El pecado de Gabriel / Dane
SINOPSIS:
Elizabeth, una joven mesera con problemas económicos, sueña con Gabriel, el guapo doctor que admira desde su restaurante. Cuando finalmente lo conoce, las cosas no salen como esperaba. Desesperada, Elizabeth se despierta en un hospital con pocos recuerdos de los últimos dos años, descubriendo que está casada con Gabriel y que, a primera vista, todos sus problemas han desaparecido. Sin embargo, al convivir con él, empieza a cuestionar quién es realmente su esposo y si su accidente fue accidental o parte de algo más oscuro. La vida que anhelaba se convierte en una pesadilla.
Capítulo 1
Al otro lado de la calle
Desde pequeña había querido vivir en la ciudad de mis sueños, Seattle, era como si su clima y sus paisajes gritaran mi nombre, y a mis 23 años de edad finalmente lo había conseguido. A pesar de eso, mi situación estaba lejos de ser la ideal, para empezar, viajé a Estados Unidos sola, ya que a mi familia le había dado temor emigrar.
No era justo decir que estaba completamente sola, poco después de mi llegada, hacía casi un año, conocí una chica increíble cuando me ayudó a pedir mi orden en un camión de comida, su nombre era Clara, venía de México y hablaba tanto inglés como Español. Clara y yo nos habíamos hecho muy buenas amigas y ella me había ayudado mucho con mi inglés, que a esas alturas era bastante decente. Compartíamos un apartamento pequeño en una calle modesta y era lo más cercano que tenía a una familia en ese extraño país.
También estaba Andrés, un compañero de trabajo que era por mucho el chico más carismático y ocurrente que había conocido en mi vida. Al principio quedé prendada de él, pero casi de inmediato se hizo claro que no estaba interesado en mujeres.
Ellos dos eran mi sistema de apoyo cuando las cosas se ponían demasiado pesadas. No era como si me arrepentía de mudarme, pero sin contar aún con papeles que me permitieran conseguir un trabajo bien remunerado, mi vida podía ser estresante al momento de pagar las cuentas. Debía ingeniármelas para rendir lo poco que ganaba un el restaurant tipo fuente de soda, en el que trabajaba demasiadas horas por poco dinero.
Me había graduado de veterinaria en mi país, Venezuela, y moría por ejercer la profesión que tanto amaba, pero lo de mis papeles no parecía estar cerca de solventarse.
Cuando llegué al restaurante esa mañana, me recibió el reconfortante aroma a café recién hecho. Andrés ya estaba ahí, casi siempre hacíamos turnos juntos y eso hacía que mi trabajo fuese más llevadero.
—¿Por qué tienes esa cara? —me saludó lanzándome el delantal en el pecho.
—Lo mismo de siempre, muchas cuentas por pagar… y ya necesito una chaqueta nueva —me lamenté frotándome los brazos para aliviarme del frío que había cogido afuera.
—Liz, te he ofrecido la solución muchas veces, cásate conmigo.
—Claro, eso funcionaria—repliqué con sarcasmo —, además, una chica tiene necesidades. — Y le guiñé el ojo porque sabía que no lo ofrecía en serio.
—Hablando de tus necesidades….— continuó desviando la mirada.
Por la manera en que lo dijo, la expresión de su cara, y la dirección en que veía, lo supe. Él.
El restaurante quedaba frente al hospital Virginia Mason, y como toda la fachada del local era de vidrio, casi todos los días a la misma hora, Andrés y yo veíamos un doctor llegar al hospital, también lo veíamos partir muchas veces, y no solo eso, tomaba un receso para fumar cigarrillos en las afueras del edificio. Ese era por mucho, el mejor momento de mi día.
El tipo era un espectáculo, tenía la piel bronceada en un tono perfecto y por la forma de su cuerpo imaginaba que hacia algún ejercicio moderado como natación: espalda ancha, torso más estrecho; medía fácilmente un metro ochenta, y su cabello y ojos eran oscuros, lo que le daba un aspecto enigmático y sexy.
Me deleitaba observándolo siempre que podía y por muchos meses Andrés y yo jugábamos a adivinar cosas de él. Pero un día lo vi salir del hospital con una mujer preciosa y fue entonces cuando la curiosidad me ganó y al llegar a casa me propuse descubrir algo real en lugar de solo suponer.
Llegué a él mediante la página web del hospital, su nombre era Gabriel, era médico cirujano y en sus fotos se veía tan atractivo como la versión en vivo.
Gabriel era el hombre de mis sueños y en quien me inspiraba para sobrellevar mis noches solitarias, pero para mí poca fortuna, nunca, al menos desde que yo trabajaba ahí, había entrado en el restaurante. Posiblemente porque en su aspecto se veía que era un hombre adinerado y el restaurante era más una fuente de soda que servía huevos y sándwiches.
Moría por la oportunidad de conocerlo ya me sentía capaz de llamar su atención, no era como la chica rubia con la que lo vi un par de veces, pero me consideraba atractiva: tenía curvas, un cabello castaño largo que no requería mucho trabajo y un rostro que me había permitido trabajar como modelo en mis años de adolescencia. Estaba segura de que si llegamos a conocernos, podía hacer que Gabriel se fijara en mí. Por ello, cada mañana me ponía maquillaje, soltaba mi cabello, y rogaba por el milagro de finalmente cruzarme con él.
Gabriel cruzó la puerta de la entrada del hospital y desapareció de mi vista, al tiempo que Andrés, que estaba a mi lado se burlaba de mí.
—Estas llenando todo el café de babas Liz.
Puse la cafetera que tenía en la mano en el mostrador y después me coloqué mi delantal y la pequeña placa que citaba “Elizabeth” en mi pecho.
El día transcurrió sin ningún acontecimiento interesante, hasta que, cuando por fin iba a terminar mi turno, Andrés paso a mi lado mientras limpiaba una mesa, me tomó por el brazo y me llevó con él.
—¿Qué haces? ¿Qué pasa? —cuestioné cuándo llegábamos a la caja.
—No entres en pánico, pero ¿adivina quién acaba de entrar en el restaurante?
Confundida, giré el rostro sutilmente y ahí estaba él, Gabriel. Perfecto aún con su bata de médico, y luciendo tan atractivo como de costumbre, tenía la cabeza baja por lo que supuse que estaba cansado.
—Mierda —susurré.
—¿No te vas a acobardar ahora verdad? —me recriminó Andrés —. Puede que sea tu única oportunidad.
—No. Yo puedo —aseguré más para mí que para él.
Peiné mi cabello con las manos, alisé mi delantal, e ignorando el temblor de mis piernas caminé hacia Gabriel. Su aroma era una mezcla de tabaco con perfume de hombre y ese particular olor a hospitales que imposible definir. Para mí fue perfecto. Él seguía en la misma posición de antes, con su cara encarando la mesa, por lo que tuve que carraspear.
—Un café negro por favor —pidió manteniendo la posición.
—¿Algo más? —pregunté intentando llamar su atención, pero no funcionó.
—Nada. Gracias —se limitó a decir y yo sentí mi estómago revolverse.
Confundida y decepcionada, me di la vuelta y fui hasta la barra por la cafetera y una taza. Volví a la mesa donde estaba Gabriel y decidí intentarlo una última vez.
—Un poco tarde para café ¿No te parece?
Finalmente me encaró y entonces deseé que no lo hubiese hecho, su expresión era dura, y sus palabras lo fueron aún más.
—Para llevar, gracias.
Sintiendo el calor recorrer mis mejillas y extremidades, retiré la taza donde estaba a punto de servir, la cafetera, y fui por el envase para llevar dónde serví el café y regresé a la mesa.
—Quédate con el cambio —fueron sus últimas palabras antes de poner un billete en la mesa, tomar el café y salir bruscamente del local.
De los muchos escenarios que había imaginado al conocernos, nunca me planteé ese. Estaba avergonzada y decepcionada. Una vez más, las cosas no habían salido para nada como lo esperaba.
—Que imbécil—refunfuñó Andrés a mi lado —. No te sientas mal Liz, obviamente el del problema es él.
Le dediqué una sonrisa triste y me quité el delantal para buscar mis cosas porque ya era la hora de salida.
Mientras salíamos del restaurante, seguía repasando el fatídico encuentro con Gabriel, pero Andrés me sacó de mis pensamientos para darme una noticia.
—Liz, hay algo que tengo que decirte. Sé que no estás de humor, pero se me acaba el tiempo.
—¿Qué pasa? —inquirí nerviosa, porque él nunca se comportaba serio.
—Voy a mudarme. Un amigo me invitó a pasar una temporada en Los Ángeles y voy a ir, porque ¿quién no querría vivir en Los Ángeles?
Íbamos caminando del brazo y digerí sus palabras en silencio. Me concentré en el aroma a petricor que tanto me gustaba y por algún motivo me calmaba.
—¿Vas a estar bien sin mí?—me tanteó a modo de chiste, pero lo cierto era que lo iba a extrañar muchísimo.
—Claro, digo, quiero lo mejor para ti, y si es lo que te hace feliz…
La verdad la idea de perder a uno de los dos únicos amigos que tenía me ponía muy triste, pero no podía ser tan mezquina como para no alegrarme por él.
—Voy a renunciar pronto porque debo comenzar con los trámites y todo eso. Sé que no es tu mejor día, pero te lo tenía que decir.
—Claro, entiendo. No te preocupes por mí. Sé que te va a ir muy bien en LA.
—Te invitaría a venir conmigo, pero con eso de que tienes un romance con Seattle y es la razón por la que viniste a los Estados Unidos…
—No te preocupes por mí. Solo… no destruyas LA ¿vale? —le dije bromeando y apuramos el paso gracias a las gotas de lluvia que empezaban a caer.
Cuando llegué al apartamento, Clara estaba haciendo yoga y había encendido un montón de incienso. La saludé vagamente porque se suponía que estaba intentando relajarse y saqué una botella de vino barato de la nevera que me empiné sin siquiera servir. Mi amiga que estaba de cabeza, me miró con incredulidad para abandonar su pose y caminar hacia mí.
—¿Quieres intentar hacer algo de yoga conmigo? Puede ayudar a relajarte —me ofreció.
—Tú tienes tus método, yo tengo los míos —espeté alzando la botella de vino.
Clara se sentó en uno de los bancos del mesón, cruzó los brazos y buscó mi mirada.
Comencé a despotricar sobre mi día, el fiasco de Gabriel, la partida de Andrés y mi precaria situación económica.
Clara me escuchó paciente e incluso se tomó un par de tragos de vino conmigo, me dio ánimos diciéndome que los primeros años de un emigrante siempre eran difíciles, pero que pronto las cosas mejorarían, y que no estaba sola, ya que siempre podía contar con ella. Poco después se fue a dormir y yo me quedé despierta hasta muy tarde lavando mis uniformes y organizando el apartamento.
Ya en la cama comencé a jugar con un hilo que sobresalía de mi colcha y a darle vueltas nuevamente a los acontecimientos de mi día, Gabriel ni siquiera se había molestado en verme, y trabajar sin Andrés sería sumamente tedioso. Triste y acongojada abracé la almohada para intentar dormir. Lo que no sabía, y no habría podido imaginar, es que ese sería por mucho, el último día normal de mi vida…
Capítulo 2
Despertar
Sabia de la existencia el exterior, me llamaba, pero no podía alcanzarlo. Seguía en ese estado de alerta que me permitía pensar, pero no activar mi cuerpo. No era capaz de sacudirme la somnolencia y escapar de limbo de la semiinconsciencia. Aún no….
Uno, dos, tres, cuatro…
Contaba las palpitaciones en mi cabeza para sintonizar la realidad, con mucho esfuerzo mis párpados finalmente se separaron; los cerré instintivamente, cualquier cantidad de luz era demasiada. En unos segundos sopesé mi situación: no estaba en mi cama. Intenté hacer inventario de mi cuerpo para tener una pista de que me había pasado, pero solo se sentía…. entumecido.
Tragué hondo e intenté abrir los ojos una vez más, aunque dolía, los mantuve abiertos y me esforcé por enfocar, estaban empañados y todo era borroso. Carraspeé débilmente mientras se aclaraba mi visión. Definitivamente algo pasó, algo ME pasó. Estaba en un hospital, en una habitación inmensa que me hacía sentir diminuta.
Hice un esfuerzo por incorporarme, pero el cuerpo no me respondía, estaba tan débil… obligué a mis extremidades a colaborar conmigo y después de tres intentos logré encaramarme un poco sobre las almohadas. A medida que mi cuerpo comenzaba a despertar, me arrepentí. Sentía como si me hubiese caído en las vías de un tren, y mi dolor de cabeza estaba ahora acompañado por un dolor general. Era imposible identificar dónde comenzaba una molestia y terminaba otra, se sentía como una vívida pesadilla.
Estaba frotando mi sien e intentando organizar ideas cuándo un ruido me puso en alerta. Una enfermera entró en la habitación, parecía sorprendida de verme despierta.
—Qué bueno que estás despierta, voy a llamar al doctor y regreso enseguida. —Antes de salir me dedicó una amable sonrisa.
No pude responderle nada, no estaba segura siquiera de poder hablar, así que solo miré a mí alrededor. La habitación estaba ubicada en un piso alto, y un par de edificios en mi ventana me dieron una pista de dónde podría estar….
No podía ser….
La enfermera amable volvió, pero no con un doctor sino con Clara, que también parecía muy aliviada de verme consiente.
—Elizabeth, gracias a Dios estás despierta. Estábamos tan preocupados —me saludó desde el pié de mi cama, sin hacer contacto conmigo.
La enfermera por otra parte hacia algo en mi vía intravenosa, le habría preguntado qué, si no tuviese problemas más urgentes.
—Clara…—mi voz salió como un susurro y me dolió la garganta al pronunciar esa única palabra, pero tenía que continuar —, ¿por qué me trajiste aquí? Estás loca… no puedo pagar este lugar… y mis papeles….
Clara me miró como si no me hubiese metido en el problema más grande de mi vida y la loca fuese yo, un hospital así, sin papeles… deseé perder la conciencia de nuevo. En ese momento llegó el que supuse era el doctor, un hombre mayor y de cabello canoso que transmitía tranquilidad.
Él abrió la boca la saludarme, pero Clara le hizo un gesto con la mano.
—Espera Elizabeth, ¿Por qué dices eso? ¿Por qué te preocupas por el hospital?
No podía creer que me estuviese haciendo esa pregunta, supuse que quizás quería que el doctor sintiera empatía por mí.
—Porque no puedo pagar ni una cura aquí, mucho menos una hospitalización. ¿Por qué no me llevaste a otro sitio?
A pesar de que mi cabeza iba a explotar, noté como el doctor me miraba con los ojos entrecerrados y después intercambiaba una mirada tranquilizante con Clara antes de hablar.
—Elizabeth, soy el doctor Silva, te he estado tratando y quiero que respondas algunas preguntas para mí, ¿Puedes hacer eso? —Después de ver qué asentí, el doctor continuo —¿Qué edad tienes Elizabeth?
La pregunta me pareció tonta, de seguro eso estaba en mi historia.
—Veintitrés —respondí y vi por la periferia como Clara tragaba hondo. El doctor se acercó más a mí y lanzó su siguiente pregunta.
—¿Dónde vives Elizabeth?
Con el corazón desbocado, me las arreglé para recitar la dirección del apartamento. Los gestos nerviosos e inquietos de Clara me ponían muy ansiosa, pero por más que intentaba descifrarlo no lograba comprender que andaba mal.
—¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema? —pregunté por fin, desesperada.
El amable doctor se sentó en mi cama, manteniendo una distancia prudente, y comenzó:
—Verás Elizabeth, temía que esto pudiese pasar por los resultados que arrojaban tus exámenes, pero sufriste un daño severo en el hipocampo y al parecer estamos frente a un leve caso de amnesia retrograda, digo leve porque podría ser mucho peor, sin embargo solo pareces haber olvidado un corto lapso de tu vida, el más reciente.
Sentí como mi corazón caía hacia mi estómago. ¿Qué era eso que no recordaba? Me tranquilicé a mí misma diciéndome que no era tan malo ya que seguía el país, y además, basándome en donde me encontraba, era posible que la situación de mis papeles se hubiese resuelto.
—¿Y de que me perdí? ¿Qué es lo que no puedo recordar? —inquirí muerta de curiosidad, mientras el doctor apuntaba una brillante luz en mis pupilas.
Después de hacer un gesto de afirmación, le indicó a la enfermera que lo siguiera.
—Voy a dejar que tu amiga te ponga al tanto de eso, yo tengo que hablar con... alguien. Vuelvo en unos minutos. —Y se marchó.
Una vez solas, Clara ocupó el lugar del doctor sentándose a mi lado. Estaba cautelosa cuando tomó mi mano.
—Bien Liz, ¿Qué es lo último que recuerdas?
Escarbé en mi cabeza en búsqueda del recuerdo más reciente antes de ese día, y al cabo de un rato tenía una secuencia, o al menos eso creía.
—Que Andrés se iba, que se mudaría a Los Ángeles —expresé temerosa de averiguar si en efecto eso había ocurrido.
—De acuerdo, eso pasó, hace dos años no vemos a Andrés.
—¿Dos años? —chillé y por primera vez la gravedad de mi situación me golpeó con fuerza. ¿No recordaba dos años de mi vida? Eso quería decir que ahora tenía veinticinco. A ese punto estaba esforzándome por respirar.
—¿Es lo último que recuerdas entonces? ¿Cuándo Andrés estaba por irse? —Asentí, sin encontrar fuerzas para volver a hablar—. Elizabeth, ¿el nombre Gabriel Monroe significa algo para ti?
Contuve la respiración al recordar lo decepcionante y vergonzosa que fue esa situación.
—Lo… conozco —admití en voz baja —. ¿Por qué?
Clara frunció los labios y parecía estar buscando las palabras para explicarse cuando su mirada se detuvo en mi brazo derecho. La seguí y noté que sus ojos estaban clavados en mi brazalete médico, lo giré para observarlo y en el se leía “Señora Monroe”.
Una vez más sentí que caía al vacío, no entendía nada, tenía que ser un error.
—¿Solo recuerdas haberlo conocido? —insistió Clara y asentí —, ¿nada más? —negué, aun esforzándome por respirar. Clara simplemente lanzó la bomba que yo ya intentaba asimilar —. Liz, te casaste con él.
A ese punto solo había dos opciones, o estaba teniendo el más extraño y vívido sueño, o me estaban gastando una broma cruel. Probablemente era la segunda, el dolor en mi cabeza y cuerpo era real, así que seguramente era un chiste y Andrés estaba por ahí, escondido en alguna parte.
Pero como un extraño indicio de que ninguna de mis sospechas era cierta, la puerta de la habitación se abrió y entró él, Gabriel. Tal como se veía siempre al llegar al hospital, llevaba una de aquellas camisas que dejaba ver sus músculos de tamaño perfecto a través de la tela. Su barba corta era un poco más larga que de costumbre, y en su presencia la habitación se volvió borrosa.
A pesar de que su ceño demostraba confusión, se le escapó una tierna sonrisa que me permitió ver por primera vez su encanto de cerca. Todo en él era atractivo, todo en él parecía irreal, y era imposible que fuese mío.
Se acercó rápidamente a la cama y Clara se alejó para que él tomase su lugar a mi lado. Me tomó por los hombros y buscó mi mirada, la suya seguía siendo de confusión. Besó mi sien y me sentí realmente despierta por primera vez cuando su aroma varonil y peculiar acarició mi nariz. De la nada todos mis sentidos estaban despiertos, respondiendo a él. Me soltó y se sentó frente a mí. Yo estaba mareada.
—Elizabeth. —Su voz no era en absoluto como la recordaba, había una ternura inmensa en ella esta vez. Antes de continuar, besó mi mano —. ¿Sabes quién soy? —Mientras me preguntaba, noté que sus ojos estaban algo hundidos, como si estuviese cansado. Asentí lentamente y él prosiguió —. ¿Me recuerdas? —insistió y de nuevo asentí —. ¿Qué es lo que recuerdas, Elizabeth?
No me sentía capaz de hablar con él, pero debía intentarlo, estaba tan cerca de mí y demandando respuestas, por lo que me esforcé.
—Recuerdo… que nos conocimos… que fuiste al restaurant y pediste café… para llevar.
La unión en su entrecejo se acentuó y también su agarre en mi mano.
—¿Nada más? —. Parecía decepcionado, pero no pude hacer más que negar. Una risa amarga escapó de sus labios y aún ese gesto, en él era atractivo —. ¿Así que la única interacción que recuerdas entre nosotros es cuando fui un imbécil contigo?
No respondí pues no me pareció una pregunta real, aunque nada de esa situación parecía real, excepto quizás su aroma y las líneas de su brazo.
—Mi amor…—comenzó y sus palabras me hicieron sentir muy consciente de los violentos latidos de mi corazón—, no puedo imaginarme cómo te sientes, pero es importante que sepas que todo va a estar bien, que no debes tener miedo. El doctor Silva cree que tú amnesia puede ser temporal y que poco a poco los recuerdos volverán solos a medida de que te recuperes —me explicó aquella criatura gloriosa que además me miraba con desconcertante afección.
Tuve la impresión de que Gabriel intentaba animarse más a si mismo que a mí, y resistí el impulso de acariciar su mejilla y consolarlo. Su última palabra detonó algo en mi cabeza y en ese momento comprendí que aún no sabía que me había sucedido.
—¿Qué me pasó? ¿Cómo llegué aquí?
Gabriel tensó la mandíbula y ese gesto en su rostro me resulto familiar. Escrutó mi mirada antes de responderme con tono definitivo:
—Tuviste un accidente automovilístico.
Tras él, Clara contrajo el rostro de manera tan brusca que llamó mi atención, y eso, aunado a mi estado físico, me dio una idea de que tan grave había sido el accidente. Al darse cuenta que la estaba observando, mi amiga me sonrió de manera tranquilizante. Eso fue extraño. Todo en general era inverosímil. La cabeza me daba vueltas y a pesar de no tener mucho despierta, me sentí agotada.
El doctor volvió y en un principio solo parecía estar observando nuestra interacción, o mis reacciones con expresión evaluativa, después de eso, se dirigió a mí.
—Elizabeth, contamos con personal capacitado para lidiar con situaciones como la tuya, si deseas, puede visitarte una doctora que te guiará en todo el proceso de adaptación.
Gabriel me observaba con atención y seguía sosteniendo mi mano. No podía dejar de pensar que todo era una broma.
—Estoy bien doctor, gracias. Solo… cansada.
—Bien, en ese caso me gustaría hacerte un par de exámenes y después te dejaremos descansar.
Agradecí cuando me metieron en una ruidosa máquina a hacerme una resonancia magnética; el doctor me explicó que debía evaluar nuevamente mis lesiones ahora que estaba despierta, pero en general su pronóstico era alentador.
La presencia de Gabriel me abrumaba y la separación me dio la oportunidad de asimilar mi nueva e imposible situación. Hacía nada, moría por una oportunidad de hablar con Gabriel, y en un abrir y cerrar de ojos él me miraba como si fuese un precioso premio recién ganado. Era demasiado bueno para ser verdad; probablemente no lo era.
Al momento de volver a la habitación seguía sin recordar o comprender nada.
Una vez ahí me sentí incómoda, por lo que le pedí a Clara que me ayudara a darme un baño. Ella y la enfermera que me había llevado a la máquina de resonancia me asistieron e instantáneamente me sentí mejor. En el baño tuve la oportunidad de comprobar mi estado físico y me estremecí cuando vi mi cuerpo en el espejo. Era un milagro que estuviese viva. Lo que más llamó mi atención fue que a pesar de que mi cuerpo estaba destrozado, mi cara estaba ilesa, y eso era sencillamente… extraño.
Capítulo 3
La explicación
Cuando salimos del baño, Gabriel estaba de espaldas mirando por una ventana, hasta que el ruido lo alertó de nuestra presencia. Se acercó con prisa a mí y me ayudó a subir a la cama.
La manera en que me manipulaba me resultó curiosa, trataba mi cuerpo como si en efecto hubiese mucha intimidad entre nosotros, sin pena y sin más cuidado que el de no lastimarme. La idea de las cosas que sucedieron entre él y yo para alcanzar ese nivel de confianza erizó mi piel. Y de alguna forma él lo sintió, lo supe cuando una sonrisa pícara curvó sus labios y por primera vez nuestras miradas se cruzaron con cierta complicidad. Como si ambos supiésemos lo que estaba pensando el otro.
Una vez más se abrió la puerta y el doctor Silva entró de nuevo.
—¿Cómo está mi paciente predilecta? —me preguntó acercándose al pie de la cama.
—¿Es posible que sea su favorita porque estaba inconsciente y no di problemas?
—No Elizabeth, eres mi favorita por ser la esposa de un querido amigo y colega. Gabriel es casi como un hijo para mí, aunque te habría cuidado bien de cualquier manera.
Me giré hacia Gabriel que estaba junto a mí cama de brazos cruzados. Después de observarlo unos segundos casi pude escuchar a Andrés burlándose de mí por babearme de nuevo. El doctor carraspeó y llamó mi atención de nuevo.
—Es momento de que descanses. La hora de la visita ya terminó.
—¿Tengo que quedarme sola? —pregunté con nervios.
—Por supuesto que no mi amor, yo voy a quedarme contigo —aclaró Gabriel a mi lado y acarició mi cabello.
Clara se acercó a mí y besó mi frente antes de hablarme.
—Volveré por la mañana. Voy a llamar a tus papás y a contarles que estás mejor Liz. Descansa. —Me dio un abrazo y después se marchó.
El doctor le siguió, no sin antes decir que no dudáramos en llamarlo si lo necesitábamos.
Una vez a solas con Gabriel, fue como si las paredes de la habitación se cerraran a mí alrededor. Él se sentó a mi lado y buscó mi mirada.
—¿Cómo te sientes?
—Confundida —admití en un bajo susurro, sintiéndome más intimidada de lo que habría creído posible.
—Debes tener muchas preguntas. Puedes hacerlas con confianza.
Gabriel no era sutil en sus gestos, se había acercado mucho a mí y nuestros rostros estaban a solo centímetros de distancia, además posó su mano derecha en mi muslo y aunque lo hizo con mucha casualidad, yo podía sentir presión y hormigueo en nuestro contacto. Era difícil concentrarme teniéndolo así.
—Es solo que… no entiendo cómo llegamos a este punto…
Él me miró frunciendo los labios y pareció pensar en su respuesta por unos segundos.
—Entiendo que es difícil de asimilar teniendo en cuenta lo que recuerdas. Te aclararé todo, y en mi defensa, cuándo te expliqué esto antes y me disculpé, funcionó. Espero tener la misma suerte. —Peinó mi cabello con ternura mientras soltaba aire y después comenzó —. Elizabeth, el día que nos conocimos yo… la estaba pasando muy mal. Fue posiblemente el peor día de mi vida, hasta que ocurrió tu accidente, claro. Fui a ese restaurant a intentar tranquilizarme, en busca de algo de paz, y aunque sé que eso no justifica el hecho de que me haya portado como un patán, créeme cuando te digo que estaba muy turbado y que mi actitud no tenía nada que ver contigo.
Hizo una pausa, y me pareció que esperaba mi reacción o que dijera algo, por lo que lo invité a aclarar.
—¿Qué fue lo que pasó?
Gabriel se tensó, como si quisiera evitar recordar, y una vez más soltó aire antes de hablar.
—Tuve una paciente hace un par de años. Ella tenía una condición con la que podía vivir fácilmente por mucho tiempo. Yo acababa de especializarme, era parte de un grupo de investigación y la convencí de probar un procedimiento, estaba seguro de poder mejorar su calidad de vida, y aunque su marido se negó rotundamente, lo hicimos… y murió en mi mesa. —Las palabras de Gabriel estaban impregnadas de sentimientos, aquel evento aún le dolía… dos años después.
—Estoy segura de que no fue tu culpa —lo consolé y él me sonrió con tristeza.
—Sigo sin entender que salió mal. El punto es que fue y sigue siendo algo muy delicado para mí. Estuve deprimido por un tiempo y solo tú pudiste sacarme del hueco en el que había caído.
—¿Yo?
—Con el pasar de los días no podía dejar de pensar en ti, en lo mal que me había portado y en tu cara de decepción y tristeza. Aparecías en mi mente muy seguido y me enfurecía saber que había sido yo quien te hizo sentir así… fui a buscarte al restaurant y me disculpé contigo. No fue fácil, estabas renuente, pero te convencí de que me dejaras invitarte algo de tomar y esa noche… fue nuestra primera cita. Después eso no hay mucho que pueda explicarte. Nos volvimos prácticamente inseparables, me enamoré hasta los tuétanos de ti y poco después te pedí que te casaras conmigo.
El sentimiento en su voz cambió de tono. Ya no estaba dolido, sino esperanzado y… ¿enamorado? Mientras él intentaba descifrar mi expresión, yo imaginaba como había sucedido todo aquello, como Gabriel, el hombre de mis sueños se había enamorado de mí.
—Una imagen vale más que mil palabras ¿Cierto? —Sacó su teléfono del bolsillo del pantalón y se acomodó a mi lado, me rodeó con su brazo izquierdo y la sensación fue…. intensa. Agradable, pero abrumante.
Por supuesto la fotografía en su fondo de pantalla era nuestra, ambos abrazados en lo que parecía ser una noche fría en la ciudad. Gabriel bajó tanto como pudo en el carrete de fotos y me mostró una cronología de imágenes de nuestra relación de dos años. Pude incluso apreciar la evolución de la misma a medida que las imágenes se volvían más y más íntimas. Nuestra boda, en la cama, en la playa, alguna cena, incluso había un par de fotografías mías durmiendo en su regazo.
A ese punto ya sabía algunas cosas de Gabriel, no era sutil ni considerado, era un hombre sentimental y aparentemente estaba muy enamorado.
Vimos fotos hasta muy tarde y en algún punto mis ojos comenzaron a pesar, Gabriel besó mi frente y me cubrió con la sábana, pero en ningún momento mostró intenciones de abandonar mi cama. Me quedé dormida en sus brazos preguntándome cómo podía todo aquello ser real.
Un par de veces me desperté con dolor en la noche, sobre todo en mi mano que aparentemente estaba rota pues tenía una venda gruesa. Gabriel tenía el sueño muy liviano y estuvo atento en todo momento. Sus actos, sus extremos cuidados y atenciones lo hacían aún más irreal para mí.
Cuando desperté en la mañana estaba sola, pero él entró poco después en la habitación con el doctor Silva.
—¿Cómo te sientes Elizabeth? —quiso saber el doctor y se acercó a colocar un líquido en mi vía intravenosa.
—Bien. Un poco adolorida nada más. ¿Qué es? —pregunté señalando la jeringa ahora vacía.
—Antibióticos.
—¿Para qué? —quise saber porque hasta donde sabía solo tenía golpes.
—Tienes una herida en el costado. ¿No la sentiste ayer cuando te bañaste?
—La enfermera y Clara me ayudaron. No lo noté —admití avergonzada.
—Eso es bueno. Quiere decir que no te molesta demasiado.
Gabriel simplemente nos observaba en silencio, y estaba muy serio por alguna razón.
—¿Mi mano está rota? —pregunté levantando el brazo.
—A estas alturas ya está prácticamente curada. Tampoco me preocuparía por eso.
—¿A estas alturas? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
El doctor miró a Gabriel antes de dirigirse de nuevo a mí.
—Tu accidente fue hace dos semanas Elizabeth. En ese tiempo mejoraste sustancialmente. De hecho le decía a Gabriel que estás lista para ir a casa. Todas tus heridas son superficiales y ahora que culmines el tratamiento voy a darte de alta. Solo voy a hacerte un eco pélvico abdominal para descartar cualquier complicación.
