Historias cortas / Emalie

#drama, #romance, #suspenso

SINOPSIS:

Recopilación de relatos cortos de misterio, drama y terror. Un pequeño viaje de recuerdos que evocan a la nostalgia y melancolía.

El Ojos Avellana

La casa de dos pisos en una calle tranquila aún estaba en pie tras años de abandono. Luis, de 39 años, caminaba lentamente hacia la entrada, odiando la idea de regresar allí después de haber escapado de ese lugar a los 16. Pero no tenía otra opción; su abuela había muerto de un infarto una semana antes. Él era el único heredero. Podía hacer lo que quisiera con el lugar; vender la propiedad era su primera y única opción.

Ingresó a la lúgubre casa construida hacía más de un siglo. Era una estructura de estilo gótico con una chimenea y un jardín delantero sin vida. Cada rincón del interior le recordaba los años de tortura que había soportado debido a la siniestra mentalidad de la mujer, su abuela, quien después de que su esposo muriera frente a la casa y cuyo asesino nunca fue encontrado, había desarrollado un miedo inexplicable a salir de la casa o incluso, a hablar con sus vecinos.

Su trauma fue impregnado a Luis, quien desde los seis años, fue criado por sus abuelos. Los padres del hombre habían sido asesinados en circunstancias muy similares a las de su abuelo. Ambos padres yacían en la entrada, con los ojos abiertos y las bocas entrecerradas, como si hubieran intentado pedir ayuda o quizás, advertir algo sobre la casa.

Su abuela siempre le había dicho que nunca saliera de la propiedad hasta que el ser de los "Ojos Avellana", como ella lo llamaba, les diera permiso. Ella y Luis no debían desobedecerlo. Su abuela y su esposo habían comprado el lugar años después de casarse, sin darse cuenta de que un ser espeluznante ya lo habitaba. El Ojos Avellana posiblemente había vivido y muerto allí. La compañía lo era todo para tal espectro.

No salgas”, le decía la mujer regularmente a su nieto.

Cuando Luis era un niño pequeño, sentía un miedo irracional incluso de salir al jardín delantero de la casa. Pero Luis, ahora un hombre de casi 40 años, se decía a sí mismo que todo eso era una tontería de alguien trastornado.

Escapar de allí en su adolescencia, después de uno de los típicos episodios de histeria de su abuela sobre El Ojos Avellana, había sido más que suficiente para enfrentar su miedo al mundo exterior y correr lo más lejos que pudiera, dirigiéndose frenéticamente en dirección a la vivienda de su tía, la hermana de su difunta madre, y no regresar de nuevo hasta ese día.

Recorrió con desdén los pasillos y las habitaciones de la casa. Todo parecía exactamente igual que el día que escapó, excepto la habitación de su difunta abuela. Ella había muerto de la misma manera que su esposo, en la entrada. Era de noche y un vecino que caminaba frente a la casa en ese momento se acercó a ayudarla. La anciana le susurró algo que desconcertó al hombre.

Luis le había preguntado al vecino unos días después al fallecimiento de su abuela cuáles fueron sus últimas palabras.

No entres allí”, le respondió.

Luis pensó que era una exageración. Caminó alrededor de la habitación, y lo que más le llamó la atención fue la presencia de telarañas gigantes que cubrían la cama como si fueran una manta. Era extraño. La mujer no había muerto hacía mucho, pero era como si el dormitorio no hubiera sido habitado en siglos.

Vio una fotografía en la mesita de noche, se acercó a ella y la examinó de cerca. Su abuela estaba sentada en las escaleras de la casa junto a un joven Luis de 6 años, pero él no miraba a la cámara. Estaba observando una telaraña que se movía salvajemente en los escalones. Curioso.

Trató de recordar el momento, pero no pudo.

¿Qué pasó ese día?” se preguntó.

Un sonido ensordecedor interrumpió su soledad, proveniente de las telarañas. Poco a poco, un ser aterrador se formó frente a él, con una apariencia incomprensible. Tenía una boca gigantesca pero sin nariz, ni orejas visibles; era un cuerpo deforme hecho de telarañas y ojos saltones cuyos iris eran de ese color avellana del que tanto le hablo su abuela.

Me alegra verte de nuevo” dijo el ser.

El hombre abrió la boca como si fuera a gritar. El ser se acercó a él con los brazos extendidos en forma de cruz.

Tu abuela me dijo que volverías” afirmó el espectro.

