feliz de que Daemon te dejará quedarte. —dijo ella, sonriendo, mientras seguía con el juego.

Fueron unos minutos de ese placer antes de que ella se impacientaba y fuera a querer buscar a Collin. Vi en sus ojos la intención.

—Lamento desconfiar de ti. —dijo ella, mirándome con complicidad.

—No te preocupes. —sonreí, todavía estaba dentro de la bañera, como si aquello me siguiera relajando. Me estaba volviendo una experta en el engaño, la manipulación. —Una cosa más…

Ella se detuvo, estaba a punto de marcharse a buscar a Collin.

—¿Dime? —preguntó.

—Necesito que me hagas un favor. —arqueé las cejas, con sutileza. —Quiero hacer algo con Sam y Scott.

Truco

Cuando Sophie se marchó, pude sumergirme en mi cama para tratar de dormir un poco. Estaba demasiado exhausta. Demasiadas emociones, diría yo.

Traté de ordenar todo en mi cabeza. Ella aceptó hacerme aquel favor y eso me ayudaría mucho. Daemon me dijo que tenía que ganarme la confianza de Sam, era mi objetivo. Sophie podría ser una gran ayuda para romper un poco mi hostilidad.

Miré hacia el techo, tan alto y pulcro. Me sentí un poco más protegida. Dejé de pensar en los asesinatos y esas cosas. La verdad no deseaba tener que exponerme a esa situación. Tener que matar a alguien. Eso debía ser una maldita locura.

Bajé a desayunar con la intención de, luego de comer algo, empezar a llevar a cabo mi plan. Sam estaba allí, con el rostro perfectamente maquillado. Me pareció extraño.

—¿Qué me miras así? —preguntó ella, con fastidio.

—No es nada. Parece que estás por salir, tu maquillaje es bonito. —dije, dispuesta a dejar mi enemistad a un lado para servirme zumo de naranja.

—Es obvio, voy a un baile importante. —ella puso los ojos en blanco.

—¿Qué? —palidecí, no recordaba que tuviera tan poco, el evento debió adelantarse.

Por poco y me atraganto con el jugo.

—Será esta tarde, terminará a la madrugada. Oí que no irás. —ella entrecerró los ojos con cierta desconfianza.

Aunque le había salvado la vida, seguía siendo una perra conmigo. No importa, me dije a mi misma, pronto descubriría la verdad y entonces no debería verla nunca más. Trataba de aislar de mi mente por completo el hecho de que ella podía haber asesinado a mi hermana. Debía mantener la mente fría.

—No, no estoy muy capacitada para eso. —puse los ojos en blanco. Ya que ella era tan grosera, podía devolverle un poco de esa ironía.

—Sí, eso es cierto. —sonrió, bebiendo de su vaso, tenía una mezcla de leche con miel.

Maldita sea. Me dije a mi misma, no quería esperar más. El favor que le pedí a Sophie debería ser después de la fiesta ahora. Daemon no me dijo nada.

Bebí el zumo y me dirigí a su despacho de inmediato. Estaba furiosa, quería incluso gritarle. Entré prácticamente azotando la puerta y la imagen que vi no me gustó en lo más mínimo.

Allí, sentada en uno de los sofás, estaba Stella. Ella me miró con esa sonrisa suya tan molesta.

Daemon estaba en su escritorio.

—Cady, yo llegué primero. —dijo ella, dándome la mano para impedir que llegara antes al escritorio. —Debo hablar con él en privado. Tiene que asegurarse de que yo haya aprendido todo a la perfección.

Daemon alzó la mirada, parecía que no nos había prestado ni la más mínima atención.

—¿Qué es lo que quieren? —preguntó él, con cierto fastidio, noté en su tono de voz que estaba enfadado. —Stella, lo harás bien, haz lo que practicaste conmigo y estarás bien. —dijo, queriendo resolver todo rápidamente. Me miró a mí esta vez. —Tú. ¿Qué es lo que quieres?

—Quería… —me sobresaltó que me hablara de esa manera.

Tampoco esperé que hubiera practicado con ella. ¿Qué demonios hizo con ella? Sentí que me hervía la sangre. Me puse roja sin darme cuenta. Stella se percató de ella y vi la chispa de burla en su mirada.

—Quería saber por qué el baile se adelantó. —dije, sin amedrentar ni acobardarme.

—Porque así lo quise yo. —él me miró con severidad, estaba tratándome como si fuera una desconocida.

Stella se levantó del asiento. Me tomó del brazo.

—Él está ocupado, es mejor que dejemos de molestarlo. —dijo, sonriendo, con cinismo.

No me quería ir. Estaba enojada. Estaba molesta por su indiferencia. Sin embargo, debía entender que si Stella estaba aquí no podía hablarle como a mi socio. Tenía que ser como todos los demás aquí. Comportarme como ella.

Stella clavó una rodilla en el suelo, arrodillándose.

—Lo siento por incomodarte. —dijo ella, como si él fuera su amo y ella su sumisa, eso tampoco me gustó para nada.

Miré a Daemon, que apenas si nos miraba. No iba a arrodillarme, no quería.

Stella me miró para que hiciera lo mismo. Ella podría sospechar si no hacía eso. Porque una sumisa siempre parecía ser una sumisa.

Tragué saliva y me arrodillé, pero sin mirarlo. No quería también darle el gusto de verlo sonreír con malicia.

Nos retiramos al pasillo.

—Oí que uno de los líderes de una mafia importante accedió a ir hoy al gran baile, por eso se adelantó un poco. Te ves muy nerviosa, Cady. —dijo Stella, recordé, por alguna razón, cuando me entrevistó.

—Lo siento. Quedarme sola aquí… Es lo que me pone nerviosa. —mentí, mirando al suelo.

Ella me abrazó.

—No sabía que te quedarías sola aquí. Sin protección, sin ellos tres, digo, cuatro ahora. Oh, mi pobre Cady, estarás desprotegida y vulnerable. —dijo, en un tono casi sarcástico.

Me pareció un ataque y me puse a la defensiva. Liberé su abrazo haciéndome a un lado.

—Puedo cuidarme muy bien. —aseguré, sonriendo con confianza. —Que tengas suerte.

Soledad

Traté de pensar, para mis adentros, que esto era lo mejor que podía pasarme. Estar sola, sin ninguno de todos estos dementes a mi alrededor.

Daemon no parecía querer hablarme antes de salir y eso me pareció sospechoso. Busqué la razón más lógica para no cundir en ninguna clase de pánico.

Quería recuperar mi racionalidad. Entré al sanitario y me hablé a mí misma al espejo.

—Teresa, eres una mujer inteligente. —me dije, suspirando. —Actúa con frialdad, estamos cerca de descubrir la verdad y hacer que este lugar desaparezca para siempre.

Actuar con frialdad, ese será mi mantra a partir de ahora. Daemon debió actuar así de frío por la misma razón, para no levantar ninguna sospecha con los demás.

Me vestí de una manera sencilla, cómoda, para estar en la casa revolviendo todo sin ninguna dificultad.

Saludaría a Sophie y le deseaba buena suerte. Estaba caminando buscándola, cuando Scott me habló, interrumpiendo mis pensamientos.

—¿Estás bien? —preguntó él, mirándome, me trataba de una manera distinta desde que ocurrió lo del beso.

Él era el único además de Daemon que sabía que yo era una infiltrada. Sentí un revuelo en mi interior, estaba nerviosa. Trataría de disimular para que él tampoco se diera cuenta de mi investigación. No quería involucrarme con Scott.

—Sí. —respondí, mirándolo con los ojos entrecerrados.

Cuando lo miraba fijamente, él desviaba la mirada, nervioso. Era evidente que sentía algo por mí. No comprendía porqué. En realidad, desde que llegué aquí todos los conceptos que tenía sobre mí misma había cambiado en lo absoluto.

Antes, me consideré una chica a la cual nadie miraba, a la que nadie le prestaba atención. Porque eso fue lo que me pasó casi siempre. Aquí, no podía entender que muchos tuvieran interés en mí. Me sentía muy diferente, incluso cuando me veía al espejo veía a una mujer completamente distinta a la Teresa que se escondía y a veces se chocaba contra las paredes por no querer ir por el centro del camino.

Trataba de pasar desapercibida. Llamar la atención no era algo que se me diera bien, me daba vergüenza, no quería que nadie me mirara de ninguna forma. No me sentía bien conmigo.

Todo cambió tan abruptamente que apenas si me reconocía. El pudor, todo se había marchado.

—Hace mucho que no hablas conmigo. —dijo él, mirándome, alzando de nuevo la cabeza.

Me quedé callada por unos segundos.

—No he tenido tiempo. Pero he planeado algo para cuando regresen. —sonreí, con una chispa en mis ojos que él reconoció.

Se puso rojo, eso me generó una sonrisa.

—¿Has planeado algo? —preguntó, con cierta incredulidad.

—Sí. Para zanjar mi enemistad con Sam. —guiñé un ojo. —Tranquilo, será muy divertido.

El no pudo evitar mostrarse nervioso. Solté una risita ante su carácter. Era muy diferente a Daemon.

—Entonces nos veremos cuando regresemos. —respondió, buscando tranquilizarse. —Sam está siendo mucho más amable, verás que serán amigas.

—¿Qué? —pregunté, con algo de fastidio, Sam era de lo peor y no pude evitar mi descontento.

Él ni siquiera la quería tener como sumisa, parecía una broma. No pude evitar mostrar mi molestia.

—Lo siento. No quise hacerte enfadar así. —él hizo una mirada sarcástica, me sorprendió y rompió mis esquemas. —Sam puede sanar su vínculo. ¿No es así?

Sanar, esa palabra, la dijo de una manera extraña. Su mirada cambió, se tornó más oscura.

—No comprendo. —solté, algo incómoda. Miré hacia los costados para buscar a otra persona que me sirviera de excusa para terminar esta conversación.

—Nada, nada. La mejor medicina es perdonar a quien alguna vez hizo algo que te causó un daño. —Scott me tomó de la mano, acariciando lentamente mi palma y haciendo que me estremeciera.

Me sentí en alerta. A la defensiva, prácticamente. Quería salir de esta habitación ahora mismo.

—Que tengas suerte, Scott. —dije, improvisando.

Quería hacer algo que lo descoloca de su extraña manera de actuar. Traté de memorizar todas esas palabras que dijo. Algo quería decirme, una indirecta. Dios mío, no quería sospechar de él, pero me obligué a desconfiar de todos allí. Scott, no podía creer como se ensombreció de golpe.

Besé su mejilla para que se desconcertara.

Él sonrió. Seguía nervioso, pero igual sonrió.

—También tú. —dijo, a pesar de que eso no tenía sentido.

Al decir esto último se marchó, dejándome a solas allí. Debía admitir que todo aquello me dejó una sensación extraña. Como si… Tuviera miedo. El miedo subió por mi cuerpo haciéndome temblar un poco.

Traté de controlarme otra vez. Scott se comportó de una manera extraña. Sophie se había comportado de una manera extraña.

Mis pensamientos se hacían cada vez más caóticos. Sentí que todo esto era una trampa. Que Daemon lo hizo a propósito para dejarme sola aquí y algo horrible iba a suceder.

No tenía adonde ir ni cómo escapar. Quizás lo mismo le sucedió a mi hermana.

Miré a mi alrededor, estaba dentro de una mansión de la cual no podía escapar. Y si pudiera, no llegaría muy lejos.

Puedes más

Me quedé unos minutos allí, paralizada por el temor. En mi mente se iban enredando todos los posibles desenlaces para mi situación.

Estar acorralada no era en lo absoluto un ambiente próspero para tener ideas claras. Sentí que me dolía la cabeza por los nervios, una migraña quería asomarse.

Lo que dijo, las palabras que usó Scott. Fueron algo que me hizo sospechar que quizás él tenía algo que ver con el asesinato de Marie. Tuve miedo, mucho miedo.

—Respiras de una manera agitada. —Su voz, su terrible e imponente voz me hizo soltar un grito.

Él me cubrió la boca con su mano y me atrajo hacia su cuerpo con fuerza. Jadeé.

—Daemon… —murmuré, en parte, casi aliviada de que no se tratara de ninguno de los demás. —¿Por qué me trataste así?

No pude evitar preguntarle aquello, aunque no tenía sentido, porque nosotros no éramos nada, solo socios y podía ser tranquilamente una estrategia para desconcentrar a los demás.

Puede normalizar mi respiración con su presencia. A pesar de que minutos antes había creído que me había tendido una trampa engañándome vilmente. Cuando lo miraba a los ojos, cuando estaba cerca de mí, todo mi interior cambiaba, mi mente, mi forma de actuar.

Me observó fijamente, con esos ojos azules penetrantes y severos. Su mandíbula cincelada complementa su severidad, su aspecto furtivo, peligroso.

—No hagas preguntas estúpidas. —me dijo, ladeando la cabeza, como si fuera una obviedad.

Daemon tenía una caja que dejó en una de las mesas del lugar.

Pensé para mis adentros que solo lo dije por lo de Stella. Porque lo demás si era una obviedad si lo pensaba con mucho más detenimiento. Pero no podía pensar con mucha claridad en todo este lugar, esta mansión sacaba muchas cosas de mí. No me daba tiempo siquiera a solas de reestructurarse.

Recordé el momento en el cual Daemon me colocó el arnés, para que estuviera desnuda debajo. Fueron mis primeros días aquí.

Sentí la humedad en mi coño ardiente. Cada vez que recordaba algo con Daemon era así.

Mis ojos brillaron.

—Sí. Solo pregunté porque estoy nerviosa. —fui sincera, pero traté de actuar con al menos un poco de indiferencia. —Si tu estuvieras en mi lugar también lo estarías.

Él sonrió con malicia. Luego, soltó un suspiro igual de burlón. Extrajo de su bolsillo un dispositivo que parecía ser un teléfono. Me lo entregó.

—Podrás escuchar todo lo que pasé. Para que estés atenta. He colocado varios micrófonos de manera estratégica para que oigas cualquier información que nos resulte relevante. —Daemon me miró fijamente, estaba ocultando algo.

—¿A nosotros dos? —pregunté, molesta porque no me decía toda la verdad.

—Bien. —Se encogió de hombros, apoyándose contra la pared, parecía tan relajado. —A mí, para ser sincero. Quiero que escuches y anotes todo lo relacionado al proyecto Rubí.

—¿Qué es eso? —de inmediato la curiosidad me pudo.

Él me rodeó, sin tocarme, pero arrinconando contra una de las paredes. Quería marcarme que no estaba en posición de hacer preguntas. Quería que me espiara, no era difícil darse cuenta de eso. Quería que espiara para luego desestabilizar a sus rivales. Y a sus socios, o a casi todos por lo que podía intuir. Daemon era extraño. No podía ni siquiera anticipar cuáles serían sus verdaderos planes.

No quería estar oyéndolo todo, la verdad sería una orquesta de toda clase de sonidos que sería casi imposible de diferenciar. Pero tenía que hacerlo, entre los dos nos ayudábamos.

—Lo haré. —dije, mirando al suelo.

Él me sujetó el mentón para que lo mirara a los ojos. Luego, se acercó tanto que creí que iba a besarme.

Deslizó su mano para estrechar la mía, como una señal de un acuerdo. Luego, extrajo de la caja que había traído, un objeto que casi hace que se me salga el alma del cuerpo.

—Eso es un arma… —balbuceé, apenas si tenía voz para seguir hablando. —¿Qué demonios…?

Maldije, mi sentido de alerta se activó de golpe. No entendía porque me trajo un arma como esa para que la sostuviera. No la acepté.

Él la estaba tendiendo para que yo la sujetaba.

—Para que te protejas. Ya sabes cómo tirar, jalas el gatillo y ya. Es lo más moderno que existe. Solo apuntas y jalas. Nada más. —Daemon me miró con suspicacia. —No quiero correr riesgos.

—Maldita sea Daemon. —susurré, en voz baja. —¿Es que estoy en peligro aquí?

No podía comprender porque necesitaba algo así, esta mansión, según todos, era un sitio seguro.

—Porque estamos metiéndonos en un terreno peligroso. Quiero que estés lista, por si algo sucede. Hay guardias en todo el exterior, detrás de los cercos que rodean el jardín. —explicó. —Pero aquí no los hay. Porque este es un sitio seguro, si traigo seguridad privada aquí ellos sospecharan y no tendremos posibilidad de averiguar la verdad.

Tragué saliva. Esto no me gustaba para nada. Acepté, luego de unos minutos, el arma y la sostuve entre mis manos temblorosas por el miedo. No quería morir, no quería correr peligro.

Pensé en decirle a Daemon que quería irme, marcharme ahora, que los guardias me llevaran lejos de aquí.

No, Teresa, has llegado hasta aquí por algo. Me repetí, como un eco dentro de mi mente temerosa.

Estaba tan cerca que no podía rendirme. Busqué sostener el arma con más firmeza.

—Me quedaré aquí hasta que sea la hora. —dije, con los ojos llorosos, no podía evitar tener muchas emociones dentro de mí.

—Está bien. —Daemon me sonrió con malicia, luego, me hizo dejar el arma de nuevo sobre la mesa. —Yo también me quedaré aquí hasta que sea la hora.

Me observó tan fijamente que pareció quitarme hasta la última prenda que llevaba puesta solo con los ojos.

Deslizó su mano por debajo de mi blusa, palpando la suavidad de uno de mis senos y endureciendo mi pezón al instante. Solté un gemido sin poder evitarlo.

—Apártate… —solté, molesta, éramos socios y nada más.

Escondida

Después de apartar a Daemon de mi lado, sentí que una parte de mi corazón se endurecía. A veces, para marcar un límite a nuestro propio corazón, es necesario sacar mucha fuerza. Una fuerza que no sabemos siquiera que existe dentro de nosotros.

—Entonces nos quedamos hablando hasta que sea la hora. —dijo él, con una molestia que se le notaba a kilómetros de distancia.

Sonreí para mis adentros. El haber colocado una distancia entre nosotros hizo que él se comportara diferente. Como si quisiera todavía acercarse más a mí a pesar de mi rechazo.

—Me parece bien. Dime, Daemon. Tengo algunas dudas… —solté, tratando de ordenar los pensamientos en mi mente. —¿Todos los micros estarán conectados u ordenados para que yo lo comprenda?

Él asintió con la cabeza, situando su vista en el techo.

—Seh. —dijo, como si fuera una tontería. Luego, pareció entrar en razón. —El proyecto rubí está en boca de los jefes de la mafia. Podrás darte cuenta y reconocer las voces. Optimicé el teléfono para que reconozca las voces y coloqué los nombres correspondientes. Eres lista, sabrás comprender qué ocurre incluso sin que yo te lo explique.

Había todavía bastantes dudas rondando por mi mente. ¿Todos estarían en el mismo sitio? ¿No se iban a superponer las conversaciones? Decidí que eso sería problema de más adelante. Porque si llegaba a ser que algo así sucediera, no tendría mucho sentido que espiara. Y tal parecía que a Daemon le interesaba mucho esa información.

Resguardar mi vida era lo más importante para mí. Eso era una obviedad. Así no resultará para nada esto y no pudiera espiar, inventaría alguna excusa. Daemon no podía considerar ni por un minuto que yo no era de utilidad para su estrategia.

Esa era mi estrategia para sobrevivir a todo. Me sentía como una espía más que como periodista. Estaba de infiltrada. Incluso Daemon, que era el único socio que tenía aquí, no era completamente de fiar para mí. No confiaba en nadie en realidad. Porque mi hermana, Marie, seguía siendo mi prioridad. La verdad.

—Confía en tus instintos. —Daemon sonrió, mostrándose más simpático esta vez.

Me tendió la mano, para estrecharla.

—Buena suerte. —le respondí.

Aquel acto fue realmente el de dos socios y no el de dos amantes. Me quería sonrojar. Pero por primera vez en la vida, logré controlarme.

El proyecto rubí… Me preguntaba qué demonios sería.

En el tiempo de espera juntos, Daemon me dio un poco más de detalles sobre el baile. Los invitados estarían sentados en diferentes asientos que poseían los micrófonos. Esto era una ventaja para mí, eso quería decir que, si los asientos estaban lo suficientemente alejados, no habría problemas para diferenciar las voces.

Luego, me relató un poco de lo que sucedería. No me puse celosa esta vez, de nadie. Actué fría. 

Escuché con suma atención cada cosa que podía servirme y la que no, la ignoré nada más.

El tiempo de partir llegó. El tiempo de que me quedara sola. Sentí un escalofrío, que luego se transformó en un estremecimiento que me recorrió de pies a cabeza.

Daemon me dio un beso en la mejilla para despedirme. A los demás no los saludé, ya se habían marchado con anticipación. 

Me quedé a solas en la sala, mirando al techo, recostada en el sofá.

—Estoy completamente sola en esta mansión. —sonreí, soltando una risa de relajación.

Me paré de golpe sobre el sofá y luego, caminé unos pasos hacia adelante. Me observé en uno de los espejos.

Cuánto había cambiado, cuan guapa estaba. Me veía relajada, tan hermosa que no me reconocía en el espejo. Era otra persona, totalmente diferente a la que fui alguna vez.

Incluso parecía que estaba más alta. Quizás fuera porque ahora me paraba mucho más erguida.

Caminé por toda la casa, comenzando con la inspección. Debía apresurarme para usar toda mi atención en la búsqueda antes de que tuviera que dividir mi atención con el asunto de los micrófonos.

Fui directo al cuarto de Sam, movida por mi desconfianza hacia ella en particular. Tenía el presentimiento de que allí lo encontraría todo.

A simple vista parecía un cuarto enteramente normal. Igual que el mío, repleto de ropa y joyas. Había todo lo que cualquiera podría pedir.

Sam tenía más disfraces, más lencería. Comencé a examinar los cajones. Encontré varios dibujos que había hecho, al parecer tenía ese pasatiempo. Dibujaba ojos y cosas así.

No encontré nada que me recordara a Marie. Quizás lo hubiera desechado todo para que nada pudiera inculpar.

Solté un suspiro de fastidio. Examiné los cajones, todo lo que pudiera ocultar algo y no había nada.

Me senté sobre su cama para descansar. El teléfono todavía no marcaba nada.

Escuché la notificación de que los sonidos comenzaban a detectarse y me puse en alerta. Quería ir caminando hacia el siguiente cuarto a revisar. Pensé en revisar el que estuviera más cerca, y así, hasta revisarlos a todos.

Otro sonido me alertó. No provenía del teléfono.

No.

—Maldita sea. —Solté para mis adentros, me estaba paralizando del miedo allí.

Porque el sonido era el de pasos. Pasos acercándose. Sostuve el arma entre mis manos, tan temblorosas que apenas si podía sostener algo sin que se cayera al suelo.

Diminuta

Me quedé paralizada. El frío inundó cada parte de mi piel a causa del temor. Tenía tanto miedo, estaba temblando. 

Si tenía que apuntar y…

No, yo no iba a dispararle a alguien. Demonios, maldije, yo misma me metí en este lío. Quien sabe que estaba allí afuera, acechándome. 

Los pasos iban acercándose cada vez más. El sonido de las pisadas era sonoro, debía ser un hombre, pesado, por lo que podía percibir.

Me acurruqué en mi escondite que era tan estúpido como considerar la idea de disparar. estaba lista a tratar de escapar en el momento que fuera posible.

Teresa, me dije otra vez en mi diálogo interno. Traté de silenciar todo ese miedo que estaba tornándose caótico. Solo yo podía salvarme ahora.

Si tenía suerte, no me vería, la persona que estuviera allí. podría ser un ladrón. O quizás, quién sabe, podría ser otro mafioso que venía a arreglar cuentas pendientes y…

Y me encontraría a mí.

Otra vez el diálogo caótico en mi cabeza. Cuán complejo era acallar los temores que evidentemente estaban ahí. 

No podía imaginar que era solo una persona y no era una amenaza. Todo era una amenaza para mí ahora que Daemon se marchó.

—Está aquí. —dijo una voz, de hombre, muy ronca.

Escuché otros pasos.

—Sí. Está aquí. No se la vio salir por ninguna de las puertas. —otro hombre respondió.

Sentí un alivio. Quizás se tratara de los guardias de seguridad de los que me platicó Daemon. Quizás alguien temió que escaparía de aquí y vinieron a asegurarse de que no fuera una desertora. Quizás Collin o Eduard tenían alguna sospecha.

Ahora que me vieran, cuando saliera de mi escondite, volverían a marcharse.

Lo exageré todo por mi miedo. Traté de bajar el arma, mis manos seguían temblando.

—Sí, búscala en las habitaciones de arriba. Tiene que estar muerta antes de que él llegue. De lo contrario, nos matarán a nosotros. —soltó el hombre, de voz ronca, con un caminar apresurado.

Estaban de pie, se detuvieron casi frente a mi escondite. Dios mío, cada segundo que transcurrió luego de que dijo esas palabras fueron un auténtico infierno. Sentí que me estremecía. Me esforcé en no moverme ni un centímetro.

El otro hombre debió asentir, porque sus pasos se escucharon alejándose. Estaba yendo a buscarme a las habitaciones de arriba.

Mis pensamientos se congelaron prácticamente. Sentía que poco a poco, la muerte me quería alcanzar.

El que se quedó, estaba detenido en frente de mi escondite. Esto no era siquiera un escondite. Si caminaba un poco más, me vería, estaría perdida.

Dispara primero. Eso me aconsejaría Daemon.

No lograba siquiera imaginar cómo haría algo así. Si nunca hice algo semejante, me sentí cobarde.

El condenado hombre ni siquiera se movía. Parecía que estaba contemplando la habitación y nada más. Si sonaba otra notificación del baile… Maldita sea, eso sería un desastre.

El sudor corría por mi frente. El maldito no se iba.

O quizás sospechaba que yo estaba aquí.

Se escuchó un crujido débil. Apenas si podía respirar, no quería emitir ni un solo sonido.

Los pasos no se alejaron mucho. Caminó solo unos pocos pasos y ya.

Él se quedó en el armario de Sam. Por la distancia, podía adivinarlo. Quizás pensaba que me quedaría ahí escondida.

Me armé de valor para espiar lo que estaba haciendo, los minutos pasaban y él no se iba. Estaba revisando los cajones y haciendo ruido.

Al asomarme un poco más, contemplé cómo el hombre olfateaba uno de los disfraces de lencería de Sam.

Me levanté de golpe.

“Yo no voy a morir ahora.”

Me repetí a mí misma. Un instinto de supervivencia arrollador que hizo que mi corazón latiera con rapidez.

Él estaba de espaldas, hurgando entre las prendas. Estaba por hacer algo indebido y por eso se había demorado.

Disparé.

Sin pensarlo. Como si mi corazón actúa por encima de mi cerebro. No, tenía la imagen de mi hermana en mi cabeza retumbando. Yo no moriría aquí. No me pasaría lo mismo. Mi investigación no podía quedar en la nada.

Esos pensamientos me hicieron disparar. El sonido me lastimó los oídos. El estruendo que hizo el tipo al querer sujetarse del armario resonó en la mansión entera.

No le había dado. El susto lo hizo caerse, pero él disparó de inmediato.

Me oculté, debajo de la cama, el peor lugar para esconderse del mundo. La desesperación me hizo querer moverme rápido. La desesperación me hizo querer huir y esconderme como un ratón asustado.

Su risa inundó la habitación, pronto el otro hombre llegaría también aquí guiado por el sonido de mi disparo. ¿Por qué no seguí disparando? Me pregunté, era estúpido, porque el momento ya pasó.

Porque yo no era una espía. No sabía disparar. No actuaba bien bajo presión.

Una mano sujetó uno de mis tobillos. Solté un grito.

El tipo sujetó mis tobillos con fuerza para impedir que saliera por el otro lado de la cama, mientras se reía, estaba mofándose de mi disparo equivocado.

—Las zorras no sirven para disparar. —dijo, soltando una risa y pasando sus dedos por mis tobillos. —Las zorras solo sirven para una cosa…

Rogar

En toda mi vida jamás había sentido una sensación semejante a la que ahora, tenía que experimentar. Estaba desprotegida, sola, enteramente vulnerable. Ni siquiera podía usar mis puños para tratar de defenderme. No lo estaba logrando. Mi cuerpo mismo estaba jugándome en contra. No podía pelear de ninguna manera y eso generaba una impotencia que se mezclaba con el terror.

—Por favor… No soy una de ellas… No soy sumisa… —solté, con los ojos llenos de lágrimas.

Si la piedad existía, rogaba que alguno de ellos la poseyera. Algo que les dijera que no me hicieran nada, algo dentro de ellos.

El otro hombre llegó junto al que me tenía sujeta por los tobillos.

—Eres la famosa Cady. A la que tenemos que matar ahora. —dijo el otro hombre, su voz era menos aterradora, pero igual de amenazante.

El tipo de la voz ronca me jaló de las piernas para sacarme de debajo de la cama. Me miraron con atención. Yo también los observé.

El de la voz ronca me sujetó con fuerza contra su cuerpo para que no escapara.

—¿Qué le haremos a esta gatita antes de matarla? —preguntó, mirándome con los ojos entrecerrados.

Una idea brilló en mi mente. Estos tipos… maldita sea. Podía funcionar.

—Daemon verá en las cámaras lo que ustedes han hecho. Verá lo que me hagan también. Y no estará en absoluto feliz. —solté, con un tono que traté, que fuera severo, pero me oía desesperada.

—Gatita, no creo que pienses que el que nos envió es tan idiota como para no inhabilitar las cámaras. Aquí nadie nos verá. —sonrió, su sonrisa me heló los huesos.

Me preparaba para lo peor. Si ellos querían hacer lo que yo imaginaba, no iba a dejarlos. Me iba a defender hasta el final.

El de la voz más ronca era rubio, tenía una mirada cruel y una espalda enorme, sus ojos eran oscuros. No sería fácil derribarlo ni mucho menos. El otro, aunque era más menudo, tenía el arma en las manos.

Era una tontería pensar que podía derribarlos o siquiera enfrentarlos. Me golpearon para desmayarme.

El rubio se acercó y me sujetó el rostro con las manos, acercándose y olfateando mi cuello.

—Es una lástima, es bonita. —dijo, mirándome fijamente. —¿Seguro que hay que matarla?

—Puedes hacer lo que quieras con ella y luego la mataremos. —soltó el otro, fastidiado. —Pero no debe pasar media hora. En media hora, esta perra deberá estar muerta.

Solté un grito de espanto y empecé a arrojar patadas. Él me sujetó con más fuerza y me cubrió la boca. Comencé a sentir el calor que emanaba de su piel al estar en contacto conmigo.

Debía pensar en algo que no fuera gritar. Porque no iba a dejar que ellos me usaran y me asesinaran. No, no podía dejar que el curso de las cosas fuera este. Pelearía, de todas las maneras que se me ocurrieran.

Piensa, Teresa. Yo soy una mujer inteligente. Y también soy seductora. Esa idea brilló nuevamente en mi cabeza.

—Me has pillado sin advertencia, no me preparé para esto. —dije, con un tono más suave.

Entre Cerré mis ojos de manera seductora.

—¿De qué hablas? —me preguntó, el castaño más menudo, tenía una mirada que revelaba que también ansiaba probarme.

—Es que, por lo general, las actuaciones son planeadas… —ronroneó, con la voz dulce, mordiéndome el labio.

Estaba usando todas las tácticas que Sophie me enseñó. Él se sonrojó.

—Tendremos un momento divertido ahora que sé lo que está pasando. —sonreí, poco a poco, el calor se multiplicaba en él, dejó de apretarme las manos y pude hacer que mi camiseta se cayera enteramente al suelo.

Se quedaron sin palabras. Estaban sonrojados y no paraban de observar mi desnudez en la parte superior. Solo tenía los shorts.

En el pasado, esto me hubiera parecido una tontería. Ahora, estaba actuando, me estaba alargando la vida el actuar. Mi mente procesaba todo con mucha rapidez.

Sentí una mano sobre mi pezón y lo guié, para que pensaran que esto era un juego. Quería que pensaran que yo estaba convencida de que esto era una actuación e íbamos a follar aquí mismo. Los confundía, podía verlo en su mirada. Querían dejarse llevar por esto para luego matarme. Pero antes, querían lo que yo iba darles.

—Ustedes déjenmelo a mí, jugamos a esto todo el tiempo aquí. Oh, estoy siendo raptada por ustedes… —empecé a decir, como si fuera una escena de una actuación.

Sonreí. Sujeté su mano para guiarla hacia mi boca.

—Haré lo que sea para que me dejen vivir… —murmuré, pasando mi lengua por su dedo índice, guiándolo hacia mis labios. —Debajo de estos shorts… No tengo nada en lo absoluto…

Comencé a quitarme lentamente los shorts mientras me veían fijamente, estaban deslizando sus manos en mi piel, siguiéndome el juego.

