Destino inevitable / Adri A.

#drama, #juvenil, #romance

SINOPSIS:

Dos seres con destinos entrelazados se encuentran en un momento inesperado. Ella, que lo tenía todo, busca recuperar su vida tras una pérdida devastadora. Él, arrogante y confiado, pronto enfrenta la dureza de la realidad. Juntos, deben confrontar sus miedos y descubrir si vale la pena luchar por lo que les depara el destino.

A los soñadores

Para que jamás dejen de hacerlo.

Prólogo

Era domingo, se supone que era el día tranquilo de la familia, donde todos se encontraban a la hora del almuerzo. Sus padres se tomaban la mañana libre y su hermano siempre dormía hasta tarde. Ella se tomaba el tiempo de quedarse en su cómoda cama leyendo cualquier libro hasta que salir de su escondite se hacía estrictamente necesario. 

Esa mañana parecía ser una normal. Sin embargo, algo no estaba funcionando como siempre. El silencio no era igual, algo se sentía pesado en todo el ambiente.  De pronto, su puerta se abrió y su madre irrumpió en su habitación y le dijo las palabras que quedarían en su memoria por el resto de su vida: Corre, sal de la casa y lucha por sobrevivir, hija. Escapa y ve lejos, muy lejos.

Salió de su habitación sin importarle estar en ropa de dormir. Ya estando en la sala de estar escuchó las voces, no entendía nada pero las súplicas que su madre hacía la alertaron. Decidió esconderse y desde ahí lo vio todo. 

Su tío, ese hombre que había visto como un padre, tenía a sus padres y hermano ya sentenciados a muerte. Los dejó arrodillados en medio del lugar y les roció gasolina en sus cuerpos y en todo a su alrededor. No sabía qué hacer, estaba aterrada. Si salía a defenderlos no era mucho lo que podía hacer y su destino sería el mismo que su familia. 

― No lo hagas, Ismael. Te lo doy todo, lo juro. Te cedo todo lo que tengo, solo, no lo hagas, hermano.

― Cállate ya. Por años estuve ahí para ti y no me has dado nada. No me alcanza, hermano, lo quiero todo.

― Está bien, entonces, déjalos a ellos, acaba conmigo pero déjalos a ellos, por favor. 

― ¿Y dejar que la herencia les pertenezca a ellos nada más? Me dejarán por fuera otra vez, tal como lo hiciste tú. 

― Yo renuncio a todo, por favor, no nos hagas esto.

― No lo harás, esto es lo mejor. Acabaré con tres de ustedes y así solo me queda tu hija nada más. Al salir de aquí la buscaré. Sé dónde está, me creerá cada palabra y la tendré de mi lado. Pero no te preocupes, pronto ella se reunirá con ustedes también. 

― ¡No, tío, No! – gritó su hermano desesperado. 

Y de pronto, todo era fuego, calor, humo y gritos. Esos gritos desesperados de su familia muriendo. Por un momento los ojos de su madre se fijaron en ella y le sonrió. Volvió a decirle que corriera, que escapara y, sin dudarlo, eso fue lo que hizo. 

Se fue corriendo de ahí sin nada en sus manos, solo con lo que tenía puesto. Se fue a una casa de empeño y dejó ahí sus prendas que eran de oro fino, con lo que reunió se fue al terminal de pasajeros para irse tan lejos como pudiera. 

Pasaron algunas horas y la despertó el chofer del autobús, le avisaba que ya habían llegado a su destino. Una nueva ciudad se presentaba ante ella y no tenía idea de lo que debía hacer. ¿Cómo enfrentarse a esta nueva realidad? ¿Qué debía hacer? Lo único que tenía claro era que no se dejará vencer, tomaría fuerzas y, algún día, lo recuperaría todo. 

1

07:00am, esa era la hora de llegada, todos los trabajadores ya lo conocían, con su carácter fuerte y su mirada penetrante, entraba al negocio que sus padres le habían dejado como herencia, una panadería, no es que los padres estaban muertos, es que decidieron mudarse al otro lado del mundo dejándolo allí solo y obstinado con una panadería como única fuente de sustento que tendría para seguir estudiando diseño, se sentía frustrado pues debía hacer panes para dibujar, así lo veía él.

La panadería era pequeña, contaba con un personal mínimo, pues era lo que podía pagar ya que, por su mala administración, había perdido clientes y ya no le iba tan bien, allí trabajaban Manuel y Alejandro sus dos  amigos de la infancia, ellos le ayudaban a hacer los panes y Susana o Susana, como todos le llamaban, ella estaba a cargo de todo, atendía a los clientes, llevaba la contabilidad y hasta hacia dulces, todo para ayudar a Martin Fuentes, que ya para ese entonces era como su hijo.

―Buenos días― saludó Martín al cruzar las puertas de aquel pequeño negocio, ya los clientes sabían quien era él, caminó y entró a un pequeño salón que fungía como oficina y deposito, allí había un escritorio y una computadora, ese era el lugar donde todos los lunes se reunía con Susana a hacer la planificación de la semana.

―Hola Martín ¿Cómo estás hoy? ― Saludó Susana, como siempre sonriendo.

―Bien, Susana, bien. Como todos los días, supongo― respondió más serio de lo normal.

―Hoy no traes muy buena cara, dime ¿Qué te preocupa? sabes que puedes confiar en mi.

―Creo que... Cerraré esto, cada vez es más difícil, no podemos pagar otro empleado y ustedes cada vez trabajan más y la gente viene menos, es muy difícil, no sé qué hacer para que las personas vengan a comprar acá, ustedes no se merecen estar aquí por mi culpa así que... Cerraré, ya está decidido, esta será la última semana de trabajo.

― ¡No hagas eso! no cierres. Mira, sé que no será fácil pero poco a poco saldremos adelante, ya verás. Además los chicos aman este lugar y lo sabes.

―Lo sé, pero no es justo para ustedes. No le digas nada a los chicos todavía, déjame que yo hable con ellos ¿si? ― se levantó de la silla y se acercó a Susana que estaba con una cara de tristeza, pues allí había trabajado toda su vida, todo lo que sabía lo había aprendido allí, los padres de Martín le dieron empleo cuando ella tenia veinte años y ya en sus casi cuarenta no sería tan fácil conseguir trabajo en otro lugar. ―No te pongas triste, Susana. Este lugar también es importante para mi, pero por ahora es insostenible, tal vez más adelante volvamos a abrir― le dio un abrazo y se dispuso a salir del lugar, se dio la vuelta ― Planifica tu sola esta vez, tengo que estar temprano en clases, haré lo posible por regresar hoy y si no, ya sabes que aquí estaré mañana a la misma hora..

Susana quedó intranquila toda la mañana, no sabía cómo hacer para sacarle a Martín esa idea de la cabeza, apoyada sobre el mostrador, perdida en sus pensamientos ve a Manuel acercarse a ella.

―Dime, Manuel ¿Qué pasa? ― quiso saber de inmediato, pues sabía que algo pasaba.

―Susana, esa chica tiene como una hora parada allí en la puerta, es raro ¿No crees?― Susana dirige su mirada a la puerta de cristal y efectivamente allí ve a una chica, delgada, con un cabello muy alborotado y con su ropa algo sucia. La invadió la curiosidad y decidió salir a ver de qué se trataba.

―Hola ¿Se te ofrece algo? ¿Puedo ayudarte? ― le preguntó a la chica que ahora la miraba algo asustada ― No te preocupes, no te haré daño ― quiso tocarla y ésta se alejó un poco ― ¿Tienes hambre? ― La chica la miró a los ojos por primera vez y asintió ― Bien, vamos a entrar, tengo algo para ti seguro e va a caer muy bien― la tomó de la mano, esta vez la chica se dejó agarrar, caminó con ella y la sentó en un pequeño banquito, le hizo señas a los chicos, que la miraban sorprendidos. La chica miraba todo con miedo, se notaba que tenía mucho tiempo en la calle, debía tener mucha hambre ― Vamos a que te laves las manos para que comas.

La chica entró al pequeño baño, se lavó las manos, la cara, no le gustaba estar sucia, se observó en el espejo y quedó sorprendida por su apariencia, pasó sus manos por su cabello intentando arreglarlo un poco sin lograr nada, con mucha vergüenza salió de allí y por primera vez observó bien el lugar, era una panadería, vio a una mujer de baja estatura, de lentes, que la miraba con una sonrisa y dos chicos muy hermosos, se sintió avergonzada por su aspecto, bajó la mirada y en la mesa pudo notar un plato con pan y un vaso de leche, volvió a mirar a la mujer como pidiendo permiso y ésta le hizo una seña con la mano para que se sentara, la chica sin dudar se abalanzó sobre los panes desesperadamente, tenía varios días sin comer nada, sólo sobras que conseguía en la calle. Devoró los panes y el vaso de leche en un segundo, se sintió observada y levantó el rostro a ver como la miraban se sintió apenada por su comportamiento.

― ¿Quieres más? ― preguntó Susana, la chica sólo negó con la cabeza. Susana se sentó frente a ella y les dio una mirada a los chicos para que la dejaran sola, estos salieron inmediatamente.

― ¿Cómo te llamas?

― La-Laura ― respondió la chica, algo avergonzada.

―Yo soy Susana. ¿Qué edad tienes, Laura?

― Veinte.

― ¿De donde eres, vives por acá cerca?

― No. Soy de Caracas, estoy aquí desde hace un tiempo.

― ¿Y estás sola?

― Si.

― ¿Donde estas viviendo?

― No... No tengo casa, pero tengo un lugar donde dormir. Ya me tengo que ir, gracias por todo, estaba muy rico.

―Si quieres puedes venir mañana ― le dijo Susana, la verdad es que la chica inspiraba confianza, no parecía ser de la calle, algo le había pasado y quería ayudarla ― Estaremos aquí desde muy temprano ¿Qué dices?

― Si, mañana vengo y gracias ― respondió Laura y se fue inmediatamente.

En seguida los chicos salieron al encuentro de Susana, la miraron queriendo hacerle miles de preguntas, ella al ver sus intenciones levantó la mano y los mandó a preparar todo para cerrar el lugar, había sido un día bastante fuerte y la llegada de Laura la había dejado muy pensativa, tenía que ingeniárselas para decirle eso a Martín, mañana iba a ser un día muy difícil.

Laura llegó al lugar en el que había pasado todas las noches desde que estaba en esa ciudad, ya habían pasado dos meses de haber llegado a Barquisimeto y no hubo una sola noche de descanso. Se perdía en sus recuerdos y pensamientos, nunca en su vida imaginó estar en una situación como esta, huérfana, sola, en la calle, sin nada y en una ciudad desconocida para ella. Buscó los cartones donde siempre los guardaba y fue al banquillo de la plaza, lo cubrió con éstos, construyendo así un pequeño refugio, se metió debajo del pequeño banco, sintiéndose aliviada al sentir el calor que este refugio improvisado le proporcionaba. Intentó dormir, pero el llanto la invadió una vez más. Pasó la noche en vela y decidió salir de allí, seguro ya estaba amaneciendo y decidió comenzar su día visitando a Susana. Llegó muy temprano así que se sentó en la puerta a esperar que llegara su nueva amiga, necesitaba ayuda urgente, no podía seguir así.

Martín despertó más temprano de lo normal, no había dormido bien así que decidió levantarse y comenzar su día. Se dio una ducha rápida y salió de casa muy temprano. Necesitaba estar en un lugar tranquilo para pensar bien lo que debía hacer. Sin planificarlo realmente llegó al local. Tal vez sería buena idea tomar una taza de café y dejar que la tranquilidad de ese lugar especial lo tranquilizara un poco. Al bajarse de su auto notó a alguien al lado de la puerta – indigentes -  pensó.

― Buenos días, necesito que me des permiso para abrir ― habló con voz lo suficientemente alta como para despertar a la cuadra entera.

La castaña al escuchar esa voz, dio un salto del susto y levantó el rostro para encontrarse con el dueño de esa voz que la había espantado. Quedó sorprendida al verlo, un chico alto, de rostro serio, y unos impresionantes ojos verdes la dejaron sin habla. Sin embargo, lo que más le sorprendió fue su mirada, demasiado cargada e intensa.

Martín no pudo evitar sonreír al ver lo que provocó en esa chica que, para ser sincero, le pareció hasta encantadora, aunque algo sucia para sus gustos. No era un millonario pero tampoco se fijaría en cualquier chica y menos en una de la calle. 

― ¿Esperas a alguien? ― quiso saber Martín.

― Em., si, yo... Espero a Susana ― respondió Laura con voz muy baja.

― Si quieres puedes pasar y esperarla adentro, hace mucho frio aquí.

Abrió la puerta y le hizo señas para que pasara, Laura pasó y se quedó de pie junto a la entrada, Martín entró directo a la oficina, pero antes de entrar notó que la chica seguía parada en el mismo sitio.

―Puedes sentarte, Susana no tarda en llegar.

Sin decir más cerró la puerta dejándola allí, en medio de todo eso. Laura se fijó en un reloj que colgaba en la pared y faltaban diez minutos para las cinco de la mañana, faltaba más de una hora para que Susana llegara. Observó todo el lugar y, al darse cuenta que todo estaba algo desordenado, decidió ayudar como acto de agradecimiento por lo del día anterior. Buscó todo lo que necesitaba para limpiar. El lugar era pequeño, así que no seria tan difícil poner todo en orden. Comenzó a limpiar todo desde la mesa más pequeña hasta el mostrador más grande, entró a la cocina y lavó todos los utensilios y los mesones donde extendían la masa para los panes. Dejó todo con un agradable aroma a limpio, consiguió algunos manteles y adornos que decidió colocar para darle otra imagen al lugar, mientras limpiaba y ordenaba todo recordaba con nostalgia cuando ella, junto a su mamá, preparaba aquellos postres para la cena. Recordar esas cosas siempre la dejaba destrozada, decidió no pensar en eso, era mejor olvidar y seguir adelante.

A las seis de la mañana llegó Susana junto a sus hijos, Alejandro y Manuel. Siempre llegaban juntos, al entrar no podían creer lo que estaban viendo, todo estaba impecable, olía a limpio, diferente. Entraron a la cocina y quedaron sorprendidos al verla a ella allí. Se veía diferente, algo había cambiado y es que mientras limpiaba había atado su cabello y esta vez tenía la cara limpia. Laura, al sentirse observada, levantó la mirada encontrándose con los tres muy impresionados mirando todo a su alrededor.

― Bu... Buenos días ― alcanzó a decir la castaña, con el rostro totalmente rojo de la vergüenza.

― ¿Tú hiciste todo esto? ―preguntó Susana.

Laura sólo asintió, Susana se acercó a ella y sin dudarlo le dio un abrazo ― Oh gracias todo esta hermoso y muy limpio ― le dijo mientras se separaba de ella ― Algo me dice que tú y yo vamos a ser buenas amigas ― al ver la cara de Laura entendió que no estaba acostumbrada a ese tipo de manifestaciones, sin embargo no se alejó de ella y pasándole el brazo por la cintura la guió hasta los chicos ― Laura el es Manuel, todos le decimos Manu ― señaló al chico castaño de ojos marrones ― y él ― señalo al rubio que estaba al lado del otro ― es Alejandro, chicos ella es Laura y creo que la tendremos muy seguido por aquí.

Estos extendieron sus manos y Laura las estrechó con inseguridad.

―Un gusto conocerte, Laura ― saludó amablemente Alejandro.

― Bienvenida a nuestra panadería, belleza ― repicó Manuel.

― Hola, gracias ― alcanzó a decir Laura.

― Aun falta que conozcas a Martín, aunque ahora que lo pienso, ¿Quien te abrió, como entraste?

― Un joven llegó y me preguntó que hacía afuera, le dije que la esperaba a usted y me hizo pasar. El entró en aquel cuarto ― señaló a la oficina.

― Bien, Laura. Gracias por todo esto que has hecho hoy, no era necesario, no te invité a venir para que limpiaras, te traje algo, ven ― la tomó de la mano y se la llevó a la parte trasera del local ― toma esto ― le entregó unas bolsas ― allí hay cosas para ti, ve al baño y si quieres te duchas y te cambias. Puedes tomarte todo el tiempo que quieras, estaré esperándote para hablar contigo ¿Te parece? ― la castaña asintió, pudo notar que estaba contenta ― voy a hablar con el jefe mientras tú estas en lo tuyo.

La dejó allí sola para que se sintiera en confianza, pasó por la cocina, le dejó instrucciones a los chicos y se fue a la oficina a enfrentar a Martín que, seguramente, estaba molesto por la presencia de Laura.

― Hola, Martín. Buenos días, necesito hablar contigo ¿Tienes tiempo? ― hablaba mientras se sentaba frente a él.

― Buenos días. Si, Susana, tengo tiempo. pero antes de todo quiero que me expliques ¿Quien es esa niña que ahora es tu amiga?

― De eso precisamente quiero hablarte, ella es Laura, no tiene donde vivir y me preguntaba si podíamos ayudarla un poco.

― ¿Ayudarla cómo, Susana? Sabes en la situación que estamos. El viernes cerraremos este lugar, te lo dije ayer ¿lo recuerdas?

― Si, lo recuerdo, Martín, pero podemos ayudarla aunque sea estos días. Deja que yo me encargue ¿Qué dices?

― No, Susana. Si quieres ayúdale tú, pero no acá.

― Martín, piénsalo, ella nos ayuda con algunas cosas acá y le podemos dar comida.

― ¿En qué nos puede ayudar? ¿Qué sabe hacer si ha vivido en la calle? Ni sabrá cómo limpiar una mesa.

― Ven conmigo ―dijo Susana, le mostraría cómo esa chica en una hora transformó todo el lugar.

Martín se levantó y siguió a Susana, al salir de la oficina quedó pasmado, el lugar parecía otro, todo estaba impecablemente ordenado, dos mesas que tenía arrinconadas estaban colocadas con sus sillas y un mantel. Sobre los mostradores habían adornos alusivos al negocio, las ventanas estaban abiertas permitiendo que los rallos del sol entraran e iluminaran todo el pequeño lugar. Escuchó voces y risas en la cocina y caminó hacia allá, todo estaba limpio y en su lugar. Los chicos hablaban con una joven de cabello larguísimo, castaño claro, con pequeños reflejos dorados.

Laura se dio la vuelta quedando frente a ellos. Se había lavado el cabello en la ducha, se peinó y cambió su ropa. Parecía otra, tenía un pequeño rubor en sus mejillas que la hacía ver aún más hermosa. Martín no podía creer lo que sus ojos veían, era imposible que esta belleza que tenía en frente fuera la misma que vio en la mañana dormida en la puerta. Pero si, era ella, eran sus ojos y la misma mirada limpia.

― Laura, pareces otra, eres preciosa ¿aunque creo que ya estos chicos te lo dijeron no? ― comentó Susana con picardía ― ella es Laura, la chica de la que te hablé hace un momento y la responsable de tener todo esto así como lo ves.

Martín se acercó hasta quedar a un paso de distancia ― Hola, mucho gusto, soy Martín Fuentes ― extendió su mano y Laura la tomo.

― El gusto es mío señor, soy Laura Martínez ― esta vez habló con más seguridad, pues al verse limpia de nuevo, recordó quien era y no se iba a dejar vencer. Se juró a si misma ser fuerte y recuperar la felicidad que la vida le había robado.

Martín se sintió aludido ante la mirada de la castaña, sentía que ella podía ver a través de sus ojos. Sentirse así no le gustaba ya que estaba acostumbrado a intimidar con la mirada. Pero esta chica no se inmutaba para nada, al contrario, parecía intimidarlo a él. Desvió su mirada pues no pudo soportar tanta intensidad, se dio la vuelta y se dispuso a salir del lugar pero antes, se detuvo ― Susana ― volvió a mirar a la castaña ― Haz que se quede ― más que una orden parecía una suplica, a lo que Susana respondió con una gran sonrisa en su rostro.

2

Sentía la respiración acelerada, sin duda ese hombre era hermoso, con las mejillas un poco rojas decidió salir a ayudar a Susana a atender a los clientes. Rápidamente se adaptó a todo. Atendía con una rapidez y amabilidad que sorprendió mucho a los tres trabajadores. Los clientes salían contentos, muchos comentaban que la nueva chica era muy simpática. Así se fue la mañana entre una cosa y otra, Susana se retiró con Laura a la oficina pues era su hora de almuerzo y descanso. Entraron al pequeño salón y se sentaron una frente a la otra, usando el pequeño escritorio como mesa para su almuerzo.

― Entonces ¿Eres de Caracas? ― quiso saber Susana, tratando de conocer más a la intrigante joven.

― Si, llagué aquí hace dos o tres meses, no estoy segura.

― Se nota que no eres de la calle, Laura ¿Qué te paso? ¿Tienes familia? ― La chica se tensó ante las preguntas ―solo dime una cosa ¿Puedo confiar en ti?

― Si, Susana. Puedes confiar en mi ―respondió viéndole a los ojos ― entiendo que tengas muchas preguntas, pero ahora no quiero hablar de eso. No soy mala, ni ladrona, no te defraudaré, te lo juro.

― Te creo ― tomó sus manos ― puedo ver la sinceridad en tus ojos. Si algún día quieres hablar de eso, recuerda que en mi tienes una madre.

― Gracias Susana, es lo mejor que he escuchado en mucho tiempo.

― Bueno, entonces dime ¿Qué sabes hacer? ¿Estudiaste algo?

―Si, estaba estudiando comunicación social, solo tengo dos años aprobados, aún me falta para graduar. Pero sé hacer dulces y sé algo de administración, los puedo ayudar en todo lo que necesiten.

― Entonces usted y yo, señorita, haremos un gran equipo. Tenemos hasta el viernes para demostrarle a Martín que esta panadería se puede rescatar ¿Me ayudas con eso?

― Claro, aunque Martín es algo, intimidante.

― ¿Intimidante? yo diría que lo que es, es guapísimo ― comentó Susana con picardía, notó como Laura se puso nerviosa ― ¿Te gusta, verdad?

― ¿A mi? ¿Quién? ― Ya Laura tenía el rostro totalmente rojo.

― No te hagas, que me di cuenta como se miraban esta mañana, pero tranquila, no me tienes que decir nada ahora mismo.

Susana se levantó y salió dejándola sola, Laura no dejaba de pensar en lo que Susana le dijo. La verdad es que Martín la había impresionado desde la mañana cuando escuchó su voz por primera vez. Luego, al mirar sus ojos, era un hombre hermoso, el sueño de cualquier chica. Sin embargo, ella no estaba preparada para eso. Solo quería fortalecerse para luchar por su futuro. Tenía tantas cosas por hacer, necesitaba toda la ayuda posible para lo que se avecinaba.

Todo en la panadería fue de maravilla, Laura había sido de mucha ayuda todo el día, ya para la noche estaba muy cansada. Era la hora de cerrar y no sabía a donde se iría a pasar la noche, si iba al mismo lugar de siempre, seguro que querrán robarle las cosas que Susana le había regalado. Susana, al verla, se dio cuenta de lo que pasaba por la cabeza de la castaña, así que decidió ofrecerle que se quedara allí esa noche. no estaba muy segura pero se arriesgaría, le sacó un pequeño colchón inflable que siempre guardaban allí y lo preparó. Laura agradeció mucho poder tener eso para descansar. Hacía mucho tiempo que no sabía lo que era dormir en otra cosa que no fuera el frió suelo de la calle. Todos se fueron y la castaña decidió limpiar y dejar todo preparado para el día siguiente. Entró a la pequeña oficina y arregló todo, organizó los documentos que estaban en el escritorio por carpetas dejándolo todo impecablemente limpio. Se dio un baño y se acostó a dormir, a penas tocó el colchón quedó dormida profundamente.

