Athanasia / Phalka

#aventura, #fantasÍa, #romance

SINOPSIS:

Una sencilla joven herbolaría tendrá un encuentro con un Athano, una raza de seres inmortales que creía que solo existían en los libros. Él odia a los humanos, pero ella le mostrará sus fortalezas. ¿Podrá surgir el amor después del rencor? El mundo y su naturaleza estarán en contra, pero ellos lucharán por su libertad.

Corrió por el bosque a una velocidad que ni el mejor corcel alcanzaría. Los jinetes quedaron atrás. Pero él no había dormido en días. Apenas divisó una pequeña choza a lo lejos no dudó en entrar por la ventana. Estaba vacía. Suspiró de alivio afirmando sus grandes manos en las paredes hasta no poder más y caer al piso.

Hace años que no se encontraba con el cuerpo tan agotado. Dormir unos minutos…  solo eso necesito. —pensó. Y cerró sus pesados párpados apenas sintió la oportunidad. La sangre de sus heridas comenzó a escurrir por el piso de madera. Estaba atardeciendo y ella volvía de su labor junto con una canasta repleta de hierbas medicinales.

Entró a su casa cantando enérgicamente, pensando en lo deliciosa que será la ducha que estaba por darse. Al abrir la puerta, su canasta cayó al suelo. Sus manos temblaban del miedo. Había un muerto en su piso. O al menos eso fue lo primero que pasó por su mente.

Se acercó a paso lento hasta quedar frente a él. La sangre se había manchado su preciada alfombra que le tomó meses en tejer. Al estar lo suficientemente cerca lo oyó respirar.

—Está vivo… —murmuró tranquila. Su apariencia la sorprendió. Él no era como nadie que hubiese visto en su vida. Era raro. Muy grande y pálido. Su rostro era perfecto. Con facciones casi esculpidas y sin ningún perjuicio. Puso sus manos en su hombro temerosa y lo sacudió. Él no se inmutó—. ¡Despierta ya! —se quejó. Por más que lo movía él no despertaba. Lo agitó con rabia, hasta que éste cambió de posición, dejando a la vista su melena que traía escondida en una capucha de color azul oscuro.

Entonces ella entendió. ¿Sería posible? A lo lejos en el sendero, vio varias luces en el camino. Eran jinetes.

—¿Qué hacen aquí?

¿Venían a robarle de nuevo? ¿Estaban heridos y querían que ella los curase? de repente sus opciones le parecieron ridículas. Vio otra vez al joven en el suelo y suspiró. Rápidamente tomó su mesa de madera, haciendo el mejor esfuerzo por levantarla. La puso justo encima del joven. Vio como las luces se acercaban. Ya vienen… corrió por un gran mantel y lo colocó sobre la madera. De esa forma el enorme forastero quedaba completamente cubierto. Revisó la casa una vez más. Todo parecía en orden. Dio vuelta su canasta sobre la mesa dejando desparramadas todas las hierbas que había recolectado durante el día.

Los jinetes ya habían llegado. Dos de ellos bajaron de sus caballos y se acercaron hacia su casa. En minutos habían subido la colina y estaban en su puerta.

—¡Buenas noches! —gritó uno—. ¿Hay alguien?

Puso sus manos en la cerradura y la abrió, asomando su cabeza con un gesto confundido.

—¿Si?

—Somos soldados del reino. Déjenos pasar un segundo.

Antes de que ella respondiese, abrieron la puerta de golpe. Miraron cada rincón de la casa.

—¿Qué buscan? —preguntó. Uno de ellos se acercó a la mesa. Su corazón se detuvo en ese instante. Si lo encuentran me matan. ¿¡En qué estaba pensando?! —se lamentó. Apretó sus manos en su vestido.

—¿Señorita es usted herbolaria?

—Así es. —respondió ella rápido.

—¿Médica también? —preguntó el otro.

—No precisamente. No puedo curar enfermedades.

La miraron detenidamente. Un oficial le hizo una señal con los ojos al otro, estaban por irse. Cuando uno de ellos se detuvo.

—Huele raro aquí. —soltó. La ilusión de la joven desapareció. Él señor se acercó más al área de la mesa y empezó a olfatear como si fuera un perro. Era el olor de la sangre. Con su corazón en la garganta la chica respondió:

—¡Deben ser las nuevas hierbas que traje! —exclamó sorprendiéndolo—. Las pongo en esa mesa a secar y sale olor raro a veces.

—Mmm. Ya veo.

El soldado se dio media vuelta y se despidió. Salieron por la puerta para luego seguir su camino en sus caballos. La joven cayó al piso rendida del susto que pasó. Volvió a sacar la mesa. Y mojó varios paños para limpiar la sangre del piso. El extraño seguía durmiendo como si nada. Lo arrastró hasta unas mantas que trajó. Le sacó su capucha y luego su camiseta. Una gran herida en su pecho no dejaba de sangrar.

¿Cómo se habrá hecho eso? —se preguntó. ¿Y qué querrán de él? hizo unas curaciones con sus hierbas. Luego cubrió la herida para detener la hemorragia. Ya agotada, se fue a su habitación a dormir.

Al día siguiente abrió los ojos junto con el amanecer. Recordó a su extraño invitado, y rápidamente se levantó a verlo. Sus ojos se abrieron sorprendidos al ver la sala. Ya no estaba.

Se despertó en la noche sintiéndose renovado. Un calor inusual lo envolvía, así como el olor a hierbas. Se apoyó en el piso de madera y encontró sobre él unas mantas con un intenso olor que jamás había sentido. Tocó su pecho, lo tenía cubierto con unas vendas amarradas torpemente. Se levantó y caminó hasta una puerta. Allí pudo verla, durmiendo plácidamente en una cama. Se acercó hasta quedar a solo centímetros de su rostro. Su olor era inminente. Su rostro era pequeño. Sus manos también. Tenía unas largas pestañas y cabello de color negro. ¿Tu me hiciste esto?

*****

Aquella tarde se quedó separando las hierbas y guardandolas en distintas cajas de madera. Preparó té pensando en el extraño gigante que visitó su casa. ¿Enserio estuvo aquí? ya le preocupaba que la soledad la volviese loca. Un viento corrió, provocando un escalofrío en su espalda. Fue a cerrar la ventana y se detuvo en seco.

—Hola—. El joven de ayer estaba apoyado en el barandal. Tapando la mitad de su rostro con su capucha. Entró a la casa y deslizó su gorro mostrando su delicado cabello blanco—. No sé para qué me escondo, si ya me viste—. Era tan alto que estaba a solo centímetros de chocar con el techo. Al acercarse, ella quedó fascinada con sus grandes ojos grises. Todo en él era tan claro que parecía un ángel—. Dime, ¿por qué me pusiste esas hierbas apestosas en el cuerpo? De hecho, por qué me quitaste la ropa. ¿Que no tienen respeto los humanos?

—Entonces sí eres uno de ellos. —fue lo primero que le salió. Él ladeó la cabeza.

—No has respondido mis preguntas.

—Antes dejame preguntar a mí. ¿Por qué entraste a mi casa sin permiso? Por cierto, unos soldados pasaron por aquí buscándote y yo te escondí. También sané tus heridas con mis hierbas medicinales, de hecho, ensuciaste mi alfombra favorita con tu sangre. Además, ¿Es normal para ustedes irse sin agradecer? y en todo caso, ¿Para qué volviste?

El joven levantó las cejas intrigado. Era la primera vez que le hablaban así.

—Interesante. —soltó. Ella achicó los ojos.

—¿Qué lo es?

—Pues tú.

***** 

Pasaron días en que él se quedó. En la mañana la acompañaba mientras ella iba a recolectar hierbas al bosque. Se tapaba la cabeza. Porque nadie debía verlo. Precisamente la pequeña choza de ella, apartada del mundo, parecía el escondite ideal.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó. Él sonrió. Caminó por los árboles hasta la ladera del río. Se sentó allí y observó su reflejo.

—Siempre les importa eso ¿ah? cada vez que se ven se saludan. Se conocen y lo primero que hacen es preguntar el nombre. ¿Con qué fin?

Ella levantó su canasta y caminó hacia él.

—Pues para poder llamarnos de alguna forma. —se hincó a su lado y lo miró a través de las aguas—. Yo me llamo Hele.

—Brillante…

—¿Qué?

Él se levantó y estiró sus brazos al cielo.

—Puedes decirme Cy.

—¿Cy? Que raro nombre.

Se dio media vuelta y se fue adentrándose al bosque. Ella lo siguió. De día parecía normal. Pero comía poco. Bebía poca agua. Parecía no necesitar de mucho. Tampoco se cansaba. Y aunque Hele estaba llena de preguntas, le parecía más interesante observar. En las noches desaparecía. ¿Iría a dormir a otro lado? ¿O es que no duerme? aún no le preguntaba.

Una noche llena de intriga, salió de su casa en su busca. Se abrigó con un chal de lana y tomó una pequeña lámpara de vela. Caminó por el bosque con la vista fija en el piso para no caerse. La oscuridad no le permitía divisar a un metro más allá. El aire era frío y el silencio abrumador. A cada pequeño sonido que emitía la arboleda ella se detenía.

—No tengo miedo. No tengo miedo… —murmuraba para seguir adelante. Sin ver nada más, estaba por regresar cuando vio una pequeña luz brillar a lo lejos. ¿Y eso? camino a paso rápido hasta encontrar ese destello. Movió las ramas de los árboles hasta llegar al río. Ahí quedó sorprendida. En las aguas estaba él. Mostrando su cuerpo blanco, casi irreal. Su cabellera plateada brillaba con la luz de la luna llena. Él de espaldas y sin mirarla, pasó sus manos por su cabello y suspiró.

—¿Qué haces ahí? —preguntó. Hele dió un brinco y se acercó más.

—P-pensé que no te duchabas. —soltó. Cy la miró confundido.

—Quizá no apeste como tú, humana. Pero de todas formas me lavo el cuerpo. —bufó. Ella frunció el ceño herida.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿A qué olemos los humanos? —antes de discutir más, vio en su pecho que la herida había desaparecido. Ni siquiera tenía una marca, como ella supuso que quedaría—. ¿Y tu herida?

El tocó su pecho y sonrió levemente.

—Pues ya se curó. —salió de las aguas caminando con tranquilidad. Hele volteó al ver su cuerpo.

—¡¿Cómo que ya se curó?! —exclamó, con la vista hacia el bosque.

—No grites. Para mi es normal. Nos curamos antes que ustedes.

—¿Ustedes, los Athanos? —preguntó, girándose tímidamente. Cy terminó de ponerse la camisa y la miró serio. 

¿Qué no debía mencionarlos? por un momento Hele temió de esa mirada. Aquella que usualmente está tranquila, podría ser más fuerte y poderoso que cualquier soldado. Cy no dijo nada. Estaba por hacerlo, pero siguió su camino. Ella trató de perseguir aquellos pasos largos.

Hele recordó haber leído sobre ellos. Un pueblo apartado. Inalcanzable para cualquier mundano. Allí vivían seres, antes miles, los Athanos. Con apariencia humana, pero más altos, más fuertes. Todos de ojos y cabellos grises. Se dice que ellos tienen un secreto. Se mantienen jóvenes y viven más que cualquier otro ser vivo. Que son los que más tiempo han estado en este mundo. Los únicos que nos ven pasar y morir. Generaciones tras generaciones. El humano ha anhelado su elixir de la vida durante siglos. Y hace cientos de años, hubo un exterminio masivo. Se creía que no quedaba ningún Athano vivo. Y he aquí Cy.

—¿Todas las noches vienes al río? —preguntó Hele, sin aguantarse la curiosidad—. Puedes bañarte en mi casa con agua caliente. Además, ¿duermes? tienes que dormir, ¿o no?

—Duermo, pero no lo necesito tanto como ustedes.

—¿Y por qué no duermes en la casa?

Cy se detuvo en seco. Se giró hacia ella y la miró a los ojos. Hele tragó saliva. Era la primera vez que estaba tan cerca. Sus pestañas plateadas le parecieron bonitas.

—No confío en ti. —declaró. La joven abrió los ojos indignada—. De seguro quieres algo de mi. ¿No? todos son iguales. Codiciosos, envidiosos, débiles y estúpidos.

—¿Qué dices? Ésta estúpida humana fue la que salvó tu vida. Deberías estar agradecido. Además, ¿No eres tú el que quiere algo de mi?

—¿Qué?

—Si, te quedas en mi casa, comes mi comida. ¿Y para qué? Si tanto odias a los humanos que haces al lado de una. Te lo digo enseguida, si de casualidad buscas pareja, lo siento, pero no me interesa.

Cy levantó las cejas y deslizó una sonrisa en su rostro.

—De verdad eres interesante.

Se giró y continuó su camino. La joven humana no entendía. ¿Se estaba burlando?

Aquella noche Hele preparó un té de hierbas. Ambos tomaron, ella en la mesa, él sentado en el piso. Antes de irse a la cama, trajo unas mantas para el Athano. Él las ignoró. Ella se las tiró en la cara y se fue a su habitación. Cy no lograba entender su comportamiento. Siempre le parecieron raros los humanos. Ha viajado por cientos de pueblos, los ha visto crecer, pelear entre ellos y morir. Y siempre repiten el mismo patrón de autodestrucción. Aún cuando son iguales a los demás seres vivos, no se sienten satisfechos y explotan su alrededor. Ha visto la verdadera crueldad nacer de ellos. 

Al día siguiente Hele ató su largo y lacio cabello con una cola. Se puso sus botas, unas calzas y un vestido con corset azul. Guardó en su bolso las cajas de hierbas que vendería hoy en el pueblo. Se asomó por la sala y ojeó a Cy sentado en el piso, tapado con una manta y los ojos cerrados. Se rió por dentro. Dejó sus cosas en la mesa y se acercó sigilosa hasta su lado. Miró sus pestañas blancas y sonrió.