Estaba haciendo que hicieran lo que yo quisiera. Estaba jugando con sus mentes. Sentí que ahora, en mi poder, yo manejaba esta situación.

Mordí su mano cuando trató de meter su dedo en mi boca. Mordí con tanta fuerza que lo hice sangrar.

Nunca pensé que podría hacer algo así. Mis reflejos actuaron rápido. Me arrojé con todas mis fuerzas sobre el que tenía el arma y se la quité, haciendo que se confunde. Los dos tenían una mezcla de excitación, confusión y rabia que pude usar a mi favor.

Tomé el arma en mis manos y disparé dos veces.

Esta vez, ninguno de los disparos falló. La sangre comenzó a regar el suelo, manchando de rojo la pulcritud.

Mi corazón latía tan rápido que pensé que iba a estallar. Me sentí aturdida, mareada, sentía que esto no era real. Como cuando estás soñando y todo pasa demasiado rápido y lento a la vez.

Un retumbar en mi oído. Escuchaba como se retorcía en el suelo. Actué tan rápido… Logré hacer que cayeran. Que no se acercaran a mí.

Ambos hombres cayeron al suelo, causando que el sonido llegara a mis oídos y me aturdieron más que el sonido de los disparos.

Salí corriendo sin poder mirar atrás. No me estaban siguiendo.

El coraje

Mis pies parecían hacerme flotar por los pasillos, mientras corría, sin respirar siquiera, el miedo me apretaba el cuello. Me sentía asfixiada.

—¿Qué es lo que he hecho? Dios mío… —empecé a sollozar, sin dejar de correr.

Estaba desesperada. Cuando llegué a la habitación de Damon, el primer lugar donde nos vimos cuando llegué, me desplomé contra la puerta.

Trabé la puerta con un sofá que arrastré por el suelo. Necesitaba estar un poco resguardada al menos.

Dejé el arma sobre una de las mesas pequeñas que estaban a mi lado. Caí al suelo, sobre la alfombra, sollozando sin parar. Las lágrimas eran ardientes sobre mi piel.

Había matado a dos personas. Estaba segura de que los tipos estaban muertos porque de lo contrario, me hubieran perseguido.

O si estaban vivos, en una ínfima posibilidad, morirían desangrados por la falta de atención médica.

No sabía qué hacer. Tiritaba, acurrucada en el suelo. Cerré mis ojos y me quedé así, sin hacer más, sin querer siquiera pensar en las consecuencias de lo que acababa de suceder.

Iría a prisión si alguien lo sabía.

¿Quién me mandó a matar? ¿Por qué? ¿Quiénes eran estos tipos que no volverían a ver la luz del sol?

Tantas preguntas que no deseaba ni siquiera tener por un minuto en mi mente.

No hice nada de lo que estaba planeado. No, solamente me quedé acurrucada en el suelo, por horas, en un estado de shock o algo parecido.

No podía reaccionar. Sentía, temía, que ante cualquier movimiento de mi parte los sujetos regresaran. O que alguien más entrara a cumplir con la misión de asesinarme.

No sé cuánto tiempo pasó. El tiempo se volvió efímero entre mis lágrimas de dolor.

El sonido de los pasos afuera de la habitación me hizo palidecer. El sonido de la muerte acechándome. El sudor helado cayó por mi frente. La desesperación volvió a ahorcarme.

—Por favor… —rogué, dentro de mis pensamientos.

Mi instinto de supervivencia me hizo querer buscar el arma de inmediato. Me costó horrores llegar a sujetar siquiera. Temblaba, mis manos temblaban.

—¿Caddy?

Una voz llegó a mis oídos. Una voz que no reconocí, no de inmediato, porque no era la persona que esperaba ver.

Trató de abrir la puerta.

—No… No… —solté, llorando sin poder detenerme.

—Caddy. Ya todo está bien. Tranquila. —dijo la voz de Stella al otro lado.

Ella tenía un tono de voz amable y pausado. ¿Por qué estaba aquí? La fiesta no debió todavía haber terminado. Ese maldito baile.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, con el arma entre mis manos.

Estaba lista para disparar. Por alguna razón, me estaba volviendo más fría. No confiaba en Stella.

—Daemon me envió. Apenas terminé con mi trabajo en él bailé… Bueno, quiso que volviera aquí para cerciorarme de que todo estuviera bien. No podía llamar a nadie porque en aquel sitio los teléfonos estaban prohibidos. No pensamos que sería así. Daemon estaba incomunicado. —Stella carraspeó. —Has tenido problemas, Cady, lo lamento…

—¿Problemas? —pregunté, con un tono de incredulidad. —¡Han querido matarme, joder!

Grité, mi voz se desgarraba por el dolor. Solté otro sollozo y las lágrimas rodaron por mis mejillas.

—Lo sé, he mandado a sacar los cuerpos. —Stella hablaba como si todo esto fuera un trámite sencillo y sin importancia.

No podía comprender su tranquilidad. Me horrorizaba. Estaba dentro de un mundo totalmente diferente al normal.

—Caddy. Tranquila. No será la primera vez que otras agrupaciones envíen a matones para amenazar a los jefes. —Stella se apoyó contra la puerta para tratar de empujar.

Empujó con toda su fuerza y logró correr el sofá un poco. Lo suficiente para ella poder pasar.

Se metió dentro del cuarto y corrió hacia mí. El arma se me resbaló de las manos y la dejé en el suelo. Ella me abrazó con fuerza.

Acepté el abrazo. Lloré, me dejé quebrar en llanto desconsoladamente. No quería fingir más fortaleza.

No podía, de todas maneras. Esto era insoportable.

—Yo los… Yo los maté… —solté, sollozando en su hombro.

—No debió pasar, no debiste estar expuesta. No suele pasar esto seguido… —Stella me abrazó con fuerza, estrechándome entre sus brazos como si fuera una amiga cercana. —No fue tu culpa.

—¿Qué es lo que pasó? —traté de hablar, apenas si se me entendía.

—Alguien envió una amenaza. Los negocios a veces te conducen a enemigos. —Stella me miró con los ojos fijos en los míos.

No estaba segura de que la respuesta fuera real. Una parte de mi quería creer que era un asunto sobre mafias. Un enfrentamiento de rivales, un golpe a la mansión de Daemon, Cullen y Eduard. Pero… Yo estaba hurgando en los sospechosos, en lo que ocurrió con mi hermana. Estaba más cerca de una respuesta y mi alianza con Daemon… No lo sabía con exactitud, pero sospechaba que eso era lo que provocó que me atacaran.

—Los enemigos de los tres jefes te han atacado Cady. Pero no fue personal, fue porque eras una sumisa a la cual le tienen aprecio. Era un golpe para ellos. —Stella me sujetó de la mano. —Vamos, debes tomar un baño y comer algo. Te olvidarás. Con el tiempo, la supervivencia te hará fuerte. Aprenderás a bailar, como todas nosotras. —Stella hizo un gesto de comprensión y volvió a abrazarme.

—Bailar… —murmuré, mientras dejaba que me cubriera con una manta gruesa.

Eso me reconfortó del frío. Al menos, hizo que dejara de temblar. Daemon dijo que el baile sería sangriento y que debía estar agradecida de no estar. El baile me siguió hasta aquí.

No lograría volver a mi vida normal después de esto.

Estaba de pie, allí, con los ojos fijos en la ventana que daba afuera. No escuchaba a Stella, estaba obnubilada pensando, con el miedo a que esos dos hombres regresaran a hacerme daño.

La manta sobre mis hombros cubría mi desnudez y, aun así, me sentía expuesta.

Vulnerable, débil.

“No sirve de nada arrepentirse de estar en un infierno donde te has metido voluntariamente.”

Fue lo que me repetí en mi mente, peleando contra mí misma.

Como una asustadiza chica

—Deseo retirarme de mis aposentos para darme un baño. —dije, no sé por qué lo dije en ese tono tan formal.

Estaba incómoda. Ni siquiera tenía ropa puesta más que la manta. Me cubrí para que no me viera llorar. Aunque era estúpido, cada vez que hablaba lloraba sin poder evitarlo.

—Lo entiendo. Quiero que sepas que tienes mi apoyo. —Stella me estrechó, dándome un abrazo como si fuéramos amigas cercanas. —Caddy. Dime algo. ¿Matar a esos hombres te resultó traumático?

Su tono de voz cambió abruptamente. Me sobresalté. No esperaba que me interrogaran con eso. No quería pensar en aquellos hombres nunca más en mi vida. Si pudiera olvidar lo que ocurrió, sería lo mejor. 

—¿Qué estás diciendo? —contesté con una pregunta, a la defensiva.

Primero se había mostrado comprensiva y ahora, por su mirada y su tono, parecía que me estaba juzgando o reprochando algo. Como si la empatía que sintió por mí hubiera desaparecido de manera abrupta.

Parecía una serpiente, su mirada revelaba que quería usar cualquier cosa para desplazarme, aunque fuera un poco.

—Somos damas de la mafia. Bailamos esta canción a veces, en ocasiones, es parte del trabajo. Claro que lo tuyo ha sido sorpresivo… Pero cariño, el placer y la muerte son una rutina para nosotras. En especial para ustedes. Para Sam, para Sophie. Las sumisas de los caballeros. —soltó, mirándome con algo de recelo.

Era evidente que quería tomar el lugar de una de las sumisas más importantes. No soportaba ser una secretaria. Participaba en los juegos, pero no era de ellos, no tenía ese papel. Eso la hacía ser competitiva.

Demonios, había olvidado que aquí nadie estaba cuerdo. Esta maldita loca quería hacerme ver débil para que cuando los demás llegaran, se jactara de mi vulnerabilidad. No podía mostrarme ni un poco frágil. Aunque solo quería llorar y lamentarme.

Me mostré erguida, sacando fuerzas de lo profundo de mi alma.

—Ha sido un shock. Porque me han atrapado por sorpresa y tuve que dar una actuación para burlarlos. Les he montado un show privado para generar una distracción y así, matarlos. —lo dije de una manera fría, tan fría que me dio miedo. —Por eso estoy desnuda. Antes de morir, pensaron que iban a divertirse conmigo.

La expresión en su rostro mutó a un fastidio. Se notaba que no esperaba eso.

—Oh, bien por ti. —dijo ella, comenzando a caminar hacia el pasillo para regresar abajo. —Supongo que los demás no tardan en llegar. Para cuando lo hagan, todo estará limpio. Nadie tiene por qué saber lo que ocurrió. ¿No lo crees?

Arrugué la nariz sin evitarlo. Quería decirle a Daemon e iba a hacérselo saber a ella. Pero eso no tenía sentido. Podía hablar con Daemon en privado sin que nadie lo supiera.

El proyecto rubí pasó por mi mente. No pude escuchar nada. Él se decepcionará por eso.

—Es cierto. Fue solo un contratiempo. —arqueé una ceja, tratando de comportarme como ella, fingiendo indiferencia.

Ella me acarició la mejilla.

—Bueno, espero que te encuentres tranquila cuando vengan todos otra vez. —me miró como si tuviera simpatía conmigo.

Se alejó y yo corrí a mi cuarto cerrando la puerta con rapidez. Quería estar sola. Me metí a la bañera para quitarme toda la suciedad y sentí, que me quitaría también el miedo.

No pude evitar sentir temor de que alguien entrara por la ventana y quisiera asesinarme. Estuve muy atenta.

Me coloqué un pijama después de bañarme, metiéndome a la cama y cubriéndose hasta la cabeza con las mantas. Estaba tan cansada.

No lloré, sin embargo, parecía que se me agotaron las lágrimas.

Escuché la puerta abrirse entre sueños. Sin darme cuenta me había dormido por el agotamiento, aunque me juré mantenerme en guardia hasta que todos llegaran.

Los ojos se me habían cerrado sin que pudiera controlar ese sueño pesado.

Vi a Daemon entre sueños, sentándose al costado de la cama, me miraba fijamente.

Me sobresalté al darme cuenta que esto era real y no un sueño.

—Ya han… ¿Ya han llegado? —pregunté, abruptamente, sobresaltada.

Él me sostuvo la mano para calmarme.

—¿Qué sucedió? Se que algo. Pero Stella me ha dicho mentiras. —entrecerró los ojos con agudeza, me interroga solo con la mirada. —¿Qué has averiguado de lo que te encargué?

Era tan atractivo que su severidad acrecentaba su belleza. Mi cuerpo entero temblaba por sus preguntas.

No sabía qué hacer. Me quedé en silencio y eso no le gustó para nada.

Rompí en llanto. Mi promesa de mantenerse fuerte no duró nada con él. Porque sus ojos podían leerme el alma.

El no esperó que yo llorara. También se sorprendió. Me estrechó contra su pecho para abrazarme, sin preguntarme más nada.

Su calidez no era algo que esperara. Esperaba reproches. Sin embargo, solo me abrazó, con fuerza, otorgándole protección.

Empecé a contarle todo lo que ocurrió. Vi como la expresión de su atractivo rostro cambiaba, mutaba de la confusión a una ira asesina.

—Eso no ha sido un ajuste de cuentas de un rival. Eso ha sido un golpe de alguien que no quiere que sigas investigando nada. —Daemon me mantuvo entre sus brazos, me acurruque, sin dejar de poder sollozar.

No comprendía porqué, sentía que estaba a salvo a su lado.

Esa complicada sensación

Él estaba furioso. Tanto que pensé que sacaría su arma y los mataría a todos, a todos los que estaban en esta casa.

No creí que lo vería así nunca. Parecía como si le hubieran dado un golpe bajo que le dolía en cada parte de su cuerpo.

—Debes sentirte aliviado. Contrólate. —dije, tomando su mano para detenerlo.

No podía hacer algo que fuera una locura. No ahora, no con la mente furiosa y llena de ira. Yo estaba tan afligida que tampoco era un buen momento para pensar. Mi instinto me hizo detenerlo. Porque, mi lucidez mental regresó en una ráfaga.

Yo estaba aquí, en medio de la nada. Si todos se enfrentaban a Daemon ahora… Quizás mi supervivencia se viera amenazada.

—¿Qué estás diciendo? Han mancillado mi honor… —comenzó a decir él, con los ojos tan iracundos que me impresionaron.

—No es así. No es así, Daemon. —solté, mirándolo fijamente a los ojos. —No han mancillado nada tuyo. Es a mí a quien atacaron. Deberías estar aliviado por eso. Porque tú y yo no tenemos relación alguna más que la fingimos para los demás. No soy una verdadera sumisa.

Me dolió decir aquello. No sé por qué. Deseé que me contradijera, yo tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Lo hicieron porque sospechan de mí. Pero todo esto ha sido un ataque para mí nada más. Debemos seguir con la investigación. Estamos cerca, mi lista de sospechosos está más clara ahora.

Mi lista hasta ahora, incluso tenía un nombre que no le diría a Daemon.

Scott.

Porque su manera de actuar me dio mala espina. Y después, sucedió esto, mi ataque. Las coincidencias no existían para mí. Todos ellos eran sospechosos. Incluso…

Incluso Daemon. En mi mente, tratando de ser fría, también lo analizaba a él. Porque no quería confiar en nadie y arriesgarme.

Marie era lo más importante. Ella y por supuesto, yo. Sobrevivir a mi estancia en la mansión de los mafiosos.

Él me abrazó.

Sentí su calor contra mi cuerpo. Me recosté todavía más sobre la cama y él se quedó a mi lado. Apoyé mi cabeza en su hombro.

—Somos amigos. —dije, mirándolo a los ojos, con la mirada brillante. —Pero debemos seguir manteniendo esto.

Daemon cambió de expresión. Era como si pudiera leer sus pensamientos. Estaba enojado, solo se contenía porque yo se lo pedí. Y planeaba una venganza, lo veía en el brillo de sus maliciosos y penetrantes ojos.

—El culpable, que es el mismo que asesinó a tu hermana, me las va a pagar. Sufrirá como nadie en el mundo. —dijo él, mirando hacia el techo esta vez, imaginando esa venganza.

Asentí con la cabeza. Me recosté sobre él. Pasó su brazo por encima de mí para abrazarme. Luego, sentí un poco más de calma. Estaba a mi lado, nada me atacaría mientras estuviera así.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó, ahora que puse en claro nuestra relación.

—No. —lo dije sin siquiera pensarlo. —Me siento a salvo ahora. Si puedes, quédate hasta que me duerma. Temo que alguien quiera entrar por la ventana a matarme.

Él observó la ventana que yo miraba con temor. Se acomodó a un costado de la cama.

—Seré tu guardia entonces. No dejaré que nadie más te haga daño. Sigues siendo mi asociada en esto. —sonrió, con una suspicacia que me hizo sonrojar.

Me acurruque en la cama, cerrando los ojos débilmente. Estaba exhausta. La presencia de Daemon me hacía sentir más segura y quería dormirme.

El culpable. De mi ataque, de la muerte de mi hermana. Cada día parecía más intrincado. Quería saberlo, en mis sueños, corría para encontrar a mi hermana y cuando llegaba, ella ya estaba muerta.

Desperté luego de muchos sueños y pesadillas. Al menos pude descansar un poco.

Miré hacia el costado y contemplé que Daemon también se había dormido. Era tan atractivo cuando dormía. Parecía tranquilo, sin nada de la ira que lo poseyó hacía unas horas.

Lo observé por unos segundos.

¿Por qué quería marcar una distancia? Si lo que quería, en el fondo y aunque me costara admitirlo… Era que fuéramos algo más.

No podía. Me lo negué a mí misma. No podía disfrutar de esto hasta no saber la verdad. Porque si Daemon resultaba ser el villano me rompería el corazón y todo esto habría sido en vano.

“Esto es por Marie” me repetí a mi misma. “No es para que juguemos a los enamorados, Teresa.” Me repetí otra vez.

Me grabé esa promesa en mi mente. Sería fría, distante, marcaría ese límite. Ahora necesitaba que me protegiera, que se quedara aquí para que nada malo me sucediera.

Cuando fuera la hora de levantarse, seguiríamos con nuestra vida. Yo volvería a mi papel, a mi actuación aquí.

Tenía que infiltrarse en la relación de Sam y Scott, si es que tenían una. Los planes seguirán siendo los mismos.

Sentí la mano de Daemon rodeando mi cintura y acomodándome para seguir durmiendo.

No lo aparté. No quería que se despertara. Descansé unas horas más, parecía que ni todo el sueño del mundo era suficiente.

Al despertar nuevamente, Daemon ya estaba preparado para salir del cuarto. Estaba esperando que yo me levantara.

Me vestí con un atuendo provocativo. Por un momento, al verme en el espejo, olvidé completamente lo que sucedió. Me gustó tanto ese vestido que me hipnotizó.

El me tendió la mano para que saliéramos juntos de la habitación.

—Entonces, a seguir con el show. —sus palabras calaron en lo profundo de mí.

Me miró con esos ojos penetrantes. Acarició mi rostro con suavidad.

Asentí.

—Exactamente. —respondí, al tiempo en que me apresuraba a salir.

Actuando tan fría como una piedra

Debo admitir que mostrarme así con Daemon me dolía. Sin embargo, decidí enterrar mis sentimientos para mantener mi objetivo.

Al avanzar por el pasillo para desayunar, el dolor de estómago se hizo presente.

Dios mío, volví a recordar aquella escena.

La sangre.

Me detuve. Daemon amagó a darse la vuelta para también detenerse.

—Sigue adelante. —le dije, poniendo mala cara, para que no me asistiera.

En realidad, me sentía vulnerable. Quería que me diera la mano y me llevara el mismo a todas partes para protegerme. Pero esto era una prueba para mí, para hacerme fuerte.

Estar aquí me cambió tanto que apenas si me reconocía.

Daemon siguió adelante. Me quedé apoyada contra una de las paredes para estabilizarme un poco.

Respiré profundo. Tan profundo, que pensé que me iba a desmayar.

Escuché unos pasos acercándose y me puse en alerta de inmediato.

—Buenos días, Eduard. —saludé, rápidamente, al ver que era él quien se acercaba.

Estaba vestido con un atuendo modesto pero elegante. Una camisa blanca y unos pantalones cargo. Traté de no parecer nerviosa.

—Estás sudando. —dijo él, sonriendo con astucia. —¿Acaso me veo tan mal? No he podido dormir bien.

—No. No es así. —negué, casi bruscamente, a la defensiva. —Yo tampoco pude dormir bien.

Me di cuenta que estaba mostrándose hostil y eso no era adecuado. Recordé mi papel aquí.

Sonreí.

—A veces no hay nada que hacer con el mal humor. Solo aceptarlo y tratar de sobrellevar el día. —soltó Eduard, respirando profundo y soltando una exhalación.

Escudriñe en su mirada, él no sabía nada de lo que pasó conmigo, lo habría visto en sus ojos si fuera así.

Eso me dio un alivio momentáneo.

Él me miró con amabilidad. Era extraño para mí que fuera de esa manera. No era amable, sino más bien frío. Tenía miedo, esto no me daba tan buen presentimiento.

Me tendió la mano como para llevarme a algún sitio.

—Si Daemon no se enfada, te invito a desayunar conmigo. He mandado a que preparen el jardín. Planeaba llevar a Stella, pero ella me agota. Me gustaría hablar, nada más. Platicar sobre algo. —se encogió de hombros y en ese instante, juro que no parecía un mafioso despiadado como siempre era.

—Estaría encantada. —respondí sin pensar, no estaba en posición de negarme.

Hablar con Eduard podría servirme. Además de que me daría un descanso. No estaba con todas las energías para comportarme como una sumisa con los demás para seguirles el juego. Esto vendría a ser como unas vacaciones de esta mansión.

Él no se veía para nada como un jefe que ansía placer. No, podía leer en su mirada que en realidad si estaba agotado.

Él me llevó del brazo como si estuviéramos en otras épocas, y el fuera un caballero que invita a una dama a un baile.

Atravesamos la mansión para llegar a esa parte del jardín que estaba preparada para nosotros.

El desayuno estaba servido en su máximo esplendor. Mi dolor de estómago parecía desaparecer.

Maldita sea, Eduard podía ser un asesino. Me dije a mi misma para no olvidarlo. Aun así, esto era un respiro para mí.

Luego tendría que ir a actuar y a llevar a cabo mi estrategia con Scott y Sam. Eso ya me hacía poner nerviosa.

Me senté en la banca de mármol que tenía grandes almohadones mullidos. Era confortable a pesar de estar al exterior.

—Esto es delicioso. —dije, saboreando uno de los platillos principales.

Ni siquiera sabía los nombres de aquellos platillos.

Él apenas si comía. Estaba taciturno. Tampoco recordaba nuestra conversación cuando estaba ebrio. Era mejor para mí.

—Gracias. Se los diré en la cocina. —dijo él, mirando hacia la mansión.

La vista que teníamos aquí era hermosa. La vegetación de este lugar era increíble. Todo parecía sacado de un cuento. Cada ornamentación y las paredes del exterior de la enorme mansión que más bien parecía un castillo.

—¿Hablas con las personas de la cocina? —pregunté, sin pensar mucho en la pregunta, solo que eso llamó mi atención.

—Sí, cuando Daemon lo permite. —dijo, encogiéndose de hombros. —Ellos son muy buenos en su trabajo, son especializados. Merecen una felicitación de vez en cuando.

Sonreí.

—Es cierto. —respondí con amabilidad.

Tenía que pensar en algo para hablar que fuera conveniente para mí. No tuve que pensar mucho, él comenzó a hablar por su cuenta.

—¿Has pensado en tener hijos? —preguntó Eduard, mirándome fijamente.

En sus ojos, podía ver como una lágrima quería asomarse. Sentí un cosquilleo de incomodidad. No me había hecho esa pregunta hacía mucho tiempo. Estaba con tratamientos de anticonceptivos desde que llegué aquí. Antes, ni siquiera pensaba en tener relaciones sexuales. Mucho menos en hijos.

—No lo sé. Si te soy sincera. —solté, sin poder inventar nada mejor.

—¿Y quisieras casarte? —preguntó él, entrecerrando los ojos.

Este interrogatorio era muy inesperado para mí.

—Supongo que, si tuviera hijos y me casara, quisiera que fuera con alguien que amara. —dije, otra vez sin pensar.

Me sentía como un caballo alborotado que solo avanzaba, porque no estaba pensando con detenimiento nada. Sus preguntas me desconcertaba y me hacían no poder actuar ni fingir.

El hizo una mueca.

—¿Eso es en serio lo que sueñas? No te creía así. —dijo él, bebiendo un trago de zumo de naranja.

—¿Y qué hay de ti? —pregunté, queriendo dar un giro a esta conversación. —¿Te gustaría casarte y tener hijos?

Él me sonrió.

—Sí, me gustaría. Claro, si es que tuviera otra vida. Una que pudiera elegir. —dijo, mirándome fijamente y luego, centrándose en la mesa.

Su mano izquierda temblaba. Pude notarlo rápidamente.

—¿Elegir? —pregunté, tratando de tener un tono suave, que no sonara interrogante.

—Daemon no lo aprobó una vez. —respondió, casi entre susurros. —No lo hará nunca.

Sentí como el sudor frío se apoderaba una vez más de mí.

Desconfianza

Dejando ordenados todos estos caóticos asuntos, la conclusión no era tan amable como podría desear.

Estaba hablando con Eduard. Quien yo pensaba, era el principal sospechoso junto con Sam. Maldita sea, quizá una parte de mi supo hace un tiempo que él no era el culpable. Pero otra parte de mí quiso seguir los prejuicios, porque él tenía la apariencia de un mafioso despiadado y hostil.

—No comprendo… —tartamudeó.

Miré hacia todas partes, la paranoia invadía cada parte de mi ser. Temí que todo esto fuera una trampa, que ahora me dispararon desde una de las ventanas.

Daemon.

Su nombre resonaba en mi mente sin parar.

—No debí amargarte el desayuno. No es nada importante. —dijo él, con los ojos vidriosos todavía.

Parecía que quería soltar un sollozo, pero se contenía. La imagen que tenía construida de él, la de ese hombre despiadado que podía haber asesinado a mi hermana, se estaba cayendo a pedazos.

Mis pensamientos estaban multiplicándose. Si Damon no era el bueno de los tres…

Ninguno de ellos es bueno. Me reproché.

Son mafiosos, Teresa, ya deja de fantasear.

Traté de inhalar profundamente para estabilizarme. Él percibió mi incomodidad.

—Tranquila. No te hará daño. Daemon es un jefe excelente, no deja sangre a donde quiera que vaya. Él tiene otra manera de hacer las cosas. —dijo, con la voz ronca.

No pude evitar querer suspirar de alivio. Como si sus palabras me dieran alguna seguridad. Me contuve a tiempo.

El adivinó mi exceso de tranquilidad.

—Tú lo amas. —dijo, abriendo los ojos como si oyera una increíble respuesta.

Me estremecí. No quería escuchar esa palabra.

—No es así. Tomo mi trabajo en serio, no me involucro en sentimientos. —me apresuré a decir, antes siquiera de que él continuara.

Me exalté, eso lo hizo tener todavía más curiosidad.

—Una sumisa enamorada. Eso sería una buena trama que leería. —hizo un gesto de burla, para luego, sonreír. —No temas sentir amor. El amor no se presenta tantas veces.

Marie. Esta vez ese fue el nombre que resonó dentro de mis pensamientos.

—No recuerdas, pero… —empecé a decir, arriesgándolo todo, si esto salía mal lo echaría todo a perder. —En el cuarto… Una vez que habías bebido… Tú…

—Te llamé Marie. —él se adelantó.

El silencio más incómodo de mi vida se hizo presente. Me puse hostil. Palidecí, estaba tan rígida que me dolían los huesos.

Que él pronunciara el nombre de mi hermana, estando sobrio, mirándome fijamente a los ojos, me hizo sentir como si estuviera caminando en una cuerda floja.

Ni siquiera tenía palabras para responderle.

—¿Quieres saber por qué? —preguntó, con los ojos entrecerrados.

Como si olfateó que algo le estaba ocultando.

Un sí. Con un solo sí, quizás me diría todo, quizás sabría toda la verdad de una maldita vez y esta farsa llegaría a su fin.

Mi intuición, que latía desde lo profundo de mi corazón, me decía que no era sensato.

Si le decía que sí, sospecharía de mi interés. Una sumisa no pregunta esas cosas.

—No, por supuesto. Es tu privacidad. —dije, sonriendo, comportándose como Sophie.

Él me miró fijamente.

—Es porque, por alguna razón, me recuerda a ella. No es algo físico… No… Es en el brillo de tus ojos… —soltó, sin que le importara mi respuesta.

Parecía que tenía que decírmelo porque su alma lo exigía.

Palidecí otra vez. Dios mío, si él se dejaba guiar por esa corazonada, estaría perdida. Descubriría mi verdadera identidad.

—Es porque eres una buena persona. —Eduard miró al cielo esta vez. —Ella era buena también. Ese brillo no se extingue jamás.

Sentí que una lágrima se quería asomar de mis ojos. Apreté los dientes para contener todo lo que estaba sintiendo en ese momento.

La aparición repentina de Stella hizo que la conversación cesó de golpe.

—Han llegado ya las candidatas para tu nueva sumisa, Eduard. —dijo ella, mirándome con algo de recelo.

No sabía qué problema tenía conmigo.

Eduard se levantó, casi sin interés por lo que ella dijo.

—Adiós, Cady. Nos vemos luego. —dijo él, limpiando su rostro con el dorso de su mano, ocultando la lágrima que no pudo evitar que saliera.

—¿No eres tú quien hace las entrevistas? —pregunté, con interés, mirando a Stella casi con agradecimiento por haber cortado ese momento tan tenso.

—No. Y si te hace feliz, pensé que yo sería la nueva sumisa de Eduard, pero eso no ocurrió. —su mirada se hizo más rencorosa.

—Pues no ha sido por mí culpa, eso tenlo en claro. —dije, mirándola con desdén.

La mansión recibiría a una nueva dama. Eso era irrelevante para mí, para mi situación.

Mi problema, volvía a ser Daemon. Y Scott, y todos los demás.

Poetisa

Sophie estaba en la sala principal, sola, mirando al techo de manera pensativa.

Me dirigí hacia ella, este lugar siempre me dejaba sin palabras. El esplendor de los muebles, el diseño de las paredes. Todo parecía brillar.

—¿Estás aburrida? —le pregunté, ella pareció despertar de un trance.

—Estoy cansada. —soltó, mirándome con los ojos entrecerrados, frotándose los por el sueño.

—El baile debe haber sido agotador. —Me acerqué a una de las sillas para sentarse.

Después de lo sucedido con Eduard, quería mantenerme lo más alejada de Daemon de lo que pudiera. Me costaba trabajo no pensar en ellos dos. Me costaba horrores no pensar en Daemon.

Traté de mantenerme enfocada.

—Sí, así es. Ha sido tedioso, estos tipos no nos miraron siquiera. Eran antipáticos. —ella soltó un suspiro de resignación. —Bailamos y bailamos toda la noche sin que nadie nos prestará atención.

—Al menos Collin debió prestar atención. ¿No es cierto? —pregunté, con la intención de animarla.

Ella negó con la cabeza.

—No, todos ellos solo hablaban de negocios. Había una dama también, una empresaria muy poderosa. Ella nos miró con asco. —Sophie cambió el tono de voz, estaba apenada. —Los tres estaban hablando con ella. Tal parece que tiene una gran cantidad de dinero.

—No hablemos de esas cosas. Solo nos amargaron. —solté, tratando de no pensar en Daemon.

Porque, por alguna estúpida razón, sentía celos de que otra mafiosa hablara con él.

—Es cierto. Lo bueno es que el evento ya terminó. Sam se puso furiosa, se arrepintió de ir, pero Daemon quería que ella fuera porque tenía experiencia.

Cerré los ojos. Daemon hizo eso para que yo me quedara sola en la casa y así pudiera investigar…

¿O no?

Por mi mente comenzó a cruzar una idea. Si me hubiera dejado aquí sola para deshacerme de mí.

Suprimir el miedo. Tenía que actuar como siempre. Divertida, despreocupada. Me di cuenta que al decir como siempre, me refería a como era mi nueva versión. La vieja Teresa parecía que no volvería jamás.

—Cady… Dime algo. —Sophie se acercó para hablarme entre susurros. —¿Qué hiciste cuando estuviste sola en la mansión?

No esperé esa pregunta. Hice una mueca de sonrisa para disimular.

—Nada interesante. —me encogí de hombros.

—Oh, qué pena. Podrías haber hecho muchas cosas. —Sophie se mostró otra vez pensativa. —Yo hubiera aprovechado mi tiempo libre para escribir.

—¿Tú escribes? —pregunté, mirándola sorprendida, incluso abrí más mis ojos.

—Me gusta escribir poemas de vez en cuando. —respondió, con un tono animado. —Podría mostrarlas cuando los jefes se vayan.