Despertó sobresaltado y sudando, había tenido una de sus ya comunes pesadillas. Tenía que hacer algo, se iba a volver loco de tanto pensar. No quería irse con sus padres pero era lo que debía hacer. No quería dejar sus amistades que, aunque no eran muchas, eran como su familia. Se levantó y se dio una larga ducha, se vistió y salió a la panadería un poco más temprano de lo normal. En el camino recordó a esa chica que había conseguido en la puerta de su negocio el día anterior, no podía sacarse de la mente esa mirada que lo desarmaba completamente. La chica era realmente hermosa, ese cabello tan largo y de ese color que no era nada común. Sus ojos, su mirada y la seguridad con que le habló, lo dejó impresionado e intrigado. Tenía que asegurarse que Susana la contratara, aunque fuera por unos días, solo quería volver a verla. Al llegar notó que todo estaba impecable, se dirigió a la oficina y quedó pasmado, todo estaba impecablemente limpio. Escuchó ruidos en la cocina y sin dudarlo caminó hasta el umbral recostándose en éste para disfrutar del espectáculo. Allí estaba ella, concentrada preparando algo. Se veía tan hermosa, con un delantal blanco puesto y una malla que recogía todo su cabello. Notó que la chica estaba algo delgada y en seguida recordó que vivía en la calle y sintió un dolor en su estómago. Más que un dolor era como fuego que lo quemaba por dentro ¿Qué estaba pasando?

Laura levantó su vista encontrándose con esos ojos verdes con los que había soñado toda la noche. Quedó paralizada al verlo, tenía la esperanza que Susana llegara primero esa mañana.

― Buenos días ― saludó él muy amablemente, acercándose a ella ― ¿Qué haces?

― Hola, yo... preparé esto ― le mostró una torta bien decorada con fresas y almíbar, se veía deliciosa.

― ¿Tú hiciste eso? ― la chica solo asintió, la notó nerviosa ― ¿Me darías? quiero probarla. Si sabe tan bien a como se ve, debe ser deliciosa.

Laura, nerviosa y un poco torpe, le sirvió una pequeña porción y se lo dio. Este, al saber el efecto que le causaba su cercanía, no desaprovechó el momento para rosar sus manos mientras recibía el dulce. Tomó la pequeña cucharilla y partió un pedazo de dulce, se lo metió a la boca, sin despegar la mirada de esos ojos ámbar. Al probar aquel dulce quedó sorprendido, era delicioso ― ¿Lo probaste ya? ― preguntó Martín al darse cuenta que la chica esperaba su impresión. Laura solo negó con la cabeza. Martín, tomó una pequeña porción y le ofreció dárselo en la boca, la chica algo apenada recibió el bocado. Los dos degustaban el dulce viéndose a los ojos, era como si ninguno de los dos pudiera despegar la mirada del otro. Dejó el plato, sin nada de dulce en la mesa y se acercó más a ella, la tenía tan cerca que podía sentir su respiración acelerada.

― Delicioso. El postre, está delicioso ― comentó casi en un susurro.

― Gracias ― alcanzó a responder.

Se miraban con mucha intensidad, Martín veía en ella la paz que necesitaba y ella veía en él la esperanza y las fuerzas para seguir adelante. Se acercaron aún más el uno al otro.

― ¿Tú también sientes esto que yo siento? ― la chica frunció levemente el seño y ladeó un poco la cabeza ― esto, yo... No sé que me pasa ― escuchó ruidos en la puerta delantera, ya habían llegado los chicos, se separó de ella, le tomó una mano y sin saber bien que debía hacer  se la soltó de inmediato― ¡perdón! ― logró decir y sin más salió de allí a toda prisa, tropezando con los chicos que ya entraban a la cocina.

3

Hola, ¿Qué pasó acá? ― preguntó Alejandro.

― ¿Qué le pasó a Martín? ― quiso saber Manuel.

Susana, que si entendía bien lo que estaba pasando, regañó a los chicos para que comenzaran su trabajo y todos así lo hicieron, ya hablaría con Laura después.

Ya habían pasado dos días desde que Martín y Laura tuvieron ese encuentro tan cercano. Martín no pudo sacársela de la cabeza, esa mujer se le estaba metiendo por la piel, todo lo que hacia lo hacia pensando en ella. En la universidad las cosas habían mejorado un poco, ya no estaba tan estresado y su humor había mejorado. Se sentía más tranquilo y de alguna manera sabía que todo eso se lo debía a ella. No había querido volver a la panadería desde ese día que salió de allí llevándose a todos por delante. No quería sentirse así, él siempre decía que enamorarse era una debilidad y no quería sentirse débil. No le gustaba esa sensación de depender de alguien. Claro que había tenido relaciones, aunque no contaban tanto con ese título pues eran solo cuestión de una noche y nada más. No quería compromisos ni creía en cursilerías y ridiculeces de esas que hacen los enamorados, eso no era para él.

Laura pasó esos días esperando ansiosamente volver a verlo. Quería estar cerca de él, se sentía desesperada por saber de él. Constantemente les preguntaba a los chicos si sabían algo y sólo obtenía respuestas negativas. Nadie sabía de Martín, ella sabía muy bien lo que le estaba pasando, pues en el pasado tuvo un novio, que aunque le rompió el corazón, también le enseñó lo que era amar a alguien profundamente. Era pronto para decirlo, pero de alguna manera ya sabía que ya no lo podía evitar, Martín logró cautivar cada partícula de su ser. No había dudas, le gustaba. Aunque también sentía temor, la mirada de él, en ocasiones, era tan oscura, como si tuviera secretos guardados muy dentro, secretos que ella moría por descubrir. ¿Dónde estará? se preguntaba constantemente. Sin embargo, no podía hacer nada, solo esperar.

― Buenos días ― saludó un señor de baja estatura, blanco y de ojos azules.

― Buenos días, señor. ¿En qué podemos servirle? ― Laura saludó muy amablemente, como siempre.

― Busco a la persona que prepara estos dulces tan deliciosos ― dijo el señor señalando las tartas de fresa que estaban a la venta desde el día anterior.

― Soy yo ¿Dígame, qué necesita?

― Me gustaría hablar con usted un momento, si no es molestia.

― Claro, tome asiento. En un momento estoy con usted.

El señor fue a donde Laura le señalo y ella corrió a donde estaba Susana.

― Susana, un señor quiere hablar conmigo de los dulces ¿Qué le voy a decir?― le informó un tanto nerviosa y emocionada.

― Anda tranquila, yo estaré aquí y cualquier cosa me avisas, estaré pendiente.

Eso era lo que la castaña quería escuchar. Rápidamente se fue a sentar en la mesa donde aquel señor la estaba esperando.

― Mucho gusto, soy Alberto García ― se presento extendiendo la mano muy amablemente.

― Soy Laura Martínez, el gusto es mío ― le respondió con mucha seguridad estrechando su mano. Tomaron asiento quedando Laura de espaldas a la entrada del pequeño local.

― Iré al grano, queremos que trabajes con nosotros, en el mejor hotel de la zona. Nuestro repostero se tuvo que ir y tu tarta de fresa ha sido lo mejor que he comido en años. Ganarás mucho mejor que aquí, te lo aseguro. Un talento como el tuyo no debe estar encerrado en este pequeño negocio. ¿Qué dices?

Laura no podía disimular su rostro de felicidad, le agradaba saber que a alguien le habían gustado sus dulces. Sin embargo, sabía que no podía dejar a Susana, la panadería, los chicos… y a Martín.

― Deberías aceptar ― dijo alguien a sus espaldas, sabía que era él. De pronto se sintió muy nerviosa y se puso de pie para así quedar frente a ese hombre de sus sueños.

― ¡No! ― respondió muy segura ― no me voy a ir de aquí, Martín.

― Pues deberías, muy pronto cerraremos esta panadería y no puedes quedarte sin trabajo.

― No me quedaré sin trabajo ― recordó que el señor Alberto aun seguía allí y se dirigió a él ― prepararé los dulces para ustedes pero lo haré aquí, ustedes me enviarán el pedido y luego regresarán por el, solo así aceptare su oferta.

― Bien, déjeme conversarlo con el jefe y luego le estaré avisando, señorita Laura. Fue un placer, que tengan buen día ― dijo esto retirándose del lugar.

Martín, enfurecido, caminó a la oficina y ella fue tras él, entró y sintió la puerta cerrarse y al voltear se dio cuenta que ella estaba allí, lo miraba de una manera única, de esa forma en la que se mira algo que estas seguro que te pertenece, con cierta autoridad que lo desesperaba aún más. Se estaba convirtiendo en todo lo que dijo que nunca sería.

― Déjame solo ― dijo con esa voz firme y ronca que ella ya extrañaba.

― No, no creo que pueda hacer eso.

― ¿Qué quieres de mí, Laura?

Al escuchar su nombre en esa voz tan masculina sintió algo quebrarse dentro de ella. Recordó la manera en que su padre la llamaba, con tanta ternura. Se perdió por un leve momento en sus recuerdos, lo extrañaba tanto. De pronto sintió una mano limpiar su mejilla, no se había dado cuenta que lágrimas mojaban sus mejillas, su toque la hizo volver a la realidad, él estaba allí, la miraba preocupado.

― No llores, por favor, discúlpame.

― No es nada, son solo recuerdos.

―No me gusta esto que me esta pasando, Laura ― dijo casi en un susurro pues estaba ya muy cerca de ella.

― Ya no podemos hacer nada, Martín.

4

Se separó de ella pasando una mano por detrás de su cuello, desesperado. Ella al sentir su lejanía se desesperó, quería tenerlo cerca. Lo que estaba pasando entre ellos era algo fuerte, intenso, cargado de mucha energía, ya no podía escapar de lo que estaba sintiendo.

― ¿Por qué no aceptaste el trabajo? ― preguntó aun de espaldas a ella.

― Porque ya acepté uno aquí, con ustedes.

―Pero este trabajo aquí solo te durara un par de días más, Laura. Debes irte, es lo mejor para ti.

― Y para ti lo mejor es que me quede, piénsalo. Si nos va bien en este nuevo negocio, ya no tendrías que cerrar porque con eso y con lo que se esta vendiendo podemos salir adelante.

― ¿Podemos? no te incluyas, Laura, por favor. Esto ya no tiene arreglo.

― Me incluyo porque trabajo aquí. Solo quince días, dame esos días para demostrarte que podemos.

― Aunque quiera, no podemos, las cuentas no darían.

―Ven ― lo tomó de la mano y lo llevó al escritorio, tomó una carpeta donde había preparado todo un proyecto ― las cuentas sí nos dan para eso. Si te fijas bien, verás que tenemos suficiente materia prima para estos días, así la inversión seria mínima por estos quince días al menos y, si seguimos tan bien como vamos, lo lograremos. Las ventas se están incrementando muchísimo― hablaba muy emocionada y muy segura de lo que decía.

Martín tomó la carpeta en sus manos y la analizó por un rato. Laura esperaba ansiosa la respuesta, se había quedado sin dormir estos dos días diseñando un plan de trabajo efectivo hasta que lo consiguió, sabía que si Martín era inteligente no se opondría jamás a eso.

― Esta bien, solo dos semanas más. Pero con una condición.

― ¿Cual?

―Que me dejes ayudarte.

La castaña no pudo controlar su impulso y se lanzó a él dándole un fuerte abrazo. Martín, sorprendido, no sabía qué hacer, poco a poco fue cediendo y la abrazó también. Tenerla así, tan cerca, lo dejó sin aliento y sin fuerzas. Fue separándose de a poco de él, de pronto Martín se dio cuenta que al tenerla así tan cerca solo quería besarla, así que no dudó más y, con un movimiento ágil, la atrajo más cerca de él y la besó.

Todos estos días habían sido una verdadera locura, casi no dormía y se sentía agotado, sabía que ella era la culpable de todo esto. Sin embargo, no sabía qué hacer para mejorar su actual situación, toda esta semana la había observado hasta el cansancio. No se cansaba de admirarla, sabía que ella no pertenecía a las calles, se comportaba de una forma única, siempre sonriendo, parecía feliz.

― ¿Cómo vas, Martin? te ves fatal, ¿Qué te pasó? ― Preguntó Juan sentándose junto a él en el comedor de la facultad, Martín solo levantó la mirada y lo saludó moviendo la cabeza, gesto que a Juan le extrañó, pues era su amigo desde hace un tiempo, el suficiente para conocerlo y saber que algo le pasaba ― dime, ¿Problemas con una mujer?

― ¿Se me nota tanto? ― respondió Martín más irritado de lo normal.

― Ajá, aunque nunca esperé esta respuesta ― comentó Juan un poco asombrado.

― Pero esa es la respuesta, no sé qué me pasa con Laura ― decidió sincerarse, necesitaba un consejo de algún amigo y nadie mejor que Juan para eso.

― Cuéntame todo de ella, y tranquilo que sabes que conmigo tu secreto esta seguro.

Martín lo dudó por un momento pero, a la final, decidió contarle todo a su amigo. Desde el primer día que la vio hasta aquel beso. Le contó lo que sentía y mientras hablaba se daba cuenta que definitivamente se esta enamorando de ella.

― Quita esa cara y dime algo. Hace rato que te conté y no reaccionas.

― Bueno, déjame decirte que usted esta enamorado ― afirmó el moreno con total seguridad.

― ¿Enamorado? ¡Eso es imposible! ¿Quién se enamora en menos de un mes, estúpido?

― ¡Tú!

― No debí contarte nada, definitivamente no tienes nada en el cerebro, mejor me voy de aquí.

Se levantó y se dispuso a salir del lugar.

― Deberías intentarlo ― comentó Juan que venía caminando detrás de él ― sí y no me veas así, no te digo que te cases con ella pero, tal vez, si te das la oportunidad de conocerla más y de que ella te conozca a ti, te darás cuenta de lo que en realidad pasa ― Martín se detuvo y lo encaró mirándolo dudoso ― piénsalo, amigo ¿Qué es lo peor que puede pasar?

― ¿Y si le hago daño? No, no quiero lastimarla. Tú sabes que no soy bueno y ella es tan ingenua, tan frágil.

― Tal vez es hora de que te alejes de toda esa mierda, no te hace falta meterte nada de eso y tal vez esta es una oportunidad para salir de ese mundo.

― Ya es demasiado tarde para eso.

Sin mediar más palabras se metió en su auto y se fue a su apartamento a enfrentarse a su soledad una vez más.

En el negocio las cosas iban cada vez mejor, era asombroso todo lo que habían logrado en solo diez días. Ya todos se habían ido y se encontraba ella sola, en ese lugar que se había convertido en su hogar, era increíble ya había pasado un mes desde que había llegado y se sentía diferente, sin embargo había algo que la inquietaba cada vez más, y era él, Martín. No podía dejar de pensar en él, lo extrañaba y es que desde ese día que se dieron aquel beso no pudo sacarlo de su mente, lo necesitaba cada vez más y él se comportaba tan distante, sabía que estaba pendiente de ella pues lo sentía por horas mirándola, pero no le hablaba, no la saludaba y eso la estaba matando. Se durmió, como todas las noches desde que estaba allí, pensando en él.

La mañana llegó y ya era hora de levantarse, los chicos llegaron como siempre y comenzaron el trabajo del día. De pronto sintió ese calor en su cuerpo que solo él provocaba y lentamente se dio la vuelta y quedó frente a él.

― Hola, Martín. Tengo un reclamo que hacerte ― dijo mientras se acercaba a él lentamente.

― Hola, Laura, tú dirás.

― No has cumplido con tu parte del trato, dijiste que la única forma de darnos esta oportunidad era con una condición ¿Lo recuerdas? ― la castaña hablaba con mucha seguridad.

― Si, lo recuerdo, per...

― ¡Pero nada! ― lo interrumpió ― aquí todos hemos cumplido así que tienes que hacer tu parte. Hay mucho que hacer ― se dio la vuelta y lo dejó allí sorprendido.

Con una pequeña sonrisa dibujada en su rostro, Martín  comenzó a atender a los clientes, hacía mucho tiempo que no se sentía así. Recordó por un momento como con su madre atendían a todos los clientes cuando era un niño de solo diez años. Ya se había olvidado de lo que se sentía.

5

De vez en cuando tropezaba con ella que se mostraba nerviosa con su presencia. Nervios que él aprovechó para jugar y disfrutar un poco más su trabajo. Los clientes llegaban cada vez más y sin darse cuenta se le pasó la tarde entera trabajando. Se sintió agotado y se encerró en la oficina, los chicos se fueron, Laura cerró y, como de costumbre, limpió todo y se duchó. Cuando fue a la oficina a sacar todo para preparar su cama improvisada, se dio cuenta que ahí seguía él, se había quedado dormido. Se quedó allí, frente a él, observándolo por un rato y decidió despertarlo, pues ya era tarde.

― Martín ― lo llamó con voz muy baja ― Martín ― volvió a llamarlo y éste no reaccionaba ― ¡MARTÍN!

― ¿Qué? ¿Donde está? ― preguntó algo desorientado por no saber en qué lugar se encontraba. Lentamente observó a su al rededor y reconoció la pequeña oficina y la vio allí algo asustada ―tranquila, Laura. No te haré nada, solo me asusté eso es todo.

Laura asintió y buscó el pequeño colchón y salió del lugar, acomodó todo y se sentó a leer. Siempre le gustó la lectura y Susana le había conseguido un libro. Perdida en la historia que estaba leyendo sintió el calor de su mirada sobre su cuerpo y al levantar la cabeza sus ojos se cruzaron con los de él.

― ¿Siempre duermes allí, verdad? ― preguntó Martín preocupado.

― Si y es lo mejor que he tenido en mucho tiempo, estoy agradecida por esto también.

― Levántate y recoge tus cosas ―ordenó.

― ¿Qué? ¿Para qué? ― quiso saber Laura poniéndose de pie frente a él.

― Tengo un apartamento demasiado grande para mi solo, te vas conmigo ― habló convencido de que la castaña aceptaría irse a vivir con él.

― Claro que no, no me iré a vivir contigo ― respiró profundamente intentando calmarse ― mira, te lo agradezco, pero estoy bien aquí, de verdad, además tengo que estar aquí muy temprano.

―Te traeré siempre, por eso no tendrás problema. No tengas miedo, no te haré nada malo. Esto lo haría por cualquier persona, no te sientas especial ― dijo más para él mismo que para ella, no tenía idea de lo que estaba haciendo pero ya era tarde para pensar.

― Me iré contigo, sólo si nos dejas trabajar un tiempo más.

― ¿Cuanto tiempo?

― Será indefinido, tal vez uno o dos mese, no lo sé.

― Dos meses, en ese tiempo veremos qué pasa, pero tendrás que vivir en mi apartamento durante esos dos meses.

― Me parece bien, puedo con eso.

― Perfecto, entonces tenemos un pacto, Laura.

― Tenemos un pacto, Martín.

Dicho esto recogió todas sus cosas, que no eran muchas, solo lo que Susana le había conseguido, tres mudas de ropa y algunas cosas de uso personal, un par de zapatos y una chaqueta que Manu le había regalado, pues hacía mucho frío. Metieron todo en el asiento trasero del auto negro y salieron de allí directo al apartamento de Martín. Él con una sonrisa en su rostro y de muy buen humor, ella nerviosa y con un leve cosquilleo en el estomago.

Llegaron al edificio, subieron hasta el piso 7 en el ascensor, entraron al apartamento, Laura observó todo el lugar, era muy bonito, perfectamente decorado con unos muebles enormes color marfil con cojines de distintos tonos de verdes, las paredes limpias y de un color blanco impecable, unas enormes ventanas en la parte de atrás cubiertas por una gruesa cortina verde oscuro, habían unos cuadros colgados en las paredes y adornos que no parecía en lo absoluto un apartamento de un chico soltero, la cocina muy amplia con electrodomésticos de última generación, todo estaba extremadamente limpio, Martín la guió por un pasillo y se detuvo frente a la segunda puerta, la abrió y la invito a pasar, era una habitación muy amplia, de paredes color azul cielo y cortinas blancas, una cama enorme en el centro de la habitación en el lado derecho había unas puertas que seguro eran del armario y otra puerta al lado que parecía ser el baño. Se acercó a las cortinas y al abrirlas quedó sorprendida, la vista desde allí era hermosa. La ciudad de Barquisimeto de noche era bellísima. Se dio la vuelta y Martín la observaba desde el umbral de la puerta con rostro divertido.

― Esta será tu habitación, allí esta tu baño y si necesitas algo no dudes en pedírmelo ― le informó y guiñándole un ojo salió de la habitación.

El despertador sonó a las 4:30 de la mañana, debía levantarse temprano para llevar a Laura a la panadería, se dio una corta ducha y se vistió como de costumbre, un jean negro y una franela blanca, se puso sus botas y salió a la cocina algo despeinado, la buscó por todos lados y no la vio -¿Será que se quedó dormida?- pensó así que decidió ir a despertarla. Llamó dos veces a la puerta y al no obtener respuesta alguna decidió entrar y allí estaba ella, sentada en una pequeña silla, frente a la ventana con un libro entre las manos, la castaña estaba tan concentrada en su lectura que no escucho ruido alguno.

― Buenos días, Laura ― saludó Martín con la voz más ronca de lo normal.

La castaña se asustó y dejó escapar un pequeño grito ahogado ― ¡Por Dios, Martín! ¿Piensas matarme?

―Perdón ― dijo levantando las manos en señal de paz ― toqué y no respondiste, no quería asustarte, ¿Estas lista? es hora de irnos.

―Si, estoy lista, no te escuché tocar la puerta, estaba concentrada en mi lectura y Buenos días.

― ¿A qué hora te levantaste? ― quiso saber Martín mientras bajaban por el ascensor.

―No sé, supongo que temprano, no tengo reloj.

―Tenemos que arreglar un pago para ti, has trabajado mucho y necesitas comprarte tus cosas.

― No, ya es suficiente con lo que estas haciendo por mí.

― No te estoy preguntando, Laura. Mañana no trabajamos, podrás salir y comprarte lo que quieras.

Llegaron al auto y subieron a éste, no hablaron nada en todo el camino, Martín encendió la radio y dejó que sonara una canción cualquiera. Al llegar a la panadería ya los chicos habían llegado, Susana notó que llegaron juntos y en lo que Martin se encerró en la oficina Susana fue tras el.

― ¿Qué estas haciendo, Martín Fuentes? ― preguntó Susana, cerrando la puerta tras ella.

― ¿Qué estoy haciendo de qué, Susana?

― Sabes muy bien de lo que hablo ¡llegaste con ella!

― ¡Lo sé! ― hizo una pausa y observó a Susana que esperaba una respuesta detallada ― esta bien, me la llevé al apartamento. No me pongas esa cara, bien sabes que no le haré nada.

― Te gusta, Laura te gusta.

― ¿Y a quien puede no gustarle? Laura es...

― ¿Laura es…?― Susana rió ―  Martín, por favor, ella no es como las muchachas esas a las que estás acostumbrado, ella no es de la calle y tiene un pasado doloroso.

― ¿Te ha contado algo? ― preguntó preocupado.

― No, pero sé que es así, su mirada es una mezcla de inocencia y dolor.

― Lo sé, ella es diferente. No la veo como a las demás chicas, Susana ― respiró profundamente ― escucha, solo le he contado esto a Juan, no sé lo que me pasa con ella, pero, cuando me mira, es como si me desarmara y al besarla es...

― ¿¡La besaste!?

Martín solo asintió, Susana lo invitó a sentarse en el mueble y se sentó junto a él.