Cy abrió los ojos despacio, se crispó al verla tan cerca.

—¡Te dormisteee! —celebró ella.

—No dormía. Solo tenía los ojos cerrados.

—Sí, como digas. ¿Qué acaso dormir es un crimen? —Hele se levantó y tomó su bolso.

—¿Vas al bosque? —preguntó Cy, refregando sus ojos con sus manos.

—Hoy no. Voy al pueblo a vender mis hierbas.

—Voy también.

El joven Athano se puso de pie mirándola ahora desde arriba.

—¿Pero y tu cabello?

—Usaré la capucha.

Hele se quedó pensativa unos minutos. Luego corrió a sacar de los miles de frascos que tenía en la cocina, una hierba en específico.

—Creo que tengo una mejor solución.

Preparó una mezcla hirviendo unas cuantas plantas. Luego le pidió a Cy que se sentara en la silla. Él se quitó su camiseta y le hizo caso. La joven dudó antes de tocar su cabello. Sería la primera vez. Se puso unos guantes de jardinería y comenzó a masajearlo. Era increíblemente sedoso y fino. Se fijó en sus brazos, no tenía ni un solo vello en ellos. Sus hombros eran anchos y todo su cuerpo tonificado, más duro que el de los hombres más fuertes del pueblo. Cuando terminó, su pelo era café oscuro.

Caminaron juntos hacia el pueblo próximo. Parithe. Famoso por su puerto e intercambio comercial. Hele va allí cuando necesita vender las medicinas que hace, o para comprar comida o ropa. Fueron casi dos horas cuando encontraron el puente. La gente gritando, los vendedores y niños corriendo le daban vida a la ciudad. Cy se detuvo antes de cruzar.

—Me siento raro sin esconder mi cabeza. —soltó.

—¡Tranquilo! ¡Te ves como humano! ¡Vamos ya! —tomó su brazo y lo tironeó para que avanzara.

—No estoy seguro de que eso sea un cumplido…

Las calles llenas de gente cohíben a Cy. Ha pasado por cientas, pero nunca puede quedarse por mucho tiempo. Siguió a Hele a donde iba. Ella estaba entusiasmada y alegre, conversando con los vendedores de las calles. Ya conocía a todos allí. La gente se le quedaba viendo al joven Athano. Y es que, con su altura de dos metros, era difícil de ignorar. 

—Aquí es. —dijo Hele, cuando estaban frente a una pequeña tienda medicinal. Entraron por la puerta haciendo sonar una pequeña campanita—. ¿Evan? ¿Estás?—. Cy tuvo que agacharse para pasar.

—¡Hele belleza! ¡Viniste! —salió de una habitación un señor de barba rojiza. Abrazó a Hele y se quedó mirando a su gigante acompañante.

—¡Perdona la tardanza! es es un amigo. Cy.

—¿Cy? —el señor sonrió y le extendió la mano. El joven Athano la tomó y luego bajó su vista al piso—. Me alegra que tengas un amigo. Siempre estás sola Hele, me preocupa.

—No te preocupes por mi. Estoy bien Evan. De verdad.

Cy contempló a Hele mientras ella respondía con una sonrisa. —¿Qué me trajiste? —preguntó el señor. —¡De todo Evan! commiphora, murraya, valeriana, turnera, zen… El joven Athano sintió una profunda empatía por ella. A lo largo de su vida entendió que los humanos no podían estar solos. Siempre necesitan compañía y dependen de ella. Aquellos que estaban apartados de la sociedad eran locos, o exiliados. Ahora se preguntaba. ¿Por qué vivia ella sola? ¿Por que no trabaja aquí como todos los demás? recordó sus años con los demás Athanos. Su familia. Sus amigos. Y el fuego.

—¿Puedes? —preguntó el señor mirándolo.

—¿Cy? —Hele lo miró preocupado. Al parecer se sumergió en pensamientos que lo alejaron de la realidad.

—Sacar esas cajas por favor. —repitió Evan. El joven Athano asintió, caminó hasta la repisa y sacó sin dificultad todas las cajas que le pidieron—. ¡Muchas gracias! ¡Qué práctico ser así de alto!

Luego de eso salió de la tienda. El señor quedó confundido. Hele guardó las monedas en su bolso y se despidió. Afuera estaba Cy apoyado en una pared.

—¿Todo bien…?

—¿Ya terminaste? —preguntó, con su mirada perdida en el cielo.

—Sí… compraré algo de comida y volvemos.

El retorno fue en silencio. Cy mantuvo sus manos en sus bolsillos con un gesto serio. Hele supo que no debía preguntar nada más. Pero le intrigaba. ¿Qué pasaba por su mente? ¿Cuál era su pasado? ¿Será el único sobreviviente? Se tragó todo eso y caminó junto a él. Apenas llegaron él se fue. Y ella ni siquiera alcanzó a preguntar a dónde. Preparó una sopa con las papas que había comprado. Se hizo de noche. Y él no volvió.

*****

Al día siguiente espero encontrarlo en la colina. En el bosque, en el río. Pero no había señales de él. Se siguió preguntando qué había pasado. Estuvo distraída toda la tarde mientras recogía hierbas. Tomó la planta equivocada y se llenó de espinas la mano.  Se encaminó de vuelta con su palma sangrando. Subió la colina con sus piernas adolorida, con el pesar de haber cometido un error tan simple.

—¿Qué los humanos no miran al cielo? —su voz la hizo levantar la cabeza. Estaba él sobre su techo. Sentado tranquilamente.

—Volviste…

—¿Qué pensabas tanto? —apenas Cy vio la sangre, dio un salto hasta quedar a su lado. Hele retrocedió asustada.

—¿C-cómo saltaste así nada más? —preguntó sorprendida. Él tomó su mano con brusquedad y la acercó hacia él.

—¿Espinas?

—Sí… toqué la planta equivocada.

—¿Y tus guantes?

—No los llevé…

El joven Athano la fulminó con la mirada. Hele se sintió intimidada. Tomó su muñeca y la arrastró a la casa. La sentó en la mesa y buscó entre las cosas de la joven una pinza de metal. Se puso a su lado y comenzó a sacar espina por espina. La herramienta se veía ridículamente diminuta en las manos de Cy. 

—Puedo hacerlo yo misma, ¿sabes? —murmuró Hele.

—Callate ya. —estaba muy concentrado en su labor. Sus manos blancas eran enormes al lado de las suyas—. ¿Cómo te sangra tanto por unas espinas? no lo entiendo.

—No soy fuerte como tú. No puedo saltar del techo así nada más y salir ilesa. —respondió en voz baja. Cy no reaccionó.

Ella miró sus largas pestañas. Y se quedó así extensos segundos, hasta cerrar los ojos y apoyar su cabeza en la mesa. El joven Athano frunció el ceño al ver que se había dormido. ¿Por qué necesita dormir tanto? ladeó la cabeza y suspiró. Luego de vendar su pequeña mano color avellana, acarició sus dedos con cuidado. Le parecían cortos y divertidos. ¿En serio puede sostener cosas con ellas? puso su mano sobre la suya y observó su rostro. Quiso cerrar los ojos junto con los de ella, pero su somnolencia no se presenta con tal sencillez. Era cálida. Y su mano siempre estaba tibia. Se sorprendió al ver las horas pasar y sentir su temperatura disminuir. Se levantó preocupado, la tomó entre sus brazos y la llevó hasta su cama. Hele dormía inocentemente. No sintió sus helados brazos rodearla, ni tampoco los latidos de su corazón tan próximos. Él la cubrió con una manta y se asombró con la rapidez con la que su gesto se volvió ameno al contacto con el calor. Se quedó allí mientras la noche avanzaba y la luna cambiaba de posición. Cuando ella se movió y parecía despertar, él salió por la ventana y se alejó a sólo segundos del lugar.

Era la primera vez que examinaba a un humano tan de cerca. Y aunque siempre le parecieron raros, empezaba a entender la razón de algunas cosas.

Al día siguiente ella abrió los ojos esperando encontrarlo en los alrededores. Pero no apareció en ningún lugar. Su mano estaba mejor. Admiró su meticuloso trabajo. Ella, aunque de niña es curandera y ha sanado heridas de soldados y vecinos, no se podría comparar. Sus ojos lo buscaban. Su cuerpo esperaba. Se sorprendió al pensar en que por primera vez en su vida, la soledad se sentía. Le molestaba, la volvió ansiosa. Pero entendía también que no debía tomarle cariño. Es un ser que está prófugo. En cualquier momento podría desaparecer y ella no podría hacer nada para detenerlo.

Pasaron semanas y él no volvió. Hele continuó con su vida normal, iba al bosque, volvía a trabajar, iba a la ciudad, saludaba a los demás. Y cada noche, mientras bebía una taza de té, posaba su vista en la ventana. Sin saber qué esperar.

Una mañana, lavó su rostro y ató su cabello con una cola alta. Afirmó su canasta en su antebrazo y salió. Sus anchos hombros fue lo primero que vio. Él se dio vuelta y la miró. Cuando sus ojos se encontraron no supieron qué decir. Notó que su cabello blanco volvía a aparecer. ¿Cómo le crece tan rápido? Cy observó su mano donde aún había un parche. Se acercó unos pasos y la tomó.

—¿Cómo aún no se curan? —preguntó en voz baja. Cómo si fuese una pregunta para si mismo. Hele sintió sus manos, que siempre están heladas, esta vez cálidas.

—Están mejor. Me puse el parche solo porque me duele con los guantes encima. —Cy soltó sus manos y la miró a los ojos. Hele quería preguntar todo tipo de cosas, pero sabía que no debía. No tenía el derecho de exigir tanto a un desconocido. Sus ojos grises sosegados la hicieron hablar sin pensar—. ¿Dónde estabas? —preguntó. El joven Athano ladeó la cabeza—. ¿Por qué te fuiste por tanto? Pensé que no volverías.

—Por qué preguntas. ¿Acaso es curiosidad?

Ella negó con la cabeza.

—Curiosidad no. Te eche de menos. —Cy levantó las cejas. La pequeña humana se arrepintió rápidamente de sus palabras. Retrocedió un paso y bajó la cabeza.

—Sabes que no puedo quedarme mucho tiempo en el mismo lugar.

Hele asintió. Un silencio los rodeó, escondiendo todo tipo de emociones. Esa tarde comieron juntos. Ambos se sentaron en la mesa por primera vez. No hablaron mucho, solo cosas cotidianas. Y estuvieron así hasta que el sol descendió.

—¡Que hermosas están las estrellas! —dijo Hele, asomada desde la pequeña ventana de su casa.

—Pero así no ves nada.

Cy salió por la puerta, ella lo siguió confundida. Él deslizó su mano por su cintura sorprendiendola.

—¡¿Qué haces?!

—Te llevo al techo.

—¿Qué estás loco? No puedes cargarme y subir, no… —Hele no alcanzo a terminar su frase, cuando el joven Athano la tomó en brazos y dio un salto hasta el techo de su casa. Fue solo un segundo que pudo observar su rostro mientras estaban en el aire. Ahí comprendió: eran diferentes. Él era especial. Aun con el corazón en la garganta fijó su vista en el cielo fascinada. Miles de estrellas los saludaron. Se sentaron allí a sentir la brisa primaveral. 

—Están tan brillantes. —soltó Hele—. Mi padre siempre solía observarlas.

—Hele.

Ella lo miró esperando a que dijese algo. Cy abrió los ojos sorprendido.

—¿Que no conoces el significado de tu propio nombre?

—¿Eh?

—Brillante.

—¿Es en serio? No lo sabía. —ella sonrió y bajó la cabeza—. Tal vez sea por eso que mis padres me pusieron ese nombre. A ambos les gustaba mucho mirar el cielo nocturno.

—¿Nunca te lo dijeron?

—No. Murieron cuando era pequeña, así que no tengo tantos recuerdos.

Cy volteó a verla.

—¿Cómo murieron?

—En la guerra de Parithe. Mis padres eran curanderos y cuando el conflicto empezó, se los llevaron a los dos. Al parecer para atender heridos. Durante esos años una abuelita del pueblo me cuidó. Luego nos llegó la noticia de que habían muerto en una matanza en Nar. Después de un tiempo murió la abuelita también. Su único nieto era soldado y estaba esperando a que regresara. Al final nunca pasó. —Hele sonrió al cielo y se distrajo admirando esos grises ojos que se intensificaban con la luz de la luna—. La verdad es que no recuerdo mucho de esos tiempos. Pero luego de que la abuelita muriera, me vine de nuevo a mi casa.

—¿Desde entonces que vives sola?

Hele asintió.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciocho.

Cy sonrió.

—¿De qué te ríes?

—No me rio. Es solo que... has vivido tan poco.

Ella hizo un puchero.

—Eso no es poco. Todas las chicas de mi edad ya están casadas. —Cy la miró con ternura—. ¿Por qué? ¿Cuántos años tienes tú?

—Si te digo no me creerías.

—¿Por qué no? sé que los Athanos viven más.

—Sólo te diré que después de los quinientos dejé de contar.

Hele abrió los ojos pasmada. No supo qué decir.

Esa noche fue diferente a las demás. Continuaron hablando en la sala de estar. Hele le contó todo tipo de cosas que ha aprendido en la ciudad, Cy evitó hablar sobre él. Pero la escuchaba atento, su voz le pareció relajante, muy lejos a lo gritones que suelen ser los otros humanos. La joven trató de permanecer con los ojos abiertos. Pero cuando la garganta le comenzó a doler, sus párpados se volvieron pesados y después no pudo aguantar más. Finalmente cerró los ojos y como si pareciera costumbre, él la llevó la cama y la observó hasta el amanecer.