Gabriel se acercó a mí y besó mi coronilla. Noté que olía muy bien, a colonia y extrañamente, no olía a cigarro. Cuando pensaba en él, cosa que pasaba a menudo, siempre estaba con un cigarrillo entre sus labios.
Me realizaron el examen en la misma habitación, llevando el aparato hasta ahí, y justo cuando el doctor me decía que todo estaba en orden y podía ir a casa, llegó Clara.
—Perdóname por no haber venido antes. ¿Cómo te sientes?
—Adolorida. Lo bueno es que el doctor va a darme de alta.
—Qué bueno Liz, la vibra en los hospitales no es buena. ¿Aún no… recuerdas nada?
—No. Pero creo que es muy pronto. Siento que una parte de mí sigue dormida.
Antes de marcharse, el doctor me indicó que era libre de irme. Lo cual me generó una interrogante importante.
—¿Y a dónde… iría? —pregunté a Gabriel y a Clara con nervios.
Gabriel entornó la mirada como si mi pregunta fuese ambigua y tragó hondo antes de responderme.
—A casa por supuesto. Conmigo —respondió en tono definitivo y me pareció que duro.
Miré a Clara que parecía incómoda de pronto.
—Te prometo que voy a visitarte tanto como pueda y ayudarte a adaptarte —se ofreció.
—Entiendo que… —Comenzó Gabriel, cauto —. Entiendo que no es lo que recuerdas Elizabeth, pero es lo mejor para ti. Estar en tu casa y tú ambiente puede ayudarte a recordar.
Asentí porque era fácil entender que no era una negociación. Iba a pasar de cualquier manera.
Clara me ayudó a darme otro baño y pude apreciar la herida a la que se había referido el doctor. Era un corte limpio lo que me extrañó habiéndose tratado de un aparatoso accidente, pero no quise indagar demasiado en mis lesiones. Había morados y magulladuras dónde mirara, y verme así me producía arcadas.
—¿Vas a estar bien? —me preguntó mi amiga mientras me ayudaba a vestirme.
—Sí, es solo que es… extraño. Me siento… vulnerable.
—Entiendo. Pero si te sirve de algo estás locamente enamorada de él, y él de ti.
—Si eso es cierto, me siento aún más nerviosa —admití.
—Voy a estar para ti Liz, no vas a estar sola. Y aunque no estemos bajo el mismo techo, puedes llamarme cuando me necesites.
Eso me hizo me recordar algo.
—¿Y mi teléfono?
Clara torció el gesto antes de responder.
—Tengo entendido que se perdió, pero estoy segura de que Gabriel puede reemplazarlo y también de que puedes recuperar tu información.
Capítulo 4
Hogar
El viaje en el carro fue tranquilo, Gabriel manejaba en silencio, aunque cada tanto me daba miradas de evaluación a través del retrovisor. Clara que estaba a mi lado en el asiento trasero, me sonreía de vez en cuando como señal de apoyo. Llegamos pronto y aunque me sentía capaz de caminar, al bajar de carro Gabriel me ubicó en la misma silla de rueda en la que había dejado el hospital.
La fachada frente a nosotros era impresionante, pertenecía a una casa muy grande y moderna, con muchos alrededores y plantas, era de color beige con pilares y rejas dorados. No estaba cerca de alguna calle o avenida, por lo que tuvimos que adentrarnos en caminos verdes para llegar a ella. El aire en el ambiente era puro, de mera naturaleza, y me detuve un segundo a disfrutarlo. Fue como una dosis de realidad, un recordatorio de que estaba viva y no soñando como me sentía.
El interior de la casa era muy parecido al exterior, moderna, en tonos claros, muy espaciosa y con decoración minimalista: un set de muebles marrones, una chimenea que ocupaba la mitad de la pared frente a mí, y un ventanal a través del cual solo se veían árboles, muchos árboles.
Aunque los elementos a mi alrededor eran contados, seguía resultándome abrumante evaluar y asimilar mi entorno, en especial si estaba tan intrínsecamente relacionado con Gabriel. Que todo en ese lugar hubiese sido escogido y tocado por él me resultaba intimidante. La estancia también olía a él. Era como si todo, yo incluida, le perteneciera. En todo momento agradecí la presencia de Clara que era lo único familiar y conocido que tenía en ese momento.
Tres personas con aspecto y poses formales nos recibieron en lo que aparentemente era la sala. Una mujer y dos hombres. Gabriel guió mi silla de ruedas hasta quedar frente a ellos y nos presentó.
—Mi amor, ella es la señora Mary, nos ayuda con las cosas de la casa: la comida, limpieza, lavandería…
—Bienvenida Elizabeth —me saludó la señora mayor. Llevaba ropa holgada y el cabello blanco recogido en un moño alto. Le dediqué una sonrisa rápida en respuesta.
—Él es Francisco, somos amigos desde hace años y me ayuda con la seguridad de la casa y la nuestra —me explicó Gabriel refiriéndose al hombre del medio, debía tener más o menos su edad, era caucásico, de ojos grises y cabello abundante. Su expresión era pétrea, pero supuse que era parte de su trabajo.
—Elizabeth —se limitó a decir e inclinó la cabeza en mi dirección.
—Y él es Maximiliano, la mano derecha de Francisco con los asuntos de seguridad. Los tres están a tu disposición para cualquier cosa que necesites.
Maximiliano aparentaba ser menor que Gabriel y Francisco, y su rostro y expresión eran mucho más amables.
—Gracias —murmuré tímidamente y los tres me sonrieron con educación. Me pareció absurdo decir “mucho gusto” ya que por lo visto nos conocimos de antes.
Gabriel hizo ademán de levantarme de la silla y yo le facilité la tarea alzándome, Clara salió de nuevo a bajar algunas cosas del carro acompañada del hombre llamado Maximiliano y Gabriel me tomó entre sus brazos y me cargó escaleras arriba como si fuésemos recién casados. Era lo más cerca que habíamos estado, y su proximidad parecía estar a punto de explotar mi corazón. Seguía esperando el momento en el que me dijera que todo era un chiste cruel.
Al llegar al piso de arriba nos adentró en el pasillo y luego entramos en una gran habitación muy parecida al resto de la casa. No había muchas cosas en ella, una enorme cama, una peinadora, dos puertas adyacentes, (supuse que serían el baño y el closet) y una gran ventana con vista al forraje que rodeaba gran parte de la casa.
Gabriel me depositó en la cama con cuidado y se sentó a mi lado.
—¿Hay algo que quieras o necesites? —preguntó acariciando mi cabello.
Esperaba que ese estado lerdo en el que me encontraba se debiera a mi accidente y que no fuese su efecto regular en mí.
—No, nada. Bueno, quería preguntarte por mi teléfono, Clara me dijo que se perdió.
—Si mi amor, quedó inservible. Pero hoy mismo envío a alguno de los chicos a comprar uno nuevo. ¿Algo más?
Negué con la cabeza y él besó mi mejilla.
—Tengo que hablar con el personal, y me imagino que querrás un momento a solas con Clara, regreso en un rato —se despidió y esta vez besó la comisura de mis labios lo que me hizo dar un respingo involuntario que por supuesto él noto.
En efecto Clara entró en la habitación poco después, llamamos a mis padres desde su teléfono y hablé con ellos por casi dos horas. Ellos estaban muy al tanto de mi situación con Gabriel, y eso, al igual que el nanosegundo en el que nuestros labios se rozaron, fue un como un pellizco de realidad.
Ya entrada la tarde y después de ayudarme a bañarme y vestirme, mi amiga se despidió dejándome sola, y me prometió volver cuando sus responsabilidades se lo permitieran.
Gabriel apareció en la habitación inmediatamente después de la partida de Clara, aparentemente no tenían intenciones de dejarme sola, aunque francamente lo necesitaba para aclarar mi mente. Al tenerlo cerca, nacía en mí la urgencia de escrutarlo y de esa forma, con suerte, asimilarlo. De no ser una conducta sumamente extraña, habría palpado su rostro, torso y brazos con mis manos. Él traía consigo una delgada laptop que depositó en mi regazo con cuidado.
—Mientras Francisco vuelve con el teléfono puedes echarle un vistazo a tu computadora. Me imagino que encontraras el tipo de información que buscas ahí.
Me sonrojé al darme cuenta que él sabía exactamente para que quería mi celular. Me dijo que iba a bañarse y tras buscar en el closet ropa de dormir, vi su espalda ancha desaparecer por la puerta del baño.
Lo primero que revisé fueron mis correos electrónicos, no había nada demasiado importante, principalmente cosas de trabajo: exámenes de laboratorio de algunas mascotas, imágenes de rayos X, facturas de pago y cosas por el estilo.
Entre los correos que intercambiaba con Gabriel tampoco había nada relevante. Por lo visto no nos comunicábamos mucho por esa vía, y la poca interacción que encontré entre nosotros eran enlaces de una página web de viajes, a los que según las fotos que había visto la noche anterior, fuimos.
Revisé las carpetas de fotos y encontré muchas similares a las que él me había mostrado. Además de eso, nada.
Estaba cerrando la laptop cuando Gabriel salió del baño. Se había puesto solo un mono de dormir y su esculpido torso estaba al descubierto. Me revolví inquieta resintiendo esa extraña necesidad de tocarlo y puse la laptop en la mesa de noche por hacer algo.
—¿Encontraste algo interesante? —me preguntó mientras pasaba frente a mi secándose el cabello con la toalla, pero sin dejar de mirarme.
—No mucho. Aparentemente tengo una vida muy… normal.
No pude ver su reacción porque justo en ese momento me daba la espalda para tender la toalla en la silla de la peinadora, pero tardó más de lo normal en girarse y encararme.
—¿Normal como aburrida? —se recostó de la silla y cruzó los brazos mientras preguntaba aquello.
—No, no fue eso lo que quise decir. Me refería a que… Bueno la última vez que revisé mi correo electrónico estaba lleno de facturas por pagar y documentos de mi abogado de migración.
Él sopeso mis palabras aún desde su posición y me respondió:
—Lo de tus papeles quedó resuelto cuando nos casamos Elizabeth, y por supuesto no tenemos ningún tipo de problema económico.
—Claro, entiendo —consentí al pensar en la casa y lo poco que había visto de él hasta el momento.
Se acercó a mí y de nuevo se sentó a mi lado, me pareció que actuaba con cierta cautela, lo cual me ponía más nerviosa aún.
—¿Alguna otra cosa que quieras aclarar? —me preguntó ladeando la cabeza. Negué con la mía sintiendo la garganta seca a causa de su cercanía. Él comenzó a acariciar mis brazos con el dorso de sus dedos y cada una de mis terminaciones nerviosas iba despertando con el paso de su tacto —. ¿Sabías que nuestro cuerpo también almacena recuerdos? No solo están en la mente.
No respondí, no me moví, las implicaciones de sus palabras y la intensidad de su mirada me dieron un claro indicio de que iba a hacer a continuación. Mirándome fijamente a los ojos, Gabriel se acercó lentamente a mí e instintivamente cerré los ojos, su rostro estaba tan cerca del mío que su aliento cosquilleaba en mi rostro. Pero cuando sus labios se posaron en mí, lo hicieron en la parte de atrás mi oreja. Con una mano se aferraba sutilmente a mi cabeza, mientras plantaba un camino de besos por todo mi cuello, hasta llegar al otro extremo.
Mi respiración era ruidosa y entrecortada, estaba perdida en el cúmulo de sensaciones que sus labios me producían, pero sentir la intensidad de su mirada me obligó a abrir los ojos. No supe si quería mi permiso o era solo un aviso, pero casi inmediatamente después que nos miramos buscó mis labios aun aferrándome a él. Respondí a su beso con un leve gemido, él sabía mejor de lo que siempre había imaginado, y sus labios carnosos se movían con experticia en mi boca, como si le perteneciera, como si comerme a besos fuese normal.
Suavizó el ritmo del beso y una parte de mi lo agradeció, podía respirar. Pero otra parte, quizás la más predominante lo resintió. Curiosamente el dolor en mi cuerpo se intensifico, imaginé que era porque de pronto estaba muy consciente del mismo. Separó nuestros labios y después se metió en la cama conmigo. Contuve la respiración, pero él solo me abrazó y deseó buenas noches antes de apagar la luz de la lámpara.
Capítulo 5
Primera alerta
Estaba muy cómoda, y sola… Quería seguir durmiendo, pero el recuerdo y la sensación del beso de Gabriel seguían colándose en mi mente, haciéndome imposible conciliar el sueño de nuevo. Me quedé tumbada en la cama, con el cuerpo adolorido y preguntándome por qué no me daban más analgésicos o uno más fuerte. Cuando logré desperezarme obligué a mi cuerpo a responder e ir al baño, dónde también me cepillé antes de volver a la cama.
Cuando estaba por acostarme, la puerta se abrió y Gabriel entró con una bandeja de comida. Al llegar a mí me dio un tierno beso en la comisura de los labios y me ayudó a sentarme para después poner la bandeja en mi regazo. Tenía frutas, café con leche y agua. Lo que salió de mis labios, fue completamente al azar:
—No hueles a cigarro.
Gabriel bufó y se sentó a mi lado con una sonrisa pícara y la intriga reflejada en su rostro.
—¿De dónde viene eso?
—Es que siempre que te veía… estabas fumando y pensé que… tu aroma tendría tabaco —me expliqué, en un intento fallido de no parecer loca.
Como siempre, Gabriel me examinó y después rió.
—Siempre que me veías… había olvidado que me observabas.
Mierda, ¿Él sabía de eso?
—Ya no fumo Elizabeth —me explicó sacándome del aprieto —, hace un par de años lo dejé.
—¿Por qué?
Sabía que estaba siendo molesta al respecto, pero no podía controlarlo. De Gabriel sabía solo un par de cosas, y ahora aparentemente ni eso.
Él encogió los hombros como restándole importancia, pero sus palabras fueron mucho más intensas que el gesto.
—Dicen que se requiere un vicio para socavar otro. Después que entraste a mi vida muchas cosas cambiaron. Incluyendo mis necesidades.
Mi pregunta inocente nos había llevado a terreno peligroso. Requirió de un esfuerzo hercúleo de mi parte desprenderme de su mirada demandante, que supuse significaba una cosa: cuando Gabriel me decía ese tipo de cosas, yo respondía.
Comencé a comer para aligerar el ambiente, y cómo ya había notado antes, mi marido no era sutil en sus gestos. Limpió la comisura de mis labios un par de veces, e incluso un poco de fruta que cayó en mi pecho. Cuando terminé, retiró la bandeja y puso algo mi regazo, la caja de un teléfono celular.
—Escogí el modelo que pensé que te gustaría. Y con los datos de tu correo electrónico puedes recuperar toda la información de tu cuenta.
Configuramos el teléfono juntos y no hizo falta gran esfuerzo, mis datos de acceso eran los mismos de siempre. Una vez estuvo listo, me dejó sola excusándose con que tenía que hacer unas llamadas, aunque sospeché que pretendía darme privacidad.
Revisé las llamadas y las más frecuentes eran con él, la clínica veterinaria donde trabajaba, a Clara y el número local de la casa. Imaginé que para hablar con la señora Mary. La carpeta de fotos y mis redes se parecían mucho al carrete que me había mostrado Gabriel en su teléfono y las que había visto en mi laptop.
Luego fui a los mensajes y encontré unos de Andrés y un par de personas que no conocía, pero por el contenido de los mismos debían ser compañeros de trabajo. Nerviosa por lo que pudiese encontrar, abrí la conversación con mi ahora esposo y revisé los mensajes entre nosotros.
Al principio era inofensivos, le escribí un par de veces pidiéndole que llevara cosas a la casa, como helado o vino. Más adelante las conversaciones subieron de tono cuando escuché unas notas de voz:
Yo: Amor, quería saber a qué hora llagas a casa, está mañana me levanté con unas ganas inmensas de ti y ya te habías ido.
Gabriel: Después de escuchar esto créeme que llegaré lo antes posible (risa). Tenía cirugía temprano, pero te prometo que te voy a compensar. ¿Tienes alguna… petición específica?
Yo: (suspiro) te quiero en todas partes: dentro de mí, de mi boca, entre mis senos… es lo único en lo que he podido pensar todo el día. Te dejo trabajar entonces. Nos vemos en un rato.
Gabriel: Ufff, por favor Elizabeth. ¿Cómo me haces esto? Voy saliendo para allá.
Acalorada, seguí bajando en la conversación y por suerte no había más audios explícitos, el resto era parecido al comienzo, inofensivo; hasta que llegué al final del chat, y lo que leí causó una sensación de vacío en mi estómago:
Yo: Sé que estás ocupado, pero ¿vienes a casa está noche?
Gabriel: Amor, depende de la evolución de mi paciente. Quédate con Clara si no quieres estar sola.
Yo: No es eso, quería hablar contigo.
Gabriel: ¿No puedes decírmelo por acá?
Yo: Preferiría que fuese en persona. ¿En la mañana estarás? Podemos hablar antes de que me vaya al trabajo.
Gabriel: No lo sé amor, no depende de mí. Por favor dime de que se trata, me estás volviendo loco.
Yo: Así no. Si quedas atrapado en el hospital mañana, paso por allá para que almorcemos juntos o nos tomemos un café.
Gabriel: Elizabeth, por favor, me estás matando.
Yo: Tiene que ser en persona Gabriel, es delicado.
Lo que más me turbó no fue el contenido de la conversación, sino el hecho había ocurrido un par de días antes de mi accidente….
La señora Mary llegó con mi almuerzo y no pude evitar preguntarme si en efecto Gabriel estaba ocupado o solo intentaba darme espacio. La fecha y el contenido de la conversación seguían rondando en mi cabeza, era una coincidencia muy desafortunada. Un par de bocados después, decidí que no quería comer más, mi estómago estaba revuelto y tenía mucho dolor en varias partes del cuerpo. La señora Mary volvió por la bandeja y la retiró con mirada reprobatoria. Poco después, Gabriel entró en la habitación mirándome también con desaprobación.
—Elizabeth, apenas probaste el almuerzo. ¿Te gustaría otra cosa? Solo tienes que pedirla.
—No es eso, gracias. Es solo que tengo algo de náuseas y además estoy adolorida. ¿Podrías darme la medicina para el dolor?
Mis palabras, por inocentes que las sentí, oscurecieron la mirada Gabriel. Su expresión cambió drásticamente y aunque no pude descifrar exactamente qué sentía, estaba segura de que no era nada bueno. Unos segundos después, se compuso.
—Voy por tu analgésico, pero no puedes tomarlo con el estómago vacío. Dime algo que quieras comer, lo que sea.
Para complacerlo y que su actitud no cambiara de nuevo, acepté comer más frutas. Gabriel fue por ellas y la medicina, y me observó unos minutos en silencio mientras comía. Habría dado cualquier cosa, lo poco que tenía, por saber lo que pasaba por su mente, pero como mis recursos eran limitados, me aferré a lo que podía.
—¿Está todo bien? —le pregunté y él retiró el plato vacío.
Se ubicó de nuevo a mi lado, y por su pose y actitud, sabía que mis nervios no eran en vano.
—Elizabeth yo… hay algo que tengo que decirte. Y si no lo hice antes es porque no pensé que estuvieses preparada para manejarlo. Aún no estoy seguro de que lo estés, pero a estas alturas es importante que lo sepas.
—¿Qué pasa? —le urgí con el corazón latiendo en mi garganta e imaginando lo peor.
—Quiero que entiendas que todo va a estar bien, que no tienes nada de qué preocuparte o que temer mi amor ¿Entiendes eso? —preguntó con dulzura acariciando mis mejillas.
Asentí, sin poder hablar por los nervios y con la mente y el corazón trabajando aceleradamente.
—Elizabeth tú… estás embarazada —me anunció Gabriel en tono bajo, pero contundente.
Muchas emociones me invadieron en ese momento, la más predominante fue confusión.
—¿Co…cómo? No es posible.
—Mi amor, sé que es confuso y estás abrumada…
—Es que no es… posible. No puede ser… El accidente.
—Tu embarazo es muy reciente y es por eso que creemos que no hubo complicaciones. Está muy pequeño y bien resguardo en ti. Si tú embarazo hubiese estado más avanzado la historia había sido otra. Pero es algo en lo que no puedo siquiera pensar…
Un bebé… Todo aquello era demasiado complicado de por sí, pero con un bebé… A pesar del estruendo en mi cabeza, una urgencia nació en mí:
—¿Está bien? ¿Están seguros que está bien?
Por primera vez desde que habíamos iniciado la delicada conversación, Gabriel sonrió, aunado a eso, posó su mano en mi vientre.
—Perfecto. Lo tuvimos monitoreado el tiempo que estuviste inconsciente, y antes de darte de alta también lo evaluamos. Ha sido un campeón en todo momento.
Un bebé… un campeón.
Los labios de Gabriel me sorprendieron buscando los míos, y por unos segundos, el tiempo que duró su beso, la presión en mi pecho disminuyó y respiré de nuevo. Cuando rompió nuestro contacto acarició mi rostro y me observó con atención.
—¿Estás bien? Entiendo si no.
—Estoy bien, solo… es mucho.
—Lo es mi amor. El doctor Silva recomendó que esperara un poco a qué te adaptaras a mí y a tu vida antes de decírtelo, pero no era un secreto sostenible como comprenderás. Tienes que alimentarte bien, y te doy la cantidad de analgésico que tú embarazo permite.
—Claro, entiendo, yo no…sabía.
—En un par de semanas debemos volver al hospital para un chequeo y entonces podrás ver y escuchar a nuestro bebé.
—Yo… confío en ti. Si dices todo está en orden, te creo.
Gabriel me sonrió complacido y después me dio un casto beso en los labios. Lo escaso de su contacto me decepcionó, pero no protesté. Aún sin recordarlo lo añoraba…
El resto de la tarde Gabriel me dio espacio de nuevo. Por momentos me dedicaba a pensar, otros a revisar el teléfono e incluso me quedé dormida un par de veces. Ese día Gabriel no me besó de nuevo, extraña y tristemente, ese pensamiento no me abandonó hasta que me quedé dormida.
Gabriel tenía… manos masculinas, pero las usaba con delicadeza y destreza. Amaba sus manos. Metí su dedo pulgar en mí boca y lo humedecí para después trasladarlo al punto entre el centro de mis piernas. Él lo movió exquisitamente en forma circular, pero poco después perdió la paciencia y rasgó la lencería de encaje negro. Estábamos en el closet, él en ropa de dormir y yo en ropa íntima, a ese punto solo la parte superior de la misma. Me alzó y rodeé su cintura con mis piernas al tiempo que él entraba en mí y comenzaba a embestirme con fuerza.
Me desperté ahogada, desesperada por aire. Eso había sido explícito, y muy vívido. No recordaba haber tenido nunca un sueño así, y a menudo tenía esa clase de sueños con Gabriel, pero este había sido algo más, algo distinto. ¿Era posible que se tratara de un recuerdo?
Gabriel que estaba a mi lado, despertó también, supuse que por mi ruidosa respiración. Asumiendo que se había tratado de una pesadilla, me cubrió con sus brazos y me acunó en su pecho desnudo. Intentó que le contara mi sueño, pero la idea de verbalizarlo se me hacía imposible, y más aún cuando su cálida piel hacia contacto con tantas parte de mi alterado cuerpo. Percibí su ansiedad, y cuando por fin conseguí dormirme de nuevo, él seguía abrazándome con fuerza.
La mañana siguiente me desperté muy tarde, casi al mediodía. Estaba sola y decidí que necesitaba un baño. Cuando salí de la regadera y fui al closet, me tomé por primera vez el atrevimiento de examinar mi adolorido cuerpo. Ahora que sabía que llevaba un bebé en mi vientre, quería examinar mi estado, cosa que había estado evitando los últimos días.
En el closet me invadieron los recuerdos del sueño, pero me sacudí el deseo impertinente y me quité la toalla para verme en el espejo. Era malo. La herida en mi costado tenía un montón de puntos y era bastante dramática, me extrañaba que no hubiese afectado ningún órgano. El ochenta por ciento de mi piel estaba cubierta de hematomas morados y rosados, no soporté la imagen por más de unos segundos ya que ni siquiera me veía como un ser humano.
El hecho de que Gabriel llamara a nuestro bebe “campeón” tuvo entonces mucho sentido. Me cubrí con el paño de nuevo y examiné mi cara: tenía un par de moretones, grandes ojeras y los ojos hundidos, pero nada que ver con la condición mi cuerpo, eso me pareció extraño considerado que se trataba de un accidente automovilístico, pero supuse que la bolsa de aire había protegido mi rostro.
Decidida a despejar la mente, comencé a buscar algo que ponerme, la ropa de salir estaba tendida y en los cajones no encontré nada que me sirviera, todas las prendas en ellos se parecían mucho a la que había desgarrado Gabriel en mi sueño.
Tocaron a la puerta del closet y el ruido me sobresaltó.
—Elizabeth, ¿estás bien? —me llamó Gabriel al otro lado de puerta.
—Eh… sí, yo… no encuentro que ponerme —expliqué ya que si me buscaba, probablemente tenía rato en la habitación.
—¿Puedo pasar?
No me sentía capaz de estar ahí con él, después de lo que había soñado, pero era aún más difícil que le dijera que no podía entrar en su propio closet.
—Sí, claro.
Gabriel entró y como siempre, me evaluó detenidamente con la mirada, casi como si supiera que buscar ropa no era lo único que había estado haciendo.
—¿Qué necesitas? —me preguntó con dulzura.
—Solo… algo cómodo que ponerme. Lo que he encontrado no cubre mucho.
Se le escapó una pequeña sonrisa, pero se adentró en el closet en mi dirección, cuando pasó a mi lado, besó mi hombro y por supuesto me estremecí. Abrió una gaveta en el fondo y sacó un mono de algodón y una franelilla blanca.
—Esto lo usabas para hacer ejercicio, pero creo que es más o menos lo que estás buscando —me explicó clavando de nuevo su mirada en mí.
—Está perfecto, gracias —respondí intentando cubrirme los brazos con las manos al percatarme de que lo expuestos que estaban.
Gabriel me conocía, de eso no quedaba duda. Inmediatamente se dio cuenta de que algo me incomodaba e incluso leyó mi gesto y comprendió de qué se trataba. Se acercó con cautela, me tomó por la cintura y pegó su cuerpo del mío al punto que tuve que alzar el rostro.
—Para mí siempre eres hermosa Elizabeth, eso no cambiará nunca. —Al igual que la vez pasada, comenzó un camino de besos a lo largo de mi cuello, mis piernas fallaron ante el cosquilleo y por supuesto eso también lo notó.
Buscó mi mirada y una parte de mí, aunque muy pequeña, se sintió aliviada de que no me besara en los labios. Mi corazón latía desbocado contra su pecho: estaba casi desnuda, entre sus brazos, y en ese closet. Nuevamente fue como si él pudiera leer mis pensamientos.
—No te preocupes, no soy tan desconsiderado. Además no… podemos, aún no. El doctor recomendó esperar un par de meses por tu embarazo, para que sea seguro.
Alivio y decepción me invadieron en la misma medida. No dije nada, y tomé torpemente la ropa de su mano, muy consciente de mi desnudez.
Tomó un par de segundos de miradas intensas para que comprendiera que me urgía vestirme.
—Me voy, claro. Disculpa.
Le sonreí avergonzada y él por su parte me dio un tierno beso en la frente antes de salir.
Esos labios, esas manos…. No me beso de nuevo, no era como si me veía precisamente atractiva y entendía que de momento él no tuviese ese interés particular en mí.
Con aquello en mente, después de vestirme arreglé mi cabello y le puse algo de color a mis labios. También busqué un suéter para ocultar los moretones en mis brazos, y como no encontré ninguno que pareciera ser mío, terminé usando uno de Gabriel. Protestando de dolor, bajé las escaleras dispuesta a conocer la casa, ya que no pensaba pasar otro día en cama.
Como ya conocía la sala de estar, seguí hasta la estancia adyacente que llevaba a la cocina, donde encontré a la señora Mary trabajando.
—Buenas tardes Elizabeth, ¿puedo ofrecerte algo de comer?
—Lo que sea estará bien —respondí y me senté en la mesa. Casi de inmediato ella servía un sándwich frente a mí.
—Tienes que alimentarte muy bien. Es mi misión que ese bebé nazca sano y robusto —me dijo con entusiasmo y comprendí que la idea de mi bebé la ilusionaba. Eso me indicaba que era cercana a Gabriel, o quizás incluso a mí.
—¿Hace mucho tiempo que conoce a Gabriel?
—Desde que era un niño. Trabajé para su mamá, pero ella muy amablemente me “cedió” para que lo ayudara a él cuando se graduó de médico y se mudó sólo.
—Entiendo. Deben tenerse mucha confianza entonces.
—Le tengo mucho aprecio y me gusta pensar que él también a mí. No es una persona muy efusiva, excepto contigo, tú sí que tumbaste sus barreras muy rápido. —Sonreí avergonzada entre mordiscos y ella continúo—. No sabes lo feliz que estoy de que estés de vuelta en la casa, el par de semanas que estuviste en el hospital fueron tan grises. Cuando llegaste a esta casa la llenaste de alegría y ya no podría ser de otra manera. No puedo esperar a que nazca el bebé y verlo correteando por todas partes.
Aunque sabía que sus intenciones eran buenas, el discurso de la señora Mary me abrumó. Le sonreí amablemente, le agradecí por sus palabras y la comida y le pregunté por Gabriel para tener una excusa y huir de la cocina.
—Debe estar en su oficina, pasa la mayor parte del tiempo ahí trabajando, está al final del pasillo a la izquierda —me indicó después de leer mi expresión, y salí a buscarlo.
Eché un vistazo a la casa, pero no vi a ninguno de los chicos, seguí las instrucciones de la señora Mary y fui hacia Gabriel. Cuándo estaba a solo dos pasos de la puerta, que además estaba entre abierta, la mención de mi nombre me hizo detenerme en seco:
—Elizabeth es más inteligente de lo que crees Gabriel —la voz del hombre pertenecía a Francisco, a pesar de que la había escuchado solo una vez, no tenía duda.
—No tienes que decirme cómo es mi esposa —respondió Gabriel en tono rudo, muy diferente al que empleaba conmigo.
—Es solo que me parece que la subestimas. Es muy probable que ella se dé cuenta de que le estás mintiendo.
Quería acercarme, escuchar más de cerca para no perderme nada de la delicada conversación, pero estaba petrificada al punto que incluso contenía la respiración.
—Si eso pasa, lidiaré con ello.
—Tienes suerte de que ella no recuerde, de hacerlo no estaría aquí…
Capítulo 6
“Miénteme”
—¿Sabes si Gabriel y yo teníamos problemas antes de mi accidente? ¿Si algo andaba mal entre nosotros? —le pregunté a Clara mientras comíamos, cuando fue a visitarme más tarde ese día.
—No Liz. Todo estaba bien. Al menos no llegaste a decirme nada al respecto. ¿Por qué la pregunta?
No estaba segura de la razón, pero no quería decirle la verdad a Clara. No le conté lo que había escuchado y lo preocupada que estaba por las palabras de Francisco. Ellos habían cambiado el tema y yo volví sobre mis pasos llena de confusión y miedo.
—No sé, es…. un presentimiento. Clara yo… ¿era feliz con él?
—Como nunca te había visto amiga. Vivías el sueño de tu vida.
—¿Y del bebé? ¿Tú sabías del bebé?
—Sí, claro. Me lo contaste en cuanto te enteraste. Yo quería decírtelo de inmediato, pero los doctores no lo recomendaban.
—¿Los doctores o Gabriel? —pregunté con recelo, sin estar segura de en qué me ayudaría saber esa respuesta.
Clara encogió los hombros, pero ni sus gestos ni sus palabras me revelaron mucho más.