― Martín, ella no sabe nada de ti, ella no sabe las cosas que tú haces, ¿Qué piensas hacer?

― Nada, no estoy diciendo que este enamorado, solo me gusta. Además ella jamás se fijaría en un alguien como yo. Sé que debo mantenerla lejos de todo eso. No te preocupes, ella no se enterará nada.

― ¿Y cómo vas a hacer para que no se entere? se dará cuenta, ya ves que no es ninguna tonta.

― De eso me encargo yo. Por favor, necesito que le asignes un pago justo. Ha trabajado mucho y necesita comprarse sus cosas, se generosa con ella.

― Sé que ella esta haciendo algo más que ayudarnos con la panadería, te esta cambiando a ti, te ves diferente. Tal vez a ella también le gustes ― dijo mientras se levantaba del mueble y salía de la pequeña oficina.

6

Martín se quedó con una sonrisa en su rostro, no sabía bien qué quería hacer pero de lo que estaba seguro era que quería cambiar. Quería ser mejor para ella, así que llamó a su jefe y organizó todo para el domingo en la noche. Si todo salía bien, esa sería la última encomienda.

Se levantó y se dispuso a ayudar en lo que podía, atendiendo a los clientes que cada vez eran más, de vez en cuando la observaba, era encantador escuchar su risa, escucharla hablar con tanta dulzura y seguridad a cada cliente lo dejaba maravillado. Cuando sus miradas se cruzaban, sentía que el tiempo se detenía y todo transcurría en cámara lenta. Ya estaba oscureciendo y los clientes habían menguado. Susana estaba en la oficina y los chicos hablaban muy animadamente en la cocina pero antes de entrar se detuvo al escucharlos hablar.

― Sé que te pasa algo, hoy estás más feliz de lo normal ― aseguró Manu.

― No quiere decir nada Manu, ya la interrogué todo el día y nada ―  esta vez el que habló fue Alejandro.

― Les diré pero prometan no preguntar más.

― ¡Lo prometemos! ― respondieron los dos al mismo tiempo.

― Bueno es que... creo que me gusta alguien, no estoy segura, solo se que me agrada mucho, su sonrisa es perfecta y sus ojos, ¡Dios! sus ojos son la cosa más hermosa que he visto en mi vida y su mirada es como fuego sobre mi piel...

― ¡Oh. Por. Dios! ― dijo Alejandro

― ¿Estás enamorada? ― interrogó Manu.

― No,  vamos Laura, tienes que decirnos quién es.

― No les diré nada, además prometieron no preguntar y solo para aclarar el punto, no. No  estoy enamorada.

Martín sintió que su corazón se detenía, estaba seguro que estaba hablando de él, no había duda. Escucharla expresarse así fue algo que jamás se esperó. Quiso retroceder y tropezó unas bandejas haciendo que éstas se cayeran ocasionando un gran estruendo, los chicos rápidamente corrieron a ver que pasaba y se encontraron con un Martín totalmente rojo de la vergüenza.

― ¿Nos estas espiando, Martín? ―  preguntó Manu algo sorprendido.

― Claro que no, solo vengo por Laura, ya es hora de irnos y tienes que pasar por la oficina antes, Susana te esta esperando.

La castaña solo asintió y se dirigió rápidamente a donde Susana la esperaba, se encontró con ella y esta le tendió un sobre.

― ¿Qué es esto? ―  preguntó Laura.

― Es tu pago de la semana, ganarás un salario igual que todos.

― Susana, yo no...

― No te estoy preguntando, Laura. Tómalo y ya, es lo justo.

Laura asintió y recibió el sobre, guardándolo en su bolsillo salió de allí y fue a donde Martín la esperaba subieron a su auto y se perdió como siempre mirando por la ventanilla. No paraba de pensar si él la había escuchado hablar con los chicos, sus planes de alejarse de el se estaban complicando cada vez más.

― ¿Pizza o comida china? ― preguntó Martin, la verdad es que después de lo que había escuchado se quedó muy inquieto. Recordaba las palabras de su amigo Juan, quería conocerla, lo intrigaba su comportamiento.

―La verdad, ninguna de las dos ―respondió Laura con indiferencia.

―La comida china te lo acepto, pero las pizzas ¿De verdad no te gustan? ― Laura solo negó con la cabeza ― ¡es imposible!

―Me gustan las pizzas, pero prefiero prepararlas yo.

―Entonces, prepararemos pizza esta noche.

Martín se detuvo a comprar lo que le hacía falta para la preparación de esas pizzas que moría por comer. Luego de comprar se fueron a toda velocidad al apartamento, al llegar dejaron todo en la cocina. Laura se fue a cambiar de ropa por algo más cómodo, mientras Martín adelantaba todo en la cocina.

Laura salió de la habitación vistiendo un conjunto negro deportivo que Susana le había regalado y que no había tenido la oportunidad de ponerse. Se dio cuenta que Martín puso música suave y ya había comenzado a preparar todo para la pizza.

― ¿En qué te ayudo? ― quiso saber Laura entrando a la cocina.

― No Lau, yo seré tu ayudante y tú serás la chef ―  le informó mientras le pasaba el delantal sobre su cabeza, la volteo quedando de espaldas a él y le sujetó el delantal por detrás amarrándolo bien ― entonces, dígame chef ¿En qué puedo ayudarla?

― Puedes ir cortando estos pimentones rojos, mientras yo preparo la masa ― contestó la castaña comprendiendo el juego de él.

Se dedicaron a hacer la pizza aunque de vez en cuando él se perdía observándola. Le encantaba verla así, concentrada cocinando, lo hacia de una manera apasionada. Metieron la pizza en el horno y encendieron el temporizador, debían esperar veinte minutos para probar su preparación. Martin sirvió dos copas de vino rosado que guardaba para una ocasión especial y dándole una copa a ella  la invitó a sentarse en la terraza mientras esperaban.

Laura dio un trago a su bebida, deleitándose con el fino sabor de uno de sus vinos preferidos. Después de tanto tiempo y de todo lo que había pasado, estar así, en un apartamento con un chico atractivo, preparando cena y con una copa de vino rosado en sus manos, era todo un sueño.

― Cuéntame de ti, Lau ― pidió Martín, petición que provocó que Laura saliera de sus pensamientos y se tensara un poco. Dejando la copa en la mesita frente a ellos, respiró profundo y se tomó un momento en silencio antes de contestar.

― No sé qué contarte de mí. Mi pasado es muy doloroso y no quiero recordarlo ahora, así que no tengo nada que contar.

― Esta bien si no quieres hablar de tu pasado, solo quiero conocerte.

― Pues pregunta entonces ¿Qué quieres saber de mí?

― Todo, pero comenzare preguntando ¿Qué edad tienes?

 ― Tengo veinte años.

― ¿Y estudiaste algo? ―  continúo preguntando.

― Sí, estaba estudiando Administración, solo aprobé dos años.

― ¿Donde estudiaste?

― No fue aquí ―  contestó algo seca.

― ¿Por qué no seguiste estudiando?

― Porque pasaron cosas que me obligaron a abandonar la carrera.

― Quiero saber ¿Por qué estas en la calle? tú no perteneces allí.

― No, no pertenezco a las calles, pero pasaron cosas, cosas que no quiero recordar, por favor, ya no preguntes más ―  pidió en un susurro pues las lagrimas ya amenazaban con salir, se levantó del mueble y dio unos cuantos pasos, dándole la espalda a Martín.

Él  se levantó y la alcanzó, la tomó por el brazo logrando detenerla, se acercó a ella y la abrazó.

― Tienes razón, Lau. Es que… Quiero conocerte ― le dijo muy cerca de su oído.

Se separó de él un poco y mirándolo a los ojos le habló ― lo sé, pero ésta que ves aquí soy yo, no tengo fuerzas para ver mi pasado, no ahora.

― Entonces no lo hagas ―  respondió pegándola nuevamente a su cuerpo. Ella escondió su rostro en el hueco de su  cuello, él aprovecho el momento para embriagarse en el olor dulce de su cabello y fue allí, justo en ese instante que se prometió a él mismo jamás separarse de ella.

― ¿Por qué? ― preguntó Laura aun pegada a él ― ¿Por qué quieres conocerme?

La alarma de la cocina sonó indicando que la pizza estaba lista, los dos se dirigieron a esta y sacaron la pizza del horno. Laura sirvió las porciones y ya más tranquilos los dos disfrutaron de su cena conversando de cualquier cosa sin importancia.

Laura no dejaba de ver a Martín que sin duda le pareció muy atractivo; sus ojos verdes como esmeraldas, sus cejas perfectamente delineadas, su nariz de un tamaño justo y acorde con su rostro, sus labios provocativos y de ese color tan sensual, sus dientes eran perfectos y su sonrisa era lo más hermoso que jamás había visto, con esos hoyitos que se le hacían al sonreír, era perfecto. Martin se quitó la chaqueta que siempre traía puesta quedando solo con una franela blanca sin mangas que dejaban ver sus musculosos brazos y sus tatuajes, que Laura detalló detenidamente uno a uno.

― ¿Te gustan? ―  preguntó al notar que  Laura no dejaba de mirarlos.

― Si, son hermosos, aunque debe doler muchísimo.

― Si, duele, pero vale la pena.

― Supongo que si, por eso tienes tantos, nunca te los había visto.

― Es que las personas tienden a juzgar mucho por lo que ven y tenía que representar “el negocio de la familia” así que los cubro para evitar que las personas emitan juicios sobre mí, es un poco incomodo.

― Pues no deberías, tú eres un buen chico, no haces nada malo además son muy lindos, deberías mostrarlos con orgullo, llevas obras de arte en tu cuerpo.

― Lo sé y tienes razón. Es más, no voy a seguir ocultándolos ― dijo Martín, una preocupación se instaló en su corazón, sintió miedo de ser descubierto, tenía que acabar con todo eso de una vez, antes de que ella se enterara de todo.  Tomó su teléfono y fue a la terraza, donde habían estado hace un momento, marcó el  número que ya conocía de memoria.

― Aquí Martín, estoy listo...     ¿Esta noche?...    si, entiendo. Está bien, estaré allá en media hora..... Recuerda que si todo sale bien estaré fuera....    bien, así será.

Se quedó pensando, se sentía preocupado, seguro que esta vuelta iba a ser peligrosa, pero debía hacerla sino jamás se libraría de esa gente.

― Martín ― le llamó Laura sacándolo de sus pensamientos ―  voy a dormir, estoy muy cansada ¿Necesitas algo?

― No, Lau. Ve, descansa, yo tengo que salir un momento pero regreso rápido.

― ¿Salir a esta hora? casi es media noche.

― Si, es algo importante. Estaré aquí en menos de una hora, te lo prometo.

Se acercó a ella y se despidió dándole un beso en la frente, ella permaneció allí de pie observándolo mientras él tomaba su chaqueta, y unas llaves que tenía escondidas en uno de los gabinetes de la cocina, esto a ella le extrañó, pues no tomó las llaves de su carro. Antes de salir se detuvo en la puerta y le dio una última mirada, le sonrió de una forma que ella no conocía aun y salió dejándola allí, sola, preocupada y con mil preguntas.

7

Martín llegó al lugar acordado y después de varios minutos, José apareció en su viejo carro acompañado por dos de sus hombres.
― Martín Fuentes, un gusto verte― saludo José o "el Don" como todos le decían.
― ¿Qué hay, Don? Aquí estoy ¿Qué es lo que hay que hacer?
― Tienes que hacer una entrega, será poco, solo 4 kilos, pero es la mejor mercancía y es para un cliente muy exigente. Si todo sale bien, estarás fuera como habíamos acordado.
― Y si no ¿Qué harán? ― quiso saber Martín muy preocupado.
― No sé, de igual forma en una semana te llamo para informarte, ¿Te parece?

Martín solo asintió como respuesta, los hombres del Don le pasaron dos paquetes, los guardó en la moto y salió a toda prisa, todo debía salir bien, estaba asustado, sentía la adrenalina por todo su cuerpo.

Luego de unos minutos de camino al fin llegó a la bodega donde lo estaban esperando unos hombres armados. Bajó de la moto, tomó los dos paquetes y se acercó a ellos.

― Me mando el Don ― dijo con voz firme, no podía demostrar lo nervioso que estaba sintiendo.

Lo hicieron pasar y allí estaba el hombre al que le haría la entrega, un tipo alto, cabello castaño y de ojos marrones lo esperaba.

― Vaya, Vaya... Así que tú eres Martín Fuentes... Ya veo por qué el Don no quiere perderte ― habló el hombre con un tono burlón.

― Esto lo mandó el Don ― Martín dejó los paquetes en la mesa.

― Debes entregarle esto ― el hombre le entregó a Martín otro sobre ― tómalo, es el pago por esto que me esta mandando, solo dile, que la trate bien, que es mi sobrina.

Martín tomó el sobre y sin decir más salió de aquel lugar, durante el viaje de regreso sintió demasiada curiosidad por abrir ese sobre. Sin embargo, no lo hizo, quería que todo saliera perfecto así que llegó a donde sabía que el Don estaría y le entregó el sobre.

― Aquí tienes, Don. Dijo que la trataras bien que es su sobrina.

Dicho esto se despidió, se subió a su moto y se fue al apartamento. Al llegar, notó todo tal cual lo había dejado, hasta Laura permanecía ahí en la sala dormida en el sofá.

Se acercó hasta ella y la observó por un momento, eran las tres de la mañana y ella aún estaba allí. La tomó en sus brazos y la llevó directo a la habitación. Pensó en quitarle esa ropa que traía pero decidió dejarla así, la colocó en su cama y la arropó. Se sentó a su lado, acarició suavemente su mejilla con una sonrisa boba dibujada en su rostro y preguntándose en qué momento esta muchachita había cambiado todo a su alrededor.

― Ya estoy libre, pequeña. Ahora sí seré bueno para ti ― susurró muy cerca de su boca, moría por besarla pero no lo hizo. Poco a poco y sin darse cuenta, se quedó dormido, allí en su cama, con ella.

Al amanecer Laura sintió calor, los rallos del sol entraban por la enorme ventana de su habitación iluminando y calentado todo a su alrededor, quiso estirarse para terminar de despertarse y fue cuando se dio cuenta que unos brazos la rodeaban por la cintura. Se volteó lentamente y gritó sorprendida al verlo allí, en su cama.

Martín al escuchar el grito despertó asustado ― ¿Estas bien? ― preguntó preocupado, la castaña no respondió solo se le quedó viendo con asombro.

― Ah ¿Es eso? ― preguntó él comprendiéndolo todo ― tranquila, bonita. Llegué a las tres de la mañana y te habías quedado dormida en el mueble de la sala, así que te traje y supongo que, como estaba tan cansado me quedé dormido aquí sin darme cuenta ― Laura aun no reaccionaba ― No paso nada, solo dormimos y perdón, no volverá a pasar.

― ¿Tres de la mañana? ― habló Laura saliendo de su asombro.

― ¿Qué?

― A esa hora llegaste... Tres de la mañana.

― Si... No pongas esa cara... Yo te dije que debía hacer algo.

― ¿Y no podías, tal vez, atender a tu noviecita a otra hora? ¿Sabes lo peligroso que es esta ciudad de noche?

― No, bonita, yo no...

― No, no sabes, pues es muy pero muy peligrosa, además ni siquiera te fuiste en tu auto.

― ¿Cómo lo sabes?

― Vi que tomaste otras llaves.

― Así que me observas con atención y… ¿Estas celosa?

― No te observo con atención y no, no estoy celosa ¡Por dios, Martín! puedes hacer lo que quieras con quien quieras, pero no vengas tan tarde y mucho menos a intentar cuidarme cuando te vas y me dejas sola a media noche ― Pero ¿Qué estaba diciendo? ― y si me disculpas me voy a dar una larga ducha.  ―  -Que patética- pensó mientras se dirigía a la puerta del baño, él aun seguía allí observándola como si no creyese todo lo que acababa de soltarle y para terminar de hacer el ridículo terminó diciendo ― Y buenos días.

Martín quedó perplejo ¿Qué había sido todo esto? ¿Por qué ella reaccionaba así de esa manera? No se imaginaba que todo lo que había hecho era por ella. -Que complicada es- pensó mientras aun sin poder creérselo salía de esa habitación y entraba a la suya. Se dio una ducha y bajó a la cocina a preparar el desayuno.

― Martín ― llamó Laura algo avergonzada, no sabía por qué había reaccionado así de esa manera, no había dormido bien. Cuando él se fue ella quedó muy preocupada, no sabe en qué momento se quedó dormida en aquel mueble y de pronto amanece en su cama con él abrazándola, se molestó mucho, ¿Cómo se atrevía a abrazarla después de andar con otra por ahí? porque seguro eso era lo que hacía a esa hora fuera de casa ¿Verdad?

― Dime ― contestó el algo serio, la verdad es que estaba serio de mentira, toda esta situación le estaba gustando mucho.

― Disculpa por lo que te dije hace rato, es que anoche me preocupé mucho por ti y...

― Pensaste que andaba con una mujer ― concluyó Martín la frase que ella no se atrevía a terminar.

― Si... Bueno, no... O sea, tú eres libre de hacer lo que quieras, es que... ― suspiró vencida y se acercó a él ― todo este tiempo que viví en la calle, vi cosas horribles y me preocupé por ti. No sabía donde andabas y las horas pasaban… pero disculpa, no me meteré en tu vida, al final tu solo me estas ayudando y te lo agradezco. Algún día, cuando pueda irme de aquí y recuperar mi vida, te devolveré hasta el último centavo que me has dado.

-¿Qué? ¿Pensaba irse? ¿A donde?- Pensó Martín, o sea que se iría después de todo lo que han hecho por ella, ¿Pensaba dejarlo?

― Tienes razón, no volverá a pasar lo de anoche ― contestó molesto. Se iba a ir, entonces nada tenía valor. Tal vez se equivocó al pensar que ella sí se quedaría con él a pesar del desastre que era su vida.

― No, no tienes que dejar de hacer lo que haces por lo que te dije, yo no soy nadie en tu vida para pretender cambiarla ― ¿No era nadie para él? Entonces ¿Qué era esa conexión que sentían? Porque estaba segura que él también la sentía y esas miradas ¿Tampoco eran nada? ¡Dios, se iba a volver loca! ― Y la verdad es que, no quiero cambiarte nada.

Ante esta confesión él volteó quedando frente a ella, solo existía una mínima distancia entre ellos, se miraron detenidamente a los ojos, no se dijeron nada con palabras pero sus miradas gritaban lo que en sus corazones ya comenzaba a formarse y es que era algo inevitable, se gustaban, no podían negarlo, la química que había entre ellos era demasiado fuerte e intensa.

Laura fue la primera en desviar la mirada, sentía fuego dentro de ella, al verlo a los ojos era como si sus almas quedaran expuestas y nada pudiera ocultar, era extraño para ella sentirse así.

8

Martín sirvió el desayuno y se sentaron a comer en un silencio agradable y tierno. De vez en cuando intercambiaban miradas y sonrisas.

― No quiero que vuelvas a decir que no eres nada en mi vida, Laura ― pidió Martin con voz dulce ― no sabes lo que eres para mí ― sonrió ― la verdad es que ni yo mismo lo sé. El caso es,  que algo estás haciendo en mí y me asusta un poco, pero también me gusta.

― Martín, yo...

― Ya, no digas nada ―  la silenció con dos dedos sobre sus finos labios ―  no digas nada ahora. Si quieres salgamos de compras, debo comprar algunas cosas que faltan y tu seguro querrás comprar algo así que vamos ¿Qué dices?

― Me parece perfecto, dame diez minutos y estoy lista.

Rápidamente subió a su habitación, cerró la puerta y se recostó en ella, ¿Qué había pasado? Se sentía nerviosa, nadie nunca le había dicho esas cosas. Martín le gustaba, hasta ahora había sido el hombre perfecto. No le conocía ningún defecto y los que había visto le parecían encantadores, -¿Será que también le gusto tanto?-  se preguntó, sin embargo, eso era algo que debía descubrir.

Se preparó y salió de su habitación, Martín ya la esperaba, salieron y entraron en el ascensor.

 ― ¿Podrías, por favor, guardar esto? ― pidió entregándole el sobre que Susana le había dado con el pago de su trabajo

 ─Tranquila, Bonita, hoy soy su chofer, princesa ― y haciendo una reverencia la invitó a salir. Llegaron al estacionamiento y Laura  comenzó a buscar el auto con la vista, Martín la tomó de la mano y la guió a otro lado.

― Hoy saldremos sobre estas dos ruedas ― dijo Martín señalando la moto negra.

― No, me da miedo, nunca me he montado en una ― se quejó la castaña.

― No tienes que tener miedo, además vas conmigo que soy un experto, confía en mí, bonita.

No podía negarse y él lo sabía. Y es que cuando la miraba así de esa forma tan única la desarmaba totalmente y perdida en esos hermosos estanques verde declaró ― Confió en ti.

Él se subió a la moto y le tendió la mano para ayudarla, decidió subirse, ya una vez arriba buscó donde agarrarse, ya Martin había prendido el motor así que en cualquier momento arrancaría, se pusieron sus cascos.

― Aquí, Laura― dijo Martin señalando su cintura.

Ella lo dudó un poco pero al final accedió, pasó sus delgados brazos aferrándose fuerte a él, que al sentirla tan cerca sintió su corazón acelerarse de una forma sorprendente y sin esperar más salieron.

Llegaron al centro comercial, lo primero que Laura quiso comprarse fue un teléfono celular, luego algo de ropa, una crema corporal y un perfume de frutas que tanto le gustaba usar. Compró algunas otras cosas y él también compró lo que necesitaban para la casa. De allí salieron al mercado a comprar algunos víveres, ella compró helado y para preparar palomitas de maíz, era domingo así que quería estar en su habitación leyendo o viendo alguna película.

Llegaron a la casa con algo de dificultad por la cantidad de cosas que traían en la moto, prepararon sus almuerzos juntos, ya la tensión de la mañana se había disipado y se comportaban como si fueran amigos.

En la tarde cada quien subió a su habitación a descansar, la mañana había sido algo fuerte. Laura ordenó sus cosas nuevas en su habitación, se dio una ducha, se vistió con un conjunto deportivo de lycra que se ajustaba bien a su cuerpo y además la hacía sentir cómoda. Tomó su teléfono nuevo y se acostó en su cama un rato a explorarlo, no tardó mucho en quedarse dormida profundamente.

Ya eran las seis de la tarde y Martín preparó una cena ligera y la subió a su habitación, luego fue a la habitación de Laura a despertarla, tocó la puerta tres veces hasta que esta se abrió.

―  Buenas noches, dormilona ― saludó juguetón.

― Buenas noches ―  contestó ella estirándose un poco.

― Vengo a invitarte a mi cine particular, donde nos están esperando unas cuantas películas y nuestra cena, ¿vienes?

― Claro ―  dijo con una sonrisa en su rostro.

Llegaron a la habitación de Martín y al entrar notó rápidamente que su olor estaba impregnado en todo el lugar. Las paredes pintadas de un azul oscuro con algunas rayas negras, una enorme cama en el centro y en la pared un televisor gigantesco. Había también una guitarra puesta por allá en un rincón al lado de una pequeña mesa donde descansaban unas hojas y lápices.

Del lado derecho de la habitación había una mesa con dos platos -la cena- pensó. Caminaron hasta ella, había dos platos con pollo y vegetales, una porción pequeña para cada uno.

― Y... ¿Qué películas te gustan? ― preguntó Martin rompiendo el silencio.

― Pues de todo menos las de terror.

― Que bien, bueno a mi me gustan todas las que te gusten a ti...

― Podemos comenzar con una comedia si quieres ― propuso ella muy animada.