Al despertarse, se sorprendió enormemente que aun estuviera ahí. La penetró con esos tranquilos ojos grises, que en la mañana parecían blancos. Ella los contempló unos minutos. Ambos estuvieron en silencio, sin sentir incomodidad con la mirada del otro. Se escucharon las aves cantar y una ligera brisa mañanera entrar por la ventana. Hele se preguntó, si ellos viven más, ¿Por qué duermen menos? ¿Acaso no es ya bastante cruel que sus vidas sean más largas que los demás seres? ¿Sino que además sus días deben serlo? ¿Qué tan solitario debe ser eso? de repente estiró su mano y tomó la suya. La cubrió entre sus dedos tratando de entibiarlos. Pero fue imposible. Ella sonrió resignada. Cy se levantó de la cama y se fue.

Eran días tranquilos. No pensaron, que esa misma tarde todo cambiaría.

Hele lavó su cuerpo y se vistió. Salió en su busca porque esta vez sentía la frustración. ¿Acaso es un hábito suyo? ¿Huir en los momentos menos oportunos? entendía que no podía quedarse mucho tiempo en el mismo lugar, pero ¿Cuál era la diferencia? ¿De qué servía irse por la noche y volver en el día? caminó por el bosque por su sendero habitual, trazado ya por sus botas entre la espesura. Al llegar allí lo encontró: sobre una roca sentado, sintiéndolo lejano, mísero.

—¿Qué haces ahí? —preguntó el Athano. Sin siquiera voltear a verla. Hele se acercó unos pasos con impotencia.

—¡Yo debería preguntar eso!

Cy se levantó dando un salto hasta quedar a su lado. Se paró imponente frente a ella, pero la pequeña humana no retrocedió.

—No deberías seguirme. Y yo no debería estar a tu lado. Eres una humana. —soltó, sin titubear. Hele tragó saliva ásperamente.

—Yo podría decir lo mismo.

Él se rió por dentro al ver su mirada amenazante. De repente sintieron lo mismo y no podían descifrarlo. Hele estaba por decir algo más, cuando una bala de escopeta pasó a solo centímetros de su cuello, rozando el aire con tal rapidez que emitió un ruido nulo. Las aves volaron lejos y Cy volteó furioso. Al no ver nada, aún con su vista sobrehumana, tomó la mano de Hele y corrió bosque adentro.

—¿Q-qué fue eso? —preguntó la joven apenas pudo reaccionar.

—Debemos irnos ya.

El joven Athano nubló su mente al revivir su trauma. Aquel sonido que odiaba, aquel enemigo, aparecía de nuevo y perturbaba la paz que creía hace años perdida. No cambian. Los humanos no cambian. Siguen un ciclo de destrucción que ellos mismos crean. Inventaron la violencia innecesaria y el sufrimiento. Jugaron con el miedo y la manipulación. ¿Y para qué? ¿Por qué existen? en ese mundo donde todo tiene una razón de ser, ellos son los únicos seres que no comprenden eso y pasan la vida buscando más de lo que necesitan.

Nublado en sus pensamientos, no notó cuando sus pasos se volvieron más veloces de lo que una humana podría alcanzar. Había soltado su mano. Y el inminente ruido del segundo balazo lo detuvo en seco. Gritó su nombre por primera vez. ¿Qué había hecho? era su culpa. Recordó aquella conversación en el río: —Siempre les importa eso ¿ah? cada vez que se ven se saludan. Se conocen y lo primero que hacen es preguntar el nombre. ¿Con qué fin?

—Pues para poder llamarnos de alguna forma. Yo me llamo Hele.

Corrió con todas sus fuerzas de vuelta en el camino. Tratando de recordar cómo fue que soltó su mano. Culpandose. Cerca de allí encontró a seis jinetes rodeandola. Ella volteó a verlo esperanzada, asustada, Cy sintió un inmenso alivio al ver que estaba bien. El segundo balazo fue para intimidarla, lo habían logrado.

—¡¿Y tú quién eres?! —gritó uno de los jinetes.

Cy dió un paso adelante.

—Es a mi al que buscan.

Ellos se miraron entre sí. Lo pensaron, ¿Quizá? el mismo que habló, se bajó de su caballo. Caminó hasta quedar frente al Athano de dos metros. Miró su rostro y sonrió.

—Te cambiaste de color de cabello, ¿eh? maldito Athano.

—¡¿Señor está seguro que se trata de él?! —preguntó otro.

—Vamos a averiguarlo después.

Cinco escopetas se dirigieron a la cabeza de Cy. Hele tenía el corazón en la garganta. Él la miró de reojo. “Escapa ahora” le quiso decir. Ella no reaccionó. Seguía preguntandose qué pasaba por su mente. Qué haría ahora. Él dudó lo mismo. Podía huir con facilidad, pero no podría protegerla. Tenía la fuerza necesaria para noquearlos a los seis, pero no podría evitar las balas. Y más importante: qué pensaría ella entonces. Los ojos de Hele no se separaban de los de Cy. ¿Debían huir? No lo sabía. Él le dio a entender que no se preocupara, pero para ella era imposible.

—Vale. ¿Vamos por las buenas o por las malas? —preguntó uno de los jinetes. Cy miró a Hele una vez más. Podía cambiar la situación a su favor fácilmente, pero no quería decepcionarla, no quería involucrarla. Dio un paso adelante hacia los hombres humanos.

La joven se desesperó. ¿Qué estaba pensando? No podía entenderlo. ¿Se entregaría? ¿Qué acaso está loco?

—Por las buenas. —habló el joven Athano, haciendo sonreír a los señores.

—Buena decisión.

Hele se quedó petrificada. Tenía tanto que decir, quería gritar. ¿Por qué? ¿Por qué lo hacía? Buscó su mirada para entender un poco más. Pero él no volteó a verla. Se subió a uno de los caballos detrás del soldado. Y se fue. Sin decir nada más, desapareció de su vista.

*****

Había funcionado. Los soldados olvidaron por completo la presencia de la joven y sus brutales intenciones. Cabalgaron rápidamente hacia la ciudad. Fueron conversando lo mucho que los felicitarían por haber hallado al último Athano viviente. Lo mucho que comerían esa noche y lo entusiasmados que les harían el amor a sus mujeres. Cy no dijo ni una sola palabra, por mucho que ellos querían curiosear, estuvo serio. Ellos esposaron sus manos y amarraron sus pies a la brida del cabello. Cuando entraron a Parithe, todos los pueblerinos voltearon a verlos.

—¡Miren todos! ¡Atrapamos al último Athano que existe! ¡Con nuestras propias manos! ¡Pronto tendremos el secreto de la vida eterna! —gritaron mientras llegaban al reino. La gente los siguió, celebró, e insultó a Cy apenas pudieron. Lanzaron piedras, algunas llegaron a su rostro y otras asustaron al caballo. Entonces se llenó de rabia.

Acercó su rostro al corcel. Quería acariciarlo, pero tenía sus manos inmóviles. Susurró: Kuber de lio. ¿Estás bien? en su idioma. El jinete frente a él lo miró extrañado.

—¿Qué dijiste?—preguntó. Cy lo ignoró—. Le hablas al caballo, pero no nos respondes a nosotros. Qué chiste. —Bufó.

En la plaza, rodeado de cientos de personas, lo bajaron del corcel y lo tiraron al suelo. Uno de los soldados lo tomó del cabello y lo obligó a levantar la cabeza. La gente se agrupó, conmocionados, impresionados, otros escépticos. No podían creer que aquel joven de iris grisáceo era realmente uno de ellos. A pesar de los rumores, era la primera vez en cientos de años que un Athano aparecía. Cy cerró los ojos, las miradas de odio, los gritos, los susurros. Todo lo abrumó. No podía creer que la libertad por la que luchó durante todo ese tiempo en la tierra había terminado. Todo por un descuido tan simple. Recordó el rostro de Hele y suspiró. Se resignó por completo. Entregó su cuerpo a la humillación, al deshonor. Era su culpa. No debió haber pasado esto. No debió dejarse llevar por sentimientos mundanos. No tuvo que conocerla en primer lugar.

Lo tomaron entre dos hombres y lo llevaron por los pasillos del castillo en busca del rey. Cuando llegaron a la gran sala, sus guardias abrieron la puerta. El viejo señor, se levantó acariciando su blanca barba. Era uno de los tantos que ha visto en el poder. Todos iguales. Egocéntricos, abusadores, estúpidos y gordos.

—Mi rey. Nos costó un mundo la batalla contra el Athano. Pero cómo ve, ganamos y lo trajimos a sus aposentos. —dijo uno de los soldados.

El monarca se acercó a él. Sus cientos de joyas brillaron cuando los rayos de sol cruzaron los inmensos ventanales de cristal. Puso sus gruesos dedos en el contorno del ojo del joven. Luego tocó su barba pensativo y habló:

—Sin duda es uno de ellos. Por fin te atrapamos Athano—. Dio vueltas a su alrededor con su mirada fija—.  Hiciste bien en esconderte todo este tiempo. Admito que cambiar tu color de cabello fue una buena ocurrencia. Lástima que no puedas cambiar el color de esos ojos también. Esos ojos malditos... —Miró en desdén a Cy. Él, estoico, no se inmutó.  Esto hizo irritar al rey con facilidad—. Llevenlo al calabozo. —gruñó. Dándole la espalda. Los guardias lo tomaron de los brazos y lo arrastraron por el castillo. Lo encerraron en el sótano, junto con otros rehenes. En un lugar oscuro, sucio y saturado de humedad. Donde no había ventanas. Solo rejas de un helado acero. Los demás lo vieron pasar asombrados, con sus caras manchadas, su ropa rasgada y sus ojos perdidos. Él era diferente. Y sabía que no había crimen que castigar, pero aún así lo aceptó.

Esa noche Hele no pudo dormir. Seguía preguntándose si todo eso había pasado en realidad. Si él estaba ahora bajo las órdenes de alguien más. Encerrado en algún sitio sin poder admirar las estrellas. Él que es todo libertad. ¿Enserio no vendría esa noche a tomar un té de hierbas? ¿No aparecería al amanecer a mirarla con esos ojos sosegados? sintió la culpa arder en su pecho. La impotencia en sus manos y el dolor en su alma. Él no pertenece ahí. No lo soportó más y salió en su busca. No le importaron las consecuencias y fue por él. Porque lo quería. Porque ya no sabía cómo era vivir antes de conocerlo. Y no quería hacerlo.

—¡Athano vuelve aquí! —gritó uno de los soldados. Cy esquivó las calles de la ciudad, las que precisamente eran su desventaja ya que no la conocía. La gente se abrió camino sorprendida. Corría más rápido que cualquiera. Saltó tiendas y casas. Cubierto con su capucha para no revelar su identidad. Cuando llegó a la plaza se escabulló entre la gente. Los había perdido de vista. Hace años no lo reconocían así. Le sorprendió la cantidad de carteles de “se busca Athano” que habían repartidos por la ciudad de Therape. Era hora de buscar otro lugar para quedarse. Estaba por entrar a una calle cuando vio a lo lejos unos oficiales parados sobre el borde de una pileta—. ¡Allí está! —gritaron. Cy comenzó a correr esquivando a las personas. Lo tenían rodeado. Aparecieron más y más soldados. Dobló en un callejón y se detuvo en seco. —¡Hasta ahí llegaste Athano! —celebraron. El joven chocó su espalda contra un muro de cinco metros. No había salida. Ocho soldados lo apuntaron con sus escopetas—.¡Quieto o disparamos!

Cy puso su mano contra la pared y dio un salto hasta la cima del muro . Todos los oficiales los miraron sorprendidos. —¡D-disparen! —dio la orden el general. Los ocho hombres apretaron el gatillo.

—Mierda. —el Athano se lanzó hacia el otro lado, pero no pudo esquivar una bala que encajó en su pecho. Cayó al otro lado del muro adolorido.

—¡Le di! —gritó uno de los hombres del otro lado—. ¡Está herido! ¡Rápido atrapenlo!

Cy puso su mano en su pecho y se levantó del piso. Comenzó a correr hacia en dirección al bosque. Los soldados lo vieron pasar por el puente fuera de la ciudad.

—¡Vayan por los caballos! ¡Rápido! —gritaron. El Athano corrió por el bosque manchando su camisa con la sangre. Maldición… no he dormido nada en semanas. —pensó. Corrió rápidamente hasta no poder oír el sonido de los galopes. Sus pisadas eran livianas, que ni los mismos pájaros volaban de sus ramas.  En la cima de una colina divisó una pequeña casita de madera. No dudó más, y fue hasta allí para descansar. Entró por la ventana que estaba abierta. Había una pequeña mesa de madera y un estante lleno de frascos con hierbas dentro. La alfombra estaba tejida a mano con torpeza. ¿Será la casa de un anciano? su herida dolió y el cansancio le ganó. Se dejó caer en el piso y cerró los ojos.

*****

Esa noche durmió. Ignorando la incomodidad, el olor, y la suciedad del lugar. Cerró los ojos por un par de horas, apoyando su cabeza en la fría pared. Allí estaba ella. Vio con claridad sus ojos cafés. Su cabello largo y lacio. Su pequeño cuerpo tostado y manos delicadas. Pudo sentir ese olor tan peculiar. Aquel del cual ya se había acostumbrado y que tanto le relajaba. Ella volteaba a verlo y sonría. Le habló sobre todo lo que sabía. Cómo empezó a ser herbolaria. Los libros que leyó y la gente que conoció debido a eso. La escuchó atento. La podría escuchar por siempre. Se sentaron en el pasto a mirar las estrellas. Las aves volaban dejando polvo estelar a cada aleteada. La luna llena se dividió en dos. Uno de los pedazos se elevó aún más, el otro bajó hasta sus pies y los observó. Estaban solos en el mundo. En una inmensidad brillante y en paz. La humana le sonrió y él olvidó por completo que eran distintos. ¿Que era malo? ya no sabía nada de eso. Le pareció perfecto. Así como están.