—Bueno Liz, Gabriel también es doctor y por supuesto estuvo muy involucrado en tu caso. Pero si lo piensas tiene sentido, el más interesado en que asimilaras todo era él.
—Y el doctor que si me trató, el doctor Silva, ¿Qué tan cercano es con Gabriel?
—Lo escuchaste ese día, son amigos además de colegas, e incluso me parece que me comentaste una vez que había sido su mentor.
O Clara no sabía mucho, o no quería decírmelo. Tendría que buscar respuestas en otra parte. Cómo una especie de señal, cuando Clara se iba y la acompañé afuera, vi a Francisco a unos cuantos metros junto a un pequeño cobertizo en la entrada principal de la casa, del que no me había percatado el día que llegué. Tomándose muy en serio su rol de seguridad, nos acompañó a la reja principal. Me despedí de Clara, la vi subir al taxi y me quedé de pie junto Francisco esperando una abertura, pero cuando el taxi se perdió de vista, él me hizo un gesto señalando el camino hacia la casa. Me quedé a su lado mientras pensaba por donde comenzar, antes de que pudiese decidirlo, fue él quien habló.
—Deberías entrar Elizabeth, hace frío —me recomendó mirando aun hacia la entrada de la casa y yo aproveché que había roto el hielo.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —Él solo asintió, aún sin mirarme —¿Por qué necesitamos seguridad?
Francisco se encogió los hombros antes de responder, como si mi pregunta fuese aburrida.
—A Gabriel le va bien, y a su familia le fue bien antes que a él. Es solo una precaución. Están acostumbrados.
—Debe confiar mucho en ti para delegarte su seguridad.
—Deberías entrar Elizabeth, hace frío —insistió y mi reacción irritada me sorprendió incluso a mí.
—¿Te molestan mis preguntas?
Francisco finalmente me encaró, y en su rostro había confusión.
—Por supuesto que no. Es normal que las tengas. Pero en tu delicado estado de salud no es prudente que estés aquí afuera donde te puedes resfriar. Y si, Gabriel confía mucho en mí, también lo hacías tú, éramos buenos amigos. —Por primera vez y posiblemente a causa de sus palabras, noté en Francisco algo de lo que no me había percatado antes: me miraba con afección.
Él volvió a mirar al frente y yo me retiré con tanta dignidad como me fue posible. Confundida y sin ninguna respuesta, fui a la cocina que estaba vacía. Tras hacer malabares con el moderno electrodoméstico, me preparé un té en un intento de sentir confort en aquella extraña y vulnerable situación.
Solo me quedaba una opción para aclarar mi situación: Gabriel. ¿Podría simplemente decirle lo que había escuchado y pedirle una explicación? Era poco probable que fuese honesto conmigo si me había estado mintiendo hasta ese punto. Lo más inteligente sería intentar averiguar algo sin que él sospechara que lo había descubierto en una mentira, y una aterradora además.
Salí del baño después de cepillarme los dientes y Gabriel estaba ya en la cama, tenía su teléfono en la mano, pero lo dejó al verme y acomodó sus manos tras la cabeza, enmarcando así los músculos de su brazo y pecho.
Me metí en la cama hecha un manojo de nervios, y extrañamente, llevada por esa intensa atracción que sentía hacia él, me acosté de lado quedando así frente a frente. Por suerte no lo suficientemente cerca como para que su perfección me impidiera pensar.
—¿Qué pasa? —me preguntó sin rodeos e hice mi mejor esfuerzo por hacerme la tonta —. Te conozco lo suficiente para saber que algo tienes Elizabeth.
No veía escapatoria, pero a la vez no iba a darle la oportunidad de mentirme de nuevo. Me giré hasta quedar boca arriba y mirando el techo en lugar de a él, pude organizar mis ideas.
—Es que… creo que comienzo a recordar—le lancé después de haber improvisado un plan con el fin de descubrir la verdad.
Cómo lo esperaba y pesar de mi posición, vi por el rabillo del ojo como Gabriel se tensaba a mi lado. Fue casi imperceptible y de inmediato se compuso.
—¿Qué recuerdas? —me preguntó en voz baja y cortó la distancia que nos separaba.
Si quería que me creyera, debía mezclar algo de verdad con la mentira, o quizás todo era verdad, no tenía idea de lo que hacía.
—No estoy segura de sí fue un recuerdo, lo soñé, pero fue demasiado… real…
—¿Tiene que ver conmigo? —Si mi marido era un mentiroso, un mal hombre o algo peor, no tenía idea, de lo que si estaba segura era de que me conocía como a la palma de su mano. Como si supiera la naturaleza de mi sueño, llevó su mano derecha hasta mi vientre, y comenzó a trazar círculos.
No importaba si el gesto iba dirigido al bebé, yo podía sentirlo en todas partes.
—¿Y bien? —me animó sin cesar sus caricias, y viendo el trayecto de su mano en lugar de a mí, por mi parte veía al techo mientras intentaba pensar y a la vez controlar mi respiración —. Solo si me cuentas podemos saber si en efecto fue un recuerdo —me susurró con tono persuasivo.
Sus caricias y su cercanía me distraían de mi misión. Llené mil pulmones de aire un par de veces antes de poder hablar.
—Estábamos tú y yo… en el closet… besándonos —relaté con timidez.
—Eso pasó incontables veces Elizabeth, tienes que ser mucho más específica. —Al terminar esa frase, sus caricias cambiaron de tono: con el dedo índice, levanto la liga de mi mono, y recorrió mi vientre de extremo a extremo. De no haber estado paralizada me habría retorcido en la cama.
—Eh…yo… llevaba lencería negra…
—Ujum —coincidió y besó mi hombro. Dejó sus labios pegados a mi piel a mientras seguía jugando con la liga en mi vientre.
—Y tú… la rasgabas. Yo… humedecí tu dedo…—Mi caótica respiración no me permitió continuar.
—Eso pasó Elizabeth —susurró en mi oído —fue un recuerdo. Hicimos el amor en el closet ¿Cierto? —Solo asentí, mientras mi pecho subía y bajaba notoriamente. Recorrió un lado de mi cuello con su nariz, aspirando bruscamente, y susurró en mi oído—. Eso te gustaba. ¿Sabes que más te gustaba? —Negué. A ese punto estaba desesperada por su contacto.
En respuesta, y mientras besaba el lóbulo de mi oreja, Gabriel terminó de introducir su mano en mi mono y ropa interior. Hasta tocar el punto de mi cuerpo que palpitaba con frenetismo.
—¿Qué haces? Dijiste que… no podíamos —jadeé pensando en el bebé, pero desesperada por él.
—¿Confías en mí? —me preguntó irguiéndose sobre mí y mirándome a los ojos. Asentí como tonta, desesperada por él y comenzó a mover sus dedos en mí mientras observaba mi reacción.
Me curvé y cuándo un jadeo dejaba mis labios sentí los suyos envolver los míos. Su lengua invadió mi boca silenciando mis gemidos a medida que él aceleraba el ritmo de sus dedos en mi centro. La mitad de su cuerpo estaba pegado al mío y me aferré de tal manera a sus brazos que mis uñas se clavaron en ellos. Respondí a su beso con hambre, con deseo acumulado por mucho tiempo, y nuestras lenguas chocaban al encontrarse.
Sus labios y sus dedos adoptaron el mismo ritmo agonizante y a ese punto ya se resbalaban en mí, pero era un experto en lo que hacía. Ese momento, él tocándome así, era por mucho el placentero de mi vida. Separó sus labios de los míos, y estaba a punto de protestar porque necesitaba más, pero Gabriel tenía algo que decir.
—Miénteme Elizabeth, dime qué me extrañas dentro de ti —gruñó en mi oído y sus dedos alcanzaron un ritmo implacable.
—Ahhh, Gabriel… —gemí en un voz alta, entre los espasmos de placer.
Como si mi cuerpo le respondiera, me corrí escandalosamente en su mano, mientras me besaba ahogando mis gemidos en sus labios demandantes. Todo dolor, toda duda, desapareció por un momento para solo dar cabida a un inmensurable placer.
A medida que me recuperaba del orgasmo, Gabriel suavizó su beso, pero antes de separarse de mí y sacar su mano de entre mis piernas, mordió de manera poco sutil mi labio inferior y por algún motivo sentí que aquel gesto tenía un profundo significado.
Se cernió sobre mí, y rozó nuestras narices.
—Ahora, si me disculpas y como comprenderás, necesito un baño frío.
Se levantó de la cama y cruzó la puerta del baño, dejándome tumbada y abatida de placer.
Capítulo 7
Segunda alerta
Pasé la noche inquieta, sin poder calmar mis pensamientos y lo que sentía, otra cosa que sabía de mi marido: era completa y absolutamente irresistible para mí. Cuando salió del baño solo me había abrazado y deseado buenas noches, no hablamos, o siquiera compartimos miradas.
Por la mañana estaba exhausta y desperté tarde, bajé y en la sala de estar no había nadie, pero en la cocina me encontré a Gabriel. Estaba en la mesa, tomando y café y leyendo en una tabla. Cómo siempre su primera mirada fue de evaluación.
—Hola —lo saludé tímida, yendo hacia la cafetera.
Ya la señora Mary me había dicho que lo preparaba descafeinado para mí, por lo que no había problema.
—¿Cómo dormiste? —me preguntó dejando la tabla en la mesa y cruzando los brazos.
—Bien —susurré eludiendo su mirada. En un par de segundos lo tenía a mi lado.
—No tienes nada de qué avergonzarte Elizabeth, tuviste sexo con tu esposo, no con un extraño.
—Sexo —repetí anonadada, ahora entre sus brazos.
—Lo que hicimos anoche fue una forma de sexo, lejos de ser la ideal, claro está, pero sexo al fin.
Dejé escapar un largo suspiro y el besó con ternura mis mejillas.
—Por… placentero que haya sido, creo que te debo una disculpa.
—¿Qué? —pregunté confundida.
—Se supone que sea paciente, que te haga las cosas más fáciles y que vayamos con calma, pero comenzaste a hablarme así, en nuestra cama y yo… perdí el control.
Si se estaba disculpando probablemente significaba que no iba a volver a pasar. El malestar que me produjo eso se esparció por mi estómago y pecho.
—En fin, perdóname, y deja de actuar como si te acostaste con un extraño —pidió con ternura, dedicándome una expresión tranquilizadora no muy propia de él.
Finalmente me soltó e intenté distraerme sorbiendo el café.
—No haría algo así de indecente —repliqué en mi defensa.
—¿Qué cosa? —preguntó sirviendo comida en un plato que supuse era para mí.
—Dormir con un extraño —expliqué. Él torció el gesto y una sonrisa curva apareció en sus labios —¿Qué? —Quise saber, de pronto nerviosa.
—Come Elizabeth —me animó, poniendo el plato en la mesa. Lo seguí y me senté —. Solo para que conste, te acostaste conmigo en la primera cita.
Por la impresión, me ahogué con el café. No podía ser, seguro estaba jugando conmigo.
—Yo… ¿Qué?
—No te mortifiques, terminó bien. ¿No crees? —contestó sentándose y poniéndose cómodo frente a mí.
Pero si me preocupaba, porque aparentemente no solo no conocía a Gabriel, tampoco sabía quién era yo cuando estaba con él.
Comencé a comer en silencio y agradecí cuando Maximiliano entró en la cocina y le pidió a Gabriel que lo acompañara.
—¿Qué es tan difícil de creer? Estabas loca por él desde hace tiempo —replicó Clara cuando fue visitarme y la cuestioné sobre mi conversación matutina con Gabriel.
—Sí, pero… no sé, no parece algo que yo haría.
—Liz por favor, habrías hecho cualquier cosa que Gabriel te pidiera, tuviste suerte que lo que él quería de ti era sexo y no que lo ayudaras a esconder un cadáver.
—¿Tenía tanto poder sobre mí?
—¿Tenía? ¿En pasado? Deberías verte cuando estás con él.
—De hecho yo… tengo muchas dudas.
En voz muy baja para que nadie pudiese oírme, le conté la conversación que había escuchado entre Gabriel y Francisco, y aunque tenía que admitir que estaba loca por mi esposo, también estaba preocupada. La respuesta de Clara fue propia de ella y su personalidad pasiva.
—No lo sé Liz, me parece que le estás buscando cinco patas al gato. Podrían haber estado bromeando o Francisco exagerando.
—Sonó serio para mí.
—Gabriel siempre ha sido un príncipe contigo. No te sabotees ahora que tienes lo que por tanto tiempo has querido. Quizás el encierro y el tiempo de ocio te están jugando una mala pasada, y solo necesitas distraerte un poco.
Atendiendo sus sugerencias, salimos a dar un paseo por los jardines de la casa, era muy espaciosa e incluso tenía una piscina en la que me propuse bañarme luego para aliviar mi adolorido cuerpo. Aunque la propiedad estaba apartada de la ciudad, tenía la esencia de Seattle y lo que me había atraído de la ciudad. Clara tenía razón y el simple hecho de abandonar el interior de la casa y respirar aire fresco me hizo sentir mejor.
Nos sentamos en las sillas ubicadas frente a la piscina y conversamos de todo un poco por un rato, me puso al corriente de su vida y de lo que sabía de Andrés, ya que hasta el momento solo habíamos hablado de mí y de mi situación. En algún punto perdí su atención y siguiendo su mirada, vi que miraba en dirección al cobertizo donde estaban Francisco y Maximiliano, cuyas presencias no había notado antes.
—Es muy atractivo ¿no crees? —me preguntó aun distraída.
—¿Cuál de los dos? —le cuestioné más por curiosidad que por otra cosa. Estando junto a Gabriel, para mí ellos no eran más que un par de músculos borrosos.
—El más joven, ¿Cómo se llama?
—¿Maximiliano? Pensé que lo conocías.
—No, es… nuevo —aclaró, prestándome atención de nuevo, y cambiando inmediatamente de tema, pero yo no la escuchaba.
Había creído que Gabriel tenía seguridad desde siempre, después de todo, lo que me explicó Francisco tenía sentido, pero por la manera en que Clara reaccionó al darse cuenta de lo que había dicho, inferí algo: Gabriel había contratado o reforzado la seguridad después de mi accidente.
Cuando Clara se fue, mi cabeza estaba trabajando a mil por hora y eso no era bueno ya que mis pensamientos me llevaban a lugares oscuros, pero era demasiado cobarde como para evaluar las posibilidades de mi situación con honestidad. Por otra parte, mis opciones para matar tiempo eran casi nulas: no podía trabajar, hacer ejercicio, o salir por un trago, ninguna de aquellas actividades que hasta donde recordaba, eran parte de mi vida habitual.
Esa noche, cuando Gabriel y yo fuimos a la cama, me sentí más inquieta que de costumbre, entre lo que había pasado la noche anterior entre nosotros y ese abrumante sentimiento de que algo extraño ocurría a mi alrededor, me encontraba muy incómoda . Gabriel por su parte parecía sereno, en un punto incluso pensé que se había dormido, pero después de unos veinte minutos dando vueltas en la cama, me preguntó:
—¿Estás bien? ¿Tienes dolor?
—No encuentro posición —me quejé tumbándome boca arriba.
—Tú favorita solía ser sobre mí —me lanzó con picardía y lo miré con la boca abierta —: para dormir claro, te gustaba recostarme en mi pecho —aclaró después de burlarse de mí —. Anda, inténtalo.
Su contacto era lo que menos me convenía para poder calmar mi mente, pero a él, me era casi imposible decirle que no. Con cautela y bajo su mirada intensa, recosté mi cabeza en su pecho y mi mano en su abdomen. Resistí el impulso de acariciarlo y cerré los ojos. Contrario a lo que pensaba, me sentí más tranquila entre sus brazos, y todas mis inquietudes quedaron momentáneamente apaciguadas. Un par de caricias en mi cabello después, no sentí nada más. ..
Una corriente fría… en una parte inusual de mi cuerpo, la sensación ajena me despertó, y sin siquiera abrir los ojos hice un rapidito diagnóstico de la situación: Gabriel me tenía abrazada con fuerza por la espalda, en la posición que estábamos parecíamos dos piezas de rompecabezas humano. Mi franela estaba subida hasta mi cuello, y él envolvía uno de mis senos con su mano. Como si eso no fuese bastante intenso, sentí la presión de su erección en mi cadera. No me moví, por la forma en que respiraba, estaba dormido aún.
Gabriel podía hacerme sentí dos cosas con exactamente la misma intensidad: deseo inmensurable por él, y por huir en busca de refugio. Luchando con la distracción de su miembro clavado en mi piel, me esforcé por organizar lo que sentía:
Lo deseaba sí, intensamente, todo de él me atraía y en tal nivel que no podía controlar, pero no lo conocía, y que tuviese tanto poder sobre sobre mí, en aquella particular situación, sin duda me aterraba.
Al aplicar más fuerza en su agarre en mi cintura, me sacó de mis pensamientos, acto siguiente se estaba frotando contra mí y después… estaba despierto. Se quedó inmóvil por un segundo, como si le sorprendiera la situación. Por mi parte fingí inconsciencia. Con mucho cuidado, sacó su mano debajo de mi cintura y soltó mi pecho.
—Mierda —gruñó y después soltó un largo suspiro de frustración.
De alguna manera supo que yo estaba despierta, después de un momento me saludó.
—Buenos días. —Y besó mi hombro —. Lo siento, los viejos hábitos son difíciles de dejar, y esa solía ser mi posición para dormir.
No respondí nada y me dio otro beso en el mismo lugar antes de levantarse de la cama.
Aquella tarde, por insistencia de Gabriel, tuve consulta con una psicóloga, que debido a mi reposo, fue en la casa, cosa que realmente lamenté porque añoraba el mundo exterior después de días encerrada.
Teniendo muy claro cuál era mi problema, no fui completamente honesta con la doctora y decidí ocúltale la mayoría de las cosas que pensaba y sentía, después de todo sería Gabriel quien pagaría su factura y no estaba segura si ella acataría su código de honor.
Por supuesto, debido a mi reticencia, la consulta no fue muy productiva. La doctora y Gabriel se encerraron en el despacho cuando la sesión hubo terminado y resentí el hecho de que estuviesen hablando de mí como si fuese una niña pequeña.
Por respirar aire fresco y despejar la mente, me fui al patio trasero, y me asomé por el largo balcón, además de tener bonita vista, era la parte más tranquila de casa, estando ahí me dio la impresión de tener algo de privacidad.
Me distraje imaginando que podía estar diciéndole la doctora a Gabriel hasta que un bulto marrón y peludo llamó mi atención. Un pequeño cachorro estaba deambulando colina abajo y era obvio que estaba desorientado. Miraba a todos lados con confusión y tristemente, el animalito me recordó a mí misma.
Miré a mí alrededor en busca de alguno de los chicos o la señora Mary, pero no había nadie. Si me tardaba, saldría de mi campo de visión. Lo sopesé y decidí bajar por el rápidamente. Nunca había utilizado esas escaleras que resultaron ser bastante empinadas por lo que lo hice con cuidado y me tardé mucho más de lo que había calculado.
Cuando llegué abajo y abrí la puerta, el cachorro se estaba adentrando en el forraje. Lo perseguí entre los arbustos y cada vez que sentía que estaba por alcanzarlo, se escabullía. Estaba muy asustado, pero después de un rato largo y cuando ya estaba muy adolorida y sudada, me agaché y lo llamé con voz calmada. Al principio estaba renuente, pero poco después respondió a mis mimos moviendo la cola entre sus piernas; me acerqué con cautela hasta que finalmente lo alcé.
—¿Estás asustado? —le hablé en voz baja y tranquila porque era obvio que sí —. Se lo que se siente. ¿No tienes casa o no sabes cómo volver a ella? Porque eso también lo puedo entender.
A medida que le hablaba y acariciaba el cachorro se tranquilizaba. Me tomé la tarea de revisarlo, pero parecía estar sano: sus encías tenían buen color y estaba lleno de energía. Además de estar un poco flaco, no había nada malo con él.
Emprendí el regreso a la casa y por primera vez me pregunte qué pensaría Gabriel de que llevara el perro conmigo. No tenía idea de su postura al respecto, pero ya estaba hecho.
Me costó encontrar el camino de vuelta porque gracias a los árboles todo se veía exactamente igual, un par de veces tuve que volver sobre mis pasos e intentarlo por otra ruta hasta que finalmente la vi. A medida que subía las escaleras los nervios me invadieron ya que lo más seguro era que alguien se hubiese percatado de mi ausencia.
Pensé en Francisco y en su insistencia en qué no me expusiera al aire frío unos días atrás, y si él me protegía así, no podía imaginarme la reacción de Gabriel.
Pero en cuanto subí el último peldaño de la escalera y escuché un bramido de él, me di cuenta de que sería mucho peor de lo que había imaginado. Por un segundo consideré la posibilidad de regresarme y volver abajo, pero como no era un plan sostenible, respiré profundo y entré de nuevo en la casa.
Francisco, Maximiliano y la señora Mary estaba de pie uno al lado del otro, y Gabriel frente a ellos y de espaldas a mí; sus hombros subían y bajaban de agitación cuando gritó de nuevo:
—¡¡¡Que no está en la casa!!! La buscamos por todas partes. ¿O quedó algún rincón sin revisar?
La señora Mary carraspeó y llamó su atención:
—Gabriel…—tímidamente señaló tras de él, a mí.
Gabriel se giró bruscamente con las manos en la cadera y su rostro descompuesto de ira. La manera en que me miró erizó todos los vellos de mi piel.
—¿Dónde estabas? —me preguntó en voz terroríficamente baja y ronca.
El cachorro en mis brazos temblaba y yo también.
—Yo… salí un momento —tartamudeé sintiendo las piernas débiles.
—¿Saliste? —repitió aún en ese tono escalofriante y dio un par de pasos lentos hacia mí.
—Gabriel… —lo llamó Francisco en tono de advertencia.
—¡¡¡NO TE METAS!!! —le gritó abruptamente y su exagerada reacción me hizo dar un brinco de impresión —. Me arreglaré contigo después.
—No fue su culpa —salté en su defensa, indignada, pero Gabriel me ignoró y siguió atacando a Francisco.
—Tenías un… trabajo —le recriminó señalándolo con el índice y supe que se refería a cuidarme a mí. Francisco le respondió en tono calmado.
—Gabriel, la estás asustando.
Cuando escuché aquello, me di cuenta de que temblaba con frenetismo. Dejé el cachorro en el piso y me precipité escaleras arriba con la rapidez que mi maltratado cuerpo me permitía. Entré en el cuarto y cerré la puerta tras de mí, pero segundos después se abría y cerraba a mis espaldas. Cuando me giré, Gabriel estaba a solo unos pasos de mí e intentaba acercarse, pero retrocedí.
—Mi amor, perdóname —me pidió aún agitado, pero el tono de su voz había cambiado —, no era mi intención asustarte, Elizabeth. No te encontrábamos y me preocupé, mil cosas pasaron por mi cabeza.
Mis ojos se llenaron de lágrimas aunque no estaba segura de que sentía, me pareció que era miedo. Gabriel intentó cortar la distancia entre nosotros una vez más, y de nuevo retrocedí. Extendí mis manos en un intento de mantenerlo a raya. Por unos segundos solo nos miramos.
—Elizabeth, por favor —me pidió con voz suplicante.
Bajé el nudo en mi garganta y le expliqué lo que había sucedido con voz temblorosa, a ese punto mi espalda estaba contra la pared del closet. Ya sin escapatoria, Gabriel me tomó por la cintura y pegó nuestros cuerpos antes de hablar.
—Elizabeth no puedes simplemente salir, aún estás lastimada y débil. Entiendo que mi reacción te asustó, pero no pude controlarme. Yo… pensar que algo pueda pasarte… me vuelvo loco.
Pegó su frente a la mía y me pareció que intentaba regular su respiración.
—No era mi intención preocuparte. Y no tenías por qué atacar a Francisco.
—Eso es entre él y yo —me respondió de nuevo con tono severo, como si su ira estuviese volviendo. Hice ademán de salir de sus brazos, pero no me lo permitió —. Elizabeth… —me llamó en ese tono de disculpas.
—Por favor, suéltame —le pedí intentando controlar mi voz.
—Mi amor, por favor.
—Solo quiero… un momento a solas. Por favor.
Nos miramos con intensidad unos segundos, pero finalmente cedió y aflojó su agarre. Entré al baño y se cerré la puerta con seguro tras de mí.
Después de un baño y cambiarme estaba más tranquila, Gabriel me concedió lo que le pedí y al menos por el resto de día me dejó tranquila. Un par de horas después del incidente la señora Mary subió a llevarme comida.
Me sonrió amablemente como de costumbre, pero estaba cautelosa.
—Señora Mary, disculpe por el mal rato que les hice pasar. Gabriel no debió descargar su rabia con ustedes.
—Cuando se trata de ti él es… particularmente sensible. No te preocupes, después de lo que te pasó una reacción así es normal —me dijo poniendo la bandeja de comida en la mesita de noche.
—No había nada normal en su reacción. ¿Qué pasó con el cachorro? —quise saber, aunque temía la respuesta.
—Gabriel lo tenía, pero no sé qué hizo con él, y como está de humor, no me atrevo a preguntar. Come por favor Elizabeth, y trata de estar tranquila que es lo que tú bebé y tú necesitan.
Me dejó sola y cuando cayó la noche, bajé a buscar a una aspirina para el dolor de cabeza que tenía desde hacía un par de horas, estaba tomando la pastilla cundo Gabriel entró en la cocina. Traía el cachorro en sus brazos y no solo lo habían bañado, también llevaba un lazo en el cuello. Su pelaje ya limpio tiene un lindo color beige.
Eludí la mirada de Gabriel sintiendo el peso de la misma sobre mí. Se acercó hasta que quedamos a solo centímetros.
—Si bajaste por el es porque lo quieres. Lo llevé para que lo asearan y vacunaran —me entregó el cachorro y por un momento su tono dulce y mirada de disculpa ablandaron mi corazón.
Realmente no podía resistirme a él.
—Gracias —le respondí seca mientras acariciaba el cachorro. Fui al mueble que estaba frente al televisor y me senté ahí con mi nuevo compañero. Casi de inmediato Gabriel estaba a mi lado.
—Por favor perdóname, Elizabeth. Sé que no tengo justificación y que probablemente pienses que soy un monstruo, pero cuando se trata de ti y tu bienestar…no siempre soy racional.
No sabía que decirle, a duras penas podía mirarlo, por lo que no dije nada y él continuó.
—Si te sirve de algo, me disculpé con Francisco.
Asentí, pero de nuevo permanecí en silencio, acariciando el perro.
—¿Vamos a la cama? —me invitó, pero ya había decidido que si quería oportunidad de resistirme, tenía que poner distancia entre él y yo. Además necesitaba pensar las cosas en frio.
—Quiero quedarme aquí —respondí y Gabriel torció el gesto.
Permaneció pensativo unos segundos, pero después se puso de pie, besó la base de mi cabello y se marchó. Tomé la cobija del mueble y me acurruqué con el cachorro a quien decidí llamar Midas por el color de su pelo. Prendí el televisor sin intenciones de ver nada y solo pasé canales. No podía sacarme de la cabeza el temperamento explosivo de mi marido.
Capítulo 8
El guardián
Me despertó el aroma a café recién hecho, inmediatamente supe que mi amigo peludo no estaba conmigo. Después de cepillarme y tomar mis vitaminas, volví a la cocina por el café y mientras me servía, entró el cachorro moviendo alegremente la cola, tras él y con una correa en la mano, Francisco.
—Buenos días, Elizabeth —me saludó y pasó a mi lado para botar una bolsa plástica en la basura.
—No tienes que pasearlo, yo puedo hacerlo y encargarme de... eso —le dije señalando la papelera.
Aunque estaba de espaldas lavándose las manos, sentí la risa en su voz.
—Tú aprendes Elizabeth. Y no te preocupes, no me molesta —me dijo girándose y secándose las manos.
—Disculpa por lo de ayer, no era mi intención causar problemas entre Gabriel y tú.
—No tienes por qué disculparte, Gabriel tiene razón. Mi trabajo es cuidarte y no lo hice muy bien.
No entendía por qué todos me trataban como si fuese incapaz de cuidar de mi misma. Aunque estaba irritada, decidí no discutir, y en lugar de eso intentar que Francisco me revelara algo de lo que con tanta urgencia necesitaba saber.
—¿Él siempre es así?
Francisco miró alrededor y al comprobar que no había nadie, se acercó a mí y me habló bajo, supuse que para que nadie pudiese oírnos.
—Entiendo que la reacción de Gabriel te asustó, pero no tengas miedo Elizabeth, como te dije, mi trabajo es protegerte, incluso si de quién tengo que cuidarte es de Gabriel.
Quedé pasmada ante sus palabras y él aprovecho mi quietud para marcharse, dejándome más confundida que antes.
Clara me había llamado para decirme que iría a visitarme, y que llegaría en cualquier momento pues ya estaba en camino. Aliviada por tener un rato de distracción, busqué a Midas para pasearlo en los jardines de la casa mientras esperaba a mi amiga. Lo hice por un rato largo y después comencé a preguntarme por qué Clara tardaba tanto.
Me acerqué al cobertizo donde Francisco y Maximiliano pasaban la mayoría del tiempo, y cuando llegué a la puerta del mismo, me sorprendió que dentro había una cantidad absurda de monitores que recibían imágenes de los alrededores de la casa, y también del interior, exceptuando los baños y habitaciones. ¿Cuánto dinero tenía Gabriel cómo para requerir ese nivel de seguridad? En caso de que su estatus económico fuese realmente la razón de la misma.
La instancia era una especie de oficina, además de las pantallas había un refrigerador pequeño, un escritorio, una mesa con una cafetera, un sofá y una puerta adyacente que supuse llevaba a un baño. Estaba por entrar y husmear en el escritorio cuando las risas de Clara y Maximiliano me alertaron.
—Liz, te estábamos buscando —me saludó Clara cuando me alcanzó.
—Pues no lo hacían muy bien —le recriminé de mal humor sin estar segura de la razón. Mi amiga ignoró mi mala respuesta y se defendió con carisma.
—Es un patio muy grande. Maximiliano me dijo que te había visto paseando a Midas y me acompañó a buscarte.
Era obvio que a Clara le gustaba él, y no podía evitar cuestionarme si eso influenciaba su postura hacia Gabriel. Por otra parte, si ellos se estaban acercando, Clara podía darme una visión interna de toda esa extraña situación. Pensé en el arrebato de Gabriel cuando fui por Midas y dudé del motivo de la existencia de las cámaras, ¿eran para evitar que alguien entrara, o que yo saliera?
Invité a Clara adentro a tomar algo caliente y con suerte conseguir sacarle algo de información, pero cuándo le pregunté respecto a su nueva cercanía con Maximiliano, ella estaba tan esquiva como siempre.
—Ya te dije Liz, se ofreció a llevarme a dónde tú estabas, o donde él te había visto y una vez ahí no te encontramos. Nada más.
—¿Y de qué hablan? —insistí, renuente a darme por vencida.
—Nada importante. Nos estamos conociendo ¿Por qué?
—¿Te ha comentado algo de su trabajo?
Clara se encogió los hombros y removió su té antes de responder.
—Que él está encargado de la seguridad de la casa por las noches. Solo eso.
Eso explicaba por qué lo veía poco, en el día debía estar durmiendo. Era obvio que la mayoría de la responsabilidad recaía en Francisco. Clara no me dijo mucho más, básicamente me reafirmó lo que Francisco me había dicho antes, Gabriel era un hombre adinerado y además uno muy precavido.
Estaba frustrada y molesta conmigo misma. Un momento me encontraba cuestionando la actitud y los secretos de Gabriel, y antes de poder decidir cómo me sentía o que hacer, me encontraba fantaseando con estar entre sus brazos. Imaginaba sus manos y labios sobre mi piel y todas mis preocupaciones se esfumaban por ese momento. Sentía que estaba desarrollando una variación del síndrome de Estocolmo.