—¿A qué te refieres? —me volví hostil de golpe.

Ya me esperaba lo que vendría.

—Daemon no permite esas cosas aquí. —respondió, luego de una pausa incómoda.

Tragué saliva. Él me había dicho que solamente era un mafioso por mandato familiar y ese relato parecía cada vez menos verídico. A medida que los minutos transcurrían, sentía que solamente me mintió de manera descarada para burlarse de mí.

Quizás este solo era su juego. Hacerme creer que éramos amigos para luego asesinarme.

—Hola bonita. No te encontraba. —dijo una voz a nuestras espaldas.

Reconocí a Collin de inmediato. Era el único de ellos que no tenía un tono tan amenazador.

Sophie sonrió. Su sonrisa no era sincera. En sus ojos se veía la molestia.

—Estás molesta. ¿Me perdonas? —preguntó Collin, mirándola y acariciándole el rostro con suavidad.

—Sí. No has hecho nada. —Sophie no quería mostrarse ofendida.

Sin embargo, sus palabras no decían lo mismo que su cara. Yo traté de mirar hacia otro lado.

—Sé que estás molesta porque no te presté atención. No fue mi intención hacerlo… —Collin puso un tono galante, se esforzaba en que ella cambiara su expresión facial de disgusto.

Luego de varios intentos, ella seguía diciendo que todo estaba bien, pero seguía viéndose tan ofendida como desde un principio.

Luego, Collin se marchó por unos minutos. Luego, regresó con algo en las manos, que no podía alcanzar a notar porque estaba cubierto por una manta.

—¿Caddy? —preguntó Collin, sacándome de mis pensamientos.

—Dime. —respondí, sonriendo, como era lo que se esperaba.

—Necesito un favor. —me apartó un poco, llevándome del brazo.

Sophie ni siquiera nos miró. De verdad que estaba molesta. Porque ella siempre era complaciente.

Susurró en mi oído una orden, para que ella no la oyera. Sentí un escalofrío que me recorrió de pies a cabeza.

—Quiero que la sujetes con fuerza, que no la dejes zafarse. —me entregó una correa para que la amarrara.

—¿Qué…? —pregunté, tartamudeando, temerosa, no quería que le hiciera daño.

—No te asustes así. —soltó una risita de complicidad. —No te preocupes, ella gritará, pero no por dolor. Anda, quiero que cumplas con la orden.

Tener que ir con Sophie me costó bastante. Volver a mi rol, a mi actuación en la cual era Cady y hacía todo lo que se me ordenara.

—¿Confías en mí? —pregunté, con los ojos brillantes.

Ella seguía sentada, mirando hacia la pared. No me miró tampoco, parecía que solo quería mirar a la pared hasta que se le pasara el enojo.

—Sí. —respondió ella. —Eres mi amiga.

Tragué saliva. Si él le hacía daño, esto sería mi culpa.

Cubrí sus ojos con una venda. Ella soltó una risita.

—¿Qué haces, Cady? —preguntó, risueña, sin impedir que le colocará la venda.

—Quiero que juguemos. Se me ha ocurrido algo. Solo nosotras. —solté, mintiendo.

Al decir esto, ella dejó caer sus brazos con relajación y yo la amarré a la silla para que no pudiera zafarse.

Collin se acercó.

—¿Me perdonas? —preguntó él, con un tono de voz suave.

Con la suavidad de mis manos, dejé a Sophie desnuda. Empecé a recorrer sus pezones y se endurecieron rápidamente por la excitación.

—Oh… Ya te dije que sí, Collin… —dijo, pero no pudo continuar hablando normalmente.

Collin se ubicó entre sus piernas y comenzó a besar su coño. Su lengua se introdujo en su vagina. El gemido de placer inundó cada parte de la sala.

Sophie arqueaba la espalda, se torcía por el placer que le provocaba lo que él estaba haciendo.

—¿Me perdonas? —dijo, como si quisiera obligarla a olvidarse de esa mala experiencia dándole placer.

Ella gimoteó lo mismo.

Entonces él, continuó, haciendo que Sophie dejara escapar un grito esta vez.

—Sigue… —le dijo, casi en un hilo de voz, cuando Collin dejó de pasar su lengua para volver a hacer la pregunta.

En la oscuridad

POV Daemon

El día de hoy sería muy diferente. No tenía demasiadas ganas de salir e ir a la ciudad. Estaba harto de tener que dejar la mansión.

—¿Qué harás? —preguntó Eduard, que bebía de una copa de vino.

Collin no vino a la reunión. Escuché los sonidos provenientes de la sala donde estaban Sophie y Teresa. Allí, estaría ocupado por un largo rato.

Me fastidió que Scott estuviera aquí. Mi hermano podría arruinar mis planes. El engreído ni siquiera usaba un traje. Estaba en jeans y con una simple camiseta negra. No parecía tomar con seriedad los asuntos. En realidad, no parecía tomar en serio nada.

Lo miré con severidad.

Luego, respondí la pregunta que me hizo Eduard.

—Iré. —dije, con frialdad, levantando la cabeza. —¿Es lo que hago siempre, no es así? —pregunté, con un tono de sarcasmo.

—William te espera en el Gold Toss. —explicó, yo sabía la dirección, era una tontería que me explicara.

Parecía ebrio. Se hallaba visiblemente nervioso, últimamente estaba así demasiado a menudo.

—Lo sé. —entrecerró los ojos, mirándolo con frialdad. —¿No tienes más nada que decir?

—¿A qué te refieres? —Eduard se mostró a la defensiva.

—Estuviste hablando con mi sumisa. Vi que la incomodaban. —Enfrenté a Eduard sonriendo, eso le dio más temor.

Lo empujé hacia atrás con fuerza. El pobre apenas si se mantenía en pie.

—Ella puede hablar con quien quiera… —Scott me interrumpió.

Estaba usando interrumpirme. Lo tiré a un lado para que supiera cuál era su lugar aquí.

—Solo platicábamos… Quería hablarle… Porque… —soltó un quejido, el idiota parecía a punto de llorar. —Lo lamento Daemon, es que… He estado deprimido por el aniversario de Marie…

Mi golpe le asestó directo en la nariz. Comenzó a sangrar y tuvo que cubrirse.

—No tienes permitido hablar. —dije, recordando las reglas principales de esta maldita casa. —¿Quieres que te corte la lengua? O mejor aún…—sonreí. —¿Quieres que te cobre todo el dinero que te presté?

Él había necesitado una gran cantidad de dinero por una mala inversión. Los favores no se cobraban en esta mafia. Pero si seguía provocándome, lo haría pagar cada centavo.

—Puedo pagarte, Daemon. —Eduard levantó la cabeza, esta vez con más valor.

Su rostro se veía hinchado por la tristeza y eso me provocó un gran fastidio.

—Deja de mentir. —quise golpearlo nuevamente, esta vez, me controlé. —¿Podrás pagarlo todo? ¿Hasta las pruebas y evidencias que tengo para enviarte a la cárcel?

Eduard tiró su copa al suelo. El ruido del cristal rompiéndose invade cada parte de la habitación de reuniones.

—No. Lo siento. —agachó la cabeza nuevamente.

—Es mejor que recuerdes tu posición. —Scott fue quien habló esta vez, haciendo que no lo estrangulaba para verlo sufrir un rato. —Debes mantener la boca cerrada. O lo que tienes se extinguirá.

Sonreí.

—¿Qué quieres tener tú? —le pregunté a Scott, mirándolo y haciéndo que retrocediera.

—Solo pasaré un tiempo aquí. No me quedaré, hermano. —dijo, nervioso, tragó saliva y retrocedió unos pasos.

—Eso dijiste la última vez. Y te quedaste para el desastre. ¿No es así, Scottie? —pregunté, con un cinismo notable. —Será mejor que cuando Teresa vaya a verte, cooperes.

—No entiendo, Daemon. —Scott se mostró casi temeroso. —Edward… No sabemos…

—Cállate y solo di lo que se te ha ordenado. Esto debe mantenerse así hasta que se me ocurra la manera de zanjar este asunto. —contesté, casi gritando, estaba mostrándome irritado.

—Estás enamorado de ella. ¿No es así? —Eduard se atrevió a decir algo así y se ganó otro golpe de mi parte.

Aseste el golpe en su estómago.

—Ella también te ama… Ella puede comprenderlo si le explicas… —Soltó, escupiendo sangre a un lado.

—Silencio. Has dicho puras tonterías el día de hoy. —me excusé, no tenía sentido que yo me hubiera enamorado.

Eran solo los delirios de un pobre ebrio. Eduard no era el mismo de siempre, parecía quebrarse emocionalmente. Eso me daba repulsión.

Me alejé de los dos. Ahora les había marcado un límite. No tenían que hablar de lo que no debían. En especial Eduard.

Los dejé allí. Me importaba muy poco lo que hicieran. Pensé en Teresa, que seguía en la sala con Collin y Sophie. Esperaba que Collin no se atreviera a hacer nada con Teresa porque si lo hacía lo iba a castigar. Ella era mía.

No lo era. No en realidad. Ya establecimos nuestra relación y ella… Ella tenía que seguir creyendo que yo no tenía nada para ocultarlo.

Llegué con William temprano, en mi automóvil de color azul oscuro que era uno de mis favoritos.

El lugar era un hotel, subí en el ascensor a donde él me esperaba.

William siempre era puntual en sus visitas. Su automóvil era un convertible de lujo de color dorado que, para mi gusto, llamaba demasiado la atención.

Caminé sin prisa alguna, tenía tiempo de sobra para lo que decidí.

Tenía el arma en mi costado izquierdo, guardada para que nadie la viera. Este hotel también era mío, nadie me estaba espiando. William querría venir a pagar lo de siempre y luego, se iría.

—Buen día, Daemo…. —empezó a decir, su traje era de color beige.

Su ropa era tan impecable, que cuando disparé, la sangre lo cubrió todo. El rojo cubrió la escena.

Me di media vuelta para retirarme. No quería ver la cara que habría puesto antes de morir.

Subí las escaleras en lugar de tomar el ascensor. Quería pensar, escuchar mis propios pensamientos en silencio. Y allí no había ningún sonido, luego de mi disparó, todo bullicio cesó.

Avancé hasta la parte de arriba de mi hotel donde Claire me esperaba, tenía su portafolios en la mano. Esta habitación estaba custodiada por fuera. Si algo andaba mal, solo tenía que agacharme y las balas comenzarán a penetrar en la pared.

—Has venido a hacer negocios entonces. —dije, mirándola con severidad.

Entre las familias de la mafia que no eran cercanas, no teníamos exceso de confianza nunca. Por eso me resultó extraño que ella hubiera asistido a mi hotel.

—Es un placer, Daemon. Continuemos con el proyecto Rubí. —respondió, sonriendo, metiendo la mano en el portafolios para sacar unos papeles.

Cerré la puerta de la habitación para quedarme a solas con ella.

Excelentes noticias

POV Daemon

La miré con atención. No se veía tensa, no parecía asustada tampoco. Y estaba en mi hotel, podía ordenar que la mataran o matarla incluso yo mismo. Por eso me resultó sospechoso que estuviera tan relajada.

Claire soltó un suspiro, como si se aburriera de que estuviera en silencio.

—No eres directo, ¿verdad? —preguntó ella, haciendo una mueca de fastidio.

—Ya hice lo que pactamos. ¿Puedo saber porque tenía que matar a un hombre que me era útil? —pregunté, mirándola fijamente, no me gustó aquel acuerdo.

—William puede haber sido útil, pero no era imprescindible. Los hombres como él trae la ruina. Era un maltratador. —ella cambió de expresión, se tornó más hostil.

—Entonces era una venganza personal. —sonreí con malicia. —No creí que el pacto fuera por tu debilidad.

—No es mi debilidad. Si te atreves a volver a decir algo así sobre mí, te lo haré pagar. —Ella acomodó su cabello hacia atrás, tenía el pelo negro y corto.

Arqueé las cejas en una mueca de sarcasmo. Tenía que estar muy confundida si creía que estaba a mi nivel. Era una empresaria, yo estaba en este mundo desde hacía mucho más tiempo.

—William está muerto. —solté, fastidiado por su tono prepotente. —Ahora quiero la información que prometiste.

—Tranquilo. —Claire me tendió los papeles para que los leyera. —El proyecto Rubí está tan bien oculto y protegido, que esto es lo mejor que tendrás. Ten cuidado, Daemon, por lo que dice aquí, tus compañías están en la mira para hacerlas estallar.

Su sonrisa develó cinismo.

—Puede que lo intenten. —respondí, con frialdad, revisando los papeles, leyendo rápidamente.

Ya tendría más tiempo para revisarlos, cuando estuviera de vuelta en la mansión. Tenía que apresurarme para no dejar a Teresa allí sin vigilancia.

En estos papeles había algunos datos importantes. Nombres, sobre todo, y eso era útil para mí. No había conseguido el nombre del principal inversor de este proyecto, no con el baile. El baile fue un fracaso. Estos nombres eran de personas de bajo rango en empresas, pero podría ayudarme a dar con el principal inversor.

—Daemon. —ella volvió a enfrentarse como si quisiera burlarse de mí. Hizo una pausa. —¿Entiendes lo mismo que yo?

Señaló uno de los papeles.

No quería darle la razón, aunque sí la tenía.

Asentí con la cabeza.

—Tus socios no están en la mira. Tal parece que este gran inversor tiene algo solo contra ti. Y contra los otros que están afectados en esto, por supuesto. —entrecerró los ojos con malicia.

—¿Tú también tienes algo contra mí? —pregunté, molesto, su tono era irritante.

Ella apretó los labios.

—Por supuesto que no. Solo que esta situación me divierte. En el mundo de los negocios todos hablan de ti. Desde que entré a trabajar en la empresa, he escuchado tu nombre muchas veces. Eras tan temido que incluso, yo te temía sin siquiera conocerte. —humedece sus labios para continuar. —Ahora que te conozco, no pareces tan intimidante.

Quería ponerla en su lugar. Quizás ordenará que dispararon para que alguna bala le pasara cerca.

Ese impulso desapareció. Ella era una chica, yo no era un idiota.

—Pronto sabrás, que mi fama no es exagerada. Encontraré a este inversor que está planeando este proyecto. —analicé nuevamente los papeles.

Por lo que podía entender, este tipo estaba haciendo una artimaña para primero, robarse a los empleados de mis empresas. Ofrecía mejores contratos y mejores pagos. Quería hacer que mis negocios tambalean.

Sin embargo. Estas empresas que se llevaban a mis empleados no eran grandes ni conocidas. Eran una pantalla.

—¿Qué harás con los empleados, Daemon? —preguntó ella. —Esta es una estafa, se huele a lo lejos. Ellos terminarán perjudicados y tú no los recibirás de nuevo.

—Eso dices tú. —Estaba harto de que creyera que sabía cómo iba a actuar. —Ellos pueden volver cuando quieran.

Su expresión mutó al asombro. Ladeó la cabeza y me miró fijamente.

—Entonces tu fama es exagerada. Creí que eras más malicioso. —Claire me tendió la mano para que la estrechara. —Me gustaría seguir haciendo negocios juntos. Podría ofrecerte más ayuda si la quisieras.

—¿Cómo podrías ayudarme tú? —pregunté, el desdén se hizo notar en mi mirada.

Ya había perdido el interés en nuestra alianza. Ya me dio la información que yo requería.

—Podría fingir que cooperará con este proyecto rubí. Mi empresa es grande. Con un poco de tiempo, podría estar dentro. Entonces podrás estar al tanto de lo que pasa. Esto no es un juego, lo sabes. Lo que sea que te está por atacar, será grande. Si tienen más fuerza, te destruirán a ti y a los que te importan, a los que te rodean… —su tono se tornó severo, sus ojos oscuros me miraron penetrantes.

—No te diré que sí hasta que sepa que quieres a cambio. —respondí con frialdad. —Se que quieres algo. ¿Otra muerte?

—No, claro que no. William era un desgraciado y por eso lo quería muerto. Lastimó a una amiga mía. —Quiero algo diferente. Sabes, las historias me dan curiosidad. Quisiera, por un mes… Ir a tu mansión.

Sus ojos brillaron de suspicacia. Me estrechó la mano.

Rodeada

POV Teresa

El sonido del placer proveniente de Sophie inundaba toda la enorme sala. Me aparté para que los dos tuvieran su momento. Ellos se deseaban, parecía que también incluso, se amaban.

No podían estar peleados ni por unos minutos. Ella estaba ofendida y ahora, ya se le había olvidado todo.

Me recosté sobre el sofá, cerrando los ojos lentamente para concentrarme. Dios, tenía que ordenar todas mis ideas. Sentía que las pistas eran cada vez más confusas.

Aquí, cualquiera podía ser un sospechoso. Mi hermana se metió directamente en el infierno, eso estaba claro. ¿Por qué lo hizo? No lograba comprenderlo.

Eduard mostraba una gran pena por lo que le sucedió, lo que me hacía pensar que quizás, había una posibilidad de que la amara. Si ella se quedó por amor, también murió por amor.

Y Daemon…

Mientras más tiempo pasaba sin él, más pruebas tenía de que él podía ser el verdadero villano aquí.

Tenía que mantener la frialdad. Todos podrían querer engañarme. Era como si cada uno de ellos quisiera mostrarme un show diferente, armaban una ilusión para mí.

La verdad debía estar en alguna parte y la encontraría.

Me quedé dormida en el sofá a pesar del ruido. Al despertar, observé que tanto Sophie como Collin también se durmieron en los otros sofás que estaban del otro lado de la sala.

Fue Stella quien entró a terminar de despertarnos. Llevaba un atuendo sofisticado. Una elegante falda y un corsé. Su rostro revelaba que algo sucedió en nuestra ausencia.

Perdí la noción de por cuánto tiempo me dormí.

—Ve a lavarte la cara, Cady. —dijo ella, con su tono de voz sarcástico.

No solo Sam me trataba como a una enemiga, ahora ella también. Solo Sophie parecía mostrar simpatía. La miré con fastidio.

—¿Es que Eduard ya trajo a su chica? —pregunté, frotándome los ojos, somnolienta todavía.

Stella soltó una risita de complicidad.

—No solo eso. —Stella tosió para aclarar su garganta. —Daemon ha traído a una nueva dama.

Eso me hizo abrir los ojos, no puedo negarlo. La sorpresa se apoderó de mí. Sentí otra punzada de celos. Disimulé mi enojo que crecía dentro de mí.

Apreté los dientes sin poder evitarlo.

—¿Qué? —preguntó Collin, él también estaba somnoliento. —Daemon ya tiene a Cady.

—No es una sumisa. —Stella sonrió, parecía que no dejaba de sonreír. —Es la empresaria. Se quedará con nosotros.

Collin arqueó las cejas por la sorpresa. Sophie recién comenzaba a desperezarse.

—Su nombre es Claire y es muy hermosa. Supongo que Daemon la invitó porque quedó enamorado. Es poderosa, rica, inteligente. La quiere en la mansión para divertirse con ella. —Me miró a mí, con su sonrisa maliciosa ganadora. —Lamento que se haya cansado de ti, Cady. Es una lástima. Tendrás suerte si no quiere que te vayas, ahora que encontró un reemplazo.

La furia quería apoderarse de mí y quise abofetearla por estar hablándome de esa manera.

—No lo creo. Tu aburres a todos y aun así, sigues aquí. ¿No? —pregunté, sonriendo, haciendo una mueca de compasión.

Pude oír la risa disimulada de Collin.

Stella estiró la mano en un movimiento brusco para abofetearme, movida por el enojo.

Estaba por apartarme cuando Collin sujetó a Stella para que se calmara.

—Deberías ir por un té. —dijo él, llevándola hacia la puerta, la cargó como si no pesara nada para inmovilizar.

Su furia ante mi comentario fue tan grande que no pudo evitar querer abofetearme. Sophie estaba tan agotada que ni siquiera esa escena le impidió volver a dormirse.

Collin obligó a Stella a marcharse. Luego, se acercó a mí. Me tendió su mano para que caminamos juntos.

—Nadie te echará. —dijo, con un tono amable.

Sonreí.

—Gracias. —mostré simpatía.

La verdad, ni siquiera sabía en qué pensar.

—¿Crees que Daemon la escogió por alguna razón? —pregunté, no podía evitarlo, la curiosidad me estaba matando, el miedo, los celos, todo a la vez.

—Ha de ser un trato de negocios. A veces las cosas se resuelven sin sangre. Lo cual, es un alivio. —Collin me indicó que entráramos a la cocina, seguramente su encuentro con Sophie le abrió el apetito de golpe.

Un trato de negocios. Me pregunté si tendría algo que ver con el proyecto rubí. Del cual, no pude escuchar nada.

Al recordar ese día… Me sentí indefensa otra vez. Recordé de golpe a los dos tipos. El sonido del arma. Los disparos.

Collin me rodeó con su brazo.

—No te preocupes. No te pasará nada malo. —me abrazó, como si quisiera protegerme.

Su abrazo me transmitió algo diferente. Algo similar a la amistad. Pero aquí, nadie era mi amigo en realidad.

Besó mi mejilla tiernamente, para luego, comenzar a preparar unos sándwiches para los dos. El siempre se mostraba amable conmigo.

Aunque fuera otro mafioso y quizás también fuera igual de malvado, me sentí un poco más tranquila.

—Vamos, hay que comer algo antes de ir al salón principal para la presentación de las nuevas. —Collin me entregó un sándwich que acepté de buena gana.

Mis pensamientos iban agrupándolos en caos dentro de mi cabeza. Pensar en Daemon siempre provocaba ese efecto en mí. Ni siquiera todavía pude avanzar con ganarme la confianza de Scott y de Sam.

Me dije a mi misma, que era una tonta si pensaba que esto sería sencillo.

Después del aperitivo, los dos nos dirigimos hacia el gran salón.

Claire

Caminé con Collin hacia el gran salón. El lugar era tan esplendoroso como el resto de la casa. El bar estaba completamente lleno de toda clase de bebidas y aperitivos. Era una fiesta. Estábamos dando una bienvenida.

Mi vestimenta no era la apropiada. Sophie se había cambiado y llevaba un vestido plateado con transparencias tan elegante como seductor.

Sam, también, su vestido era de color rojo pasión. Incluso Stella, con todo y su rabia, llevaba otro atuendo, un vestido blanco corto y con encajes.

Yo me sentí fuera de lugar. No me había cambiado.

Daemon estaba allí. Sentado, como si fuera el rey del maldito mundo. Su traje era impecable y su mirada tan penetrante, maliciosa y atractiva como siempre. Nunca podía dejar de mirarlo hipnotizada. Tenía ese efecto en mí.

Levanté la vista para ver a las dos mujeres nuevas. No sabía cuál era cuál. Una pelirroja y otra, pelinegra. La pelirroja tenía la mirada más amable. La de cabello negro y corto, parecía más fría. Tenía una elegancia innata, un porte imponente. Sus caderas eran prominentes y también su busto. Llevaba una falda larga y una blusa ceñida.

—Ella es Danna. —dijo Eduard, presentando a la pelirroja.

Ella pasó al frente, con los ojos brillantes. Eduard la soltó del brazo con elegancia para que nos saludara a todos.

Me recordó en cierto modo a Sophie. No era hostil. Me abrazó como si me conociera de toda la vida. Era bastante delgada, con los ojos verdes grandes, alta y parecía tener unos treinta años.

—Un placer, Danna. —saludé, cuando llegó mi turno de presentarme. —Soy Cady.

Eduard parecía contento. Al menos no estaba tan deprimido como la última vez que lo vi. No sabía qué era lo más conveniente para mi causa.

Daemon no presentó a Claire.

No necesitó que nadie la presentara. Ella sola caminó hacia nosotros y no sonrió, sino que nos miró fijamente a todos y cada uno.

—Soy Claire. —Su frialdad hizo que nadie dijera ni una sola palabra.

Todos estaban imputados por su comportamiento. Incluso Sam estaba sorprendida.

Con toda la incomodidad general del momento, no me di cuenta que Scott estaba detrás de mí.

—No hemos hablado en un tiempo. —susurró en mi oído, provocando un cosquilleo en mí que recorrió todo mi cuerpo.

Estaba por apartarme cuando recordé que lo necesitaba. Tenía que llegar a Sam. Era una buena oportunidad para acercarme a ellos si Daemon estaría ocupado con su invitada.

Al pensar en esa idea, sentí los celos ardientes dentro de mí.

Claire se puso a hablar con Daemon mientras, Sophie servía copas para celebrar la llegada de las nuevas. Collin, se concentró en Danna. Tal parecía que las nuevas siempre llamaban su atención. Eduard no resistió a la tentación de beber un trago y eso no pintaba bien.

—Es cierto. —le respondí a Scott. Sonreí. —¿Quieres que hablemos más seguido?

Eso no se lo esperaba. No después de nuestra última conversación. Sonrió.

—Me gustaría, sí. —él me acarició el rostro, mirándome fijamente, no podía ocultar el brillo de sus ojos cuando me miraba y eso me hacía sentir extraña.

La conversación no pudo continuar. Claire se impuso, en el centro de la sala, alzando la voz. Parecía que no podía controlar su carácter.

—No soy la sumisa de nadie. Por si se lo preguntaban. —la voz de Claire era severa, tenía un aspecto muy frío, era hermosa y a la vez sería.

Interrumpió el bullicio generando otro silencio. Cada vez que hablaba, todos se callaban.

Daemon la observaba. Sigiloso, como un cazador observa a una presa. Era tan calculador que no sabía que planeaba con ella.

—Cállate. —dijo, mirándola con severidad.

Claire prácticamente se quedó muda ante la orden de Daemon. No estaba acostumbrada a que la callaran, eso era evidente. Pensé que le daría otra orden y que eso provocaría en mí más celos todavía.

—¿Qué has dicho? —preguntó ella, acercándose a él para enfrentarlo.

Daemon ni siquiera quería levantarse de la silla. Seguía en su actitud fría.

Pude notar que Claire no era como las otras chicas, no parecía comprender cómo era el mundo dentro de la mansión. Tenía una mezcla de curiosidad y también de enojo. Ella estaba acostumbrada a dar órdenes.

Me pregunté si se daría cuenta que yo era una infiltrada. No podía bajar mi guardia, debía tener sumo cuidado para no ser descubierta.

—Las cosas son diferentes aquí. —Daemon sonrió con malicia. —Aquí obedecerás a cualquiera de los tres. De lo contrario, sabes lo que te ocurrirá. No serás una sumisa, pero tampoco darás las órdenes. Retrocede ahora.

Claire retrocedió unos pasos. Se hallaba nerviosa, no podía evitarlo.

—¿Quieres arrepentirte? —preguntó él, con un tono todavía más provocativo.

Eso la enojó.

—Eres un idiota. —su mirada revelaba furia.

Fue cuando, con dos simples movimientos, su ropa cayó al suelo y quedó enteramente desnuda.

—Es hermosa. —escuché la voz de Sophie, que la observaba fijamente.

Stella me dio un pellizco. Ya sabía que quería decirme. No necesitaba hacerlo, yo ya estaba completamente poseída por los celos que apenas si podía disimular.

De frente a la batalla

Bueno, era evidente que la dama no se acobardaba ante los desafíos. Me concentré en Daemon. El, no le había dado importancia. El que se acercó fue Collin. Luego, también Sophie se acercó a la nueva para platicar.

—Me gustaría conocerte mejor. —dijo él, con su voz amable y a la vez seductora, su mirada estaba fija en Claire.

Sophie se quedó allí también, sonriente.

—Un placer, Claire. —saludó, tendiéndole la mano.

Claire observó a Sophie con algo de desdén. Esa mirada causó en Sophie algo que no vi en ella nunca, vergüenza.

Collin prácticamente ignoró a Sophie y le tendió la mano a Claire para invitarla a tomar un trago. Luego, acarició lentamente su cuerpo. Claire se estremeció.

—¿Te gusta? —preguntó él, su mirada revelaba una enorme curiosidad por la nueva.

Ella sonrió. Sujetó la mano de Collin y la deslizó entre sus piernas para que sintiera la humedad.

Collin no esperó ni un minuto. Introdujo su dedo en el coño de la dama y la hizo gemir. Ella no estaba preparada, no se lo esperaba en lo absoluto.

En cierto modo, me recordó a mí, cuando recién llegué a esta mansión. Observé la escena con atención. Con un movimiento rápido, Collin tiró al suelo a Claire, colocándola en una posición en la cual todos podíamos verle cada parte de su cuerpo.

No me di cuenta cuando Daemon se retiró, parecía furioso. Quise seguirlo, la fiesta podía continuar sin mí. Luego tendría que ir a buscar a Scott y a Sam para seguir con mi estrategia.

Alguien me sorprendió cuando iba subiendo las escaleras. Sophie estaba allí, con los ojos llorosos y una expresión de rabia que no podía disimular.

—¿Qué sucede? —pregunté, aunque ya me lo imaginaba.

Debía estar celosa, tal como yo lo estuve. Por alguna razón estúpida a veces sentía celos por Daemon. Y no me imaginaba cuán celosa me hubiera puesto si él hubiera actuado como Collin.

—Él me apartó del juego. —Sophie se desplomó en el suelo.

Me senté a su lado en las escaleras.

—Es porque es nueva, ya se le pasará la emoción. —dije, tratando de que se me ocurriera algo para que no rompiera en llanto.

Sophie era tan extraña. Parecía amar a Collin. Él era un mafioso al igual que los otros dos. Era tonto amarlo, él no la amaba y eso se notaba. Me compadecí de ella. Parecía muy ingenua.

—No lo creo. —Sophie se mostró todavía más impaciente. —Ella es más hermosa que yo. No quiero perder a Collin.

—El sería un tonto si te pierde. —respondí, tratando de fingir que esto me parecía importante.

En realidad, si fuera por mí, le diría que se alejara de estas personas.

La abracé con fuerza. Escuché el quejido de su llanto, en especial cuando el sonido del placer llegó a nuestros oídos. Los gritos de placer de Claire inundaban toda la mansión.

—Debo volver a conquistarlo. —sus ojos se iluminaron.

Esta era la escena más extraña todavía para mí. Ella mostraba entusiasmo mientras de fondo, los sonidos de los gritos de Claire seguían en aumento. Me sentí apenada.

—Tranquila. Respira un poco. —solté, ya no sabía bien qué decir. —¿Por qué no escribes un poco, algún poema? Ve a tu cuarto, mandaré un té helado.

Eso la hizo tranquilizarse, aunque fuera por unos segundos.

—Podría ser. —respondió, sonriendo, abrazándome. —Eres una buena amiga, Candy.

Tragué saliva. Se me formó un nudo en el estómago por el malestar. Quizás no fuera nada…

No. Si era algo. Acababa de descubrir una mentira. Ella dijo que no podía escribir poesía aquí, que Daemon se lo prohibió. Ahora, lo tomaba como si fuera algo normal y natural.

Traté de fingir que nada había sucedido. Acompañé a Sophie a su cuarto, platicando sobre otros temas para que mantuviera su mente alejada de Collin y Claire.

Prácticamente fui corriendo hacia el estudio de Daemon. Él no estaba allí. Busqué en su habitación y tampoco estaba.

Me entró una punzada de temor de que huyera o algo así. O que ahora nos mataran a todos.

Todos esos temores se disiparon cuando yo, sin pensar, entré sin tocar la puerta directo al enorme baño que había en su habitación. Pensé que era otra habitación por el gran tamaño que tenía. La enorme bañera era tan hermosa, con bordes dorados y de un color blanco inmaculado. Parecía una piscina del tamaño que tenía.

Me di la vuelta, sonrojada. Él estaba allí, se estaba dando un baño. Escuché su risa sarcástica y eso me hizo hervir la sangre.

—¿Qué te sucede, Ter? —preguntó, divertido, sin siquiera amagar ponerse una toalla.

—Tengo que hablar contigo. —dije, fingiendo indiferencia, sin mirarlo, todavía de espaldas.

—Sí, planeaba que habláramos en la cena. Pero veo que quieres hablar mientras me baño. —dijo, con su maldito tono arrogante.

—Es que no entiendo nada de lo que está pasando. —me crucé de brazos.

—Ya, te lo contaré. Pero con una condición. —Daemon usó una voz más ronca esta vez, que me gustó todavía más. —Date la vuelta y ven a tomar un baño conmigo.

—Estás loco. —farfullé, molesta, estaba tan roja como la sangre.

—Entonces tendrás que esperar a que se me dé la gana contarte. —se burló, al tiempo en que me acercaba a mí.

Sentí sus manos en mis hombros. Con dos o tres movimientos rápidos, me desnudé enteramente. Las prendas cayeron al suelo.

Sentimiento

POV desconocido

—No puedo… No puedo seguir hablándote... —soltó él, con los ojos llorosos, estaba balbuceando por el dolor.