Abrió los ojos pesados y la oscuridad era todo lo que lo rodeaba. Se escuchaban las voces de sus vecinos quejarse. El olor a humedad y desechos. Odio su sensibilidad en ese momento. No quería oír mejor. No quería oler esa hediondez. No quería ver nada. Había vuelto a la realidad. Estaba encerrado. Y estaba solo.

Quiso cerrar los ojos y seguir dumiendo. Pero le era imposible. No podría hacerlo en varios días más. Al amanecer aparecieron unos guardias con unos baldes de agua. Les echaban en el rostro a los prisioneros para despertarlos. Al llegar a Cy se detuvieron.

—¿Qué no duermes? —preguntó uno de ellos. Lo miraron con desprecio. El Athano los ignoró—. Para que aprendas a responder. —lanzó el agua helada sobre su rostro. Pero él no se inmutó. Los miró fijamente a los ojos, haciéndolos retroceder.

—Ya vámonos. —dijo el otro. Su compañero asintió. Y se devolvieron impactados con los ojos del joven. Sin entender muy bien qué fue lo que hizo.

Esa tarde le llevaron un plato con un trozo de carne. Cy lo miró sintiendo una profunda tristeza. ¿Se supone que debía comer eso? Ni siquiera lo tocó, hasta que fueron a retirarlo.

—¿Qué? ¿No vas a comer?

El Athano ignoró su comentario. Jamás ha comido carne y nunca lo haría. Le repugnó ver ese cadáver sobre el plato. Él no era humano; no se comportaría como tal.

Aquella tarde comenzó a aceptar un poco lo que había sucedido. Lo que ya no podía hacer. Lo que era su realidad. Perdió la noción de las horas en el encierro. Anhelaba las nubes y las estrellas. Y al estar rodeado de concreto, prefirió cerrar los ojos e imaginar su propio cielo.

Seis oficiales armados aparecieron frente a su celda. La abrieron y sacaron unas cadenas. —Levantate Athano. —dijo uno. Apenas esposaron sus manos el oficial a su lado susurró: Te arrepentirás de no haber comido. Lo llevaron a otro pasadizo del calabozo. Hasta una habitación cerrada donde era imposible oír o ver desde afuera. Lo esposaron con sus manos juntas colgando de unas cadenas del techo. Allí entró un señor, alto, fornido y con un bigote poblado.

—Mucho gusto joven Athano. —dijo, mientras caminaba por el lugar. Le dio una señal a los oficiales, los que salieron de allí y cerraron la dura puerta de acero—. Dime, ¿Tienes algún nombre del que te pueda llamar? —preguntó, deteniéndose frente a él. Cy no respondió—. ¿No tienes? ¿O no me quieres decir? tal vez los Athanos no tengan nombres, no lo sé la verdad. Soy un inexperto en ustedes. Por eso quiero saber más. —El Athano lo fulminó con la mirada—. Dime. ¿Cuál es tu secreto? ¿Por qué no envejecen aún cuando los años pasan? te ves de veinte, pero quizá seas más viejo que yo. ¿O me equivoco?

Cy ya entendía a qué iba todo esto. Pero no funcionaría. No les explicaría. Y de hacerlo, no entenderían. ¿Cuál era ese afán de conseguir la vida eterna? ¿No entienden lo triste y solitario que es eso? cuando todo sigue su ciclo, vidas nacen y otras mueren cada segundo, tú eres el único que queda. No hay vida en ello. Solo una espera muerta que seguirá por siempre. Se preguntó si la razón de la estupidez humana será debido a su poca estancia en la tierra, pero de ser así hay otros seres que viven mucho menos y comprenden su ciclo sin mayores complicaciones. Hay una razón para todo. Habrá una para él también.

Los latigazos se volvieron atroces. Y el hombre se alteraba más de que no hubiese un gesto de dolor, ni siquiera un sonido en ello. Lo envolvió la rabia y la endivia, aquel ser más fuerte y especial, no osaba a mostrar su lado débil. Y sin importar los golpes, no lo lograría. Todo lo que demostró fue su propia cobardía.

*****

Aquella tarde lo devolvieron a su habitación con sus ropas manchadas de sangre. Los demás prisioneros lo vieron a cada paso. Se sentó en el suelo húmedo y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo que no se sentía así de débil. Las horas pasaron y sintió que se desmayaría, así que imaginó que todo estaba bien. Recordó aquel día en el techo, junto a Hele admirando las estrellas.

—¡Detente ahí!  ¡Sueltenme! —en su delirio comenzó a escuchar su voz. Se oía lejana y preocupada. Cerró los ojos fuertemente en un intento de concentración. Y como si fuera por arte de magia, podía sentir que se acercaba—. ¡Déjenme verlo! ¡Quiero verlo! ¡NO SE PUEDE! ¡SUELTENME! —. ¿Qué pasa? ¿Con quién peleas tanto Hele? —se preguntaba. Quería hablarle, pero su voz no la alcanzaba. ¿Qué provoca tu aflicción?

—¡CY! —Su voz de repente resonó en todo su ser. Abrió los ojos alarmado y la vio allí parada. Al otro lado de los bastones de acero. Luchando contra el guardia por acercarse más.

—¿Hele? —no lo podía creer. Se levantó, sintiendo sus piernas adormecidas. Ella lo miró con sus ojos llenos de lágrimas. Empujó al oficial que quería detenerla. Apoyó sus pequeñas manos en las rejas y lo miró a los ojos. En el instante en que ese café se uniera a ese gris, hubo paz. Un sólo segundo de concordia que les hizo comprender el universo: Eso era.

—¡TE DIGO QUE NO PUEDES ESTAR AQUÍ! —Gritó el oficial, afirmandola del brazo con fuerzas. Cy lo penetró con la mirada. Aquellas manos sucias sostenían con brutalidad esa piel tan delicada. Y él desde el otro lado, no podía hacer nada.

—¡SÓLO QUIERO HABLAR! —exclamó Hele en desesperación. Los demás hombres allí asomaron sus cabezas ante el estruendo. Era lo más interesante que había sucedido en meses en aquel calabozo. 

El oficial la miró con rabia. La tironeó del brazo y abrió la celda junto a la de Cy, que se encontraba vacía. La empujó dentro haciéndola chocar con el piso y cerró la puerta.

—¡Aquí podrás hablar todo lo que quieras con el monstruo! —gritó. Chasqueó la lengua y se alejó—. Loca.

Con sus manos raspadas con la tierra, miró al Athano al otro lado de la reja. Él se agachó y negó con la cabeza.

—¿Eres tonta? —preguntó, con una voz baja y resignada.

—¡Tu lo eres! ¡¿Que planeabas entregándote así y dejándome sola?! ¿Hacer del héroe? ¡Pues no era lo que quería! —sus ojos se llenaron de lágrimas al hablar. Cy se sentó en el piso y la miró atento. Tenía sentimientos contradictorios. Odiaba verla en ese lugar, pero la extrañaba tanto que no podía dejar de sentir esa felicidad genuina—. Ni me preguntes la razón de por qué vine que me enojaré. —murmuró con un puchero. Él asintió. Estiró su mano a través de la reja para encontrarse con la suya. Hele observó su ropa manchada, las heridas de sus brazos y luego esos ojos grises. Ambos se apoyaron en los barrotes de acero. Deslizaron delicadamente sus dedos para entrelazarlos. Ahora el futuro era incierto y más complicado que en el comienzo. Pero no les importó el lugar en ese momento. Estaban juntos y eso les pareció más importante. De ahora en adelante.

Pasaron horas así. Hasta que el cansancio fue demasiado para ella y tuvo que cerrar los ojos. Cy recordó haberla visto igual, pero en la comodidad de su hogar, con una sonrisa en su rostro y la luz del amanecer entrando por la ventana. Se lamentó profundamente del encierro, ella no debía estar ahí. Y era su culpa.

Luego de unas cuentas horas el guardia apareció. Estaba entregando la ración de comida, cuando se detuvo en la celda del joven de ojos grises.

—No me hagas reir. —observó sus dedos entrelazados y soltó una carcajada forzada—. ¿Te enamoraste de una humana monstruo asqueroso? —. Cy no pensó siquiera en soltar su mano. No lo haría mientras ella estuviese durmiendo. Esta vez no podía escapar—. ¿Qué acaso estás loco? —el hombre tiró un trozo de carne por la reja—. Si sigues siendo quisquilloso, te morirás de hambre.

Cy acarició el cabello de Hele. Le alegraba que no haya despertado. De seguro se preocuparía. En medio de la noche despertó. Soltó su mano y limpió sus ojos entre bostezos.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—No lo sé.  —Estaba tan oscuro que no podía verlo, a pesar de que se encontraba a su lado. Vio que habían dejado un plato con un pedazo de carne. Se acercó hasta él y lo tomó con sus manos. Su estómago rugía. 

—No has comido nada, ¿No es así?—preguntó. Cy no respondió. Se sentía agotado. Y aprovechó la oscuridad para cerrar los ojos y que ella no lo viese—. Debes comer algo. ¿Cy? —Hele se sentó a su lado en la reja y comenzó a comer—. No está mal… —El Athano no tenía fuerzas ni para responder. La joven humana se dio cuenta de esto y buscó su mano desesperada—. ¿Cy? ¡¿Cy?!

—Hmm. —un ligero sonido salió de su boca para calmarla. Cuando Hele encontró su mano puso un pedazo de carne en ella.

—Come por favor. Entiendo que no necesitas tanto como nosotros, pero por favor, llevas días aquí. No debes morir.

 El joven levantó su mano sintiendola pesada. Olió la pestilencia a animal muerto y le repugnó.

—Cy por favor. —insistió. Podía escuchar su voz preocupada con claridad. A pesar de lo mareado que se sentía. Miró una vez más a donde estaba ella y le dio un mordisco. Tuvo que volver a mascar para sacar un bocado, no sabia que era así de dura—. ¿Ves? No está tan mala. Así tendrás más energía. ¿Cy…?

Los ojos del Athano se llenaron de lágrimas. Le dolió la cabeza saborear aquel ser inocente. ¿Cómo todos los humanos pueden comer esto? ¿Cómo ella podía? No lo entendía. No sabía qué animal era, pero podía imaginarlo con vida. Jugando con sus padres, sus hermanos. Pudo ver ese momento de felicidad cuando encuentran agua y comida. Si ellos pueden ¿Por qué le dolía el corazón de esa manera? Su sollozo era suave y contenido. Limpió sus lágrimas con su mano y dejó el trozo de carne en su mano.

—¿Por qué lloras? —preguntó ella—. ¿Tenías mucha hambre?

El joven suspiró levantando la cabeza al cielo.

—Estoy bien… —susurró—. Perdón.

Estuvo el resto de la noche mirando un punto fijo, perdido en sus pensamientos. Ahora que ella estaba con él, no podía rendirse así nada más. Pensó sus posibilidades, de que manera escapar. Cómo hacer que la liberaran. Aún no lo sabía. Hele se dio cuenta de ello, pero no dijo nada. Buscó su mano una vez más entre la oscuridad. Y la sostuvo. Sintiendo esa piel tan fría y distinta. No tenía remordimientos, estar con él se había convertido en lo más importante. La libertad tenía ahora otro significado. Se durmió otra vez y despertó al amanecer con los ruidos de los guardias acercándose. Eran seis esta vez, pasaron chocando sus escopetas contra los barrotes de acero. Se detuvieron en la celda de Cy y la abrieron.

—Es hora Athano. —dijo uno. Los demás observaron atentos. Hele no quiso soltar su mano, pero él la miró asintiendo. Con su mirada relajada, explicándole que todo estaría bien. Cy se levantó y caminó hasta fuera de la reja. Esposaron sus manos y lo apuntaron con sus rifles por la espalda. Dos adelante, dos atrás y dos a los lados. Ella mantuvo su vista en él hasta que se perdieron por los pasillos. Y lo confirmó otra vez: Él no pertenece aquí. Su presencia brilla donde quiera que esté. No se compara con nada de este mundo.

*****

Al anochecer llevaron a Cy de vuelta a su celda. Hele esperó su retorno durante todo el día, y al verlo entrar sin camiseta, con su cuerpo lleno de heridas y marcas horribles, se sintió mareada. Su corazón latió más rápido y sus puños se apretaron de la rabia. El Athano entró y se sentó sin demostrar ningún gesto de dolor. Le dio pena mirarla a los ojos. Hele afirmó sus manos en los bastones y penetró con la mirada a los oficiales mientras cerraban la puerta.

—Hijos de puta… —soltó, con los dientes apretados. Cy levantó la cabeza alarmado—. ¡Cobardes de mierda! ¡¿Qué piensan conseguir con esto?! —gritó despertando todo aquel que dormía en el calabozo.

—Mejor cállate que la siguiente podrías ser tú. —soltó uno. Los oficiales la miraron con odio y ella se los devolvió.

—Hele basta. —murmuró Cy.

—¡MALDITOOOOOOS!  —exclamó mientras se alejaban. El Athano continuó diciendo su nombre en un intento de calmarla. Hele lo miró solo un segundo y al comprobar la gravedad de sus heridas se tomó la cabeza y se dejó caer al piso—. ¡Agggghhhh! —limpió las lágrimas de sus ojos rápidamente. Se sentía frustrada e impotente. Cy sintió lástima. A causa de él ella conllevaba esos sentimientos.

—Hele… —murmuró su voz una vez más. Ella lo escuchó, era la primera vez que decía tantas veces su nombre—. Recuerda que soy fuerte. Estas heridas no estarán así en la mañana. No te preocupes por favor.

Ella asintió. Sacó su cabello de su rostro y lo miró por fin. Él sonrió. Tenía las muñecas con marcas, el torso lleno de sangre. El rostro con golpes. Y aún así la miró tranquilo. Con ojos serenos, impenetrables, aún bañado de rojo brillaba más que cualquiera. Hele tomó su cabeza con sus manos y lloró amargamente. Cy, con el dolor de su cuerpo y la pesadez de sus piernas, se arrastró hacia la reja a su lado. Apoyó su cabeza contra el metal, y estiró su mano hacia su celda.