Lo más inquietante era que ninguno de los asuntos que inquietaban mi mente estaban cerca de resolverse, ni podía confrontar a Gabriel, ni podía tener intimidad con él. Comencé a cuestionar mi decisión de mantener a raya a la psicóloga, ya que por lo visto me urgía su ayuda.
Ese día para distraerme, y al mismo tiempo evitar a Gabriel, ocupé mi tiempo en cuanta actividad se me ocurrió. Llamé a mis padres, a Andrés, acondicioné un espacio para Midas y por último invadí la cocina de la señora Mary y le pedí que me permitiera hacer la cena aprovechando que mi mano estaba mucho mejor.
Al principio ella estaba reacia, pero eventualmente cedió y me preguntó en que podía ayudarme. Estaba por darle instrucciones cuando Gabriel entró en la cocina, casi de inmediato la señora Mary huyó, no supe si para dejarnos a solas o si al igual que yo, seguía temerosa por el temperamento de Gabriel.
—Hola —me saludó él en cuanto estuvimos solos.
—Hola —le respondí sin quitar la mirada de los vegetales que estaba cortando.
—No tienes que hacer eso ¿sabes?
—Yo quería, me muero de aburrimiento. Por favor no vayas a molestarte con la pobre Mary, solo cedió para complacerme —le pedí, preocupada de pronto.
Él permaneció en silencio por unos segundos antes de contestar.
—Veo que sigues molesta conmigo.
No respondí y seguí cortado vegetales con cierta dificultad pues no podía mover la mano del todo. Gabriel caminó cauteloso hasta mí y con mucho cuidado quitó el cuchillo de mi mano. Me tomó por los hombros y me hizo encararlo. Lo que encontré en su mirada me desarmó, era la primera vez que veía tanto sentimiento en él, podía ver claramente el dolor en sus ojos.
—Elizabeth, de verdad lo siento. Sé que fui un idiota y créeme que me arrepiento, no solo por perder los estribos, de muchas otras cosas. No he sabido… manejar bien esta situación porque también ha sido muy difícil para mí. —Tomó aire y cuando habló de nuevo su voz temblaba—. Tú eras mi hogar, y de un momento a otro fue como si… hubiese sido desterrado, exiliado de mi lugar favorito en el mundo, de mi sitio seguro. Pensar que iba perderte… Que tú no me recuerdes, que no nos recuerdes a nosotros, lo que éramos, lo que teníamos, es difícil… Sé qué tú has sido la más afectada por mucho, pero te pido que por un momento te pongas en mis zapatos. He fallado, sin duda, pero te juro que estoy haciendo un gran esfuerzo.
Gabriel respiró y yo lo imité al darme cuenta que había estado conteniendo el aire. Verlo así, tan vulnerable, me hizo humanizarlo y como él pedía, ver la situación desde su posición.
—Está bien —concedí conmovida y él me abrazó.
Esperaba que me besara, lo deseaba, una manifestación física de ese amor que me profesaba, pero solo me abrazó. Aún horas después, cuando fuimos a la cama, seguía sin parar de añorar ese beso, pero Gabriel había hablado en serio al disculparse, y por un par de días no obtuve más que besos castos en los labios.
Capítulo 9
Sutileza
Después de mucho esperarlo, llegó el momento de tener una prueba tangible de que había una vida creciendo dentro de mí. Desde que Gabriel me había dicho que estaba embarazada, fue como si me estuviese hablando de alguien más. Por más que intentaba asimilarlo no lo conseguía, y aún a la fecha me parecía algo irreal. La culpa me invadía cuando incluso por momentos, era casi como si lo olvidara.
Iríamos al hospital y de no haber estado tan nerviosa, me habría entusiasmado la idea de salir. Tenía más de media hora en el clóset intentando decidir que ponerme, ya que casi todo me quedaba muy holgado. Finalmente conseguí un vestido suelto en el que me sentí cómoda, y por primera vez en semanas me maquillé.
Quería verme bien para Gabriel y para mí, si a menudo me sentía insignificante junto a él, que estando en la casa llevaba pijamas o ropa de haber ejercicio, no quería imaginarme lo que le haría a mi autoestima verlo arreglado cuándo yo era un desastre.
Por la forma en que me miró supuse que había logrado mi cometido, y cuándo entramos en el carro estaba complacida.
La fachada del hospital revolvió un sinfín de mis recuerdos, en casi todos ellos estaba Gabriel cuando lo admiraba a la distancia. Con nostalgia también miré hacia el restaurante y pensé en esa vida ahora tan lejana, aunque yo sentía que no habían pasado más que un par de días.
Una vez dentro del ascensor del hospital todos esos sentimientos desaparecieron para dar paso a los nervios. Gabriel guardaba silencio y me pareció que también estaba nervioso. Estrechó manos y saludó a varias personas que nos cruzamos en el camino, algunas de ella me miraban de forma extraña, pero no tenía tiempo o energía para indagar en ello.
Llegamos al consultorio de la ginecóloga, que por supuesto conocía a Gabriel y lo saludó de manera muy formal, sin perder tiempo procedimos a hacer la ecografía: en efecto había un pequeño corazón latiendo en mi vientre. Por más que lo intenté no logré distinguir nada en el monitor, pero la doctora nos aseguró que el bebé se encontraba en perfecto estado.
Después de tomar unas impresiones e intercambiar con Gabriel algunos términos médicos que no entendí bien, dijo que habíamos culminado el examen y nos sentamos en su escritorio.
La doctora tenía preguntas para mí, sobre cómo me había sentido y si había estado tomando el tratamiento y las vitaminas. Mis respuestas le reafirmaron que tanto mi bebé cómo yo estábamos bien y lo demostró con una sonrisa de satisfacción.
—Muy bien Elizabeth, en ese caso sólo voy a prescribirte una dosis diaria de calcio. Es importante que la tomes porque los huesos de tu bebé van a comenzar a formarse pronto. —Asentí y tomé la receta —. ¿Hay algo que quieras preguntarme?
Lo pensé, pero negué con la cabeza. Solo sentía un inmenso alivio de que al menos mi embarazo estuviese yendo bien.
—¿Qué hay de sexo? —preguntó Gabriel y estuve segura de que palidecí —¿Podemos tener relaciones o es muy pronto? —Hizo las preguntas de manera completamente casual, mientras que por mi parte sentía que me quemaba por dentro.
La doctora ladeó la cabeza como si pensara su respuesta antes de darla.
—Aunque todo va muy bien, recomendaría esperar hasta el cumplimiento de los tres primeros meses. Es solo una precaución, pero me parece importante tomarla.
Gabriel asintió con la misma casualidad con la que había hecho la pregunta. Después de eso la doctora nos despidió y dijo que debíamos volver en cuatro semanas.
En los pasillos del hospital, Gabriel tomó mi mano, el gesto me avergonzó porque tenía la palma sudada. Si él se dio cuenta de ello, no lo demostró. Aun me sentía acalorada y la latente tensión entre nosotros parecía incluso palpitar.
—Debo pasar por mi consultorio un momento, será rápido —me anunció mientras me conducía por el hospital.
Llegamos al lugar y después de encender la luz, se paró frente a mí, me presionó contra la puerta y acunó mi rostro con sus manos.
—¿Te hice sentir incomoda allá dentro? —me preguntó en voz baja e instintivamente me aferré a sus brazos.
—No… yo… —tartamudeé nerviosa, saboreando la cercanía de su cuerpo.
—Estas tan ansiosa como yo —aseguró. No fue una pregunta. Él estaba confiado y tenía mucha razón para ello —. Dado a que en eso invertíamos la mayor parte de nuestro tiempo, puede ser beneficioso para tu recuperación. —Un jadeo lastimero fue mi única respuesta.
Gabriel besó mis parpados, me dedicó una sonrisa torcida y después me soltó.
—Solo debo dejar unas indicaciones y nos vamos —me sonrió antes de dirigirse a su escritorio y comenzar a trabajar.
Pensé que la cabeza de Gabriel debía ser un infierno al igual que la mía, tantas contradicciones… un día se disculpaba por acercarse y después actuaba de esa forma. En definitiva esa peculiar situación parecía estar sacando a relucir lo peor de él. O al menos eso esperaba, que fuese lo peor.
Cuando me compuse proveché la oportunidad para husmear en esa nueva faceta de Gabriel de la que no sabía nada aún. Lo primero que llamó mi atención fue una cartelera con artículos en los que él era protagonista. Incluso reconocí un par de fotos que había visto cuando entré en la página web del hospital intentando averiguar algo sobre él
En su mayoría los artículos trataban de proyectos médicos experimentales, por lo visto Gabriel era innovador.
—Invierto en ensayos médicos que me parece que tienen potencial —me explicó desde su escritorio al darse cuenta que leía.
Él ordenaba unos sobres y vi que junto a la computadora había una foto nuestra, e inmediatamente al lado, un de él con sus padres. La foto era de muchos años atrás, en ella Gabriel era apenas un adolescente y me di cuenta de que no sabía nada de su familia.
—Son tus padres… —le dije para que adivinara mis intenciones sin tener que hacer la pregunta de forma directa.
—A mi mamá la conoces, está loca por visitarte. Y mi papá murió unos dos años después de que tomamos esa foto, de una enfermedad que no tenía cura.
Eso explicaba el interés de Gabriel en los ensayos, y también concordaba con el hecho de que tuviese tanto dinero siendo un hombre joven.
Examinó unos documentos, hizo unas anotaciones que pegó fuera de un sobre, y volvimos a la casa. En el camino pensé lo diferente que sería el viaje de regreso si la doctora hubiese dado una respuesta distinta a la pregunta de Gabriel….
Después de esa primera consulta, fuimos en dos oportunidades a hacer compras para el bebé, y para mí, cuando mi vientre creciera. Después de que le había dicho que me aburría, Gabriel se tomó muy en serio la tarea de distraerme y lo agradecí porque probablemente Clara tenía razón y todo ese tiempo de ocio se había convertido en mi enemigo.
También se me hizo costumbre cocinar al menos una vez al día, por lo general la cena. Estaba aderezando el pollo aquella noche cuando algo inusual pasó, sonó el timbre. Eso era muy extraño, nadie nunca nos visitaba, al menos no el mes pasado.
La señora Mary fue a abrir la puerta, pero la curiosidad me ganó y me acerqué al marco que dividía la cocina de la sala para ver quién era nuestro invitado. Sentí como si me golpeaban el estómago cuando vi que se trataba de la chica esbelta con la que había visto a Gabriel en el hospital varias veces, estaba segura además, por la manera en que los había visto interactuar, de que ellos habían tenido una relación.
La chica, cuyo nombre alcancé a escuchar era Luisa, siguió las indicaciones de la señora Mary y se adentraron en el pasillo que dirigía al despacho de Gabriel. Poco después, la señora Mary volvió a la cocina, dejando a esa mujer y a mi marido solos.
Tenía la más extraña sensación en el pecho, no se asemejaba a nada que hubiese sentido antes. Era parecido a como me sentía cuando lo veía entrar o salir del hospital con ella, pero mucho más intenso.
No me pareció prudente preguntar nada a la señora Mary, por lo que seguí preparando la cena sin mucho ánimo.
—¿Elizabeth? —me llamó ella y comprendí que no la había escuchado antes.
—¿Disculpe?
—Que si ya le pusiste sal.
—Eh, no lo recuerdo —confesé y lo probé —. Sí, está bien.
La cena estuvo lista y a ese punto Gabriel y su ex tenían casi una hora en el despacho. Mi apetito era nulo, pero mi estómago rugía así que me obligué a tragar un par de bocados; había hecho esa comida pensando que cenaríamos juntos y esperando pasar una velada agradable, y por el contrario estaba teniendo el más amargo de los ratos.
—Casi no comiste —me reprendió la señora Mary cuando levanté mi plato y volcaba lo que había sobrado en la taza de Midas.
—No tengo mucho apetito —respondí y lavé lo que había ensuciado.
Cuando estaba por salir de la cocina, ella me llamó.
—Elizabeth —usó un tono que no le había escuchado antes y supe que estaba por decirme algo serio—: si recordaras cuanto él te ama, sabrías que no tienes nada de qué preocuparte.
Pero no lo sabía, y ciertamente no importaba cuánto Gabriel me amara, habían pasado aproximadamente dos meses desde la última vez que habíamos estado juntos, y sabía de buena mano que él no estaba satisfecho. Le sonreí tristemente y me retiré.
Aunque lo intentara no podría dormir, además aún era temprano, saqué algunas de las cosas que habíamos comprado para mí y me dispuse a organizarlas en el closet. Estaba doblado y guardando prendas cuando escuché la puerta de la habitación abrirse. Solo eso disparó mi corazón.
Lo sentí llegar y su mirada en mi espalda mientras continuaba mi tarea y me resistía a encararlo.
—Me dijo la señora Mary que apenas probaste tu cena —me recriminó con voz dulce.
—No tengo hambre —respondí sin interrumpir mi tarea.
Gabriel entró en el closet, y al igual que la vez que me interpeló en la cocina, me quitó las prendas de la mano y me tomó por la cintura para que lo mirara.
—¿Qué pasa Elizabeth?
—Nada —mentí ya que no sabía exactamente como expresar mi molestia, pero por supuesto no funcionó, Gabriel me apretó aún más contra él y escrutó mi mirada —. ¿Quién es ella?
No estaba preparada para la forma en que él reaccionó. Una gran sonrisa se dibujó en sus carnosos labios y soltó una risa. Indignada, intenté deshacerme de su agarre, pero él no me lo permitió.
—Hey, hey, hey. ¿Qué pasa?
—¿Para eso me preguntaste? ¿Para burlarte? —las palabras salieron temblorosas de mi voz, y dibujaron una expresión mortificada en su rostro.
—¿Burlarme? Por supuesto que no mi amor, de ninguna manera. Estoy… feliz de que me celes, quiere decir que te importa.
Evadiendo su lógica cruel, insistí.
—¿Quién es ella Gabriel?
—Es… una colega, trabajamos juntos en el hospital y vino a pedir mi opinión en un caso que atendíamos juntos antes de tu accidente —sonaba completamente honesto y sereno mientras me explicaba aquello, pero yo sabía que había más.
—Tú y ella… tuvieron algo —aseguré, no era una pregunta.
—Mucho antes de ti y nunca después. —Pegó su frente de la mía, pero no rompió el contacto de nuestros ojos —. Para mí sólo existes tú Elizabeth, estoy loco por ti en caso de que no te hayas dado cuenta.
Su aliento llegaba hasta a mí boca, sus labios estaban tan cerca… Me distraía, pero yo tenía un reclamo.
—No has vuelto a besarme.
Gabriel cerró los ojos un momento, por un instante pareció complacido, pero casi de inmediato estaba mortificado.
—Elizabeth, si evito besarte es porque me cuesta mucho detenerme, no quiero seguir cometiendo errores contigo.
No dije nada, entendía sus palabras, pero estaba decepcionada, pensé que al mencionarlo él me complacería. Como si pudiera leer mi mente, me sugirió:
—A menudo me da la impresión de que no te sientes cómoda conmigo, pero si quieres que te bese, solo tienes que pedírmelo.
No necesite más que eso, no tuve siquiera oportunidad de pensarlo, después de todo era una necesidad.
—Bésame Gabriel.
Una sonrisa engreída que se dibujó su rostro, pero cuando sus labios húmedos abrazaron los míos no fui consiente de nada más que el contacto entre nosotros. Habiéndolo deseado tanto, de inmediato me dejé llevar: llevé mis manos a sus hombros y lo acaricié con pasión. Me apretó más contra él y me las arreglé para explorar todas las partes de su cuerpo a las que tenía acceso, su cabello, su cuello, parte de su pecho.
Por segunda vez sentí la presión de su erección y gemí en voz alta al imaginarlo dentro de mí. Gabriel me alzó y aunque dolía, envolví su cintura con mis piernas, pero casi de inmediato me puso en una superficie, unos de los cajones del closet supuse y entonces separó nuestros labios y cuerpos. No rompió el contacto del todo, besaba mi rostro y cuando volvió a hablarme lo hizo al oído:
—Pronto mi amor —su voz era ronca y supe que era de excitación. Se separó por completo de mí y se recostó de la pared contraria mientas los dos recuperábamos el aliento.
—Deberíamos… bajar a cenar. Tienes que alimentarte bien.
Asentí y ya teniendo ambos al bebé presente, la tensión entre nosotros disminuyó. Se acercó de nuevo para ayudarme a bajar del cajón y volvimos a la cocina.
Cada vez que comenzaba a cuestionarme las cosas que me inquietaban, mi mente se estancaba y no llegaba a ninguna conclusión. Gabriel me encantaba al punto que anulaba mi voluntad y eso me asustaba. Deseaba con todo mi corazón que él realmente fuese un príncipe cómo me había dicho Clara, porque no me imaginaba separándome voluntariamente de él. Pero mis recuerdos seguían ausentes, y sin muchas referencias, me encontraba en un limbo. Su comportamiento era la única pista que tenía para entender quién era el hombre con el que me había casado, pero para mí desgracia, este era tan errático que me resultaba imposible generar un veredicto al respecto.
Capítulo 10
Oculta advertencia
Una noche de viernes, y honrando su misión de distraerme, Gabriel me invitó a cenar. Por primera vez en mucho tiempo, me arreglé como era debido: me puse un lindo vestido, botas con un par de centímetros de tacón y algo de maquillaje. Necesitaba tanto salir, reintegrarme a la sociedad, y debía admitir que también me emocionaba la idea de lucir bien para él. El día del incidente con su ex, me di cuenta de que mi autoestima no era nada saludable, pero aprovechando que mi cuerpo estaba casi completamente curado y ya no me sentía como un mutante, quise sentirme atractiva, tanto para mí como para Gabriel.
Cuando bajé las escaleras y me vio desde abajo, estaba impresionado, incluso pude ver el movimiento en su manzana de Adán cuándo tragó hondo.
—Estás preciosa mi vida —me halagó y besó mi mano.
Como siempre, esperaba y necesitaba más, y desde luego él lo notó.
—¿Segura que quieres que te bese mientras estas sobre esos tacones? Sabes lo que mis besos le hacen a tus rodillas.
Aunque su comentario fue juguetón, sentí como me sonrojaba. Encontraba alarmante lo bien que él me conocía.
—Agárrate fuerte —me susurró encerrándome entre la baranda de la escalera y sus brazos, antes buscar mis labios y darme un tierno, pero húmedo beso.
A ese punto lo deseaba tanto que apenas podía soportarlo, y como él había predicho, cuando mordió mi labio inferior, mis rodillas fallaron; por suerte me sujetaba fuerte de la cintura, pero esa fue su señal para romper nuestro contacto. Con voz ronca, me indicó que era momento de irnos.
Fuimos al que según él era mi restaurante favorito; reconocí el lugar, había querido ir desde mi llegada a Seattle, y de acuerdo a lo que me dijo, lo frecuentábamos muy seguido. Le dije que ordenara por mí y pidió la langosta. Incluso me tomé una copa de vino, ya que según él, una sola copa no me haría ningún daño. Aproveché la ocasión, por absurdo que fuese, para conocerlo. Le pregunté por sus gustos, su pasado, su carrera y otras cosas que me causaban curiosidad.
Cuando volvimos a la casa, esa tensión insoportable que siempre nos rodeaba era más fuerte que nunca, pero sin tener más opciones, me abrazó hasta que me dormí.
Los días anteriores, las mañanas habían sido particularmente duras, siempre al despertar me dolía mucho el cuerpo y en ocasiones la cabeza, pero aquella mañana estaba complacida ya que me sentía bien, muy recuperada, a excepción de la laguna mental que había en mi cabeza y que complicaba tanto mi vida.
Bajé a la cocina y a medida que me acercaba escuché una voz de mujer, al principio mi estómago se revolvió al pensar que podía ser de nuevo la ex de Gabriel, pero sonaba como alguien mayor. Era una voz que no había escuchado antes; seguí avanzando hasta llegar al umbral y vi a Gabriel sentado en la mesa, y una señora mayor, a quien pertenecía la voz, frotando su hombro y consolándolo.
—Quisiera poder ayudarte hijo, hacer algo por ti.
Comprobé que era su madre cuando Gabriel le respondió.
—No tienes idea de lo difícil que es mamá, tener a Elizabeth aquí, ir a la cama con ella, despertar y tenerla ahí, es como vivir dentro de mi peor pesadilla.
Sus duras palabras me trasladaron al momento en que nos conocimos, como mi sola presencia le irritaba, y mientras todas esas sensaciones me golpeaban y paralizaban, la madre de Gabriel me notó.
Al ver la expresión de ella, él se giró y también me vio, mis músculos por fin se descongelaron y volví sobre mis pasos confundida, nada de esa frase concordaba con la actitud de Gabriel. No había alcanzado siquiera las escaleras cuando los brazos de él me rodearon por detrás.
—Elizabeth, espera.
Intenté soltarme sin éxito, y me giró hasta quedar frente a él, lo hizo con tan facilidad que me sentí muy vulnerable. Cuando conseguí expresarme, me di cuenta de que estaba alterada.
—Fuiste tú quien insistió en traerme aquí —le bramé aun forcejeando por soltarme.
—Entiendo lo que escuchaste, lo que entendiste, pero estás confundida.
—Fuiste muy claro Gabriel, y no me digas que estoy confundida como si fuese idiota.
—¿Podrías quedarte tranquila? ¿Se te olvida que estás embarazada? —Tras decir eso me apretó contra él hasta inmovilizarme.
—¿Por eso me trajiste aquí? ¿Por el bebé? —escupí dolida.
—Elizabeth escúchame. Sé cómo sonaron mis palabras, pero lo que quise decir es que es difícil tenerte aquí en la situación en la que estamos… cuando tú… no recuerdas nuestra relación, sin poder tener lo que teníamos antes… Estás aquí, pero una parte de ti no, y para mi es… insoportable.
Su voz se quebró al final y también mi voluntad, aunque algo me decía que no era una verdad completa. Estaba segura de que una vez más, no estaba siendo honesto conmigo.
—Yo… hago lo mejor que puedo Gabriel.
—Lo sé mi amor. No es tu culpa, nada de esto es tu culpa. Es sólo que… te extraño. En muchos sentidos. Anoche cuando me hiciste esas preguntas, sé que necesitas conocerme y lo entiendo... pero caí en cuenta de que para ti soy un completo extraño.
No supe que responderle, no había sido mi intención herir sus sentimientos. Él tampoco dijo nada más, nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos por unos segundos. La madre de Gabriel carraspeó, y finalmente nos desprendimos.
—Gabriel, ¿podrías darme un momento a solas con Elizabeth?
Él frunció el ceño y me miró para observar mi reacción. Solo asentí. Estar con él en ese momento me dolía. Su mamá me invitó a la cocina con un gesto y yo la seguí.
Una vez allí me senté en la mesa y ella sirvió café para ambas. Era una señora elegante, y me dio la misma impresión ostentosa que Gabriel al comienzo. Se sentó frente a mí y me tendió la taza. El nudo en mi garganta comenzaba a bajar al no estar cerca de Gabriel.
—Supongo que no te acuerdas de mí. —Comenzó ella y yo negué —. Me llamo Irene, soy la mamá de Gabriel. Aunque por supuesto eso lo dedujiste. —Asentí —. Hace días que quería venir a verte, pero los médicos y mi hijo opinaban que mientras menos caras nuevas, mejor para ti. Pero por supuesto quería comprobar que estuviesen bien, mi nieto y tú.
Irene era amable, y encontraba el tono maternal que utilizaba muy tranquilizador.
—Los dos estamos bien. Gracias.
—Imagino el nivel de… tensión que esta situación ha puesto en tu matrimonio, y lo perdida que te debes sentir.
—Todo es demasiado nuevo para mí, y las cosas van muy rápido.
—Entiendo. Ahora que sabes quién soy, me gustaría que nos viéramos más seguido. Aunque lamento que me hayas conocido en medio de ese malentendido.
—Es solo que... cuando lo escuché decir eso… fue como si él no me quisiera aquí.
Irene meneó la cabeza como si lo que acababa de decir fuese una locura.
—Elizabeth, Gabriel no te querría en ningún otro lugar. Le perdería fuego a esta casa con todos nosotros dentro antes de dejarte ir.
Su comentario casual produjo un escalofrío en mi columna, ella siguió hablando, pero después de eso ya no la escuchaba. La pregunta de quién era Gabriel y de que era capaz me inquietaba más que nunca.
Cuando fuimos a la cama, el incidente de temprano seguía presente entre nosotros. Estaba acostada frente a él, porque a pesar de todo, él actuaba como una especie de imán potente en mí, sus ojos profundos, su tersa piel, sus ágiles labios, todo en Gabriel me atraía, y cuando me dio las buenas noches y acarició mi rostro, me estremecí, tanto de temor como de placer.
Capítulo 11
Impulsos incontrolables
Ese día no había visto a Gabriel en mucho rato y a pesar de que constantemente sentía que necesitaba espacio, cuando no estábamos juntos lo extrañaba. Y esa contradicción era una de las cosas que me estaba volviendo loca. Al principio resistí el impulso de buscarlo, pero mi fuerza de voluntad falló cuando tenía ya medio día sin saber de él. La casa era grande y podía estar en cualquier parte, o simplemente haber salido, lo cierto era que nunca me había dejado sola por tanto tiempo.
La señora Mary estaba pasando una escoba en la sala cuando bajé y me recibió con una sonrisa amable que le devolví.
—¿Necesitas algo, Elizabeth? —preguntó sin interrumpir su tarea.
—Nada, solo… ¿Sabe dónde está Gabriel?
—Vengo de limpiar su oficina y no estaba ahí. Tampoco avisó que saldría, pero puedo ir a afuera y preguntarles a los chicos si quieres.
—No, no se preocupe. No la interrumpo más —me disculpé y me dirigí a la cocina.
Ahí había una puerta adyacente que no tenía idea a dónde llevaba. Me acerqué y la abrí, pero lo único que vi fue un pasillo. Dudé si cruzarlo ya que no quería más problemas como el del día de salí por Midas, pero por lo corto que era estuve segura que no me conduciría fuera de la casa, así que me animé.
En el o extremo había una puerta y estaba entre abierta. A mitad de camino comencé a escuchar ruidos que aunque al principio no comprendí, un par de pasos después concluí que eran gemidos de Gabriel
El sonido hizo que mis palmas sudaran pero no me detuve, caminé hasta que pude ver a través la puerta y en efecto ahí estaba él. Golpeaba con fuerza un saco de boxeo y además lo hacía con una técnica impecable. Pero lo que más me impresionó fue la furia con la que lo hacía. Gabriel estaba frustrado, o muy molesto, y con ardor en mi pecho sospeché que la causa era yo.
Estaba en un pequeño cuarto oscuro que había sido acondicionado para servir como un pequeño gimnasio. Había pesas y ligas a su alrededor.
Las gotas de sudor caían por su torso desnudo y se perdían en sus caderas al encontrarse con su mono. Imaginé que mi índice atrapaba una de las gotas descendientes y retrocedía el trayecto que había hecho la misma.
Algo cambió y en segundos comprendí que los sonidos habían cesado. Enfoqué el rostro de Gabriel que me miraba impasible sosteniendo el saco con ambas manos. Permanecimos así hasta que caí en cuenta que era yo quien lo estaba interrumpiendo a él.
—Discúlpame. No quería molestarte. Escuché ruidos y me acerqué —me expliqué, a medida que me esforzaba en mirarlo a la cara.
Él aún tenía esa expresión que no me revelaba absolutamente nada.
—¿Me buscabas? —me preguntó en un tono neutro y respirando con dificultad.
No quería responder eso, pero tampoco podía mentirle. Estaba segura que él podía saber cuándo lo hacía.
—Yo… ya me iba…
—Elizabeth, ven —me llamó y no se sintió como una petición, sino más bien como una orden.
Mi cuerpo obedeciendo sus urgencias, me encaminó hacia Gabriel antes de que yo pudiera decidir. Cuando llegué junto a él, finalmente soltó el saco y me rodeó para pararse tras de mí. Sentía su aliento agitado en mi cabello, y aunque quería moverme y buscar su mirada, no pude. Me quedé esperando por él al mismo tiempo que intentaba regular mi respiración, que ahora era casi tan caótica como la suya.
Tomó mis manos entre las suyas y las alzó a la altura del saco de boxeo antes de hablarme.
—Inténtalo. Ya tu mano está bien.
Ladeé mi cuerpo hacia el suyo y cuándo nuestras miradas se encontraron, estábamos muy cerca. Él soltó mis manos, pero en ningún momento retiró las suyas de mi cuerpo: recorrió con ellas mis brazos y mi cintura hasta posarlas en mis caderas. Dio un corto paso hacia mí y con eso nuestros cuerpos quedaron completamente encajados.
Miré al frente porque cualquier cosa sería más fácil que ver a Gabriel a los ojos cuando estábamos así, incluso golpear ese saco con mi mano rota como lo había estado hacía unas semanas. Levanté un poco más los puños y lancé el primer golpe, temerosa de que mi mano doliera, pero no sentí nada.
—Más fuerte —me animó Gabriel. Sus labios estaban tan cerca de mí que era casi como si el susurro proviniera de mi cabeza.
Hice lo que me dijo y ejercí más potencia en el siguiente golpe. Se sentía bien por lo que incrementé más fuerza en el próximo, y el que le siguió a ese. Después de un rato no quería parar. Sobre todo porque el sudor de Gabriel había impregnado mi pijama, porque su agarre en mi cadera era cada vez más fuerte y también la ya familiar presión proveniente de la suya. Cuándo finalmente paré porque mi mano comenzaba a protestar de dolor, Gabriel plantó un tierno beso en mi cuello y dio un paso hacia atrás separando con sutileza su cuerpo del mío, pero sus manos no dejaron mi cuerpo.
—Ayuda ¿No crees? A drenar…
Tragué hondo y asentí. Mi respiración era pesada a causa del cansancio.
—Ahora por favor vuelve adentro, yo voy a empezar de nuevo.
Esa última frase se sintió como un reproche por haberlo interrumpido, así que me defendí.
—Podías no haberme invitado a pasar.
No podía ver la expresión de Gabriel, pero estaba segura de que estaba escogiendo sus palabras.
—Contigo nunca he podido controlar mis impulsos, Elizabeth —besó esta vez la parte de atrás de mi oreja y me soltó por fin. Sin siquiera verlo a la cara, salí huyendo hacia la puerta como si mi vida dependiera de ello, porque en cierta forma así se sentía.
El repicar de mi teléfono me despertó, era de tarde, pero últimamente me sentía muy cansada por lo que me había quedado dormida mientras leía un libro sobre el embarazo.
Quien me llamaba era Andrés, retiré a Midas que dormía plácidamente en mi regazo y entusiasmada por la posibilidad de oír una voz familiar, atendí la llamada, ignorando el hecho de que me había despertado.
—Andrés, hola.
—Liz, ¿Cómo estás?
—Bien, feliz de oír tu voz.
Andrés no contestó de inmediato y tuve un mal presentimiento.
—¿Está todo bien?
—Liz es que… bueno necesitaba unos datos y estaba revisando mis correos electrónicos, cosa que nunca hago, y encontré uno tuyo que no había visto antes… la cosa es que… es extraño. Y me preocupé.
Me senté en la cama y todo rastro de sueño me abandonó en ese momento.
—¿Qué decía el email?
—Es que… Liz, fue casi como si… como si supieras… —Silencio.
—¿Como si supiera que Andrés?
—Que ibas a tener ese accidente. Y lo enviaste justo antes.
Me quedé fría, sin saber exactamente qué pensar, pero de alguna manera esperaba ese tipo de información.
—Creo que será mejor que te envíe una captura y lo revises tu misma.