Entonces Luis recordó lo que había sucedido cuando su abuelo murió. Él, de 6 años, y su abuela estaban sentados en las escaleras de la casa, mientras el esposo de la mujer tomaba una foto con su cámara digital. El niño vio una telaraña que se movía como si tuviera vida propia. El anciano la notó y la quitó con un pañuelo, pero se formó de nuevo en el mismo lugar. El hombre no le dio más importancia y continuó. Cuando revisó la imagen en la cámara, horrorizado, se dio cuenta de que la telaraña era, de hecho, un ser demoníaco que miraba fijamente a Luis: El Ojos Avellana. El hombre corrió a la entrada pidiendo auxilio, pero el ser infernal lo atrapó con su cuerpo hasta dejarlo sin respirar. 

Su abuela había intentado proteger a su nieto impidiéndole salir de la casa, fingiendo locura. Cuando Luis huyó en su juventud, sin que el espectro se diera cuenta, ella le prometió al ser aterrador que el joven regresaría, pero lo que más deseaba era que sus palabras se dispersaran en el viento.

El día que la anciana murió, le pidió a su esposo, en el más allá, que Luis nunca regresara. Pero décadas después, el hombre de 39 años estaba frente a su pesadilla.

Morir era su única escapatoria.

El extraño 

Él había muerto hacía pocos meses y yo aún lo recordaba  con tanta nostalgia y una incomprensible desesperanza. Horas sin dormir, sin comer, sin importarme nada, él no estaba aquí. Enfermó de gravedad años antes, olvidándose de mí debido a su demencia, aquel hombre risueño y bromista del cual me enamoré, se convirtió en un espectro tosco, miserable y confundido. 

Dejó de ser él, mi pareja se fue y, en su lugar, apareció un completo desconocido. Nunca lo culpé, esto era inevitable; aun así, los recuerdos de nuestro amor fueron el hilo conductor, mi motivación para seguir amándolo. 

Lo conocí décadas antes, en la empresa donde trabajábamos, éramos colegas; fue un flechazo. De joven creía que sentir mariposas en el estómago era una gran idiotez, pero vaya infortunio mío. Treinta y cinco años de casados, y lo único que comenzó a distanciarnos fue aquella enfermedad que nos volvió esquivos. 

Él murió y descansó de su castigo injusto. Yo, en cambio, vivo con mi soledad, lejos de mi amigo, mi compañero de aventuras, y el amor de mi vida que estuvo conmigo una y otra vez hasta que el hombre extraño apareció, para nunca marcharse, hasta cuando llegó el tan inevitable momento que presentía venir.

De todo esto, lo que más recuerdo es que una vez, cuando estaba lúcido, mirándome a los ojos y con mucho pesar, me dijo.

Siempre te amaré.

Espejo

Llevaba poco tiempo viviendo en mi nuevo apartamento, trece días para ser exactos. Era un lugar pequeño, con un dormitorio acogedor y un baño de baldosas grisáceas con un espejo redondo sobre el lavamanos. 

Los vecinos eran agradables, demasiado. A veces creía que sentían lástima de mí, pero, ¿era impresión mía?

A la una de la tarde, mientras almorzaba, sentí un extraño escalofrío seguido de un ruido proveniente del baño. Era particular, como si alguien golpeara una pared. Un sonido seco. No le presté mucha atención y seguí comiendo. 

Luego de eso, nada más ocurrió hasta que trece días después, nuevamente esa sensación y el golpe. Esta vez fui al baño, miré cada rincón, todo parecía estar bien. Quizás, pensé, era una rata recorriendo alguna alcantarilla o el vecino de al lado, pero como la vez anterior, nada más aconteció. 

No le tenía mal augurio al número trece, pensaba que era una extraña coincidencia, y, sin embargo, la tercera vez, ya era una molestia. Me frustraba el hecho de no descubrir el origen. Me prometí a mí mismo que, para la siguiente ocasión, no me tomaría desprevenido. 

La cuarta vez estaba dentro del baño y mi vida daría un vuelco inesperado. La una de la tarde, yo, frente al espejo, tenía los puños cerrados y me creía inmune a cualquier peligro. La temperatura bajó estrepitosamente, veía mi propio aire al respirar, ojeaba a los alrededores, la tina, el espejo y luego, mi reflejo.

Noté algo raro en mi rostro. Abruptamente, los ojos, oídos y nariz del reflejo comenzaron a sangrar. Toqué mi cara, todo parecía estar bien, pero en el espejo se contemplaba otra cosa. 

Luego y sin previo aviso, detrás de mí reflejo, alguien con una capa y vestido de negro, con un atuendo de épocas de antaño,  se acercó salvajemente y, con un cuchillo afilado, me apuñaló por la espalda. Mi versión del espejo gritó, no escuché su voz, pero empuñó su mano derecha y golpeó el espejo en dirección a mí, pidiendo auxilio. Era un sonido seco. Nuevamente el asesino, detrás de mí yo moribundo, atacó sin piedad. 