El pobre tipo estaba atado de pies y manos. Hugo lo pateó para que se cayera de la silla. Tampoco fue para tanto, me dije a mi misma, era evidente que era débil.

Mejor para mi objetivo.

—Lo harás, cariño. Porque necesito la información que tú posees. Y cuando yo necesito algo, lo obtengo. —sonreí, mostrando los dientes, sentí el viento frío ingresando por la ventanilla pequeña de la habitación.

Hugo me observó con una sonrisa triunfal.

—Somos afortunados, es el tipo más fácil de quebrar que he visto. Déjame unos minutos. Ve a prepararte un café. Cuando vuelvas, tendrás toda la información que necesitas. —Hugo caminó unos pasos hacia adelante, colocando su pie sobre la cabeza de nuestro invitado a modo de amenaza.

—Bien. Solo procura no matarlo. No quiero escándalos que hagan que mi plan pueda verse arruinado. —ordené, mirándolo fijamente.

Hugo tenía esa mirada aterradora, con los ojos color verde esmeralda, su apariencia no era grotesca, pero si desvelaba que era un matón. Cualquiera podría notarlo. Por eso no me mostraba en público con él.

Me retiré hacia la cocina del edificio de Tamess. Mi gran centro de planes de los últimos meses. Aquí, solía ubicarse antes un hotelucho pequeño. Me resultó útil comprar este lugar, porque era estratégico. Su ubicación me servía mucho. A pocos metros, una carretera se situaba, extensa y concurrida. Tanto Smith como Soth pasaban por aquí obligatoriamente para llegar de sus empresas a su tan infame mansión. Racchio, por el contrario, no pasaba por aquí. Eso era todavía más conveniente para mí.

Noté que mi móvil estaba sonando y contesté de inmediato.

—¿Diga? —pregunté, con amabilidad.

—¿Estás sola? —La voz era familiar.

—Sí, lo estoy. Puedes hablar con libertad. —respondí, suavemente.

—Está saliendo a la perfección. El rey caerá por una debilidad que no sabíamos que tenía. —él soltó una risa. —Debes estar lista. Cuando el momento llegue, tú tendrás un papel fundamental. Encontré lo que necesitábamos. Encontré el talón de Aquiles que tanto buscamos por años… No puedes fallar, ni siquiera descuidar un solo detalle…

—Lo sé. —arqueé una ceja de solo pensarlo. —Actuaré perfectamente, tal como lo hizo la querida Marie. No sospecharán nada.

—Te mantendré informada sobre lo que le dirás a Daemon. Recuerda, debes ser fría. Hay muchos jugadores en esa mansión que están fingiendo. Todos desconfian de ti. Porque todos tienen algo que esconder. —tosió, para aclararse la garganta.

—Confía en mí. —susurré, antes de cortar la llamada.

Terminé de preparar mi café en mi máquina de expresso. Uf, estaba delicioso. Pensé en llevarle una taza a Hugo. Eso no sería apropiado, él solo era mi subordinado y si mostraba amistad para con él, podría abusar de su confianza como sucedió con Will.

Regresé a la habitación, para cerciorarse que las promesas de Hugo no fueran solo habladurías.

Él se hallaba de pie, apoyado sobre la pared, en una posición sumamente relajada. Me observó con calma.

—Supongo que lo has conseguido. —dije, entrecerrando los ojos, revisando que no tuviera manchas de sangre.

Mis órdenes de no matarlo fueron claras.

—Sí. Y sin derramar ni una sola gota de sangre. Las amenazas fueron suficientes. Era una pobre gallina, no resistió imaginar siquiera que algo le podía pasar a su amiga. —soltó una risita de burla.

—Eso lo convierte en un buen hombre, Hugo. No deberías burlarte. —sonreí, mirando como se incomodaba. —Bueno, vamos a lo que nos interesa. ¿Qué me has conseguido?

Él se acercó.

—No es una espía cualquiera. —susurró en mi oído, haciendo que me estremeciera.

No esperaba una competencia demasiado fuerte. Si hubiera otro espía en la mansión, mi plan se complicaría.

—Es la hermana de Marie. —Hugo fue directo, su voz tan cerca de mi oreja me hizo estremecer. —Ha estado infiltrada desde hace un tiempo. Este tipo, Carl, ni siquiera sabía nada sobre Marie. Pero esa tal Teresa ha estado mezclados y actuando como una sumisa.

—¿Cuál es su objetivo? ¿Se lo has sacado? —pregunté, sentí como la ansiedad iba dominando, haciendo que mi pulso temblara.

—Él no estaba enterado de los negocios de Marie. No, ni siquiera sabía de la boda. Puedo ver que solo es un pobre desafortunado que también, seguramente, fue engañado. Pero conseguí el verdadero nombre de la chica de Daemon. Ella está fingiendo.

—Entonces es una espía como su hermana. Debe trabajar para alguien y debemos averiguarlo lo antes posible. ¿Puedes encargarte, Hugo? —sonreí, sabía que, si lo dejaba en sus manos, algo encontraría.

—Sabes que lo haré. —él besó mi mano, siempre lo hacía antes de llevar a cabo una misión. —Cuando estés en la mansión, no seas blanda con la tal Teresa. Es evidente que es una espía.

—No iba a ser blanda. Ha vendido un papel de mojigata, tal parece, por la información que se me brindó desde adentro de la mansión. —Caminé unos pasos hacia adelante, tirando el vaso de café al cesto de basura, todavía no caía en la cuenta de que, pronto, si todo salía bien, yo también estaría en la mansión.

—Libera a Carl. —ordené, antes de marcharme.

—¿Segura? Me fastidia que me haya repetido tantas veces que Teresa solo es una periodista que nada sabía de su hermana y sus asuntos. Parece un idiota. —Hugo sonrió con malicia, quería deshacerse de ese hombre y yo no iba a dejarlo.

—Sí, estoy muy segura. Ella debe haberlo engañado también. La hermana de la mismísima Marie no puede ser nada más una periodista. —solté un suspiro. —Esta es nuestra despedida, Hugo.

El hizo un gesto divertido, para calmar mis nervios.

—Adiós, señorita Claire. —su tono fue formal, para mostrar respeto hacia mí.

Sonreí.

—Deséame suerte. —dije, alejándome para subirme a mi automóvil.

El tiempo corría.

Floreciendo

POV Teresa

—Temo que estás confundiendo mis intenciones, Daemon. —mi expresión se tornó severa. —Recuerda que somos socios nada más.

Sin embargo, mis palabras no coincidían con mis acciones, porque no hice siquiera ademán de vestirme.

—Lo lamento. —Daemon hizo una mueca, como si pudiera leerme la mente.

Se burlaba de mí. Porque sabía que deseaba que siguiera. Besó mi mejilla, de una manera tierna y dulce, como si quisiera protegerme. Eso me pareció de lo más confuso.

Con todas estas nuevas perspectivas de Daemon, lo que dijo Eduard, lo que dijo Sophie, no podía fiarme de él. A pesar de que fuera diferente conmigo.

Me dio la mano para que nos dirigiéramos a la parte de su habitación donde había una mesa y dos sillas de color oscuro. Todo allí era tan lujoso, hasta la mínima cosa. Él se colocó una camiseta informal que le quedaba de maravilla. Me di cuenta que nunca antes lo había visto vestir informal. O al menos, no lo recordaba. No podía dejar de mirarlo.

Buscó en su armario otra playera y me la tendió, para que me cubriera la desnudez. Ayudó a que me pusiera la camiseta y sentí su tacto en mi piel, algo que me hizo estremecer, cada parte de mi deseaba que estuviéramos juntos. Mi corazón se acelera cuando estaba cerca suyo.

—El proyecto rubí es, básicamente, un proyecto para destruirme. —dijo él, entrecerrando los ojos.

No comprendí. No tenía ni una pizca de contexto. Hice una mueca de fastidio.

—No entiendo lo que dices, Daemon, no puedo leerte la mente. —solté, sentándome.

—A veces parece que sí. Siento que estás dentro de mi cabeza más tiempo de lo normal. —sonrió, uf, esa sonrisa terminó de volverme loca.

Quise saltar sobre él para besarlo. Porque era tan atractivo, tan magnético, no podía controlarme. Busqué respirar profundo para aquietar a la fiera que tenía dentro de mí que me impulsaba a hacer tonterías.

—Ella me ayudará a descubrirlo. Hablo de Claire. —soltó, algo molesto, me di cuenta que esto no le agradaba en lo más mínimo.

Que Claire estuviera aquí no le agradaba nada. Eso provocó en mí una extraña tranquilidad.

Daemon se sinceró, narrando todo lo que sucedió con Claire. No me estaba contando exactamente todo, pero era un comienzo.

—Entonces quieres proteger tu imperio. —dije, mirándolo fijamente a los ojos. —Tu mentira se ha caído.

—¿De qué hablas? —preguntó, con una mueca de incredulidad.

—Tú me dijiste que no querías seguir con esto. Que solo mantenían la mafia en pie porque era tu familia y querías retirarte. —una parte de mí deseó que fuera real, esa esperanza de que dejara de ser el monstruo al cual temía.

—No me retiraré siendo un indigente, Teresa. —se puso de pie, casi enfrentándome. —Me retiraré con lo que me corresponde.

Arrugué la nariz en señal de desaprobación.

—¿No sería mejor huir y ya? Empezar de nuevo. —lo enfrenté de igual manera, sin retroceder ante su imponente presencia.

—¿Por qué lo haría? No soy un cobarde. Me iré cuando haya aplastado a mis enemigos. —respondió, con esa mirada de asesino peligroso que tuvo desde el primer día en que lo conocí.

En ese momento, en mi mente, le decía que lo hiciera por mí. Que leyéramos juntos. Una tontería absoluta. Como si fuéramos dos enamorados. No era así, ambos solo éramos dos personas con algún que otro objetivo en común y nada más.

—Bien. De todas maneras, no es de mi incumbencia. —sentí que mi respiración se agitaba.

Volví a sentarme.

—Debes hallar a este misterioso inversor antes de que ataque. ¿Ese es tu plan? —traté de resumir lo que me narró. —¿Cómo puedo ayudarte y cómo puedes ayudarme?

—Ahora, básicamente, solo debemos esperar a que Claire averigüe lo que sabe. Y tú, puedes ayudarme ganándote la confianza de Eduard y de Sam. —se sentó también, mirando al techo.

—Gracias. Ahora todo tiene un rumbo claro. Yo debo hacer todo el trabajo. —sonreí de manera burlona.

—Creí que no querías mi ayuda. Si no quieres que me acerque siquiera a ti. —Daemon puso los ojos en blanco.

—Me gustaría que me ayudes. —solté.

—He logrado encontrar algunas pistas sobre Sissy. —dijo Daemon, con los ojos fijos en mí. Buscó en un cajón unos papeles que me entregó. —No quiero estar cerca de Claire. Ella no debe pensar que puede estar a mi nivel. Me es de utilidad mientras sepa que es inferior a mí. Si alguien sospecha que no soy sumisa, le pediré a Stella que juegue conmigo.

—¿Por qué harías eso? —levanté mi tono de voz sin darme cuenta. —Si yo puedo seguir fingiendo. He sido buena actriz.

Apreté los papeles, con unos nervios que no pude disimular.

Sonrió.

—Muy bien. —me tendió la mano. —Finge conmigo.

Besó mis labios suavemente, mi piel volvió a erizarse.

El corazón de un gángster

El beso duró unos segundos nada más, pero en mi mente, se repitió infinitas veces. Nos separamos para seguir con la farsa. Él se quedó en su estudio, porque tenía que analizar más papeles.

Me quedé en mi habitación, leyendo lo que me había entregado. Cartas, eran cartas, no era cualquier papel. Pensé que sería un documento o algo así.

Reconocí la letra de mi hermana.

Apreté los puños por el dolor que esto me provocó. Sentí un escalofrío recorriéndome de pies a cabeza. Una lágrima rodó por mi mejilla sin que pudiera evitarlo.

—Estoy más cerca… —dije, en mi mente, como una promesa. —Pronto saldrá a la luz la verdad.

Las cartas no decían mucho. Eran prácticamente un intercambio amoroso de palabras poéticas. Como un juego, se notaba que iban dirigidas a Eduard. Me pregunté si en realidad ella lo apreciaba.

No lo quería creer, mi hermana no se enamoraría de alguien así.

Algo dentro de mí me dijo que me estaba comportando como una hipócrita. El nombre de Daemon no salía de mi cabeza y tampoco nuestro beso.

Leí las cartas varias veces buscando un mensaje oculto. Nada, ni una cosa fuera de lo común en una carta de amor.

Pensé en lo que me dijo Daemon de ganarme a Sam y a Eduard. La última vez que hablé con Eduard, su nostalgia fue de lo más extraña para mí. Además de que me hizo desconfiar de Daemon y sus intenciones. Sophie también hizo que una semilla de temor se instaura en mí.

Me vestí con una falda elegante de color gris plata y una blusa blanca. Quería mostrarme más formal por alguna razón que hasta entonces desconocía. Supongo que era por la presencia de Claire. Todavía no había hablado con ella, esperaba que fuera amistosa como Sophie, aunque tenía el presentimiento de que no sería así.

Claire estaba platicando con Collin en el jardín. Observé a mi alrededor para ver si estaba Sophie, pero no se la veía por ninguna parte.

—Soph está super enojada. —dijo una voz a mis espaldas.

Eduard estaba allí, tenía una ropa más informal que la que siempre usaba. Tenía los ojos enrojecidos. No bebió, no sentía el aliento fuerte, pero tenía un rostro ojeroso.

—¿Por Claire? —le pregunté, comenzando a caminar despacio.

—Sí. Collin ha dejado de darle importancia desde que la vio. Él es así, pero pronto se cansará y volverá con ella. —sonrió, haciendo una mueca que me pareció divertida.

—Es un rompecorazones entonces. —me encogí de hombros.

—Collin nunca ha estado enamorado de nadie. Pero tiene algo especial con Sophie, los dos se entienden bien. —Eduard caminó conmigo.

Mi relación con él era diferente, los dos solíamos solo platicar. Un descanso para mí que agradecía. A veces necesitaba sentirme un poco más normal.

—¿Cómo sabes si no ha estado enamorado? A lo mejor nunca te lo ha dicho. —seguí caminando.

Tenía que pensar en un modo de hacer que revelara un poco de información para mí. Ahora se mostraba diferente conmigo. Lo notaba un poco nervioso, como si supiera que no tenía que darme demasiada información porque yo estaba sospechando algo. Pero por qué…

—El amor es inconfundible. —soltó, casi entre dientes, notablemente más nervioso.

Iba a preguntarle algo más, pero la intromisión de Scott cortó el momento. Eduard estaba tenso, casi como que fingía. Algo estaba sucediendo y me dio mala espina.

—Hola Cady. —saludó Scott, con su sonrisa amistosa característica.

Saludé casi desganadamente. Eduard aprovechó para marcharse.

—¿Qué le dijiste a Eduard? —él sonrió con sarcasmo, un sarcasmo similar al de Daemon. —¿Acaso heriste sus sentimientos?

—No te oyes como siempre. —reproché. —¿Acaso estás de mal humor?

—Un poco. —arqueó las cejas y me tomó de la mano, apartándose del lugar.

Me observó fijamente. Yo sabía perfectamente que quería. Estaba preguntándose porque ya no le hablaba con sinceridad. Solo fingía, tal y como una chica de la mansión. Después de que Daemon descubriera mi identidad, sentí que la ayuda de Scott no era relevante.

Sam. Recordé que tenía que llegar a Sam. Quizás ella fuera fácil de quebrar también, todos tenían un poco de la información que yo necesitaba.

—¿Quisieras acompañarme hoy? —preguntó él, de una manera diferente a la que siempre me trataba.

—¿A qué te refieres? —pregunté, mirándolo con curiosidad.

—Dijiste que podía pasar tiempo contigo el otro día. ¿No? —su paciencia no parecía abundante. —Que íbamos a retomar nuestro vínculo.

Me pareció que su modo de actuar era distinto. Como si tuviera más confianza o algo así. No lo sé, no podía encontrar las palabras. Llevaba una playera de color blanco. Me sonrió.

—Está bien. ¿Qué es lo que harán hoy? —pregunté, fingiendo que no sabía de qué iba el juego.

—Sam quiere cantar una canción. —soltó, fingiendo interés.

—No sabía que cantaba. —entrecerró los ojos.

Sujetó mi mano, conduciendo hacia el cuarto, escaleras arriba. No tenía idea de cuál era la habitación que Scott usaba para estar con Sam. Me pregunté qué sucedería cuando yo entrara. Sam parecía más dispuesta a golpearme que a otra cosa.

Maldita sea, no era algo que quisiera. Tener que estar cerca de ella. Al igual que Stella, ambas no me agradaban. En una de nuestras charlas, Daemon me dijo que si ganaba a su hermano podría llegar a Sam. Quería la verdad, solo la verdad. Quería información y parecía que todos allí tenían una parte del enigma.

Entré a la habitación.

Scott me miró fijamente con sus ojos brillantes. Dentro de la habitación, estaba oscuro.

Sam llevaba un látigo entre sus manos y eso me alertó de un posible peligro. Miré a mi alrededor, casi buscando un escape. Ella sonreía.

Y él también sonreía.

Atravesando la oscuridad

Esos eran los instantes, los momentos, en los cuales dejas de ser para siempre la persona que fuiste en algún momento. Como si tu vieja versión terminara por completo de morir. Y lo que construiste por tantos años, se desmorona como un débil castillo de naipes. 

Al ver ese látigo supe que no volvería a ser la misma.

Scott me sujetó por la cintura, besando tan sutilmente mi cuello que sentí cada parte de mi cuerpo estremecerse.

—Haremos algo nuevo, princesa. —dijo, con un tono de voz diferente, casi malicioso.

Pensé en salir corriendo de allí, por supuesto. Ir al estudio de Daemon a refugiarme y no salir hasta que hubiera ajusticiado a su hermano. Pero no podía. No era lo que me acercaría más a la verdad. Ganar la confianza y mi lugar aquí, era lo que me acercaría a resolver este misterio. Estaba a mitad de camino, ahora solo me quedaba avanzar.

No me acordaría hoy.

—¿Quieres darme dolor? —pregunté, mirándolo fijamente, dándome la vuelta.

Él negó con la cabeza. Sonrió, acariciando mi mejilla y luego, besando mi frente.

—Quiero darte venganza. —seguía sonriendo, en ese momento, me recordó a la expresión maliciosa que tenía Daemon. Susurró en mi oído. —Puedes hacer lo que quieras con ella, se que la odias. Ella también te odia a ti.

No comprendí a que estaba refiriéndose.

Sam caminó hacia mí, no llevaba ninguna prenda puesta, con un movimiento rápido me entregó el látigo para que yo lo sostuviera.

Fue cuando comprendí que era lo que quería, comprendí el juego. Abrí los ojos por la sorpresa, no sabía cómo reaccionar. Scott parecía tener conmigo una relación protectora. Quería protegerme, su manera de demostrarlo era mostrarme que podía hacer que Sam sufriera si yo lo deseaba. 

Quizás tuvieran razón, quizás él se enamoró de mí. No comprendía por qué. Yo era una farsante y él lo sabía bien.

Ella se colocó a cuatro patas.

—Ven, Sam. —le dije, con un tono amable, dulce. —No quiero jugar con el látigo. 

Pude ver que no estaba aliviada. Quizás le gustara jugar con eso. Me quería mostrar horrorizada y, sin embargo, ya no podía.

—Ninguno de nosotros tendrá que sufrir dolor. —dije suavemente. 

Sam sonrió.

—Quisiera que entre nosotras no hubiera odio. —murmuró, con los ojos entrecerrados.

—Yo también quisiera eso. —sonreí. 

Mi piel estaba erizada. Ella pasó su dedo índice por todo mi cuerpo, haciendo que las prendas que llevaba puestas cayeran al suelo. Fingir que era todavía la sumisa de Daemon no me costaba trabajo. Pero esto era diferente, ahora tenía que estar en esta habitación, como si fuera igual a Sam. Superar mi rencor hacia ella para que las dos estuviéramos en paz. Así accedería a su información. Sam era una pieza clave, lo presentía con cada parte de mi cuerpo.

El juego comenzó.

El calor inundó cada parte de mi cuerpo, suave, lento. El tacto entre los tres era sutil. El casi no estaba cerca de mí. Sam se mostraba más cercano.

—Quisiera confiar en ti, como Sophie lo hace… —murmuró ella, con la mirada relajada.

Yo estaba estimulándola, con mi dedo en su clítoris. Scott solo nos observaba. 

—Quiero ser tu amiga. —dejé que acariciara cada parte de mi cuerpo, todo lo que quisiera.

Solté un gemido, ella era más hábil que Sophie, estaba haciendo que el calor aumentara en mí muy rápidamente. Le indicó a Scott que se uniera. 

Él parecía nervioso de acercarse a mí.

Sam le sujetó los brazos y lo hizo tenderse sobre la cama. Sonreí. Subí a la cama junto con ellos y trepé sobre él. Sentí sus nervios y eso también me divirtió.

—Lo volveremos loco. —dijo ella, sonriendo con complicidad. —No ha querido follarme duro, ni, aunque lo deseé, ahora no podrá resistirse. 

—No lo creo. —él arqueó las cejas, con un sarcasmo notable.

Miré a Sam. Ya sabía que tenía que hacer para que fuéramos amigas al fin. 

Besé a Scott sin que él se pudiera apartar. Sentí su lengua metiéndose en mi boca, él había deseado este momento por mucho tiempo.

Sam sonrió.

Su erección estaba pegada a mí, en tan solo unos momentos estaría en mi interior.

La dama

Scott trataba de resistirse, de negarse, una parte de él quería apartarme. Pero otra parte, demasiado fuerte, quería hacerme suya. Lo veía en sus ojos.

El amor era inconfundible. Le estaba partiendo el corazón, jugaba con él, lo usaba para llegar a la verdad.

No quería sentirme mal. Haría lo que fuera por descubrir al asesino.

Sam estaba frenética también, ahora que Scott casi estaba por penetrarme. El sonido de la puerta se escuchó violentamente.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Sam, algo fastidiada.

Me volteé para ver al que nos había interrumpido. Allí estaba, Claire, con el cabello revuelto. Me sorprendí de su presencia.

—Quiero mirar. —dijo ella, con los ojos fijos en mí.

Scott aprovechó el momento de tensión para irse a un costado. Se colocó rápidamente los pantalones. Miró a Sam con severidad.

—No quiero. Ya te lo he dicho. —Su tono era cada vez más severo.

Sam puso los ojos en blanco. Observé a Scott con atención. No comprendía porque se resistía a follarme. Quizás fuera porque pensaba que Daemon lo asesinaría si se enteraba.

No me vestí. Me quedé tal como estaba frente a Claire. Ella sonrió.

—Llegaste tarde, supongo, el espectáculo ha terminado. —dije, mirándola fijamente.

Algo en ella no me parecía normal. Yo era una persona desconfiada por naturaleza. Últimamente, comprendía que aquí todos eran potenciales enemigos.

Sam me tomó de la mano.

—Vámonos. —dijo ella, fastidiada. Volteó para hablar con Claire, mirándola con desdén. —Has echado a perder el juego.

Acepté caminar con Sam hacia la piscina. Respiré hondo y me zambullí, dejando que el agua me relajara. Ella hizo lo mismo.

—Se que Scott no me quería como sumisa. —dijo ella, cuando me relajé, flotando en el agua calma.

—¿Qué? —pregunté, sin entender.

Realmente me gustaba estar en esta piscina. Incluso olvidaba que las dos estábamos desnudas. Era normal eso últimamente.

Ella se acercó.

—No ha querido hacer nada muy divertido conmigo. Solo alguna que otra cosa para pasar el tiempo. Nada más. —soltó, suspirando. —Se que hiciste que aceptara tenerme como sumisa para que Eduard no me vendiera a Simón.

Abrí la boca para decir algo, quería mentir, inventar algo, pero las palabras no salieron.

—No trates de negarlo. —Sam soltó una risita. —No soy tonta, lo pude adivinar. Hoy lo confirmé. Scott estaba loco por penetrarla hasta lo profundo, quería hacerte suya. Lo vi en sus ojos, fue excitante. Está enamorado de ti.

—Eso es un fastidio. —solté, sin controlar mis palabras, ella no era mi amiga, no podía ser sincera.

Arqueó una ceja.

—El amor siempre es un fastidio, Cady. —dijo, de una forma sarcástica y amigable a la vez.

Me abrazó. Eso no me lo esperaba. Sentí su piel contra la mía, estábamos bajo el agua y sin nada que nos separara. Sus senos rozaron los míos.

—Gracias. —su voz se tornó amable. —En serio. No sabes cómo habría sido de terrible mi vida si no hubieras intervenido.

No esperaba en absoluto esta muestra de amabilidad. Mantuvimos el abrazo. No me molestaba. Estaba logrando mi objetivo. Ella comenzaba a confiar en mí.

La estreché contra mí para fundirnos en el abrazo. Sentía que lo necesitaba.

—No te preocupes. Estamos bien… Es lo que quiero. Que hagamos las paces. —susurré, pasando mis manos por sus hombros, para luego bajar hacia sus muslos.

Sentí su piel erizarse. Estaba pegado al mío, podía percibir incluso los latidos de su corazón acelerarse.

—Debes irte, Cady. —me miró, cambiando la expresión por completo. —Debes irte antes de que sea tarde. Y si puedes, ayúdame a escapar me también.

Estaba susurrando en mi oído. Tan despacio que nadie la oía, sólo yo, que estaba demasiado cerca.

—¿Qué…? ¿De qué…? —empecé a decir, tartamudeando.

—Él te matará. Él no tendrá piedad de ti. Si no huyes ahora que tienes tiempo… Tu destino será igual que el de Marie. —sus ojos se llenaron de lágrimas.

Vi como la primera lágrima se asomaba, rodando por su mejilla. El brillo del miedo estaba plasmado en sus ojos.

—¿Quién...? —comencé a preguntar.

El sonido fue como un silbido en el aire. Claire estaba allí, uniéndose a nosotras con una copa en la mano. Se sumergió en la piscina. Detrás de ella, Collin la seguía.

Sam negó con la cabeza para que hiciera silencio. Se limpió las lágrimas y se zambulló en el agua. Alcé la vista para ver que ya no estábamos solas. Dos personas más estaban en la entrada.

Reconocí a Daemon, que estaba con su hermano, en la entrada que conducía a la piscina. Los dos hablaban. 

El miedo se aferró a mi corazón. Hice lo mismo que Sam, me zambullí. Como si el agua me protegiera de esta jodida locura.

Nueva

“¿Qué estás persiguiéndome?” quise preguntar, pero las palabras solo se formularon en mi mente.

Miré a Claire con cierto fastidio. Salí del agua para vestirse de inmediato. Quería alejarme de aquí, después de las palabras de Sam necesita procesar todo con más lentitud. 

Estaba acostumbrándome a esa sensación de peligro, al menos no me temblaron las piernas al salir de la piscina.

No quería pasar siquiera cerca de Daemon y su hermano. 

Escuché que alguien me llamaba.

—Caddy. ¿Podrías venir un segundo? —preguntó Scott, mirándome con una sonrisa que me fastidió demasiado.

Me cubrí con una toalla. Obedecí sin cuestionarme mucho. Observé a Daemon, él no sonreía.

—Quisiera que aclares un asunto para mí. —me miró fijamente, parecía querer leer mi alma.

Scott no era así, no tenía esa presencia antes. Su amabilidad parecía ser escasa, se veía más parecido a Daemon. Eso me hizo dar un mal presentimiento.

—Dime. —respondí, sin acobardarme.

Me centré en Daemon. Él me observaba con la severidad de siempre.

—¿Qué hiciste hace unos minutos? Cuando estábamos en el cuarto… —soltó él, sonriendo disimuladamente con malicia.

Eso no me lo esperaba. Me sonrojé enteramente y pude ver que Daemon se fastidió. No quería que compartiera lo que habíamos hecho.

Maldita sea ¿Que le estaba sucediendo? A pesar de que Daemon y yo no éramos nada, no teníamos más vínculo que de socios, Scott no lo sabía. Parecía como si quisiera meterme en problemas.

—No quiero tener conflictos contigo. —aclaró Scott, mirando a su hermano.

—Estuvimos divirtiéndonos un poco. Pero no pasó a mayores. —mentí, estuvimos demasiado cerca. 

Tenía que mentir para mantener la farsa. Todos aquí debían pensar que Daemon seguía siendo mi dueño, pero que se había aburrido de mí.

Daemon miró a Scott con algo de desdén.

—No me importa lo que hagas, pero si llegas a… Bueno, ya sabes lo que te ocurrirá, y no me afectará en lo más mínimo matarte. —soltó Daemon, empujando a su hermano contra la pared, arrinconando.

Scott bajó la cabeza.

—Por eso te lo conté. No hay secretos entre los dos. —su semblante era temeroso esta vez. 

Le tenía respeto. Todos aquí le tenían un gran respeto. Scott salió prácticamente corriendo de allí. 

Daemon se acercó a mí, olfateandome el cuello. El aroma de Scott se había borrado casi por completo de mi piel, sin embargo, seguía sintiéndose levemente.

—¿Ahora te gusta? —preguntó, luego de mirarme fijamente de cerca, se alejó por el pasillo.

En el corredor podía hablar con más libertad, en susurros al menos.

—No lo sé. ¿Te importa acaso? —pregunté, de una manera suspicaz.

Él me sonrió. En cierta manera, parecía que le gustaba que lo desafiara. Estaba celoso y no podía disimularlo. Eso me gustó.

—No me importa. Solo que si eres una espía, que te guste alguien sería estúpido. —puso los ojos en blanco.

Me estaba hablando muy de cerca, para que nadie nos escuchara. Sentía su voz tan cerca de mi oído. Me hacía cosquillas y mi piel se erizaba siempre que estábamos cerca. Daemon me rodeó con sus brazos, haciendo que me quedara pegada a la pared.

—Solo ganaba información. —respondí, soltando un suspiro. —Quería tener la confianza de Sam. ¿No era así el plan?

—El plan no era que follaras con mi hermano. —él apretó levemente mi rostro con sus manos, como si quisiera besarme ahora mismo y estuviera resistiéndose.

—No lo hicimos, de todas formas. —contesté, con una risita. —Estás celoso y eso es lindo. 

Abrió los ojos con rabia, eso me volvió loca. Quería besarlo, uf, cuánto quería saltar sobre él. Me contuve.

—Eres mi sumisa. Dijiste que querías seguir teniendo ese papel. —él me colocó de espaldas contra la pared, sentí su tacto en mi cintura. —Y mientras estés aquí, obedecerás mis órdenes.

—Acordamos que solo jugaríamos en público, para que nadie sospechara nada. —objeté.

—Eso se arregla fácilmente. —Daemon me alzó como si no pesara nada, haciendo que la toalla cayera al suelo.

Me estaba llevando de nuevo a las piscinas. 

—Ya… —solté, sin poder evitar reír un poco. 

Lo obligué a bajar al suelo, para que no llegáramos allí. Ya sabía cuáles eran sus intenciones y no quería dejarme llevar. Mientras más estuviéramos juntos, con menos frialdad podría yo actuar. 

Era imperativo no tentarme con él. Porque me volvía loca, hacía que perdiera por completo mi armadura. 

Acierto

Me quedé sentada en una de las ventanas más grandes de la mansión, contemplando el exterior, ese bello jardín que estaba afuera. El verde me hizo sentir bien. Siempre lo hacía, la naturaleza parecía estar en todo su esplendor. Me pregunté si detrás de la cerca, habría cientos de hombres armados por si algo sucedía. Era como estar dentro de una isla.

Atrapada. Estaba encarcelada aquí, aunque fuera un lugar precioso y repleto de lujo.

Y Daemon era mi carcelero y también, el único aquí en el cual podía confiar. Eso decía mucho sobre mi situación. Cada vez que pensaba siquiera en él se me erizaba la piel por completo. Una mezcla de sensaciones que me volvían loca.

Si tan solo pudiera volver a tener un poco de la rigidez y frialdad del pasado. Ahora no estaría tan caótica en mis sentimientos.

Sam me dio una advertencia. Las cosas estaban tornándose cada vez más oscuras dentro de estas paredes.

“Él te matará…” sus palabras seguían latentes en mi cabeza.

—¿Contemplar el horizonte? —Una voz a mis espaldas me alertó.

Me costaba identificar todavía la voz de Claire. Era sofisticada, algo ronca, con fuerza. Una mujer de negocios, cualquiera podía leerlo en su mirada.

Su presencia me generaba cierto malestar. Todavía no sabía si eran celos o solamente me sentía invadida ahora que me acostumbraba a Sam, Sophie y Stella. También estaba la otra chica, la pelirroja. 