― Perfecto, será comedia entonces.

Terminaron de comer y se sentaron en la cama, pues desde allí se apreciaba mejor la pantalla según él. Ella lo acompañó aunque sabía que era mentira porque con esa pantalla tan grande seguro se apreciaba bien de cualquier parte de la habitación.

― Nos falta algo ―  exclamó Martín ―  ya vengo traeré helado y cotufas ― le dio un beso en la frente y bajó rápidamente.

Un teléfono comenzó a sonar encima de la cama, era el de él, Laura miró la pantalla y salía número desconocido.

― ¿Hola? ― atendió ella la llamada, nadie respondió ― hola ―  volvió a decir y colgaron.

Martín entró con lo que había prometido y se sentó justo donde estaba.

― Martín, alguien llamó a tu teléfono, contesté y nadie habló hasta que colgaron, disculpa por haber atendido.

Martín tomó el teléfono, lo revisó y al ver quien lo llamaba, decidió llamar él.

― Hey... Si, en mi apartamento... No, no estoy solo... Con Laura, una amiga.... Si, solo una amiga.... Calma tu mente, está aquí a mi lado.... Nos vemos mañana... y lleva lo de que tenemos pendiente, no he estudiado nada... Hasta mañana ― terminó la llamada y volvió a dejar el teléfono sobre la mesa ―Era Juan, mi mejor amigo, pronto lo conocerás

Ella solo asintió, y así fue pasando la noche, comiendo helado y cotufas, entre una película y otra, entre risas, llanto y miedo. Así se quedaron dormidos. Sin duda este había sido uno de los mejores domingos de sus vidas.

9

Se despertó con un escandaloso sonido, sin abrir los ojos llevó sus manos a donde sabía muy bien estaba el molesto aparato y apretando un botón lo silenció, rápidamente volvió a dejar su brazo donde lo tenía antes de su interrupción para intentar continuar con su sueño y sus fosas nasales se inundaron de ése olor a cítricos que lo enloquecía. Sonrió al pensar que se estaba volviendo un maníaco y abriendo lentamente los ojos la observó allí, dormida junto a él. Recuerdos de la noche anterior llegaron a su memoria y disfrutó ese momento, pues tenerla así tan serena, rendida en sus sueños, provocaba en él tantas sensaciones, de algo estaba seguro y es que esa chica lo estaba idiotizando por completo.

Después de deleitarse lo suficiente con el espectáculo de mujer que yacía junto a él en su cama, decidió despertarla, era lunes y ya que eran casi las siete de la mañana, se habían desvelado con tantas películas.

―Laura, debemos irnos ― susurró cerca del oído de aquella chica que lo estaba enloqueciendo.

― No quiero, tengo mucho sueño ― respondió medio dormida.

― También me gustaría quedarme aquí para siempre pero ya amaneció y tengo clases.

― ¿Qué? ¿Qué hora es? ― preguntó mientras se paraba de un solo salto.

― Son casi las siete de la mañana ― respondió Martín un poco divertido

― Es tardísimo, debiste levantarme antes. Vámonos ya.

― Bueno, primero debo lavar mis dientes y arreglarme... y tal vez tú deberías hacer lo mismo.

― Cinco minutos y me voy sola o contigo ― dijo mientras salía de esa habitación.

Definitivamente estaba decidida a irse si él no estaba listo ponto, así que inmediatamente se levantó y se dio una corta ducha se vistió como siempre pero esta vez sin la chaqueta, dejó su cabello alborotado, salió de su habitación y quedó sorprendido con lo que estaba frente a él.

Laura se había puesto una ropa nueva que había comprado el día anterior, traía un jean negro que se ajustaba perfectamente a su delgado cuerpo, tenía puesta una franelita verde sencilla  y su cabello suelto perfectamente peinado, se había maquillado, nada exagerado pero sin embargo él lo notó; sus labios con ese brillo se veían aun más provocativos, se acercó a ella sin poder detenerse y  muy cerca de su rostro cerró los ojos respirando aquel perfume de su piel, que sin duda era delicioso, era un aroma fresco y cítrico, le encantaba. Esa mujer no era en nada la misma que había visto aquella mañana sentada frente al negocio familiar.

Ella también quedó sorprendida cuando lo vio, ya no tenia la chaqueta negra de cuero que siempre traía y que lo hacía ver tan oscuro. Este Martin que tenía frente a ella era diferente, se veía fresco, relajado, sin preocupaciones, verlo así con su cabello aun húmedo y algo alborotado lo hacia ver diferente.

 La miró detalladamente produciendo dentro de ella un tsunami de sensaciones que no sabía descifrar, pero algo sí era seguro, moría por volver a besarla.

 Él se acerco demasiado a ella y pensó que la besaría pero lo que hizo la sorprendió aún más, cerró los ojos muy cerca de ella, la estaba disfrutando de una manera única, no la besaba, no la tocaba, solo estaba allí, disfrutándola, de golpe abrió los ojos y se encontró con los de ella.

― Dime que también lo sientes, dime que también sientes esto, por favor ― suplicó desesperado

― Siempre Martín, siempre lo he sentido ― aceptó ya derrotada, no podía seguir luchando contra lo inevitable

― Me volverás loco, no sé lo que me pasa contigo, me idiotizas totalmente.

― Yo tampoco sé qué pasa, no me había sentido así nunca.

― Muero por besarte ahora mismo ― susurró él como pidiendo permiso.

― Entonces hazlo ― concedió sin dudarlo.

Él, suave y lentamente llevó sus grandes manos a sus delicadas y sonrojadas mejillas, las tomó con firmeza trayéndola hacia él y la besó, de una forma tierna, delicada, quería sentir cada milímetro de sus labios, de su boca, con cada rose sentía su corazón acelerado. Esto no le había pasado con ninguna mujer, a nadie había besado así con tanta dulzura,  se deleitó en sus labios, por un momento se olvidaron de lo apurado que estaban. Ella se dejó llevar por él y se entregó completamente a su boca, llevó sus manos a su tonificado pecho y las dejó allí. Él en ningún momento la soltó, lentamente se separaron, pegó su frente a la de ella y bajó sus manos tomando las de ella entrelazando sus dedos. Aun con sus corazones acelerados y sintiendo como si un volcán entrara en  erupción dentro de ellos, decidieron salir del apartamento, sin decir una palabra más.

El camino a la panadería fue silencioso, la música de alguna estación de radio era la que llenaba el silencio cómodo que había entre ellos. Esta vez ella no miraba por la ventanilla, esta vez lo miraba a él, se veía diferente, de momentos el volteaba a verla, le gustaba esa nueva sensación que le provocaba el ser observado por ella, sin darse cuenta llegaron y antes de bajar del auto el decidió romper el silencio.

― Me gustas, me gustas mucho ― confesó luego de apagar el motor del auto ― no sé lo que siento, no sé lo que me pasa, no estoy listo para una relación formal, nunca la he tenido, pero me gustas.

― Martín no te preocupes, el tiempo aclarará todas nuestras dudas.

― ¿Tú también tienes dudas? ― preguntó quería saber si ella se sentía igual

― Claro, esto también es nuevo para mí, tampoco estoy lista para una relación y… ― se calló ante la duda, no sabia si debía decirlo aun.

― ¿Y? ― insistió él, quería saberlo todo.

― Me gustas, también me gustas mucho ― le confesó decidida, ya no tenía caso seguir negándolo

Con un movimiento rápido se acercó a ella y la volvió a besar, un beso rápido, fugaz, al separarse los dos sonrieron y bajaron del auto, estaban inundados de miedos y seguros de que estaban viviendo algo totalmente nuevo para ellos.

 Entraron a la panadería que ya estaba llena de clientes, saludaron a todos que los miraban sorprendidos, los chicos sonreían y Susana miraba de forma extraña a Martín, como reclamándole algo, mirada que para Laura no pasó desapercibida. Laura tomó la pizarra y borró lo que ella misma había anotado antes y en su lugar escribió “no hay ser humano, por cobarde que sea, que no pueda convertirse en héroe por amor” una cita de un libro que quedó grabada en su mente y que era una descripción exacta de lo que sentía en ese momento. 

Se sentía tan asustada, no quería estropear nada de lo que, hasta ahora, había logrado, pero ¿Cómo no luchar por eso intenso que estaba sintiendo por Martín? Y no paraba de pensar que tal vez la vida le estaba dando un motivo por el cual luchar, se sentía motivada, dispuesta a luchar contra quien sea. Se convertiría en su propia heroína. Si esta era ésa  oportunidad que tanto le había pedido a la vida en sus noches de soledad y pena, entonces no la dejaría escapar.

Martín la observaba mientras escribía perdida en sus pensamientos, esa manía de morderse el labio lo enloquecía y no pudo dejar de sonreír al ver lo que había escrito. Eso era él, un cobarde. Tenía miedo de dañarla, sabía que no era bueno para ella pero como siempre tan egoísta no la quería dejar ir. La necesitaba, ella se había convertido en ese nuevo motivo, esa nueva razón que la vida le había dado para querer ser mejor ¿Cómo dejarla ir?  Al sentirse aludido se acercó a ella y perdido en esos ojos ámbar le dijo.

― Si, reconozco que soy un cobarde, pero pelearé, Laura, no te dejaré ir. Me convertiré en tu héroe.

10

Se fue a la universidad y se sumergió en sus clases que hoy parecían estar más aburridas que de costumbre, tal vez porque unos ojos grandes y elocuentes estaban en su mente a cada momento sin dejarle descanso y eso, lejos de molestarle le hacía sonreír como un tonto todo el día. Fue un poco incómodo soportar a Juan con sus bromas pesadas, pues era primera vez que veía a su mejor amigo enamorado y no paraba de decirle cosas que lo avergonzaban y a la vez le llenaban de alegría el alma. Era una extraña mezcla de sentimientos que danzaban en su interior como si de una fiesta se tratase provocándole así mil sensaciones que jamás había experimentado pero que, sin duda alguna, estaba dispuesto a vivir a plenitud.

 La mañana de Laura se fue como agua entre los dedos, no paró de trabajar ni un momento, era una mañana calurosa y la mayoría de las personas entraban al local buscando alguna bebida fría para refrescarse y el lugar estaba realmente abarrotado. Salió a descansar más tarde de lo normal, cuando ya los clientes no eran muchos. Se retiró a la pequeña oficina con la intención de almorzar tranquilamente encontrándose con Susana que ya se retiraba a trabajar nuevamente pero al ver que Alejandro y Manu se defendían bien con los pocos clientes que habían decidió quedarse a conversar con la castaña a la que no conocía muy bien pero que  ya comenzaba a querer como una hija.

─ Y… ¿Cómo van las cosas con Martín? ─ preguntó Susana iniciando la conversación, su misión era sacarle por fin a Laura algo de información.

─ Pues, bien ─ respondió sin querer ahondar en el tema.

─ Más que bien, diría yo ─ dijo irónicamente Susana, al ver que Laura no tenía la más mínima intención de soltar ningún detalle.

─ ¿Qué quieres decir?

─Que todo es demasiado evidente. Martín no es malo─ comenzó a explicar ─ solo es un muchacho que le ha tocado una vida difícil, Laura. Lo conozco desde que era un niño y me atrevo a decir que a veces es demasiado ingenuo, confía demasiado en las personas, confía demasiado en ti y no te conocemos bien todavía.

─ Ya saben lo que necesitan saber.

─ No estoy segura de eso.

─ Pues entonces no les queda otra que confiar en mí.

─ Sé que tus intenciones son buenas pero…

─ ¿Pero?

─ ¿Cuáles son tus verdaderas intenciones con Martín? ─ inquirió sin aguantar ni disfrazar más la intención de su interrogatorio.

─ No sé, Susana ─ contestó algo nerviosa ─ ¿Cuáles intenciones? Martín no es un niño y yo tampoco.

Susana ya se estaba desesperando, no sabía que palabras debía usar para hacer que Laura le de algo de información.

─ Dime la vedad, Laura. ¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué quieres de Martín?

─ ¿Que qué quiero? Susana creo que me estas juzgando mal.

─ No, no te estoy juzgando mal. Estoy sacando conclusiones con la poca información que me das ¿Quieres dinero? ¿Qué quieres?

─ Yo no tengo por qué soportar esto ─ respondió dolida ─ me dijiste que te podía ver como una madre, pero ya veo que no. Una madre no le hace falta escuchar explicaciones, con una mirada le bastaría para entenderlo todo ─ y sin agregar más palabras a su dolido discurso salió de la pequeña oficina con lágrimas en sus ojos.

Dolía, dolía que la juzgaran de esa manera ¿De verdad pensaba que lo que quería era dinero?  Si fue precisamente por tenerlo que estaba viviendo aquella pesadilla. El dinero era lo que menos quería de Martín, lo quería a él, nada más.

Caminó y caminó por las calles de aquella ciudad desconocida para ella, pasó por lugares que se le hacían familiares pues hacían tan solo unos días esos mismos lugares eran su hogar. La noche no tardó en llegar y con ella el frío de la ciudad crepuscular venezolana se instaló en sus huesos, decidió sentarse un momento a descansar intentando también  ubicarse un poco, fue en ese momento que extrañó a aquel hombre de cabello alborotado, ése que lograba hacerla temblar y que le hacia sentir fuego en sus entrañas con solo mirarla.

― Buenas noches―  saludó Martín muy sonriente al entrar a la panadería, moría por verla, la buscó con la mirada y no la vio,  notó los rostros de los chicos y supo que algo andaba mal, caminó a grandes pasos hasta la oficina y al entrar estaba Susana preocupada.

― ¿Qué paso? ― preguntó al verla.

― Se fue ―  dijo llena de tristeza ― Laura se fue.

― ¿Cómo que se fue? ¿A dónde? ¿Por qué? ― cuestionó Martín confundido, desesperado.

― Yo…  estábamos hablando, le dije algunas cosas, quería presionarla, quería que me contara su pasado ─ trató de buscar una excusa a su mal comportamiento, sabía que la había presionado de forma incorrecta, se sentía tan culpable─ Martín hace frío y no ha comido, búscala por favor ─ le rogó ─ todo esto es mi culpa.

11

Desesperado salió a toda prisa, se subió a su auto y comenzó a manejar a la deriva ¿Qué le dijo Susana para que saliera así? Estaba tan tenso, solo quería encontrarla, saberla bien, la ciudad era tan peligrosa de noche y ya eran las diez. Tenía media hora buscándola cuando recordó que ella se había comprado un teléfono, rápidamente buscó el suyo y la llamó de inmediato, después de 4 repiques al fin contestó.

― ¿Hola?

― Laura ¿Dónde estas?

― Martín no sé, tengo mucho rato caminando y no sé dónde estoy.

― Busca una señal, un negocio, un cartel, algo.

― Hay un bar, se llama “la casona”

― Espérame allí, llego en un momento, por favor no te vayas, voy saliendo para allá.

A toda velocidad manejaba hasta donde le había dicho que estaba, era un lugar bastante lejos, a la velocidad que iba llegaría en veinte minutos ¿Cómo fue capaz de caminar tanto?

Laura se sentó en la acera frente al bar a esperar a Martín, cuando sintió una mano sobre su hombro, pensó que era él que ya había llegado pero sus ojos se iluminaron al ver al que había sido su único amigo todo el tiempo que estuvo en la calle.

― ¡Laura! ― La saludó el chico lleno de sorpresa y emoción.

― ¡Luis, que alegría verte! ─ saludó abrazándolo.

― Cuéntame todo ¿Cómo te ha ido? ¿Haz vuelto a nuestro refugio? ― preguntó Laura a su amigo.

― Me ha ido muy bien, el trabajo que me dio el Don es bueno, estoy saliendo adelante. Si, volví a nuestro refugio y no estabas y ahora que te veo  ¿Donde has estado? Te ves increíble.

―  Nunca subestimes el poder de un baño diario ―  citó las palabras que solían usar antes, cuando los dos Vivían en la calle ― he estado bien, conseguí un trabajo y conocí personas maravillosas.

― ¿Y qué haces aquí a esta hora? ― preguntó el chico algo confundido.

― Pues… digamos que me sentí mal y esta vez me alejé mucho.

― Si, se de qué me hablas ─ contestó Luis recordando las veces que Laura se enojaba con él y siempre comenzaba a caminar para sacar su mal humor, decía ella ─ siempre me tocaba perseguirte ¿Dónde trabajas?

― Ay, Luis, no lo sé. Sabes que soy pésima para las direcciones, pero te puedo dar mi número de teléfono ―  comentó presumida.

― Ya veo que te va muy bien ―  dijo mientras intercambiaban teléfonos y guardaban sus números.

― Ya debo irme, llegaron por mi ― informó Laura a su amigo al ver el carro de Martín estacionarse frente a ellos.

― Si, yo también debo irme, te llamo para salir otro día, cuídate ¿Si? ─ dijo esto mientras la ayudaba a ponerse de pie.

― Si, me cuidare, tú también cuídate ―  se acercó a él y se despidió dejando un beso en su mejilla.

Martín observaba todo desde el auto ¿Quién era ese? Y ¿Por qué ella lo trataba así con tanta confianza? no pudo ver bien el rostro de aquel chico, estaba muy oscuro. Laura subió al  auto y Martín sin decir una palabra arrancó a toda velocidad, en menos de veinte  minutos ya habían llegado al apartamento, mientras subían el ascensor Martín le avisaba a los chicos que ya estaba en casa, la verdad es que todos quedaron muy preocupados al verla salir esa mañana.

Entraron en el apartamento y él fue directo a la cocina, Ella lo siguió lentamente y lo observo mientras el preparaba un sándwich de queso fundido, sirvió dos en un plato y los puso sobre la mesa con un vaso de jugo. 

― Siéntate y come ― ordenó. 

― No tengo hambre ― dijo Laura con voz suave

― Estuviste todo el día caminando en la calle, no has comido nada ¿Y me dices que no tienes hambre? ― hizo una pausa mientras la observaba detalladamente ― siéntate y come, por favor.

Laura se sentó y comió todo frente a la mirada fija de Martín, terminó y lavó el plato y el vaso, subió a su habitación se dio una larga ducha y después de ponerse su pijama se acostó a dormir.

Martín después de verla comer, subió a su habitación más tranquilo, estaba molesto con Laura, su comportamiento lo enloquecía ¿Quien era ese hombre con el que hablaba? 

Aun con mil preguntas en su cabeza se acostó y al hacerlo el aroma de Laura se esparció por la habitación, tomó la almohada donde la noche anterior ella había apoyado su cabeza y la olió respirando profundamente su agradable olor, sintió algo inexplicable dentro de él, la extrañaba, por su cama habían pasado muchas chicas pero ninguna logró que él la extrañara, sonrió al darse cuenta que nada con Laura era normal, ella era especial.

Laura no podía dormir, daba vueltas y vueltas en su cama, lo extrañaba, había dormido junto a él una noche y ya extrañaba sentir sus enormes brazos alrededor de su cintura, decidió apartar esos pensamientos y abrazando fuerte su almohada se quedo dormida.

Un grito fuerte y agudo lo despertó, se fijó en el reloj y eran las 3 de la mañana, de pronto otro grito se escucho venia de la habitación de al lado -Laura- reconoció su voz y salió corriendo. Al entrar la vio retorciéndose en su cama, sudando y llorando, -es solo una pesadilla- pensó.

― Laura, despierta. 

― ¿Mamá, papá? ─ preguntó Laura sentándose en la cama aun alterada.

― No, bonita. Soy yo, Martín.

Laura  comenzó a llorar y Martín se acercó y la envolvió en un abrazo cálido ―  todo está bien, bonita ―  le susurraba al oído mientras acariciaba su cabello y espalda ― fue solo una pesadilla, tranquila.

― No fue solo una pesadilla, todo se repite en mi mente como una película todo es fuego, gritos. Esto no va a terminar nunca, Martín. Yo solo quiero olvidar, para siempre, no quiero recordarlo nunca más ― habló Laura entre sollozos, los recuerdos de esa mañana; todo anaranjado, rojo y caliente y el miedo, las amenazas, esa risa burlona, todo se reproducía en su mente, su memoria la traicionaba una vez más.

Martín permaneció  allí abrazado a ella, al sentirla dormida la recostó suavemente e intento soltarse pero ella apretó su abrazo para no dejarlo ir, lo necesitaba.

― No te vayas, no me dejes sola, por favor.

― No me iré, ya no vas a estar sola nunca más, ahora me tienes a mí, duerme, descansa ─ susurró henchido de felicidad, nadie lo había hecho sentir así; fuerte, importante. Tenía que protegerla, lo haría, ya no huiría de lo que sentía y haría lo posible por cumplir su promesa de convertirse en su héroe.

12

Laura tardó un poco en dormirse, ahí entre sus brazos se sentía protegida pero su mente en ese momento era un campo de batalla. Las imágenes del peor día de su vida se reproducían en su cabeza como si de una película se tratase, quería olvidar, escapar pero ¿Cómo se escapaba de su propia mente? 

Había logrado distraerse por un tiempo, pero las preguntas de Susana le hicieron recordar todo aquello. Antes, cuando se sentía así, con salir a caminar por unas horas le bastaba para calmarse, pero esta vez no funcionó y es que no sólo eran sus recuerdos que volvían, también era esa extraña sensación que se le había instalado en su pecho y que ya no podía disimular, sentía como un extraño presentimiento, un susto entre sus huesos, como si algo estuviera a punto de suceder y sentía que debía estar preparada.

Todos los problemas que tenía era por culpa del maldito dinero y no porque no tuviera sino al contrario, su familia era muy adinerada, era la heredera de una de las empresas más importantes en Caracas y en el interior de Venezuela, pero como siempre, la avaricia lo destruyó todo, arrasando así con la vida de las personas más importantes que tenía; sus padres y su hermano mayor. 

Era feliz, lo tenía todo y aunque estudiaba administración -por petición de su padre-  lo de ella siempre fueron las artes, era una creativa innata y sus manos hacían hermosas esculturas de arcilla, yeso y cerámica. La pintura no se le daba tan mal y de vez en cuando escribía alguna que otra cosita que luego compartía en algunas redes sociales, tenía todo lo que pudiera desear y de un momento a otro había quedado sin nada.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza, todo en su habitación era todavía oscuro, se fijó en el teléfono para ver la hora y se sorprendió al ver que eran las diez de la mañana, se giró esperando verlo a su lado pero no estaba, sobre la almohada había una nota.

Laura, tuve que ir a la universidad, te dejé desayuno hecho, regresaré pronto. Besos, Martín.

No pudo evitar sonreír como boba al leer la nota ¿En qué momento se había despertado y escrito eso? No había corrido las cortinas para que la luz del sol no la despertara y la rosa que le dejó en la mesita de noche junto a su cama la hizo sonreír aún más. Rápidamente se dio una ducha fría, bajó a la cocina, buscó su desayuno en el microondas y se acomodó para engullirlo. Le envió un mensaje de texto en agradecimiento.

 Gracias por el desayuno, estaba delicioso ¿A qué hora vienes? Voy preparando almuerzo.

Salimos para allá en un momento. Voy con mi amigo Juan para que al fin se conozcan.

Revisó toda la cocina buscando los ingredientes que necesitaba para preparar un delicioso pasticho, no era gran cosa pero era lo mejor que podía hacer y sin pensarlo más comenzó a cocinar. Tardó poco más de media hora para meter todo en el horno, aprovechó ese tiempo para cambiarse de ropa y estar algo presentable, preparar una ensalada y poner la mesa, todo estaba perfecto, sólo faltaba Martín y su amigo que ya no tardaban en llegar.