—Hele… no llores más. —pidió. Casi en suplica, no soportaba verla así. Aquellos ojos alegres llenos de tristeza le dolían en el alma—. Vamos. Dame tu mano. —al decir esto la humana levantó la cabeza. Limpió sus ojos y estiró sus dedos para entrelazarlos con los suyos. Observó su mirada grisácea y dibujó una sonrisa de lástima en su rostro. El Athano acarició su mano hasta que se quedó dormida. La noche se le hizo eterna. La humedad del lugar solo empeoraba el estado de sus heridas. Le ardió el cuerpo entero y siguió desparramando sangre hasta sentirse mareado. Cuando su vista se nubló sostuvo fuerte la mano de Hele. No podía desmayarse allí. No podía. Respiró pesado. Hasta que las horas pasaron y su cuerpo reaccionó.

Al amanecer Hele despertó y lo primero que buscó fue a Cy. Él aún sostenía su mano firme. Sonrió al verla. Ella notó que la mayoría de sus heridas habían cerrado. —Que impresionante… —pensó. Quiso tocarlo, pero sus brazos cortos no llegaban hasta él.

—¿No dormiste nada? —preguntó con voz baja. Él negó con la cabeza—. No dormiré más—declaró. El Athano la miró confundido—. Haré todo lo posible para quedarme despierta contigo.

—No digas tonterías… —su voz sonó más apagada de lo que esperaba. 

—Lo digo enserio.

Admiró la vigorosidad de su mirada. ¿Cómo podía estar tan segura de algo que era imposible? ¿Era acaso otro acto de capricho humano? ¿Pero cuál era la razón? ¿Acaso era por él? entraron los oficiales con baldes de agua, los vieron a los dos despiertos y los lanzaron sobre ellos.

—¡Hijo de…—Hele estaba a punto de levantarse para encararlo cuando Cy tomó fuerte su muñeca. El guardia comenzó a reírse a carcajadas al verlos empapados. Tiró el balde a un lado y sacó unas cadenas de su pantalón.

—Athano. Levántate. —dijo. Al instante Hele se levantó también. Cy ignoró el dolor que sentía para aparentar estar bien frente a ella. La miró diciendo: No lo hagas. Ella entendió, pero le ardía el pecho de la rabia. Lo esposaron y se lo llevaron. Y solo pudo observar.

Entró al calabozo el mismo señor con bigote de ayer. Suspiró al ver el cuerpo de Cy. Todas esas heridas que había provocado habian sanado de la noche a la mañana. Sacó su látigo y sonrió.

—Ahora no te sanarás tan rápido.

Ató su cabello y se puso sus botas. Dejó el corset y el vestido en la casa. No le servirían de nada. Caminó la noche hasta Parithe. Supuso que lo llevarían allí, ya que es la ciudad más cercana. Eso esperaba.

Luego de horas caminando llegó al amanecer. Se encontró con unos conocidos abriendo su local. De inmediato se acercó para preguntar.

—No hemos visto nada. —respondieron—. Pero Hele, ¿Por qué buscas al Athano? ¿Hay recompensa?

Sin una respuesta creíble, siguió su camino hasta el centro. Allí alguien tocó su hombro. Era Evan. Quien sonrió al verla. Ella le contó todo.

—¿Estás segura que es él? —preguntó. Estaban sentados en una pileta en la plaza. La gente comenzaba a salir a las calles, los puestos de artesanías y comidas se asentaban.

—Lo estoy. Lo he visto con mis propios ojos. Él no es como nosotros Evan.

Su viejo amigo la observó atento.

—Si tu lo dices te creo Hele. Me pareció algo curioso la vez que lo vi—. Ladeó la cabeza y soltó un aire pesado. Ella esperó. Sabía que tenía algo más que decir—. Es peligroso Hele. Ten cuidado por favor.

La joven sonrió con tristeza.

—Ya lo sé Evan. Lo tendré.

Luego de un abrazo siguió su camino. Ya lo sabía. Suponía que pasaría una vez lo encontrase. Pero eso era todo lo que le importaba. Ya cuando el sol empezaba a surgir con su calor, ella llegó hasta el castillo de Parithe. Caminó hasta la inmensa entrada rodeada de árboles perfectamente alineados. Las rejas eran más altos que Cy. Y dos guardias se le acercaron al notar su proximidad.

—¿Qué quieres? —preguntó uno.

—Soy la herbolaria del rey. —las palabras salieron de su boca rebosantes de seguridad. Los hombres se miraron entre ellos. Era la mentira más grande que había dicho. De seguro la arrestaban luego de esto. Y si él no está ahí adentro todo habrá sido en vano.

—¿Dieron el aviso que vendría la herbolaria del rey hoy? —preguntó uno al otro, bajando la voz.

—No estoy seguro. —se encogió de hombros al responder.

Hele continuaba con sus ojos plantados en ellos. Por favor. Por favor. Por favor. —pidió en su cabeza. Otro guardia apareció por el otro lado del portón.

—¡Oigan! ¡Es la nueva herbolaria! ¡Dejenla pasar! —exclamó. Ellos intercambiaron miradas. Luego se acercaron al inmenso portón y lo abrieron.

Hele no podía creerlo. ¿Es enserio? trató de actuar con naturaleza al cruzar la puerta. Ignorando las bellísimas esculturas que había en el camino. Y los jardines de flores que le urgía ir a examinar. En la entrada cuatro guardias más la observaron. Ella bajó la cabeza en forma de saludo y entró por las gigantescas puertas de madera pulida.

Ya dentro no tenía ni idea a dónde ir. Comenzó a caminar por los largos pasillos. A su suerte, dos oficiales pasaron conversando: —¿Tú crees que consigan el secreto? —No lo sé. Están torturando al Athano para que hable—. Hele se quedó petrificada al oírlo. Caminó lento cuando se cruzó con ellos—. —No creo en eso de la vida eterna. —Yo tampoco. Pero lo viste en el calabozo. De verdad parecía uno de ellos. —Ya lo sé… ¡Mierda! —uno de ellos se detuvo en seco apenas cruzaron. Hele continuó caminando con lentitud para alejar cualquier sospecha—. ¡Se me quedó la escopeta en el calabozo! —exclamó, los ojos de la joven se iluminaron—. ¡¿Cómo eres tan inepto?! —¡Vuelvo enseguida! —El oficial corrió por el pasillo, adelantando a Hele. Ella aceleró el paso sin que se dieran cuenta. Llegó hasta un patio central rodeado de pilares de piedra. Luego giró un pasillo hasta unas escaleras subterráneas con una tenue luz. El oficial las bajó hasta llegar a una gran puerta de metal.

Hele se escondió detrás de un pilar a esperar. Minutos después salió el oficial con su escopeta en mano. Caminó por el pasillo tranquilamente y luego se detuvo. La joven tenía el corazón en la garganta.

—¡Hey tu! —vociferó.

Hele muerta del miedo, se asomó.

—¿Si?

El oficial se acercó con un gesto serio.

—No te había visto nunca. ¿Quién eres? —soltó. Ella tragó saliva antes de responder.

—Soy la nueva herbolaria del rey.

El oficial asintió. La miró de pies a cabeza y achicó los ojos.

—El rey se desocupa a las 3. Deberás esperar.

—Sí. Gracias.

El hombre la miró una vez más y se fue. Hele soltó un suspiro de alivio. No podía creer lo cerca que estaba de ser descubierta. Se asomó por las escaleras y las bajó sigilosa. Al llegar al último peldaño, la pesada puerta se abrió con un fornido oficial de barba del otro lado. La miró confundido.

—Quién eres y qué haces aquí. —escupió.

—Soy la herbolaria del rey. —respondió nuevamente.

—Si eres la herbolaria del rey qué haces aquí.

—Me pidió que revisara las heridas del Athano. ¿Se encuentra aquí? —preguntó. Enseguida el hombre la cayó. La tomó de la muñeca y la llevó adentro. Cuando cerró la puerta habló:

—Es secreto. Nadie puede saber que estamos torturando al Athano—. Hele asintió—. ¿Y bien? ¿Para qué te mando el rey?

—Quería que revisara la velocidad con la que se curaban sus heridas. —improvisó. Si lo habían lastimado, ya se habrían dado cuenta. El señor de bigote asintió. Parecía haber creído todo.

—Es impresionante. Todas sus heridas sanaron. Aun cuando se rehúsa a comer. Ven te muestro. —el señor la llevó por un largo pasillo oscuro y mojado. Hasta una reja de acero que él abrió con una llave que tenía en el bolsillo—. Está en la segunda celda.

El corazón de Hele saltaba como loco. Estaba tan cerca. Por fin podría verlo. Su piel se erizó de solo pensarlo.

—¡Alto ahí! —una voz masculina resonó desde el fondo del pasillo. La joven se crispó del susto. Al darse vuelta notó que era el mismo oficial de antes.

—¿Helio? ¿Qué sucede? ¿Se te olvidó otra cosa? —preguntó el bigotudo. El oficial negó con la cabeza. Caminó hasta ellos sin apartar su vista de Hele.

—Me acabo de encontrar en los pasillos con la nueva herbolaria del rey. —musitó. Al instante Hele se petrificó. El señor de bigote la miró confundido.

—¿Entonces ella es…?

—Una impostora.

Hele empujó la reja ya abierta y corrió dentro del calabozo. —¡Detente ahí!—gritó uno de ellos. No podía detenerse ahora. No ahora que estaba tan cerca de encontrarlo. Estando a solo pasos de terminar el pasillo, la tomaron de los brazos.

—¡Déjenme verlo! ¡Quiero verlo! —gritó y pataleó como pudo.

—¡NO SE PUEDE!

—¡SUELTENME! —en su desesperación logró zafarse del agarre del oficial. Dio la vuelta al pasillo y lo vio. A él, brillante, sentado en ese piso oscuro y frío. Siendo único, siendo especial. Diferente a todo ahí, luz donde no llegaba—. ¡CY! —Gritó su nombre, ignorando todo lo demás. Él abrió los ojos y la miró. Aquel gris se iluminó como si nadie nunca hubiese perturbado su brillo. Puso sus pequeñas manos en los bastones de acero y lo observó. Todo había valido la pena.

*****

Tras largas horas así, tocaron la puerta. El señor bigotudo tenía dificultades para respirar. Limpió su sudor con su manga y fue hasta la cerradura de acero. La sangre de Cy estaba escurrida por todo el piso. El dolor de cabeza y el ardor de su cuerpo eran insoportables. Trató no cerrar los ojos. La recordaba a ella, imaginaba su rostro preocupado y eso lo atormentaba. No quería que lo viera así.

—Se enteraron de que lo tenemos. —escuchó la conversación desde afuera. Cerró los ojos y suspiró agotado—. ¿Qué dices? No tenemos tiempo. Vendrán al amanecer. Mierda. ¿El rey ya lo sabe?  Así es. Y está dispuesto a la guerra. Maldición. El oficial entró apresurado a soltar las cadenas de Cy. —¿Por qué no lo dejas acá? es más seguro.

El Athano abrió los ojos con dificultad.

El bigotudo asintió.

—Tienes razón. Vamos.

El hombre soltó las cadenas que estaba por desatar y salió de la habitación junto con el oficial. Cy oyó cómo cerraban la puerta de acero con llave. A pesar de tener sus brazos adoloridos, agradeció que lo dejaran pasar la noche allí. No quería mostrar esa apariencia frente a Hele.

Fue una noche larga. Le fue imposible conciliar el sueño. Y escuchaba continuamente las conversaciones que provenían de afuera. Parecía un verdadero caos la amenaza del pueblo vecino. ¿Habría otra guerra? se preguntó. No dejaba de pensar de qué manera saldría de allí junto a Hele. Ella. Esa humana que perturba su tranquilidad, aquella que aparecía en su cabeza a cada minuto. Ella. Quien muestra una mirada llena de valentía, ignorando su naturaleza. Ella que lo miraba a los ojos, sin importarle lo demás. Ella. Que sonríe y llora con facilidad. Que no tiene problemas para mostrar sus emociones. Ella. Por qué fue ella.

*****

Hele se mantuvo despierta esperando a que regresara. Las horas pasaban y no había rastros de Cy. Le inquietó pensar en el por qué. Qué le habrán hecho. Y cuál es la razón de ello. ¿Qué planeaban conseguir de él cuando es innato? no lo entendía. Y la llenaba de frustración no poder hacer nada para ayudarlo. ¿Para qué vine en primer lugar? se perdió en sus pensamientos apoyada contra la reja de su celda. Cuando sus ojos se hicieron pesados, tomó un poco de agua del piso y la lanzó sobre su rostro. No se permitió dormir. No cuando él no podría aun cuando su cuerpo dolía y el cansancio lo abrumaba. Escuchó los pasos de oficiales ir y venir del pasillo. Algo parecía haber cambiado esa noche.

Luego de largas horas un oficial apareció con sus llaves en la mano y la respiración acelerada. Comenzó a abrir las celdas de todos los hombres frente a Hele. Ellos se levantaron con dificultad del piso, confundidos y aturdidos. Hele apoyó sus manos en la reja y los miró atenta.

—¿Por qué los están dejando ir? —preguntó.

—Empezó una guerra niña. Necesitamos soldados.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Con quién?!

—Contra Therape. Se enteraron de que tenemos al Athano.

Los ojos de Hele se perdieron ante el shock. ¿Iniciaran una guerra por Cy? no podía creerlo. Algunos de los prisioneros retrocedieron al oír la razón. —¡No quiero ir! —gritó uno.

—¡Sal ya! —el soldado lo pateó por la espalda y lo apuntó con su escopeta—. ¿Qué prefieres quedarte acá a encerrado para siempre?