—Si, por favor mándamela —le pedí nerviosa.
Después de decirme un par de palabras tranquilizantes a las que respondí mecánicamente, colgó. Segundos después me llegó la imagen.
“Andrés, tengo un par de días intentando contactarte. Te he llamado y enviado mensajes al teléfono, pero supongo que estás muy ocupado. Necesito hablar contigo, es difícil de explicar por aquí, pero necesito tu ayuda urgentemente. Creo que estoy en peligro, que algo malo va a pasarme. Por favor llámame”
La data del mensaje era de dos días antes del accidente. Un miedo agudo se alojó en mi estómago y tuve que correr al baño, mientras resistía las arcadas.
Por la noche, cuando Gabriel me preguntó que me pasaba, me excusé diciéndole que no me sentía bien, que tenía náuseas, y no era del todo falso, el malestar no me abandonó desde que vi la imagen del correo. Por más que intentaba comprender y darle sentido a toda la información que tenía, no podía hacerme una idea concreta de la verdad, lo único que podía concluir con certeza es que no sabía en quién confiar, y por ende acudir.
Andrés, que era la única persona que parecía estar siendo honesto conmigo, estaba a miles de kilómetros de distancia. Clara había defendido a Gabriel las veces que le manifesté mis preocupaciones y mis padres estaban ajenos a todo, sin mencionar que en otro continente. Sin tener a quien acudir, solo tenía una opción para descifrar el enigma en el que se había convertido mi vida, y era intentar conseguir información por mí misma.
Capítulo 12
El peso de un arma cargada
Al día siguiente, Gabriel se fue desde temprano al hospital, si bien no había vuelto a trabajar del todo, me explicó que tenía que atender un par de casos personalmente, pero que no se ausentaría por más que un par de horas.
Esa fue mi ventana, y en el trascurso del día me mantuve atenta a la primera oportunidad que se presentara para ponerme manos a la obra.
Cuando iba a ser mediodía, la señora Mary se instaló en la cocina a preparar el almuerzo, y como no vi ni a Francisco ni a Maximiliano, decidí que era el momento de intentarlo.
Entré en el despacho de Gabriel sin saber exactamente qué buscaba, pero él pasaba la mayor parte de su tiempo ahí por lo que me pareció el lugar lógico para empezar.
Al principio me atacaron los nervios, todo estaba muy ordenado y era posible que notara si algo no estaba en su lugar, sin embargo, no sabía cuándo podía presentarse otra oportunidad, por lo que no tenía tiempo que perder.
Revisé con cuidado los papeles que tenía en su escritorio, pero nada tenía relación conmigo, en su mayoría eran informes médicos, exámenes, facturas, nada útil para mi causa. Abrí unas pequeñas libretas que había junto a la computadora, pero tampoco encontré nada relevante, solo datos de contacto y bancarios en su mayoría.
Pulsé una tecla de la computadora para encender la pantalla y funcionó, por suerte no estaba bloqueada y pude revisarla. Su buzón de correo electrónico estaba abierto, vi los encabezados de los mensajes, pero nada llamó mi atención, de nuevo eran en su mayoría cosas de trabajo o negocios.
Salí del buzón y ojeé en la pantalla principal, una carpeta en particular llamó mi atención ya que se titulaba “Elizabeth”. Nada en esa computadora tenía clave, pero esa carpeta estaba bloqueada. No se me ocurrió una sola contraseña posible, después de todo, no conocía a Gabriel.
Esperando que la hubiese anotado en alguna parte, busqué en el lugar del escritorio que me faltaba, las gavetas, pero cuando apenas abrí la segunda, encontré algo aún más perturbador: un arma.
Mecánicamente la saqué para observarla, era pequeña, elegante, y liviana; mis manos temblaban ligeramente mientras observaba el peligroso artefacto en mi mano.
—Elizabeth.
Retrocedí torpemente asustada y casi dejo caer el arma. Desde la puerta, Francisco me observaba con precaución.
—Tranquila. —Entró en la habitación y se acercó con lentitud a mí, pero manteniendo cierta distancia —¿Qué haces aquí?
—¿Por qué Gabriel tiene un arma? —le pregunté en un susurro bajo. Él tenía las manos en los bolsillos y actuaba muy sereno.
—Precaución —me respondió con tono neutro, pero había algo extraño en su mirada.
—¿Está cargada?
Francisco se acercó al punto que solo un par de centímetros nos separaban, tenía un perfume masculino fuerte y su cercanía me resultó intimidante. En un movimiento sutil, sacó otra arma detrás de su espalda, muy parecida a la que yo tenía. Separó mis manos, y puso su arma en mi mano vacía.
—No lo está. Siente la diferencia en el peso. Esta está cargada —me explicó poniendo su mano bajo la mía y alzándola —, y está no —continuó levantando ahora la mano en la que tenía el arma de Gabriel.
Tomó ambas y las puso en el escritorio, me rodeó para quedar tras el mismo, y esperó a que yo me girarse y lo viera para sacar una pequeña caja de la última gaveta.
—Aquí están las balas, y es así como se carga. —De nuevo de acercó mucho a mí, y se aseguró con la mirada de que le estuviese prestando atención mientras cargaba lenta y cuidadosamente el arma; yo contenía la respiración y observaba el procedimiento —.Y para apretar el gatillo es necesario ejercer fuerza. ¿Tienes alguna pregunta?
Muchas, pero negué con la cabeza. Tenía la garganta seca tanto por lo delicado del tema, como por la intensidad de su mirada.
Francisco descargó el arma, guardó las balas y el arma de Gabriel en su lugar. Después guardó la suya. Cuando todo estuvo como antes, se acercó de nuevo a mí, de manera lenta y tensa, hasta tomarme delicadamente por los brazos. Una vez más olvidé respirar.
—Elizabeth, si en algún punto sientes que necesitas ayuda, solo tienes que pedírmela ¿De acuerdo? —Asentí, seguía sin saber cómo reaccionar a esa compleja situación. Francisco me miró a los ojos por unos segundos antes de soltarme—. Vámonos, Gabriel no debe saber que estuviste aquí.
Con cada día, con cada acontecimiento, mis preguntas solo aumentaban en cantidad y complejidad. Cada vez entendía menos, y me desesperaba más. Después de haber visto el arma y la llegada de Francisco, mi mente no pudo procesar nada más, pero estando en la cama repasando el extraño acontecimiento, recordé la carpeta bloqueada con mi nombre e intenté imaginar que podría contener.
No podía ser una casualidad, y era casi seguro que allí estaba la clave para descifrar mi situación y a Gabriel, pero si quería tener alguna oportunidad de saber que había dentro de ella, solo había un camino para obtener la contraseña, y ese camino era él.
Esa noche, cuando me invitó a cenar, acepté. Me arreglé y mientras comíamos disimulé la tormenta en mi cabeza y pecho, y me mostré tan receptiva y natural como pude.
En cuanto subimos a la habitación, sus brazos me rodearon por detrás y de inmediato ese cúmulo de sentimientos contradictorios que tenía hacia él me invadió. Si hubiese tenido la oportunidad de escoger, de decidir qué hacer, me perdería en sus brazos toda la noche, y por la mañana huiría tan lejos como me fuese posible.
La anticipación y ansiedad me invadieron cuando su nariz comenzó a recorrer mi cuello y sus manos acariciaron mi cintura. Me arqueé involuntariamente, acercando mi rostro a él, que susurró en mi oído:
—En una semana alcanzas el primer trimestre, cuento los días Elizabeth.
Me estremecí ante la promesa en sus palabras y él me giró entre sus brazos para mirarme a la cara.
—Tengo algo para ti —me anunció y sacó una pequeña caja de joyería de su bolsillo. La abrió, revelando un hermoso collar de lo que parecía ser oro blanco, con un dije de un pequeño pié de bebé.
—Gracias —susurré y Gabriel me acercó a él tomándome por la cadera.
Sacó el collar de la caja y lo puso en mí cuello, que esta vez besó, propiciando así el momento más íntimo e intenso que habíamos tenido hasta el momento.
De dos cosas estaba completamente segura, la primera, Gabriel podía hacer conmigo lo que quisiera, no había una cosa a la que yo le diría que no, y la segunda, le temía, a su lado no me sentía segura. Esa combinación era peligrosa, en mi caso, incluso podía ser letal.
Había además un factor importante a considerar, no se trataba solo de mí, también tenía que pensar en mi bebé, ese ser inocente, que aunque no lograba humanizar del todo, era mi trabajo mi proteger. Sabía lo que necesitaba, y lo conseguiría, aunque debía ser inteligente en el proceso.
—Hola —saludé a Gabriel entrando en la sala. Estaba en inclinado sobre la mesa de estar absorto en un papeleo. Parecía feliz de que lo hubiese buscado —. Te hice esto, noté que has estado trabajando mucho.
Puse el plato de sándwiches frente a él, que me miró con una mezcla de diversión y recelo.
—Gracias. Me gusta cuándo cocinas para mí, me traslada a…antes.
Ignoré como su comentario me hizo sentir y deseché el flaqueo en mi voluntad, recordando mi misión y el porqué de la misma.
—Gabriel haya algo que… me gustaría pedirte. —Comencé sentándome frente a él.
—Lo que sea mi amor, ¿qué necesitas? —aunque sus palabras fueron dulces, ese ápice de recelo seguía ahí.
—Es que… me gustaría quedarme unos días en el apartamento con Clara.
En cuanto las palabras salieron de mi boca me arrepentí, la expresión de Gabriel se tornó dura de inmediato y prácticamente sentí como si una nube negra se hubiese cernido sobre nosotros.
—¿Cuál es el problema?—me cuestionó soltando los papeles y centrándose únicamente en mí.
—Ninguno, es solo que me gustaría pasar unos días en casa.
—Tu casa es esta, Elizabeth.
A ese punto la conversación ya estaba cargada de tensión.
—Lo sé. Quise decir que… es el ambiente que recuerdo y lo extraño. Es todo.
Exasperado, se frotó los ojos y en ese momento supe que mi causa estaba perdida.
—Elizabeth, requieres supervisión constante, sufriste una lesión considerable en la cabeza y además estás en estado. Clara trabaja todo el día y no puede cuidarte. ¿Qué pasa si te mareas, o peor aún, te desmayas?
—Me he sentido bien…—contraataqué.
—No por eso debemos confiarnos. Necesitas atención y cuidado.
—¿Eso es un no? —repliqué molesta.
—Un no rotundo.
Gabriel me hablaba con dureza y determinación y a mí me costaba respirar. Sin pensarlo o decidirlo, me rebelé.
—No puedes retenerme aquí en contra de mi voluntad.
—Eres mi mujer, estás gestando mi hijo y sufriste una lesión neurológica. Por supuesto que puedo —refutó mirándome sin parpadear y entendí que no tenía oportunidad de ganar esa discusión.
Con la respiración descontrolada, me fui echando chispas escaleras arriba y me encerré en la habitación.
Indignada, busqué mi teléfono. Gabriel no era omnipotente y yo no le pertenecía. No podía tratarme como si estuviese incapacitada con la excusa de mi lesión cuando yo me sentía bien. Le marqué a Clara, que al segundo repique contestó.
—Hola Liz. Justo estaba por llamarte. ¿Cómo estás?
—Clara te llamo para pedirte un favor, necesito quedarme unos días en el apartamento.
Silencio.
—¿Clara?
—¿Y Gabriel estuvo de acuerdo con eso?
“Gabriel preferiría prender estar casa en fuego con todos nosotros dentro antes de dejarte ir”
—Eso no importa, ¿Puedo ir?
—Liz es que… bueno no tengo espacio, tuve que alquilar tu habitación a otra chica para ayudarme con lo de la renta. Si no, con mucho gusto.
Gruñí de frustración.
—¿Elizabeth, que pasa?
—Nada Clara, no te preocupes. Gracias de igual forma. —Y le colgué.
Solté el teléfono estresada y en ese momento recordé algo: el email de la captura que me había enviado Andrés; yo había revisado mi correo electrónico cuando Gabriel me dio la laptop, y no había visto el correo en cuestión en el buzón de enviados. Revisé de nuevo mis emails, esta vez en el teléfono y con más detenimiento. Ese mensaje en específico no estaba por ninguna parte. Alguien lo había borrado. Y solo podría haber sido él.
Capítulo 13
Intimidad
Cayó la tarde y seguía encerrada en la habitación, no pasaría mucho tiempo para que la señora Mary o Gabriel subiesen a llevarme comida y como seguía molesta y sintiendo aquella enorme presión en mí pecho, no quería ver a nadie.
Comenzaba a conocer el closet y casi de inmediato encontré lo que buscaba: un traje de baño. Me cambié y me cubrí con una bata de baño. Bajé esperando no cruzarme con Gabriel, ya que a esas alturas sabía que cuando estaba molesto se refugiaba en su despacho. En efecto no me encontré con nadie y llegué a la piscina cuando ya empezaba a oscurecer.
Como imaginé, flotando encontré algo de paz, no podía nadar porque mis extremidades aun protestaban, pero tampoco lo necesitaba. Permanecí en perfecta calma, mirando al cielo y sintiéndome ligera en el agua, dejando cualquier pensamiento perturbador al ras de mi mente, hasta que un par de zapatos brillantes de hombre aparecieron en mi campo visual.
Me incorporé para encarar a Francisco, que me miraba con desaprobación y sostenía una toalla.
—Ni el clima ni la hora son propicios para estar en el agua —me regañó, arruinando mi momento de paz —, y si tuviera que adivinar, apostaría que Gabriel no sabe que estas aquí.
—Estoy dentro de la casa —me defendí con amargura al ver la severidad de su expresión y al recordar el incidente anterior.
—Estamos a unos diez grados, y en tu deteriorada condición y estado no puedes darte el lujo de enfermarte. Estoy seguro de que eres lo suficientemente sensata para entender eso.
La manera en que lo dijo me hizo sentir como si fuese algo averiado y roto cuyo valor se había perdido. Comenzaba a acostumbrarme a esa sensación, pero viniendo de él, la observación me causo una molestia peculiar, aguda.
Una parte de mi estaba consciente de que él tenía razón, pero estaba harta de no poder decidir nada por mí misma, por lo que no me moví y lo miré desafiante. Él me sostuvo la mirada tanto como pudo, pero cuando mis dientes comenzaron a castañear, cedió.
—Si no te importa tu salud, entonces al menos evítame un problema con Gabriel ¿quieres? Sécate y vuelve adentro por favor —me pidió en completa calma.
Ante ese pesado argumento, accedí. Lo último que necesitaba era otro arrebato de Gabriel, destrozaría mis frágiles nervios y sumiría la casa en tensión de nuevo. Sin responder nada, pero sosteniéndole la mirada, obedecí a Francisco y salí lentamente de la piscina. Una vez más percibí que aunque su expresión era pétrea, sus ojos chispaban con algo que no lograba precisar. Me paré frente a él y me cubrió con la toalla.
—Tú sabes algo que yo no —le solté, incapaz de controlarme.
—Muchas cosas, sin duda —respondió con esa hermeticidad que lo caracterizaba —. Ahora por favor ve adentro y entra en calor. Si Gabriel te escucha siquiera toser, te va a internar en el hospital por un mes completo.
Resignada a que de Francisco tampoco obtendría nada, acomodé la toalla alrededor de mi cuerpo y me dirigí a la casa.
Subí con prisa por dos razones: la primera, estaba segura de que Francisco tenía razón y a Gabriel no le gustaría nada saber que había estado expuesta a ese frío; y la segunda, me estaba congelando. Mientras subía las escaleras los dientes me castañeaban y mi piel estaba completamente erizada.
Cuando entré a la habitación suspiré de alivio porque Gabriel tampoco estaba ahí, corrí hasta el baño y abrí la puerta con tal rapidez que no tuve oportunidad de prepararme para la imagen que me esperaba.
Gabriel estaba en la ducha, apoyado con las manos en la pared y la cabeza baja recibiendo de lleno el chorro de agua. Ni un solo músculo de mi cuerpo respondió. Estaba embelesada deleitándome con Gabriel de la forma en que incontables veces lo había imaginado. Él se percató de mi presencia, y por unos segundos, aún desde la posición en la que lo había encontrado, no hizo más que mirarme. Me evaluó con la mirada, pero su rostro carecía de expresión. Finalmente se incorporó y abrió la puerta de vidrio para darme una imagen frontal de lo que por tanto tiempo y con tanta vehemencia había deseado.
Tomó una toalla del perchero junto a la ducha y sin desprender sus ojos de los míos secó su rostro y después el torso. Salió de la regadera y caminó hacia mí con agonizante lentitud. Una vez que estuve a su alcance temí que mi corazón fuese a explotar. Estaba tan cerca, tan expuesto, y mirándome de esa forma primitiva e intimidante que me hacía sentir que era yo quien estaba desnuda.
Alzó su mano hacia mi rostro y me estremecí cuándo su pulgar rozó mi labio inferior. Lo haló hacia abajo y comprendí que lo había estado mordiendo. Tras una última mirada cargada de intensidad que no pude descifrar, pasó a mi lado y salió del baño, dejando el cúmulo de hormonas alterando cada parte de mí.
Cuándo el baño caliente me devolvió mi temperatura corporal, salí a nuestra habitación, pero por suerte, Gabriel no estaba ahí. No habría sabido cómo reaccionar a su cercanía después de verlo así.
Los días que siguieron fueron tensos, aunque Gabriel se mostraba arrepentido por su comportamiento, de ninguna manera cambió de opinión. Después de un par de días estancada, decidí regresar a mi enfoque original e intentar desbloquear la carpeta con mi nombre. Necesitaba alguna prueba definitiva que me convenciera de huir de Gabriel, o desentenderme de ese asunto y dejarlo atrás, cualquiera de las opciones era válida, siempre que me aportara un cierre. La incertidumbre me estaba matando.
No podía simplemente preguntarle la contraseña de la carpeta, pero esperaba que algún tiempo de calidad entre nosotros me indicara la dirección correcta.
Aquella mañana estaba preparándome para bajar a desayunar, peinaba mi cabello que había crecido mucho los meses pasados, y mientras lo hacía se me ocurrió una idea para acercarme a Gabriel. Noté a través del reflejo del espejo que me miraba con atención. Era casi como si pudiera saber que estaba tramando algo. Me conocía tan bien, que de momentos pensaba que él podía leer mi mente.
Se acercó a mí con cautela, mirándome a los ojos en el espejo, me tomó por los hombros y besó mi cuello. Sin importar cuántas veces lo hiciera, que tan seguido sus labios estuviesen en mi piel, no era una sensación a la que sintiera que podía acostumbrarme. Cuando abrí los ojos de nuevo, me miraba con intensidad.
—Todo lo que hago es por tu bien Elizabeth, aunque a veces no lo entiendas.
Quería enfrentarlo, preguntarle si la situación fuese diferente, si no hubiese tenido ese accidente y quisiera irme, él me lo permitiría. Pero debía ser más inteligente que eso, porque él podría simplemente mentir, y con tristeza me admití que lo que sentía por él podía orillarme a creer sus mentiras. Tenía que ser ávida, y tomar el camino que me permitía la mejor oportunidad: la carpeta.
—Quiero pedirte otra cosa Gabriel. Algo más inofensivo.
—Te escucho —me animó, la curiosidad evidente en su tono y expresión.
—Me gustaría que me llevaras a cortarme el cabello. Ha crecido mucho últimamente y está demasiado largo. Y quizás podemos… comer un helado, no sé. Cualquier cosa. El encierro me está matando.
Cómo lo esperaba, mi petición complació a Gabriel, estaba entusiasmado cuando nos disponíamos a salir, pero al bajar las escaleras, encontramos a Francisco en la sala con un hombre mayor al que me parecía haber visto antes, pero no lograba ubicar.
Mis alertas se activaron cuando Gabriel se tensó a mi lado. Su mano que estaba sosteniendo la mía, comenzó a sudar casi de inmediato.
—Estaba por llamarme. Tienes visita —le dijo Francisco y Gabriel me soltó para estrechar la mano del hombre, que me escrutaba con la mirada.
—Gabriel —lo saludó y después me tendió la mano a mí —. Señora Monroe, me alegra verla tan recuperada.
—Gracias —respondí confundida y un segundo después recordé haberlo visto en el hospital. Estaba a punto de preguntar quién era cuando Gabriel intervino.
—Francisco. Elizabeth quería ir a la peluquería, llévala por favor y a cualquier otro sitio que ella te indique.
—Está bien, puedo esperarte —le espeté aun sabiendo que sería en vano, era obvio que quería sacarme de ahí.
—No mi amor, esta reunión puede tardar. Ve con Francisco —besó mi frente y le hizo un gesto al hombre para que lo siguiera por el pasillo que llevaba al despacho.
Francisco me guió sin mucho disimulo fuera de la casa, y prácticamente me subió en el carro mientras mi mente trabajaba a mil por hora.
La mayor parte del trayecto la hicimos en silencio, pero en algún punto el debate en si podía o no confiar en Francisco se volvió fútil, y decidí simplemente intentarlo.
—¿Quién es ese hombre?
Él parecía estar pensando su respuesta, y me dejó colgada por unos segundos, hasta que finalmente respondió.
—Eso deberías hablarlo con Gabriel.
—Dijiste que éramos amigos, que podía pedirte ayuda.
Su gesto se suavizó, como si hubiese sopesado mis palabras y fallado a mi favor.
—¿Si te respondo eso, prometes no preguntarme nada más al respecto? —asentí. Una respuesta era mejor que ninguna —. Es el detective que lleva tu caso.
Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza, pero Francisco no me dio oportunidad de siquiera procesar sus palabras.
—Llegamos —me anunció aparcando y bajando del carro con rapidez. En cuestión de segundos lo tenía en mi puerta, ayudándome a bajar y después conduciéndome a la entrada de la peluquería.
Una vez dentro el proceso fue muy mecánico, prácticamente no estaba ahí, mi mente no lo estaba. Cuando la chica terminó conmigo y Francisco pagó, tuve que ingeniármelas para intentar conseguir más respuestas, él no me diría nada más, pero yo estaba desesperada.
—Llévame al apartamento por favor, con Clara —le pedí cuando puso el carro en marcha. Me miró incrédulo, pero no le di oportunidad de negarse —: Gabriel dijo que me llevaras a donde yo quisiera —le recordé con la altanería, irritada.
—Como quieras —aceptó de mala gana.
Era fin de semana y estaba segura de que encontraría a mi amiga en casa, Clara era una chica muy hogareña y cuándo no estaba trabajando aprovechaba de descansar.
—Espérame aquí —gruñí a Francisco porque no quería que estuviese presente cuando interrogara a Clara. Tanto para que no la influenciara, como para que no informara a Gabriel. Él no dijo nada y se quedó en el carro mientras me bajaba como una tromba.
Toqué la puerta y cuando Clara me abrió, su expresión fue cautelosa, de inmediato sospeché de ella y entré sin esperar a que me invitara.
—Liz. ¿Qué haces aquí?
La conocía y sabía que estaba nerviosa. Sabía además la razón. Miré a mí alrededor en busca de indicios de la supuesta compañera, pero no encontré nada. Todo se veía exactamente igual a como lo recordaba. Intercambiamos una mirada incómoda, y al comprobar su cara de culpabilidad, me dirigí a la que había sido mi habitación y abrí la puerta. Nada. Estaba completamente vacía. No podía creerlo, no de ella…
—Elizabeth, déjame explicarte —me pidió siguiéndome.
—¡¡¡ME MENTISTE!!!
—Por tu bien, no tenía otra opción.
—¿Él te pidió que me mintieras?
No hizo falta que lo admitiera, en su rostro estaba clara la respuesta.
—No puedo creerlo, ¿Estás de su parte?
—No se trata de tomar partes Elizabeth, se trata de tu bienestar y el de tu bebé.
—Creí que al menos en ti podía confiar —le dije con voz quebrada antes de salir del apartamento y lanzar la puerta tras de mí. Ella siguió llamándome, pero nada que me dijera me haría sentir mejor.
Estaba sola, completamente desamparada y sin nadie que actuara en mi favor. Sin muchas opciones, me subí de nuevo en el carro dónde Francisco me esperaba. No hizo preguntas a pesar de qué se percató de que estaba alterada, manejó en silencio un rato, y después me preguntó:
—¿Quieres que vayamos a algún lugar? Podemos tomar algo y así te tranquilizas antes de ir a la casa.
La idea de pronto se sintió necesaria, no quería enfrentar a Gabriel, no quería sentir todo eso que él causaba en mí y que me confundía tanto. Lejos de él podía pensar coherentemente.
Fuimos a un café al aire libre y Francisco pidió un par de bebidas para ambos. Había brisa y al cabo de un rato me encontré más tranquila, pero aún estaba ávida por respuestas.
—Contéstame solo una cosa —le pedí en tono de súplica y él me miró con lo que percibí como lástima —: ¿Gabriel es peligroso para mí?
Francisco respiró profundo y desvío la vista un momento, cuando volvió a centrarse en mí, ya su expresión no era de lastima, era dura, irritada, y prácticamente me gritó su respuesta.
—Te contestaré eso sí antes me respondes tú algo Elizabeth. ¿Si supieras que sí, que no estás segura con él, podrías dejarlo? ¿Dejarías de lado lo que sientes y te alejarías? Porque ya vi esta película antes, y se cómo termina. No tiene sentido que indagues en cuál es tu enfermedad si no estás dispuesta a tomar la cura. Por favor termina tu bebida y volvamos a la casa antes de que Gabriel sospeche que algo anda mal.
Por la manera en que me habló, y el sentimiento en sus palabras, supe que había muchísima historia detrás de aquel embrollo. Reprimí las lágrimas y enfoqué mi atención en el hombre que bebía café tras francisco en un intento de calmarme.
Pero él tenía razón, no sabía si podía “curarme” de Gabriel, no importaba realmente. Por la magnitud del problema en el que por lo visto estaba, me pregunté si al menos sería capaz de lidiar con la verdad.
Una vez en casa, logré eludir a Gabriel por un rato, pero a la hora de dormir no tuve escapatoria. Salí del baño y entré en el closet dónde me puse un pijama cómodo y medias porque hacía frío. Él me esperaba en la cama, completamente sereno, lo que me hizo preguntarme que tanto sabía de mi día. No estaba dispuesta a dejar que se me adelantara por lo que me senté en la cama frente a él y crucé las piernas; tras evaluar mi posición, él también se incorporó y me observó aún impasible.
—¿Por qué hay un detective siguiendo el caso si se trató de un accidente? —le pregunté en una voz baja y serena que no reflejaba como en realidad me sentía.
—Porque tu accidente fue causado por la imprudencia de alguien, eso lo hace objeto de investigación —su respuesta tranquila y segura me planteaba dos opciones, o Gabriel estaba diciendo la verdad, o era un excelente mentiroso.
—Si se trata de mí, ¿cómo es que no lo estoy involucrada?
—No tiene caso Elizabeth, no recuerdas nada.
—Pero eso no quiere decir que debas mantenerme al margen, tengo derecho a saber.
La tranquilidad de Gabriel se esfumó y de pronto parecía perturbado, me odié a mí misma cuando sentí su dolor. ¿Qué tan idiota tenía que ser para simpatizar con mi verdugo?
—Elizabeth, al igual que tú embarazo, tus doctores y yo decidimos dosificar cierta información. No ocultarla del todo, solo dártela en la medida que pudieras manejarla. Hay cosas que me gustaría ahórrate al menos por ahora. Pero lo importante es que sepas que todo lo que hago es por ti, porque estés bien y feliz... Daría mi vida porque comprendieras eso…
Y solo así, con un par de palabras, Gabriel me hacía cuestionar todo lo que un par de segundos antes pensaba. Él tenía el poder de hipnotizarme, de convencerme de que el cielo era verde si así lo quería. Pero una parte de mi sabía que no podía entregarle todas mis armas. Me ahorré la primera alerta, la vez que lo escuché hablando con Francisco, la advertencia inocente de su madre. Enterré todo aquello en el rincón más profundo de mi ser y me dejé caer es sus brazos. No estaba tranquila, no me sentía segura, pero sabía que lo mejor era que él pensara que sí.
Era como si él anulara mi voluntad, pero una parte de mí permaneciera despierta y alerta.
Capítulo 14
Resignación
Los días siguientes consistieron en dos propósitos: resistirme a él y su encanto, e intentar averiguar la contraseña de la carpeta; en ambas fracasé de igual manera. Gabriel seguía siendo adictivo para mí, me hablaba, me tocaba y me encontraba a mí misma añorando más de él. Siempre más. Nunca era suficiente.
Le pregunté sobre nosotros, cuando nos conocimos, nuestra boda, su cumpleaños, cualquiera cosa que pudiera darme indicios de la contraseña. En ciertos puntos me perdía, olvidaba mi cometido y me dejaba llevar por él, por su voz, su aroma, y su suave contacto. No había estado enamorada antes, no tenía un punto de referencia, pero estaba total y completamente convencida de que amaba a ese hombre. Y mucho más de lo que me convenía.
Cuándo creí haber reunido suficiente información para intentar desbloquear la carpeta, inició la travesía de buscar la oportunidad de meterme a escondidas en su despacho. No era fácil, todas las personas en la casa tenían el propósito de estar al pendiente de mí.
Me desperté sola y como estaba atenta al momento en que Gabriel saliera de la casa, me sacudí los restos de sueño y bajé a la cocina donde estaba la señora Mary. Al preguntarle por Gabriel me dijo que él había salido a hacer ejercicio, y como tampoco había visto ni a Francisco ni a Maximiliano, aproveché la oportunidad.
Cuando entré al despacho todo estaba igual que la vez pasada; fui directamente a la computadora y me senté frente a ella. La carpeta seguía ahí y seguía bloqueada.
Intenté con todos los datos que había recolectado los pasados días, fechas, lugares, eventos importantes, pero nada funcionó. Lo que fuese que había ahí dentro, Gabriel lo tenía bien resguardado. Me rehusaba a rendirme, ahí debía estar la clave para entenderlo a él y mi situación, seguí tecleando combinaciones de la información que tenía, pero la computadora seguía indicando que la clave era errada, golpeé la mesa con frustración. Desde la puerta, el sonido de Gabriel carraspeando me sobresaltó.
Su mirada estaba más oscura que de costumbre lo cual me asustó. Venia completamente sudado y las venas se marcaban en sus brazos.
—¿Te pudo ayudar en algo? —Por el tono en su voz supe que estaba en problemas.
No respondí, no respiré, mientras él se acercaba lentamente a mí mirándome a los ojos.
Rodeó el escritorio y vio la pantalla, de inmediato detectó lo que había estado haciendo.
Puso una mano en el espaldar de la silla y otra en el escritorio, atrapándome así. Cuando habló de nuevo, su voz sonó muy cerca de mi oreja.
—¿Quieres ver qué hay en esa carpeta, Elizabeth?
Necesitaba ser fuerte como él, yo podía serlo aunque fuese en apariencias; me obligué a levantar la mirada y cuando asentí, lo hice viéndolo a los ojos.
Sus facciones se contorsionaron de frustración y rabia. Arrastró bruscamente una silla hasta el escritorio y la puso junto a la mía. Tecleó la contraseña, pero en medio de mis nervios no alcancé a verla.
Vídeos, la carpeta estaba llena de ellos. No tenía idea de que trataban, los nombres eran genéricos. Gabriel adoptó de nuevo esa pose en la que me sentía acorralada: un brazo en el espaldar de mi silla, el otro en el escritorio, y muy cerca de mí.
—Ve, Elizabeth. Escoge —me invitó y su tono profundo sacudió mis ya alterados nervios. Llevé mi mano temblorosa al sensor, y lo pasé por un par de iconos hasta seleccionar uno de los vídeos en el centro. El reproductor se abrió y el vídeo comenzó.