—Sí. Me gusta pensar aquí. —respondí, sin mirarla.

—Cady, ¿verdad? —preguntó ella, con un tono amable, sentándose a mi lado. —No muestran simpatía por mí. 

—¿Cómo dices? —pregunté, fastidiada. —No pretendo ser grosera.

No iba a hacerle una maldita fiesta de bienvenida. No deseaba ser su amiga. No quería tener amigos aquí.

—No lo eres. Pero tampoco eres simpática. —Claire sonrió y me obligó a mirarla.

Estaba sudada, se notaba que había tenido un momento con Collin otra vez. Sophie debía estar molesta. Amar a un mafioso era así, no se podía esperar fidelidad. Collin era de esos tipos y seguramente Daemon también. Por eso tenía que mantenerme fría hasta el final. 

—Lo lamento. —sonreí. Estaba tratando de fingir. —¿Quieres acompañarme hoy? 

No esperaba que la invitara a un juego. Pero debía acostumbrarse a la dinámica de este lugar.

Claire me miró con algo de confusión.

—Quieres experimentar. ¿No es así? —pregunté, sonriendo. 

Ella quería fingir que sí. Santo cielo, podía leerlo en su mirada. No estaba aquí porque quisiera, aunque le gustaba estar con Collin y eso se desvelaba en su rostro.

Me di cuenta de que estaba fingiendo porque, estaba teniendo la misma expresión en sus ojos que yo tuve cuando recién llegué.

—¿Por qué viniste aquí? —pregunté, mirándola fijamente. 

No sé por qué, me sentía con el poder de interrogarla.

Sus ojos brillaron de suspicacia. Esa chispa que solo se enciende cuando ocultas algo.

—Quiero experimentar. —Claire apretó los labios. —Toda una vida en los negocios me ha hecho demasiado frío.

Seguí mirándola. Estaba mintiendo. Quería sacarle la verdad solo que todavía no sabía cómo hacerlo. 

Daemon estaba equivocado si creía que ella solamente quería ayudar. Mi instinto me estaba alertando. Quería advertirle lo antes posible, aunque ni siquiera tenía pruebas más que mis presentimientos.

Él podía pensar que simplemente eran celos.

—¿Quieres romper con esa frialdad? —pregunté, tenía que ponerla a prueba.

—Sí. —asintió casi sin esperar un segundo. Eso me develó más desesperación.

—Entonces yo te ayudaré. —sonreí. —¿Quieres mi ayuda? 

En mi mente, estaba planeando la manera de hacer que revelara sus intenciones. Ella no sabía cómo era la vida aquí.

Volvió a asentir. No me di cuenta que Danna también había llegado, se acercó a nosotras. Me miró con algo de consternación.

—¿Todo bien? —pregunté, notando su temor.

Apretó los dientes.

—Él está encerrado. No quiere hablar con nadie. —murmuró Danna, acercándose a mí para que nadie la oyera. 

—¿Eduard? —pregunté, aunque la respuesta era muy obvia. —Si quieres te acompaño para hablarle.

Seguramente Eduard había bebido. Eso era lo que le sucedía últimamente. Danna sonrió y aceptó mi ayuda. 

—Iré con ustedes. —Claire me sujetó del brazo, con algo de hostilidad. —Es lo que hacen las amigas. ¿No? 

Mientras nos acercábamos a la habitación de Eduard, mis pensamientos iban arremolinándose para lograr desenmascarar lo que fuera que estuviera ocultando Claire. 

Toqué la puerta.

—¿Eduard? —pregunté, con un tono suave.

Nadie respondió. Insistí. Danna me miró con los ojos preocupados. Toqué la puerta muchas veces y nadie respondía.

—¿Estará bien? —preguntó Claire, casi con un tono irónico.

—Eduard, soy Cady. —dije, como si eso hiciera una diferencia.

Silencio. Un silencio sepulcral desde el interior del cuarto.

Salvar

El temor que sentí fue tan fuerte que hizo que mi corazón latiera demasiado rápido. En mi cabeza, entraría a ese cuarto y él estaría muerto. No sabía porque presentía que la vida de Eduard pendía de un hilo delgado.

—Edward… —solté nuevamente, golpeando con fuerza la puerta.

Collin se hallaba buscando a Claire y nos encontró en la puerta de su colega. Se me aceleró todavía más el corazón. El notó mi incomodidad y de inmediato se acercó más a mí para interrogarme.

—¿Qué sucede? —preguntó él, pero no pudo continuar.

El sonido de un mueble cayéndose al suelo fue estrepitoso. Un golpe seco, siniestro. Venía desde adentro de la habitación. Un lamento se oyó, un débil quejido.

—Cady, permiso. —dijo Collin, haciéndome a un lado para empujar la puerta y derribarla.

Golpe tras golpe, no lograba abrir la puerta. La desesperación comenzaba a invadir a todos los presentes, no solo a mí. En los ojos de Collin leí la preocupación.

—Está atrapado. Cerró la puerta por dentro. —Danna estaba mordiendo sus uñas, nerviosa. —No ha querido estar conmigo muchas veces desde que llegué. Decía que le dolía la cabeza…

—Jaqueca. Ha estado teniendo jaquecas. —soltó Collin, empujando una vez más con fuerza. —Ha bebido demasiado en los últimos días.

No, ha dicho más de lo que debía. Me dije a mi misma. Esto era un ataque tal como me sucedió a mí cuando me quedé a solas. Empecé a temblar de manera involuntaria. Los nervios me calaban profundo.

El ruido de la puerta astillandose y quebrándose me sacó del temblor. Collin logró abrir, usando toda su fuerza. Quedó malherido, con el brazo ensangrentado por las astillas.

Entramos corriendo, casi volando. Sentí que no llegábamos nunca, que cada minuto era extremadamente pesado.

Solté un grito de espanto. Luego, Danna lo hizo. Claire no emitió sonido alguno al igual que Collin.

Eduard estaba debajo de un enorme ropero, de madera maciza. Apenas si movía un poco la pierna derecha. Estaba tratando de no ser totalmente aplastado.

Collin comenzó a levantar el mueble y las chicas nos arrodillamos en el suelo para tratar de sacarlo de ahí.

—Rápido… —jadeó Collin, que ya estaba al borde de su resistencia sosteniendo el enorme ropero.

Eduard estaba casi inconsciente. Apenas si de milagro estaba vivo. Logramos sacarlo de ahí abajo y Collin tuvo que soltar el ropero de golpe. Claire y Danna tiraron con fuerza de los hombros de Eduard para moverlo.

Mis ojos se centraron en solo una cosa. En el lugar donde antes estaba Eduard, siendo aplastado, había algo que me quitaría el sueño.

Un vestido de novia que pude ver por solo unos segundos antes de que el ropero volviera al suelo. El blanco, era un vestido de novia blanco que reconocí porque sólo los vestidos de novia tenían velos de esa tela.

De Marie, estaba segura que era de Marie. Era el vestido con el que se casarían. Eduard me había dicho la verdad entonces.

—Busquen ayuda. Que venga una ambulancia. —soltó Collin, comenzando a correr para buscar el teléfono para comunicarse con el mundo exterior.

Danna estaba en shock, tratando de reanimar a Eduard. Él respiraba con mucha dificultad. Sus ojos se cerraban y abrían lentamente. Quería mantenerse en el mundo de los vivos y se esforzaba.

—¿Qué estabas haciendo…? Santo cielo… —solté, con un sollozo que no pude contener.

Eduard tosió, la sangre salió de su boca.

—Marie. Racchio… —Eduard balbuceó, mirando hacia el techo fijamente, con los ojos fijos en la inmensidad. —Devuélvemela… ¿Por qué…?

Escuchar aquel apellido me heló la sangre. La sangre saliendo de su boca se multiplicó. Perdió la consciencia luego de unos minutos. Sujeté su mano para no dejarlo solo.

—¿Qué demonios sucedió? —la voz de Daemon me heló nuevamente la sangre.

Me sentí en peligro. Su nombre, Eduard había pronunciado su nombre junto con el de mi hermana.

Quedé paralizada.

Todos los demás sonidos se extinguieron a mi alrededor. Dejando solo, un bullicio latente en mis pensamientos. Miedo, miedo a la verdad que veía con mis ojos. El culpable que tanto busqué por este tiempo…

Sentí como me quedaba sin fuerzas. Nunca antes me había desmayado de esta manera. Fue como si toda la energía de mi cuerpo se drenara de golpe.

Caí al suelo sin que nadie pudiera detenerlo. Sentí el suelo frío sobre mi piel, mientras el panorama a mi alrededor se oscurecía. El latido dentro de mi propia cabeza, asemejaba a los de mi corazón.

La tiranía

Pov Daemon

En toda mi vida, en toda mi larga carrera, logré hacerle frente a cualquier problema que se me presentara. Yo no era fácil de quebrar.

Al verla observarme como si fuera un asesino, como si me tuviera verdadero miedo, mi corazón pareció estrujarse.

Y perdí la noción del tiempo. Los sonidos de las ambulancias se mezclaban con los gritos de las chicas, que estaban entrando en pánico porque los policías también estaban entrando.

—¡Al suelo todos ahora! —gritó uno de los oficiales.

Por supuesto que no lo obedecí. No estaba acostumbrado en absoluto a obedecer a ninguna persona. No comprendí qué demonios estaba sucediendo.

Me agaché para estar junto a Teresa. Los enfermeros querían levantarla para llevarla a la ambulancia y por un momento, quise impedirlo.

—Tiene un golpe severo en el cráneo. Necesita hospitalización inmediata. —comenzaron a decir ellos, se hablaban para llevarse a los heridos. —Se ha golpeado con el filo del escalón. Estará muerta si no recibe atención de inmediato.

A Eduard ya lo daban por muerto. Escuchaba las palabras formales que los médicos utilizaban para suavizar una situación funesta.

Verla en el suelo, con los ojos cerrados, apenas respirando… No podía soportarlo.

Era mi culpa. En mi corazón retumbaba la culpa quemándome, un sentimiento tan horrible que nunca pensé experimentar.

Las imágenes se acumularon en mi mente y me hicieron sentir el alma escapándose de mi cuerpo. La primera vez que la vi. Aquella sensación de que se detenía el mundo para que solo pudiera mirarla un rato más. Porque me volvía loco cada parte de ella, su ser entero, quería tenerla para toda la vida a mi lado. No quería que se marchara de mi lado nunca.

No quería que se enterara de la verdad tampoco. Porque no lo entendería, no podría comprender lo que en realidad pasó.

Ella me odiaría. Y ese odio me mataría, me envenenaría en lo profundo. Apreté los puños por la rabia que se me escapaba.

Hice todo mal y ahora ella pagaba las consecuencias.

—Racchio, estás bajo arresto. —La voz de la policía hizo que esto pareciera un mal chiste.

Comenzó a redactar los protocolos mientras todo el despliegue se llevaba a cabo, el operativo para allanar toda la mansión. No podía creer lo que estaba sucediendo. En todos mis años como mafioso, esto jamás ocurrió. No logré escuchar los motivos por los cuales se me arrestaba porque, solo pensaba en Teresa. Lo que pasara conmigo no me interesaba. La policía no me atemorizaba. Nunca lo había hecho.

¿Por qué? No tenía explicación. Una completa locura. Lo sucedido con Eduard… No…

Sentí que me colocaban las esposas en las muñecas. Como si viviera dentro de un sueño en el cual no podía moverme. No podía manejar mis instintos, no lograba siquiera defenderme, no después de haberla visto tenerme tanto miedo.

Escuché a Scott pelear para que me liberaran, al igual que a Collin, estaban gritando.

Me subieron a la patrulla de una manera agresiva, con el rencor que se le tiene a un mafioso que evade la justicia. Hicieron que arrastrara los pies.

Nada de eso me importaba.

Estaba alejándome de ella. Eso era lo más importante, debía alejarme de ella para dejar de dañarla. No llevaron a nadie más que a mí. Supongo que el proyecto rubí tuvo éxito y quien quiera que quiso socavar logró su objetivo.

Estaban llevándome a una cárcel y no a una comisaría pequeña como era la costumbre en los arrestos. No, debían tener algo importante para ensuciarme. No escuché los motivos y los sabría pronto.

Reconocí la ruta que estaban escogiendo. Me llevaban a una de las prisiones de máxima seguridad, a las afueras de la ciudad vecina.

No dije una sola palabra. No lucharía por mi libertad. No quería pelear.

“La dañaste. Tus negocios la dañaron.” Me decía mi propia voz en mi cabeza, retumbando sin parar.

Si hubiera empezado con otra nueva vida como ella sugirió, en lugar de querer socavar el proyecto rubí, Teresa no habría sufrido ese desmayo que le provocó aquella fractura. Si el destino era amable se podría recuperar. Y cuando eso sucediera, no me necesitaba en su vida.

El auto se detuvo delante del lugar.

—¿No me harán hablar en un juzgado? —pregunté, al ver que me bajaban directamente con la intención de arrestar sin nada en medio.

—Tú no eres cualquier criminal. —soltó el policía que conducía el auto. —Tenemos órdenes de llevarte directamente dentro o escaparás.

—Eso no suena del todo legal. —repliqué, mirando las paredes enormes de la prisión.

Unas horas antes estaba en mi estudio, en mi mansión, sin saber que todo esto ocurría.

—No te escaparás, no te saldrás con la tuya esta vez. Caminarás dentro o la chica no volverá a ver la luz del sol. —El policía sonrió. —¿Crees que estamos jugando, Daemon?

Cosecha de enemigos

Daemon

La celda era extensa, las paredes eran de un concreto gris y con solo una escotilla que daba al exterior. Con lo cual, el aroma a encierro y humedad era fuerte. Me dejaron aquí, pero sabía que tarde o temprano iban a volver.

Teresa. Ellos la tenían. Había sido engañado.

Golpeé la pared. Golpeé la pared de concreto tantas veces que me sangran los nudillos. Tenía grilletes en los pies, pero mis manos estaban libres. De igual manera sabían que no podía escapar. Estaba rodeado de policías con armas y ellos tenían lo único que me importaba en el mundo.

Grité toda clase de insultos al darme cuenta que había sido engañado. Los médicos, las ambulancias, la policía, todo fue una jodida farsa para llevarse a Teresa y tenerme a mí aquí.

El idiota que estuviera detrás de todo esto ideó un buen plan para desestabilizarme. Un plan que antes no hubiera funcionado, porque yo no amaba a nadie.

De solo pensar que la tenían encerrada, o que podían hacerle cualquier cosa, me devoraba la impotencia por completo. Era una sensación que no le deseaba a nadie. Podía matar a quien se interpusiera en mi camino con tal de recuperarla, pero no tenía siquiera esa opción.

Ellos la tenían.

Volví a golpear la pared.

—Oye, más despacio Daemon, no derribarás a golpes la pared. —escuché la voz que llegó del otro lado de mi celda de concreto. Alguien abrió la puerta.

Un tipo entró a la celda. El típico matón que solo sigue órdenes. Se atrevía a pronunciar mi nombre como si fuera un igual.

No le daría el gusto siquiera de insultar.

—¿Te quedaste sin palabras? —preguntó nuevamente, con una risa maligna.

—No hablo con la escoria, solo le pago o los mato. —respondí, sin mirarlo siquiera.

—Te crees mucho. ¿No? Siempre ha sido así. Has comprado y creado un imperio a tu paso sin que nadie te desafiara. —el tipo escupió en el suelo con desdén.

—Lo han intentado, al igual que tú. —respondí con frialdad.

Por supuesto que habían intentado desafiarme. Pero eso no era nada más que un obstáculo sin importancia para mí. Me deshacía de mis enemigos con total facilidad.

—No lo intentamos. Te ganamos. —Soltó una risa, queriendo empujarme.

Me aparté antes de que siquiera se atreviera a tocarme.

—Teresa. Es un bonito nombre. —sonrió, sus dientes eran amarillentos. —Ella debe estar despertando ahora, quizás no recuerde que pasó antes de que se desmayara. Pero si recordará que la engañaste.

—No es así. —negué, no podía soportarlo.

—Ella sabe que mataste a su hermana. —abrió más los ojos en una expresión burlona. —Como te deshiciste de Marie cuando comenzó a darte problemas.

—¡Yo no la asesiné! —grité, con todas mis fuerzas, la rabia me corroía cada parte de mi ser.

—Si lo hiciste. —su voz era siniestra, ¿Por qué demonios un simple matón tenía tanta información?

—¿Quién eres? —pregunté, queriendo atacar, pero me detuve, no podía arriesgarme a que mataran a Teresa.

—Mi nombre es William. —fue lo único que dijo. —Ella sabrá que tu mataste a Marie y solo la usaste para un siniestro juego tuyo. Es lo que eres. Por eso se debe quitar del camino a la gente como tú.

—¡Yo no asesiné a Marie! —grité nuevamente, no podía tolerar la idea de que Teresa pensara que yo era un asesino.

El tipo se fue, para mi buena fortuna, porque de lo contrario lo habría matado a golpes. Debía contener mi ira o la seguiría perjudicando.

Eduard, Sam, Sophie, Stella, Scott, a todos nos unía una sola cosa en común. Ninguno sabía quién había asesinado a Marie. Pero ellos creerían siempre que fui yo, porque los indicios me señalaban.

Recuerdo aquella tétrica escena, cuando Eduard encontró el cuerpo de su amada, que todavía llevaba el vestido de novia.

Me había acusado de matarla porque prohibí su boda. Era lo único que quería evitar, pensé que, si no se casaba con ella, la chica no correría peligro. No era bueno casarse cuando uno está en este negocio. Impedir la boda, les grité a los dos y fue cuando…

La escena regresaba a mi mente, aunque quería suprimirla.

—¡Ya basta Sissy, sabes que no pueden casarse! —le había gritado, mirándola con desprecio.

Las luces se apagaron. En ese momento, creí que se trataba de un apagón por la tormenta que se gestaba afuera. Los días se pasaban entre truenos y rayos, seguidos de mucha lluvia.

Ella llevaba el cabello suelto, castaño, que le caía por la cintura. Se había colocado el vestido de novia para probárselo para el gran evento. Eduard quería hacer una boda concurrir para que el mundo de los negocios la conociera como su esposa.

Era una maldita locura. Ella me tomó del brazo, sujetándome y susurrando cerca de mi oído.

—Lo siento, Daemon. —murmuró, besando mi mejilla.

No comprendí lo que sucedía hasta que vi que pasaba su mano debajo de su vestido y logré empujarla a tiempo. El arma se le escapó de entre las manos. La inmovilice. Su rostro estaba enrojecido por los nervios. Sudaba, estaba nerviosa.

—¿Quieres matarme porque no los dejó casarse? —pregunté, apuntándole con mi arma, que en ese entonces siempre llevaba encima.

Ella estaba en el suelo, con el maquillaje corrido y los ojos enrojecidos. Lloraba, podía ver las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—No es por Eduard. —pude leer sus ojos, su respuesta se dibujó en su mirada desconsolada. —Es por mí. Siempre fue tu plan venir a matarme.

Ella soltó un sollozo. Se cubrió el rostro con un pañuelo.

—Yo lo amo de verdad… No pensé… No pensé que esto ocurriría. —soltó, con el dolor atravesado en su garganta, el arma quedó a un lado y ella la pateó más lejos. —¡No puedo hacerlo! No puedo matarte, Daemon…

—Eres una espía. —la miré fijamente, sin dejar de apuntarla.

Era algo que me dejó estupefacto. No lo hubiera pensado nunca, habría sospechado de cualquiera menos de ella. Era la sumisa de Eduard, siempre se comportó como tal. En los últimos meses se mostraron unidos, el amor había surgido entre ellos y yo, que no había amado nunca, me parecía algo patético.

Quería disparar. Iba a hacerlo. Esa pizca de humanidad me impedía disparar a una mujer que estaba vestida con el blanco del altar y que se había enamorado de mi socio. Eduard no era mi amigo, o al menos eso quise creer. No deseaba verla morir, aunque su traición se clavó profundo.

Me esforcé en apretar el gatillo, en disparar. Nada, ni un movimiento de mis dedos. Como si me hubiera vuelto de piedra. No podía matarla, no quería hacerlo por más que fuera lo correcto.

Los recuerdos querían seguir y yo ansiaba detenerlos. No, volver a recordar eso me haría más débil de lo que ya era.

Salí del cuarto azotando la puerta. Debí quedarme allí hasta que alguien más llegara. Porque hubiera impedido la catástrofe.

—¡Eduard! —grité, para que el idiota viniera a enfrentar a su prometida, la traidora que nos engañó para espiarnos.

La fuga de dinero tenía nombre y apellido ahora. Marie había estado socavando negocios pequeños de nuestras empresas para obtener dinero sin que nos diéramos cuenta. Era buena, muy buena en su trabajo.

El disparó llegó a mis oídos. Un silbido que desembocó en un ruido seco y funesto.

Yo estaba aún en el pasillo. Al volver, la sangre estaba derramada en el suelo. En la ventana estaba la marca de la bala que ingresó desde el exterior, desde el jardín.

Revelaciones

Pov Teresa

Lo último que recordaba fue a Eduard, sus palabras, cuando reveló el apellido de Daemon. El golpe en mi cabeza fue estridente, sentí como mi cuerpo se desvanecía y me quedaba débil antes de desmayarme.

Tuve sueños extraños. En cada uno de ellos estaba él, Daemon no salía ni siquiera de mis pesadillas. El me perseguía, yo a veces lo dejaba raptarme. Pero tenía miedo, furia, todo al mismo tiempo.

Sentía demasiadas cosas por él. El asesino de mi hermana, joder, estuvo delante de mí todo este tiempo y no lo vi. No pude saberlo antes porque el me gustaba, lo amaba, si era sincera conmigo misma, fui una idiota.

Me enamoré de la persona que no debía. De un asesino monstruoso y despiadado. Marie, debía estar decepcionada de mí, no le estaba dando un descanso pacifico follándome a su asesino.

Desperté envuelta en sudor helado. Temblaba, traté de reconocer el lugar en donde estaba. A simple vista parecía ser una simple sala de hospital, con la pared verde claro y los cuadros característicos. Tenía suero, estaban inyectándole algo como anestesia también, porque me hallaba dormida y casi sin fuerzas.

Mientras temblaba, traté de enderezarme, pero me fue imposible. Tampoco podía mover los labios. Sentía cada parte del cuerpo adormilado, lo que fuera que me inyectaron era un sedante.

“Santo cielo, me he golpeado muy fuerte.” Me dije a mi misma, al ver todo el tratamiento médico que estaba recibiendo.

—Buenos días, Teresa. —una voz se impuso en el cuarto, retumbó entre el silencio y me erizó la piel.

No conocía esa voz. Era un hombre con apariencia de mafioso de bajo rango. Tenía unos ojos de color verde esmeralda muy particulares.

Quería preguntarle quién era, si era el doctor o que me sucedió. Ninguna palabra salió de mis labios, de mi garganta. Traté de moverme otra vez inútilmente.

—No te esfuerces en vano. Eso que te administró el doctor es fuerte, no podrás moverte por unas horas. Es una precaución, verás, una mujer como tú no es de fiar. —el hombre sonrió con una malicia aterradora. —Seguro que sientes que estás a salvo en un hospital. Eres una perra bastante hábil para fingir. Incluso finges desmayos.

No comprendí a que estaba refiriéndose, solo pude mirarlo con los ojos asustados.

—Seguir los pasos de tu hermana te iba a conducir hasta aquí. ¿No lo crees? Es algo evidente. Marie también fue una perra hábil espiando y fingiendo. —soltó una risa despectiva. —¿Cómo se sintió saber que Daemon la asesinó?

Eso me dolió. Estaba en peligro, mi cuerpo se sentía terrible y no podía escaparme de esta situación. Quería salir de aquí corriendo. Este tipo no era un doctor, no estaba en un hospital y por alguna razón este sujeto inventaba disparates sobre mi hermana.

—No… —susurré, como algo que apenas salía de mis labios.

—¿Has dicho algo? —preguntó él, acercándose a mí y rodeando mi cuello con sus manos.

Apretó levemente.

—Tengo planes para ti, cariño, no voy a matarte ni nada por el estilo. Así que puedes dejar de temblar como una gallina. —sonrió, acariciando mi rostro.

—Deja de tocarla, Hugo. —dijo una voz a sus espaldas, entrando por la puerta, escuché el sonido de los tacones rozando el suelo al caminar.

Al ver a Claire junto a este sujeto, palidecí, el miedo se formó como una enorme sombra dentro de mí.

—Señorita Claire. —el hombre hizo un saludo que más bien pareció una reverencia.

—Supongo que te sorprende verme aquí, Teresa. —Claire se sentó en una silla al costado de mi camilla, arrastró la silla haciendo un sonido chillón que me hizo daño a los oídos.

No pude responder. No poder hablar, gritar o hacer siquiera cualquier cosa era la sensación más asfixiante que sentí en mi vida. Una tortura insoportable. Ellos podían hacer lo que quisieran conmigo y yo solo podía mirar.

—No te asustes. No te haremos daño, ninguno de nosotros te ha hecho nada. Te has desmayado cuando Eduard falleció. —Claire tosió, dándole poca importancia al hecho de que Eduard estaba muerto.

No lo esperaba. Me dejó en shock. No podía comprender nada de lo que estaba sucediendo y mucho menos tratar de asimilarlo. Era tanto para procesar. ¿Por qué demonios estaba aquí? ¿Qué quería una empresaria como Claire conmigo?

—He investigado a Racchio desde hace mucho, con ayuda de muchos que estaban hartos de su tiranía. El proyecto rubí no fue otra cosa más que justicia. Debíamos hallar un modo de capturarlo y cuando Eduard murió, pudimos aprovechar para encerrarlo en la cárcel. Matar a su socio fue de lo más bajo. Encontramos al hombre que ingresó al cuarto de Eduard para aplastarlo con el mueble. Confesó haber sido pagado por Racchio. —Claire me miró con los ojos entrecerrados, casi con pena. —Cuando despiertes, nos dirás para quien trabajas.

¿Qué acababa de decir? Eso no tenía sentido. Sentí las lágrimas corriendo por mis mejillas sin parar. Tenía miedo, tanto que quería vomitar y tampoco podía hacerlo. Estaba paralizada por completo y quién sabe hasta cuándo.

—Aquí te atenderemos bien. Como muestra de mi bondad he traído a tus amigas. —dijo ella, sonriendo y haciendo señas desde afuera de la habitación.

Sam y Sophie ingresaron al cuarto de hospital. Fue tan extraño verlas con ropa normal de ciudad, jeans y chaquetas. Las dos me miraron con temor, le tenían miedo a Claire y eso se olfateaba en el aire. Yo también le tenía miedo, era indescifrable en su totalidad.

—Pueden estar juntas en esta habitación. Por lo que vi, estaban muy unidas. Sophie y Sam fueron claves para mi investigación. —Claire sonrió. —El bien ha ganado al final. ¿No? Tenemos al asesino tras las rejas y los que deseen, podrán comenzar una nueva vida.

Debía referirse a Collin y a Scott. Traté de ordenar mis caóticos pensamientos, pero fue imposible. Esto era un torrente de información tan complicado que se hacía violento.

Marie, solo pensaba en ella, en cuanto la decepcioné al no descubrir la verdad. No merecía perdón alguno después de lo que hice.

Culpa

Mi cuerpo lentamente volvió a la normalidad, podía moverme un poco sobre la cama, aunque no bajara para caminar. El sedante iba perdiendo efecto. Sam estaba sentada mirando por la ventana, sin dirigirme la palabra. Y Sophie, solo me miraba. Las dos parecían otras personas totalmente diferentes.

Quería hablar, preguntar, pero también estaba sumida en mis pensamientos. Sobre todo, la culpa me iba atosigando. Daemon, estuvo frente a mí la respuesta todo el tiempo. Alguien más había muerto, el hombre con el que mi hermana iba a casarse. Eduard no estaba más en este mundo y quizás podría haber evitado su muerte si no me hubiera dejado cegar por los encantos del maldito mafioso que robó mi corazón.

Las lágrimas mojaban las sábanas. Mis lágrimas de dolor, de culpa, de tristeza profunda.

—¿Cuál es tu nombre verdadero? —pregunté, mirando a Sophie, casi desconsolada.

Ella bajó la mirada.

—No puedo decírtelo. —respondió, con una frialdad totalmente nueva. Sentí que me estremecía. Estaba actuando de una manera tan diferente.

Parecía otra persona. Nada que ver con esa Sophie de la mansión. Todo terminó tan rápido, tan abruptamente. Estar en este cuarto de hospital era completamente diferente a como viví los últimos meses. Santo cielo, parecía una pesadilla, un sueño caótico y confuso.

—¿Te han dicho mi verdadero nombre? —pregunté, tratando de volver a mi personalidad antes de ser Cady.

Eso fue un shock. Ya no recordaba cómo actuaba, como hablaba, como era antes de ser Cady. Como si la vieja Teresa nunca hubiese existido. Eso me hizo sentir todavía peor.

Asintió. Luego, bajó la cabeza.

—Esto ha sido un periodo largo. —dijo, con una voz rotundamente severa.

Nunca creí que Sophie solo actuara, que en la vida real fuera distinta. Tampoco Sam. Las dos se veían estrictas, como si solo llevaban a cabo un trabajo que concluyó. En cambio, yo, ya ni siquiera sabía quién era. Pensé que solo yo jugaba un papel allí.

Fui engañada, mil veces, en esa mansión de lujuria y mentiras. Por Sophie, por Daemon, por todos.

—La mafia de Daemon llegó a su fin. Es una tontería seguir aquí. —dijo Sam, igual de severa. —Teresa, debes sincerarte con nosotras, porque tu destino podría no ser tan amable.

Eso me desconcertó.

—¿A qué te refieres? —pregunté, con el desconcierto y la rabia mezclados en mis ojos.

—A que tienes que confesar. Así, tu condena no será igual que la de Daemon. ¿Para quién trabajas? —preguntó Sophie, o como quiera que fuera su nombre en realidad.

—Marie. Eres la hermana de Marie. Ella trabajaba como espía en la mansión antes de que Daemon la matara. Tú también eras una espía. Necesitan que confieses y te desvincularon.

—Mi hermana no era una espía. Era enfermera. —dije, queriendo gritar, pero todavía no lograba controlarlo, el sedante se iba y volvía.

—Por favor. No puedes fingir más, Teresa. —Sam llegó hacia mí. —En la piscina, te dije que Racchio te mataría. Porque era verdad, no quería que más inocentes murieran. Eduard no era un inocente, él era un mafioso.

—Todas apreciamos a Marie. En este negocio, entre mujeres solemos protegernos. Tú no eres una excepción. —Sophie me observó con severidad. —Claire nos contactó de una manera arriesgada. Estuvimos trabajando con ella para poder liberarnos de la mansión.

No podía creer que Sophie estuviera diciendo estas palabras. Ella parecía tan entregada a Collin. Todo era un papel a fingir.

—Debes hablar, Teresa. Tienes solo dos días para hacerlo. —Sam arrugó la frente. —O irás a la misma prisión que él.

Palidecí. Daemon, él no verlo me hacía sentir extraña. Antes, era en la única persona en la cual confiaba. Su traición, como estuvo jugando conmigo todo este tiempo. Tenía tantas preguntas, ¿Por qué no me mató cuando supo la verdad sobre mí?

—Claire… El proyecto rubí… —tartamudeó, la información me estaba ahogando.

—Todo fue un plan para poner a Daemon tras las rejas. Desde la muerte de Marie, las cosas cambiaron. Eduard trató de salir de ese problema. Collin también. Todos estaban detrás de la conspiración para hacer justicia. —Sophie caminó por la habitación. —Solo tú eres lo que no encaja. Tu organización es lo que falta para que el misterio se cierre al fin.

No había tal misterio. Me negaba a creer que mi hermana era en realidad una espía. No, no era posible. Marie nunca me lo dijo.

—Yo sólo quería justicia. Entré a la mansión para descubrir al culpable del asesino de mi hermana. No trabajo para nadie. Trabajé como periodista y mi vida siempre fue ordinaria y normal… —balbuceé, entre las lágrimas que se me escapaban.

—¿No crees que es un discurso tonto? Una coincidencia imposible. —Sam puso los ojos en blanco.

Sentí que me estremecía por los nervios. Esta gente me metería a prisión. Claire no me parecía estar limpia, tenía ese presentimiento desde que la vi. Sus intenciones no eran del todo buenas. Solo que no podía perseguir ninguna sospecha si ni siquiera me podía mover. Y cuando me recuperara, tampoco lo haría, mi alma estaba destrozada.

Mi corazón, roto en mil pedazos. Cada vez que pensaba en él.

Solté un sollozo.

—¿No me digas que fuiste tan tonta de enamorarte de él? —Sophie me miró con desprecio. —Marie se enamoró de Eduard, tú, de Daemon. Pero él la asesinó. Eres una perra vil.