—¡¿De qué sirve salir si me matarán?! —el que gritaba era un viejo de barba. Temblaba al hablar. El soldado tocó su frente con la punta de su escopeta.

—¿Prefieres que te mate aquí y ahora? —preguntó. Luego de unos segundos el viejo se levantó del piso y caminó junto con los otros hacia la salida—. ¡Afuera los esperan sus uniformes y armas! ¡Apresurense! —el soldado estaba por irse cuando Hele lo tomó de la chaqueta.

—Dejame salir a mi también. —pidió. Él la miró serio.

—¿Y de qué me sirves tú?

—Soy curandera. Puedo ayudar a los heridos. —le suplicó con los ojos hasta que él asintió. Tomó sus llaves y abrió su celda. La joven observó una vez más el pasillo donde podría estar Cy. Afuera era un caos y necesitaba encontrarlo pronto.

*****

Sus ojos lo buscaron entre la multitud. Miles de soldados corrían de un lado a otro alistandose. Los gritos cruzaban en toda dirección. No podía creer que realmente estaba ocurriendo todo eso. Los recuerdos de cuando era niña volvieron a aparecer. Cuando se llevaron a sus papás y se quedó esos años con la abuela del pueblo. Imagenes que no conocía aparecieron en su mente. Cosas que no quería recordar. ¿Y era por él?

La llevaron a una sala llena de camillas y otros médicos. Los soldados comenzaban a desaparecer, y en su lugar se quedó un intenso silencio. La noche estaba por terminar. Y el ejército de Teraphe había llegado a Parithe. Un estruendo lejano se convirtió en agonía para todos los presentes. Los gritos, los disparos y el fuego progresaron rápidamente. La sala se llenó de heridos y la guerra se oía avanzar. Hele se encontró con todo tipo de lesiones, la mayoría incurables. Los soldados tomaban su mano y suplicaban por esperanza. Ella no supo qué hacer. Se preguntó qué habían hecho sus padres en esa situación. Terminó por crear su mejor sonrisa y quedarse a su lado en sus últimos momentos.

Ya con la luz del sol, la habitación continuaba llenándose. Su cansancio se disipó con la adrenalina. Hizo su mejor esfuerzo para ayudar a quienes pudo. Hasta que dos soldados la tomaron de los brazos y la arrastraron consigo.

—¡¿Me pueden explicar a dónde me llevan?! —se quejó pataleando—. ¡Me necesitan allá!

Hele dejó de hablar al notar a dónde se dirigían. Dos hombres abrieron las grandes puertas cuando se aproximaron. La soltaron dejándola caer en una alfombra de terciopelo. Unos zapatos elegantes aparecieron frente a ella. Al elevar la vista se sorprendió.

—Rey…

—Mi querida. Me contaron que eres cercana al Athano. —soltó. La joven se hincó y lo miró confundida—. Y necesitamos saber a dónde escapó.

—¿Qué..?

Miles de pensamientos inundaron su mente. ¿Cy escapó? ¿Cómo? ¿Él… se fue sin mi? su cabeza comenzó a doler. No entendía nada.

—Como dije, necesito que me digas ahora mismo dónde se encuentra. —insistió el rey. Hele negó con la cabeza.

—¡No lo sé! ¡No tengo la menor idea! —al responder, los dos oficiales se pusieron a su lado.

—Es una pena…. llevensela. —el soberano hizo una señal con la mano y al instante la tomaron de los brazos otra vez.

La joven humana se sintió traicionada. Su pecho dolió de solo pensar en la posibilidad. Recordó su mano tomando la suya. Sus ojos grises viéndola con tal sinceridad. ¿Acaso él haría algo así? no podía creerlo. No quería.

Bajaron unas escaleras que se le hicieron familiares. Habían vuelto al calabozo. Caminaron por el piso de tierra mojado, hasta empujar una gran puerta de metal y soltarla allí. En la pared de atrás un inmenso agujero permitía entrar el aire de la libertad. ¿Escapó por ahí? ¿Cómo lo hizo? Al entrar, una paz recorrió su cuerpo. Pudo ver el aire brillar, con un destello único y especial. Y al parecer sólo ella podía percibirlo. Cy había estado ahí. No tenía duda de ello.

Levantó sus manos del piso y las encontró bañadas en sangre. El cuadrado entero lo estaba. De solo imaginar lo que había ocurrido en ese lugar se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Aún cuando te hacen daño de esta manera, tu dejas paz? —preguntó, con su vista al cielo.

Por la puerta entró un señor regordete y con bigote. Ella lo reconoció. Fue el que la dejó pasar al calabozo. Detrás suyo sacó un látigo y la miró.

—No pensé que llegaríamos a esto. Señorita, “Herbolaria del rey” —musitó. La joven cerró los ojos. Estaba tan cansada y sólo quiso que todo terminara rápido—. Ahora dinos. ¿Dónde está el Athano?

*****

Sus ojos se abrieron pesadamente. Las voces de afuera desaparecieron. Y solo se escuchaba el eco del silencio. Trató de soltar las cadenas de sus manos, pero fue imposible. Había perdido su fuerza. Cerró los ojos una vez más. Y de repente el muro detrás de él se vino abajo. Cayó el grueso concreto como una pluma en el suelo. Y un aire fresco corrió por su espalda. Frente a él apareció un joven alto, de cabello largo y blanco. Ropas blancas y ojos grises. Por un segundo pensó que había muerto. Le pareció una ilusión divina que reconfortó enormemente su corazón. Cuando él sonrió comprendió que era verdad. El joven lo miró a los ojos y pronunció claras palabras en su idioma que hace cientos de años no oía:

—Tanto tiempo. Hermanito.

Rompió las cadenas con sus manos y lo atrapó cuando estuvo por caer. Miró todas las heridas en su cuerpo y la sangre por todo el piso.

—Dios mío. Qué te han hecho estos humanos Cy. —se lamentó.

—Hermano… ¿Qué haces aquí? ¿Cómo? pensé que habías muerto aquella vez…

—Que me tienes fe. Yo al contrario, siempre supe que te encontraría, mi pequeño hermano. Pero hablaremos de eso después. Primero debemos salir de aquí.

El mayor cargó al herido en su espalda. Lo llevó por el túnel que había creado hacia la salida. Llegaron a las afueras del castillo. Cy se quedó observando unos segundos la precisión el agujero que había cavado su hermano mayor.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó impresionado.

—Te dije que hablaremos de eso después. Ahora debemos irnos.

—Espera un poco. No puedo irme todavía.

—¿Qué estás bromeando? ¡Debemos irnos ya! ¡Te están buscando! ¡¿lo sabes?!

—Lo sé, pero debo ir por alguien antes.

—¿Alguien? —El joven de cabello largo achicó los ojos. Cy mantuvo su cabeza baja—. No me digas… ¿Un humano? —su hermano pequeño lo miró a los ojos, éste se alejó aturdido—. Debe ser una broma Cy. ¿Un humano? ¿Es en serio?

—Hele es diferente Neo… te lo prometo.

—¿Y qué? ¿Quieres llevarla a casa y tenerla de mascota? No puedes confiar en ellos Cy y lo sabes.

—Confío en ella. Y tu debes confiar en mi.

—No lo sé hermanito. Has estado muchos años rodeado de humanos. Quizá te volviste loco—. Cy estaba por decir algo más cuando unos gritos lejanos se escucharon—. Ya empezó… te pido por favor que seas razonable. No tenemos tiempo.

Cy miró hacia atrás. El humo crecía y se perdía en la inmensidad del cielo nocturno. Volvió a suspirar y miró a su hermano.

—Perdoname Neo. Debo ir por ella. —antes de irse, su hermano mayor lo tomó de la muñeca.

—Cy por favor. Llevo cientos de años buscandote. Y ahora que por fin lo logro, ¿Piensas irte por una humana? —negó con la cabeza lleno de decepción—. Mira cómo estás. Sin ropa, lleno de heridas. Sin energía. Y son los humanos los que te hicieron esto. Por favor. No quiero perderte de nuevo.

Intercambiaron miradas unos segundos. Cy se llenó de remordimientos. Pero sabía, que si se iba ahora, serían aún peores. Tomó la mano de su hermano y la soltó.

—Neo. Perdoname. De verdad.

Luego de eso se fue. Y sintió una inmensa culpa. Era la primera vez que desobedeció a su querido hermano mayor. Ese que siempre admiró. Que siempre lo protegió. ¿Estaba deshonrando a los suyos? Mientras corría en busca de Hele pidió disculpas. Una y otra vez. Pidió disculpas al cielo. Donde estaban todos los demás. Donde estaba su familia.

Corrió por los campos de flores. Saltó las piedras del río y continuó.

—¡Cy espera! —gritó su hermano. Quien, a pesar de ser mayor, no lograba alcanzarlo. Las mujeres del clan los observaron a los dos correr por los pastizales a una velocidad increíble. —¡CY, NEO, TENGAN CUIDADO! —gritaron. El pequeño corrió con todas sus fuerzas hasta llegar a la cima de la colina. Se detuvo allí con el corazón agitado y una gran sonrisa.

—¡SOOOOY EL MÁS RÁPIDO DE ATHANA! ¡MI NOMBRE ES CY! —gritó eufórico. Desde allí pudo admirar el paisaje de todo el pueblo. El blanco de las casas y el verde de los árboles. Al fondo se apreciaba la punta del palacio. Y lago que abastece a todos los Athanos.

Detrás suyo llegó corriendo su hermano Neo. Tuvo que detenerse unos segundos a recuperar el aliento.

—Tardaste mucho hermano.

—¡E-es que-tú eres-muy rápido! —se quejó Neo. Ató su cabello con una cola de caballo y suspiró—. Nuestra madre se enfadara contigo Cy. ¡Mira tus ropas!

El pequeño miró hacia abajo las telas blancas manchadas con tierra. Sacudió sus pantalones y su camiseta.

—¡¿Y por qué debemos usar siempre blanco?! —exclamó al no ver mejoras.

—¿De qué hablas?

—Hay más colores ¿no es así? ¡Las flores tienen cieeeeeentos de colores!

—Pero nosotros no somos flores Cy.

El pequeño cruzó sus brazos y formó un puchero.

—Lara me dijo que los humanos usan colores.

—¿Cómo sabe ella eso?

—¡Me dijo que los vio! ¡Con sus propios ojos! ¡Y que son pequeños y usan muuuuchas prendas distintas de colores!

Neo se agachó y tomó a su hermano menor de los hombros. Miró sus ojos y sonrió.

—Escúchame bien Cy. No debes acercarte a los humanos. Nunca.

—¿Pero por qué?

—Son peligrosos. Ellos no deben saber de nuestra existencia. Así que nunca bajes de Athana ¿lo entiendes? —al verlo asentir, le dio unos golpecitos en la espalda y se levantó—. Muy bien.

—¡Carrera quién llega primero al palacio! —gritó el pequeño, echándose a correr colina abajo.

—¡CY ESPERA! ¡CYYYYYY!

*****

Ahora te entiendo mejor, Lara. Perdoname por no haberte creído en ese entonces. —pensó con tristeza. Se tuvo que esconder varias veces antes de seguir avanzando. Los soldados pasaban y traían heridos. Muchos de ellos agonizando. No imaginó que volvería a presenciar las guerras humanas tan pronto. Y ser la razón de ésta le dolía. Estaba amaneciendo. Y de repente una idea apareció en su cabeza. Hele. Dónde estás.

La golpearon en el rostro con el látigo. El dolor era impensable. Sus manos temblaban, pero sus ojos se habían secado.

—¡Dime ya! ¡¿Dónde está el Athano?!

—¡NO-LO-SÉ! —la seguridad en la voz de Hele solo le permitió recibir más latigazos. Le dolió tanto, que pensó que moriría en ese lugar. Hasta que un viento fresco corrió por su espalda. Una capa blanca apareció frente a sus ojos. Sintió aquella paz que había quedado en esa habitación. No podía ser—. ¿Cy? —al levantar la cabeza se sorprendió. Era un joven de cabello largo y blanco. Todo su ser brillaba. Él se dio vuelta a verla, sus ojos grises eran idénticos a los de él. Abrió los labios y murmuró unas palabras que no pudo entender.

Los oficiales y el bigotudo retrocedieron inconscientemente. Estaban atónitos con lo que apareció frente a sus ojos.

—Parece un ángel… —susurró uno de ellos.

—¡Idiota! ¡Es un Athano! —dijo el otro, golpeándolo en el brazo.

—Hombres, somos ricos. —celebró el bigotudo—. Con esto el rey nos amará y luego podre… —el señor no alcanzó a terminar su oración cuando el Athano lo golpeó en el rostro con una patada dejándolo en el piso. Fue tan rápido y de manera tan limpia, que Hele y los oficiales quedaron impresionados.

—¡M-mierda! —uno de ellos levantó su escopeta temblando del miedo. Neo al instante apareció frente suyo. Tomó el arma con la mano y la dobló con facilidad—. Q-qué-qué… ¡Es un monstruo!

Los dos oficiales salieron corriendo luego de eso. Hele no podía creer lo que acababa de ver, pero no sentía miedo. El joven de cabello largo se dio media vuelta y la miró a los ojos. Se acercó a su lado y le extendió la mano.

—¿Hele? —preguntó. Ella asintió. Tomó su mano y se puso de pie.

—¿Y Cy? ¿Sabes dónde está? ¿Se encuentra bien? —sus preguntas lo sorprendieron. No entendía el español muy bien, pero si comprendió que estaba preocupada por su hermano menor.

—Cy bien. —dijo. Ella abrió grandes los ojos y luego suspiró de alivio.

Salieron por el túnel y él llegó. Hele soltó su mano y esbozó una gran sonrisa.

—Cy… —sus ojos se llenaron de lágrimas. Puso sus manos sobre su boca y limpió su rostro. Cy observó las heridas de sus brazos y su rostro y corrió el corto tramo que quedaba hasta ella.