En la imagen estaba yo, en ropa íntima y acostada en nuestra cama. Las manos de Gabriel acariciaban mis pechos a través de fina tela y desde atrás de la cámara, él me llenaba de elogios.
“Se le ve muy excitada señora Monroe, Eres la criatura más sexy que existe ¿Lo sabías?”
Obviamente había estado de acuerdo con que me filmara, de hecho se me veía entusiasmada. En respuesta a sus palabras, me vi a mi misma tomando su mano libre y la introduje en mi panty.
Me revolví incómoda por la cantidad de sensaciones que la imagen me producía, pero Gabriel cerró su radio en torno a mí y pegó sus labios de mi oreja.
—Querías ver Elizabeth, entonces vamos a ver.
Retiró la mano que tenía en el escritorio y la puso sobre mi muslo desnudo, una descarga sacudió mi vientre y mis rodillas.
El vídeo se había vuelto más explícito, y Gabriel filmaba de cerca como sus dedos entraban y salían de mí. Su mano en mi muslo se movió, primero apretando y después hacia el interior. Sin pensarlo y sin poder controlarme, me encontré a mí misma abriendo las piernas para él.
Cuando sus dedos alcanzaron mi centro, la sensación fue incluso más intensa que la vez pasada, quizás por el estímulo visual o porque mis sentimientos por el habían evolucionado. Lo cierto era que en cada segundo me sentía al borde del orgasmo, pero intentaba contenerme, quería disfrutarlo, Gabriel en esa parte de mi cuerpo era algo en lo que pensaba demasiado y ocurría poco.
Sus dedos, su ritmo, y su respiración pesada en mi cuello eran implacables, y eso a aunado a verlo en la pantalla frente a mi lamiendo y sorbiendo mi centro era demasiado, iba a explotar. De alguna manera él lo supo, me conocía, mi cuerpo y mis reacciones.
—Ya lo he visto antes, puedo saltarme el final —me susurró antes de detenerse.
En un movimiento brusco, se arrodilló frente a mí y me sacó la panty. Me haló al borde de la silla, abrió mis piernas y enterró su cabeza ahí, lamiendo, mordisqueando, sorbiendo…
Me escuché gemir alto y mordí mis labios, el ataque de Gabriel era agresivo y delicioso, quería volverme loca. Vi en el vídeo como me penetraba y se movía bruscamente en mí, yo me retorcía de placer. Aferré mis manos a sus hombros y clavé mis uñas en ellos mientras me corría agonizantemente y el alivio me invadía.
Caí en un estado en el que ni siquiera me sentía consiente. Nadaba en un mar de placer, pero podía sentirlo besando mis piernas, después mi vientre, mis pechos, y labios. No podía abrir los ojos, tampoco quería, ni tenía idea de que encontraría en la mirada de Gabriel, pero lo que me dijo cuándo pegó su frente de la mía, me dio una idea de lo que sentía.
—Sigues empujándome a hacer cosas que no debo Elizabeth. Esto tiene que parar.
Puso algo en mi mano y por la tela asumí que era mi panty. No dijo nada más, se incorporó y lo escuché alejarse y salir.
Me costó mucho reaccionar, pero cuándo logré recuperar mi cuerpo, estaba más confundida que nunca. Tenía la necesidad de organizar todo lo que sabía o creía saber, o mi cabeza iba a explotar. No podía ser honesta con él y decirle todo lo que me atormentaba, porque sabía que terminaría creyendo lo que fuese que él me dijera, al menos una parte de mí lo haría, y el espiral vicioso en el que nos encontramos no pararía nunca.
Pasé mucho rato en el mismo lugar en el que él me había dejado. Intenté pensar, decidir, pero no estaba más cerca de entender a Gabriel que cuando llegué a esa casa.
Lo peor era que no tenía ninguna prueba tangible para sustentar mi temor hacia él, si a veces yo misma dudaba de todo y sentía que estaba desquiciada, no podía imaginarme lo que pensaría alguien más de mis sospechas. Nada tenía sentido en mí cabeza.
Cuando no pude posponerlo más, subí a nuestra habitación, sin tener idea de que hacer, sometiéndome a qué él hiciera el primer movimiento. Lo encontré inclinado sobre la peinadora, haciendo anotaciones en un papel. Se había bañado y cambiado con ropa de salir.
Notó mi presencia en cuanto entré porque los músculos de su espalda se tensaron, pero tardó un momento en levantar la mirada y enfrentarme. Desconocí su expresión, era una mezcla de dolor y molestia.
—Arreglé todo para que te quedes en el apartamento con Clara —anunció doblando el papel y metiéndolo en un pequeño bolso frente a él —. Aquí están tus medicamentos y vitaminas, así como las indicaciones detalladas de como tomarlas. —Hizo una pausa, pero no supe que responderle —. Empaca tu ropa y hazme saber cuándo estés lista. —Con esas últimas palabras pasó a mi lado y salió de la habitación.
Respiré profundo reprimiendo las ganas de llorar, no estaba segura de por qué estaba tan afectada. Me senté en la cama, inhalé y exhalé hasta calmarme.
Eso era lo que quería, lo que necesitaba, poner distancia entre Gabriel y yo. ¿Entonces por qué me dolía tanto la idea de separarme de él? ¿O lo que me hería era el hecho de que él había decidido separarnos?
Sabía que desconfiaba de él y que no me sentía segura, me había agarrado con las manos en la masa, y aun así no había hecho un esfuerzo por indagar en lo que me inquietaba para darme respuestas. Si eso no era una clara admisión, ¿qué lo era?
Entré en el closet e hice lo que me pidió. Empaqué mi ropa, suficiente para mucho tiempo. Me vestí, tomé mi bolso, el de las medicinas y bajé a su encuentro. Algo en su postura oprimió mi corazón, se veía vulnerable y melancólico.
Tuve que repasar en mi mente todos los eventos extraños de las pasadas semanas para reunir la fuerza de pararme frente a él con la maleta. No dijo nada, agradecí que no lo hiciera. Tenía las cosas de Midas en las manos por lo que asumí que debía llevarlo conmigo. Tomé el cachorro y Gabriel me indicó con un gesto que saliera, para después seguirme.
A pesar de la tensa situación, llevó la maleta y me abrió la puerta del carro.
Francisco nos observó salir desde el portón de la casa y contuve el impulso de despedirme de él.
El viaje en el carro fue prácticamente insoportable. Ninguno de los dos dijo una palabra. Gabriel miraba el camino, más tenso de lo que le había visto antes, y yo veía mi reflejo en el espejo retrovisor. Hasta mi apariencia había cambiado mucho últimamente, mi rostro era distinto a como lo recordaba y viéndome en la luz del día fui muy consciente de ello. Me veía mayor, más madura: diferente.
Llegamos y Gabriel apagó el carro. Pero ninguno de los dos se movió. Esperé por él ya que era obvio que tenía algo que decir.
—Por favor tómate las medicinas y vitaminas según las instrucciones. Es importante. Y por supuesto aliméntate bien. No dudes en llamarme si necesitas algo, aunque arreglé todo para que nada te falte —me explicó con voz acongojada —. Y lo más importante Elizabeth, no salgas sola, recuerda que por tu lesión y estado es peligroso que te desmayes o colapses.
No sabía cómo reaccionar a sus palabras. Sonaban tan… definitivas. ¿Cuándo volveríamos a vernos? No podía preguntarle eso, aunque me urgía saber. Me recordé a mí misma que llevaba su hijo en mi vientre y la contrariedad de todo lo que sentía fue más fuerte que nunca. Desesperada por dar por terminada la situación, abrí mi puerta y bajé del carro.
Entré al edificio y subí las escaleras con él tras de mí. Solo quería estar en mi cama y llorar, sin saber realmente por qué, lo que más sentía sin duda era una inmensa confusión.
Llegamos a la puerta y Gabriel llamó con los nudillos. Cuando lo hizo me giré mecánicamente hacia él sin haberlo decidido. La expresión en su rostro decía tantas cosas; pero apenas podía lidiar con mis propios sentimientos como para además reconocer los suyos. La puerta se abrió a mis espaldas, pero no me moví. Gabriel puso una mano en mi cintura y besó mi frente, permanecimos así por un tiempo prolongado o al menos así me pareció. Yo estaba paralizada.
—Cuídate Elizabeth —se despidió y después de sonreírle tristemente a Clara, se dio la vuelta y se fue.
Entré en el apartamento ahogada por el nudo en mi garganta. Puse a Midas en el piso y me excusé con Clara, le dije que no me sentía y bien y que solo quería descansar. Por primera vez en mucho tiempo obtuve exactamente lo que quería cuando por fin pude abrazar mi almohada y llorar. Drenar toda aquella confusión que me carcomía día y noche.
Capítulo 15
Un recuerdo
En la noche Clara llamó a mi puerta y me ofreció algo de comer, acepté aunque no estaba de ánimos y cenamos juntas. Revisé la hoja con instrucciones que me había dado Gabriel y la pegué en la puerta de la nevera para no olvidar nada. Me cambié, me acosté y revisé mi teléfono. Él no había intentado contactarme. Abrí su chat, que hasta el momento no había usado, y vi que su foto de perfil era un ultrasonido de nuestro bebé tomado en la última consulta.
¿Quién era Gabriel? ¿De qué clase de hombre me había enamorado? No sabía cómo responder eso, pero si estaba segura que el escondía un gran secreto.
Separados, estaba más lejos de descifrarlo que nunca, pero al menos sentía que podía respirar, que la presión en mis hombros había disminuido y recuperaba mi capacidad de ver más allá de él, porque cuando él estaba, era lo único en lo que me centraba. Monopolizaba mi atención, mis sentimientos y pensamientos al punto de convertirse en mi universo.
Esos días me concentré en mí, en ser al menos por momentos la chica que recordaba y conocía antes de despertar en aquel hospital. Como Clara trabajaba todo el día, mi única compañía era Midas, pero mi amiga me escribía más de tres veces al día para preguntar cómo me encontraba.
Gabriel seguía sin contactarme y su ausencia me incómoda. Por días no supe nada de él, aunque sospechaba que hablaba con Clara.
Odiaba lo mucho que lo extrañaba, lo mucho que lo pensaba y deseaba. Aún en la distancia él alteraba mis hormonas, pero tenerlo como lo añoraba era más imposible que nunca. La posibilidad me parecía incluso más lejana que cuándo él no sabía de mi existencia y yo lo admiraba a través del ventanal.
Un día me visitó su madre, y por algunas preguntas que me hizo supe que la había enviado él. Estaba aliviada de saber que aunque no me escribía ni llamaba me tenía presente, porque a menudo me preguntaba cuánto tiempo le tomaría olvidarme, y aunque solo había pasado una semana, lejos de él me parecía una eternidad. También me preguntaba si eso era lo que me convenía, que él siguiera adelante. No estaba segura; como ya era costumbre, no sabía nada.
Un sábado por la noche me llamó, pero yo estaba dándome un baño y perdí la llamada. No supe contactarlo después, que decirle o como acercarme. Probablemente él pensaría que no quise responderle, y quizás sería lo mejor.
El domingo Clara llamó a mi puerta y me dijo que tenía visita, con el corazón golpeando mi pecho con fuerza, salí para descubrir que era Francisco quien había ido a verme. Clara se excusó dejándonos solos y yo le ofrecí una taza de café, pero él me propuso tomarlo fuera. Después de días encerrada, la idea me sedujo. Gabriel me había pedido que no saliera sola y no lo había hecho, además él confiaba en Francisco.
El sol, la vitamina D y el aire fresco en mi cara fueron renovadores. No me había dado cuenta de cuánto lo necesitaba hasta ese momento. Fuimos al mismo café de la vez anterior y pedimos bebidas para ambos.
—¿Cómo estás Elizabeth? —me preguntó poco después de que nos tomaron la orden.
—Bien. ¿Gabriel te envió a verme?
—Sí, quiere saber de ti.
—Pensé que estaba en contacto con Clara.
—Supongo que quería una opinión más… cercana.
—¿Él cómo está?
—Volvió a trabajar, supongo que para distraerse. La casa se siente muy sola sin ti.
A pesar de que quería saber más de Gabriel y hacerle muchas preguntas a Francisco, decidí mantener la conversación en terreno seguro. Finalmente me sentía normal, y cómoda y recordé que él me dijo un vez que habíamos sido cercanos, en ese momento tenía sentido. Pasamos un par de horas hablando trivialidades y cuándo cayó la tarde me llevó a casa.
La distancia física entre Gabriel y yo no nos alejaba en absoluto, él seguía ocupando el ochenta por ciento de mis pensamientos y me sentía como una jovencita obsesionada al no poder dejar de pensarlo. Gabriel incluso se había adueñado de mis sueños, sueños muy parecidos al vídeo en su computadora y que aumentaban en intensidad y frecuencia.
En mi décimo día en el apartamento, Gabriel me escribió. El sólo ver su nombre en mi pantalla aceleró mis latidos, ¿Cómo iba a sentirme cuándo volviera a verlo?
Abrí el mensaje, temerosa y ansiosa al mismo tiempo.
“Elizabeth, me gustaría saber de ti misma si estás bien y si necesitas algo.”
Releí el mensaje un par de veces, sintiéndome mal por lo seco que se expresaba en comparación al Gabriel que conocía o creía conocer.
¿Por qué me sentía culpable? ¿Por qué lo extrañaba, y peor aún, lo necesitaba?
“Estamos bien”
Le respondí y guardé el teléfono bajo la almohada molesta conmigo misma por querer más de él.
Aun no oscurecía, no tenía sueño y las manos me escocían por tomar el teléfono y ver si tenía otro mensaje de Gabriel. Al cabo de un rato no pude resistir y revisé, pero no me había escrito nada más. Refunfuñando, lo guardé de nuevo y en mi ansiedad comencé a jugar con un pequeño hilo que sobresalía de mi colcha.
Ese pequeño acto se sentía familiar, era algo que hacia siempre que estaba triste o pensativa; y de pronto, como si alguien lo estuviese susurrando en mi oído, un recuerdo llegó a mi mente…
Jugaba tristemente con el hilo de la colcha, incapaz de conciliar el sueño; haber conocido finalmente a Gabriel y que él no solo no se interesara en mí, sino que además me tratara con hostilidad, me había dejado más decaída de lo que debería. Por absurdo que sonara, me sentía despechada ya que en mi mente caprichosa, había construido esa hipotética relación con él, y en medio de los días turbios que atravesaba, esa posibilidad me había confortado.
Ahora ni si siquiera tenía la posibilidad de admirarlo en la distancia. No me permitía a mí misma ver en dirección al hospital ya que sería mero masoquismo, y sin la eventual presencia de Gabriel, mi trabajo era más tedioso que de costumbre. Y pensar que pronto se iría Andrés.
Llegó su último día en el trabajo y se había ido con prisa a terminar unos pendientes para su viaje. Cuando terminó el turno, limpié y organicé las cosas que nos correspondían a ambos. Salí del restaurante con el ánimo por el piso.
Trastabillé hacia atrás cuando a solo un par de pasos de la puerta vi a Gabriel, llevaba ropa casual y estaba recostado de un poste con las manos en los bolsillos, parecía estar esperando algo. Al verme se incorporó y dio un par de pasos hacia mí, que me había quedado paralizada por su presencia.
—Hola —me saludó con esa sonrisa pícara que tenía y que esta vez estaba mezclada con vergüenza —. No sé si me recuerdas, por tu cara creo que sí. Estuve aquí hace un par de días y yo… bueno fui un completo idiota. Quería disculparme contigo —habló de forma atravesada, quizás incluso nervioso.
El silencio reinó entre nosotros mientras él aguardaba a mi respuesta.
—No te preocupes. No pasa nada —le dije e intenté rodearlo para irme, pero su mano en mi brazo me detuvo.
—De verdad estaba teniendo un muy mal día, aunque por supuesto eso no es excusa.
Su voz sonaba lejana para mí, mi atención recaía en el contacto de nuestra piel, y su agarre que era firme sin ser brusco.
—De verdad está bien. No tienes que disculparte.
Una vez más intenté huir de la extraña situación y una vez más él me frustró. Esta vez adelantándose y parándose frente a mí. Ahogué un grito cuando casi chocamos. La mezcla entre el ligero olor a tabaco y su perfume era sublime. Las personas pasaban a nuestro alrededor, pero yo sentía que estábamos solos.
—Si de verdad aceptas mis disculpas, me dejaras invitarte un trago.
Esa versión de Gabriel, tan diferente a la anterior y que se parecía mucho a la que había imaginado, era demasiado buena para ser verdad. En un intento de proteger mis frágiles sentimientos, decliné.
—Acepto tus disculpas, todos tenemos malos días, pero no tienes que…
—Sé que no tengo, quiero… Elizabeth yo…
—¿Sabes mi nombre? —lo interrumpí impresionada.
—Lo vi en tu placa el día que nos conocimos. Sé que te va sonar extraño, pero realmente me ayudarías si aceptas tomar una copa conmigo. Por favor.
Ante esa vulnerabilidad no pude resistirme mucho más, con mucho temor a arrepentirme, acepté.
—Está bien.
Finalmente se relajó y sus hombros descendieron un par de centímetros. Me extendió la mano y la idea de tocarnos de nuevo me ponía nerviosa, pero no tenía opción.
—Soy Gabriel, Elizabeth. Un placer conocerte al fin.
Esa última frase fue confusa por obvias razones, pero no dije nada. Tomé su mano, ignoré como su contacto debilitó mis rodillas, y comenzamos a andar.
Era una noche fría y por suerte tenía un abrigo nuevo. La presencia de Gabriel era imponente, quizás por lo atractivo que era o quizás por su altura. Era obvio que su encanto era de efecto común, un par de mujeres que cruzamos lo admiraron descaradamente. Él no parecía notarlo o no le importaba. Debía estar acostumbrado.
—¿Vives cerca? —me preguntó por fin, sacándome de mis pensamientos.
—Sí, camino de casa al trabajo y viceversa.
Entramos en el primer bar en nuestro camino y Gabriel me guió con gracia hacia una mesa apartada. Estábamos por sentarnos, frente a frente, y procedí a quitarme el abrigo. Llevaba un mini vestido que podía esconder fácilmente bajo mi uniforme, y nunca me sentí tan consciente de mi cuerpo como cuando Gabriel me escaneó con su mirada. En cuanto se dio cuenta que lo había notado, me dedicó una sonrisa que si bien era algo apenada, también estaba llena de picardía.
Nos sentamos y la mesera llegó, perdimos un par de cervezas y de nuevo estuvimos solos.
—¿A qué re referías con lo de por fin conocerme? —le pregunté directamente, sin poder contenerme.
Gabriel tenía una mano en su barbilla y pasó los dedos por sus labios un par de veces antes de responder. El gesto me distrajo hasta que respondió.
—Verás he… tenido un par de días difíciles, como te decía, el día que fui al restaurante… no la estaba pasando bien, y sé quizás sea difícil de creer por cómo te traté, pero no he podido dejar de pensar en ti desde entonces. En la expresión en tu rostro cuando fui imbécil. Tan pronto como me sentí mejor quise buscarte.
Las palabras de Gabriel denotaban dolor, y me arrepentí de haber sacado el tema a colación, desde luego yo no podía imaginar que mi inocente pregunta nos llevaría en esa dirección.
—Sea lo que sea, estoy segura de que se va a solucionar —lo consolé y una vez más me sonrió de esa manera triste que me derretía.
La chica volvió con nuestras bebidas, interrumpiendo la intensa mirada que intercambiábamos en ese momento. Bebí sin perder tiempo para refrescarme aunque el calor solo aumentó cuando nos quedamos solos de nuevo.
—Gracias por aceptar mi invitación. Me dará algo que ansiar.
—¿Algo que ansiar? —lo invité a aclarar.
—Unos segundos tragos, quizás una cena…
—Pensé que esto solo consistía en una disculpa.
—Una disculpa a una chica preciosa.
Gabriel en estado de reposo era sensual e irresistible, Gabriel en modo de ataque, era una bestia. Su mirada, su sonrisa, sus gestos, todo en él era sugestivo, o quizás yo estaba pre condicionada, pero estando ahí solo podía pensar en cómo se sentirían sus manos en otras partes de mi piel. Mi imaginación volaba.
No detecté la causa, pero se inclinó sutilmente hacia a mí, como si buscara algo.
—¿Qué es? —me preguntó, pero no tenía idea de que hablaba.
—¿Disculpa?
—Tú esencia. Hueles a… paraíso.
Me reí de su elección de palabras y le expliqué.
—Es aceite de coco. Lo aplico en todo mi cuerpo.
Gabriel lamió sus labios y solo entonces entendí la imagen que había puesto en su mente.
—Para mi piel, la suaviza —aclaré avergonzada.
—Para por favor.
—Por el clima —insistí, pero ya habíamos entrado en zona de peligro.
Gabriel bebió hasta dejar su vaso vacío, yo lo imité e hizo señas a la chica que nos atendía, pidiendo dos más.
Me excusé para ir al baño y una vez ahí apliqué agua en mi cuello y en mi pecho, realmente sentía que me quemaba. Cuando volvía a la mesa, Gabriel me miró de nuevo de esa forma que me hacía sentir que me estaba desnudando. Esta vez por más tiempo, lo que causó que el efecto en mí fuese más prolongado. Me senté frente a él que me recibió con una bebida recién servida. Su mirada se oscureció con picardía y carraspeo, poniéndome muy nerviosa.
—Elizabeth tienes…—comenzó, señalándome.
—¿Qué?
—¿Puedo? —preguntó y aunque no sabía a qué se refería, asentí.
Pasó el dorso de sus dedos por la curva entre mi cuello y mi clavícula, limpiando así un poco de agua. Me estremecí y me pareció que incluso se me escapó un leve gemido, lo comprobé por la manera en que él me miró.
No había experimentado una sensación tan intensa como la que su mirada oscura envío a través de mi cuerpo. Todo en él denotaba que sus pensamientos eran muy similares a los míos. La tensión entre nosotros se volvió insoportable y eso solo estaba por escalar. Gabriel trasladó su mano de mi cuello a mi brazo, y lo acarició sutilmente con su dedo índice, señalando algo: toda mi piel se había erizado ante su contacto. Su actitud era serena, pero en su mirada había algo animal.
Terminamos las bebidas en silencio, Gabriel pidió la cuenta y en un par de minutos salíamos del local. Comenzamos a caminar y casi de inmediato entrelazó sus dedos con los míos. La atracción entre nosotros era tal que eso, entre otras cosas se sentía natural. No decidimos a dónde ir, pero él se dejó guiar cuando tomé la dirección de mi apartamento.
Era una locura, no lo conocía y podían contarse fácilmente las palabras que habíamos intercambiado, pero ese hombre me encantaba desde hacía más tiempo del que podía recordar, y estaba ahí, conmigo, hambriento de mí. Yo lo había deseado desde hace meses, así que guardé mis dudas, y mi moral, y decidí premiarme a mí misma con una noche que estaba segura no iba a olvidar, porque nadie nunca me había hecho sentir un ápice de lo que lograba Gabriel solo con su mirada, y estaba segura de que no se repetiría.
Caminamos en silencio y tomados de mano hasta que llegamos a mi edificio. Una vez ahí lo solté y busqué las llaves, pero en medio de mis nervios me costó introducirla en la cerradura. Gabriel envolvió mi mano con la suya, y guiándome con firmeza abrimos la puerta juntos. Durante el proceso su aliento soplaba en mi cuello.
Subimos el par de pisos en silencio, y abrí la puerta del apartamento con más facilidad que la anterior. Las luces estaban apagadas y por suerte Clara estaba dormida. Me quité el abrigo, me volví hacia él, y le tendí la mano para invitarlo a mi habitación.
A pesar de que estaba nerviosa, todo fluyó de manera tan natural que entendí que pasar la noche con él no podía ser un error. Me abrazó por la cintura y yo acaricié su pecho y sus brazos. Cuando me besó por primera vez me sentí ebria de deseo, era como si conociera mis labios, o fuese un experto en besar, pero todo lo que Gabriel hacía, con sus manos, su boca o sus caderas, era sublime.
A pesar de ser dos extraños, hicimos el amor; no había sido simple sexo; la intensidad y conexión que hubo entre nosotros lo hacía algo más. Estaba recostada en su pecho asimilando las últimas dos horas cuando me hizo una petición en voz baja:
—¿Te importa si me quedo? Creo que contigo a mi lado podría dormir.
Levanté el rostro para verlo y noté las bolsas bajo sus ojos. Esa noche me contó lo que tanto lo atormentaba, su paciente, aquella con quién se había encariñado, tenía una relación cercana y había muerto mientras la operaba. Como desde entonces le costaba dormir y se esforzaba por entender que había salido mal. Me contó del esposo de ella, lo mal que lo había tomado y cómo aquella muerte había dejado una familia destrozada. Me explicó también que había sido aquel fatídico día cuándo fue al restaurante a organizar sus pensamientos. Lo consolé como pude y también hablamos de mí, le expliqué mi situación, de mi familia, de mis planes; en algún punto hicimos el amor de nuevo y nos dormimos casi al amanecer.
Capítulo 16
Revivir
Volviendo al presente me sentí muy sola, tener una pieza del rompecabezas que éramos Gabriel y yo me ayudaba en algunas cosas, pero complicaba otras. Sabía ahora cómo había sido nuestra relación, al menos el comienzo de ella que era muy parecido a lo que vivimos los dos pasados meses, la conexión que entre nosotros era feroz, como yo la sentía desde que desperté en el hospital. Pero a pesar de sentir esa magia, seguía sin saber quién era Gabriel; esperé por más recuerdos, por algo más, pero nada llegó. Al menos por esa noche. Una noche en la que me fue imposible dormir, repasé incansables veces ese primer encuentro entre el padre de mi bebé y yo, y en el transcurso de la mañana, si bien seguía sin recordar nada más, algo extraordinario pasó mientras me bañaba: una especie de temblor o ligera corriente sacudió mi vientre.
Entre tanta incertidumbre, tenía una certeza: mi bebé. Aunque debía ser honesta conmigo misma y admitir algo más de lo que estaba segura: amaba a Gabriel, no sabía si desde antes, tampoco importaba, lo amaba y necesitaba en ese momento más que nunca. Quería compartir con él todo eso que sentía, reclamar algunas respuestas y aclarar todo finalmente.
Teniéndolo más presente que de costumbre, al cabo de poco tiempo se volvió imperativo verlo. Me vestí y salí del cuarto hacia la cocina en busca de mi teléfono.
—¿Vas a salir? —me preguntó Clara cuando me vio arreglada.
—Necesito ir a la casa, voy a llamar un taxi.
—Elizabeth, ¿Si sabes que Francisco está estacionado abajo desde que llegaste? ¿O no?
Por un momento pensé que estaba jugando, pero vi por la ventana y después de escrutar la calle lo localicé. Por supuesto que estaba ahí. Recordé entonces las palabras de Gabriel: “Arreglé todo para que te quedes en el apartamento con Clara”. Francisco era parte de ese arreglo. Pero aun sintiendo esa punzada de molestia, mis ganas de verlo no disminuyeron.
Me despedí de Clara y le encargué a Midas pues tenía prisa, salí a la calle y busqué a Francisco. No estaba feliz con mi petición de que me llevara con Gabriel, lo vi en su expresión, pero no dijo nada al respecto.
Al entrar en la casa la sentí exactamente como Francisco la había descrito, sola y vacía. Al notar que la planta baja estaba en completo silencio, subí a nuestra habitación. Gabriel estaba ahí, tenía los codos recostados en el balcón, pero al oír la puerta se giró. Al principio había alarma en su expresión, pero después de escanearme por un par de segundos, solo hubo curiosidad. Entré sin decir nada y solo lo saludé cuando estuve a unos pasos de él.
—Hola —susurré con timidez. Teniéndolo al frente no estaba segura de cómo expresarme.
—Elizabeth, ¿está todo bien?
Tenía tantas cosas en la cabeza que no sabía por dónde empezar. Era apenas mediodía, pero Gabriel aún estaba en pijamas, y algo, o todo en él, denotaba tristeza. Tristeza que yo moría por aliviar.
—Gabriel yo… recordé algo. —Él apretó la mandíbula, pero no dijo nada, esperó que continuara —. Sobre nosotros, y cómo empezó todo. Esa primera noche. —Gabriel parecía estar desesperado por cortar el espacio que nos separaban, vi incluso como clavaba los dedos en la baranda del balcón, y aunque yo quería lo mismo, primero necesitaba que respondiera mis preguntas.
—También sentí al bebé —le conté y su expresión se iluminó.
—Me habría gustado estar ahí —respondió con una mezcla de ilusión y tristeza.
Permanecimos unos segundos en silencio. Me miró con desespero, de esa manera que me hacía sentir que quería devorarme. Yo quería que lo hiciera, pero antes necesitaba saber… Hizo ademán de acercarse a mí, pero lo detuve con un gesto de las manos.
—Gabriel antes… necesito que me respondas algo.
Aunque mí gesto había frenado su impulso, no se detuvo, y siguió caminando lentamente hacia mí.
—Te escucho —me invitó mientras se acercaba.
No tenía mucho tiempo, y no estaba pensando con claridad. Al igual que cuando nos habíamos conocido, no hizo falta discutirlo, acordarlo; sabía, ambos sabíamos lo que estaba a punto de pasar.
—¿Me has estado mintiendo? —comencé y a ese punto ya estaba frente a mí, sin embargo no me tocaba.
Respiró profundamente y cerró los ojos antes de responder.
—Sí. —Contuve el aire y aguardé, en espera de que continuara —. Pero si lo hice Elizabeth, fue por tu bien, porque hay cosas que no estás preparada para manejar.
Abrió los ojos y estaban llenos de sinceridad. También vi en ellos que iba a tocarme, no supe cómo, pero ahí estaba. Tenía más preguntas y mi tiempo se agotaba.
—¿Me amas? —Tenía que saber, necesitaba escucharlo de él. Esta vez fui yo quien cerró los ojos cuando pasó sus dedos por mi cabello y lo acomodó tras mi oreja.
—Más que a nada en el mundo. —Me abrazó por la cintura y mi rostro estaba a la altura de su cuello. Haló mi cuerpo hacia el suyo y supe que contaba con apenas segundos; solo una pregunta quedaba, solo una pregunta importaba:
—¿Estoy a salvó contigo? —susurré rogando que me diera la respuesta que necesitaba.
—Daria mi vida antes de permitir que algo te pasara —me aseguró, su promesa impregnada de sinceridad.
Acaricié su barbilla con el dorso de mis dedos, saboreando las palabras que con tanto desespero necesitaba escuchar, y tímidamente busqué sus labios.
La respuesta de Gabriel no fue sutil, sus dedos se enterraron en mi cabello y su lengua invadió mi boca haciéndome gemir, mordisqueó mi labio inferior y lo chupó, era como si estuviese volcando en ese beso todas las ganas contenidas. Yo estaba tan desesperada como él y bajé mis manos hasta el borde de su franela para quitársela, él me ayudó, sacándosela por la cabeza, pero enseguida sus manos volvieron a recorrer mi cuerpo: mi cintura, cadera, mis pechos… desamarró la tira de mi vestido y lo siguiente que sentí fue la tela rodear mis pies.
El contacto piel con piel nos desesperó más a ambos y mientras me acostaba en la cama, liberó mis senos. Gabriel era un maestro cuando de dar placer se trataba, unió mis pechos con sus manos y los lamió y chupó por un rato, frotando simultáneamente su cadera contra mi centro. Descendió besando el resto de mi cuerpo y una vez que su cabeza estuvo entre mis piernas me quitó los zapatos para después separar mucho mis piernas y besarme ahí a través de la tela. Se sentí exquisito, pero necesitaba más.
Con mis pies ya descalzos empujé la goma de su mono hacia abajo, él acató mis deseos y se desnudó por completo en un simple movimiento.