Quise abofetearla, lo hubiera hecho de buena gana. Me sentía destruida en espíritu. Porque ella tenía razón. Me enamoré de un asesino, era de lo peor.

Alguien llamó a la puerta y las chicas se retiraron. Me dejaron sola allí, para que asimilaba las advertencias. Todo esto era un torbellino, un huracán en el cual estaba atrapada.

Mi respiración se agitaba, mi corazón latía tan rápido que, si seguía así, no duraría mucho. El miedo, la culpa, la desesperación, todo eso colisionaba dentro de mí.

Y afuera esperaban mis respuestas.

El instinto de pelea

Pov Daemon

—No lo hice. —me repetí.

Como para creerlo, para que se grabara en mi corazón, era la pura verdad. Yo no asesiné a la hermana de Teresa y no importa cuánto me repitiera que sí, yo no aceptaría nunca algo que no fuera la verdad.

Pronto vendrían. Sabía que lo harían, porque si me quisieran muerto ya me habrían asesinado. Estaba aquí, desarmado y encerrado.

La puerta se abrió después de un día entero. Escuché el sonido de los tacones y al ver ese rostro, me dio una punzada de rabia que invadió mi cuerpo. Suprimir aquel calor de la ira para volver a pensar con frialdad. A puñetazos no podría salir de aquí, sería estúpido seguir gritando y golpeando las paredes. Debía proteger a Teresa, era mi objetivo y no descansaría hasta lograrlo.

Pensar en ella era difícil.

—Claire. —masculle, tratando de no levantar el tono.

—Veo que se te ha pasado la rabia. —ella sonrió, arqueando las cejas. —Es difícil para un villano ser enjaulado.

No respondí. No le daría el gusto de jugar.

—¿Frío como siempre? —preguntó, acercándose más a mí. —Es tierno, crees que eres un mafioso, solamente haces lo que tus padres hicieron toda la vida.

—Al igual que tú. —solté, era tonto que ella lo dijera, trabajaba en la misma empresa que su padre.

—Oh cariño, tú y yo no somos iguales. Yo te gané, la justicia ganó al final. Los canallas como tú pueden escapar de la justicia por algún tiempo, pero no por siempre. —carraspeó. —Tengo suficiente para que estés en la cárcel un buen tiempo. En cuanto a Teresa, debemos platicar.

Su nombre en su boca me generó una ira asesina. Me sentí un completo idiota por confiar en Claire para desentramar el proyecto rubí. Era evidente ahora, que ella era el socio que tanto ansiaba socavar. Quien sabe porque me tenía en la mira. Quizás el mismo Cullen y Eduard la apoyaron desde dentro de la mansión. No me costaba unir las piezas, ahora que la veía en frente de mí.

—¿Quieres mi dinero? —pregunté, mirándola con severidad. —Por eso te arrastraste hasta mi mansión.

—Deberás dárselo si quieres recuperar a tu chica. Me siento afortunada por descubrir a Teresa. Tal parece que esas hermanas son conquistadoras del corazón de los mafiosos, ¿Te sucederá lo mismo que a Eduard? —ella guiñó un ojo, la malicia se dibujó en su expresión.

Evidentemente Eduard estaba muerto. No pensé que lo salvarían, su asesinato también debía ser parte del juego de Claire.

—¿Tú mataste a Marie? —pregunté, mirándola fijamente, pensé que podría leer su mirada.

Ella era el proyecto rubí. Debía estar detrás de todo.

—Tú mataste a Marie, Daemon. —su respuesta fue tan fría, que no logré escudriñar en sus ojos.

Maldita sea, estaba seguro que ella tenía sus redes detrás de toda la conspiración. Estiró los brazos y bostezó. Se burlaba de mí.

—No es una conversación, querido. Es hora de que te rindas, te traeré todos los papeles que debes firmar para que tus bienes y negocios sean transferidos a mi familia limpiamente.

—Entonces ganaste. —susurré, en voz baja. —¿Tu familia te envió a la mansión para terminar de destruirme?

Ella sonrió.

—Eduard terminó de destruirte. Con un último sacrificio. Todos allí te odiaban, querido. Nadie ha perdonado lo que sucedió con Marie. —entrecerró los ojos, su ironía era cruel, porque sabía que yo no la asesiné.

La aparición de Claire debió ser para un fin específico. Quizás terminó de quebrar a Eduard de alguna manera emocional. Sentí que se me revolvía el estómago. Las náuseas querían invadir, estaba atrapado en una telaraña y no podía actuar libremente porque podrían lastimar a Teresa ante el mínimo movimiento de mi parte.

La impotencia me corroía. Guardé silencio. Si quería decir mentiras mil veces más, que lo hiciera.

—¿Luego de que firme estos papeles, que harás? —pregunté, mirándola fijamente.

Claire soltó una risita.

—Son muchos papeles. Yo hago limpiamente las cosas para no tener problemas legales. Es algo que un mafioso no comprenderá. Pasarán unos días hasta que tenga todos los papeles que debas firmar. Y cuando eso suceda, serás libre, te traeré a Teresa.

Era una buena mentira. El solo hecho de oírla decir eso me reconfortó. Pero no era real, Claire jugó sus cartas para atraparme y no quería que yo tuviera un final feliz.

La traición me hizo daño. No esperé que incluso Collin estuviera conspirando contra mí. Por las palabras de Claire, podía comprender que todos allí estuvieron dándole información para socavar. Y todo por una mentira.

Eduard, que en paz descanse, seguía creyendo que yo lo separé del amor de su vida.

—No me has preguntado porque entré yo misma a la mansión. —ella sonrió, acercándose a donde yo me hallaba.

—No me interesa. —respondí con desdén.

—Tenía que verlos a todos, debía ver con mis propios ojos cómo estaba la situación para dar el golpe final.

—O solamente querías engañar a tu prometido y tener una justificación. —sonreí, sabía que eso iba a dolerle. —El anillo en tu mano es de compromiso. ¿Él sabe que estuviste con Collin?

Noté su incomodidad. Escondió su mano en su bolsillo de manera nerviosa. Sonreí. Al menos puede asestar un mínimo golpe así no significaba nada.

—Concéntrate en tus propios problemas, Daemon. —se acercó más, su perfume me hacía sentir todavía más náuseas. —Pronto verás que final tan bonito tengo preparado para ti.

Un rostro amable

Al verlas marcharse, sentí un atisbo débil de alivio. Estar sola no me hacía tanto daño como ser juzgada, al menos por ahora. Sophie me observó como si fuera lo peor, no me acostumbraba todavía a su manera de ser, tan diferente a la que tenía en la mansión. Me pregunté si Stella sería todavía más despectiva conmigo afuera.

Me quedé recostada. Recuperé poco a poco la fuerza en las piernas y pude mover los dedos libremente. Traté de levantarme para sentarme. Noté que estaba experimentando una buena migraña por todos los pensamientos que atosigaba mi mente.

El hecho de que Daemon estuviera en prisión grababa en mi mente que la muerte de mi hermana al fin conoció la justicia. Pero… No se sentía para nada bien. No, porque yo disfruté estar con él, lo amé incluso.

Y ahora, si no salía de aquí, iría al mismo lugar que él.

—¿Teresa? —preguntó una voz del otro lado de la puerta.

Otro visitante, supuse, uno conocido nuevamente. La voz de Collin siempre era amable. Él tenía su aspecto amistoso al igual que en la mansión, solo que no llevaba traje ni camisa, sino una sudadera corriente y jeans. 

Entró con elegancia a pesar de su atuendo informal. 

Lo observé con desconfianza.

—Hola. —respondí, casi a secas.

No me acostumbraba tampoco a que ellos dijeran mi verdadero nombre. Claire, ella estuvo infiltrada, tal como me temí estando dentro de la mansión. Solo que no era por motivos maliciosos como imaginé por mis celos.

—¿Te sientes mejor? —preguntó él, sentándose junto a mí.

—Puedo moverme. —respondí. —Es un alivio.

Él me miró fijamente. No parecía el mismo de siempre, su mirada se percibía distinta, más astuta. 

—No soy una espía. No importa que deseen imaginar de mí. Soy solo una persona con el nombre equivocado en el momento equivocado. —Solté, bajando la vista hacia las sábanas.

Él arrugó la nariz con una mueca.

—No quiero interrogarte. No te presionaré. —sonrió, estirando los brazos hacia arriba como si estuviera relajado. —La mansión no existe ya, no hay porqué fingir. Vengo a ofrecerte otro empleo.

—¿De qué hablas? —pregunté, sin poder contener el asombro, creí que solo vino para presionar más a confesar.

—Quiero llevarte conmigo a mi casa. Si tú quieres, nos divertiremos. —me sonrió, colocando su brazo alrededor de mí, abrazándome. 

No pude apartarlo porque estaba débil. Todavía no tenía una completa movilidad, mover los dedos y las piernas no era la gran cosa. Collin me besó la mejilla.

—No, gracias. No soy una chica de la mafia, nunca lo fui. —insistí, esta vez, mirándolo directamente, para que él viera que en mis ojos no había mentiras.

—Un espía puede fingir bien. ¿No lo crees? Que me mires así de bonito no me convencerá a mí ni a Claire. —se acercó. —Ella me debe un favor, ayudé a aprisionar a Daemon. Puedo llevarte conmigo, no me importa si eras o no una espía. Serás mía, estarás en mi castillo.

Abrí los ojos por la sorpresa. No lo esperaba en lo absoluto. No sabía qué decirle. Obviamente no aceptaría, pero podría usar esto a mi favor para sobrevivir. Quizás si Collin se ponía de mi lado, Claire me dejaría en paz. Lo último que quería era ir a prisión con Daemon.

—¿Por qué? —pregunté, con algo de desconfianza.

—Me gustas. —dijo él, mirándome con suspicacia. —Sophie se tornaba aburrida. Claire no era lo que yo buscaba… Ella me perseguía por todas partes. Pero tú eres diferente, me gusta estar contigo.

Alguien hizo un ruido detrás de la puerta. Como si alguien se hubiera chocado con la pared por estar escuchando nuestra conversación y luego se marchara corriendo escaleras arriba. Me pareció extraño. 

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Collin, mirando con desconfianza. 

Me di cuenta que buscó en su bolsillo a tientas, seguramente tenía un arma. A veces se me olvidaba que era un mafioso y obviamente tenía un arma por si las cosas se ponían feas.

Ahora tenía dos opciones. Sentí que mi cuerpo volvía a la normalidad, moví un poco las manos, luego, los pies. 

—Iré contigo, Collin. —dije, sonriendo. —Eres lindo al darme una oportunidad.

Me encogí de hombros. Yo iba a salir de aquí. No quería morir, aunque la culpa que sentía por lo sucedido con Daemon era intensa. Mi instinto de supervivencia me decía que tener de aliado a Collin era lo mejor que me podía suceder.

Besé su mejilla y él me acomodó para llegar a mis labios. Sentí su lengua rozando la mía en un beso sutil. 

—Debo ver algunas cosas con Claire para sacarte de aquí. Gracias a ti, el canalla de Daemon está tras las rejas. Eres una heroína. Si no hubieras fingido tan bien, él no se habría enamorado de ti y no hubiera flaqueado. Vengaste a tu hermana. —dijo él, abrazándome y sonriendo. —¿No te sientes feliz? 

Sentí que me estremecía de pies a cabeza. Esto no era lo que yo esperaba como justicia. No se sentía para nada como lo imaginé.

—No es lo que considero correcto. —susurré, sin poder evitarlo.

El se puso de pie y caminó hacia la puerta. Allí, observó algo en el suelo y se agachó para recogerlo.

Reconocí que era un anillo. Por el diamante, me di cuenta que era un anillo de compromiso. Entrecerró los ojos.

Collin lo guardó en su bolsillo, sin ocultar demasiado su curiosidad. Sonrió incluso, con algo de malicia.

Aquello hizo que me confunde todavía más. 

—Espera a que vuelva. Claire no podrá negarse a mí. —dijo él, sonriéndome, sus ojos se concentraron en mí.

Irresistible para él

De haber pasado a ni siquiera tener una pareja, a tener a dos mafiosos persiguiéndome, era un cambio notable al que no me acostumbraba aún. Era extraño. Quería desconfiar de Collin, podía tratarse de una artimaña para conseguir mi confesión que los demás tanto buscaban.

Me pregunté cómo se sentiría Sophie si supiera. No tuve que preguntárselo mucho.

Luego de unas horas, cuando ya pude moverme con libertad, oí que Claire hablaba con Sophie afuera de la habitación. Este lugar debía ser grande, podía escuchar también los pasos en las escaleras. Las habitaciones eran de buen tamaño. Y muchos debían hospedarse aquí, quizás incluso todos. Me pregunté dónde estaría Scott.

Claire entró primero, con la sonrisa cínica en su rostro. Era una mujer dura, de negocios, no poseía mirada de mafiosa sádica, pero sí poseía los ojos severos y la mirada fuerte.

—Buen día, Teresa. Pareces mejor. —observó, al verme de pie. —Me ha contado un pajarito que quieres irte con Collin.

—Si es posible, lo haré. El se ha portado bien conmigo. —mentí, quería salir de este edificio para intentar escapar y ya.

No deseaba volver a ser una sumisa. No quería trabajar para Collin, yo era periodista, no una princesa de la mafia como fingí. Era mejor salir de aquí y tratar con Collin, que tener que estar a merced de Claire.

Observé algo en su mano, que llamó mi atención. Recordé el anillo que Collin halló en el suelo. Ella tenía uno idéntico. Estaba comprometida. 

—Parece que la decencia no regresa a ti. ¿No es así? —se burló. —Collin me ha hecho muchos favores. Dejaré que te lleve si me haces un favor a mí antes.

—¿Qué clase de favor? —pregunté, mirándola con desconfianza.

Era mi manera de mirar a casi todo el mundo últimamente.

—Debes terminar la venganza. Concluir. —sonrió, mirando hacia la puerta de entrada. —Verás, Daemon está moviendo sus influencias. Tal parece que las pruebas están desapareciendo. Yo tengo dinero, querida Teresa, pero él tiene muchos contactos. 

Sentí un nudo en el estómago. ¿A dónde quería llegar con esto? 

—Está en la cárcel. —solté, como para reafirmar ese hecho.

—No por mucho. Quizás en unos días ya se largue. Dicen que tiene controlada la prisión. En estas pocas horas que han transcurrido desde su aprisionamiento.

—No es posible. —traté de enfriar mi mente. 

Cada vez que asimilaba una nueva información, algo me sacudía. Quise planear un escape porque me acusan de espía, cuando lo hallé, las cosas parecían volver a llenarse de nubarrones.

La condena de Daemon era lo único que me hacía no sentir mal por lo que sucedió. Si él estaba tras las rejas, al menos cumplí con mi objetivo. A pesar de que me enamoré y con eso manché el nombre de mi querida hermana.

—Tú eres su talón de Aquiles. Siempre lo has sido. —Claire se paró a mi lado. —Eres una espía prodigio. Tus habilidades para manipular son muy destacables. Has enamorado al mismísimo Demonio Racchio. También has sabido atraer a Collin para que te contrate. Me quito el sombrero ante ti, Teresa.

Me guiñó un ojo. No sabía bien qué decirle. Pensé que fingir ser esa maldita espía que ellos esperaban haría que me dejara en paz.

Agaché la cabeza.

—¿A qué quieres llegar? —pregunté, siguiéndole un poco la corriente.

—Puedo meterte a la prisión donde tienen a Daemon. El dejará que pases. Cuando estés junto a él… Deberás actuar como lo que siempre has sido.

Una espía, me dije en mi mente. Comprendí su plan. Ella quería que me infiltraron en la prisión, porque el me dejaría pasar así tuviera comprados a todos los policías. Y que lo asesinara, para que la justicia y la venganza se fundieran y surgieran.

Mi corazón me latía demasiado rápido. Las opciones eran caóticas. Quería estabilidad, al menos un poco.

Él era un mafioso con contactos, obviamente, pero no pensé que duraría tan poco en la prisión. Las palabras de Claire tenían lógica, aunque no quería creerlas. Ella seguía pensando que yo solo era una espía maliciosa.

—Marie descansará en paz si tú haces justicia por mano propia. —su voz resonó en el cuarto. —Y luego podrás irte con Collin, sin consecuencias. Será… Como decirlo, un arreglo. No me malinterpretes, no estoy en ese mundo oscuro de la mafia. Los negocios siempre fueron lo mío hasta que me involucré. Solo buscamos la justicia, al igual que tú.

Debía referirse a ella y su empresa, a su familia. Sentí que algo dentro de mí se rompía nuevamente. Quería gritar con todas mis fuerzas que no era una maldita espía. Otra vez, me contuve.

Asentí con frialdad. Con la mayor frialdad que puede mantener en mi cuerpo. 

Marie lo merecía. Después de mis errores, lo único que podía remediar lo que hice sería una venganza total. Daemon era el asesino. Yo seguía pensando en él y no lo quitaría de mi mente hasta que…

No quería siquiera decirlo en mis propios pensamientos.

Dejé que Claire se marchara.

Sophie me lanzó una mirada de desprecio desde afuera de la habitación. La seguí. Supuse que ya podía salir del cuarto. De todas maneras, no podría salir de la edificación que estaría custodiada por todas partes.

—¿Te molesta que me vaya con él? —pregunté, enfrentándose.

Quería ver sus ojos para ver si me mentía.

—Esto solo fue un trabajo. Era fingido, Teresa. No hay nada entre Collin y yo. —soltó Sophie, mirándome con los ojos brillantes y luego, apartando la mirada.

Era una mentira. Quizás quisiera fingirlo, pero no podía. Se marchó con brusquedad, queriendo evitar. Me pregunté si se involucró sentimentalmente con Collin porque era imposible no sentir algo si estabas tanto tiempo junto a una persona.

La tormenta me rodeaba. Esas nubes querían cubrirlo todo.

Periodista, Sumisa, Espía… Asesina. 

Esos títulos se arremolinaban frente a mis ojos. Porque era en lo que me convertí y me convertiría. La sangre se me helaba. Ya lo hice una vez, cuando disparé, al estar en peligro.

Ahora seguía en peligro. La decisión era mía, la de vengar a mi hermana definitivamente. O seguir manchando mi alma con un amor que no debió haber sido nunca.

El amigo

La codicia de venganza emanaba en mí un sentimiento amargo. No sabía qué hacer.

Realmente deseaba deshacerme de ese amor que sentí por Daemon, porque todavía lo tenía dentro de corazón, arraigado, enterrado como una espina imposible de quitar.

—¿Por qué tuve que amarlo? —me pregunté, con los ojos llorosos.

Matarlo, era algo que ni siquiera podía entrar en imágenes en mis pensamientos. Él me vería a los ojos y eso me haría colapsar. A menos que pudiera matarlo por la espalda. De solo pensar en eso me dieron náuseas.

—Llorar es bueno. Hace que nos desahoguemos. —La presencia de Scott era diferente a la de la mansión.

Llevaba una camisa y unos jeans cargo. Su apariencia era bastante más formal que cuando lo conocí. Su mirada seguía siendo amable. 

Me tendió la mano. No la acepté.

—¿Tú lo sabías? —pregunté, mi relación con Scott era notablemente diferente que con la de los demás.

Él sabía que yo no era Cady, que estaba allí encubierta.

—¿Qué mi hermano es un asesino? —puso los ojos en blanco. —Por supuesto que sí.

Seguía mirándome con los ojos brillantes. 

—Quieres convencerme de que lo mate. —lo confronté, estaba harta de que vinieran a mostrar otras intenciones cuando la realidad es que todos venían a convencerme. —Tú también podrías infiltrarse, eres su hermano. Te dejaría pasar.

—No es como crees, no es tan sencillo. Daemon no me dejará pasar porque sabe que ayudé a que su reino colapsará. Todos queríamos justicia. Tú en cambio, bueno, digamos que no estaba en sus planes enamorarse de ti. —Scott me ofreció una taza de café, señalando un lugar en la cocina, donde el pasillo se unía con dos habitaciones.

—Tampoco es tan sencillo para mí. —solté, sin contener el miedo.

—¿Por qué? —Scott me enfrentó, mirándome fijamente. —Él asesinó a tu hermana. Debería ser algo que hicieras incluso por instinto. Si tanto dices haberla amado.

Sus palabras me hirieron. En esa sutileza, me insultó, clavó un puñal en mi alma ya dolorida.

—Yo no soy una asesina. —mentí, recordando a esos dos tipos despreciables.

La mirada de Scott mutaba de la emoción al odio. Todos se impacientaba poco a poco. Querían que yo me hiciera cargo del desastre. Si Daemon salía de la cárcel entonces estarían perdidos, porque haría todo para vengarse. Así actuaban las mafias. El era un mafioso demasiado listo para ser vencido. 

Algo debía estar frenando que contraatacara. La respuesta se dibujó en mi mente.

Yo. Estaba detenido por mí. No quería aceptarlo porque no acepté nunca que entre los dos sucediera algo. Lo escuché de todos aquí, él si sentía algo por mí, nuestro amor si era correspondido a pesar de haber renegado de ello.

Una lágrima rodó por mi mejilla.

—Tú lo amas. Eso es despreciable. —Scott hizo una mueca de desagrado, tomándome de la mano. —¿Por qué lo sigues amando después de que fue así de cruel? No sabes todo lo que has hecho.

—¡Ya lo sé! —grité, con las lágrimas en mis ojos. —¡Se que eso me hace peor aún que él! 

El sollozo se convirtió en llanto. Él me rodeó con su brazo, encontrando paciencia.

—No quiero presionarte, Teresa. Nadie aquí quiere algo malo. Nosotros tratamos de redimirnos en este camino. —él trató de sonreír con amabilidad. Noté la chispa en sus ojos. —Solamente debes hacer este sacrificio, por todos, por Marie, por tus seres queridos.

Arrugué la frente ante esa expresión de su parte.

—¿A qué te refieres? —Para mí, ninguno de ellos era un ser querido.

Scott tragó saliva.

—No quería que te enteraras de esa manera. —miró al suelo. —Claire encontró a una víctima de Daemon en un callejón, atado de pies y manos. No estás lista para verlo…

El corazón me empezó a latir tan rápido que tuve que apoyarme contra la pared para intentar estabilizarse. ¿A quién se estaba refiriendo? 

—Dímelo, Scott. —dije, sujetándolo por los hombros.

—No estás lista… —se excusó, notablemente incómodo.

—Por favor… —el llanto volvió a escaparse de mí. 

Lo abracé.

—Sabes que no podré hacer nada si no tengo la verdad. —murmuré.

Él se aferró a mí, como si quisiera protegerme. Me abrazó con calidez. Besó mi frente con suavidad. Sus ojos se centraron en mí. Limpió mis lágrimas con el dorso de su mano.

—No te dejaré verla sola. Iré contigo. Déjame hablar con Claire. —dijo él, abrazándome con fuerza. 

Me dejó allí, en la cocina. Un instinto me hizo seguirlo después de que se alejó un poco. Deseaba escuchar su conversación con Claire. Quería saber de quién hablaba, quién había sido la víctima, porque la ansiedad me estaba matando.

Observé que no había nadie por el pasillo. Los guardias debían estar afuera, impidiendo que cualquiera entrara o saliera. Desde que desperté, varias cosas habían cambiado. Primero me sentí capturada, luego, ellos se mostraron más amables. Claire dijo que trabajaban con la policía, por lo tanto, no tenían matones en los pasillos. 

Scott ingresó a una habitación y cerró la puerta. Traté de pegarme a la madera para poder escuchar. 

—¿Lo perdiste? ¿O lo tiraste a la basura? —escuché la voz de Claire, estaba sobresaltada.

—No es momento. Ella quiere verlo. Al periodista. —Scott habló a secas, nervioso.

—¿Lo tolerará? —preguntó Claire. 

—Solo si la acompaño. —dijo él, con un tono severo, calmando su nervio.

Ella parecía asentir, porque no la oí. Escuché un sonido que no logré identificar. Luego, alguien se apoyó contra una de las paredes. Un objeto cayó al suelo. 

De todas maneras, nada de eso importaba. Al oír la palabra periodista, mi fuerza terminó de desmoronarse. Regresé, con la angustia clavada en mis huesos, esperando que Scott regresará para ver a mi único amigo, al que Daemon habría torturado por mi culpa.

Carl, santo cielo, todo esto era mi responsabilidad.

Golpeé una de las paredes con rabia.

La voz de la consciencia

Los nudillos me sangraron, no estaba acostumbrada en lo absoluto a dar golpes a una pared. Me sentí incapaz, impotente. Un ardor me recorrió de pies a cabeza, un enojo que sólo crecía con el pasar de los minutos.

Los pasos acercándose me hicieron volver a la realidad.

—Ella dio su aprobación. —Scott me tomó de la mano y luego, mirando hacia atrás, me la soltó. —Lo siento, no quise ser invasivo.

Lo miré fijamente. No éramos amigos, no era amiga de nadie en el mundo excepto de Carl. Sin embargo, yo no lo había apartado. El solo apartó su mano. 

Lo seguí hacia la habitación en donde, un doctor atendía las heridas de mi amigo. El sollozo fue desgarrador de mi parte. Me arrodillé en el suelo al contemplar su imagen en esa camilla.

Estaba tan golpeado que apenas si podía reconocerlo. Él estaba despierto.

—Ter… —soltó, tosiendo, me miró con el ojo derecho apenas abierto, el otro lo tenía cerrado por completo por la hinchazón.

Me arrodillé a su lado.

—Lo siento… Carl… Ha sido toda mi culpa… —balbuceé, entre lágrimas, también me costaba trabajo respirar.

Él respiraba con una enorme dificultad también. Tosía. Sujeté su mano con fuerza.

El observó a Scott y luego me miró, con lágrimas en sus ojos.

—No debemos involucrarnos con esta gente… —soltó, tosiendo sangre a un lado. —Ha sido un error fatal. 

—No debí. Fui una idiota. —me lamenté. —Daemon me engañó. El me engañó completamente y caí en sus garras.

Carl volvió a toser y aquello me generó un dolor terrible. Me sentía tan responsable de su deterioro. Alguien le había dado una terrible paliza. No comprendía cómo pudieron hacerle tanto daño.

—Todo sería mejor si no me hubieras conocido nunca. Te he traído problemas. —apoyé mi cabeza a su lado.

—Lo sé, pero tuve fe en ti y puede que… La tengo todavía ahora. Nos conocemos desde que éramos niños, podría volver a arriesgarme contigo, aunque supiera que el desenlace sería este… —la sangre corrió por su boca, como hilos. 

—Oh… —abracé a Carl tratando de no hacerle daño.

Besé su frente. 

—La justicia se hará, amigo, te lo prometo. La forjaré a puños de ser necesario… —tomé su mano, mirándolo directamente, él asintió con una débil señal de su cabeza.

No estaría consciente mucho tiempo, vi como el médico le colocaba un sedante por medio de una sonda. Observé con atención como comenzaba a quedarse dormido.

—Él merece justicia ¿No lo crees? —preguntó Scott, colocando su mano en mi hombro.

La quitó como por instinto. Me puse de pie.

—¿Cómo podría yo hacerlo? ¿Cómo entraría a una prisión y mataría a un magnate? —pregunté, observando sus ojos brillantes.

Scott asintió con severidad, comprendía que estaba dando mi aprobación, esa que todos tanto ansiaron.

—Es un plan cauteloso, Teresa. Sabrás adecuarse. Yo mismo te llevaré. —murmuró, casi en voz baja. 

Abrí los ojos por la sorpresa.

—¿Qué? —pregunté. —Creí que tu hermano no quería verte. ¿No te matará apenas te vea?

—Por supuesto. El no verá mi rostro, me aseguraré de disfrazarse bien. Te protegeré hasta que todo esté hecho. Yo y tres guardias más entraremos a la prisión. Daemon no tiene un control absoluto de la cárcel todavía. Podremos entrar y gracias a ti, entramos directo a su celda. Montaremos una escena. ¿No lo hemos hecho antes?

Quise abofetear por recordarme mi vida en la mansión. No quería volver mi memoria a aquellos días en los cuales actuar era lo único que hacía. 

—Dices que se camuflan con los guardias. Y yo entraré contigo. El me dejará pasar a mí… —Había demasiadas cosas que no alcanzaba a comprender en lo más mínimo.

—Si dejamos pasar más días, Daemon logrará tener un control absoluto. Eso no nos conviene. Ahora podemos al menos hacer que entres con un custodio personal, que seré yo. Como una visita, por así decirse.

—No tengo otra opción de todas maneras. Para limpiar mi alma. —Mis ojos se llenaron de lágrimas nuevamente, lágrimas de dolor y de miedo al mismo tiempo.

El corazón me latía de una forma violenta. El me indicó que saliéramos para explicarme cómo iría todo el plan. Daemon estaba tomando poco a poco control de la prisión y si no actuamos ahora mismo, entonces podría escapar. La mafia tenía esas maneras de zafarse de la justicia, tal como en un primer momento.

Daemon me dejaría entrar porque…

Me amaba tanto como yo a él. 

Sentí el nudo en mi estómago. Matar. Matarlo a él, no era algo sencillo de procesar ni de digerir en lo más mínimo. Decidí que no pensaría en la escena, en nada, solo dispararía apenas lo tuviera enfrente de mí. Porque de lo contrario no lo lograría.

—¿Por qué tienes que ser tú? —pregunté, acercándome a Scott.

El hizo unos pasos hacia atrás.

—Confío en mi habilidad. Estoy mejor entrenado que cualquiera. Los Racchio somos fuertes, hábiles en combate. Se cómo actúa mi hermano, se cómo actúan sus hombres. —sus ojos me enfocaron, tenía esa mirada que, Sophie me dijo una vez, desvelaba amor por mí.

No podía comprender por qué esta gente parecía tener un lazo conmigo. Scott quería protegerme, era lo que importaba. Iría hasta el final.

—Estoy lista entonces, el tiempo no debe seguir corriendo. 

Espera por ella

Daemon

El silencio dentro de esta celda era atormentante, quería destruirlo todo con mis propias manos. Me quedé quieto, en el suelo, mirando al techo sin más esperanza que ella pudiera estar a salvo.

Quizás esa sería mi redención. Quizás muriera aquí y ella podría salvarse. Lo haría sin pensarlo. Entregaría todo lo que ellos quisieran para que no le hicieran ningún daño.

La voz de Claire era molesta en su totalidad. Me recordaba mi derrota. Supo cómo engañarme con el proyecto rubí. No imaginé que ella estaba encabezando esa cosa, no era una mafiosa, no tenía ese conocimiento del mundo criminal. Collin y Eduard debieron asesorarse para destruirme.

No pensé que mi imperio se destruiría cuando hubiera encontrado a mi reina al fin. Era poético, trágico. Una manera de morir que no esperaba. Claire se utilizará hasta que ya no le sirviera mi presencia y me mandaría a matar.

Recordé el aroma de Teresa, cuando estuvimos juntos por primera vez. Tenía esa mirada que reflejaba inocencia, curiosidad y valentía a la vez. Algo enigmático en sus ojos, diferente a cualquier persona que hubiese conocido en el pasado. Cuando ella me miraba, sentía que el mundo desaparecía a mi alrededor.

Quise detener el amor que se formaba en mí inútilmente. Cada vez que trataba de ignorarla, más la deseaba.

Al verla en el suelo, desmayada y herida, pude comprender que nunca amaría a nadie así de nuevo.

No tenerla cerca me drena la vida.

—¿Sigues llorando, Daemon? —la voz del matón que enviaba de vez en cuando Claire llegó a mis oídos.

Entró con una bandeja con comida rancia y la dejó a un costado. Ese tipo trataría de molestarme con algo para divertirme.

—Ella también está llorando. Le duele que la hayas engañado. —me miró con desprecio.

Ni siquiera recordaba cómo se llamaba, ese tipo de matones eran fáciles de olvidar. 

No le di el gusto de responder. Puso enfrente de mí una pila de papeles para que los firmara. Claire iría trayendo los papeles que necesitaran mi firma para el traspaso de mis bienes y empresas. 

Era una mujer inteligente, sabía que simplemente matarme no le serviría a largo plazo. Esto le mostraría al mundo criminal que realmente me venció atándome de pies y manos.

Apreté el bolígrafo en mis manos. Dibujé mi firma, casi sin reconocerme a mí mismo. Estaba enteramente entregado a esta derrota. Ella me pisaba la cabeza con su zapato. Podría mandarla a matar con solo mover algunas influencias, podría haberla matado antes. No tiene caso buscar explicaciones o pensar en lo que pudo ser. No lograba pensar en nada que no fuera en proteger a Teresa.

Quisiera decirle que yo no lo hice, que no me odiara. Lo que más me dolería en el mundo sería que creyera que yo la engañé.