 Escuchó la puerta abrirse y la voz de Martín que hablaba con otro chico, salió de la cocina algo curiosa, quería conocer al mejor amigo del chico del que se estaba enamorando.

― Hola, bonita ― saludó Martin acercándose a ella y depositando un beso en su frente.

― Hola ― alcanzó a decir sonrojándose un poco.

― El es Juan, mi mejor amigo ― señalo a un chico alto, moreno de cabello negro largo y ojos marrones ― y Juan, ella es Laura.

― Hola, Laura, es un verdadero placer conocerte, al fin ― saludó Juan muy amablemente ― Eres mucho mas linda de lo que este loco dijo.

― Hola, también es un placer conocerte. Martin me ha hablado mucho de ti.

― Bueno, espero que le hayas contado solo lo bueno.

― Si, por eso fue que no le hablé mucho sobre ti ― comentó Martín jugándose con su amigo.

― Pueden pasar a la mesa, ya la comida esta lista ― habló Laura a los chicos que, para ese entonces ya estaban sentados en la sala conversando.

Todos se sentaron alrededor del comedor, todo se veía perfecto, Laura sirvió las porciones en cada plato, en el medio de la mesa había pan tostado y ensalada, Martín sirvió en los vasos el agua de limón que Laura había preparado, Juan solo los observaba, se daba cuenta que entre ellos había mucho más de lo que su amigo le había contado, notó que eran capaces de comunicarse con sólo mirarse.

― Esto esta riquísimo. Tienen que invitarme a comer mas seguido.

― Gracias, supongo que puedes venir cuando quieras, esta es la casa de tu mejor amigo ― comentó Laura.

― Te diría que si pero si sigues hablándole así a Laura  me aseguraré de que no vengas más ― expresó Martín a modo de juego. ― La comida estuvo deliciosa ─ agradeció tomándole de la mano que tenía sobre la mesa ─ pero para la próxima que cocine Juan. 

Laura solo asintió en respuesta, de inmediato se levantó de la mesa y comenzó a levantar los platos, los chicos la ayudaron a asear todo y entre bromas y risas se les fue la tarde, ya cerca de las cinco Juan se despidió, dejándolos solos.

13

Martín, quiero pedirte un favor ― manifestó Laura.

― Claro, dime ¿Qué necesitas?

― Quiero que me lleves a la casa de Susana, le debo una disculpa.

― Esta bien, vamos ―  contestó y tomando las llaves salieron.

Desde que salieron del apartamento no pararon de hablar. Laura le comentó a Martín lo agradable que era su amigo, él le contó algunas anécdotas de cuando eran niños. Se conocían desde que estaban en el jardín de infancia, por eso eran como hermanos, los padres de Juan eran como unos padres para él, Laura lo escuchaba atenta, le gustaba cuando se comportaba así, tan expresivo, eso le permitía conocerlo más, de pronto Martín fue bajando la velocidad hasta estacionarse frente a una humilde casa.

― Es aquí ¿Quieres que te acompañe?

― No, espérame aquí, no me tardaré.

Bajó del auto y se acercó a la puerta principal  de la casa, tocó el timbre y esperó que alguien saliera, escuchó que giraban la manilla y salió Susana que al verla la abrazó de esa única manera en la que una madre abraza a sus hijos, haciendo que Laura se estremeciera al recordar a su madre.

― Susana, discúlpame, no debí comportarme así, sé que te preocupé, no lo volveré a hacer.

― Mi niña, me preocupé demasiado, sé que te sentiste presionada, no volveré a forzarte, cuando estés lista me lo contarás.

― Gracias por entender, mañana estaré sin falta.

Luego de otro largo abrazo Laura volvió al auto, Martín la esperaba y al verla se dio cuenta que tenía los ojos llenos de lágrimas, encendió el motor del auto y salieron a toda velocidad, Martín con su mano derecha tiernamente tomó una mano de ella y entrelazó sus dedos, Laura agradeció el gesto con una leve sonrisa.

 Cuando Laura regresó al auto se suponía que tenían que regresar a casa pero quería estar más tiempo con ella, conocerla y así tratar de descubrir qué o quien la tenía tan atormentada.

Laura se dio cuenta desde que el auto comenzó a moverse que no iban de regreso a casa porque, aunque no conocía la ciudad, sí sabía que el puente los hierros no estaba en la ruta habitual.

─ Laura, despierta, llegamos  

No supo en qué momento se quedó dormida y cuando despertó no supo dónde estaban. Al salir del auto se percató que hacía más frío de lo normal, Martín se acercó a ella y tomándola de la mano caminaron hacia la salida del estacionamiento y fue cuando pudo ver el hermoso paisaje que la rodeaba.

─ Bienvenida a las Lomas de Cubiro ─ dijo Martín colocándose detrás de ella para que pudiera apreciar la verdadera belleza de aquel lugar.

Frente a ellos todo era verde, grandes lomas se extendían por todo el paisaje, calles de tierra y piedra. Las personas iban y venían disfrutando del agradable clima, la brisa fría que hacía allí apaciguaba los fuertes rallos del sol que fuerte y brillante dominaba el claro cielo. Verdaderamente era un lugar hermoso. Se dejó guiar por Martín que conocía muy bien el lugar y decidieron sentarse en una de las grandes lomas rodeados de niños que jugando corrían por todos lados.

─ Que hermoso es todo esto ─ comentó al tiempo que jugaba con el pasto que se extendía por todo el terreno.

─ Si,  Cubiro es una de las ciudades más antiguas de Venezuela, su fundador fue el mismo que fundó caracas.

─ ¿Y cómo es que sabes tanto de este lugar?

─ Mi madre trabajaba como guía turística aquí ─ decidió abrirse un poco a ella, después de todo para recibir primero hay que dar ─  algunas veces, cuando llegaba a casa, me hablaba de los recorridos que había hecho en el día.

─ Nunca me has hablado de ellos.

─ No hay mucho qué contar, hace tiempo que decidieron irse y yo decidí quedarme. Eso es todo, no hay más que contar.

― Es difícil olvidar el pasado ― comentó Laura rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos ― Vi a mis padres morir, la avaricia de mi tío acabó con mi familia, logré escapar, nadie sabe que estoy viva ─ soltó todo de golpe ─ Soy heredera de un imperio, Martín, imperio que destruyó a mis padres y a mi hermano, quiero olvidar todo, pero no puedo, simplemente no puedo.

― Los recuerdos dolorosos deben fortalecernos, no debilitarnos ― habló Martín después de un breve momento silencioso ― lo que quiero decir es que yo creo que debes tomarte tu tiempo, pero nunca renuncies a lo que te pertenece.

― Todo lo que me pertenece es lo que tengo ahora; paz, eso supera cualquier fortuna, no hay cantidad de dinero en el mundo capaz de comprar ni un gramo de paz, soy feliz con lo que tengo ahora, no me hace falta nada más.

― Laura, no tienes mucho y después de todo lo que has pasado te mereces una buena vida

― ¿Estás loco? ¡Claro que tengo mucho! tengo un techo, una cama donde dormir, tengo nuevos amigos, un trabajo que me encanta, tengo a Susana que es como una madre para mí y por si fuera poco, también te tengo a ti, tengo una gran fortuna ¿no crees?

― Te quiero, Laura― confesó Martín convencido de lo que decía, no tenía dudas, la quería.

Laura no respondió nada,  se quedó en silencio tratando de asimilar lo que Martín le acababa de confesar. Luego de un momento comenzaron a hablar de cosas triviales, Laura confesó su fobia a las arañas y Martín aceptó que era pésimo en los deportes, los dos descubrieron su amor por la música y así entre un descubrimiento y otro se les pasó el tiempo, pronto oscureció y decidieron volver a casa.

Llegaron al apartamento y Laura no había dejado de pensar en la confesión que Martín le había hecho horas atrás y aunque lo quería con el alma no fue capaz de contestar nada, sentía que le debía algo, tenía que decirle que ella también se sentía igual, pero no sabía en qué momento retomar esa conversación que de alguna manera había quedado inconclusa entre ellos. 

 Compartieron un rato más en la cocina y decidieron irse a dormir temprano, caminaron juntos a sus habitaciones, Martín se detuvo y se quedó observándola mientas ella seguía su camino, al llegar ella a su puerta se detuvo, sabía que él seguía allí y de alguna manera comprendió que ese era el momento y con un millón de sensaciones esparcidas en todo su cuerpo, se dio la vuelta, se acercó a él y sin dudas ni miedos depositó un casto beso sobre esos labios que la enloquecían.

― También te quiero, Martín ― confesó al fin, no hicieron falta más palabras, sus ojos se decían todo lo que necesitaban y sintiendo aun un tsunami de emociones, entraron cada uno a su habitación. 

La noche pasó rápido, Laura pudo descansar, hablar con Martín la había tranquilizado muchísimo, sentía que se había quitado un peso de encima, lo contrario de él que no pudo descansar bien, todo lo que ella le había dicho lo dejó preocupado, además que estaba el hecho de que ella había sido sincera y él aún le ocultaba cosas importantes, recordó que el Don lo llamaría para saber si ya estaba fuera de todo eso o no. Despertó temprano, se dio una ducha fría, necesitaba despertarse bien, se vistió como de costumbre y bajó a la cocina.

― Buenos días, desayunemos rápido ya es tarde – dijo Laura mientras servía los panqueques con miel y zumo de naranja.

― Buenos días, Laura, gracias por el desayuno.

― No es molestia, es lo mínimo que puedo hacer.

Desayunaron lo más rápido que pudieron y salieron, Martín manejó muy rápido y llegaron justo cuando Susana estaba abriendo el local, se saludaron y rápidamente cada quien tomó su lugar, él atendía a los clientes y Laura, junto a Manu y Alejandro, estaban en la cocina, Susana se encargaba de cobrar el pedido de los clientes y así pasaron el día.

Laura le había contado todo a los chicos que estaban súper felices con la noticia, la verdad ellos ya sospechaban algo así, ella aclaró que aun no eran novios y omitió algunos acontecimientos, siempre que Martín entraba a la cocina por alguna cosa se acercaba a ella, le daba un beso en la frente, la cabeza o en la mejilla, todos quedaban sorprendidos con el nuevo comportamiento, se veía feliz, sin duda esta chica les estaba devolviendo al Martín que tanto extrañaban.

Laura escuchó que alguien había llegado, la verdad ya estaba por cerrar, escucho que Susana la llamaba, salió de la cocina y se encontró con una rubia de medidas perfectas.

― Así que tú eres la famosa repostera ― dijo la rubia con tono despectivo.

― Si, soy yo― contestó Laura con mucha seguridad

― De cualquier manera, haré negocios con Martín ¿Vamos a tu oficina o qué?

Martín no tuvo más remedio que ir a la oficina dejando a Laura fuera del negocio, no quería hacerlo pero debía poner a Cecilia en su lugar. Tiempo atrás se habría alegrado por su llegada pues siempre que se reunían terminaban haciendo de todo menos hablar, pero ya eso había cambiado.

─ Cecilia ¿Cómo estás? ─saludó algo tenso.

─ ¿No notas que estoy súper bien o es que quieres ver más para estar seguro?

―No me hace falta, aquí las cosas cambiaron y ya los negocios no se tratan conmigo, tendrías que hablar con Susana.

─ Si, lo sé. Siempre ha sido así y siempre he hecho los negocios contigo, antes no te molestaba. Además Susana está muy ocupada.

─ Pero Laura no, así que hablarás con ella.

─ ¿Laura? 

Sin decir una palabra más salió de la oficina y llamó a Laura que estaba algo tensa.

― ¿Voy a hablar temas de dinero con una simple repostera? ─ inquirió la rubia al ver que la tal Laura era la misma que hacía los dulces. 

Martín sonrió negando con su cabeza ― Si, todo en esta panadería se habla con las chicas ― y dándole un beso en la mejilla a Laura salió de la oficina dejándolas a las dos para negociar.

Después de una hora debatiendo llegaron a un acuerdo, los postres los buscarían todos los días a las seis de la tarde, para ser vendidos en el restaurant en las 24 horas siguientes hasta que buscaran el próximo pedido, Cecilia salió de la oficina y Laura la siguió, la rubia estaba molesta mientras que Laura estaba conforme y feliz por la reacción de Martín y el trato que había cerrado.

― ¿Nos vamos, Laura? ―preguntó Martín.

― Si, vámonos ― respondió Laura con una gran sonrisa.

Salieron de allí y fueron a cenar, Martín la llevó a un pequeño restaurant muy sencillo que estaba de camino al apartamento de allí decidieron caminar un poco y luego se fueron directo a casa pues ya pasaban las once de la noche. 

El fin de semana pasó demasiado rápido ante sus ojos, habían disfrutado tiempo juntos  compartiendo, hablaban de cosas triviales pero cada vez con más confianza, ya no era tan incomodo estar así, era agradable tener compañía todo el tiempo.

Martín, sin darse cuenta se iba abriendo poco a poco ante ella, cada vez la dejaba entrar un poco más en él y hasta había sacado su guitarra y compartido con ella un par de canciones. Laura cada día confiaba más en él, era increíble lo bien que se llevaban, podían hablar de cualquier tema y por más sencillo que fuera siempre resultaba interesante escucharlo, tenía una forma muy particular de ver la vida y no había dudas que cada momento compartido estrechaba un poco más los lazos que comenzaban a formarse entre ellos.

Ya el lunes había llegado y todo fluyó con total normalidad, Martín la dejó en la panadería temprano y se fue a la universidad, los dos estaban un poco nerviosos, él porque tenía que presentar un examen muy importante para su carrera y ella porque tenía que preparar más de quinientos postres  para el restaurant.

― Es demasiado trabajo para ti sola, mi niña ― le dijo Susana ya que desde muy temprano la estaba observando notando así que era demasiado trabajo para ella sola ― Sin duda debemos contratar a alguien para que te ayude.

― Ahora no podemos contratar a nadie ─ afirmó la castaña sin dejar de cortar fresas para el almíbar ─ no tendríamos para pagarle un sueldo justo, Susana.

― Lo sé, pero debemos hacer algo, no puedes simplemente trabajar todo esto tu sola.

Se quedó en silencio, sabía que Susana tenía razón pero era imposible contratar a alguien, las cuentas no iban a dar si se debía sacar presupuesto para un empleado más.

― Laura, un chico esta preguntando por ti ― informó Manu.

― ¿Por mí? ― preguntó extrañada -¿Quién podría ser?- Pensó y de pronto supo la respuesta ― por favor dile que en un  momento voy.

Tal y como había dicho luego de un momento salió de la cocina, al fin había terminado su trabajo, al salir se dio cuenta que su amigo aun estaba allí esperándola, Luis estaba de espaldas viendo hacia la calle por una de las ventanas, ella se le acercó y se paró a su lado, los dos observaban la concurrida calle, ya eran cerca de las seis de la tarde, el sol hacia magia en el cielo pintándolo todo de un naranja intenso haciéndolo ver hermoso, Luis pasó su brazo sobre los hombros de Laura haciéndola tensar un poco pues sabía que Manu, Alejandro y Susana estaban pendientes de sus movimientos.

― ¿Cómo has estado, pequeña? ― preguntó Luis.

― He estado bien, mi vida no es ni la sombra de lo que era ¿y tú?

― Bien ─ contestó acercándola aun más a él ─ aunque en mi trabajo me han encomendado una misión difícil.

― ¿Una Misión? Hablas como si fueras un agente encubierto de esos que salen en las películas.

― Pequeña, siempre con esas ideas locas en tu cabeza, esta es la vida real por si no lo notas― no quería parecer angustiado pero falló en su intento, Laura lo conocía demasiado bien.

― Luis ¿Qué pasa? entre nosotros no hay secretos, tenemos un pacto, somos hermanos ¿Lo recuerdas?

― Créeme, no lo he olvidado, es solo que…─ dudó por un momento, sabía que no podía decirle nada pero que difícil era ocultarle algo ─ no puedo hablarte de esto, mientras menos sepas mejor, lo que sí debes saber es que no tengo elección y debo hacer lo que se me fue encomendado, aunque no quiera.

― No me gustan tus palabras, suenan llenas de culpa por algo que aun no has hecho... ─ sus ojos eran una mezcla de tristeza y decepción, sintió miedo al imaginarse a su amigo en peligro,  era más que su amigo ¡era su hermano! ese que la vida meses atrás le había quitado ─ deja ese trabajo Luis, ven a trabajar conmigo, necesito un ayudante y tu eres perfecto ¿Qué dices?

― Que la vida no es tan fácil como dejar un trabajo y entrar en otro, Laura.

─ ¿Y me lo dices a mí? ─ necesitaba convencerlo de algún modo─ solo quiero tenerte cerca, hay tantas cosas que quiero contarte.

Decidieron sentarse y en la siguiente hora conversaron del nuevo trabajo de su amigo y si, había aceptado. Establecieron horarios y pagos, todo estaba planificado Laura recibió un mensaje de texto y su amigo notó como le brillaban los ojos al leer lo que le habían mandado.

― Era Martin, avisándome que ya viene en camino, me gustaría que lo esperaras, quiero que lo conozcas.

― Ya lo conozco, se quien es Martin Fuentes ─ tal vez debería decirle ─ casualmente él y yo...

14

No pudo terminar la frase porque ya Martín había llegado, Laura al verlo se levantó de su asiento y caminó apresuradamente a su encuentro.

― Dime que te fue bien, por favor ― pidió Laura a Martín.

Martín estaba algo serio y se quedó en silencio por un momento, al ver como la cara de Laura  iba cambiando de alegría a  esperanza y luego a tristeza decidió terminar con la incertidumbre de su castaña ― Sí, me fue muy bien ― y sin esperar más la abrazó.

 ― ¡Felicidades, lo lograste! ― Le dijo Laura aun abrazada a él ― ven, quiero presentarte a alguien ―  le tomó la mano y lo guió tras ella hacia su amigo que esperaba algo nervioso.

― Martín el es Luis, es como mi hermano y Luís el es Martin.

Ninguno de los dos escuchó las presentaciones que Laura hacía, se miraban llenos de muchas dudas, fue Luis el primero en extenderle la mano a Martín que le respondió el saludo algo serio -¿Que estaba haciendo Luis aquí? ¿Ya le había contado todo a Laura?- pensó al tiempo que desviaba su mirada a Laura y se dio cuenta que ella seguía hablando, al parecer le estaba contando algo muy importante, pero todo lo que él quería era sacarla de allí, tenía que alejarla de Luis.

― Debemos irnos, Laura, es tarde ― habló Martín en un tono duro, casi como dando una orden

― Si, tienes razón, iré por mis cosas ― respondió acostumbrada a sus repentinos cambios de humor y se retiró de allí dejándolos solos.

― ¿Qué estas haciendo aquí? ―  preguntó por fin Martín

― Solo cumplo una misión del Don, que por cierto, quiere verte esta noche.

― No te quiero cerca de ella, así que sal de aquí y nunca más regreses.

― Eso no será posible ─ no le gustaba actuar así pero era lo que debía hacer ─ me iré, pero regresaré porque ahora trabajo aquí, Laura me acaba de contratar, así que deberás acostumbrarte a verme más seguido.

― No aceptarás ese trabajo, debes irte si no quieres que...

― ¿Qué? ¿Qué me harás? dime... sabes que no puedes hacerme nada ─ contestó desafiándolo ─ ya debo irme, mañana tengo que trabajar.

― Espera ¿De qué misión hablas? 

― Sabes que no te diré nada, ya sabes que el Don te espera hoy, allí te vas a enterar de muchas cosas Martín Fuentes y, por tu bien y el de todos, trata de no molestarlo esta vez.

Luis salió del lugar dejando a Martín lleno de mil preguntas, Laura salió a su encuentro y se fueron al apartamento, ella no paraba de hablar de su amigo y de lo feliz y afortunada que se sentía al tenerlo como ayudante, hablaba sin parar, sin embargo él estaba ausente, pensativo, distante.

Llegaron al apartamento y como de costumbre prepararon la cena, los dos en total silencio, ella preguntándose qué le pasaba, había llegado tan feliz a buscarla y de un momento a otro ya no era el mismo.

― ¿No me dirás qué te pasa? siento que estoy hablando sola ¿Qué tienes? ―  quiso saber preocupada.

― Nada, mejor ve a dormir, tengo que salir y no me esperes despierta, no sé a que hora llegue ― le contestó levantándose de la mesa.

― No tienes que ser tan grosero, si te molesto solo debes decírmelo.

― ¿Sabes qué? sí, si me molestas, ahora deja de pelear y déjame en paz ¿Sabes cuántas cosas tengo en mi cabeza? no lo sabes, así que déjame en paz.

― Martín, no me hables así, solo me preocupo por ti ─ no entendía nada de lo que estaba pasando, por qué se estaba comportando de esa manera si todo entre ellos estaba bien. Decidió tranquilizarse un poco, atacarlo no era la manera de llegar a él  ─ mira... No quiero molestarte ¿si? si no quieres hablar esta bien, no hay problemas, pero debes saber que yo no tengo la culpa de lo que sea que te este pasando.

― Eso no lo se, no sé si eres culpable de eso y la verdad, no me interesa, ahora si no te importa tengo cosas importantes que hacer, buenas noches ―  y así sin decir nada más tomó las llaves de la moto y salió del apartamento dejándola allí, nuevamente sola. 

15

Frío fue lo que sintió al ver como se alejaba de ella, sabía que algo no estaba bien, que Martín le ocultaba cosas importantes, confiaba en que algún día se abriría con ella y le contaría todo lo que ella quería saber y lo estaba haciendo; le había hablado de sus padres, de sus miedos e inseguridades, sin duda le conocía mucho mejor pero había ese algo, eso que siempre lo hacía irse a altas horas de la noche, pensó en seguirlo pero ¿A dónde? Lo mejor sería esperar aunque sabía muy bien que le iba a se imposible dormir

Se fue a su habitación, se dio una ducha, se acostó y como lo esperaba  no pudo dormir, sentía el corazón latir tan fuerte y descontrolado que se asustó, era como un presentimiento, sabía que el no quería que lo esperara pero no podía quedarse allí, no con ese susto instalado en su alma. Salió de su habitación y se fue a la de él, se acostó en su cama aspirando su olor y sin darse cuenta se quedó dormida.

Martín llegó a su cita con el Don, al entrar al pequeño salón vio que junto al Don se encontraba Luis y que hablaban algo entre ellos.

― ¿Que hay, Don?  ―  preguntó Martín a manera de saludo.

Luis y el Don voltearon al escucharlo, el joven castaño lo observaba con una expresión extraña en su rostro, no lo conocía muy bien pero sin duda se mostraba incómodo. El Don se levantó de su silla y caminó hacia él, ya estaba sobre los sesenta años y usaba un bastón para apoyar su pierna derecha que quedó prácticamente inservible después de un terrible accidente hace varios años.

― Tengo una última misión para ti, Martín ―  dijo el Don a espaldas de él.

― Así dijiste la última vez, me dijiste que estaría fuera de todo esto.

― Si, sé lo que dije muchacho, pero no tengo a quien encomendarle esta misión, es demasiado jugosa―  le informó  ―  confió solo en ti para esto y en Luis, que será tu sucesor una vez termine todo esto. 

― ¿Qué misión es? ― quiso saber 

― Primero debes decirme si estas dispuesto a hacer lo que sea para dejarnos, esta es una misión fácil aunque dudo que lo sea para ti ¿Estas dispuesto, Martin Fuentes?

Dudó por un momento, había algo en la forma de hablar del Don, algo en sus palabras que era diferente esta vez pero aun así no podía negarse, debía arriesgarse una vez más, lo haría por ella y solo por ella. 

―  Si, estoy dispuesto ― respondió, después de pensar por un momento.