Cerré los ojos, nunca sentí dolor, inhalé una enorme bocanada de aire, como si fuera el final. Mis manos temblaban, pero asimilé que el peligro había terminado. Abrí los ojos, la temperatura del baño no cambió, yo estaba en el suelo y con sangre a mí alrededor, moribundo junto al asesino que, mostrando su espeluznante rostro con deformidades, dijo risueño.

Número trece.”

Semanas después, estaba apilado en el suelo con doce almas más y al mismo tiempo, una mujer se miraba en el espejo y con ella, su moribundo reflejo. 

Viejo amigo

Un robot estaba en el suelo cerca de un contenedor de basura; era la versión obsoleta de un cuidador para adultos mayores. Tenía la apariencia de un humanoide cuya mitad de su rostro estaba severamente destruido, no tenía una de sus piernas, ni sus dos brazos. A pesar de los daños físicos, su cerebro cibernético funcionaba, con recuerdos sistemáticos de su vida con sus viejos dueños. 

Una anciana que caminaba cerca vio al robot. Ella iba acompañada de su perro androide de última tecnología cuya inteligencia artificial indicó con una voz serena que no se acercara al cuidador. 

La mujer sintió melancólica por el robot. En sus pensamientos, recordó que de niña, su familia había adquirido una versión de esta máquina, la cual se encargaba de atender a su abuelo. 

El cuidador tenía un bello rostro de metal con una voz melódica, el cuál se había adaptado a vivir con la familia de aquella niña. Parecía tan humano y en ocasiones, él la llamaba pequeña Olga. 

Aunque fuera un ser mecánico, ella siempre sintió respecto y afecto por el robot, como si fuera su mejor amigo, confidente de sus aventuras infantiles. Aquel cuidador había sido programado para tener un comportamiento amistoso, no solo en su rol de enfermero sino también, como amigo de Olga. 

Entonces, la mujer se acercó al robot, en oposición al perro, que nuevamente le advirtió con severidad que no lo hiciera. 

"Es peligroso Olga," dijo el canino. 

"Tienes razón, pero," ella titubeó. "Me recuerda a alguien que conocí de niña."

"¡No lo haga!" expresó el perro, como si estuviera a punto de estallar en ira. 

Entonces sin mediar más palabras, el androide de inteligencia artificial avanzada levantó una de sus patas y la transformó en una metralleta. Sin importar la proximidad de la señora con el viejo robot, disparó indiscriminadamente al cuerpo del humanoide. 

La mujer gritó alejándose de su mascota. La cabeza del pobre cuidador rodo lejos, no había nada que se pudiera hacer. 

"Vámonos señora, el peligro terminó" afirmó el canino cuya pata volvió a la normalidad. 

La mujer respiró hondo, enojada de su mascota. Honestamente no le gustaba ese robot, pero su hija se lo había comprado en reemplazo del asistente de su abuelo. Olga caminó en dirección a su casa, mirando de reojo al miserable humanoide. 

El robot hecho pedazos observó cómo se alejaba la señora con su perro, y resignado, pronunció el nombre de la anciana antes de que su cerebro mecánico se apagara. 

"Adiós, pequeña Olga."

Lo que fue

Ella estuvo allí, a mi lado, todo el tiempo. Siempre presente, siempre ella. Tuvimos nuestros buenos y malos momentos, pero nuestras diferencias no fueron más fuertes que nuestro aprecio y nunca dejamos de ser lo que una vez fuimos. 

La persona que más ame, quien respete y la cual valore toda mi vida, no estará más conmigo a partir de ahora, en este instante. Era mi sentido y mi complemento, pero el tiempo ha estimado que ella debe partir lejos de mí, es hora de decir adiós por mucho que me cueste aceptarlo.  

Ella no tuvo otra opción, mi mamá fue y siempre será, mi consejera, mi guía y mi maestra en el largo camino que me queda por vivir. Espero volver a verla con muchas ansias cuando sea mi turno de partir. 

Supervivencia y dependencia

Penumbra necesita desesperadamente este ser único y sobrenatural para sobrevivir. No es por capricho, es solo porque esa criatura tiene lo que requiere para su existencia y además sabe perfectamente que no puede exterminarla.  Su tesoro es valioso e insustituible. Es requerido.

No importa lo lejos que esté, lo difícil que sea llegar o el tiempo que le lleve encontrarla, una vez que esté al lado de esa entidad inmaculada, deberá atraerla, hechizarla con sus encantos y poco a poco enamorarla con acciones dulces y amigables. Penumbra es consciente de que ninguno de los dos, a pesar de ser tan distintos, tiene por qué extinguirse porque es su naturaleza vivir así. 


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