—Hele… qué te hicieron. —La tomó de los hombros y buscó su mirada. Ella sonrió.

—Estoy bien. Y me alegro tanto de que tu lo estés también. —Acarició su cabello y miró a su hermano mayor que los esperaba.

—Ani kegtso io. —No te fuiste. Soltó Cy. 

—Orehn mio kegtso arim o trenu. —Cómo me iría sin mi hermanito.

Cy caminó hasta él y lo rodeó con sus brazos.

—Elle ga yurimto garima shiyuli. Eien o garifeslip. —La salvaste… estaré agradecido por siempre. Neo le dio unos golpecitos en la espalda a su hermano.

—Tuejes ga iranda. Elle ga difeterinha. —Quizá tengas razón. Ella es diferente.

Era la primera vez que Hele oía a Cy hablar en su propio idioma. Era tan hermoso. Y se veía tan feliz. No estaba sólo. Hay alguien más como él, brillante y especial como él. Por un segundo pudieron olvidar lo que pasaba afuera. Cy le estiró su mano a Hele.

—Tenemos que irnos. —dijo. Hele observó hacia atrás una última vez. Vio la ciudad arder, escuchó los gritos de los soldados y la gente del pueblo. Pensó en Evan. ¿Estará bien? él y todos los de Parithe. Los señores y señoras de las tiendas. La que le vendía las verduras. El que reparaba muebles. La pareja que vendía ropa. Sintió la culpa en su pecho. ¿Estaba bien que ella fuera la única en irse?—. Vamos Hele. Juntos.

Miró los ojos de Cy y entendió lo que debía hacer. Las dudas desaparecieron. Sostuvo fuerte su mano. Y corrió a su lado.

*****

—Hermano. ¿Por qué eres tan fuerte? ¡Puedes ganarle a cualquiera en Athana! —exclamó Cy balanceando sus pies sobre el techo del palacio. Las estrellas brillaban en la cercanía.

—Cy… la fuerza no se usa para ganarles a otros. —Respondió con voz suave. Su hermano lo miró confundido—. Tenemos fuerza para proteger a los que nos importan.

—¡Pero yo no soy fuerte! Sólo puedo correr rápido…

—Eres fuerte Cy. —Neo puso su mano sobre su hombro y sonrió—. Tu velocidad se convertirá en tu fortaleza. Algún día ayudarás a los demás así.

—¿Tu crees?

—Claro que sí.

*****

Corrieron con todas sus fuerzas por el bosque. Cy le ofreció su espalda a Hele. La tomó firme en sus brazos. Esta vez, no te soltaré. —le dijo. La joven cruzó sus manos en su pecho y asintió. Vieron a lo lejos el lugar del conflicto. Las llamas se habían propagado por el bosque, consumiendo cientos de árboles.

—Ahrg kala souno umano... —Humanos de mierda. Soltó Neo.

—Arit le kasebar. —Tenemos que alejarnos. Dijo Cy. Su hermano asintió. Hele comenzó a toser por el humo. Así que Cy corrió más rápido para alejarse de allí—. ¿Dou repick ni ya supose? —¿A dónde vamos?

Neo levantó las cejas.

—Ale Athana. ¿Keir si van? —A Athana. ¿Dónde si no? respondió con una sonrisa. Los ojos de Cy se humedecieron. Le emocionó la idea de volver a su aldea. Siempre pensó que había sido destruida por completo durante la invasión.

—¿A dónde vamos? —preguntó Hele.

—Vamos a mi ciudad. Nuestra en realidad. Neo es mi hermano mayor.

—¡¿QUÉ?!

Aquella ciudad inalcanzable. Se preguntó si realmente sería como en los libros que leyó. En el cielo, más allá de las nubes, donde ningún pájaro puede llegar. Donde el amanecer se ve desde abajo y el vacío no es negro sino azul claro. ¿Puede ella llegar hasta allí? su corazón lo deseaba, pero tenía dudas. De repente Neo se detuvo. Hizo un gesto con su dedo para crear silencio. Fijando su vista en el horizonte. —Teri va sevan. —Nos están siguiendo. Susurró. Cy miró a todos lados y dejó a Hele en el piso con cuidado—. Fero ni seay. —No los veo. Respondió. El silencio los penetró. Aquel ruido estremecedor se encontraba demasiado lejano. Los humanos no tenían cómo alcanzarlos, si siquiera en caballos. Habían dejado Parithe con cautela, no había posibilidad de que los vieran. La tensión se podía cortar. El único sonido que los entorpecia era el de las hojas de árboles moviéndose con la brisa. Cy saltó con precisión sobre una rama de árbol. Esperó encontrar algo desde arriba. A lo lejos divisó un grupo de jinetes escondidos. Tenían sus escopetas en mano. —¡Ale gerto! —¡Ahí están! alcanzó a gritar. Al mismo instante el sonido de una bala cortó el aire. Y después de ella, cinco disparos más—. ¡HELE! —Sus ojos temblaron al instante que miró hacia abajo. Su hermano Neo, estaba frente a ella rodeándola con sus brazos.

Fue todo tan rápido que no alcanzó a reaccionar. De repente lo tenía a él en frente. La cubrió con sus brazos. Y un aura blanca la rodeó. Apenas le llegaba al pecho. Era incluso más alto que Cy. Luego del sonido de las balas, Hele levantó la cabeza. Él la miró a los ojos. Aquellos ojos grises se volvieron opacos, pero en su rostro había una sonrisa. —kasin o trenu. —susurró. Miró al cielo y su cuerpo cayó en la tierra.

—¡NEOOOOOO! —Cy bajó a su lado y sostuvo su mano. Su hermano mayor tosió sangre. Sus ojos se perdieron y sus manos temblaban—. Tren per se va… ¡Per se va! —Hermano mírame. ¡Mirame! —Neo sostuvo su brazo con dificultad.

—Ker ser eo quezo an umano… —Quién diría que yo salvaría a un humano. —susurró. Cy negó con la cabeza—. Eo so terqueo. —Soy un idiota.

—Ani var… ani var. —No lo eres. Los ojos de Cy se llenaron de lágrimas.

—Eo henbo aentar o truno kaserven...—Estoy feliz de haber encontrado a mi hermano antes de morir. —Cy sollozó tristemente apoyando su cabeza en el pecho de su hermano. Hele se sentó al otro lado de Neo y tomó su otra mano. El Athano la miró sorprendido. Notó que la humana estaba llorando también, aún cuando no entendía nada—. Alir no gaen Lara saenu umano—. Nunca entendí el amor que Lara tenía por los humanos—. kerpaseva ageino kymairnu. Alernote eo truno comferthe—. Pensé que era lástima. Pero ahora que te veo a ti, lo comprendí. —Neo volvió a toser con dolor. Sus ojos se volvieron turbios. Miró las pupilas cafés de Hele y sonrió—. Kasin eo truno umano. ¿Si? —La joven no entendió nada, pero supuso de qué trataba. Asintió varias veces con la cabeza. Dejando sus lágrimas caer.

El joven Athano no lograba entender cómo podía llorar cuando lo conoció hace sólo unas horas. Cómo le respondía cuando no lo entendía. Por qué cuando la salvó, lo primero que hizo fue preguntar por Cy. ¿Es esa la fortaleza del humano? se preguntó. ¿Recae en el individuo y no en la comunidad? ¿Ese amor estúpido y ciego es el que les permite seguir adelante? tras miles de años en la tierra no logro entenderlos del todo. No les dio la oportunidad. Ahora dudo la razón. Antes de cerrar los ojos, pensó una vez más en ella.

*****

—Maldito Cy, no se lo perdonaré. —gruñó con los brazos cruzados.

—No importa quién me lo dijo. Pero Lara, sabes que está prohibido. No entiendo qué es lo que planeas.

—No planeo nada…

Neo la miró unos segundos. Se notaba frustrada, con sus ojos perdidos en el cielo. Sintió un dolor en el pecho que confirmó todo aquello que quería negar. Se acercó hacia ella y puso su mano en su cabeza.

—Lo que sea… me lo puedes contar a mí. Lo sabes ¿cierto? —Lara lo miró a los ojos y dudó. Luego suspiró y tomó sus manos.

—No le digas a nadie. ¿Si?

—Es una promesa.

*****

—Cy… debemos irnos. —susurró Hele, tomando su mano. El joven Athano limpió su rostro y asintió. Cubrió a su hermano con su capa blanca. En ella estaba grabado la insignia de los Athanos. Entendió entonces, que de no escapar con Hele y llegar a Athana, sería todo en vano.

Los jinetes se podían oír acercándose, así que tomó a Hele y la sujetó fuerte. Los disparos los perseguían. Pero corrió con todas sus fuerzas, tan rápido que las pisadas de los caballos se volvieron lejanas a los pocos minutos. La joven humana no podía siquiera abrir los ojos. Lo rodeó con sus pequeñas manos, tratando de no caer con la velocidad.

Luego de un tiempo pronunció su nombre varias veces, pero él no escuchó. Golpeó su pecho con su mano y gritó: ¡CY! ¡PARA YA!

El Athano se detuvo en seco, cayendo en el pasto junto con Hele. No podía calmar su respiración agitada. Quedó con su cuerpo y sus manos rasmilladas, con la mirada lejos de donde estaban. La joven humana se levantó y acarició su cabello.

—Ya está bien Cy. —dijo—. Los perdimos hace mucho. Ya… estamos bien.

*****

—Su nombre es Eros. Lo vi por primera vez mientras caminaba por un campo de flores junto a su hija. Él supo enseguida quién era. —Acarició el pasto con su mano y sonrió—. Al principio me quise esconder. Pero me hablo con una voz dulce. Intentando no asustarme. Entonces nos quedamos conversando sentados en la padrera. —Neo trató de ignorar el dolor que le producía cada palabra y escuchó atento hasta el final—. ¿Sabes? la esposa de Eros murió de una enfermedad. En los humanos es muy común. Vienen de repente y no saben la razón. ¿Por qué les pasará sólo a ellos? —preguntó. Abriendo grandes los ojos, esperando encontrar palabras más sabias de alguien mayor. Neo dudó que decir. Ladeó la cabeza y respondió sin mirarla.

—Son débiles. Los humanos. No sé mucho sobre ellos. Pero creo que la razón de sus muertes imprevistas y la cantidad de años que viven reflejan esa debilidad. Existe una razón para todo. Creo que ninguno de ellos debe permanecer mucho tiempo aquí. ¿Viste que a la mitad de un centenario empiezan a envejecer? eso demuestra que son seres transitorios. Por eso no nos relacionamos con ellos. Nuestras vidas no encajan, es todo. —ante el silencio volteó a verla. Le sorprendió enormemente ver sus ojos brillantes llenos de tristeza. Escondió su rostro en sus rodillas y soltó un leve sollozo.

—Por qué… por qué debe ser así. —se lamentó. Neo no supo qué hacer. Estaba por poner su mano sobre su espalda pero se detuvo. No podía entenderla. Quiso intentarlo, pero todo lo que se le venía a su cabeza era que debía entrar en razón. Nada podía salir bien de esa relación. Aquel entendimiento falso que la llenaría de dolor.

Esa noche se levantó resignada. Le hizo entender a Neo que comprendía. Que tenía razón. Cuando en realidad se fue con la vista perdida en algo más lejano. Más abajo y más complicado que lo que él podría entender.

Caminaron hasta no poder sentir más las piernas. El cansancio y el hambre se presentaron atrozmente. Y el lugar de destino permaneció lejano e inalcanzable como al comienzo.

En un momento Hele cayó al pasto. Sentía el cuerpo pesado y su estómago doler. Cy la tomó en brazos. No tenía nada para ofrecerle en ese momento. Por lo que sabía que primero tendría que llegar a Athana. Su vista se volvió turbia y aquella nube que lo traería de vuelta a casa se perdía en lo alto del cielo.

El dolor se convirtió en un resplandor infinito. Las nubes estaban ahora a sus pies. Y sus cuerpos livianos y maravillados. La paz los envolvió en una brisa que corrió de color amarillento. A lo lejos venía él caminando. Con sus ropas blancas y su cola de caballo. Su cabello largo y lacio brillaba junto con sus ojos. Y una sonrisa delicada se presentó.

—Eo truno. —pronunció. Y llegó a su lado para envolverlo con sus brazos. Al separarse se dio cuenta que eran niños otra vez. Neo sonrió y lo tomó de la mano. Corrieron por los pastizales que se formaban a cada paso que ellos daban. Escucharon las voces de las señoras del pueblo, sus amigos y conocidos pronunciaban sus nombres. Llegaron a aquella cima donde podían apreciar todo. Todo era ahora pequeño y los hacía sentir enormes. Capaces de todo. Al voltear a su hermano, estaba alto y crecido. Habló con su voz profunda sin quitar la vista de su pueblo—. Me encontré con Lara—. Enseguida sus ojos grises se agrandaron—. Ella estaba feliz. Estaba feliz de verme allí. Me preguntó por qué tardé tanto en ir a verla. —Miró sus ojos y puso su mano en su hombro—. Pero tú no Cy. Tú debes estar con ella. Tu eres nuestra esperanza—. De repente el cielo se nubló. Miles de aves aletearon cruzando la espesura blanca. El paisaje de Athana desapareció.

—Neo no. ¡No me dejes! ¡Por favor! —Neo puso sus manos en las mejillas de su hermano.

—Cy tú debes vivir. Debes vivir. —le dijo mirándolo a los ojos. Él asintió. Asintió con la tristeza en su pecho. Un viento corrió haciéndolo volar lejos. Se convirtió en un tornado que desató un polvo brillante llevándose todo consigo.