― Bien, entonces siéntate muchacho, tenemos mucho de qué hablar.

Ya eran las 4 de la madrugada, Laura despertó con el mismo latir apresurado de su corazón, él no había llegado. Se levantó de la cama sudando, bajó hasta la cocina por un vaso de agua y allí estaba él, se veía realmente mal, tenía el rostro todo golpeado y manchado de sangre, aún estaba alterado y con la mirada perdida, Laura hizo un esfuerzo enorme por ignorarlo, pero no pudo así que buscó el botiquín de primeros auxilios y los puso sobre la mesa logrando que la notara allí.

― Lo siento ― se disculpó Martín al verla ―  no debí tratarte así, sé que solo te preocupas por mi y estoy agradecido por eso, es solo que la vida a veces es cruel, inesperadamente te da te da algo hermoso y de la misma manera te lo quita.

Laura no respondió nada, sacó una pequeña compresa con algo de alcohol y comenzó a limpiar sus heridas, él se quedó tranquilo mientras se dejaba curar, la notaba tranquila y decidió no seguir hablando por miedo a dañar la atmosfera agradable que, a pesar de lo ocurrido, comenzaba a formarse entre ellos. No dejaba de pensar en lo que había pasado ¿Cómo pudo aceptar aquel trato con el Don? No sería capaz de dañarla, de entregarla a ese hombre que sabía era el causante de todas sus tristezas, no sabía qué hacer, se había prometido cuidarla, no quería verla sufrir y menos ser él quien la llevara a eso pero ¿Qué debía hacer? El peso de la culpa ya comenzaba a hacer mella en su interior y se sentía morir con cada segundo que pasaba y al verla allí cuidándolo sólo lograba intensificar aún más el dolor que sentía en su corazón porque sabía el daño que le haría, que en menos de una semana su vida ya no sería la misma y todo gracias a él.

― Una vez mis padres me regalaron una pequeña perrita, una Golden, era apenas una cachorrita ― comenzó a contarle Laura, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, mucho menos de lo que estaba pasando con ese hombre que la enloquecía cada vez más, pero sentía la necesidad de tranquilizarlo, de hacerle saber que todo estaría bien, que sin importar lo que pase ya estaba enamorada de él y eso nada ni nadie lo cambiaría ─ la verdad es que nunca me gustaron los perros, pero izzi era especial ─ continuó─ pasó el tiempo y pedí a mis padres otro regalo y ellos no me lo quisieron dar, dijeron que ya tenía a izzi y que no me darían nada hasta que de verdad lo mereciera, me molesté pero no con mis padres, me moleste con izzi, yo no la había pedido y sentía que por su culpa no me darían el viaje que tanto quería. Al tiempo me di cuenta que no me hacía falta viajar, ya había viajado mucho, lo que sí me hacia falta era compañía y eso era lo que izzi me daba ─ terminó de limpiar las heridas, guardó todo en su lugar y sentándose al frente de él concluyó ─ lo que quiero decirte con todo esto es que la vida no siempre nos da lo que queremos, pero sí lo que necesitamos y debemos ser agradecidos.

─Laura, yo…

─ No quiero invadir tu vida, Martín, tal vez yo...

― Tal vez tú no eras lo que yo quería, pero sí eres lo que necesitaba, lo que siempre necesité. Te quiero, pero... ─ dudó un poco ¿Debía decirle toda la verdad? ─ No soy bueno para ti, estás a tiempo de huir, no quiero hacerte daño, tal vez más a delante tú y yo podamos... Tal vez ahora no es nuestro tiempo.

― No creo en las casualidades. Si Susana me vio y  pasó todo lo que ha pasado hasta ahora es por algo, la vida se ha encargado de unirnos.

― La vida es cruel Laura, nos une con las personas menos indicadas.

― Tal vez, pero eso es algo que quiero descubrir por mí misma.

― Pues no deberías, saldrás lastimada de todo esto, vete ahora que estas a tiempo.

― Hablas como si estuvieras seguro de lo que sucederá en el futuro y los dos sabemos que es incierto, no insistas más, quiero quedarme aquí, contigo  ―   quería hacerle entender que estaba exagerando las cosas, nada malo podría pasarle si estaba con él, que se sentía segura y protegida a su lado ― a menos que tú no quieras y si ese es el caso solo debes decirlo y me iré.

─ Sabes que no quiero que te alejes de mi, Laura ─ confesó rendido totalmente ante la dulzura de esta mujer, se abrazó a ella y quiso quedarse allí eternamente si era posible.

─ Deberías dormir ─ propuso al verlo tan agotado.

― No quiero dormir ─ contestó aun pegado a ella ─ ¿Tú que haces despierta?

― Yo... no pude dormir, estaba preocupada.

― Tal vez sea buena idea acostarnos un rato entonces.

― Tal vez, pero mejor voy a darme una ducha caliente, ya son las 5 y en un rato debemos irnos.

─ Pero yo soy el jefe, tomémonos el día.

─ Lamento no obedecerle esta vez, Jefe ─ contestó mientras se separaba de él y se dirigía a su habitación

─ Ya lo sé, Laura, nunca obedeces.

16

Martín se quedó en su lugar, quería decirle la verdad, quería contarle que el Don la estaba buscando, que ella era esa última misión que tanto había esperado desde que la conoció. Que irónica le parecía la vida en estos momentos, cuando lo que quería era ser mejor para ella era cuando tenía que convertirse en su verdugo, sería él quien la pondría cara a cara con el hombre que le había quitado todo en su pasado, no lo podía creer, tenía que entregarla, no era justo.

Buscó su teléfono en sus bolsillos, al encontrarlo marcó el número de su amigo, necesitaba idear un plan, no podía simplemente entregarla y ya, algo debía hacer y sabía que Juan lo ayudaría.

― Dime, Martín─ contestó como siempre su amigo, de buen humor.

― Necesito decirte algo sumamente importante, ven a mi apartamento ahorita mismo, es una emergencia.

─ ¿Qué pasó? No me asustes ¿Estás bien?

─ Si, pero por favor, no te tardes.

Colgó sin esperar respuesta alguna, Laura ya había bajado y se fueron inmediatamente pues ya se hacía tarde, por todo el camino Laura no paraba de hablar de todo lo que quería hacer en el negocio. Pensaba que una remodelación no le vendría mal pero sin duda este no era el momento. Martín la dejó en la panadería y sin esperar más se devolvió al apartamento.

Al llegar vio a Juan en la cocina caminando de un lugar a otro, pues desde que habían hablado minutos atrás estaba muy nervioso, sabía que algo realmente grave estaba pasando, Martín no se amedrentaba con cosas simples, estaba acostumbrado a ciertas situaciones fuertes debido al tipo de trabajo que desde algunos años desempeñaba con el Don. Por eso cuando le dijo que lo que tenía que decirle era algo sumamente importante no dudó en que definitivamente debía serlo. Así que inmediatamente se fue al apartamento de su amigo y, haciendo uso de la llave que tenía desde hace varios años, entró al apartamento para esperarlo como habían acordado. 

― Fui a ver al Don anoche ―  habló Martín al entrar en la cocina y notar a su mejor amigo igual o incluso más nervioso de lo que él mismo se sentía ― tengo una misión nueva, la ultima y la más difícil ─ continuó al ver que Juan esperaba detalles.

― ¿Cuántas veces te ha dicho eso? ― preguntó Juan alterado ─ no es la primera vez que te lo dice y lo sabes ¿Qué te hace pensar que esta vez sí es la última?

─ No puedo hacer nada, sabes que de esas cosas no se sale tan fácilmente ─ intentó beber un poco de agua fracasando en el intento ─ esta vez me dio su palabra y me pidió algo que jamás pensé que debía hacer, me voy a volver loco.

─ ¿Qué debes hacer? ─ no le gustaba ver a su amigo agobiado, la última vez que lo vio así fue cuando sus padres se fueron y de eso ya habían pasado algunos años.

― Debo entregarle a Laura, ella es mi nueva misión.

― No estoy entendiendo nada.

― El Don tiene un nuevo socio que tiene mucho dinero, este socio es el tío de Laura que al parecer anda buscándola para que ella le firme unos documentos entregándole toda su fortuna. El Don quiere venderla porque este hombre del que te hablo no sabe aun donde se encuentra ella.

─ ¿Y cómo el Don dio con su paradero?

─ Porque el mejor amigo de Laura trabaja para él y un día al ver la foto de ella en su escritorio se alegró y preguntó por ella y el Don se dio cuenta que la conocía y… no sé más detalles, al enterarme de eso le di a ese tal Luis la golpiza de su vida.

─ Entonces, Laura es...

─ Millonaria ― continuó Martín explicando ― su tío mató a los padres frente  a ella y la quería matar  también, pero logró escapar ─ trataba de no dejar pasar ningún detalle para que así pudiera ayudarle a idear algún plan ─ él pensaba que estaba muerta y por culpa del desgraciado de Luis el Don se enteró de todo y como este nuevo socio la esta buscando, pues quiere tenerla para luego vendérsela por muchos millones de  dólares ¿Entiendes?

― ¿Cuando debes hacer eso?

― Tengo hasta el viernes…  Y hay más; ese tal Luis será mi ayudante en esta misión, estaré vigilado y más ahora que consiguió que Laura lo contratara como su ayudante de cocina y ahora debe estar con ella ¿Sabes lo que eso significa? Si yo fallo el estará allí para hacerlo por mí.

― Amigo, tiene que haber una solución.

― No puedo hacerle esto a Laura, sé que si la entrego la van a matar y si no la entrego me mataran a mí. No puedo simplemente entregarla y ya, me enamoré de ella y ella confía en mí, no puedo hacerlo.

― Pero si no lo haces el Don vendrá por ti, sabes que así será.

― No me importa morir porque si la entrego igual estaré muerto, prefiero morir una sola vez  de un balazo a hacerlo lentamente recordando cada día  lo que le hice a la mujer que amo.

En la panadería todo marchaba muy bien, Luis llegó a la hora acordada, trabajaron todo el día, fue agradable tener a su amigo allí con ella sin embargo no dejaba de pensar en la conversación que había tenido con Martin esa mañana. -La vida es cruel Laura, nos une con las personas menos indicadas- esas palabras retumbaban por su mente ¿Se refería a él o a lo que tenían? Porque sin duda tenían algo ¿O no?  Sabía que algo le pasaba pues estaba muy extraño, se había peleado con alguien eso era seguro ¿Pero con quien?  Y ¿Por qué?

Además estaba el hecho de que en todo el día no supo nada de él, no le había enviado ni un mensaje de texto ni la había llamado, eso era realmente extraño en él que se había mostrado muy detallista en esos últimos días.

Ya habían llegado a buscar los postres y estaba ordenando todo para la jornada laboral del siguiente día cuando lo vio llegar, se veía algo cansado, pasó en total silencio hasta donde estaba ella, depositó un beso delicado en su frente y siguió su camino a la oficina donde se reuniría con Susana como todas las semanas. Laura notó que había algo en él que no había visto antes, se veía preocupado o asustado.

― Susana debo pedirte un favor, no me preguntes nada ahora ─ pidió a Susana una vez que se encontraban en la oficina ─  llévate a Laura contigo esta noche, debo hacer algunas cosas y no puedo dejarla sola, por favor, dile algo… no sé, inventa cualquier cosa.

Susana solo asintió y salió de la pequeña oficina, Martín se quedó allí, esperando que Susana hiciera lo que le había pedido, unos suaves golpes lo sacaron de sus pensamientos.

― Martín ―  era Laura con su dulce voz ― Susana me pidió que la ayudara a preparar un pastel de chocolate, voy a quedarme con ella esta noche, no hay problema ¿verdad?

― Esta bien, Laura, puedes quedarte donde tu quieras. 

Se levantó y se acercó a ella, la rodeó con sus brazos envolviéndola con ellos de una manera fuerte, protectora y tan llena de amor que provocó en Laura una sonrisa boba y un latir acelerado de su corazón. Se separó de ella y se quedó observándola detenidamente, era tan perfecta y tan frágil como una copa de cristal fino, se acercó a sus labios y la beso, sus labios tan dulces como siempre siguieron el beso ― te quiero, Laura ―  logró susurrar en medio del beso, se separó de ella y regalándole una mirada que solo estaba reservada para ella, salió de la oficina a encontrarse nuevamente con su amigo para a idear un plan que sea lo suficientemente eficaz como para salvarlos de tan maquiavélico destino que la vida les había preparado.

La noche pasó y Laura apenas lo notó, nada más entrar en la casa de Susana comenzó a preparar un pastel de chocolate, le agradaba la idea de sentirse útil, le gustaba pensar que de alguna manera estaba retribuyendo todo lo que esa mujer había hecho por ella.

Susana no paraba de pensar en Martín, estaba realmente preocupada por él, intentó llamarlo al celular pero estaba apagado así que decidió dedicar ese tiempo a disfrutar de la compañía de esa hermosa jovencita que ya se había ganado su corazón.

Martín reunido en su apartamento con Juan pasó la noche entera tratando de idear un plan para librarse de tan difícil misión, tenían muchas ideas pero en casi todas ellas debían hacer participe a Laura y esto suponía para él una gran preocupación.

― Tienes que decirle, Martín – le aconsejó Juan a su amigo ─ ya no puedes seguir ocultándote más, es inevitable.

― No sé… yo no sé cómo reaccionará ante todo esto.

― Si de verdad te quiere, confiará en ti.

― Lo que más me aterra es tener que contarle toda mi verdad, tendré que decirle quien soy y todo lo que he hecho, si después de contarle todo no me cree o decide no querer verme más, me voy a morir.

―No te vas a morir y ella te va a creer, ella te quiere, no te preocupes ─ sabía que su amigo estaba desesperado y quería animarlo, Martín tenía que enfrentarse a esto de una vez ─ Mira, ya a esta hora ella debe estar esperando a ese tal Luis, creo que es momento de ir a buscarla.

― Si, tal vez tengas razón ─ aceptó tomando el último sorbo de café ─ nos vemos en tu apartamento más tarde y gracias por todo.

― No me agradezcas, esto a penas comienza─ dijo para sí mismo, sentía un gran peso en su espalda, sin duda alguna tenía que ayudar Martín que más que un amigo era su hermano, había compartido con él la mitad de su vida y no existía cosa alguna desconocida entre ellos pues eran muy unidos.

17

Martín estaba angustiado y con mucha razón, pues enfrentarse al Don era cosa de suicidas y verlo así tan angustiado y decidido a enfrentarse a todo eso no hizo sino aumentar todo el cariño y la admiración que sentía por él. Su amigo era noble, loco y soñador, como él no había otro y para colmo era también decidido. Siempre pensando en los demás antes que en él y de paso se había enamorado. Nada podía detenerlo, solo le quedaba acompañarlo en esta locura y lo haría, de eso no había ninguna duda y, tal como lo habían planificado, buscó una maleta y metió allí ropa de Martín y Laura y algunas otras cosas que él pensó eran necesarias y salió de allí para continuar con todo lo planificado. 

Martín, al llegar al pequeño negocio notó que todo estaba normal,  saludó a los chicos y fue directo a la cocina y allí estaba ella, extrañaba verla así, concentrada en sus postres, la observó por un momento y decidió continuar con el plan.

― Buenos días, Laura ― saludó amablemente.

― Martín, buenos días ¿Cómo estas?

― Ahora que te veo, estoy bien, y… ¿Qué tal te fue con Susana?

― Me fue bien, fue agradable estar con ella.

― Laura… tenemos que irnos, tengo algo importante que decirte, tenemos que salir de aquí ahora.

― ¿Qué pasa? Martín, me estas asustando.

― No puedo decirte aquí, vamos a salir, digamos que te invité a dar un paseo, por favor no me pidas más detalles

― Ya Luis va a llegar…

― En realidad ya llegué, pequeña – Luis saludó entrando a la cocina ― ¿Todo en orden? ― preguntó.

― Si, todo en orden, es solo que llevare a mi novia a dar un paseo, tienes el día libre ― contestó Martín con la mirada fija en Laura.

― ¿Te refieres a Laura? ¿Ustedes… son novios?

― Eso es lo que quiero pedirle hoy― contestó nuevamente― confía en mi, por favor ― dijo con la voz muy bajita, solo para que ella le escuchara.

― Si, Luis, saldré con él y no sé a que hora regrese, debí avisarte pero como ves es una sorpresa ― Confirmó Laura.

― Esta bien, no hay problema, mañana estaré aquí temprano, pequeña. Recuerda que cualquier cosa puedes confiar en mí, somos hermanos, no lo olvides.

Laura  solo asintió sonriendo a Luis en respuesta, este salió del lugar, esperaron un momento y salieron tomados de la mano, todos se le quedaron mirando pero los dos disimularon muy bien. Subieron al auto de y este arrancó a toda velocidad a casa de su amigo. En todo el camino Laura no dijo absolutamente nada, de vez en cuando sentía la mirada de él sobre su piel. Sin embargo, nunca volteó a mirarlo, esta situación estaba incomodando a Martín pero se tranquilizó al recordar que tal vez ella esté más incómoda que él. Llegaron al apartamento de Juan y entraron rápidamente.

― Hasta que por fin llegan, estaba preocupado ¿Estás seguro que no te siguieron?

― Si, si, seguro, todo esta bien.

― Hola, Laura – saludó Juan ― Bienvenida a mi pequeño escondite.

― Hola, Gracias, pero de verdad quiero saber qué esta pasando, estoy muy nerviosa.

Pasaron a la pequeña sala donde había dos muebles grandes, Laura se sentó y junto a ella lo hizo Juan pero Martín se quedó de pie caminando por todo el lugar.

― Lo que voy a contarte no es nada agradable, te ruego que me escuches hasta el final de todo, por favor ― Hizo una pausa, se sentó en el mueble frente a ellos.

― Hace cinco años, comencé a trabajar para un mafioso muy poderoso, eran trabajos sencillos, solo llevar y recibir encomiendas y esas cosas, entré a esta organización poco a poco hasta convertirme en uno de los preferidos del Don, hace un tiempo quise retirarme y para conseguir salir debía hacer una última entrega.

─ No entiendo ¿Estás en peligro?

─  El Don se asoció con un empresario muy poderoso ─ continuó ignorando totalmente la pregunta de Laura ─ este empresario resulto ser… tu tío.

─ Ismael ─ susurró el nombre de la persona que le había quitado todo comenzando a sentir ese miedo que pensó jamás volvería a vivir.

 ─ Tengo una misión, Laura y es entregarte a él, eres mi última encomienda para librarme de ellos.

Laura no dijo nada, se quedó en total silencio mientras digería palabra por palabra, no lo podía creer, su tío había regresado y Martín, el hombre del que se había enamorado era el que la iba a volver a poner frente a frente con el hombre que mató a sus padres a sangre fría.

― ¿Desde cuando sabes esto? – quiso saber.

― Laura, por favor, yo…

― Solo dime, Martín ¿Desde cuándo lo sabes?

― Desde hace dos noches ― contestó.

― Me voy de aquí, debo llamar a Luis ― dijo Laura mientras buscaba en sus bolsillos desesperadamente su celular.

― ¡NO! No lo llames ― pidió Martín desesperado ― Tu amigo Luis, trabaja para ellos, no debes decirle nada, si le dices me matarán, estoy entregando mi vida en tus manos.

― ¿Luis? ¡Eso es imposible! somos hermanos, él me lo diría.

― ¿Hermanos? ― preguntó Juan sorprendido.

― Bueno, cuando llegué aquí el fue el único que me ayudó, confió en Luis, el no…

― ¿Por qué crees que llegó justo ahora trabajar contigo?

─ Pero él no me buscó, yo fui quien lo encontró ese día que me perdí, él... ─ y fue entonces cuando recordó todo lo que conversaron la segunda vez que se vieron entendiendo por fin lo que le quiso decir─ claro, eso era lo que él me estaba diciendo, dijo que tenía una misión que cumplir y que no quería hacerlo.

Luis y Martín; las dos personas que habían hecho su vida aun más hermosa de lo que era antes, su mejor amigo y el amor de su vida ¿Qué debía hacer?

― Escucha, Laura, sé que para ti esto es muy difícil pero tenemos muy poco tiempo ─ habló Juan al ver que su amigo ya no podía seguir hablando ─  tenemos un plan, pero solo seremos nosotros tres, nadie más, no debemos decirle a nadie, menos a Luis ¿Qué dices?

― Debes confiar en nosotros, saldremos de esta, solo si confiamos en nosotros mismos, nadie puede saber esto Laura, absolutamente nadie.

― Tengo mucho miedo, no estoy segura de poder hacer  nada ― confesó Laura derramando algunas lágrimas.

―No vas a estar sola, estaremos los tres, seremos un equipo, te entrenaremos, estarás preparada, ya lo verás ― aseguró Juan.

― ¿Cuándo será eso?

― El viernes al anochecer debo entregarte ― contestó Martín.

Laura se levantó de su asiento y caminó hasta las ventanas del pequeño apartamento, estaba asustada, sabía que ésta era una oportunidad única que tenía de vengar la muerte de sus padres y su hermano, pero no sabía hacerlo, no estaba preparada ni física ni mentalmente para eso, sabía que en algún momento esto debía pasar pero pensó que no sería todavía, lo pensó por un momento más hasta que tomó su decisión y, sintiendo que los ácidos estomacales le subían a la garganta producto del terror que sentía, habló decidida 

― Está  bien, lo haremos, confió en ustedes…  ¿Cuál es el plan?

18

Los chicos contaron todo el plan a Laura, Juan estaba totalmente convencido de que iba a funcionar todo a la perfección. Martin aun tenía ciertas dudas y no se sentía para nada tranquilo al saber que ya no había vuelta atrás.

― Tómala, te enseñare a usarla ― dijo Martin a Laura entregándole una pequeña pistola negra.

Laura recibió la pequeña arma que para su sorpresa calzaba perfectamente en su delicada mano, no sabia si seria capaz de usarla pero estaba dispuesta a aprender por si tenía que defenderse.  

― Martin yo… no voy a estar preparada para esto.

― Si lo estarás, yo me encargaré de eso.

─ Deberían ir a practicar ─ propuso Juan tomando las llaves de su auto─ yo tengo que salir, aun faltan muchos detalles que afinar.

Decidieron hacerle caso a su amigo y se fueron a unos terrenos a los que ellos acostumbraban visitar con la intención de  practicar. Sabía que allí nadie les molestaría. Pasó gran parte de la tarde tratando de explicarle todo lo relacionado a las armas y dándole alguno que otro consejo para que la dominara. Sin embargo, Laura tenía muy mala puntería y falló los casi treinta tiros que iban dirigidos a una lata que se encontraba a poco más de diez metros de distancia y, después de 5 horas de entrenamiento, ya era suficiente, debían volver a casa.

Se subieron al auto y Martin condujo por más de media hora, esto a Laura le extrañó mucho pues conocía la ciudad y sabía con exactitud que ese no era el camino al apartamento de Juan.

― ¿A donde vamos? ― quiso saber nerviosa.

― Te llevaré a mi lugar de tranquilidad.

 Veinte minutos mas tarde Martin apagó el motor del auto, Laura no podía ver nada, eran solo arboles y nada más, Martin espero que bajara del auto, la tomó de la mano y caminó junto a ella.

Todo estaba oscuro, solo la luz de la luna era lo que alumbraba el lugar, Laura pudo notar una luz y poco a poco fue notando lo que había detrás de esos arboles, era una pequeña casa. Al entrar y ver lo que había allí dentro entendió que esa era la casa de los padres de Martin, había una pequeña mesa con algunos portarretratos donde se apreciaba la hermosa familia que tenía.