—Te hiciste de una corona y ya la perdiste. Es un momento glorioso. —el matón soltó una risa y pateó la bandeja para que me ensucia la ropa.

Firmé el último papel y me alejé hacia una de las paredes, para dejar de verle la cara.

El volvió a reírse.

—Deberías darte un baño, Daemon, vas a recibir una visita importante mañana. —dijo, con un sarcasmo notable. 

Me di vuelta, con la mirada asesina. Lo enfoqué para amedrentarlo. Él retrocedió.

—Ella vendrá a matarte. Eso será delicioso, el rubí le ha ganado al demonio al fin. ¿No? —sonrió, mostrando unos dientes amarillentos. —Teresa será quien te asesine. 

Ella. Pensar en que atravesaría la puerta hacía que temblara de pies a cabeza. Verla por última vez, era el regalo que le había suplicado a Dios mientras golpeaba las paredes y trataba de no ahogarme en la ira.

—¿Por qué sonríes, idiota? —preguntó, empujándome hacia un costado. 

No borraría la sonrisa de mi rostro por nada.

—Porque volveré a verla. No me importa que luego muera, es un regalo para mí ver sus ojos por última vez. —respondí, con frialdad, mirando hacia la entrada, imaginando cómo sería aquel momento en el que ella ingresara dispuesta a realizar su venganza.

—Todos bailaremos en tu tumba. —el tipo se alejó, cerrando la puerta de un portazo. 

Disfraz conocido

—Lo sé, pero tuve fe en ti y puede que… La tengo todavía ahora. Nos conocemos desde que éramos niños, podría volver a arriesgarme contigo, aunque supiera que el desenlace sería este… —la sangre corrió por su boca, como hilos.

La voz de Carl resonaba en mi cabeza como un martillo casi insoportable. Un eco tormentoso. Algo no estaba bien.

Concéntrate, Teresa. Es ahora cuando, todos y cada uno de mis sentidos, debían de agudizarse. 

—¿Nerviosa? —preguntó Collin, uno por uno, mis viejos colegas estaban ingresando a la sala donde las maquilladoras estaban haciendo su trabajo.

—No mentiré. —respondí, estaba nerviosa, muy asustada, el tiempo parecía correr tan deprisa que ya no tenía noción de la hora.

—Tranquila. Pronto terminará. Marie será vengada, al igual que Eduard. —Collin me abrazó.

El muy cínico creía que me iría con él. Quizás no tuviera otra opción más amable, después de enfrentarme a Daemon… De matarlo, no tendría muchas opciones para sobrevivir. Sería un blanco para todos. Mi vida ya no era para nada normal. Si miraba hacia atrás quería echarme a llorar por haber salido de casa, aventurarme en esta maldita locura.

—Recuerda no hablar de más. Las palabras son algo valioso. —Esa fue la voz de Sam, a modo de consejo. —Tendremos suerte si lo logras, la justicia se habrá hecho.

—Yo la cuidaré. Deben estar seguros de que Daemon estará muerto esta noche. —Scott tomó la iniciativa.

La muchacha que me maquilló era muy talentosa. Me hizo ver sumamente atractiva y hasta parecía tranquila, borrando mis nervios. Mi ropa era sofisticada. Mi traje llevaba un compartimiento donde tendría el arma guardada. Como Scott tenía unos pocos contactos todavía no me revisaran para quitarme el arma. 

Scott se colocó un chaleco de jean y una camisa debajo. 

—¿No es algo informal? —pregunté, arrugando la frente.

—Es para que me reconozcan mis hombres dentro. Ellos reconocerán este chaleco. —Scott me sonrió. —Son cosas que quizás no entiendas, a pesar de tu trabajo como espía.

—Pareces saber mucho. —solté, sin poder evitarlo, no me agradó que me subestimó.

—Deberías estar agradecida, querida. —Sophie me tocó el hombro. —Podrás saldar la cuenta que tienes con tu hermana. 

Arqueó una ceja con malicia, denigrando. No hacía falta que ella me lo dijera y que me hiciera sentir mal. 

Yo tenía el corazón con la culpa atosigando. Podía ver a mi hermana cada vez que cerraba mis ojos.

—Quisiera silencio. —supliqué, casi con fastidio. 

—Déjenla tranquila. —observó Claire, entrando, podía escuchar el sonido de sus tacones reconocibles. —Nuestra estimada Teresa tendrá una jornada larga.

Respiré profundo, tranquilizandome, para pensar con frialdad. Al momento de peinarme, cepillar mi cabello hasta que el último nudo se deshizo. Me sentía extraña, no como una asesina que marcha hacia uno de sus trabajos, sino como una actriz. Otra vez, actuando ser alguien que nunca fui.

Desde que empecé a fingir, las cosas habían sido diferentes para mí. Mi vida cambió drásticamente y no regresó a ser igual, a pesar de que solo fingía. Todas esas mentiras se hicieron reales.

Observé a todos, uno por uno. A Sam, a Sophie, ni siquiera eran sus verdaderos nombres. Estaban tan diferentes a como las conocí. Llevaban jeans y chaquetas totalmente sobrias. 

Scott me condujo al exterior del edificio. Allí, otros hombres nos acompañarán. Por su atuendo reconocí que eran policías. Era cierto, Daemon estaba en prisión y ellos debían ser policías que estaban enterados de nuestro operativo. Quizás no sabían que yo iba a matar a Daemon.

—¿Policías? —pregunté, con la voz rugosa, subiendo al patrullero, al que me indicó Scott. 

—Todos aquí queremos justicia, hemos cooperado con la policía. Pero hay límites y todos los sabemos, en la ley, Daemon encontrará una manera de zafarse de pagar las consecuencias de sus actos. —Scott me tomó de la mano.

Me pareció extraño, porque la última vez que me tomó de la mano, me apartó. Esta vez se mantuvo así, junto a mí. Quería tranquilizarme.

El viaje no fue particularmente largo, estaba tan desesperada porque el tiempo pasara más lento que podría haber viajado por muchas más horas.

Scott tenía una capucha y un cuello que tapaban casi todo en su cara.

Me volvió a sonreír con complicidad. Se colocó unas esposas en las muñecas antes de llegar a la enorme prisión. Arrugué la frente, aunque no me costó entender qué era lo que iba a hacer. Tenía planeado estar como un convicto entre las celdas cuando fuéramos a ver a Daemon. Por eso estaba así vestido. Era para que los demás no tuvieran tantas sospechas de su aparición. 

Por eso también íbamos en patrulla. 

Las preguntas iban acumulándose dentro de mí.

La enorme prisión se erguía ante mí. Bajé del auto y el frío del aire me rozó la piel del rostro. Temblé. Traté de enderezarme para no flaquear. Sentí el arma en el bolsillo del traje, sin tocarla, pude sentir que estaba ahí.

Es una última vez, luego, la justicia estará hecha. 

Repetí esas palabras en mi mente. El proceso para entrar fue algo largo, los guardias hablaban, pedían permisos, solicitaban firmas. Observé todo con suma atención. No se me escaparía un solo detalle.

—Es hora. —murmuró Scott, antes de separarse de mí.

Uno de los policías me escoltaba a mí y otro, a él.

La mezcla de sensaciones colisionaba en mi alma. 

Coraje. Eso era lo que ansiaba tener en ese momento. Necesitaba armarse de todo mi valor y lo haría.

Lo haría por Marie. 

Avanzamos hacia uno de los pasillos donde, afuera, tres hombres custodiaban una celda totalmente cerrada, de concreto, más parecida a una habitación.

Podía saber que Daemon estaba allí sin necesidad alguna de mirarlo. Sentía su presencia.

Los guardias me miraron e hicieron un gesto de aprobación.

Uno de ellos me empujó hacia dentro de la celda, al igual que a Scott, con brusquedad. Escuché la voz de Scott mientras el empujón nos conducía hacia adentro, donde una sombra se divisaba al fondo de la habitación, una sombra de un hombre imponente y hechizante. Deslicé mi mano en el abrigo para preparar mi arma. 

Unos pocos movimientos rápidos.

—¡Es ahora, Teresa!

Observé a Daemon fijamente y disparé, sin dudar. El sonido de la bala saliendo del arma fue casi un silbido, musical, caótico. La puerta se cerró a nuestro paso desde afuera, los guardias no nos dejarían salir hasta que el trabajo estuviera hecho.

Gatillo

—¿Qué demonios…? Maldita perra… —soltó Scott, sujetándose la herida en la pierna que le provocó la bala.

Disparé nuevamente hacia su brazo, para que no pudiera sacar su arma. Logré darle cerca del hombro. La sangre comenzó a regar el suelo.

—Eres… ¿Cómo has podido? —masculló, ensangrentado, tosiendo, mirándome con un odio terrible. 

Quería gritar, pero no tenía la fuerza, estaba muy herido. Me acerqué a él.

—¿Creíste que me engañarías así de fácil? —pregunté, con un tono de voz severo.

Daemon se acercó a mí, no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo.

—Carl no me conoció cuando yo era una niña, nos conocimos de adultos. Él me dio mi primer empleo. —vociferé, con rabia, pateé a Scott para que quedara tumbado en el suelo. —Daemon no fue quien lo secuestró, lo leí en los ojos de mi amigo sin que tuviera que decírmelo. Lo vi en sus ojos, cuando te miró a ti.

—¿De qué…? —tosió nuevamente, la sangre regaba el suelo. 

Sentí que Daemon me quitaba el arma de las manos y la tomaba para tener el control. Custodió la puerta para que los que entraran, porque lo harían pronto, se encontraran con él antes que conmigo.

—El anillo. Eso fue un descuido. Arrojaste el anillo afuera de mi cuarto. Tu anillo de compromiso. —mi voz estaba quebrada, porque no podía creer que estuviera actuando con tanta rapidez ante el peligro. —Ibas a casarte con Claire. Tú forjaste el proyecto Rubí para destruir el imperio de tu hermano. Los celos hicieron que estuvieran en desacuerdo con ella y eso te perjudicó. 

—Ella estuvo en la mansión. Dijo que era por la causa, pero no… No soportaba verla con Collin. —Scott estaba debilitado, demasiado, apenas si podía mantenerse en pie. —Tú…

Esta vez miró a Daemon. 

—Jugaste con fuego, hermanito. —le dijo Daemon. —Subestimaste a mi reina. 

—Quería que ella te matara. Para que pagarás por no tomar en serio el negocio. Tú siempre lo has tenido todo tan fácil. Has hecho que el negocio no crezca tanto como debería…. —carraspeó, Scott se retorció en el suelo. —Eres un mediocre. ¿Sabes? Nadie podía verlo tan claro como yo. Esta perra iba a matarte y lo disfrutaría enormemente. Quería verte con el corazón roto antes de morir…

Scott apenas si podía hablar, estaba muriendo. Yo había disparado. El sudor helado caía por mi frente.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté, tenía que saberlo antes de que perdiera la consciencia. —¿Por qué mataste a mi hermana?

—Entonces develar el misterio… —sonrió, sus dientes estaban llenos de sangre.

Y la expresión, que una vez me resultó tan amable, ahora era aterradora y maníaca. Estaba poseído por la ira.

—Marie no cumplió con su objetivo. Estaba debilitándose, dejándose llevar por lo que creía que era el amor. Con ella comenzó el proyecto rubí y con su muerte, creció hasta derribar el castillo del rey. —me observó con los ojos iracundos. —Ambas me han causado un gran mal. Maldigo a toda su familia… 

—¡Tú la asesinaste! —le grité, con todas mis fuerzas. —Y aun así querías engañarme...

—Iba a ser exquisito, manipularte para matar al hombre del que estabas enamorada… Era una buena venganza para mí, contra mi hermano, el favorito de todos. —sonrió, entrecerrando los ojos por el cansancio, la vida se le iba extinguiendo.

—Con Marie muerta, podía hacer que todos se pusieran en contra de Daemon más fácilmente, Eduard, Cullen… Incluso tú. —guiñó un ojo. —Matarla fue lo mejor que hice para mi proyecto.

El llanto se me escapó. Que hablara de esa manera de mi hermana hizo que me ardiera la sangre de la rabia. 

Daemon disparó. Los guardias habían comenzado a abrir la puerta y a tratar de entrar. Sus disparos fueron tan certeros que los hombres cayeron desplomados al suelo. Pronto vendrían más.

Él me tomó de la mano.

—Hay que irnos de aquí. Esto no es una prisión. —soltó él. —Me drogaron cuando me trajeron, en el auto. 

—Sí. —murmure, mientras nos escabullimos juntos por el pasillo. —Las placas eran falsas, los uniformes, una copia muy bien hecha. Pero no pueden engañar a una periodista que ya cubrió varias historias de falsificadores. Me costó un poco de trabajo unir las piezas… Maldita sea, por un minuto casi creí que tú eras… 

Daemon me cargó en sus brazos y me besó con fuerza. Acepté el beso, dios mío, cómo lo necesitaba. Sentí su calor en mi cuerpo entero. A pesar de que el beso solo podía tener unos segundos de lugar, la pasión nos invadió.

—Te amo. —me dijo, con los ojos iluminados como estrellas.

—También yo… —las lágrimas corrían por mi mejilla.

Seguimos corriendo. Daemon iba delante de mí para cubrirse de cualquier tiroteo. Utilizamos el pasillo que era para los empleados de limpieza.

—¡Por allá! —gritó una voz masculina.

Los pasos se acercaron a nosotros. Venían rápidamente. Los falsos policías, hombres de Claire y de Scott, comenzaron la cacería.

Gatillo

—¿Qué demonios…? Maldita perra… —soltó Scott, sujetándose la herida en la pierna que le provocó la bala.

Disparé nuevamente hacia su brazo, para que no pudiera sacar su arma. Logré darle cerca del hombro. La sangre comenzó a regar el suelo.

—Eres… ¿Cómo has podido? —masculló, ensangrentado, tosiendo, mirándome con un odio terrible. 

Quería gritar, pero no tenía la fuerza, estaba muy herido. Me acerqué a él.

—¿Creíste que me engañarías así de fácil? —pregunté, con un tono de voz severo.

Daemon se acercó a mí, no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo.

—Carl no me conoció cuando yo era una niña, nos conocimos de adultos. Él me dio mi primer empleo. —vociferé, con rabia, pateé a Scott para que quedara tumbado en el suelo. —Daemon no fue quien lo secuestró, lo leí en los ojos de mi amigo sin que tuviera que decírmelo. Lo vi en sus ojos, cuando te miró a ti.

—¿De qué…? —tosió nuevamente, la sangre regaba el suelo. 

Sentí que Daemon me quitaba el arma de las manos y la tomaba para tener el control. Custodió la puerta para que los que entraran, porque lo harían pronto, se encontraran con él antes que conmigo.

—El anillo. Eso fue un descuido. Arrojaste el anillo afuera de mi cuarto. Tu anillo de compromiso. —mi voz estaba quebrada, porque no podía creer que estuviera actuando con tanta rapidez ante el peligro. —Ibas a casarte con Claire. Tú forjaste el proyecto Rubí para destruir el imperio de tu hermano. Los celos hicieron que estuvieran en desacuerdo con ella y eso te perjudicó. 

—Ella estuvo en la mansión. Dijo que era por la causa, pero no… No soportaba verla con Collin. —Scott estaba debilitado, demasiado, apenas si podía mantenerse en pie. —Tú…

Esta vez miró a Daemon. 

—Jugaste con fuego, hermanito. —le dijo Daemon. —Subestimaste a mi reina. 

—Quería que ella te matara. Para que pagarás por no tomar en serio el negocio. Tú siempre lo has tenido todo tan fácil. Has hecho que el negocio no crezca tanto como debería…. —carraspeó, Scott se retorció en el suelo. —Eres un mediocre. ¿Sabes? Nadie podía verlo tan claro como yo. Esta perra iba a matarte y lo disfrutaría enormemente. Quería verte con el corazón roto antes de morir…

Scott apenas si podía hablar, estaba muriendo. Yo había disparado. El sudor helado caía por mi frente.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté, tenía que saberlo antes de que perdiera la consciencia. —¿Por qué mataste a mi hermana?

—Entonces develar el misterio… —sonrió, sus dientes estaban llenos de sangre.

Y la expresión, que una vez me resultó tan amable, ahora era aterradora y maníaca. Estaba poseído por la ira.

—Marie no cumplió con su objetivo. Estaba debilitándose, dejándose llevar por lo que creía que era el amor. Con ella comenzó el proyecto rubí y con su muerte, creció hasta derribar el castillo del rey. —me observó con los ojos iracundos. —Ambas me han causado un gran mal. Maldigo a toda su familia… 

—¡Tú la asesinaste! —le grité, con todas mis fuerzas. —Y aun así querías engañarme...

—Iba a ser exquisito, manipularte para matar al hombre del que estabas enamorada… Era una buena venganza para mí, contra mi hermano, el favorito de todos. —sonrió, entrecerrando los ojos por el cansancio, la vida se le iba extinguiendo.

—Con Marie muerta, podía hacer que todos se pusieran en contra de Daemon más fácilmente, Eduard, Cullen… Incluso tú. —guiñó un ojo. —Matarla fue lo mejor que hice para mi proyecto.

El llanto se me escapó. Que hablara de esa manera de mi hermana hizo que me ardiera la sangre de la rabia. 

Daemon disparó. Los guardias habían comenzado a abrir la puerta y a tratar de entrar. Sus disparos fueron tan certeros que los hombres cayeron desplomados al suelo. Pronto vendrían más.

Él me tomó de la mano.

—Hay que irnos de aquí. Esto no es una prisión. —soltó él. —Me drogaron cuando me trajeron, en el auto. 

—Sí. —murmure, mientras nos escabullimos juntos por el pasillo. —Las placas eran falsas, los uniformes, una copia muy bien hecha. Pero no pueden engañar a una periodista que ya cubrió varias historias de falsificadores. Me costó un poco de trabajo unir las piezas… Maldita sea, por un minuto casi creí que tú eras… 

Daemon me cargó en sus brazos y me besó con fuerza. Acepté el beso, dios mío, cómo lo necesitaba. Sentí su calor en mi cuerpo entero. A pesar de que el beso solo podía tener unos segundos de lugar, la pasión nos invadió.

—Te amo. —me dijo, con los ojos iluminados como estrellas.

—También yo… —las lágrimas corrían por mi mejilla.

Seguimos corriendo. Daemon iba delante de mí para cubrirse de cualquier tiroteo. Utilizamos el pasillo que era para los empleados de limpieza.

—¡Por allá! —gritó una voz masculina.

Los pasos se acercaron a nosotros. Venían rápidamente. Los falsos policías, hombres de Claire y de Scott, comenzaron la cacería.

Balacera en la luz de la luna

Me hallaba utilizando toda la fuerza que tenía en mi interior para correr junto con Daemon. No importaba cuanta velocidad alcanzamos, ellos eran muchos y estaban alcanzandonos. Daemon disparaba y me cubría las espaldas.

Estábamos bajando las escaleras. 

—Sigue, ¡No mires atrás ni por un minuto! —Me gritó él, mientras me apartaba para que siguiera bajando las escaleras.

Obedecí. Él sabía disparar. Yo iba más rápido, bajando los escalones de lo que asemejaba ser casi el segundo piso, no quedaba mucho. Este corredor era de los empleados de la limpieza, su tamaño era estrecho. Daemon utilizaba las paredes como ventaja para resguardarse antes de disparar.

Nunca lo había visto en acción de esta manera. Su talento para las armas era indudable, desempeñaba su oficio de gángster con suma excelencia. Estaba deshaciéndose de los enemigos con mucha facilidad a pesar de ser solo uno.

—No hay más balas. —Daemon se acercó a mí rápidamente, uniéndose a mi marcha rápida porque no teníamos más opción.

Maldita sea, me dije, era una suerte que no se hubieran acabado antes.

—¿No puedes llamar a alguien…? —empecé a preguntar, con la desesperación comprimiendo mi alma.

Seguíamos corriendo escaleras abajo. Cuando llegáramos a la planta baja, encontraríamos a más guardias. Estaríamos perdidos. Esto solo había sido una ráfaga de esperanza de escapar con vida.

—No tengo teléfono, Ter. —Daemon me sonrió, se veía tan guapo, aunque estuviéramos en estas circunstancias. —No me iba a arriesgar a que te hicieran daño.

Me hizo a un lado con delicadeza y puso sus manos sobre un matafuego que estaba adherido a la pared, rompiendo la pared de cristal. Comprendí lo que estaba planeando.

Estábamos llegando a la base. Me pregunté qué podría hacer para ayudar. Trataría de encontrar algo para utilizar como arma, así fuera una silla. Saldríamos por otra parte, no por donde entré a este edificio cuando llegué con Scott. El auto estaría alejado y llegar allí sería prácticamente una odisea imposible.

Mi respiración estaba entrecortada, apenas si podía hablar.

Avanzamos y el comenzó a utilizar su arma improvisada para regar el interior del matafuego contra los hombres que se abalanzaron apenas nos vieron. Esta parte del edificio no estaba tan custodiada, había diez hombres solamente. Los demás debían estar en la entrada y en los pabellones falsos donde debían tener a otros mafiosos que tenían que pagar ajustes de cuentas. Yo sabía sobre esto antes de entrar a la mansión, los gángster suelen tener sus propios edificios con prisiones.

Scott, el muy desgraciado, nos engañó a todos. Incluso a su propio hermano. Nadie hubiera pensado que él era el proyecto rubí.

Todavía me ardía la sangre de la ira, al escucharlo decir orgullosamente que él asesinó a Marie y lo volvería a hacer. No había ni una sola pizca de arrepentimiento en sus ojos. Solo ese rencor que estaba calando profundamente.

Daemon atacó y se arrojó encima de uno de los hombres, logrando esquivar el disparo y noqueando. Le quitó su arma y me la arrojó.

La tomé entre mis manos y comencé a disparar, buscando ser certera.

Tú no eres una espía, Teresa.

Me decía una voz dentro de mí, al verme fallar demasiadas veces al tratar de darle a los hombres que estaban llegando por las escaleras principales.

Oh, yo no lo soy, pero lo tengo en la sangre que corre por mis venas. 

Me respondí a mí misma, con fuerza. Disparé nuevamente y logré derribar a uno de los sujetos que corría hacia nosotros.

Observé como Daemon noqueaba a otro sujeto luego de darle una paliza y patear su arma a un lado. El empuñó el arma entre sus manos y disparó.

Santo cielo, no había una sola bala desperdiciada cuando poseía un arma entre sus manos.

Los hombres comenzaron a caer. Él me empujó detrás de una columna para protegerme y también cubrirme de los disparos.

—El auto está en la entrada… —murmuré, el sonido de los disparos hacía que mis oídos zumbaban. —No podremos llegar ahí.

—No sirve de nada si es de Scott. Él se quedó con la llave. Hay que irnos a lo que tengamos más cerca. —Daemon seguía disparando incansablemente, su voz ni siquiera se inmutaba, podía notar que ya estaba acostumbrado a esta clase de cosas, su reputación era la de ser prácticamente invencible.

Por eso Scott lo odiaba tanto. Y Claire… Ella también me engañó con sus palabrerías de la justicia. Solo montaron un show para que yo hiciera su trabajo sucio y los divirtiera. El psicópata de Scott debió planearlo desde que llegué a la mansión.

Observé el patio que estaba a tan solo una puerta de nosotros. No había muchos vehículos estacionados allí. Una motocicleta y dos camionetas algo antiguas. Quizás la motocicleta fuera la mejor opción, aunque estaríamos al descubierto y podrían dispararnos.

—Creo que no están comprendiendo, idiotas. —soltó Daemon, con una voz tan firme y severa que ni siquiera tenía que gritar.

Me dio incluso temor a mí. Recordé cuando lo conocí por primera vez.

—Scott está muerto. Si ustedes siguen atacando los tendré como enemigos y mandaré a volar todo este lugar. —Daemon utilizó un tono amenazador.

Su intención era que se retiraran o se rindieran. Scott era el líder del proyecto, la razón de la que funcionara. Lo comprendí cuando uní las piezas con todas las pistas que tenía. Claire era quien poseía el dinero, le faltaba la experiencia. No había nadie mejor que el hermano del más respetado y temido gángster de la ciudad.

Para mi decepción, los hombres no se mostraron de acuerdo con la rendición.

—Estás solo, Racchio. —gruñó uno de los guardias. —Si te matamos ahora será más sencillo. Nos darán una fortuna incalculable por ti.

Solo tres hombres comenzaron a dispararles a los demás para mostrar que cambiaban de bando. No podía entender el mundo de la mafia, todo cambia tan bruscamente.

Uno de los tres tipos se arrojó hacia donde estábamos. Uno de los otros dos, activó la alarma contra incendios y activó las regaderas que había en el techo.

—Mi camioneta es roja. —soltó, al tiempo en que seguía disparando, al igual que Daemon.

No comprendía cómo podían hablar mientras estaban a punto de morir. Los disparos me impedían pensar con claridad.

Daemon me indicó que era tiempo de comenzar a correr. El me cubrió las espaldas. Una bala le llegó a la pantorrilla y solté un grito de espanto.

—Sigue. —ordenó, al tiempo en el que él tampoco se detenía, a pesar de su herida.

La camioneta del tipo contaba con una caja de carga y tenía solo dos asientos adelante. Daemon se colocó allí, en la caja, en lugar de subir adelante.

—Ve adelante, Teresa. No pierdas tiempo. —ordenó, besando mis labios con fuerza.

Disfruté cada instante de ese beso apasionado. El conductor era el dueño de la camioneta. Los otros dos tipos, que también resultaron heridos, subieron con Daemon a la parte de atrás. Seguían disparando a los que venían persiguiéndonos.

Santo cielo, esto no parecía detenerse jamás.

El tipo, que llevaba el cabello de color negro azabache y una expresión de enojo, escupió en el suelo a través de la ventanilla.

—Debiste aprobarse el aumento de salario, perra. —gruñó, al tiempo en que nos movíamos a gran velocidad a pesar de que el vehículo no era precisamente nuevo.

No tardé en darme cuenta que se refería a Claire.

Avanzamos por la carretera. No podía dejar de mirar atrás y poco a poco, divisé como los autos comenzaban a seguirnos. Venían de muchas direcciones.

Observé a Daemon con un miedo poseyendo mi cuerpo entero. Él estaba allí atrás. Los tres disparaban. Pero él estaba con un teléfono en la mano. Uno de los guardias debió dárselo para que comenzara a hacer llamadas y reuniera a sus contactos.

Solo nos quedaba rogar al cielo por no ser atrapados antes.

Cóctel

El conductor trataba de ir a máxima velocidad a pesar de que el vehículo no era tan nuevo ni mucho menos estaba en perfectas condiciones.

—Espero que tu novio encuentre refuerzos rápido. —dijo él, mirando hacia el frente, enteramente concentrado y nervioso.

Yo apenas si podía hablar. Solo miraba atrás para cerciorarme de que no hubieran herido a Daemon. Los autos iban acercándose.

Nos desviamos por un camino de tierra y la camioneta pareció tomar ventaja en el terreno pedregoso.

—Los autos más nuevos no son aptos para carreteras estropeadas. —me explicó el tipo. —Esta ruta lleva a las afueras de la ciudad.

El camino iba cerrándose entre árboles frondosos. El poder observar la existencia de la naturaleza me dio una calma que no sabía que se podía tener en un momento así.

Los autos solo podían entrar de a uno en el camino. Eso nos dio un poco más de respiro. Los muchachos atrás, en la caja, pudieron estar sin tener que cubrirse tanto de los disparos.

Daemon habló por teléfono una vez más y luego, se concentró en estar en guardia por si algo sucedía.

—¿Sabes a quién llama? —me preguntó el hombre.

—No lo sé. —respondí con total sinceridad.

La verdad no tenía idea. Supongo que tenía contactos y personas que estaban bajo sus órdenes. Pensé en Collin, en cómo reaccionaría ante la noticia de la muerte de Scott. Yo misma me encargaría, si salía de esto con vida, de que todo el mundo supiera sobre el crimen de Marie y la verdad.

No tenía pruebas físicas contra ellos para mandarlos a encerrar en la cárcel. Eso me generaba impotencia.

Seguíamos avanzando entre los árboles y el camino de tierra. El aire fresco entró por la ventana haciendo que mi respiración no fuera tan insoportable. Cerré los ojos.

Por favor… Por favor…

Supliqué, con las lágrimas corriendo por mis mejillas. Quería vivir. Daemon también debía vivir. Los dos teníamos que salir de esto con vida. Al fin habíamos declarado lo que cada uno de nosotros sentía por el otro.

—Sí, es bueno que reces. Podrían atraparnos antes de que lleguemos a la mitad del camino. —farfulló el tipo, al tiempo en que golpeaba el volante con fuerza.

Lo ignoré. Seguía con mi plegaria en mi mente, mientras el aire del campo me inundaba los pulmones.

Estuve tan cerca de cometer una locura, de asesinar al hombre que amaba por la manipulación de alguien despreciable.

La luz delante de nosotros nos alertó de otro vehículo desde el frente. Desde atrás, otro de los autos se acercaba. Nos estaban rodeando.

El auto se detuvo delante de nosotros y bajaron diez hombres armados que rodearon la camioneta.

Sentí un alivio enorme al ver que no atacaron, lo cual significaba que eran refuerzos.

Los hombres comenzaron a disparar con otra clase de armas al otro vehículo enemigo, haciendo que las ruedas se pincharan. El despliegue de talento de esos hombres para atacar era sorprendente para mí.

Daemon me abrió la puerta de la camioneta, estaba cojeando por herida de bala.

—Hay que movernos de auto. —dijo él, tomándome de la mano para que bajara.

Subimos al nuevo automóvil, con los tres tipos que nos ayudaron en la prisión. Los otros aliados se quedaron en la camioneta como si montaran una especie de guardia. Estaban derribando a los hombres enemigos con una facilidad increíble. Estaban bien armados y entrenados.

El automóvil estaba preparado para terrenos desfavorables y avanzamos muy rápido.

Daemon me besó con dulzura y me acunó contra su pecho. Íbamos los dos en los asientos de atrás. Al estar en contacto con su piel sentí ese calor tan agradable y protector.

—Todo estará bien. —susurró en mi oído.

No sabía cómo lo haría, pero estaba segura de que me protegería, lo sabía dentro de mi corazón.

El tiempo preciso

Salir de la carretera traería todavía más caos. Eso lo tenía muy en claro, a pesar de que mis esperanzas rozaban la fantasía. Si tan solo pudiéramos huir volando como las aves y no volver a ver a toda esta gente nunca más en la vida.

—¿Qué sucede? ¿A quién has llamado? —mi voz estaba ronca por los nervios y de tanto gritar.

Los tiroteos eran tan intensos, el sonido de los disparos, todo aquello hizo que mis oídos no dejan de zumbar.

—A mis aliados. A mis subordinados, he hecho las llamadas correctas, bonita. —besó mi frente con suavidad, tranquilizandome.

—Ellos… Ellos estuvieron detrás de todo. —murmuré, todavía guardaba la rabia dentro de mí.

Scott. El me engañó desde el primer minuto. Todo encajaba ahora. El mandó a matar a Eduard para poner a Colin en contra de Daemon. Claire, era su reina y planearon todo desde las sombras. Un complot impecable. Este mundo no dejaba de sorprenderme.

Mi hermana. Ella había sido enviada por el mismísimo Scott para espiar a Daemon. Con ella comenzó el proyecto rubí.

Y conmigo terminó para siempre.

Tragué saliva. Jamás imaginé que mi vida cambiaría así de drásticamente. En mi búsqueda por la justicia llegué a lugares demasiado inesperados.

La justicia no resultó ser para nada lo que imaginé.

—¿No podrán interceptarse cuando salgamos de este camino? —pregunté, mirando al frente, el camino de tierra estaba próximo a terminarse.

En el auto sentía una pequeña protección, un poco de paz en la tormenta de disparos.

—Mis hombres están del otro lado. Son más que los de Scott. —Daemon entrecerró los ojos. —Esperaban mis órdenes.

—No atacabas por… —susurré, con los ojos entrecerrados. —Por mí. 

—Yo no te cambiaría por nada. Tú eres lo único que quiero proteger. Si ellos te tenían, estaría encerrado por siempre si eso te mantenía a salvo.

Me observó con sus ojos profundos y besó mis labios. Cerré los ojos para atesorar ese momento. Podía escuchar su respiración, sus brazos me rodeaban y me aportan un calor casi mágico.

Daemon no actuó cuando lo encarcelaron a pesar de que no era culpable. No lo hizo porque me amaba. 

—Gracias… Gracias por salvarme. —Mis ojos estaban llenos de lágrimas.

Él se presionó la herida de la pantorrilla y traté de vendarla. Salimos de la carretera rural y los autos comenzaron a aparecer por todas partes. Lo que antes pareció ser una ciudad desolada ahora se hallaba repleta de automóviles de lujo.