*****

Despertaron en un paisaje blanco e impecable. Una ligera brisa corrió. El clima era perfecto, la vista también. Se escucharon las aves cantar que trazaron líneas en el cielo. Era el más azul que había visto jamás. Hele se levantó confundida. Su cuerpo ya no dolía. Sus heridas habían desaparecido. Olvidó el inminente hambre de recién y se levantó encantada. A lo lejos vio un lago de color cian y sobre él un hermoso palacio rodeado de casas cuadradas. Todas de blanco haciendo resaltar el verde de los árboles y el pasto.

—Dónde estamos. —Preguntó. Cy estaba a su lado. Miró el paisaje anonadado y luego sonrió.

—Llegamos. Esto es Athana.

La joven humana no podía creerlo. Abrió sus grandes ojos como platos y caminó por la pradera. Sintió con su mano las flores y plantas con gran delicadeza. Volteó a ver a Cy, quien tenía sus ojos perdidos en el paisaje. Al observarlo allí entendió que éste realmente era su hogar. Todo cobraba sentido de repente. Aquel ser de luz que brillaba más que cualquiera, ahora era perfecto en el paisaje. Aquí pertenecía.

El Athano suspiró al cielo y cerró los ojos. Le agradeció a su hermano mayor en el cielo. Aquel sueño había sido verdad.

*****

—¡Dile algo tú que a mi no me escucha! —gritó Neo, paseándose por la habitación.

—¿Qué quieres que haga? Ella no le hace caso a nadie.

—Bueno pero algún día tomarás el lugar de nuestro padre. Y entonces nadie en Athana podrá desobedecerte.

Cy suspiró. Caminó hasta el ventanal y cerró los ojos.

—Hermano sabes que no quiero.

—Pues deberás Cy. Nuestro padre te escogió.

—Tu deberías serlo… no yo. —murmuró en voz baja. Neo se acercó y puso su mano en su hombro.

—No te preocupes todavía. Aún quedan cientos de años para que eso pase.

*****

—Aquí jugábamos Neo y yo cuando éramos pequeños. —soltó con nostalgia. Hele sonrió.

—Todo es hermoso. De verdad.

Él tomó su mano mientras caminaban. Pasaron por los pastizales, las casas blancas y el palacio. Muchas de ellas estaban destruidas, incluyendo calles, visibles restos de fuego. El silencio era abrumador. Aquella ciudad moderna era ahora inhóspita. Provocó cierta desolación en sus corazones. Hele tomó fuerte su mano. No podía imaginar lo que estaba sintiendo Cy en estos momentos.

—Hele… —pronunció con delicadeza, deteniéndose en el camino—. Sabes, yo debía ser el próximo “rey” por así decirlo.

—¿Enserio?

—Mi padre me eligió a mí, por sobre Neo. Aunque nunca me dijo la razón—. Sonrió mirando al cielo, luego bajó la cabeza—. Por eso durante la invasión hicieron todo por protegerme a mí. Pensando que debía sobrevivir para ayudar a los demás. Finalmente, todos murieron y la razón perdió su sentido.

—¿Cómo lo sabes? Pensaste eso durante muchos años, pero Neo seguía con vida. ¿No es así? —Se arrepintió de haberlo mencionado. Pero Cy solo sonrió—. Perdón…

—No te preocupes. De hecho, creo que tienes razón. Además, es gracias a él que pudimos llegar hasta aquí. Creo que debe haber una razón para eso también.

*****

—Lara te amo. Te amo con todo mi corazón y daría mi vida por protegerte. Aunque sé que es insignificante…

—No lo es Eros. —Se sentó en el piso y tomó sus manos—. Toda vida tiene su significado. Y ninguna es más importante.

El hombre la miró a los ojos y la abrazó con fuerzas. Ella sonrió con pureza, no podía comparar esa felicidad con nada de este mundo. Ese día volvió tarde a Athana. Se escabulló por los pastizales con una sonrisa en su rostro. Al ver su silueta al otro lado de la pileta suspiró cansada.

—No me esperes Neo. Ya basta. —soltó, pasando a su lado sin mirarlo al rostro. Él la tomó de la muñeca con firmeza.

—Lara mírame. Por favor. —suplicó. La joven volteó molesta. Trató de soltar su agarre, pero fue inútil.

—No puedes evitar que lo vea Neo. Ríndete ya.

—Sí que puedo Lara. —Ella lo fulminó con la mirada. Ladeó la cabeza y sonrió nerviosa.

—No lo harías…

—No me dejas otra opción.

La joven bajó la cabeza conteniendo las lágrimas.

—Te odio. ¡TE ODIO NEO! —exclamó, soltando su mano y corriendo hacia el palacio. 

*****

—¿Y le dijo a tu padre? —preguntó Hele impresionada. Cy negó con la cabeza. Cruzó sus manos en el aire y miró hacia la pileta blanca que ahora no funcionaba.

—No alcanzó a hacerlo. Y tampoco quería. Neo quería mucho a Lara. Era todo para él. Pero le preocupaba mucho que el humano fuera a hacer algo malo. A fin de cuentas, tuvo razón.

*****

—¿Y cómo llegan a Athana? —preguntó Eros sentado en la entrada de piedra.

—Mmm. —Lara se paseó frente a él con sus manos entrelazadas en su espalda—. ¿Por qué quieres saber?

—¿Qué? ¿Acaso no confías en mí?

—No es eso… —se sentó a su lado y tomó sus manos.

—Sólo que es algo complicado. Por eso.

—Eso sólo despierta más mi curiosidad.

Lara se encogió de hombros y sonrió.

—Te diré.

*****

—Busca a Lara. Ahora. —soltó Cy. Neo lo miró desorientado, tardó en reaccionar y salió corriendo por el palacio. Llegó a su habitación, estaba vacía. Fue al único lugar que pensó que podría estar. Llegó a la cima de la colina y la vio sentada en el pasto.

—¡Lara! —gritó. La joven volteó sorprendida. Se levantó y caminó hacia él. Neo la tomó de los hombros, al ver sus ojos dudo antes de decirlo—. Es él. Está aquí. Llegó a Athana y vino con miles de hombres.

Los ojos de la joven se perdieron en el horizonte. No lo podía creer. Las promesas que habían hecho se desmoronaron con tal facilidad que la dejaron desorientada. Corrió por el campo cuando divisó el humo crecer y perderse en el cielo. Al llegar el palacio se detuvo en seco. La entrada estaba en llamas. Había miles de Athanos reunidos y frente a ellos cientos de hombres armados.

Caminó a través de la gente hasta quedar adelante junto al rey. A su lado estaba Cy, quien la miró decepcionado.

—Eros. Por qué… —preguntó. Al instante los demás Athanos voltearon hacia ella. No entendían qué estaba pasando.

—Lara mi amor. —Eros se acercó a ella y tomó su mano—. Te quería ver, por eso vine.

La Athana golpeó su mano y lo fulminó con la mirada.

—De qué me estás hablando.

—No finjas. Tú me dijiste cómo llegar aquí, porque querías que viniera, ¿No es así? —ante sus palabras los susurros de los demás incrementaron. Lara miró detrás de Eros a todos aquellos humanos que habían subido. Apretó los labios con rabia.

—¡Lara! ¡¿De qué está hablando?! —preguntó el padre de Cy. La miró a ella y luego a su hijo esperando respuestas. Al no encontrarlas miró al cielo lleno de decepción.

*****

Cy soltó la mano de Hele y pasó sus dedos en sus ojos. Habían pasado cientos de años, pero era la primera vez que le contaba a alguien aquella historia. Miró los restos que quedaban en la entrada del palacio. Se preguntó si su hermano mayor estuvo aquí todo este tiempo. Esperando. Le impresionó ver cómo la vegetación y fauna habían regresado al mismo lugar a pesar de todo. Los escombros se habían cubierto, transformando el paisaje en algo hermoso. El fuego parecía muy lejano ahora. Miró a Hele una vez más y continuó. Era hora de sanar.

*****

El rey puso su mano sobre el hombro de Lara, que parecía perdida en pensamientos negativos.

—Este no es lugar para humanos. —Vociferó. Los demás Athanos levantaron la cabeza con orgullo—. Han quemado nuestro palacio. Y es hora de que se vayan.

Eros soltó una risa.

—No viejo, todavía no nos vamos. —Miró a los hombres detrás de él y asintió—. O nos dicen su secreto de la vida eterna o terminamos por destruir todo lo suyo. Tu eliges.

—¿De qué secreto me estás hablando? Nuestra vida no es eterna, sólo vivimos más tiempo que ustedes humanos.

—¿Entonces no nos dirán? —levantó la mano y chasqueó los dedos. Todos los hombres allí los apuntaron con sus armas—. Matenlos.

*****

—¡Hermano!

—Cy debes irte. Ya.

—No me iré sin ti.

—Yo debo encontrar a Lara, entiéndelo por favor.

—Lara ya no… —Neo puso un gesto serio haciendo que no pudiera terminar su frase. Lo tomó del brazo con fuerzas.

—Te quiero mi pequeño hermano. Sin importar qué pase, no vuelvas aquí. —lo empujó con fuerza haciéndolo caer por las nubes hacia la tierra. Él fue siempre el más fuerte de Athana. Nadie lo superaba. Mientras veía el brillo de Athana alejándose más y más, pensó nuevamente. Él debía estar en su lugar.

Cerró los ojos, dejando sus lágrimas desaparecer en el aire. Miles de pájaros se reunieron a su lado para alivianar su caída.

*****

—Los asesinaron a todos. Lo último que vi fue mi padre caer de rodillas contra el piso, frente a su palacio en llamas. Entonces me pregunté si las cosas que nos enseñaron desde niños tenían alguna razón. Si de verdad éramos más fuertes y rápidos que cualquier ser vivo y si aquel poder era para proteger, por qué ellos nos vencieron a todos con sus armas. Así de fácil. Por qué crearon algo para herir en primer lugar. Llegué a la tierra sin entender nada. Y cegado con el fuerte odio que sentía por ellos.

—Cy…

—Perdóname Hele.

La joven negó con la cabeza botando los cientos de lágrimas que brotaban de sus ojos.

—Yo debería disculparme. —tapó sus ojos con sus manos y sollozó amargamente—. Lo siento. Lo siento tanto…

*****

—¿Tienes miedo?

—Es algo inquietante. —respondió. Miró las estrellas y luego a ella—. Saber que el ser que amas inevitablemente morirá antes que tú.

—Yo me siento igual. Es difícil de poner en palabras, pero… no quiero perder la oportunidad de vivirlo. No cuando me siento así.

Cy tomó su mano y sonrió.

—Vivámoslo.

*****

Sintió la brisa en sus mejillas y cerró los ojos con una sonrisa. Algunas aves se posaron en el campo y la observaron curiosos.

—¡Hele! —al escuchar su voz volteó enseguida. A través de miles de flores apareció Cy. Con sus ropas y cabellos blancos. Achicó sus ojos en una sonrisa y se detuvo estirando sus brazos hacia los costados. Enseguida la humana se levantó y corrió hasta llegar a él. Escondió su rostro en su pecho y lo abrazó con fuerzas. Él deslizó su mano por su cabello y besó su cabeza.

—Te amo Athano. —soltó. Él la miró y esbozó una sonrisa.

—Te amo, humana.

*****

El tiempo pasaba, lento y ameno. Cada día fue en paz. De vez en cuando Hele observaba hacia abajo, pero soltó aquellos remordimientos en poco tiempo. Cuando miraba esos ojos grises olvidaba todo lo demás. Decidió encontrar su propia felicidad a su lado, donde quería, donde sintió que debía.

A él le agradaba observarla día tras día. Sentía que todos eran diferentes. Ella lo era. Le impresionó observar cómo cambiaba. Como crecía. Se dijo a sí mismo que la había subestimado. De repente le dio lecciones que lo dejaban pensando. Empezó a entenderlo sin necesidad de palabras.

Ambos paseaban. Conversaban. Observaban las estrellas y se miraban. Cualquier duda, cualquier respuesta, desaparecía apenas admiraban los ojos del otro. Eran diferentes. Eran iguales. Dejaron de necesitar y empezaron a apreciar.

El tiempo pasaba, lento y ameno. Para ella fue veloz, para él muy tardo. Ella descubrió su debilidad, él vio la fortaleza. Ella le enseñó la fuerza de un ser humano, aquella que dudó por años. Esa que fue cegada por odio, ahora le parecía rebosante de amor.

La amaba.

Lo amaba.

Sin saber cómo ni por qué. Lo vivieron. Lo sintieron. Sin magia, sin nervios. Una calma permanente en lo cotidiano. Sin más. Con ellos. Nada más hacía falta, si se encontraban en el camino.

El tiempo pasaba, lento y ameno. Ella aparentaba más edad que él. Él se encontraba maravillado con sus cambios. Quiso envejecer a su lado, pero sin importar el tiempo que pasaba su aspecto no cambiaba. Ella quiso detener el tiempo, estar con él por siempre y mantener su juventud. Aceptaron luego su naturaleza, aquella que no podían cambiar y era su mayor complejo. Luego de las dudas vino la plenitud.

Lo amaba

La amaba

El tiempo pasó para ella, para él continúo. Sostuvo su mano mientras ella cerraba los ojos. Aquel café permaneció intacto para él. Era el mismo. Ella era la misma. Le dio las gracias. A ella, al cielo y a todo lo vivido. Ella sostuvo su mano fuerte hasta el final. Él nunca se arrepintió. Agradeció haberla amado. La amo de la misma forma sin importar los años que pasaron. Recordó cada momento y fue feliz. Vivió lo que el mundo le pidió, manteniendo la promesa con su hermano mayor. Entendió que el tiempo era relativo. La vida no. Los pocos años que estuvo con su amada le dieron el coraje de vivir cientos de años más. Para él, su compañía fue su temporada más larga, y la más hermosa. El tiempo pasó, lento y ameno. Sus vidas se entrelazaron, sin razón y sin futuro. Y bello es, cuando el destino trae lo suyo.


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Comentarios

user

Anonimo:

Increíble historia, un tornado de emociones...

Hace 3 días

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