─ Aquí nací y crecí… viví los mejores años de mi vida en esta casa ─ hablaba con tanta melancolía que Laura no pudo evitar sentir el corazón enternecido por causa de ese hombre que ahora le mostraba una parte nueva de su alma, esa que tanto quería conocer.

─ La última vez que vine fue el primer día que trabajé para el Don ─ continuó explicando ─ estaba tan nervioso. Sabía que estar aquí me iba a hacer sentir paz y justo eso es lo que necesito ahora, Laura.

Se acercó a él y le abrazó, ella también necesitaba paz pero solo la tendría teniéndolo a él, no necesitaba nada más.

― Tengo miedo ― confesó pegada a su pecho y sintiendo unas inmensas ganas de llorar ― Tengo miedo de perderte.

― No va a pasar nada malo, te protegeré con mi vida si es necesario.

― Si las cosas se ponen mal...

― Eso no va a pasar Laura.

― Solo... Prométeme que si las cosas se ponen mal me dejarás ir con ellos.

― No puedes pedirme eso ― dijo separándose un poco de ella ― Te acabo de decir que te protegeré con mi vida ¿y me pides que te deje ir?

― No puedes protegerme con tu vida, si te pasa algo moriremos los dos, pero si me llevan y tú quedas vivo, lucharé para regresar a ti, tú serás mi motivo para pelear.

― No, no dejaré que te lleven, no si puedo impedirlo y voy a impedirlo, de la manera que sea ¿Está bien?

― Martin, entiéndeme, no podré vivir con el peso de tu muerte sobre mis hombros.

― Entiéndeme tú a mi, no va a pasar nada malo, saldremos de esta y nos iremos muy lejos, solos tú y yo, donde nadie nos moleste y comenzaremos todo de nuevo ¿si?

Laura solo asintió, estaba aterrada, no sabía lo que pasaría esa noche y ni siquiera sabía usar un arma, pensar que debía enfrentarse a su mejor amigo la destrozaba, Luis era más que su amigo, era su hermano, jamás pensó estar en una situación así.

― Quiero que mañana lleves esto puesto ― dijo Martin entregándole una cadena de plata con un dije de un trébol igual de plateado que la cadena― Me la regaló mi hermana antes de irse con mis padres, de alguna manera me siento conectado con ellos, por eso nunca me la quito.

― No, Martin, debes llevarla tú...

― Me hará sentir conectado a ti también y tú podrás sentirme siempre contigo. Escucha, no importa lo que pase, siempre serás el amor de mi vida, el lugar donde quiero estar, siempre serás mi hogar.

― Vamos a estar juntos, Martin, voy a regresar a ti, pase lo que pase.

Ya eran casi las 12 cuando llegaron al apartamento de Juan, Laura inmediatamente se dio una ducha y se fue a dormir, estaba agotada, todo el día lo había pasado entrenando con Martin, luego pasaron un rato en aquella hermosa casa, aun podía sentir los brazos de Martin a su alrededor, se sentía protegida.

― Aun no puedo creer lo que me dices ─ comentó Juan sentándose frente a el ― ¿Tan mala es?

― Más de lo que te imaginas, duramos más de cinco horas practicando y no logró dar en el blanco ni una vez.

― Bueno, al menos ya lo sabemos, deberíamos descansar, mañana será un día difícil.

― Tienes razón, amigo, voy a descansar, hasta mañana.

Laura estaba dormida cuando sintió unos brazos a su alrededor, se despertó asustada y se dio cuenta que era él, ya estaba dormido, se veía tan tranquilo con su cabello alborotado y su boca ligeramente abierta, se recostó sobre su pecho y podía escuchar su lenta respiración y los latidos de su corazón y dejándose llevar por esa suave melodía se quedó profundamente dormida.

19

Despertaron al escuchar el molesto sonido de la alarma del teléfono de Laura, sin decir una sola palabra se prepararon, desayunaron y salieron a la panadería, al llegar ella tomó la pizarra y escribió en ella una nueva cita  "En la vida lo que parece un final, es realmente un nuevo comienzo" y sin decir más pasó a la cocina a comenzar con la primera fase del plan.

Luis llegó temprano como siempre, Laura  lo notó distraído, ausente. La mañana pasó sin mayor contratiempo, estaban en su hora de descanso y ninguno de los dos había hablado de nada que no fuera solo del trabajo, sin embargo ella sentía esa necesidad de hablarle, de preguntarle que le pasaba, quería que él le contara todo, quería seguir confiando en él.

― Y… ¿cómo está todo, Luis? ― preguntó, estaba decidida a sacarle información a su amigo.

― Pues bien ─ respondió sin más.

─ ¿Seguro? ─ insistió

─…Si, creo ─ dudó ─ ¿Por qué lo preguntas?

― Por nada, es solo que has estado extraño toda la mañana, callado, distraído...

No recibió respuesta alguna, pensó que su amigo le diría algo, quería que lo hiciera, necesitaba seguir confiando el él, sin embargo no le insistiría, si él había tomado su decisión entonces sin duda tendría que tomar la de ella. Decidió levantarse de allí, pues estaban compartiendo una merienda que ninguno de los dos había podido probar.

― ¿Nunca has hecho algo que sabes que no debes hacer? ─ pegunto Luis, llamando la atención de su amiga.

― Si, muchas veces, pero ¿Te digo un secreto? ─ guardó silencio un instante esperando la repuesta que llegó con un gesto que ella interpretó como un sí ─  dicen que si se lo cuentas a una amiga la carga es mas liviana.

― Lo sé... ― aceptó Luis ― Es solo que no sé si pueda contarte todavía.

― ¿Por qué no? Somos hermanos, tú confías en mí y yo confió en ti, tanto que te confiaría mi vida con los ojos cerrados.

― Eso es lo que más me asusta ─ confesó tomándola de las manos ─  no quiero que pienses que soy malo.

― No pensaría eso de ti y lo sabes, cuéntame qué pasa, prometo ayudarte, confía en mí.

― No puedo, no ahora ─ soltó sus manos mostrándose algo nervioso ─ debo irme, solo recuerda que pase lo que pase, siempre te defenderé, aunque no siempre lo demuestre.

― Sé que es así ─ le aseguró sorprendiéndolo con un cariñoso abrazo ─ si hay algo que pueda hacer por ti no dudes en pedirlo, sabes que cuentas conmigo no lo olvides nunca. Pase lo que pase siempre seremos hermanos y eso nada ni nadie lo puede cambiar, la vida así lo quiso y así será siempre.

Luis salió de allí, estaba mal, ella lo conocía y sabía que lo que habían hablado lo había dejado pensativo porque así quedó ella también ¿Y cómo no estarlo? Si con lo poco que hablaron se dio cuenta que su amigo estaba asignado a esta tarea sin quererlo, así cómo también lo estaba Martin, la diferencia era que uno se había atrevido a decirle la verdad, a darle la oportunidad de huir para siempre o quedarse y pelear en cambio él, su amigo y hermano del alma, ya había decidido por ella.

El día transcurrió normal, ya era entrada la noche, y pronto fue la hora de cerrar todo. Se despidió de los chicos y de Susana, de alguna manera estaba tranquila, sabía que los vería de nuevo. Martin llegó y le entregó el arma, era un arma pequeña y con facilidad la guardó en su tobillo derecho, por dentro de su media, sabía que allí era el lugar perfecto, si se les ocurría revisarla.

Martin manejó hasta la vieja bodega abandonada donde debía entregarla. En todo el camino no le soltó la mano y aunque no dijeron nada, con ese pequeño gesto se estaban diciendo todo. Apagó el carro y antes de bajar se abalanzó sobre ella y le dio un beso con sabor a despedida de esos que se dan lentos, de esos que no quieres olvidar, así lo sintió ella y con sus frentes unidas y sus ojos cerrados permanecieron un momento ― todo va a estar bien ― le dijo él mientras acariciaba su mejilla, ella no respondió nada, no quería llorar en ese momento.

Bajaron del auto y entraron al lugar, todo estaba poco iluminado, Martin sabía que al llegar al lugar debía pasar directo a la oficina del jefe y así lo hizo, luego de pasar por varios pasillos llegaron a la tan temida puerta.

― ¿Estas lista? ─ Le preguntó él sintiendo que colapsaría en cualquier momento de los nervios.

― Si, estoy lista ─ quería demostrar seguridad con sus palabras, pero sabía que había fracasado en el intento.

Tres toques en la puerta bastaron para que ésta se abriera y un hombre alto, calvo y vestido de negro saliera a su encuentro.

― Fuentes, al fin llegas. El jefe te esta esperando.

No respondió nada y entraron a la oficina que no era en nada parecida a la que él ya conocía, estaba completamente pintada de blanco, tenia una muy buena iluminación, todo se veía limpio y ordenado, al fondo podía escucharse música clásica, y el jefe estaba sentado de espaldas a ellos, solo se veía su cabello castaño claro y muy brillante.

― ¿Qué hacemos aquí, Martin? ¿Qué significa esto? ― preguntó Laura ejecutando a la perfección la segunda parte del plan.

― Estamos entregando mi última encomienda ─ contestó lo que tanto había memorizado. Tenían que hacerles creer que la había engañado con la intención de entregarla.

― ¿Encomienda? ¿De qué me hablas?

La silla de cuero blanco se giró y al fin Laura estaba frente a frente al hombre que más odiaba en todo el mundo; Ismael, su tío.

― El Don no se equivocó contigo muchacho, lástima que hasta hoy trabajes con él, ya puedes irte, ahora me encargo yo.

Martin decidió soltarla y retirarse de allí antes de acabar con todo lo planificado. Ella, al verse sola, no pudo evitar sentir un frio recorriendo su cuerpo, estaba aterrada, sabía qué debía hacer, pero tenía miedo de que todo se saliera de control. No quería llegar a la tercera parte del plan, no le gustaba improvisar.

― ¿Cómo has estado, querida sobrina? Te he buscado por mucho tiempo, pensé que estabas muerta.

Esa asquerosa voz otra vez taladrándole la memoria, no quería recordar nada pues sabía que eso la desconcentraría de todo pero fue inevitable. Recordó que, en medio de todo el caos, su madre le decía que buscara ayuda, que peleara por su vida y eso haría, aunque se estuviera muriendo de miedo no dejaría de pelear.

― Pues no, no estaba muerta ─ respondió al fin, llenándose de valentía─  ¿Qué quieres de mí? Ya lo tienes todo.

― No todo, quiero que todo sea mío, no quiero ser solo un administrador, quiero ser el dueño.

― Si eso es lo que quieres, esta bien, te lo cederé todo, todo será tuyo, te firmo lo que sea.

― No es tan fácil ─ hablaba manteniendo esa sonrisa tan cínica en su rostro ─ el testamento del imbécil de tu padre dice que no puedes ceder ni renunciar a tu herencia, solo la muerte te separa de ella.

― Entonces… ¿Me matarás?

― Sí ─ confesó fríamente ─ pero antes hay cosas que debes hacer, poderes que firmar y cosas que vender, todo será mío.

Laura  permaneció de pie en el mismo lugar, lo vio tomar el teléfono llamando a alguien y colgó casi de inmediato, recogió unos papeles y caminó hasta la puerta.

― Todo está listo, jefe 

Ésa voz, podía reconocerla al instante, no tenia dudas; era él. Se volteo y casi se desmaya al verlo.

― Bien, muchacho, ya sabes lo que debes hacer con ella, te espero abajo.

Luis se acercó a ella y sacó algo del bolsillo del pantalón, era un pañuelo en una bolsita plástica ― Perdóname ― le susurró antes de ponerle el pañuelo en la nariz, Laura sintió el fuerte olor del cloroformo invadiendo su organismo y después todo era oscuridad total.

20

Miedo, de ese que nace en el estómago y que poco a poco se va regando por todo el cuerpo, que hace temblar y sudar, terrorífico. Ese era el que Martin sentía y es que ya había transcurrido más de media hora y no pasaba nada.

Juan tenia todo preparado, un auto equipado con la mejor tecnología, le había puesto un GPS a Laura en uno de sus zapatos, no le había dicho nada a nadie, en la pantalla del auto se marcaba un punto verde, ese era ella, la novia de su mejor amigo.

― Todo va a salir bien, no te preocupes, tenemos todo bajo control ― le decía el moreno a su amigo para tratar de tranquilizarlo.

― ¿Tenemos todo bajo control? ― Contesto Martin un poco alterado ― No lo creo, ella esta allí adentro con ellos y sabe Dios qué le estarán haciendo, los voy a matar, te lo juro.

No sabía que palabras usar para calmar a su amigo si él mismo también sentía muchos nervios. Sin embargo, se mantenía atento, alerta. En cambio su amigo estaba ya desesperado, lo conocía muy bien y sabía que estaba a punto de perder la poca cordura que le quedaba si no hacían algo rápido. 

― Allí están ― anuncio Martín con una voz llena de diferentes emociones.

De la pequeña bodega salían varios hombres, entre ellos el tío de Laura y Luis con ella en los brazos, totalmente desmayada. Martin sintió la sangre hervir dentro de él, quería acabar con todo eso de una vez por todas pero debía esperar el momento. Sin embargo, no dejaba de preguntarse qué le habían hecho a su novia, por qué estaba así desmayada, ese mal nacido de Luis se las iba a pagar.

Se montaron en la Hummer color plata y salieron de allí. Juan esperó que se alejaran un poco y encendió el auto y los siguió, fijándose atentamente en el punto verde de la pequeña pantalla que tenía frente a él. Estaba alterado totalmente, sentía la adrenalina correr por su cuerpo, sabía que se enfrentarían a un enemigo poderoso, pero estaba seguro y confiado que todo saldría bien.

Laura sintió que los ojos y la nariz le ardían, abrió los ojos lentamente y se fijó bien en lo que tenía a su alrededor, estaba en el interior de un auto en movimiento sobre las piernas de alguien y, al fijarse bien, se dio cuenta que era Luis, su amigo, el que había considerado su hermano. Sintió un fuerte dolor en el pecho, ya sabía que Luis trabajaba para la mafia pero verlo allí sin duda le provocó un fuerte dolor en el alma. Decidió cerrar los ojos y tratar de escuchar todo lo que hablaban, quería enterarse de los planes que su tío tenía para ella.

Luis pasaba distraídamente la mano por su cabello, ella era su hermanita, se sentía la peor persona del mundo al hacerle esto a ella. Nunca se imaginó que al entrar a esa mafia le tocaría hacer ese tipo de trabajo. Cuando se dio cuenta de que era ella a la que buscaban decidió quedarse tranquilo, quería estar allí para protegerla, sabía que Martín pensaba lo peor de él, pero estaba seguro que haría lo que fuera para cuidarla, nada le pasaría, no mientras él estuviera allí.

Se detuvieron en una urbanización en pleno centro de la ciudad, era un  conjunto de casas residenciales, todos bajaron de la camioneta y se adentraron en la pequeña casa. Luis con Laura aún en sus brazos entró en una habitación y depositó el delgado cuerpo de su amiga sobre la inmensa cama ― No te preocupes, pequeña, todo va a estar bien ―  le dijo mientras la observaba sintiendo como su corazón se rompía en mil pedazos, sabia muy bien todo lo que estaba planificado para su amiga y ya había preparado un plan para sacarla de allí, no la matarían, para eso primero debían matarlo a él.

Juan y Martin se estacionaron a escasos metros de la casa, observaron como todos bajaban y pudieron ver a Laura aun desmayada sobre los brazos del traidor de su amigo. Se bajaron y, silenciosamente, se acercaron a la casa, se escondieron detrás de unos matorrales al escuchar el sonido de varios autos que se acercaban. Eran cinco camionetas, todas se detuvieron frente a la casa donde estaba la castaña secuestrada y se bajaron alrededor de veinte hombres armados hasta los dientes. De la tercera camioneta se bajó un hombre que ninguno de los recordaba haber visto antes, era bajito Y calvo. Martin al observarlo bien recordó que lo había visto antes pero no recordaba donde. Decidieron volver al auto y esperar allí que estos hombres se fueran, eran muchos y no podían luchar contra ellos.

Laura escuchó lo que su amigo le decía mientras la depositaba en la cama pero decidió hacerse la desmayada porque no se sentía preparada para enfrentarse a él todavía. Aunque muy en el fondo de su corazón sintió un poco de tranquilidad al saber que su amigo estaba preocupado por ella, quería pensar que él la protegería, estaba nervioso, ella pudo verlo en sus ojos mientras le colocaba ese pañuelo húmedo sobre su nariz y eso encendió una pequeña luz de esperanza dentro de ella.  Luego de un momento comenzó a escuchar voces dentro de la casa pero no reconocía ninguna de ellas.

Escuchó como la puerta se abría lentamente, alguien había entrado, escuchó los pasos que se detuvieron y de pronto sintió que se sentaron en su cama. Los nervios los tenía a flor de piel. Abrió los ojos poco a poco, encontrándose con un hombre no mayor de treinta años, rubio y de unos imponentes ojos grises que la observaba detenidamente. Con un movimiento rápido se alejó de él quedando pegada a la pared. Sentía el miedo recorrer su cuerpo como si de electricidad se tratara.

― Hola, bonita ― saludó este hombre con una sonrisa macabra dibujada en el rostro ― No te haré daño, soy Alexis y seré tu cuidador hasta que pases a mejor vida.

La castaña palideció al escuchar esas palabras ¿Su cuidador? ¿Qué quería decir eso? ella pensó que Luis se encargaría de cuidarla, él le había prometido que todo iba a salir bien.

― No te alejes, bonita. Escúchame con atención, no estoy dispuesto a aguantar berrinches de muchachitas malcriadas, así que déjate de tonterías. Tengo órdenes estrictas de tratarte como se me dé la gana, trata de no ganarte mi premio mayor y todos seremos felices ─ amenazó mientras se levantaba de la cama y caminaba hacia la puerta ─ voy a cenar y regreso, pasaremos una linda noche tú y yo.

Salió de la habitación dejando a Laura totalmente asustada, una lágrima descendió por su mejilla, se la enjugó con sus dedos jurándose a sí misma que tendría la fortaleza necesaria para salir de todo esto y poder ser feliz con el hombre de su vida. Sabía que él estaba afuera cuidándola y de alguna manera pensar en él la tranquilizó un poco, se sentó nuevamente en la cama a esperar a Alexis decidida a no dejarse vencer por el miedo que poco a poco comenzaba a invadir su cuerpo, sin duda iba a ser una larga noche.

Mientras lo esperaba recordó lo feliz que era antes que el desgraciado de Ismael le robara todo, Su propio tío, ése que su padre no cesaba de elogiar pues se había ganado su confianza y era su mano derecha en todos sus negocios ¿Y cómo no hacerlo? Si era su hermano menor, su mejor amigo, el que le había motivado a hacer la mejor inversión de su vida o eso creía él. Manuel Martínez; siempre confiando en los demás, siempre pensando en el bienestar de la familia y pensar que todo eso lo estaba llevando a la mayor desgracia de su vida le helaba la sangre ¿Cómo no querer matar a Ismael? 

Tenía que hacerlo, aunque no se sentía capaz de algo así sentía que esa era la única oportunidad que la vida le estaba dando para vengar la muerte de su familia. Lo haría por su padre, que aun con sus errores se esforzaba para ser el mejor padre del mundo. Estaba lejos de conseguirlo pero se esforzaba y eso, Laura lo apreciaba, lo haría por su hermano, que tenía tantos sueños por cumplir y tanta vida por vivir, no se merecía acabar su vida así y también lo haría por su madre que día a día entregaba todo de ella por mantener a la familia unida. Si es cierto que en ocasiones estaba más pendiente del qué dirán que de lo que es realmente importante, pero la entendía, ese mundo en el que su padre los había sumergido era así, un sistema totalmente corrompido lleno de avaricia e hipocresía, tenia que hacerlo, al fin Manuel, Emily y Fernando Martínez descansarían en paz.

21

No se dio cuenta en qué momento se había quedado dormida, notó que ya estaba amaneciendo, los claros rayos del sol entraban por la ventana e iluminaba el lugar que no había detallado bien. Era una habitación realmente grande, parecía sacada de una revista, la decoración era asombrosa, con muchas telas en tonos pasteles, sin duda esa casa tenía que ser de él pues los gustos de su tío siempre fueron ostentosos. Notó que  en una pequeña mesa puesta al lado derecho de la cama había un vaso de jugo que al parecer era de naranja. También había ropa perfectamente doblada y un papel doblado. Lo tomó en sus manos y lo desdobló para poder ver lo que decía:

 "Prepárate, bonita. En una hora vengo por ti y espero que estés preparada para salir a hacer unos mandaditos. 

P.D. Te dejé un delicioso jugo de naranja, espero que te guste. 

Alexis."

Sintió nauseas al leer ese nombre al pie de la nota, y acordándose de la promesa que se había hecho ella misma la noche anterior se sentó en la cama y tomó la ropa en sus manos la revisó bien y se dio cuenta que en el bolsillo del pantalón había un papelito muy bien doblado, sintió el corazón acelerarse al darse cuenta que era la letra de Luis. "Laura, no puedo explicarte nada ahora, pero debes saber que estoy buscando la manera de sacarte de todo esto, estoy de tu lado y te voy a proteger, has todo lo que te digan y no dejes que vean el arma que tienes, en cualquier momento tendremos que enfrentarlos, así que necesito que estés fuerte y preparada, hoy dormirás tranquila, hermanita, hoy acaba esta pesadilla, te quiero. Luis."

Apretando  la nota en sus manos y lloró al saber que su mejor amigo, su hermanito no la había abandonado como ella y todos pensaban. Se limpió las lágrimas y decidió ser fuerte hoy, una vez más. Confiaría en Luis, en Juan y Martin que seguro la estaban cuidando, debía avisarles, tenía que hacerles saber que estaba bien y que Luis la iba a ayudar.

Juan estaba dormido, se habían turnado toda la noche para hacer guardias y mantener la casa vigilada. Martín ya sentía la desesperación correr por sus venas, era estresante ver como pasaba la noche sin nada que pudieran hacer. Los hombres que llegaron en la camioneta se habían ido en plena madrugada y ahora solo debían esperar el momento ideal para sacarla de allí.

Necesitaba un café, recostó su cabeza en el vidrio de la ventana del asiento del copiloto donde estaba sentado y recordó aquella hermosa mañana cuando la vio por primera vez, Laura con su carita sucia y cabello descuidado, ¿Quién pensaría que después de estos meses él iba a estar tan enamorado? Tenía tantas cosas por hacer, tantos sueños por lograr. No se rendiría, la rescataría y harían una vida juntos.

― Ya estoy Lista ― aseguró la castaña al ver que Alexis entraba a su habitación.

Se había duchado y vestido con la ropa que le había dejado. Peinó su cabello y lo ató en una cola alta, se había tomado el jugo de naranja y había votado la nota de Luis deshaciéndola con agua y dejando que se fuera por el desagüe de la ducha.

― Estas preciosa, sabía que esa ropa te quedaría perfecta ― comentó Alexis mientras la examinaba detenidamente y sin disimulo alguno ― Aunque pensándolo bien me gustas más con el cabello suelto pero si quieres sujetarlo así, esta bien.

― ¿Qué haremos hoy?

― Así me gusta, bien dispuesta. Sígueme, vamos a ver al Jefe.

Salieron de la habitación y fueron directamente a la cocina, su tío estaba desayunando y al notarla allí dejo la comida y se levantó de inmediato.

― Buenos días, sobrina. Veo que ya estas lista, vamos a hacer una visita al banco. Solo iremos con Alexis y Luis así que te sugiero que te portes bien porque cualquier resbalón no lo voy a pensar dos veces y daré la orden para que te maten ¿Me entendiste, sobrinita?