Viéndolo de pie frente a mí, entre mis piernas abiertas y mirándome con deseo, lo necesité más que nunca. Volvió a su posición anterior y ágilmente me quitó la panty para acariciarme con su lengua. Me incorporé porque quería verlo y eso lo excitó aún más; separó tanto como pudo mis piernas, como si quisiera acceso ilimitado a mí, y como si la imagen y sus lamidos no fuesen suficiente, introdujo dos de sus dedos en mí.
Adentro, afuera, adentro, afuera.
Lamido, succión, lamido, succión.
No me sentía capaz de resistir más y cerré mis piernas con fuerza en torno a su cabeza. Las separó de nuevo, pero ascendió en mi cuerpo hasta que rostro estaba frente al mío. Me besó mirándome a los ojos y lo sentía rígido y latiente al rozar mi humedad, pero no entraba. Me giró con sutileza, quedando así bajo de mí, me empujó por la cintura de manera que quedé sentada sobre él y una vez que estuve en la posición que él quería, reposó sus manos en mis muslos. Estaba desesperada y no había tiempo que perder: tomé su miembro y alcé ligeramente mis caderas para enterrarme en el.
Una sensación de plenitud me invadió cuando me sentí llena de Gabriel, porque nunca había deseado nada como lo deseaba a él. Me dejé caer por completo, quería que entrara tanto en mi como fuese posible. Mis ojos estaban cerrados, pero lo escuchaba gemir por lo bajo. Abrí los ojos para encontrarme con los suyos llenos de placer y adoración. Comencé a mover mis caderas y él sus manos. A medida que me acariciaba, yo aceleraba el ritmo, al punto en que me costó respirar. Sus gestos y gemidos me hacían querer ir más rápido, tener todo de él.
Gabriel frenó el ritmo de mis caderas al cabo de un rato y se incorporó, quedando ambos sentados, besándonos y mi cabello cubriéndonos.
Me empujó hasta acostarme en la cama y de nuevo abrió mis piernas para cernirse sobre mí y penetrarme. Me abracé a sus hombros y drené con gemidos el agobiante placer. Gabriel aceleró el ritmo, aplicó más fuerza, y cedí al orgasmo corriéndome con él moviéndose dentro de mí. Sentí como me llenaba, la calidez de su orgasmo esparciéndose en mí interior, y en ese momento, cuando él terminó conmigo, me sentí más cerca de la muerte que cuando de hecho lo estuve.
Capítulo 17
La verdad
Los días siguientes fueron mi idea de lo que debía ser el cielo, por cuarentena y ocho horas Gabriel y yo no dejamos la habitación. Hicimos el amor tantas veces que perdí la cuenta. Me llevaba la comida hasta la cama y sólo me levantaba cuando necesitaba ir al baño. Aunque aún había cosas por hablar, no quería ni podía salir de ese limbo de placer en el que me encontraba. Estaba en una burbuja donde los secretos y las mentiras no tenían cabida. Por ese momento, las respuestas que me había dado Gabriel me bastaban. Llegado su momento lo confrontaría para saber toda la verdad, pero justo así, por primera vez, me encontraba en paz y feliz. Y me debía a mí misma prologar ese estado el mayor tiempo posible.
Estaba desnuda, sentada sobre él, besando su cuello y cada tanto sus labios, Gabriel gemía y gruñía bajo y ese se había convertido recientemente en mi sonido favorito en el mundo. Entre tanto sexo, simplemente besarnos se sentía bien, mi cuerpo aún estaba entumecido de la reciente faena, pero siempre quería más de él.
Algo extraño pasó entonces: llamaron a la puerta. Eso era muy inusual, no recordaba que hubiese pasado antes. Probablemente pensando lo mismo que yo, Gabriel frunció el ceño. La voz de la señora Mary se escuchó desde el pasillo.
—Gabriel, te buscan —fueron sus únicas palabras, pero no hizo falta más. Había algo implícito en la inocente frase.
Aunque intentó disimularlo, noté el cambio instantáneo en su actitud. Me besó una vez más, pero esta vez fue claramente la despedida.
—Vuelvo en un momento —me dijo alzándome ligeramente para desenredarse de mí. Se puso un mono y una franela y antes de salir me besó una vez más—. No te vistas, no tardo.
Segura de que cualquiera que fuese el asunto que Gabriel iba a atender tenía que ver conmigo, salí de la cama en cuanto él dejó la habitación. Me puse unos jeans, suéter y zapatillas y bajé las escaleras peinando mi cabello con las manos en el camino. A pesar de que me había vestido en un par de segundos, cuando llegué abajo Gabriel y Francisco estaban en la puerta, y por lo visto despidiendo a nuestro invitado: el detective.
Fue él el primero en notar mi presencia. No estuve segura que emoción podría estar causando la expresión en su rostro, pero produjo un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Gabriel por su parte fue más transparente y me miró con mera desaprobación. Me acerqué a ellos al tiempo que el detective me saludaba.
—Señora Monroe, un gusto verla de nuevo. ¿Cómo está?
—Buenas tardes. ¿Detective…?
El hombre miró a Gabriel con desaprobación y después se presentó.
—Román. Detective Román.
—No sabía que estaba aquí.
Gabriel me fulminaba con la mirada y algún punto se me hizo imposible eludirlo.
—Elizabeth, el detective vino a comprobar el estado de tu memoria. Le decía que sigues sin recordar nada del accidente y ya se iba.
Examiné sus rostros en busca de algún rastro de mentira.
—Mis recuerdos comienzan a volver, pero hasta ahora ninguno del accidente —admití mirando al detective.
—Entiendo Elizabeth, es mi trabajo verificar. Por favor, en cuanto recuerde algo, contáctenme —se despidió, dirigiéndose a Gabriel.
Francisco le hizo un gesto al hombre y ambos salieron. Le sonreí a mi marido, que estaba visiblemente molesto.
—Voy a darme un baño —le mentí y después de besarlo, me dirigí a las escaleras.
Al llegar a la planta de arriba, continué hasta la puerta de nuestra habitación que abrí y cerré, permaneciendo afuera. Volví al borde de las escaleras, atenta a cualquier ruido.
La puerta de la entrada sonó y supe que Francisco había vuelto. Apenas una palabra había escapado de su boca cuando Gabriel lo interrumpió.
—Aquí no —bramó en una voz que no reconocí.
Los escuché alejarse y supe por la dirección de sus pasos que se dirigían al despacho. Bajé las escaleras tan rápida y sigilosamente como pude, con el corazón latiendo tan fuerte que lo sentía en las extremidades.
Llegué a la puerta del despacho y pegué la oreja de la gruesa madera para intentar escuchar. Al principio no entendí lo que decía Gabriel, pero cuando Francisco habló, mi oído se había asentado y le entendí claramente:
—Elizabeth sospecha.
—Por supuesto que sospecha. Lo ha hecho desde un principio.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo único que puedo hacer: sostener la mentira tanto cómo pueda. Imagina su reacción si se entera que no hubo tal accidente. Que recibió una golpiza que casi la mata y yo fui el responsable.
Capítulo 18
Huida
No recordaba sentirme así de enferma antes, mi cabeza palpitaba como si la estuviesen oprimiendo con fuerza. Las piernas no me sostenían y tuve que recostarme de la pared contraria para no caerme. Tenía también muchas náuseas, pero cerré los ojos y me obligué a moverme. Había escuchado el tintineo de vidrio, como servían y estaban tomando algo, eso me daba algo de tiempo.
Salí del pasillo muy mareada, y en la sala de estar no había nadie. Caminé despacio hacia la cocina y me quedé del lado de afuera atenta a algún ruido. Después de unos segundos sin escuchar nada, entré. Fui directamente al exhibidor de cuchillos y tomé el más grande, lo guardé bajo la pretina de mi jean y me cubrí bien con el suéter.
Volví a la sala y busqué con frenetismo hasta que vi en la mesa del recibidor lo que necesitaba, la billetera de Gabriel. Saqué todo el efectivo que había en ella y sin mirar atrás abrí la puerta y me marché.
Corrí, como nunca lo había hecho antes y como si mi vida dependiera de ello porque ese era el caso. Al principio mi cuerpo protestó, los golpes recién curados comenzaron a arder de nuevo, pero seguí y en algún punto comencé a hacerlo sin esfuerzo.
Me detuve cuando llegué a la avenida, y pensé en mis opciones rápidamente: me sentía más segura estando entre la gente, por lo que en lugar de tomar un taxi me subí a un bus. No vi a dónde iba y tampoco me importaba. Me senté en la parte de atrás e intenté recuperar el aliento.
Debía ir lejos, no había nadie en quien pudiese confiar. Clara había demostrado estar de lado de Gabriel y aunque desconocía si ella sabía la verdad, no importaba, lo había defendido en todas las oportunidades que busqué su apoyo. La señora Mary también lo encubría, pensé en la manera en que le había dado el aviso de la visita del detective y no tuve dudas. Francisco ni hablar, había sido lo suficientemente estúpida para creer que podía confiar en él, y desde luego le era leal a Gabriel. Andrés estaba a miles de kilómetros y mi familia al otro lado del mundo.
No tenía a nadie, estaba sola y muy asustada. Hice un inventario rápido de mi situación, tenía unos trescientos dólares en efectivo, llevaba la cadena de oro blanco que me había regalado Gabriel hacía unas semanas y también mis anillos d boda y compromiso. Me quité las prendas con disimulo y las guardé en mi bolsillo. El filo del cuchillo puyaba mi muslo, pero no me importó, era por mucho el más tenue de mis dolores.
Estaba herida, asustada, pero sobretodo muy molesta conmigo misma por haber creído en él, por darle la oportunidad de lastimarme aun cuando siempre supe que algo no estaba bien. Gabriel era un maestro del engaño, pensé en los pasados meses, en los dos últimos días y me era difícil creer que pudiese ser tan buen mentiroso, porque no amaba, si había sido capaz de lastimarme de esa forma no podía amarme. Y pensar que para entonces él sabía de mi embarazo, no solo no le había importado yo, tampoco le dolía su propia sangre, su propio hijo.
Alguien llamó mi atención cuando el bus llegó a su última parada y me bajé, solo para tomar otro, necesitaba alejarme tanto como fuese posible. Mi mente trabajaba con rapidez, pero aun así no decidía que hacer. Vendiendo las joyas tendría más que suficiente para comprar un pasaje de avión, pero no tenía mi pasaporte, por lo que eso no era una opción. No tenía ni idea del valor de esas prendas, por la mañana iría a una casa de empeño y las cambiaría.
El tercer bus que tomé llegó hasta Spokane y como empezaba a anochecer decidí quedarme ahí, estaba ya a más de doscientos kilómetros de distancia de Gabriel y de la casa. Entré en un café porque comenzaba a sentir debilidad por las horas sin comer. Aún tenía náuseas, pero necesitaba fuerzas por lo que me obligué a comer y después de pagar le pregunté a la mesera dónde podía encontrar un hotel.
Siguiendo la dirección que me dio la chica, entré a uno ubicado a solo un par de calles, ya la noche había caído por completo por lo que pedí una habitación sin pensarlo demasiado. Era modesto y pequeño, para personas que estaban de paso, como era mi caso. Después de cambiar las joyas seguiría alejándome, solo tenía que decidir a dónde.
Consciente de que no podría dormir, me acosté pues estaba cansada y adolorida, guardé el cuchillo bajo la almohada y consideré incluso adquirir un arma. Por la mañana lo decidiría.
Por más que intentaba enfocarme en lo que tenía que hacer a continuación, mi mente seguía repasando los hechos de los últimos dos meses. ¿Cómo podía Gabriel ser tan buen mentiroso? ¿O era tan cruel como para amarme y haberme lastimado así? Recordé lo maltratada que estaba cuando desperté en el hospital y me estremecí. Por triste, impotente y aterrorizada que estaba, no derramé ni una lágrima, sentía que si lo hacía, si comenzaba a llorar y me rendía, no iba a poder levantarme después. Y tenía que resolver ese desastre, tenía que ponernos a mí y a mi bebé a salvo.
Cuando los párpados comenzaron a pesarme no me resistí, había sido un día intenso en todos los sentidos, y los dos anteriores a ese no había dormido casi nada, y pensar que por estar en los brazos de él… me dejé llevar por la inconsciencia porque necesitaba no sentir al menos por unos par de horas, de lo contrario colapsaría.
Me desperté incómoda, varias partes del cuerpo me dolían, pero había algo que me molestaba incluso más, esa incomoda sensación de estar siendo observada por alguien. Abrí los ojos sin perder tiempo, y aunque aún estaba oscuro, reconocí la silueta de Gabriel de inmediato, estaba recostado del alfeizar de la ventana, con los brazos cruzados en el pecho. Me incorporé lentamente y a medida que lo hice su rostro se reveló para mí al salir de la sombra: su expresión era gélida, y yo estaba aterrorizada.
—Hola —me saludó con calma desde su posición.
Lenta e imperceptiblemente, metí la mano bajo la almohada y agarré el asa del cuchillo.
—¿Cómo me encontraste? —fue mi pregunta para tantear sus intenciones, además necesitaba saber, en caso de que lograra huir de nuevo.
—Eso no es lo importante ahora. Tenemos otras cosas de que hablar.
Dio un paso hacia mí y me despedí de mí autocontrol, saqué el cuchillo y lo empuñé en su dirección con ambas manos.
—No te acerques —lo amenacé jadeando y él se detuvo —. Quiero que te vayas ahora o voy a gritar.
Sabía por su expresión, que él no me temía, estaba seguro de su situación.
—Elizabeth, no sé qué es lo que crees saber, pero estás confundida.
—¡Deja de mentirme y tratarme como idiota! ¡¡¡Te escuché!!!! —le grité, mientras el cuchillo temblaba en mis manos.
—Lo que hayas escuchado, lo puedo explicar.
—Vete Gabriel, ahora.
—Mi amor…
—¡QUE TE VAYAS! —le grité histérica abalanzándome hacia él, pero en un movimiento rápido me tomó por la muñecas y me quitó el cuchillo.
Forcejeamos, y en ningún momento tuve oportunidad. Gabriel me manipulaba como si fuese una muñeca de trapo y un miedo abrumante me invadió al caer en cuenta de que podía lastimarme de nuevo.
De pronto el forcejeo se detuvo y el frío metal del asa del cuchillo estuvo de nuevo en mi mano. Gabriel me había sentado sobre él, que yacía acostado en la cama, con nuestras manos unidas en torno al cuchillo, ahora presionando sobre su cuello.
Estaba confundida y mis ojos empañados, un par de mis lágrimas cayeron en su rostro, pero cuándo movió sus manos de las mías fue para llevarlas a mis muslos, dónde las dejó.
—¿Ahora sí me vas a escuchar?
Él también respiraba con pesadez. Sin ser consciente de ello estaba aplicando fuerza en el cuchillo, y me di cuenta cuando una línea de sangre apareció entre la hojilla y el cuello de Gabriel. A pesar de eso él no se movió, y esperó a que yo me calmara.
—¿Qué fue lo que escuchaste, Elizabeth? —me preguntó con voz calmada cuándo mi respiración se volvió menos caótica.
Una parte de mí necesitaba confrontarlo, necesitaba entender.
—Cuando le decías a Francisco que no tuve ningún accidente, que me golpeaste hasta casi matarme.
La expresión de Gabriel se tornó confundida, pero casi de inmediato se repuso y replicó.
—Eso no fue lo que dije Elizabeth…
—No me trates como si estuviese loca, se lo que oí —sollocé, perdiendo el poco control que tenía sobre mí.
—Dije que había sido mi culpa porque sí, lo fue, pero mi amor yo nunca… —Hizo ademán de mover sus manos y yo apreté el cuchillo con más fuerzas contra su piel. Las devolvió a dónde habían estado reposando en mis piernas —. Elizabeth yo nunca te haría daño mi vida. Comprendo lo que entendiste, pero no fui yo quien te golpeó.
—¿Entonces quien fue? —le urgí llevada por la intriga de poder por fin armar aquél macabro rompecabezas.
—Recordaste nuestra primera noche juntos, me lo dijiste. ¿Recuerdas lo que te conté sobre por qué estaba mal el día que fui al restaurante y nos conocimos? ¿Sobre mi paciente y su esposo? —Asentí, confundida e intrigada a la vez. Él continuó —. Elizabeth ese hombre… quedó muy trastornado después de perder a su esposa, un par de veces intentó irrumpir en la casa, y en una oportunidad destrozó mi carro. Por supuesto eso no lo recuerdas. En fin, por un tiempo se detuvo y yo… me confié. Lo que no me imaginaba era que estaba buscando la manera de llegar a ti. Supongo que pensó “ojo por ojo” y una tarde te interceptó en la calle y… fuiste tú quien pagó por mis errores.
Mis lágrimas seguían cayendo en el rostro de Gabriel y ahora se mezclaban con las suyas. Ni siquiera él podía ser tan buen mentiroso. Sus palabras y sus ojos estaban llenos de dolor, el más genuino y desgarrador que había visto.
—¿Cómo sabes que fue ese hombre?
—Hay pruebas, es por eso que el detective Román ha estado rondando. Quiere tu declaración.
Asimilé su versión y concordaba con unas cosas, entre ellas la actitud del detective.
—¿Y dónde está… él?
Por su mirada lo supe, no hizo falta que me lo dijera.
—Suelto. No han podido atraparlo. Elizabeth ayer, cuando me di cuenta de que no estabas… me volví loco de angustia mi amor. —Se incorporó lentamente, dándome oportunidad de detenerlo, pero no lo hice. La tristeza en Gabriel era tal que no podía ser fingida. Me quitó el cuchillo cuidadosamente de la mano y acercó su rostro al mío, retirando la cortina de cabello que caía sobre ambos.
—No debiste engañarme Gabriel.
—Lo entiendo ahora. Pero para mí cualquier mentira o duda era preferible a tener que confesarte esto, además no quería que lo supieras mientras poníamos a ese hombre tras las rejas. Claro que yo no imaginaba el rumbo que había tomado tu imaginación. Siempre supe que estabas escéptica, lo que no sabía era que tus sospechas recaían en mí.
No sabía que responderle, todo era tan confuso. Recordé entonces algo que aún quería saber.
—¿Cómo me encontraste?
Gabriel mostró confusión y en un principio no comprendí por qué. Cuando comenzó a explicar pareció avergonzado. Miró mi cuello con curiosidad.
—La cadena que te regalé: tiene un rastreador. Después de esa primera vez que saliste de la casa y no te encontrábamos… no quería dejar ningún cabo suelto Elizabeth, me moriría sí algo te pasa. Incluso cuando accedí a qué te quedaras con Clara, envié a Francisco a cuidarte. Habría ido yo mismo, pero sabía que necesitabas distancia.
Saqué la cadena junto con los anillos de mi bolsillo y él me colocó de nuevo las prendas con ternura, cuándo me puso la cadena, besó tiernamente mi cuello.
—¿Estás bien? —Quiso saber y yo asentí —. ¿Podemos ir a casa?
Lo pensé y decidí que había algo más que necesitaba.
—Gabriel yo... necesito hablar con el detective.
A pesar de la preocupación en su rostro, accedió.
Capítulo 19
Visual
El detective Román nos recibió enseguida, y por el interés que expresó al verme supe que estaba siendo diligente en mi caso. Nos invitó a sentarnos y fue Gabriel quien comenzó:
—Detective, Elizabeth sigue sin recordar nada del incidente, pero ya a esta al tanto de lo que pasó en realidad.
—Como debió ser desde un principio —respondió el hombre con aprobación.
—Quiero saber… todo. Y necesito escucharlo de usted. —A pesar de que por primera vez desde que había despertado confiaba plenamente en Gabriel, no quería escuchar aquello de él, sabía que por protegerme, no me daría la información exacta.
El detective comenzó el macabro relato para el que nada ni nadie podrían haberme preparado.
—Una llamada a la línea de emergencia nos alertó sobre tu caso Elizabeth, una pareja joven te escuchó gritar en un callejón cuando un hombre te golpeaba salvajemente. Acudieron a ayudarte y tú atacante huyó. Ocurrió en un callejón y según me explicó Gabriel después, ibas de camino a hacerte el primer ultrasonido de tu embarazo. Te llevaron al hospital dónde te asistieron y cuando acudí a la escena e investigué al respecto, encontré que una cámara de seguridad de la parte trasera de un restaurante había grabado todo. Identificamos al atacante casi de inmediato, aunque ya Gabriel había señalado un sospechoso. Un hombre de apellido Miller que lo había estado acosando desde hacía más de un año después de perder una demanda que había impuesto por negligencia médica.
—¿Por qué ha sido tan difícil atraparlo?
—Es un hombre de recursos Elizabeth, ha hecho un buen trabajo escondiéndose, pero soy optimista al respecto. Un par de veces hemos estado cerca de atraparlo. Dimos con su debilidad por lo que no debería eludirnos mucho más.
—¿Qué quiere decir? Explíquese por favor.
El detective intercambió una mirada con Gabriel lo cual me enfureció. Fulminé a mi marido con la mirada y él cerró los ojos en señal de aceptación.
—Tenemos razones para creer que sigue rondando. Asumimos que quiere… finiquitar esa venganza que lo mueve. Es por eso que desde un principio le sugerí a Gabriel contratar seguridad privada.
Aunque creía todo lo que el detective y Gabriel me habían dicho, necesitaba sacar definitivamente de mí cabeza y corazón la idea de que Gabriel podía haberme lastimado, y solo había una manera.
—Dice que hay un vídeo…
—De ninguna manera —intervino Gabriel con los dientes apretados, adivinando mis intenciones.
—Elizabeth, es tu derecho legal verlo, pero concuerdo con tu marido en que no es buena idea y no lo recomiendo.
—Necesito verlo —insistí decidida.
—Elizabeth… —soltó Gabriel en tono de advertencia. Estaba al borde de su silla con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas.
—Detective, por favor —le pedí señalando la computadora frente a él y giró el monitor. Gabriel se puso de pie soltando un sonido de exasperación. El detective tecleó un par de palabras en la computadora y reprodujo el vídeo.
Tal como lo había descrito, la imagen mostraba un callejón al principio en completa calma, pero casi de inmediato un hombre mayor y de gran tamaño entró en la escena, conmigo a rastras. Clavé las uñas en mis muslos al ver cómo el hombre golpeaba repetidamente mi cabeza contra la pared, yo intentaba defenderme, protegía con las manos mi vientre, pero el ataque era brutal; toda mi cara estaba ensangrentada cuando el hombre me tiró al piso para patearme en el torso.
—Suficiente —bramó Gabriel pasando frente a mí y pausó el vídeo al pulsar una tecla.
Al detenerse el vídeo, la imagen en pantalla mostraba con claridad el rostro de mi atacante y quedé petrificada.
—¿Elizabeth, estás bien? —escuché la voz de Gabriel a mi lado, probablemente alarmado por mi expresión.
—He visto a ese hombre —susurré intentando ubicarlo sin éxito.
—¿Quieres decir que recuerdas? —quiso saber el detective, pero no era el caso.
—No, me refiero a hace poco. Lo vi recientemente.
—¿Qué? ¿Cuándo? —exigió Gabriel, arrodillándose frente a mí, y sentí sus manos temblar en mis muslos.
Forcé mi mente hasta encontrar en un rincón de ella aquel rostro: el día que Francisco me visitó en el apartamento y salimos a tomar algo. Justo en la mesa atrás de él, mientras conversábamos, estaba ese hombre. Recordé como Gabriel había enloquecido la vez salí por Midas y decidí ahorrarme esa información. No necesitábamos más tensión.
—No recuerdo —mentí —, pero estoy segura de haberlo visto después del incidente.
Gabriel estaba más tenso de lo que había visto nunca, acaricié sus hombros intentando consolarlo y después de discutir con el detective sobre la posibilidad de incrementar nuestra seguridad, nos fuimos a la casa.
A pesar de lo atroz del vídeo y de lo impactante que fue verlo, me sentía más tranquila; las últimas veinticuatro horas no había parado de imaginar a Gabriel lastimándome, y poder reemplazar esa idea, me proporcionaba sosiego. Más del que debía tener sabiendo que había un hombre con el objetivo fijo de matarme.
Al llegar a la casa caí en cuenta de lo agotada que estaba, me di un baño y me acosté, no me había dormido aun cuándo Gabriel también entró en la cama. Se veía incluso más agotado que yo. Tenía grandes ojeras y sus ojos se cerraban; pero en ellos seguía viendo algo que me turbaba, que hacía arder mi corazón.
—No fue tu culpa Gabriel —le aseguré acariciando su cabello y cerró los ojos con fuerza.
—Elizabeth, todo lo malo que te ha pasado ha sido mi culpa…
—Todo lo bueno que me ha pasado ha sido por ti —lo corregí, llevando su mano a mi vientre —. Y ya pasó. No le des más vueltas. Piensa en los últimos días como un cierre a esa pesadilla.
No me respondió, se aferró a mi cintura y los dos descansamos por fin.
Aún tenía muchas dudas, por lo que pasamos el día siguiente aclarándolas. Gabriel fue muy paciente y respondió mis preguntas con detalles, supe que para él era importante ganarse mi confianza. Ese mismo día, me hizo una propuesta importante: ya que sabía y entendía todo, Gabriel me pidió que hiciéramos un viaje. Que nos alejáramos al menos por unos meses de la ciudad y la complicada situación. Había pocas cosas a las que podía negarme en cuanto a Gabriel se trataba, la posibilidad de un viaje con él no era una de ellas. Acepté entusiasmada por la idea de un nuevo comienzo en nuestra relación, que tanto había sufrido.
Hablé con Clara cuando fue a llevar a Midas de vuelta a la casa y desde luego ella sabía la verdad de lo que me había sucedido. Me explicó que mi familia también, y que le habían seguido la corriente a Gabriel porque coincidieron con él que esa versión de los hechos sería más tolerable para mí.
Capítulo 20
Enemigo en casa
Una semana después de haber hablado con el detective, Gabriel me pidió que hiciera mis maletas, nos mudaríamos de forma provisional a Barcelona, en tanto que el detective se encargaba de aprisionar a Miller.
Verifiqué la temporada de la ciudad por internet para comenzar a empacar cuando Gabriel salió del closet perfectamente arreglado. Iba a salir. Sabía que era una tontería pero los últimos días los habíamos pasado juntos en la cama, separándonos por no más de minutos, y que saliera, me producía ansiedad.
—¿A dónde vas? —le cuestioné cuándo besó mi hombro.
—Tengo que finiquitar unas cosas en el hospital antes del viaje. Francisco queda a cargo de la casa y de cuidarte. Serán un par de horas nada más.
—Está bien. Ten mucho cuidado por favor.
Cuándo besó mis labios me aferré a él lo más que pude. Lo necesitaba, Gabriel era mi hogar, mi seguridad. Sin darme cuenta mis manos estaban en la pretina de su pantalón y antes de irse, sin siquiera desvestirnos, hicimos el amor.
Tuve la maleta lista y me di un baño, me disponía a vestirme cuando me sobresalté al escuchar como abrían abruptamente la puerta. Me quedé sin aire al ver que era Francisco quien entraba al cuarto con el arma empuñada.
—Elizabeth, vístete. Tenemos que irnos.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Alguien entro en la casa. Tengo que sacarte de aquí.
Aun luchando para poder respirar, corrí al closet y me metí en un vestido lo más rápido que pude, volví al cuarto y Francisco me tomó de la mano llevándome a toda prisa a la planta baja. Salimos de la casa y entramos en su carro. No vi a Maximiliano ni a la señora Mary y me preocupé por ellos. Francisco arrancó y nos alejamos en un par de segundos. Estaba por pedirle que llamara a Gabriel cuando algo extraño en el asiento de atrás llamó mi atención. Dos bolsos grandes.
—¿A dónde me llevas…
Mi pregunta quedó en aire cuando Francisco me ahogó con un paño con un fuerte olor químico.
Lo intentaba con todas mis fuerzas, pero era tan difícil alcanzar la conciencia. Necesitaba saber dónde estaba, si me encontraba bien, y a qué monstruo tenía que enfrentarme ahora, aunque una voz macabra en mí subconsciente me decía a gritos lo que pasaba.
Mi mano derecha estaba acalambrada, algo metálico y pesado la rodeaba y el brazo me dolía. Al abrir los ojos vi el par de esposas que me ataban a la cabecera de una cama. Hice inventario para comprobar que era la única parte de mi cuerpo que estaba inmovilizada. Me senté para despertar mi cuerpo y también mi mente, estaba en una estancia amplia y vacía, únicamente ocupada por la cama en la que estaba.
Tenía la boca seca y me encontraba muy aturdida, pero después de un par de minutos los últimos acontecimientos estaban claros en mi cabeza.
Gabriel me encontraría al igual que la última vez, estaba segura, solo era cuestión de tiempo. Llevaba el collar conmigo, honrando la promesa que hice de no quitármelo por ningún motivo.
Con desespero comprendí que Gabriel me encontraría muerta, cuando la puerta de aquella habitación se abrió y entró Francisco acompañado del causante de mis pesadillas a su lado. Ese hombre, Miller, me miraba con una horrible mueca de placer perverso. Me ahogué en desespero, no tenía oportunidad de luchar, de salir de ahí.
No teníamos oportunidad.
La mirada de aquel hombre era un profundo pozo de morbo al verme indefensa y a su merced. Estaba trastornado. En una mano llevaba un bolso negro y en la otra, un bate.
Mis piernas se movían con vida propia, obedeciendo el deseo de mi cuerpo de sobrevivir. Busqué la mirada de Francisco desesperada, apelar a su arrepentimiento era mi única oportunidad de salvarnos a mí y a mi bebé, pero él se veía completamente impasible: si sentía algo en absoluto, no lo demostraba.
“Fuimos muy cercanos” me había dicho. En ese momento esas palabras se convirtieron en una inmensa mentira.
—Francisco, por favor —supliqué sabiendo que era en vano.
Él observaba la escena con completa calma, y cuándo habló, no fue a mí.
—El dinero —le dijo al hombre de mirada perdida y gesto desquiciado, que sin quitar los ojos de mí, lanzó el bolso negro hacía Francisco.
Este lo revisó, en un lapso de tiempo en el que yo apenas pude parpadear. Al escuchar el cierre del bolso y el sonido de aprobación de Francisco, el hombre empuñó el bate y se abalanzo sobre mí…
La calidez de la sangre salpicó mi rostro, aunque no sentí dolor. No recordaba nada de mi roce pasado con la muerte, pero algo era diferente…
Consideré quedarme justo así, en ese estado el tiempo parecía haberse detenido. No sentía nada, no escuchaba nada, hasta que unos pasos resonaron en mi dirección. Abrí los ojos, Francisco venía hacia mí con paso decidido y ya no podía ver al hombre, solo cuando Francisco dio una zancada para pasar sobre él, lo localicé tumbado en el piso, su cabeza rodeada de un charco de sangre.
Francisco llegó a la cama, puso el arma que había tenido en la mano a mi lado y sacó un pañuelo de su chaqueta.
Mis lágrimas y mi histeria eran silenciosas. Cuando pasó la tela por mi rostro, su cara ya no carecía de expresión, se veía conmovido.
—No pensaste que iba a dejar que te lastimara ¿O sí? —Continuó limpiando mi rostro y mis pechos con cuidado, removiendo las salpicaduras de sangre, mientras yo temblaba incontrolablemente —. ¿Sabes Elizabeth? Requirió de todo mi autocontrol no matarlo lenta y dolorosamente, no hacerle a él todo lo que te hizo a ti. Pero no quería asustarte más de lo necesario.