—Yo siempre lo haré. —besó mi mejilla y buscó hacer que me agachaba para que me protegiera de posibles disparos. —Esto terminará pronto.

Me acurruque en el suelo del auto, protegida por él, por todos los que llegaron. La tormenta volvió a formarse. Escuché una infinidad de disparos, gritos de auxilio, toda clase de insultos y demás. No quería asomarme, por mucha ansiedad que me diera el no poder ver qué ocurría. 

Daemon se mantuvo a mi lado. Él no quería matar a diestra y siniestra, solo deseaba protegerse.

El tiempo debió ser inferior a una hora, cuando los disparos cesaron.

—Ter. —me dijo, al ver que yo me estaba tapando las orejas con mis manos, totalmente acurrucada en el suelo.

Abrí los ojos despacio. El sol iluminaba sus ojos haciéndolo ver tan apuesto como siempre, severo, malicioso y al mismo tiempo, tierno. Lo amaba, podía sentir aquella conexión incluso sin mirarlo. No sabía cómo se sentía el amor, nunca antes lo había percibido. Ni siquiera imaginaba una vida con alguien a mi lado.

Todo aquel castillo de rocas que formé para mí se derrumbó en la arena, dejándome al descubierto. Mi corazón era suyo y el suyo, era mío. 

La sensación era tan increíble que no podía siquiera describirla. Cuando lo vi, encerrado, antes de dispararle a Scott, pude saber la verdad, además y no pude negar más mis sentimientos.

Miré a través de la ventanilla con sumo cuidado. No quise observar todo ese baño de sangre, volví a mirar a Daemon. 

Él tenía razón, los enemigos estaban derrotados y los autos, vacíos. 

—Claire tendrá que reestructurar sus planes. Lo que sucedió la dejará sin armadura y eso es una ventaja para poner mis asuntos en orden. —La voz de Daemon se tornó severa.

—¿Qué es lo que harás? —pregunté, sin dejar de temblar, a pesar de que no nos perseguían.

Daemon sonrió.

—Ya lo verás.

Sueño profundo

No quiso decirme los detalles de su plan, ni siquiera una pista. No quería saber, a pesar de que no me agradaba la incertidumbre. Porque estaba harta de la mafia, del mundo criminal, de todo aquello que enredó a mi hermana y también a mí.

—Mi hermana quiso destruirte también. —murmuré, no podía dejar pasar ese detalle. —¿Por qué no me lo dijiste?

—No quería que tú me odiarás. —Daemon me observó fijamente. —No fue bueno que te ocultara tantas cosas.

Una lágrima rodó por mi mejilla. Imaginé que hubiera sucedido si no lograba desenmarañar la verdad. Si caía en la trampa de Scott y de Claire y asesinaba a Daemon… Ellos se habrían burlado de mí, de mi hermana, de todo. Mi vida sería otra vez ser una sumisa en una casa de un mafioso, aceptando mi destino con Collin porque era mi única opción de sobrevivir.

Llegamos a una casa en la ciudad pequeña que estaba cerca de la carretera. Supuse que era una de sus tantas propiedades de seguridad. Allí había todavía más hombres. 

Scott se refirió a que necesitaban que yo matara a Daemon por una venganza personal, pero ahora comenzaba a comprender la verdad. Temían que pudiera comprar a cualquiera, que cualquier hombre se pusiera de su lado en el momento que su muerte tuviera que llegar. Daemon era el más poderoso de todos los gángsters y tenía una sola debilidad.

No me gusta considerarme a mí misma una debilidad, pero para ellos así lo era. Ellos sabían que mi existencia era lo único que hacía que Daemon no abriera fuego contra ellos con su enorme poder.

El me abrió la puerta para que bajara. Un hombre vino enseguida a atenderle las heridas. 

—Hay que ir a la enfermería, la habitación está en la sala. —observó el hombre, que debía ser un doctor o algo similar.

Llevaron a Daemon al lugar y me quedé a su lado. Me senté sobre un sofá que trajeron para mí. 

El doctor iba tratando la herida con elementos del hospital. En cada casa de seguridad debía haber esta clase de puestos de primeros auxilios.

Mientras esperaba y observaba, los ojos se me fueron cerrando por el cansancio. El hecho de no estar bajo ataque me provocó que el sueño se apodera de mí. En este sitio no había peligro y mi mente quiso descansar de inmediato.

Hice un esfuerzo por no dormirme. Me froté los ojos y traté de despejarme. Sin embargo, con el correr de los minutos, caí en un sueño profundo.

Apoyé mi cabeza en el sofá.

Mis sueños eran un remolino de sucesos. Scott, Claire, Sophie, todos estaban allí. El complot seguía vigente y yo trataba de hacerlos pagar por mentirme. 

No sé cuántas horas me dormí, pero al despertar, la claridad de la luz de la sala bañó mis ojos. Solté una exclamación al ver a Collin en la otra sala. Iba a gritar hasta que contemplé a Daemon a su lado.

—¿Qué…? —farfullé, tratando de ponerme de pie, estaba débil.

Collin notó mi presencia y no dijo ni una sola palabra, solo me ignoró. Dijo unas palabras más hacia Daemon, sin mirarme y luego, se retiró hacia otra sala, por las escaleras.

Corrí hacia Daemon.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué está él aquí? —pregunté, molesta, nerviosa, sentía que cada parte de mi cuerpo estaba temblando.

En lugar de darme una explicación, me rodeó con sus brazos y me abrazó fuerte, levantándome en el aire y haciendo que nos fundimos en un beso apasionado.

—Dime… ¡Oye! —solté, casi riendo, porque me hacía cosquillas mientras besaba mi cuello.

—No tardarás en saber. Nos iremos en unas horas. —Daemon sonrió con esa malicia suya tan característica. 

—No confíes en él. —insistí, porque no podía aceptar que estuviera aquí.

No tenía sentido, él conspiró con los otros para derrocarlo. Tenía que hacerlo pagar. Al pensar en eso, me sentí como una mafiosa y no me reconocí a mí misma.

—Collin no será un problema a futuro. —fue lo único que me dijo, al tiempo en que me llevaba de la mano hacia el exterior para señalar un gran automóvil. —Nos llevará al aeropuerto.

Abrí la boca por la sorpresa. No pensé que tuviéramos que huir tan lejos.

—Él te traicionó, no es de fiar…— protesté, incluso sentí ira. 

—Trajo un gesto de buena voluntad. —respondió, volviendo a besarme.

Yo también lo besé. También sentía lo mismo que él, que estuvimos tanto tiempo reprimiendo los deseos de estar juntos que ahora nos desbordaba. Quería estar a su lado constantemente, porque era lo que mi alma más deseaba en el mundo. El calor de su piel, su firmeza, su mirada en mí.

—¿A qué te refieres? —pregunté, sin poder comprender a qué se refería. 

Él me señaló otra habitación. Debía subir un pequeño escalón para llegar a ella. Abrí la puerta, con total valor, aunque no tenía idea de lo que podía encontrarme.

Observé a Carl en una camilla, pero estaba sentado, con muchas vendas en el cuerpo y los ojos cansados.

Casi salté sobre él para abrazarlo, dándome cuenta a tiempo de que podría lastimarlo. Lo abracé con delicadeza.

—Estás vivo. —dije, con la voz quebrada por la emoción.

Las lágrimas se asomaban por mis ojos. Mi vista se nubló.

—Lo hiciste… —tosió Carl, haciendo una débil mueca de sonrisa. —Te diste cuenta...

—Sí. Me entrenaste bien para reconocer impostores. ¿No? —sonreí, las lágrimas rodaban por mis mejillas. 

—Eres lista. —Carl tosió y trató de incorporarse para sentarse mejor. —Ese sujeto era despiadado. Si te soy sincero, Ter, no pensé que iba a verte de nuevo. Iban a matarme cuando… Cuando ocurrió todo. Fue una locura.

—¿Anunciaron lo que hice? ¿Cómo fue que se corrió la voz? —pregunté, casi interrogándose.

—Sí. Desde mi habitación pude oír como todo se ponía caótico. Claire iba dando órdenes de un lado a otro, gritaba, lloraba, se oían sonidos confusos. Cuando Colón entró a sacarme, pensé que me iba a matar.

—Te trajo para sellar la paz con Daemon. —comprendí, entonces a eso se refería.

Bajo mi punto de vista esto no era suficiente. Quería que Collin tuviera su merecido al igual que los demás. Pero ver a Carl y que estuviera a salvo si era algo importante para mí. 

—Ahora nos iremos. —Carl arqueó las cejas y luego, volvió a retorcerse un poco por el dolor.

—¿Nos iremos? —arrugué la frente en señal de confusión.

Fue cuando Daemon puso su mano en mi hombro. Me di vuelta para mirarlo. Llevaba un traje nuevo y sin sangre, le quedaba tan bien que me obnubilé mirándolo.

—Él no se puede quedar aquí. No estaría a salvo. Vendrá con nosotros y una comitiva de seguridad. —explicó él, mirándome fijamente con esos ojos penetrantes suyos.

—Pero no comprendo que haremos… ¿Por qué Collin…?

Tenía tantas preguntas.

Él me besó interrumpiendo mi voz.

—Iremos a un lugar bonito. Tengo la mitad de una isla con algunas propiedades que adquirí hace poco. —Daemon sonrió con complicidad.

—Collin te dio una isla para quitarte del camino. —exclamé, abriendo los ojos por la sorpresa. —Pero no… ¿Por qué no quieres vengarte?

—No necesito venganza. No necesito un castillo ni cientos de negocios. ¿Sabes? —entrecerró los ojos con malicia. —Nada de eso me hubiera hecho feliz si tú hubieras muerto.

Comencé a comprender en qué consistía el plan. Él se iba a retirar, tal como una vez le aconsejé en el pasado. Entregó su imperio a Collin a cambio de una paz y una nueva vida.

No sabía qué decir. No esperaba esto. Pensé que la guerra continuaría hasta que Collin fuera derrotado y también Claire.

—¿Y Claire…? —volví a preguntar, tartamudeando.

—Collin se encargará de ella. Si es que puede reestructurarse luego de que mataras al capitán de su barco. Claire por sí sola no es una enemiga difícil. —Daemon me sujetó de la mano con dulzura y me besó en el dedo índice.

—Lo siento… —susurré. —Él era tu hermano.

Bajé un poco la cabeza.

—No te preocupes, las cosas en nuestra familia no eran como en las familias normales. En la mafia, los vínculos muchas veces son… Complicados. —pude notar que su voz si estaba diferente cuando hablaba de Scott.

Creo que en el fondo él nunca sospechó de su hermano porque si lo apreciaba. Esto debía dolerle. Era otro de los motivos por los que habría decidido retirarse para siempre. Verlo morir no debió ser fácil a pesar de la traición. Daemon tenía corazón, aunque casi nadie pudiera verlo.

—Seguí el consejo que me dio una mujer sabia una vez y yo ignoré. Me retiraré, para rehacer esta historia. —sus ojos se iluminaron y besó mis labios, mordiéndome levemente. 

No queremos venganza, Teresa.

Me dijo mi propia voz, esa que a veces me aconsejaba bien y otras veces mal.

Ahora estábamos de acuerdo. No quería mantener mi atención en el odio y el rencor.

No ahora que tenía una oportunidad de vivir, de respirar, junto al hombre que al fin acepté amar. 

Olas

—Mamá… —La voz de Luke llegó a mis oídos, se oía como un quejido bastante divertido.

Me asomé un poco por la ventana para contemplarlo. Venía corriendo por la arena mientras los pies se le enterraban y estaba bastante bronceado por el sol. Siempre olvidaba llevar una toalla para secarse luego de nadar.

Salí con la toalla en las manos y lo cargué para envolverlo. Todavía podía levantarlo, aunque creció mucho. Su cabello rizado también estaba repleto de arena y se sacudió.

—¿Qué tal has nadado hoy, pequeño pez? —pregunté, sonriente. 

Él soltó una risita. Sabía nadar desde hacía un año. Solo tenía permitido nadar con los otros niños en la parte playa del agua, donde apenas si les llegaba a las rodillas.

Sentí el beso de Damon en mi mejilla. Estaba tan bronceado que sus ojos resaltan más, haciendo que su rostro se viera todavía más atractivo que de costumbre. Podía ver todos sus tatuajes porque no llevaba camisa, solo unos shorts de baño.

—Papá… Tengo hambre… —se quejó Luke, haciendo una mueca de comienzo de berrinche.

Sonreí. Daemon cargó a nuestro pequeño hijo de cinco años. Había heredado los ojos azules de su padre, mi cabello negro y mi piel aceitunada. Era una mezcla de nosotros dos. Pero el carácter era enteramente el de Daemon. Eso me hacía divertir mucho.

Entramos a la casa para almorzar, ya se hacía la hora y yo también tenía bastante apetito.

La playa se extendía a lo lejos, la arena brillante y abundante me hacía sentir rodeada de magia. El agua tan azul me reconfortaba de solo observar. Este lugar se convirtió en mi hogar mucho más rápido de lo que pensé. Cuando abordamos el avión, pensé que me esperaba un sinfín de problemas. Estaba acostumbrada a ellos, a tener que pelear por lo que necesitaba, por sobrevivir. 

Llegar aquí fue un cambio tan grande. Nos casamos a los tres meses de llegar, a la luz de la luna, en un salón al aire libre. Este lugar era espléndido, las personas aquí no tenían ni idea de lo que era la mafia ni de lo sucedió en nuestro pasado.

Por algunos meses luché contra el instinto de creer que podía estar en peligro a cada instante. Abandonar la armadura fue difícil para mí, al igual que para Daemon.

Collin debió encargarse de Claire, porque no tuvimos noticias de ella ni de nadie. O quizás Daemon sí. Decidimos que no hablamos nunca más de todo lo sucedido, porque nos hacía daño, nos impedía comenzar de nuevo.

No deseaba recordar mi pasado, como cambié para sobrevivir. Los recuerdos me hacían daño, la sangre, los disparos. Todo quedó en el pasado y deseaba que así fuera por siempre.

Un viaje diferente había comenzado. Una vida diferente para los dos. Paso a paso, en la arena, fuimos borrando lo que nos trajo a escapar de aquella ciudad.

Los recuerdos de lo que viví en la mansión, en la prisión, todo aquello quedó en el olvido para mí. Después de la boda las cosas fueron incluso más rápidas. La tranquilidad comenzó a invadirnos con profundidad.

Daemon ordenó la mesa para que si viéramos el almuerzo. Mi estómago rugió del hambre. 

Lo observé fijamente, siempre me perdía en su mirada, en cada parte de él. Porque tenía esa presencia imponente a pesar de que ahora estábamos viviendo en paz.

Luke se sentó y prácticamente devoró la canasta de pan. Nadar lo hacía gastar mucha energía.

Abracé a mi pequeño hijo y a mi esposo, a los dos al mismo tiempo, sin que ellos comprendieran por qué. 

—Los amo… —susurré, con una lágrima rodando por mi mejilla.

Los dos me miraron con sus ojos azules, confundidos. Sonreí.

—También te amamos. —Daemon besó mi mejilla y movió la silla para que me sentara, como un caballero. —Mi reina.

Murmuró, abrazándome, como si presintiera que necesitaba su calor. 

Anexos I

PoV CLAIRE

La espera sería agotadora, eso cualquiera lo sabía, vi a Scott partir y después de nuestra discusión, francamente dudaba en si lograría su objetivo. No quería pensar en lo que sucedería si Daemon nos tendía una trampa. Tenía que confiar en que haría lo que fuera por Teresa, porque la amaba, pero esa era la seguridad más penosa del mundo para alguien como yo.

—¿Lo perdiste? —le había preguntado, al ver que el anillo de compromiso no estaba en su dedo.

Susurré, no quería que nadie escuchara nuestra discusión. A pesar de que, últimamente, vivíamos discutiendo. 

—Lo siento. Lo recuperaré. —Scott me respondió cortante, sus ojos claros me enfocaron con algo de recelo.

—¿Qué te ocurre ahora? —pregunté, perdiendo el hilo de la paciencia. 

Quise fingir que no lo sabía, aunque en el fondo si tenía una leve sospecha. Desde que volvimos de la mansión, cuando ocurrió todo y por fin nos libramos de Eduard para inculpar a Daemon. Él me había visto con Collin. Era un montaje, necesario, pero aun así no lo soportaba. El recuerdo de nuestro encuentro levantaba mi temperatura corporal.

—Ya lo sabes. —Scott me miró con ese odio que no pudo ocultar. —¿Sabes cómo fue para mí verlo? No tienes idea.

Él no me gritaba, no podía hacerlo para que nadie nos escuchara. Pero si tenía los ojos llorosos y eso me lastimaba. Teníamos muchos años juntos, los dos construimos un imperio majestuoso a pesar de no ser expertos en eso. Como equipo siempre fuimos formidables y yo lo amaba. El amor que sentía por él era intenso. 

—Si lo sé. —expresé, sin gritar, mirándolo fijamente. —Por supuesto que lo sé. No creas que no vi cuando estabas con ella. 

—¿Qué? —Scott me enfrentó. —Collin te folló en medio de la sala sin ningún reparo. No es comparable.

—Pero tú la miraste con los ojos brillantes. Tú si sentías algo por ella. —me mordí la lengua, cuanto odiaba a la perra de Teresa y esperaba que pronto no tuviera que verla nunca más. —Te vi, Scott.

Él palideció. No tenía que decirme más palabras. 

—Yo fui a la mansión para verlo con mis propios ojos. —murmuré, con una lágrima asomándose y rodando por mi mejilla. —¿Crees que no noté que te gustaba?

—No me gustaba. No la amo. Solo fingí con ella para sacarle información. —Scott me miró con igual enojo, los dos estábamos construyendo un muro entre nosotros.

Recordé cuando los interrumpí. Estaban a punto de concretar el acto y vi en los ojos de Scott, que si lo deseaba. Él la miraba de una forma diferente, le llamaba la atención. Parte de mis motivos de entrar a la mansión era corroborar que era lo que le pasaba a mi prometido. Lo veía actuar extraño, en especial cuando hablaba de Teresa.

Cuando estuve con Collin, lo hice casi a modo de venganza, porque tenía la certeza de que Scott si se sentía atraído por ella.

—Tú y yo tenemos historia, Claire. No es lo mismo. —Scott siguió solo mirándome, no se acercó a besarme ni a demostrar siquiera un gramo de afecto.

Era frío. Incluso más frío que Daemon. Pero era bueno fingiendo simpatía con todo el mundo.

—Lo sé. —me acerqué para besarlo. —Es por eso que estuve con Collin. Para que estuviéramos a mano y entre nosotros no hubiera rencor alguno.

Él aceptó besarme y nos fundimos el uno con el otro. Me apoyé contra la pared para recostarme y que besara mi cuello.

—Siempre serás la reina. —dijo. —La corona casi está en tu cabeza. 

Besó mi cuello y luego, volvió a besarme en los labios con pasión. Nos observamos mutuamente unos segundos.

—Te amo. Es un amor de verdad, Claire. —pronunció, tomando mi mano y conduciendo hacia afuera de la habitación. —Lo sabes.

Asentí. Esto era diferente al amor que te pintan en los cuentos. Yo sabía que no estaría aquí sin él y él sabía lo mismo. Nos construimos, nos hacemos bien, nuestra inteligencia se complementa. Cuando tuviéramos el imperio que siempre nos merecimos, todo esto serían solo meros recuerdos malos.

Esa conversación rondaba en mi mente mientras esperaba. Su llamada, necesitaba recibir su llamada. Llamé a William y no me respondió, era uno de los encargados de custodiar a Daemon y hacer que nadie entrara a la celda hasta que el trabajo estuviera hecho. Había que tomar todas las medidas de precaución porque Daemon era astuto. No podía confiarme.

Los minutos transcurrían y la espera parecía tornarse eterna.

Otra llamada me ingresó, de otro de los guardias.

—Señorita Claire… Se ha… Se ha… Problemas… —el tipo tartamudeaba, no podía escucharlo bien.

No tenía que ser tan descriptivo, por el sonido de los disparos de fondo, podía imaginar que Daemon había logrado hacer alguna treta para zafarse de la muerte. Maldito desgraciado, debí suponer que tendría algo planeado.

—Pon en marcha el protocolo. Enviaré refuerzos de inmediato. —respondí, con total severidad y compostura, para no quebrarme en el pánico.

Colgué la llamada antes de que el tipo pudiera seguir hablándome. Empecé a coordinar el envío de refuerzos para que Scott no quedará atrapado en la balacera. Nuestros hombres eran muchos en la prisión falsa, pero podían pasarse al lado de Daemon porque en la mafia no existía la lealtad.

Corrí de un lado a otro con llamadas y órdenes. Quería ir yo misma, a pesar de que habíamos quedado con Scott de que esperaría aquí y no me arriesgaría. No soportaba estar tan lejos, la ansiedad iba calando en lo profundo del pecho. Mi corazón parecía a punto de explotar.

Llamaba a los guardias nuevamente, pero esta vez nadie me respondía. Busqué a Collin por todas partes y tampoco lo encontré. Las chicas no estaban por ninguna parte, debieron huir por miedo a lo que pudiera sucederles.

—Búscalas y atrapalas. —rugí, mirando a otro de mis guardias. —Maldita sea que no se vayan.

No tenía nada en contra de ellas, de las sumisas, pero no quería que anduvieran por ahí con total libertad. Estaba furiosa y necesitaba desquitar mi ira con alguien.

Alguien me respondió la llamada.

—¡Explícame qué está sucediendo! —grité. Con la voz ronca por el dolor.

Y la voz de aquel tipo, sería para siempre, en mi corazón, la voz más aplastante del mundo. Porque sus palabras me hirieron tanto que perdí el control de mis piernas. El retumbar de mis oídos me hizo mucho daño. Fue como estar agonizando.

Esa noticia causó que ni siquiera pudiera reaccionar.

—Tiene que irse, señorita Claire. —Sentí la mano de Hugo en mi hombro.

No recordaba que él vendría por mí. Me sujetó entre sus brazos y me cargó en el auto sin que pudiera negarme. Estaba en shock, ni siquiera podía pensar.

—No… Scott… —tartamudeó, no podía entender como esa maldita ingenua había logrado asesinar a mi prometido, al hombre más listo del mundo.

—Tranquila, señorita Claire. Debemos irnos hasta que el estallido pase. —Hugo me hablaba mientras conducía. —Debemos esperar.

—No… Ella pagará. —las lágrimas me ardían en la piel. —¡Ella pagará!

—Lo hará. —Hugo trató de usar un tono suave. —Podrá volver a la cima como ya lo hizo una vez. Le prometo que Teresa morirá, yo mismo la asesinaré. Se lo prometo, señorita.

Sus ojos me enfocaron y grité con rabia, azoté el asiento del auto. Comenzaba a tener un ataque de pánico. No poseía un control de mi propio cuerpo.

La ira se iba gestando en mi corazón, el rencor, aquella sed de venganza se prendió fuego dentro de mí. Me juré que le quitaría todo lo que le importara, si es que tenía algo. 

Anexo II

Rudeza

Narrador

Mía se hallaba en el vestíbulo de aquella nueva casona, nunca antes había ido a ese lugar, cada minuto que pasaba allí sentía que iba a arrepentirse de esa decisión.

En su cabeza tenía un sinfín de preguntas que no se resolvían. No tenía más alternativa que pedirle clemencia a él. Ahora que Daemon estaba fuera del juego y también Claire, no le quedaban opciones para huir. Cuando el matón de Claire la persiguió supo que no estaría a salvo por su cuenta.

Lo necesitaba, maldita sea, cuánto lo necesitaba y lo odiaba por eso.

Lo vio llegar por las escaleras principales, que llevaban una alfombra roja que las decoraba.

—Hola Sophie. —saludó él, con los ojos entrecerrados, con un desdén que le dolió en lo profundo del alma.

“Has vuelto a ser Sophie, la triste sumisa que se arrastra por un poco de afecto de su amo.” 

Se dijo a sí misma. Mia era su nombre verdadero, pero Sophie, era el que escogió cuando llegó a la mansión de Daemon.

—Vienes a pedirme piedad. —Collin sonrió, con una malicia que no le correspondía.

Con el pasar de los días desde que firmó el pacto con Daemon, sintió que el poder se le iba de las manos y eso le encantaba. No tener nadie que se le opusiera y estar en la cima no era algo que alguna vez hubiera pedido, pero lo hacía bastante feliz.

Ella agachó la cabeza.

—Sí. Deseo tu protección nuevamente. —su voz se hizo un hilo quebradizo de la vergüenza.

—¿Quieres volver a ser mi sumisa luego de que te desprecié? —preguntó él, con un sarcasmo afilado.

Mia sintió que se le hervía la sangre y levantó un poco la cabeza.

—Ibas a tener una bomba en tu casa si traías a Teresa. Ella fue más despiadada que su hermana. —observó a los ojos a Collin mientras le decía estas palabras que le costó horrores pronunciar.

—Eso era lo que quería. Teresa es divertida. ¿No lo crees? —Collin soltó una risita y se sentó junto a ella para mirarla de cerca. —No te quiero como sumisa, Sophie. Tampoco a Sam.

—¿Por qué? ¿Acaso no te diviertes conmigo? —preguntó, la rabia la carcomía por dentro, luego de haber fingido por tantos años él la despreciaba de esta manera.

—Si lo hice. Supongo, en su momento. Y tú también te divertiste conmigo. —se encogió de hombros.

—Pero si ibas a quererla a ella. —soltó, sin poder contenerse.

—Sí, la quería a ella. —puso los ojos en blanco. —Era muy apasionada. En su timidez se desenvolvió con pasión a cada paso que daba y por eso era tan hechizante. Porque era pésima fingiendo y se dejaba llevar en serio. —sonrió. —Quiero eso. Pasión. —tomó la mano de su ex chica. —No puedes darme esa pasión, Soph. Solo finges para mantener una posición. Y finges demasiado bien.

—No es así. —ella se atrevió a empujarlo. —Teresa era una maldita espía y nada más.

—Hasta tú sabes que no es cierto. —Sonrió con más dulzura, acariciándole el cabello. —Era puro corazón.

—Si solo me hablaras de ella, entonces me iré, recogiendo la dignidad que me queda. —buscó apartarse un poco de él.

—Lo siento, todavía tengo el corazón roto porque eligió marcharse con él. —soltó otra risita de complicidad y luego, la abrazó. —Gracias por estar tantos años a mi lado, Mia.

Se sorprendió de que su antiguo amo la llamara por su nombre real. Sintió que se estremecía por el temor de que quisiera deshacerse de ella para siempre. Miró hacia todas partes con nervios, para buscar una salida por la cual huir. No tenía mucho sentido, observó al llegar los miles de hombres armados que rodeaban la casona de Collin.

—Puedes hacer lo que quieras ahora. —Collin estiró los brazos hacia arriba, mientras bostezaba por el sueño.

Con un movimiento rápido, le indicó a una de las mozas que estaba en la entrada que le trajera unos papeles a Mia. Ella los leyó rápidamente.

—Es tu nueva vida. Te compré una casa y una florería para que tengas otro comienzo. Era lo que ansiabas, ¿no? —preguntó él, mirándola fijamente con sus ojos profundos.

—No pensé que te importara. —Ella rememoró el momento de ebriedad en que le contó aquel proyecto de tener una florería, ambos habían bebido mucho y nunca pensó que lo recordaría.

Una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Qué hay de Claire? —preguntó, era lo que más la perturbaba. —Envió un matón a por mí.

—Ya me encargué de ella. No puede hacerle daño a nadie en su posición. La justicia ya fue realizada. Eduard, Marie, los dos fueron vengados. Si quieres, antes de irte, podemos brindar por el triunfo. Sam vino ayer y le ofrecí lo mismo, otra vida. Ella también amó a Marie y estuvo en shock al descubrir que Scott fue quien ejecutó su muerte.

Mia asintió, con la guardia baja, dejando de mostrarse a la defensiva y aceptando la copa de Collin. Recordó la historia de amor de Eduard y Marie, como había nacido cuando incluso él tenía a Sam como sumisa. Sam también apreció mucho a Marie, apartándose de la pareja cuando fue evidente que el amor creció.

Besó su mejilla en señal de paz y sintió un cosquilleo que le recordó los viejos tiempos juntos.

Escuchó cada detalle de lo sucedido con Scott y Claire. Los dos habían sido engañados, incluso Eduard, todos cayeron en las garras del proyecto rubí y de no ser por Teresa, jamás lo hubieran sabido.

—Quizás si es especial. Me refiero a Teresa. Nos engañaron a todos, menos a ella. —Mia alzó la copa. —Por su llegada a la Mansión.

Collin asintió y levantó su copa de champaña. Brindaron sin ninguna otra clase de afecto y cuando ella se marchó, pensó en no dejarla ir. No se acostumbraba a la idea de no tenerla en su vida cuando antes era algo cotidiano pasar tiempo juntos.

Para que las cosas fueran mejores tenía que cambiar y este paso era necesario. Encontraría lo que estaba buscando, lo sabía en su corazón. Porque ya vio que, si existía, lo vio en Teresa una vez.

Le deseó la mejor de las suertes y la vio alejarse por el jardín. 

Anexo III

Laureles

Teresa

Si existiera un modo de describir la montaña rusa de sucesos que experimenté desde que ingresé a la mansión, definitivamente sería una historia curiosa de leer.

En muchas ocasiones me arrepentí. Volvería a repetir aquella historia miles de veces más, por mucho dolor que me causara, porque la felicidad que ahora experimentaba era el final más hermoso que pudiera pedir para mí. Mi familia, había logrado formar mi propia familia, aunque yo no la tuve.

No tuve padre y madre para criar con amor, pero yo ahora podía criar con amor a mi hijo junto con mi esposo. Lo gratificante de su sonrisa no tenía precio, como me amaba incondicionalmente, sus ojos reflejaban ese amor incomparable con otra cosa en el mundo.

A veces, en los momentos en los cuales nos enfrentamos a cosas que jamás hubiéramos imaginado, se abre una puerta para una experiencia increíble. Si no hubiera dejado atrás todo lo que creí que era, toda mi rigidez y mis creencias, no habría tenido esta familia maravillosa.

Los grandes cambios requieren valentía, ahora lo comprendía. Esa valentía que me impulsó a pelear por lo que creí correcto hasta el final.

“Acepto…”

Murmuré esas palabras en el altar, en medio de la paradisíaca playa que me vio cambiar radicalmente otra vez.

La boda fue de ensueño. La arena de la playa resplandecía, guirnaldas de flores adornaban las columnas de hierro blancas. Los invitados eran personas que conocí en la playa, algunos vecinos y otras personas amistosas que cruzaron palabras con nosotros. No teníamos amigos aquí. Aunque, irónicamente, tampoco los teníamos en la ciudad.

Mi vestido llevaba engarces de flores hawaianas que me encantaron. El blanco se fundía con los colores rosa, celeste, amarillos pasteles. Me gustó que fuera tan colorido, algo que antes no hubiera concebido, me hubiera parecido incluso ridículo.

Llevaba mi cabello trenzado con canutillos plateados, un maquillaje sutil, las pestañas rizadas y unas sandalias blancas que me permitían caminar sobre la arena.

Al verlo, volví a quedarme sin palabras. Ya era una costumbre. Cada vez que lo tenía frente a mí me sentía como la primera vez. Intimidada, atraída, enamorada.

Daemon usaba un traje de color gris oscuro y una camisa que le quedaba perfectamente. Era un traje casual y no de mafioso como los que utilizó en el pasado. Su cabello estaba un poco más largo y rizado, sus ojos azules contrastan con su piel bronceada.

Hicimos nuestros votos allí, en medio de una noche repleta de estrellas. El aire puro que se respiraba inundó mis pulmones, comenzando a limpiar mis malos recuerdos.

Solté un poco la tensión que venía arriesgándose en mi cuerpo. El me cargó hasta la cabaña cuando todo concluyó. Siempre pensé que aquel día concebimos a Luke, o al menos eso me gustaba creer. Cuando los dos nos unimos en cuerpo y alma, conectándonos de verdad, después de negar nuestros sentimientos por tanto tiempo.

Nuestras pieles se rozaban en el calor placentero de la noche, mientras la luna observaba como la paz se asentaba en nuestras vidas.


+ Agregar Votar

Comentar:

Campo Requerido

Sobre nosotros

Soñamos con una biblioteca digital que reúna los clásicos de siempre con voces contemporáneas y autores emergentes de todo el mundo. Así nació Indream, una plataforma premium que combina tradición y modernidad en un catálogo diverso y en constante evolución. Hoy también incorporamos Indream Originals, obras únicas desarrolladas con inteligencia artificial y cuidadosamente editadas por nuestro equipo, manteniendo la esencia del escritor detrás de cada página.

Imagen