― Perfectamente, Tío ─ respondió con el mismo tono irónico con el que él le hablaba. No estaba dispuesta a dejarse amedrentar. Si tenía que renunciar a todo su dinero lo haría, pero saldría viva de todo esto y empezaría de nuevo.

― Bien, entonces vámonos

Esta era su oportunidad, si iban a ir al banco debía ingeniárselas para armar un plan y así poder escapar pero debía decirle a los chicos ¿Cómo les avisaría?

― No puedo seguir aquí, tengo que hacer algo ― dijo Martín saliendo del auto.

― ¿A dónde crees que vas?

― A ver si escucho algo, no sé, solo... No pienso quedarme allí sentado a esperar que un milagro suceda.

― ¡Tenemos que ser cuidadosos, Martin, por favor!

― Si, lo sé. Solo déjame hacer algo sino, la angustia me matará.

Salía del auto sin esperar respuesta alguna, la casa estaba vigilada y allí todos lo conocían así que no podía acercarse mucho. Logró esconderse tras unos arbustos que estaba cerca de la salida, no era el mejor lugar pues no estaba tan cerca cómo quería pero estaba seguro que no lo verían. Aguardó un momento y levantándose un poco logró ver al interior de la casa y entonces la vio y su corazón se detuvo por un momento.

 Salieron de la cocina y se detuvieron en el pasillo mientras le daban instrucciones a los guardias de cómo cuidar la casa durante su ausencia y de pronto sintió ese calor en su piel, ése que sentía solo al ser observada por él, lo había sentido muchas veces en la panadería cuando él se quedaba por horas observándola desde la puerta de la cocina mientras ella distraídamente preparaba los postres. Sonrió algo nostálgica al darse cuenta que lo extrañaba tanto que lo sentía en todo momento y de pronto, como si alguien la llamara giró su rostro y al ver por la ventana vio los ojos verdes más hermosos que había visto en su vida. Él, Martin estaba allí mirándola y haciéndole saber que todo estaría bien.

― ¿Puedo ir al baño antes de salir? ― pregunto Laura mientras fingía aguantar ganas de ir al baño.

― ¡Ve rápido, Luis acompáñala!

Caminaron al baño y al entrar ella dejó intencionalmente la puerta medio abierta, Luis se dio cuenta y se acercó para poder escuchar lo que su amiga quería decirle.

― Luis, confió en ti, Martin está escondido allá afuera, si tan solo pudieras buscar la manera de comunicarte con él y decirle a donde vamos, esta puede ser nuestra oportunidad de escapar y ellos nos van a ayudar.

― ¿Ellos? – pregunto Luis confundido ― ¿Quiénes están allí afuera?

― Martin y un amigo. Confía en mí, por favor.

― ¿Te sabes su número de teléfono? Haré lo posible por llamarlo y darle la información.

Luego de darle el número a Luis, decidió que era el momento de salir del baño y volver al lugar donde estaban, vio por la ventana y allí estaba él todavía, Luis tomó su teléfono como si estuviera llamando a alguien y salió de la casa  buscando un lugar seguro para hablar y marcó el numero que Laura le había dado.

Tirado en el suelo sintió su teléfono vibrar lo tomó sin fijarse demasiado en el número.

― Escucha, no tengo mucho tiempo pero Laura me pidió que te informara esto, vamos a estar en el banco Central más cercano, solo iremos el jefe y dos de nosotros, espero que puedas acercarte y ver la manera de rescatarla, debes saber que contarán con mi ayuda. Protegeré a Laura con mi vida si es necesario ― y así, sin decir más quitó el teléfono de su oreja colgando la llamada se dio la vuelta y volvió a entrara a la casa, miró a su amiga y con un ligero asentimiento de  cabeza le hizo entender que el mensaje había sido entregado con éxito. Ella no pudo evitar que una ligera sonrisa se dibujara en sus labios mientras salía por la puerta directo a su destino, su libertad.

22

Llegaron al banco, Luis estacionó la camioneta en el lugar más solo y retirado que vio en el estacionamiento. Se bajaron todos y Alexis tomó por el brazo a Laura y comenzaron a caminar a la entrada del banco sin prestarle demasiada atención al carro que escandalosamente se estacionaba muy cerca de donde ellos pasaban.

Entraron al lugar caminando directamente a la oficina del gerente, donde una secretaria los hizo sentarse a esperar su turno de atención. Luis se queda vigilando a todos los que están cerca y Alexis tomó asiento justo al lado de Laura.

― ¡ESTO ES UN ATRACO TODO EL MUNDO AL SUELO! ― grita un encapuchado que entra apuntando a todos con un arma.

Se escuchan gritos y llantos de los nerviosos usuarios, Alexis se distrae y en ese momento Laura se suelta de él y corre a la salida.

― ¡Mátala antes que se escape! ─ grita Ismael desesperado.

Alexis, sin pensarlo demasiado, apunta hacia Laura dispuesto a dispararle, ella se voltea al escuchar la orden que dio su tío. Ve a Alexis y escucha el disparo que estaba segura venía hacia ella, cerró sus ojos y sintió que un fuerte peso caía sobre su cuerpo tirándola al suelo. El fuerte golpe se sintió en su cabeza al caer y el peso se instalo en su pecho y estomago. Aturdida y mareada pensó que moría cuando unos fuertes brazos se aferraron a su alrededor y abriendo los ojos se dio cuenta que no era ella quien moría.  

Luis la miraba sonriendo, sintió un líquido tibio entre ellos y al bajar la mirada entre sus cuerpos vio como la sangre de su mejor amigo manchaba su ropa. No le importó los disparos que seguían escuchándose a su alrededor, ni los gritos de las personas que intentaban refugiarse de las balas, no se acordaba ni por qué estaba allí, solo sabía que su amigo estaba muriendo. Una vez más ese maldito hombre le quitaba alguien importante, giró sobre su cuerpo dejando a su mejor amigo en el suelo por debajo de ella.

― Luis, por favor, resiste ― suplicaba mientras le tomaba la cabeza y la posaba sobre sus piernas. Levantó su mirada y reconoció a Juan que se había quitado la capucha y estaba apuntando a Alexis que estaba arrodillado en el piso.

Los agentes de seguridad del banco al parecer estaban al tanto de la situación porque estaban esposando a su tío ¿cómo podía todo seguir su curso normal, acaso no notaban que su amigo y hermano estaba muriendo?

― Hermanita ― le llamó Luis con un susurro a penas audible pero que logró sacarla de sus pensamientos ― ya todo pasó, vas a estar bien.

― Tú también vas a estar bien, Luis.

― No puedo, estoy muy cansado y quiero dormir.

― No, Luis, por favor, no te duermas.

―Es demasiado tarde, hermanita. Sé feliz, tienes que ser feliz.

― ¡NO! ¡Abre los ojos, Luis! ― dio unos pequeños toques en sus mejillas ― Abre los ojos, por favor, no me dejes.

Todo pasó en fracciones de segundos, tirada en el piso con la cabeza de su moribundo amigo sobre sus piernas observa todo y no sabía bien lo que acaba de ocurrir. Todo pasó frente a sus ojos, había gente corriendo, algunos se abrazaban y lloraban por lo que habían presenciado. Juan le hacía señas a alguien detrás de ella. Sintió unos fuertes brazos que la intentaban separar de su amigo, levantando sus ojos vio que era él, Martin.

─ Laura, por favor, solo…

─ ¡NO! ─ gritó desesperada queriendo quedarse con su amigo ─ él va a estar bien, llevémoslo a un hospital, Martin, tenemos que hacer algo. 

Martin no se movió de su lugar, Luis se había ido, ya no había nada que hacer 

─ Lo siento, Laura, ya no se puede hacer nada.

No hicieron falta más palabras, ella lo había entendido ¿Cómo pudo todo terminar así? No quería que ninguno de los suyos muriera y menos en manos de ese ser asqueroso que se hacía llamar su tío. Se quedó allí acariciando el rostro de su amigo hasta que tuvo que quitarse para que los forenses retiraran el cuerpo.

No supo el momento exacto en que llegó a la casa, ni qué había pasado con su tío y es que ni sabía cuánto tiempo había transcurrido. Sentía mucho dolor en su corazón, eran cuatro las personas que la vida le había arrebatado de su lado, nunca olvidaría los ojos de sus padres ni los de su hermano mientras morían, pero Luis, esa mirada llena de amor y esa hermosa sonrisa dibujada en su rostro mientras moría jamás la borraría de su memoria.

Se sentía aún más culpable al saber que no pudo honrar su muerte como debía, pues al no ser familiar no pudo reclamar su cuerpo en la morgue. Luis sería sepultado en una fosa común si ningún familiar reclamara su cuerpo, su único familiar era ella, nadie iría, a nadie le importaba.

Luego de unos días entendió que su familia murió sin tener como escapar de ello, simplemente no pudieron evitarlo, no había escapatoria. En cambio Luis, él pudo escapar, pudo defenderla de otra manera. Sin embargo, eso fue lo que él decidió, prometió que la protegería con su vida y así hizo, Ismael no lo había matado, Luis se había entregado, se había puesto en la línea de fuego consiente de lo que hacía y esa era la mayor muestra de amor que alguien podía darle, entregar su vida para salvarla a ella, él no debía morir, no así.

Martin no sabía qué hacer para sacar a Laura de ese mundo donde se encontraba, si todo seguía así definitivamente iba a buscar ayuda profesional. Susana había estado cada segundo cuidándola, los muchachos se las arreglaban solos en el negocio. Él tenía tantas cosas en su cabeza que sentía se volvería loco en cualquier momento.

Juan se encargó de todo lo concerniente a Ismael, ese asqueroso debía pagar por todo el daño que le había hecho a Laura.

23

¿Cómo está? ─ preguntó al llegar, había dejado a Susana con ella mientras él iba a la universidad, ya había terminado su ultimo semestre, solo había pasado dos semanas de lo sucedido.

─ Ha estado mejor, creo ─ contestó casi en un susurro, no quería despertarla ─ se levantó ella sola de la cama y se dio un baño.

─ ¿De verdad? ─ inquirió esperanzado ─ hablé con el psicólogo de la universidad, me dijo que todo esto era por el trauma de todo lo que vivió, él dice que así como entró en este estado también saldrá de él.

─ Yo creo que ya esta saliendo entonces, hoy la vi distinta, como si su alma estuviera de nuevo dentro de ella.

─ Eso espero, Susana, siento que ya no puedo más ─ confesó dejando al fin salir las lagrimas que por días se había guardado.

─ Siempre fuiste fuerte, Martin, solo un poco más y verás que esto pasa ─ intentó darle ánimo a el que consideraba su hijo.

─ Eso me dicen siempre, pero la realidad es otra ─ tenía que desahogarse con alguien, se había reprimido por mucho tiempo intentando ser fuerte pero ya no aguantaba más, ya no ─ yo lo intento, créeme. Pero al verla así no sabes la impotencia que siento, solo quiero verla feliz, sonreír, extraño verla preparar sus dulces ─ sonrió melancólico al recordarla en la pequeña cocina de su apartamento preparando cualquier invento como ella le decía a sus exquisitas preparaciones improvisadas ─ solo quiero tener la oportunidad de ser feliz sin sentir que me dejaran o se apartaran de mi, solo quiero mi segunda oportunidad para ser feliz con ella, solo eso.

Susana lo recibió en sus brazos para tratar de consolar a su niño ¿Cómo la vida podía ser tan cruel? Arrullándolo en sus brazos por largo rato notó que se había quedado dormido, colocándolo en la cama al lado de Laura decidió dejarlo descansar.

Despertó y sintió un peso en su cadera, girándose lentamente vio el rostro más hermoso que existía en la tierra, los recuerdos de los últimos días llegaron a su mente como un remolino logrando por un momento aturdir sus pensamientos una vez más -¡Basta!- gritó en su mente, ya no más, ya era suficiente.

Sintió unas suaves caricias por todo su rostro, esos delicados dedos pasaban de su cabello a sus mejillas y luego a sus labios en una constante caricia que parecía no tener fin, definitivamente se estaba volviendo loco. Abrió los ojos con la intención de poner fin a tan lastimoso sueño y fue cuando se dio cuenta que esta ves era real, ella estaba mirándolo como si fuera la cosa mas bella que existía en el planeta.

─ Hola ─ dijo casi en un susurro, se veía confundido y no quería asustarlo.

─ Hola ─ decidió seguirle la corriente a su imaginación.

─ Te extrañé ─ confesó mientras lagrimas brotaban de sus ojos.

Levantó su mano y las enjugó notando su piel y dándose cuenta que no era una fantasía, era real, ella estaba allí. Había vuelto.

─ ¿Esto es real? ─ se aventuró a preguntar.

Con una sonrisa tierna dibujada en su rostro, Laura se permitió seguir el extraño dialogo que mantenía con el hombre del que estaba profundamente enamorada.

─ ¿Quieres que te lo demuestre?

Un leve movimiento de cabeza por parte de Martin dijo todo lo que Laura necesitó para acercarse un poco a su rostro y unir sus labios en un tierno beso.

La respuesta de Martin no se hizo esperar y, comprendiendo al fin que la mujer de su vida había regresado, la envolvió en sus brazos siguiendo el beso más hermoso que jamás le habían dado.

24

Si hay algo que el ser humano debe agradecerle al creador, es el poder amar y más aún sentirse correspondido por ese sentimiento que, definitivamente los mortales no habían creado. Es que el amor en todo su esplendor, seguro lo había creado alguien que no era de este mundo ¿Cómo algo podía sentirse tan fuerte y sublime a la vez? Y es que no había dudas allí; amar y ser amados era la cosa más maravillosa que se puede sentir sobre la faz de la tierra y eso mismo era lo que Martín y Laura estaban experimentando en ese preciso momento.

Es que la vida no podía se tan cruel, Laura ya había sufrido demasiado y se merecía una segunda oportunidad para ser feliz. Después de perder a su amigo aquel terrible día, sintió que su vida ya no sería lo mismo. Luis se había convertido en un hermano para ella y le había dolido en el alma haberlo perdido así, en manos de ese despreciable ser que le había quitado todo y no se refería a su dinero, le había quitado su familia ¿Qué más importante que eso? El dinero al final siempre podía recuperarse pero ¿Cómo recuperaba a su madre, su hermano, a su padre… y a Luis? Ya no había nada qué hacer, solo les debía ser feliz, sobre todo a Luis que le había salvado la vida haciendo real la promesa de siempre protegerla.

─ ¿Ya estás lista? ─ Martín estaba ya desesperado y Laura aún no estaba lista ¿Por qué las mujeres tenían que tardar tanto en arreglarse?

Martín también se merecía esta oportunidad, después de quedar prácticamente sólo en una ciudad que se le hacía demasiado grande para sus miedos e inseguridades, tenía a Susana y eso no le permitía sentirse tan abandonado, pero sus padres no estaban con él y los extrañaba, sobe todo a su alocada hermana. Cuando Laura llegó a su vida todo cambió por completo y casi enloquecía cuando pensó que la perdería, había pedido tantas veces una segunda oportunidad con ella y todo en vez de mejorar empeoraba día con día hasta que esa tarde ella salió de su letargo trayéndole la oportunidad que tanto esperaba.

─ Dame cinco minutos, amor ─  pidió. En realidad no estaba haciendo nada, ya hacía más de veinte minutos que estaba lista pero los nervios no la dejaban tranquila. Afuera todos estaban esperando y ya estaba sobre la hora acordada y ni sabía por qué estaba tan nerviosa, tal vez era el hecho de que afuera estaban los padres y la hermana de Martín que habían venido especialmente para compartir con ellos este nuevo comienzo.

─ Ya se fueron todos, decidieron esperarnos allá.

─ ¡Que vergüenza con tu familia!

─ Tranquila, papá quería pasar por el antiguo negocio antes de la inauguración.

─ Bueno, ya estoy lista.

─ Todo va a estar bien y a mis padres les vas a encantar. No estés nerviosa.

Sin esperar más salieron por fin a la tan esperada apertura de su nuevo negocio. Habían decidido cerrar la panadería y abrir una repostería en un reconocido centro comercial de la ciudad de Barquisimeto, habían preparado todo casi un mes antes y todo se veía realmente hermoso, al llegar vieron a Susana y los chicos que habían llegado temprano para ayudar en los últimos detalles, ya todo estaba preparado así que sin esperar más abrieron las puertas y fue sólo cuestión de un momento y ya el pequeño negocio estaba lleno de personas.

─ Todo se ve delicioso ─ Un señor de más de cuarenta años se había acercado a ella con la intención clara de saludarla.

─ Me alegra saber eso.

─ Tú debes ser Laura ¿Cierto?

─ Si, yo misma soy ─ respondió con algo de dudas y es que había algo en ese hombre que le inspiraba confianza, tal vez eran esos profundos ojos verdes que le recordaban tanto a...

─ Es un placer conocerte, mi hijo dijo que eras hermosa pero creo que se quedó corto al describirte ─ y extendiéndole la mano se presentó ante ella ─ Soy Alberto, el padre de Martín.

Si antes estaba nerviosa ahora lo estaba aun más, el padre de su novio era muy agradable e inmediatamente la presentó ante su esposa e hija, para cuando Martín se dio cuenta ya Laura estaba en una agradable conversación con su familia y sintió como su corazón se llenaba de alegría. Allí frente a sus ojos tenía a las personas más importantes de su vida compartiendo, riendo y felices. Eso era más de lo que alguna vez había imaginado tener y supo que este era el momento, se acercó hasta ellos abrazando a su novia por la espalda, se llenó de valentía y habló sintiendo un alboroto de mariposas no sólo en el estomago sino en todo su cuerpo.

─ Tengo algo que decirles ─ anunció sabiendo que ya no había vuelta atrás.

Todos fijaron su atención en él y cuando sacó de su bolsillo una pequeña caja negra y se detuvo frente a ella, Laura no podía creer que eso que iba a pasar allí era de verdad.

─ Laura ─ fijó sus ojos en los de ella y como siempre esa mirada pura, limpia lo sacó de la realidad desapareciéndolo todo a su alrededor ─ hemos pasado por tantas cosas que a veces creo que esto es un sueño, sabes que no soy el tipo mas romántico del mundo pero estoy enamorado, Laura, enamorado de ti y esta es mi mayor declaración de amor ─ con ese ligero temblor que sentía en todo su cuerpo tomó la cajita y extrajo un hermoso anillo de oro blanco y lo extendió frente a ella ─ ¿Te casarías conmigo?

Suspiros y susurros de sorpresa fue lo que se escuchó a su alrededor y es que no podía creer que eso le estuviera pasando a ella, después de todo lo que había vivido jamás se planteó la idea de casarse, formar una familia. Tenía tanto miedo, pero era Martín y, si había alguien en este planeta que la hacia sentir segura, ése sin duda alguna era él, así que no lo pensó más, estaba segura de estar haciendo lo correcto.

─ Sí.

Y eso fue suficiente, los aplausos comenzaron a escucharse en todo el lugar y ella y Martín se fundieron en un abrazo lleno de tanto amor, de promesas y de felicidad y en ese momento nada más importaba, sólo ellos dos, para siempre.

Epílogo y reflexión final

La avaricia proviene del latín “avarus”, que significa “codicioso”, es el deseo y ansia excesiva por obtener riqueza.

La especial maldad de este pecado, consiste en la búsqueda continua de obtener propiedades, dinero y demás, con el único objetivo de vivir por y para eso.

Es conocido como un pecado capital, ya que por medio de dicho enriquecimiento se cometen otros muchos pecados, y en algunos casos, mucha gente lo “esconde” atribuyendo dicha avaricia a una búsqueda de un ahorro para el futuro. Somos personas avaras, cuando lo único que queremos es obtener bienes materiales, y no importa lo que hagamos para conseguirlos.

No hay que confundir la avaricia con el deseo de superarse económicamente a uno mismo por medio del trabajo honrado, lo que sería correcto. El problema recae cuando únicamente se piensa en obtener más, en lugar de concentrarse en ser mejor persona con el prójimo.

Esto fue lo que le sucedió al villano de esta historia, dejó que la avaricia se adueñara de todo su ser encegueciendo du corazón por completo. Cuando cometió aquellos crímenes donde murieron su hermano, su cuñada y su sobrino, pensó que estaba haciendo lo correcto pues consideraba que su hermano no era merecedor de tantos bienes. Allí la avaricia se unió con la envidia y esa combinación fue mortal para todos los que lo rodeaban. 

Desde pequeño Ismael creció bajo la sombra de su hermano, siempre se sintió menos importante y eso lo llevó a sentir una gran envidia deseando todo lo que su hermano tenía, ignorando así que lo que en realidad estaba demandando no eran cosas materiales sino el amor y la atención que pensaba nunca obtendría. Después de la muerte de sus padres y por ser menor de edad toda la herencia la manejó su hermano mayor, Manuel, dejándolo en un segundo plano. 

Tal vez Ismael no fue el único que se dejo llevar por el amor al dinero pues Manuel dejó de ser el hermano preocupado y atento que siempre era, y es que tomar la responsabilidad de la familia y los negocios a los dieciocho años de edad no era nada fácil. Sin embargo, cuando conoció a Emily todo cambió, ella le enseñó lo que era verdaderamente importante y aunque siempre fue una mujer preocupada por el qué dirán también se preocupaba por su familia. Para cuando nacieron sus dos hijos ya Manuel era otro hombre, aunque en el fondo de su corazón siempre fueron más importante los negocios que la familia.

Ismael poco a poco se ganó la confianza de Manuel y se había convertido en su mano derecha pero no le bastó con eso, quería más y fue entonces cuando planificó matar a su hermano junto a su familia y quedar él como el único heredero, pero no contaba con que su sobrina no estaría en la casa o al menos eso pensaba. Cuando se descubrió que Laura se había escapado comenzó a buscarla y cuando por fin la encontró no dudó en atraparla.

Todo había salido según lo planificado y el día que por fin sería el dueño de todo ocurrió lo inesperado y todo se acabó.

Ahora, unos meses después, encerrado en aquel calabozo donde pasaría los próximos 15 años de su vida fue cuando por fin se dio cuenta del daño que había hecho. Pero ya era demasiado tarde y aunque quisiera ya no tenía oportunidad para devolver el tiempo y deshacer todo el mal que le había causado a la única familia que le quedaba.

Ya habían pasado seis meses y el único camino de redención que encontró en aquel lugar fue hablarle a los nuevos reclusos de lo importante que era mantener una buena relación familiar. Les hablaba desde su experiencia explicándoles como la avaricia y la envidia no lo había dejado vivir y lamentablemente se había dado cuenta demasiado tarde. Siempre recibía mucha atención al dar sus charlas y eso le hacia sentir un poco de paz, la suficiente para dormir unas pocas horas cada noche y eso le hacia sentir agradecido porque aún podía hacer algo para calmar su conciencia.

“El amor al dinero es el principio de todos los males” no dejemos que la avaricia, la envidia o cualquier otro de los llamados “pecados capitales” nos sieguen de tal manera que atentemos contra la integridad física, psicológica o espiritual de nuestra familia y amigos. No es lo material lo mas importante pues nada de eso se va con nosotros después de la muerte, lo único que nos queda es el amor que hemos dado y recibido, nada más importa, nada tiene más valor.

Nuestro destino siempre será ser felices, lo que suceda en el camino que llamamos vida es responsabilidad de nosotros mismos porque aunque muchas veces vivir no es cosa fácil, siempre tendremos opciones, tomar las mejores decisiones es lo que nos llevará a la verdadera felicidad, que siempre esta esperando ser arrebatada por valientes. 


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