Cuándo estuve limpia, o lo asumí por el gesto de aprobación de Francisco, salió de la habitación, dejándome con el cadáver de aquel hombre justo frente a mí. Cerré los ojos y respiré, pero no parecía ayudar. La presencia de Francisco me alertó de nuevo, había vuelto con una botella de agua que me ofreció. Instintivamente giré la cabeza. Él se sentó a mi lado y tomó un sorbo del agua para ofrecérmela de nuevo, una vez más lo ignoré.
—¿Es necesario que te recuerde que estás embarazada? Necesito que te tranquilices, Elizabeth.
Lo miré y acepté beber el agua, que él me dio como si fuese un biberón. Necesitaba calmarme, pensar, y el agua de hecho ayudó. Al cabo de unos segundos me la había terminado.
—¿Lo ves? Mejor. —Puso la botella en el piso y se acercó a mí de nuevo. No sabía exactamente qué temer, pero necesitaba saberlo, así que cuando sus ojos se clavaron en los míos, le sostuve la mirada —. Debes estar preguntándote porque permití que la situación llegase tan lejos. Pude matarlo ahí afuera y ahorrarte el mal rato mi vida… pero necesitaba que entendieras mi punto. El por qué hago todo esto.
¿Mi vida?
—¿Por qué Francisco? ¿Por qué me hiciste esto? —marmullé con resentimiento.
—Porque tenías ver la realidad, que Gabriel no puede protegerte.
—Probaste ese punto al traerme aquí —le escupí con los dientes apretados, aun intentando serenarme.
—Te equivocas. Si solo hubiese hecho eso, me verías a mi como el malo, el hombre que te secuestró. —La amargura crispó si rostro y antes de que lo nombrara, supe la causa de su rabia —. Quise matar a Gabriel cuando este imbécil casi te mata a ti. Solo él puede poseer un diamante tan precioso y no cuidarlo. —Acarició mi rostro y sus razones ya eran claras para mí —. No una Elizabeth, dos veces estuviste a punto de morir y él, el hombre que escogiste, en quien confiaste, no hizo nada por ti.
—¿Qué es lo que quieres?
—A ti. Por mucho tiempo te he querido Elizabeth, pero era difícil competir con Gabriel, con la vida que él te daba. Quise convencerme a mí mismo de olvidarte, pero las negligencias de él me empujaron a intentarlo. Poco después de que saliste del hospital, Miller me contactó al darse cuenta que no iba a poder llegar a ti igual que la última vez. Me ofreció una fortuna por entregarte a él. Te confieso que al principio me pareció descabellado, pero después de ver que no eras feliz, y de meditarlo me di cuenta de que con ese dinero la idea de “nosotros” sería posible. Y Gabriel, el comportamiento que ha mostrado… sé que te ha hecho cuestionarte muchas cosas, que no confías en él. Cuando supe que pensaba llevarte lejos… no podía permitirlo. Vamos a irnos tú y yo, y él nunca va a encontrarnos.
—¿De verdad crees que Gabriel no va a buscarme? —le pregunté insegura, ya habían pasado horas, ya debía haberme encontrado.
—Aun si lo intenta no se esforzará mucho. Gabriel sabe que no confías en él, y las cámaras de seguridad nos vieron saliendo de la casa tomados de la mano. Lo más probable es que piense que huiste conmigo.
El desconsuelo cortó mi respiración, pero inmediatamente después pensé en los últimos días, en aquellas interminables horas de conversaciones y entre las sábanas de las que Francisco no sabía. Gabriel no podía pensar que yo lo había abandonado. Pero entonces, ¿dónde estaba?
—¿Qué hay del bebé Francisco? Es hijo de Gabriel…
En su rostro vi cómo pensaba en su respuesta.
—Puedo vivir con eso. Ciertamente será más fácil que verte ir a la cama con él. Ya vendrán hijos propios.
Sus últimas palabras revolvieron mis entrañas. Él quizás lo notó, porque besó mi sien y se puso de pie.
—Descansa un poco Elizabeth, yo necesito deshacerme de eso —me anunció antes de tomar a Miller por los tobillos y arrastrarlo hasta la puerta, dejándome así sola con el enorme charco de sangre.
Capítulo 21
El plan
No tenía idea de cuántas horas habían pasado desde que Francisco me sacó de la casa, y en la habitación donde estaba no había siquiera una ventana que me diera la idea de qué hora podía ser. Necesitaba ir al baño, y a pesar de no tener hambre sabía que debía comer, mi cuerpo me pedía alimento. Estaba muy cansada, pero lógicamente no podía dormir, y como si todo eso no fuese suficiente, me urgía eliminar los rastros de sangre de mi piel.
Cuando Francisco finalmente volvió, yo estaba al borde del colapso, la debilidad a duras penas me permitía permanecer sentada. Él traía comida y aunque no la quería, la necesitaba si esperaba tener alguna oportunidad de escapar. Después de evaluarme me quitó las esposas; a ese punto no sentía mi mano. Comí y al terminar fui al baño, pero antes de hacerlo él me dio uno de los bolsos que había visto en su carro. Estaba lleno de ropa y zapatos que había visto en mi closet, pero por supuesto, no noté su ausencia.
Me tardé en el baño tanto como pude intentando idear un plan, después de haber equilibrado mis necesidades se me hacía más fácil pensar, sin embargo no llegué a ninguna conclusión útil. Para salir de ese lugar y de esa situación, necesitaba estudiarla, encontrar los puntos ciegos de Francisco, y para eso debía estar alerta.
Al salir del baño, creí encontrar el primero: sobre su bolso, o el que supuse que era el bolso con sus cosas, estaba su teléfono celular.
—Ni lo pienses —me reprendió desde la cama, adivinando mis pensamientos —, hay un bloqueador de señal aquí. Para lo único que sirve ese teléfono es para ver la hora.
Eso planteaba una serie de implicaciones, el GPS no servía, era por eso que Gabriel no me había encontrado. Esperaba, con todas mis fuerzas, que me estuviese buscando.
Francisco yacía en la cama sin aparentes intenciones de ir a ningún lado, el nudo en la garganta me ahogaba, y me quedé de pie a una distancia prudente hasta que él nuevamente adivinó mis pensamientos.
—No te voy a obligar a nada Elizabeth. Ha sido un día largo. Además, estoy seguro de que eso… llegará solo.
Caminé temerosa hacia él, que no me quitaba la vista de encima ni un segundo. Me acosté en la cama y le di la espalda. Me propuse idear un plan esa misma noche, de cualquier manera necesitaba estar alerta en todo momento.
En algún punto Francisco se durmió, pero era demasiado pronto para intentar algo, y además estaba segura de que no tardaría en despertar. Aunque en todo momento lo vi compuesto, no podía estar tan seguro de sí mismo y de su plan como para dormir con tranquilidad.
Me aferré con nervios al collar, deseando que fuese afilado para poder herir a Francisco. Mi mente divagaba constantemente hacia Gabriel, me preguntaba si estaría tranquilo, si me buscaba… necesitaba encontrar la forma de una vez más, volver a él.
Concluí después de estudiar el lugar que se trataba de un depósito. Era frío, y las horas transcurrían con lentitud. Cuestioné muchas cosas, pero lo que más me perturbaba era pensar que las señales de quien era Francisco estuvieron siempre ahí, fueron claras, pero en mi empeño de satanizar a Gabriel no las vi.
Cuando sentí su mano rodear mi cintura, fue como si mi cuerpo se adormeciera, pero nada más pasó. Tenía que escaparme antes de que Francisco me lastimara a mí o a mi bebé irremediablemente, había un límite de lo que esa criatura y yo podíamos soportar…
No abrí los ojos al despertar, logré dormir un poco y ni estaba segura de eso, una parte de mi permaneció consciente por mucho rato. Atenta a los sonidos, capté como Francisco se vestía y calzaba los zapatos. Hasta ese momento no tuve un plan, pero cuando él, creyendo que aún dormía se inclinó sobre mí y me besó, la alternativa apareció con claridad en mi mente.
Después de que él se marchó, entré al baño y comencé…
Volvió un par de horas después con comida y bebidas, hice mi mayor esfuerzo por pretender que estaba bien cuando me encontraba muy adolorida. Pero una vez más las ideas fluyeron en mi mente.
—¿Tienes un analgésico? —le pregunté restándole importancia mientras comíamos.
—¿Para qué?
No estaba segura de que pasó por su mente en ese momento, pero por su expresión y su tono supe que mi petición le había desagradado.
—Tengo algo de dolor, supongo que mis lesiones y todo este… estrés.
—¿Qué te duele?
No podía alertarlo, así que divagué.
—La verdad, todo. Es como si me estuviese enfermando.
Me examinó con pericia, supuse que buscando la mentira en mí, y al final anunció:
—Nos vamos mañana temprano, y una vez que estemos lejos te llevaré con un doctor.
Menos de veinticuatro horas… sería esa misma noche entonces. Era lo suficientemente inteligente para saber que mientras más tiempo pasara, mientras más lejos me llevara Francisco, menos posibilidades tenía de volver con a Gabriel.
Actúe mi papel sin exagerar, solo lo suficiente para que en el momento cumbre, Francisco creyera todo. Pasé el día acostada, le hice creer que dormía y un par de veces me quejé en voz baja, pero asegurándome de que él escuchara. Después de la cena me di un baño y me vestí con una bata de dormir, muy de acordé a la tarea que debía realizar.
Una vez en la cama, Francisco me dio otra pastilla que escondí bajo mi lengua y después bajo el colchón cuando él se bañaba.
Al principio me quedé tranquila, pero a medida que avanzaba la noche comencé a moverme con inquietud, la suficiente para alarmarlo, pero una vez más debía ser discreta y habilidosa si quería engañarlo.
—¿Qué tienes, Elizabeth? —preguntó finalmente con frustración.
—Algo de malestar, pero ya se me pasará.
No volví a quejarme, pero cada tanto cambiaba mi posición y sabía que él estaba alerta a eso. Después de un par de horas decidí que era el momento de proceder, antes de que los nervios me ganaran o Francisco se diera cuenta de que intentaba engañarlo.
—Necesito ir al baño —le anuncié y salí de la cama.
No dijo nada, estaba oscuro y no pude ver su cara. Solo había una manera de saber si funcionaria.
En cuanto cerré la puerta y sin perder un segundo, me quité el collar, doblé el dije por la mitad con los dientes de nuevo y abrí con fuerza las rasgaduras que había hecho temprano con el en mi muslo. Mi piel ardía y tuve que apretar los dientes para no gemir alto. De inmediato un par de gotas carmesí corrieron por mis piernas; limpié el collar con el borde de mi bata, me lo puse y solté un quejido audible porque sabía que tenía un margen de tiempo muy corto para que fuese creíble.
Francisco abrió la puerta con brusquedad en cuestión de segundos. No tuve que esforzarme mucho en actuar, estaba en efecto muy asustada.
—Ayúdame por favor —le supliqué presionando ambas manos entre mis piernas.
—¿Qué pasa? —me preguntó con el pánico crispando en su rostro.
—No tengo idea, estoy sangrando. Por favor busca ayuda.
Francisco se acercó a mí y al adivinar sus intenciones, retrocedí.
—Déjame revisarte.
No permití que el pánico me venciera, aunque estuviese sangrando en realidad, no se lo habría permitido.
—¿Para qué? No eres médico. Tienes que llevarme con uno Francisco.
Él pasó las manos exasperado por su rostro y entendí que mi plan no estaba funcionando, sus palabras me lo confirmaron.
—No Elizabeth. Con todo lo que ha pasado… quizás esa criatura no debe nacer. Sería lo mejor para todos.
Aunque estaba fingiendo, sus palabras me enfurecieron. Si había alguien inocente en aquella macabra historia de mentiras, era mi bebé.
—Eres peor que Gabriel —le escupí con odio, consciente de que eso iba a herirlo —. Al menos él me falló por negligencia, pero tú estás tomando la decisión a conciencia. ¿Sabes que si no recibo atención médica puedo morir? Y toda esta mierda a la que me han sometido los dos… habrá sido en vano.
Su rostro perdió el color y supe que lo había lastimado. No entendía la naturaleza de sus sentimientos por mí después de lo que me había hecho pasar, pero estaba segura de que eran fuertes.
Al verlo vacilar me di cuenta de que estaba cerca de convencerlo. Emití un quejido chillón y me doblé aparentando estar adolorida. Francisco me alzó en sus brazos y me depositó con cuidado en la cama. Acto siguiente comenzó a vestirse.
Cargada en sus brazos también me sacó de la gran y fría habitación. No había siquiera una persona en el camino al carro. En efecto estábamos en una especie de depósito o almacén y solo se veían grandes rejones de diferentes colores.
En el estacionamiento tampoco había nadie, y solo estaba ocupado por pocos carros. La noche era muy fría y la humedad entre mis piernas me hacía temblar.
Francisco entró en el carro y me aseguró con el cinturón. Después de encender el motor se giró hacia mí y me advirtió:
—No hagas nada estúpido Elizabeth. Soy incapaz de hacerte daño, pero no pasará lo mismo con la persona que me estorbe. ¿Entiendes?
Tragué hondo y asentí. Comenzamos a rodar y las lágrimas invadieron mis ojos porque no tenía idea de que iba a hacer o cómo iba a salir de esa situación. No quería que nadie saliera lastimado, pero temía también por mí y por mi bebé.
Condujo por un rato en el que debía recordarme a mí misma fingir, y no perderme en mis pensamientos. Después de unos quince minutos se detuvo y examiné a mí alrededor. No entendí en primera instancia dónde estábamos, el lugar era muy pequeño para tratarse de una clínica o un hospital. Después de una mirada de advertencia y acomodar su arma para asegurarse de que yo la viera, Francisco bajó del carro y me cargó una vez más fuera del mismo.
Me di cuenta de que temblaba frenéticamente. En un lugar tan pequeño en el que no habría muchas personas, no podía hacer demasiado.
En efecto se trataba de una institución de salud, pero solo se veía de esa manera desde adentro: era una especie de clínica clandestina.
Un hombre mayor salió detrás del mostrador y caminó con prisa hacia nosotros, Francisco no lo dejó siquiera hablar, de inmediato le anunció:
—Una emergencia. Está embarazada.
El hombre solo asintió e hizo una seña para que lo siguieran. Nos llevó a través de un pequeño pasillo hasta llegar a una puerta abierta al final del mismo y se hizo a un lado para darnos paso.
En la habitación, que era en esencia un consultorio médico, había una mujer que no debía ser mucho mayor que yo, se alarmó por mi estado e imaginé que me veía extremadamente pálida y asustada. Francisco me depositó en la camilla y en un gesto que encontré repugnante, besó mi mano y pegó su frente de la mía.
—¿Cuánto tiempo tienes de embarazo? —preguntó la doctora, poniéndose guantes.
—Tres meses —respondí con voz temblorosa y me aferré a la mano de Francisco para que se quedara cerca de mi cabeza y no pudiese ver entre mis piernas.
Busqué la mirada de la doctora mientras ella se dirigía a examinarme, pero estaba concentrada en su trabajo. Cuándo abrió mis piernas la confusión se reflejó en todo su rostro, y solo entonces su mirada se cruzó con la mía. Le supliqué con mis ojos, los abrí tanto como pude aprovechando que Francisco la veía a ella. Lo entendió, lo supe. Ella tragó hondo y volvió a mirar entre mis piernas.
—¿Qué pasa? —le exigió Francisco mientras ella pretendía estar examinándome.
—Necesito hacer una ecografía. Por favor dígale a la persona que los recibió que necesito el equipo.
Francisco dudó, no quería dejarme sola, pero lo miré suplicante y tras darme una mirada de advertencia, accedió.
—No tardaré ni un segundo —bramó y salió a grandes zancadas de la habitación.
En cuanto cruzó la puerta, gesticulé para la doctora:
—Ayúdame por favor.
Ella cerró mis piernas, miró con nervios hacia la puerta y después inclinó su rostro hacia mí y me susurró en voz baja:
—No voy a delatarte, pero tampoco puedo ayudarte. No puedo atraer atención a este lugar. De haber problemas tendríamos que lidiar con policías y no solo perdería mi trabajo, iría a la cárcel. Le diré a él que fue una amenaza de aborto y que te lleve a una clínica más equipada. ¿De acuerdo?
—No lo hará —me quejé, con las lágrimas rodando por mis mejillas.
—Lo siento, pero es lo único que puedo hacer por ti.
Cuando Francisco y el hombre volvieron con el equipo, estaba ahogada en llanto y desesperación. La doctora me hizo el eco y pude ver y oír a mi pequeño, después de eso, como me había explicado, le dijo a Francisco que había sido una falsa alarma, pero que por mi seguridad y la de mi bebé debía llevarme a una clínica donde pudiesen hacerme los exámenes pertinentes. Para mí pesar él le respondió que estábamos a punto de hacer un viaje, que me llevaría al llegar a nuestro destino.
A ese punto él estaba más seguro de la situación. El hombre de la recepción le dio el monto de la cuenta y salieron juntos de la habitación. Mientras estábamos solas y eludiendo mi mirada, la doctora limpió y vendó los cortes en mi muslo. Pero supuse que su conciencia la traicionó cuando de manera discreta y sin decir nada, deslizó un pequeño bisturí cubierto de gasa entre mis manos….
En menos de dos horas volvíamos al depósito; yo estaba ebria de dolor y desesperación.
A medida que llegábamos a la habitación me debatí entre dejarme vencer por el agotamiento, o pelear una última vez. Sí permitía que Francisco me llevara lejos, no habría nada que pudiese hacer. No volvería a ver a Gabriel.
Esperaría a que él se durmiera, eso era lo más inteligente, después lo haría…
Pero toda duda, todo plan, quedó disuelto cuando entramos a la habitación y de una manera violenta, que me dio a entender que todo estaba a punto de ir muy mal, me lanzó en la cama boca arriba y abrió mis piernas bruscamente por las rodillas. Sabía que lo había engañado.
—Y pensar que de hecho me preocupé por ti… traidora. —Estaba iracundo, y cada una de sus palabras salieron entre dientes.
¿Cómo se había dado cuenta? Probablemente vio algo en la clínica. Esperaba que eso hubiese sido lo único que notó.
Se cernió sobre mí y con el rostro lleno de cólera, tomó mis manos y las puso sobre mi cabeza. Sentí tanto miedo como era posible tener, tanto miedo como cuando Miller saltó sobre mí con el bate…
—Francisco por favor, dijiste que no me lastimarías —le recordé aterrorizada por la forma en que sus fosas nasales aleteaban. Su agarre en mis muñecas era brusco, me lastimaba, y como tanto temía, comenzó a frotarse sobre mí.
—Lo que voy a hacerte Elizabeth, no va a doler, te va a encantar. —Las heridas en mis muslos y todo lo cuerpo protestaron. A medida que luchaba, mis viejos golpes resurgieron con tanta fuerza como cuando eran recientes.
Mi desesperado grito quedó ahogado cuando su lengua irrumpió mi boca, me retorcí, pero me tenía atrapada bajo él, y mis manos prisioneras en las suyas. Cuando sus labios pasaron a mi cuello y mi clavícula supliqué, las palabras dolían y se quedaban atoradas en el nudo en mi garganta.
—Por…favor… basta… el bebé.
Pero su ataque solo se incrementaba por segundos, y cuando rasgó con sus dientes mi ropa comprendí que no había escapatoria. Las lágrimas dejaron de salir, dejé de luchar, no podía más… Solo imaginé que no estaba ahí, que ese no era mi cuerpo, que esa no era mi carne…
Pero no alcancé a desconectarme por completo, un estruendo en la puerta me reanimó. Esta cedió y de la nada, ahí estaba él: Gabriel.
Capítulo 22
Gabriel
Su rostro se contorsionó ante la escena que veía: la cama, Francisco, la sangre… y yo, temblando y sollozando. Su mandíbula temblaba, pero su pulso y el arma que empuñaba eran firmes. También el de Francisco que en un movimiento que no registré dejó de estar sobre mí y apuntaba a Gabriel.
Fue curioso como después de tanto desear verlo llegar, que me salvara, en ese momento solo quería sacarlo de ahí, que estuviese a salvo. Solté el aire que contuve por mucho tiempo cuando vi a dos figuras tras él, el detective Román y Maximiliano. Quizás había una oportunidad, tenía que haberla.
—Elizabeth, ven aquí —me llamó Francisco que estaba de pie al lado de cama, de inmediato comprendí para que: usarme como escudo.
—Elizabeth, no te muevas —ordenó Gabriel, sin quitar los ojos de Francisco y el arma de este.
Pensé en mis opciones, y decidí que lo más inteligente era estar junto a Francisco, solo así podría hacer algo, pero antes de que manifestara mi decisión, él me apuntó con su arma y la presionó en mi sien. Lentamente le obedecí y salí de la cama para pararme frente a él, que rodeó mi cuello con un brazo mientras que con el otro me seguía apuntando. En un acto propio de un psicópata, beso mi mejilla; Gabriel se crispó y yo me estremecí con él.
—Esto es lo que va a pasar Gabriel: los tras van a entrar en el baño y Elizabeth y yo nos vamos a ir de aquí. Vas a hacerlo porque es tu única opción. La otra… digamos que ninguno de los dos quiere eso… —Dejó la frase en el aire, pero se dio a entender con un gesto, abriendo la mano justo frente a mi cabeza.
—No te atreverías… —le respondió Gabriel lleno de odio.
La tensión era tal que esa situación no podía durar mucho más. Tenía que proceder, pero el detective me interrumpió:
—Francisco, tienes…
—¡SILENCIO! —le gritó este, más alterado de lo que le había visto nunca —. Tú eres otro inepto. ¿Sabes cuántas veces Miller rondó la casa? ¿Cuántas veces estuvo cerca de Elizabeth? Si no fuese por mi… —Apretó su agarre en mi cuello y gemí, Gabriel dio un par de pasos hacia nosotros y Francisco lo apunto a él —. ¿Para que la quieres de vuelta Gabriel? ¿Para perderla por tercera vez? No la mereces. —Por primera vez hubo sentimiento en su voz, él estaba convencido de lo que decía.
—Tienes razón —respondió Gabriel, dando pasos lentos en nuestra dirección —, quizás no la merezco, pero tú tampoco. Mírala.
—Gabriel —lo llamó el detective, pero él hizo caso omiso. Todos sabíamos que la situación estaba a punto de explosionar.
—La única forma de que te lleves a Elizabeth es sobre mi cadáver —continuó Gabriel en voz baja, y se detuvo, a pocos pasos de nosotros.
Ambos se apuntaban, el detective y Maximiliano también tenían sus armas levantadas en dirección a Francisco, y sin embargo sentí que todo dependía de mí.
Tenía solo una oportunidad, y todo podía salir terriblemente mal, pero esa mi única opción.
—Gabriel —lo llamé, pero él no me miró, su atención seguía en Francisco y su arma. No me importó, el detective o Maximiliano me verían y se darían cuenta, además era a Francisco a quien debía distraer —, Gabriel está bien, me iré con él, es lo mejor para todos. —Su rostro se contrajo, pero aun así no me miró. Francisco besó mi mejilla de nuevo, estaba funcionando.
Moví mi mano tan cuidadosamente como pude hasta mi panty y mientras, seguí hablando como medida de distracción.
—Francisco no me hará daño, y yo voy a cuidar del bebé. Todo va a estar bien. —No estaba segura si eran mis palabras, o el hecho de tener ya el bisturí en la mano, pero rápidas lágrimas bajaban por mi mejilla.
—Ya la oíste Gabriel, ella quiere ir conmigo. —Al escuchar a Francisco regodearse, estuve segura de que no estaba atento.
Tenía dos opciones, clavar el bisturí en su costado, o herir el brazo con el que rodeaba mi cuello: la primera sería más letal, la segunda más efectiva para evitar que disparara. Ubiqué la hojilla del bisturí con mis dedos y quité la gasa que la rodeaba. Sin pensarlo demasiado levanté la mano, lo clavé y arrastré en el brazo de Francisco con toda la fuerza que mi débil cuerpo pudo reunir.
Él gruñó, yo me agaché, y después estaba ensordecida por una ráfaga de disparos. No pude contarlos, mi visión nublada me permitió ver a duras penas la lluvia de sangre. No sentí impacto alguno, pero si como rápidamente me desvanecía…
Francisco estaba a mi lado, cubierto de sangre, y cuándo caí boca arriba no vi a Gabriel, entendí con desconsuelo como él también debía estar en el piso….
Lo último que registré antes de que mi cuerpo se rindiera, fue a Maximiliano haciendo presión sobre el pecho ensangrentado de Gabriel, cuyos ojos se cerraron al mismo tiempo que los míos.
Exceso de luz.
Una habitación genérica con mucho blanco.
Dolor absoluto.
Mi respiración entrecortada producto del temor.
—Elizabeth, despertaste —me saludó Gabriel y todos los nervios de mi destrozado cuerpo reaccionaron ante su voz…
Capítulo 23
Ocho meses después…
Apenas iba a amanecer y yo ya estaba despierta. Gabriel dormía plácidamente a mi lado y deseé no tener que despertarlo. Estaba segura de poder arreglármelas yo sola, pero después de todo lo que habíamos pasado, su sueño era extremadamente ligero. Apenas dormía y cuando lo hacía despertaba muy seguido y por cualquier motivo, como el más mínimo ruido o movimiento de mi parte.
Irónicamente dormía mejor desde que había llegado el bebé, que en ese momento desayunaba aún rendido en mi pecho. Yo también estaba más tranquila desde que nuestro hijo nació, que llegara sano y sin complicaciones era algo que nos había tenido en vilo a ambos durante todo mi embarazo. Pero tenía ya dos meses y era el bebé saludable y perfecto que tanto habíamos soñado.
Me gustaba ver a Gabriel así, dormido, tranquilo… Cuando finalmente terminó toda aquella pesadilla tuvimos que lidiar con las repercusiones. Las físicas fueron fáciles de sobrellevar, la bala en su hombro entró y salió sin causar grandes daños, los golpes que yo recibí de Francisco cuando me lanzó al piso no pasaron de ser moretones, a pesar de eso y extrañamente, Gabriel se recuperó mucho más rápido que yo. El doctor dijo que estaba debilitada tanto por el embarazo como por el estrés al que había estado sometida.
Mientras Gabriel fue dado de alta al día siguiente, yo pasé dos semanas en cama sin poder hacer más que dormir y comer. Aún me estremecía al recordar verlo a mi lado cuando desperté de nuevo en el hospital: él estaba bien, a salvo, pero desconsolado y pensé lo peor.
—El bebé —sollocé sintiendo llegar el ataque de histeria y su expresión se suavizó.
—Está bien Elizabeth. Nuestro hijo está bien —me aseguró con voz ronca —. Te lo dije antes y lo repito ahora, es un pequeño campeón.
—¿Entonces por qué tienes esa cara? Me asustaste —le recriminé acariciando su rostro y él cerro los ojos.
—¿Cómo te sientes? —quiso saber, ignorando mi pregunta.
Me sentía fatal, principalmente cansada, como después de hacer un viaje largo o esfuerzo extremo. Pero quería que dejara de mirarme así, como si no fuese a levantarme nunca de esa cama, así que mentí.
—Bien. Solo cansada.
—No me mientas…
—No es nada es comparación a la vez pasada Gabriel…
Pero mis palabras solo lo atormentaron más, y de nuevo hizo esa mueca que me hacía preguntarme que tan mal se encontraba. Estaba ahí, sentado a mi lado y eso era algo.
—¿Tú cómo estás?
Él sopesó mis palabras y me mostró el vendaje de su herida.
—Mejor de lo que merezco. Solo fue cuestión de limpiar la herida. Vine contigo en cuanto me vendaron.
—¿Y él? —no tuve que pronunciar su nombre, Gabriel sabía que me refería a Francisco.
—Delicado. Recibió varios disparos. En caso de que se recupere lo espera un juicio por asesinato entre otros cargos.
Recordé el evento y un temblor involuntario me recorrió.
Miller muerto, Francisco en la cárcel… todo había terminado al fin. No entendía por qué Gabriel no estaba tan aliviado como yo.
—¿Entonces por qué estás así Gabriel?
Él suspiró y pude ver claramente el cansancio en su rostro.
—Francisco tenía razón, no te merezco. Es la segunda vez que acabas aquí por mi culpa…
—Eso no es verdad —lo interrumpí.
—¿Cómo fui tan idiota para no notarlo?
—No vale la pena buscar culpables mi amor, pero si insistes en hacerlo, yo tuve parte de la responsabilidad. Él hizo y dijo cosas cuando estábamos solos que yo… debí haberte contado, pero estaba tan confundida.
—Por mi culpa...
—Gabriel, lo que nos pasó fue horrible, pero los tres estamos bien y eso es lo que importa. Por primera vez en mucho tiempo podemos disfrutarnos sin problemas, como antes, cuando la única preocupación era a dónde iríamos de vacaciones o que nuestros días libres coincidieran…
Gabriel tomó mi mano y la besó, justo después me miró con extrañeza.
—¿Qué dijiste? —me preguntó con interés y repasé mis palabras. Caí en cuenta al mismo tiempo que él aclaraba —. Elizabeth, recordaste algo.
Lo hice, pero fue confuso. No era nada en concreto, era como si simplemente tuviese esa información sin poder ubicar la fuente. Le expliqué eso y aun así él parecía entusiasmado. Me dijo que era un avance y que probablemente los recuerdos seguirían llegando.
En efecto así fue, las lagunas en mi memoria iban aclarándose y yo a veces no podía siquiera percibirlo, en partes era como si los recuerdos nunca se hubiesen ido. A esas alturas mi única inquietud era Gabriel, que no dejaba de preocuparse, de culparse y de estar siempre con los nervios de punta. Hasta que una mañana, en la que desperté y me di cuenta de que él no había dormido nada, le pedí que fuésemos a terapia, tanto de manera individual como pareja, no porque algo fuese mal entre nosotros sino porque necesitábamos sanar esas heridas antes de que el bebé llegara. Como probando mi argumento, el bebé se movió y Gabriel que tenía la mano en mi vientre lo sintió. Después de eso acepto.
La alarma sonó y Midas comenzó a chillar fuera de la puerta de nuestra habitación como invitándonos a salir. Gabriel gruñó bajo antes de despertarse. En cuánto se dio cuenta que estaba sentada a su lado se incorporó con más ánimo.
—Buenos días —me saludó besando mi mejilla y después la coronilla del bebé —¿Tienes rato despierta?
—Alguien tenía hambre —le expliqué.
—Voy a darme un baño. —Y tras besarme de nuevo se levantó.
Media hora después estábamos saliendo de la casa, él manejando y yo en el asiento trasero con la silla del bebé. Íbamos camino al aeropuerto a buscar a mis padres que venían de visita a conocer a su nieto y aunque estaba emocionada, también me sentía algo nerviosa.
—Gabriel, hay algo que quiero pedirte.
—No se me ocurre algo a lo que pueda negarme, así que adelante —me respondió sonriendo a través del retrovisor.
—No quiero que dejes la terapia ahora que mis padres van a estar aquí. Y te conozco lo suficiente como para saber qué vas a usarlo de excusa.
Pude ver claramente por el espejo como torcía el gesto antes de responder.
—No siempre tendremos tiempo, Elizabeth. Además ya no la necesito, estoy más tranquilo.
Aunque le adjudicaba la mejora de Gabriel al nacimiento de nuestro hijo, sentía que la terapia nos ayudaba a ambos a sobrellevar aquél trauma.
—Precisamente porque estás mejor, no queremos echar por la borda todo lo que hemos avanzado. Vamos a continuar viendo a la psicóloga y punto.
Esta vez la sonrisa torcida apareció casi de inmediato, aparentemente le entretenía mi lado brusco.
—Si señora, como usted ordene —me respondió y guiñó un ojo a través del espejo.
En ese momento no concebí como alguna vez pude considerar al hombre de mis sueños un monstruo. Por suerte esos días de dudas habían quedado atrás y ahora solo había certezas y seguridad donde mirara.
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